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Nuestro destino es Dios.

domingo, 29 de mayo de 2022
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Lc 24, 46-53

«Y mientras los bendecía, se separó de ellos»

Muchas personas entienden los relatos de la resurrección como los “hechos” que acontecieron tras la pasión, y en consecuencia, creen que Jesús se mostró físicamente vivo tras su muerte y que se elevó físicamente al cielo. En el extremo opuesto hay personas que consideran pueril este tipo de creencia, sienten desdén por quienes la profesan y les instan a superarla… pero quizá la cosa no sea tan sencilla.

Para cada uno, es verdadera la creencia que le mueve a dar buenos frutos y llena de sentido su vida —aunque todos los sabios del mundo afirmen que es falsa—. Y es que lo de Jesús no tiene nada que ver con el conocimiento, la erudición o la teoría, sino con el corazón; no es algo reservado a iniciados, sino abierto a todos; es lo más anti iniciático que cabe concebir.

Entrando ya en materia, la lógica nos dice que la muerte es el final del camino, que todo muere en este mundo y que el ser humano no tiene por qué ser la excepción a la regla. Heidegger afirma: «Venimos de la “nada de antes” y vamos a la “nada de después”, y debemos ser capaces de aceptar esta realidad y asumir la angustia de caminar hacia la nada».

Pero el evangelio nos ofrece otra perspectiva.

El texto de hoy constituye —según los expertos— una hermosa profesión de fe de los Testigos: “Jesús es exaltado al lugar que le corresponde; la diestra del Padre”. Y lo bueno para nosotros, es que los evangelistas presentan a Jesús como “persona” y como el “primogénito” que nos muestra que la muerte no es el final, sino nuestra liberación definitiva del poder del mal; nos invitan a ver en Jesús la grandeza del ser humano capaz de alcanzar la divinidad.

El evangelio nos anuncia por tanto que nuestro destino es Dios, aunque en ningún momento trata de describir la naturaleza del “más allá”… Pero somos curiosos, nos gusta imaginar lo que nos espera y elaboramos imágenes que nos ayudan a mantener viva la esperanza. Y así, unos afirman que nuestro destino es fundirnos con el Todo Universal, otros, gozar eternamente de la presencia de Dios, y otros, otras cosas.

Pero a veces confundimos estas imágenes con realidades, ignorando que no existe soporte alguno para vislumbrar siquiera qué nos espera tras la muerte. Pablo así lo entendió y lo expresó de forma genial: «Ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha entrado en el corazón del hombre lo que Dios tiene preparado para los que le aman»… En esa misma línea podemos recordar un comentario muy coloquial de Ruiz de Galarreta: «No tengo ni idea de lo que me espera tras la muerte, pero confío en que mi Madre me tenga preparado algo estupendo».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Adoración, alegría y bendición

domingo, 29 de mayo de 2022
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porta-asc10[1]El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Plenitud y despliegue histórico.

domingo, 29 de mayo de 2022
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175D1451-95E8-4E50-BEF2-FEEFDF9535CEFiesta de la Ascensión

29 mayo 2022

Lc 24, 46-53

La “doble dimensión” que nos constituye -identidad y personalidad- puede verse desde otra perspectiva: somos plenitud que se va desplegando en forma de historia. La plenitud es atemporal; el desarrollo histórico aparece como lineal y secuencial. Una lectura ajustada de lo real tiene en cuenta esa doble dimensión, consciente de que cada uno de esos planos obedece a “leyes” diferentes.

En cuanto “seres históricos”, nos experimentamos impermanentes, frágiles y vulnerables, a la vez que vivimos considerándonos “actores” de nuestro destino, afrontando la vida como “tarea”.

El riesgo consiste en quedar reducidos a este plano, olvidando nuestra dimensión profunda. Cuando esto sucede, caemos en la ignorancia radical por la que, aun creyéndonos “conscientes”, nos perdemos en la confusión y en el sufrimiento mental.

Ese laberinto solo tiene una salida posible: la comprensión que nos permite abrirnos a nuestra verdadera identidad. A partir de ahí, se modifica nuestro modo de vernos, de leer la historia y de movernos en ella. Porque vivimos el despliegue sin perder la conexión con quienes realmente somos, es decir, anclados en la plenitud atemporal. En ella nos reconocemos siempre a salvo y desde ella se modifica nuestra visión de la historia y nuestro comportamiento en ella.

Seguiremos haciendo todo lo que tengamos que hacer en el discurrir diario, pero lo haremos -o mejor, se hará en nosotros- desde “otro lugar”. La historia aparecerá ante nosotros como un “juego divino”, con todo lo que encierra de compromiso, pero también de libertad. Del mismo modo que, al salir del sueño, nos liberamos de la carga de las pesadillas que lo acompañaban, al escapar de la confusión de la mente reductora, saboreamos el descanso profundo que sabe a plenitud y a liberación.

Somos seres históricos, con todo lo que ello implica, pero somos, a la vez y en profundidad, plenitud de vida.

¿Cómo y desde dónde vivo el día a día?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo. La Ascensión

domingo, 29 de mayo de 2022
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3101A04D-0A69-4AE3-998A-FB9F2D5E69A4Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- La fiesta de la Ascensión.

La Muerte, Resurrección y Ascensión constituyen un único acontecimiento. Por “pedagogía teológico-litúrgica” celebramos por separado la Pasión, la Muerte, la Resurrección, Ascensión del Señor, la Venida del Espíritu… Pero es un único acontecimiento.

La cuestión no es si JesuCristo concluyó en Dios el viernes santo a primera hora de la tarde, el domingo de Pascua o a los cuarenta días. No se trata de un tiempo material, cronológico, sino teológico –existencial- expresado en un lenguaje simbólico-poético.

Según el Evangelio de Lucas todo aconteció el mismo día de Pascua. Según el libro de los Hechos, la Ascensión aconteció a los 40 días de la resurrección

    Tampoco se trata de una cuestión espacial: Jesús habría subido al cielo como un astronauta. Es un mundo alegórico: Jesús “subió” junto a Dios, y una nube (símbolo de la protección de Dios) lo acogió en Dios.

    La Ascensión es el “día sin fin”, el “día eterno de Pascua” para Cristo, para nuestros hermanos difuntos y para toda la humanidad.

En esta fiesta de la Ascensión celebramos que Jesucristo concluyó su historia en Dios y nuestra historia concluirá también en Dios. Terminaremos en el Señor y terminaremos como Él, en la casa del Padre.

Por ello, esta fiesta es de gran esperanza e impregna de esperanza toda nuestra existencia y nuestra historia.

02.- La gran crisis de nuestro tiempo es la esperanza / desesperanza.

    Allá por los años 1950 / 60 la crisis de nuestra sociedad era la fe, el ateísmo, la muerte de Dios, el marxismo, etc. Hoy en día la crisis es más bien de esperanza. Nuestro momento ha clausurado el futuro. No hay nada que esperar.

    Hemos sustituido la esperanza por unas vacaciones, el ser por la nada y la fe por los ritos del “self service” eclesiástico. Y esto crea mucha cansera, mucha desesperanza.

    La cuestión más grave que tenemos no es la pandemia, ni la guerra, la cuestión más seria que tenemos es la nada, el nihilismo que termina por minar y socavar los cimientos de la existencia y nos sume en una profunda desesperanza. La nada y la desesperanza, cuando no la desesperación,  terminan por quitar el sentido de la vida y las ganas de vivir.

Quizás por esta razón es por lo que está aumentando el número de suicidios. Tenemos cosas para vivir, lo que ya no tenemos son ganas de vivir.

En el País Vasco se da un suicidio cada dos días. En el año 2020 se suicidaron 184 personas en el País Vasco, en España, 70.000.

El hombre actual sabe y tiene, pero no espera; sin embargo los humanos somos seres esperantes, porque quien deja de esperar, deja de vivir.

03.- La Ascensión es una fiesta de esperanza.

Dice el profeta Isaías una honda verdad: en la esperanza está vuestra fortaleza. (Is 30,15)

La fiesta de la Ascensión nos habla del sentido de la vida y nos anima a vivir confiada y esperanzadamente. Tal vez el núcleo central de esta fiesta de la Ascensión es recordarnos que el final del ser humano y de la historia está en Dios y esto nos llama vivir confiadamente. Cristo es el principio y fin de la vida. El lugar del ser humano es Dios, el amor de Dios.

La esperanza en el futuro es la alegría y el sentido del presente. Lo que esperamos ilumina el momento presente.

    Aquellos buenos teólogos que llevaron adelante el concilio Vaticano II, cultivaron estas ideas: caminamos hacia la finalización, (Teilhard de Chardin). Vivir mirando y esperando el futuro absoluto infunde ánimo, espíritu y coraje.

    Sembremos esperanza. ¿Cómo es posible que en los colegios y universidades, en los medios de comunicación no se dedique un tiempo, una asignatura a la esperanza, al sentido de la vida, al horizonte absoluto? Estas cosas no son “religión”, son sentido común, sembrar esperanza.

    Caminamos hacia el punto final, hacia el horizonte, que es Cristo.

04.- Jesús les bendijo y se marchó de entre nosotros. Y dejas Pastor santo.

    Una hermosa coincidencia:

  • San Lucas comienza su evangelio con la bendición del anciano Zacarías bendice a Dios: Bendito sea el Dios de Israel … puedes dejar a tu siervos marchar en paz
  • Y ahora, al final, Jesús se marcha bendiciendo a los suyos.

    Bendecir significa decir bien en la vida

Estamos llenos de maldiciones, de decir mal, de descalificaciones, de linchamientos personales, morales, de acepción de personas. Y eso no es bueno, ni hace bien. La Ascensión nos habla de una creación originaria y de futuro bien dicho por JesuCristo para toda la humanidad.

Jesús se marchó.-como había vivido- Bendiciendo. Diciendo y haciendo bien.

Es un gran programa de vida pasar por la vida diciendo bien y marcharnos dejando algo de bien.

05.- No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo

La fiesta de la Ascensión es una llamada al futuro. Y porque creemos en el futuro, nos empuja a trabajar en el presente

Creemos en la Ascensión y por eso, “miramos al cielo” con nostalgia infinita y con ojos limpios por la esperanza y sin intereses. Y porque miramos al cielo y al futuro absoluto, no nos quedamos en las mediaciones ni vivimos en “babia” alelados en espiritualismos celestes anquilosantes y evasivos

Porque creemos en la Ascensión, confiamos y esperamos con ilusión el futuro, el futuro de Dios. Y porque miramos al cielo, vivimos y trabajamos en la tierra por cambiar este presente.

Miremos con intensa nostalgia al cielo pisando tierra.

No os quedéis plantados mirando el cielo, pero mirad al cielo.

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“Jonás, un profeta contracultural”, por Gonzalo Haya

viernes, 27 de mayo de 2022
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Y… hoy me dedico especialmente este texto, de hace algunos años, acerca del libro de Jonás

Invito a leer un simpático cuentecito del Antiguo Testamento que, con  una fina ironía teológica, nos da una imagen de Dios que muchos cristianos actuales todavía no han descubierto.

Es un cuentecito, dos páginas, que desarrolla la historieta de un profeta al que Dios envía a Nínive con tremendas amenazas si no se arrepienten de su inmoralidad. El profeta huye hacia el otro extremo del mundo para evitar esta ingrata tarea. En su travesía surge una tormenta, castigo de Dios por su desobediencia, y es arrojado al mar; se lo engulle un enorme pez, reza a Dios, y el pez lo devuelve a la playa. Ahora sí; va a Nínive (capital del Imperio asirio, enemigo tradicional de Israel y símbolo de crueldad y opresión), predica su amenaza, y Nínive se convierte desde el rey hasta el último habitante. Dios los perdona, el profeta se siente estafado, y Dios baja para apaciguarlo. Un cuentecito, conscientemente increíble como historia, pero literariamente excelente como apólogo.

Es contracultural. Parece que se escribió hacia el siglo V ó IV antes de Cristo, después de la vuelta de los cautivos de Babilonia, cuando Esdras y Nehemías habían impuesto una campaña para cimentar el nacionalismo judío entorno al Dios de Israel. Con este fin reescribieron la Torá y, para apartar a los judíos de los gentiles, exigieron el cumplimiento del descanso sabático y de los alimentos impuros,  y expulsaronn a las mujeres cananeas que se habían casado con los judíos. Contra este nacionalismo religioso, el profeta presenta a un Dios que ama también a los gentiles.

Es irónico. El profeta huye de Dios, se embarca hacia Tartesos (España) en dirección contraria a Nínive (Irak actual). Teme que va a arriesgarse en un país enemigo, para que luego Dios perdone a los malos, y su profecía no se cumpla. ¿Orgullo profesional herido? En aquellos tiempos existía la profesión de profetas, a los que se pagaba como a los videntes actuales, y ni el pueblo ni los reyes sabían distinguir entre los profesionales y los enviados por Dios. Nuestro profeta se enfada, Dios (al que ni siquiera los profetas podían mirar directamente) conversa aquí amigablemente con él tratando, con poco éxito, de calmarlo; pero Jonás le replica justificando su enfado: ¡Claro que me enfado! Y mortalmente.

