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Si vas al altar y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda

Domingo, 16 de febrero de 2020

9C52B27E-4264-43FA-97EC-DC3A7B9A1F5ADel blog de Xabier Pikaza:

Las tres primeras antítesis del evangelio

Antes que Dios el hermano

Dom 6, tiempo ordinario, ciclo A. Mt 5, 17-37

   Éste es un evangelio muy largo, con las tres primeras “antítesis” o paradojas del Sermón de la Montaña de Mateo, que son una aplicación de los mandamientos principales: No matarás, no adulteraras, no jurarás en vano… El texto es largo, y sólo voy a comentar la primera antítesis, la del “no matar”, y dentro de ella voy a centrarme en el apartado que dice:

Si vas a llevar una ofrenda o sacrificio ante el altar,  y en el camino recuerdas que hay un “hermano” (hombre o mujer, persona o grupo…) que tiene algo contra ti (no tú contra él, él contra ti), deja allí mismo la ofrenda que llevas a Dios y arregla el tema que tienes con tu hermano, que él te perdona o acepte, si has hecho algo malo contra él. 

  Ésta es una de las palabras más audaces de Jesús (del evangelio de Mateo) y puede (=debe) aplicarse a la crisis de iglesia en que hoy estamos, a pesar del Papa Francisco, como dicen muchos con ocasión de esto de Amazonia. Ciertamente, hacen (hacemos bien) en ir al altar con la ofrenda, pero en el camino tendríamos que pensar: ¿Hay algún hermano o hermana que tiene algo contra nosotros? ¿No será mejor dejar la ofrenda allí mismo, la misa sin acabar, y arreglar antes el tema de los hermanos?

– Hace dos postales (en la del día 12.2.20), he defendido al Papa por esto de Amazonía, diciendo que por ahora, tal como está el “horno” de la Iglesia, no podía haber hecho humanamente otra cosa, pues no se arregla nada “ordenando” (con orden de mundo, no de Dios) a casados o mujeres, y lo que hace falta es una “recreación” radical de los ministerios, a partir de este mandato de Jesús: Si recordáis que los hermanos tienen algo en contra de vosotros…?.

5DCE0F0E-176F-48FF-BFF6-238341DA4E32–Por eso, manteniendo lo que dije en la postal de RD del día 12, por imperativo de evangelio (cuando vayas al altar y veas que tu hermano tiene algo contra ti…, es decir, contra tu iglesia/altar)… quiero decir que antes que la eucaristía de celebración oficial está la eucaristía de reconciliación con los hermanos, de manera que antes de la misa (para poder llevar la ofrenda al altar de Dios) los clérigos tendrían que recordar si los hermanos tienen algo contra ellos, yendo a que les puedan perdonar (y cambiando lo necesario para que puedan perdonarles. No es que lo clérigos perdonen a los hermanos, sino que puedan ser perdonados por los hermanos.

— Conforme a este evangelio, he de añadir, que el Papa Francisco y la Iglesia clerical entera ha de invertir su camino. Tiene que dejar su altar sagrado (es decir, su pretendida dignidad más alta que le lleva a ir directamente al altar) para reconciliarse con su hermano o, mejor dicho, como dice Jesús: para que el hermano ofendido, rechazado o minisvalorado, pueda reconciliarse con él (con la Iglesia).

No es que yo, clérigo  de alta,me reconcilie con mi hermano, diciéndole palabras bonitas (¡querido hermano, querido amazónico…!), sino que él (todos los hermanos ofendidos) se reconcilien conmigo, puedan perdonarme, nos perdonen…  No es que el “buen clérigo”  perdone a los otros (a los de fuera), sino que los otros, los de fuera, puedan perdonar al clérigo (vean en el clérigo “madera” de ser perdonado). Por eso, el clérigo de altar, si sabe que hay alguien que tiene algo contra él, tiene que dejar allí mismo “su ofrenda” (su oficio), para salir a la calle de la vida y pedir perdón a los hermanos agraviados.

