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Archivo para Domingo, 16 de agosto de 2020

Querer el bien.

Domingo, 16 de agosto de 2020

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Es triste tener que lamentar el dolor, pero
no basta con quejarse de él para eliminarlo.

Es el bien lo que debemos querer, cumplir, exaltar.

Es la bondad la que debe ser proclamada en presencia del mundo
para que irradie y penetre todos los elementos de la vida individual y social.

El individuo debe ser bueno, de una bondad que revela una conciencia pura
e inaccesible a la duplicidad, al cálculo, a la dureza del corazón.

Bueno, por una aplicación continua de la purificación interior, de la perfección verdadera;
bueno, por fidelidad a un firme propósito manifestado en todo pensamiento, en toda acción.

La humanidad también debe ser buena. Estas voces que suben del fondo de los siglos,
para enseñarnos todavía hoy con una nota de actualidad,
recuerdan a los hombres el deber que incumbe indistintamente a todos de ser buenos,
justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para comprender
y para excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad.

*

 Juan XXIII

La documentación católica n°1367

***

 

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

“Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

“Atiéndela, que viene detrás gritando.”

Él les contestó:

“Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.”

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

“Señor, socórreme.”

Él le contestó:

“No está bien echar a los perros el pan de los hijos.”

Pero ella repuso:

– “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.”

Jesús le respondió:

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.”

En aquel momento quedó curada su hija.

*

Mateo 15,21-28

***

La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está “poseída“, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra “demonismo” (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.

Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros .

*

E. Drewermann,
El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor,
Herder Barcelona 1996, 134- 135.

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“Aliviar el sufrimiento”. 20 Tiempo ordinario – A (Mateo 15,21-28)

Domingo, 16 de agosto de 2020

1touchoffaithJesús vive muy atento a la vida. Es ahí donde descubre la voluntad de Dios. Mira con hondura la creación y capta el misterio del Padre, que lo invita a cuidar con ternura a los más pequeños. Abre su corazón al sufrimiento de la gente y escucha la voz de Dios, que lo llama a aliviar su dolor.

Los evangelios nos han conservado el recuerdo de un encuentro que tuvo Jesús con una mujer pagana en la región de Tiro y Sidón. El relato es sorprendente y nos descubre cómo aprendía Jesús el camino concreto para ser fiel a Dios.

Una mujer sola y desesperada sale a su encuentro. Solo sabe hacer una cosa: gritar y pedir compasión. Su hija no solo está enferma y desquiciada, sino que vive poseída por un «demonio muy malo». Su hogar es un infierno. De su corazón desgarrado brota una súplica: «Señor, socórreme».

Jesús le responde con una frialdad inesperada. Él tiene una vocación muy concreta y definida: se debe a las «ovejas descarriadas de Israel». No es su misión adentrarse en el mundo pagano: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos».

La frase es dura, pero la mujer no se ofende. Está segura de que lo que pide es bueno y, retomando la imagen de Jesús, le dice estas admirables palabras: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

De pronto Jesús comprende todo desde una luz nueva. Esta mujer tiene razón: lo que desea coincide con la voluntad de Dios, que no quiere ver sufrir a nadie. Conmovido y admirado le dice: «Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas».

Jesús, que parecía tan seguro de su propia misión, se deja enseñar y corregir por esta mujer pagana. El sufrimiento no conoce fronteras. Es verdad que su misión está en Israel, pero la compasión de Dios ha de llegar a cualquier persona que está sufriendo.

Cuando nos encontramos con una persona que sufre, la voluntad de Dios resplandece allí con toda claridad. Dios quiere que aliviemos su sufrimiento. Es lo primero. Todo lo demás viene después. Ese fue el camino que siguió Jesús para ser fiel al Padre.

José Antonio Pagola

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“Mujer, qué grande es tu fe”. Domingo 16 de agosto de 2020. 20º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 16 de agosto de 2020

43-OrdinarioA20Leído en Koinonia:

Isaías 56, 1.6-7: A los extranjeros los traeré a mi monte santo
Salmo responsorial: 66: Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Romanos 11, 13-15.29-32: Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel.
Mateo 15, 21-28: Mujer, qué grande es tu fe

A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad.

Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «Mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer. El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo, ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», es ecir, por la Utopía del Dios de la Vida, por el Ben Vivir que desea Dios para sus hijos e hijas, un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos… Leer más…

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Pero ella dijo (Mt 15, 27). La mujer que convirtió a Jesús (y que convertirá su Iglesia)

Domingo, 16 de agosto de 2020

B4801101-817B-43B8-89B5-1E0FF7D27586Del blog de Xabier Pikaza:

La iglesia necesita una cananea como aquella, con su hija enferma. Estas dos mujeres cambiaron el dogma de Jesús, que era bueno, pero estaba equivocado (Mt 15, 21-28), una pidiendo por la otra, y las dos abriendo sus ojos para hacerle mesías verdadero, pasando del Antiguo Testamento de pequeña Ley de pueblo al mesianismo (cristianismo) universal de vida.

Estas dos mujeres son el signo de la transformación de la humanidad, una pidiendo por la otra, y las dos enseñando a Jesús, que sabía ya muchas cosas, pero no las principales. Conocía bien el Antiguo Testamento, sus promesas y dogmas, pero estas dos mujeres conocían mejor al Dios de la vida y la salud, una sufriendo, otra pidiendo por la otra, ambas paganas, las dos cananeas. Jesús había aprendido bien la doctrina de Juan el Bautista, pero le enseñaron mejor estas mujeres.