Es profundamente teológico. No porque los evangelistas relacionaran la resurrección de Jesús con el episodio de la ballena, sino porque sabe que el Dios de Israel no es un Dios nacionalista, es el Dios de todos los pueblos, y no sólo para castigarles sino para amarlos, para compadecerse de sus sufrimientos. No es un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, sino que ama a los buenos y a los malos.

Yo sabía que eres un Dios compasivo y clemente, lento para enojarte y de gran misericordia; yo sabía que te arrepientes de las amenazas.

El enfado del profeta no es sólo por su desprestigio; deja ver un cierto resentimiento por ese amor que Dios muestra por unos gentiles, que además están ignorando los mandamientos que el pueblo de Dios trata de observar a regañadientes. También los cristianos sabemos de estos resentimientos al condenar tajantemente a los malos que no cumplen los mandamientos. ¿Creemos que Dios ama y perdona a Boko Haram? (Hoy podríamos decir, Vladimir Putin)

La teología de este profeta anticipa lo que más tarde mostrará Jesús en la parábola de la oveja perdida, la del jornalero de la última hora que cobra igual que los que echaron la jornada completa, y la del hermano mayor enfadado por el recibimiento del padre al hijo pródigo. Es irónico hasta el final:

Entonces le dijo el Señor. Tú te apiadas de un arbolito que no has plantado…

¿No voy yo a compadecerme de Nínive, esa gran ciudad en la que viven más de ciento vente mil ignorantes y en la que hay mucho ganado?

Gonzalo Haya

Fuente Atrio

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“ La mejor noticia desde la Cruz”, por Gabriel Mª Otalora

jueves, 26 de mayo de 2022
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Georges-Rouault-CrucifixionDe su blog Punto de Encuentro:

Reflexiones del libro «La Cruz. Variaciones sobre la Buena Noticia».

Ed. San Pablo, 2022. 182 págs.

La llegada del Mesías y su plan de liberación, anunciado por los profetas, no fue como la mayoría esperaba. El primer sorprendido fue su primo Juan el Bautista que suponía un Mesías más severo y vencedor, alejado de un sembrador de Vida que no logra ver la recolección de sus frutos. Esto interpela a nuestra vanagloria pues somos sembradores, no necesariamente recolectores.

Cristo condensa en la cruz el vaciamiento total por amor señalando una realidad trascendente que vamos descubriendo desde la oración y la entrega personal, no desde las certezas y seguridades. Cecile Saunders, impulsora de los cuidados paliativos, experimentó que la respuesta cristiana al misterio del sufrimiento y de la muerte no es una explicación sino una Presencia. Tanto es así que San Pablo dirigió palabras fuertes a los Gálatas  cuando les dijo que habían cedido ante la tentación de no entrar en el misterio de amor, sino de explicarlo. Y como dice el Papa, “Sólo con la contemplación activa se va adelante en este misterio amor”.

La historia sagrada, desde sus albores bíblicos, es una revelación progresiva en lo esencial, entre contradicciones y claroscuros en lo cotidiano, nunca desvelada totalmente. ¡Quién hubiera pensado que Dios iba a manifestarse en una cruz! Pero Dios se esconde en el Misterio. ¿Puede un criminal rechazado por todos y crucificado ser la mayor revelación de Dios? ¿Puede manifestarse Dios en la muerte, el dolor y la indigencia? ¿Puede revelarse ahí en toda su plenitud como Misericordia, como Amor eterno a todos? ¿Y al mismo tiempo, desenmascarar el mal en toda su crudeza? Misterio incomprensible el de la Cruz que tiene su cara en la resurrección de Cristo.

El que no podamos entender algo en su totalidad, no excluye que podamos entenderlo siquiera un poquito del amor, la fe, la justicia o la bondad de Dios. Pero, junto al misterio, aletean las tentaciones… ¿Cuáles son las dos tentaciones de las que alerta el Papa Francisco? La primera, abrazar a un Cristo sin la Cruz, a la manera de “un maestro espiritual” que te lleva adelante con tranquilidad sin tocar la vida. La segunda, la de una Cruz sin Cristo, la de permanecer rebajados y resignados con el peso de la injusticia y del pecado, sin esperanza. Una especie de “masoquismo espiritual” muy cristiano. La cruz solamente sin Cristo.

¿Cómo afecta esto a mi persona? La Cruz cristiana, para nada es abandonarnos en nuestros sufrimientos, sino trabajar para salir de ellos sin provocarnos dolores viviendo confiadamente en Dios. La cruz de aceptar lo que no podemos cambiar ni entender, la de ayudar incluso a quienes no son nuestros amigos, la cruz de rezar diariamente aun sintiendo tedio, la de escuchar, que es mucho más que poner cara de escuchar, la de transformar el sufrimiento en amor, la cruz de mejorar nuestras debilidades… La dicha de esta Cruz es descubrir a Jesús en todo aquél que se cruza en mi camino, y pensar que haría Jesús en mi lugar.

No podemos olvidar que triunfar en la vida, de verdad, es acertar en la respuesta. Cuando llega la noche, lo fecundo de Dios no está en que lo entendemos todo ni en que nos libra de las cosas inmediatas, sino en que libera en nosotros la capacidad de superar y ver más allá de lo inmediato. Nos obliga a ver lo exigente más allá de lo útil. Nos hace crecer por encima del dolor para ser mejores. Por eso nos capacita para el despojamiento. La pregunta que procede, entonces, sería: ¿Confío en el plan de Dios, a su manera, sin necesidad de seguridades por medio?

El deseo de Dios no es sufrir, sino vivir en plenitud, como si quisiera que todos hollemos bellas montañas con las vistas más espectaculares que nos llenan de gozo… Pero, claro, hay que subirlas para sentir ese gozo. Y cuando alguien sienta cansancio, dolores o desánimo, debemos pararnos en su camino para ayudarle a subir… La felicidad cuesta lograrla porque exige esforzarse en la dirección adecuada.

Cuando Jesús afirma que, para ser su discípulo, niéguese uno a sí mismo, tome su cruz y le siga, no significa que nos enfanguemos en cualquier sufrimiento. El dolorismo lleva a un Jesús que nos libra de la culpa a través del sufrimiento en la cruz, no por su amor. A partir de ahí, es fácil llegar a la conclusión de que el dolor es bueno en sí mismo y agrada a Dios como tal dolor, en lugar de acoger la llamada que Dios nos dirige para vivir sensibles al dolor de los demás, aquí y ahora, alejados del orgullo autocompasivo.

Venimos de una teología cristiana de la salvación no siempre percibida como Buena Noticia. Algunas prédicas y vivencias se apoyan más en el miedo que en el amor. ¿Y qué hizo Jesús? Pues más allá de la cura de enfermedades, sana la vida enferma dejando una inmensa paz en las personas. Su salvación comienza con las Bienaventuranzas. Es cierto que muchas cruces vienen sin llamar (enfermedades, limitaciones, soledades, abusos…) sin que ello haya de interpretarse como algo querido por Dios para vivirlo con resignación, mal llamada cristiana, sin hacer nada por liberarse de ellas o vivirlas de otra manera.

Si hay que mortificarse, es mejor hacerlo puliendo nuestras bajezas y debilidades que afloran desde el orgullo, la soberbia, la ira, la indiferencia, la pereza, la envidia, la falta de compasión y todas las actitudes que despliega el egoísmo. Para Ignacio Ellacuria, no se puede poner la cruz donde quiere cada uno sino donde fue colocada por Jesús, que no buscó para sí la muerte sino el anuncio de la Buena Nueva.

Dios quiere misericordia, no sacrificios. Casar ambas cosas es posible, pero cuando se trata del esfuerzo para domeñarnos y actuar con verdadera misericordia. Es verdad que el sacrificio está presente en casi todas las religiones con un carácter expiatorio y la intención de aplacar a los dioses o agradecerles las buenas cosechas. La Biblia, en cambio deja claro que Dios no bendice un sacrificio humano (Isaac). Los atletas hacen sacrificios para mantenerse en forma y competir; el ascetismo sería el estilo de vida austero que conduzca a la perfección moral y misericordiosa como ofrenda querida por Dios. Lo cierto es que eso de la “perfección moral” como medio para, suele quedarse a menudo en mero perfeccionismo, sin demasiada ligazón con la humildad de amar al prójimo al estilo de Jesús.

El riesgo, siempre latente, es vivir lo cristiano sobre rituales y sacrificios en lugar de con actitudes y hechos de amor, que son las cruces que Cristo nos pidió. En palabras del teólogo José Comblin, de la concepción que tengamos del sacrificio depende la concepción de Dios y de la vida humana, donde se refleja toda la teología. Lo cristiano no trata del sacrificio que cree necesario destruir una vida para lograr más vida. “¿De qué me sirve la abundancia de vuestros sacrificios?

La gran novedad gozosa reside justamente en esta gratuidad absoluta de Dios. La muerte de Jesús es la consecuencia de darse por entero sin un sentido de sacrificio, sino de martirio; y ningún mártir quiere morir. Dios podría cambiar el curso de la historia en un alarde de omnipotencia, pero se hace vulnerable al albur de nuestra libertad incluido el dejarse rechazar por nosotros. El poder de Jesús no es arrollador sino amor humilde y paciente ¡Cuánto cuesta seguirle aun sabiendo que su historia no acaba en el Viernes Santo!

Cristo como signo de contradicción, permanece intacto en la pandemia sanitaria y en medio de este mundo violento y en decadencia hedonista donde las grandes creencias están en crisis. El plan de Dios, pues, requiere de personas atentas a discernir dónde y cómo sale Jesús al encuentro, dispuestas a continuar la evangelización a la manera del grano de mostaza. Un Mensaje, en fin, que sigue siendo más fuerte que las deserciones, las inconsecuencias y los enemigos cosechados.

La Cruz como centro de la historia que supera la mediocridad, vence al egoísmo, mejora las relaciones humanas, ayuda a quien lo necesita. Lo demás, la Ley y los profetas, la Tradición patrística, los carismas, la institución eclesial con sus pastores y laicos, estamos al servicio de este Mensaje. Todo tiene sentido desde el amor verdadero, lo único digno de fe.

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«El Espíritu Santo Te Enseñará Todo»

lunes, 23 de mayo de 2022
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cristianos_gays_en_americaLa reflexión de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0, Yunuen Trujillo, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí. Yunuen es la autora del nuevo libro, LGBTQ Catholics: A Guide to Inclusive Ministry., (Católicos LGBTQ: Una guía para el ministerio 

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Sexto Domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.

El Abogado, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todo y os recordará todo lo que os he dicho. (Juan 14:26)

¿Alguna vez te has sentido desesperado? ¿temeroso? ¿cansado? Estos sentimientos se repiten muy a menudo en el Ministerio LGBTQ. Muchos de nosotros a menudo nos preguntamos por qué tenemos que luchar para crear espacios inclusivos en el único espacio donde las comunidades vulnerables, como la nuestra, deberían estar automáticamente protegidas. ¿Por qué tenemos que crear nuestros propios espacios acogedores? ¿No es esta la responsabilidad de la jerarquía?

Muchos de nosotros hemos sentido miedo durante buena parte de nuestra vida, miedo de ser nosotros mismos, miedo de la respuesta de nuestra familia, miedo de la respuesta de nuestras comunidades, miedo de Dios, entre otras cosas.

El tiempo de tener miedo ha terminado.

Después de que Jesús fue crucificado, los sentimientos de miedo y agotamiento plagaron a los discípulos. No solo su maestro había sido asesinado y condenado, sino que sus esperanzas de lo que Jesús representaba parecían haber muerto con él. Para algunos, Jesús representó una salvación en el ámbito espiritual. Otros vieron a Jesús como un héroe revolucionario que literalmente los liberaría de la pobreza y otros males sociales. Algunos lo vieron como una combinación de ambos. Cualquier cosa que la gente creyera que Jesús iba a traer, parecía haber muerto con él. Los discípulos no entendían lo que vendría después. El Espíritu Santo, el Abogado, soplaría su poder vivificante para marcar un nuevo comienzo.

Más de 2000 años después, nos encontramos en una encrucijada similar. Una Iglesia institucional que tiene demasiado miedo de abrir las ventanas y dejar entrar el aire, demasiado miedo de acercarse a las heridas de aquellos a quienes ha herido, demasiado miedo al cambio, demasiado miedo a perder su poder, ahora está recibiendo una nueva vida. -dando aliento. El Espíritu Santo se está moviendo a través de nosotros, los católicos LGBTQ y nuestras familias. El cambio, el verdadero cambio, no viene de arriba hacia abajo.