BB1A94AE-C5E1-4612-B689-3A68F7D482C6— Voy a decirlo con el lenguaje directo del evangelio: No eres tú, quizá gran clérigo, el que vas a perdonar… sino que es él otro, el que parece de fuera, el que te tiene que perdonar. Se invierte así y se ratifica el “sacramento del perdón”, que se ha cumplido y practicado a veces de un modo inverso al de Jesús,  como si un tipo de personas superiores pudiéramos perdonar a los inferiores, convirtiéndonos así en simples perdona-vidas, desde arriba. “Vete a reconciliarte” significa: Vete a que te acoja y te perdone, vete a que te acoja y te tome de la mano y diga: “vamos juntos”, y perdóname tú también.

— Y “después” presenta la ofrenda… El tema en ése: Deja allí a Dios (con la ofrenda para él), porque lo que él quiere es que vayas a pedir perdón, que aquellos a los que has ofendido puedan perdonar, y “después”.  El problema es cundo llegará ´ ese tiempo de después, cuando los cristianos (y de un modo especial los clérigos de sacrificios) puedan serperdonados por aquellos que tienen algo contra ellos.

El tema es que, una vez que se toma en serio esto de “vete y que te perdone tu hermano” ya no hay posible retorno a lo anterior, porque la ofrenda elevada a Dios es el mismo perdón de unos y otros, empezando por los hermanos ofendidos. Eso significa que la misa empieza en la calle, con el perdón, pues  en este camino de perdón y reconciliación, desde los hermanos ofendidos, se compendia y cumple todo el evangelio.

3C38ACC3-6F4B-4EE9-9B6C-24D352C216CD— Éste es el tema, no el que los presbíteros sea célibes o casados, varones o mujeres…”. Ante esta “recreación” (revolución, inversión) que implica la palabra “vete a reconciliarte primero con tu hermano resulta ridículo (sí, evangélicamente ridículo) andar diciendo si los “portadores del perdón” (ministros de la Iglesia) han de ser varones o mujeres, casados o solteros…. Es como poner el carro del sistema antes de los “bueyes” de la nueva marcha de Jesús.

Quien haya seguido mi reflexión hasta aquí puede parar y pasar al evangelio, leerlo y pensarlo, y, sobre todo, ponerlo en marcha. Quizá haya algunos que quieran leer algo más sobre el tema. Para ello sigo poniendo aquí lo que he escrito en mi Comentario a Mateo (ver imagen). Allí explico algo más esta parte del evangelio de la misa de este domingo 15 del II de 2020. Buen domingo a todos.

PRIMERA ANTÍTESIS (Mt 5, 21-26) (TEXTO TOMADO DE MI EVANGELIO DE MATEO)

evangelio-de-mateo  La estructura del texto es clara, aunque compleja. Hay una afirmación básica (5, 21-22a),  y tres ampliaciones o concreciones. (1)  La primera, el que llame a su hermano imbécil… ( 5, 22b) parece  propia de Mateo. (2) La segunda (5, 23-24)  nos sitúa en un contexto donde todavía se aceptaba el culto del templo de Jerusalén, poniendo el perdón sobre el culto del templo (3). La tercera (5, 25-26) ha sido elaborada por Mateo a partir del Q (cf. Lc 57-59).

5 21 Habéis oído que se ha dicho a los antiguos: “No matarás;  el que mate será reo de juicio 22.  

1. Pero yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo de juicio”. Pues el que llame a su hermano imbécil, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame renegado/invertido, será reo de la gehena de fuego.

2.  23 Pues si llevas tu ofrenda ante el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24 deja allí tu ofrenda, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; y entonces, volviendo, presenta tu ofrenda.

3. 25 Intenta reconciliarte con tu adversario pronto, mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. 26 Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último cuadrante[1].

