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Archivo para Domingo, 15 de septiembre de 2019

Lágrimas que sanan

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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abrazo

El padre de la historia del hijo pródigo sufrió mucho. Vio partir a su hijo menor, sabiendo las desilusiones, rechazos y abusos a los que tendría que enfrentarse. Vio a su hijo mayor cargarse de amargura, sin tener la posibilidad de ofrecerle afecto y apoyo. Una gran parte de su vida el padre la pasó esperando. No podía obligar a su hijo menor a regresar al hogar ni tampoco hacer que su hijo mayor olvidara sus rencores. únicamente ellos, por sí mismos, podían tomar la iniciativa de regresar.

Durante esos largos años de espera, el padre lloró copiosas lágrimas y murió muchas muertes. Se vació de sufrimiento. Pero ese vacío creó un lugar de bienvenida para sus dos hijos para cuando fuera la hora de su regreso. Estamos llamados a ser como ese padre.”

*
Henri Nouwen
***

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:

-“Ése acoge a los pecadores y come con ellos.”

Jesús les dijo esta parábola:

“Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.”

Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:

¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.”

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.”

También les dijo:

“Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.”

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse

el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.

Éste le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Y él replicó a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

*

Lucas 15, 1-32

***

El hijo mayor, que no ha recibido ninguna distinción particular, podría sentirse incomprendido con la respuesta del padre: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo». Para él, la justicia es la máxima de todas las virtudes; sin embargo, para el padre, «la misericordia es la plenitud de la justicia» (Tomás de Aquino), de suerte que «la misericordia saldrá siempre victoriosa en el juicio» (Sant 2,13). Si el justo hubiera podido comprender la actitud interior del padre, habría comprendido que había sido amado y preferido al hermano, porque le pertenecían a él no sólo ciertas cosas del padre, sino todo. Dios no tiene necesidad de hacer milagros particulares a los que le son fieles; la cosa más milagrosa de todas consiste en el hecho de que nosotros podamos ser sus hijos y en que no retiene para él nada de lo que es suyo. Los milagros se hacen en los márgenes, para recuperar a personas que se han marchado, para hacer signos a los que se han alejado, para festejar a los que vuelven. Sin embargo, la realidad cotidiana de la fe no tiene necesidad del milagro, porque tener parte en los bienes del padre ya es suficientemente maravilloso.

Al creyente no le está permitido separar entre lo mío y lo tuyo, porque a los ojos del amor paterno ambas cosas son una sola. No se narra la impresión que las palabras del padre produjeron en el «justo». Corresponde ahora a cada uno de nosotros seguir adelante para contar la historia hasta el final.

*

Hans Urs von Balthasar,
Tú tienes palabras de vida eterna,
Encuentro, Madrid 1998.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

“El gesto más escandaloso”. 24 Tiempo ordinario – C (Lucas 15,1-32)

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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24-TO-C-600x388El gesto más provocativo y escandaloso de Jesús fue, sin duda, su forma de acoger con simpatía especial a pecadoras y pecadores, excluidos por los dirigentes religiosos y marcados socialmente por su conducta al margen de la Ley. Lo que más irritaba era la costumbre de Jesús de comer amistosamente con ellos.

De ordinario, olvidamos que Jesús creo una situación sorprendente en la sociedad de su tiempo. Los pecadores no huyen de él. Al contrario, se sienten atraídos por su persona y su mensaje. Lucas nos dice que «los pecadores y publicanos solían acercarse a Jesús para escucharle». Al parecer, encuentran en él una acogida y comprensión que no encuentran en ninguna otra parte.

Mientras tanto, los sectores fariseos y los doctores de la Ley, los hombres de mayor prestigio moral y religioso ante el pueblo, solo saben criticar escandalizados el comportamiento de Jesús: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos». ¿Cómo puede un hombre de Dios comer en la misma mesa con aquella gente pecadora e indeseable?

Jesús nunca hizo caso de sus críticas. Sabía que Dios no es el Juez severo y riguroso del que hablaban con tanta seguridad aquellos maestros que ocupaban los primeros asientos en las sinagogas. Él conoce bien el corazón del Padre. Dios entiende a los pecadores; ofrece su perdón a todos; no excluye a nadie; lo perdona todo. Nadie ha de oscurecer y desfigurar su perdón insondable y gratuito.

Por eso, Jesús les ofrece su comprensión y su amistad. Aquellas prostitutas y recaudadores han de sentirse acogidos por Dios. Es lo primero. Nada tienen que temer. Pueden sentarse a su mesa, pueden beber vino y cantar cánticos junto a Jesús. Su acogida los va curando por dentro. Los libera de la vergüenza y la humillación. Les devuelve la alegría de vivir.

Jesús los acoge tal como son, sin exigirles previamente nada. Les va contagiando su paz y su confianza en Dios, sin estar seguro de que responderán cambiando de conducta. Lo hace confiando totalmente en la misericordia de Dios que ya los está esperando con los brazos abiertos, como un padre bueno que corre al encuentro de su hijo perdido.

La primera tarea de una Iglesia fiel a Jesús no es condenar a los pecadores sino comprenderlos y acogerlos amistosamente. En Roma pude comprobar hace unos meses que, siempre que el papa Francisco insistía en que Dios perdona siempre, perdona todo, perdona a todos…, la gente aplaudía con entusiasmo. Seguramente es lo que mucha gente de fe pequeña y vacilante necesita escuchar hoy con claridad de la Iglesia.

José Antonio Pagola

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“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”. Domingo 15 de septiembre de 2019. 24º Ordinario

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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49-ordinarioC24 cerezoLeído en Koinonia:

Éxodo 32, 7-11. 13-14: El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado:
Salmo responsorial: 50: Me pondré en camino adonde esta mi padre.
1Timoteo 1, 12-17: Cristo vino para salvar a los pecadores.
Lucas 15, 1-32: Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta.

Los textos de la liturgia de hoy nos presentan un variado abanico de temas entre los que podemos elegir para nuestra reflexión.

La parábola del padre misericordioso

Antes la llamábamos la parábola del hijo pródigo… Pero el principal protagonista en ella no son los hijos, sino el Padre, siempre lleno de misericordia, por encima de todo.

Con gestos y palabras Jesús expresa su predilección por aquellas personas que en su época eran consideradas “perdidas” a causa del pecado. La cercanía y el cariño manifestado hacia ellos era motivo de crítica por parte de quienes se erigían como garantes de la fe y la religión. Jesús justifica su manera de proceder dándonos a conocer lo que aprendió de su Padre. Sus palabras nos ayudan a entender que su vida es un reflejo del corazón de Dios.

La parábola de “un padre que tenía dos hijos” revela a Dios como un Padre que venera a sus hijos con amor entrañable. La compasión, la misericordia y la ternura son sus notas más características. El relato nos hace saber que Dios ama a sus hijos, que los acompaña en sus decisiones y sufre sus yerros; que aguarda esperanzado y con ansias su regreso; efusivo en sus demostraciones de cariño; que festeja con alegría el momento del reencuentro. ¿Qué habrán sentido los oyentes de la parábola al oír estas palabras? ¿Qué habrán experimentado al saber que Dios estaba contento por reencontrarse con los pecadores, tanto tiempo excluidos de la mesa fraterna? ¿Con qué personajes de la parábola se habrán identificado? ¿Qué habrán pensado unos y otros? ¿Era posible que Dios actuase así con todos? ¿Era necesario dejar en evidencia el reproche y la amargura de aquellos que creían conocer a Dios, pero se daban cuenta que habían errado también ellos en el modo?