Todos estamos llamados a construir el Reino de Dios, en el aquí y ahora. Estamos llamados a no esperar a que suceda el cambio, sino a ser agentes de cambio. Estamos llamados a continuar el trabajo de amor, de compasión o de solidaridad radical que fue la marca registrada de las primeras comunidades cristianas. Estamos llamados a posiciones de liderazgo y a delegar, para que ninguna persona involucrada en el Ministerio LGBTQ sienta que está haciendo todo el trabajo sola. Estamos llamados a conectarnos unos con otros, para que podamos compartir recursos y organizarnos juntos. Estamos llamados a no tener más miedo. No estamos solos.

Nuestro movimiento de base es un movimiento del Espíritu Santo. En la lectura del evangelio de hoy, Jesús dice: «[e]l Espíritu Santo. . . te enseñará todo». El Espíritu Santo le recuerda a la Iglesia universal que aún hay mucho que aprender acerca de Dios, que aún hay mucho que Dios está revelando acerca de Sí Mismo. Al mismo tiempo, el Espíritu Santo le recuerda a la Iglesia universal que el único lugar desde donde puede comenzar su camino de aprendizaje y discernimiento es desde un lugar de amor. Amor incondicional, revolucionario, radical; volviendo a sus raíces y estando con Jesús.

Al enraizarnos en Jesús y los Evangelios, dejamos de lado todos los comentarios adicionales, dejando espacio en nuestras mentes y corazones para un nuevo aprendizaje y crecimiento. No se trata de si la Iglesia algún día nos celebrará plenamente como Hijos De Dios; es cuestión de cuándo. El Espíritu Santo no puede ser contenido.

—Yunuén Trujillo, 22 de mayo de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“El gran regalo de Jesús”. 6 Pascua – C (Juan 14,23-29)

domingo, 22 de mayo de 2022
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06-PASC-CSiguiendo la costumbre judía, los primeros cristianos se saludaban deseándose mutuamente la «paz». No era un saludo rutinario y convencional. Para ellos tenía un significado más profundo. En una carta que Pablo escribe hacia el año 61 a una comunidad cristiana de Asia Menor, les manifiesta su gran deseo: «Que la paz de Cristo reine en vuestros corazones».

Esta paz no hay que confundirla con cualquier cosa. No es solo una ausencia de conflictos y tensiones. Tampoco una sensación de bienestar o una búsqueda de tranquilidad interior. Según el evangelio de Juan, es el gran regalo de Jesús, la herencia que ha querido dejar para siempre a sus seguidores. Así dice Jesús: «Os dejo la paz, os doy mi paz».

Sin duda recordaban lo que Jesús había pedido a sus discípulos al enviarlos a construir el reino de Dios: «En la casa en que entréis, decid primero: “Paz a esta casa”». Para humanizar la vida, lo primero es sembrar paz, no violencia; promover respeto, diálogo y escucha mutua, no imposición, enfrentamiento y dogmatismo.

¿Por qué es tan difícil la paz? ¿Por qué volvemos una y otra vez al enfrentamiento y la agresión mutua? Hay una respuesta primera tan elemental y sencilla que nadie la toma en serio: solo los hombres y mujeres que poseen paz pueden ponerla en la sociedad.

No puede sembrar paz cualquiera. Con el corazón lleno de resentimiento, intolerancia y dogmatismo se puede movilizar a la gente, pero no es posible aportar verdadera paz a la convivencia. No se ayuda a acercar posturas y a crear un clima amistoso de entendimiento, mutua aceptación y diálogo.

No es difícil señalar algunos rasgos de la persona que lleva en su interior la paz de Cristo: busca siempre el bien de todos, no excluye a nadie, respeta las diferencias, no alimenta la agresión, fomenta lo que une, nunca lo que enfrenta.

¿Qué estamos aportando hoy desde la Iglesia de Jesús? ¿Concordia o división? ¿Reconciliación o enfrentamiento? Y si los seguidores de Jesús no llevan paz en su corazón, ¿qué es lo que llevan? ¿Miedos, intereses, ambiciones, irresponsabilidad?

José Antonio Pagola

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“El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho”. Domingo 22 de mayo de2022. 6º Domingo de Pascua

domingo, 22 de mayo de 2022
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31-pascuaC6 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Salmo responsorial: 66:  Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Apocalipsis 21, 10-14. 22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.
Juan 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

El libro de los Hechos nos presenta la controversia de los apóstoles con algunas personas del pueblo que decían que los no circuncidados no podían entrar en el reino de Dios. Los apóstoles descartaban el planteamiento judío de la circuncisión. Ésta se realizaba a los ocho días del nacimiento al niño varón, a quien sólo así se le aseguraban todas las bendiciones prometidas por ser un miembro en potencia del pueblo elegido y por participar de la Alianza con Dios. Todo varón no circuncidado según esta tradición debía ser expulsado del pueblo, de la tierra judía, por no haber sido fiel a la promesa de Dios (cf. Gn 17,9-12). El acto ritual de la circuncisión estaba cargado -y aún lo está- de significado cultural y religioso para el pueblo judío. Estaba ligado también al peso histórico-cultural de exclusión de las mujeres, las cuales no participaban de rito alguno para iniciarse en la vida del pueblo: a ellas no se les concebía como ciudadanas.

Es bien importante este episodio dentro de la elaboración literaria que Lucas hace del nacimiento de la primitiva Iglesia. Ésta fue capaz de intuir genialmente que aquel rito de la circuncisión discriminaba inevitablemente entre hombres y mujeres, y entre judíos y paganos. Los dirigentes principales de la Iglesia central (por así decir) ratificaron la intuición que los misioneros de vanguardia pusieron en marcha al evangelizar en la frontera con el mundo pagano. En aquel contexto cultural diferente, el signo de la circuncisión no sólo no era significativo, sino que implicaba una marginación de la mujer, y una imposición incomprensible para quienes s convertían desde el paganismo. Fue una lección de sentido histórico, de comprensión de la relatividad cultural, y de aceptación de los signos de los tiempos.

No deberíamos reflexionar hoy sobre este tema de un modo meramente arcaizante: «cómo hicieron ellos», sino preguntándonos qué otros signos, elementos, dimensiones… del cristianismo están hoy necesitados de una reformulación o reconversión, en esta la nueva frontera cultural que hoy atravesamos, probablemente mucho más profunda que la que se vivía en aquel momento que los Hechos de los Apóstolos nos relatan. Muchas cosas que hasta ahora significaban, se han vaciado de valor evocativo. En muchos casos, no sólo se han vaciado, sino que se han cargado de sentido contrario. Acabamos haciendo gestos que se quedan en simples ritos sin significado vivo, o repitiendo fórmulas que dicen cosas en las que ya no creemos –o en las que ya no podemos creer–.

Permítasenos evocar la publicación que el movimiento judío conservador de EEUU ha realizado el pasado mes de febrero (http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/02/actualidad/1456932458_958209.html) de una nueva edición del manual de oraciones, Sidur en hebreo, edición que ha puesto todas las oraciones en un lenguaje que no distingue entre hombres y mujeres, entre personas y/o parejas hetero y homosexuales. Hay que recordar que el idioma hebreo –y otros– tiene formas verbales diferentes para el hombre y la mujer. «Yo rezo», por ejemplo, no utiliza la misma palabra igual cuando lo dice un hombre o cuando lo dice una mujer. Lo cual quiere decir que cuando se reza juntos, normalmente la mujer ha tenido que quedar supeditada a rezar con expresiones masculinas. Este nuevo Sidur es un esfuerzo para acomodar símbolos religiosos tan importantes como los de un oracional, a la sensibilidad actual. Lo que en siglos y milenios anteriores parecía intocable, hoy ya no nos lo parece a muchas personas y comunidades; las más intuitivas y clarividentes están reivindicando la necesidad de dar pasos adelante, y deberíamos apoyarles.

También en otros idiomas persisten las diferencias discriminatorias de género, pero no tanto ya por las diferencias de las formas verbales y otras, cuanto por las desactualizaciones en términos culturales y epistemológicos: se trata de conjuntos completos de símbolos que ya no están culturalmente vigentes, fórmulas de fe que dicen cosas hoy realmente no creemos, creencias que ya todos sabemos que son mitos, pero que son repetidas ritualmente con toda seriedad como si de descripciones históricas se tratara, esperando que aparezcan por alguna parte los niños del cuento de Andersen que nos hagan caer en la cuenta a todos de que «el rey está desnudo». Por eso, es de profunda actualidad la lucidez de que hizo gala la Iglesia primitiva en torno a la práctica de la circuncisión.

El Apocalipsis nos presenta también una crítica a la tradición judía excluyente. Juan vio en sus revelaciones la nueva Jerusalén que bajaba del cielo y que era engalanada para su esposo, Cristo resucitado. Esta nueva Jerusalén es la Iglesia, triunfante e inmaculada, que ha sido fiel al Cordero y no se ha dejado llevar por las estructuras que muchas veces generan la muerte. Aquí yace la crítica del cristianismo al judaísmo que se dejó acaparar por el Templo, en el cual los varones, y entre éstos especialmente los cobijados por la Ley, eran los únicos que podían relacionarse con Dios; un Templo que era señal de exclusión hacia los sencillos del pueblo y los no judíos.

La Nueva Jerusalén que Juan describe en su libro no necesita templo, porque Dios mismo estará allí, manifestando su gloria y su poder en medio de los que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Ya no habrá exclusión -ni puros ni impuros-, porque Dios lo será todo en todos, sin distinción alguna.

En el evangelio de Juan, Jesús, dentro del contexto de la Ultima Cena y del gran discurso de despedida, insiste en el vínculo fundamental que debe prevalecer siempre entre los discípulos y él: el amor. Judas Tadeo ha hecho una pregunta a Jesús: “¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo”? Obviamente, Jesús, su mensaje, su proyecto del reino, son para el mundo; pero no olvidemos que para Juan la categoría “mundo” es todo aquello que se opone al plan o querer de Dios y, por tanto, rechaza abiertamente a Jesús; luego, el sentido que da Juan a la manifestación de Jesús es una experiencia exclusiva de un reducido número de personas que deben ir adquiriendo una formación tal que lleguen a asimilar a su Maestro y su propuesta, pero con el fin de ser luz para el “mundo”; y el primer medio que garantiza la continuidad de la persona y de la obra de Jesús encarnado en una comunidad al servicio del mundo, es el amor. Amor a Jesús y a su proyecto, porque aquí se habla necesariamente de Jesús y del reino como una realidad inseparable.

Ahora bien, Jesús sabe que no podrá estar por mucho tiempo acompañando a sus discípulos; pero también sabe que hay otra forma no necesariamente física de estar con ellos. Por eso los prepara para que aprendan a experimentarlo no ya como una realidad material, sino en otra dimensión en la cual podrán contar con la fuerza, la luz, el consuelo y la guía necesaria para mantenerse firmes y afrontar el diario caminar en fidelidad. Les promete pues, el Espíritu Santo, el alma y motor de la vida y de su propio proyecto, para que acompañe al discípulo y a la comunidad.

Finalmente, Jesús entrega a sus discípulos el don de la paz: “mi paz les dejo, les doy mi paz” (v. 27); testamento espiritual que el discípulo habrá de buscar y cultivar como un proyecto que permite hacer presente en el mundo la voluntad del Padre manifestada en Jesús. Es que en la Sagrada Escritura y en el proyecto de vida cristiana la paz no se reduce a una mera ausencia de armas y de violencia; la paz involucra a todas las dimensiones de la vida humana y se convierte en un compromiso permanente para los seguidores de Jesús. Leer más…

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Dom 6 pascua: No es la paz del «mundo». La iglesia, una tarea de paz (Jn 14, 23-29)

domingo, 22 de mayo de 2022
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 pikaza_camino_paz-938c8Del blog de Xabier Pikaza:

Recojo y comento en estas reflexiones las palabras centrales del evangelio de este domingo: “La paz os dejo, mi paz os doy; no es como la paz que ofrece el mundo…” (Jn 14, 27).

La paz del  mundo (propia de un sistema de poder) proviene de la imposición económica, militar e ideológica de los vencedores, tal como se impone en los arcos de triunfo de los antiguos y los nuevos vencedores.

En contra de eso, la paz de Jesús se expresa a través del perdón de las víctimas. Esa ha de ser la paz de la iglesia entendida como institución o comunión no violenta de los seguidores de Jesús, pacificador crucificado.

LA PAZ,HIJA DEL PERDÓN, ES LA VICTORIA DE LAS VÍCTIMAS

            La paz no es resultado de la victoria de las armas riunfadoras, sino del perdón  de los vencidos. No proviene de los que vencen y se imponen por ley de poder sobre los derrotados, sino de aquellos que, siendo vencidos y estando derrotados, responden perdonando[1]. (Las dos primeras imágenes recogen la paz del «arco» militar de los triunfadores).