 Jesús pasa por alto los mandamientos de tipo más religioso (no tendrás otros dioses frente a mí, no te harás ídolos…), propios de Israel, para insistir en los de tipo ético, que tienen un carácter universal, de forma que pueden aplicarse a todos los seres humanos, conforme a la segunda “tabla” del Decálogo (cf. Ex 20, 1-11; Dt 5, 7-15). Lógicamente comienza con el homicidio, que es el pecado que aparece con más fuerza a lo largo de la Biblia, desde la muerte de Abel (Gen 4) hasta la de Jesús, asesinado por las autoridades legales de su tiempo. Desde el trasfondo de la Biblia, el hombre aparece como un ser que puede matar a otros seres humanos, de manera que la primera la “ley” se establece para impedirlo (Gen 9, 6; Ex 30, 13; Dt 5, 17)[2].

Jesús retoma una larga tradición bíblica centrada en el “no matarás”, que aparece ya en la legislación noáquica (de Noé), tras el diluvio, como ley universal, para todos los pueblos: «El que derrame sangre de hombre, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios él hizo al hombre» (Gen 9, 4) Pues bien, Mt 5, 17-26 profundiza en el homicidio, pero no en un plano de ley, promulgando con más fuerza el talión (cf. Mt 5, 28-32), sino situando el tema en un plano anterior, que es el de la ira (orge), que está en la raíz del homicidio, insistiendo en el riesgo de enojarse en contra su hermano (5,22), retomando así el motivo de fondo del pecado de ira de Caín contra Abel (Gen 4, 4-16). De manera sorprendente, Mateo nos sitúa ante el principio de la violencia homicida, que es la “ira”, la raíz mala del pecado, de la que se ocupan los apocalípticos (4 Esdras, 2 Baruc) y Pablo. La solución no es matar al homicida, sino superar la ira, esto es, el rechazo del prójimo[3].

Ésta es la visión que Pablo ha formulado en claves más teológicas (paso de la ira de Dios al perdón del pecador: Rom 1-3) y Mateo más sociales. Ésta ha sido la experiencia clave de los primeros cristianos, que han ido descubriendo con Jesús que ellos pueden superar la ira (la violencia homicida interior), para convertir la vida en encuentro personal con el hermano. Éste es el tema que irán desarrollando, desde diversas perspectivas, las antítesis siguientes, especialmente las dos últimos: superar el talión, amar al enemigo. Estos son los elementos básicos de esta primero antítesis:

Principio: no airarse contra el hermano. Un proyecto de fraternidad (5, 22 a). El tema fundante es la superación de la ira, el movimiento interior de enojo contra el hermano. Por eso, el punto de partida ha de ser la limpieza interna, la transformación del corazón (lo que Dios quería de Caín en Gen 4): Que no se deje dominar por la “mordedura” de la rabia interna. Jesús condena expresamente la ira contra el hermano (tô adelphô: 5, 22), que, en un primer momento, es el compañero de comunidad o iglesia (el co-judío o co-cristiano). Pues bien, desde la perspectiva de Gen 4, con Abel y Caín como símbolo de la humanidad y desde Mt 25, 31-46 hermano es cualquier hombre o mujer que está a tu lado, en especial el pobre.

Un tipo de judaísmo había marcado la importancia de la fraternidad nacional, con elementos de elección, tradición y cumplimiento legal; pues bien, superando ese estrechamiento, Jesús insiste en la fraternidad abierta, fundada en Dios Padre y abierta a los excluidos sociales, sin nación establecida. Sin duda,   el hermano puede empezar siendo el correligionario, pero a la luz del alcance universal del mal deseo (ira), en el contexto también universal del “no-matar” (que supera los límites nacionales), parece evidente que hermano es cualquier hombre o mujer a quien puedo ofrecer o negar mi ayuda (cf. Mt 25, 31-46). En esa línea, este pasaje nos sitúa ante la tarea suprema y más honda de la fraternidad, sobre un mundo donde el ser hermano se ha vuelto objeto de “ira/enojo” que lleva a la muerte. En esa línea, se trata de pasar del cainismo antiguo (Gen 4) a la afirmación mesiánica: vosotros, todos, sois hermanos (Mt 23, 8)[4]

La palabra hermano toma un sentido extenso, en un plano personal, social y familiar. Antes que elemento religioso ella es un momento esencial de la vida humana, que se expresa de formas diversas (en familia y pueblo, en religión y humanidad). Todo el evangelio de Mateo se despliega en torno a este motivo de la fraternidad, de fondo judío y dimensión universal. Mateo sabe que el primer pecado consiste en “airarse” contra el hermano, que es, por un lado aquel que está más cerca (miembro del propio clan o grupo) y que por otro cualquier hombre o mujer (en línea de universalidad).

