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Archivo para Domingo, 7 de marzo de 2021

El verdadero Templo… Predicamos a Cristo crucificado… y resucitado.

Domingo, 7 de marzo de 2021

Crucifixión 2

Y al entrar en el templo…

Demasiados monseñores y excelentísimas,
demasiados vicarios y reverendísimas
para ser espacio de igualdad y libertad;
¡ y cuántos padres para vivir en fraternidad,
cuando Tú nos dijiste que sólo aceptáramos
y llamáramos así a quien hace salir para todos el sol
y nos da gratuitamente su ternura y amor !

Demasiados títulos, honores y poderes,
demasiadas intrigas, prebendas e intereses
para ser casa solariega familiar;
¡ y cuántos códigos, normas y leyes,
burocracia, papeles e imposiciones
para ser posada de abrazos y acogida
para quienes andan necesitados !

Un espacio abierto que se amuralla,
un oasis que ya no atrae ni serena,
un refugio que cierra sus puertas y ventanas,
una barca para náufragos que anda a la deriva,
una casa solariega que exige reserva,
una viña con lagar que no alegra…
¡ ya no es lugar de Dios ni de oración !

Yo quiero una Iglesia en la que se pueda respirar,
que tenga pastores que huelan a oveja,
que acoja y defienda a emigrantes y sin papeles,
que se embarre con los que no pueden limpiarse,
que tenga un aire festivo y alegre,
que sus puertas permanezcan abiertas
aunque no haya dueños ni porteros vigilantes…

Quiero una Iglesia que sea templo de Dios,
lugar de encarnación,
punto de encuentro,
casa de fraternidad,
fábrica de sueños y proyectos,
experta en humanidad…
¡ no cueva de ladrones ni refugio de vividores !

*

Florentino Ulibarri

***

 

“Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres,

pero, para los llamados, sabiduría de Dios.

Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres;

y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.”

*

(1ª Corintios 1,22-25)

***

El templo del que hablaba Jesús era su propio cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó de entre los muertos, los discípulos recordaron lo que había dicho y creyeron en la Escritura y en las palabras que él había pronunciado.

(Juan 2,13-25)

La encarnación del Verbo de Dios en el seno de la Virgen María inaugura una etapa absolutamente nueva en la historia de la Presencia de Dios: etapa nueva y también definitiva, pues ¿qué mayor don podrá ser dado al mundo? No hay ya sino un templo en el que podamos adorar, rezar y ofrecer y en el que encontremos verdaderamente a Dios: el cuerpo de Cristo. En él el sacrificio deviene enteramente espiritual al mismo tiempo que real: no sólo en el sentido de que no es otra cosa que el mismo hombre adhiriéndose filialmente a la voluntad de Dios, sino también en el sentido de que procede en nosotros del Espíritu de Dios que nos ha sido dado.

A partir de la Encarnación, ha sido dado el Espíritu Santo verdaderamente; es, en los fieles, un agua que brota en vida eterna (Jn 4,14) y los constituye en hijos de Dios, capaces de poseerle de verdad por el conocimiento y el amor. Ya no se trata sólo de una presencia, sino de una  inhabitación de Dios en los fieles. Cada uno personalmente y todos en conjunto, en su misma unidad, son el templo de Dios, porque son el cuerpo de Cristo, animado y unido por su Espíritu. Así es el templo de Dios en los tiempos mesiánicos. Pero en este templo espiritual, tal como existe en la trama de la historia del mundo, lo carnal continúa todavía no sólo presente, sino dominador y obsesionante. Cuando todo haya sido purificado, cuando todo sea gracia, cuando la parte de Dios aparezca de tal modo victoriosa que “Dios sea todo en todos”, cuando todo proceda de su Espíritu, entonces el Cuerpo de Cristo será establecido para siempre, con su Cabeza, en la casa de Dios.

La alabanza del mundo precisa la del hombre, quien ha de ser su intérprete y mediador por su trabajo y, sobre todo, por el canto de sus labios (Heb 13,15). Mas el culto espiritual del hombre y la gracia que hacen de él un templo de Dios no son perfectos sino en cuanto representan aquella religión filial, única relación auténtica de la criatura con su Dios, que no puede venir sino de Jesucristo. Es Cristo quien es, en definitiva, el único templo verdadero de Dios. “Nadie sube al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo” (Jn 3,13).

*

Yves  Marie Congar,
El misterio del templo,
Barcelona 1964, 264-265.275-276, passim.

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“El amor no se compra”. 3º de Cuaresma – B (Juan 2,13-25)

Domingo, 7 de marzo de 2021

03_cuar_b-300x300Cuando Jesús entra en el Templo de Jerusalén no encuentra gentes que buscan a Dios, sino comercio religioso. Su actuación violenta frente a «vendedores y cambistas» no es sino la reacción del Profeta que se encuentra con la religión convertida en mercado.

Aquel Templo, llamado a ser el lugar en que se había de manifestar la gloria de Dios y su amor fiel, se ha convertido en lugar de engaños y abusos, donde reina el afán de dinero y el comercio interesado.

Quien conozca a Jesús no se extrañará de su indignación. Si algo aparece constantemente en el núcleo mismo de su mensaje es la gratuidad de Dios, que ama a sus hijos e hijas sin límites y solo quiere ver entre ellos amor fraterno y solidario.

Por eso, una vida convertida en mercado, donde todo se compra y se vende -incluso la relación con el misterio de Dios-, es la perversión más destructora de lo que Jesús quiere promover. Es cierto que nuestra vida solo es posible desde el intercambio y el mutuo servicio. Todos vivimos dando y recibiendo. El riesgo está en reducir nuestras relaciones a comercio interesado, pensando que en la vida todo consiste en vender y comprar, sacando el máximo provecho a los demás.

Casi sin darnos cuenta nos podemos convertir en «vendedores y cambistas» que no saben hacer otra cosa sino negociar. Hombres y mujeres incapacitados para amar, que han eliminado de su vida todo lo que sea dar.

Es fácil entonces la tentación de negociar incluso con Dios. Se le obsequia con algún culto para quedar bien con él, se pagan misas o se hacen promesas para obtener de él algún beneficio, se cumplen ritos para tenerlo a nuestro favor. Lo grave es olvidar que Dios es amor, y el amor no se compra. Por algo decía Jesús que Dios «quiere amor y no sacrificios».

Tal vez, lo primero que necesitamos escuchar hoy en la Iglesia es el anuncio de la gratuidad de Dios. En un mundo convertido en mercado, donde todo es exigido, comprado o ganado, solo lo gratuito puede seguir fascinando y sorprendiendo, pues es el signo más auténtico del amor.

Los creyentes hemos de estar más atentos a no desfigurar a un Dios que es amor gratuito, haciéndolo a nuestra medida: tan triste, egoísta y pequeño como nuestras vidas mercantilizadas.

Quien conoce «la sensación de la gracia» y ha experimentado alguna vez el amor sorprendente de Dios, se siente invitado a irradiar su gratuidad y, probablemente, es quien mejor puede introducir algo bueno y nuevo en esta sociedad donde tantas personas mueren de soledad, aburrimiento y falta de amor.

José Antonio Pagola

 

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“Destruid este templo, y en tres días lo levantaré”. Domingo 7 de marzo de 2021. Domingo tercero de Cuaresma

Domingo, 7 de marzo de 2021

21-cuaresma B3 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 20,1-17: La Ley se dio por medio de Moisés.
Salmo responsorial: 18: Señor, tú tienes palabras de vida eterna.
1Corintios 1,22-25: Predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los hombres, pero, para los llamados, sabiduría de Dios.
Juan 2,13-25: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

El evangelio de Juan coloca esta manifestación mesiánica de Jesús al comienzo de su actividad pública y en el contexto de una fiesta de Pascua en Jerusalén. Para Juan es muy importante poner a Jesús y a su comunidad en ese marco de la sucesión de las fiestas judías. Eso lo vemos a lo largo de todo el evangelio, pues no hay ningún acontecimiento fuera de ese marco. Juan optó por encuadrar toda la actividad pública de Jesús en el tiempo religioso de los que su propio Evangelio define como “los judíos” (!). Al organizar la narración en función de una serie de fiestas judías, deja entrever una construcción ideológica y cultural rica, articulada e intencionada (hoy sabemos que las cosas no se sucedieron así, sino que se trata de una organización literaria de la narración, con una intención significativa).

