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Salir con lo puesto.

domingo, 13 de noviembre de 2022
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fotonoticia_20210921143254_420Un hombre sale de su casa con libros durante la evacuación en La Palma – Arturo Jiménez/dpa

“Vino la guardia civil y nos dijo que no podíamos esperar más y que en media hora teníamos que salir de nuestra casa porque la lava del volcán estaba ya cerca. Así que metimos en un par de bolsas lo que pudimos y nos marchamos dejándolo todo atrás, sin saber si podríamos volver o no…”

Todavía tenemos grabados en la memoria relatos como este de gente de La Palma cuando, al verles salir de sus casas con lo puesto, despertaron en muchos de nosotros la pregunta: -¿Qué me llevaría yo si tuviera que abandonar todo lo mío con urgencia?

Algo de esa experiencia está resonando en las imágenes truculentas del texto evangélico de este domingo que comienza con una sentencia demoledora: “No quedará piedra sobre piedra, todo será destruido” (Lc 21,6). ¿Qué hacer con este lenguaje amenazador?

De entrada recordar, aunque nos resulte incómoda, la evidencia de que hemos llegado a la existencia con “marca de caducidad” y eso es algo incuestionable. Muchas imágenes bíblicas lo repiten para que no lo olvidemos: la vida humana es una sombra que se alarga, una flor del campo rozada por el viento, un correo veloz, una nave que atraviesa las aguas sin que su quilla deje estela en las olas; un pájaro que vuela por el aire sin dejar vestigio de su paso; una flecha disparada al blanco que cicatriza al momento el aire hendido, escarcha menuda que el vendaval arrastra, el recuerdo del huésped de una noche (Sab 5,8-14). No poseemos aquí una ciudad permanente, somos extranjeros y viajeros (Cf He 11,13; 13,14) y es inútil tratar de esquivar esa realidad y vivir enredados para distraernos en pantallas que solo pueden ofrecernos bits y píxeles.

Ir aprendiendo también a ser, en expresión de Josep Maria Esquirol en La penúltima bondad, “sujetos de admisión”: “Ad-mitir y per-mitir son variaciones del dejar llegar. Ad-mitir es dejar venir, dejar entrar a lo que viene, no cerrarse al advenimiento”. Y eso quiere decir que cada uno de nosotros tiene que gestionar cómo incorpora a su respiración vital ese suspiro final del Apocalipsis: “Marana tha. Ven Señor Jesús”.

Permitirnos, finalmente, leer “los bordes del texto” porque son luminosos y consoladores: antes de la afirmación “No quedará piedra sobre piedra”, está la escena en que Jesús ha visto a una pobre viuda echar sus dos únicas moneditas en el tesoro del templo y por eso, cuando luego le señalan la magnificencia de los edificios, le parecen una minucia en comparación con el gesto de la mujer que es lo que a él le parece extraordinario, sólido y consistente.

Sigue hablando J.M. Esquirol, como si acabara de leer la insólita afirmación final de Jesús: “Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá”.

“Todo se perderá”: así reza la sabiduría vinculada al paso del tiempo. Sin embargo, ¿qué posee más “realidad”: las cosas materiales del mundo, que por muy consistentes que parezcan también quedarán inexorablemente engullidas en la noche del tiempo, o la vida sentida con intensidad por cada uno de nosotros? Todo se perderá, pero casi seguro que el grosor invisible de un acto de generosidad supera al del manto de la Tierra. Todo se perderá, pero hay más “realidad” en un encuentro amistoso y franco que el rascacielos más alto del mundo. Todo se perderá, pero de algún modo cuenta más que una persona ayude a otro que mil galaxias desaparezcan del firmamento”.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Un mundo nuevo

domingo, 13 de noviembre de 2022
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refugeeConfianza-252x300Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario 

13 noviembre 2022

Lc 21, 5-19

El género apocalíptico, al que pertenece el relato que leemos hoy, se refiere a la gestación de un “mundo nuevo” -de un nuevo y definitivo estado de cosas-, a través de imágenes que más tarde se han designado precisamente como “apocalípticas”: guerras, epidemias, hambre, terremotos y movimientos estelares, que siembran confusión, desolación, pánico y muerte. Todo ello venía a significar que estaba derrumbándose el “viejo orden” -de injusticia-, que daría lugar al nacimiento de un mundo nuevo (leído a tenor de las propias creencias del grupo que elaboraba el relato apocalíptico).

En medio de esa descripción de calamidades de todo tipo, se alza firme la invitación a la confianza por parte de Jesús: “Ni un solo cabello de vuestra cabeza perecerá: con vuestra perseverancia, salvaréis vuestras almas”.  

La confianza se enraíza -una vez más- en la comprensión de lo que somos. Por lo que las palabras de Jesús podrían traducirse de este modo: “lo que realmente somos se halla siempre a salvo”.

En cierto modo, toda nuestra existencia es un camino de pérdidas, y empezamos a hacerlo más consciente en la medida en que vamos cumpliendo años: progresivamente, vamos a ir perdiendo todo aquello que valorábamos o a lo que nos habíamos apegado…, hasta la muerte, el último “soltar” todo.

Pues bien, en ese inexorable camino de pérdidas, hay algo que permanece: lo que somos en profundidad. El texto lo llama “alma”, pero tal vez ese término esté tan gastado que no evoca para nosotros aquella realidad a la que me refiero. Porque no se trata del “yo particular”, en cualquier forma que se lo conciba, sino de la consciencia o la vida que somos, más allá de esta forma impermanente.

Superada la identificación con el yo y el consiguiente apego a su mundo de deseos, expectativas y sueños, la comprensión nos permite descansar confiadamente, más allá de él, en la verdad de lo que somos, verdad que trasciende todos nuestros pensamientos y nos conduce al silencio de la mente o silencio del yo. Y cuando el yo se ha silenciado, toda nuestra visión se transforma por completo.

¿Dónde se apoya mi confianza?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El purgatorio es una gozada

domingo, 13 de noviembre de 2022
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hijo-prodigoDel blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

01.- Final y Finalización

Las lecturas de estos domingos finales del año litúrgico -y la vida misma- nos sitúan ante el final de nuestra existencia, pero no en sentido de “punto y final”, sino en sentido de finalización, de realización del ser humano y de la historia.

    Podemos partir de la pregunta: ¿Qué ocurre cuando una persona muere?

Vaya como tesis central que después de esta vida, Dios mismo será nuestro lugar. (San Agustín). Nuestro final y finalización es Dios.

Pero ¿Qué podemos pensar y creer que ocurre cuando una persona muere?

02.- El purgatorio.

Por una parte, cuando morimos, nos encontramos con Dios, Padre de Jesús y Padre nuestro. Esto es ya fuente de paz y serenidad. (Absténganse moralistas y eclesiásticos de vía estrecha). El encuentro con el Señor siempre es amable y salvífico.

    Por otra parte, los seres humanos somos débiles y morimos con no poca miseria a cuestas, además de que morimos sin haber desplegado los talentos que Dios nos ha regalado.

    Es razonable pensar que necesitaremos alguna purificación de nuestro pecado, al mismo tiempo que necesitaremos desplegar las cualidades o talentos (carismas) que Dios nos ha regalado y llegar a ser lo que Dios tenía soñado para nosotros.

0.3.- ¿Tiempo, lugar y fuego?

    A esa situación “pos mortem” le hemnos llamado purgatorio. Y esta purificación post-mortem la hemos entendido como un tiempo en una “sala de torturas” en la que, por el fuego, el ser humano se arrepiente y mejora.

    Así el alma de la persona que ha muerto tendrá que pasar 100 ó 1000 años, ¿quién sabe?, sufriendo en el purgatorio.

No parece sensato pensar que se dé una purificación y una realización de la persona por el mero hecho de estar en un lugar «sin hacer nada», nada más que soportando una tortura porque es lo que parece agradar al Supremo. Es una visión cruel del purgatorio y de Dios. La tortura ni cura ni realiza a nadie. Por otra parte Dios es un sanguinario.

    El purgatorio no es un horno (Malaquías) de los “Altos Hornos”.

04.- Feliz Purgatorio: el encuentro con Dios Padre.

    Podemos pensar el purgatorio con otras categorías.

El purgatorio no es un “campo de concentración”. El purgatorio no es condenación, sino salvación

Decía Dante que el purgatorio es a farsi belle, Dante, A. La Divina Comedia.

    Podemos pensar que el purgatorio no es un lugar, no es tiempo, no es fuego, no es tortura, sino que el purgatorio es un encuentro. El purgatorio es el abrazo infinito del Padre al hijo perdido.

Cuando morimos nos encontramos con JesuCristo y con Dios Padre. Y tal encuentro es, por una parte, perdonador de nuestro mal, y por otra parte es suficientemente realizador de nuestras carencias.

Cristo es el “lugar” de la purificación. El fuego no es una tortura, sino el amor de Dios Padre y de JesuCristo.

Dios mismo, nuestro encuentro con Él, es el «purgatorio». (L. Boros).

La purificación es el encuentro con Cristo y el cielo consiste en vivir este encuentro y esta gracia.

05.- La experiencia mística

Lo más semejante a la experiencia del purgatorio es la experiencia mística.

El místico es quien siente la cercanía de Dios como luz, como alegría profunda y en ocasiones como tristeza por las propias limitaciones. Sólo quien está muy cerca de Dios es sensible y sufre lo que le separa de Él. El purgatorio es sentir la distancia personal para estar con Dios y el purgatorio será ya la cercanía absoluta de Dios

  • 06.- Para decirlo de un modo más gráfico

En la muerte y en la resurrección el ser humano se encuentra con Cristo Jesús resucitado. Ante Él y con Él veré claro quién soy yo: mis limitaciones, mi pecado, y esto será el juicio. Pero El Señor no nos mirará con aire inquisidor y forense. Su mirada será amorosa y salvífica y me transformará, me acrisolará (crisis / crisol: juicio).

Lo mismo que el padre miró y se conmovió ante su hijo pequeño que estaba muerto. La mirada de Cristo me dolerá, pero no por el fuego castigador, sino porque cuando uno se da cuenta del mal que ha podido hacer a un ser querido, a un amigo, le duele y se apena: (es el carácter purificador) y al final ese encuentro con el Señor y con la comunidad, me hacen bien y me completa.

07.- Oración por los difuntos.

Ya desde el libro de los Macabeos, -poco antes de Jesús- creemos que nuestra oración hace bien a las “benditas almas” del purgatorio. (2Macabeos 12,38-45).

La oración de la comunidad cristiana hace bien a los difuntos, pero no conviene contabilizar ni, menos, mercantilizar la oración por los difuntos. No se trata de hacer un tráfico de influencias con las oraciones, ni tampoco nosotros «tapamos» la boca a Dios a base de misas. Todo ello ha conducido a posturas realmente absurdas: ¿Los ricos, como tienen más dinero, pueden «sacar» más misas y, por tanto, llegan antes al cielo? ¿Cuantas más misas, mejor? ¿Hasta cuándo hay que decir misas y oraciones por los difuntos?

Se trata de activar la solidaridad en la fe, es la comunión de los santos.

En el «momento» de la muerte la comunidad cristiana, la comunidad parroquial, la familia, quizás los amigos, los compañeros de trabajo, el pueblo… pedimos a Dios: recíbelo ya junto a Ti, purifícale, Señor, del mal y pecado que, como nosotros, ha podido hacer en la vida y llévalo a la plena felicidad de tu casa.

Pero, desde el momento de la muerte en el que celebramos la Eucaristía por el que ha muerto, no es «sano» el perpetuar misas por los difuntos. Cuando yo celebro el aniversario de la muerte de mis padres, lo que estoy haciendo no es ya pedir por ellos, sino recordar, (recordar significa volver al corazón), me acuerdo de ellos, creo (fe) que viven con el autor de la Vida y que nos une la vida, la fe, la esperanza.

A la muerte de una persona oremos por ella, pero después oremos no tanto por nuestros difuntos, sino que oremos a y con nuestros difuntos. Son ellos quienes oran por nosotros.

