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Dom 31.7.16. Sobre el Sentido de la falta de sentido (Qohelet)

Domingo, 31 de julio de 2016

13880353_624239977753198_2708353074857380453_nDel blog de xabier Pikaza:

Domingo 18. Tiempo ordinario. Ciclo C.
Nos “coge” este domingo de verano (hemisferio norte) en plena crisis, agravada en línea socio-religiosa con el asesinato absurdo y muy racional del Presbítero de Normandía, en manos de Isis. En ese contexto, la misa del domingo, nos ofrece dos lecturas fuertes:

— El evangelio de Lucas, que habla de repartir de la herencia de la tierra, y del riesgo que tiene la riqueza.

–El libro del Eclesiastés/Qohelet (el Hombre de la Asamblea), que reflexiona sobre la falta se sentido de un mundo donde nada se resuelve, todo acaba siendo vanidad y viento (pura muerte).

Desde ese fondo, he querido pararme y meditar con el Qohelet, quizá la lectura más inquietante de la Biblia… para entender mejor el Evangelio (Lc 12, 13-21) del que trataré mañana:

Jesús (como el Qohelet) nos enseña a “ser Camino” allí donde no hay camino, a crear sentido donde parece negarse cualquier tipo de sentido. Ésta es una buena meditación para el final de julio del 2016:

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— Cuando siguen muriendo los pobres de medio mundo, aplastados por la prepotencia de un sistema rico, abandonados, olvidados, en un basurero… y parece que Dios y las religiones callan.

— Cuando el “orden” de una pretendida cultura superior impide que los pueblos pobres encuentren un camino, cuando el poder se emplea para engañar y destruir a los demás, no para sanar…

Cuando aumentan los gritos de los que quieren imponer una solución por la fuerza (aunque ello implique el grito más hondo miles y millones de muertos, como quiere a lo grande el capitalismo triunfante, como quiere a lo rabioso un tipo de Isis reactiva).

— Cuando la rabia de algunos estalla por encima de los pretendidos dioses, … y parece que las mismas religiones encienden el conflicto, como si estuvieran manejadas por hilos invisibles pero muy activos de violencia…

En eso contexto quiero ofrecer una meditación con el Qohelet. Ayer presenté la locura de “irracional” (¡y muy racional!) del asesinato de un cura francés en Normandía…

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Sin palabra para entender lo sucedido, vuelvo a la Biblia, para meditar con la primera lectura del domingo 19 la inquietante reflexión del Eclesiastés o Qohelet:

¡Vanidad de vanidades, dice Qohelet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que le fatigan bajo el sol? De día, su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad (Qoh 1)

Ofrezco así una intensa meditación sobre el Sentido de la falta de sentido de la vida . Las tres imágenes de esta postal quieren recoger esa experiencia:

–Muchacho que palpa el vacío, contra una pared sin eco, sin voz que le responda, sin mano que salga al encuentro de su mano.

–Sabio pensador Qohelet, al como pudo imaginae Miguel Ángel en la Sixtina, con una mujer sabia que recoge su reflexión en un libro.

–Guitarra cantora de la muerte. ¿… de los asesinos-hashashin que tomaban haschís para matar y morir por su “idea? ¿….de la Peste Negra… o del que canta: “soy el novio de la muerte”?…


Presentación

El hombre llamado Eclesiastés (= Qohelet, rey de Jerusalén, Varón de la Asamblea) es rico y goza de todas las fortunas: Es varón y rey, señor de muchos bienes, lleno de salud, de manera que podría ser feliz. Pero no encuentra sentido a la vida, pues los viejos caminos de la fe israelita se han quebrado… Vive en un cambio de tiempos como el nuestro. Los paradigmas antiguos, los viejos ejemplos, las certezas antiguas…

Todo eso ha terminado y, sin embargo, quiere seguir caminando, como el viejo Abrahán, esperando contra toda esperanza, haciéndose camino en la vida. Busca sentido donde hay sentido, quiere hacerse camino donde no hay camino. No tiene las respuestas preparadas. No sabe lo que está en el fondo de todo, pero confía, pregunta, busca… y, por encima de todo, mantiene la honradez fundamental ante los temas de la vida.