Padres… y madres

La parábola también puede parecer un icono del amor que muchas madres tienen por sus hijos cuando se meten en problemas o pasan dificultades. Porque sobre todo en nuestro continente latinoamericano, muchos hogares populares tienen por cabeza de familia a la madre; el padre no está ahí para aguardar pacientemente a los hijos que se fueron.

Pensemos especialmente en aquellas mujeres sufridas de nuestro pueblo que luchan para que sus hijos salgan de la trampa de las adicciones o la delincuencia. ¡Cuánto dolor en su corazón de madres! ¡Cuánta incomprensión hacia ellas por parte de otros miembros de la familia, que no entienden su cariño! ¡Y cuánta alegría cuando ven que ellos retoman el rumbo correcto, que se recuperan, que salen de la muerte! ¡Con cuánto amor los cuidan y los sostienen hasta en los peores momentos! Pensemos también en las madres que no se cansan de buscar y pedir que regresen con vida sus hijos desaparecidos, víctimas de la violencia.

¿Se perdió una… o las 99?

Jesús habla de la pérdida de una oveja, y dice que lo normal es dejar por el momento las 99 en el redil y salir a buscar a la extraviada. Pero se está dando alguna situación en la que parece que las cifras se han invertido: serían casi 99 las que se extraviaron, y sólo quedan unas pocas en el redil.

Eso es lo que parece sugerir la realidad (que a veces iguala la ficción) en algunas latitudes eclesiales actuales, por ejemplo en el Norte de Europa y de América. Allí, en muchas partes, los cristianos andamos desconcertados. Piensan que una ola creciente de materialismo nos invade, que han muerto las viejas utopías, que una política monetarista y de realismo a ultranza se impone a todos los niveles. La sociedad parece secularizarse a marchas forzadas, y parece que la barca de Pedro zozobra… Muchos se han ido, y los hemos despedido con tristeza y resignación. Otros no entran en el aprisco, el panorama no les atrae. Quedamos unos pocos que, replegados sobre nosotros mismos, nos dedicamos a salvar-conservar lo que nos queda, ya que mucho se ha perdido. Da la impresión de que, efectivamente, se fueron las noventa y nueve ovejas, quedando sólo unas pocas, a cuya atención y conservación deberíamos dedicarnos por entero.

Como estamos en tiempos de «Iglesia en salida», es obvio que no vale el argumento de conservar los restos para justificar el no salir a la calle al encuentro de las 99. Pero tampoco servirá de mucho el salir a la búsqueda de esas 99, para volverles a presentar lo mismo, aquello de lo que ellos han querido alejarse. El caso es hoy más complejo: porque cuando se trata de un fenómeno tan masivo como es en el Norte de Europa y de América, no se puede seguir echando la culpa a la secularización… (No podemos maldecir la realidad sociológica: el mundo moderno es secular, y no va a poder ser de otra manera; lo que sí tendríamos que tener es una versión del cristianismo propia para el mundo secular, no pedir a las 99 que vuelvan a un redil del que culturalmente ya salieron hace tiempo).

En América Latina no estamos en esa situación todavía, aunque los observadores socio-religiosos insisten en que vamos también en esa dirección, que nadie piense que América es distinta. De hecho, Argentina, México, y las grandes metrópolis ya presentan síntomas (y números) claros.

Los diez mandamientos

La primera lectura nos presenta el tema de los diez mandamientos… Dios se los habría dado a Moisés para el pueblo de Israel, y después para los cristianos, e intencionalmente para toda la humanidad. Serían en fundamento de la moral. Sin ellos no sabríamos cómo conducirnos moralmente. Antes de ellos (sólo nuestra especie concreta tiene 200.000 años, pero los mandamientos del monte Sinaí no podrían tener en ningún caso más de 3.200) tal vez estuvimos en un estado de amoralidad animal…

No cabe duda de que los 10 mandamientos han jugado un papel importante en el judeocristianismo (como en otras religiones lo han jugado sus diversas formulaciones morales). Y todavía hoy para muchos cristianos son la referencia moral explícita de la voluntad de Dios. Pero tampoco cabe duda de que ya hay muchas personas cultas, estudiosas, conocedoras de la historia, de la arqueología, de la psicología… que se sienten mal si van a la misa y escuchan comentar esos textos como si fueran el relato fidedigno de una revelación divina que tuvo lugar en el Sinaí, a manos de Moisés, que seguiría siendo todavía hoy el fundamento de la moralidad humana… Quizá este malestar tenga mucho que ver con esas 99 ovejas que en algunas latitudes han abandonado el redil. Leer más…

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15.09.19. Dom 29 tiempo ord. C. “Oveja perdida o pastores culpables”

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Esta imagen y parábola del Buen Pastor es bella, pero, al mismo tiempo, inquietante, y quizá  anacrónica (el mundo de los viejos pastores está terminando, al menos en occidente…). En el mundo moderno, los pastores han perdido (o están perdiendo) su vinculación personal con ovejas (o cabras, vacas y cerdos…), para convertirse en sueños superiores, que se imponen y dirigen a sus animales con medios técnicos…

Esta puede ser una imagen injusta, pues los fieles (los cristianos) no son ovejas ni cabras, animales que han de ser pastoreados (llevados a sus pastos…), sino personas libres, como sabe Jesús cuando dice “ya no os llamo siervos, ni ovejas, sino que os amigos”, pues he querido compartir con vosotros todo lo que Dios me ha dado, todo lo que tengo (cf. Jn 10, 1‒21; 15, 15)

En otro tiempo, reyes y obispos, podían aparecer como “pastores”, de manera que tenían autoridad sobre las ovejas, a las que “domesticaban” (insertaban en sus casas) o incluso “domaban”, pero hoy no tiene sentido hablar de “doma” de personas.

            Desde ese fondo quiero leer la parábola inicial de este domingo 15.09.19, para situarla después en su contexto bíblico y cristiano. Ciertamente, puede hablarse en la iglesia de ovejas perdidas, inocentes, pero quizá debe hablarse más (en este año 2019) de pastores culpables, que pervierten, utilizan y destruyen a las ovejas, como puso de relieve Jesús y como he destacado en las dos últimas postales de este blog, a partir del inquietante libros de A. Rosmini, sobre las Cinco llagas de la Santa Iglesia, producidas por pastores que oprimen a sus ovejas.

Evangelio:

 En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos .”Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (Lc 15, 1‒27).

Ésta no es una parábola de ovejas perdidas, sino más bien de fariseos‒escribas, que se toman como pastores, pero no cuidan a las ovejas, sino que las utilizan y expulsan, no dejando a Jesús que las acoja (que cama con ellas)

El signo del pastor

La figura del pastor y su rebaño pertenece al mundo cotidiano del antiguo oriente, donde se aplicaba principalmente a los reyes y a los sacerdotes. Pastor es en  Sumeria, Asiria y Babilonia,   el rey, que tiene el deber de reunir a los dispersos, proteger a los enfermo y  ayudar a los débiles del pueblo. Pastor es en el cielo Dios, aquel que cuida del rebaño grande de los hombres.