Cuando muere una persona la dejamos en tus manos, Señor. Oramos por nuestro hermano, débil como nosotros. Termina la obra de la Creación que un día comenzaste en Él. Como buen alfarero modela ya su persona y llévalo al descanso de las fatigas de esta vida.

Y por eso podemos creer y decir: descansa en paz.

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Jesús comprometido con la realidad humana presente

jueves, 10 de noviembre de 2022
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Jesús Misionero 0001A propósito de Lc 16,19-31*

José Rafael Ruz Villamil
Yucatán (México).

ECLESALIA, 21/10/22.- Conviene leer la parábola tradicionalmente llamada “El rico epulón y el pobre Lázaro” en el contexto de la inversión apocalíptica, de la que es harto representativa. Vale, entonces, apuntar que por apocalíptica hay que entender “la espera de un mundo nuevo [en el que] Dios realizará su plan sobre Israel y sobre la creación, frente a las potencias del mal que dominan el mundo actual” (así G. Theissen, El Jesús histórico, Salamanca 2000); espera esta que acaba siendo una corriente de pensamiento que, como reflejo de una determinada concepción de la historia, se extiende por el Oriente antiguo, siendo la variante judía la más destacada.

El núcleo existencial que da origen a la apocalíptica es la experiencia vital signada por la calamidad a grado tal, que se pierde la confianza en que la realidad humana cambie o mejore por sí misma: los fracasos y los sufrimientos, tanto del individuo como de la sociedad, resultan de tal modo irremediables que producen una visión pesimista del mundo, sin, además, otra explicación que el dominio de las fuerzas del mal en él a causa de un pecado primigenio. Con todo y dentro de una perspectiva no exenta de dualismo ético, existe la esperanza cierta de que, finalmente, Dios habrá de prevalecer sobre el mal a partir de una intervención decisiva de poder que ha de acabar destruyendo el orden perverso para instaurar, sobre sus ruinas, un mundo nuevo en el que los justos serán recompensados con la felicidad antes negada.

Es así que puede afirmarse que los apocalípticos hacen una lectura teologico-crítica de la historia: el horizonte de la esperanza definitiva, absoluta y total tiene como fin el cambio radical de las estructuras sociales, políticas, económicas y religiosas, como escenarios que son de la existencia humana —y de la presencia de Dios en ella—, lo que supone, evidentemente, un rechazo a las tales estructuras en cuanto que sostienen el orden que habrá de ser destruido. Finalmente —y esto es particularmente importante— la apocalíptica suele expresar su visión del futuro en, precisamente, una inversión de las situaciones negativas que prevalecen en el presente. Esta inversión apocalíptica no es ajena al pensamiento de Jesús: sólo como referencia baste recordar las bienaventuranzas tal como las transmite el evangelio de Lucas: «Bienaventurados los pobres, porque suyo es el Reino de Dios. Bienaventurados los que tienen hambre ahora, porque serán saciados. Bienaventurados los que lloran ahora, porque reirán…», que vienen reforzadas por los ayes: «Pero ¡ay de ustedes, los ricos!, porque han recibido su consuelo. ¡Ay de ustedes, los que ahora están hartos!, porque tendrán hambre. ¡Ay de los que ríen ahora!, porque tendrán aflicción y llanto…» (Lc 6,20-26).

Ahora bien, si es cierto que el pensamiento apocalíptico no es ajeno al Maestro, en tanto que participa solidariamente del hartazgo por la desigualdad que caracteriza su tiempo histórico, no por eso habrá de considerársele meramente como un profeta apocalíptico. Y es que admitir que el pensamiento, y correlativamente, la predicación del Galileo están limitados por la apocalíptica, se traduciría en un Jesús totalmente desinteresado por su momento histórico en cuanto que, para él y por consiguiente para los suyos, lo único importante vendría a ser la intervención inminente de Dios en la historia: nada, entonces, habría que decir —y mucho menos hacer— en relación con las desgracias que afligen a sus contemporáneos y a él mismo. Un Jesús, por tanto, apolítico, indiferente a la desigualdad socioeconómica, y con la mirada puesta pasivamente en, insisto, la intervención directa e inminente de Dios que acaba por relevar al hombre de todo intento —y toda responsabilidad— por cambiar las estructuras que generan la calamidad  humana.

No. La lectura atenta y honesta de los Evangelios no permiten semejante idea de Jesús de Nazaret. Tampoco la parábola en cuestión, cuyo contexto resulta harto evidente: baste recordar que el adjetivo epulón significa “hombre que come y se regala mucho”, y que su status viene descrito con la mención del vestido: lino y púrpura son, entonces, ropa de príncipes, a más de que un banquete a diario —carnes y aves aderezadas sofisticadamente, vinos finos, y más— supone un dispendio formidable que resulta chocante en una sociedad cuya dieta básica se limita a pan, aceitunas, un poco de aceite y otro poco de vino, y, eventualmente, algún guiso de lentejas con verduras, algo de fruta y queso, dieta que, según se ve, Lázaro carece.

Con todo y a pesar de que la inversión de situaciones que experimentan tanto el comilón como el miserable se da fuera de la historia —esto es, fuera del tiempo y del espacio: en el Hades y en el seno de Abraham—, la estructura del relato acaba regresando a la historia: los cinco hermanos que viven en la casa del padre del difunto, permanecen en una dimensión que podría cambiar merced a un milagro espectacular. La negativa de Abraham de permitir el retorno de Lázaro a la dimensión histórica lleva a lo que ha de considerarse el núcleo de la parábola: «Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite». Esto es, el factor decisivo de cambio no es, para Jesús de Nazaret, un despliegue aparatoso del poder de Dios, cuanto la confrontación que el hombre ha de hacer de la realidad personal y colectiva con la voluntad de Dios revelada en la Escritura.

En este sentido, y como afirma Gerd Theissen (op. cit.), la “predicación [de Jesús] es una revitalización de la apocalíptica en forma profética” en tanto que el Maestro toma y hace suyo, sí, el deseo urgente de cambio que la apocalíptica expresa, pero proponiendo a sus discípulos la vía de la reflexión y de la praxis a partir de la palabra del Evangelio que, como profeta del Reino de Dios, anuncia, predica y construye

*Estaban oyendo todas estas cosas los fariseos que amaban las riquezas, y se burlaban de él. Y les dijo:

«Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico… pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y los ángeles le llevaron al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue sepultado.»

«Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: ‘Padre Abrahán, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama.’ Pero Abrahán le dijo: ‘Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y ustedes se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a ustedes, no puedan hacerlo; ni de ahí puedan pasar hacia nosotros.’»

«Replicó: ‘Pues entonces, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también ellos a este lugar de tormento.’ Abrahán le dijo: ‘Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan.’ Él dijo: ‘No, padre Abrahán, que si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán.’ Le contestó: ‘Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque un muerto resucite.’»

L

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedenciaPuedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

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Desierto, espacio interior

martes, 8 de noviembre de 2022
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desierto“Para la libertad nos ha liberado Cristo. Manteneos, pues, firmes, y no dejéis que os sometan al yugo de la esclavitud” (Gálatas 5,1)

Carmen Herrero Martínez
Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Estrasburgo (Francia).

ECLESALIA, 17/10/22.- Con los lectores de Eclesalia, quiero compartir esta reflexión sobre el desierto y silencio en nuestro propio interior, en medio del mundo en el que nos toca vivir. El desierto y el silencio van unidos. En el sentido espiritual no hay desierto sin silencio ni silencio sin desierto, ambos nos conducen al encuentro con nosotros mismos y con el Creador; esta es la finalidad que pretendemos al retirarnos al desierto interior.

Todos sabemos que el desierto es un lugar geográfico, al que no es fácil retirarse. Sin embargo, siempre podemos retirarnos al desierto de nuestro propio corazón y allí vivir la espiritualidad del desierto. A este desierto del corazón y de la mente queremos retirarnos con esta reflexión.

El desierto simboliza la belleza, imaginamos el amanecer, una puesta de sol y una clara luna; el silencio, la calma, la soledad que invitan a la interioridad, a la relación consigo mismo y con Aquel que se hace Presencia cuando todo se acalla. El desierto también simboliza la austeridad, la ascesis, el ayuno, la sed, el cansancio, la pobreza y el desprendimiento. Valores humanos y espirituales que construyen a la persona, adquiriendo poco a poco una espiritualidad, una manera de ser y de pensar.

En nuestros días, tan envueltos en el ruido, en tanta palabra vacía, junto a imágenes tan agresivas, banales y carentes de sentido, en una sociedad enloquecida que no sabe muy bien a dónde va, urge retirarse al desierto para encontrarse consigo mismo y construirse como persona; porque la dispersión nos acecha por todas partes y nos hiere en nuestro más profundo centro, distrayéndonos de lo esencial. En nuestra sociedad, todo tiende a divertirnos y sacarnos de nuestro propio centro, de nuestra interioridad, robándonos nuestra libertad. Si queremos ser personas libres, equilibradas, reflexivas y orantes, hemos de purificarnos de tantas toxinasnegativas como se van acumulando en nuestro propio cerebro, influenciándonos en nuestra manera de ser y de vivir. Vivir la espiritualidad del desierto ayuda a purificar nuestro interior, más todavía, a evitar que entren en nosotros banalidades. El silencio, la soledad y la oración son como un contrafuerte que hace barrera a toda influencia nociva de un mundo materializado sin profundidad ni alma.

Por todos los medios hemos de evitar que ni en nuestra mente ni en el corazón entre aquello que contaminay oscurece” nuestra mente y nuestra conciencia. Porque hoy día con el relativismo, todo es bueno, todo da igual. No permitamos que esa perla, límpida y diáfana que todos llevamos dentro, se mancille y contamine con tanta basura como este mundo intenta vendernos como un buen producto, para nuestro propio bienestar y desarrollo personal. Si vivimos en la superficie de lo que en realidad somos, lo mejor de nosotros mismos se queda en el fondo de nuestro ser, adormecido, sin darle la oportunidad de que se desarrolle y llegue a ser lo que en realidad es: creatura creada para vivir en relación con su Creador y en armonía consigo misma y con sus hermanos en humanidad. Y todo esto, desde la plena libertad, sin influencias ni ataduras exteriores. En general, vivimos bastante distraídos, sin profundizar en el verdadero sentido de nuestra existencia y en lo que realmente somos y valemos. Vivimos en los arrabales de nuestra existencia. De aquí nacen muchas de las enfermedades modernas: de la ruptura que se da entre lo que vivimos y lo que estamos llamados a vivir.

A quienes intentamos y queremos ir por el camino de la libertad, la interioridad y la armonía interior, el desierto nos ayudará a tomar conciencia de nuestra fragilidad y también de nuestra grandeza: “Somos creados a imagen de Dios” (Gn 1,26). Venimos de la naturaleza divina. El desierto nos ayuda a ser conscientes de lo que realmente somos: Templos de Dios. La Trinidad habita en nosotros. Dios uno y trino se ha encarnado en nosotros. Pablo dirá: “No sabéis que sois templos del Dios” (1 Cor 6,19). De aquí que el verdadero desierto lo hemos de crear y vivir dentro de nosotros mismos; porque el desierto no es solamente un lugar geográfico, que sin duda puede ayudarnos y tiene un gran atractivo, sino la presencia de Dios que me habita y quiere entablar un diálogo de amor conmigo. “La conduciré al desierto y le hablaré al corazón” (Is. 2,14). El verdadero desierto es descubrir y vivir la presencia del Dios invisible y saberme tiernamente amado/a. El desierto no es tanto un lugar, como la disposición y vivencia interior en medio de la baraúnda que nos toca vivir. El desierto no es la ausencia de los hombres ni del ruido, sino la presencia Divina. Pues, puedo estar en el desierto geográfico más perfecto llevando sobre mí el mundo de los deseos, recuerdos y frustraciones, y vivir totalmente de espaldas a Dios. Al contrario, puedo vivir en medio de las multitudes y del ruido y vivir en presencia de Dios y armonía conmigo misma. Pero para lograr este estado interior se necesita una fuerte ascesis y disciplina, para ir contra corriente de todo aquello que desgarra mi unidad interior y roba mi capacidad de pensar y de decidir en plena libertad. El verdadero sentido del desierto es vivir en su Presencia, bajo su mirada amorosa y transformadora. “El mirar de Dios es amor”. Dirá Juan de la Cruz. Mi verdadero desierto es la purificación de todo, para ser capaz de percibir la mirada amorosa de Dios que eternamente tiene sobre mí, la cual me va recreando a su imagen y semejanza. El desierto es tomar conciencia de la transformación que el Espíritu Santo realiza en mi interior haciéndome una nueva creatura.

