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Archivo para Domingo, 30 de agosto de 2020

Si queremos ser de Jesús.

Domingo, 30 de agosto de 2020

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Si queremos ser de Jesús, ser de los suyos aquí abajo, y luego
en la bienaventurada eternidad del cielo, debemos seguirlo;
tomar la cruz y llevarla con él, siguiéndole:
imponer una regla a nuestra naturaleza herida por el pecado,
con el fin de que triunfe en ella el hombre nuevo, que fue
“creado a imagen de Dios en la justicia y la santidad verdaderas” (Ep 4, 24)

No nos dejemos engañar, cegar, ilusionar:
la cruz es siempre la única esperanza de salvación;
la ley de Dios siempre está presente, con sus diez mandamientos,
para recordar al mundo que sólo ella es el refugio seguro,
la muralla de las conciencias,
y que observándolos se posee el secreto de la paz y la tranquilidad de conciencia.
El que lo olvida, incluso el que aparece huir de todo compromiso serio,
Se reserva tarde o temprano la tristeza y la miseria.

*

Juan XXIII
Alocución del 3 de abril de 1960 La documentación católica n°1330

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En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

“¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.”

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

“Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo a sus discípulos:

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

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Mateo 16,21-27

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“Aprende a despreciar las cosas exteriores y dirigirte a las interiores y verás venir el Reino de Dios a ti” (Imitación de Cristo, 2,1).  Se trata de separarse, y con fuerza, de esa exterioridad en que queda aprisionada y reducida la vida del hombre, para volverse y renovar el interior, eso interioridad que caracteriza al hombre. El logro de una conquista semejante requiere distanciamiento de las cosas exteriores, yo que mientras estés ocupado en ellas no puedes pensar en ti: Cristo vendrá a ti si le has reparado en tu interior una digna vivienda; por eso el autor de la Imitación te sugiere insistentemente: hazle sitio en tu interior a Cristo y niégale la entrada a todo lo demás. ¿Cuántos desapegos no están incluidos en “todo lo demás”!

Desapego de las cosas, de todas las cosas a las que a veces se apega nuestro corazón inadvertidamente y que nos impiden adherirnos totalmente a Cristo; desapego de los lugares a los que fácilmente el corazón se vincula bajo la apariencia de bien; desapego de las personas, en el sentido de que los afectos no obstaculicen el triunfo de Cristo en nosotros ni se lo impidan a los demás…

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G. Luzzcnti,
El Reino de Dios está en medio de nosotros,
I, Milán, 1976, Wss.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

“Arriesgar todo por Jesús”. 22 Tiempo ordinario – A (Mateo 16,21-27)

Domingo, 30 de agosto de 2020

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No es fácil asomarse al mundo interior de Jesús, pero en su corazón podemos intuir una doble experiencia: su identificación con los últimos y su confianza total en el Padre. Por una parte sufre con la injusticia, las desgracias y las enfermedades que hacen sufrir a tantos. Por otra confía totalmente en ese Dios Padre que nada quiere más que arrancar de la vida lo que es malo y hace sufrir a sus hijos.

Jesús estaba dispuesto a todo con tal de hacer realidad el deseo de Dios, su Padre: un mundo más justo, digno y dichoso para todos. Y, como es natural, quería encontrar entre sus seguidores la misma actitud. Si seguían sus pasos, debían compartir su pasión por Dios y su disponibilidad total al servicio de su reino. Quería encender en ellos el fuego que llevaba dentro.

Hay frases que lo dicen todo. Las fuentes cristianas han conservado, con pequeñas diferencias, un dicho dirigido por Jesús a sus discípulos: «Si uno quiere salvar su vida, la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará». Con estas palabras tan paradójicas, Jesús les está invitando a vivir como él: agarrarse ciegamente a la vida puede llevar a perderla; arriesgarla de manera generosa y valiente lleva a salvarla.

El pensamiento de Jesús es claro. El que camina tras él, pero sigue aferrado a las seguridades, metas y expectativas que le ofrece su vida, puede terminar perdiendo el mayor bien de todos: la vida vivida según el proyecto salvador de Dios. Por el contrario, el que lo arriesga todo por seguirle encontrará vida entrando con él en el reino del Padre.

Quien sigue a Jesús tiene con frecuencia la sensación de estar «perdiendo la vida» por una utopía inalcanzable: ¿No estamos echando a perder nuestros mejores años soñando con Jesús? ¿No estamos gastando nuestras mejores energías por una causa inútil?

¿Qué hacía Jesús cuando se veía turbado por este tipo de pensamientos oscuros? Identificarse todavía más con los que sufren y seguir confiando en ese Padre que puede regalarnos una vida que no puede deducirse de lo que experimentamos aquí en la tierra.

José Antonio Pagola

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“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo”. Domingo 30 de agosto de 2020. 22º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 30 de agosto de 2020

45-OrdinarioA22Leído en Koinonia:

Jeremías 20,7-9: La Palabra del Señor se volvió oprobio para mí
Salmo responsorial 62: Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.
Romanos 12,1-2: Presentad vuestros cuerpos como hostia viva
Mateo 16,21-27: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo

La liturgia de hoy centra la atención sobre las consecuencias dolorosas del ministerio profético y del seguimiento de Jesús. Tanto Jeremías como Mateo, llaman la atención sobre el conflicto que tienen que afrontar tanto el profeta como Jesús.

La experiencia del exilio marcó la vida del pueblo de Israel. Fue un momento muy doloroso que le exigió replantear su fe en el Dios de la Alianza. En este marco histórico se ubica el Profeta Jeremías.

Este pasaje pone de relieve el clamor del profeta porque Dios le ha seducido y le ha forzado, ha sido objeto de burla de todos y la palabra ha sido motivo de dolor y desprecio. Por eso el profeta ha querido desentenderse de la misión pero la Palabra ha sido más fuerte y, prácticamente, lo ha vencido.

La mayoría de los profetas bíblicos han sufrido experiencias similares a las de Jeremías. Son rechazados por sus propios hermanos y por las autoridades correspondientes. Muchos de ellos tuvieron que sufrir la muerte o el destierro. Pero pudo más la fidelidad a Dios y a su Pueblo que su propia seguridad y bienestar. La Palabra de Dios actúa en el profeta como un fuego abrasador que no lo deja tranquilo y lo mantiene siempre alerta en el cumplimiento de su misión.

La segunda lectura de la carta de Pablo a los cristianos de Roma utiliza un lenguaje imperativo. Estos versículos sirven de enlace entre la parte anterior de orden más indicativo. El lenguaje es exhortativo. Les habla no sólo como hermano en la fe sino con la autoridad del Apóstol. Les invita a hacer de su cuerpo una ofrenda permanente a Dios. El verdadero culto no se reduce a ritos externos sino que procede de una vida recta. El cuerpo, vehículo de la vida interior, debe ser un canto de alabanza y gratitud a Dios. En esto consiste la conversión para Pablo: en una vida totalmente transformada por el Espíritu de Dios, en el cambio de mentalidad, de valores, de horizonte. Sólo así se podrán tener los criterios de discernimiento para buscar, encontrar y realizar la voluntad de Dios.

En el evangelio nos encontramos con un bello esquema catequético «sobre el discipulado como seguimiento de Jesús hasta la cruz». Jesús pone de manifiesto a sus discípulos que el camino de la resurrección está estrechamente vinculado a la experiencia dolorosa de la cruz. El núcleo principal es el primer anuncio de la pasión. Pero los discípulos, simbolizados en la persona de Pedro, no han comprendido esta realidad. Ellos están convencidos del mesianismo glorioso de Jesús que se enmarca dentro de las expectativas mesiánicas del momento. Jesús rechaza enfáticamente esta propuesta, pues la voluntad del Padre no coincide con la expectativa de Pedro y los discípulos. Por eso Pedro aparece como instrumento de Satanás delante de Jesús para obstaculizar su misión.