Ellas le cambiaron, por ellas fue quien fue, hizo lo que hizo. También hoy, año 2020, la Iglesia necesita unas mujeres como estas, capaces de cambiar sus “dogmas” cerrados de pueblo pequeño, para ser lo que ha de ser: Un camino universal de vida, empezando por las mujeres proscritas y sufrientes, que saben y enseñan con vida, como estas cananeas

Ésta es la historia de una mujer que pide por la otra, se lo pide a Jesús con su argumento de vida, refutando y superando así los dos “dogmas” principales de la tradición israelita (actualmente de la Iglesia),

        Es el tema y argumento de Mt 15, 21-28, el evangelio de este domingo 16.8.20.  Jesús cambió por la experiencia y palabra de dos mujeres. La iglesia oficial apenas cambia desde hace siglos, a pesar de leer año tras año este evangelio y contestar después “palabra de Dios”. El argumento es muy sencillo. Primero lo presento, luego leo el texto y lo comento:

  1. El dogma de esta mujer con su hija (su amiga) es la vida. Todas las restantes religiones y verdades, con los imperios comerciales (Tiro, Sidón) y naciones o estados han de estar al servicio de la vida de las personas, y en especial de las sufrientes que  son la encarnación (carne) de Dios, como dijo más tarde un cristiano llamado Ireneo.
  2. Jesús viene con dos dogmas. Uno es: “He sido enviado a las ovejas perdidas del pueblo de Israel”. Según eso, Jesús mesíasl tiene un pueblo al que debe cuidar: Su buena nación, su iglesia, su patria, su raza, su economía… Los demás que se arreglen si pueden (como puedan) o que mueran. Esta mujer cananea refuta y supera con su vida y dolor este dogma, y Jesús lo admite, sabe perder y pierde ante ella.
  3. El segundo dogma es semejante al primero No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros. Es un dogma establecido en Israel por siglos. Así le han enseñado a Jesús, así debe cumplirlo, porque está mandado. Éste es el dogma de casi todos los pueblos del mundo, el pueblo de una Iglesia que ha dicho “extra ecclesia nulla es salus”, fuera de ella no hay pan.
  4. La mujer en cambio tiene un dogma, que es mejor que el de Jesús, mejor que el de la Iglesia. Es el  dogma de la niña cananea, una niña  cualquiera. El dogma práctico de Jesús y de su Iglesia es que esa niña no muera de hambre, de falta de atención, de abandono. Que esa niña “cananea” (universal) pueda vivir, éste es el dogma de Dios, como estas mujeres paganas enseñaron a Jesús. “Gloria Dei vivens puer”,  la gloria de Dios es que la niña vida, como dirá más tarde Ireneo. Ante ese dato (dogma divino por ser humano) cesan todos los dogmas de Israel, las lecciones que había aprendido Jesucristo.
  5. Jesús traía bien sabidoslos dogmas de la Biblia de Israel, de la enseñanza del Bautista, y quiere recorrer con ello su camino de Mesías: Sólo hay salvación para los buenos, los nuestros, los hijos de la casa. Pero viene una mujer cananea y le enseña con el argumento de su vida (¡pero ella dijo!) que la casa de Dios es la casa de todos…y Jesús aprende y se convierte al evangelio de la vida universal, del pan de los llamados “perros”, pues todos son hijos de Dios
  6. Una mujer con la niña enferma cambia la vida de Jesús… y él es capaz de cambiar, de rehacer (superar) sus dogmas anteriores… Precisamente eso, el hecho de cambiar ante la llamada concreta de la vida, indica que es “mesías”, presencia salvadora de Dios.
  7. Éste es un evangelio social… para judíos y cananeos, para hispanos y americanos, para todos los hombres y mujeres de la tierra… El primer y único dogma es la vida para esta niña, para todos los niños del mundo. Es el dogma de esta mujer, al servicio de la vida.
  8. Es un dogma que la Iglesia “católica” tiene dificultad en aprender,  porque ella sigue poniendo  sus  verdades de hombres por encima de la vida, y en especial de la vida de las mujeres… Un mal copista de Pablo dijo “que las mujeres callen en la Iglesia” (1 Cor 14, 34), pero esta mujer no hizo caso y levantó su voz ante Jesús y Jesús le escuchó y respondió “grande es tu ve, dirige tú mi iglesia”.
  9. Da la impresión de que un tipo de Iglesia  lleva siglos sin “escuchar” de verdad a las mujeres como éstas, para mantener así sus dogmas “machos” (perdónese la expresión, dogmas de hombres) por encima de todo, pase lo que pase. Pero esta mujer cananea de Mt 15 fue la maestra de Jesús, la que le hizo cambiar su visión del mesianismo, de la vida. Hoy necesitamos mujeres como aquellas, que cambien la forma de vida de la Iglesia, cerrada en un tipo de dogma sacral de varones
  10. Este evangelio de Mt 15 es una lectura necesaria para tiempos de “pandemia”:  El “dogma” primero, aceptado por Jesús (por encima de todos los dogmas y principios de Israel y de la Iglesia posterior) es que la niña viva. Éste es el dogma que se pone de rodillas para pedirle a Jesús que aprenda, que cambie.
  11. Y Jesús cambió…por la fe de esta mujeres, de mujeres como esas que desde la base de la vida enseñan a Jesús a ser Mesías, y a la Iglesia a ser comunidad de vida, para todos.

Texto y comentario.

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón.

‒ Y he aquí que una mujer cananea, saliendo de aquellos lugares, se puso a gritarle: Ten misericordia de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está duramente oprimida por un demonio. 23 ‒ Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: Despídela, pues nos sigue gritando.

‒ Él contestó: No he sido enviado, sino las ovejas perdidas de la casa de Israel.

Pero ella, llegando, se postró ante él, diciendo: Señor: ¡Socórreme!

‒ Él le contestó: No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.

‒ Pero ella dijo: Tienes razón, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

‒ Y entonces Jesús respondiendo le dijo: Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas, En aquel momento quedó curada su hija (Mt 15, 21‒28) [1]

De un modo lógico, asumiendo las tradiciones de su pueblo, como Hijo del David nacional, en la línea del primer envío misionero de sus discípulos (10, 6), Jesús responde a la mujer diciendo que Dios le ha enviado solamente a las ovejas perdidas (15, 24) de la casa de Israel, y que no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos. Supone así que los israelitas son hijos queridos de Dios; los gentiles, en cambio, son perros, en la línea de 7, 6: “No echéis lo santo a los perros… (en el sentido de perros asilvestrados)”.

Pues bien, esta mujer cananea acepta ese lenguaje, y pide a Jesús sólo las sobras, pues también a los perritos (kynariois) kahora en el sentido de perros pequeños, caseros) se les dejan las migajas que caen de la mesa de los hijos. Ante esa palabra, de un modo sorprendente, Jesús se deja convencer, descubriendo y aceptando la gran fe   de esta mujer.

