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Los liberales australianos se deshacen por sorpresa del homófobo Tony Abbott y colocan a un primer ministro favorable al matrimonio igualitario

Martes, 15 de septiembre de 2015

turnbullInesperada pero excelente noticia la que se acaba de producir en Australia, donde por tercera vez consecutiva el partido gobernante se desembaraza de un primer ministro debido a su baja popularidad. La víctima es en esta ocasión Tony Abbott, que había hecho de su oposición al matrimonio igualitario una de sus señas de identidad. Le sustituye en el cargo Malcolm Turnbull, hasta ahora ministro de Comunicaciones, en lo personal favorable al matrimonio igualitario y que en el pasado se ha mostrado partidario de que diputados y senadores voten libremente sobre la medida. Los colectivos LGTB australianos, sabedores de que su oposición frontal al matrimonio igualitario ha sido una de las razones –no la única– del descrédito de Abbott, vuelven a tener esperanza.

Ni la aprobación del matrimonio igualitario en la vecina Nueva Zelanda, con el consiguiente éxodo de parejas del mismo sexo australianas a ese país para casarse; ni su aprobación en tres de la naciones que componen el Reino Unido, con el que Australia comparte monarquía y sigue conservando fuertes lazos emocionales; ni el resultado del referéndum irlandés (Australia también cuenta con una importante población con ancestros de ese país) ni la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos considerando inconstitucional la prohibición del matrimonio igualitario habían conseguido ablandar el corazón de Abbott. Pese a las repetidas insinuaciones de que finalmente permitiría a los suyos votar en conciencia, el pasado agosto el primer ministro liberal-conservador conseguía que los diputados y senadores de su coalición avalasen, por 66 votos contra 33, su decisión de oponerse en bloque a la aprobación del matrimonio igualitario en el Parlamento, pese a la existencia de un sector partidario del mismo entre sus filas. Dado el juego de mayorías existente hoy en Australia, ello ponía fin a la esperanza de ver aprobado el matrimonio igualitario durante la presente legislatura. El anuncio de un proyecto de ley presentado por diputados de varios partidos, incluyendo por primera vez a la coalición liberal-conservadora, quedaba así en agua de borrajas.

Abbott imponía además la tesis (contraria a la opinión que el mismo defendía meses atrás) de que todo cambio en la materia debería producirse mediante un referéndum, convocado en una fecha por definir pero en cualquier caso posterior a las próximas elecciones generales.

Apenas un mes después de aquello, el liderazgo de Abbott ha acabado por desplomarse. Los motivos son variados. Sin duda uno de los principales es la pobre percepción de la marcha de la economía, pero no hay duda ninguna de que el desgaste que a los liberales les está suponiendo el apoyar la posición ultramontana de Abbott sobre el matrimonio ha contribuido también. En pocas horas, y prácticamente por sorpresa, Abbott se veía obligado a convocar una votación entre sus parlamentarios para decidir sobre su liderazgo. Malcolm Turnbull daba un paso adelante, dimitía como ministro y retaba a Abbott, con éxito: 54 parlamentarios le apoyaban, frente a 44 que permanecían fieles a Abbott.

Una sociedad favorable con líderes contrarios la igualdad

El debate sobre la aprobación del matrimonio igualitario en Australia viene de muy lejos. Ya antes de las elecciones de 2013, que dieron la victoria a Abbott, fueron los laboristas, entonces al frente del Gobierno, los que actuaron como freno. La que hasta junio de ese año había sido primera ministra, Julia Gillard, se oponía, y  durante sus años de gobierno no dudó en maniobrar para impedir que los partidarios de la igualdad dentro del Partido Laborista trasladaran su criterio al Parlamento. Y ello pese a que ya en su congreso nacional de 2011 el partido incorporaba la defensa del matrimonio igualitario a su ideario. Ideario que Gillard se encargó de convertir en papel mojado al imponer que los legisladores laboristas –cuyos votos eran todos necesarios, debido a lo ajustado de su mayoría– tuvieran libertad de voto. Una libertad que Tony Abbott negó entonces a los suyos y que desembocó en el fracaso de la iniciativa. De la mano de Gillard, Australia perdía una primera oportunidad histórica.

La impopularidad de Gillard llevó a Kevin Rudd a arrebatarle el liderazgo del partido y el puesto de primer ministro (mediante una maniobra similar a la que ahora ha destronado a Abbott, y que a su vez antes había utilizado Gillard para sustituir a Rudd) . Ya por entonces Rudd se había convertido en defensor del matrimonio igualitario, pese a que su anterior etapa como primer ministro se caracterizó también por un rechazo frontal. Pero la sustitución de Gillard no evitó la derrota laborista, y tras las elecciones Abbott  (un católico conservador fuertemente opuesto al matrimonio igualitario, pese a tener una hermana abiertamente lesbiana) se convertía en primer ministro. Su victoria alejó las expectativas de aprobación, pese a que un número no determinado de diputados de su partido son partidarios del matrimonio igualitario, y de hecho ya desde el principio el propio Abbott reconoció que en el futuro le resultaría complicado mantener la disciplina de voto en esta materia. Lo consiguió… pero su empeño le ha costado el puesto.

Expectación ante el próximo futuro

El cambio acaba de producirse, y aún es pronto para calibrar su alcance en materia LGTB. Malcolm Turnbull aún no se ha pronunciado sobre cuáles son sus intenciones sobre el matrimonio igualitario, y si respetará lo decidido en agosto. Lo que sí es seguro es que entonces ministro de Comunicaciones fue uno de los que con más ahínco defendió que los liberales tuvieran libertad de voto, asegurando que si así fuera él votaría a favor. Nosotros mismos recogíamos en abril una declaraciones suyas en ese sentido, cuando aún nada de lo que ha sucedido ahora era previsible.

Parecería poco congruente que siguiera adelante con las intenciones de Abbott de resolver el tema con un referéndum de fecha incierta, sobre todo cuando parece claro que esa ha sido una de las cusas de su desgaste. Todo es posible, no obstante, en un país cuya clase política –a izquierda y a derecha– ha demostrado durante años ser mucho más homófoba que sus propios votantes.

Fuente Dosmanzanas

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