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Le abrazó y le besó.

Jueves, 7 de marzo de 2019

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Con frecuencia, tenemos miedo de subrayar en exceso la bondad y la misericordia de Dios. Nos apresuramos de inmediato a recordar también su justicia, su severidad, como si tuviéramos miedo de que, si ponemos demasiado el acento en el amor de Dios, no sintiera el hombre la premura de una vida diferente, nueva, más recta, más decididamente moral. El Evangelio nos enseña, sin embargo, que el hombre cambia su vida, su mentalidad, se convierte al bien, no porque se le grite, se le reprenda, se le castigue, sino porque se descubre amado a pesar de ser un pecador. Se produce un momento de intenso amor cuando la persona ve en un instante todo su pecado, cuando el hombre se percibe a sí mismo como pecador, pero dentro del abrazo de alguien que le ama y le colma de entusiasmo […].

Dios, a través del sacrificio de su Hijo, recapitula en sí a la humanidad, amando al hombre herido. Es el amor loco de Dios el que se consuma ante los ojos del hombre; más aún, en las manos del hombre pecador, en la intimidad de su corazón, allí donde le hace hombre nuevo, le restituye realmente la posibilidad de vivir la novedad (cf. Col 3,10). La persona, tocada de una manera tan viva e inmediata por el amor, consigue dejar la mentalidad del hombre viejo, consigue pensar como hombre nuevo, entrar en la creatividad de una inteligencia amorosa, libre. Es encontrarse en el abrazo que quema en el pecador la testarudez y su anclarse detrás de sus propias fijaciones (cf. Ef 4,22-24).

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M. I. Rupnik,
Le abrazó y le besó,
PPC, Madrid 1999

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

“Mujer de mala vida”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Lunes, 24 de noviembre de 2014

jesus-perdona-mujerLeído en su blog Nihil Obstat:

Las ediciones latinoamericanas de los textos litúrgicos suelen traducir por “mujer de mala vida” lo que en los libros usados en España se traduce por prostituta. Así, por ejemplo, el evangelio de Lucas cuenta que Jesús estaba comiendo en casa de Simón, el fariseo. Allí entró “una mujer de mala vida” que, llorando, se puso a besar los pies de Jesús y a perfumarlos (Lc 7,36-50). Cuando un día, en una eucaristía, escuché este tipo de traducción, me puse a pensar: ¿se trata de la directora o de la principal accionista de un banco, de esos que venden bonos basura a sus clientes; o quizás se trata de una política que se aprovecha del cargo para su propio beneficio, o quizás de una alta ejecutiva que paga salarios de miseria a sus trabajadores? Evidentemente, incluso con este tipo de traducción, todos entendemos que se trata de una prostituta.

Surgen varias preguntas a propósito de esta consideración de las prostitutas como mujeres de mala vida. La más obvia, es: ¿no hay varones de mala vida? Ellos son, los varones que buscan a esas mujeres, los que verdaderamente tienen una “mala vida”. Una vida mentirosa, porque luego, con su familia, con sus amistades, con sus compañeros de trabajo, se las dan de padres ejemplares y de personas honradas. Ellos son, los varones que buscan a esas mujeres, los que fomentan ese tipo de trabajo, algunos dicen que tan antiguo como la historia, y siempre tan criticado y condenado por las supuestamente personas de bien. Hay prostitutas y prostitutos porque hay personas que les buscan y les pagan. Si no hubiera esos “hombres de mala vida”, que sostienen y hacen posible con su dinero la mala vida de las mujeres, se acabaría automáticamente con las “mujeres de mala vida”. Los moralistas y legisladores deberían abordar la causa del mal y no solo los resultados producidos por la causa.

Otra pregunta que surge cuando calificamos a las prostitutas de “mujeres de mala vida”, ya la he insinuado al comienzo del post: ¿por qué cuando pensamos en el pecado siempre solemos pensar en los pecados que tienen que ver con el sexto mandamiento? ¿Son esos, acaso, los más graves pecados, los que más odia Dios (digo bien que Dios odia el pecado, no al pecador; al pecador le ama con un amor infinito)? La medida del pecado es la falta de amor. El sexo puede ser expresión de amor, pero también un mal sucedáneo del amor. Pero los malos sucedáneos participan en algo de aquello que sustituyen. Los dos grandes enemigos del Reino son el poder y las riquezas (en el fondo son las dos caras de una misma realidad). El poder y las riquezas enlazan con lo peor del egoísmo humano. Es una pena que cuando se habla de pecado, se piense en aspectos terciarios (el sexo) y no se piense en sus aspectos primarios (el poder y el dinero).

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