Si así vivimos el desierto, en medio de nuestra vida cotidiana, todo aquello que me dispersa de mí mismo y de Dios lo iré dejando, como puede ser: el estar apegados todo el día al móvil, respondiendo y enviando mensajes; conversaciones vanas; imágenes y lecturas superficiales; programas de televisión que no me aportan nada y me roban el tiempo. Vivir el desierto en el corazón de las ciudades, en la vida diaria exige disciplina, voluntad y discernimiento para elegir y optar por todo aquello que realmente me lleva a vivir en armonía, en paz y serenidad conmigo mismo, en compañía de Dios y en comunión con mis hermanos y hermanas en humanidad. Este es el verdadero sentido espiritual y místico del desierto. Decía el papa Francisco que la Cuaresma es tiempo de crecer en la amistad con Jesús. Esta es la finalidad del desierto: “Vivir y crecer en esta amistad con Aquel que sabemos nos ama”, por decirlo con palabras de Santa Teresa. Jesús cuando se retira al desierto no es tanto para estar solo como para estar en compañía con su Padre. “Por la mañana, antes de que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando” (Mc 1,35). El desierto no es vivir la tranquilidad y el bienestar personal, sino vivir en compañía, en relación amorosa, en un movimiento de acogida y entrega a la acción del Espíritu Santo en mí vida.

El discernimiento, en nuestras elecciones cotidianas, se impone más que nunca; dado el abanico tan enorme que tenemos de dispersión con las nuevas tecnologías. El desierto nos enseña a amarnos a nosotros mismos, a elegir todo aquello que me construye como persona adulta y libre, sin alienaciones ni influencias ajenas, y a despegarme de todo aquello que me va destruyendo. ¡Esto es muy importante! Viviéndolo así el desierto no da miedo, al contrario, es atrayente, todavía más, es una necesidad vital tras la cual se corre. En el desierto no hay caminos trazados, el camino lo has de hacer tú.

En la vida también hay desiertos no elegidos y hemos de darles vida, aprendiendo a vivirlos desde una dimensión teologal. Pensemos en el desierto de la enfermedad, de la muerte de un ser querido, de la vejez, de la precariedad extrema, de los refugiados y perseguidos, de la violencia que se da en la sociedad y de tanta soledad no elegida. Tantas familias rotas… Estos son los desiertos de nuestras ciudades, los desiertos habitados, acompañados de una profunda tristeza y soledad. Tomemos conciencia de tantos desiertos en los que viven muchos de nuestros hermanos en humanidad y seamos solidarios desde la oración y compartiendo nuestros bienes y nuestro tiempo. Seamos hospitalarios, pues la ley de hospitalidad es una necesidad de la vida del desierto, que se convierte en virtud. Esta ley de hospitalidad la encontramos en el Antiguo Testamento: Abrahán acoge a tres hombres que pasan junto a su tienda en Mambré (Gén 18,1-8); Labán recibe con honores al servidor de Abrahán (Gén 24,28-32); Lot introduce en su casa a los ángeles (Gén 19,1-8). La norma sigue en vigor en tiempos posteriores, como demuestra el relato de Jueces 19,16-24.

Retirarse al desierto es hacer propia la historia de la humanidad, llevarla consigo, para presentarse al Señor en la oración, el dueño de la Historia, para que la purifique y la salve; pues en los desiertos del mundo Jesús es el único que puede saciar nuestra sed y sanar todas las heridas. “Jesús es la fuente de agua viva” (Jn 7,38) y sacia nuestra hambre: “Yo soy el pan de vida” (Jn 6, 51). Él es el médico: “Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias” (Mt. 8,17). “Toda enfermedad y toda dolencia” (Mt. 4,23).

El desierto, como ya hemos dicho, es una realidad geográfica; pero espiritualmente es un estado de vida, una manera de ser, pensar y obrar. Para vivir la espiritualidad del desierto tengo que poner los medios necesarios, cada uno debe saber elegirlos. Fomentar tiempos de silencio, soledad, reflexión, oración, lectura de la Palabra de Dios, van creando en nosotros la espiritualidad del desierto acompañada de hospitalidad y de encuentro. Las personas que se mantiene en conexión con su propio centro y lo cultivan, son hospitalarias y transmisora de sabiduría.

Desierto4

SILENCIO

Desierto y silencio van unidos. “Vuestra fuerza está en el silencio” (Is 30,15). “Guarda silencio y yo te enseñaré sabiduría” (Job 33,33). Esto es lo que nos dice la Palabra de Dios. Sin embargo, el “sonido” del silencio, es algo que asusta a muchas personas, pues les da miedo, ya que les obliga a encontrarse con su yo más profundo, con la realidad de lo que son. La espiritualidad del desierto va unida a la práctica del silencio. El silencio es como el agua tranquila del estanque que al asomarnos refleja nuestra cara. Si no queremos reconocer nuestra identidad, nuestro verdadero rostro, nos apresuramos a remover las aguas para que nuestro rostro desaparezca. Pero removiendo las aguas nos perdemos en el ruido, en el ajetreo y en la falsedad de nuestra propia imagen.

Cuando vamos al desierto, hemos de ponernos en la presencia de Dios, tal como somos, sin miedo ni disimulos, para poder escuchar lo que el Señor nos dice al corazón. Lo primero que debemos hacer es silenciar, en la manera de lo posible, el ruido exterior, pero ante todo tenemos que acallar el ruido de nuestra mente con sus preocupaciones, dispersiones y pasiones; que son las que más ruido hacen dentro de nosotros mismos y las que más nos dispersan y quitan la paz. Si estos ruidos no se acallan, el silencio puede llegar a ser una tortura insoportable. De aquí nace la dificultad de vivir el silencio, el desierto; porque en el silencio escuchamos la barahúnda que nos habita y ella nos molesta y desestabiliza, porque no nos gusta nuestra propia imagen. Y ante ello preferimos vivir en el ruido que desdibuja y nos distrae de nuestra propia realidad. El silencio es imprescindible para encontrarse con uno mismo, con Dios y con los demás. El desierto es silencio interior. No se trata de un silencio alienante, sino de una actitud interior que me capacita para descubrir la verdad en mi vida, para poner orden en mi interior y ser receptiva a la acción del Espíritu Santo que me sana y unifica. El silencio me capacita para la escucha. Aquel que sabe guardar silencio adquiere sabiduría. Y la sabiduría le llevará a saber gobernar su vida desde la verdad, la rectitud y el bien obrar. Y desde esta sabiduría, crecerá y ayudará a crecer a otras personas en su integridad humana y espiritual.

Desierto y silencio son gemelos que te invitan y te dan la mano para alzar el vuelo: el vuelo del amor, el vuelo de la libertad y de la paz .

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

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Encontrar a Dios y la resurrección en matrimonios e intimidades queer

lunes, 7 de noviembre de 2022
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8B616888-4EEC-4261-B487-630648561B81 La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Barbara Anne Kozee, quien es estudiante de doctorado en Ética Teológica en Boston College y tiene un M.Div. de la Universidad de Santa Clara. Como católica queer, Barb investiga la ética sexual y familiar, la teología feminista queer y la ética política. Síguela en Twitter: @barbkozee.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 32 del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

He llegado a amar los textos desconcertantes sobre el matrimonio y la familia de los Evangelios, como los que tenemos hoy en Lucas, donde Jesús parece más bien anti-familia y anti-matrimonio. Me gustan estos textos porque desafían muchas suposiciones que la iglesia y la cultura occidentales usan para definir la buena vida. Estos textos bíblicos requieren una respuesta de nosotros como cristianos, presentando oportunidades para que los católicos queer contribuyan a las conversaciones sobre la experiencia vivida del matrimonio y la familia.

En la lectura del Evangelio de hoy, Jesús es cuestionado sobre la posibilidad de una resurrección corporal. El dilema se refiere a una mujer que se ha vuelto a casar varias veces después de la muerte posterior de sus maridos: ¿De quién será esposa en la resurrección? A su manera clásica, en lugar de responder directamente a la pregunta, Jesús responde: “Los que pertenecen a este siglo se casan y se dan en matrimonio; pero los que son tenidos por dignos de un lugar en aquel siglo y en la resurrección de los muertos, ni se casan ni se dan en casamiento. De hecho, ya no pueden morir, porque son como ángeles e hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección” (Lucas 20:34-36).

En su monografía sobre el género en el evangelio de Lucas, Turid Karlsen Seim, estudiosa de la Biblia, escribe que este texto es representativo de la creencia del Jesús de Lucas de que la práctica del celibato anticipa la resurrección. La estética cristiana primitiva y los filósofos cristianos griegos utilizaron este texto en debates sobre el significado de una resurrección corporal y carnal y qué aspectos, si es que queda alguno, del sexo y el género permanecerán en el cielo. Textos bíblicos como estos se utilizaron para justificar una jerarquía de enfoques sobre el sexo: una vida espiritual “perfecta” requiere el celibato, y el matrimonio es para los laicos que buscan la mejor de las alternativas indeseables. Esta historia, que por supuesto también condenó las relaciones homosexuales, es una que los especialistas en ética sexual cristiana todavía confrontan y deshacen hoy.

matrimoniogay1Alejándonos de cómo la Iglesia primitiva consideraba el texto como una justificación de sus posiciones sobre el matrimonio, el sexo y el celibato, ¿cómo podemos leer este texto a la luz de los mensajes centrales del Evangelio de Jesús? Podemos hacer esto al pensar en el matrimonio a la luz de lo que Jesús dice aquí acerca de la resurrección.

El teólogo Outi Lehtipuu escribe que, en lugar de contrastar el matrimonio mundano con el matrimonio en el más allá, el énfasis de Lucas está en la diferencia entre dos grupos de personas: «hijos de esta era» e «hijos de la resurrección». Estos grupos no se diferencian por el tiempo, sino por características éticas y por lo que significa ser cristiano. El Jesús de Lucas presenta una teología de su propia resurrección con implicaciones para el aquí y ahora.

¡Estas son buenas noticias! ¡Esta es una noticia emocionante y misteriosa! La faceta del celibato de este texto se vuelve menos central. En cambio, estamos llamados a reflexionar sobre qué aspectos de nuestras experiencias de relación, matrimonio, familia, intimidad y/o asociación nos permiten conocer a Dios y la resurrección de manera encarnada.

Leer este texto de esta manera de “afirmación del matrimonio” es especialmente importante para los católicos queer, a quienes la enseñanza magisterial les dice que nuestra única vocación es el estilo de vida célibe. Lo bueno del matrimonio ha sido confirmado por las experiencias de una amplia variedad de géneros y sexualidades en la comunidad cristiana. Las experiencias maritales e íntimas de los católicos queer nos ayudan especialmente a ver más allá de la complementariedad de género y la familia nuclear biológica. Nuestras experiencias iluminan formas de estar en relación unos con otros que definen lo que significa ser los “hijos de la resurrección” que el Evangelio de hoy nos llama a ser. La relación cristiana se define por la intimidad, el compromiso, el cuidado, la alegría y el sufrimiento, y la participación familiar en la comunidad y la sociedad.

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A riesgo de sonar demasiado romántico sobre la institución del matrimonio, hoy me deleito en el don de conocer a Dios a través de nuestras relaciones y la capacidad de ver destellos de la resurrección en lo sagrado de las intimidades queer.

