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Partir, compartir el pan.

domingo, 15 de abril de 2018
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imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. LOS DOS DE EMAÚS.

El texto del evangelio que acabamos de escuchar es el final del hermoso relato de los dos de Emaús.

Aquellos dos discípulos se marchaban de Jerusalén tras el trágico fracaso de Jesús el Viernes en el calvario.

Los dos de Emaús abandonan la ciudad (Jerusalén), desertan de la causa de Jesús, se van.

02. IBAN CAMINANDO Y HABLANDO.

Sin embargo, a pesar de todo, estos dos discípulos decepcionados de JesuCristo, no pierden la memoria de Jesús, siguen recordando, hablando, discutiendo, evocando. Recuerdan la Palabra.

o Los creyentes estaban hablando, discutiendo.

o Jesús les dice, les explica las Escrituras, la Palabra

En las decepciones y problemas que tenemos todos en la vida: el miedo, preocupaciones, heridas físicas y psíquicas, enfermedades, conflictos comunitarios, etc., la actitud puede ser la de caminar, recordar, evocar la paz, los encuentros en la vida, buscar luz.

La palabra, el diálogo (Logos: palabra) es algo específicamente humano. La Palabra conserva la memoria, nuestra memoria histórica; la palabra conserva la cultura, la fe. Si el asunto Jesús no se ha perdido es por la fe en la Palabra, por el testimonio de los cuatro evangelios, el Nuevo Testamento, por la Palabra que nos transmitió nuestra familia, la catequesis en la Parroquia, la vida eclesial, las homilías, que hemos tenido en nuestra vida.

La palabra es memoria, creatividad y futuro.

La lectura de la Palabra, la conversación con quien merece mi confianza, el diálogo en la familia, en la iglesia, en política, etc es recordar, proyectar, crear, compartir, perdonar, abrir caminos hacia la vida.

03. ¿DINAMITAR LA MEMORIA?

018_discipulos_emausEs una discusión que surge intermitentemente en los medios de comunicación, en la vida política y eclesiástica: las raíces cristianas -o no- de los pueblos, de Europa.

Los dos de Emaús van recordando lo vivido con Jesús. Guardan la memoria.

No quiero llevar las aguas a “mi molino” y decir con estas cosas que la Iglesia tenga siempre y en todo la razón y que haya que volver al mundo eclesiástico y cuanto mayor sea la resistencia numantino-eclesiástica, mejor. Ni es esa la cuestión ni con ese tratamiento.

Quiero decir que es una simpleza pensar que la humanidad ha nacido y ha encontrado la solución a los problemas “anteayer” con la modernidad y la tecnología. El ser humano ha nacido, ha vivido y sufrido, ha cantado y caminado, ha pensado, ha enfermado y envejecido, ha esperado y desesperado, ha muerto mucho antes que surgiera el pensamiento moderno y lo seguirá haciendo siempre. Siempre trabajaremos, celebraremos, enfermaremos, pecaremos, moriremos siempre.

Tal vez, si tratamos de suavizar o eliminar hoy en día los grandes problemas humanos es porque no tenemos una respuesta, porque, tal vez, hemos olvidado nuestra memoria.

Guardemos en nuestra vida la memoria de JesuCristo.

04 VAMOS A COMER

apasc03bnk02El relato de los dos de Emaús es Eucaristía: la Mesa de la palabra y del Pan de Vida. Les explica las Escrituras y parte con ellos el pan.

Tras la resurrección, Jesús se muestra humano. El mismo Jesús que murió, vive. Y su humanidad se muestra en gestos sencillos como comer, compartir, se deja tocar por Tomás, da la paz, transmite alegría.

La comida es el lugar de encuentro, de amistad, de amor (bodas), de encuentro, de fiesta familiar o popular, de amistad o de compartir sufrimiento (muerte).

En el fondo todo eso es la Eucaristía y la mesa de la vida: reunirse, recordar, encontrarse, conversar, comer. En la tradición de la Iglesia se hablaba de la Eucaristía como con dos alimentos: la Palabra y el Pan de Vida.

La VIDA se compone de elementos muy sencillos y creer en esta sencillez es creer en el Señor Resucitado. Una limosna, un poco de pan, cuidar la “herida” de un enfermo, saber escuchar son pequeños sacramentos de la Resurrección y de la vida.

Decía Martin Luther King (1929-1968): Aunque supiera que el mundo se acaba mañana, hoy todavía plantaría un árbol.

A pesar de las desilusiones y de los desánimos, sembremos vida.

05. MENTE Y CORAZÓN ABIERTOS

Lucas resalta la ciudad: Jerusalén significa para Lucas el final de una etapa y el comienzo de otra. “Termina Jerusalén” (judaísmo) y comienza el universalismo: transmitid estas cosas a todas las naciones.

VOSOTROS SOIS TESTIGOS DE ESTO.

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“Agnósticos”. 2º de Pascua – B (Juan 20,19-31)

domingo, 8 de abril de 2018
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821286Pocos nos han ayudado tanto como Christian Chabanis a conocer la actitud del hombre contemporáneo ante Dios. Sus famosas entrevistas son un documento imprescindible para saber qué piensan hoy los científicos y pensadores más reconocidos acerca de Dios.

Chabanis confiesa que, cuando inició sus entrevistas a los ateos más prestigiosos de nuestros días, pensaba encontrar en ellos un ateísmo riguroso y bien fundamentado. En realidad se encontró con que, detrás de graves profesiones de lucidez y honestidad intelectual, se escondía con frecuencia una «una absoluta ausencia de búsqueda de verdad».

No sorprende la constatación del escritor francés, pues algo semejante sucede entre nosotros. Gran parte de los que renuncian a creer en Dios lo hacen sin haber iniciado ningún esfuerzo para buscarlo. Pienso sobre todo en tantos que se confiesan agnósticos, a veces de manera ostentosa, cuando en realidad están muy lejos de una verdadera postura agnóstica.

El agnóstico es una persona que se plantea el problema de Dios y, al no encontrar razones para creer en él, suspende el juicio. El agnosticismo es una búsqueda que termina en frustración. Solo después de haber buscado adopta el agnóstico su postura: «No sé si existe Dios. Yo no encuentro razones ni para creer en él ni para no creer».

La postura más extendida hoy consiste sencillamente en desentenderse de la cuestión de Dios. Muchos de los que se llaman agnósticos son, en realidad, personas que no buscan. Xavier Zubiri diría que son vidas «sin voluntad de verdad real». Les resulta indiferente que Dios exista o no exista. Les da igual que la vida termine aquí o no. A ellos les basta con «dejarse vivir», abandonarse «a lo que fuere», sin ahondar en el misterio del mundo y de la vida.

Pero ¿es esa la postura más humana ante la realidad? ¿Se puede presentar como progresista una vida en la que está ausente la voluntad de buscar la verdad última de nuestra vida? ¿Se puede afirmar que es esa la única actitud legítima de todo? ¿Se puede afirmar que es esa la única actitud legítima de honestidad intelectual? ¿Cómo puede uno saber que no es posible creer si nunca ha buscado a Dios?

Querer mantenerse en esa «postura neutral» sin decidirse a favor o en contra de la fe es ya tomar una decisión. La peor de todas, pues equivale a renunciar a buscar una aproximación al misterio último de la realidad.

La postura de Tomás no es la de un agnóstico indiferente, sino la de quien busca reafirmar su fe en la propia experiencia. Por eso, cuando se encuentra con Cristo, se abre confiadamente a él: «Señor mío y Dios mío». ¡Cuánta verdad encierran las palabras de Karl Rahner!: «Es más fácil dejarse hundir en el propio vacío que en el abismo del misterio santo de Dios, pero no supone más coraje ni tampoco más verdad. En todo caso, esta verdad resplandece si se la ama, se la acepta y se la vive como verdad que libera».

José Antonio Pagola

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Marina Ibarlucea

 

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“Porque me has visto, Tomás, has creído, -dice el Señor-. Dichosos los que crean sin haber visto”. Domingo 08 de abril de 2018. Domingo segundo de Pascua

domingo, 8 de abril de 2018
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28-pasuaB2 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 4,32-35: Todos pensaban y sentían lo mismo:
Salmo responsorial: 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
1Juan 5,1-6. Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo.
Juan 20,19-31: Porque me has visto, Tomás, has creído, -dice el Señor-. Dichosos los que crean sin haber visto.

Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución judía. Se encuentra en una situación de temor paralela a la del antiguo Israel en Egipto cuando los israelitas eran perseguidos por las tropas del faraón (Éx 14,10); y, como lo estuvo aquel pueblo, los discípulos están también en la noche (ya anochecido) en que el Señor va a sacarlos de la opresión (Éx 12,42; Dt 16,1). El mensaje de María Magdalena, sin embargo, no los ha liberado del temor. No basta tener noticia del sepulcro vacío; sólo la presencia de Jesús puede darles seguridad en medio de un mundo hostil.