  1. El riesgo de un perdón interesado.

  Había en el judaísmo de tiempos de Jesús un tipo de paz controlado por sacerdotes del templo Jerusalén y políticos de Roma, al servicio del sistema.

Era el perdón del templo y se expresaba a través de sacrificios rituales, por medio de una especie de «máquina sacral», que culminaba el día de la Gran Expiación (Lev 16), celebrada por sacerdotes y regulada según Ley por los escribas.

Por su parte, el perdón de Roma (parcere subiectis, debellare superbos: Virgilio, Eneida 855) estaba al servicio del sistema imperial y político, no de los necesitados. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón mesiánico, que actúa a través de los que sufren y que busca una nueva humanidad, superando el orden del templo y el sistema del imperio. Para entender su alcance, quiero delimitarlo mejor:

Puede haber un perdón arbitrario y caprichoso, propio de dictadores o autócratas, que muestran su magnanimidad indultando de un modo irracional (sin necesidad de justificaciones) a quienes ellos quieren y castigando también a quienes quieren (sin dar tampoco razones). Así descargan su violencia sobre algunos, para mostrarse soberanos, imponiendo su terror sobre posibles rebeldes o contrarios, y perdonan a otros para decir que son magnánimos y aparecer como benefactores, a través de un gesto arbitrario, que está muy alejado de la justicia racional (y del perdón cristiano).

En contra de ese perdón interesado de los autócratas, que es una imposición de su dictadura y un capricho de su prepotencia, Jesús ofrece y promueve un perdón puramente gratuito que no va en contra de la justicia, sino que la desborda y fundamenta. Éste es un perdón que sólo pueden ofrecer las víctimas (los ofendidos y humillados), sin que sean capaces de ofrecerlo en su nombre (en contra de ellos) unos dictadores o sacerdotes pretendidamente superiores.

Puede haber un perdón o amnistía al servicio de una política partidista. Casi todos los vencedores del mundo han decretado amnistías, desde los asirios del siglo VIII a. C. hasta los romanos del tiempo de Jesús o los revolucionarios franceses de finales del XVIII. Suelen ser amnistías políticamente calculadas, para gloria de los soberanos o de los estados que las proclaman, al servicio de su propia estabilidad, como una forma de justificarse.  Este perdón puede ser provechoso, pero que corre el riesgo de situar la oportunidad política (su racionalidad partidista) por encima de la justicia legal[2].

Puede haber un perdón sacral, controlado por los sacerdotes del templo, al servicio del propio sistema, para mantener el orden establecido, como sucedía en Jerusalén, en tiempo de Jesús. También éste es un perdón interesado, propio de los vencedores, al servicio del sistema; es el perdón de los templos y de las grandes instituciones religiosas, entendidas como instancias de control sobre los “pecadores”, como ha podido suceder en la religión de los Incas y en algunas instituciones cristianas. Lo mismo que los anteriores, este perdón sigue estando al servicio del sistema, es decir, de la violencia de los poderosos.

En contra de eso, Jesús ha ofrecido el perdón de un modo gratuito, no en contra, sino por encima de la Ley, pidiendo a los ofendidos que perdonen a sus ofensores (¡ellos son los únicos que pueden hacerlo desde Dios!), para abrir de esa manera un camino de reconciliación más alta, superando la violencia.

El perdón sacral del Templo (lo mismo que la amnistía de los grandes imperios) estaba al servicio de los poderosos, que monopolizaban el orden del sistema. Jesús, en cambio, ha ofrecido su perdón (que estrictamente hablando no es suyo, sino de los pobres) de un modo mesiánico, superando el sistema del del imperio y de un templo al servicio de los vencedores. No es que él perdone desde arriba, por excepción, sin necesidad de templo y sacrificios, a los expulsados y excluidos de la comunidad sagrada de Israel y del imperio, sino que son ellos, los expulsados y excluidos, los que pueden ofrecer perdón (como representantes de Dios). Ésta es la novedad del evangelio y ella supera todos los sistemas religiosos o sociales donde el perdón está al servicio del orden establecido. El sistema político o religioso no puede perdonar, sino que se limita a buscar su equilibrio o, a lo sumo, procurar una igualdad de ley. Los únicos que pueden perdonar son los ofendidos y/o robados, es decir, las víctimas, como Jesús.

Jesús, un perdón gratuito.

 El sistema político/religioso necesita un talión (¡a cada uno según su merecido!), controlando el perdón desde arriba. En contra de de eso, Jesús sitúa a los hombres y mujeres ante el don y tarea del perdón, haciéndoles capaces de superar una justicia legal que, cerrada en sí, puede acabar destruyendo a todos. Lo que algunos llaman actualmente justicia infinita (un tipo de Ley particular llevada hasta el extremo) nos deja simplemente en el nivel de la lucha de todos contra todos. En ese sentido podemos añadir, con Pablo, que la justicia de la Ley es insuficiente. Sólo la gracia que perdona a los pecadores es fundamento de paz[3].

  1. Sólo el perdón rompe la espiral de la venganza(un talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa forma libera al hombre del automatismo de la violencia y permite que su vida se despliegue por encima de una Ley, en la que nada se crea ni destruye, sino que se transforma, permaneciendo siempre idéntico. Sólo el perdón rompe el encerramiento de la pura Ley y nos sitúa en un nivel de gratuidad, donde los hombres pueden vivir y amarse por sí mismos (como valor supremo). El perdón es gracia y sólo así puede superar la violencia del pasado, haciendo que la vida se abra al futuro de la Vida, por encima de sus contradicciones y luchas de poder.
  2. Perdón gratuito, no expiación. Expiar es pagar por la culpa, de manera que quien ha quebrantado la Ley tiene que recibir su merecido y penar (ser castigado). Sin duda, parece conveniente un tipo de reparación para mantener el orden del sistema, como saben las religiones sacrificiales y los sistemas políticos en los que domina una Ley punitiva (como parece suceder en USA). Pero el Dios de Jesús no exige expiación o sometimiento, para afianzar de esa manera su poder, sino que él mismo expía por los pecados de los hombres, es decir, les ama de un modo gratuito. En ese contexto ha de entenderse la actitud de Jesús, que ha perdonado a los pecadores, sentándose a su mesa y dialogando con ellos (cf. Mc 2, 15-17 par; Mt 11, 29 par; Lc 15, 1).

Según eso, el perdón tiene que venir de las víctimas. Jesús no ratifica el poder de perdón de los de arriba, sino que pide a los excluidos y pobres que perdonen, en gesto que no es sometimiento (¡encima de haber sido ofendidos deben perdonar a quienes les ofenden!), sino que viene a mostrarse como expresión de la mayor de todas las autoridades Ellos, los oprimidos, son sacerdotes y portadores de perdón, es decir, de un nuevo orden social que no se funda en el dominio de unos sobre otros, ni en la revancha de los sometidos, sino en la gracia creadora, desde abajo, a partir de los marginados y ofendidos. Los pobres son precisamente los que toman la iniciativa y, sin luchar externamente contra los sacerdotes y jerarcas, asumen la autoridad del perdón, sin necesidad de imponerse por la fuerza, ni de tomar el poder externo, sino iniciando una comunidad de iguales.

Evangelio, textos del perdón.

Principio. Perdón quiero, no pura justicia: “No juzguéis y no seréis juzgados. No condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados” (Lc 6, 37; cf. Mt 7, 1). En un nivel político, la justicia social es buena y necesaria; pero ella tiene que imponerse con violencia, como sabe Pablo en Rom 13, 1-7, pues el juez necesita la ayuda de la espada y de la cárcel (y en algunos países de la silla eléctrica). Pues bien, superando ese plano de violencia legal (políticamente legítima), Jesús pide a sus fieles que se perdonen, que no acudan a la pura ley, ni a la espada. Al decir expresamente ¡no-juzguéis!, Jesús no ha pensado en unos objetivos particulares, ni ha propuesto unos casos en los que el perdón debe aplicarse, sino que abre un camino ilimitado de vida, que sólo puede recorrerse en amor, un proceso de no-violencia para voluntarios, no un ordenamiento obligatorio.

Esta palabra aparece en el evangelio como revelación, una mutación antropológica radical. No puede probarse, pero se pueden probar sus consecuencias, pues allí donde los hombres no perdonan ellos mismos terminan cayendo bajo el poder del juicio («con el juicio con que juzguéis seréis juzgados»). El juicio se sitúa y nos sitúa ante el talión (ojo por ojo…) y así nos deja en manos de la Ley de la espada (quien a hierro mata a hierro muere: Mt 26, 52), como sabe Pablo (Rom 13, 4). Pues bien, por encima del juicio está el Dios de la gracia, que no defiende la vida con espada, sino que la crea en amor y perdón y así quiere que nosotros perdonemos (cf. Rom 13, 10).

 Perdón amante. Ese perdón sólo es posible por amor, como gesto creador, desde los ofendidos, como dice Jesús: “Habéis oído que se ha dicho: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo… Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os odian; bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian” (Mt 5, 38; Lc 6, 27-28). El texto supone que vivimos en un mundo dominado por la enemistad y el odio, la maldición y la calumnia (Lc 6, 27-28), un mundo de violencia donde cada uno parece que quiere imponerse sobre los otros a golpe de opresión física (herida en la mejilla) o económica (quitar la capa, robar). Suele decirse que el mundo es así y en él estamos. Pues bien, sobre ese mundo, por encima de una justicia que se cierra en un círculo de “amigos interesados” (do ut des, doy para que me devuelvas), abre Jesús un camino de perdón y gratuidad, que empieza precisamente desde los pobres (ofendidos y víctimas). En el lugar donde ellos perdonan y aman empieza la paz[5]. Leer más…

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¿Somos un hotel de cinco estrellas? Domingo 6º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 22 de mayo de 2022
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6DE19477-750B-4014-B027-29A3FFB6259EDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente, como morada de Dios.

1ª lectura: la iglesia pasada (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarlos a circuncidarse. Esta conducta, compartida por la comunidad cristiana de Antioquía de Siria, no sólo provocó la indignación de los judíos sino también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

            Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

             En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

            Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

            En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta diciendo a los paganos que observen cuatro normal muy importantes para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

            Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

            El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

 En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. 

            Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barrabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:

            Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

2ª lectura: la iglesia futura (Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

            En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

            El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. El año 586 a.C. Jerusalén fue incendiada por los babilonios y la población deportada. Estuvo en una situación miserable durante más de ciento cincuenta años, con las murallas llenas de brechas y casi deshabitada. Pero algunos profetas hablaron de un futuro maravilloso de la ciudad. En el c.54 del libro de Isaías se dice:

            11 ¡Oh afligida, venteada, desconsolada!

            Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros,

           12 te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,

            y muralla de piedras preciosas.

            El libro de Zacarías contiene algunas visiones de este profeta tan surrealistas como los cuadros de Dalí. En una de ellas ve a un muchacho dispuesto a medir el perímetro de Jerusalén, pensando en reconstruir sus murallas. Un ángel le ordena que no lo haga, porque Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

            Podría citar otros textos parecidos. Basándose en ellos dibuja su visión el autor del Apocalipsis. La novedad de su punto de vista es que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles).

            Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. “Brillaba como una piedra preciosa, como Jaspe traslúcido. 

            Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al occidente tres puertas. 

            La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. 

            Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.

            La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

3ª lectura: la comunidad presente (Juan 14, 23-29)

            El texto del evangelio de Juan ofrece, en pocas líneas, tres temas:

            1) El cumplimiento de la palabra de Jesús y sus consecuencias.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 

            Se contraponen dos actitudes: el que me ama ‒ el que no me ama. A la primera sigue una gran promesa: el Padre lo amará. A la segunda, un severo toque de atención: mis palabras no son mías, sino del Padre.

            La primera parte es muy interesante cuando se compara con el libro del Deuteronomio, que insiste en el amor a Dios (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser”) y pone ese amor en el cumplimiento de sus leyes, decretos y mandatos. En el evangelio, Jesús parte del mismo supuesto: “el que me ama guardará mi palabra”. Pero añade algo que no está en el Deuteronomio: “mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

            El tema de Dios habitando en nosotros se trata con poca frecuencia porque lo hemos relegado al mundo de los místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de algo que nos afecta a cada uno de nosotros y que no debemos pasar por alto. Pensemos en el influjo enorme que siguen ejerciendo en nosotros personas que han muerto hace años: familiares, amigos, educadores, que siguen “vivos dentro de nosotros”. Una reflexión parecida deberíamos hacer sobre cómo Dios está presente dentro de nosotros e influye de manera decisiva en nuestra vida. Y lo deberíamos ver como una prueba del amor de Dios: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

            Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone un novedad capital con respecto al Antiguo Testamento, donde se advierten diversas posturas sobre el tema. 1) Dios no habita en nosotros, nos visita, como visita a Abrahán. 2) Dios se manifiesta en algún lugar especial, como el Sinaí, pero sin que el pueblo tenga acceso al monte. 3) Dios acompaña a su pueblo, haciéndose presente en el arca de la alianza, tan sagrada que, quien la toca sin tener derecho a ello, muere. 4) Salomón construye el templo para que habite en él la gloria del Señor, aunque reconoce que Dios sigue habitando en “su morada del cielo”. 5) Después del destierro de Babilonia, cuando el profeta Ageo anima a reconstruir el templo de Jerusalén, otro profeta muestra su desacuerdo en nombre del Señor: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso?” (Isaías 66,1).