—Barbara Anne Kozee, 6 de noviembre de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“¿Es ridículo esperar en Dios?”. 32 Tiempo ordinario – C (Lucas 20,27-38)

domingo, 6 de noviembre de 2022
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Los saduceos no gozaban de popularidad entre las gentes de las aldeas. Era un sector compuesto por familias ricas pertenecientes a la élite de Jerusalén, de tendencia conservadora, tanto en su manera de vivir la religión como en su política de buscar un entendimiento con el poder de Roma. No sabemos mucho más.

Lo que podemos decir es que «negaban la resurrección». La consideraban una «novedad» propia de gente ingenua. No les preocupaba la vida más allá de la muerte. A ellos les iba bien en esta vida. ¿Para qué preocuparse de más?

Un día se acercan a Jesús para ridiculizar la fe en la resurrección. Le presentan un caso absolutamente irreal, fruto de su fantasía. Le hablan de siete hermanos que se han ido casando sucesivamente con la misma mujer, para asegurar la continuidad del nombre, el honor y la herencia a la rama masculina de aquellas poderosas familias saduceas de Jerusalén. Es de lo único que entienden.

Jesús critica su visión de la resurrección: es ridículo pensar que la vida definitiva junto a Dios vaya a consistir en reproducir y prolongar la situación de esta vida, y en concreto de esas estructuras patriarcales de las que se benefician los varones ricos.

La fe de Jesús en la otra vida no consiste en algo tan irrisorio: «El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob no es un Dios de muertos, sino de vivos». Jesús no puede ni imaginarse que a Dios se le vayan muriendo sus hijos; Dios no vive por toda la eternidad rodeado de muertos. Tampoco puede imaginar que la vida junto a Dios consista en perpetuar las desigualdades, injusticias y abusos de este mundo.

Cuando se vive de manera frívola y satisfecha, disfrutando del propio bienestar y olvidando a quienes viven sufriendo, es fácil pensar solo en esta vida. Puede parecer hasta ridículo alimentar otra esperanza.

Cuando se comparte un poco el sufrimiento de las mayorías pobres, las cosas cambian: ¿qué decir de los que mueren sin haber conocido el pan, la salud o el amor?, ¿qué decir de tantas vidas malogradas o sacrificadas injustamente? ¿Es ridículo alimentar la esperanza en Dios?

José Antonio Pagola

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“No es Dios de muertos, sino de vivos”. Domingo 06 de noviembre de 2022. 32º Ordinario

domingo, 6 de noviembre de 2022
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57-ordinarioc32-cerezoLeído en Koinonia:

2Macabeos 7, 1-2. 9-14: El rey del universo nos resucitará para una vida eterna.
Salmo responsorial: 16: Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
2Tesalonicenses 2, 16-3, 5: El Señor os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas.
Lucas 20, 27-38: No es Dios de muertos, sino de vivos.

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, que atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida… lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados –tal vez por eso, pensaban que no había que esperar otra–.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas, y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigadas era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre, ya sin muerte.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino –en lo que se jugaba la vida–, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad, la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como la sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el «juicio particular», el «juicio universal», el purgatorio (si no el limbo, que fue oficialmente «cerrado» por la Comisión Teológica Internacional del Vaticano hace unos pocos años), el cielo y el infierno (¡!)…

La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá, y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actualizado») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan fantasiosa, y para más inri, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede escuchar hoy día un prudente silencio sobre estos temas, otrora tan vivos y hasta tan discutidos. En el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte, no hablamos ya de los difuntos ni de la muerte de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir la necesidad de no repetir ya lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar con más continencia lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando…». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección», no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar». Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir, pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando.

Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje sobre la resurrección y por poner por delante su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino una fe seria, sobria, crítica, responsable y continente. Hay libros adecuados para estos temas, que recomendamos más abajo. Leer más…

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6.11.22. Levirato: Mujeres sustituibles al servicio del «capital» del marido (Dom 32 TO: Lc 20, 27-38

domingo, 6 de noviembre de 2022
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41Del blog de Xabier Pikaza:

Éste es un evangelio que a muchos les suena extraño y anacrónico. Cuenta la historia de una mujer que, conforme a la ley judía del levirato, para conservar la herencia familiar del primer marido tuvo. que casarse sucesivamente con siete hermanos del difunto.

Actualmente no rige esa ley del levirato, ni la mujer de un hermano que muere tiene que casarse  con el siguiente hermano vivo, para que la herencia se conserve dentro de la familia. Pero el sentido de esa ley sigue vigente en gran parte del mundo.

La mujeres, teniendo en principio la misma autonomía que los hombres, sigue estando de hecho al servicio  de una capital (poder, sexo, economía) de los varones dominantes. Así lo supone y supera Jesús en este pasaje de Mc 12, 18-27 que ha sido simplificado y ratificado por  Lc 20, 27-38

Texto  

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos,

PRIMER COMENTARIO. REFLEXIÓN BÁSICA

Conforme a su formulación actual, con la pregunta saducea, este pasaje trata de la resurrección de los muertos, culminando, conforme a la Ley (Ex 3, 1-8), con la afirmación solemne de que el Dios de Israel es dios de vivos, no de muertos. Pero en el fondo de esa temática y de la respuesta mesiánica de Jesús late un profundísimo problema de relación social (económica y sexual)  de mujer con el varón, una sociedad “patriarcal” donde lo que prima sobre la mujer es la herencia del dinero y del podere los varones. La mujer aparece como de “capital productivo”, al servicio de la generación de hijos y del mantenimiento del capital del marido.

Jesús se opone a esa situación de la mujer que, en este mundo actual, está al servicio de las “necesidades” del marido, especialmente del mantenimiento de su herencia familia (hijos) y económica (haciendo). Esa es la condición de la mujer en este mundo “malo”, con un tipo de “matrimonio” desigual para varones y mujeres .En contra de esa situación, Jesús eleva cuatro principios.

(a) Esa situación de la mujer que es “mala”, pertenece a este tiempo injusto (con el tipo de matrimonios actuales) y debe superarse. Con la “resurrección” (esto es, con el reino de Dios que llega,, queda abrogada esaa ley del matrimonio, pues hombres y mujeres no se casarán (=no se casarán de esta manera, con esclavitud de las mujeres, al servicio  de los hombres y de sus negocios). En ese sentido Jesús dice que hombres y maridos serán (=han de ser) como “ángeles de Dios”, sin sometimiento de unos sobre otros. No se trata de suprimir las relaciones humanas (el sexo), sino este tipo de relación (de sexo, de generación) al servicio del dinero. Ser “ángeles de Dios” no significa “no casarse” (no tener relaciones humanas integrales), sino casarse de otra manera, en libertad de amor, no al servicio del poder o del dinero.

(b) Los saduceos aducen el argumento de que en un mundo económico-social (sexual) como es éste no puede haber resurrección, pues seguiría perpetuándose en el “cielo” la opresión de los  hombres sobre las mujeres, a causa de la hacienda. En contra de eso, Jesús aduce y defiende no sólo para el futuro “post mortem”, sino ya desde aquí y ahora,  un tipo de matrimonio distinto, fundado en la libertad y gratuidad de las personas (es decir, por amor, no por hacienda), un matrimonio abierto a la resurrección, pues conforme al matrimonio saduceo, la resurrección carece de sentido.

(c) Sólo en ese contexto se puede entender el argumento bíblico, tomado de Ex 3, 1ss, según el cual Dios se define como “Dios de vivos”, no sólo para evocar una resurrección tras la muerte, sino para impulsar desde aquí mismo una vida de resucitados, en el campo esencial del matrimonio (=de la relación interhumana) y del dinero.

(d) Ese Dios de vivos es igual para varones y mujeres, sin que se pueda afirmar que unos son más “vivos” (más poderosos, más “hacendados”, más “ministeriales”. Muchos que en la Iglesia (desde algunos cardenales hasta miles de hombres y mujeres de a pie). En la iglesia católica son muchos los que no se han enterado del contenido y consecuencias de este evangelio del domingo, con su reformulación del matrimonio de la vida de Dios en la historia concreta de los hombres y mujeres.

SEGUNDO COMENTARIO. SENTIDO Y APLICACIONES ACTUALES

En un primer sentido, el texto este relato simbólica anuncia el futuro de los hombres y mujeres tras la muerte, pero en otro  sentido más profundo trata de las condiciones y formas de vida de este mundo, donde hay una “ley” que separa y divide a los hombres y mujeres, poniendo a las mujeres al servicio de la reproducción y de la hacienda (herencia) de los hombres “propietarios”. Ellas no se poseen a sí mismas, ni poseen su dinero, ni su cuerpo, sino que “ruedan” al servicio de los hombres. Pues bien, eso es lo que pone en juicio este pasaje, eso es lo que supera.

  1. Con la llegada del Reino (simbolizado por la resurrección), cambia esa ley, cesa ese decreto que somete a las mujeres al servicio de los hombres y los hijos, de la hacienda y finalmente de la  misma religión (que ratifica el poder de los varones). Esta es la experiencia y novedad del texto, como una bomba que estalla bajo la línea de “flotación” de un tipo de sociedad machista. Conforme al camino y mensaje de Jesús, ellas, las mujeres, no están para los hombres (sometidas a su hacienda y religión), sino que valen/son en sí mismas, como ángeles (hijos de Dios) y sólo desde autonomía y libertad pueden colaborar en igualdad con los hombres.
  2. En este contexto, ser “hijos de Dios, ser como ángeles” no significa ser axesuados  (¡que las mujeres sean angelitos falsamente espirituales!), sino que sean autónomas, independientes, personas (presencia de Dios). En el camino de Jesús (que es camino de reino‒resurrección) emerge así la “dignidad” angélico (es decir, divina) de varones y mujeres, de forma que las mujeres no son siervas de los hombres (para placer, procreación y cuidado de la casa) sino personas autónomas, en todos los sentidos. Eso significa ser “como ángeles”, es decir, hijos de Dios (=presencia de Dios).
  3. Consecuencia judía y cristiana. En esa línea, un “matrimonio de levirato (como el de las mujeres judías  sometidas a los hombres) o una institución levirática como un tipo de Iglesia católica donde las mujeres se encuentra sometidas “jerárquicamente” a los hombres, carece de sentido. Ciertamente, un tipo de ortodoxia o catolicismo posterior ha aceptado este texto de Jesús, pero lo ha arrinconado (como si fuera un pasaje de puro folklore), instituyendo unos ministerios leviráticos de varones que se creen superiores ante Dios y siguen dominando a las mujeres. Buena prueba de ello son las razones “antievangélicos” que cierta jerarquía sigue aduciendo para no “ordenar” a las mujeres.
  4. Sólo en ese sentido se puede hablar una Resurrección que empieza ya aquí, en esta vida y que se aplica de igual forma a varones mujeres. La prueba de Jesús viene dada por el texto clave de Ex 3, 6 (y de otros pasajes del AT), donde Dios se presenta como “Dios de Abraham, Isaak y Jacob”, es decir, al mismo tiempo (pues Jesús iguala a varones y mujeres) como “Dios de Sara y Agar, de Rebeca, Raquel y Lea…”. Éste es el Dios que está presente y se revela (vive en los hombres y mujeres, que siguen viviendo en su memoria y en la vida de la historia por encima de la muerte).

Presentación y división del texto.

Tal como lo he dividido, el texto tiene tres partes. La primera trata de la ley del levirato y del caso de la mujer de siete maridos. La segunda del matrimonio y los ángeles.  Los saduceos ridiculizan la resurrección de los muertos, hablando una mujer que había sido “propiedad” de siete maridos. ¿De quién de ellos será al fin de los tiempos? La cuestión ha sido bien planteada: no alude a la mera supervivencia espiritual sino a realización integral de la persona, dentro de un grupo social (de una familia), en un cielo realísimo, de maridos y mujeres, de propiedades y tierras. Es evidente que una mujer concebida como propiedad del varón no tiene cabida en el Reino de la resurrección, en el que todo se vuelve actual, pues ella tendría que ser concebida como propiedad de siete varones. En este contexto se plantea le ley del levirato.