El Antiguo Testamento sabe que Dios es pastor de Israel (Gen 48, 15; Sal 23, 1; 80, 2): dirige a su pueblo, lo lleva a las fuentes y pastos, lo reúne y lo protege (Sal 23, 3: Jer 23, 3; Ez 34, 11-12, etc.). También los jefes de Israel reciben rasgos de pastor (cf. 2 Sam 7, 7; Jer 13, 20; Sal 78, 72), aunque parece que nunca se les atribuye di­rectamente ese título, que será propio del mesías: Dios «les daré un pastor único que los pastoree: mi siervo David; él les apacentará, él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David será príncipe en medio de ellos» (Ez 34, 23-24; cf. 37, 22.24; Jer 3, 15; 23, 4).

La certeza de que Dios cuida a las ovejas y la promesa del nuevo pastor mesiánico de Ez 34, 11-14; 23, 23  forman el punto de par­tida de una visión teológico-simbólica que llega hasta Mt 25, 32. En el fondo está igualmente la imagen de 1 Hen 89-90, donde el camino de Israel, desde el diluvio hasta el mesías, aparece como historia de un rebaño; los miembros del pueblo son tapróbata (ovejas); Dios las guía, superando los peligros, los rechazos y rupturas hasta el tiempo en que llegue el salvador- mesías.

Los hombres como s ovejas.

Unidas en rebaño, las ovejas son para el Antiguo Testamento un signo del pueblo israelita (2Sam 24, 17; Sal 76, 21 LXX; Num 27, 17). Así lo muestra de un modo especial Sal 73, 1, LXX: «¿Por qué… está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño (probata nomês mou)?». Ez 34, 31 asegura: «Vosotros… sois ovejas de mi rebaño, probata poimniou mou, y yo soy vuestro Dios». La literatura rabínica y apocalíptica utiliza el mismo simbolismo, sobre todo en 1 Hen 89-90 donde se cuenta toda la historia de Israel partiendo de la imagen de las ovejas del rebaño de Dios. En esa perspectiva se mantiene el Nuevo Testamento y de manera especial el evangelio de Mt, que utiliza siempre probaton de un modo metafó­rico, poniendo de relieve el riesgo en que los hombres están de se oprimidos y destruídos por malos pastores..

El-Buen-PAstor-Murillo-Museo-del-Prado_-240x300En esa línea simbólica, Mateo afirma que las gentes que escuchan y acogen la palabra de Jesús son «como ovejas sin pastor» o con pastores perversos (Mt 9, 36; cf. Ez 34, 5). En esa línea, los  discípulos de Jesús reciben el encargo de acudir «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 6; 15.24). Pasando ya al plano eclesial, Mt compara al creyente en peligro con una oveja que se pierde y puede perecer (Mt 18, 12). Por su parte, el misionero es como oveja en medio de lobos (Mt 10, 16).

 Llega a tanto la fuerza de la comparación que se dice que los falsos discípulos son como «lobos con piel de oveja», es decir, creyentes fingidos, que destruye‒devoran a los otros. (Mt 7, 15; cf. 26, 31). Esta visión de Mt podría ampliarse con otros pasajes del Nuevo Testamento (cf. Jn 10, 1-17; Heb 13, 30; Pe 2, 25). Todo eso permite suponer que las ovejas del juicio final (Mt 25, 31-46) tienen un sentido metafórico: ellas constituyen el auténtico Israel, la nueva comunidad escatológica. Por eso reciben un lugar a la derecha del gran Rey, en ámbito de reino.

Id a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10, 6)

En la línea de la literatura tardía del AT (Ezequiel, Zacarías…) y de muchos libros intertestamentarios (o apócrifos) como 1 Henoc, Jubileos,Test. XII Patriarcas y de gran parte de la literatura de Qumrán, la causa de la ruina de Israel se debe a los malos pastores civiles y religiosos (príncipes, sacerdotes…) que, en vez de guiar y cuidar a las ovejas de Israel las están destruyendo.

En ese contexto aparece Jesús como “buen pastor” (contrario a los “malos” pastores, de los que se ocupa Jn 10: celotas guerreros, un tipo de sacerdotes…), de manera que su mensaje y camino aparece como un “conflicto de pastores”. Evidentemente, a Jesús le han criticado por ocuparse de las “ovejas malas” de Israel (publicanos, prostitutas, enfermas, pobres…), en vez de centrarse en las buenas, para recrear con (desde) ellas el buen pueblo de la alianza, como querían, desde diversas perspectivas, esenios y fariseos, saduceos y celotas.

 No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria;id, más bien, a las ovejas descarriadas de Israel (Mt 10, 5‒6)

              En un primer momento, este mandato no era negativo (no vayáis a los samaritanos y gentiles…), sino radicalmente positivo y conflictivo: “Id a las ovejas perdidas de Israel”, dice “perdidas”, no pecadores, ovejas que se han extraviado y corren el riesgo de perderse por culpa de los malos pastores.

Esta prohibición (no vayáis…) y este mandato (id más bien) puede entenderse como expresión de la conducta misionera de algunas iglesias judeo-cristianas o como prohibición histórica de Jesús. En un primer momento Jesús no se ocupó de samaritanos ni gentiles, sino de los judíos expulsados, oprimidos… Pero después, con toda la lógica del mundo, los cristianos de la línea de Pablo (y luego los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan) descubrieron que esas ovejas perdidas de Israel era un signo de todos los perdidos del mundo, que no son pecadores en sentido moralista (aunque puede haber entre ellos pecadores de este tipo), sino oprimidos, expulsados, marginados.

hicsos  Ciertamente, esas ovejas le importan a Jesús por ser israelitas (¡forman parte de su pueblo!), pero, sobre todo, por hallarse aplastadas, de manera que al final (en el fondo) más que su identidad nacional importa su condición humana, como personas perdidas, oprimidas, en la línea de la gran experiencia de Mt 9, 36‒39, donde se dice que Jesús  descubrió que los hombres estaban “esquilmados, apastados”, como ovejas sin buen pastor, en manos de lobos que se hacen pasar por pastores.

Mt 15, 25. La lección de la mujer cananea

Esta experiencia y argumento está en el fondo del relato de la mujer cananea y de su hija enferma, tomado de Mc 7, 24-30, donde el Jesús de Mateo empieza repitiendo el mismo argumento de 10, 5-6 (ha venido para las ovejas perdidas de la casa de Israel: 15, 25).   De un modo lógico, asumiendo las tradiciones de su pueblo, como Hijo del David nacional, en la línea Mt 10, 6), Jesús responde a la mujer pagana diciéndole que Dios le ha enviado solamente a las ovejas perdidas   de la casa de Israel, y que no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos.

Supone así que los israelitas son hijos queridos de Dios; los gentiles, en cambio, son perros, en la línea de 7, 6: “No echéis lo santo a los perros… ( en el sentido de perros asilvestrados)”. Pues bien, esta mujer cananea acepta ese lenguaje, y pide a Jesús sólo las sobras, pues también a los perritos (kynariois) ahora en el sentido de perros pequeños, caseros) se les dejan las migajas que caen de la mesa de los hijos. Ante esa palabra, de un modo sorprendente, Jesús se deja convencer, descubriendo y aceptando la gran fe  de esta mujer, descubriendo que entre las ovejas necesitadas de Israel y las del mundo entero no existe distinciòn

Frente al banquete de muerte de Herodes (cf. Mt 14, 6-12), se eleva aquí el banquete de curación y vida que Jesús ofrece a todos, incluidos los gentiles. Frente a la comida exclusivista de los escribas y fariseos, que sólo admitían en la mesa a quienes tenían a su juicio manos limpias (cf. Mt 15, 1-20), convencido por esta mujer, Jesús ofrece su banquete de pan y salvación para los gentiles.