Pero todo cambia desde el momento en que Jesús –que es el centro de la comunidad- aparece en medio, como punto de referencia, fuente de vida y factor de unidad.

Su saludo les devuelve la paz que habían perdido. Sus manos y su costado, pruebas de su pasión y muerte, son ahora los signos de su amor y de su victoria: el que está vivo delante de ellos es el mismo que murió en la cruz. Si tenían miedo a la muerte que podrían infligirles “los judíos”, ahora ven que nadie puede quitarles la vida que él comunica.

El efecto del encuentro con Jesús es la alegría, como él mismo había anunciado (16,20: vuestra tristeza se convertirá en alegría). Ya ha comenzado la fiesta de la Pascua, la nueva creación, el nuevo ser humano capaz de dar la vida para dar vida

Con su presencia Jesús les comunica su Espíritu que les da la fuerza para enfrentarse con el mundo y liberar a hombres y mujeres del pecado, de la injusticia, del desamor y de la muerte. Para esto los envía al mundo, a un mundo que los odia como lo odió a él (15,18). La misión de la comunidad no será otra sino la de perdonar los pecados para dar vida, o lo que es igual, poner fin a todo lo que oprime, reprime o suprime la vida, que es el efecto que produce el pecado en la sociedad.

Pero no todos creen. Hay uno, Tomás, el mismo que se mostró pronto a acompañar a Jesús en la muerte (Jn 11,16), que ahora se resiste a creer el testimonio de los discípulos y no le basta con ver a la comunidad transformada por el Espíritu. No admite que el que ellos han visto sea el mismo que él había conocido; no cree en la permanencia de la vida. Exige una prueba individual y extraordinaria. Las frases redundantes de Tomás, con su repetición de palabras (sus manos, meter mi dedo, meter mi mano), subrayan estilísticamente su testarudez. No busca a Jesús fuente de vida, sino una reliquia del pasado.

Necesitará para creer unas palabras de Jesús: «Trae aquí tu dedo, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino fiel». Tomás, que no llega a tocar a Jesús, pronuncia la más sublime confesión evangélica de fe llamando a Jesús “Señor mío y Dios mío”. Con esta doble expresión alude al maestro a quien llamaban Señor, siempre dispuesto a lavar los pies a sus discípulos y al proyecto de Dios, realizado ahora en Jesús, de hacer llegar al ser humano a la cumbre de la divinidad realizado ahora en Jesús (Dios mío)..

Pero su actitud incrédula le merece un reproche de parte de Jesús, que pronuncia una última bienaventuranza para todos los que ya no podrán ni verlo ni tocarlo y tendrán, por ello, que descubrirlo en la comunidad y notar en ella su presencia siempre viva. De ahora en adelante la realidad de Jesús vivo no se percibe con elucubraciones ni buscando experiencias individuales y aisladas, sino que se manifiesta en la vida y conducta de una comunidad que es expresión de amor, de vida y de alegría. Una comunidad, cuya utopía de vida refleja el libro de los Hechos (4,32-35): comunidad de pensamientos y sentimientos comunes, de puesta en común de los bienes y de reparto igualitario de los mismos como expresión de su fe en Jesús resucitado, una comunidad de amor como defiende la primera carta de Juan (1 Jn 5,1-5).

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Dom 8.4.18. Tocar las llagas, iglesia de Pascua (con Tomás)

domingo, 8 de abril de 2018
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30226790_960635467446979_5101204713420223472_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 2 pascua. Jn 20, 19-31. María Magdalena había “tocado a Jesús” en el huerto pascual, porque le amaba y por la alegría de saber que estaba vivo. Pero después tuvo que dejar de tocarle así (¡noli me tangere!), a fin tocarle/conocerle de un modo aún más hondo, llevando el Mensaje de la Vida de Jesús a los discípulos (Jn 20, 17).

Ella tocaba con amor, fue la primera de los resucitadas con Jesús en el huerto de Vida de Pascua.

A diferencia Magdalena, Tomás “el gnóstico” tuvo que aprender a tocar, bajar del mundo de los altos dogmas, de las ideas separadas, para retomar la experiencia concreta del amor de Jesús, que es la vida entregada por los otros, amor llagado. No basta con creer en Jesús de un modo separado; hay que creer en él y quererle tocando sus llagas, que son las llagas de mundo herido por (falta de) amor.

Es hermoso que el evangelio de Juan haya recogido la experiencia de María. Pero más hermoso aún es el hecho de que recoge la experiencia de Tomás, para enseñarnos así que la Pascua significa tocar con más fuerza, de un modo más hondo, como tuvo que aprender Tomás, un apóstol a quien la tradición dará gran importancia (como indica el evangelio de su nombre, no incluido en el canon, por sus tendencias gnósticas).

29792508_960866054090587_6992491689696761868_nTocar a Jesús, meter el dedo en su llaga, es descubrir la herida sangrante de la historia, vinculando así la resurrección con el dolor de los hombres y mujeres oprimidos, torturados, enfermos, asesinados (y con el amor de los hombres y mujeres que se aman, que se tocan y que de esa forma resucitan al amarse).

— Pascua es tocar y acompañar a Jesús en los llagado en los llagados de la vuda… Es dejarse encender e interrogar, aprender a sentir y transformarse desde los expulsados de la vida. No es saber simplemente de oídas, no es comentar de un modo abstracto en las noticias, sino implicarse desde dentro en el dolor concreto de los crucificados.

Pascua es también (al mismo tiempo) sentir en las manos y en los dedos, en el corazón y la mirada, el abrazo de amor de los hombres. No hay pascua de Jesús sin cuerpo a cuerpo de intimidad y cercanía, de varones y mujeres, de los niños y mayores, en los diversos tipos de encuentro y comunión, no para poseer sino para compartir, no para imponerse sino para abrir juntos caminos siempre nuevo de respeto y admiración. Así nos toca Jesús, así se deja tocar por nosotros.

images— Jesús resucita como pascua de amor en los heridos/expulsados y en los amantes, en una humanidad cuyo secreto pascual es descubrir y compartir la vida en gozo abierto a la esperanza de transfiguración no sólo de los vivos, sino también de los muertos y enterrados como Jeús, y de los muertos sin enterrar… en esta vieja tierra (cf. https://www.cristianosgays.com/2015/04/12/pascua-4-dom-12-3-15-tomas-la-herida-de-la-historia/).

Desde este fondo quiero retomar el evangelio de este día, domingo blanco (in albis) de resurrección a la vida, con el recuerdo agradecido de Tomás.

Tomas, una estación de Pascua

El recuerdo de Tomás nos lleva a la exigencia de conversión de un tipo de cristianismo puramente espiritual. Él se movía al principio fuera del espacio de dolor de los hombres concretos, como signo de una iglesia paralela, sin cruz real, sin comunidad abierta a los crucificados. Por eso no está en el primer grupo de aquellos que “ven” a Jesús y que así creen, pero sin formar parte de la verdadera Iglesia.

Pero él viene el “domingo” siguiente, algo le atrae, y no sólo “ve” a Jesús, sino que le toca. Esta experiencia de “conversión” de Tomás, que vuelve a la iglesia y que toca a Jesús forma parte esencial del misterio de la pascua cristiana. Así lo destaqué hace tiempo (en la postal de 15 4 07 de este blor), así lo vuelvo a destacar ahora, desde la perspectiva de esta Vía de Luz de la Resurrección.

Jesús resucitado sigue llevando en sus manos y en su pecho la herida de la historia, no sólo las llagas de los clavos y el corte de la lanza en su propio cuerpo, sino la llaga de los enfermos y expulsados, de los hambrientos y oprimidos de miles y millones de personas que siguen sufriendo a nuestro lado.

Tomás empezó siendo el apóstol de una espiritualidad sin compromiso social, sin entrega profética, sin solidaridad con los pobres y excluidos. No era un apóstol cristiano de Jesús crucificado, sino un diletante de la religión desencarnada que algunos siguen defendiendo.

Pues bien, según el evangelio, Tomás se convirtió, descubriendo y confesando en su vida la llaga de Cristo que sigue sufriendo en los pobres. El cristianismo no es una pura espiritualidad; es una religión de la “carne comprometida” y solidaria. Por eso, Jesús sigue diciendo a Tomás:
Mete tu mano en la llaga de los clavos, en mi pecho atravesada,
descubre mi presencia pascua en la herida de los crucificados de la historia.

La Gran Comunidad (Jn 20, 19-23)

Al principio, también ellos tenían miedo (Jn 20, 19). Eran una iglesia frágil, de miedo y de dudas, son comunidad que necesita la presencia del Señor. En este contexto se inscribe la visión:

A la tarde de aquel día primero de la s emana,y  estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos,por el medio a los judíos,vino Jesús y se colocó en medio de ellos diciendo:

–¡La paz con vosotros!