Ley del Levirato:

«Si unos hermanos viven juntos y muere uno de ellos sin dejar hijo, la mujer del difunto no se casará fuera de la familia con un hombre extraño. Su cuñado se unirá a ella y la tomará como su mujer, y consumará con ella el matrimonio levirático… (Dt 25, 5).   Éstos son los fundamentos y sentido de esa “ley”

La herencia debe mantenerse en la familia o clan, de forma que la mujer no vale por sí misma, sino al servicio de la herencia y familia. El texto supone, dentro del espíritu de continuidad familiar, que cada hombre, fundador de familia, posee una tierra y que debe legarla a sus descendientes, dentro de una “federación” de familias libres. Si un hombre muere sin dejar herencia, su tierra podría convertirse en propiedad de otros… Por eso, la viuda debía casarse de nuevo dentro de la familia. Leer más…

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La resurrección: ¿mito o realidad? Domingo 32 Ciclo C

domingo, 6 de noviembre de 2022
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imageAntonio Ciseri, Martirio de los siete hermanos Macabeos

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El martes pasado celebramos la fiesta de los difuntos. Miles de personas habrán visitado los cementerios, o los habrán recordado y asistido a la eucaristía. Pero las actitudes ante la muerte habrán sido muy distintas: desde una gran fe en la resurrección hasta la duda o incluso la negación. Las lecturas de este domingo nos ofrecen dos actitudes muy distintas ante la esperanza de otra vida: la de quienes creen firmemente en ella (los siete hermanos del libro de los Macabeos) y la de quienes bromean sobre la cuestión (los saduceos).

Los israelitas y la fe en la resurrección

           El evangelio de Marcos cuenta algo muy curioso: después de la Transfiguración, cuando Jesús baja del monte con Pedro, Santiago y Juan, les dice: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el hijo del hombre resucite de la muerte». Y añade el evangelista que los tres apóstoles discutieron sobre «qué querría decir aquello de resucitar de la muerte» (Mc 89,-10).

Efectivamente, en contra de lo que muchos piensan, el pueblo de Israel no tuvo en los siglos antes de Jesús una idea clara de la resurrección. Más bien se daba por supuesto que el hombre, cuando moría, descendía al Sheol, donde llevaba una forma de vida en la que no era posible la felicidad ni tenía lugar una visión de Dios. La oración que pronuncia el piadoso rey Ezequías (siglo VIII a.C.) expresa muy bien la opinión tradicional (Isaías 38,18-19).

            «El Abismo no te da gracias, ni la Muerte te alaba,

            ni esperan en tu fidelidad los que bajan a la fosa.

            Los vivos, los vivos son los que te dan gracias, como yo ahora.»

            Los judíos comienza a creer en la resurrección en los últimos siglos del Antiguo Testamento; los testimonios más claros proceden del siglo II a.C., en el libro de Daniel y en 2 Macabeos. Debió de contri­buir mucho a implantar esta fe la idea de que quienes morían por ser fieles a Dios y a sus manda­mientos debían recibir una recompensa en la otra vida. La última visión del libro de Daniel termina con estas palabras: «Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua» (Daniel 12,2). Y, poco después, el ángel dice a Daniel: «Te alzarás a recibir tu destino al final de los días» (Daniel 12,13).

Los que se toman la resurrección en serio

            El libro segundo de los Macabeos contiene en el c.7 una leyenda sobre la muerte de siete hermanos junto con su madre, en la que se afirma claramente la fe en la resurrección. Un fragmento de ese capítulo constituye la primera lectura de este domingo.

            «En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley. Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»

            El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna. »

            Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»

            El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida».

Los que se toman la resurrección en broma

           Esta fe en la resurrección fue aceptada plenamente por los fariseos. En cambio, los saduceos la rechazaban como novedad e intentan discutir sobre el tema con Jesús. El evangelio de Lucas lo cuenta de este modo:

            En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

            ‒ Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.

            Jesús les contestó:

            ‒ En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor «Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob». No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.

Los saduceos

           Los saduceos formaban uno de los grandes grupos religioso-políticos de la época de Jesús, junto con los fariseos, los esenios y los sicarios. Su nombre deriva de Sadoc, sumo sacerdote en tiempos de Salomón. Aunque el partido estaba com­puesto en gran parte por sacerdotes, también lo integraban seglares. Su rasgo más destacado es que pertenecían a la aristo­cra­cia. «Esta doctrina es profesada por pocos, pero éstos son hombres de posición elevada» (Flavio Josefo, Antigüedades de los Judíos XVIII, 1, 4).

            Aparte de su condición de aristócratas, otro rasgo característico es que únicamente reconocían como vinculante la Torá escrita (el Pentateuco) y rechazaban «las tradiciones de los antepasados». Como consecuencia de lo anterior, negaban la resurrección de los cuerpos y cual­quier tipo de supervivencia personal.

El argumento de los saduceos: la ley del levirato

      El argu­mento que aducen es muy simple e irónico, basado en una ley antigua. En Israel, como entre los asirios e hititas, se pretendía garanti­zar la descendencia y la estabilidad de los bienes familiares mediante una ley que se conoce con el nombre latino de «ley del levirato» (de levir, «cuñado»), y dice así: «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel.» (Dt 25,5-6).

            Los saduceos parten de la idea, exten­dida entre algunos ju­díos de la época, de que la vida matrimonial conti­nuaba después de la resurrección. Entonces, ¿cómo se resuelve el caso de los siete hermanos que han tenido la misma mujer? La pregunta de los saduceos es inteli­gente: no niegan de entrada la resurrec­ción, al contrario, parecen afirmar­la («cuando resuci­ten»); pero proponen una difi­cultad tan grande que el adversario puede sentirse obligado a reconocer su derrota y negar esa resurrección.

            «Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin hijos, la viuda no saldrá de casa para casarse con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella los deberes legales de cuñado; el primogénito que nazca continuará el nombre del hermano muerto, y así no se extinguirá su nombre en Israel. Pero si el cuñado se niega a casarse, la cuñada acudirá a las puertas, a los ancianos, y declarará: ‘Mi cuñado se niega a transmitir el nombre de su hermano en Israel, no quiere cumplir conmigo su deber de cuñado’. Los ancianos de la ciudad lo citarán y procura­rán convencerlo; pero si se empeña y dice que no quiere tomarla, la cuñada se le acercará, en presencia de los ancianos, le quitará una sandalia del pie, le escupirá en la cara y le responderá: ‘Esto es lo que se hace con un hombre que no edifica la casa de su hermano’ Y en Israel le pondrán por mote ‘La casa del Sinsandalias” (Dt 25,5-10).

        La respuesta de Jesús

           Jesús se limita a indicar la diferencia radical entre la vida presente y la futura. «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán». Los saduceos entienden la vida futura como una reproducción literal de la presente (muchas mujeres, y también muchos hombres, dirían que para eso no vale la pena resucitar). Para Jesús, en cambio, las relaciones cambian por completo: varones y mujeres serán «como ángeles de Dios».

            Para comprender esta comparación con los ángeles hay que tener en cuenta la mentalidad dualista que reflejan algunos escritos judíos anterio­res, como el Libro de Henoc. En él se distinguen dos clases de seres: los carnales (los hombres) y los espiritua­les (los ánge­les). Los primeros necesitan casarse para garantizar la procrea­ción. Los segundos, no. A los primeros, Dios «les ha dado mujeres para que las fecunden y tengan hijos y así no cese toda obra sobre la tierra». Y a los ángeles se les dice: «Voso­tros fuisteis primero espirituales, con una vida eterna, inmor­tal, por todas las generaciones del mundo. Por eso no os he dado mujeres, porque la morada de los espirituales del cielo está en el cielo» (Henoc 15,4-7). En este texto, la mujer es vista exclusivamente desde el punto de vista de la procreación, y el matrimonio no tiene más fin que garantizar la supervivencia de la humanidad.

            A la luz de este texto, la comparación con los ángeles significa que la humanidad pasa a una forma nueva de existen­cia, inmortal, en la que no es preciso seguir procreando. De las palabras de Jesús no pueden sacarse más conclusiones sobre la vida de los resucitados. El solo pretende desvelar el equívoco en que se mueven los saduceos y la mayoría de sus contemporáneos en este punto. Lo curioso es que Jesús diga esto a un grupo religioso que tampoco cree en los ángeles.

La resurrección

            Resuelta la dificultad, pasa a demostrar el hecho de la resurrec­ción. Los rabinos fundamentaban la fe en la resurrección usando tres recursos:

            1) Citas de la Escritura (los puedes ver en el apartado siguiente);

            2) Relatos del AT de resurrección de muer­tos (los de Elías y Eliseo);

            3) Argumentos de razón.

          Jesús se limita al primer recurso citando las palabras de Dios a Moisés cuando se le revela en la zarza ardiente: «Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob». Conviene recordar que estas palabras formaban parte de una de las dieciocho bendiciones que todo judío piadoso rezaba tres veces al día. Por tanto, se trata de palabras conoci­das y repetidas continuamente por los saduceos, pero de las que no extraen la consecuencia lógica: «Dios no es un Dios de muer­tos, sino de vivos». A una mentalidad crítica, esta argumen­tación puede resultarle de una debilidad sorprendente. Sin embargo, no es tan débil. Más bien, deja clara la debilidad del punto de vista de los saduceos, que confiesan una serie de cosas sin querer aceptar las conclusiones. Desde el punto de vista de un debate teológico, es más honesto negarlo todo que afirmar algo y negar lo que de ahí se deriva.

            Años más tarde, en algunos cristianos de Corinto se daba una actitud parecida a la de los saduceos. Aceptaban y confesaban que Jesús había resucitado, pero negaban que los demás fuésemos a resucitar. Se aceptaba el evangelio como algo válido para esta vida, pero se negaba su promesa de otra vida definiti­va. Esta contradicción es la que ataca Jesús en los saduceos.

            Si mi interpretación es exacta, este texto no serviría para demos­trarle a un ateo que existe la resurrección. El texto se dirige más bien a gente de fe, como nosotros, que dudan de sacar las consecuencias lógicas de esa fe que confiesan.

29abril2011

La convicción de Jesús

A lo largo de todo el evangelio, Jesús manifiesta una certeza absoluta sobre la realidad de otra vida después de la muerte. Es algo que le sale espontáneo, en las circunstancias más distintas. En esa nueva vida se consigue la recompensa que Dios nos prepara, se justifican los sacrificios, incluso de la vida, por difundir el evangelio, se enjugan las lágrimas (como dirá el Apocalipsis). Nada de lo que dice y hace Jesús se comprende sin ese convencimiento. Nosotros, que somos a menudo muy distintos, debemos pedirle: “Creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”.

Textos usados por los rabinos para demostrar la resurrección

            A título de curiosidad recojo esos textos. Desde un punto de vista crítico, algunos carecen de valor, están traídos por los pelos. El más valioso es el último, el de Isaías. Recuerdo que los judíos no admiten como inspirados los libros de los Macabeos, y no usan la primera lectura de hoy para argumentar.

             Dt 4,4: «Vosotros, que habéis seguido unidos a Yahvé vuestro Dios, estáis hoy todos vivos».

            Dt 11,9: «Prolongaréis vuestros años sobre la tierra que el Señor, vuestro Dios, prometió dar a vuestros padres y a su descendencia: una tierra que mana leche y miel.»

            Dt 31,16: «El Señor dijo a Moisés: Mira, vas a descansar con tus padres…»

            Is 26,19 «¡Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo! Porque tu rocío es rocío de luz, y la tierra de las sombras parirá.»

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. 06 noviembre, 2022

domingo, 6 de noviembre de 2022
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“… y es que ya no pueden morir, pues son como ángeles; son hijos de Dios, porque han resucitado”.