Homicidio verbal (5, 22 b): airarse contra el hermano y llamarle raka (frívolo, quizá invertido sexual) o môre (loco/imbécil). El primer insulto consiste en despreciar al hermano, diciendo que carece de valor, que es una nulidad, despreciable, tanto en un plano mental como físico o moral, invertido u homoxexual, en forma de desprecio[5]. Tratar así al hermano es lo mismo que “matarle” en un plano personal, de manera quien comete ese pecado debería ser llevado al juicio del “sanedrín”, es decir, de la asamblea social que regula la vida de la comunidad. Dando un paso más, el que llama a su hermano “môre”, que podemos traducir como necio/loco, en sentido personal y religioso, aparece como digno de la “gehena del fuego”, es decir, del castigo de aquellos que son expulsados de la asamblea de Israel, condenados para siempre[6].

Este homicidio verbal es más que un gesto de ira interior que Jesús condenaba en 5, 22a como principio de los males; es una “ira hecha palabra”, un insulto que descalifica al otro, negándole la dignidad y expulsándole así de la comunidad que se expresa y despliega en forma de palabra compartida. Allí donde se insulta al hermano o se le niega la palabra se está cometiendo un homicidio. Entendido así, este pasaje nos sitúa en el contexto de una comunidad judeo-cristiana, de lenguaje y simbolismo básicamente judío. Una de las palabras condenadas es raka, de origen arameo; la otra es môre, es de origen griego, y, a pesar de lo dicho, no es fácil distinguir su sentido, pero es claro que ambas son insultos que destruye la dignidad de la persona. La condena (sanedrín, gehena) nos sitúa en un contexto judío, y aparece en forma de talión (juicio de la comunidad…); se trata de una “condena simbólica”, que Jesús ha puesto de relieve, desde una perspectiva judeocristiana, insistiendo en la gravedad del “pecado” verbal, en línea de talión. Como seguiremos viendo, las dos últimas antítesis (5, 38-48) nos llevan a superar ese plano de talión.

 ‒ Reconciliación con el hermano antes que sacrificio (5, 23-24). Si cuando llevas tu ofrenda al altar... Conforme a una visión religiosa muy común (pre-, extra-cristiana), debemos ofrecer cosas a Dios (toros y corderos, aceite y flor de harina, monedas de impuesto), llevándolas al templo donde los sacerdotes las reciben, las consagran y en parte las consumen. Pues bien, conforme a este pasaje, de origen claramente judeo-cristiano, Jesús no ha rechazado de manera directa las ofrendas dirigidas a Dios, pero dice que ellas son secundarias.

La primera norma es resolver los problemas interhumanos: que nadie tenga algo en contra de nosotros. En esa línea asume Mateo un tema universal de la profecía israelita, que se expresa de forma intensa en Is 1, 10-20 o Jer 7, 1-15, cuando afirman que la verdadera ofrenda es la justicia interhumana. Más que el posible don a Dios (a quien nunca podemos “comprar” con nuestras ofendas) importa el perdón interhumano.

Ciertamente, Mateo empieza valorando el tema judío (o pagano) de las ofrendas, dejando abierto por ahora el gesto sacral de llevarlas al templo. En esa línea él puede pactar con aquellos judeocristianos, que seguían presentando dones en el templo de Jerusalén (antes de su destrucción, el 70 d.C.), como signo de ofrenda religiosa y sumisión ante los sacerdotes. No critica el culto, no quiere herir a los hermanos que piensan de otra forma, pero lo subordina a la justicia, “reconciliaos primero con aquellos que tienen algo en contra de vosotros”.  Eso supone que el mismo don del templo (cordero o dinero, cabrito o flor de harina) puede y debe estar al servicio de la reconciliación interhumana.