Y diciendo esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Y les dijo de nuevo:

— ¡La paz con vosotros!
Como me ha enviado el Padre os e nvío también yo.Y diciendo esto sopló y les dijo:

– Recibid el Espíritu Santo,a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados;y a quienes se los retengáis les se rán retenidos (Jn 20, 19-23).

Los discípulos se encuentran reunidos en forma de comunidad eclesial que se ha separado ya del judaísmo rabínico. Tienen miedo y Jesús les conforta con su palabra y su presencia sensible (manos y costado), su envío y su poder de perdón. Es el Jesús “real” que vive en ellos, no una fantasía. Ellos son la iglesia reunida ante Jesús y por Jesús, que les envía a realizar su misión (a ofrece su perdón) del Señor resucitado.

Ésta es una experiencia comunitaria: Éste es el Jesús presente en los hermanos que se unen en su nombre y se perdonan, descubriéndose así transmisores de perdón:

– La Pascua es ante todo paz. Jesús saluda a sus discípulos dos veces, con la misma palabra: paz a vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia, ofrece Cristo paz fundante, creadora. Sobre una comunidad encerrada por el miedo extiende el Cristo pascual la gracia de su vida hecha principio de misión universal. Jesús es paz para aquellos que le reciben y para todos. Eso es pascua.

– La pascua es presencia gloriosa del crucificado. El Señor resucitado es el mismo Jesús que se entregó por los hombres. Como señal de identidad, como expresión de permanencia de su pasión salvadora, Jesús mostró a sus discípulos las manos y el costado (20, 20), en gesto que después va a recibir nuevo contenido ante el rechazo de Tomás (cf 20, 24-29). Creer en la pascua es descubrir el valor del sufrimiento, es descubrir a Jesús crucificado como Señor glorioso. En el fondo está la misma experiencia teológica de Lc: ¡Era necesario que el Cristo muriera…! (Lc 24, 26.46). En ese fondo está la más honda experiencia social: Jesús resucitado está en los que sufren sobre el mundo.

– La pascua se vuelve así Pentecostés. Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos diciendo recibid el Espíritu Santo (20,22), en gesto que evoca sin duda una nueva creación. El mismo Dios había soplado en el principio sobre el ser humano, haciéndole viviente (Gen 2, 7). Ahora sopla Jesús, como Señor pascual, para culminar la creación que en otro tiempo había comenzado. Leer más…

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Una aparición muy peculiar. Domingo 2º de Pascua. Ciclo B.

domingo, 8 de abril de 2018
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expo3Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé), y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el del próximo domingo (Juan 20,19-31).

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

«Paz a vosotros».

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

«Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo».

Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

«Hemos visto al Señor».

Pero él les contestó:

«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

«Paz a vosotros».

Luego dijo a Tomás:

«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».

Contestó Tomás:

«Señor mío y Dios mío!».

Jesús le dijo:

«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

  1. El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visual de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.
  1. El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.
  1. Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».
  1. La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.
  1. La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.
  1. El don de Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

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2º Domingo de Pascua. 08 Abril, 2018

domingo, 8 de abril de 2018
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ii-d-de-pascua

“La paz esté con vosotros”

(Jn 20, 19-31 )

En este Segundo domingo de Pascua nos encontramos a Jesús deseando la paz a sus discípulos. Y lo hace en tres ocasiones… por si se despistaban en la primera…

El Evangelio comienza: “al atardecer de aquel día”. El mismo domingo en que Pedro y Juan vieron el sepulcro vacío, en que María de Magdala se encontró con Jesús Resucitado y le confundió con el jardinero… Aquel día, al atardecer, cuando comenzaba la oscuridad, estaban encerrados, paralizados por el miedo ¿De qué nos inmoviliza nuestro miedo?

Jesús se presenta en medio de los discípulos (hombres y mujeres). Ya no se aparece solo a María. Se hace presente ante la comunidad. Quiere transmitir su mensaje a todas las personas que le han estado siguiendo.

Y les dice paz a vosotros. En la actualidad parece que esta palabra tiene el significado de ausencia de guerra. Pero estamos tan necesitadas… La humanidad grita paz; nuestras sociedades, familias y comunidades, la buscamos en el trabajo, en nuestra forma de relacionarnos… Anhelamos paz en nuestras entrañas, allí donde nos encontramos con Dios…

“Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. El aliento, en la Biblia, nos habla de vida. En el Génesis, en la Creación del hombre, podemos leer: “Dios sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Jesús quiere transmitirse, entregar su Espíritu Santo, a los discípulos a través de esa expiración…

Los discípulos, al ver al Señor, se llenan de alegría. Existe un gran contraste con el miedo anterior. El encuentro con Jesús Resucitado cambia la vida.

Esa paz que les transmite… La tercera vez (el número tres en las Biblia nos habla de plenitud) que Jesús lo repite es cuando la comunidad está completa, cuando Tomás también se encuentra reunido con los discípulos. A veces, cuando las cosas no son como nos gustarían, tenemos la tentación de huir, ya sea físicamente, emocionalmente, mentalmente… Es en comunidad donde recibimos la paz, donde somos enviadas, donde Jesús nos entrega la Santa Ruah.

Oración

Trinidad Santa, sopla tu aliento de vida sobre nosotras. Entréganos tu paz.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En la comunidad se encuentra la Vida.

domingo, 8 de abril de 2018
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image2Jn 20, 19-31

Este relato es la clave para entender la teología de todas las apariciones pascuales. No nos quieren decir qué pasó sino transmitirnos su vivencia. La experiencia pascual demostró que solo en la comunidad se descubre la presencia de Jesús vivo. La comunidad es la garantía de la fidelidad a Jesús y al Espíritu. Es la comunidad la que recibe el encargo de predicar. La misión de anunciar el evangelio no se la han sacado ellos de la manga sino que es el principal mandato que reciben de Jesús.

Juan es el único que desdobla el relato de la aparición a los apóstoles. Con ello personaliza en Tomás el tema de la duda, que es capital en todos los relatos de apariciones. El primer día de la semana”. Dios hizo la creación en seis días. Jesús da comienzo a la nueva creación. En Jesús, la creación del hombre llega a su plenitud. El local cerrado a cal y canto delimita el espacio de la comunidad, fuera está el mundo hostil. Como el antiguo Israel están atemorizados ante el poder del enemigo.

Jesús aparece en el centro como factor de unidad. La comunidad está centrada en Jesús. No atraviesa la puerta o la pared, no recorre ningún espacio; se hace presente en medio de la comunidad. El saludo elimina el miedo. Las llagas, signo de su entrega, evidencian que es el mismo que murió en la cruz. La verdadera Vida nadie pudo quitársela a Jesús. La permanencia de las señales de muerte, indica la permanencia de su amor. Garantiza además, la identificación del resucitado con el Jesús crucificado.

El segundo saludo les fuerza para la misión. Les ofrece paz para el presente y para el futuro. En los relatos de apariciones la misión es algo esencial; les había elegido para llevarla a cabo. La misión deben cumplirla, demostrando un amor total. Si toman conciencia de que poseen la verdadera Vida, el miedo a la muerte biológica no les preocupará en absoluto. La Vida que él les comunica es definitiva.

El verbo soplar, usado por Jn, es el mismo que se emplea en Gn 2,7. Con aquel soplo el hombre barro se convirtió en ser viviente. Ahora Jesús les comunica el Espíritu que da Vida. Se trata de una nueva creación del hombre. La condición de hombre-carne se transforma en hombre-espíritu. Esa Vida es la capacidad de amar como ama Jesús. Les saca de la esfera de la opresión y les hace libres (quita el pecado del mundo).

El Espíritu es el criterio para discernir las actitudes que se derivan de esa Vida. Debemos tener cuidado de no hacer decir a los textos lo que no dicen. El Espíritu no es la tercera persona de la Trinidad. Se trata de la Fuerza que les capacita para la misión. Del mismo modo, deducir de aquí la institu­ción de la penitencia es ir mucho más lejos de lo que permite el texto. El concepto de pecado que tenemos hoy no se elaboró hasta el s. VII. Lo que entendía entonces por pecado era algo muy distinto.

En la comunidad quedará patente el pecado de los que se niegan a dar su adhesión a Jesús. Ni Jesús ni la comunidad condenan a nadie. La sentencia se la da a sí mismo cada uno con su actitud. El Espíritu permite a la comunidad discernir la autenticidad de los que se adhieren a Jesús y salen del ámbito de la injusticia al del amor.

