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Perseguido, exaltado, misterioso. Tres aspectos de Jesús. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 5 de mayo de 2019
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pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen tres rasgos muy distintos de Jesús.

Jesús perseguido (1ª lectura)

           En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

[Nota: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”].

            En esta lectura Jesús es perseguido no en sí mismo, en su persona, sino en sus seguidores. Lo ocurrido en Sri Lanka hace pocos días es la versión ampliada y más trágica de lo que cuenta el libro de los Hechos. A los apóstoles los dejaron con vida; gran parte de los cristianos (y no cristianos) de Sri Lanka murieron. Los apóstoles salieron contentos de sufrir por Jesús; los de Sri Lanka seguirán llorando a sus difuntos, con el único consuelo de la fe en la resurrección. La celebración de la Pascua no anula las dificultades y angustias de muchos cristianos a lo largo del mundo.

Jesús exaltado (2º lectura)

Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”.  El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos.

          Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje

Jesús misterioso (evangelio)

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy. El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

            Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.

            En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

            Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice:

            – Me voy a pescar.

            Ellos contestan:

            – Vamos también nosotros contigo.

            Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

            Jesús les dice:

            – Muchachos, ¿tenéis pescado?

            Ellos contestaron:

            – No.

            Él les dice:

            – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

            La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

            Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

            – Es el Señor.

            Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:

            – Traed de los peces que acabáis de coger.

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

            El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

            [La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

            – Vamos, almorzad.

            Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

            Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

            La mayor sorpresa para el lector, y uno de los mensaje más importantes del relato, son las palabras: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

            Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

Pedro de nuevo: humildad y misión

La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

            Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

            Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

            Él le contestó:

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

            Jesús le dice:

            – Apacienta mis corderos.

            Por segunda vez le pregunta:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

            Él le contesta:

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

            Él le dice:

            – Pastorea mis ovejas.

            Por tercera vez le pregunta:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

            Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
– Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

– Apacienta mis ovejas.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió:

– Sígueme.

Reflexión final

            Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

            Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

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III Domingo de Pascua. 05 mayo, 2019

domingo, 5 de mayo de 2019
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3Do-Pascua

“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla;

pero los discípulos no sabían que era Jesús…”

(Jn 21, 1-19)

 

El tiempo de Pascua es el tiempo de las sorpresas del Resucitado. Los discípulos y discípulas de la primera hora nos han legado su experiencia de encuentro con el Resucitado. En cada uno de esos encuentros hay un algo de sorpresa.

Siempre les cuesta descubrir quién es el personaje que irrumpe en la escena, da igual que se haya aparecido otras veces, es difícil de reconocer. El texto nos dice que era “la tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Parece que los discípulos se han quedado tan sobrepasados tras la muerte violenta de su maestro que no pueden reconocerle resucitado, pero recuerdan sus gestos. Porque ya en otras ocasiones les había invitado a echar las redes o había bendecido con ellos los alimentos.

La apariencia del Resucitado es distinta, desconocida, pero sus gestos son inconfundibles, en ellos sus discípulos reconocen al Crucificado. Lo que la lógica es incapaz de razonar lo descubre el amor en los gestos pequeños.

Un pequeño gesto es capaz de cambiar por completo la dirección de una vida. Cuenta el autor de un libro que se titula “La guerra no es santa: Relato del infierno Muyahidin”, cómo la ternura de un gesto le hizo conectar con la luz que después de toda la violencia vivida, aún quedaba en su corazón. Invitado en casa de un amigo se puso enfermo con una fiebre muy alta, entonces la madre de su amigo se acercó a su cama y le tomó la fiebre poniéndole la mano sobre su frente. Ese gesto le recordó lo que solía hacer su propia madre cuando él era pequeño y enfermaba.

Ese gesto le hizo descubrir la ternura en las personas que siempre había considerado enemigas, infieles y a las que deseaba eliminar. Había crecido en un país lleno de violencia y con la creencia de que matar “infieles” era la llave de entrada al Paraíso.

Él, que había crecido viendo semanalmente como los infieles eran castigados con la muerte de una manera pública, a modo de espectáculo y con ello se había ido oscureciendo su corazón, afirma que aquel gesto, unido a otros, hizo que el pequeño punto blanco que todavía quedaba en su corazón fuera ganando espacio.

Los gestos, nuestros gestos como los del Resucitado pueden transformar la realidad. Claro que no vale con cualquier gesto, son los gestos nacidos del amor, aquellos que brotan de lo más puro, de nuestra misma esencia. Gestos que no siempre son fáciles porque en nosotros también hay violencia y oscuridad.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a vivir conectadas a nuestra propia esencia, ese lugar bondadoso e inviolable, del que nace el amor que nos hace semejantes a Ti.

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Nadie le reconoce… pero sabían bien qué era el Señor.

domingo, 5 de mayo de 2019
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Nuestro problema sigue siendo la experiencia pascual. Se trata de una vivencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos en los que poder meter la realidad vivida, por eso lo primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. La crucifixión llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

La probabilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es prácticamente inexistente. Pero es lógico que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte de Jesús. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con su deseo.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad que está deseando que otros seres humanos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso.

«Se manifestó« (ephanerôsen) tiene el significado de “surgir de la oscuridad”. Implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar. Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo pasado.

Situación dada.- Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual, ajenos a lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es signo de plenitud, (todas las naciones paganas). Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es estéril. El relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace de noche, no de día. Sin embargo, aquella a la que se refiere el relato se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

Jesús se hace presente.- Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

Saludo.- Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos» (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que realizar.

Lo reconocen.- La dificultad de reconocerle se manifiesta en que solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor sabe leer las señales. El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro, reflejado de un modo simbólico en la palabra «se ató». La misma que se utilizó Jn para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena. Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Solo Pedro se tira al agua, porque solo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece. El alimento que él les da se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos.

El don de sí mismo queda patente por la invitación a comer y es tan perceptible que no deja lugar a duda. Recuerda la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado. Jesús es ahora el centro de la comunidad, donde irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él. Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones.

La misión.- Hoy se personaliza la misión en otro personaje, Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar. Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Solo una entrega a los demás, como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Solo él lo había negado. Jesús usa el verbo “agapaô” = amor. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad.

Apacentar. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar Vida. Solo puede hacerse en unión con Jesús. “Corderos” y “ovejas” indican a los pequeños y a los grandes. Debe renunciar a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión, Jesús es modelo de pastor, que se entrega por las ovejas. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total. Ahora es Jesús el que usa el verbo “phileô”, ¿me quieres?, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado. Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que se había forjado. Jesús no pretende ser servido sino que sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición.

Meditación

Solo el discípulo más cercano a Jesús lo reconoce.
Si vivo la presencia de Jesús, dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
No lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Reconocer a Jesús

domingo, 5 de mayo de 2019
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A6D7C498-A326-4637-8F8B-3FD005FBA91ALa vida no es fácil, pero hay un motor llamado corazón, un seguro llamado fe, y un conductor llamado Dios.

5 de mayo. Domingo III de Pascua

Jn 21, 1-9

El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.

Jacques Leclercq señala en El problema de la fe: “La conversión es un encuentro con Cristo; encuentro personal con la persona viva de Cristo, es una auténtica experiencia vital. Si Cristo es lo que dice ser, no hay más remedio que seguirle, y no hay cosa alguna fuera de ésta, que pueda interesarnos. Así, pues, la fe cristiana es un contacto de hombre a hombre, de creyente a Salvador. Se presenta como un estado de confianza en una persona determinada”.

A lo que José A. Pagola añade que “Para los cristianos, es vital reconocer y confesar cada vez con más hondura el misterio de Jesús el Cristo. Si ignora a Cristo, la Iglesia vive ignorándose a sí misma. Si no le conoce, no puede conocer lo más esencial y decisivo de su tarea y misión. Pero para conocer y confesar a Jesucristo, no basta llenar nuestra boca con títulos cristológicos admirables. Es necesario seguirlo de cerca y colaborar con él día a día. Esta es la principal tarea que debemos promover en los grupos y comunidades cristianas”.

Los textos de la Biblia son muy sugerentes al respecto. Citaremos algunos de los más significativos:

“Por tanto, digo: El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!” (Lamentaciones 3, 24)

“Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4, 15)

“Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Respondió Natanael y le dijo: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo. En esta escritura podemos ver como Natanael reconoce a Jesús al decirle “tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Juan 1, 48-51).

“Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan” (Lucas, 24, 29-35).

Esta escritura es un fragmento del pasaje “El camino a Emaús” que nos narra el capítulo 24 del evangelio según San Lucas, para poder entender esta escritura veremos el contexto de estos acontecimientos. Necesitamos que el Señor abra nuestros ojos (sentidos espirituales) para poder reconocerle, así como estos discípulos, que pasaron de la tristeza y la desesperanza a tener una pasión por Jesús. Esto lo demuestran los discípulos al decir “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lo interesante es que cuando reconocen a Jesús se levantan y vuelven a reunirse con el grupo.

Pedro, que tenía una fe profunda en Jesús, se arroja al agua sin dudarlo. Una manera de seguirle muy propia de este apóstol profundamente testarudo.

Rabindranath Tagore cantó el episodio de este modo en el poema:

CAMINO DE EMAÚS

Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga inútilmente por el cielo.

¡Sol mío, glorioso eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! y paso mis meses y mis años alejado de ti.

Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.

Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás, en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

Me has hecho conocer a amigos que no conocía, me has hecho sentar en casas que no eran la mía. me has llevado cerca del lejano y convertido al extraño en un hermano.

Cuando uno te conoce ninguno es extranjero, ninguna puerta está cerrada.

Escucha mi oración: que nunca pierda la caricia del uno en el juego de los muchos.

Vicente Martínez

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Fuente Fe Adulta

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Comunión en la diversidad

domingo, 5 de mayo de 2019
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EA40232D-AF96-4855-9D82-7ABC120861C7El evangelio de Juan se nos muestra siempre cargado de símbolos y de una gran hondura narrativa. Su complejidad es a veces difícil de desentrañar para los lectores y lectoras contemporáneos porque nuestros marcos culturales y sociales están ya muy lejos de los que estaban vigentes en el mundo en que vio la luz este texto.

Las comunidades cristianas, que están detrás de este evangelio, se fueron configurando entrono a un proyecto de discipulado en el que confluyeron diferentes corrientes no sin conflictos, tanto en su desarrollo interno como en sus relaciones con otros grupos cristianos. Este caminar fue dejando su huella a lo largo de todo el evangelio y posibilitó que los y las creyentes que sostenían su fe en estas comunidades fuesen progresivamente profundizando en la persona de Jesús de Nazaret a la luz de las tradiciones heredadas y de su fe en él.

El capítulo 21 que hoy comentamos, fue añadido cuando la obra ya estaba terminada y es signo de un proceso difícil de consenso que posibilitó a la comunidad joanica incorporarse plenamente a la corriente mayoritaria de la Iglesia naciente. Una corriente que posteriormente se denominó la Gran Iglesia y en la que se sustenta la Iglesia que conocemos hoy.

El relato de la pesca milagrosa se presenta como un escenario en el que van a confluir dos personajes que van a representar las dos corrientes cristianas que han de articularse para que las comunidades receptoras del evangelio puedan responder a los desafíos doctrinales y organizativos que están viviendo. Estas figuras son Pedro y el discípulo amado.

En el marco de un peculiar relato de aparición del Resucitado Juan pone las bases de la incorporación de las comunidades de su círculo a las que ya han reconocido a Pedro como el líder indiscutible de los comienzos cristianos. En el centro de la escena está Jesús invitando a sus compañeros galileos a un nuevo encuentro con él.

Los discípulos, decepcionados y cansados después de una pesca infructuosa, no son capaces de ver en el visitante que se acerca a la orilla al maestro con el que tantas veces compartieron la comida y la tarea. Solo uno de ellos, el discípulo amado, es capaz de recordar la voz y los gestos del Maestro. Él era el testigo central de la fe en Jesús para las comunidades destinatarias del cuarto evangelio. Y en el relato es él que confiesa la fe primero.

Sin embargo, Pedro, necesita una nueva llamada por parte del Maestro para tomar conciencia y asumir la nueva realidad que amanece en su vida tras el encuentro con el resucitado. Pedro va a ser confirmado como la figura que ha de liderar el nuevo comienzo de la primera comunidad de creyentes en Cristo.