– Esta mujer saluda a Jesús llamándole: Señor, Hijo de David (15, 21-22).El título que le concede (Hijo de David) le arraiga en la historia mesiánica de Israel, desde una perspectiva pagana. Es como si los paganos empezaran reconociendo el mesianismo judío, pero con un matiz muy novedoso, presentando a ese Mesías, Hijo de David, como sanador universal. Dos ciegos judíos le habían pedido que tuviera compasión de ellos (Mt 9, 27), llamándole también “Hijo de David” pero ellos eran en principio judíos. Ahora, en cambio, es una mujer cananea la que le pide que se apiade de ella (15, 22 porque su hija (es decir, la humanidad pagana) se encuentra enferma, suponiendo así que ante la enfermedad no hay diferencia entre judíos y gentiles. De esa forma, una mujer pagana (cananea, de los enemigos de Israel) interpreta el mesianismo de Jesús en línea de misericordia sanadora.

(Las palabras de la cananea “pero ella dicho” son el título de un libro famoso de una teóloga llamada Schüssler Fiorenza)

‒ La hija de la cananea y el pan de los “hijos”(15, 22.26). El texto empieza oponiendo dos tipos de “hijos”: por un lado la hija de la cananea (15, 22); por otro los hijos (15, 26) de los israelitas, como hijos especiales del mismo Dios. Esta madre no es una “griega” en general, aunque de nación siro-fenicia (cf. Mc 7, 26), sino cananea, de la raza de aquellos enemigos que los libros antiguos habían mandado exterminar (Mt 15, 22; cf. Ex 23, 23-33; 34, 11-16; Dt 7, 1-6; 20, 17; Js 24, 11). Pues bien, como veremos, tras un diálogo de maduración, en vez de dejar que mueran (de matar) a las hijas de las cananeas, para que los buenos israelitas no se casen y perviertan con ellas (como seguía mandando la legislación de Esdras-Nehemías), Jesús cura a esa hija cananea, con lo que eso implica en la historia de Israel, invirtiendo la historia anterior de rechazo de los cananeos (y especialmente de las cananeas)[2].

‒ No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos(15, 26). Este pasaje distingue entre perros (los de fuera) e hijos (los de dentro, los buenos judíos y/o cristianos). La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo se refiere casi siempre a los perros de un modo negativo, de manera que llamarle a un hombre «perro» era un insulto (cf. 1 Sam 17, 43; Is 56, 10-11). Leer más…

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La mujer que calló a Jesús. Domingo 20. Ciclo A.

Domingo, 16 de agosto de 2020

548290_4706116344630_2034407079_nDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

A Jesús nadie era capaz de callarlo. Ni los sabihondos escribas, ni los piadosos fariseos, por no hablar de sacerdotes y políticos. La única persona que lo calló fue una mujer. Y encima, pagana.

 Dos reacciones muy distintas ante un texto problemático

             El evangelio de Marcos cuenta el encuentro de una mujer pagana con Jesús, en el que este responde a su petición de forma fría, casi insultante. Lucas, tan interesado por los paganos, omitió este pasaje en su evangelio. Mateo, igualmente defensor de los paganos, adoptó una postura muy distinta: en vez de omitir el episodio, lo amplió, haciéndolo mucho más dramático.

 El Mesías antipático y la pagana insistente

             Para entender la versión que ofrece Mateo de este episodio hay que conocer la de Marcos, que le sirve como punto de partida.

            Marcos cuenta una escena más sencilla. Jesús llega al territorio de Tiro, entra en una casa y se queda en ella. Una mujer que tiene a su hija enferma, acude a Jesús, se postra ante él y le pide que la cure. Jesús le responde que no está bien quitar el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Ella le dice que tiene razón, pero que también los perritos comen de las migajas de los niños. Y Jesús: «Por eso que has dicho, ve, que el demonio ha salido de tu hija».

            Mateo describe una escena más dramática cambiando el escenario y añadiendo detalles nuevos, todos los que aparece en cursiva y rojo en el texto siguiente.

«En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

― Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

― Atiéndela, que viene detrás gritando.

Él les contestó:

― Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

― Señor, socórreme.

Él le contestó:

― No está bien echar a los perros el pan de los hijos.

Pero ella repuso:

― Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.

Jesús le respondió:

― Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.

 Los cambios que introduce Mateo

  • El encuentro no tiene lugar dentro de la casa, sino en el camino. Esto le permite presentar a Jesús y a los discípulos andando, y la cananea detrás de ellos.
  • La cananea no comienza postrándose ante Jesús, lo sigue gritándole: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Pero Jesús, que siempre muestra tanta compasión con los enfermos y los que sufren, no le dirige ni una palabra.
  • La mujer insiste tanto que los discípulos, muertos de vergüenza, le piden a Jesús que la atienda. Y él responde secamente: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
  • La cananea no se da por vencida. Se adelanta, se postra ante Jesús, obligándole a detenerse, y le pide: «Señor, socórreme». Vienen a la mente las palabras de Mt 6,7: «Cuando recéis, no seáis palabreros como los paganos, que se imaginan que por hablar mucho les harán más caso». Esta pagana no es palabrera; pide como una cristiana. Imposible mayor sobriedad.
  • Sigue el mismo diálogo que en Marcos sobre el pan de los hijos y las migajas que comen los perritos.
  • Pero el final es muy distinto. Jesús, en vez de decirle que su hija está curada, le dice: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.»

Estos cambios se resumen en la forma de presentar a Jesús y a la cananea.

1) A Jesús lo presenta de forma antipática: no responde una palabra a pesar de que la mujer va gritando detrás de él; parece un nacionalista furibundo al que le traen sin cuidado los paganos; es capaz de avergonzar a sus mismos discípulos.

2) En la mujer, acentúa su angustia y su constancia. Ella no se limita a exponer su caso (como en Marcos), sino que intenta conmover a Jesús con su sufrimiento: «Ten compasión de mí, Señor», «Señor, socórreme». Y lo hace de manera insistente, obstinada, llegando a cerrarle el paso a Jesús, forzándolo a detenerse y a escucharla.