Jesús había comenzado aceptando el ritmo “canónico” de la historia de la salvación: En primer lugar se encuentran los judíos, luego los gentiles; primero hay que alimentar y curar a los hijos y después, cuando esos hijos estén saciados, podrán alimentarse los perros, es decir, los de fuera. Ésa era la visión normal de la mayoría de los judíos de aquel tiempo, y la visión que seguimos teniendo todavía muchos “cristianos”: Primero ha de haber pan para nosotros, los de casa (compatriotas…). Sólo después podrán alimentarse los de fuera.

Jesús empezó manteniendo en principio (en teoría) esa visión, pero la experiencia (la necesidad) de esta mujer hace que cambie (=se convierta).  Desde aquí se entiende su nuevo y más hondo mensaje, dirigido no sólo a las ovejas perdidas de Israel, sino a todas las ovejas perdidas del mundo.La figura del pastor

Pastor misericordioso, buen pastor (Jn 10)

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             Volvamos al tema de nuestro evangelio (Lc 15, 3-6).A Jesús le han acusado de comer con pecadores, perdonando y recibiendo en su mesa a los proscritos de la alianza (publicanos, prostitutas). Jesús se defiende contando esta parábola, en la que Dios (o el pastor mesiánico) viene a mostrar su solidaridad con las ovejas perdidas. En esa línea avanza  el texto del buen pastor:

«Yo soy el buen pastor; el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. El mercenario, el que no es pastor ni tiene a las ovejas como propias, ve venir al lobo y abandona, huyendo, a las ovejas; y así viene el lobo y las destroza y las dispersa. Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre. Así entrego mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; las debo conducir, para que escuchen mi voz y de esa forma haya un rebaño y un pastor» (Jn 10, 11-16).

 Es esta línea anterior, el pastor se ha convertido de alguna forma en padre y amigo del rebaño. Jesús, buen pastor, se distingue de otros malos pastores, mercenarios, que han venido a presentarse como salvadores, siendo en realidad puros asalariados, que han querido aprovecharse del rebaño, pues sólo les importa su poder y su dinero. El evangelio de Juan alude aquí probablemente, en la línea de 1 Henoc 83-90, a los diversos líderes que, en esos últimos años, entre el 50 y el 100 d. C., han manipulado a los judíos, llevándoles a la perdición (centrada en la guerra orgullosa y suicida contra Roma, en clave de violencia, no de gracia).

Jesús es verdadero pastor porque conoce a las ovejas (hombres), dialogando con ellas en intimidad de corazón. Sólo así, sobre una base de conocimiento personal puede fundarse la comunidad de los salvados como iglesia donde todos tienen un lugar para vivir en plenitud. Jesús es pastor y puerta del rebaño; Jesús es guía y casa para las ovejas. Leer más…

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Cuatro actitudes ante los pecadores. Domingo 24 Ciclo C.

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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hijo prodigoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Por una extraña coincidencia, las tres lecturas de este domingo hablan del perdón a los pecadores.

Moisés: intercesión

            Según el libro del Éxodo, Moisés pasó cuarenta días en la cumbre del monte Sinaí hablando con Dios. Demasiado tiempo para el pueblo, que termina pensando que ha muerto. En busca de algo que le ofrezca garantía y seguridad, convence al sacerdote Aarón para que fabrique un becerro de oro. En el Antiguo Oriente, el toro era un símbolo muy adecuado para representar la fuerza y vitalidad de un dios, y por eso los israelitas proclaman: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto».

            Sin embargo, construir imágenes de Dios es una forma de intentar manipularlo. A la imagen se la puede premiar o castigar; se la puede ungir con perfumes y ofrecer regalos si Dios me concede lo que quiero, o se la puede privar de todo si no me lo concede. Además, la imagen destruye el misterio de Dios reduciéndolo a un objeto visible.

            ¿Cómo reaccionará el Señor ante este pecado? El relato no carece de cierto humor. Dios se muestra indignado, pero no actúa. Al contrario, provoca a Moisés para que interceda por el pueblo. Como un padre que, indignado con su hijo, le dice a su esposa que piensa castigarlo para que ella interceda y le anime a perdonar.

            Las palabras que dirige a Moisés: «se ha pervertido tu pueblo, el que sacaste de Egipto» recuerdan a las que tantas veces dice un marido a su mujer: «tu hijo…», como si no fuera también suyo. Como si Israel no fuera el pueblo de Dios y no hubiera sido él quien lo sacó de Egipto. El tono humorístico, dentro de la tragedia, alcanza su punto culminante cuando Dios le pide permiso a Moisés para terminar con el pueblo: «Déjame, mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

            Pero Moisés no se deja tentar por la promesa de ese nuevo gran pueblo. “El que ahora guío ˗le responde a Dios˗ aunque sea pervertido y de dura cerviz, es tu pueblo, el que sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta. No me eches a mí la culpa y acuérdate de lo que prometiste a Abrahán, Isaac y Jacob”. Bastan estas pocas palabras para que el Señor se arrepienta de la amenaza.

            Dos grandes enseñanzas en este breve relato: 1) lo fácil que es convencer a Dios para que perdone; 2) el responsable de la comunidad nunca debe rechazarla por más pervertida que pueda parecer; su postura debe ser la de Moisés, recordando lo bueno que hay en ella y defendiéndola.

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman:

“Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.”»

Y el Señor añadió a Moisés:

– «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

– «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo, diciendo:

“Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.”»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Los seglares piadosos y los teólogos: rechazo y crítica

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

            La lección de Moisés, intercediendo por los pecadores, no la han aprendido los teólogos de la época (los escribas) ni los seglares piadosos (fariseos). Son partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Y, dentro de los malos, los peores son los publicanos, explotadores al servicio de Roma, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, etc.

            Pero lo interesante es que escribas y fariseos no se indignan con los pecadores sino con Jesús, porque los acoge y come con ellos. No debe extrañarnos demasiado. ¿Qué dirían muchos católicos, obispos incluidos, si viesen hoy día a Jesús tomándose una cerveza en la sede de LGTBI?

Jesús: alegría y acogida

            A la murmuración y la crítica de sus adversarios Jesús no responde con un ataque durísimo a su hipocresía sino contando tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hermanos), que insisten las tres en la alegría de Dios por la conversión de un solo pecador.

            ‒ Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al Regar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

            Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.


También les dijo:

            ‒ Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

            No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 

            Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

            Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. ” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” 

            Y empezaron el banquete.

            Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

            La parábola de los dos hermanos (conocida con el título equivocado de “el hijo pródigo”) es la que más encaja con el problema inicial. El hermano menor representa a publicanos y pecadores, el mayor a escribas y fariseos. Quien lee la parábola sin prejuicios, se escandaliza de la conducta del padre, que malcría a su hijo menor mientras se muestra duro y exigente con el mayor. Este escándalo es el mismo que experimentaban los fariseos y escribas con Jesús. Y es el que él quiere que superen pensando en el amor y la alegría que siente Dios como padre que recupera un hijo perdido. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado porque se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.

            La parábola nos ayuda al mismo tiempo a autoevaluarnos. A veces nos portamos con Dios como el hijo pequeño que se marcha de la casa y sólo vuelve cuando le interesa; otras, en circunstancias familiares difíciles, actuamos como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comportan adecuadamente y evitamos el contacto con él. Conviene repasar la propia historia desde estos tres puntos de vista y ver cuál predomina.