El desarrollo de la escena, la actitud de los dos personajes centrales y la autoridad del resucitado ofrecen a las comunidades jónicas el fundamento y las razones para incorporarse al grupo mayoritario. Pero en esta incorporación no se difuminan las diferencias, sino que se reconocen los carismas diferentes y los valores que cada grupo representa. El discípulo amado cree y su fe sale fortalecida en el encuentro con el Resucitado. Pedro, arriesga un nuevo comienzo, confía en los resultados de la pesca y la pesca es milagrosa. Su fe necesita mas tiempo y más dialogo, pero se compromete con valentía en el seguimiento.

Esta experiencia vivida por las comunidades joanicas, sus desafíos iluminados por su encuentro con el Resucitado, nos hablan a nosotras y a nosotros hoy. Las diferencias enriquecen, pero solo el dialogo, el encuentro, el respeto nos permitirán reconocer nuestros dones diversos, nuestras miradas plurales, nuestros orígenes diferentes como una “pesca milagrosa” que nos hace comunidad, fortalece nuestra fe y nuestra esperanza y nos constituye en testimonio auténtico de Cristo Resucitado.

Carmen Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Somos cauce y vida, a la vez

domingo, 5 de mayo de 2019
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FE66EB5D-083F-49CE-9794-8A9F63C7CB02III Domingo de Pascua

5 mayo 2019

Jn 21, 1-9

El capítulo 21 del cuarto evangelio constituye un apéndice tardío, cuyo objetivo parece claro: legitimar la tradición joánica sobre la base de la figura del “discípulo amado”, frente a la gran Iglesia, representada por Simón Pedro. De ahí que todo este apéndice gire en torno a ambas figuras, para subrayar, por un lado, que es el discípulo amado el primero en reconocer al resucitado y para clarificar, por otro, el destino diferente de ambos discípulos. En la misma línea “apologética”, concluirá garantizando la veracidad de lo atestiguado.

En el texto presente hallamos una catequesis, mucho más elaborada que otras, sobre la presencia inequívoca de Jesús en medio de la actividad (misión) del grupo y, especialmente, en la eucaristía (representada aquí por el pescado y el pan).

La barca era símbolo de la propia comunidad –todavía hoy se oye hablar de la “barca de Pedro” para referirse a la Iglesia– y la pesca era imagen de la misión.

Toda la noche –en el cuarto evangelio, este término denota oscuridad interior– han estado trabajando, pero solo cuando toman consciencia de la presencia de Jesús, el trabajo da fruto. Esa toma de consciencia no hay que leerla en un sentido mágico –alguien, desde fuera, opera un milagro–, sino como una presencia interior que nos hace anclarnos en nuestra verdadera identidad. Al hacer así, venimos a descubrir que somos solo cauce, puente, canal, a través del cual la Vida, gratuita, fluye. Y es entonces cuando se opera el milagro, en todas las dimensiones de nuestra existencia. Hasta que no nos percibimos como canal, nuestro propio ego –con el que nos mantenemos identificados– constituye un bloqueo que tapona la Vida.

Finalmente, el relato aporta otra constatación, que tampoco es superflua, al afirmar que “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”. La presencia del Resucitado no es idéntica a la del Jesús terreno; aunque no se palpa como anteriormente –y esto resulta frustrante para nuestros sentidos y nuestra mente–, la certeza permanece.

Se trata, sin duda, de una certeza experimentada a nivel “transpersonal”. Acallada la mente, emerge la evidencia de la Unidad en la que todo es sin costuras de ningún tipo, la Unidad no-dual en la que los discípulos se perciben no-separados de Jesús, compartiendo comida, misión y vida en la Presencia atemporal que todos somos.

El trabajo que da fruto es aquel que brota limpiamente de nuestra verdad interior; el que es consecuencia de nuestro alinearnos con la Vida y su sabiduría.

El ego puede esforzarse hasta el agotamiento e incluso, en un cierto nivel, creer que los frutos son resultado de su propio mérito. La realidad, sin embargo, es que la apropiación del trabajo, antes o después, pervierte el resultado. Por el contrario, al ajustarnos al fluir de la Vida, brotará la acción adecuada en cada momento: esa es, vista desde otro ángulo, la sabiduría del presente.

 ¿Vivo el gozo de saberme Vida que se expresa a través del cauce de mi persona?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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La Iglesia no es un Ghetto

domingo, 5 de mayo de 2019
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6F0B6AEC-C680-478B-9177-2195C0170370 Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El pasado domingo veíamos cómo los discípulos estaban en el cenáculo encerrados y con miedo. Hoy están ya afuera, en el lago (el mar es siempre lugar de riesgos y peligros). La Iglesia naciente se ha abierto.

         Están en el lago “Tiberíades” (de Tiberio, emperador romano). Lo normal hubiese sido que hablaran del lago de Galilea, pero quieren subrayar el aspecto de paganismo en el que se encuentran.

         Aquella iglesia naciente no se lamenta de la situación: ¡qué mal estamos!, ¡cuánta secularización y ateísmo tenemos! ¡La gente se ha ido y las iglesias están vacías! No es esa la actitud de Pedro y de la iglesia naciente; enseguida Pedro dirá: voy a pescar. El lugar del evangelio es el mundo, la sociedad, si se le quiere llamar paganismo, pues el paganismo. Ser cristiano es vivir abiertos, en la sociedad, en diálogo con el mundo, con la vida, las gentes, la cultura, la política, etc. Eso es la Gaudium et Spes del Vaticano II: la Iglesia en el mundo.

         Nosotros tenemos una concepción de iglesia casi exclusivamente jerárquica y clerical.

Cuando nosotros pensamos o preguntamos: qué dice la Iglesia acerca de un determinado problema: del divorcio, del aborto o lo que fuere, estamos pensando en que dice la jerarquía, el papa, el obispo acerca de tal cuestión. No pensamos en lo que dice el pueblo de Dios, que no puede decir nada, sino que tenemos in mente lo que dice la Jerarquía… Pero Iglesia no es sola y exclusivamente la jerarquía, los obispos, la conferencia episcopal, los curas, etc. Iglesia somos todo el pueblo de Dios.

         La Iglesia es la presencia de Cristo en la historia a través o por medio de los creyentes. Esta es la idea de la Iglesia como sacramento: la Iglesia es la comunidad de creyentes que continúan haciendo presente a Cristo en la historia.

         Todos los creyentes, mejor o peor, hacemos presente a Cristo en la vida.

         Todos somos Iglesia.

Pedro tiene una cierta relevancia en la vida eclesial: toma la iniciativa de ir a pescar (v 3), se echa al mar (v 7), saca la red llena de peces (v 11), por tres veces dirá al Señor que le ama, que es su amigo: un juego de palabras entre ágape y filia: amor y amistad.

La autoridad en la Iglesia viene del amor y es para apacentar, para pastorear la comunidad.

Posiblemente como evocación de las tres negaciones de Pedro, ahora Jesús, antes de encargar a Pedro la tarea de apacentar la comunidad le pregunta tres veces si le ama: ¿Pedro, me amas?

La autoridad proviene y se ejerce desde el amor y con amor, o si no se convierte en un despotismo tiránico, como tantas veces hemos visto en la historia de la Iglesia y también en algunas iglesias locales hoy en día.

Dice la 1ª carta de Pedro (5,2-3):

Cuidad de las ovejas de Dios que os han sido confiadas;hacedlo de buena voluntad, como Dios quiere, y no como a la fuerza o por ambición de dinero. Realizad vuestro trabajo de buena gana, no comportándoos como si fuerais dueños de quienes están a vuestro cuidado, sino procurando ser un ejemplo para ellos.

         En la iglesia de JesuCristo la autoridad no es el poder que emanan unas elecciones, sino el servicio a la comunidad proveniente del amor.

         Por otra parte apacentar el rebaño no es dominarlo.

No pescaron nada y la razón es evidente: estaban de noche y Cristo no estaba con ellos.

         Que no se nos olvide -que se nos ha olvidado- que lo más importante, lo único decisivo en la Iglesia es Cristo: infinitamente más importante que las estructuras, los curas, las Unidades Pastorales, la jerarquía, los ritos y las leyes, más decisivo que todo eso, es Cristo.

         Una Iglesia en la que se da una dialéctica del poder, o una búsqueda de los puestos, una iglesia en la se discute quién manda aquí, o cuestiones menores como una absolución general o particular, la misa así o asá, es una iglesia en la que Cristo queda relegado y, por tanto, “no tienes que ver nada conmigo” (Jn 13). Si eso sigue así, seguiremos sin pescar nada.

         La luz es Cristo, donde hay luz está Cristo o donde está Cristo, hay luz.

Donde una persona y una comunidad buscan caminos para la luz y la Verdad, Cristo está ya está muy cerca.

No hay gente en las iglesias, no hay seminaristas, ni vocaciones… A lo mejor es que Cristo no va en nuestra barca.

Tal vez en la iglesia no hemos llegado a decir, como Tomás, ¡Señor mío uy Dios mío! o, como el discípulo amado: ¡es el Señor!

Quien es decisivo en la Iglesia, -y en la vida-, es Cristo.

Amanecerá en la Iglesia y en nuestra vida, la pesca será abundante cuando el Señor se haga presente en la vida.

¡Cuánta paz infunde en el alma “ver y estar con el Señor”: ¡es el Señor!

         Este relato del lago es una Eucaristía. Cristo celebra la Eucaristía con los suyos. Cristo es el pan de Vida. Cristo es la Vida y el calor (las brasas) de la comunidad. Una comunidad cristiana, un grupo en el que Cristo está presente, tiene Vida y nadie pasa necesidad.

Lo de las brasas tiene su retranca y su ternura: está resonando la noche de la pasión del Señor, cuando Pedro niega a Jesús tres veces: hacía frío, los soldados romanos hacen fuego ya había unas brasas, (Jn 18,18). Resuena también el atardecer de Jesús con los dos de Emaús al calor del hogar.

Las brasas de Cristo son calor y vida.

¿Y qué otra cosa debería ser la iglesia, sino recordar a Cristo y Eucaristía?

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Jaime Vázquez, Guía de la Biblia

jueves, 2 de mayo de 2019
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6FA78C2C-F499-4105-A691-B84B2E3704C1Un interesante introducción al libro de los libros… Del blog de Xabier Pikaza:

Introducción general a la Sagrada Escritura,

Jaime Vázquez Allegue, Guía de la Biblia. Introducción general a la Sagrada Escritura, El mundo de la Biblia, Verbo Divino, Estella 2019,170 x 240 mm346 págs.

 Jaime Vázquez Allegue(1968- ):Doctor en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia de Salamanca y en periodismo por la Universidad de Sevilla;.profesor del CESAG de Palma de Mallorca (Univ. de Comillas).   Ha sido profesor invitado en la Universidad Católica de Los Ángeles (California), en la de Concepción (Chile) y profesor titular (Encargado de Cátedra) y Vice-Decano de reología en la Universidad Pontificia de Salamanca. Es Miembro del Consejo Directivo de la Asociación Bíblica Española y de la Asociación Española de Estudios Hebreos y Judíos y director de la revista Reseña Bíblica (Verbo Divino, Estella).   Entre sus libros:

Los Hijos de la Luz y los Hijos de las Tinieblas. El prólogo de la regla de la comunidad de Qumrán  (Estella 2000)

Diccionario Bíblico Hebreo-Español Español-Hebreo (Estella 2002);

Para comprender los manuscritos del Mar Muerto (Estella 2004);

La Regla de la Comunidad de Qumrán (Estella 2006)

Qué se sabe de los manuscritos del Mar Muerto (Estella 2014).

En este nuevo, J. Vázquez libro ofrece una “guía completa” de la Biblia.

Todo viaje necesita su preparación. Las guías de viajes son imprescindibles para descubrir en profundidad una ciudad, una tierra, una cultura. En ellas encontramos itinerarios, mapas, esquemas, resúmenes, lugares para visitar, espacios por conocer. Este libro es una guía para hacer un gran viaje por la Biblia. Sus páginas contienen la información necesaria para acercarnos a la Sagrada Escritura y recorrer su geografía, descubrir su arqueología, recordar su historia y escuchar la riqueza de sus textos. Con esta guía daremos un paseo por cada uno de los libros del Antiguo y Nuevo Testamento y descubriremos los materiales necesarios para poder leer y entender cualquier texto de la Biblia.