La referencia a «Los doce», designa la comunidad cristiana como heredera de las promesas de Israel. Tomás había seguido a Jesús pero, como los demás, no le había comprendido del todo. No podían concebir una Vida definitiva que permanece después de la muerte. Separado de la comunidad, no tiene la experiencia de Jesús vivo. Una vez más se destaca la importancia de la experiencia compartida en comunidad.

Hemos visto al Señor. No se trata una visión ocular sino de la presencia de Jesús que les ha trasformado porque les comunica Vida. Les ha comunicado el Espíritu y les ha colmado del amor que brilla en la comunidad. El relato insiste. Jesús no es un recuerdo del pasado, sino que está vivo y activo entre los suyos. A pesar de todo, los testimonios no pueden suplir la experiencia; sin ella Tomás es incapaz de dar el paso.

A los ocho días… Cuando se escribe este texto, la comunidad ya seguía un ritmo semanal de celebraciones. Jesús se hace presente en la celebración comunitaria, cada ocho días. La nueva creación del hombre que Jesús ha realizado durante su vida, culmina en la cruz el día sexto. Estaban reunidos dentro, en comunidad, es decir, en el lugar donde Jesús se manifiesta, en la esfera de la Vida, opuesto a «fuera«, el lugar de la muerte. Tomás, reintegrado a la comunidad, puede experimentar lo que no creyó.

La respuesta de Tomás es extrema, igual que su incredulidad. Al llamarle Señor, reconoce a Jesús y lo acepta dándole su adhesión. Al decir “mío” expresa su cercanía. Jesús ha cumplido el proyecto, amando como Dios ama. “Aquel día experimentaréis que yo estoy identificado con mi Padre”. “Quien me ve a mí, ve al Padre”. Dándoles su Espíritu, Jesús quiere que ese proyecto lo realicen también todos los suyos.

Tomás tiene ahora la misma experiencia de los demás: Ver a Jesús en persona. El reproche de Jesús se refiere a la negativa a creer el testimonio de la comunidad. Tomás quería tener un contacto con Jesús como el que tenía antes de su muerte. Pero la adhesión no se da al Jesús del pasado, sino al Jesús presente que es, a la vez, el mismo y distinto. El marco de la comunidad hace posible la experiencia de Jesús vivo.

La experiencia de Tomás no puede ser modelo. El evangelista elabora una perfecta narración de apariciones y a continuación nos dice que no es esa presencia externa la que debe llevarnos a la fe. La demostración de que Jesús está vivo tiene que ser el amor manifestado. La advertencia es para los de entonces y para todos nosotros. El mensaje queda abierto al futuro. Muchos seguirán creyendo aunque no lo vean.

El mensaje para nosotros hoy es claro: Sin una experiencia personal, llevada a cabo en el seno de la comunidad, es imposible acceder a la nueva Vida que Jesús anunció antes de morir y ahora está comunicando. Se trata del paso del Jesús aprendido al Jesús experimentado. Sin ese cambio, no hay posibilidad de entrar en la dinámica de la resurrección. Que Jesús siga vivo no significa nada si yo no vivo.

Meditación

Mi principal tarea es descubrir esa Vida que Dios ya me ha dado.
No en confiar en que un día tendré lo que ahora no tengo.
Para confiar en lo que ya tengo,
primero hay que descubrirlo, aceptarlo y vivirlo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Comunidad de bienes.

domingo, 8 de abril de 2018
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comunidadfeSólo si encuentras paz en ti mismo encontrarás una verdadera conexión con los demás. (Película Antes del amanecer)

8 de abril. II domingo de Pascua

Jn 20, 19-31

Jesús repitió: Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros

En primera lectura de este domingo, los Hechos de los Apóstoles nos invitan a participar en esta Comunidad de Bienes, a crear un cuerpo social con ella: “La multitud de los creyentes tenía una sola alma y un solo corazón. No llamaban propia a ninguna de sus posesiones, antes lo tenían todo en común” (Hch 4, 32). A mi entender esto debe extenderse también al hecho de la donación sí mismo y a compartir con los demás, no solo los bienes materiales sino los espirituales. No solo monedas, también nuestras sonrisas, afecto, el perdón de sus errores, nuestro saber, nuestros hobbies y todo cuanto a entender nuestro pueda proporcionar felicidad a los otros.

La película estadounidense Antes del amanecer (1995), dirigida por Richard Linklater dice uno de los protagonistas: “Sólo si encuentras paz en ti mismo encontrarás una verdadera conexión con los demás”. Conexión en la paz, en la que Jesús repitió a los Apóstoles con alusión al Padre: “Paz con vosotros. Como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros” (Jn 20, 21). Debieron quedar todos muy pensativos considerando la gran responsabilidad que les había caído encima; a ellos y a todos sus sucesores. ¿Hemos considerado alguna vez que también es competencia nuestra dicha responsabilidad? ¿O quizás las palabras de Jesús nos dejaron con ojos de lechuza y boquiabiertos, para luego meter la cabeza bajo el ala hasta el amanecer y emprender después vuelo igualmente quizás a no se sabe dónde?

En el epílogo de su obra Jalones para una teología del laicado, el dominico Yves Congar (1904-1995) cuenta la siguiente anécdota, que atribuye al cardenal Gasquet. Un catecúmeno pregunta a un sacerdote: “¿Cuál es la posición de un laico en la Iglesia?”. El sacerdote responde: Es doble: primero, ponerse de rodillas ante el altar: segundo, sentarse frente al púlpito”. El cardenal Gasquet añade: “Olvido una tercera: meter la mano en el portamonedas”. p 138

Gerald Maurice Edelman (1929-2014) fue un biólogo estadounidense que obtuvo el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1972 por sus descubrimientos sobre el sistema inmunitario. Mantenía particular interés en el estudio de la conciencia. Sus tesis pretenden ofrecer una tesis completa de la conciencia dentro de una visión biológica general. La teoría de Edelman busca explicar la conciencia en términos de la morfología del cerebro. En El Universo de la conciencia, dice: queremos dejar bien claro que no consideramos que la conciencia en toda su plenitud surja únicamente del cerebro; creemos que las funciones superiores del cerebro precisan interactuar con el mundo y con las personas”.

Quizás sea el momento de recordar el tema del servicio, tan prolíficamente ejercido por Emily Dickinson y tan reiterado en el Nuevo Testamento. El evangelista Marcos, por ejemplo, lo menciona con el término griego “diácono” en el cap. 20, vers. 26, cuando la madre de los Zebedeos pedía los primeros puestos en el Reino de los Cielos para sus hijos. La respuesta de Jesús fue contundente diciendo que él no había venido a ser servido, sino a servir. Y Marcos repite de nuevo la palabra “diácono”. ¿Encontraste también esta sentencia en tu mochila?

La poetisa estadounidense Emily Dickinson (1830-1886) nos lo reitera poéticamente en su Poema 632:

El cerebro – es más amplio que el cielo –
y si los pones juntos,
el uno contendrá al otro
holgadamente, y a ti también
.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Tener vida en su nombre.

domingo, 8 de abril de 2018
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0703still-doubting-jn-granville-gregoryJn 20,19-31

¡El Crucificado ha resucitado! Aquel a quien hemos contemplado clavado en una cruz, ¡está vivo!

¿Acaso no lo reconocemos también nosotros? Jesús, que sabe bien de nuestras oscuridades y terquedades, de los miedos y bloqueos que nos habitan, se hace presente en medio de nuestras vidas abriendo las puertas cerradas y pacificando nuestro interior: paz a vosotros”. Así nos lo repite una y otra vez. Insistentemente. Pacientemente.

Él viene a nuestro encuentro y se empeña en re-crearnos, exhalando su aliento sobre nosotros como lo hizo Dios en el principio de todo. Ahí donde sigue habitando el caos, la incertidumbre y la desconfianza, él ofrece alegría, paz y fortaleza. Alienta nuestra fe y renueva nuestras relaciones personales y comunitarias. Gratuitamente. Con infinito amor. Con el mismo con el que nos anunció la Buena Nueva y nos liberó de nuestras enfermedades. Con el que se puso a nuestros pies para lavarlos. Con el que entregó su vida hasta el final.

Hoy, resucitado, sigue exponiéndose, dejándose tocar sin resistencias, mostrando sus heridas, permitiendo -incluso- que, como Tomás, “metamos el dedo en la llaga”… ¡Qué paradójico resulta! Las señales de la Resurrección se hallan ahí donde antes se encontraban los signos de dolor y muerte. Sólo si asumimos esta realidad podremos testificar, como los primeros discípulos, que ¡el Crucificado ha resucitado!

Sí… ¡El Resucitado es el Crucificado!