Dios: compasión

            Los textos anteriores enseñan a través de relatos (Éxodo) y parábolas (evangelio), la segunda lectura cuenta la experiencia personal de Pablo. Él, fariseo de pura cepa, termina descubriéndose como «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Ha maldecido a Jesús, ha metido en la cárcel a los cristianos, ha querido exterminarlos. «Pero Dios tuvo compasión de mí… Dios derrochó su gracia en mí… Jesús se compadeció de mí». La experiencia de Pablo, en mayor o menor grado, es la de cualquiera de nosotros. Y nuestra reacción debe ser también la suya de servicio y alabanza a Dios.

            Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17

Querido hermano:

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mi: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. 15 septiembre, 2019

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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Solían acercarse a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle.

Jesús les dijo esta parábola:

Si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa con cuidado, hasta que la encuentra?”

 (Lc 15, 1-10)

 

El evangelio de este domingo nos pone dos ejemplos de escucha. La escucha de los publicanos y pecadores y la escucha de los fariseos y escribas.

La escucha de los fariseos y escribas.

Estos últimos son “mensajeros” de críticas, están al acecho de lo que Jesús hace y dice, tienen el corazón enfermo, amargado, no pueden escuchar, oyen y al oír desatan un parloteo interior, un desenfoque de la realidad.

La mente nos agita, engendra ambición, no deja perdonar, nos agarrota con ruidos que nos hacen personas duras, sin capacidad de acoger, de perdona; nos atiborra de ruidos, de orgullo; nos hace sentirnos “las mejores”.

La escucha de los publicanos y pecadores.

El otro ejemplo, el de los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharle. Escuchar con la cabeza y con el corazón. Se acercan a Jesús para escucharle. Es un modo, un talante de ser y de vivir. Dicen los místicos que el camino más largo de recorrer en la vida es un camino muy corto, el que va de la cabeza al corazón.

Cuando llegamos al corazón nos invita con suavidad a escuchar. Y es una llamada a buscar lo que hemos perdido, la “moneda perdida” que es muchas veces la paz del corazón. Sentirnos vulnerables, nos llama a escuchar al Maestro, al Señor Jesús. Quien se abre a la escucha de Jesús, se abre a la plenitud.

Quien con sencillez escucha, siente “cosquilleos” en el corazón, y como la mujer de la parábola, necesitamos comunicar lo que sentimos y decir a quienes nos rodean: ¡felicitadme! He encontrado lo que buscaba: el Espíritu de Dios.

Oración

Padre bueno,

que nos has enviado a Jesús:

nuestra gratitud.

Jesús, Tú nos hablas,

nos invitas a la escucha,

silencia nuestro corazón.

Santo Espíritu,

que nos iluminas y fortaleces.

Sólo podemos decir:

¡Hágase en mí tu voluntad! Amén

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Para Dios nadie está perdido

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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buenpastor6Lc 15

Hoy leemos el c. 15 de Lc, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las tres parábolas: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Todos los publicanos y pecadores se acercaban a él. Los fariseos critican a Jesús por esto. Las tres parábolas son una respuesta de Jesús a esas murmuraciones. Los fariseos pensaban acercarse a Dios a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos quedamos alelados cuando Jesús nos dice que es Él el que nos busca.

A pesar de la radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a todo), hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo, sino como acogida entrañable. Los fariseos y letrados se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús está radicalmente en contra del sentir de los fariseos.

Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación, es decir, que nos dejemos empapar por su mensaje. El dios que nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza tiene que saltar por los aires. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea más complicada de toda religión. El Dios de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que “convertirnos” a Dios, porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada de nosotros, pero nosotros, todo lo recibimos de Él.

Las tres parábolas que hemos leído van en la misma dirección. No solo nos invitan a la confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una concepción y otra. Pero se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los más difíciles de desarraigar. Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios.

En los conceptos religiosos de la época, Jesús no pudo expresar toda su experiencia de Dios. Pero, si estamos atentos, podemos descubrir en su mensaje rasgos definitivos del verdadero Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir, padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor, misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Las tres parábolas insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.

Hoy podemos apuntar a Dios con mucha más precisión que los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres. Lo que es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas. Dios no puede ser aislado de la creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado; pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte fuera de la creación. Debemos superar el concepto de creación que hemos manejado hasta la fecha. La creación es la manifestación de Dios que no exige un principio temporal.

El Dios de Jesús es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es Amor (ágape) estamos diciendo que ya se ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios, que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.

Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de “buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos es una aberración incompatible que el espíritu de Jesús. Dios no nos ama porque somos buenos, al contrario, somos “buenos” porque hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Somos “malos” porque no hemos descubierto a Dios.

Alguno puede pensar que, aceptar la misericordia de Dios invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, pero no puede afectarme hasta que yo no la acepto. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda es entender la relación con Dios de una manera jurídica y externa. La actitud de Dios para conmigo debe ser el motor de cambio en mí.

La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón, cuando nos sentimos perdonados, por eso para nosotros está siempre unida al pecado. Para aclararnos un poco, vamos a examinar dos conceptos: cómo podemos entender el perdón de Dios, y cómo podemos entender el pecado.

Dios solo puede amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas, sino que las cosas son buenas porque Dios las ama. El perdón en Dios significa que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Si nosotros amamos unas criaturas, y no a otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia. Ahora comprenderéis lo equívoco de nuestro lenguaje sobre Dios cuando hablamos de su perdón como un acto.

Es ridículo pensar que podamos ofender a Dios. La incapacidad de los cristianos para aceptar a los pecadores se debe a que identificamos los fallos con la persona misma. La persona es una cosa y sus acciones otra. El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Para que la voluntad se incline a un objeto, tiene que presentarse como bueno. El entendimiento puede ver una cosa como buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al entendimiento.

Si las reflexiones que acabamos de hacer son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos la confesión como señal de su perdón. La confesión no es para que Dios nos perdone, sino para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de Dios que llega a nosotros sin merecerlo. La confesión es el signo de que yo he fallado, pero también de que Dios ni me falla ni puede fallarme.

Meditación-contemplación

El amor de Dios es anterior a mi propio ser.
Todo lo que soy depende de ese don gratuito de Dios.
Deja que ese Ágape se manifieste a través de tu ser.
Tengo que dejarme encontrar por ese Dios.
Tengo que sentir su energía y dejar que me inunde.
Dios en mí es fuerza trasformadora.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Amor más que justicia

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Debes tener siempre fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano” (Confucio)

15 de septiembre, domingo 24 del TO

Lc 15, 1-32

Y se puso en camino a casa de su padre.  Estaba aún distante cuando su padre le divisó y se enterneció. Corriendo, se le echó al cuello y le besó.

En la película Alta Sociedad, el padre de Tracy dice: “No te falta inteligencia, tienes un rostro perfecto, buena figura, buen gusto, distinción, todas las cualidades para ser una mujer maravillosa, pero te falta lo esencial: un corazón para sentir. Si no tienes es como si estuvieras hecha de bronce”Tenía corazón para sentir y abrazar el padre del hijo pródigo, y el Buen Pastor para llevar sobre sus hombros la oveja perdida. 

El Gigante egoísta, de Oscar Wilde, dejó de serlo la tarde que vio a un niño junto a uno de sus árboles. En sus manos y pies había huellas de clavos. “Estas son las heridas del Amor”, suspiró el pequeño. Cayó de rodillas ante él. Entonces el niño sonrió al Gigante, y le dijo: “Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín; hoy jugarás conmigo en el jardín mío, que es el Paraíso”. Y cuando los niños llegaron esa tarde encontraron al Gigante muerto debajo del árbol. Parecía dormir, y estaba cubierto enteramente de flores blancas.