Índice:

PRIMERA PARTE: LA TIERRA DE LA BIBLIA

1.Geografía de la Biblia 2. Arqueología bíblica 3. Historia de la Bibl

SEGUNDA PARTE: LA LETRA DE LA BIBLIA

1. El texto de la Biblia 2. Las lenguas de la Biblia 3. Escritura de la Biblia 4. Soportes de la Biblia 5. Versiones de la Biblia 6. El canon de la Biblia

TERCERA PARTE: LA PALABRA DE LA BIBLIA

1. Antiguo Testamento  1.1. El Pentateuco  1.2. Libros históricos  1.3. Libros proféticos  1.4. Libros poéticos y sapienciales 2. Nuevo Testamento  2.1. Evangelios  2.2. Hechos de los Apóstoles 2.3. Corpus paulino  2.4. Cartas católicas  2.5. Las cartas de Juan  2.6. La carta de Judas  2.7. Libro del Apocalipsis  3. Intertestamento

CUARTA PARTE: LA VIDA DE LA BIBLIA

1. Palabra de Dios  2. Interpretación de la Biblia  3. Métodos de interpretación

 Visión de conjunto

 Vázquez presenta estos temas de un modo unitario, destacando algunos más significativos, ordenándolos de un modo histórico, cultural y religioso, libro a libro, en cuatro unidades básicas: la tierra de la Biblia, la letra, la palabra, la vida, desde una perspectiva pedagógica, entender la revelación bíblica,para asimilarla y explicarla a los estudiantes, compartiéndola con ellos, en forma de curso escolar/universitario, que puede  convertirse en viaje no sólo por la tierra, sino por el mismo interior de la Biblia, en forma básicamente cultura.

La Biblia: un libro, un mundo

La Biblia es un libro grande o, mejor dicho, una Biblioteca Sagrada que consta de muchos libros, con un argumento muy rico, profundo y variado, tanto en plano cultural como literario y religioso. Por eso, a fin de promover la lectura concreta de sus libros, para “habitar” en ellos (es decir recrearlos por dentro), el prof. Jaime Vázquez ha querido ofrecer un esquema global, un desarrollo unitario de sus temas, en el contexto de la historia de la cultura, para universitarios y para todos aquellos que quieran entrar en el mundo de la Biblia.

Este libro ofrece una especie de “mapa de lectura” o, mejor dicho, una “visita guiada” de la Biblia que nos vaya situando ante sus diversos temas y libros, para comprenderlos de un modo personal y organizado, pudiendo así convertirnos en guías y acompañantes de otros. El mismo “camino bíblico”  (por la tierra, la letra, la palabra y la vida de la Biblia) constituye una interpretación de  la Escritura de judíos y cristianos, en la base de la cultura occidental.

  J. Vázquez utiliza los nuevos métodos de los estudios científicos que hoy existen sobre el tema. Pero, al mismo tiempo, ha querido mantener la continuidad con la tradición de la cultura de fondo de occidente, siguiendo en la línea de los grandes métodos de estudio y conocimiento que se han ido desarrollando desde tiempos antiguos: las Historias Bíblicas (Sagradas), los libros sobre los Misterios de la vida de Jesús, las Biblias de los Pobres (con dibujos, para comprensión de aquellos que no sabían leer), los Mosaicos, Retablos y altares historiados de las iglesias etc.

Una perspectiva abarcadora

               La Biblia se puede estudiar desde diversas  vías, lo mismo que el acceso y subida a una montaña, que puede realizarse partiendo de varias vertientes. Ciertamente, en un primer momento, la Ruta de la Biblia resulta difícil para algunos menos acostumbrados al despliegue y compromiso de la Palabra de Dios, pero a lo largo del camino, con algo de entrenamiento ella resulta no sólo provechosa, sino también entretenida.

Así lo ha hecho J. Vázquez, con una sorprendente erudición (sabe de todo, dice siempre mucho, más allá de los clichés normales y simplistas). Su libro no es sólo una guía de la Biblia, sino una guía de la fuente de la cultura occidental. Todo lo que somos y sabemos, no sólo en occidente sino en el mundo entero, depende de la Biblia (y de la cultura griega, con el derecho romano). Quien no conozca la Biblia sigue siendo un analfabeto. Quizá sabe muchas cosas, pero no conoce su propia historia, su realidad personal y social, su cultura.

 Este guía está escrita para leerse y estudiarse   en grupos de estudio y trabajo, aunque también se puede seguir en forma de lectura individual, pero siempre con una buena Biblia en la mano. No es un libro que se cierra en sí, sino que se abre a la lectura de la Biblia y al conocimiento de la vida. Sus temas han sido pensados, divididos y organizados pedagógicamente para el estudio académico y personal de la Biblia, encuadrada para los creyentes dentro de la Revelación de Dios y para todos los hombres cultos en el conocimiento del sentido de su historia.

Éste es un libro trabajado y probado con los estudiantes universitarios del CESAGy de otros centros académicos. Pero puede utilizarse también en grupos de estudio de la Biblia, en un tiempo y momento en que muchos (al menos en España) parece que tendemos a olvidar nuestros orígenes.  En ese sentido, es un libro “necesario”, con ilustraciones y mapas, organizado de un modo pedagógico, con inmensa claridad.

 El desarrollo de este curso implica y exige un contacto permanente con la Biblia. Sería ideal que los lectores tuvieran acceso al texto original (en hebreo y griego). Pero dado que resulta difícil para los no especialistas (¡y los muy especialistas ya no necesitan ya un curso como éste!), es imprescindible que se utilice como complemente una buena traducción de la Biblia, a poder ser con introducciones y notas que ayuden a situar los textos y a entenderlos en su contexto.  Pero todo eso lo indica en su guía J. Vázquez, con enorme claridad y precisión. Felicidades Jaime, y gracias a la editorial Verbo Divino por este libro.

Apéndice personal. Los tres libros de la Biblia

Tengo el honor de haber sido y ser compañero, amigo y colega universitario de J. Vázquez, de forma que sus cosas y caminos son caminos y cosas de mi misma vida.  En esa línea,  a modo de recuerdo personal y de continuación de largas conversaciones, con ocasión de este libro suyo, que considero de algún modo como si fuera mío, quiero ofrecerle ofrecerle una pequeña reflexión sobre las «tres biblias»:

Tres biblias, tres tipos de palabra originaria.

1. Hay una Biblia de la naturaleza, es decir, del mundo, pues Dios habla por ella, como saben los que han dicho que hay dos “revelaciones”, una natural (por el mundo) y otra sobrenatural (en la historia de la salvación culminada en Cristo). Desde nuestra perspectiva, la revelación “natural” ha de entenderse también como “sobrenatural”, es decir, como expresión de la gracia universal de Dios, que actúa a través del mundo, de la naturaleza. En ese sentido, los cristianos seguimos siendo de alguna forma paganos: vemos a Dios y oímos su voz en el hermano sol, en la hermana luna, en la madre tierra y en la hermana muerte. El primer libro de Dios es el mundo/vida del que formamos parte. Por eso, una Biblia escrita posterior, que no nos ayude a reconocer el valor sagrado de la naturaleza y a dialogar con las religiones cósmicas no es cristiana.

             La Biblia no quiere destruir el valor de las religiones cósmicas (paganas), sino abrir con ellas un camino de humanidad, en una línea de respeto mayor hacia la naturaleza sagrada, como han puesto de relieve algunos movimientos ecológicos. En esa perspectiva debemos recuperar el carácter religioso del mundo y de la misma vida humana, el valor del varón y la mujer, en igualdad y complementariedad. Sólo un Jesús que recupere y potencia la Palabra cómica y vital de Dios podrá ser inspirador y fuente de una Biblia abierta a todos los seres humanos. De un modo convergente, debemos recuperar por Jesús el valor de todos los pueblos y culturas de la tierra (con su biblia cósmica y vital), superando el exclusivismo de algunos grupos judíos que se consideraban depositarios privilegiados (y a veces únicos) de la revelación de Dios, como si ellos solos fueran dueños de la Palabra de Dios.

             La Biblia de los seguidores de Jesús sólo será Palabra de Dios en la medida en que nos permita recuperar, por tanto, el valor sagrado de la naturaleza, la igualdad entre varones y mujeres y la apertura a todos los pueblos y culturas de la tierra. No será una Biblia para algunos, en contra de otros, sino Libro abierto a todos, desde el mundo (en fidelidad al cosmos), en una historia dirigida al encuentro universal. Sólo leída en esa línea puede entenderse de verdad.

2. Hay una Biblia de la interioridad, como ha sabido San Pablo cuando dice que la Escritura o Carta de Dios está escrita en nuestros propios corazones (cf. 2 Cor 3-4). Sin esa voz interior, sin esta Palabra de Dios que resuena en la intimidad de cada ser humano, no se puede hablar después de una Biblia de Jesús. La primera Palabra de Dios no es un libro exterior (que puede escribirse con tinta o grabarse en un soporte electrónico), sino aquella Voz que se graba de una forma viva en cada corazón de hombre o mujer que la escucha o responde.

             Según eso, el libro exterior está al servicio de ese “libro interno”, que es la verdadera Biblia de la Vida de Dios en cada uno de los hombres y mujeres. De esa Biblia interior (del Dios que inscribe su vida en aquellos que le acogen) han hablado no sólo las religiones orientales (budismo, hinduismo…), sino también los judíos y los musulmanes, que saben que existen un “libro celeste” que es la Voz del único Dios (como totalidad del ser y de la vida) que se expresa en muchas voces (pues habla y se deja grabar-acoger en cada uno de aquellos que le acogen).

             No tiene sentido hablar de un libro externo (de una Biblia multiplicada en miles y miles de letras hebreas o arameas, griega o árabes) si es que no hablamos antes de ese libro o Biblia interior, universal, que se expresa y se despliega en cada ser humano en la medida en que es capaz de escuchar la gran “Voz” y de dejarse llenar por la presencia sagrada. Al servicio de esa Biblia interior está la Toráh de los judíos, lo mismo que el Nuevo Testamento de los cristianos y el Corán de los musulmanes. Por eso, antes que hablar de disputa entre libros, debemos hablar de la unidad del Libro de Dios que se expresa en aquellos que le acogen en su interior, en una línea que vincula a todos los pueblos de oriente y occidente. Sólo leída así se entiende y aplica de verdad la Biblia cristiana.

3.  Hay, finalmente, una Biblia Histórica y escrita, fijada en un libro, que, estrictamente hablado, sólo se ha dado en las religiones proféticas, que han puesto de relieve la función de unos hombres especiales (Moisés, Jesús, Mahoma) por medio de los cuales Dios se ha manifestado o encarnado de un modo intenso, como dicen sus libros sagrados. Pero las religiones que admiten una “Biblia histórica” no pueden negar ni rechazar las biblias anteriores, sino que suponen su existencia, pues su Dios se manifiesta también por la naturaleza (como saben las religiones cósmica) y por la vida interior de cada ser humano (como saben las religiones de la interioridad). Pero, suponiendo eso, ellas añaden que ha existido una teofanía o manifestación histórica de Dios, que se ha expresado de un modo especial en unos librossagrados.

             Aceptando lo anterior, estas religiones proféticas añaden que Dios se ha manifestado de un modo especial, diciendo una Palabra intensa, a lo largo de un proceso histórico o en momentos especiales, a través de ciertos individuos privilegiados, que son los profetas, cuya memoria se conserva en unos libros sagrados. A veces se ha pensado que este “revelación especial” inutiliza (o condena) las revelaciones, como si fueran menores, imperfectas o perversas. Así, los magos y sacerdotes paganos, que conciben a Dios como poder del cosmos, serían impostores, puros idólatras a quienes se debe “convertir» por la fuerza o exterminar. Por su parte, los místicos de la interioridad, que buscan a Dios dentro de sí mismos, estarían al fin equivocados, pues Dios no habla en el interior de cada uno, sino que lo ha hecho sólo a través de un profeta especial (Moisés, Cristo Muhammad).

Pues bien, en contra de eso, los auténticos cristianos (y judíos y musulmanes) saben que sus profetas y sus “biblias” no van en contra de los libros de la naturaleza y de la interioridad, sino que nos ayudan a entenderlos, descubriendo y desarrollando mejor su sentido. Los profetas (autores de los libros sagrados de las religiones monoteístas) no son puros sacerdotes cósmicos, ni expertos en mística interior, sino hombres y mujeres que se atreven a escuchar y recoger la palabra de Dios en la historia, asumiendo así un camino y tarea de revelación que se expresa en la liberación de los oprimidos (judaísmo), de los pobres (Jesús) y de los marginados de su tiempo (Muhammad).