Son éstas, sus heridas y llagas en unas manos tendidas y un costado abierto, las señales que el Resucitado nos muestra para que podamos reconocer las cicatrices que nos han curado (Is 53,5). Son éstas las señales que nos muestra para que podamos poner también nuestros ojos en las heridas que siguen abiertas en nuestro mundo, en las manos y costados de tantas hermanas y hermanos, de tantos pueblos, de nosotros mismos. El Resucitado sigue cargando con ellas e invitándonos a tocarlas, a acariciarlas, a acogerlas… a reconciliarnos con las que sea necesario hacerlo, a empeñarnos en la transformación de aquellas que son fruto de la injusticia y del mal.

¡Señor mío y Dios mío!

A este Señor adoramos, en este Dios creemos. En el que siempre nos da una nueva oportunidad para encontrarnos con él y reconocerle vivo a pesar de nuestras cegueras y pesadumbres. En el que siempre coge nuestra mano para acercarla a la herida abierta y mostrarnos, en las huellas dejadas por los clavos, que la muerte no tiene la última palabra. En el que nos convierte, por gracia, en testigos de su presencia.

Que su paz aliente nuestro anuncio alegre para que otros puedan creer y, creyendo, todos tengan vida en su Nombre.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Si en la Iglesia no hay paz, alegría e ilusión, no es la Comunidad de Jesús.

domingo, 8 de abril de 2018
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paz-a-ustedesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El texto de hoy es realmente un tejido que forma un tapiz de hermosas evocaciones. Por otra parte, este relato es como la conclusión del camino, del proceso de los discípulos hacia la fe en el Señor resucitado.

01. CUANDO CRISTO NO ESTÁ EN LA IGLESIA.

Cuando JesuCristo no está en una comunidad, ese grupo se encuentra “al anochecer, con las puertas cerradas y con miedo.”

¿No será este el caso de nuestra propia diócesis? ¿No vivimos en una noche doctrinal, en una cerrazón espartana a todo pensamiento, libertad y creatividad? ¿No se tiene miedo a la libertad y diversidad teológicas o simplemente miedo a la libertad de pensamiento? ¿No vivimos con miedo a las ideologías, no tenemos pavor a los logros de las ciencias? ¿no condenamos “todo lo que se mueve” en nuestro derredor? ¿No vivimos con miedo a la propia jerarquía? (Con la amable excepción del papa Francisco).

02. LO CENTRAL Y ESENCIAL EN LA IGLESIA ES CRISTO: PAZ, ALEGRÍA Y ÁNIMO
.

En el evangelio de hoy podemos apreciar que lo esencial en la Iglesia es la presencia de Cristo en medio de la comunidad.

Cuando Cristo se hace presente en aquella iglesia naciente, recobran la PAZ, la ALEGRÍA (los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor) y el ÁNIMO: recibid ESPÍRITU.

Mirémonos nosotros personal y diocesanamente si vivimos en paz, con alegría e ilusión.

¿Y si en vez de cuidar el “orden público” de la supuesta ultraortodoxia, la precisión ritualista, la exactitud dogmática y la “disciplina de partido”, cuidáramos y cultiváramos la PAZ de nuestras gentes, la ALEGRÍA o cuando menos la serenidad y la ilusión, el ÁNIMO de nuestros curas, laicos y creyentes, religiosos, mojes y monjas? Las diócesis no se gobiernan en “estado de excepción” permanente, sino apacentad el rebaño que Dios os ha confiado, no a la fuerza, sino de buen grado, como Dios quiere … no como déspotas con quienes os han sido confiados, sino como modelos del rebaño, (1Ped 5,2-3).

Una institución en la que no hay PAZ, ALEGRÍA y GANAS DE VIVIR (ESPÍRITU), no es la comunidad, no es la iglesia de Jesús. Puede que sea una disciplinada agencia de servicios religiosos: misas, funerales, bautismos, etc, pero no la iglesia de Jesús.

03. NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO. TOMÁS NO ESTABA EN EL GRUPO.
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Tomás no estaba en el grupo.

Los seres humanos somos comunitarios, sociales. Nos nacen nuestros padres, vivimos en familia, recibimos la cultura de nuestro pueblo, la fe la vivimos en comunidad eclesial, los idiomas son comunitarios, lo mismo que los valores, etc.

Las fugas y marginaciones de nuestro habitat comunitario son problemáticas, difíciles.

 Cuando uno marcha o rompe con su familia, se crea una situación difícil para todos.

 No es fácil dejar la vida comunitaria de un convento, de una comunidad religiosa.

 Cuando se ha de salir del propio pueblo-cultura por razones de trabajo (migraciones), de exilio (situaciones políticas), etc. no son cosas sencillas.

 Lo mismo en la vida eclesial: cuando se producen rupturas, separaciones, etc., la cosa es problemática.

¿A qué viene esto?

Fuera del grupo, de la vida comunitaria uno vive dislocado, hace frío, se está mal.

Tomás -probablemente decepcionado- ha marchado del grupo. Mientras Tomás está “afuera”, no cree, posiblemente andaba despistado (fuera de pista), descentrado.

Tal vez a nosotros nos pasa algo por el estilo. ¿Cómo nos va o nos ha ido la vida “al margen” de la comunidad, en las rupturas familiares, en las disensiones eclesiásticas, ideológico-políticas? En más de una ocasión hemos podido tener la tentación ¿por qué seguir en esta iglesia?

Es difícil vivir a “descampado”.

04. TOMÁS VUELVE AL GRUPO.

A los ocho días Tomás se reincorpora al grupo. Son “Los otros discípulos” son los que le comunican: hemos visto al Señor.

La educación, la fe, la cultura nos la transmiten siempre “los otros”, la familia, el pueblo, la iglesia. Es muy difícil vivir siempre sólo y al margen de alguna comunidad humana y de la comunidad cristiana. No se puede ser “cristiano por libre”, como no se puede ser familia por libre o no se pertenece a un pueblo por libre, sino con un cierto sentido social, comunitario.

Dicho de otra manera, uno no hace un pueblo, ni una cultura, ni una familia, ni una iglesia de modo individual.

Y es que vivir en comunidad es algo tan natural y espontáneo como difícil y en ocasiones, duro. La vida matrimonial y familiar es muy hermosa, pero en determinados momentos y situaciones es problemática, lo mismo que la vida socio-política, y eclesiástica. Pero no es menos cierto que somos socio-comunitarios.

04. JESÚS SE ACERCA A TOMÁS, AL SER HUMANO, CON SUS “HERIDAS CURADAS”. SUS HERIDAS (LLAGAS) NOS HAN CURADO (1PEDRO 2,25).

Jesús no reprocha nada a Tomás. Jesús no se avergüenza de sus hermanos aunque le han abandonado, le han negado, incluso le han traicionado.

Jesús se acerca a la frustración y angustia de Tomás, como se acerca a todo ser humano: a los dos de Emaús, a la hemorroísa, a la samaritana, al ciego, a los leprosos, a los epilépticos, etc.

Jesús le muestra a Tomás sus “heridas sanadas”. Las heridas son el recuerdo de la redención y estamos sanados por sus heridas. Sus heridas nos han curado, (1Pedro 2,25).

La herida, la frustración de Tomás, como las viejas cuestiones familiares, las polémicas eclesiásticas, enfrentamientos políticos, etc., no estaban sanadas todavía.

Una herida está curada cuando ya no rezuma amargura y rencor y es fuente de luz y de paz.

Perdonar no es olvidar, sino que perdonar es recordar de otra manera. No perdamos la memoria. Sería una de las mayores violencias que podríamos cometer. Lo que nos constituye en personas es lo que decidimos olvidar y lo que decidimos recordar y el modo como decidimos recordarlo. No ser capaces de recordar es no saber quiénes somos. Pero no recordemos violenta y rencorosamente.

Las heridas de Cristo han sanado y nos han sanado desde el amor. No es sano que las heridas, las viejas heridas históricas continúen hurgando nuestra existencia. Las heridas, las llagas pueden también hablar de reconciliación. Perdonar es recordar “lo que pasó”, pero desde el amor. Es más humanizador el amor que el odio. La verdadera sanación no es pretender volver atrás, a “paraísos originales” perdidos definitivamente. Pedro amará al Señor siempre desde su pecado, sus negaciones, lo mismo que los demás discípulos y que nosotros.

En el momento actual de nuestro pueblo y de nuestra iglesia diocesana, estas cosas adquieren una relevancia especial: la pacificación, el respeto, el pluralismo, el perdón, son valores decisivos, que no se pueden olvidar ni pisotear.

La iglesia prestaría un gran servicio político y evangélico a nuestro pueblo y a nuestras comunidades si nos acercásemos a nuestra memoria con amabilidad de la paz, reconciliación y perdón.

La comunión eclesial no se va a establecer a trompetazos doctrinales ni decretos, ni golpes de poder, sino desde la amabilidad y encuentros salvíficos como el de Jesús con los Once.