(Lc 20, 27-36)

El Evangelio de este domingo nos plantea una cuestión muy seria. Más allá del lio de los siete maridos, lo que pone sobre el tapete es el tema de la Resurrección.

Y no es tan fácil como en Pascua. En Pascua hablamos de la resurrección de Jesús, la celebramos y con la primavera se nos va llenando todo de vida, de esperanza y de colores. Podríamos decir que creer en la resurrección de Jesús es fácil, es lo que esperamos durante toda la cuaresma. Esperamos que la vida venza sobre la muerte. Esta es la esperanza cristina: la muerte no tienen la última palabra.

Hasta aquí todo bien. Pero el evangelio de hoy no nos habla de la resurrección de Jesús, no. Lo que nos pregunta este evangelio es: ¿qué esperamos, qué creemos que hay después de la muerte, de la nuestra y de la nuestros seres queridos? ¿Qué creemos que es morir?

Pregunta difícil, incómoda, sobre todo si la muerte está presente y cercana en nuestra vida. Una manera de saber verdaderamente qué creemos que hay después de la muerte es pararnos a pensar en qué le hemos dicho a una persona cercana cuando ha fallecido un ser querido o más aún; qué hemos pensado y sentido ante la muerte de una persona a la que queríamos.

¿Creemos realmente que la muerte es de verdad la Pascua? Ese paso que nos conduce a ser en plenitud aquello que anhelamos. ¿Creemos de verdad en la VIDA (con mayúsculas) que inaugura Jesús? ¿Te lo crees?

Oración

Trinidad Santa, no permitas que nos dejemos arrastrar por las redes de nuestra sociedad

que nos quiere hacer creer que no existe la muerte, ni la enfermedad, ni el dolor…

y con ello nos vuelve incapaces de hacerles frente con humanidad y madurez.

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El más allá no es una continuación del más acá.

domingo, 6 de noviembre de 2022
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DOMINGO 32 (C)

Lc 20,27-38

Estamos en Jerusalén. Lc ya ha narrado la entrada solemne y la purificación del Templo. Sigue la polémica. Los saduceos, que tenían su bastión en torno al templo, entran en escena. Era más un partido político que religioso. Estaba formado por la aristocracia laica y sacerdotal. Preferían estar a bien con la Roma y no poner en peligro sus intereses. Solo admitían el Pentateuco como libro sagrado. Tampoco admitían la tradición. No creían en la resurrección. Jesús no responde a la pregunta sino a lo que debían haber preguntado.

El planteamiento responde a una visión mítica. Lo que encerraba una verdad desde esa visión, se convierte en absurdo cuando lo entendemos racionalmente. Pensar y hablar del más allá es imposible. Es como pedirle a un ordenador que nos dé el resultado de una operación sin suministrarle los datos. Ni siquiera podemos imaginarlo. Puedo imaginar lo que es una montaña de oro aunque no exista en la realidad, pero tengo que haber percibido por los sentidos lo que es el oro y lo que es una montaña. No tenemos datos objetivos para imaginar el más allá. Todo lo que llega a la mente entra por los sentidos.

Las imaginaciones carecen de sentido. Lo racional es aceptar que no sabemos nada. El instinto más visceral de todo ser vivo es la permanencia en el ser; de ahí que la muerte se considere como el mal supremo. Para el ser humano, con su capacidad de razonar, ningún programa de salvación será convincente si no supera su condición mortal. Si el hombre considera la permanencia en el ser como un valor absoluto, también considerará como absoluta su pérdida. Todos los intentos por encontrar una solución serán inútiles.

Todos queremos ser eternos en nuestro yo individual porque no hemos descubierto nuestro verdadero ser, más allá de nuestra contingencia. Esa contingencia no es un fallo, sino mi propia naturale­za; por lo tanto no es nada que tengamos que lamentar ni de lo que Dios tenga que librarnos, ni ahora ni después. Mis posibilidades de ser solo las puedo desplegar aquí y ahora, a pesar de esa limitación. No creo que sea coherente el postular para el más allá un cielo maravilloso mientras seguimos haciendo de la tierra un infierno.

Nuestro ser, que creemos autosuficiente, hace siempre referencia a Otro que me fundamenta, y a los demás que me permiten realizarme. La razón de mi ser no está en mí sino en Otro. Yo no soy la causa de mí mismo. No tiene sentido que considere mi propia existencia como el valor supremo. Si mi existir se debe al Otro, Él será el valor supremo también para mi ser individual y aparentemente autónomo. Si un ser eterno se relaciona conmigo, esa relación no puede terminar y mi relación con Él también será eterna.

El pueblo de Israel empezó a reflexionar sobre el más allá unos 200 años antes de Cristo. El concepto de resurrección no se acuñó hasta después de las luchas macabeas. Los libros de los Macabeos, se escribieron hacia el año 100 a C. El libro de Daniel, se escribió hacia el año 164 a C. Anteriormente solo se pensó en la asunción al “cielo” de determinadas personas que volverían a la tierra para llevar a cabo una tarea de salvación; no se trataba de resurrección escatológica sino de una situación de espera en la reserva para volver.

Puede parecernos ridículo el planteamiento de los saduceos, pero la inmensa mayoría de los cristianos hoy siguen pensado en un más allá con unos ojos que les permitirán ver a sus seres queridos, con unos brazos que les permitirán abrazarlos y con una lengua que les permitirá comunicarse con ellos. Esto es tan ridículo como la propuesta saducea.

Los semitas, no conocen un alma sin cuerpo, no podían imaginar un ser humano sin cuerpo. Ni siquiera tienen una palabra para expresar el cuerpo sin alma. Nuestra doctrina sobre el más allá nace de la fusión de dos concepciones opuestas del ser humano, la judía y la griega. Nuestra predicación sería incomprensible para Jesús. La palabra que traducimos por alma quiere decir “vida” y la que traducimos por cuerpo, quiere decir “persona”.

El NT proclama la resurrección de los muertos. Nosotros hoy pensamos en la supervivencia del alma. No es esa la idea que nos quiere trasmitir la Biblia. Nos hemos apartado totalmente del pensamiento bíblico y ha prevalecido la idea griega, aunque tampoco la hemos conservado con exactitud. Para los griegos no se necesitaba ninguna intervención de Dios para que el alma subsistiera y la resurrección del cuerpo era un flaco favor.

La base de toda reflexión sobre el más allá está en la resurrección de Jesús. La experiencia que de ella tuvieron los discípulos es que Dios realizó plenamente en él la salvación. Jesús sigue vivo con una Vida que ya tenía cuando estaba con ellos, pero que no descubrieron hasta que murió. En él, la última palabra no la tuvo la muerte sino la Vida. Esta es la principal aportación del texto de hoy: “serán como Ángeles, hijos de Dios”.

¿Cómo permanecerá esa Vida que ya poseo aquí y ahora? Ni lo sé ni puedo saberlo. No debemos rompernos la cabeza pensando cómo va a ser ese más allá. Lo que de veras me debe importar es el más acá. Descubrir que Dios me salva aquí y ahora. Vivenciar que hoy es ya la eternidad para mí. Que la Vida definitiva la poseo ya en plenitud. En la experiencia pascual, los discípulos descubrieron que Jesús estaba vivo. No se trataba de la vida biológica sino de la Vida divina que ya tenía antes de morir, a la que no afectó la muerte.

Los cristianos hemos tergiversado hasta el núcleo central del mensaje de Jesús. Él puso la plenitud del ser humano en el amor, en la entrega total, sin límites, a los demás. Nosotros hemos hecho de esa misma entrega una programación. Soy capaz de darme, con tal que me garanticen que esa entrega terminará por redundar en beneficio de mi ego. Jesús predicó que la plenitud humana está en la entrega total. Mi objetivo cristiano debe ser deshacerme, no permanecer en el falso yo. Justo lo contrario de lo que pretendemos.

Te preocupa lo que será de ti después de la muerte ¿Te ha preocupado alguna vez lo que eras antes de nacer? Tu relación con el antes y con el después responde al mismo criterio. No vale decir que antes de nacer no eras nada, porque entonces hay que concluir que después de morir no serás nada. La eternidad no es una suma de tiempo sino un instante que está más allá del tiempo. Desde la visión más tradicional, para Dios soy igual en este instante que antes de nacer o después de morir. Desde la visión de Dios que tenemos hoy, no somos nada distinto de Él y en Él siempre hemos sido y seremos lo mismo.

«…porque para Él, todos están vivos». ¿No podría ser esa la verdadera plenitud humana? ¿No podríamos encontrar ahí el auténtico futuro del ser humano? ¿Por qué tenemos que empeñarnos en que nos garanticen una permanencia en el ser individual para toda la eternidad? ¿No sería muchísimo más sublime permanecer vivos solo para Él? ¿No podría ser que el consumirnos en favor de los demás fuese la auténtica consumación del ser humano? ¿No es eso lo que celebramos en cada eucaristía?

Meditación

Para Dios todo está en un eterno presente.
Como ser humano puedo vivir conscientemente mi relación con el Absoluto.
La experiencia de lo Absoluto es mi verdadera Vida.
No confundir con mi vida biológica que solo es un accidente.
Mi presente se funde con mi pasado y mi futuro.
Desde mi contingencia, puedo experimentar un ahora eterno.

Fray Marcos

Fe Adulta

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¿Y tras la muerte…?

domingo, 6 de noviembre de 2022
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23b7d1777733a10cd995a2ce2dfaa857James J. Tissot, detail of ‘The Pharisees Question Jesus’ (1886-94), gouache on gray wove paper, Brooklyn Museum, New York.

Lc 20, 27-39

«Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos son vivos para Él»

El libro de J. Gaarder, “El mundo de Sofía”, comienza con una pregunta inquietante: “¿Quién eres?”, y ante ella, su protagonista, Sofía, se plantea esta sencilla reflexión: «Estamos aquí y ahora rodeados de personas animales y cosas, somos conscientes de ello y es fantástico vivir. Luego desaparecemos de este mundo ¿No es injusto que se nos dé algo para arrebatárnoslo después?» …

¿Qué nos espera tras la muerte? No lo sabemos; y no lo sabemos porque no sabemos quiénes somos. Mejor dicho, cada uno tiene su propia concepción de sí mismo, pero, en general, sus dudas al respecto son más fuertes que sus certezas. Para unos, somos mera contingencia caduca condenada a desaparecer. Para otros, la minúscula porción de un Cosmos sacralizado al que identifican con Dios; es decir somos nada menos que “existencia de Dios”. Hay quien piensa que somos mera ilusión, y quien cree que somos los hijos amados con locura por un Dios personal que nos espera al otro lado de la muerte.

¿Quiénes somos?… Aparentemente somos cuerpo que se deteriora con la edad y acaba muriendo y descomponiéndose. Es evidente que no podemos contar con él si soñamos con más vida tras la muerte. Pero no importa, también somos mente; pensamiento. Los eleáticos —incluidos Parménides, Platón, Aristóteles o Descartes— identifican el ser con el pensar, es decir, creen que la mente es lo único que determina nuestra existencia: «Pienso, luego existo». Pero el cerebro, soporte del pensamiento, también muere. Entonces, ¿qué nos queda?

Todo lo que tengo, incluido mi cuerpo y mi cerebro, se me escapará un día de las manos. Solo me quedará lo que soy. Me gusta pensar que soy ese “soplo de Dios” del que nos habla el Génesis, es decir, que soy amor, libertad, tolerancia y compasión; que el cuerpo, el cerebro, e incluso el conocimiento y la experiencia, son pertenencias caducas que no forman parte de mí. Pero ¿cuál es el bagaje que me acompañará al otro lado de la muerte?… ¿Me acompañará el sentimiento de identidad personal?… ¿O soy como la ola que tras romper en las rocas queda diluida en el mar?… ¿Cómo influirá mi vida aquí, en este mundo, en mi vida tras la muerte?… No lo sé. Son preguntas para las que no tengo respuesta racional.