           Las religiones proféticas pueden afirmar en un nivel la existencia de una teofanía y biblia cósmica, diciendo que Dios se manifestara por los grandes fenómenos y procesos de la naturaleza. Ellas admiten también la Biblia interior del corazón, por la que Dios habla directamente a cada hombre. Pero eso no les basta. Ellas añaden que existe una teofanía histórica, que ha quedado fijada en unos librossagrados.

Esas religiones confiesan que Dios se ha manifestado diciendo su Palabra personal, a lo largo de la historia o en momentos especiales, a través de ciertos hombres privilegiados, que son los profetas, vinculados de un modo especial con sus libros sagrados. En esa línea anterior, podemos afirmar que para judíos, musulmanes y cristianos teofanía y profecía se acaban identificando y las dos se concretizan por fin en las Escrituras. «De muchas maneras puede revelarse y se ha revelado Dios en otro tiempo, pero básicamente lo ha hecho a través de los profetas…  de la Biblia (cf. Hebr 1,1).

Biblia judeo-cristiana, una Biblia de profetas:

El profeta es un hombre que sabe escuchar la palabra de Dios. No es un chamán (extático), ni un contemplativo interior (un místico), ni un sacrificador (sacerdote). Ordinariamente es un hombre de acción, alguien que se encuentra inmerso dentro de las tareas y trabajos de este mundo y que allí, en el centro de este mundo, descubre y discierne la el misterio de Dios. Siendo oyente de la palabra de Dios, el profeta es un hombre comprometido en la tarea social: ha descubierto la voluntad de Dios y la proclama: por eso denuncia los males de la sociedad, anuncia el juicio de Dios y quiere que los hombres respondan en gesto de conversión y fidelidad intensa.

En ese aspecto, el profeta bíblico  es un vigía, un testigo de la obra de Dios entre los hombres. Hay profetas en otras religiones, pero los auténticos creadores del monoteísmo abrahámico, los inspiradores de la Biblia (judía, cristiana, musulmana) surgieron en los siglos VIII al V a. C. En esa línea, en el credo cristiana, que en el sentido más profundo pueden admitir y admiten judíos y musulmanes, decimos que el Espíritu santo de Dios habló por los profetas, pudiendo añadir que su palabra ha quedado fijada en la Biblia (o en el Corán).

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“De la duda a la Fe”, 2 Pascua – C (Juan 20,19-31)

domingo, 28 de abril de 2019
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TomasApostol1El hombre moderno ha aprendido a dudar. Es propio del espíritu de nuestros tiempos cuestionarlo todo para progresar en conocimiento científico. En este clima la fe queda con frecuencia desacreditada. El ser humano va caminando por la vida lleno de incertidumbres y dudas.

Por eso, sintonizamos sin dificultad con la reacción de Tomás, cuando los otros discípulos le comunican que, estando él ausente, han tenido una experiencia sorprendente: «Hemos visto al Señor». Tomás podría ser un hombre de nuestros días. Su respuesta es clara: «Si no lo veo… no lo creo».

Su actitud es comprensible. Tomás no dice que sus compañeros están mintiendo o que están engañados. Solo afirma que su testimonio no le basta para adherirse a su fe. Él necesita vivir su propia experiencia. Y Jesús no se lo reprochará en ningún momento.

Tomás ha podido expresar sus dudas dentro del grupo de discípulos. Al parecer, no se han escandalizado. No lo han echado fuera del grupo. Tampoco ellos han creído a las mujeres cuando les han anunciado que han visto a Jesús resucitado. El episodio de Tomás deja entrever el largo camino que tuvieron que recorrer en el pequeño grupo de discípulos hasta llegar a la fe en Cristo resucitado.

Las comunidades cristianas deberían ser en nuestros días un espacio de diálogo donde pudiéramos compartir honestamente las dudas, los interrogantes y búsquedas de los creyentes de hoy. No todos vivimos en nuestro interior la misma experiencia. Para crecer en la fe necesitamos el estímulo y el diálogo con otros que comparten nuestra misma inquietud.

Pero nada puede remplazar a la experiencia de un contacto personal con Cristo en lo hondo de la propia conciencia. Según el relato evangélico, a los ocho días se presenta de nuevo Jesús. Le muestra sus heridas.

No son «pruebas» de la resurrección, sino «signos» de su amor y entrega hasta la muerte. Por eso, le invita a profundizar en sus dudas con confianza: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomas renuncia a verificar nada. Ya no siente necesidad de pruebas. Solo sabe que Jesús lo ama y le invita a confiar: «Señor mío y Dios mío».

Un día los cristianos descubriremos que muchas de nuestras dudas, vividas de manera sana, sin perder el contacto con Jesús y la comunidad, nos pueden rescatar de una fe superficial que se contenta con repetir fórmulas, y estimularnos a crecer en amor y en confianza en Jesús, ese Misterio de Dios que constituye el núcleo de nuestra fe.

José Antonio Pagola

 

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“A los ocho días, llegó Jesús”, Domingo 28 de abril de 2019. 2º Domingo de Pascua

domingo, 28 de abril de 2019
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27-pascuaC2 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 12-16: Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
Salmo responsorial: 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19: Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos.
Juan 20, 19-31: A los ocho días, llegó Jesús.

El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Eran tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Jamnia (norte de Jerusalén), donde radicó el único grupo oficial judío que sobrevivió a la destrucción del templo el año 70. Es en este momento cuando se fragua la bifurcación de caminos entre el judaísmo oficial y el judaísmo cristiano, o judíos que creían en el también judío Jesús. A posteriori, la teoría (la hermenéutica, la interpretación que tenemos que elaborar para tranquilizar nuestros corazones y nuestras mentes dándonos un sentido) ha dicho que es que Dios decidió abrir una nueva etapa histórica manifestando un misterio escondido desde siempre, y otras varias teologías. Los estudios históricos hoy están en capacidad de trazarnos ya, más o menos, las causas históricas e ideológicas que de hecho cristalizaron en la separación. Hoy, a la altura de estos tiempos en los que la historia y la arqueología nos permiten conocer casi con toda seguridad cómo fue de distinta aquella historia, no estamos obligados a historificar la teología; tenemos derecho a saber la verdad, y a reconocer la teología como teología, como creación hermenéutica, que aquellas generaciones de cristianos necesitaron para interpretar y recrear su historia, pero que nosotros, en una sociedad culta y científica –con otra epistemología– no necesitamos para interpretar-recrear la realidad, podemos aceptar la historia como fue, como hoy sí sabemos que fue.

Lo mismo nos pasa con respecto al «calendario» de la muerte de Jesús – Pascua – Pentecostés… Lucas se tomó la libertad de imaginar/crear un calendario, un cronograma, que podemos de decir que se sacó de la manga, o sea, de su creatividad y genialidad catequética. Tan bien hecha resultó, que fue la que se llevó el gato al agua, la que se impuso, no por a la fuerza, sino por lo bien hecha que estaba y lo catequéticamente práctica que resultaba. (Estamos en un caso semejante a lo de la bifurcación entre cristianismo y judaísmo: lo que teologizamos no es realmente lo que sucedió con respecto al judaísmo oficial de Jamnia, pero es lo que «se impuso» –tampoco por imposición, sino por practicidad teórica; como sabemos, esta separación incluso abismo entre la realidad histórica real y nuestra propia visión-interpretación histórica, es mucho más frecuente que lo que ordinariamente pensamos).

En efecto, veamos. Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y dice que les envía el Espíritu Santo. Para la comunidad de Juan (en la que, con la que escribe), la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. No hay que esperar 50 días para Pentecostés.

Y en esa Pascua-Pentecostés «toda la comunidad» de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados. Esto corresponde a la tradición que también Mateo ha conservado en su evangelio (Mt 18,18) y que luego la Iglesia, en su proceso de clericalización (reinterpretación clerical ésta sí, impuesta con poder de coerción) fue perdiendo, pero que sí recuperaron las Iglesias Evangélicas con la Reforma Luterana, que significó un esfuerzo sincero por reconciliarse con la historia real. Entonces, en el siglo XVI todavía no era tan posible como lo es hoy, por el avance de la ciencia; Ello querría decir que el avance del conocimiento de la humanidad, nos obliga a reconciliarnos con la realidad histórica, que cada vez conocemos mejor, y nos obliga a tomar conciencia del carácter construido de nuestras interpretaciones teológicas; tradicionalmente ha sido posible convivir con creencias y elaboraciones míticas, pero cada vez se nos hace más necesario relegar las creencias y las interpretaciones al cajón de las curiosidades históricas –con frecuencia muy ricas e instructivas– para quedarnos con una visión digna de esta humanidad que vive en una sociedad de conocimiento.

En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Hace tres años, nuestro comentarista, en este mismo comentario a este evangelio, escribió:

«Ojos que no ven corazón que no siente», dice el refrán. Cuentan que cuando Yury Gagarin, el astronauta ruso, regresó de aquel primer paseo a las estrellas, dijo: “He andado por el cielo y no he visto a Dios”. Pobre Yury tan parecido a Tomás, que podría llamarse su mellizo.

Hoy no nos atrevemos a tratar así a Yury Gagarin, ni al llamado «ateísmo científico» que en esa anécdota él simboliza. Los cristianos hemos estado dos o tres siglos enfrentados al materialismo científico, irreconciliablemente enfrentados a su ateísmo. La Iglesia empeñada en la existencia de un Dios concebido como un Señor, creador, todopoderoso, que lee nuestras conciencias, providente, que todo lo supervisa y lo autoriza o no, que habita en el cielo, que dice, piensa, decide, se ofende, se arrepiente, perdona… Y el ateísmo científico negando la existencia de tal «Señor», de rostro y características tan antropomórficas… La fe –decíamos entonces– consiste en «creer lo que no se ve», someter nuestro entendimiento y aceptar las fórmulas de la fe de la Iglesia aunque nos parezcan increíbles… Y se nos recordaba que tendríamos más mérito que Tomás el Apóstol, que sólo creyó cuando vio…

Se acabó aquel enfrentamiento inútil, aquel diálogo de sordos en el que las dos partes sólo tenían media verdad. Tenía razón el ateísmo científico en rechazar una imagen tan cosificada (dios como un ser, como un ente) y tan antropomórfica de Dios. Reivindicaba una verdad que los cristianos no acababan de entender. Había que dar la razón a Gagarin: efectivamente, por allí no pudo ver a Dios porque ese dios-ente celestial… no existe –y si efectivamente lo hubiera visto, habría que decirle que no era Dios eso que habría visto–. La fe no consiste en imaginar o en aceptar la existencia de un Señor por encima de las nubes ni en las alturas espaciales por donde Gagarin paseó; allí efectivamente no hay nada. Podemos seguir sintiendo la presencia del Misterio, a la vez que no creemos en duendes, en espíritus ni en divinidades antropomórficas. La fe es otra cosa. No es sumisión irracional del pensamiento, ni aceptación obligada de fórmulas o dogmas, o relatos míticos. El valor ejemplar de Tomás el Apóstol metiendo sus dedos en las llagas de Jesús, decididamente, no sirve en directo como metáfora para interpretar la fe en la coyuntura actual del mundo, por mucho que la forcemos. Es necesario dar un salto hacia delante, un salto cualitativo, por el que Dios deja de ser considerado un ente, ni un Señor, ni un habitante de las alturas del cielo… y la fe deja de ser sumisión del entendimiento, humillación de la persona, renuncia a la visión de la ciencia. Se acabó el tiempo del enfrentamiento con la razón y con la ciencia. Es preciso actualizar nuestras ideas, porque, con frecuencia, al hablar de la fe seguimos repitiendo los mismos tópicos sobrepasados del «creer lo que no se ve», de renunciar a la seguridad de lo que vemos, de ofrecer «el obsequio de nuestra razón», de humillarnos ante Dios… El ateísmo científico es un problema del siglo XIX, la ciencia actual abandonó esa posición hace bastante tiempo. Seguir utilizando para hablar de la fe aquellas metáforas combativas, no sólo no nos hace bien, sino que es dañino. Leer más…

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28.4.19 La Pascua de Tomás Jesús resucitado en las llagas de los crucificados

domingo, 28 de abril de 2019
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C1FBB3F1-DBF2-4B0E-B8C8-6EE9CDE64CC6-768x986Del blog de Xabier Pikaza:

Mete tu mano en mi costado (Jn 20, 19-31).