El maestro invita al discípulo a continuar su camino detrás de él porque aún no ha alcanzado la madurez del discípulo. Luego Jesús se dirige a todos los discípulos para señalarles que el camino del seguimiento por parte del discípulo también comporta la cruz. No hay verdadero discipulado si no se asume el mismo camino del Maestro. El anuncio del evangelio trae consigo persecución y sufrimiento. Tomar la cruz significa participar en la muerte y resurrección de Jesús. La pérdida de la vida por la Causa de Jesús habilita al discípulo para alcanzarla en plenitud junto a Dios.

En el Bautismo hemos sido consagrados sacerdotes profetas y reyes. Por lo tanto la dimensión profética de nuestra fe es intrínseca a la consagración bautismal. Hoy no podemos prescindir del profetismo en el seguimiento de Jesús. Y sabemos que las consecuencias del profetismo, vinculado estrechamente a la misión evangelizadora, son la oposición, la persecución, el rechazo y el martirio. Muchos hombres y mujeres en distintas partes del mundo se han jugado la vida por la fe y la defensa de los valores evangélicos. Si se quiere seguir a Jesús en fidelidad tendremos que enfrentar muchas contradicciones, caminar a contravía de lo que propone el orden establecido, la cultura imperante y la globalización del mercado –que no es otra cosa que la globalización de la exclusión–.

Quisiéramos vivir un cristianismo cómodo, sin sobresaltos, sin conflictos. Pero Jesús es claro en su invitación: hay que tomar la cruz, hay que arriesgar la vida, hay que perder los privilegios y seguridades que nos ofrece la sociedad si queremos ser fieles al evangelio. ¿Cómo vivimos en la familia y en la comunidad cristiana la dimensión profética de nuestro bautismo? ¿Estamos dispuestos/as a correr los riesgos que implica el seguimiento de Jesús? ¿Conocemos personas que han vivido la experiencia del martirio por el evangelio? ¿Ya no es tiempo para mártires, o lo es para mártires de otra manera? Leer más…

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Dom 22, Mateo 16,21-27. 30.8.20. Apártate de mí, Satanás: Inversión de Pedro y Papado

Domingo, 30 de agosto de 2020

PetersinaiDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de este domingo (Mt 16, 21‒27) con el anterior (Mt 16, 13‒20) forma la roca de sustentación de la iglesia y, al mismo tiempo, su mayor riesgo y problema:

‒ Jesús ha fundado su iglesia sobre la confesión de Pedro, que le dice “Tú eres el Cristo”, eres Hijo (=presencia) de Dios y plenitud (=salvación) de los hombres.

‒ Pero, al negarse a seguir el camino de Jesús, Pedro se convierte en Satanás, Diablo concreto y real, no los diablos míticos y folclóricos de la Iglesia.

Este Pedro Papa (en clave de “poder”) es la “inversión” de Cristo, en los dos sentidos de la palabra. (a) Invierte su “dinero” en Cristo, convirtiéndole en poder-dinero y de esa forma se hace rico, de manera simbólica y sacral. (b) Pero, al hacerlo, invierte a Cristo, le da la vuelta, queriendo hacerle (y haciéndose) Satanás.

27.08.2020 | X.Pikaza

Paradoja de un papado

‒ El evangelio anterior (Mt 16, 13‒20) queda firme: Simón, hijo de Juan, confiesa a Jesús y le llama “Cristo”. Jesús responde a Simón y le llama Pedro/Piedra, afirmando que sobre esa roca de su confesión fundará la iglesia.

‒ El de hoy (Mt 16, 21‒27) ratifica lo anterior, destaca su peligro: y traza el riesgo de la confesión de Pedro, que se aprovecha de Jesús, invierte su mensaje y quiere convertirlo en signo de máxima riqueza sobre el mundo (como ha querido cierto papado).

Esa paradoja del papado la vio el año 1054 el Patriarca de Constantinoplaal rechazar el “dictatus papae” (=dictadura papal) de León IX, que ratificará pronto Gregorio VII (1075). La confesión de Pedro (tú eres Cristo) se convierte en esa línea en lo contrario: “Yo puedo dominar sobre el orbe de la tierra”.

Esa paradoja suscitó la protesta y ruptura de Lutero (1517). Tenía razón el papa (¡León X, un financiero Medici!) al mantener la confesión (¡tú eres el Cristo!) pero la quiso plasmar construyendo (a su honra) el mayor edificio (basílica: casa del rey) sobre la tierra.

El Papado Vaticano tiene un elemento positivo: Decir sobre todos los vientos “tú eres el Cristo”… y en ese sentido debe mantenerse, con la respuesta de Jesús (tú es Petrus, tú eres Pedro…), y así quiero confesarlo, sin vacilación, como católico, leyendo y actualizando el evangelio.

‒ Pero en su forma actual tiene también un elemento satánico pues se alza sobre una base de poder(¡el mayor poder simbólico del mundo!), signo de firmeza, riqueza, estabilidad. No es un edificio para “dar la vida”, entregarla por los otros, como Jesús pide a Pedro, sino para conservarla, mantenerla, asegurarla.

Por eso es necesario desmontar este Vaticano,convirtiéndolo en museo, para ciertas ceremonias de recuerdo, de forma que el Papa‒Pedro pueda ser lo que quiere Cristo: Aquel que da la vida por los otros, al descampado del mundo…

Éste me parece el intento del papa actual, Francisco, aunque de un modo sutil y miedoso, sin llegar quizá hasta el fin de su propuesta. Ha comenzado a salir del Vaticano, a desmontar sus engranajes, pero va despacio, quizá no se atreve.

De eso seguiré hablando mañana, con una reflexión de M. Losada. Hoy quiero sólo comentar el evangelio del domingo, que es más fuerte (consolador y duro) que todo lo que yo pueda decir. Como de costumbre, en estos casos, me limito a retomar y condensar lo que digo en mi Comentario de Mateo.

(El icono más antiguo de Pedro, siglo VI, Santa Catalina del Sinai, antes de las luchas iconoclastas, con las llaves y el báculo en forma de cruz, con Cristo arriba, y la Virgen y Juan Bautista a los lados, en un entorno de Iglesia; la imagen anterior es la del interno de la cúpula del Vaticano, con la leyenda tu es petrus; la siguiente es la de plaza vaticana).

Texto (traducción oficial: Mateo 16,21-27)

‒ En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.‒ Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: “¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.”

Jesús se volvió y dijo a Pedro: “Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.”Entonces dijo a sus discípulos: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.”

Introducción

Este pasaje plantea el destino y despliegue de la Iglesia primitiva, que se enfrenta ante la gran alternativa: (a) Conseguir el Reino a través de un tipo de poder militar o social, espiritual o económico (b) O dar la vida por el Reino, es decir, instaurarlo de un modo gratuito, regalando (perdiendo la propia vida en el interno).

Este pasaje retoma un elemento de la relación entre Jesús y Pedro, pero no habla de Pedro como persona individual, propia del pasado, sino del Pedro que (según Mateo) es signo de la estructura y organización de la Iglesia.

‒ Pedro (un tipo de Iglesia) supone que, siendo Mesías, Jesús ha de subir a Jerusalén al estilo de David y de los reyes del mundo, para triunfar en la ciudad de las promesas, instaurando el Reino en claves de poder (evidentemente al servicio de los oprimidos del pueblo, y en algún sentido de todos los necesitados), pero desde el poder, esto es, desde arriba. Quiere ser Piedra Gloriosa, base de un edificio de victoria, sin riesgo de sufrimiento, sin entrega de la vida.

‒ Pero, en contra de Pedro, Jesús decide subir a Jerusalén en un gesto de amor arriesgado, no para triunfar de un modo regio, sino para entregar su vida a favor de los demás, dispuesto a perderlo todo (aunque no como masoquista, que quiere  que le maten).

Al corregir a Jesús, este Pedro papal en el mal sentido de la palabra aparece como Satán (tentador) para Jesús… es decir como skándalon, es decir, como piedra que hace caer al caminante o que destruye todo el edificio. Entendido en este perspectiva, este pasaje eleva la mayor de todas las críticas posibles en contra de un Pedro establecido en clave de poder sobre la colina del Vaticano; un Pedro que puede ser bueno, incluso muy bueno, pero en clave de poder. Resulta escandaloso que un tipo de Iglesia (con buenísima voluntad) no se haya dado cuenta de ello.