Pero donde falla la razón surge la esperanza. Esperanza en que la muerte no sea el fracaso definitivo e inapelable, el absurdo por excelencia, el sinsentido mayor que cabe concebir… Pero esta esperanza no es gratuita, sino que hunde sus raíces en la fe, y por eso envidio sinceramente a quienes creen “de verdad” en el Dios de Jesús; a quienes confían plenamente en lo que Abbá tenga preparado para nosotros en el momento de la muerte… A quienes le creen a Pablo cuando dijo a los cristianos de Corinto que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni inteligencia humana puede siquiera concebir lo que Dios tiene preparado para sus hijos”.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Dios no lo es de muertos sino de vivos.

domingo, 6 de noviembre de 2022
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17mayo2011

Recientemente he leído el proceso de pasar de discusiones elucubrativas sobre la religión…a una experiencia viva de la Vida, de la mano de una mística actual.

Hoy ante este evangelio complicado que mantiene a los círculos del poder económico y religioso entretenidos buscando respuestas, sólo me nace una reflexión que deseo compartir: las elucubraciones y preguntas mentales no nos introducen en el inmenso pozo de la Vida, más bien, nos dejan más secos y más sedientos.

Siento una invitación enorme a sugerir a los lectores que leen y leen y tratan de acoplar y entender…que paren y respiren.

El evangelio no es un manual de conducta ni de respuestas a todo lo que la mente desea conocer.

El evangelio es una brújula hacia dentro, hacia nuestro centro, donde habita la vida. Y desde allí, a donde el silencio nos indique.

De cada vez percibo con más claridad lo confuso de los diálogos sobre Dios… sin una experiencia interior que nos haga hacer silencio porque roza lo sagrado.

Es en ese pozo infinito de sabiduría del silencio habitado que el corazón se explaya y la mente se centra en el silencio que lo explica todo.

Somos cientos de miles las personas que después de tratar de entender, de estudiar, de profundizar, de buscar… hemos llegado a la conclusión tan acariciada por personas que nos han precedido “te buscaba fuera y estabas dentro”.

Recientemente he asistido a la profesión de los Consejos Evangélicos de una mujer médico, siempre en contacto con la vida, buscadora empedernida del Amor en las personas, en la naturaleza, en los pobres… era el pasado domingo, donde ante sus amigos y familiares nos decía: ahora lo entiendo todo, esa entrega de todo mi ser al silencio, me hace feliz, me llena, me da la respuesta a todas las preguntas posibles, a todas mis ansias.

Sentarte en un rincón de tu casa o jardín silencioso, respirar, entrar y acoger ese espacio sagrado que vas descubriendo, como una gran tienda de refugio en el silencio de la noche de la vida, ahí, acompañada por millones de personas que practicamos el mismo silencio consciente, te descubrirás hermana y hermano de todo el Universo, de todo lo que es vida porque habrás entrado en la Vida. Y como dice el evangelio ahí todos somos iguales, hermanas y hermanos, disfrutando de la Vida que por un tiempo se nos regala, para que la compartamos y disfrutemos.

Si deseas acompañamiento en ese silencio, ponte en contacto, tenemos sesiones presenciales y online, totalmente gratuitas y gratificantes.

Feliz Semana.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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Muerte y vida

domingo, 6 de noviembre de 2022
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-1Domingo XXXII del Tiempo Ordinario 

06 noviembre 2022

Lc 20, 27-38

 

Ante el hecho de la muerte, se dan diferentes posturas: unos piensan que constituye el final de todo; otros imaginan una continuidad con la existencia presente, liberada del sufrimiento; hay quienes guardan silencio y hay quienes se han liberado del miedo a la muerte, porque han cesado de identificarse con el yo.

Los saduceos del relato -que constituían la élite religiosa, económica y política del pueblo judío- están convencidos de que todo acaba con la muerte, con el argumento (religioso) de que la resurrección no aparece en los grandes libros de la Biblia (el Pentateuco). Desde esa perspectiva, tratan de ridiculizar la creencia en la resurrección, imaginándola como un calco de la existencia que conocemos, idea que las propias religiones han fomentado.

En realidad, ante la perspectiva de lo que se nombra como “el más allá”, la humanidad ha dado cuatro respuestas: la negación completa, la reencarnación, la inmortalidad y la resurrección. Dependiendo del momento histórico y del ámbito sociocultural, ha predominado una creencia u otra. Con todo, me parece importante reconocer que se trata solo de eso, de creencias.

Una creencia es una construcción mental. En el caso de estas tres que acabo de mencionar, se trata de tres “mapas” que apuntan en una dirección común: la vida no muere. Aunque cada uno de ellos lo exprese, interprete e imagine de un modo particular.

Investigaciones recientes sobre experiencias cercanas a la muerte (ECM) parecen apuntar en aquella dirección, si bien las interpretaciones que se hacen de las mismas son deudoras -no puede ser de otro modo- de los esquemas mentales de quien las ha vivido.

Desde la sabiduría, todo se apoya en la comprensión. Comprensión que nos hace reconocer que no somos el yo -cuerpo, mente, psiquismo- con el que nuestra mente tiende a identificarnos, sino la consciencia una, la vida o, sencillamente, lo no-nacido. Al cesar la identificación con el yo, desaparecen el miedo a la muerte y la misma pregunta por el más allá. Tanto el miedo como la pregunta nacen del yo, inquieto o atemorizado por su destino. De ahí que, cuando cae aquella identificación, se produce lo que repite la sabiduría sufí: “Quien muera antes de morir [quien ha comprendido que no es el yo], cuando le llegue la muerte, no morirá”.

Parece claro que todo lo que nace habrá de morir y que lo único que no muere es lo no-nacido. Con lo cual, el hecho de la muerte constituye un desafío para nuestra propia autocomprensión: ¿qué soy yo?

¿Cómo vivo la muerte?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La vida es la vida, defiéndela (Teresa de Calcuta)

domingo, 6 de noviembre de 2022
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índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- ¿Qué nos cabe esperar en la vida (y en la muerte).

    Recuerdo cómo Eugenio Romero Posse, (sacerdote y obispo gallego, 1949-2007) consciente de su, más o menos, cercana muerte por la enfermedad, decía que: solamente vivimos en plenitud cuando hemos asumido en la vida nuestra propia muerte.

La muerte problematiza toda la existencia. Probablemente uno no vive sereno hasta que no se plantea y resuelve el problema de la muerte.

Estos días de comienzos de noviembre: Todos los Santos y Difuntos, así como ya la “recta final” del año litúrgico, nos hablan y sitúan ante el final de la vida y ante la finalización de la historia, todo lo cual ha reaviva en nosotros las cuestiones de la esperanza y la resurrección.

¿Qué nos cabe esperar en la vida? ¿En quién está nuestro futuro? ¿Será posible la felicidad que aquí ha sido imposible? La Palabra de este domingo trata de pensar un poco en estas cosas. Las dos lecturas de hoy (incluidos los salmos místicos) son aproximaciones, a lo que fue uno de los descubrimientos más grandes de la fe de Israel: la fe en la Resurrección,

La Palabra de hoy es una invitación a meditar sobre el sentido del vivir y del morir, que de alguna manera siempre ha inquietado al ser humano. La fe en un Dios que nos ha creado para la vida fue madurando lentamente en Israel hasta culminar en la persona de Jesús. Con el don de su vida, muerte y resurrección, Él nos ha enseñado a vivir el presente con un significado nuevo, abriéndonos a un horizonte de eternidad insospechado.

02.- Vale la pena morir cuando se espera la resurrección. (II Macabeos).

El segundo libro de los Macabeos está escrito casi en vísperas del nacimiento de Jesús, escrito hacia el año 100 aC.

Es una de las primeras veces en las que se afirma aquí en todo el AT la fe explícita en la resurrección del ser humano.

La esperanza de los fieles del AT en la resurrección se confirma y se hace más explícita en los tiempos difíciles. Los mártires, alentados por la fe en una vida eterna, se mantienen firmes e insobornables en el cumplimiento de la Ley. Saben que Dios, que les ha dado el cuerpo, es también poderoso para resucitarlo.

Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará.

La fe en Dios, en Cristo resucitado y desde ellos la fe en la resurrección suponen un nivel alto confianza en Dios.

Los saduceos tramposos.

    Los saduceos eran la aristocracia sacerdotal (provenientes del sacerdote Sadoc en tiempos de David y Salomón), constituían la clase alta de Israel. Eran pocos, ricos y poderosos.

El pueblo de Israel había llegado ya a la fe en la resurrección, pero curiosamente la alta sociedad saducea no creía en la resurrección. Esta es la razón por la que le tienden a Jesús una pregunta trampa aparentemente matrimonial, pero que en el fondo está la cuestión de la resurrección.

    A los saduceos, que no creían en la resurrección, no les importaba nada de quién iba a ser aquella mujer y le hacen una pregunta “trampa” a Jesús. Lo que pretenden es pillarle a Jesús acerca de la resurrección. Si no creéis en la resurrección ¿a santo de qué preguntáis a Jesús de quién será aquella mujer?

03.- Dios de vivos.

Jesús elegantemente sobrevuela el legalismo de aquella gente poderosa y deja de lado la ley del levirato escrita en el libro del Deuteronomio, que obligaba a la mujer a casarse con el o los hermanos de su marido muerto y se remonta al origen.

En el más allá la vida no necesitará procreación, por lo que no hará falta casarse y, en todo caso, lo que importa es que viviremos, porque nuestro Dios no es de muertos, sino de vida.

04.- Poco más podemos verificar y mucho más podemos esperar.

De un tiempo –más bien largo- a esta parte es masiva la despreocupación, cuando no el desprecio hacia la muerte y la resurrección.

Sin embargo todas las culturas de todos los tiempos han cultivado la esperanza en la vida más allá de la muerte. Las modalidades culturales de hacerlo han sido varias, fundamentalmente inmortalidad, reencarnación y resurrección.

La miopía y la ceguera de la sociedad no significa que no exista la luz, sino que yo soy quien no veo o no quiero ver.

Habremos de echar mano de la fe y de la esperanza.

Creer y esperar en la resurrección no es creer en un acto de magia o de prepotencia, sino un fiarse hasta el final de lo que Jesús nos dijo: Dios es señor de la vida, no de la muerte. Yo soy la resurrección y la vida.

    No es que somos inmortales. La inmortalidad no necesita de Dios. El fundamento de la resurrección no es nada humano, sino Dios, que nos rescata de la muerte.

    Para la fe en la resurrección como para todo en la vida es necesaria una gran sensibilidad humana, de corte espiritual  y cristiana.

05.- Nuestras vidas no terminan en la muerte.

    Cuando la muerte se nos presenta en nuestro derredor o en nosotros mismos, nos sitúa ante un gran abismo, insondable e incomprensible. Una postura sensata es la de no comprender, pero confiar, que fue la actitud de muchas personas del AT.

    Nuestro Dios es Dios de la vida, no de la muerte

Dios no abandonará mi vida en la muerte, no dejarás a tu fiel amigo conocer la corrupción. Me enseñarás el camino de la vida. Me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua junto a Ti. (Salmo 16).

Dios es el sentido y la meta de nuestra vida

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El Relato Bíblico de la Creación: entre el Fundamentalismo y las Personas LGBT

viernes, 4 de noviembre de 2022
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Por Luís Corrêa Lima *
Oct 24, 2019

Uno de los principales pilares del credo Cristiano es la fe en Dios, el creador del cielo y la tierra. Esto incluye el mundo, la naturaleza y el ser humano como creación divina, el trabajo de un ser poderoso y bueno, diseñado para magnificar Su gloria y compartir Su vida. El relato bíblico de la creación, contenido en los primeros capítulos de la Biblia, marcó la tradición judeocristiana y la cultura humana. Al comienzo de todo no era el caos, sino Dios mismo. Por su palabra vienen la luz, las estrellas, las aguas, los continentes y la vida. La humanidad proviene del soplo divino sobre la materia, constituyéndose como la imagen y semejanza divina y guardiana de la creación. En este relato, muchas generaciones han encontrado sentido en la vida, la felicidad, la familia, la civilización, las normas que gobiernan la sociedad y también en el tratamiento del mal y la muerte.