La pascua judía es confrontada por Jesús y su comunidad discipular tres veces en el evangelio de Juan. Es evidente el simbolismo: con Jesús irrumpe una nueva Alianza (tres siempre simboliza el nacimiento de algo nuevo). El tiempo del Reino construye una nueva festividad. El tiempo de las fiestas judías es contrapuesto con un tiempo inusual y alternativo. El relato centra su interés en la dialéctica entre la estructura simbólica y temporal del judaísmo, y una estructura nueva alternativa que se quiere afirmar e institucionalizar.

El simbolismo de la revelación mesiánica de Jesús es sumamente resaltado en la confrontación con el templo. El relato necesita hacerlo; al fin y al cabo se está construyendo y afirmando una nueva identidad. El templo de Jerusalén es el centro de las instituciones y símbolo de la gloria y el poder de la nación judía (tanto la residente en Palestina como la que se encuentra en la Diáspora). El evangelio emplea un símbolo conocido para indicar la presentación mesiánica de Jesús: el “látigo con cuerdas”. Era proverbial la frase “el látigo del Mesías” para significar la violencia que implica la irrupción de la era mesiánica. El uso que Jesús hace del “látigo” no deja la menor duda acerca de su identidad y del proyecto que encarna: con él arroja fuera del templo el ganado que se vendía para los sacrificios, las ovejas y los bueyes. Sacrificios, como ovejas y bueyes, así como sus potenciales compradores (sólo los ricos podían ofrecer este tipo de ganado en el sacrificio) son puestos fuera del horizonte del nuevo proyecto mesiánico-profético.

Al echar todos afuera del templo con sus ovejas y sus bueyes, Jesús declara la invalidez del culto de los potentados, del que los sacrificios constituían el momento cumbre. Jesús no denuncia solamente, como habían hecho los profetas, «el culto que encubre la injusticia», sino que declara infame «el culto que es en sí mismo una injusticia», por ser medio de explotación, pero sobre todo «por ser legitimación religiosa de la injusticia y del crimen». No propone una reforma del culto, sino su abolición.

La expulsión de los bueyes tiene que ver con la misma constitución de la sociedad tributaria-monárquica. El primer rey de Israel se constituyó a partir del “grupo de campesinos propietarios de bueyes”. No es de extrañar que a partir de entonces, latifundistas, bueyes y sacrificios en el templo estén articulados en un solo proyecto, y que se correspondan ideológica y religiosamente. Además el dios Baal de los agricultores cananeos se representaba con un buey. La agricultura y la ganadería necesitan su propio dios y su propio culto. Los latifundistas fueron aliados importantes de Herodes para la consolidación de su poder, y él, como retribución, mantuvo en forma opulenta al templo. Así podemos entender por qué el templo estaba lleno de bueyes, si la ideología religiosa dominante cuyo centro simbólico estaba allí era la justificación principal del sistema social estratificado y concentrador en Palestina desde la Reforma de Josías.

La expulsión de las ovejas del templo tiene también un rico sentido simbólico. Las ovejas son figura del pueblo, encerrado en el recinto donde está condenado al sacrificio. Los dirigentes explotan y asesinan al pueblo –verdadera víctima del culto–, sacrifican y destruyen al rebaño, a cuya costa viven. Jesús no se propone reformar aquella institución religiosa propósito por cierto inútil, sino rescatar al pueblo de ella.

Todos los grupos judíos esperaban la utopía del Reino, de forma que la agitación del primer siglo hizo a muchos pensar que la hora estaba próxima. Para los zelotas era la hora de tomar las armas contra la ocupación romana para instaurar el reino de Dios en el cual el templo y su personal ya no estuvieran sujetos a ningún imperio. Los saduceos no esperaban activamente el Reino y se contentaban con mantener como mejor podían el culto del templo con la ayuda de las autoridades romanas. Los esenios, como los zelotas, estaban listos para tomar las armas por el Reino, pero se habían retirado al desierto en espera del momento oportuno (kairós), considerando que el templo estaba en manos ilegítimas. Los fariseos también consideraban que para que llegara el Reino había que acabar con el dominio extranjero y restaurar la autonomía del templo. Sin embargo, no entraron a ninguna guerrilla y se dedicaron a la más riguroso observancia de la ley.

A diferencia de los grupos anteriores, la actitud de Jesús y de su comunidad discipular es de tajante oposición al templo, lo que aparece de una manera mucho más radicalmente –no sólo como rechazo de un culto de los poderosos– en las acciones contra los cambistas, a quienes les desparrama las monedas, y contra los vendedores de palomas, a quienes les ordena quitar de en medio su mercancía.

Los cambistas representaban “el sistema financiero” de la época. Todos los varones judíos mayores de 21 años estaban obligados a pagar un tributo anual al templo, e infinidad de donativos en dinero iban a parar al tesoro del templo. Además, en la antigüedad, los templos, por la inmunidad que les confería su carácter sagrado, eran el lugar elegido por los pudientes para depositar sus tesoros. El templo de Jerusalén llegó a ser uno de los mayores bancos de la antigüedad. Pero pagar el tributo y los donativos no se podía hacer en monedas que llevasen la efigie imperial, considerada idolátrica por los judíos: el templo acuñaba su propia moneda y los que iban a pagar tenían que cambiar sus monedas por las del templo. Los cambistas cobraban, naturalmente, su comisión. Al volcar sus mesas y desparramar sus monedas, Jesús estaba atacando directamente el tributo al templo y, con él, al sistema económico religioso dominante. El templo es para Jesús una empresa que explota económicamente al pueblo. De hecho, el culto proporcionaba enormes riquezas a la ciudad y a los comerciantes, sostenía a la nobleza sacerdotal, al clero y a los empleados. La acción de Jesús toca, por tanto, un punto neurálgico: el sistema económico e ideológico que representaba el templo en Israel.

La acción contra los vendedores de palomas es igualmente de enorme impacto ideológico. Las palomas eran animales sacrificiales de menor importancia, pues con ellas los pobres ofrecían sus cultos a Dios; sin embargo el hecho de que sus vendedores hayan sido los únicos a quienes Jesús se dirige y a los que hace responsables de la corrupción del templo, quiere hacer ver la enorme preocupación de Dios por la suerte de los pobres y su enojo por quienes hacen negocio con su pobreza. En contraste con las dos acciones anteriores, Jesús no ejecuta acción alguna, sino que se dirige a los vendedores mismos acusándolos de explotar a los pobres por medio del culto, del impuesto, y del fraude de lo sagrado.

El templo es “casa del mercado”, y allí el dios es el dinero. Al llamar a Dios mi Padre, Jesús no lo identifica con el sistema religioso del templo. La relación con Dios no es religiosa sino familiar, está en el ámbito de la casa familiar. La relación se desacraliza y se familiariza. En la casa del Padre ya no puede haber comercio ni explotación, siendo casa-familia acoge a quien necesite amor, intimidad, confianza, afecto.

Aún, Jesús da un paso más en su confrontación radical con el templo al proponerse él mismo como santuario de Dios. Frente al poder de Herodes (cuarenta y seis años de construcción del templo) emerge el poder del resucitado (tres días). En el Reino de Dios no se requiere templos sino cuerpos vivos. Éstos son los santuarios de Dios, donde brilla su presencia y su amor, si viven dignamente. Jesús no viene a continuar la línea religiosa tradicional. Vino a proponer una humanidad restaurada a partir del principio de la ultimidad de la vida en cuerpos que viven con dignidad. Sobre esta base es posible soñar y construir otra manera de vivir y otra manera de creer. Leer más…

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Dom 7.3.21. El Templo, Cueva de ladrones o Casa de negocios

Domingo, 7 de marzo de 2021

950F97FB-67E6-452E-9953-E5BA71396A55Del blog de Xabier Pikaza:

Tras haber entrado en Jerusalén, para iniciar el reinado de Dios, Jesús quiso limpiar la religión, esto es, el Templo, expulsando a los ladrones o negociantes que allí se habían establecido. No lo digo yo, no me hubiera atrevido, lo dice el evangelio de este domingo del 7.3.2021.