Un hombre afortunado: lo tiene todo

Job había preguntado por Dios desde una situación social y personal de marginado: ¬desde su pobreza y soledad y muerte, condenado a morir en el estercolero de la ciudad, grita y pregunta. Pues bien, Eclesiastés lo hace desde la vertiente opuesta de la plaza: es rey y rico, sano y sabio y, sin embargo, ya no le convencen las razones de los sabios de este mundo. Tiene todo, ha triunfado, como los más ricos de los ricos de occidente… y sin embargo ha caído en un tipo de angustia.

Este Eclesiastés es una parábola del hombre rico y sabio de occidente. Puede hacer lo que quiera, vivir donde quiera, tener las vacaciones que desea… Es multimillonario en bienes de fortuna y, sin embargo, se descubre sólo. Pero no adelantemos la respuesta. Veamos cómo se presenta:

Yo, Eclesiastés, he sido rey de Israel en Jerusalén…
a. Hablé en mi corazón: ¡adelante, voy a probarte en el placer!
¡disfruta de la dicha!…
b. Hice grandes obras: construí palacios,
planté viñas, huertos y jardines con frutales…
c. Tuve siervos y siervas. Poseía servidumbre.
b’. También atesoré el oro y la plata, tributo de reyes y provincias.
a’. De cuanto me pedían los ojos nada les negué,
ni rehusé a mi corazón gozo ninguno (2, 1-10).

Estos son los dones que hacen al humano dichoso: poder, salud y dinero; belleza y placer, dominio sobre el mundo. ¡De cuanto me pedían los ojos nada he rehusado…” Ha hecho todo lo que ha querido, ha tenido todo lo que ha deseado… Ha disfrutado de todas las posibles fortunas de la tierra: palacios, placeres, “mujeres”.

Esto eran los bienes que habían buscado por milenios varones y mujeres de este mundo. Esto es lo que buscamos nosotros, occidentales ricos, ansiosos de fortuna y más fortuna. Los mismos hebreos oprimidos que dejaron Egipto (en Éxodo fundante) salieron en busca de esas cosas: querían una fortuna para ser afortunados, querían una tierra para ser propietarios, querían dinero, dinero, poder y poder.

Pues bien, este Qohelet lo ha tenido todo y descubre que no se tiene a sí mismo: no ha logrado responder a sus preguntas, no ha logrado llenarse de gozo. El ánfora de su vida está vacía, no hay aceite en su alcuza ni fuego en su candil. Así va por la vida, con todos los bienes, pero vacío de todo. De esa forma le llega la crisis más fuerte y Qohelet descubre que tampoco el goce de la tierra y de la vida resulta suficiente. Dios no está en ninguna de esas cosas, Dios no aparece en el mundo.

Aquí cesan las certezas. Todo es vanidad

No basta la riqueza que concede el mundo. Los bienes y fortunas de una vida que rueda hacia la muerte son también incapaces de ofrecer felicidad auténtica. Por eso, el más afortunado los hombres, Eclesiastés, varón privilegiado que preside la asamblea social y religiosa de Israel, acaba siendo infortunado.

Ése es Qohelet, rey y sabio, sacerdote y jerarca… Es como si fuera presidente y rey de las naciones, Obispo e Imán de todas las iglesias y mezquitas, con mando sobre el mundo entero. Lo tiene todo y sin embargo dice: ¡No sé nada, nada tengo! De esa forma sale un día a la puerta de su catedral, a la ventana de su palacio y grita ante todos los hombres y mujeres que parecen dispuestos a escucharle: ¡Hermanos mío, no tengo nada, no sé deciros nada!.

Ésta es la situación de nuestro mundo. Los grandes líderes gritan consignas, declaman verdades abstractas… pero en el fondo tienen que decirnos que no saben nada, que no pueden enseñarnos nada, que no pueden darnos ninguna solución desde arriba, desde fuera.

Ésta es la gran “constitución” del rey universal, la encíclica más alta de todos los papas de la historia: ¡Todo es vanidad! No soy yo quien lo digo, pobre teólogo del año 2007. Ésta es la interpretación constante de los que han leído el libro del Qohelet, partiendo de Orígenes, a lo largo de la historia de la Iglesia.