Ni obstinación ni sabiduría, fe

Jesús podría haberle dicho: «¡Qué pesada eres! Vete ya, y que se cure tu hija». O también: «¡Qué lista eres!» Pero lo que alaba en la mujer no es su obstinación, ni su inteligencia, sino su fe. «¡Qué grande es tu fe!». Poco antes, a Pedro, cuando comienza a hundirse en el lago, le ha dicho que tiene poca fe. Poco más adelante dirá lo mismo al resto de los discípulos. En cambio, la pagana tiene gran fe. Y esto trae a la memoria otro pagano del que ha hablado antes Mateo: el centurión de Cafarnaúm, con una fe tan grande que también admira a Jesús.

Con algunas mujeres no puede ni Dios

El episodio de la cananea recuerda a otro aparentemente muy distinto: las bodas de Caná. También allí encontramos a un Jesús antipático, que responde a su madre de mala manera cuando le pide un milagro (las palabras que le dirige siempre se usan en la Biblia en contexto de reproche), y que busca argumentos teológicos para no hacer nada: «Todavía no ha llegado mi hora». Sólo le interesa respetar el plan de Dios, no hacer nada antes de que él se lo ordene o lo permita.

            En el caso de la cananea, Jesús también se refugia en la voluntad y el plan de Dios: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Yo no puedo hacer algo distinto de lo que me han mandado.

            Sin embargo, ni a María ni a la cananea les convence este recurso al plan de Dios. En ambos casos, el plan de Dios se contrapone a algo beneficioso para el hombre, bien sea algo importante, como la salud de la hija, o aparentemente secundario, como la falta de vino. Ellas están convencidas de que el verdadero plan de Dios es el bien del ser humano, y las dos, cada una a su manera, consiguen de Jesús lo que pretenden.

            Gracias a este conocimiento del plan de Dios a nivel profundo, no superficial, Isabel alaba a María «porque creíste» y Jesús a la cananea «por tu gran fe».

            En realidad, el título de este apartado se presta a error. Sería más correcto: «Dios, a través de algunas mujeres, deja clara cuál es su voluntad». Pero resulta menos llamativo.

«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel»

            Con estas palabras pretende justificar Jesús su actitud con la cananea. Si los discípulos hubieran sido tan listos como la mujer, podrían haber puesto a Jesús en un apuro. Bastaba hacerle dos preguntas:

1) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué nos has traído hasta Tiro y Sidón, que llevamos ya un montón de días hartos de subir y bajar cuestas?»

2) «Si sólo te han enviado a las ovejas descarriadas de Israel, ¿por qué curaste al hijo del centurión de Cafarnaúm, y encima lo pusiste como modelo diciendo que no habías encontrado en ningún israelita tanta fe?»

            Como los discípulos no preguntaron, no sabemos lo que habría respondido Jesús. Pero en el evangelio de Mateo queda claro desde el comienzo que Jesús ha sido enviado a todos, judíos y paganos. Por eso, los primeros que van a adorarlo de niño son los magos de Oriente, que anticipan al centurión de Cafarnaúm, a la cananea, y a todos nosotros.

Primera lectura y evangelio

La primera lectura ofrece un punto de contacto con el evangelio (por su aceptación de los paganos), pero también una notable diferencia. En ella se habla de los paganos que se entregan al Señor para servirlo, observando el sábado y la alianza. Como premio, podrán ofrecer en el templo sus holocaustos y sacrificios y serán acogidos en esa casa de oración. La cananea no observa el sábado ni la alianza, no piensa ofrecer un novillo ni un cordero en acción de gracias. Experimenta la fe en Jesús de forma misteriosa pero con una intensidad mayor que la que pueden expresar todas las acciones cultuales.

 Lectura del libro de Isaías 56, 1. 6-7

Así dice el Señor:

«Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar, y se va a revelar mi victoria. A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza, los traeré a mi monte santo, los alegraré en mi casa de oración, aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos.»

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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 16 Agosto, 2020

Domingo, 16 de agosto de 2020

Un auténtico diálogo que enriquece a ambos.

Domingo, 16 de agosto de 2020

canaanite2bwoman1Mt 15,21-28

Hoy las tres lecturas y hasta el salmo van en la misma dirección: La salvación universal de Dios. El tema de la apertura a los gentiles fue de suma importancia para la primera comunidad. Muchos cristianos judíos pretendían mantener la pertenencia al judaísmo como la marca y seña de la nueva comunicad, conservando la fidelidad a la Ley. Esta postura originó no pocas discusiones entre los discípulos y no se vio nada claro hasta pasado casi un siglo de la muerte de Jesús. Por eso es tan importante este relato.

Mateo relata este episodio inmediatamente después de una violenta discusión de Jesús con los fariseos y letrados, acerca de los alimentos puros e impuros. Seguramente la retirada a territorio pagano esté motivada por esa oposición. Jesús viendo el cariz que toman los acontecimientos prefiere apartarse un tiempo de los lugares donde le estaban vigilando. El relato pretende romper con los esquemas estereotipados que algunos cristianos pretendían mantener: Judío=creyente y extranjero=pagano o ateo.

El evangelista no pretende satisfacer nuestra curiosidad sobre un acontecimiento más bien anodino. Quiere dejar claro, que si una persona tiene fe en Jesús, no se puede impedir su pertenencia a la comunidad aunque sea “pagana”. Es un relato magistral que plantea el problema desde las dos perspectivas posibles. En él se quiere insistir tanto en la actitud abierta de los cristianos como en la necesidad de que los paganos vivieran unas disposiciones adecuadas de reconocimiento y humildad.

Los perros son considerados impuros en muchas culturas. La idea que nosotros tenemos de hiena es lo que más se aproxima a la idea de perro inmundo. Pero hay gran diferencia entre los perros salvajes y los de compañía, que son considerados como familia. A esta diferencia se aferra la mujer para salir airosa. Jesús no podía prescindir de los prejuicios que el pueblo judío arrastraba. Jesús tenía motivos para no hacer caso a la Cananea; pero nos encontramos con un Jesús dispuesto a aprender, incluso de una mujer pagana.