Propuesta de Jesús. El Hijo de Hombre tiene que ir Jerusalén (16, 21).

 Éste es su descubrimiento, la experiencia que define de ahora en adelante el evangelio. Jesús no es masoquista: no ha venido a sufrir por sufrir, ni a morir por morir, sino a extender el reino. Pero su misma fidelidad a la misión de Dios le lleva a subir a Jerusalén, dejándolo todo, sin dinero, sin ejército, a fin de dar su vida por el Reino (es decir, por los demás, en compañía con los expulsados y pobres, los asesinados). Éste es su gran descubrimiento, el secreto mesiánico.

En esa línea, tras haber aceptado la confesión de Simón (¡Tú eres el Cristo!) y de responderle diciendo  que esa confesión es la la roca firme de la Iglesia, Jesús profundiza en el tema y entiende (interpreta) su mesianismo (tarea de Reino) en una línea de entrega (hasta la muerte), como seguirá diciendo en Mt 17, 22-23; 20, 17-19)[1].

16 21 Desde entonces, comenzó Jesús a explicar (a mostrar) a sus discípulos que él debía(dei)  ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser matado y resucitar al tercer día.

“Dei”, la voluntad de Dios. Jesús descubre y proclama esa voluntad de Dios que se va abriendo y mostrando en su camino. No habla del Hijo del Hombre, como Mc 8, 31, sino de sí mismo, diciendo que “él debe” (dei auton)   ir a Jerusalén…  El tema no es el destino doloroso de una figura simbólica, como el Hijo del Hombre, sino su proceso y tarea concreta de ser humano, de Jesús como persona.

Ir a Jerusalén. Jesús indica así  que no se trata de un sufrimiento en general (una especie de destino cósmico), sino de un sufrimiento que proviene de su “enfrentamiento” con los poderes civiles (ancianos), religiosos (sacerdotes) y legales (escribas) de la ciudad sagrada, a favor de los pobres y expulsados. De esa forma expresa la paradoja central del evangelio. Los escribas concebían a Jerusalén como “roca de cimiento” no sólo del templo, sino de todo el pueblo de Israel, e incluso del universo entero. Pues bien, la Roca de la Iglesia es la confesión de Pedro (Jesús es el Cristo)… y el destino y tarea del Cristo es dar la propia vida para que vivan los pobres, los excluidos.

‒ De forma que será matado, pero resucitará al tercer día. Jesús descubre el carácter mortal de su decisión (subir a Jerusalén). No dice quiénes son los causantes directos de su muerte (¿sanedritas, romanos…?), pero insiste en su conflicto con la ciudad sagrada, añadiendo que “al tercer día” resucitará. No después de tres días, como en Mc 9, 31, sino al tercer día, como afirma la fórmula tradicional de la Escritura, entendiendo ese día como tiempo de culminación (muerte, transformación). Jesús confirma así que su entrega y muerte está al servicio de la llegada del Reino, es decir, de la resurrección; el Reino no llega como poder sobre los otros, sino en el gesto concreto de dar la vida por ellos, de morir con los excluidos y condenados del mundo[2].

Respuesta de Pedro, reproche de Jesús (16, 22-23).

 Pedro ha dicho que Jesús es Cristo, Hijo de Dios… y Jesús le ha respondido que eso se lo ha revelado su Padre, para añadir que él (Jesús) ha de morir en Jerusalén.   Pues bien, desde su nueva situación, Pedro se cree capacitado para increpar a Jesús, marcándole su dirección, no por simple miedo, sino porque él tiene otra propuesta mesiánica, que no incluye la Cruz.

Desde su propuesta radical de entrega de la vida, Jesús le contesta ratificando su camino mesiánico, y diciéndole que ser Roca de su Iglesia significa estar dispuesto a iniciar con los demás un camino de entrega generosa de la vida.  Jesús le ha llamado Petros/piedra y le ha vinculado a la Petra/roca de su comunidad mesiánica, tras haberle encargado (con otros) la tarea de la pesca escatológica (cf. 4, 18-22). Es normal que Pedro piense y hable como representante de una Iglesia de Poder, corrigiendo a Jesús y ofreciéndole su propia visión, en una línea tradicional de triunfo mesiánico:

16 22 Y Pedro, tomándole aparte, se puso a increparle diciendo: ¡Dios no lo permita, Señor! Eso no puede pasarte. 23 Pero él (Jesús), volviéndose a Pedro, le dijo: Apártate de mí, Satanás, eres Escándalo para mí, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres[3].

 Como representante de una tradición que espera al mesías triunfal (y como adelantado y anuncio de papado poderoso vaticano), este Pedro/piedra de escándalo se cree obligado a corregir a Jesús, dándole una lección de realismo. Pues bien, Jesús le responde diciendo que él defiende las cosas de los hombres (no las de Dios). Pedro ha realizado una buena confesión (¡eres el Cristo, Hijo de Dios: 16, 16) que será roca de cimiento de la iglesia… y sin embargo él es Satanás, como el Diablo de 4, 1-11, un Escándalo (aquel que hace caer) para Jesús:

− Pedro(16, 22). Ha proclamado la buena confesión (¡Jesús es el Cristo!) y por fidelidad a ella (pero entendida en clave de hombre, no de Dios) él rechaza ahora con dureza el camino de entrega y muerte de Jesús: ¡Dios no lo quiera, Señor! Le llama Kyrios, Señor, en terminología de veneración cúltica (como los falsos profetas de 7, 22)… Le llama Kyrios, pero no cree en él (en lo que él, Jesús, le dice), y así quiere imponerle su camino, un mesianismo del éxito, un gran Vaticano, la mayor iglesia d del mundo, apelando a Dios, casi con un juramento: hileôs soi, (Dios) se apiade de ti, Dios….no lo quiera. Utilizando grandes palabras, por la “razón de Dios”, Pedro desea triunfar. Es evidente que no tiene miedo a la muerte en sentido externo; tiene miedo de perder el poder.

− Jesús. (16, 23). Él había declarado que Simón Pedro era por su confesión la Roca de la Iglesia, cimiento firme de ella. Pero ahora le rechaza, llamándole Satanás y pidiéndole que se aparte de su lado (cf. 4, 10), pues se ha vuelto para él una piedra de escándalo, un escándalo. Pedro ha querido aprovechar de esa manera su pretendida “autoridad” sobre Jesús (a quien llama Kyrios), para apartarle de su camino: Jesús no puede morir, no puede fracasar… Jesús tiene que ser autoridad triunfante, en el mayor de todos los templos, de todos los posibles vaticanos.   El problema no es el sufrimiento en general,  sino el hecho de que el proyecto mesiánico israelita de  Jesús fracase, de que le rechace la autoridad judía…, de que tenga que morir sin haber cumplido su promesa de Reino en este mundo.

Ésta es la gran paradoja. Jesús ha presentado la confesión de fe de Pedro como Roca, fundamento de la Iglesia (16, 18). Pues bien, ahora le llama escándalo, piedra de tropiezo, un simple Petros/Pedro, guijarro del camino, en el que Jesús puede tropezar y caerse. Este Pedro es aquel que impide que los hombres puedan creen en el Mesías Cristo. El verdadero enemigo de Jesús no es Pilato, ni Caifás (a quienes Jesús no llama Satanás). El enemigo primero de Jesús es Pedro, aunque en otro sentido, pueda presentarse por su confesión como Roca y portador de las llaves de la Iglesia[4].