            Cuando Jesús promete que él y el Padre habitarán en quien cumpla su palabra, anuncia un cambio radical: Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible; tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros. ¿Qué le ofrecemos? ¿Un hotel de cinco estrellas o un hostal?

            2) La promesa del Espíritu Santo.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 

            Dentro de poco celebraremos la fiesta de Pentecostés. Es bueno irse preparando para ella pensando en la acción del Espíritu Santo en nuestra vida. Este breve texto se fija en el mensaje: enseña y recuerda lo dicho por Jesús. Dicho de forma sencilla: cada vez que, ante una duda o una dificultad, recordamos lo que Jesús enseñó e intentamos vivir de acuerdo con ello, se está cumpliendo esta promesa de que el Padre enviará el Espíritu. 

            Pero hay algo más: el Espíritu no solo recuerda, sino que aporta ideas nuevas, como añade Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” Parece casi herético decir que Jesús no nos transmite la verdad plena. Pero así lo dice él. Y la historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción del Espíritu.

            3) La vuelta de Jesús junto al Padre

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

            Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Para comprenderlas, lo mejor es compararlas con la famosa oda de Fray Luis de León:

            ¿Y dejas, Pastor santo,

            tu grey en este valle hondo, escuro,

            con soledad y llanto;

            y tú, rompiendo el puro

            aire, ¿te vas al inmortal seguro?

            Los antes bienhadados,

            y los agora tristes y afligidos,

            a tus pechos criados,

            de ti desposeídos,

            ¿a dó convertirán ya sus sentidos?

            ¿Qué mirarán los ojos

            que vieron de tu rostro la hermosura,

            que no les sea enojos?

            Quien oyó tu dulzura,

            ¿qué no tendrá por sordo y desventura?

            Aqueste mar turbado,

            ¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto

            al viento fiero, airado?

            Estando tú encubierto,

            ¿qué norte guiará la nave al puerto?

            ¡Ay!, nube, envidiosa

            aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?

            ¿Dó vuelas presurosa?

            ¡Cuán rica tú te alejas!

            ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

            Las palabras de Jesús en el evangelio de Juan pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por el triunfo de Jesús. Pero de esto hablaremos otro día.

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VI Domingo de Pascua. 22 de Mayo, 2022

domingo, 22 de mayo de 2022
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6-Do-Pascua

“Quien me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él.”

(Jn 14, 23-29)

Llevamos ya un largo recorrido de Pascua, nos asomamos a la sexta semana y la cotidianidad de nuestras vidas le ha ido robando brillo al grito jubiloso del Domingo de Resurrección. Quizá por eso hoy el evangelio propuesto para la Eucaristía nos invita a “guardar la palabra”.

Se guardan aquellas cosas que se necesitan o que son queridas. Cuando hacemos limpieza en casa o en nuestra habitación volvemos a guardar cosas aparentemente inútiles de las que no podemos desprendernos. Normalmente cosas que nos hacen recordar, pequeños “sacramentos”(sacramento = realidad visible que evoca algo que no vemos). Y los recuerdos forman parte de nuestro almacén interior, son esos objetos que llenan los cajones de nuestra casa interior.

Hoy Jesús nos pide que guardemos su palabra, que le hagamos un sitio en nuestra casa, nos está diciendo: “Quiero que Tú seas mi casa, la casa de Dios Trinidad.

Enamorarnos

Cuando nos enamoramos no podemos pensar en nada más que en la persona amada, todo lo que vemos, oímos y sentimos lo relacionamos con esa persona. Y casi sin querer no hablamos de otra cosa. Enamorarse es dejarse habitar por otra persona.

Y Jesús al decirnos: “quien me ama guardará mi palabra”, nos está invitando a ENAMORARNOS, a dejarnos habitar por Dios, a vivir en Su Amor.

Nos llama a un compromiso, a dejar que el grito de Pascua ahonde en nosotras, enraíce, pase de la explosión de la alegría al compromiso continuado. Es decir, del enamoramiento primero al amor fiel.

El entusiasmo primero es bueno, ¡y necesario! pero no es suficiente. Seríamos como aquellas semillas que crecieron rápidamente, pero se secaron por falta de raíz (Mc 4, 5-6). Al entusiasmo primero hay que sumarle su buena dosis de compromiso, una pizquita de locura, dos cucharadas colmadas de generosidad y todo el amor que sea necesario. Todo junto, bien amasado, da como resultado el pan del Reino.

Porque si Jesús se hizo pan, nosotras también nos tendremos que dejar comer, partir y repartir. ¿Casa? ¿Pan? ¿Discípula?

Oración

“Trinidad Santa, amásanos con la levadura nueva de tus sueños,
haznos pan tierno que calma el hambre,
hogar cálido que descansa el alma
y discípulas fieles a tu Palabra.”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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El agape-Dios no está condicionado por mi amor.

domingo, 22 de mayo de 2022
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07278g-entender-espiritualidad

DOMINGO 6º DE PASCUA (C)

Jn 14,23-29

Seguimos en el discurso de despedida después de la última cena. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con lo más profundo de mí mismo, que es Dios. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia íntima. La Realidad que soy es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado que está en alguna parte de la estratosfera sino el fundamento de mi ser y de cada uno de los seres del universo.

En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encontraron para expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra que dice exactamente lo contrario. Es la prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra. Necesitan interpretación porque nuestros conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden puede ser verdad una afirmación y la contraria. El dedo y la flecha pueden apuntar los dos a la luna.

Dos versículos antes acaba de decir: el que cumple mis palabras ese me ama. Aquí dice: el que me ama cumplirá mi palabra. En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado. Aquí dice: “si alguno me ama le amará mi Padre y le amaré yo. ¿Está su amor condicionado a nuestro amor? Jesús había dicho que iba a prepararles sitio para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él vendrán al interior de cada uno. ¿Puede Dios, y Jesús, localizarse en un lugar determinado? En (16,7) os conviene que me vaya, si no el Espíritu no vendrá a vosotros, pero si me voy os lo enviaré. Aquí: el Padre os lo enviará.

Les había advertido: no he venido a traer paz sino división y “como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros” (Jn 16,2). Ahora nos dice: “la paz os dejo, mi paz os doy”. Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo. ¿Pueden armonizarse estas dos expresiones? Unos versículos antes les había dicho: No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y ahora Jesús dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar. Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no  tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe «alguna parte» donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descu­brirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera, ni a través de los sentidos, hace imposible toda reflexión racional. Todo intermediario, sea persona o institución, me aleja de Él más que  acercarme. En el AT, la presencia de Dios se localizaba en la tienda del encuentro o el templo. La “presencia” debía ser una característica de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar. Será más fácil de comprender si superas la idea de Dios como una entidad separada e inaccesible.

El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica: “os irá enseñando todo”. Por cinco veces en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (Ruaj), como Vida, como sabiduría que todo lo explica. “Santo” significa separado; pero no separado de Dios, sino separado de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo, entendido como lugar de enfrentamiento y opresión, nunca podremos comprender el amor.

«Os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros.» Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta la experiencia de Dios. Mientras estaba con ellos vivían apegados a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero que les impedía descubrir la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Cuando desapare­ció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

Shalom (paz) era el saludo ordinario entre los semitas. No solo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el “shalom” Judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Jn hace hincapié en un “plus” de significado sobre el ya rico significado judío. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas. Sería la consecuencia del amor que es Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor.

Deben alegrarse de que se vaya porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema del amor, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte. El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. No habla de una entidad separada, sería una herejía. Para el evangelista, Jesús es un ser humano a pesar de su preexistencia: “Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos”. Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve en Jesús.

Dios se revela y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada; Dios es siempre un Dios escondido. «Toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera» (Pascal). El sufí lo dejó bien claro: Calle mi labio carnal, / habla en mi interior la calma / voz sonora de mi alma / que es el alma de otra alma  / eterna y universal. /  ¿Dónde tu rostro reposa  / alma que a mi alma das vida? /  Nacen sin cesar las cosas, / mil y mil veces ansiosas /de ver tu faz escondida.

En toda la Biblia existe una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver a Dios sin morir. No puede ser represen­tado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre. En el NT, se acentúa el intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de «Mesías», «Siervo», «Hijo de hombre», «Palabra», «Espíri­tu», «Sabiduría», incluso «Padre», son ejemplos de ese intento.

Meditación

Jesús descubrió la presencia absoluta de Dios.
Todo lo que vivió y enseñó fue consecuencia de esa experiencia.
Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud.
Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera humanidad.
Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,
nunca estarás dispuesto a prescindir de todo lo demás.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Al final, el Triunfo de Dios.

domingo, 22 de mayo de 2022
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paloma de las manos del espírituJuan 14, 23-29

«El Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho»

El libro del Éxodo es el punto culminante de la epopeya de Israel, pero es también una excelente metáfora del transcurrir de nuestra vida: “Desde la cómoda esclavitud de las pasiones, a través del desierto de la vida, acompañados por el Espíritu, hasta la casa del Padre”.

El pueblo de Israel se sintió acompañado del espíritu de Dios —el Ángel de Yahvé— hasta que se vio a salvo al otro lado del mar de las Cañas, pero cuando tuvo que enfrentarse a los rigores del desierto y vio pasar el tiempo sin llegar a la Patria prometida, se impacientó, se sintió abandonado y se rebeló contra Dios.

Quizá las comunidades cristianas de finales del siglo primero sintieron una sensación parecida, y de ahí que Juan escribiese el Apocalipsis para atajar la creciente desesperanza del pueblo. Habían empezado su andadura con el espíritu de Jesús a flor de piel, se habían enfrentado a enormes dificultades y lo habían soportado todo gracias a su fe en la inminente venida del Señor… pero pasaba el tiempo y el Señor no terminaba de llegar.

Nosotros corremos el mismo riesgo que los Israelitas del desierto y los primeros cristianos. Vemos pasar generación tras generación sin que se vislumbre siquiera el fin de las guerras, del dolor, del sufrimiento, de la injusticia, de la opresión… y nos preguntamos: ¿Dónde está la acción del Espíritu?… ¿Dónde está su luz para no errar el camino, y su fuerza para no desfallecer en nuestro peregrinar hacia ese mundo humanizado, civilizado, justo, libre y honesto que se supone nuestro destino?

Y nos impacientamos, y nos agobiamos porque sabemos que con nuestras fuerzas nunca llegaremos, y dudamos de que el espíritu de Dios esté acompañando a la humanidad, y nos preguntamos si no estaremos asistiendo al fracaso de Dios… Y nuestra fe se tambalea y nos sentimos condenados a vivir en un mundo que se rige por sus propias leyes y camina errático hacia ninguna parte…

Y, quizá desconcertados por la tardanza, llegamos a la lectura del texto de Juan.

Y Juan, que vivió estas mismas dudas y vacilaciones en el seno de sus propias comunidades, nos invita hoy —y lo hace aún con más fuerza en el Apocalipsis— a hacer un acto de fe en el triunfo final de Dios; a ver con optimismo el destino de la humanidad. Nos invita a no caer en la desesperanza; a confiar en que el Espíritu de Dios está con nosotros y que algún día dejaremos de vagar por el desierto y llegaremos también a la Patria… Porque Dios ha apostado muy fuerte por nosotros y no puede fallar.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

 Fuente Fe Adulta

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El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

domingo, 22 de mayo de 2022
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12261a-errores-practicar-espiritualidadDOMINGO 6º DE PASCUA (C)

(Jn 14, 23-29)

El ser humano vive en tensión en medio de la estructura del mundo que le ha tocado vivir. Conflictos provocados por la injusticia, la codicia, el egoísmo, los sistemas económicos y sociales que rigen la convivencia. Hay quienes se conforman con estar en desacuerdo; otros realizan su propia transformación personal esperando que, con el paso del tiempo, todo cambie y evolucione.

Vano intento. No basta con pensar lo recto, lo justo, sino esforzarse en “cumplirlo con la ayuda de Dios”. La estructura del mundo está basada en la injusticia, la mentira, el odio. El ser humano honrado ha de trabajar para rechazar el espíritu del mal que nos amenaza y tener confianza: “que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde”. El Espíritu de Dios está presente en el mundo para liberarlo de la injusticia, la prepotencia, la sinrazón; debemos esforzarnos por recuperar la fe paciente que no escatima sacrificios, confiando en que lo que el ser humano no sea capaz de lograr le será dado por Dios.