No es que la riqueza sea mala, que los dones de la tierra (pan y vino, amigos, posesiones) deban evitarse. No, no. Buenas son muchas cosas: ceremonias, orden social… Pero en el fondo de todo, si se mira más hondo, se descubre que todo es vanidad… y es hay que decirlo; eso es lo que dice esta Sabio de los Sabios, cuya voz ha sido acogida enigmáticamente en la Biblia. Éstas son las palabras más sabias del sabio: las palabras de alguien que ha mirado y ha visto y se atreve a decirlo:

Todo es vanidad y perseguir al viento (2, 11)
He observado cuanto pasa bajo el sol
y he visto que todo es vanidad y perseguir al viento (1, 14).

Esta es la experiencia del hombre que ha pasadoo, desde el hondo placer de la tierra, hasta el más alto desencanto: “vanidad de vanidades, todo vanidad” (1, 2). No es que las cosas sean malas, nada de eso. No es que el vino esté agriado, no es que las mujeres y los hombres hayan dejado de ser atractivos, no es que el sol y la luna hayan perdido su belleza… Todo eso está ahí, todo reluce. Pero, al final de todo, todo cansa, de manera que la vida (el mismo gozo) se vuelve para Eclesiastés hastío (vanidad de vanidades) como han repetido en nuestros tiempos muchos hombres y mujeres.

Eclesiastés, ser privilegiado, ha salido a conquistar el mundo para descubrir y gozar su esencia humana, pero advierte que el mundo con sus bienes no le basta. Nada le sacia y todo acaba volviéndose espejismo: en realidad, estaba buscando otra cosa y lo que encuentra y disfruta en su entorno de placer se le vuelve al fin mentira e injusticia ¿Cómo hablar así de Dios

Hay algo peor que la vanidad: hay injusticia, todo es mentiroso

El Eclesiastés es un hombre rico que ha gozado de todas las riquezas, de la fortuna y posesiones de la vida. Todo lo ha visto, todo lo ha gozado, en oriente y occidente. Pero ha descubierto que nada basta… y además ha logrado ver que en el fondo de todo anida la injusticia. ¡Siempre ha sido así! ¿Cómo vivir en un mundo de injusticia?:

Volví mi vista y descubrí
las violencias que se hacen bajo el sol.
Escuché el llanto del oprimido que no tiene ya quien le consuele.
Y advertí que el poder se encuentra en manos opresoras,
sin que nadie se preocupe ahora de hacer justicia al oprimido (4, 1-2).

Eclesiastés no ha visto orden de Dios sobre la tierra: ni justicia, ni amor al oprimido. Es rey, jefe de asamblea, y podía transformar las estructuras, como habían querido los profetas (cf. Is 2, 2-5; 11, 1-9), buscando la justicia en el mundo… Podía haber hecho la revolución de la justicia, instaurando sobre el mundo una ley perfecta. Pero no cree en eso. No se pueden cambiar las cosas. Los hombres habitamos en un mundo donde todo está reglamentado por el destino… y nada puede cambiarse por la fuerza.

De todo he visto en mis fugaces días:
justos que mueren a pesar de su justicia,
impíos que viven muchos años a pesar de su iniquidad.
El hombre domina sobre el hombre, con el fin de hacerle daño.
Por eso se venera a los impíos (7, 15; 8, 9-10

No se podían haber dicho quizá palabras más duras: “El hombre domina sobre el hombre, con el fin de hacerle daño”. El hombre es lobo para el hombre, peor que lobo… Eclesiastés es más pesimista que Hegel (el de la guerra infinita), más pesimista que Marx (el de la revolución necesaria. Este Eclesiastés, Qohelet, ya no cree en las revoluciones.

La experiencia le ha dicho que no hay sanción moral, ni en plano socio-económico (dominan el mundo lo injustos), ni en plano vital (la muerte es igual para todos). Según eso, no se puede hablar de Dios en clave de justicia: ¬han perdido su valor las leyes morales; no hay premio para los buenos, ni castigo para los males y Dios planea indiferen¬te sobre la vida, sin que nada le interese:

1. He visto que justos y sabios están con sus obrasen manos de Dios
pero los humanos ya no saben si son objeto de amor o de odio:
por eso todo es un absurdo.
2. Padecen una suerte el justo y el injusto, el bueno y el malo,
el puro y el impuro, el piadoso y el impío, el bueno y malhechor;
no hay diferencia entre quien jura y quieren rechaza el juramento.
3. Esto es lo malo: que hay un destino común para todos.
Por eso el corazón del humano está lleno de maldad:
enloquece mientras vive y después la muerte (9, 1-4)

Éstas son las consecuencias que ha sacado de observar las cosas de este mundo, desde su atalaya de rey y de sabio: (1) Indiferencia. En el fondo, amor y odio no se distinguen: el Dios/Destino parece indiferente a los humanos. (2) Confusión. La moral suele fundarse en la distinción entre bien y mal, en la posibilidad del juicio. Para Qohelet no hay justicia ni moral en la tierra. (3) Más allá de la justicia: la maldad. Podía esta la dicha gozosa de la vida. Eclesiastés sólo descubre por ahora la violencia.