Pedro quiere el mando, pues sólo con mando puede conseguirse el Reino, y para ello tiene que pactar de alguna forma con los poderosos del mundo; por eso no puede permitir que Jesús sea condenado y ajusticiado en Jerusalén, sino todo lo contrario. Pues bien, en contra de eso, Jesús no subirá a Jerusalén para tomar el mando, sino para ofrecer su vida:

‒ Por un lado está Pedro, que busca una autoridad que parece buena (limpia, legal), para realizar así unos cambios a favor de los hombres, en línea de justicia, pero bajo su mando, un gesto que para Jesús es un “escándalo” (piedra de tropiezo), pues significa aceptar el poder de ancianos-sacerdotes-escribas. En principio, Pedro no quiere poder, para oprimir a los demás, sino para ayudarles, pues cree que sólo con poder se puede organizar el mundo y resolver sus problemas. Pero Jesús rechaza su propuesta, llamándole Satanás, pues va en la línea del Diablo de las tentaciones (4, 1-11), diciéndole que es un escándalon   para él, una piedra de tropiezo, un mal petros, que pone en riesgo el edificio de la Iglesia, lo contrario de la “petra” (16,18:) que debía sustentarla (cf. Rom 9, 33; 1 Per 2, 8).

‒ Por otro está Jesús, que no apela al poder, en la línea de los ancianos-sacerdotes-escribas, sino que supera todo poder, convirtiéndose a sí mismo y convirtiendo asi su vida en petra o roca que sostiene el edificio de una Iglesia, conforma a la confesión de Pedro. El mismo Jesús, piedra/lithon desechada por los arquitectos (cf. 21, 42) es la piedra angular…El contra de Pedro, Jesús no quiere (no puede) tomar el poder en la línea de los ancianos-sacerdotes-escribas, ni siquiera para hacer el bien (como quisieron muchos celosos antiguos y modernos), porque el poder, una vez tomado, se vuelve imposición y debe defenderse con violencia. La estrategia de de Pedro  pertenecía a las cosas de los hombres, que Jesús quiso superar en la antítesis (5, 21-48), subiendo a Jerusalén, para ofrecer con su vida la buena noticia de Dios, que es amor y que triunfa precisamente como amor (palabra creadora, perdón, superación del juicio).

Eso significa que el Reino de Dios no se conquista con una buena guerra (victoria de los justos), ni con una buena democracia (voluntad de poder de la mayoría), sino que se identifica con el ofrecimiento de la vida a favor de los demás, no por sacrificio, sino por despliegue de amor. El reino de Dios no se expresa construyendo un Vaticano, el mayor signo de poder simbólico de mundo, la mayor inversión mesiánica de capital… sino dando la vida. Leer más…

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Seguir a Jesús en tiempos de crisis. Domingo 22. Ciclo A

Domingo, 30 de agosto de 2020

cola de comidaCola de comida ante Cáritas

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 

Este último fin de semana de agosto, al menos en España, no parece el momento más adecuado para honduras teológicas. La preocupación de la mayoría de la gente se centrará en el fin de las vacaciones, la vuelta al trabajo o la amenaza del paro, la difusión del coronavirus, los problemas a los que se enfrenta la escolarización … Sin embargo, en este contexto en el que muchísimos van a tener que cargar con su cruz, es bueno hacerlo siguiendo a Jesús.

 Evangelio según Mateo 16,21-27

             En el evangelio del domingo anterior, Pedro, inspirado por Dios, confiesa a Jesús como Mesías. Inmediatamente después, dejándose llevar por su propia inspiración, intenta apartarlo del plan que Dios le ha encomendado. El relato lo podemos dividir en tres escenas.

 1ª escena: Jesús y los discípulos (primer anuncio de la pasión y resurrección)

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro acaba de confesar a Jesús como Mesías. Él piensa en un Mesías glorioso, triunfante. Por eso, Jesús considera esencial aclarar las ideas a sus discípulos. Se dirigen a Jerusalén, pero él no será bien recibido. Al contrario, todas las personas importantes, los políticos (“ancianos”), el clero alto (“sumos sacerdotes”) y los teólogos (“escribas”) se pondrán en contra suya, le harán sufrir mucho, y lo matarán. Es difícil poner de acuerdo a estas tres clases sociales. Sin embargo, tratándose de Jesús, coinciden en el deseo de hacerlo sufrir y eliminarlo. Esto que parece una simple conjura humana, Jesús lo interpreta como parte del plan de Dios. Por eso, no dice a los discípulos: «Vamos a Jerusalén, y allí una panda de canallas me va a perseguir y matar», sino «tengo que ir» a Jerusalén a cumplir la misión que Dios me encomienda, que implicará el sufrimiento y la muerte, pero que terminará en la resurrección. [La necesidad de cumplir el plan de Dios es el tema de la primera lectura, como veremos luego].

Para la concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto resulta inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimien­to y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. La expresó un profeta anónimo, y su mensaje ha quedado en el c.53 de Isaías sobre el Siervo de Dios.

2ª escena: Pedro, portavoz de Satanás, y Jesús

Jesús termina hablando de resurrección, pero lo que llama la atención a Pedro es el «padecer mucho» y el «ser ejecutado». Según Mc 8,32, Pedro se puso entonces a reprender a Jesús, pero no se recogen las palabras que dijo. Mateo describe su reacción con más crudeza:

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

― ¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

― Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios. 

Ahora no es Dios quien habla a través de Pedro, es Pedro quien se deja llevar por su propio impulso. Está dispuesto a aceptar a Jesús como Mesías victorioso, no como Siervo de Dios. Y Jesús, que un momento antes lo ha llamado «bienaventurado», le responde con enorme dureza: «¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar!»

Estas palabras traen a la memoria el episodio de las tentaciones a las que Satanás sometió a Jesús después del bautismo. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Y Jesús, que no vio especial peligro en las tentaciones de Satanás, ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, como ante el demonio; no aduce tranquilamente argumentos de Escritura para rechazar al tentador, sino que está llena de violencia: «Tú piensas como los hombres, no como Dios.» Los hombres tendemos a rechazar el sufrimiento y la muerte, no los vemos espontáneamente como algo de lo que se pueda sacar algún bien. Dios, en cambio, sabe que eso tan negativo puede producir gran fruto.

Esta función de tentador que desempeña Pedro en el pasaje y la reacción tan enérgica de Jesús nos recuerdan que las mayores tentaciones para nuestra vida cristiana no proceden del demonio, sino de las personas que están a nuestro lado y nos quieren. Frente a una mentalidad que mitifica y exagera el peligro del demonio en nuestra vida, es interesante recordar este episodio evangélico y unas palabras de santa Teresa que van en la misma línea. Después de contar las dudas e incerti­dumbres por las que atravesó en muchos momentos de su vida, causadas a veces por confesores que le hacían ver el demonio en todas partes, resume su experiencia final: «…tengo yo más miedo a los que tan grande le tienen al demonio que a él mismo; porque él no me puede hacer nada, y estotros, en especial si son confe­sores, inquietan mucho, y he pasado algunos años de tan gran trabajo, que ahora me espanto cómo lo he podido sufrir» (Vida, cap. 25, nn.20-22).

3ª escena: Jesús y los discípulos (parábola del maletín y el joyero)

Entonces dijo Jesús a sus discípulos:

― El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

No se conocían de nada, sólo les unió compartir dos asientos de primera clase. Ella colocó en el compartimento un elegante estuche con sus joyas. Él, un pesado maletín con su portátil y documentos de sumo interés. El pánico fue común al cabo de unas horas, cuando vieron arder uno de los motores y oyeron el aviso de prepararse para un aterrizaje de emergencia. Tras el terrible impacto contra el suelo, ella renunció a sus joyas y corrió hacia la salida. Él se retrasó intentando salvar sus documentos. El cadáver y el maletín los encontraron al día siguiente, cuando los bomberos consiguieron apagar el incendio. Extrañamente, ella recuperó intacto el estuche de sus joyas.

En tiempos de Jesús no había aviones, y él no pudo contar esta parábola. Pero le habría servido para explicar la enseñanza final de este evangelio. Para entender esta tercera parte conviene comenzar por el final, el momento en el que el Hijo del Hombre vendrá a pagar a cada uno según su conducta. En realidad, sólo hay dos conductas: seguir a Jesús (salvar la vida, renunciando al joyero) o seguirse a uno mismo (salvar el maletín a costa de la vida). Seguir a Jesús supone un gran sacrificio, incluso se puede tener la impresión de que uno pierde lo que más quiere. Seguirse a uno mismo resulta más importante, salvar la vida y el maletín. Pero el avión está ya ardiendo y no caben dilaciones. El que quiera salvar el maletín, perderá la vida. Paradójicamente, el que renuncia al joyero salva la vida y recupera las joyas.