Siguiendo el tema de la postal anterior, podemos hablar de dos caminos de Pascua:

‒ Camino de ida, María Magdalena. Traté el día pasado de la pascua de María Magdalena (Jn 20, 12‒18), a quien Jesús había resucitado en amor, para decirle que llevara su mensaje y enseñara su camino a los discípulos  (Jn 20, 17).

Camino de vuelta, Tomás.  Pero Tomás no estaba en el grupo de los «evangelizados por Magdalena».   Él andaba por libre y creía en una resurrección espiritual, sólo del alma. Pero lo dijeron lo que había dicho Magdalena, que Jesús había resucitado “corporalmente”, con las llagas del dolor y las tareas de nueva redención en sus manos y costado, y volvió…

            Esta “historia pascual” de Tomás es una de las más significativas de la historia cristiana, y así la debo contar con cierta detención:

 1.INTRODCCIÓN: TOMÁS, UN INICIADO.

Los sinópticos le citan con el nombre de Tomas, sin ninguna especificación ulterior, en las listas de los evangelios (Mt 10, 3; Mc 3, 8; Lc 6, 15) y lo mismo hace Hech 1, 13. Por el contrario, Juan le presenta tres veces como «Tomás, llamado el mellizo» (cf. Jn 11, 16; 20, 24; 21, 2) y le concede un papel especial entre los personajes menores del evangelio.

073360C3-AA61-4C7C-B5CF-92CD0AF69556-768x594 Tomás aparece, en primer lugar, como el discípulo valiente, que anima al resto de los discípulos, a fin de que superen su miedo y suban con Jesús a Jerusalén, dispuestos a morir con él (Jn 11, 16). La última cena le presenta como uno de los «discípulos mistagogos», que plantean a Jesús las preguntas básicas sobre el sentido de su entrega y de su gloria (los otros son Felipe [Jn 13, 8], Judas [Jn 13, 22]). «Le dijo Tomás: Señor, no sabemos a dónde vas ¿Cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis visto» (Jn 13, 5-7).

 Este es el tipo de preguntas y respuesta características de los libros de revelación, que serán dominantes en los evangelios gnósticos posteriores. Eso significa que Tomás es para Jn un iniciado, algo que ha penetrado en el conocimiento del Mesías.

Tomás, el incrédulo creyente. Quizá para contrapesar esa imagen, el evangelio de Juan ha incluido un largo pasaje de  Tomás, que comentaré después, con sus dos partes: (a) Primero Tomás no cree en la resurrección corporal de Jesús. (b) Después cree, cuando Jesús le muestra sus llagas.

El en el fondo de ese texto puede haber un recuerdo histórico, vinculado a Tomás, «uno de los doce». Pero el pasaje puede ser también una parábola con dos finalidades específicas, propias del evangelio de Juan:

(a) El grupo de los Doce es importante como signo de fidelidad pascual, vinculada a la historia de Jesús (a sus llagas), pues Tomás, uno de los discípulos de Jesús, que no  estaba presente en ese grupo, tendía a entender la resurrección de Jesús como algo puramente interior, sin relación con la historia de sufrimiento de los hombres.

(b) La experiencia pascual es inseparable de la afirmación de la corporalidad de Jesús, es decir, de la identidad entre el crucificado y el resucitado…  La pascua de Jesús tiene que expresarse en ayuda a los heridos y crucificados de la historia de los hombres.

Tomás, un camino creyente.  El riesgo de Tomás y de otros como él consiste en interpretar la pascua como una idea o una experiencia puramente interior. En contra de eso, el Señor pascual de la iglesia es alguien a quien se puede palpar:, pues sigue siendo el mismo Jesús crucificado. No hay experiencia pascual sin tocar las llagas de Jesús,  sin un compromiso de ayuda a los heridos y oprimidos de la historia humana. . Pues bien, el evangelio de Jn ha querido insistir, por medio de Tomás, en la corporalidad.

La fe pascual viene a expresarse de esa forma como experiencia mística y corporal (física) de identificación con el sufrimiento y muerte del Mesías. Los mismos signos de muerte (clavos que han atado a Jesús de pies y manos al madero, lanza que ha cortado su costado) vienen a mostrarse ya como señal de resurrección. De esa forma ha combatido Jn la herejía de aquellos que afirmaban que Cristo no ha venido en carne, sino que es sólo un mero espíritu (cf. 1 Jn 4, 2-3).

2. CONVERSIÓN TOMAS (Jn 20, 19-29)

   Este evangelio consta de dos partes, una  sin Tomas, otra con Tomás

 1. Los discípulos sin Tomás (Jn 20, 19-23)

 A la tarde de aquel día primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por el medio a los judíos, vino Jesús y se colocó en medio de ellos diciendo: –¡La paz con vosotros! Y diciendo esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Y les dijo de nuevo: — ¡La paz con vosotros! Como me ha enviado el Padre os envío también yo. Y diciendo esto sopló y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; y a quienes se los retengáis les serán retenidos (20, 19-23).

A7F2D40D-F7C1-4AAE-AD70-A78BF1757033-768x480Ésta es una experiencia comunitaria: Éste es el Jesús presente en los hermanos que se unen en su nombre y les muestra en sentido de su resurrección:

 – La Pascua es ante todo paz. Jesús saluda a sus discípulos dos veces, con la misma palabra: paz a vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia, ofrece Cristo paz fundante, creadora. Sobre una comunidad encerrada por el miedo extiende el Cristo pascual la gracia de su vida hecha principio de misión universal. Jesús es paz para aquellos que le reciben y para todos. Eso es pascua. Leer más…

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“Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Domingo 2º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 28 de abril de 2019
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thomas-et-jesusDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el del próximo domingo (Juan 20,19-31).

             Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

            – Paz a vosotros.

            Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

            – Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 

            Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

            – Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

            Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

            – Hemos visto al Señor.

            Pero él les contestó:

            – Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

            A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

            – Paz a vosotros.

            Luego dijo a Tomás:

            – Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

            Contestó Tomás:

            – ¡ Señor Mío y Dios Mío!

            Jesús le dijo:

            – ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. 

            Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

  1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.
  2. El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.
  3. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».
  4. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
  5. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
  6. El don de Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este  momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

“Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”

            En este pasaje del evangelio se da un importante cambio en los destinatario. En la primera parte, Jesús se dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión y les da el Espíritu. En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

  Podríamos añadir: “Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Basta pensar en las desgracias que ocurren a menudo en nuestro mundo, en los grandes fallos de la Iglesia, en las luchas más o menos ocultas por el poder dentro de ella, en otros detalles contrarios al evangelio. Para muchos, estos motivos son suficientes para abandonar la Iglesia o incluso la fe. Conviene escuchar a Jesús, que nos dice: “Bienaventurados los que creen a pesar de lo que ven”.

Una primera lectura que hay que leer con atención (Hechos 5,12-16)

            El evangelio ha proclamado dichosos a quienes creen sin ver. La primera lectura habla de la dicha de ver milagros y beneficiarse de ellos. Comienza diciendo que “los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo”. Y termina subrayando el papel principal de Pedro; en opinión de la gente, incluso su sombra basta para curar a alguno. Por eso le traen enfermos hasta de los alrededores de Jerusalén.

            En una lectura rápida, parece que son estos milagros los que favorecen la expansión de la comunidad cristiana (“crecía el número de los que se adherían al Señor”). Sin embargo, lo que cuenta Lucas es más sutil.

            Además de los apóstoles, juega un papel capital la comunidad (“los fieles se reunían en común en el pórtico de Salomón”). Y es a ella a la que se adhieren los nuevos creyentes.

            Los milagros de los apóstoles y de Pedro continúan la labor de Jesús, que “pasó haciendo el bien”. Esos enfermos se benefician de ellos, pero no entran en la comunidad cristiana. Los que pasan a formar parte de ella son los que ven la forma de vida de la comunidad. En esta época de secularización, con la disminución creciente de los cristianos, es importante recordar que el numero de los creyentes depende en gran parte del ejemplo que demos a los demás.

           

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II Domingo de Pascua. 28 de Abril, 2019

domingo, 28 de abril de 2019
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“En la tarde de aquel día, el primero de la semana,
y estando los discípulos con las puertas cerradas por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo:
“¡La paz esté con vosotros!”

(Jn 20, 19-31)

Tal vez nos resulta una escena muy familiar la de los discípulos. Un domingo por la tarde, encerrados en casa, ellos por miedo a los judíos, nosotros por… pánico al lunes. Sí, una razón tan simple como real. Pereza, modorra, o como lo queramos llamar, por comenzar otra semana, comenzar nuestras obligaciones, trabajo, estudios, gimnasio, extraescolares de los niños, aguantar al jefe, a los compañeros, a los clientes, y así, un largo etcétera.

Aguantar a los demás. Reflexionemos un poco. Los demás. Todos, absolutamente todos formamos parte de ese “los demás” para alguien. Esto quiere decir que a ti y a mí también nos tienen que aguantar los demás; con nuestras risas y también con nuestras lágrimas; con todo lo bueno que les aportamos y también con nuestras puertas cerradas; con nuestros viernes pero también sacamos a relucir nuestras tardes de domingo… ¿nos damos cuenta de ello o solo vemos lo de “los demás”?

Y es entonces, sin duda, en nuestras lágrimas, en nuestras puertas cerradas, en nuestras tardes de domingo cuando se pone Jesús en el medio y nos dice: “¡La paz esté con vosotros!” Él llena con su presencia cualquier resquicio de temor, cualquier oscuridad.

Y ahora, otro interrogante, ¿para creernos esto nos bastan las palabras o dejamos que aparezca nuestro Tomás interior?

Oración

Jesús, tú eres nuestro Maestro, a quien seguimos.
Tú nos dices una y otra vez “dichosos los que creen sin haber visto”.
Ayúdanos a creer que estás en medio de nuestras noches dándonos paz,
en medio de nuestras tormentas, en medio de nuestras soledades.
Ayúdanos a creer que estás cuando no te vemos.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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A Jesús resucitado no se le puede ver

domingo, 28 de abril de 2019
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Lo que los textos del NT quieren expresar con la palabra resurrección es la clave de todo el mensaje cristiano. Pero es mucho más  profundo que la reanimación de un cadáver. Sin esa Vida que va más allá de la vida, nada de lo que dice el evangelio tendría sentido. Fue la manera más convincente de transmitir la vivencia pascual después de la experiencia de su pasión y muerte. Lo que quieren transmitir es la experiencia pascual de que seguía vivo, y además, les estaba comunicando a ellos esa misma vida. Éste es el mensaje de Pascua.

Como todos los años, leemos este mismo evangelio y lo explicamos el año pasado, vamos a referirnos hoy al aspecto general de la experiencia pascual. Los exégetas han rastreado los primeros escritos del NT y han llegado a la conclusión de que la cristología pascual no fue ni la primera ni la única forma de expresar la experiencia que, de Jesús vivo, tuvieron los discípulos después de su muerte. Hay por lo menos tres cristologías que se dieron entre los primeros cristianos, antes o al mismo tiempo de hablar de resurrec­ción.

En las primeras comunidades, se habló de Jesús como el juez escatoló­gico que vendría al fin de los tiempos a juzgar, a salvar definitiva­mente. Fijándose en la predicación por parte de Jesús de la inminente venida del Reino de Dios y apoyados en el AT, pasaron por alto otros aspectos de la figura de Jesús y se fijaron en él como el Mesías que viene a salvar definitivamente a su pueblo. Predicaron a Jesús, el Cristo (Ungido), como dador de salvación (Vida) última y definitiva sin hacer referencia explicita al hecho de la resurrección.

Otra cristología, que se percibe en los textos que han llegado a nosotros de algunas comunidades primitivas, es la de Jesús como taumaturgo. Manifestaba, con su poder de curar, que la fuerza de Dios estaba con él. Para ellos los milagros eran la clave que permitía la compren­sión de Jesús. Esta cristolo­gía es muy matizada ya en los mismos evangelios; seguramente, porque, en algún momento, tuvo excesiva influencia y se quería contrarrestar el carácter de magia que podría tener. En los evangelios se utiliza y se critica a la vez.

Una tercera cristología, que tampoco se expresa con el término resurrección, es la que considera a Jesús como la Sabiduría de Dios. Sería el Maestro que, conectando con la Sabiduría preexistente, nos enseña lo necesario para llegar a Dios. También tiene un trasfondo bíblico muy claro. En el AT se habla innumerables veces de la Sabiduría, incluso personalizada, que Dios hace llegar a los seres humanos para que encuentren su salvación.

