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“Sepulcros Blanqueados”, por Carlos Osma

Jueves, 6 de noviembre de 2014

SepulcrosParece que no ha pasado el tiempo desde que Carlos Osma escribió este artículo en Homoprotestantes:

Hay cosas que desesperan, que son tan crueles que te dejan sin palabras, porque no tienen explicación alguna, y aunque lo pretendas, no las puedes entender. Samuel, 17 años, asiste a una iglesia evangélica desde que nació, sus padres le explicaron aquello de que hay que amar al prójimo, pero cuando les dijo que era gay, descubrió que incluso para sus propios padres, él ya no entraba dentro de esa categoría. Loida, 45 años, era también miembro de una iglesia evangélica hasta que le confesó a su marido que se casó con él por miedo, y con la esperanza de que Dios la cambiara, que era lesbiana y que ya no quería seguir fingiendo, que la perdonara pero que ahora sabía que Dios la quiere tal como es. Su tortura no acabó aquí, sus dos hijos de 12 y 9 años tienen que escuchar a diario como su padre, tíos y abuelos evangélicos, les explican lo pecadora que es su madre y lo alejada que está de Dios. Tristemente tampoco tiene la posibilidad de encontrar el calor de una comunidad evangélica donde enseñar la fe a sus hijos y a su nueva pareja, Belén.

¿Dónde está la fe con la que nos educaron? ¿Era todo una mentira más? Probablemente. La fe evangélica tiene, hoy por hoy, muy poco que ver con la fe de Jesús. Por eso muchos homosexuales se preguntan: ¿dónde está la fe de nuestra madre que desde hace 5 años no quiere vernos? ¿dónde está la fe de nuestros hermanos y hermanas que no quieren estar con nosotros para no confundir a sus hijos? ¿dónde está la fe de aquellos amigos con los que crecimos dentro de la iglesia y que hoy nos dan la espalda? En ningún sitio, a la hora de la verdad. ¿Qué tienen que ver todas estas actitudes con el cristianismo? Esto no tiene justificación alguna, y el que no lo quiera ver, es porque está tan cegado por sus prejuicios que hace tiempo que olvidó el evangelio.

 Y tenemos que aguantar las manifestaciones de pastores, profetas de turno, Alianzas Evangélicas, Obispos, Consejos, Feredes, que no tienen ni remota idea de la vida real de todas estas personas, que ni siquiera les importan, y que sólo quieren defender su visión patriarcal de la sociedad, su lectura fundamentalista de la Biblia, y el resto de prejuicios e ignorancias que atesoran con tanta codicia. Sepulcros blanqueados, maestros que cargan a los demás con cargas insoportables que ellos no se atreven ni a tocar con un dedo. ¿Qué tiene todo esto que ver con el cristianismo? Nada de nada, fariseísmo en estado puro.

 También tenemos a los que quieren ser buenos, los que dicen que nos entienden pero piden que vayamos despacio. Díselo a Samuel, a los 17 años ya ha pensado que la vida no le vale la pena, y mucho menos el cristianismo. Puede ir despacio el que tiene todo el tiempo del mundo, el que no se juega nada, el que quiere ser bueno, pero no el que quiere vivir con dignidad, el que quiere ser feliz hoy mismo. La vida no puede esperar hasta mañana porque a algunos les pueda generar problemas institucionales, la vida es lo primero siempre, la institución está a su servicio.

Toda aquella persona, iglesia o institución cristiana que rechaza con amor a una persona por su orientación sexual, no es cristiana. Pero tampoco lo son las que, aunque dicen que no los rechazan, no se comprometen en su defensa. Los que no los acogen, los que no los respetan, los que no escuchan y aprenden de ellos, de sus experiencias, de su visión de Dios, de la Iglesia, del mundo. La lucha activa contra la homofobia y la fe cristiana van irremediablemente unidas. No hay vuelta de hoja, no hay juegos homófobos de palabras que valgan. Si rechazas a una lesbiana, o a un gay, a pesar del enorme amor con el que lo haces, recuerda que Dios te pedirá cuentas sobre la discriminación y la muerte que intentaste echar sobre ellos.

 No parece que haya otro mensaje para los homosexuales evangélicos de nuestro país, que decirles que se guarden de todos esos maestros de la ley que buscan los mejores asientos en las iglesias, y las mejores subvenciones estatales, pero que tienen miedo de ensuciar sus ropas blancas con ellos. ¡Sepulcros blanqueados! Que lejos están de Dios, que pronto olvidaron a sus prójimos. Sus discursos bíblicos son veneno que pretenden introducir en vuestra alma, no os dejéis engañar ni os resignéis, gritadles con fuerza: ¡sepulcros blanqueados! ¿qué tiene todo esto que ver con el evangelio? Vosotros os habéis apoderado de la llave de la salvación, y ni vosotros entráis, ni dejáis entrar a los que quieren hacerlo.

 O quizás si que hay un mensaje; no confundáis a Dios con todos estos, si lo hacéis os habrán vencido. Dejaos llevar por vuestra experiencia de Dios, sin comunidad sólo os queda esto, acordaos de cómo a pesar de todo siempre estuvisteis en sus manos. Y aunque a veces creáis que está lejos de vosotros, recordad que sus manos fueron traspasadas por los clavos en una cruz para salvaros. Estáis en sus manos, esas manos del que se arrodilló ante unos simples pescadores para limpiarles los pies, esas manos que se acercaron a los necesitados con amor, esas manos que se extendieron ante el dolor de sus hermanos. Son sólo esas manos las que os harán sentir seguros y alejarán vuestras dudas. En sus manos estáis vosotros y vuestras parejas, vuestros hijos, vuestro hogar, y todos aquellos que quieran compartir con vosotros esas manos abiertas y llenas de amor, que consuelan y dan vida. Los que no, están en otras manos.

 Carlos Osma

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