Duele tener a una persona en tu corazón sin poder tenerla en tus brazos y, como diría Mafalda: “Lo ideal sería tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho… Así pensaríamos más con amor  y amaríamos con sabiduría”. En la opera La Dama de Picas, de Chaikovski, Pauline le ruega a su amiga Lisa que se anime: “Mira qué bella noche, todo revive de repente después de la terrible tormenta”. Y a su doncella Masha, le pide que no cierre las ventanas que dan al balcón. Ventanas y balcón del corazón y del cerebro humano siempre abiertos a ovejas descarriadas e hijos pródigos. La alegría del encuentro con unas y otros será música celestial que no cesará de sonar nunca en el banquete. Generosidad infinita del pastor y del padre, haciendo brillar su amor compasivo sobre la justicia.

Secuencia secular del Cristianismo, como testimonian estas palabras del Testamento del Padre Christian-Marie Chergé, monje trapense en el monasterio de Nuestra Señora del Atlas en Tibhirine: “Argelia y el Islam son para mí otra cosa, es un cuerpo y un alma. Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido, encontrando en ellos muy a menudo el hilo conductor del Evangelio que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia, precisamente en Argelia y, ya desde entonces, con el respeto de los creyentes musulmanes”. Vale la pena visionar la película francesa De dioses y de hombres, en la que se relata la vida abnegada de esta Comunidad de monjes, entregada a paliar descarríos y dolores en el pueblo.

Historias de compasión y ayuda a los hermanos sólo escritas cuando, como dice Confucio: “Se tiene fría la cabeza, caliente el corazón y larga la mano”. Historias como la de Teresa de Calcuta, a quien el Papa se refirió en su canonización el pasado domingo cuando dijo: “el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cda día en el amor.

Matteo, uno de los protagonistas de Para siempre, de la italiana Susanna Tamaro (1957), se negó a copiar el Ojo de la Providencia que el padre Mangialupi le pedía en la catequesis de preparación a la primera comunión y que no revelaba sino a un Dios terrible y justiciero. Años más tarde justificaría su negativa con estas palabras: “La imagen de Dios como una forma geométrica me producía repulsión. Ese triángulo que estaba siempre encima de mí me irritaba, me hería; de ninguna manera lograba ver en sus puntiagudas esquinas alguna forma de amor”.

 EL LORO

Mi vecino de enfrente tiene un loro.
Un regalo del cura.
Si llamas a la puerta te responde:
“Ave María Purísima. Hermano ¿quiere confesarse?”.
Y luego al despedirse,
en penitencia te larga diez rosarios.

Habla latín, y dice:
“Ubi charitas et amor, Deus ibi est”.

A mí, que soy ateo,
me repatea el latinajo.
A mi vecino, en cambio, el meapilas,
le chifla lo de “charitas et amor”.

Si tantos años ha vivido con cristianos,
¿por qué jamás citará el loro historias
de compasión y ayuda a los hermanos?

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Creemos en el Dios Abbá de Jesús? ¿Nos sentimos hijos e hijas?

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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hijo-prodigoLucas 15, 1-32

Nuestro Dios es siempre el que sale al encuentro, el que abraza, acoge, carga sobre sí y siente su corazón tan feliz y lleno de alegría al recuperar a uno solo de sus hijos e hijas, que no puede guardarla solo para sí y organiza una fiesta. ¿Vivimos la alegría de experimentarnos hijos e hijas?

Nos encontramos en este evangelio con dos tipos o grupos de personas muy definidos en el evangelio y en la sociedad de Jesús. Grupos muy distintos entre sí. Los publicanos y pecadores, a ambos se los considera perdidos, alejados de Dios y no cumplidores de la Ley. Y los escribas y fariseos, conocedores y cumplidores de la Ley, oficialmente buenos religiosos,  convencidos ellos mismos de ser “puros”  e intachables.

Estos dos grupos se acercan a Jesús de manera muy distinta. Los primeros van a escucharle, admirados y esperanzados ante sus palabras. Los segundos le critican y murmuran. Se acercan para echarle algo en cara o plantearle cuestiones que le pongan en una situación difícil. En esta ocasión, nos dice el evangelio, le acusan de ser amigo de los pecadores, de acogerlos y comer con ellos.

Comer con alguien, entre los judíos era signo de compartir la vida, de  amistad. No se invitaba a comer a cualquiera, en cualquier sitio, como podemos hacer hoy. Se invitaba a casa, de alguna forma se le daba entrada a la vida de la familia. Y esto, para extrañeza de los que se creían cumplidores de la Ley lo hacía Jesús con los pecadores. Jesús, el maestro, en quien algunos ponían las esperanzas reservadas al Mesías, al enviado de Dios.

Este es el escenario que enmarca las palabras de Jesús, ese mensaje largo de este domingo que va dirigido, tanto a los que se le acercan a escucharle con el corazón abierto como a los que se han acercado a criticarle. A todos responde con estas tres parábolas:

  • La del pastor que tiene cien ovejas y se le pierde una
  • La de la mujer que tiene diez monedas y pierde una
  • La del hijo pródigo.

Lo primero que puede sorprendernos es que Jesús no rebate la acusación, ni explica por qué se porta así con los pecadores. Jesús va al fondo de la cuestión: ¿Cómo es Dios? ¿Cómo es el Dios en quien creemos? Porque en definitiva lo que están cuestionando los escribas y fariseos es: ¿Quién es Dios? ¿Cómo se comporta con los hombres? ¿No está Dios solamente cerca de los que “cumplen” la ley?… Y Jesús responde revelando el verdadero rostro de Dios, el auténtico protagonista de estas parábolas. Las tres nos dicen que nuestro Dios:

  • Es el pastor que, entendiendo muy poco de matemáticas, deja noventa y nueve ovejas y sale a buscar a la que se ha perdido, o se ha escapado, o se ha querido esconder…
  • Es la mujer que no se conforma con asegurar las nueve monedas sino que revuelve toda la casa porque ha perdido una
  • Y es el Padre que por encima del dolor que le haya podido producir la marcha de su hijo y el ver como despilfarra sus bienes sale continuamente al camino a esperarle.

En los tres casos es el que sale al encuentro, el que busca, abraza, acoge, carga sobre sí y siente su corazón tan feliz y lleno de alegría al recuperar a uno solo de sus hijos e hijas, que no puede guardarla solo para sí y organiza una fiesta. El Dios Abbá “misericordioso con todos, que hacer salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5, 45)

En ninguna parábola se nos narra un reproche, un “ya te lo dije”, “te avisé que…” Ni siquiera expresa su perdón, ni pide cambio de conducta… es sin duda chocante. ¿Cuántos de nosotros tratamos así a nuestros hijos, alumnos, amigos…? Es más, ¿nos tratamos así a nosotros mismos? O aún más importante, ¿nos creemos de  verdad que nuestro Dios, nuestro Abbá nos trata así?

¿Esperamos que vaya a buscarnos porque estamos perdidos, que nos abrace cuando nos dejamos encontrar, que nos restituya y nos siga tratando como a hijos, sin ni siquiera pedirnos cuentas?