En el AT hay chispazos que nos indican ya la apertura total por parte de Dios a todo aquel que le busca con sinceridad. La primera lectura nos lo confirma: “A los extranje­ros que se han dado a Señor les traeré a mi monte santo”. No cabe duda de que Jesús participa de la mentalidad general de su pueblo, que hoy podíamos calificar de racista, pero que, en tiempo de Moisés, fue la única manera de garantizar su supervivencia.

Gracias a que, para Jesús, la religión no era una programación, fue capaz de responder vivencialmente ante situacio­nes nuevas. Su experiencia de Dios y las circunstancias le hicieron ver que uno solo puede estar con Dios si está con el hombre. Las enseñanzas de Jesús no son más que el intento de comunicarnos su experiencia personal de Dios. Pero para poder comunicar una experiencia, primero hay que vivirla. Jesús, como todo hombre, no tuvo más remedio que aprender de la experiencia.

Jesús toma en serio a la mujer Cananea; no como los discípulos. El texto oficial quiere suavizar la expresión de los discípulos y dice ‘atiéndela’. Pero el “apoluson” griego significa también despedir, rechazar; exactamente lo contrario. La respuesta de Jesús: “Solo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel”, no va dirigida a los apóstoles, sino a la Cananea. La dureza de la respuesta no desanima a la mujer, sino todo lo contrario. Le hace ver que el atenderla a ella no va en contra de la atención que merecen los suyos.

Por ser auténtico y sincero por ambas partes, el diálogo es fructífero. Jesús aprende y la cananea también aprende. Se produce el milagro del cambio en ambos. Lo que este relato resalta de Jesús es su capacidad de reacción. A pesar de su actitud inicial, sabe cambiar en un instante y descubrir lo que en aquella mujer había de auténtica creyente. Jesús descubre que esa mujer, aparentemente ajena al entorno de Jesús, tiene más confianza en él que los más íntimos que le siguen desde hace tiempo.

Jesús es capaz de cambiar su actitud porque la Cananea demuestra una sensibilidad mayor de la que muestra Jesús. De ella aprendió Jesús que debía superar sus prejuicios. Aprendió que hay que proteger ante todo a los débiles; una idea femenino-maternal. Le sorprendió la confianza absoluta que tenía la mujer en él; otro valor femenino. Lo que más maravilla en el relato es la capacidad de Jesús de aceptar, es decir, hacer suyos los valores femeninos que descubre en aquella mujer. Jesús descubre su “anima” y la integra.

La mujer representa a todos los que sufren por el dolor de un ser querido. La profunda relación entre ambas impide delimitar donde empieza el problema de su hija. La madre es también parte del problema; de hecho le dice: socórreme. La enfermedad de la hija no es ajena a la actitud de la madre. Curar a la madre supone curar a la hija. La enfermedad de la hija nos hace pensar en problemas de relación materno-filial. Cuando la madre se encuentra a sí misma con la ayuda de Jesús, se soluciona el problema de la hija.

Los cristianos hemos heredado del pueblo judío el sentimiento de pueblo elegido y privilegiado. Estamos tan seguros de que Dios es nuestro, que damos por sentado que el que quiera llegar a Dios tiene que contar con nosotros. Esta postura, que nos empeñamos en mantener, es tan absurda y está tan en contra del evangelio de Jesús, que me parece hasta ridículo tener que desmontarlo. Todos los seres humanos son iguales para Él.

Juzgar y condenar en nombre de Dios a todo el que no pensaba o actuaba como nosotros, ha sido una práctica constante en nuestra religión a través de sus dos mil años de existencia. Va siendo hora de que admitamos los tremendos errores cometidos por actuar de esa manera. Debemos reconocer que Dios nos ama a todos, no por lo que somos, sino por lo que Él es. Esta simple verdad bastaría para desmantelar todas nuestras pretensiones de superioridad y como consecuencia, todo atisbo de intolerancia y rechazo.

El texto nos enseña que ser cristiano es acercarse al otro, superando cualquier diferencia de edad, de sexo, cultura o religión. El prójimo es siempre el que me necesita. Los cristianos no hemos tenido, ni tenemos esto nada claro. Nos sigue costando demasiado aceptar a “otro”, y dejarle seguir siendo diferente; sobre todo al que es “otro” por su religión. Tenemos que aprender del relato, que el que me necesita es el débil, el que no tiene derechos, el que se ve excluido. También en este punto está la lección sin aprender.

Debemos aceptar, como la Cananea, que muchas de las carencias de los demás, se deben a nuestra falta de compromiso con ellos. Sobre todo en el ambiente familiar, una relación inadecuada entre padres e hijos es la causa de las tensiones y rechazo del otro. Muchas veces, la culpa de lo que son los hijos la tienen los padres por no ponerse en su lugar e intentar comprender sus puntos de vista. El acoger al otro con cariño y comprensión podía evitar muchísimas situaciones que pueden llegar a ser crónicas y por lo tanto enfermizas.

 

Meditación

La Cananea tiene una confianza ilimitada en Jesús.
Esa confianza no se fundamenta en lo que yo soy,
sino en lo que Dios es en mí
y para todos los seres humanos sin excepción.
Mi relación con un dios abstracto será siempre ilusoria.
El verdadero Dios está en mí y está en el otro.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Deseos bien cumplidos.

Domingo, 16 de agosto de 2020

Jesus_y_la_mujer_cananeaLa voluntad de ganar, el deseo de triunfar, y la necesidad de alcanzar tu máximo potencial, esas son las claves que abrirán la puerta a la excelencia personal (Confucio)

16 de agosto. DOMINGO XX DEL TIEMPO ORNINARIO

Mt 15, 21-28

Entonces Jesús le contestó: Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que se cumplan tus deseos (v 28)

Un relato que ilustra las enseñanzas de Jesús, y que trata de una mujer pagana, que según la mentalidad religiosa judía, estaba excluida y era impura.

El escenario se sitúa en la zona de Tiro y Sidón, tierra extranjera.

Tras los gritos de angustia de la cananea:

¡Ayúdame, Señor!

Expresión de una fe que surge de la pureza del corazón, se entabla un diálogo entre Jesús y la mujer en presencia de los discípulos, que querían despedirla como a una intrusa que no merecía la atención del Maestro.