Jeremías y Jesús (Jer 20,7-9)

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; me forzaste y me pudiste. Yo era el hazmerreír todo el día, todos se burlaban de mí. Siempre que hablo tengo que gritar: «Violencia», proclamando: «Destrucción.» La palabra del Señor se volvió para mí oprobio y desprecio todo el día. Me dije: «No me acordaré de él, no hablaré más en su nombre»; pero ella era en mis entrañas fuego ardiente, encerrado en los huesos; intentaba contenerlo, y no podía.

        La vida de Jeremías no fue fácil. Él no quería ser profeta, le objetó a Dios que era demasiado joven y que no sabía hablar. Pero el Señor no aceptó su protesta y lo obligó a transmitir el mensaje más duro en los años más difíciles del reino de Judá: cuando se avecinaba la desaparición de la monarquía, la destrucción de Jerusalén y la deportación a Babilonia.

            Al principio, todo fue bien («me sedujiste, Señor, y me dejé seducir»). Pero el tener que anunciar y justificar la desgracia futura se le convierte en una carga insoportable. Personalmente, tiene la sensación de que todo su mensaje se sintetiza en dos palabras horribles: «violencia» y «destrucción». Socialmente, esta predicación le procura críticas, burlas, persecuciones, incluso amenazas de muerte. ¿Solución? Olvidarse de Dios y de su palabra. Pero no puede hacerlo. Esa palabra arde en sus entrañas, es un fuego incontenible.

            Jeremías, igual que Jesús, se siente obligado a cumplir la misión que Dios le encomienda. Es cierto que en Jesús no encontramos la misma rebeldía, pero la reacción tan humana del profeta ayuda a comprender que, para el Señor, «tener que ir a Jerusalén» supuso también un gran sacrificio.

Una introducción muy abstracta a un capítulo muy concreto (Rom 12,1-2)

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

           Estos dos versículos plantean al lector, o a quien los escucha durante la celebración de la Eucaristía (suponiendo que preste atención), más interrogantes que respuestas: ¿cómo podemos presentar nuestros cuerpos como «hostia viva»?, ¿por qué es un «culto razonable»?, ¿qué significa «no ajustarse a este mundo» y «transformarse por la renovación de la mente»?, ¿cómo sé lo que es bueno y perfecto, lo que a agrada a Dios?

           Sin embargo, estos versículos tan abstractos encuentra una respuesta muy concreta en lo que sigue del capítulo 12 de la carta a los Romanos. Sería bueno encontrar un momento para leerlo. Una frase, al menos, se adapta perfectamente a las circunstancias actuales, cuando miles de personas se están quedando sin trabajo y pasando grandes apuros económicos: «Sed solidarios con los consagrados en sus necesidades». Pablo se refería a los cristianos. Hoy debemos pensar en cualquier persona.

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 30 Agosto, 2020

Domingo, 30 de agosto de 2020

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“Jesús se volvió y dijo a Pedro: -¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como las gentes, no como Dios!”

Mt 16, 21-27

Es muy interesante ver cómo la Biblia pone al descubierto las oscuridades de sus más ilustres personajes. Las grandes figuras de sus páginas son personas con grandes defectos y pecados, desde Adán hasta Pablo, pasando por Abraham, Moisés, David o cualquiera de los Doce.

¡Ojo!, que solo aparecen referentes masculinos, pero así ha sido, las grandes figuras bíblicas, las que se han puesto como modelo, han sido varones. Mas la Biblia está también llena de mujeres que aparecen con sus sombras y que muchas veces han quedado ocultadas, olvidadas.

Pero lo que interesa en este texto es que Pedro, una de las figuras más importantes de la Iglesia primitiva, se muestra incapaz de comprender hacia dónde conduce el camino que lleva Jesús.

Pedro, uno de los íntimos de Jesús, a quien Jesús le confía la dirección de aquellos primeros discípulos está completamente equivocado. Mete la pata hasta las orejas y el evangelio nos lo cuenta sin ocultar detalle.

La verdad de nuestra debilidad no le quita nada a lo que somos a los ojos de Dios. No nos ha elegido porque seamos perfectas ni mejores que las demás. Nos ha escogido porque nos ama y nos conoce. Y quiere que nosotras nos amemos y nos conozcamos. Por eso nos hace ver nuestra oscuridad, para que no nos perdamos en ella.

Esa parte oscura lo mejor que podemos hacer en la vida es ponerla a la luz, darla a conocer. Porque cuando algo sale de la oscuridad se convierte en luz.

Tanto la Iglesia, como de manera personal, deberíamos reflexionar esta tendencia bíblica de dar a conocer los defectos y debilidades de todas las personas que bullen en sus páginas. Esa tendencia a la verdad que conduce a la Verdad con mayúsculas que es Dios.

Una tendencia a la verdad que nos hace optar por una humildad adulta y responsable que nos capacita para mostrarnos como somos aunque nos hayamos equivocado.

Oración

Ábrenos, Trinidad Santa, a nuestros propios errores, para que podamos sacarlos a la luz y dejen de crecer en la oscuridad. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Pedro tenía razón, el Mesías no puede fracasar.

Domingo, 30 de agosto de 2020

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El texto es continuación del leído el domingo pasado. Lo que Mt pone hoy en boca de Jesús, ni siquiera es aceptable para los seguidores. Jesús acaba de felicitar a Pedro por expresar pensamientos divinos. Ahora le critica muy duramente por pensar como los hombres. La diferencia es abismal. Si leemos el evangelio sin prejuicios, descubriremos que Pedro es coherente con lo que dijo de Jesús: tú eres el ungido, el hijo de Dios vivo. ¿A qué judío se le podía ocurrir que el Mesías iba a morir en la cruz? Ni siquiera Jesús, como buen judío, pudo pensar tal cosa, aunque nuestros prejuicios lo ven como natural.

Los primeros cristianos dispusieron de cincuenta años para armonizar las diversas maneras de concebir a Jesús. A pesar de ello encontramos en los evangelios infinidad de incoherencias que es imposible explicar adecuadamente. Como Pedro, los cristianos en todas las épocas, nos hemos escandalizado de la cruz. Ninguno hubiera elegido para Jesús ese camino. La imagen de un Mesías victorioso es la única que puede tener sentido desde la perspectiva de un Dios todopoderoso. La muerte de Jesús en la cruz es un contrasentido que se trató de integrar con una serie de argumentos contradictorios.

La muerte de Jesús fue para los primeros cristianos el punto más impactante de su vida. Seguramente el primer núcleo de los evangelios lo constituyó un relato de su pasión. No nos debe extrañar que, al redactar el resto de su vida se haga desde esa perspectiva. Hasta cuatro veces anuncia Jesús su muerte en el evangelio de Mt. No hacía falta ser profeta para darse cuenta de que la vida de Jesús corría serio peligro. Lo que decía y lo que hacía estaba en contra de la doctrina oficial y los encargados de su custodia tenían el poder suficiente para eliminar a una persona tan peligrosa para sus intereses.

Pedro responde a Jesús con toda lógica. ¿Podía Pedro dejar de pensar como judío? Incluso el día que vinieron a prenderle, Pedro sacó la espada y atizó un buen golpe a Malco, para evitar que se llevaran al Maestro. Era inconcebible, para un judío, que al Mesías lo mataran los más altos representantes de Dios. El texto quiere transmitirnos la idea de un Jesús acomodado a los acontecimientos inaceptables, como representante de Dios. La radical crítica de Jesús a Pedro tiene como objetivo ordenar los juicios contradictorios que se sucedieron durante los primeros años del cristianismo.