Con el tiempo, han surgido cuestionamientos sobre ciertos puntos: la creación del universo en seis días, si es que la tierra surgió antes que el sol y las estrellas, el hombre salió directamente del polvo de la tierra o la mujer salió de la costilla del hombre. También se cuestionó la dominación masculina sobre la mujer (“te sentirás atraído por tu esposo y él te dominará” – Génesis 3:16).

En respuesta a estas preguntas, se generó un apego intransigente a la letra del texto bíblico, el fundamentalismo, a fines del siglo XIX y principios del XX. Se suponía que la Palabra de Dios, inspirada por Él, estaba libre de errores y debería interpretarse literalmente en todos sus detalles. Para aquellos que se atrevieron a cuestionarlo en nombre de la razón, el dilema se ha planteado durante mucho tiempo: “o crees o piensas”. Esta trampa ideológica ha alejado de la religión cristiana a muchas personas de buena voluntad.

Afortunadamente, la evolución de la ciencia y la sociedad también ha llevado a los cristianos a leer los textos sagrados de otra manera, liberándolos de este perverso dilema. Con el Papa Pío XII y más tarde con el Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica asimiló los métodos científicos de interpretación de la Biblia, incorporando la ayuda de varias ciencias desde la arqueología hasta la literatura. El lector contemporáneo debe buscar el significado que los autores sagrados, en determinadas circunstancias, de acuerdo con las condiciones de su tiempo y cultura, pretendieron expresar mediante el uso de modos o géneros literarios que luego se utilizaron. Hay que tener en cuenta las formas adecuadas de sentir y narrar como validas en su momento, así como las formas en que se emplearon las relaciones entre los hombres en ese momento. Así es como la Palabra de Dios vino a nosotros: no dictada por Él, sino inspirada, llevando también las marcas de sus raíces históricas.

El fundamentalismo no dejó de existir y tuvo mucha fuerza. Pero hoy la Iglesia advierte de su riesgo: al rechazar cualquier cuestionamiento o investigación crítica, coloca en la vida de los fieles una certeza falsa, confundiendo las limitaciones humanas del mensaje bíblico con la sustancia divina de ese mensaje. Esto implícitamente invita a una forma de “suicidio de pensamiento”. Contra la evidencia, los cristianos fundamentalistas siguen afirmando que el mundo se hizo en seis días, la mujer salió de la costilla del hombre y que debe ser dominada por él.

Hoy surge otra pregunta: la realidad de las personas LGBT que se ha hecho visible en el mundo contemporáneo. Es necesario profundizar la reflexión sobre la creación del ser humano en la dualidad del hombre y la mujer. Sin negar esta dualidad original y su valor, debe tenerse en cuenta que no todas las personas son heterosexuales y no todas se identifican con el sexo que se les atribuye al nacer. Esta no es su elección, sino algo constitutivo de su ser, con componentes biológicos y psicosociales. Son caras de la compleja diversidad entre hombres y mujeres, que no puede simplificarse en una lectura superficial y aproximada. No se puede imponer a todos el que vivan como heterosexuales o se identifiquen con su sexo de nacimiento.

También en esta compleja diversidad, el ser humano sigue siendo creación divina, obra de un ser poderoso y bueno, destinado a magnificar Su gloria y participar en Su vida.

* Luís Corrêa Lima es un sacerdote jesuita y profesor en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro. Trabaja con investigaciones sobre género y diversidad sexual, y sobre el acompañamiento espiritual de las personas LGBT.

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Cosas maravillosas en nuestra tienda.

jueves, 3 de noviembre de 2022
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religic3b3n-diversidad-sexual-y-activismo-san-sergio-y-san-baco-santos-gaysAunque ya hemos celebrado ambas jornadas, el artículo merece la pena ser publicado:

En la próxima semana, nuestra iglesia celebra dos días especiales: Solemnidad de Todos los Santos (1 de noviembre) y Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos (2 de noviembre). La publicación de blog de hoy refleja estos dos días desde una perspectiva católica LGBTQ+. Al final de la publicación, encontrará enlaces a dos ejercicios de reflexión espiritual que son nuevas entregas de la serie “Journeys” de New Ways Ministry.

Parte de la novena a los Santos Sergio y Baco dice:

“Nuestro Dios estaba tan orgulloso de vuestro amor y coraje que a la muerte de Baco, cuando Sergio estaba en su punto más bajo y solitario y comenzaba a desanimarse, Dios envió el espíritu de Baco a Sergio para consolarlo con la promesa de que los dos volveríamos a estar juntos en el Cielo.”

Anticipándose a los días festivos de la Solemnidad de Todos los Santos y la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, la narración de los santos emparejados, Sergio y Baco, es una historia de amor que vale la pena recordar, ya que vincula elementos de ambos memoriales.

Según John Boswell,  en su Libro Uniones del mismo sexo en la Europa premoderna, tanto Sergio como Baco eran soldados romanos de alto rango que disfrutaban de una amistad privilegiada con el emperador. Sin embargo, en una ocasión provocaron la ira del emperador por negarse a ofrecer sacrificios a los dioses paganos. Cuando se aferraron a su fe cristiana, el emperador ordenó que fueran despojados de su atuendo militar y desfilar por las calles vestidos con ropa de mujer.

Sin embargo, este edicto, en una sociedad obsesionada con la masculinidad guerrera, no logró humillar a Sergio y Baco. Como cristianos, familiarizados con las Escrituras, cantaron con audacia:

“Nos regocijamos en ti, oh Dios, porque nos has vestido con vestiduras de salvación, y nos has cubierto con manto de justicia; como novias, nos has ataviado con vestidos de mujer y nos has unido para ti a través de nuestra confesión”.

Baco fue azotado hasta la muerte y Sergio encarcelado. Esa noche, Sergio, deprimido y desconsolado por la pérdida de Baco, lloró y gritó: “Hermano y compañero soldado, ya no cantaremos juntos: ‘¡Mirad cuán bueno y cuán agradable es para los hermanos permanecer en unidad!’ Te has desprendido de mí y has subido al cielo, dejándome solo en la tierra, ahora solo, sin consuelo”.

Esa misma noche, después de que Sergio hubo pronunciado estas palabras, el espíritu de Baco se le apareció y le dijo:

“¿Por qué te afliges y lloras, hermano? Si he sido tomado de ti en cuerpo, todavía estoy contigo en el vínculo de la unión… Apresúrate, pues, tú mismo, hermano, a través de la hermosa y perfecta confesión para perseguirme y alcanzarme, cuando hayas terminado el curso. Porque la corona de la justicia para mí es estar con ustedes”.

Al observar la Solemnidad de Todos los Santos el 1 de noviembre, podemos celebrar a todos los santos, tanto conocidos como desconocidos, que sirvieron como discípulos y mártires de Cristo y que ahora se regocijan ante el trono de Dios. Podemos invocar a estos santos en oración; déjate inspirar por su audacia o humildad, y siéntete representado por esta inmensa nube de testigos de toda nación, raza, pueblo y lengua (Apocalipsis 7).

16F086E3-2937-4902-A998-05FD38791DD3Santas Perpetua y Felicidad

Al imitar a estos santos, también podemos reflexionar sobre nuestro propio llamado al discipulado LGBTQ/aliados, ya que muchos de estos santos nos presentan un precedente humano de lo que significa vivir, amar y seguir a Cristo. Santas Perpetua y Felicidad, madres y patronas de las parejas del mismo sexo, amaban a sus hijos, pero estaban dispuestas a morir antes que renunciar a su fe cristiana. Santa Mónica, a través de su fe, dedicación y preocupación por sus hijos, formó a uno de los más brillantes filósofos y santos de todos los tiempos: su hijo, San Agustín de Hipona.

Al honrar a los Fieles Difuntos el 2 de noviembre, reconocemos el “vínculo de unión” que nos rodea a nosotros y a nuestros seres queridos (difuntos) que forman el Cuerpo vivo de Cristo. Permanecemos en la esperanza sabiendo que lo que nos espera al final no es solo estar en la presencia de Dios (el tema de las lecturas de estos dos días) sino también estar en “unidad” con aquellos a quienes amamos mucho, pero perdidos en la muerte. (La promesa de Dios a Sergio fue que “los dos volverían a estar juntos en el cielo”).

Cuando Sergio finalmente fue decapitado, y cuando entregó su espíritu a los ángeles, una voz del cielo dijo:

“Ven, también, Sergus, soldado y vencedor, al Reino preparado para ti. Las huestes de ángeles, las filas de matriarcas y patriarcas, los coros de apóstoles y profetas, las almas de los justos, todos esperan tu llegada para compartir con ellos las cosas maravillosas que allí te esperan”.

En estas fiestas de Todos los Santos y Todas las Almas, que la unidad perdurable de Sergio y Baco, Perpetua y Felicidad, sea un tierno recordatorio de algunas de las cosas maravillosas que también os esperan.

– Dwayne Fernandes, New Ways Ministry, 30 de octubre de 2022

Para mayor reflexión, diario o conversaciones grupales, visite nuestra serie JOURNEYS:

Solemnidad de Todos los Santos

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

Fuente New Ways Ministey

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02 de Noviembre de 2022. Fieles Difuntos

miércoles, 2 de noviembre de 2022
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apostoluak011

Job 19,1.23-27a

Yo sé que está vivo mi Redentor

Respondió Job a sus amigos:

“¡Ojalá se escribieran mis palabras, ojalá se grabaran en cobre, con cincel de hierro y en plomo se escribieran para siempre en la roca! Yo sé que está vivo mi Redentor, y que al final se alzará sobre el polvo: después que me arranquen la piel, ya sin carne, veré a Dios; yo mismo lo veré, y no otro, mis propios ojos lo verán.”

***

Salmo responsorial: 24

A ti, Señor, levanto mi alma.

Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor. R.

Ensancha mi corazón oprimido
y sácame de mis tribulaciones.
Mira mis trabajos y mis penas
y perdona todos mis pecados. R.

Guarda mi vida y líbrame,
no quede yo defraudado de haber acudido a ti.
La inocencia y la rectitud me protegerán,
porque espero en ti. R.

***

Filipenses 3,20-21

Transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso

Hermanos:

Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.

***

Marcos 15,33-39;16,1-6

Jesús, dando un fuerte grito, expiró

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta media tarde. Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

-“Eloí, Eloí, lamá sabaktaní“. (Que significa: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”)

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

-“Mira, está llamando a Elías.

Y uno echó a correr y, empapando una esponja en vinagre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

-“Dejad, a ver si viene Elías a bajarlo.”

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró. El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo. El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

-“Realmente este hombre era Hijo de Dios.”

[Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras:

“¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo:

-“No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron.”]

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“En las manos de Dios”. 2 de noviembre de 2022. Conmemoración de los difuntos. Marcos 5, 33-39; 16,1-6

miércoles, 2 de noviembre de 2022
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jesus-abrazo-2Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.

Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Que hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

La muerte es una puerta que traspasa cada persona en solitario. Una vez cerrada la puerta, el muerto se nos oculta para siempre. No sabemos qué ha sido de él. Ese ser tan querido y cercano se nos pierde ahora en el misterio insondable de Dios. ¿Cómo relacionarnos con él?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios. En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro solo una oración de confianza: “En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido”

¿Qué sentido pueden tener hoy entre nosotros esos funerales en los que nos reunimos personas de diferente sensibilidad ante el misterio de la muerte? ¿Qué podemos hacer juntos: creyentes, menos creyentes, poco creyentes y también increyentes?

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más críticos, pero también más frágiles y vulnerables; somos más incrédulos, pero también más inseguros. No nos resulta fácil creer, pero es difícil no creer. Vivimos llenos de dudas e incertidumbres, pero no sabemos encontrar una esperanza.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe. Decirle desde dentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:

“Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver“.

José Antonio Pagola

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