Un episodio que plantea un dilema: a Jesús, no parece interesarle la suerte de quienes no pertenecen étnicamente al pueblo israelita.

Sin embargo, esta escena hay que interpretarla que interpretarla desde las claves misioneras y culturales que nos proporciona el evangelio.

Las aparentes objeciones de Jesús a realizar el milagro, reflejan en realidad las objeciones de la comunidad de la comunidad cristiana. Representada aquí por los discípulos, y que no acababa aún de digerir la presencia de su seno consentido de creyentes convertidos del paganismo; es como si Jesús pusiera objeciones para negarlas después con el milagro.

 

El exclusivismo racial de su herencia judía pesaba mucho aún sobre aquellos judeocristianos de las primeras generaciones.

Pero el don de la fe no conoce fronteras de raza, cultura o condición social de ningún modo.

Con este milagro y la alabanza pública de esta mujer, Jesús está señalando la nueva comunidad universal, que ha venido a inaugurar como alternativa, a todos los exclusivismos de su tiempo y del nuestro.

En nuestra Iglesia de hoy, como en la israelita, sigue habiendo malévolos deseos de condenar a quienes no creen como ellos, y mandarlos a la hoguera: eran los mejores tiempos de la Santa Inquisición.

Han perdido la memoria de aquellos tiempos lejanos, y no tienen en su mente, que quienes merecían ser condenados a la misma penitencia, debían haber sido ellos.

Como tampoco recuerdan, o ni tan siquiera conoce a Sigmund Freud, que dejo escrito en una carta esto:

“En tanto que se haga a los hombres buenos y felices, con o sin religión, Dios dará su aprobación a esta obra sonriendo.

Y todos sabemos muy bien, que Freud no era cristiano.

Dijo Confucio: “La voluntad de ganar, el deseo de triunfar, y la necesidad de alcanzar tu máximo potencial, esas son las claves que abrirán la puerta a la excelencia personal”.

Entonces Jesús le contestó: “Mujer, ¡qué fe tan grande tienes! Que se cumplan tus deseos” (Mateo 18, 28)

En este Poema lo cantó un gran poeta español llamado “Fénix de los ingenios y Monstruo de la Naturaleza”.

 

LUCINDA

Deseando estar dentro de vos propia,
Lucinda, para ver si soy querido,
miré ese rostro, que del cielo ha sido
con estrellas y sol natural copia;

y conociendo su bajeza impropia,
vime de luz y resplandor vestido,
en vuestro sol, como Faetón perdido,
cuando abrasó los campos de Etiopia,

Ya cerca de morir dije «Tenéos,
deseos locos, pues lo fuisteis tanto,
siendo tan desiguales los empleos».

Mas fue el castigo, para más espanto,
dos contrarios, dos muertes, dos deseos,
pues muero en fuego y me deshago en llanto.

Lope De Vega

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Seguidores de un maestro que se deja cuestionar o repetidores inamovibles de “verdades”?

Domingo, 16 de agosto de 2020

9-1Mateo 15, 24-30

Nos encontramos con un pasaje del evangelio un tanto sorprendente que, sin embargo, al final nos deja un mensaje muy claro. Es su composición y los pasos que da para llegar a este mensaje final lo que puede chocarnos, o hacernos reflexionar para descubrir los matices que Mateo quiere dejar patentes a su comunidad y a nosotros.

El texto nos presenta a Jesús que abandona el territorio de Israel y se adentra en el país vecino de Siria y Fenicia, en las ciudades de Tiro y Sidón. Está por tanto en el extranjero, en tierra de impuros. Porque los contemporáneos de Jesús tienen muy afianzados los binomios: judío=creyente y gentiles (o extranjeros)=paganos. Y estos gentiles, paganos e impuros, están representados en una “mujer cananea”. Es significativa la elección de esta mujer como protagonista y rompe todos los esquemas vigentes. Es mujer, extranjera, pagana y además Mateo la llama cananea, a diferencia de Marcos que la llama sirio fenicia. Es decir procedente de Canaán, lugar que en la tradición judía es el símbolo de la irreligiosidad, del pecado….

Así situados, nos disponemos a caminar junto a Jesús como uno más de sus discípulos, por los caminos de nuestro mundo, en el que el concepto de extranjero, migrante, diferente… está tan presente. Y en el que todavía, veinte siglos después, ser mujer aporta ciertas connotaciones, no siempre favorables.

Oímos que se nos acerca una mujer extranjera que nos desestabiliza, rompe nuestra marcha rutinaria, nuestro vivir cotidiano, con su presencia y sus demandas, ante las que Jesús guarda silencio, en un primer momento y nos sorprende después con un diálogo que nunca hubiéramos imaginado. También ahora, muchas veces estamos tan tranquilos y llegan “otros” a alterar nuestras costumbres… ¿cómo nos situamos o reaccionamos ante los diferentes? ¿Ante los que no respetan nuestras costumbres de siempre? ¿Deseamos “despachar” a los intrusos como los apóstoles o entramos en un dialogo con ellos como Jesús?

Contemplamos y acogemos la escena y su mensaje. Nos acercamos a esta mujer pagana, extranjera, sin nombre, una mujer atrevida, libre, decidida… Va tras un hombre judío, a quien sin duda considera maestro, hombre de Dios. Y ella, que no es nadie, le dirige la palabra, rompiendo toda costumbre y “buena práctica”; las mujeres no se dirigen a los hombres y menos en público. Entiende que molesta a los discípulos pero sigue insistiendo.

Insiste con una oración confiada y perseverante que expresa su fe en Dios, un Dios al que, en la práctica, siente cómo Dios de todos, también suyo, de una mujer cananea. Una súplica que expresa su fe en Jesús mismo, a quien llama Señor e Hijo de David, títulos de gran significado en la comunidad de Mateo como expresión de fe en Jesús Resucitado. A Él le confía lo que embarga su corazón, su dolor y preocupación por su hija y su esperanza de una salvación-curación que le alcance también a ella, que no es “hija de Abraham”.