El texto no exige la pobreza externa total (no tener nada), ni pide sólo un sacrificio interior, sino al contrario: supone que los creyentes tienen bienes, pero no para gastarlos de un modo egoísta o para ponerlos ante un templo, sino al servicio de la reconciliación. En contra de lo que sucede en Mc 13, 41-44 (donde la viuda pobre lleva al templo todo lo que tiene, quedándose sin nada), Mateo quiere que el hermano se reconcilie primero con el prójimo: Vete primero (prôton) a reconciliarte con tu hermano…

Literalmente, el texto supone que después, ya reconciliado, puede llevar  la ofrenda a Dios, quizá un cordero para quemarlo en su honor, sobre el ara. Pues bien, de hecho, se puede pensar que esa reconciliación con el hermano “que tiene algo en contra de ti nunca se acaba de realizar, de manera que los hermanos creyentes tendrán que seguir reconciliándose con el prójimo mientras esperan la revelación plena de Dios. En este plano, el amor al prójimo está antes que el amor a Dios, como dirá en otro contexto el mismo Pablo (cf. Rom 13, 9).

‒ Reconciliación judicial: Intenta pactar con tu adversario pronto…(5, 25-26). Esta última aplicación del principio básico (no airarse, no mantener la ira o querella contra el prójimo) ha sido fijada en el documento Q (cf. Lc 12, 57-57), y Mateo la ha colocado aquí porque le sirve para llevar a las últimas consecuencias lo que presupone el “no matar”. Había una “muerte verbal”, que se expresaba en el insulto contra el prójimo (5, 22). Aquí estamos el riesgo de una muerte o condena judicial. Pues bien, en ese contexto, Mateo pide a los creyentes que se reconcilien antes de llegar al juicio.

La respuesta de Mateo parece paulina, afirmando que en un plano judicial no hay solución, pues el hombre puede caer siempre en manos de la ley, que acabará condenándole. La única solución es superar ese nivel de ley, que desemboca en la exigencia de pagar “hasta el último céntimo o cuadrante”, es la reconciliación en el camino, llegando a un acuerdo con el adversario. Lo que está de fondo es la experiencia y exigencia de una justicia directa, por encuentro y diálogo entre las partes implicadas, sin dejar la solución en manos de alguaciles/policías y jueces/cárceles. Se trata, pues, de superar la “falsa mediación” de brókeres e intermediarios, que pueden “arreglar” los temas por arriba, de un modo judicial (por imposición legal), pero sin solucionarlos, pues la solución es el diálogo directo entre los litigantes.

Así lo dice el texto; intenta reconciliarte (i;sqi euvnow/n) con tu adversario, encuentra un espacio de comunicación, ponte de acuerdo con él, en gesto de eunoia o buen pensamiento. No se trata, pues, de conseguir una paz impuesta a través de un juicio exterior, sino la paz del buen pensamiento (euvnoi,a), que implica una conversión(meta,noia: cf. Mt 4, 17; Ef 6, 7), hecha de concordia mental, que es lo contrario de la “ira” contra el prójimo. Así culmina el largo despliegue de esta primera antítesis.

NOTAS

[1] Cf. D. A., Black, Jesus on Anger: The Text of Mt 5, 22a Revisited: NT 30 (1988) 1-8; S. Carruth, (ed.), Q 12, 49-59 (Documenta Q), Leuven 1997, 269-415;  R. A., Guelich, Mt 5, 22: Its Meaning and Integrity: ZNW 64 (1973) 39-52;   K. Köhler, Zu Mt 5, 22: ZNW 19 (1920) 91-95;  Marguerat, Jugement, 151-167.