En esta lucha para lograr la justicia, la paz, no hay espacios reservados. Las situaciones en las que nos movemos deben estar atravesadas por la crítica y la transformación del Resucitado. Afirmar hoy que Jesús ha resucitado no crea ninguna inquietud, pero estamos obligados a obrar conforme a nuestra conciencia cristiana. Tenemos unos límites muy estrictos en el ejercicio del derecho a defendernos a nosotros mismos y a nuestro país por medio de la fuerza, y también en lo referente a someternos de forma pasiva al mal y a la violencia. El cristiano no sólo está obligado a evitar determinados males sino que también es responsable de unos bienes enormes. Esto supone defender y fomentar los valores humanos más altos: el derecho de la persona a vivir libremente y a poder desarrollar su vida, pero también protegerla contra los abusos del poder destructivo que él mismo ha adquirido [1]. Tarea que se reduce a luchar contra las dictaduras totalitarias y contra las guerras. Pero también contra nuestra propia violencia, fanatismo y ambición.

El Evangelio de Juan nos recuerda que la paz cristiana es distinta de la paz mundana. El mundo llama paz al silencio impuesto por la guerra que gana el más fuerte. Basten algunos ejemplos: la perversa invasión de Rusia en Ucrania, la guerra en Afganistán, en Etiopía, en Yemen, el permanente conflicto entre Israel y Palestina, Siria, Haití, Myanmar (Birmania); África sigue siendo escenario de enfrentamientos entre los países y los yihadistas: Camerún, Mali, Níger, Burkina Faso, Mozambique, el Congo, el enquistado problema del Sahara Occidental y Marruecos… El Cristianismo llama paz a la aceptación del “otro”, precisamente en cuanto “otro”. La responsabilidad cristiana está del lado de Dios y de la verdad y de la totalidad de la humanidad.

La guerra es un recurso que siempre acaba golpeando a los más débiles, población vulnerable, civiles en zonas de combates; todo en nombre de intereses que, casi siempre, son lejanos y ajenos a cada persona.

La paz es mensaje, es compromiso, es actitud y es misión. Así envía el Padre a Jesús Resucitado; y así envía Él a sus discípulos/as, y también a mí, hoy: “Os dejo la paz, os doy mi propia paz; una paz que el mundo no os puede dar” (27-28).

¿Y qué ocurre cuando la guerra parece inevitable y se hace realidad? ¿Qué pasa cuando se instala la obstinación o los intereses son tan contradictorios que parecen ser el único camino? ¿No es legítimo entonces, luchar y defenderse? Jesús respondió a la violencia con paz, al insulto con silencio, al pecado con el perdón en la cruz y su muerte no fue un fracaso. ¡Qué difícil de comprender hoy!

Podemos sentirnos unidos, en palabras de Pablo, a todas las guerras y conflictos olvidados: “Si un miembro del cuerpo sufre, todo el cuerpo sufre con él”.

Juan anima a sostener el mundo sin acobardarse ante la hostilidad. Para él, Jesús es el Verbo encarnado, el enviado de Dios. Se trata, por tanto, de su persona, de su misión, de la actitud de los hombres ante él; colocarse en la alternativa de vivir como esclavo o como hijo/a de Dios. Juan reivindica la libertad humana. La maldad no está en lo físico, sino en lo social: “el mundo” significa la humanidad, y en su sentido peyorativo, el orden social creado por los hombres, el sistema de relaciones humanas basado en la mentira, el odio y la injusticia.

El mensaje y la exigencia de Dios, la Palabra encarnada en Jesús, es el amor leal entre todos, como el que Dios ha mostrado a la humanidad: “Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (1,14).

Este mensaje condena la maldad del orden presente, “el mundo”, y ante él la humanidad se divide, aceptándolo o rechazándolo. El mandamiento del amor es el signo distintivo de los que siguen a Jesús, rechazando los criterios y la escala de valores del mundo injusto: ellos/as anulan al mundo en medio del mundo (17,16.18) Quien se desentiende del Jesús humano no es cristiano; vivir como él vivió es la norma y el único mandamiento a seguir.

Podríamos preguntarnos: ¿somos consecuentes con este mensaje?, ¿dejo que el Espíritu de Jesús sea el referente de mi vida?, ¿cuáles son nuestras verdaderas intenciones?

Decir que el Cristianismo es la revelación del amor significa que el amor es la clave de la vida misma y de la totalidad del sentido del cosmos y de la historia. Si las potencias relevantes tomaran en serio la cuestión del desarme podríamos acceder a acuerdos viables e ir reduciendo gradualmente el armamento. La paz necesita ser considerada como una posibilidad real. El equilibrio del terror es inaceptable, inmoral e inhumano. El desarme debe ser algo más que una tapadera para los embustes políticos. No podemos seguir celebrando conferencias en las que se toman propuestas de paz para olvidarlas a continuación. “La sabiduría que viene de arriba es intachable, pacífica, tolerante, compasiva, imparcial, sin hipocresía. Los que promueven la paz siembran frutos de justicia. ¿Qué es lo que os lleva a las guerras y a los conflictos entre vosotros? Vuestras pasiones infectan vuestros cuerpos. Ambicionáis y no tenéis, y por ello, matáis” (Sant 3,17. 4,2)

Shalom!

Mª Luisa Paret

[1] T. Merton, Paz en tiempos de oscuridad, DDB, 2006, 91-93

Fuente Fe Adulta

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“El Padre es más que yo”: La realidad y la apariencia.

domingo, 22 de mayo de 2022
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827C8344-94BA-42C1-A22A-B7511B50E15EDomingo VI de Pascua

22 mayo 2022

Jn 14, 23-29

Con frecuencia, la afirmación que da título a este comentario y que el autor del cuarto evangelio pone en boca de Jesús ha dado pie a interminables debates teológicos, con el telón de fondo de la “divinidad” de Jesús. ¿Es Jesús de la “misma sustancia que el Padre” –“homoousios”, como proclamó el concilio de Nicea en el año 325- o, como afirma el Jesús del cuarto evangelio, el Padre es “más” que él?

Más allá de las sofisticadas elucubraciones teológicas, parece claro que esa afirmación no tiene encaje posible dentro de la dogmática elaborada en Nicea. Y, sin embargo, cabe una lectura que da razón ajustada a toda esta cuestión.

Desde la comprensión no-dual, advertimos que Fondo y Forma -o, si se prefiere, Realidad y Apariencia- constituyen las dos dimensiones de la (única) Realidad, que nosotros también compartimos. Así, hablamos de “personalidad” (como nuestra “forma” o “apariencia” concreta) y de nuestra “identidad” (como el “fondo” último de nuestra verdad).

Pues bien, cada uno, cada una de nosotros puede hacer suya la afirmación de Jesús, expresada ahora en este lenguaje: “Soy uno con el Fondo de lo real -el “Padre”- pero, al mismo tiempo, en cuanto “persona” particular, soy más «pequeño” que aquel Fondo que reconozco mi identidad. En palabras de Fidel Delgado: “Soy Todo y poco, a la vez”.

Una vez más, se pone de manifiesto cómo lo que parecen dilemas irresolubles para la mente analítica, quedan disueltos en la comprensión no-dual, que sabe ver y reconocer la paradoja que habita toda la realidad.

Padre” e “Hijo”, Realidad y Apariencia, no son realidades contrapuestas y mutuamente excluyentes, así como tampoco aluden a entidades o seres separados que entrarían en comparación. Constituyen las dos dimensiones de lo real, que descubrimos en nosotros mismos reconociéndonos, a la vez, ambas cosas: identidad (realidad) y personalidad (apariencia). Según desde la perspectiva que adoptemos podemos vernos como plenitud o como una forma “pequeña” (personalidad particular), en comparación con lo que somos en profundidad. O dicho de otro modo: “Somos «más grandes» que lo que pensamos ser”.

¿Puedo percibir en mí esas dos dimensiones y el “juego” que se da entre ellas?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La democracia en los parlamentos es valiosa. La comunidad eclesial vive la paz de la comunión en la fe, no del poder

domingo, 22 de mayo de 2022
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F83F30DA-5496-4EBD-9151-ED3867EC55DADel blog de Tomás Muro la verdad es libre:

01.- Nostalgia de paz.

    Este año recordamos y evocamos la paz en plena guerra Rusia / Ucrania y otras guerras larvadas en Oriente Medio, en África, Latinoamérica, etc.

    Por otra parte añoramos la paz también en la Iglesia por las viejas rupturas históricas, por el enfrentamiento entre diversos sectores en el seno de la misma Iglesia católica.

    También sentimos nostalgia de paz en nuestras propias familias, en lo más íntimo de nuestra propia persona.

02.- Y qué es la paz.

    La paz os dejo, mi paz os doy…

    La paz no es la mera ausencia de guerra. La guerra conduce a la paz. La guerra no conduce a la victoria o a la derrota, pero ni una ni otra son paz.

  El poder, todo poder (incluido el eclesiástico) puede generar opresión, orden público “manu militari”, pero eso tampoco es paz.

    La mera resignación y aceptación estoica de una situación tampoco es paz. Pensar: “es lo que hay o lo que toca”, no es paz.

    No es fácil definir lo que sea la paz. Podríamos aproximarnos al concepto de paz si la entendemos como la integración de las dimensiones del ser humano que nos hace vivir en armonía interior y también hacia el exterior.

    En hebreo (en el mundo bíblico) para hablar y desear la paz emplean la palabra Shalom. Esta expresión hebrea significa estar sano, íntegro. Y con esta expresión se quiere desear la armonía personal y comunitaria que viene de la bendición de Dios.

Con este término, Shalom, se desea la paz en todos los aspectos de la vida: la salud corporal, que la vida transcurra en paz, se trabaja en paz, se celebra en paz, se duerme en paz, se muere en paz.

La paz no es ni proviene meramente de las instituciones políticas y militares. ¿Enviando armas a Ucrania se construye la paz? Para vivir en paz hace falta algo más y mejor que misiles y tanques. Y hace falta algún pensamiento más noble y sano(shalom) que la nación, la economía y el poder.

La paz no proviene de la economía, ni de la tecnología. Por mucho que progresen la técnica y la economía, no podrá haber en el mundo justicia ni paz en tanto los hombres no reconozcan la gran dignidad que hay en ellos como criaturas e hijos de Dios (Juan XXIII / Mater et Magistra, 215).

    Toda la tecnología y el bienestar social, etc. no dan síntomas de sensibilidad de paz y pacificación ante las pateras, los refugiados, ante el problema de Rusia y Ucrania, ante el Islam. La respuesta no está siendo precisamente de paz, sino más bien bélica.

Ni tan siquiera la paz surgirá de la seguridad jurídico política de acuerdos y pactos que no cambian mentalidades y corazones. Las grandes instituciones: Bruselas, Estrasburgo, la onu, la otan, etc. pueden y tienen que llegar a acuerdos y pactos ecologistas, bélicos, quizás atómicos, étnicos, religiosos, etc., pero la paz brotará siempre de una conciencia más profunda, de un ethos, que hoy por hoy están muy ausente en nuestro mundo, al menos en nuestras sociedades occidentales y en nuestros planes de educación.

¿Tal vez las ideologías políticas, económicas y nacionales no son “sanas” en el sentido de shalom?

Pablo VI decía que la paz es necesaria para la madurez de la conciencia moderna, desde la evolución progresiva de los pueblos, desde la necesidad intrínseca de la civilización moderna (Jornada de la Paz, 1 de enero de 1975).

03.- La paz interior, personal.

    Conflictos, problemas, pecado profundo, crisis interiores los vamos a tener en la vida. Y ello nos va a quitar la paz interior con el peligro de que –según qué momento religioso nos pille- la cosa derive en angustia y escrúpulos patológicos.

     En el ámbito de la persona, la paz es la integración armónica de las diversas fuerzas y capacidades del ser humano. La paz personal, interior, proviene -en la medida de lo posible- de una sana integración de las diversas dimensiones humanas: las diversas áreas de nuestra psicología, la afectividad, la salud y la enfermedad, el pecado, la dimensión religiosa, etc.

     La falta de paz personal puede fomentar o derivar en miedo, angustia o en otras actitudes negativas: odios, venganzas, obsesiones.

    La persona cristiana adulta, -y adulta en la fe-, no pierde la confianza ni la paz cuando se encuentra con Dios en la profundidad de la vida. Cuando en su interior uno asume su propia debilidad, miseria o fracaso y lo pone en manos del Señor, eso produce una profunda paz, que el mundo no puede dar.

04.- Paz y comunión eclesial no es dominación

Para nosotros resuena: la paz os dejo, mi paz os doy.no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde.