La respuesta de Jesús a Pedro es la misma que dio al diablo en las tentaciones. Ni a los fariseos, ni a los letrados, ni a los sacerdotes dirige Jesús palabra tan duras. Quiere indicar que la propuesta de Pedro era la gran tentación, también para Jesús. La verdadera tentación no viene de fuera, sino de dentro. Lo difícil no es vencerla sino desenmascararla y tomar conciencia de que ella es la que puede arruinar nuestra Vida. Jesús no rechaza a Pedro, pero quiere que descubra su verdadero mesianismo, que no coincide ni con el del judaísmo oficial ni con lo que esperaban los discípulos.

El seguimiento es muy importante en todos los evangelios. Se trata de abandonar cualquier otra manera de relacionarse con Dios y entrar en la dinámica espiritual que Jesús manifiesta en su vida. Es identificarse con Jesús en su entrega a los demás, sin buscar para sí poder o gloria. Negarse a sí mismo supone renunciar a toda ambición personal. El individualismo y el egoísmo quedan descartados de Jesús y del que quiera seguirlo. Cargar con la cruz es aceptar la oposición del mundo. Se trata de la cruz que nos infligen otras personas -sean amigas o enemigas- por ser fieles al evangelio.

En tiempo de Jesús, la cruz era la manera más denigrante de ejecutar a un reo. El carácter simbólico solo llegó para los cristianos después de comprender la muerte de Jesús. Como el relato habla de la cruz en sentido simbólico, es improbable que esas palabras las pronunciara Jesús. El condenado era obligado a cargar con la parte transversal de la cruz (patibulum). No está hablando de la cruz voluntariamente aceptada sino de la impuesta por haber sido fiel a sí mismo y Dios. Lo que debemos buscar es la fidelidad. La cruz será consecuencia inevitable de esa fidelidad.

Jesús nos muestra el camino que nos puede llevar a una mayor humanidad. Esa propuesta es la única manera de ser humano. Todo ser humano debe aspirar a ser más; incluso ser como Dios. Pero debe encontrar el camino que le lleve a su plenitud. Los argumentos finales dejan claro que las exigencias, que parecen tan duras, son las únicas sensatas. Lo que Jesús exige a sus seguidores es que vayan por el camino del amor. Aquí está la esencia del mensaje cristiano. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir en cada momento lo mejor. Verlo como renuncia es no haber entendido ni jota.

Jesús no pretende deshumanizarnos como se ha entendido con frecuencia sino llevarnos a la verdadera plenitud humana. No se trata de sacrificarse, creyendo que eso es lo que quiere Dios. Dios quiere nuestra felicidad en todos los sentidos. Dios no puede “querer” ninguna clase de sufrimiento; Él es amor y solo puede querer para nosotros lo mejor. Nuestra limitación es la causa de que, a veces, el conseguir lo mejor exige elegir entre distintas posibilidades, y el reclamo del gozo inmediato inclina la balanza hacia lo que es menos bueno e incluso malo, entonces mi verdadero ser queda sometido al falso yo.

La mayoría de nuestras oraciones pretenden poner a Dios de nuestra parte en un afán de salvar el ego y la individualidad, exigiéndole que supere con su poder nuestras limitaciones. Lo que Jesús nos propone es alcanzar la plenitud despegándonos de todo apego. Si descubrimos lo que nos hace más humanos, será fácil volcarnos hacia esa escala de valores. En la medida que disminuyo mi necesidad de seguridades materiales, más a gusto, más feliz y más humano me sentiré. Estaré más dispuesto a dar y a darme, aunque me duela, porque eso es lo que me hace crecer en mi verdadero ser.

Una perfecta vida biológica no supone ninguna garantía de mayor humanidad. Todo lo contrario, ganar la Vida es perder la vida, yendo más allá del hedonismo. Lo biológico es necesario, pero no es lo más importante. Sin dejar de dar la importancia que tiene a la parte sensible, debes descubrir tu verdadero ser y empezar a vivir en plenitud. La muerte afecta solo a tu ser biológico, pero se pierde siempre. Si accedes a la verdadera Vida, la muerte pierde su importancia. La plenitud se encuentra más allá de lo caduco: no más allá en tiempo, sino más allá en profundidad, pero aquí y ahora.

Para ser cristiano, hay que transformarse. Hay que nacer de nuevo. Lo natural, lo cómodo, lo que me pide el cuerpo, es acomodarme a este mundo. Lo que pide mi verdadero ser es que vaya más allá de todo lo sensible y descubra lo que de verdad es mejor para la persona entera, no para una parte de ella. Los instintos no son malos; que los sentidos quieran conseguir su objeto, no es malo. Sin embargo la plenitud del ser humano está más allá de los sentidos y de los instintos. La vida humana no se nos da para que la guardemos y preservemos, sino para que la consumamos en beneficio de los demás.

Meditación

Nacer de nuevo, nacer del Espíritu, es la propuesta de Jesús.
En lo biológico estamos siempre; es el punto de partida.
Lo espiritual hay que descubrirlo y vivirlo.
Si no entro en la dinámica del Espíritu,
permaneceré en el ámbito de lo sensible
y quedará frustrado lo humano en mí.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pensar como los hombres.

Domingo, 30 de agosto de 2020

el-pensador-auguste-rodinCogito, ergo sum (René Descartes)

30 de agosto. DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 16, 21-27

Piensas como los hombres, no como Dios (v23)

Existe una censura descriptiva, y un nuevo comienzo: se inicia el camino hasta la pasión y muerte, un primer anuncio que desvanece cualquier duda sobre qué clase de Mesías es Jesús.

Anuncia sin equívocos que puede sufrir y morir: consecuencia de su mesianismo, de acuerdo con el plan del Padre.

Pedro, que poco antes había confesado su fe en Jesús, ahora rechaza la posibilidad del sufrimiento y muerte del Mesías, a lo que Jesús reacciona violentamente llamándole Satanás, porque se comporta como una piedra de tropiezo, ya que no está dispuesto a asumir la voluntad de Dios.

Como la gente que sigue a Jesús, Pedro no espera un siervo sufriente, como dice Isaías, 42. 1: “Mirad a mi siervo, a quien sostengo”, sino un Mesías triunfante, de modo que la respuesta tajante de Jesús echa por tierra todas estas pretensiones que no se ajustan a lo qué había obrado durante su misión.

Al anuncio de la pasión sigue el premio y la recompensa del discipulado. Y así como antes los discípulos habían participado del poder de Jesús, ahora tendrán que correr la misma suerte que el Maestro: las sentencias sobre la necesidad de cargar con la cruz y entregar la vida lo ponen de relieve.

Serle totalmente fiel implica grandes dificultades y hasta persecuciones, así como la circunstancia de aceptar incondicionalmente el discipulado cristiano, con todas las implicaciones que acarrea, pues no podemos olvidar que somos los seguidores de un hombre que ha sido ajusticiado en una cruz.

Durante mucho tiempo, ciertas corrientes ascéticas han entendido la negación de sí mismos como una especie de combate contra los deseos de las personas, lo que incuestionablemente es incierto.

Dicha negación debe leerse en la clave iluminadora de la cruz, de la que cuando Jesús habla de ella, se está refiriendo a una dimensión mucho más solidaria y redentora, pues se trata de la cruz de la injusticia, de la exclusión y la miseria que los sistemas sociales de siempre imponían a los más débiles.

Pertenecemos a la familia de Jesús, quien, por boca de Mateo, alude a los sufrimientos y contradicciones por las que estaban pasando sus comunidades, signo de lo que ocurrirá a todo cristiano comprometido con el Evangelio.

 

El filósofo francés René Descartes dijo: “Pienso, luego existo”; pensaba demasiado, y quizás precisamente por eso murió a los 53 años de una neumonía.

Y en cambio pensaba casi tanto como el Pensador de Rodin, que estaba siempre pensando, sentado sobre una roca.

“Piensas como los hombres, le dijo Jesús a Pedro. Cosa de la que yo dudo mucho, porque este hijo del trueno tronaba en cuanto caía el rayo.