Todas estas maneras de entender a Cristo fueron concentrándose en la cristología pascual, que encontró en la idea de resurrección el marco más adecuado para explicar la vivencia de los seguidores de Jesús después de su muerte. Sin embargo, la cristología pascual más primitiva tampoco hace referencia explícita a la resurrección. La experiencia pascual fue interpretada, en una primera instancia, como exaltación y glorificación del humillado, tomando como modelo una vez más el AT y aplicando a Jesús la idea del justo doliente.

La mayoría de los exégetas están de acuerdo en que ni las apariciones ni el sepulcro vacío fueron el origen de la primitiva fe. Los relatos de apariciones y del sepulcro vacío se habrían elaborado poco a poco como leyendas sagradas, muy útiles en el intento de comunicar, con imágenes muy vivas y que entraran por los ojos, la experiencia pascual. Esa vivencia fue fruto de un proceso interior en el que tuvieron mucho que ver las reuniones de los discípulos. Todos los relatos hacen referencia, implícita o explícita a la comunidad reunida.

En ninguna parte se narra el hecho de la resurrección porque no puede ser un fenómeno constatable empíricamente; cae fuera de nuestra historia, no puede ser objeto de nuestra percepción sensorial. Todos los intentos por demostrar la resurrección como un fenómeno verificable por los sentidos, estarán abocados al fracaso. Toda discusión científica sobre la resurrección es una estupidez. Cuando decimos que no es un hecho “histórico”, no queremos decir que no fue “Real”. El concepto de real, es más amplio que lo sensible o histórico.

En Jesús no pasó nada, pero en los discípulos se dio una enorme transformación que les hizo cambiar la manera de entender la figura de Jesús. Sería muy interesante averiguar como llegaron los discípulos a ese descubrimiento, sobre todo teniendo en cuenta que en los momentos de dificultad todos le abandonaron y huyeron. Ese proceso de “iluminación” de los primeros discípulos se ha perdido. No solo sería importante para conocer lo que pasó en ellos, sino porque ese mismo proceso tiene que realizarse en nosotros.

La resurrección quiere expresar la idea de que la muerte no fue el final. Su meta fue la Vida, no la muerte. La misma Vida de Dios, como dice el mismo Jn: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre”.  Vaciándose del «ego», queda en él lo que había de Dios. No cabe mayor glorificación. “Aquilatar” el oro es ir quitando las impurezas: 12, 18, 22… hasta llegar a 24 quilates que es oro puro; ya no se puede ir más allá. Este vaciamiento no supone la anulación de la “persona”, sino su potenciación. Desde la antropología judía se puede entender muy bien. El hombre es un todo monolítico, desde la carne al espíritu.

La base de la credibilidad está en las apariciones a los doce, con justificación de la misión. Todos los relatos responden a un esquema teológico y nos dan la clave de interpretación:

a) Una situación de la vida real. Jesús se hace presente en la vida real. La nueva manera de estar presente Jesús no tiene nada que ver con el templo o con los ritos religiosos. Ni siquiera están orando cuando se hace presente. El movimiento cristiano no empezó su andadura como una nueva religión, sino como una forma de vida. De hecho los romanos los persiguieron por ateos. En todos los relatos de apariciones se quiere decir a los primeros cristianos que en los quehaceres de cada día se tiene que hacer presente Cristo. Si no lo encontramos en las situaciones de la vida real, no lo encontraremos en ninguna parte.

b) Jesús sale al encuentro inesperadamente. Este aspecto es muy importante. Él es el que toma siempre la iniciativa. La presencia que experimentan no es una invención ni surge de un deseo o expectativa de los discípulos. A ninguno de ellos les había pasado por la cabeza que pudiera aparecer Jesús una vez que habían sido testigos de su fracaso y de su muerte. Quiere decir que el encuentro con él no es el fruto de sus añoranzas o aspiraciones. La experiencia se les impone desde fuera, desde una instancia superior.

c) Jesús les saluda. Es el rasgo que conecta lo que está sucediendo con el Jesús que vivió y comió con ellos. La presencia de Jesús se impone como figura cercana y amistosa, que manifiesta su interés por ellos y que trata de llevarles a su plenitud de vida.

d) Hay un reconocimiento, que se manifiesta en los relatos como problemático. No dan ese paso alegremente, sino con muchas vacilaciones y dudas. En el relato de hoy se pone de manifiesto esa incredulidad personalizada en una figura concreta, Tomás. No quiere decir que Tomás era más incrédulo que los demás, sino que se insiste en la reticencia de uno para que quede claro lo difícil que fue, para todos, aceptar la nueva realidad.

e) Reciben una misión. Esto es muy importante porque quiere dejar bien claro que el afán de proclamar el mensaje de Jesús, que era una práctica constante en la primera comunidad, no es ocurren­cia de los discípulos, sino encargo expreso del mismo Jesús, que ellos aceptan como la tarea más urgente que tienen que llevar a cabo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Señales de lo divino

domingo, 28 de abril de 2019
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Juan-20-19-31-1Conocer nuestro lugar en el universo es imprescindible para la felicidad humana. Existimos en relación con el tiempo y existimos en relación con el resto del universo (Spinoza)

Hch 5, 15-16

“Y hasta sacaban a los enfermos a las calles, poniéndolos en catres y camillas, para que cuando Pedro pasara, por lo menos su sombra cubriera a alguno de ellos. La multitud acudía también de las ciudades vecinas a Jerusalén, trayendo enfermos poseídos por espíritus o poseídos por espíritus impuros, y todos quedaban curados”.

28 de abril. Domingo II de Pascua

Jn 20, 19-36.

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio de ellos y les dice: Paz con vosotros (v 19).

El africano Cardenal Robert Sarah, Prefecto de la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, revela su creencia de que lo divino es una manifestación clara de Dios en toda la Naturaleza, viniéndonos a decir que, en lugar de buscar señales en el cielo, pidamos fe para y voluntad para verlas en todo el Universo. Con sabiduría y discernimiento, las descubriremos dentro y fuera del mismo, nosotros incluidos.

 

En una ocasión dijo: Nos han hablado mucho de ir a misa, de rezar, de pedir cosas y señales; pero poco a poco empezamos a sentir la grandeza divina en nuestra vida, de una forma mágica, milagrosa y perfecta; y poco a poco empezamos a entender dichas señales”.

Señales y más señales las hay todo el tiempo y en todos los lugares. La refracción de los rayos del sol en gotas de agua de lluvia puede ser vista por todos. Cuanto más presente estemos con la belleza del mundo que nos rodea, y cuanto más conectados estemos a la Naturaleza, más notaremos y reconoceremos la acción de los arcoíris. Los arcoíris, como los chakras, se vuelven más vívidos y vivos a medida que abrimos nuestro corazón a lo divino.

El evangelista Mateo lo expresó de esta manera en el capítulo 22 de su Evangelio: “Después del primero y más importante de los mandamientos, viene otro semejante a éste: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Particularmente con un amor hecho obras.

Ahora bien, con respecto de esta señal del cumplimiento del mandamiento del amor a través de las obras de misericordia y del ejercicio de la caridad, conviene precisar que, aún siendo una señal muy importante, no se puede tomar ésta como la única señal de salvación.

El místico y filósofo judío Baruc de Spinoza lo expresó de esta manera: “Conocer nuestro lugar en el universo es imprescindible para la felicidad humana. Existimos en relación con el tiempo y existimos en relación con el resto del universo”.

En uno de sus Poemas, Antonio Machado canta la felicidad de que nos habla Spinoza, expresada en los robles, el musgo, las cigüeñas, la primavera, la fuente y el arcoíris. Y todo esto sí que ciertamente es una Pascua.

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Mirada: el arco de la vida traza
el iris sobre el campo que verdea.

Buscad vuestros amores, doncellitas,
donde brota la fuente de la piedra.

En donde el agua ríe y sueña y pasa,
allí el romance del amor se cuenta.

¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,
atónitos, el sol de primavera,
ojos que vienen a la luz cerrados,
y que al partirse de la vida ciegan?

¿No beberán un día en vuestros senos
los que mañana labrarán la tierra?

¡Oh, celebrad este domingo claro,
madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!

Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.
Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas,
y escriben en las torres sus blancos garabatos.

Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.

Entre los robles muerden
los negros toros la menuda hierba,
y el pastor que apacienta los merinos
su pardo sayo en la montaña deja.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Humanidad creyente

domingo, 28 de abril de 2019
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37ccc91824d528e3fab643f8cf002759Según el evangelio de Juan, la posibilidad de la fe en la resurrección es diferente según sea el personaje del evangelio al que se refiere. Entre quienes hacen la experiencia de ver al resucitado, encontramos en primer lugar a María Magdalena. El relato joánico nos sorprendente al mostrar la indiferencia de María ante los signos de la resurrección: ella no cree inmediatamente al ver los signos de la tumba vacía y los lienzos (como sí lo hace el discípulo amado); no cree al ver a dos ángeles y hablar con ellos; ni siquiera se le abren los ojos mientras ve y habla con Jesús en persona. Ella necesitará reconocerse a sí misma, escuchar su propio nombre en relación con él para reconocerlo y reconocerse mutuamente. Para ella la experiencia de resurrección es vincular y refleja la identidad compartida.

Los discípulos, por su parte, creen al ver y oír a Jesús en medio de ellos cuando estaban reunidos. Pero uno de ellos no estaba presente. Y justamente, es quien tiene más dificultades, según el relato de este domingo: Tomás. Posiblemente Tomás no hubiera dicho lo mismo si hubiera estado presente el “primer día de la semana en casa”. Él tiene muy presente en su mente los hechos pasados: la crucifixión está demasiado cerca y actual. Él ha estado lejos de su maestro y necesita recuperar la cercanía: tocar con sus propios dedos el lugar de los clavos y meter la mano en su costado. Posiblemente está todavía viviendo en el tiempo de la cruz, arrepentido de la distancia y pretendiendo remediarla cuando ya no es el momento. No puede aceptar el relato de su grupo y no puede asumir que el tiempo ha pasado y que, ahora, en el presente, hay algo nuevo. Pero tampoco pretende alejarse de su gente, aunque no crea en lo que dicen.

Jesús da a cada uno según su propia inquietud y así, de la misma manera que ofrece a María una renovada identidad y misión al llamarla por su nombre, a Tomás le ofrece palpar los signos de la muerte ahora transformados para que pueda desplegar su fe. Le permite revivir los signos del pasado para confirmar con sus propias manos que en el presente la realidad está transfigurada.

De esta manera, los compañeros de Jesús pasan del umbral de la incomprensión y de la increencia en la resurrección a la fe en la vida, que no se acaba en quienes creen. Porque aceptar la resurrección de Jesús es, además, reconocer que nuestra vida de fe encontrará un nuevo comienzo tras la muerte. Jesús es como nuestro hermano mayor que nos enseña el camino.

En el evangelio de Juan, la fe ocupa el lugar central hasta el punto de que la vida misma está vinculada a la fe y es exclusiva de quienes creen. Para el cuarto evangelista, fe y vida van de la mano y la fe es requisito necesario para vivir. El relato acaba diciendo que todo esto se ha contado “para que (todos, incluyendo los lectores), creyendo tengáis vida”. De esta manera nos introduce a todos y cada uno en la apertura a la resurrección como posibilidad de una vida feliz.

La resurrección no es fácil de aceptar y mucho menos de asimilar. Pero adentrarse en ella es la posibilidad de convertirse en creyente. Y la misión es fruto del acercamiento a una nueva conciencia de resurrección, de una vida con sentido que la vuelve eterna.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Dichosos los que confían, porque pueden ver

domingo, 28 de abril de 2019
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Juan-20-19-31-2-1-1-e1522991808297II Domingo de Pascua

28 abril 2019

Jn 20, 19-31

A juzgar por los elementos que contiene, nos hallamos ante una catequesis “completa” sobre la resurrección. Una catequesis que tiene como destinatarios –el evangelio de Juan se escribe en torno al año 100– a los discípulos de la “segunda generación”.

¿Por qué a no pocos cristianos les cuesta aceptar que se trata de una catequesis? Los motivos pueden ser varios: por un lado, venimos de una tradición que ha entendido estos relatos en una tal literalidad, que resulta difícil abandonarla; por otro, nuestra imaginación –con ayuda también de pintores y predicadores– “creó” la escena, y eso nos hace pensar que lo imaginado tiene que ser real; por otro todavía, nuestra mente exige una prueba “tangible” –como el apóstol Tomás en este relato–, sin percibir que se trata de un ámbito al que la mente nunca puede tener acceso.