La primera comparación (cueva de ladrones) viene de Mc 15, 17, que la toma de Jer 7, 11. Según ella, el templo/religión es una “cueva o guarida” de políticos y sacerdotes “bandidos” (lêstôn), que emplean su poder y religión para robar con violencia y guardar (justificar) así lo robado.

Jeremías utilizó esas palabras en torno al 600 a.C., cuando Nabucodonosor rey de Babel (actual Irak) se creía justificado por Dios para conquistar/robar medio mundo, haciéndose llamar “civilizador”, enviado del Dios Marduk. Pues bien, a juicio de Jeremías, los sacerdotes/ricos de Jerusalén seguían en el fondo la misma política/religión de Nabucodonosor, justificando sus robos con el templo. Según el evangelio de Marcos, Jesús sigue pensando en su tiempo lo mismo.

La segunda comparación (casa de negocios) la introduce el evangelio de Juan 2, 16 “no convirtáis la casa de mi Padre en un emporio, es decir, en un centro comercial o de negocios”. Evidentemente, Juan ha pasado del lenguaje de reyes/bandidos militares y los templos ligados a esos reyes al lenguaje “comercial” de fenicios y griegos que, en vez de robar haciendo guerras de conquista con soldados, crearon “emporios” o colonias comerciales, a lo largo y a lo ancho del Mediterráneo y del mundo occidental, enriqueciéndose a costa de los pobres.

Pues bien, conforme a la visión de Jesús, según el evangelio de Juan, el templo de Jerusalén se había convertido en un emporio, centro o casa comercial al servicio de los ricos (conforme a la nueva economía de mercado de fenicios y griegos.

Este es el tema de fondo del evangelio de este domingo 7.3.21 (3º de Cuaresma) que comentaré en lo que sigue, comparando la visión de Marcos y la de Juan, teniendo a fondo las dos expresiones: Cueva de ladrones, casa de negocios. 

E616969A-90A7-44CD-9116-015CF27E4B8CDos evangelios, una misma experiencia de fondo

Marcos: “Llegaron a Jerusalén y entrando en el templo comenzó a expulsar a los que vendían y compraban en el templo. Volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían las palomas, y no consentía que nadie pasase por el templo llevando cosas. Luego se puso a enseñar diciéndoles: ¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en cueva de bandidos/ladrones (Mc 11, 15-18).

Juan: “Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo: “Quitad esto de aquí; no convirtáis la casa de mi Padre en un Oikos emporiou (esto es, en emporio o Centro de negocios)” (Jn 2, 14-17).

Marcos pone su pasaje hacia el final del evangelio, como culminación del mensaje y camino de Jesús, que será condenado a muerte por decir y hacer precisamente eso. Juan en cambio pone este evangelio al principio de su texto, como punto de partida de su visión del cristianismo.

Marcos. El modelo de la Cueva de Bandidos. Según Marcos los responsables del templo lo han convertido en “cueva de ladrones” (spelaion lêstôn: cf. Jer 7, 11), un lugar para robar al pueblo fiel, en nombre de Dios. Ese es el modelo más oriental de los imperios ladrones, que estaban conquistando y robando a lo bruto, es decir, en aquel tiempo (en torno al 600 a.C. los babilonios).

Pues bien, Jeremías dice a los sacerdotes de Jerusalén y “nobles” de Jerusalén que están haciendo lo mismo que los babilonios, están convirtiendo el templo en una sucursal de los bandidos político/militares, con la diferencia de que lo hacen en nombre del Dios de Israel.

Juan. El modelo de la Casa de Comercio. Según Juan, los sacerdotes han convertido la Casa de su Padre en centro de negocios (oikos emporiou, casa de comerciantes). De esa forma pasa de la terminología del imperio-ladrón (Babilonia) a la de un comercio colonial, conforme al esquema de los fenicios y griegos que habían creado “colonias” a lo ancho del Mar Mediterráneo para “cambiar mercancías con ventaja” y así enriquecerse, sin necesidad de mantener grandes tropas imperiales caras.

El evangelio de Juan utiliza esta nueva terminología, empleada también por el Evangelio de Tomás 64); según ella, el soldado-ladrón puro de Mc 11 (que roba pero no sabe negociar con lo robado) se convierte en director comercial de un emporio (es decir, de un imperio comercial, que no roba a mano armada, pero negocia enriqueciéndose a costa de los más pobres.

(Anotación para “hispanos”: Los fenicios crearon “emporios” comerciales en la zona del estrecho de Gibraltar,, en especial en Tarsis-Cádiz… Los griegos lo hicieron más al norte, y así crearon un emporio en la zona actual de Gerona, una ciudad que aún lleva el hombre de Emporio-Ampurias).

Tema de fondo, derribar el templo, destruir el negocio de la religión

A19EEB89-61F1-41FD-91EF-914CB8B41136La lógica del reino ha llevado a Jesús al templo, para culminar su obra, que en este contexto tiene sentido destructor. No se limita a purificarlo, condenando sus excesos, para que vuelva a estar limpio, como siempre debió hallarse, sino que anuncia y expresa simbólicamente su ruina (en el signo de la higuera): ¡Qué nadie coma nunca más de sus frutos! (cf. Mc 11, 14).

Expulsa a vendedores y compradores (Mc 11,15b). De esa forma hace imposible todo el ejercicio de los sacrificios de violencia, fundados en la compra de animales puros. En un sólo gesto ha «expulsado» del templo (es decir, de lo sagrado) a los poderes económicos que lo controlan

Derriba las mesas de cambistas de dinero y de los vendedores de palomas (Mc 11,15c). No se limita a expulsar a los vendedores, sino que derriba ese centro material del templo que es la mesa de los cambios, el banco de la economía y de la venta de palomas. Ése es un gesto simbólico: Como derriba Jesús estas mesas, vendrá a derrumbarse en el suelo el edificio «sagrado» del templo.

Jesús indica de esa forma el fin de este templo, con sus tres funciones (económica, política y religiosa) Otros (muchos judíos helenizados) querían destacar al interior del culto una especie de verdad espiritual. Pues bien, según Jesús, esa verdad profunda del templo implica su destrucción externa, en los tres niveles indicados[1]:

Función económica. El templo de Jerusalén constituía el centro mercantil del pueblo israelita, que se había comprometido a mantener sus instituciones y su culto, al menos tras la “restauración” del exilio (año 525 a. C.) y las reformas de Esdras y Nehemías (cf. Neh 10, 2-39). En principio, había sido un “santuario real”, de manera que los reyes debían financiar su culto. Pero tras el exilio vino a convertirse en “santuario de la nación”, de manera que, aunque los reyes como Herodes (e incluso los romanos) contribuyeran a sostenerlo y/o reconstruirlo, su mantenimiento fundamental se hallaba en manos del conjunto del pueblo judío.

Por otro lado, como indican bien las controversias y guerras del tiempo de los macabeos, el templo funcionaba como “banco” donde los fieles depositaban (y los sacerdotes administraban) grandes sumas de dinero. El mismo Nuevo Testamento evoca en términos “irónicos” el dinero del templo (cf. Mt 17, 24-27). Por otra parte, la mayoría de los habitantes de Jerusalén vivían, de una manera o de otra, de las construcciones y trabajos del templo, de manera que el judaísmo de Judea y Jerusalén funcionaba como una “economía de templo”, como supone, de un modo crítico, el mismo Marcos (Mc 14, 10 par), cuando señala que los sacerdotes emplearon su dinero para “sobornar” (o pagar) a Judas. De un modo consecuente, Mc 11, 17 dice que el templo es una “guarida de ladrones”, y que su religión es un latrocinio. En la misma línea, pero todavía con más fuerza, Jn 2, 16 afirma que el templo se ha convertido en una “casa de negocios” (emporion).

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Jesús, nuevo templo de Dios. Domingo 3º de Cuaresma. Ciclo B

Domingo, 7 de marzo de 2021

expulsion-mercaderes-grecoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La primera lectura nos recuerda otro momento capital de la historia de la salvación: la promulgación del Decálogo. Exigiría un comentario tan detenido que lo omito. Basta recordar lo que dice el Salmo 18: «La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma». No es una carga insoportable, alegra el corazón. Algo que los catecúmenos, y todos nosotros, debemos recordar.