Duras son estas palabras: Dios planea como simple espectador sobre la rueda de fortuna de la historia; por eso ya no importa la moral, pues no hay frontera o división que delimite lo bueno de lo malo. Dios no tiene rostro personal: parece fuerza sin conciencia, fatalidad sin vida, mientras sufre el ser humano y se fatiga sin razón, caminando sin rumbo. Parece que la historia de Israel se ha liquidado

Paremos un momento. ¿Dónde quedan Alianza y Promesas? ¿es cierto que Dios nos ha librado en el Éxodo de Egipto? Sobre el vacío que deja la ausencia de Dios sería necesario un camino distinto de Liberacion, Alguien que pudiera señalarnos un camino de salida liberadora, para superar la inferencia cósmica (divina) en la que todos nos hallamos perdidos, angustiados, destruidos sobre el mundo.

Un Rey que descubre el cansancio de la vida

Sigamos con el tema. Este rey ha pensado y ha descubierto que las cosas de la vida (de todos los reinos) forman una larga carrera de fracasos. Por siglos y milenios, los humanos han querido descubrir su realidad, fijar un norte en camino. Así han trazado normas de conducta, bien fundadas en la sabiduría… La mayoría no ha podido hacer otra cosa que sufrir… Él ha gozado, ha disfrutado todo, todo lo ha sentido, sabido, gozado. Pues bien, tras razonarlo todo, este Rey sabio advierte que al fin todo se mezcla y confunde:

¿Gozar? Necedad (=vanidad) son los placeres, pues acaban y no logran saciarnos. “Vi que todo es vanidad, un perseguir el viento” (2, 11). El hastío lo domina todo y roe nuestro esfuerzo, de manera que la misma riqueza de la tierra cansa, porque el rico come su riqueza (su pan) “entre congoja y tiniebla, entre rabia y llanto” (cf. 5, 14-15). Creciendo las riquezas, crecen los afanes. Con los placeres aumenta el cansancio y la náusea (cf. 5, 9). Eso lo pasa a él que ha gozado ¿qué les pasará a los esclavos del barrio bajo de su ciudad que no han gozado ni un mes de vacaciones en su vida?

¿Conocer? Necedad es el mismo saber
¿Para qué esforzarse por conocer más, si es que ningún problema grande se resuelve con razones? Además “creciendo el saber crece el dolor” (1, 18). Por eso, en un determinado sentido sería mejor el ignorarlo todo, pasar en la incons¬ciencia por la vida, como sombra que va y viene sin que nada le preocupe. Él he pensado… y otros muchos han pensado como él… Pero los pobres ¿pueden pensar? ¿Se les puede abrir un camino de conocimiento y escucharles?

¿Hacer cosas? ¿Hacer revoluciones? Probablemente quiso cambiar un día la Asamblea de Jerusalén, para gobernar de otra manera, pero descubrió que “los otros”, los de la oposición eran también poco fiables. Es vanidad el afán de la justicia, porque al fin no sabemos si vale la pena cumplirla. Escudriña este rey sabio en los caminos de la vida, y no descubre norma alguna que pudiera guiarle, dirigirle. Todas las leyes que los humanos han trazado dentro de la historia acaban siendo a su entender convencionales, carecen de sentido y permanencia. Eclesiastés, rey de Jerusalén, ya no sabe si merece administrar justicia.

Más allá del bien y del mal. Allí buscaba Nietzsche el sentido de la vida, superando el nivel de la razón intelectual, moral y estética. Pero él corría el riesgo de acabar en manos de una pura voluntad de poder. Eclesiastés es más sabio que Nietzsche y sabe que tampoco podemos divinizar el poder. Pero este Qohelet, nuestro rey de Jerusalén, parece haberse colocado más allá del bien y del mal para buscar otras cosas, encontrando quizá allí al Dios el Dios de la gracia de Jesús (Pero de eso seguiremos hablando. He desarrollado extensamente el tema en Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2006).