Por todo ello puede resultar difícil reconocer que este relato sea una escenificación catequética, a través de la cual, el autor del evangelio quiera comunicarnos la experiencia de los primeros testigos, el mensaje que encierra la resurrección y la invitación a “creer sin ver”. De no ser así, ¿cómo se explicaría que un hecho tan contundente no haya sido narrado por los otros evangelistas?

En esta catequesis, se hace referencia a algunos datos significativos. Las dos apariciones ocurren “el primer día de la semana”, y simplemente con ello se le están diciendo al lector dos cosas: que la resurrección es una “nueva creación”, y que las apariciones “ocurren” en el domingo, en la celebración comunitaria de la eucaristía o “fracción del pan”. Con lo cual, se le está invitando a descubrir al Resucitado en la eucaristía compartida. De hecho, Tomás no “ve al Señor” por estar ausente, fuera de la comunidad.

Todo apunta a que la escena de Tomás es un añadido tardío, que tenía como objeto señalar la igualdad básica de la fe de la comunidad actual con aquella de los primeros discípulos. El centro de la narración se encuentra justamente en la bienaventuranza con que concluye: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

¿Por qué entonces la insistencia en los agujeros de los clavos en las manos y de la lanza en el costado? Sin duda, es el modo portentoso de señalar que los humanos tendemos a exigir pruebas físicas para creer en el resucitado. De hecho, en ningún momento se dice que Tomás accediera a tocar las heridas.

En realidad, se trata de una invitación a la fe, que se expresa en la confesión final: “¡Señor mío y Dios mío!”. Por eso, los destinatarios del relato son precisamente “los que crean sin haber visto”, a quienes se les llama “dichosos”.

“Dichosos los que creen sin haber visto”. En el cuarto evangelio, el tema de “creer” –que aparece unido a “nacer de nuevo”– presenta una especial relevancia y remite a algo paradójico: no se trata de “ver” para poder “creer”, sino justo al revés: solo cuando se “cree”, se “ve”.

Aunque de entrada pueda sonar extraña, en realidad esa paradoja responde ajustadamente a lo que es la condición humana. Si sabemos que “creer” significa “confiar”, caeremos en la cuenta de que el niño, antes de “saber”, confía… Y sobre esa confianza se empieza a construir su personalidad.

¿Qué significa, pues, “creer” o “confiar”? Aquí está la clave de toda esta cuestión. Se trata de acceder a un estadio de consciencia donde la confianza resplandece, porque descubres que, en ese nivel, todo está bien. Acalla la mente y su vagabundeo errático, silencia el ego y su cúmulo de deseos, y emergerá la Quietud, el estado de Presencia, caracterizado por la Confianza y la Certeza: es justo ahí cuando empiezas a “ver” o a comprender.

Esa es precisamente la bienaventuranza: se proclama felices o dichosos a quienes, trascendiendo la mente y el yo, experimentan la confianza radical, en ese estado que permite “ver”.

De este modo, parece que el autor del evangelio buscaba motivar a los cristianos de la segunda generación para que acogieran la fe en la resurrección y, de ese modo, llegaran a la profesión de fe cristiana: “Señor mío y Dios mío”. Porque es ahí –viene a decir– donde se juega la fe, no en el hecho de haber tocado o no las llagas del resucitado.

Lo que se percibe y vive en ese nivel –trascendida la mente y el yo– es Paz y Perdón. Ahí se ha dejado el reino del ego y se es introducido en el reino del Espíritu. No es extraño que sean precisamente esas las palabras del resucitado.

¿Me abro a ver más allá de la mente, en el Silencio consciente?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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La Comunidad de Jesús vive en paz, alegría y buen espíritu

domingo, 28 de abril de 2019
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tomas-1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. La resurrección impregna la vida de paz, alegría y espíritu

         La comunidad eclesial se encontraba al anochecer, encerrados en sí mismos y con miedo. Pocas huellas y poco testimonio de resurrección daba aquella comunidad: de discípulos El texto dice: discípulos, creyentes. No dice los Doce ni apóstoles. Por eso estaban -vivían-encerrados, con las puertas cerradas y con miedo, enquistados, tristes, sin paz.

  1. ¿Y en la Iglesia actual? ¿en nuestra diócesis?

         Los relatos evangélicos son siempre los mismos. Pero las situaciones tanto personales como sociales y eclesiales cambian.

         Una iglesia, una comunidad sin audacia, sin espíritu ni vitalidad, sin serenidad (paz) y sin alegría, dista mucho de ser la iglesia de Jesús y vive en oscuridad (al anochecer) miedo y con miedo.

Muchos de nosotros tenemos la experiencia de estar viviendo años férreos en nuestra Iglesia local, encerrados, paralizados y anquilosados por el miedo a todo: al marxismo, al laicismo, a la secularización, a los logros científicos (ciencias), a la libertad, miedo a la creatividad, pavor al concilio Vaticano II, etc.

Debido a esta situación vivimos bajo el miedo y la censura; vivimos en un tono eclesiástico oscurantista?

El día 18 de este mes de abril (2019) Rafael Aguirre publicaba un artículo en el DV en el que detectaba que: estamos asistiendo al desembarco político de una sedicente cultura católica extremista y conservadora.

         Pero la gran tradición cristiana no coincide -ni mucho menos- con muchas de las palabras, costumbres y modos eclesiásticos, que se nos presentan como pertenecientes al núcleo central de la fe, cuando ni lo fueron, ni lo son?

  1. paz, alegría aliento vital (espíritu)

         JesuCristo confiere a los suyos, a su comunidad: paz, alegría y aliento vital: Espíritu bueno, ganas de vivir.

         La comunidad de Jesús se caracteriza por vivir en paz, alegría y Espíritu.

         ¿En nuestra diócesis se vive en paz, con alegría e ilusión? ¿No estamos más bien en una división eclesial, enfrentamientos y en una honda tristeza?

  1. se intuye en la Iglesia una vuelta al origen en las intuiciones de Francisco

         Gracias a Dios que el estilo y tono cristiano y eclesial de Francisco es más evangélico del que pulula en algunas diócesis y obispos. El paradigma ha cambiado. Lo principal ya no es el miedo y la represión, la doctrina a ultranza y contra quien sea. Francisco no carga machacona y agresivamente contra el pueblo el laicismo, el secularismo, contra el ateísmo, contra los homosexuales, etc.

         Si el poder eclesiástico y religioso te hace daño, si una moral legalista te ha hecho daño: el Señor te alivia, confiere paz, alegría. El ¡Señor mío y Dios mío! Es JesuCristo y nadie más ni en el ámbito social-político (campaña electoral, ni ninguna jerarquía eclesiástica sustituye a JesuCristo).

         Nos hará bien recordar lo que Teilhard de Chardin escribía en su oración:

En el fondo de tu alma coloca, antes que nada,

como fuente de energía y criterio de verdad

todo aquello que te llene de la paz de Dios.

Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso.

Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida

y de la promesa de Dios.

Por eso, cuando te sientas apesadumbrado y triste,

Adora y confía.

  1. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados

         El perdón es necesario en la vida y en la Iglesia. Jesús nos invita a todos a perdonar. No es una potestad que Jesús da a los apóstoles, a los Doce, sino a los discípulos, a los creyentes, a la comunidad de los que seguían a Jesús. Por otra parte, Jesús no pone condiciones para el perdón. En todo caso no se menciona para nada la confesión del penitente, (JM Castillo).

  1. Tomás no estaba en el grupo.

         Las grandes cuestiones de la vida son comunitarias: la familia, el pueblo, la cultura, el idioma, la fe, los valores son cuestiones comunitarias.

Tomás no estaba en el grupo. Por eso no llega a la fe.

Es muy difícil vivir fuera del grupo, de la familia, del pueblo, de la propia cultura, de la comunidad cristiana.

Tomás vuelve al grupo que “ha visto al Señor”, es decir un grupo que vive en paz, en alegría e ilusión. Si Tomás vuelve al grupo es porque en ese grupo se puede vivir y convivir en la paz y alegría del Señor. Nadie vuelve a Egipto o a Auswitch.

         ¿Por qué se ha marchado tanta gente de la iglesia?

         ¿Por qué, como Tomás, se ha marchado tanta gente del grupo, de la Iglesia? Es un simplismo fanático decir a lo tonto que la gente se ha ido del Evangelio porque es atea, increyente, infiel o pecadora, consumista, laicista, etc.

         ¿Y si la iglesia fuese un remanso de paz, de sosiego, de convivencia, de contento, de vida o un hospital donde se curan heridas (Francisco)? ¿Quién no quiere vivir en paz y alegría?

         Vivamos libremente en la comunidad eclesial, con buen tono y mejor espíritu y en una Iglesia libre y liberadora podemos reconocer a Cristo como:

¡Señor mío y Dios mío!

del Credo de Pablo VI

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Murió Jesús, ha resucitado Magdalena

sábado, 27 de abril de 2019
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Del blog de Xabier Pikaza:

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Ella es la pascua Murió Jesús, ha resucitado Magdalena

Pascua de María, la Iglesia de Jesús

Murió precisamente para que ella y otros muchos como ella pudiéramos resucitar, pues como dice Jn 12,24: «Si el grano de trigo no muere…». Jesús era el grano de trigo, ella es el primer fruto. Por eso, más que la resurrección de Jesús, la pascua es la resurrección de María Magdalena y de millones de creyentes hasta el día de hoy.
Conforme a la primera creación (Gen 2),  propia de la tierra, de la humanidad antigua (ADAM), nació ella, la mujer, la vida ya concreta (Eva), como primera persona de la historia. En esta nueva creación pascual, que es la definitiva (como dice Pablo en 1 Cor 15, 20-21.42-49), en el huerto donde han echado/enterrado a Jesús (como trigo inútil) nace/resucita Magdalena, primera creyente cristiana, como sigue diciendo Jn 20, 11-18, evangelio que vamos hoy a comentar.

1148183554_850215_0000000000_sumario_normalMás que la resurrección de Jesús, este evangelio cuenta la de María Magdalena,  pues más que en sí mismo, Jesús resucita en los otros, en aquellos por quienes ha vivido, en aquellos por los que ha muerte.  Así lo ha comprendido Magdalena, que es una persona individual, siendo, al mismo tiempo, signo de todas las mujeres que han seguido a Jesús, de todos los resucitado, varones y mujeres.

Ella sigue siendo para la Iglesia, con el Discípulo Amado (con quien puede identificarse) y con la Madre de Jesús (con la que a veces parece confundirse), el signo más hondo de la humanidad pascual, esto es, de la Iglesia de los resucitados

Así la presentó el Papa francisco, al llamar apostola apostolorum (22.8.217),apóstol de los apóstoles, de manera que la iglesia,siendo apostólica (de los apóstoles) es magdalenita, es decir, de Magdalena. Así la recuerdo, esta semana de Pascua, como experiencia y esperanza de amor sobre la muerte.

Introducción

6127098bef5bacdfc42c62a4752798c9Empecemos leyendo todo el texto (Jn 20, 11-18) con cuidado, destacando cada uno de sus rasgos. Quizá podamos distinguir ya desde ahora dos aspectos en María:

(a) Ella es la humanidad fracasada por amor, al final de todos los caminos, perdida en un jardín sin más flor que la muerte, llorando por la ausencia de su amado. Destacando algunos de esos rasgos, las visiones posteriores de los gnósticos dirán que la humanidad en una pobre figura de mujer prostituida, caída sobre el suelo.

(b) Pero ella es al mismo tiempo la mujer del nuevo amor. No es simplemente una mujer caída, seducida, condenada al cautiverio, sino que representa a todas las mujeres y varones que buscan redención de amor sobre la tierra, apareciendo así como principio de nueva humanidad. Todos somos en esa perspectiva María Magdalena. Ella es nuestra voz y figura de Pascua.

Siendo una mujer derrotada e impotente, sobre el huerto de una vida que se vuelve sepultura, María es, al mismo tiempo, una mujer que que tiene y busca amor: signo de la humanidad que, ansiando al Cristo, quiere alcanzar la redención. No ha escapado como el resto de los discípulos varones, sino que permanece ante la cruz, con otras mujeres (cf. Mc 14, 27; 15, 40. 47). Ella permanece.

Su amor a Jesús es mayor que la muerte y por eso queda, llorando y deseando más amor ante un sepulcro vacío.Interpretada así, la pascua será una respuesta de Dios a la búsqueda de amor de las mujers y los hombres. María es signo de una humanidad que busca amor, que quiere culminar su desposorio, es decir, su alianza y camino de diálogo afectivo con el mismo Dios del cielo, en una tierra convertida en jardín de muerte.