La segunda lectura y el evangelio se mueven en pleno ambiente de Cuaresma: la muerte y resurrección de Cristo ocupan un puesto capital en ellas. En la segunda, Cristo crucificado, aparente símbolo de la impotencia y la necedad, se revela como fuerza y sabiduría de Dios. En el evangelio, la escena de la expulsión de los mercaderes del templo, según la cuenta el cuarto evangelio, le permite a Jesús declarar: «Destruid este templo y lo levantaré en tres días».

El poder y la sabiduría de Cristo crucificado (1 Corintios 1,22-25)

Pablo, judío de pura cepa, pero que predicó especialmente en regiones de gran influjo griego, debió enfrentarse a dos problemas muy distintos. A la hora de creer en Cristo, los judíos pedían portentos, milagros, mientras los griegos querían un mensaje repleto de sabiduría humana. Poder o sabiduría, según qué ambiente. Pero lo que predica Pablo es todo lo contrario: un Mesías crucificado. El colmo de la debilidad, el colmo de la estupidez. Ninguna universidad ha dado un doctorado «honoris causa» a Jesús crucificado; lo normal es que retiren el crucifijo. Pero ese Cristo crucificado es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Quien sienta la tentación de considerar el mensaje cristiano una doctrina muy sabia humanamente, digna de ser aceptada y admirada por todos, debe recordar la experiencia tan distinta de Pablo.

Hermanos: Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero, para los llamados -judíos o griegos-, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. 

La expulsión de los mercaderes del templo (Juan 2,13-25)

Un gesto revolucionario

Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:

̶ Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.

Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora».

A nuestra mentalidad moderna le resulta difícil valorar la acción de Jesús, no capta sus repercusiones. Nos ponemos de su parte, sin más, y consideramos unos viles traficantes a los mercaderes del templo, acusándolos de comerciar con lo más sagrado. Desde el punto de vista de un judío piadoso, el problema es más grave. Si no hay vacas ni ovejas, tórtolas ni palomas, ¿qué sacrificios puede ofrecer al Señor? ¿Si no hay cambistas de moneda, cómo pagarán los judíos procedentes del extranjero su tributo al templo? Nuestra respuesta es muy fácil: que no ofrezcan nada, que no paguen tributo, que se limiten a rezar. Esa es la postura de Jesús. A primera vista, coincide con la de algunos de los antiguos profetas y salmistas. Pero Jesús va mucho más lejos, porque usa una violencia inusitada en él. Debemos imaginarlo trenzando el azote, golpeando a vacas y ovejas, volcando las mesas de los cambistas.

Imaginemos la escena en nuestros días. Jesús entra en una catedral o una iglesia. Se fija en todo que no tiene nada que ver con una oración puramente espiritual, lo amontona y lo va tirando a la calle: cálices, copones, candelabros, imágenes de santos, confesionarios, bancos…  ¿Cuál sería nuestra reacción? Acusaríamos a Jesús de impedirnos decir misa, comulgar, confesarnos, incluso rezar.

¿Por qué actúa Jesús de este modo? En el evangelio de Marcos, Jesús se comporta como un buen maestro, que justifica su conducta citando dos textos proféticos, de Isaías y Jeremías: «¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Pues vosotros la tenéis convertida en una cueva de bandidos».

En el evangelio de Juan, Jesús no actúa como maestro sino como hijo: «No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre». Estamos al comienzo del evangelio (lo único que se ha contado después de la vocación de los discípulos ha sido el episodio de las bodas de Caná), y ya se anuncia lo que será el gran tema de debate entre Jesús y las autoridades judías en Jerusalén: su relación con el Padre. Ese sentirse Hijo de Dios en el sentido más profundo es lo que le provoca esa fuerte reacción de cólera, incluso trenzando y usando un látigo (detalle que no aparece en los Sinópticos).

Juan explica esta reacción con unas palabras que no aparecen en los otros evangelios: «Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: El celo de tu casa me devora». El celo por la causa de Dios había impulsado a Fineés a asesinar a un judío y una moabita; a Matatías, padre de los Macabeos, lo impulsó a asesinar a un funcionario del rey de Siria. El celo no lleva a Jesús a asesinar a nadie, pero sí se manifiesta de forma potente. Algo difícil de comprender en una época como la nuestra, en la que todo está democráticamente permitido. El comentario de Juan no resuelve el problema del judío piadoso, que podría responder: «A mí también me devora el celo de la casa de Dios, pero lo entiendo de forma distinta, ofreciendo en ella sacrificios». Quienes no tendrían respuesta válida serían los comerciantes, a los que no mueve el celo de la casa de Dios sino el afán de ganar dinero.

La reacción de las autoridades

Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:

̶  ¿Qué signos nos muestras para obrar así?

Jesús contestó:

̶  Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.

Los judíos replicaron:

̶  Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?

Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús.

En contra de lo que cabría esperar, las autoridades no envían a la policía a detener a Jesús (como harán más adelante). Se limitan a pedir un signo, un portento, que justifique su conducta. Porque en ciertos ambientes judíos se esperaba del Mesías que, cuando llegase, llevaría a cabo una purificación del templo. Si Jesús es el Mesías, que lo demuestre primero y luego actúe como tal.

La respuesta de Jesús es aparentemente la de un loco: «Destruid este templo y en tres días lo reconstruiré». El templo de Jerusalén no era como nuestras enormes catedrales, porque no estaba pensado para acoger a los fieles, que se mantenían en la explanada exterior. De todas formas, era un edificio impresionante. Según el tratado Middot, medía 50 ms de largo, por 35 de ancho y 50 de alto; para construirlo, ya que era un edificio sagrado, hubo que instruir como albañiles a mil sacerdotes. Comenzado por Herodes el Grande el año 19 a.C., fue consagrado el 10 a.C., pero las obras de embellecimiento no terminaron hasta el 63 d.C. En el año 27 d.C., que es cuando Juan parece datar la escena, se comprende que los judíos digan que ha tardado 46 años en construirse. En tres días es imposible destruirlo y, mucho menos, reconstruirlo.

Curiosamente, Juan no cuenta cómo reaccionaron las autoridades a esta respuesta de Jesús. Pero nos dice cómo debemos interpretar esas extrañas palabras. No se refieren al templo físico, se refieren a su cuerpo. Los judíos pueden destruirlo; él lo reedificará. Tenemos aquí, también desde el comienzo del evangelio, algo equivalente a los tres anuncios de la Pasión y Resurrección en los Sinópticos, aunque dicho de forma mucho más breve: «Destruid este templo (Pasión y muerte) y en tres días lo levantaré» (Resurrección).

Esto último explica por qué se ha elegido este evangelio para el tercer domingo. En el segundo, la Transfiguración anticipaba la gloria de Jesús. Hoy, Jesús repite su certeza de resucitar de la muerte. Con ello, la liturgia orienta el sentido de la Cuaresma y de nuestra vida: no termina en el Viernes Santo sino en el Domingo de Resurrección.

Jesús, nuevo templo de Dios

Hay otro detalle importante en el relato de Juan: el templo de Dios es Jesús. Es en él donde Dios habita, no en un edificio de piedra. Situémonos a finales del siglo I. En el año 70 los romanos han destruido el templo de Jerusalén. Se ha repetido la trágica experiencia de seis siglos antes, cuando los destructores del templo fueron los babilonios (año 586 a.C.). Los judíos han aprendido a vivir su fe sin tener un templo, pero lo echan de menos. Ya no tienen un lugar donde ofrecer sus sacrificios, donde subir tres veces al año en peregrinación. Para los judíos que se han hecho cristianos, la situación es distinta. No deben añorar el templo. Jesús es el nuevo templo de Dios, y su muerte el único sacrificio, que él mismo ofreció.

Final

Mientras estaba en Jerusalén por la fiesta de Pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie sobre un hombre, porque él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Este resumen ofrece una imagen extraña de Jesús. El evangelio de Juan no se esfuerza por presentarlo como una persona simpática, todo lo contrario. Incluso con su madre se comporta de forma hiriente en Caná. Aquí, no se fía ni siquiera de los que creen en él. Es difícil saber qué impulsó al evangelista a escribir estas líneas. Quizá responde a una crítica que algunos cristianos hacían a Jesús: «Fue demasiado crédulo. Se fiaba demasiado de la gente. Incluso de Judas». El evangelista indica que siempre supo lo que hay dentro de cada persona. Si lo mataron no fue por ingenuo, sino por propia decisión.