Eterno retorno, círculos viciosos. No hay sentido

No es que el Rey Qohelet, de sobrenombre Eclesiastés, condene la existencia como mala, no es que la rechace por perversa. También él sabría ir de vacaciones y gozar. Pero el problema es más hondo: todo carece sentido, no hay camino, nada lleva hacia ninguna parte, ni hay señales que distingan montaña o abismo, vida y muerte, amor y odio. Se ha perdido el norte y todo da mismo. Hemos vuelto a una especie de “paraíso” original pero invertido (en contra del Gen 2-3), un paraíso sin el árbol de lo bueno y de lo malo, y no sabemos cómo comportarnos.

Éstos son los retos, ésta la tarea: cómo organizar la vida si no puede haber caminos. Eclesiastés ha explorado los vientos del mundo, descubriendo sólo que no puede descubirse nada: no hay señales de Dios, ni caminitos de amor, ni sendas de montaña hacia el misterio. Sólo quedan sendas perdidas en el bosque ciego, eterno y despiadado retorno de las cosas:

[Círculos de vacío: la nave gira sobre sí misma]

1. Una generación va, otra generación viene, pero la tierra permanece para siempre. – Sale el sol y el sol se pone; corre a su lugar para salir de allí otra vez. – Sopla el viento y gira al norte; gira que te gira sigue el viento y así vuelve a girar. – Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena; del lugar donde los ríos van, de allí surgen de nuevo.

[Años de Cansancio]

2. Todas las cosas dan fastidio. Se cansa el ojo de mirar, el oído se cansa de oír. Lo que fué eso será. Lo que se hizo eso se hará. Nada nuevo hay bajo el sol. Si de alguna cosa puede asegurarse “mira, es nuevo”, aún eso ya existía en los tiempos que pasaron.

[Y al fin todo da lo mismo, porque llega la muerte]

3. No hay recuerdo de lo antiguo, ni habrá un día memoria de lo nuevo, para aquellos que vengan después (Qoh 1, 4-11).

Todo gira, no hay historia nueva y así todo se olvida. Falta el discernimiento moral, la distinción de lo bueno de lo malo. No hay itinerario hacia Dios, pues Dios no encaja con la vida y con las cosas. Lógicamente, a ese nivel ya no se puede hablar de Dios sobre la tierra, dentro de una historia sin historia donde todo rueda y ya no vamos a ninguna parte.

En este aspecto, Eclesiastés defiende un tipo de ateismo metodológico y cósmico. En un determinado plano (de mundo y de vida), todo sucede como si Dios no existiera. Esto que nosotros hemos aprendido ahora, entrado el siglo XXI, lo sabían en el tiempo antiguo los sabios verdadero, como Eclesiastés. El mundo se ha cerrado en su propia necesidad (¿necedad? ¿destino?). No se puede presentar como signo de un misterio trascendente.

¿Cómo creer en Dios desde el basurero de la vida?

Parece que no, no se puede creer. Todo es aquí vanidad, algo que pasa y se consume en un fuego que no sirve para nada, todo es basura, un soplo de viento maloliente. Hebel Hebelim, qol hebel, Mataiotes mataiotetön… Vanitas vanitatum… Todo es vanidad. Hombres y bestias con-viven y con-mueren sobre un basurero que ellos mismos has creado: superar el plano de las obras y los ídolos del mundo. Así pregunta nuestro autor:

1. Hombres y bestia tienen una misma suerte.
Muere el uno como el otro; ambos comparten un hálito de vida.
2. En nada aventaja el hombre a la bestia pues todo es vanidad.
Los dos caminan a la misma meta: salieron del polvo y hacia el polvo vuelven
3. ¿Quién sabe si el aliento de los hombres sube a la altura
y el aliento de la bestia va a la tierra? (3, 19-21).

Ese descubrimiento resulta tan intenso y doloroso, que Eclesiastés (amigo de los goces y placeres) siente que todas sus certezas quiebran: ¿Cómo vivir sin Dios? ¿cómo soportar una existencia de antemano condenada? Pues bien, en esa situación en la que el viejo Dios pierde sentido, quiere vivir Qohelet/Eclesiastés (hombre hebreo, hombre griego) y así lo dice, para conducirnos al lugar de la paradoja creyente.