Al escuchar estas parábolas, es fácil comprender la alegría que invadiría a los que se sentían pecadores y el malestar y enfado en el que caerían los que se creían mejores. El mismo Lucas, quizá para prevenir también a los primeros cristianos, nos lo dibuja en la persona del “hijo mayor” el bueno, el que nunca se ha ido de la casa del padre, el que no ha dejado el rebaño, el que nunca se ha perdido…

Este, posiblemente esperaba que el padre castigara al “mal hijo”, que le llamara al orden, quizá que lo perdonara y lo acogiera de vuelta también, pero que haga una fiesta… ¡hasta ahí podíamos llegar! Y aquí sale esa amargura y dolor: “Yo siempre, yo he hecho, yo… Y a mí nunca me has dado…”

No, no es malo el hermano mayor. El Padre con infinito amor y ternura tampoco le recrimina a él, solo le hace ver “Hijo mío, todo lo mío es tuyo, tu siempre estás conmigo…”. No es malo, lo que le pasa es que no se siente hijo.  Calcula, obedece, pero no ha descubierto el amor inmenso de su padre hacia él mismo, no porque sea bueno, solo porque es hijo. Esta es la Buena Noticia de Jesús, su evangelio, somos hijos de un Dios que es nuestro Padre y Madre. Imagen que choca con la imagen de Dios que muchos tenían en su tiempo.

Y ahora es bueno que nos preguntemos, ¿cómo me siento yo al leer esto? ¿Me entusiasma saber que soy amado, que soy amada así?  ¿Qué el amor que Dios me tiene no me lo estoy ganando, y por tanto no lo voy a perder, aunque me “pierda” o me “vaya”?

Lo importante es que nos dejemos grabar a fuego en nuestros corazones esta realidad del amor que Dios nos tiene.

Lo importante es vivir la experiencia de ser hijos e hijas. Porque perdernos, nos hemos perdido y nos vamos a perder muchas veces. Irnos, también nos hemos ido y  nos vamos a ir, pero si en el fondo de nosotros mismos está esta experiencia, de ser hijos e hijas amadas, volveremos, nos pondremos en camino para volver al corazón de Aquel que ya está en camino para encontrarnos y nos espera con los brazos abiertos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. Fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Nada se pierde.

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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HIJO-PRODIGODomingo XXIV del Tiempo Ordinario

15 septiembre 2019

Lc 15, 1-10

Parece claro que “publicanos y pecadores” se sentían a gusto con Jesús y su enseñanza. Al contrario de la gente biempensante –religiosos y teólogos oficiales del judaísmo– que le recriminaba justamente aquella cercanía.

Desde cualquier tipo de creencia es fácil dividir a las personas en “buenas” y “malas”, así como dar por “perdidas” a aquellas que se desvían de los propios parámetros. De ese modo, el ego se robustece en la confrontación, el juicio y la descalificación de lo diferente.

Sin embargo, la realidad es que nada valioso se pierde. Las formas nacen y mueren, sanan y enferman: todo ello pertenece a su naturaleza impermanente. Pero lo que somos se halla siempre a salvo, no puede perderse. Por eso, la actitud de quien sabe ver es el gozo, la alegría profunda.

Eso se nos escapa cuando nos perdemos en los objetos de la experiencia, al identificarnos con las formas. Entramos así en un estado de hipnosis donde absolutizamos lo impermanente e ignoramos lo realmente real.

Me viene la imagen de la película y la pantalla. Al entrar en el cine, podemos quedar tan fascinados, incluso hipnotizados, por el desarrollo de la película que ni siquiera percibimos la pantalla en la que se está proyectando. Sin embargo, toda la película ocurre dentro del marco de la pantalla, pero habitualmente esta pasa desapercibida, porque las acciones que se desarrollan captan toda nuestra atención. La pantalla parece convertirse en las imágenes, pero no es así. Lo mismo ocurre con lo que somos: debido al pensamiento, todo parece reducirse a lo que pensamos o sentimos, pero no es así; se trata solo de un efecto hipnótico.

Toda la película solo puede acontecer dentro de la pantalla. De modo similar, no hay –ni puede haber– nada que ocurra “fuera” de la consciencia, como “fondo”, soporte y núcleo último de todo lo que aparece. Pero, dado que la mente solo puede captar objetos –sean físicos, mentales o emocionales…-, la realidad de la consciencia queda oculta a su percepción. Y de ahí no es difícil dar el paso para afirmar que no existe. Sin embargo, al igual que sin la pantalla no podría verse la película, sin la consciencia no se darían las formas en que se expresa. Todo cambia porque hay Algo que no cambia.

Las formas cambian constantemente, pero lo que somos siempre es lo mismo, inafectado, y está ahí, sea lo que sea lo que pensemos y lo que ocurra. Lo que somos es siempre presente y siempre consciente. Incluso aunque no la veamos, la pantalla siempre sigue ahí; antes o después, la película termina, pero la pantalla queda.

Desde ahí brota la aceptación profunda, en la certeza de que nada se pierde. Por eso es sabia la invitación del poeta Christian Bobin: “Os invito a ser como la tierra desnuda, olvidada de sí misma acogiendo igualmente la lluvia que la golpea y el sol que la reseca”.

¿Mi atención está puesta en la “pantalla” o me pierdo en las “imágenes” que aparecen en ella?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando todo está perdido, comienza el cristianismo

Domingo, 15 de septiembre de 2019
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hijo-prodigo-DESTAQUEDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Algunas notas previas.
  2. Estas tres parábolas constituyen el evangelio del Evangelio, el núcleo central del mensaje de Jesús, del cristianismo.

Es un evangelio, es la buena noticia, dicha de tres modos distintos. Son las tres parábolas de la misericordia.

  1. Estas tres parábolas están tejidas de infinidad de aspectos, actitudes y todos muy valiosos. Las hemos meditado y podemos volver sobre estas parábolas mil veces en nuestra vida.

         Fijémonos hoy en el eje o esquema sobre el que están construidas las tres parábolas:

  • o Alguien se pierde en la vida.
  • o Un Dios que sufre hasta que encuentra lo perdido.
  • o La fiesta, la alegría que causa el encuentro.
  1. cuando nos hemos perdido

En la parábola del hijo pródigo: un padre tenía dos hijos. Dos fueron Caín y Abel: es decir, toda la descendencia de la humanidad.

         Nosotros podemos ser (¿somos?) la oveja que ha marchado del redil del pueblo, de la familia, de “nosotros mismos”. Podemos ser ese dracma que se ha desgajado de la iglesia, de la vida eclesial o de la familia, o que hacemos nuestra vida por libre en la comunidad. Tal vez somos seres humanos alejados de la humanidad, de la convivencia.

         Quién sabe si estamos perdidos en la vida: nuestra psicología se halla descolocada, podemos andar descentrados afectivamente, quizás no sabemos dónde pisamos ideológicamente, sin un “redil cristiano” o religioso habitable, tal vez vivimos a descampado sin poder asumir nuestras limitaciones, nuestras situaciones familiares. Quizás hemos perdido la ilusión y la esperanza; tal vez estamos perdiendo la salud, las facultades

  1. Cuando y donde todo está perdido, está Dios.

         Hay situaciones en la vida en las que “tocamos fondo” y no podemos salir: física, moral, psíquicamente nos podemos ver hundidos. En esa profundidad está Dios. Y Dios nos conoce en esos bajos fondos.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares. (Salmo 138)

Cuando todo está perdido, allí está Dios con nosotros. Y lo decisivo es que Dios esté con nosotros. Otras cuestiones eclesiásticas: litúrgicas, dogmáticas, etc., son de menor importancia.