 

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Tercer Domingo de Cuaresma. 07 de marzo, 2021

Domingo, 7 de marzo de 2021

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«Jesús fue a Jerusalén.»

(Jn 2, 13-25)

Jesús se dirige a Jerusalén, lugar donde está situado el templo. Templo de piedra, de tradición, donde la ley es la norma. En él se encontraba el arca de la Alianza y, por lo tanto, la presencia de Dios.

Lo que pone de relieve este texto es que la absolutización de la religión trae los totalitarismos. La dualidad entre lo profano y lo religioso ha provocado demasiado enfrentamiento y sufrimiento.

Sin embargo, Jesús inaugura una época nueva, no la de la ley, sino la de la experiencia, del Encuentro.

Él también tuvo que expulsar fuera de sí muchos “animales”, todos aquellos que no le permitían vivir en la coherencia, y le sometían a la ira, el miedo, el no entender…

Hoy Jesús nos habla de no vaciar de contenido lo esencial. Las piedras son piedras, pero su cuerpo es templo del Espíritu. Un templo que no admite cambistas, ni trueques, ni animales. Es espacio vacío, desalojado de todo aquello que no le permite vivir en ese silencio y soledad que hacen que el Espíritu haga en Él su morada.

Un cuerpo como el de Jesús que está habitado por el Espíritu y que nadie puede destruir. En la fluidez que da la libertad de pensar, sentir y obrar en coherencia, en esa autenticidad de llevar a cabo la voluntad de Dios.

Jesús es el ser humano libre, que crece en la medida que experimenta el amor por su Padre y por las personas, por eso su ser se dilata y dinamiza a medida que se expone al amor del Espíritu.

Las piedras son duras, rígidas, solo son receptáculos. Si pierden el espíritu, son edificios muertos, son obras de arte que nos recuerdan otros tiempos, por eso Jesús inaugura un templo nuevo, SU CUERPO, un cuerpo que se llena de vida, a medida que se vacía de sí mismo para llenarse del Amor de Dios.

Oración

Padre, ayúdanos a poner a punto nuestro cuerpo para que sea templo, como lo fue el de Jesús, dinamizado por tu espíritu.

 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El culto que no me obliga a mejorar mis relaciones con los demás es idolátrico.

Domingo, 7 de marzo de 2021

jesus-cleanses-the-temple-900x450Jn 2, 13-25

En las tres primeras lecturas de los domingos que llevamos de cuaresma, se nos ha hablado de pacto. Después de la alianza con Noe (Dom. 1) y con Abraham (Dom. 2), se nos narra hoy la tercera alianza, la del Sinaí. La alianza con Noé fue la alianza cósmica del miedo. La de Abrahán fue la familiar de la promesa. La de Moisés fue la nacional de la Ley. ¿Cómo debemos entender hoy estos relatos? Noé, Abrahán y Moisés, son personajes legendarios.

La historia “sagrada” que narra la vida y milagros de estos personajes se escribió hacia el s. VII antes de Cristo. Son leyendas míticas que no debemos entender al pie de la letra. Se trata de experiencias vitales que responden a las categorías religiosas de cada época. Hoy nadie, en su sano juicio, puede pensar que Dios le dio a Moisés unas tablas de piedra con los diez mandamientos. No fue Dios quien utilizó a Moisés para comunicar su Ley, sino Moisés el que utilizó a Dios para hacer cumplir unas normas que él elaboró sabiamente.

Dios no puede hacer pactos porque no puede ser “parte”. Una cosa es la experiencia de Dios que los hombres tienen según su nivel y otra muy distinta lo que Dios es. Jesús habló del Dios de la “alianza eterna”. Dios actúa de una manera unilateral y desde el ágape, no desde un “toma y daca” con los hombres. Dios se da totalmente sin condiciones ni requisitos, porque el darse (el amor) es su esencia. En el Dios de Jesús no tienen cabida pactos ni alianzas. Lo único que espera de nosotros es que descubramos el don total de sí mismo.

No se trata de purificar el templo sino de sustituir. El relato del Templo lo hemos entendido de una manera demasiado simplista. Siempre interpretamos la Escritura de manera que nos permita tranquilizar nuestra conciencia echando la culpa a los demás. Como buen judío, Jesús desarro­lló su vida espiritual en torno al templo, pero su fidelidad a Dios le hizo comprender que lo que allí se cocía no era lo que Dios esperaba. Recordemos que cuando se escribió este evangelio, ni existía ya el templo ni la casta sacerdotal tenía ninguna influencia en el judaísmo. Pero el cristianismo se había convertido ya en una religión que imitó la manera de dar culto a Dios. Es el culto de ayer y de hoy el que debe ser purificado.

Es casi seguro que algo parecido a lo que nos cuentan, sucedió realmente, porque el relato cumple perfecta­mente los criterios de historici­dad. Por una parte, lo narran los cuatro evangelios. Por otra es algo que podía interpretarse por los primeros cristianos, (todos judíos), como desdoro de la persona de Jesús. No es fácil que nadie se pudiera inventar un relato que critica todo el organigrama del culto desde una mayor fidelidad a Dios.

Nos han dicho que lo que hizo Jesús en el templo fue purificarlo. Esto no tiene fundamento, puesto que lo que estaban haciendo allí los vendedores era imprescindible para el desarrollo de la actividad del templo. Se vendían bueyes, ovejas y palomas, que eran la base de los sacrifi­cios. Los animales vendidos estaban controlados por los sacerdotes y así se garantizaba que cumplían todos los requisitos de pureza legal. También eran imprescindibles los cambistas, porque el templo solo podía recibir dinero puro, es decir, acuñado por el templo. En la fiesta de Pascua, llegaban a Jerusalén israelitas de todo el mundo y a la hora de hacer la ofrenda no tenían más remedio que cambiar su dinero romano o griego por el del templo.

Jesús quiso manifestar con un acto profético, que aquella manera de dar culto a Dios no era la correcta. En esos días de fiesta podía haber en el atrio del templo 8.000 personas. Es impensable que un solo hombre con unas cuerdas pudiera arrojar del templo a tanta gente. El templo tenía su propia guardia, que se encargaba de mantener el orden. Además, en una esquina del templo se levantaba la torre Antonia, con una guarnición romana. Los levantamientos contra Roma tenían lugar siempre durante las fiestas. Eran momentos de alerta máxima. Cualquier desorden hubiera sido sofocado en unos minutos.

Las citas son la clave para interpretar el hecho. Para citar la Biblia se recordaba una frase y con ella se hacía alusión a todo el contexto. Los sinópticos citan a (Is 56,3-7): “mi casa será casa de oración para todos los pueblos”; y a (Jer 7,8-11): “pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos”. Is hace referencia a los extranjeros y a los eunucos, excluidos del templo, y dice: “yo los traeré a mi monte santo y los alojaré en mi casa de oración. Sus sacrificios y holocaus­tos serán gratos sobre mi altar, porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos”. Dice que, en los tiempos mesiánicos, los eunucos y los extranjeros podrán dar culto a Dios. Ahora, no podían pasar del patio de los gentiles.

El texto de (Jer 7,8-11) dice así: “No podéis robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal, correr tras otros dioses y luego venir a presentaros ante mí, en este templo consagrado a mi nombre, diciendo: Estamos seguros, para seguir cometiendo los mismos crímenes. ¿Acaso tenéis este templo por una cueva de bandidos?”. Los bandidos no son los que venden palomas y ovejas, sino los que hacen las ofrendas sin una actitud mínima de conversión. Son bandidos, no por ir a rezar, sino porque solo buscaban seguridad. Lo que Jesús critica es que, con los sacrificios, se intente comprar a Dios. Como los bandidos se esconden en las cuevas, están seguros hasta que llegue la hora de volver a robar y matar.

Juan cita un texto de (Zac 14,20) que en aquel día se leerá en los cascabeles de los caballos: “consagrado a Yahvé”, y “serán las ollas de la casa del Yahvé como copas de aspersión delante de mi altar”; y “toda olla de Jerusalén y de Judá estará consagrada a Yahvé y los que vengan a ofrecer, comerán de ellas y en ellas cocerán; y ya no habrá comerciantes en la casa de Yahvé en aquel día”. Esa inscripción “consagrado a Yahvé” la llevaban los cascabeles de las sandalias de los sacerdotes y las ollas donde se cocía la carne consagrada. Quiere decir que, en los tiempos mesiánicos, no habrá distinción entre cosa sagrada y cosa profana.