05. TOMÁS TOCA LAS HERIDAS DEL SEÑOR.

En una primera acepción las heridas son las heridas de Jesús crucificado. Tocar las heridas del Señor es tocar la vida, el sufrimiento de la vida, las heridas de nuestros hermanos que sufren. ¿Qué otra cosa puede significar aquello de que: te vimos hambriento, enfermo o encarcelado?

Cuando nos acercamos y “tocamos” las heridas y el sufrimiento de nuestros hermanos, esas heridas nos sanan, nos resucitan a nosotros y nos hacen salir de nuestro “ego” profundo y aislado “fuera de la comunidad” humana. Sus heridas: las del Señor y las de nuestros hermanos, nos han curado.

LA COMUNIDAD DEL SEÑOR

Es Cristo, la memoria eclesial de Cristo quien nos sana y ayuda a vivir en paz, la ilusión (espíritu), la esperanza y la misericordia.

Solamente a Cristo le decimos: SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO

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“¿Cómo, donde y en quién está presente y actúa el Señor resucitado?”, por José María Castillo, teólogo.

viernes, 6 de abril de 2018
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6a00d8341c730253ef00e54f2b32268833-640wiLeído en Koinonia:

Es un hecho que la resurrección de Jesús constituye el acontecimiento central de nuestra fe cristiana. Pero es un hecho también que ese acontecimiento central de la fe cristiana no parece estar en el centro de la vida de los creyentes. Por lo menos, a primera vista, no se tiene la impresión de que los cristianos lo entiendan y lo vivan así. Hay otras cosas que interesan más al común de los mortales bautizados. Y conste que me refiero a cosas estrictamente religiosas: la pasión del Señor, la devoción a la Virgen y a los santos, determinadas prácticas religiosas, etc.

Sin embargo, a mí me parece que no deberíamos precipitarnos a la hora de dar un juicio sobre esta cuestión. Porque, sin duda alguna, se trata de un asunto más complicado de lo que parece en un primer momento. Por eso, valdrá la pena analizar, ante todo, de qué maneras el Resucitado debe estar presente en la vida y el comportamiento de los creyentes, según el Nuevo Testamento, para poder, desde ahí, sacar luego las consecuencias.

La persecución: predicar la resurrección es entrar en conflicto

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos informa de que los discípulos de Jesús eran perseguidos por causa de la resurrección, exactamente por predicar que Cristo había resucitado: “el comisario del templo y los saduceos, muy molestos porque enseñaban al pueblo y anunciaban que la resurrección de los muertos se había verificado en Jesús, les echaron mano y, como era ya tarde, los metieron en la cárcel hasta el día siguiente” (Hech 4,1-3). Más claramente aún, si cabe, cuando los apóstoles son llevados ante el tribunal y testifican valientemente la resurrección (Hech 5,30-32), provocan la irritación en los dirigentes religiosos, que deciden acabar con ellos (Hech 5,33). Y lo mismo pasa en el caso de Esteban: cuando éste confiesa abiertamente que ve a Jesús resucitado en el cielo “de pie a la derecha de Dios” (Hech 7,56), la reacción no puede ser más brutal: “Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos y, todos a una, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearle” (Hech 7,57-58). Y otro tanto cabe decir por lo que se refiere a Pablo, que confiesa por dos veces que fue llevado a juicio precisamente por predicar la resurrección (Hech 23,6; 24,1).

Jesús Misionero 0001Ahora bien, este conjunto de datos plantea un problema. Porque la verdad es que actualmente nadie es perseguido, encarcelado y asesinado por predicar la resurrección. Es más, parece que el tema de la resurrección es uno de los temas más descomprometidos y menos peligrosos que hay en el evangelio. De donde se plantea una cuestión elemental: ¿será que no entendemos ya lo que significa la resurrección del Señor?, ¿será, por lo tanto, que no la predicamos como hay que predicarla?

Para responder a esta cuestión, empezaré recordando cómo presentan los apóstoles y discípulos la resurrección de Jesús. En este sentido, lo más importante es que la presentan en forma de denuncia. Una denuncia directa, clara y fuerte: Vosotros lo habéis matado, pero Dios lo ha resucitado (Hech 3,15; 4,10; 5,30; 13,30). Por lo tanto, se trata de un anuncio que, en el momento de ser pronunciado, tiene plena actualidad. Es decir, no se trata de una cuestión pasada, que se recuerda y nada más, sino que es un asunto que concierne y afecta directamente a quienes oyen hablar de ello. Más aún, es un asunto gravísimo, que, en el fondo, equivale a decir lo siguiente: Dios le da la razón a Jesús y os la quita a todos vosotros. Porque, en definitiva, la afirmación según la cual “Dios lo ha resucitado” (Hech 2,24-32; 3,15-26; 4,10; 5,30 ,30; 10,40; 13,30.34.37), viene a decir que Dios se ha puesto de parte de Jesús, está a favor de él y le ha dado la razón, aprobando así su vida y su obra.

Por consiguiente, parece bastante claro que predicar la resurrección y vivir ese misterio consiste, ante todo, en portarse de tal manera, vivir de tal manera y hablar de tal manera que uno le da la razón a Jesús y se la quita a todos cuantos se comportan como se comportaron los que asesinaron a Jesús. Pero, es claro, eso supone una manera de vivir y de hablar que incide en las situaciones concretas de la vida. Y que incide en tales situaciones en forma de juicio y de pronunciamiento: a favor de unos criterios y en contra de otros; a favor de unos valores y en contra de otros; a favor de unas personas y en contra de otras; y así sucesivamente.

1442591743_943701_1442591879_noticia_normalDe donde resulta una consecuencia importante, a saber: la primera forma de presencia y actuación del resucitado en una persona y en una comunidad de creyentes consiste en ponerse de parte de Jesús y de su mensaje, en el sentido indicado. Por lo tanto, se trata de una forma de presencia y de actuación que inevitablemente resulta conflictiva, como conflictiva fue en el caso de los primeros creyentes, que se vieron perseguidos por causa de su fidelidad al anuncio del resucitado.

Y todo esto, en definitiva, quiere decir lo siguiente: Jesús fue perseguido y asesinado por defender la causa del ser humano, sobre todo por defender la causa de los pobres y marginados de la tierra, contra los poderes e instituciones que actúan en este mundo como fuerzas de opresión y marginación. Por lo tanto, se puede decir que cuantos sufren el mismo tipo de persecución que sufrió Jesús, esos son quienes viven la primera y fundamental forma de presencia del resucitado en sus vidas, mientras que, por el contrario, quienes jamás se han visto perseguidos o molestados, quienes siempre viven aplaudidos y estimados, ésos se tienen que preguntar si su fe en la resurrección no es, más que nada, un principio ideológico con el que a lo mejor se ilusionan engañosamente. He ahí un criterio importante, fundamental incluso, para compulsar y medir nuestra propia fe en Jesús Resucitado.

El triunfo de la vida: el Resucitado está presente donde la vida lucha contra la muerte

La enseñanza de San Pablo sobre la resurrección se centra, sobre todo, en un punto esencial, a saber: que la resurrección cristiana es el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte. Así fue en el caso de Jesús. Y así es también en la situación, en la vida y en la historia de cada creyente (Rom 6,4.5.9; 7,4; 2 Cor 5,15; Fil 3,10-11; Col 2,12). Porque, en definitiva, el destino del cristiano es el mismo destino de Jesús. Leer más…

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Resurrección Oculta

jueves, 5 de abril de 2018
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Del blog de Henri Nouwen:

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«La resurrección de Jesús fue un acontecimiento oculto. Jesús no resucitó de la tumba para desconcertar a sus adversarios ni para proclamar su victoria, o demostrar a los que lo crucificaron que, después de todo, él tenía razón. Jesús resucitó como una señal para quienes lo amaban y lo seguían de que el amor es más fuerte que la muerte. A las mujeres y los hombres que se habían comprometido con Él, les reveló que su misión había llegado a su término. A quienes compartían su ministerio, les asignó la sagrada tarea de invitar a la gente a una nueva vida con Él.

El mundo no tuvo noticia de ello. Sólo aquellos que Él trataba familiarmente, con quienes había partido el pan y a quienes dijo palabras de paz, fueron conscientes de lo sucedido.

Y a pesar de todo, fue un acontecimiento oculto el que liberó a la Humanidad de la condena de la muerte eterna.»

*

Henri Nouwen

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El nombre es: Vida.

miércoles, 4 de abril de 2018
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Prepárate para tu nuevo nombre.

Prepárate para el Rostro que habla como el rayo,
pronunciando el nuevo nombre de tu exultación en lo profundo
de los órganos vitales de tu alma.