Una mujer osada y valiente que sigue clamando y buscando formas nuevas de hacerlo –se postra ante él, vuelve a pedir misericordia- cuando oye cómo la mandan callar de tantas formas… ¿No nos recuerda a otras muchas mujeres insistiendo en lo que “no es correcto”, en lo que a algunos molesta?

Una mujer que no se enreda, ni se deja dominar o paralizar por sus sentimientos, ni se va herida ante la dura frase de Jesús: “No está bien echar a los perros el pan de los hijos”; sino que entra al diálogo con él, se anima a ponerse a su altura. Quizá, acostumbrada a escuchar como los judíos llaman “perros” a los gentiles, saca incluso de esta imagen una razón, un argumento, para su insistencia: “Es verdad Señor, pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos”…

Es impresionante su capacidad de argumentar en la lógica de Jesús, es impresionante su fe en Él, que pasa por encima de sus palabras. Tan impresionante que hace que Jesús cambie su tono y su mensaje. Después de haber pronunciado dos frases, de una dureza que a todos sin duda nos sorprenden, expresa una admiración incontenible. Admiración por la fe de esta mujer extranjera a la que reconoce admirado: ¡Mujer, grande es tu fe! No es la primera vez que Jesús ha reconocido la fe de los paganos, (Lc 7, 9) ahora añade al reconocimiento la expresión explicita de su ser mujer. Es como si la dijera: “¡Tienes razón! Tu fe está en lo cierto”, por ello: “Hágase como tú quieres” y la palabra de Jesús, en respuesta a su fe obra la salvación inmediata, “su hija sanó en ese momento”.

¿Podemos decir que esta mujer hace cambiar de opinión a Jesús o es un recurso narrativo de Mateo? En cualquier caso el texto nos deja constancia de un dialogo transformador y nos da un mensaje claro: Jesús y su salvación son para todos, el reino de Dios es universal. El recorrido que hace Jesús, en su dialogo con esta mujer, es el recorrido que toda persona que crea en Jesús debe hacer… ¿Y nosotros? ¿Consideramos la salvación, en la práctica, como algo para nosotros o para todos? ¿Cómo consideramos a los extranjeros, los no católicos, los no…? ¿Entramos en diálogo con los demás, acogiendo la salvación que puede venirnos de ellos o solo repetimos nuestras tesis sintiéndonos poseedores de la verdad?

El evangelio de este domingo nos invita a plantearnos nuestra fe. Ese don que hemos recibido de Dios y estamos llamados a cuidar. Solo la fe obtiene como respuesta la salvación de Dios, y esta salvación, no consiste en dogmas o verdades abstractas; cambia la vida. Da la salud, libra de los demonios, oscuridades y sufrimientos… da sentido a los sin sentidos. ¡Y esta salvación es para todos! Ese es el mensaje del evangelio de hoy. Cada uno de nosotros y nosotras, seamos de donde seamos, partamos de la situación de la que partamos, somos destinatarios de esta salvación, el reino de Dios ha venido para nosotros, por medio de Jesús. Solo hace falta que estemos dispuestos a creer en Él, a confiar plenamente. Que nos mantengamos atentos, que abramos nuestros ojos a toda persona, a todo acontecimiento… Dios se revela y se cuela en nuestras vidas por caminos insospechados, por las personas de las que menos lo esperamos… porque su amor ha llegado ya a todos y estamos invitados a descubrirlo, saborearlo y agradecerlo.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. fmmdp

Fuente Fe Adulta

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“Opiniones y verdad”, por Enrique Martínez Lozano

Domingo, 16 de agosto de 2020

Relatividad-300x288Domingo XX del Tiempo Ordinario

16 agosto 2020

Mt 15, 21-28

Este relato evangélico me cautivó desde hace tiempo y me parece de lo más elocuente. Si se puede hablar así, “engrandece” a Jesús  que, como buen judío de su tiempo, compartía la creencia de sus coetáneos, según la cual la salvación de Yhwh habría de llegar en primer lugar al pueblo de Israel. Y, sin embargo, tras escuchar a esta mujer extranjera, se “convierte” y abandona su creencia anterior, expresando su admiración por aquella a quien antes había desoído.

     La persona sabia no es rígida en sus ideas ni opiniones. Porque no se identifica con su mente, no pone en ellas su seguridad y sabe que, en última instancia, toda creencia es solo una construcción mental sin valor en sí misma.

      Es flexible y modifica sus opiniones o creencias anteriores, en virtud de nuevos datos que le abren a un horizonte de más verdad.

          Sin embargo, eso no significa que todo le importe igual. De la misma manera que no es rígida, tampoco se mueve en un relativismo vulgar en el que todo da lo mismo y que conduce a un nihilismo vacío y al suicidio colectivo.

        Entre la rigidez dogmática que absolutiza las propias creencias y el relativismo extremo que niega la misma posibilidad de verdad, la persona sabia comprende que todas nuestras expresiones son relativas porque son “situadas”, es decir nacen en un tiempo y un espacio concretos.

         No se niega la verdad. Esta es una con la realidad: la verdad es lo que es. Pero lo que nuestra mente percibe son solo perspectivas y lo que nuestra boca puede expresar son únicamente opiniones.

       La paradoja puede expresarse de este modo: la verdad es, pero la mente no puede atraparla.

          El olvido de cualquiera de los dos elementos de esa paradoja nos confunde y produce sufrimiento. El absolutismo dogmático genera fanatismos de todo tipo, enfrentamientos estériles y descalificaciones dolorosas. El relativismo, por su parte, introduce en el absurdo y peligroso mundo de las fake news y la posverdad.

        La paradoja es el sello de todo lo profundo y nos constituye a nosotros mismos. En nuestro caso, las “dos caras” de la paradoja se expresan como “personalidad” (nivel psicosomático) e “identidad” (nivel profundo).

          Somos un ente que existe, pero somos, a la vez, el ser que se expresa en este ente concreto. Somos una persona que tiene vida, pero somos, a la vez, la vida que se despliega en esta persona particular. Somos una mente consciente, pero somos, a la vez, la consciencia que está “detrás” de la mente y fluye a través de ella. Somos esos “dos niveles”, y la sabiduría consiste en reconocerlos y articularlos de manera adecuada y armoniosa en nuestro vivir cotidiano.