Los vendedores interpelados (los judíos), le exigen un prodigio que avale su misión. No reconocen a Jesús ningún derecho para actuar así. Ellos son los dueños y Jesús un rival que se ha entrometido. Ellos están acreditados por la institución misma y quieren saber quién le acredita a él. No les interesa la verdad de la denuncia, sino la legalidad de la situación, que les favorece. Pero Jesús les hace ver que sus credenciales han caducado. Las credenciales de Jesús serán: hacer presente la gloria de Dios a través de su amor.

Suprimid este santuario y en tres días lo levantaré. Aquí encontramos la razón por la que leemos el texto de Jn y no el de Mc. Esta alusión a su resurrección da sentido al texto en medio de la cuaresma. Le piden una señal y contesta haciendo alusión a su muerte. Su muerte hará de él el santuario definitivo. La razón para matarlo será que se ha convertido en un peligro para el templo. El fin de los tiempos, en Jn está ligado a la muerte de Jesús.

Si dejásemos de creer en un Dios “que está en el cielo”, no le iríamos a buscar en la iglesia (edificio), donde nos encontramos tan a gusto. Si de verdad creyésemos en un Dios que está presente en todas y cada una de sus criaturas, trataríamos a todas con el mismo cuidado y cariño que si fuera él mismo. Nos seguimos refugiando en lo sagrado, porque seguimos pensando que hay realidades que no son sagradas. El evangelio está sin estrenar.

Meditación

Mis relaciones con Dios siguen siendo un “toma y daca”,
sin ninguna repercusión en mis relaciones con los demás.
Dios se me ha dado totalmente para que yo haga lo mismo.
Mi tarea consiste en tomar conciencia de ese don total.
Mi entrega a los demás corresponderá entonces a esa realidad.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Saber lo que hay dentro del hombre.

Domingo, 7 de marzo de 2021

jesus-echa-a-los-mercaderes-del-templo2“El cristiano que está en verdadera intimidad con Jesús nunca atraerá la atención a sí mismo” (Oswald Chambers)

Domingo 7 de marzo DOMINGO III DE CUARESMA

Jn 2, 11-25 “cuando resucitó de los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había hablado”. (v 22)

El tema de este relato es Jesús mismo presentado por el evangelista como el nuevo y definitivo templo. Su acción no parece que sea un acto revolucionario, de hecho, los discípulos no intervienen. Sin embargo, se cumple la profecía de Malaquías, que dice:

“Mirad, yo envío a mi mensajero a preparar el camino, y de pronto entrará en el santuario, el Señor que buscáis”.

Jesús aparece con espíritu profético para purificar la casa de Dios, y en el evangelio de Juan se expresa de una manera más viva y dinámica que en los sinópticos. El templo no es para Jesús, sin más, una casa de oración, como se dice en los sinópticos sino la casa de mi Padre (Juan). Este celo ardiente por la gloria del Padre, le va a devorar, y conducirle finalmente a la muerte.

Los judíos no entienden las misteriosas palabras de Jesús: “quien obra mal detesta la luz y no se acerca a la luz para que no le delate sus acciones” (v 20); están en otro nivel.

 

Cuando el Maestro profetiza sobre la caída del Templo y su reconstrucción en tres días, se refería al templo de cuerpo, que se estaba exponiendo a la muerte. Recuperar su cuerpo glorioso es un signo de victoria más que una realidad.

El cuerpo de Jesús muerto y resucitado se convierte en el lugar donde Dios se manifiesta, en el único centro de oración, el único templo, para ponernos en contacto con el Señor.

Más adelante los discípulos se acuerdan y entienden estas misteriosas palabras de Jesús: Por eso, cuando resucitó de los muertos, sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había hablado. (v 22)

“El cristiano que está en verdadera intimidad con Jesús nunca atraerá la atención a sí mismo” (Oswald Chambers)

Poema ¡Oh Cristo! De Amado Nervo

«ya no hay un dolor humano que no sea mi dolor;
ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma se angustia
sin que yo me angustie y llore;
ya mi corazón es lámpara fiel de todas las vigilias,
¡oh cristo!

en vano busco en los hondos escondrijos de mi ser
para encontrar algún odio: nadie puede herirme ya
sino de piedad y amor. Todos son yo, yo soy todos,
¡oh cristo!

¡qué importan males o bienes! para mí todos son bienes.

El rosal no tiene espinas: para mí sólo da rosas.
¿Rosas de pasión? ¡qué importa! rosas de celeste esencia,
purpúreas como la sangre que vertiste por nosotros,
¡oh cristo!

 

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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El encuentro con Dios ni se compra ni se vende.

Domingo, 7 de marzo de 2021

cuerpo-cristoLa acción simbólica que Jesús realiza en el recinto del Templo es narrada por los cuatro Evangelios, aunque con acentos y perspectivas diferentes. El hecho de que todos la recuerden muestra su historicidad y nos sitúa ante un hecho de la vida de Jesús que, sin duda, nos desconcierta porque expresa una indignación que no estamos acostumbrados/as a ver en Jesús.

Al contrario de los evangelios sinópticos (que sitúan esta escena al final de la vida de Jesús) el texto de Juan narra esta historia al comienzo de la vida itinerante de Jesús por Palestina. De este modo la acción que el Maestro realiza se muestra como un acto que revela el horizonte de su misión y su propuesta salvadora.

El templo de Jerusalén

El Templo de Jerusalén era el referente central en la experiencia religiosa de Israel. A su sombra se fue fraguando su identidad como pueblo. Las normas, ritos y festividades que han ido conformando su vida cultual orientaban el camino de encuentro con Dios, pero también delimitaban el modo en que hombres y mujeres judías debían comprender y relacionarse con él. El recinto se dividía en diferentes espacios que se iban desplegando desde los más profanos a los más sagrados a través de los cuales se visibilizaban las fronteras sociales y religiosas que determinaban lo que era puro o impuro en relación con Dios[1].

El relato comienza con la llegada de Jesús a Jerusalén en un momento próximo a la celebración de la fiesta de la Pascua. Se dirige al Templo, pero lo que allí ve no le gusta. Con frecuencia pensamos que Jesús se indignó porque se encuentra con gente que está haciendo negocios, no siempre lícitos en el lugar sagrado. Pero, en realidad las cosas eran un poco diferentes.

Con motivo de la fiesta Jerusalén se llenaba de creyentes judíos que venían de todos los lugares del Imperio para vivir uno de los momentos más significativos del calendario religioso. Al templo se accedía a través de un patio, denominado “atrio de los gentiles”, al que podían entrar cualquier persona y en él se situaban los/as vendedores/as de animales y de objetos que cumplían los requisitos legales y rituales que los hacían aptos para los sacrificios y ofrendas. Además, como se consideraba impura cualquier moneda que no fuese acuñada en el recinto sagrado había también puestos que, a modo de banco, cambiaba ese dinero por dinero no contaminado. Todo esto era necesario para que se pudiese llevar a cabo de forma adecuada el culto sacrificial que se consideraba era digno de Dios. Nadie por tanto consideraba esto sacrílego o pecaminoso, aunque sin duda, existiesen abusos o prácticas fraudulentas.

La casa de mi Padre/Madre

En este contexto tenemos que preguntarnos por qué Jesús se indignó tanto al ver en el patio la actividad habitual en medio de las celebraciones religiosas. El problema no era lo que se hacía sino cómo se entendía lo que se hacía. Jesús actúa de ese modo porque entiende que el modo en que se pretende dar culto a Dios no es el adecuado. Al estilo profético, Jesús denuncia que ese no es el culto que Dios, su abba, desea[2]. Y no lo es porque el culto se sostenía en fronteras rituales que separaban lo sagrado y lo profano, los buenos de los malos, los puros de los impuros, y Dios quería un encuentro sin fronteras con cualquier ser humano que lo buscase, lo necesitase o sencillamente lo invocase.

L@s discípul@s vieron, escucharon y recordaron

El autor del evangelio de Juan, después de narrar el hecho, intenta explicarlo y lo hace introduciendo dos textos de la Escritura: Zac 14, 20-21 y el Salmo 69, 10. Ambos textos visibilizan la tradición mesiánica, la narrativa que sostenía la esperanza de Israel en alguien, que, en nombre de Dios, les trajese liberación y reconstruyese al pueblo amenazado por tantas crisis y oprimido una y otra vez.