Prepárate para Cristo, cuya sonrisa, como el rayo, libera
el canto de gloria eterna que ahora duerme, en tu carne de papel, como dinamita. «

*

Thomas Merton

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Resurrección

martes, 3 de abril de 2018
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Del blog Pays de Zabulon:

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«¿Fundó Jesús una religión o abolió todas al proclamar que los templos deben ser destruidos porque el verdadero templo de Dios es el hombre?;  que deben abandonarse los cultos porque el verdadero servicio de Dios es el servicio del hombre; quees necesario transgredir la ley porque la única ley es «Amaos los unos a los otros«?

*

Louis Evely,
en «El camino de la alegría«, 1968

Imagen: «The Rising» de Philip Gladstone

Texto fuente y foto: vía Loquito

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Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Exultemos de Alegría en esta mañana de Pascua!

domingo, 1 de abril de 2018
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Del blog de la Communion Béthanie:

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Con María Magdalena, Simón Pedro y Juan

Corramos, corramos para anunciar y para testimoniar el amor sin límite de Dios para todos los hombres

Con Cristo resucitamos a una vida nueva. Nos libera definitivamente del mal. Nos reúne allí dónde estamos.

Vida que renace cada mañana,

Vida renovada si confiamos en la palabra de los discípulos del Cristo que vieron sólo una tumba vacía,,

Vida renovada si dejamos a Cristo rodar cada mañana la piedra de nuestras tumbas para que brote en nosotros la esperanza del que nos abre el camino, el que nos envía hacia los demás..

Vida renovada que nos lleva a seguir a Cristo siendo los testigos de su resurrección.

Vida renovada que nos hace próximos y atentos a aquéllos que sufren abrumados por la desesperación, la enfermedad, la muerte.

Dejemosnos habitar por esta alegría pascual que nos iluminará hasta el día de Pentecostes donde llenos del Espíritu Santo, fuerza y alegría nos serán todavía renovadas para caminar humildemente con nuestro Dios, él que nos asegura su presencia todos los días de nuestra vida hasta el final de los tiempos.

¡Feliz Fiesta de Pascua!

*

Anne-Marie,
Sœur de la Communion Béthanie

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***

En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado!

Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!

Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuando preguntó con desdén: «¿Qué es la verdad?». Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable. Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Pilato y Caifas se han visto cubiertos de infamia.

Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura, que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su Esposa: «¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!».

Llega a su cumplimiento el gran misterio de la salvación. Crece la semilla de la vida y renueva de manera misteriosa el corazón de la criatura. La Esposa y el Espíritu dicen al Cordero: «¡Ven!». La Esposa, gloriosa y esplendente de su belleza primordial, encontrará al Cordero.

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P. Florenskij,
cuore cherubico,
Cásale Monferrato 1999, pp. 172-174, passim).

jesus-resucitado

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“Misterio de Esperanza”. Domingo de Resurrección – B (Juan 20,1-9)

domingo, 1 de abril de 2018
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821285Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la humanidad y en la creación entera.

Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimiento queden olvidados para siempre.

Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: «Entra para siempre en el gozo de tu Señor».

Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un «Dios oculto» del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.

Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el reino.

Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.

Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las «huellas» que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.

Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: «Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed yo le daré gratis del manantial del agua de la vida. Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas, porque todo eso habrá pasado».

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Él había de resucitar de entre los muertos”. Domingo 5 de abril de 2015. Domingo de Pascua

domingo, 1 de abril de 2018
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27-pascuaB1 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 10,34a.37-43: Hemos comido y bebido con él después de su resurrección:
Salmo responsorial: 117. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Colosenses 3,1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
O bien: 1Corintios 5,6b-8: Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva.
Juan 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos.

A) Primer comentario

Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad.

Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida.

La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos –antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados– para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón.

La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes.

Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró.

Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo.

Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net

B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»

Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación.

Lo que no es la resurrección de Jesús

Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

La “buena noticia” de la resurrección fue conflictiva

Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús? Leer más…

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Mt 7. Pascua 2018. Misión universal

domingo, 1 de abril de 2018
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n178p68Del blog de Xabier Pikaza:

Hemos celebrado esta noche (del 31 del 3 al 1 del 4), en una colina del Carmelo sobre el Tormes, en Cabrerizos-Salamanca, la Fiesta de Dios, que es la Pascua de Jesús, el «paso» de (por) la muerte a da vida.

Sólo por haber amado hasta el final, habiendo entregado su vida (que es vida de Dios), en amor y comunión, con todos los pobres y expulsados de la tierra,
Jesús ha «resucitado», y vuelve a Galilea para reiniciar su camino, pero ahora a través de sus discípulos.Éste es el evangelio de la Pascua de Mateo, que se celebra en el Monte de Galila y se extiende a todo el mundo (por todas las naciones).

Ésta es la escena final del evangelio de Mateo, y en ella se condensa todo el camino anterior, y se abre al mundo entero, como presencia y promesa de vida, a través de las mujeres que le han visto y confesado al lado de su sepultura, y por medio de los discípulos que llegan corriendo para verle en Galilea.

Esta palabras de Pascua (Mt 28, 16-20) constituyen con las ya comentadas (del amor y el juicio: Mt 25, 31-46) la clave hermenéutica, el centro y final del evangelio de Jesús, que se hace así nuestro Evangelio.

Con estas palabra, de experiencia y envío, de don y compromiso, quiero felicitar a todos mis amigos (a todos los lectores de mi blog), diciéndoles: ¡Vamos al Monte de la Pascua de Jesús, retomemos su camino de pascua 2018!.

Ha resucitado el Señor, alegrémonos. Felicidad a Todos.

Mt 25, 31-46

18 Y Jesús, adelantándose, les habló diciendo: Se me ha dado toda autoridad en el cielo y sobre la tierra: 18 Yendo pues, haced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo 20 enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación del tiempo.

Hay en el Nuevo Testamento otros textos importantes de apariciones de Jesús (cf. Lc 24; Jn 20-21), y ellas han de interpretarse también desde la totalidad del mensaje en el que se encuentran integradas. Pero sólo el texto Mt 28, 16-20, leído desde la perspectiva abierta por 16, 13-19 y 25, 31-46, ofrece un programa total de evangelio, de manera que se pueda decir “sobre esta Roca edificaré mi Iglesia”

1. Se me ha dado (= Dios me ha dado…) toda autoridad tierra (28, 18b).

evangelio-de-mateoEsta palabra evoca una entronización solemne, retomando el motivo del Hijo del Hombre en Dan 7, 13. No describe la entronización en sí, pero transmite la palabra por la que Jesús la “cuenta” (proclama), presentándose como Señor de cielo y tierra, no para imponerse, como le había propuesto el Diablo de 4, 8, sino para crear la nueva humanidad, que se concretará en su Iglesia. Sólo ahora, culminada su Cruz, resucitado por Dios, Jesús puede presentarse como Señor universal, confiando a sus discípulos la extensión de su reinado en la tierra.
La palabra clave es se me ha dado (vedo,qh moi,, en pasivo divino: Dios me ha dado). Por eso, el principio de la revelación y de la novedad cristiana no es “Yo Soy” (como Yahvé) o “yo pienso, yo puedo, yo tengo” (como en la modernidad), sino “Dios me ha dado”. Jesús se presenta así como portador del don más alto. Lo tiene todo, pero no por sí mismo, sino por gracia. Ciertamente, él ha entregado su vida por Dios, se ha entregado hasta la muerte, pero no dice “lo he conseguido, he merecido…”, sino “Dios me ha dado”.

‒ El primado del tú, de aquel que me ofrece su vida. Por eso en el principio de la palabra pascual no está el “yo” (en gesto de auto-posesión), sino el “tú” de Dios, que le dado todo, y le ha hecho ser, en la línea de 11, 27, donde Jesús confesaba “todo me lo ha dado mi Padre”, pero con dos diferencias. (a) La confesión de 11, 27 podía parecer una palabra “eterna”, independiente de la historia; por el contrario, esta afirmación (se me ha dado: edothê: 28, 18) forma parte de un proceso histórico, centrado en la cruz y en la pascua, que nos sitúa por tanto, ante la historia de Dios en Jesús. (b) Al decir “se me ha dado”, está evocando sin duda al Padre, pero no lo dice, dejando así velado el nombre de Dios, en línea de respeto confesional. Al afirmar “todo”, él proclama la más honda confesión monoteísta. No quiere ocupar el lugar de Dios, ni disputarle su poder, sino que lo recibe y acoge agradecido.