Quiero terminar con estos versos de Ramón López Velarde, que nos introducen en un mar de pensamientos:

Y PENSAR QUE PUDIMOS

Y pensar que extraviamos
la senda milagrosa
en que se hubiera abierto
nuestra ilusión, como una perenne rosa.

Y pensar que pudimos
enlazar nuestras manos
y apurar en un beso
la comunión de fértiles veranos.

Y pensar que pudimos
en una onda secreta
de embriaguez, deslizarnos,
valsando un vals sin fin, por el planeta…

Y pensar que pudimos,
al rendir la jornada,
desde la sosegada
sombra de tu portal y en una suave
conjunción de existencias,
ver las cintilaciones del zodíaco
sobre la sombra de nuestras conciencias.

Vicente Martínez

 Fuente Fe Adulta

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La palabra seduce y crea.

Domingo, 30 de agosto de 2020

wp_20170802_13_59_22_pro-e1503912088272La Palabra es medio de comunicación y medio de Creación. Dios “dice y crea”, pero no de una vez para siempre, sino que en esa comunicación con lo creado se va desarrollando el fascinante universo en el que habitamos.

La Palabra cada vez es más nítida, más clara. Anuncia y denuncia porque el propósito de la Creación es la armonía entre todos los seres, el disfrute de las cosas bellas, la vida en plenitud. Sin embargo, la codicia, el orgullo, el miedo a que no haya suficiente para todos hace que los más fuertes opriman a los más débiles, que se marquen diferencias entre razas, pueblos, incluso entre religiones.

La Palabra es el medio por el que Dios se ha comunicado con su pueblo desde nuestros primeros padres y madres. Es la que sedujo a Jeremías a seguir hablando a pesar de las burlas y malos tratos. Suena fuerte la palabra pero sí, le sedujo porque la palabra no es un vocablo, es Alguien vivo, que quema en las entrañas como fuego ardiente, que aunque intentes contenerla no puedes, como dice el profeta.

La Palabra es la búsqueda del corazón humano. Con ansia, con pasión, con sed, con deseo. Si no es así no es búsqueda de verdad. Nuestra expresión verbal siempre se queda corta cuando quiere describir lo que albergamos por dentro porque es todo nuestro ser el que desea: la mente, el corazón y todo nuestro cuerpo. Desea la plenitud para la que fuimos creados, desea a Dios.

No entiende quien se para ante las contradicciones, quien busca la lógica en un lenguaje que no se atiene a las reglas establecidas. “No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”, dice Pablo en la carta a los Romanos. Estad atentos, escuchad con el corazón y viviréis.

La Palabra se hace uno de nosotr@s en Jesús. Muy pronto su vida se convierte en denuncia como la de los profetas. Y Él tiene que vencer no sólo su miedo a perder la vida sino también el miedo de los que le siguen. Ellos no quieren cambiar su mentalidad, en el fondo se buscan a sí mismos, no a Dios. La Palabra no ha calado en sus corazones y piensan como “todo el mundo”.

La Palabra intenta hacerse un hueco entre nosotr@s hoy después de veinte siglos. Esa Palabra sigue diciendo y creando; por nuestro lado la búsqueda y la sed están ahí como parte de nuestra identidad. Estamos sedientos de vida con sentido, de plenitud de creación, de Palabra hecha vida.

“Decir y crear” es nuestra tarea. En la comunicación con lo creado se va desarrollando el fascinante universo en el que habitamos.

Carmen Notario

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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La paradoja evangélica

Domingo, 30 de agosto de 2020

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30 agosto 2020

Mt 16, 21-27

A diferencia de aquellas otras que el evangelista ponía en boca de Jesús –pero que seguramente este nunca dijo– para referirse a Pedro como “la roca sobre la que edificaré mi iglesia”, las palabras duras que se leen en este texto tienen visos de pertenecer al Maestro de Nazaret. El motivo es simple: ningún discípulo se hubiese atrevido a “inventar” esas expresiones para aplicárselas nada menos que al líder de su comunidad.

         Admitido este dato, cabe preguntarse a qué se debe tal dureza. Y el motivo también parece sencillo de entender: la importancia de lo que se hallaba en juego. Por un lado, la fidelidad de Jesús a su misión; por otro, el contenido de una de las paradojas centrales del evangelio.

       Tanto en los evangelios sinópticos como en el de Juan, es claro que Jesús aparece movido por un único objetivo: dicho en su lenguaje, ser fiel a la voluntad del Padre. Es comprensible que no transigiera en absoluto cuando estaba en juego tal fidelidad.

        En cuanto a la paradoja, parece innegable que ocupa un lugar central en el mensaje jesuánico: “Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. En una forma quizás más comprensible para nosotros: quien vive girando en torno al ego está perdiendo la vida; por el contrario, quien no se identifica con el ego, la encuentra.

       Sabemos que el ego (o yo) funciona según la llamada “ley del apego y la aversión” –aferrando lo que le agrada y rechazando lo que le desagrada– y que tal modo de funcionar, debido a la naturaleza impermanente de todo lo manifiesto, conduce inevitablemente al sufrimiento para uno mismo y para los demás, porque nos mantiene en la ignorancia al identificarnos con lo que no somos.

      Las personas sabias –Jesús entre ellas– advierten que es necesario salir de ese engaño, comprendiendo que somos uno con la vida –“Yo soy la vida”–  y dejarnos fluir desde y con ella.

      “Negarse a sí mismo” significa, por tanto, dejar de identificarse con el yo particular que se cree separado para reconocerse en Eso que es consciente del yo. Y tal comprensión provocará el paso del egocentrismo narcisista a la fraternidad, del aferrarse al soltar, del controlar al fluir… Iremos aprendiendo que el camino de la sabiduría es el camino del no-saber, del no-tener y del no-querer (no-controlar). Es el camino de la entrega, el que vivió Jesús y todas las personas sabias.

(He tratado de explicar esta paradoja y este camino en el librito Vida, y en particular en el capítulo 3 del mismo: “Lo que viene, conviene”).

¿Vivo desde y para el ego o desde la comprensión?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Lo irracional y valioso de la seducción de la fe

Domingo, 30 de agosto de 2020

cristojesusDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. seducir

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir, hemos escuchado al profeta Jeremías (1ª lectura).

Seducir es un término proveniente del latín: se-ducere (guiar, conducir) y etimológicamente significa una fuerte atracción que invita a “salir de uno mismo hacia otra realidad, persona”. Seducir es embargar o cautivar el ánimo; algo ejerce sobre nosotros una gran influencia y atractivo. (Diccionario de la Real Academia de la Lengua).[1]

Hay realidades y situaciones en la vida, a veces positivas, a veces negativas, que nos sobrecogen, que nos fascinan, nos seducen:

La bondad de una persona, la belleza física y espiritual, el arte (la emoción estética), el sentimiento de pertenencia a una cultura-nación (donde uno ha nacido), la sexualidad, la vocación religiosa, la “llamada” al matrimonio, la fe, algunos valores y cualidades  de algunas personas, etc.

Una enfermedad, una venganza, una muerte o un asesinato nos estremecen.

Hay situaciones, iconos, dimensiones de la vida que nos dejan fascinados, deslumbrados, seducidos.

Jeremías es consciente de que los profetas terminan mal, no sale gratis ser profeta. Y Jeremías se dice a sí mismo y le dice a Dios: “déjame de líos” que me voy para mi casa.

El profeta camina siempre a contracorriente del orden establecido, de la cultura imperante, de la globalización del mercado. El profeta no es arribista, es contracultural.

De ahí que el camino de la vida pase por la experiencia dolorosa de la cruz: el Hijo del hombre tiene que padecer…

  1. “palabra” de aliento vital.

Al mismo tiempo, lo que Jeremías ha escuchado de Dios en la vida, la “Palabra”, le ha fascinado, le ha seducido y se ha dejado seducir. La “Palabra”, la sensatez se volvió el centro, el fuego ardiente de su vida, el sentido de la existencia…

Estamos en una segunda oleada de esta pandemia que nos golpea. Es una situación mundial con muchas ramificaciones sanitarias, psicológicas, económicas, que la estamos tratando con una gran superficialidad. Esta pandemia nos preocupa, pero no nos sobrecoge.