El Dios de Jesús no se queda tan tranquilo ante nuestros hundimientos. Desciende hasta los infiernos para encontrarnos y rescatarnos. Esto es lo que significa que Jesús descendió a los infiernos, es decir: hasta las profundidades de la condición humana.

La actitud más genuina del Dios de Jesús es salir a buscar lo que estaba perdido.

No estamos muy acostumbrados a estas cosas en el catolicismo. Las actitudes han sido y son otras: de condenas eclesiásticas, castigos, excomuniones, descalificaciones, heterodoxias, etc.

Pero si queremos saber qué es el cristianismo, el cristianismo es la parábola del Padre y del hijo pródigo (y el hermano mayor. Es un relato intenso, emotivo, que lo podemos leer y vivir desde las diversas situaciones en las que nos podemos encontrar en la vida.

Humanamente cuanto más íntimo es algo que se pierde o que perdemos, mayor es el sufrimiento. Cuando nos perdemos, sufrimos nosotros, sufren quienes conviven con nosotros; y sufre Dios. Por eso Dios sale disparado al encuentro de la oveja, del dracma, de su hijo (s) perdidoso (s). La actitud cristiana es salir al encuentro, buscar, acoger al que está sufriendo, al que está perdido.

  • o La parábola la “preside” el padre, y no la preside con grandes símbolos y signos eclesiásticos o litúrgicos, autoritarios, sino con bondad, amor y compasión. La parábola es un canto al amor de Dios hacia sus hijos perdidos. El amor del padre se dirige hacia el único hijo perdido, el hijo mayor está en casa (planteará otros problemas). El Padre prefiere perderse él a perder un hijo. La presidencia en el cristianismo está en el amor, no en el báculo ni en la mitra. A Dios no le cuesta ningún trabajo ser bondadoso ni perdonar.
  • o El buen pastor busca la oveja perdida, las otras 99 están en el redil. Prefiere arriesgar su vida para encontrar lo que estaba perdido.
  • o Aquella mujer busca el dracma perdido fuera de la comunidad, los otros nueve está en comunidad.

         El sufrimiento del Padre por un hijo perdido expresa el valor y amor que siente por cada ser humano siente por cada uno. Un solo ser humano tiene un valor infinito para Dios.

         Y, sobre todo, en lo más profundo de nuestro interior, cuando nos podemos sentir “lejos de casa”, perdidos, quizás “medio muertos”, precisamente en esas situaciones, Dios está en nuestra profundidad.

  1. la memoria de los dos hijos respecto del Padre.

Los dos hijos guardan una memoria muy distinta del Padre.

el hijo perdido.

El hijo perdido / muerto (¿y quién no somos hijos pródigos y en situaciones de muerte?) recuerda a su padre como padre, aún en las situaciones más bajas y sombrías de su vida. En su memoria hay nostalgia de Padre:

¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre!…Padre, no merezco llamarme hijo tuyo…

El hijo perdido tiene el recuerdo de su buen padre. Siente pena en su interior.

El hijo pródigo comienza a preparar el examen de conciencia y va haciendo la lista de pecados: iré y le diré… Pero el Padre “no hace ni caso, le “tapa la boca”: se conmueve, le abraza y le devuelve a la vida: abrazos, túnica, sandalias, anillo, fiesta, ternero cebado, música…

La memoria del Padre es sanante, liberadora, este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida.

También nosotros podemos llegar a situaciones de muerte, a abismos profundos y no solamente por el pecado, sino también por los fanatismos que podemos ejercer o soportar, por la depresión, por las noches oscuras del alma, abatimientos, decepciones, por situaciones de odio, venganzas

La memoria -el recuerdo- del Padre abre horizontes, sana, devuelve a la vida..

La última palabra del Dios de Jesús (del cristianismo) es la bondad, la gracia. La realidad última y definitiva cristiana es la casa el Padre: la vida, la fiesta.

El hijo mayor.

El personaje trágico de esta parábola es el hijo mayor

Nunca llama padre a su padre.

Nunca llama hermano a su hermano: ese hijo tuyo…

No es el Padre, sino el hijo mayor quien condena a su hermano menor. (El Dios de Jesús no enjuicia a los “hijos perdidos”). . La mirada que el hermano mayor dirige a su hermano pequeño es la de Caín a Abel, es la mirada de los hermanos mayores a su hermano pequeño, José, (que le venden).

         El hijo mayor se siente un asalariado de su padre al que éste, le debe pagar.

La memoria y recuerdo del hijo mayor es una memoria legalista y cumplidora, justiciera, super-religiosa, etc., pero no cristiana

El hijo mayor no quiere entrar en la fiesta de la bondad y de la vida.

  1. alegría y celebración del encuentro.

         Las tres parábolas, (el único evangelio) expresan alegría por encontrar lo que estaba perdido: ¡felicitadme! porque he encontrado la oveja perdida, el miembro de la comunidad, de la familia, de los amigos (dracma) perdido. Y por eso hay que celebrar una fiesta. El encuentro, todo encuentro entre personas es siempre motivo de paz, de serenidad, de alegría. Cuando un matrimonio se reencuentra, cuando un hijo vuelve a casa es motivo de gran alegría…

Cuanto más profundo e íntimo es aquello que hemos perdido y que encontramos, mayor es la alegría. Había que celebrar una fiesta.

  1. ¿Y entre nosotros?

         Nos hace falta recordar, memoria, la bondad de Dios.

La misericordia y bondad crea memoria sanante, cicatriza viejas heridas.

  • o La memoria de los obispos, cardenales, curas y laicos contrarios y polémicos con el papa Francisco han perdido el norte de la bondad, de la misericordia, de los débiles, de los que sufren por un divorcio, etc.
  • o En nuestra propia diócesis no se ven gestos y pasos de bondad. Se ven decretos, ventas inmobiliarias, adoración al santísimo, viajes. Se aprecia la mentalidad del hijo mayor, pero hemos perdido la memoria del Padre, de la bondad, de la misericordia. Una diócesis en las que las relaciones las presidiera el Padre de la parábola, sería una iglesia muy distinta de la que conocemos. (No es lo mismo tener -o pretender tener- la razón a tener bondad en la vida). No sigamos cultivando una religión leguleya y farisaica.
  • o También en el ámbito político de nuestro pueblo: propiciar regresos y encuentros es muy humano y cristiano. Noble tarea sanar nuestra propia memoria histórica
  1. Jesús comía con publicanos y pecadores. Eucaristía.

Cuando nos perdemos en la vida, Dios no echa mano de la ley, de la condena, sino que sale siempre a nuestro encuentro. Estemos donde estemos y como estemos. En la familia de Dios, en la comunidad eclesial de Jesús no existen apartheid, ni tan siquiera de tipo moral. En la iglesia de Jesús no se margina a nadie: Jesús comía con pecadores. La Iglesia de Jesús no es una comunidad de élite, de puritanos, de ultra-ortodoxos, sino una asamblea de gente perdida: pobres hombres y mujeres, separados y divorciados, impuros, pobres, de gente que amaos la verdad y no la tenemos, etc.

¡Cuando estamos perdidos es cuando más necesitados estamos del amor de Dios! Y Él no nos niega nunca su cercanía.

¿Va a resultar que lo eclesiástico dificulte o impida los acercamientos de Dios a quienes andamos perdidos en la vida?

Celebremos la Eucaristía, celebremos la vida porque estábamos perdidos y Dios nos ha encontrado y llevado a su casa.

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