En la Iglesia se habla mucho de comunión eclesial, pero se realiza poco esa comunión.

En un parlamento conviven y trabajan diversas ideologías que llegan, más o menos, a consensos y acuerdos. Eso es bueno, está bien y se llama democracia. Pero la democracia no es comunión.

En la comunidad eclesial nos une la comunión en la misma fe en el Señor resucitado. La comunión está en la fe en el Señor, no en las órdenes y disciplina. La comunión eclesial no se produce por el sometimiento y dominación de los obispos y el clero, sino porque todos creemos –fe- en el mismo Señor JesuCristo.

La comunión no viene por la uniformidad de los ritos, de la liturgia, o de las formulaciones teológicas, etc., que pueden ser –son- muy diversas y No impongamos cargas que no son necesarias.

La comunión eclesial viene de la fe en el Señor Jesús.

La paz os dejo mi paz os doy.

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“Cuidado con la Biblia porque…”, por Rubén Bernal

martes, 17 de mayo de 2022

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosEn el Día Internacional contra la Homofobia, nada mejor que leer este magnífico artículo que destroza los discursos de odio “basados” en la Biblia:

Concuerdo con Walter Brueggemann cuando dice: «El análisis de las Escrituras es, entre otras cosas, como un banquete»[1] ¡Oh bendito y delicioso banquete! ¡Cuánta razón tienes señor Brueggemann! ¡Cuántos variados y exquisitos manjares nos aguardan en sus páginas! Por su parte, J. C. Ryle decía: «Deberíamos leer nuestras biblias como hombres (yo diría aquí “como personas”) cavando en busca de un tesoro»[2] Y no es que necesariamente tengamos que cavar muy profundamente en el ropaje o envoltorio cultural, lingüístico o social de los textos bíblicos para hallar dicho tesoro, sino que muchas veces (aunque no siempre) –de forma perspicua– lo vemos a través de ese ropaje humano, pues ahí mismo florece como una rosa (sí, una rosa que, al tomarla para aspirar su delicioso perfume, puede clavar sus púas contra nuestro ego, desafiándonos incómodamente a examinarnos para quitar cosas de nuestra vida). A su manera, y siguiendo el hilo del «buscatesoros», también Craig Keener expresa:

Un exégeta puro puede encontrar muchos tesoros intelectuales en las Escrituras; pero solo un verdadero discípulo puede experimentar la plenitud de esos tesoros en su vida[3]

Como nos gusta recordar: «Todo escrito inspirado por Dios sirve además para enseñar, reprender, corregir, educar en rectitud; así el hombre [anthropos = persona] de Dios será competente, perfectamente equipado para cualquier buena tarea» (2Tim 3,16-17 NBE)[4] Esta inspiración queda en nosotros reconocida por el testimonium internum del Espíritu, [5] avistando que a pesar de la gran cantidad de autores humanos que compusieron la Biblia, o de la variedad de géneros literarios, o de incluso la cultura humana que subyace en sus textos, el panorámico sentido general o el hilo conductor nos remite a su auctor primarius. Afirmamos que a través de ella Dios habla y revela su voluntad (artículo 1 de la Confesión de fe de la IEE [6]), en ella Dios se nos da a conocer a sí mismo[7] Las Escrituras no son un «cristo encuadernado» pero nos conducen a Cristo, la Palabra encarnada de Dios, y vehicula su mensaje para nosotros/as; [8] no nos deja solo en el rol de lectores, sino que nos conduce a tomar la posición de participantes en una relación existencial con Dios por medio de Jesucristo.

Creo que es una experiencia común el hecho de que, muchas veces, un pasaje con el que estamos relacionados, no nos llega (por decirlo de algún modo), o nos llega de una manera meramente intelectual, hasta que, un día cualquiera, vuelves a leerlo y te topas en ese instante con la voz de Dios hablándote de un modo especial, abriéndote el entendimiento. Lo que entendíamos mentalmente (o a veces ni eso), pasa a ser comprendido de un modo íntimo. Hay unas palabras de Rowan Williams que señalan este asunto:

Estoy seguro de que Pedro, Juan y los demás discípulos no eran muy distintos de nosotros; es decir, ellos tenían esos días en los que uno no entiende nada, pero también esos días en los que las piezas empiezan a encajar y vislumbras el impresionante panorama que poco a poco se va desvelando ante ti. [9]

Precisamente los discípulos, después de la resurrección de Jesucristo, necesitaron que el Señor les abriese el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras (Lc 24,45; Lc 24,27). Seguimos necesitando que el Espíritu del Señor nos dé un discernimiento global de su mensaje, para no caer en reduccionismos, literalismos y lecturas faltas de gracia y alejadas del propio Jesús. [10] Jesús es precisamente nuestra clave hermenéutica porque él es la exégesis definitiva de Dios, es quien traduce a nuestra existencia humana la Palabra de Dios en estado puro (Jn 1,18)[11]

Sin embargo, independientemente de nuestro contexto como lectores de la Biblia, corremos el riesgo de domesticarla de modo que deje de interpelarnos. Usaríamos entonces sus páginas (y al Dios que nos presenta) a nuestra conveniencia, al servicio de nuestros propios ídolos [12] de modo que ya no nos enseñaría, ni nos reprendería o corregiría, ni animaría o consolaría. Así tristemente, todo el delicioso banquete del que hablaba Brueggeman, se quedaría empapado; inundado del mismo y repetitivo sabor a kétchup barato al que le hemos sometido. Por consiguiente, la degustación de cada bocado nos resultaría monótona, pues ya la Biblia solo nos serviría amaestrada al servicio de nuestros intereses personales e ideológicos.

¡Cuidado con la Biblia cuando la instrumentalizamos a conveniencia para que diga lo que queremos forzarla a decir, cuando la sometemos al servicio de nuestros ídolos!

Cuidado con la Biblia porque desde ella –aunque más bien es desde nosotros/as– podemos además cometer atrocidades mediante una pésima hermenéutica (evito citar bestialidades que se han justificado con el libro sagrado en la mano).

La bibliolatría, que inconscientemente  hace de la Biblia una «Hipóstasis» divina (como un cuarto miembro de la Trinidad), sería otra razón por la cual hemos de tener cuidado, así como también la degeneración a la que a veces deriva el principio de Sola Scriptura por parte del biblicismo fundamentalista, cuando despega dicho principio del «resto de las connotaciones teológicas que [también] harían [conjuntamente] la teología de la Reforma» [13].

Cuidado con la Biblia porque, cuando proyectamos sobre ella algunas precomprensiones y clichés sobre la normatividad actual de todos sus pasajes, [14] somos capaces de extrapolar a nuestros días códigos legales que los cristianos ya no usamos (como por ejemplo el Código de Santidad que tenemos en los capítulos 17 al 26 de Levítico, que prohíbe muchas cosas que sí hacemos hoy en día, pero que permite comprar y vender esclavos 25,44-46 o asesinar tanto al blasfemo 24,14 como a quienes se junten con varón como con mujer 20,13) [15].

Cuidado con la Biblia porque, del mismo modo que el diablo hizo en el relato de las tentaciones en el desierto (Lc 4,1-13), se la puede usar para poner trabas al proyecto del reino de Dios. Se puede manipular a la gente en nombre de Dios con pasajes fuera de contexto. Incluso ha sido empleada o exhibida innumerables veces por políticos para atraer el voto de creyentes ingenuos, e incluso para justificar acciones para las que, en realidad, no hay excusa ni defensa. Me parece muy ilustrativa la frase de Carnegie (el malvado antagonista de la película El Libro de Elí), este personaje, que rige una ciudad de modo dictatorial, quiere apoderarse de un ejemplar de las Sagradas Escrituras para gobernar con ella a las personas a su antojo y dice:

No es un libro, es un arma que apunta directamente al corazón y al cerebro de las personas. La gente hará cualquier cosa que se les diga, si se emplean las palabras de ese libro. Ya ha sucedido antes, y volverá a suceder.[16]

Otro tema distinto, preocupante también, es el riesgo que corremos cuando nuestro estudio de la Biblia solo persigue la búsqueda de conocimientos para alardear, con tal de tener armas para discutir competitivamente contra quienes nos parecen enemigos, o simplemente para creernos superiores –desde un academicismo elitista– respecto a quienes saben menos. [17] Es un riesgo y una actitud desenfocada aprender más sobre ella para vanagloriarnos y presumir.

¡Pero cómo cambia la cosa, cuando leemos las Escrituras con la actitud del buscador de tesoros, con hambre de degustar la Palabra viva del Dios vivo! ¡Qué hermoso lo que ocurre cuando en comunidad hacemos un estudio bíblico y se comparten matices y vivencias a la luz de las Escrituras! La lectura comunitaria de la Biblia, bien sea incluso mediante una plataforma virtual, es un auténtico deleite. En esos encuentros, tanto la persona de pocos estudios en estas disciplinas como quienes tienen una trayectoria académica en ciencias bíblicas o teología, escuchan e interrogan conjuntamente al texto sagrado con una sana actitud. En efecto, cuando nos reunimos en torno a la Escritura para estudiarla, para dejarla hablar, es para las personas presentes un banquete. En estos encuentros se mueven, como compañeros de baile, tanto los aportes exegéticos de quienes están acostumbrados a esas disciplinas, trasportándonos al contexto en que fueron escritos, junto con las relecturas de quienes ven la realidad contemporánea desde la luz de los textos.

En primera instancia, los pasajes bíblicos tienen un contexto remoto, unas épocas en la que se escribieron, unas circunstancias directas para las cuales se fueron plasmando por escrito, pero al mismo tiempo estos pasajes –desde una lectura cuidadosa y orientada por el Espíritu– pueden arrojar luz en nuestro caminar diario. Así lo creo porque así lo vivo. No amaestremos la Biblia, ni tampoco la convirtamos en un fin en sí misma, no empapemos sus manjares con kétchup de mala calidad, degustemos sus pasajes y dejémosla hablar.


[1] W. BRUEGGEMANN; La Biblia, fuente de sentido (Barcelona: Claret, 2007) p.34.

[2] J. C. RYLE; Expository Thoughts on John, Vol. 1 (Carlisle: Banner of Truth, 1869/2012) 1:243-245.

[3] C. KEENER; Hermenéutica del Espíritu: leyendo las Escrituras a la luz de Pentecostés (Salem: Kerigma, 2017) p.326.

[4] Aquí el uso de la Nueva Biblia Española (L. A. Schökel – J. Mateos) es meramente por motivos estéticos (poéticos). Obviamente hay una diferencia de sentido entre «toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil… (RV60)» a una propuesta de traducción como «toda Escritura (que es) inspirada por Dios es también útil…», pero el autor está escribiendo a creyentes que ya conocen cuáles son esos textos inspirados, y el griego permite ambas traducciones. De hecho, en la traducción de Lutero (1545) aparece así «Porque toda la Escritura dada por Dios, sirve para…». La Biblia del Oso de Casiodoro de Reina (1569) traduce: «Toda Escritura inspirada divinamente es útil…»; y la revisión de Cipriano de Valera conocida como la Biblia del Cántaro (1602), mantiene la misma forma. De igual modo, el Nuevo Testamento de Francisco de Enzinas (1543): «toda escritura divinamente inspirada es provechosa para…». La propuesta de la Reina-Valera 2020 es «Toda Escritura es inspirada por Dios y útil…» (sin el «la» delante de «Escritura»). Además, debe decirse que, en primera instancia, como aún no existía el canon del NT, la alusión que se hace con Escrituras es una referencia al Antiguo Testamento, el cual, por cierto, aparece en su uso neotestamentario (es decir en citas y referencias), siguiendo directamente el texto griego de la Septuaginta, y no el texto hebreo.

[5] J. CALVINO; Institución de la Religión Cristiana, I. IX.3. y I.VII.5.

[6] La confesión de fe de la IEE está inspirada en la Segunda Confesión Helvética (1566) que en el siglo XVI facilitó la aproximación entre zwinglinianos y calvinistas. La IEE (Iglesia Evangélica Española) es una iglesia protestante unida en la que convergen diversas tradiciones denominacionales históricas, siendo más predominante la rama presbiteriana y la metodista (pero no fueron las únicas).

[7] Artículo 2 de la Confesión Belga de 1561 (conocida en un principio como Confesión de los Países Bajos por estar esta región incluida en ellos). El concepto de “darse a conocer” está bastante en línea con la forma contemporánea de entender la Revelación, no tanto de forma proposicional (como una revelación de contenidos), sino de un modo relacional, de autoentrega de Dios, de darse a conocer mediante sus acciones salvíficas. Esto no es solo así en la reflexión protestante contemporánea sino que también se percibe en la católica romana, pues en esta última puede distinguirse notablemente comparando Dei Filius (C. Vaticano I) y Dei Verbum (C. Vaticano II).