El texto del profeta Zacarias se pone en boca de Jesús de forma bastante libre cuando dice: “no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado”. La alusión hace referencia a unas palabras del profeta que busca hacer entender a Israel que la autentica salvación no llega por sacralizar espacios personas u objetos, sino que llegará cuando se deje habitar a Dios en cualquier espacio, persona u objeto porque toda la realidad es casa de Dios, es lugar de su presencia[3].

Las palabras del salmo 69 que l@s discipul@s recuerdan “el celo por tu casa me cuesta la vida”, evocan el camino que las primeras comunidades hicieron para entender la muerte de Jesús y la relación que ésta tiene con su actitud hacia el templo. En la vida de Jesús y en su final se revelaba un modo diferente de entender a Dios y su relación con los seres humanos. Un modo que lo enfrentó a las autoridades religiosas y civiles de su tiempo y que se expresaba con claridad en su indignación al tirar las mesas del mercado en el Templo. Jesús cuestiona y rechaza ese lugar sagrado de Israel porque no sirve como mediación para un culto basado en la misericordia, la inclusión y el perdón que Dios quiere regalar a los seres humanos.

Para el evangelista y su comunidad queda claro que con Jesús se ha inaugurado un tiempo nuevo, se ha ampliado la tienda en la que Dios nos encuentra, se han roto las barreras que nos separan, porque ahora es Jesús en su historia concreta (su cuerpo), en su palabra y en su actuación quien señala el camino auténtico hacia Dios y quien revela su autentico rostro.

Escuchando el relato joánico quizá podamos preguntarnos si hoy en nuestra Iglesia estamos siguiendo el modelo cultual del templo o el que nos ofreció Jesús. Si seguimos poniendo un mercado sagrado para preservar nuestros ritos o caminamos descalz@s por los caminos polvorientos de la vida refrescando nuestro corazón con una espiritualidad despojada de fardos ajenos y sostenida en la confianza en un Dios que es siempre compañero y amigo.

Carme Soto Varela

[1] Cfr. Junkal Guevara, “Templo y templos. Arquitectura sagrada en la Biblia”, Reseña Bíblica, 106 (2020), 11-21.

[2] José Ramón Busto Saiz, Cristología para empezar, Sal Terrae 1991, 75-76.

[3] Ib, 80-83.

 Fuente Fe Adulta

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Espiritualidad trans religiosa

Domingo, 7 de marzo de 2021

DBF61C33-B7D1-4EB5-AE58-C8B03BC723FEDomingo III de Cuaresma

7 marzo 2021

Jn 2, 13-25

  Hay quien ha visto este relato como demostración de la ira de Jesús contra quienes habían mercantilizado el templo o incluso como expresión de su fanatismo religioso, “devorado por el celo” de la casa de Dios.

  Sin embargo, el texto parece que apunta en otra dirección. Las actividades de los vendedores y cambistas estaban bien reguladas y contaban con un espacio en el propio templo. No solo estaban permitidas, sino que resultaban imprescindibles para los sacrificios religiosos y para asegurar las ofrendas en la propia moneda del templo.

  El de Jesús parece, más bien, un “gesto simbólico” –en la línea de los grandes profetas de Israel–, una parábola en acción, que contenía un mensaje subversivo: Dios no está encerrado en el templo.

  Tal mensaje se halla avalado por parábolas –como la del “buen samaritano” o la del “juicio universal”–, en las que se pone de manifiesto que existe un camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo. O por aquellas palabras que el propio evangelio de Juan pone en boca de Jesús: “Ha llegado la hora en que, para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén… Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto al Padre, lo adoran en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad” (Jn 4,21-24).

 La espiritualidad transciende templos y religiones. Incluye ciertamente una dimensión comunitaria (colectiva) y ritual, por lo que será necesario ir encontrando prácticas que permitan vivirla, expresarla, celebrarla y operativizarla, pero no queda constreñida dentro de los muros de ningún templo.

  El templo es el “cuerpo”, es decir, toda la realidad. Toda ella se halla habitada, sostenida y constituida por aquella Profundidad que transciende –a la vez que se expresa en– todas las formas.

¿Cómo expreso, celebro, comparto y vivo la espiritualidad?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Hoy en día algunos quieren reconstruir el Templo que Jesús derribó

Domingo, 7 de marzo de 2021

215px-missa_tridentina_002Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1.  v 13 La Pascua, pero de los judíos. Algunos datos.

Según el evangelio de San Juan, Jesús adulto celebró tres Pascuas judías, (Jn 2,13; 6,4; 11,55). En la tercera Pascua Jesús fue inmolado.

Estas tres Pascuas significan que -según San Juan- la actividad pública de Jesús habría durado unos tres años.

En los evangelios sinópticos, la escena del Templo se sitúa pocos días antes de la pasión y muerte de Jesús. San Juan sin embargo, dispone esta escena al comienzo del evangelio (Jn 2) como diciendo que Jesús, desde el comienzo, está enfrentado al sistema religioso, por lo que, también desde el comienzo, Jesús “va a terminar mal”.

         La celebración de la Pascua era el recuerdo y la celebración del Éxodo y la libertad, la tierra de promisión.

         San Juan, con la ironía que le caracteriza, habla siempre de la Pascua de los judíos, que no es la Pascua del Señor. En el AT la Pascua era la Pascua del Señor, en el NT es la Pascua de JesuCristo. Pero San Juan habla de la Pascua de los judíos;es decir, viene a decir que ese tipo de religión: “Pascua de los judíos” es “cosa vuestra”, no de Dios, ni de Jesús. La “Pascua de los judíos” ya no era la celebración del Éxodo, de la libertad, de la tierra de promisión, sino que la Pascua era para los judíos la comercialización de lo religioso: de la Navidad, de Semana Santa, el día del padre o de la madre, San Valentín, etc., ¿Como para nosotros?

Algunos datos:

+       El templo de Jerusalén constituía el centro comercial-mercantil del pueblo israelita:

  •  Por Pascua se acercaban a Jerusalén más de 100.000 personas.
  •  Por Pascua se sacrificaban alrededor de 18.000 corderos-ovejas.
  •  Era el lugar de los sacrificios y ofrendas.
  •  (El templo de Jerusalén tenía 1500 mts. de perímetro).

+       El Templo funcionaba como banco donde los fieles depositaban (y los sacerdotes administraban) grandes sumas de dinero.

+       El templo simbolizaba y expresaba la presencia de Dios en el pueblo. En ese sentido aparecía como lugar privilegiado de oración y purificación, especialmente de perdón de los pecados. Pues bien, esa función del templo había sido devaluada o declarada inútil por Juan Bautista. El templo se había convertido en un “mercado persa”. El Templo se había convertido en el “Banco o la Kutxa”

+       Jesús vio el templo como patología económico-religiosa, centrada en el poder de los sacerdotes, en el dinero del tributo y en los animales que se compran y venden para ser sacrificados.

+       Jesús condenó el culto del templo porque lo entendió como religión de bandidos-sacerdotes o de comerciantes de un emporio económico, que se valen de Dios y de su culto para oprimir a los pobres, no para servirles.

  1. v 14 Jesús va al templo y se encuentra con “una gran superficie”

Jesús se acerca al Templo, y lo que encuentra en él es una “gran superficie”, un supermercado muy rentable con sus ovejas, bueyes, palomas, pichones, etc. y con sus correspondientes sucursales bancarias, los cambistas de dinero.

El negocio del Templo estaba asegurado durante la Pascua y fuera de ella.

Esto hizo que “saltaran las alarmas” porque Jesús –seguramente- evocó en su interior lo que tantas veces había orado: misericordia quiero y no sacrificios, (Oseas 6,6).

  1. Algunas consideraciones cristianas como terapia.

03.1  El Templo y la religión pueden llegar fácilmente a convertirse en un mercado. Toda realidad buena se pervierte cuando es usada como instrumento de poder o de comercio, que -más o menos- es lo mismo.