¿Qué hace? Busca apasionadamente a su amigo muerto. Ésta es la paradoja. Conforme a tradiciones espirituales que elaboran más tarde los gnósticos, ella (la mujer caída) debería encontrarse anhelando solo una fuente espiritual de sabiduría, para recibir así la gran revelación de Dios. Sólo entonces podrían celebrarse las bodas finales del varón celeste (Palabra superior) y la mujer caída (humanidad que sufre condenada sobre el mundo). Pues bien, en contra de eso, ella busca sabiduría de amor, pero un amor concreto, inseparable del cadáver (de la historia) de su amigo muerto.

Principio del texto

institute_imgÉsta es la paradoja: la Sabiduría y salvación de Dios parecen haberse escondido en un cadáver. Sobre el jardín del viejo mundo han enterrado a Jesús. María le busca apasionadamente, pues el amor verdadero resulta ineparable del cadáver, de la historia, del amogo muerto. Bien pensada, su acción puede llamarse una locura:

María estaba fuera del sepulcro, llorando.
Mientras lloraba, se inclinó para mirar el monumento
y vio a dos ángeles, vestidos de blanco,
uno junto a la cabeza y otro junto a los pies,
en el lugar donde había yacido el cuerpo de Jesús.
Ellos le dijeron: Mujer ¿por qué lloras?.
Ella les dijo: han llevado a mi señor y no sé dónde le han puesto.
Mientras decía esto se volvió hacia atrás
y vio a Jesús de pie, y no supo que era Jesús.
Le dijo Jesús: Mujer ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?.
Ella, pensando que era el hortelano, le dijo:
Señor, si te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré (Jn 20, 10-15).

Éste es el principio de una conversación prodigiosa donde influyen y culminan todos los motivos de la historia humana. Esta mujer no necesita una teoría de iluminación interior: quiere un cadáver, busca el cuerpo de su amigo asesinado. De esa forma rompe los esquemas de la gnosis espiritualizante. No quiere un mundo edificado sobre cadáveres que se ocultan. No se responde con teorías al misterio del amigo muerto.

Sobre el jardín de este mundo, que en el principio pudo haberse presentado como paraíso (cf. Gén 2), parece que sólo puede florecer el árbol de la muerte. El nuevo Adán hortelano sería en el fondo un custodio de cadáveres, un sepulturero. Ella, María, parece aceptar ese destino, pero quiere el cadáver de su amigo muerte. No quiere que lo manipulen, no quiere que lo escondan. Algunos han dicho que se encuentra loca, pero lo está en la forma de los grandes amantes de la historia: como Juana, reina de Castilla, que seguía llorando por los campos, y siguiendo en luto el cortejo del marido muerto; como tantos varones y mujeres que recuerdan a su amado y quedan fijados para siempre en actitud de llanto. Necesita el cadáver: no quiere que lo oculten, que lo tapen, para que todo siga como estaba.

Un mundo que oculta sus cadáveres

Estamos en un mundo que quiere ocultar sus cadáveres… Enterrarlos, apartarlos, negarlos: que nadie se acuerde de ellos, que nadie sepa que nosotros (los ricos, los favorecidos) vivimos sobre los cadáveres de miles y millones de “crucificados”,muertos y enterrados (sin que nadie recuerde su cadáver).

Necesitamos ocultar los cadáveres, echar sobre ellos más tierra, una piedra más grande, para así “lavar” nuestra manos y quedar tranquilos. Pues bien, en contra de eso, Magdalena necesita llorar por el amigo muerto,mantener el recuerdo de su cadáver. Éste es un amor que dura, un amor que mantiene el recuerdo, que no quiere olvidar a los amigos muertos.Humanamente hablando, el gesto de Magdalena parece una locura: no está permitido tomar un cadáver del sepulcro y llevarlo a la casa o ponerlo en la plaza, para que todos vean al que han matado; no es posible mantener de esa manera el recuerdo de un muerto… La historia de los vencedores avanza sobre el olvido de los asesinados (a los que se puede elevar un hermoso sepulcro para olvidarlos mejor).

No se puede detener la muerte, pero mucho han querido hacerlo, de diversas maneras, pero siempre para olvidar mejor, para convertir a los muertos en un recordatorio de nuestro propio poder. En esa línea, los faraones de Egipto y otros grandes magnates de la historia desearon guardar su cadáver o el cadáver de sus familiares, en inmensas pirámides, para así mostrarse superiores e imponerse al resto de los hombres. Sobre la tumba de los grandes héroes muertos se edifican los imperios…

Pero esta mujer no quiere construir una pirámide, no intenta mantener el control sobre los otros por medio de la muerte. Ella pretende algo más simple y más profundo: conservar el amor hacia su amigo muerto, mantener la memoria de su vida. Por eso necesita su cadáver, para llorar por él, para sentir el poder de la muerte y para continuar después su vida (la forma de vida del muerto). No quiere imponerse sobre nadie; le basta con amar, pero necesita el signo de su amado muerto, su cadáver.

Podemos decir que está loca María, pero loca de amor,loca a favor de la vida. Sólo allí donde alguien ama a Jesús se hace posible la experiencia de la pascua. Ciertamente, Jesús estaba vivo y verdadero al interior de esta mujer. Pero la verdad que ella tiene y desea guardar (un cadáver) va a revelarse como fuente y principio de revelación mucho más honda. Ella tendrá a Jesús de otra manera.

Diálogo de amor, resurrección

Ya se han encontrado de algún modo; el jardinero ha preguntado, ella le ha dicho su amor, en el jardín de la muerte, al lado de la tumba vacía. Pero el encuentro verdadero empieza cuando el jardinero, Señor del nuevo huerto de la Vida, toma la palabra y llama a la mujer, diciéndole su nombre:

– Jesús dijo: ¡María!
– Ella se volvió y dijo en hebreo
¡Rabboni! (¡mi maestro!)
– Jesús le dijo: No me toques más,
que todavía no he subido al Padre.
Vete a mis hermanos y diles:
subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.
– María Magdalena vino y anunció a los discípulos:
¡ He visto al Señor y me ha dicho estas cosas! (Jn 20, 16-20).

María buscaba el amigo en la muerte, es decir, al final de un camino que había empezado en el jardín del paraíso: no quedaba árbol de vida, sólo había un tronco seco de muerte. Buscaba allí el amor de un muerto, pero Jesús le ha respondido ofreciéndole la vida y el amor de Aquel que está vivo, llamándole por su nombre: María. De esta forma, en gesto de conversación personal, ha culminado la experiencia de la pascua.

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‘El Evangelio marginado’: El seguimiento de Jesús, alma y sustancia de la vida cristiana

viernes, 26 de abril de 2019
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Descubrir-Jesucristo_2027807284_12100859_667x375El teólogo Benjamín Forcano analiza la última obra de José María Castillo

«Nuestro seguimiento de Jesús no es posible sin romper con las mil ataduras al sistema que nos rodea y configura nuestra vida»

«Pablo pensó y organizó la Iglesia sin el Evangelio, es decir, sin destacar el ámbito humano de Jesús»

«Personas como Jesús, libres de miedo y ataduras, ponían en peligro el sistema establecido. Su estilo de vida era desestabilizador»

Comienzo por destacar la novedad que este libro de José Mª Castillo representa. Todos sabemos que, a lo largo de la historia, la llamada Iglesia de Jesús, ha sufrido distanciamientos, contradicciones, abusos e incluso desviaciones con respecto al programa primordial del Evangelio. Todo lo cual no niega que, en medio de ella, y de forma coherente, se hayan dado siempre seguidores de ese Evangelio.

Pero el tema abordado por el autor de ‘El Evangelio marginado’ no es ese ni tiene reparo en decirlo: ”Afirmo que la Iglesia vive en una contradicción que es la peor de todas en las que puede vivir. Porque se trata de la contradición entre la Iglesia y el Evangelio” (Pg. 11).

No alude, pues, a comportamientos individuales que en un momento o en otro, en una medida o en otra, se muestran contradictorios con el Evangelio. La contradicción se refiere a factores y estructuras que, en el desarrollo de la Iglesia, se han ido insertando como si manaran del Evangelio y le fueran naturales.

Tales contradicciones el autor las muestra en los campos siguientes:

1. Contradicción entre la teoría y la práctica

Entre el pensar y el obrar, lo que se dice y lo que se hace. La Iglesia ha montado toda una serie de enseñazas teólogicas, preceptos, ritos, y modos de vivir que anulan lo enseñado por el Evangelio: “Planteamientos y cuestiones centrales en contradicción con el Evangelio, cuestiones que los “hombres de Iglesia” despachan marginando el Evangelio desde el principio del cristianismo, con la aceptación o la tolerancia y complicidad de todos… La Iglesia, en su conjunto, sabe que  en determinadas cuestiones importantes vive lejos de la ejemplaridad de Jesús y, a veces, incluso en los antípodas del Evangelio” Pgs.13-14).

La contradicción no se puede eludir, puesto que “los evangelios ocupan el lugar preeminente al ser “el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo enacarnado, nuestro Salvador (DV, 18) . De modo que, “Lo que nos narran los evangelios tendría que ser lo primero y lo principal en la vida de la iglesia, en su organización, en su estructura,  en la gestión de su gobierno y en todo a lo que la gente le entra por los sentidos “ ( Idem, p. 15).

2. Perpetuación de lo que le ocurrió a Jesús en vida

La paradoja, que estalla en este punto, está en que Jesús, profundamente religioso, entra en conflicto con la religión de su pueblo y con quienes se habían otorgado el dereccho de custodiarla e interpretarla: los sacerdotes.

Una religión que tenía su centro en el Templo, espacio sagrado por excelencia y en el que los profesionales de la religión realizaban sus rituales y sacrificios de siempre.

¿Qué paso para que entre  los sacerdotes y Jesús surgiera un terrible enfrentamiento, vieran en él una amenaza, lo espiaran, lo consultaran taimadamente, lo calumniaran y decidieran finalmente condenarlo a muerte?

El evangelio nos cuenta paso a paso este enfrentamiento. Se hace cada vez más agudo hasta hacerse incompatible: “Los más religiosos y observantes del judaismo del siglo primero no soportaron a Jesús, lo consideraron como un  peligro de muerte para ellos mismos” (Pg. 16).

A propósito de esto, el autor lanza esta pregunta: si la religión oficial de su tiempo era un modo de vivir incompatible con la vida y enseñanZa de Jesús, ¿se puede afirmar que este hecho se ha perpetuado, en buena medida, en la Iglesia con el consiguiente escándalo de grandes sectores de la población que no quieren saber nada ni de la iglesia, ni de la religión y los “hombres de iglesia” sigan pensando que no tienen culpa alguna?

“Ha ocurrido y sigue ocurriendo que en la Iglesia se marginan, se deforman o se quita importancia a temas, relatos, propuestas y exigencias, de Jesús “que no interesan” o –lo que es más preseocupante – “que estorban a las conveniencias “ de quienes, desde cargos de poder, privilegio y fama ejercen una potestad intocable y “sagrada”, que no se puede mantener sino marginando del Evangelio lo que les impide o dificulta ostentar su poder , su influencia social, su dignidad y sus privilegios, en todo aquello que, disfrazado de evangelización, es en realidad un eficaz ejercicio de poder  al ejercicio de intereses inconfesables”. (Pg. 18).

3. ¿A qué se renuncia cuando se margina el Evangelio?

Creo que entrar en este punto, es dar con la clave para poder discernir cuándo se abandona el Evangelio y por qué.

Los discípulos de Jesús lo son, primero de todo, porque son llamados a vivir en unión íntima con su persona. De ahí mana una nueva manera de entender y vivir la vida, exclusiva de Jesús, y que equivale a proclamar el reino de Dios, a desvelar el plan salvador del Padre. La proclamación y verificación de este reino las lleva a cabo Jesús en su propia humanidad, señalando el sentido y destino de la nuestra.

“Ir en pos de Jesús” equivalía en su tiempo  a ser discípulo suyo. La labor de los rabinos israelitas gozaba del honor de ser maestros, proponían el estudio de la Ley, formaban a discípulos, que debían perseguir un ideal de vida religiosa con conocimiento y fidelidad a la ley.  Ser buen religioso consistía por tanto en cumplir tales o cuales preceptos y así cumplir la Ley.

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