[2] La segunda tabla contiene seis mandamientos: (5) Honra a tu padre y a tu madre. (6) No cometerás homicidio. (7) No cometerás adulterio. (8) No robarás. (9) No darás falso testimonio. (10) No codiciarás la casa de tu prójimo… (Ex 20, 12-17; Dt 5, 16-21). Estos mandamientos éticos regulan las relaciones del hombre con su prójimo, de una forma tendencialmente universal, para todos los pueblos y religiones).  Significativamente, Mateo no evoca aquí el mandamiento de honrar a los padres (que aparece en discusión anti-rabínica de 15, 1-7; cf. Mc 7, 8-13), ni el robo, que es muy importante en evangelio (cf. en especial Mt 6, 19-24), para centrarse en el homicidio y adulterio.

[3]  Esta ley ha sido promulgada en el Decálogo y en otras legislaciones del AT, como el Código de la alianza: «El que hiere a alguien causándole la muerte morirá irremisiblemente» (Lev 21, 12). En esa línea se detallan las formas de homicidio: «Si uno hiere a otro con un instrumento de hierro… con una piedra…» (Num 35, 16-18). La ley israelita ha conservado aquí tradiciones más antiguas, diciendo que el encargado de matar al asesino es el vengador de sangre, esto es, el familiar más cercano o goel, con autoridad y poder para ello (cf. Num 35, 19). Para casos de homicidio involuntario se buscaron ciudades de refugio o santuarios, donde el asesino quedaba resguardado de la ira del vengador de sangre (cf. Lev 21, 13; Num 35, 25-28; Jos 21, 13-38). Las implicaciones del homicidio son tan grandes que se condena a muerte incluso al dueño de un buey que acornea y que, sabiéndolo, lo deja suelto y mata a una persona (cf. Ex 21, 28-32).

[4] Bibliografía: L. Alonso Schökel, ¿Dónde está tu hermano?, Verbo Divino, Estella 1985; Pikaza, Hermanos; Grasso, Gesù; J. Ratzinger, Obras completas I, BAC, Madrid 2014, con varios trabajos sobre la fraternidad.

[5] Así interpreta el tema A. Álvarez Valdés, en Criterio (marzo 2015, 2412): «En el sermón de la montaña Jesús prohibió reírse de las minorías sexuales. Allí enseñó: Todo el que diga a su hermano raka será condenado por el Sanedrín” (Mt 5,22). Las Biblias suelen traducir esa palabra por insensato, necio. Pero no parece ser ése el sentido. Jesús llama insensatos y necios a los fariseos (Mt 23,17), y es absurdo que después prohíba usar esa palabra. En realidad raka deriva del arameo reqa, que significa “suave, blando, tierno” (Gn 18,7; 29,17; 33,13), y aludía a las personas afeminadas. Lo que Jesús dijo, entonces, fue: Todo el que le diga a su hermano “maricón” será condenado por el Sanedrín».

[6] Según Is 66, 22-24, frente a los salvados, que suben al templo de Jerusalén (signo de salvación), se amon­tonan en la parte más honda del valle de fuego (la Gehena, cerca del templo), los cadáveres de los rebeldes, pudriéndose y quemándose por siempre (cf. Jdt 16, 17; Eclo 21, 9-10). Esta doble imagen, de la montaña de Dios (templo, cielo) y del valle de los muertos (corrupción, infierno, fuego), pervive en la tradición posterior. Frente al lugar de la vida o salvación (templo) se hallaba el campo de la muerte, gehenna, valle de mala memoria o basurero donde ardían sin fin los desperdicios de la ciudad, signo de castigo para los injustos (cf. 2 Rey 16, 3; 21, 61; Hen 90, 26; Jer 7, 32; 19, 6; ApBar 59, 10). Del sheol, donde todos los muertos llevaban sin distinción vida de sombras, en el momento en que se acentúa la esperanza en una supervivencia, pasamos al simbolismo de la doble suerte de los hombres: nuevo eónpara los justos, gehena o castigo para los impíos,  re­surrección de  vida e ignominia eterna (Dan 12, 1-2).

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