[8] Para las viejas batallas de si la Biblia «es» la Palabra de Dios, o si «contiene» la Palabra de Dios, pueden verse dos razonamientos de dos teólogos protestantes españoles: cf. J. M. TELLERÍA; El método en teología. Reflexiones sobre una metodología teológica protestante para el siglo XXI (Las Palmas de Gran Canaria: Mundo Bíblico, 2011) p.181; y también: M. GARCÍA; Redescubrir la Palabra. Cómo leer la Biblia (Viladecavalls: CLIE, 2016) pp.217-218. En la actualidad hay otras formas de tratar el tema.

[9] R. WILLIAMS; Ser discípulo. Rasgos esenciales de la vida cristiana (Salamanca: Sígueme, 2019) p.19.

[10] R. BERNAL; La Ascensión en Lucas-Hechos. Protestantes Nº 4, marzo 2021 (Revista oficial de la Iglesia Evangélica Española) p.16.

[11] Sobre esto: P. BONILLA; Jesús ¡ese exagerado! (Quito: CLAI, 2000) p.XIV. cf. B. SESBOUÉ; Jesucristo el único mediador. Ensayo sobre la redención y la salvación. Tomo 1 (Salamanca: Secretariado Trinitario, 1990) p.117. cf. A. TORRES QUEIRUGA; Recuperar la salvación. Para una interpretación liberadora de la experiencia cristiana, 2 ed. (Santander: Sal Terrae, 1995) p.150.

[12] José Ignacio González Faus dice: «Cuando usamos a Dios [o para el caso aquí la Biblia] para la defensa de algo, hemos puesto ese algo por encima de Dios; por consiguiente, lo hemos convertido en un ídolo». J. I. GONZÁLEZ FAUS – J. VIVES; Creer, sólo se puede en Dios. En Dios sólo se puede creer. Ensayos sobre las imágenes de Dios en el mundo actual (Santander: Sal Terrae, 1985) p.43.

[13] Cf. nota 385 en: J. L. AVENDAÑO; Un Esbozo de teodicea a la luz de la Theologia Crucis. Martín Lutero ante el misterio del sufrimiento humano, cristiano (Salem: Kerigma, 2020) 182.

[14] Como cuando se argumenta que lo que se dijo una vez, por ejemplo en el Pentateuco, queda validado para siempre siendo esta la razón de que no vuelva a repetirse de nuevo en los más recientes.

[15] Comer sangre (que por cierto en España es costumbre comer morcilla que está hecha con sangre) queda bajo pena de ser extirpado del pueblo (17,10), sembrar en un campo dos clases de semillas o llevar ropas de dos tejidos diferentes está terminantemente prohibido (19,19), tampoco se permitía raparse la cabeza en redondo (19,27), ni comerse un animal muerto o despedazado por las fieras (22,8), etc.

[16] The Book of Eli (en Latinoamérica es El Libro de los Secretos) es una película de 2010 dirigida por los hermanos Hughes, escrita por Gary Whitta y protagonizada por Denzel Washington (quien por cierto es un creyente comprometido perteneciente a las Asambleas de Dios).

[17] Para ello quiero traer estas palabras de J. I. Packer: «si estudiar la Biblia no representa un motivo más elevado que el deseo de saber todas las respuestas, entonces nos veremos encaminados directamente a un estado de engreimiento y autoengaño. Debemos cuidar nuestro corazón a fin de no abrigar una actitud semejante, y orar para que ello no ocurra». J. I. PACKER; Conociendo a Dios (Viladecavalls: CLIE/Oasis, 1985) p.16.


ruben-bernal-1Rubén Bernal Pavón (Málaga, España), es graduado en Teología por la Facultad de Teología SEUT (Madrid) con un máster en Teología Fundamental por la Universidad de Murcia.

Ha realizado estudios teológicos en el Instituto Superior de Teología y Ciencias Bíblicas CEIBI (Santa Cruz de Tenerife). Tiene una diplomatura en Religión, Género y Sexualidad por UCEL/GEMRIP (Rosario, Argentina).

Pastor de la Iglesia Protestante del Redentor de Málaga (IEE). Rubén es uno de los directores de Lupa Protestante.

Fuente Lupa Protestante

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«Violencia de género en la Biblia», por Jesús Donaire

martes, 17 de mayo de 2022
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Se estima que 736 millones de mujeres, una de cada tres, han experimentado alguna vez en su vida violencia física o sexual. En Ucrania son multitud las mujeres y niñas que están siendo violadas ante la pasividad de las autoridades internacionales. En los últimos veinte años, más de mil mujeres han sido asesinadas en España por violencia machista. Y aunque muchos países están incluyendo en sus agendas la erradicación de la violencia de género como objetivo prioritario, aún estamos muy lejos de alcanzar una verdadera igualdad de género. ¡Todavía queda mucho por hacer!

En nuestra sociedad patriarcal y misógina, siguen dándose episodios horrendos y estremecedores de violencia de género, como el que se narra en el pasaje bíblico que comente en mi vídeo, y que se encuentra en el libro de los Jueces 19, 22-30. ¡Anímate a visualizarlo, sólo son 10 minutos!

La iglesia interpreta este relato, al igual que el de Sodoma, de manera sexualizada, defendiendo que en él se condena la homosexualidad. Justifica esta interpretación haciendo un uso equivocado del verbo yadah, que traduce como acostarse con, cuando la traducción más acertada es la de conocer. Una lectura homófoba y sexualizada que surgió en la Edad Media y que hunde sus raíces en el mundo helénico. Esta forma de entender el pasaje no tiene en consideración el contexto cultural, religioso, lingüístico y literario en el que fue escrito, y ha terminado convirtiendo el relato en una especie de reportaje periodístico.

En su ensayo, Amores bíblicos bajo censura, Renato Lings defiende la idea de que el texto tiene un propósito político muy concreto: presentar al rey Saúl, originario de Guibeá, y a su tribu de Benjamín, desde una perspectiva denigrante e ignominiosa. Se trataría de algo así, como de una especie de novela policíaca de ficción, redactada con fines políticos. Argumenta su teoría, acudiendo a las referencias que encuentra en este pasaje, de la lucha de poder que existió en Israel entre los partidarios del rey Saúl y los del rey David. De esta forma, el autor sagrado pretende provocar en el lector enfado, indignación y repulsa por la nefasta gestión política de Saúl, que terminó sus días siendo rechazado por Dios y apartado del trono de Israel.

Estas dos últimas son las interpretaciones más habituales que se hacen de este relato. Ahora bien, ya sea denunciando la xenofobia que había en Israel, o poniendo de manifiesto el pésimo gobierno de Saúl, en ningún momento, esta narración tiene la intención de rechazar la orientación sexual gay. Pensar que en este pasaje condena la homosexualidad es un despropósito y anacronismo.

Aclarado esto, fijaré la mirada en el trato despiadado y mortal que recibe la esposa del levita, y que ha de ser considerado, en toda regla, violencia de género. Es verdad que, en la mente del autor del libro de Jueces, no existe como tal, la noción de violencia de género, ya que esta es posterior. Pero, no por ello, debemos obviar que este trágico episodio narra el maltrato que sufre una mujer.

Así se pone de manifiesto que, aquellos hombres agresivos, lo que pretenden desde el inicio del relato es violar a la mujer del levita. Por eso le amenazan a él, porque sólo así conseguirán acceder a su esposa.

 Una sociedad que da la espalda a millones de mujeres maltratadas, humilladas y violadas por hombres depravados y violentos, es una sociedad hipócrita y falsa. Una iglesia que no denuncia el sufrimiento de millones de mujeres, sometidas a hombres malvados y autócratas, es una iglesia hipócrita y falsa. Alejada de las enseñanzas de Jesús de Nazaret.

¿Por qué la iglesia no habla de violencia de género? ¿Por qué mira hacia otro lado, como si proteger a quien está sola e indefensa, no formara parte del evangelio? ¿Por qué les incomoda tanto, a ciertos jerarcas y eclesiásticos, aceptar que en la Biblia se denuncia la mentalidad androcéntrica, machista, misógina y patriarcal, que defienden algunas corrientes políticas y sociales emergentes, que simpatizan con la iglesia? Quienes gobiernan la iglesia, después de leer este pasaje, ¿pueden seguir pensando que en la Biblia no se contienen episodios de violencia de género? ¿Se justificarán diciendo que es una moda superficial y pasajera?

 ¡Si tú también encuentras necesario este discurso, solidarízate conmigo e impúlsame a seguir! Me siento llamado en favor del otro. Si quieres que nos conozcamos y te acompañe personalmente, ofreciéndote mi conocimiento y experiencia, por mí, encantado. Entra en mi página web (jesusdonaire.me) y solicita mi acompañamiento. Estaré encantado de conocerte y ayudarte en tu proceso. ¡Me tienes a tu disposición!

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Los “días de gloria” son nuestra vida diaria ahora

lunes, 16 de mayo de 2022
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447C2941-2359-4536-B217-5245C2E85E53La reflexión de hoy (15 de mayo de 2022) es del colaborador de Bondings 2.0 Michael Sennett, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Quinto Domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.

Cuando era niño, recuerdo que los adultos solían expresar su deseo de tener «días de gloria«. Pensando en mi infancia, puedo escuchar las historias que recuerdan a los deportes, la política, la religión, la tecnología, lo que sea. En ese entonces, sus historias resonaban en mi cabeza como un enigma. Ahora, como un adulto de veinticinco años, entiendo sus inclinaciones. Incluso la noción de cambio en mi palabra estable es suficiente para ponerme la piel de gallina.

Para aclarar, el cambio ha dado paso a una gran cantidad de cosas buenas y seguirá haciéndolo. Los avances en los derechos de las mujeres, las personas negras y marrones, las personas discapacitadas, la comunidad LGBTQ+, los inmigrantes, los refugiados y muchos grupos marginados son un testimonio de esto. Sin embargo, aceptar el cambio en mi propia vida no es fácil.

Actualmente, esperar la asignación de un nuevo párroco como empleado de la parroquia ha sido una montaña rusa emocional. En medio de esta importante transición en el lugar de trabajo, asumí el papel (totalmente inútil) de un Tomás incrédulo. Ser un hombre transgénero católico me plantea muchas preguntas. ¿Qué pasa si el próximo pastor es transfóbico? ¿Apoyará nuestros esfuerzos para atender a los católicos LGBTQ+? ¿Puedo ser visible a su alrededor sin miedo a las repercusiones? Escenarios como estos han estado pesando en mi mente. Inicialmente me consumía la culpa por mis pensamientos pesimistas. Entonces recordé la multitud de casos en los que los católicos LGBTQ+ han sido discriminados. Por injusto que sea temer a alguien que nunca he conocido, tampoco puedo fingir ignorancia sobre el trauma de los católicos homosexuales y mis propias experiencias.

La lectura del Evangelio de hoy, sin embargo, fue una bofetada para mí. Cuando Jesús les reveló a sus apóstoles que solo estaría con ellos por un poco más de tiempo, seguramente se sintieron consternados ante la perspectiva de un ministerio sin su líder. Los había guiado y protegido. ¿Cómo servirían sin él? Pero Jesús instruye a sus discípulos con un nuevo mandamiento: “ámense los unos a los otros. Como yo os he amado, así también vosotros debéis amaros los unos a los otros». El amor incondicional triunfa sobre las dudas y la incertidumbre. Amar a través del miedo revela la presencia de Dios.

En lugar de permitir que mis preocupaciones me abrumen, necesito reaccionar con amor. Dibujar líneas de división solo invita a Jesús a pararse del otro lado, con la parte aislada. Al final del día, todos los miembros del personal comparten la misión común de difundir el Evangelio y llevar el amor de Dios a la comunidad parroquial. Una cálida bienvenida al nuevo pastor, conocer sus dones y encontrarlo donde está son esenciales para cultivar un discipulado amoroso. El liderazgo del pastor actual también hace posible este proceso. Su apoyo me ha ayudado a aumentar mi confianza como persona trans católica, sentándome las bases para encontrar mi propósito y mi pasión. Crear el mismo ambiente para el próximo pastor es un acto de amor. La lectura del evangelio de San Juan, escrita por el discípulo a quien Jesús amaba, también enfatiza la gloria de Dios: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él». La gloria no es un resumen del pasado, existe ahora. Los “días de gloria” son nuestra vida diaria, y lo mejor verdaderamente está por venir cuando podamos regocijarnos con el Señor.

La aprensión ante el cambio es normal. Sin embargo, no debemos permitir que nuestros miedos superen nuestra capacidad de amar. Como discípulos estamos obligados a amar sin restricciones, venciendo las tinieblas de la incertidumbre con la Luz de Cristo. Ya no tenemos que revivir el gozo de los días del pasado, debemos deleitarnos en la gloria del presente y esperar la promesa del futuro.

—Michael Sennett, New Ways Ministry, 15 de mayo de 2022

Fuente New Ways Ministry

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