‒ No recibe el simple ser (ousia), sino el poder para que otros sean (ekxousia) como autoridad suprema).
Sólo ahora, tras haber entregado su vida en manos de Dios, perdiéndola en un sentido (27, 46), él puede decir y dice “todo se me ha dado”, recibiendo en su vida el poder de cielo y tierra, la capacidad activa de expandirse (ex‒ousia), mostrándose así como ser que actúa y se despliega, no en gesto de dominio impositivo, sino de creación, de despliegue vital, a fin de que todos sean. De esa autoridad que Dios ha concedido a Jesús deriva todo lo que existe, la misma creación (cielo y tierra), pues él su mediador, un tema que ha sido destacado por los grandes testigos del Nuevo Testamento (de Jn 1, 1-18 a Hbr 1, 1-3, pasando por Col 1, 15-20). Pues bien, esta mediación universal de Jesús en cielo y tierra tiene un sentido histórico, es propia del Jesús crucificado.

2. Gran Mandato, misión universal (28, 19a).

Jesús ha recibido la autoridad de recrearlo todo, y así puede transmitir a sus discípulos su nuevo mandato mesiánico (equivalente al del principio, en Gen 1, 28: ¡creced, multiplicaos!), que consta de tres elementos:

‒ Yendo pues . Ésta es una palabra clave de la tradición de la Biblia, donde se utiliza con frecuencia, en el sentido de ir, marchar). El texto está en participio subordinado, para así poner más de relieve el imperativo siguiente (haced discípulos), pero estrictamente hablando puede tomarse también como imperativo: Id pues… Este mandato marca la novedad del evangelio. Pudiéramos pensar que los discípulos se habían recogido en la montaña de Galilea, para recuperar allí a Jesús, con el deseo de quedarse con él a solar por siempre (como en 17, 1-5). Pero Jesús les arranca una vez más de la montaña, profundizando su encuentro con él, y les envía, como seguirá diciendo este pasaje, que marca el principio de la gran marcha del evangelio, la tarea pascual de los discípulos. Da la impresión de que no han tenido tiempo de estar con Jesús, de descansar y de aprender con él, como supone Hch 1, diciendo que Jesús estuvo con ellos cuarenta días. Aquí basta un momento. Los discípulos “ven” a Jesús. Él se presenta y les envía. Eso es todo. Comienza el Éxodo final de la humanidad.

‒ Haced discípulos
(matheteusate). En esta palabra (matheteuô, en transitivo: haced discípulos) se condensa la historia y mensaje de Jesús. Ellos, los Once de la montaña son los discípulos (mathetai) de Jesús, y él les pide que hagan discípulos suyos a todos los hombres de la tierra, ofreciéndoles su mismo camino, y enseñándoles a vivir de un modo mesiánico. Los restantes títulos de humanidad pasan a segundo plano o pierden su sentido: No hay judíos ni gentiles, hombres ni mujeres, siervos ni libres (como diría Pablo en Gal 3, 28), pues todos pueden (y han de) ser “discípulos” de Jesús, unidos en su seguimiento.
Éste es el único principio, el valor central del evangelio, el punto de partida y sentido de la nueva humanidad: Aprender a ser como Jesús. Pues bien, ellos, los Once de la montaña han de iniciar la gran transformación, para que todos los hombres y mujeres sean discípulos de Jesús, que no les dice ya directamente que curen, ni que expulsen demonios, ni que impongan su poder, sino que enseñen a los hombres y mujeres a ser discípulos, seguidores suyos, compartiendo su camino pascual, en escucha y comunión abierta a todos.

A todos los pueblos (panta ta ethnê). No van a dominar reinos, como quería el Diablo de 4, 8, sino a crear una humanidad, sin diferencia entre judíos y gentiles. En ese contexto aparece esta palabra (todos los pueblos) en su sentido originario, como en Gen 1-11, antes de la llamada de Abraham (y como en Mt 25, 32). No hay por tanto un pueblo especial, pues todos son “especiales”, protagonistas de un mismo camino de humanidad mesiánica. Significativamente, Jesús no les dice que vayan a los hombres y mujeres por separado, sino a los pueblos, entendidos como unidades culturales, grupos vinculados por una lengua, una forma de ser, sin supremacía de unos sobre otros (ni de Grecia, ni de Roma, ni siquiera de Israel).

Este Jesús pascual nos sitúa por tanto ante la única humanidad, formada por el conjunto de los pueblos, que provienen de Adán-Eva (Gen 3-4) y más en concreto de la familia a Noé (Gen 9). El origen de la diversidad de pueblos (que forman la única humanidad, tras el diluvio) ha sido evocado de formas complementarias en Gen 10 (multiplicación pacífica) y Gen 11 (separación conflictiva). En esa línea, desde la llamada posterior de Abraham puede hablarse de una bendición de Dios abierta a la humanidad, formada por muchos pueblos, que pueden unirse y se unen en un camino de fe, en el seguimiento de Jesús (cf. Gen 12, 1-3, en sentido universal, conforme a la visión de Pablo en Gal y Rom).

Este pasaje recupera la totalidad de los pueblos, destinatarios del mensaje de Jesús a través de sus discípulos, sin que unos dominen sobre otros (como quiso Roma). Eso significa que ha de surgir una humanidad mesiánica universal (vinculada por el discipulado), a partir de “todos los pueblos”, es decir, de los diversos grupos de raza, lengua o cultura. Esos discípulos no se dirigen ya a los reinos, en cuanto estructuras de poder (pues el Diablo domina en todos ellos (pasai tas basileiais, en 4, 8; cf también 24, 7), sino a todos los pueblos (en cuanto estructuras de vida: panta ta ethnê), para implantar de esa manera el Reino de los Cielos (de Dios), la humanidad reconciliada, capaz de expresar la salvación, en la línea de 25, 31-46. En este envío a todos los pueblos, sin diferencia entre unos y otros culmina el evangelio de Mateo.

3. Iniciación cristiana, rito fundacional (bautizándoles: baptidsontes; 28, 19b).

Éste es el gesto del nuevo comienzo, el sacramento originario de la Iglesia, para hombres y mujeres de todos los pueblos, sustituyendo a la circuncisión, que era sólo para varones judíos, con su marca de separación. El mensaje va dirigido a los pueblos en conjunto, pero luego se concreta, por el bautismo, en cada uno de los hombres o mujeres. Cristianos no son ya los que nacen de otros cristianos (como son judíos los que nacen de judía), sino aquellos que, formando parte de cualquier pueblo, asumen voluntariamente el rito de integración (iniciación) en la comunidad universal de los discípulos de Jesús. Leer más…

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Tres reacciones ante la resurrección de Jesús. Domingo de Pascua. Domingo de Pascua de Resurrección.

domingo, 1 de abril de 2018
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pedro-corriendo-al-sepulcroDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una elección extraña

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: 

Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. 

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

  1. a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
  2. b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. 

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Domingo de Pascua de Resurrección. 1 Abril, 2018

domingo, 1 de abril de 2018
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“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro”.

(Jn 20, 1-9)

El amanecer de la Pascua comienza en medio de la oscuridad. Y las primeras señales de vida se dan en un paisaje de muerte.

Es curioso como tendemos a separar e incluso a enfrentar realidades que ni siquiera son opuestas, solo que unas nos gustan más que otras. O ni siquiera eso. Solo que unas creemos que nos hacen felices y las otras no.

Dividimos nuestra vida entre experiencias positivas y experiencias negativas. Asociamos lo positivo a lo que nos hace disfrutar sin ningún esfuerzo y lo negativo a lo que nos hace sufrir. Por esta regla de tres salir una noche con los amigos es positivo y pasar días estudiando para un examen negativo. Todo junto es un engaño.

La vida, y cada una de nuestras historias, no son una película en blanco y negro. Nuestra vida no está dividida en dos, por un lado la luz y, por el otro, la oscuridad. No, la vida, la realidad es a todo color. Todas las experiencias están llenas de luz y salpicadas de oscuridad. Lo más valioso suele venir con el corcho protector del esfuerzo y más de una vez en la caja del sufrimiento.

El sufrimiento no es positivo o negativo, tampoco la alegría. Hay alegrías tremendamente destructivas. La búsqueda de la alegría fácil e inmediata destruye a muchas personas. De la misma manera hay sufrimientos que engrandecen y liberan.

La vida es una armonía de luces y sombras, silencios, ruidos y melodías. Si la vivimos en blanco y negro resulta monótona y caprichosa. Cuando la disfrutamos a todo color y en todas sus dimensiones es apasionante.

Este es el mensaje de la mañana de Pascua. La vida no es ni blanca ni negra. Es blanca, negra y de otros muchos colores. La vida y la muerte no son dos cosas separadas. Tampoco la alegría y el sufrimiento son opuestos.

El secreto está en seguir buscando. María Magdalena, aun a oscuras va a buscar. En su oscuridad busca un cadáver en un sepulcro, pero en su camino amanece y encuentra la VIDA. Y tú, ¿todavía buscas?

Oración

Danos, Trinidad Santa, un corazón de buscadoras que nos haga avanzar incluso en la noche. Que nos haga a travesar nuestros paisaje de muerte. Y danos, también, esos ojos que descubren la VIDA. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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