Llama la atención la superficialidad con la que la sociedad se está tomando esta cuestión. Con la excepción de las cuestiones médicas, todo se reduce a ver si se puede ir o no a una discoteca, si en la playa hay que estar a dos o 22 metros de distancia, las horas de cierre… pero en los medios de comunicación, ni en la misma iglesia está presente la “Palabra”, la sensatez que se le dirige a Jeremías.

Ni la misma iglesia aborda la cuestión con esperanza, con una “Palabra” que anime y aliente.

Es cierto que en la iglesia muchas instituciones y grupos están ayudando en cuestiones asistenciales: alimentos, comedores sociales, ayudas, etc., pero lo demás han sido palabras sobre el precepto dominical y poco más. ¿A quién le seduce si el domingo hay que ir a misa o no?

Tras seis o siete meses que llevamos de crisis, esta semana, el obispo Luis Argüello -secretario de la conferencia episcopal española- ha dicho que hemos de “ser testigos de la esperanza” frente a la “impotencia” de la pandemia, (¡Menos mal!). ¿Se nos ha olvidado y no sabemos estar presentes en el mundo especialmente en las situaciones de dificultad? ¿No tenemos ya una “Palabra” sensata que comunicar, un consuelo, una esperanza? Cuando las cosas vienen mal dadas, ¿No tenemos una “Palabra” de aliento, de halito vital?

En ocasiones ese encanto, esa “Palabra” reviste síntomas de una serenidad profunda.

Cuando un enfermo terminal ve en su mesilla la imagen de la Virgen de su pueblo o mira su alianza matrimonial, abre infinitos recuerdos, vivencias, probablemente producen más paz que todas las teologías de la historia.

Una conversación reconciliadora con una persona con el que la historia ha sido turbulenta, es fuente de serenidad sobrecogedora.

No sé si me equivoco al pensar y decir que la seducción es una fuerza “no racional” que “arrastra” al ser humano. Irracional no significa que no sea razonable, valiosa y buena; mucho menos quiero decir que lo no racional sea algo malo, sino quiero decir que no depende, al menos no depende exclusivamente de la razón.

  1. Una seducción mística

         Toda seducción tiene algunas dimensiones de mística, incluso con ciertos tonos de coraje.

         Es evidente que unos jóvenes -o no jóvenes- reunidos en o por un mismo espíritu ejercen, y “se ejercen” una seducción. En una masa de gente se entrecruzan un mundo de sentimientos. Las masas se contagian (en todos los sentidos), se retroalimentan con su “espíritu”, con el sentimiento (el que sea):

El concierto de la isla de Woodstock en 1969 congregó a medio millón de jóvenes y fue una fascinación colectiva de música, de mayo del 68´, de libertad, de LSD y marihuana.

No todas, pero sí muchas de las personas que vivieron las grandes concentraciones políticas de tiempos no lejanos en Alemania, España, Italia, vivían de una seducción étnica y patria, romántico-nacional amasadas en una mística.

El mundo del deporte genera éxtasis, adhesiones y adicciones, sintetiza sentimientos nacionales. El mundo del deporte no es especialmente racional, sino por puro sentimiento pulsional.

La misma emoción estética va más allá de lo racional escuchar una misa de réquiem no es un frívolo concierto de la Quincena musical, sino una “seducción” de esperanza, horizontes, cielos, etc.

  1. tres breves anotaciones
  2. La seducción ha de dar paso a un asentamiento maduro y razonable.

Para que una fascinación sea sensata, realizadora y humana de la historia personal, el fogonazo inicial ha de dar paso a un asentamiento razonable, que requiere tiempo, reflexión, contrastar las cosas, diálogo. Es decir que fluya el logos, la “Palabra”, la sensatez.

  1. seducción y frustración.

Una seducción que nos deje sumidos en la desilusión, significa, tal vez, que no ha sido ni plena ni sana, o que no hemos sabido encauzarla, o quizás que nos hemos equivocado en la vida, que tampoco es ningún delito. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse.

  1. las represiones.

         Las cuestiones que atraen y magnetizan al ser humano no pueden ser tratadas crónicamente por represión. La vida necesita desarrollo, desplegarse. El agua que se va acumulando en un pantano y no se le da salida, termina por reventar la presa.

         Ni todos ni siempre lo han hecho así, pero en la moral y espiritualidad católicas el freno, la represión  y la condenación han sido armas excesivamente usadas. La represión no hace bien, otra cosa es la educación.

  1. Racionalidad y emotividad (sentimientos). cabeza y corazón.

Que tenemos dimensiones “no racionales”, sino más bien emotivas y pulsionales en la vida, es un hecho más que evidente. Y que al amplio mundo del sentimiento hay que poner razón, también es algo evidente.

Podemos pensar noblemente que Cristo puede ejercer una llamada, una atracción, una seducción.

En algún momento o etapa de nuestra vida, hemos decidido seguir al Señor, porque hemos encontrado en Él eje, el camino que da sentido y puede encauzar nuestra vida.

En un “segundo momento” habremos dado forma a esa decisión: somos cristianos en un estilo determinado: formas de vida, matrimonio, vida religiosa, carismas, etc. Probablemente en nuestra decisión han influido emociones y razones: un buen cura que conocimos, un amigo, una enfermedad, un profesor, la lectura de un autor, el propio esfuerzo intelectual.

         La fe no se vive ni sola, ni principalmente a golpe de impulsos, pulsiones, golpes viscerales, un atractivo masivo, ¡qué bien estamos aquí!: más o menos como en la transfiguración.

  1. Entre sentimientos y abstracciones. vida y represiones.

         La fe no es solamente un sentimiento, una seducción. Tampoco la fe es una pura racionalidad abstracta.

        Pietismos y sentimientos

Siempre se han dado en la historia de la Iglesia tendencias a un pietismo sentimental, una fe más simplista que sencilla. Y una cosa es la sencillez, incluso la religiosidad popular, y otra muy distinta el simplismo  populachero en la vida.[2]

Los villancicos que cantábamos en familia en nochebuena, eran vivir, transmitir-cultivar emotivamente la fe la navidad, lo conmovedor de la fe.

         Hemos de cuidar y cultivar la dimensión emotiva de la fe (y de la vida): el descanso de nuestra vida en el Señor, los espacios y los tiempos sagrados, las evocaciones (llamadas) culturales y cristianas de nuestros montes y ermitas, la música y el silencio (¡), etc.

La fe está no tanto en la aceptación de una dogmática, sino en esa seducción amable del Señor en quien encontramos salud y vida.

Dimensión racional de la fe.

         Por ser personas humanas (inteligentes), por nuestro momento en la historia (hijos de Platón, del judaísmo y de la Ilustración) somos seres pensantes, racionales. Tenemos una tendencia a la abstracción. En el fondo es también nuestra búsqueda de verdad.

         Necesitamos buscar y formular la verdad que ansiamos y que nunca está en nuestros moldes humanos. La fe busca siempre una mejor expresión.

La teología brota de la fe. Remontando las aguas del río de la teología llegamos al manantial de la fe. Cuando vemos o leemos, ¡o padecemos! ciertas teologías, en el fondo estamos sufriendo alguna fe distorsionada y lejana al Evangelio, a la palabra del Señor.

         La vida es una amalgama nada fácil de Dionisios y Apolo, pulsiones y razón, sentimiento e inteligencia. La palabra es la Luz, el Logos de la irracionalidad humana.

la palabra es en mis entrañas fuego ardiente

[1] También la seducción tiene otras acepciones de engaño, pero no vienen al caso.

[2] Hay quien un tanto simplísimamente dice: menos teología y volvamos a la sencillez del evangelio. Lo que ocurre es que el evangelio no es tan sencillo. Por ejemplo, el evangelio de san Juan es muy complejo, la carta a los Romanos no es nada fácil. También hay quien sigue diciendo: volvamos a “la fe del carbonero”, lo que pasa es que tampoco existen ya carboneros…

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