    Esta comprensión –y no las ideas, opiniones o creencias que podemos tener– es la fuente de seguridad. Y el manantial de donde brota, de manera armoniosa, la pasión por la verdad y la denuncia de creencias erróneas, el amor y el respeto, la solidaridad y el compromiso…

¿Cómo me sitúo ante mis propias opiniones o creencias? ¿Vivo rigidez o sé relativizarlas? ¿Todo me da igual o vivo coherencia con lo que es?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Dios nos libre de quien crea que su patria última es donde ha nacido

Domingo, 16 de agosto de 2020

38E2BA14-1BB1-4A55-8E72-51DD8CEBDEA2Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Jesús judío: la encarnación se abre a todos.

Mateo en el evangelio en el relato de la mujer cananea nos presenta un Jesús muy judío (Judea), pero que supera el judaísmo y toda visión étnica y racial del ser humano.

Extrañamente Jesús se retira al territorio extranjero de Tiro y Sidón (actual Líbano).

Jesús se muestra judío. En alguna persona (pueblo) había de encarnarse la salvación: en Jesús, un judío del siglo I.

Al mismo tiempo, es difícil encontrar otro texto como éste en el que esa historia concreta se quiebra y cambia de rumbo. Mateo lo ha conseguido con una de mujer sencilla, extranjera: siro-fenicia, pero creyente: ¡qué grande este tu fe!

Mateo escribe a cristianos de origen judío y les ofrece esta (y otras) catequesis de modo que pasen del particularismo étnico, incluso racial, al universalismo.

Esta mujer, que no es miembro del Pueblo de Dios, encarna el ideal de lo que debe ser un miembro del Pueblo de Dios.

Dos breves -pero importantes- conclusiones:

  1. La simplicidad (con matices fanáticos) con que se utilizan algunos términos tales como Pueblo de Dios e Iglesia, porque ni están todos los que son ni son todos los que están. Ni todos los creyentes (como la mujer siro fenicia) están en la Iglesia, ni todos los que están en la Iglesia son creyentes. Pasaba ayer y pasa hoy.
  2. San Pablo fue quien, años después, daría forma teológica a estas cosas y formuló una antropología y eclesiología no racista: Ya no hay judío ni griego, pues toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, (Rm 10, 12). “Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios… Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. Todos sois uno en Cristo Jesús”, (Gál 26, 28).

El cristiano, es universal por esencia. Bonhoeffer clamaba y rompió con la iglesia oficial del Reich porque no se puede preguntar si uno es judío (o alemán, vasco o español) al entrar en la Iglesia.

¿Somos católicos en serio: es decir, universales? ¿Tal vez nos creemos superiores por ser de una etnia, de una tradición? No sé si alguna vez fue cierto lo de la España católica o euskaldun fededun, hoy, desde luego, no lo es.

  1. Los perros y los amos

Los perros eran los no judíos. Pero entonces -y hoy- esta expresión funciona como insulto.

Incluso la misma mujer siro-fenicia da por válido el presupuesto cuando le dice a Jesús: También los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

En tiempos no lejanos hemos conocido insultar a personas con expresiones como “maquetos, coreanos, manchurianos, mongoles, etc”, hoy despreciamos y decimos: “sudacas, moros, machupichus, etc.”

La escena del evangelio de hoy se desarrolla, dentro de las más puras coordenadas de la religiosidad étnica.[1] Pero Jesús va a dar una superación de lo racial de lo étnico.

¿Quiénes son los perros y quiénes los amos? Más aún: ¿tiene sentido seguir hablando de perros y de amos desde el cristianismo?

        Jesús no desprecia a nadie, no se impone por la fuerza del supuesto prestigio de la raza, de la ley, de la tradición, etc.

        Lo más importante del ser humano no es su etnia, su pertenencia a una raza, su pasaporte, etc. Dios nos libre de quien su “dios” es su patria, su nacionalidad.

  1. Mujer, qué grande es tu fe.

Esta afirmación rompe los esquemas religiosos hasta entonces vigentes en el Pueblo de Dios.

Desde Jesús ya no tiene sentido hablar de Pueblo de Dios, de Iglesia en un sentido limitado a la raza o nación; ya no hay perros ni amos, judíos ni griegos, siervos ni libres, hombres ni  mujeres (cfr. Romanos 10,12 y Gálatas 3, 28).

Nacionalidad, condición social y sexo quedan eliminados como factores determinantes de pertenencia al Pueblo de Dios.

Que una mujer sea protagonista de este relato es un hecho significativo. Si alguien no tenía voz en el interior del Pueblo de Dios, eran precisamente las mujeres. Eligiendo a una mujer primero, extranjera después, y cananea por último. Mateo acaba con todos los esquemas religiosos hasta entonces vigentes.

Desde Jesús lo que determina la pertenencia al Pueblo de Dios es la fe en Jesús, la adhesión a su persona. No olvidemos nunca que, en el contexto de Mateo, esta fe significa la relativización de la Ley y de la Tradición, importantes y necesarias, pero nunca prioritarias ni con valor de absolutos.

  1. Jesús sana

        Jesús cura, perdona, sana, alivia, acompaña a todo el mundo sea de la nación que sea, sin hacer acepción de personas, (Rom 2,11). A Jesús le da lo mismo que seamos leprosos, endemoniados, medio locos, paralíticos, hombres o mujeres, samaritanos y samaritanas, centurión romano, cananeos, cobradores de impuestos, o que estemos muertos moral o físicamente. Jesús cura, salva.

        Las naciones, los estados y las Iglesias tienen fronteras, pero la salvación de Jesús no tiene límites.

Salid a los cruces de los caminos e invitad a todos los que encontréis, buenos y malos. (Mt 22).

        Como la hija de aquella mujer pagana y atea, confiemos en el Señor

y en ese momento quedaremos curados.

[1] San Pablo cambió esta cuestión tan radicalmente que ya no usará la palabra etnia para el pueblo como Iglesia, comenzará a hablar de laos: laico: pueblo. La iglesia no se constituye por la “etnia”, sino por el laos: laico: pueblo. La iglesia no se constituye por razas étnicas, sino por laicos. (La cuestión del clericalismo es otro triste cantar).

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