Pero la vida merece la pena.

Esta es la paradoja: La vida en este basurero carece de sentido y, sin embargo, merece la pena disfrutarla. Hay “un gozo de Dios” (=gozo grande) y como tal debe cultivarse, por encima de todos los dolores Ciertamente, el hombre ha quedado sin Dios en el mundo, pe¬ro tiene la vida y decide vivirla como expresión de Dios, a pesar de todo, me¬suradamente aunque con gozo. Por eso, en contra de todas las posibles tentaciones de condena o de rechazo, ¬Eclesiastés acepta la existencia. Éste es el tema ¿apostamos por la vida?

No existe para el hombre algo mejor que
comer, beber, gozar de su trabajo (2, 24; 3, 12-13).
Es bueno comer, beber y disfrutar en medio de tantos afanes.
También el recibir de Dios riquezas y hacienda en don divino… (5, 17-19).

Vete, come alegremente tu pan y bebe tu vino con alegre corazón
porque se agrada Dios con tu fortuna.
Vístete en todo tiempo de blancas vestiduras
y no falte el ungüento en tu cabeza.
Goza de la vida con tu amada compañera
todos los días de tu rápida existencia…
porque ésa es tu porción en esta vida
entre todos los trabajos que padeces bajo el sol.
Cuanto tu mano pueda hacer hazlo alegremen¬te,
porque no hay en el sepulcro donde vas
ni obra, ni razón, ciencia, ni sabiduría (9, 7-10).

Ésta es la terapia, la terapia de la vida… Por encima de los grandes psicodramas que Freud o Jung han inventado, aquí tenemos simplemente el drama de la vida. ¡Acéptalo, aunque parezca que estás en el basurero, acéptalo, sobre todo tú, que estás en el basurero. Vuelve a descubrir cada una de las palabras

Es bueno comer, beber y disfrutar
y bebe tu vino con alegre corazón
Vístete de blancas vestiduras
y no falte el ungüento en tu cabeza.
Goza de la vida con tu amada compañera
Cuanto tu mano pueda hacer hazlo alegremente

Terapia de vida

No hay más terapia que la vida, a pesar de sus durezas. Habrá un momento en que sentirás que no merece la pena nada en este basurero… Sí, tendrás que mirar a tu lado y aprender que hay sufrimiento. Y así dirás, quizá:

Torneme y vi las violencias que se hacen bajo el sol…
y proclamé dichosos a los muertos que se han ido;
más dichosos que los vivos que existen todavía.
Pero más dichosos aún a los que nunca fueron… (4, 1-3)

Dirás que no merece la pena haber vivir, que el único pecado del hombre es haber nacido (Calderón). Serás budista y dirás que todo es deseo, dolor y muerte… y tendrás que aprender a no desear… o tomar el camino de la terapia de la tristeza. Así dirás

Mejor es entrar en casa de luto
que en un hogar en fiesta…
Mejor es la tristeza que la risa,
el fin de una cosa que el principio (7, 2. 3. 8).

Pero, en medio de todo, seguirás viviendo. Ya lo sé, teóricamente no tienes solución, nada tiene solución. El destino del hombre es terminar y consumirse y, sin embargo… intenta vivir y sigue confiando, a pesar de que se le han acabado las razones.. Toda la existencia parece trabajo inútil, como noria que da vueltas y no logra sacar agua del pozo, pozo que se excava y nunca tiene agua. Y sin embargo, desde el fondo de la misma fatiga, el sufrimiento humano se eleva ante Dios como pregun¬ta… y en el mismo sufrimiento podrás vivir y quizá se transfigurarán los dolores de tu basrero.

Aprende a ver, a vivir en el dolor

Este es el drama humano. No es comedia pura, pero tampoco tragedia, sino campo de cruce, encrucijada de caminos. Por eso el autor dice:

Una misma es la suerte de todos ¡la muerte.
Pero mientras uno vive hay esperanza.
Que mejor es perro vivo que león que ha muerto.
Pues los vivos saben que han de morir, más el muerto nada sabe
y ya no espera recompensa, habiéndose perdido su memoria.
Amor, odio, envidia: para ellos todo ha terminado.
Ya no participan en aquello que pasa bajo el sol (9, 4-6).