Son cuestiones delicadas, pero es triste que se trate de volver a cobrar los aranceles por los “servicios religiosos”, incluso algunas cuestiones como las indulgencias llevan una componente económica[1], ¿estipendios por las Misas?[2]

No es menos cierto que en estos tiempos de pandemia, al no poder asistir los fieles al templo por los aforos limitados y porque no asistir al culto, es sencillamente una medida higiénica, la recaudación en las colectas es mucho menor. Pero es preferible ser pobre a comercializar el templo.

03.2  El Templo y lo religioso pueden convertirse también en un mercado en sentido figurado, pero real. Las religiones, también la católica, tienen mucho peligro de convertirse en el lugar de “compraventa” de Dios, cuando en realidad el Dios de Jesús es amor y el amor es gratuito. Dios es de balde, gracia, gratitud. ¿Se vende lo gratuito? ¿Se vende la gracia?

         Tenemos el peligro de convertir las relaciones con Dios en un mercado. Yo “te pago” con misas, rosarios y tú, Dios, me pagas…

         En esta pandemia que estamos viviendo, por razones obvias sanitarias, a muchas personas que mueren, no se les puede celebrar un funeral. Pero no pensemos que se van a salvar cuando pase esta situación y se pueda celebrar un funeral. ¡No, por Dios! Para “cuando nosotros vamos, Dios ya vuelve, ha vuelto con el perdón” y el abrazo salvífico.[3]

Y esto pensémoslo también para todos los seres humanos. Cuántas personas han muerto en la historia de la humanidad, y mueren sin bautismo, sin funeral, sin bendición apostólica, sin “la presencia del Templo”, etc… en países de misión, en nuestros propios pueblos…

         La salvación no depende de los ritos del Templo, sino de la gracia del Dios JesuCristo, que es nuestro Padre y hace las cosas “gratis”.

03.3 A Dios se le adora en espíritu y en verdad, (Jn 4,23-24))

 MADAGASCAR-1        En un momento de la conversación entre Jesús y la samaritana (Jn 4), ésta le pregunta a Jesús: ¿dónde hay que adorar a Dios: aquí en el templo de Garizím (Samaria) o en templo de Jerusalén? (¿En la catedral u otro templo?). Jesús le responde con gran potencia: A Dios no se le adora en ningún Templo, sino en espíritu y en verdad.

El culto que agrada a Dios no son los ritos y sacrificios, sino la honradez y honestidad en la vida: en espíritu y verdad: Misericordia quiero y no sacrificios, (Mt 9,13);

Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.(Salmo 50,18-19).

         Hoy en día llama la atención el restauracionismo de lo sacral en los templos, en el estilo de muchos obispos y curas, en las liturgias: campanillas, bandejas, lavabos, inciensos, roquetes y ornamentos, etc. En no pocas diócesis se está volviendo al sistema de Templo que Jesús destruyó. Les preocupa más el ritualismo que el evangelio. “¿No estarán reconstruyendo el esplendor del Templo que Jesús derribó?

El Templo y el culto cristiano es ante todo el mismo ser humano: ¿No sabéis que sois Templos del Espíritu? (1Cor 3,16). Templo de Dios es el Universo, el ser humano, la vida, la bondad y compasión.

El culto cristiano es la limosna, el banco de alimentos, la comprensión, acogida y ayuda al débil, al refugiado.

Jesús comía con pecadores y publicanos, que eran también” Eucaristías”. La multiplicación de los panes tiene también el tono de una Eucaristía: Jesús tomó en sus manos los panes, y después de dar gracias a Dios los repartió entre los que estaban sentados. Hizo lo mismo con los peces, dándoles todo lo que querían, (Jn 6,11).

El culto que Dios quiere está en la honradez en la vida, en vivir en verdad.

03.4 Cuando vayas a orar, métete en tu habitación, cierra la puerta y ora. (Mt 6,6)

         En este desierto que estamos atravesando, en esta pandemia, muchas personas, muchos creyentes no van, no pueden ir al Templo, no conviene que vayan al Templo.

         Haríamos bien seguir el consejo de Jesús, que no creo fuera ningún teólogo revolucionario ¿o sí?: Cuando vayas a orar, métete en tu habitación, cierra la puerta y ora. Y tu Padre del cielo estará contento y te lo agradecerá…

         La soledad “acompañada” de nuestra habitación puede ser también nuestro “pequeño templo”, quizás con la televisión, la radio, quizás -mejor- en silencio.

         En la primera lectura de hoy (Éxodo), hemos escuchado el Decálogo, los diez mandamientos que es la moral, la ética fundamental.

         La ética y la moral no la dictan únicamente los eclesiásticos, sino también pueden contribuir a actualizar la ética los científicos, los médicos, los que piensan en la vida. Y si los médicos nos dicen que, mejor quedarse un tanto confinados, pues hagamos caso y, si no somos buenos, que no lo somos, al menos seamos inteligentes. “Quédate en casa, cierra la puerta y ora”.

  1. Jesús hace un látigo, un azote. Jesús saca las ovejas.

Cuando llegue el Mesías, no habrá ningún comerciante en el Templo, había anunciado el profeta Zacarías (Zac14, 21). (A juzgar por lo que podemos ver, un poco optimista fue Zacarías…)

Se trata de un gesto profético para derogar aquel sistema mercantil-religioso de la religión, del Templo.

         Llama la atención que Jesús, que es el Buen Pastor, saca también las ovejas del Templo. Cuando venga el Mesías no habrá mercaderes ni “trapicheos” en el Templo.

         Sin embargo las monedas quedan dispersas en el Templo. Y es que uno ora como cree: lex orandi, lex credendi. Y el nuevo “dios” de aquellos sacerdotes del Templo era el dinero. El dinero domina el Templo.

El gesto de sacar las ovejas del templo recuerda lo que le ocurrió al ciego del Templo, que cuando ve, es cuando está fuera del Templo (Jn 9,25.34).

Jesús al enterarse que le habían echado del Templo, le lleva hacia la luz, hacia la fe.

  1. Los templos son útiles, pero no absolutos

No es menos cierto también que la iglesia, el templo de nuestra parroquia evoca el lugar en el que fuimos bautizados, donde celebramos la Eucaristía… Los retablos son -al menos eran- catequesis en los que el pueblo expresaba y “veía” su fe. En el templo hemos compartido y crecido en la fe en grupos de formación de jóvenes o adultos.

         Al comienzo los cristianos se reunían en sus propias casas. Probablemente por necesidades sociológicas, fueron surgiendo en la historia templos de diversos estilos arquitectónicos: desde la basílica romana, al románico, el gótico, el renacimiento, el barroco, hasta Meier o Moneo. Cada estilo subraya alguna perspectiva antropológica y teológica.

         Pero creo que el estilo y el culto cristiano es otro y es otra cuestión:

         A Dios no se le encuentra ni se le adora en la sacralidad de las piedras, del cemento o de las relaciones religiosas, sino que a Dios se le encuentra en la honradez y limpieza, en la laicidad de las relaciones humanas:

Señor, ¿quién puede vivir en tu Templo?

¿Quién puede habitar en tu santo monte?

Solo el que vive sin tacha y hace lo bueno;

el que dice la verdad de todo corazón;

el que no habla mal de nadie;

el que no hace daño a su amigo,

ni ofende a su vecino;

(Salmo 15)

         A la casa del Padre vamos todos: pecadores, publicanos, “Zaqueos”, samaritanas, “Magdalenas”, hijos pródigos. (Y estamos muchos en la historia).

El Templo lo hace el espíritu y talante (espíritu y verdad) con el que nos reunimos los que acudimos él. Tienes una familia cuando acoges y eres bien acogido y querido, no cuando compras un piso (Templo).

El Templo del cristiano es el Universo, la creación. Damos gracias a Dios en la vida, la naturaleza, la creación, nuestra propia existencia. ¡Señor, Dios nuestro, que admirable es tu nombre en toda la tierra! (Salmo 8).

El Templo del cristiano es el silencio y la interioridad, porque a ciertas alturas de la vida ya está todo dicho y es más realizador escuchar que hablar.

[1] La cuestión de la comercialización de las indulgencia fue una de las causas de la ruptura entre el protestantismo naciente (Lutero) y Roma.

[2] Otra cuestión mucho más noble es la limosna.

[3] Ciertamente es triste no poder despedir a nuestros difuntos, que es algo muy noble. Pero esta es una cuestión sanitaria, no teológica.

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