Así dice Qohelet y, sin embargo, en el fondo de sus palabras hay un canto a la vida… Mientras uno vive hay esperanza. De esa forma, su libro es en el fondo un Canto al Dios de Vida. Eclesiastés ha transitado los caminos, ha recorrido los diversos argumentos. Al fin sólo le queda este simple y fuerte deseo de vivir, a pesar de todo, en medio de una tierra paradójica. Es como si el ser humano fuera demasiado complejo, su existencia demasiado cargada de contradicciones. No hay certezas absolutas, no existen demostraciones. Pero en el fondo de todo, a pesar de todas las palabras anteriores, la existencia está llena de sentido, siempre que la vivamos con sobriedad amable, moderada:

No quieras ser demasiado justo ni sabio
¿para qué destruirte?
No hagas mucho mal, no seas insensato
¿para qué morir antes de tiempo? (7, 16-17).

Pedirle demasiado a la existencia es malo. Buscar a Dios con ansiedad desesperada resulta al fin inconveniente… pero Dios está, tiene que estar… y está sobre todo en el basurero de la historia, allí donde parece que no existen respuestas. Qohelet ha corrido el riesgo de ser un rey ocioso, quizá ha preguntado demasiado… Otros, los que de verdad están en el basurero, no preguntan tanto, porque quieren vivir, se esfuerzan por vivir…
Ciertamente, nada tiene sentido en un plano externo, pero todo sigue abierto, sigue abierta la vida, incluso (sobre todo) desde el basurero. Todo acaba. El ansia de placer y de dinero terminan destruyendo la existencia

¿Qué nos queda? ¡Queda todo! ¡Queda la vida!, el valor supremo de la vida de los pobres… la vida de los que sufren y con su sufrimiento siguen elevando una pregunta.

Ha dicho Qohelet que no hay camino
y, sin embargo, Qohelet sigue caminando
y los millones de sufrientes del mundo siguen caminando
y los condenados a Siberia siguen esperando.

Al final de sus negaciones y cautelas, Eclesiastés sigue teniendo la certeza de que hay Alguien que le sobrepasa, Alguien que sostiene, alienta y da sentido a su vida, el Dios del Basurero. Éste es su camino: vivir en fidelidad y gozo, aunque no se puedan trazar mapas, ni seguir itinerarios claros en la prueba:

Alégrate mozo en tu mocedad…
Pero ten presente que de todo esto te pedirá cuentas Dios (11, 9).
En los días de tu juventud acuérdate de tu Hacedor
antes de que vengan días malos… y torne el polvo que antes era
y retorne a Dios el Espíritu que Dios te ha dado (12, 1. 5).

Estas son sus últimas palabras: ¿quién sabe si el aliento de los humanos sube hacia la altura y el de la bestia baja hacia la tierra? (3, 21), has de dar cuentas a Dios. (cf. 12, 13).

Éstas son sus palabras, pero, por encima de todas ellas, están las palabras de la vida: Come y bebe, haciendo el bien a los demás, come y vive, desde el mismo basurero de la tierra, come y bebe con tu compañera o compañero.
No hay más terapia: comer cada con lo que podamos… haciendo que todos puedan tener alimento. Hacer cada día un camino con tu compañera/compañero, queriendo que todos lo tengan y estén acompañados…
Vivimos sobre un mundo de ignorancia; apenas sabemos lo que implica nuestra vida. Pero al fondo de ella alienta una Presencia superior, un aliento de vida desde el mismo basurero de la historia. Tiene que estar Dios en todo eso… un Dios al que con miedo pero con gran ilusión llamamos “Padre”. Qohelet no lo sabe aún, pero un descendiente espiritual suyo que se llama Jesús de Nazaret nos enseñará a decir Padre desde el campo de miseria de este mundo.

Algunos librros:

Barucq, A. Eclesiastés. Qohelet, AB 19, Fax, Madrid 197l
Ellul, J., Razón de ser. Meditación sobre el Eclesiastés, Herder, Barcelona 1989
Michaud, R., Qohelet y el helenismo, EVD, Estella 1988
Pérez R. G., Eclesiastés, en Biblia Comentada IV, BAC 218, Edica, Ma¬drid 1962, 868-931
Vílchez, J., Eclesiastés o Qohelet, EVD, Estella 1996.
Tamez, Elsa, Cuando los horizontes se cierran: relectura del libro de Eclesiastés o Qohélet, DEI, San José de Costa Rica 1998

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