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Ascensión y entronización de Jesús. Fiesta de la Ascensión. Ciclo C.

domingo, 2 de junio de 2019
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Ascensión2.Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Un peligro que conviene evitar

            En los años anteriores, para no alargarme, omití comentar la segunda lectura, la carta a los efesios. Un grave error, porque es precisamente ella la que da el sentido de la fiesta. Lo que celebramos hoy no termina con una nube que oculta a Jesús mientras sube al cielo. La fiesta culmina con la entronización de Jesús a la derecha de Dios, que le somete toda la creación bajo sus pies.

Una sola cadena de televisión con dos visiones muy distintas

            Los dos textos principales de la misa de hoy (Hechos de los Apóstoles y evangelio de Lucas) se prestan a una interpretación muy simplista, como si el monte de los Olivos fuese una especie de Cabo Cañaveral desde el que Jesús sube al cielo como un cohete. Cualquier cadena de televisión que hubiera filmado el acontecimiento habría ofrecido la misma noticia, aunque hubiera variado el encuadre de las cámaras.

            En este caso solo hay presente una cadena de televisión: la de Lucas. Los otros evangelistas no cuentan la noticia. Pero Lucas ha elaborado dos programas sobre la Ascensión, uno en el evangelio y otro en los Hechos, y cuenta lo ocurrido de manera muy distinta, con notables diferencias. Eso demuestra que para él lo importante no es el hecho histórico sino el mensaje que desea transmitir. Tanto el evangelio como Hechos podemos dividirlos en dos partes: las palabras de despedida de Jesús y la ascensión. Para no alargarme, omito la introducción al libro de los Hechos.

Palabras de despedida de Jesús

            En el evangelio, Jesús dice a los discípulos que su pasión, muerte y resurrección estaban anunciadas en las Escrituras (“Así estaba escrito” se refiere a los libros atribuidos a Moisés y los profetas). Por consiguiente, lo ocurrido no debe escandalizarlos ni hacerles perder la fe. Todo lo contrario: deben predicar la penitencia y el perdón a todos los pueblos. Para llevar a cabo esa misión necesitan la fuerza del Espíritu Santo, que deben esperar en Jerusalén.

«Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»

            En el libro de los Hechos se repite lo esencial, esperar al Espíritu Santo, pero se añaden dos temas: la preocupación política de los discípulos y la idea de ser testigos de Jesús en todo el mundo (cosa que en el evangelio sólo se insinuaba).

            Una vez que comían juntos, les recomendó:

            – «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» 

            Ellos lo rodearon preguntándole:

            – «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

            Jesús contestó:

            – «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»

La ascensión: dos relatos muy distintos

            Versión del evangelio

Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

            Versión de Hechos

Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: – «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.» 

   ü  En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).
ü  En Hechos una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).
ü  En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).
ü  En Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco que les anuncian la segunda venida de Jesús. El evangelio no dice nada de esto.
ü  La vuelta a Jerusalén, donde están siempre en el templo alabando a Dios (Evangelio), coincide en parte con lo que cuentan los Hechos: en Jerusalén permanecen en oración “con María, la madre de Jesús”. (Pero esto no se lee).

            Dadas estas diferencias, queda claro que Lucas no pretende contar lo ocurrido con toda fidelidad. Más bien está invitando al lector a prescindir de los datos secundarios y fijarse en el mensaje que pretende transmitir. ¿Cuál es ese mensaje?

            La explicación hay que buscarla en la línea de la cultura clásica greco-romana, en la que se mueve Lucas y la comunidad para la que él escribe. También en ella hay casos de personajes que, después de su muerte, son glorificados de forma parecida a la de Jesús. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Estos ejemplos confirman que los relatos tan escuetos de Lucas no debemos interpretarlos al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús. El final largo del evangelio de Marcos subraya este aspecto al añadir que, después de la ascensión, Jesús “se sentó a la derecha de Dios”. Y esto es lo que afirma también la Carta a los efesios.

No Ascensión, sino entronización (2ª lectura: Ef 1,17-23)

           Entronización de Jesús3 La carta a los efesios no habla de la ascensión. Pasa directamente de la resurrección de Jesús al momento en que se sienta a la derecha de Dios y todo queda sometido bajo sus pies. Por desgracia, la parte final, que es la más relacionada con la fiesta, y la más clara, está precedida de una oración tan recargada que resulta confusa. La idea de fondo es clara: Dios nos ha concedido tantos favores y tan grandes (vocación, herencia prometida en el cielo, resurrección) que resulta difícil entenderlos y valorarlos. Igual que nos sentimos abrumados por la inmensidad del universo, no logramos comprender lo mucho que Dios ha hecho y hace con nosotros. Por eso pide “espíritu de sabiduría”, “conocimiento profundo”, que Dios “ilumine los ojos de vuestro corazón”. Y para aclarar la grandeza del poder que actúa en nosotros, habla del poder con que resucitó a Cristo y lo sentó a su derecha, sometiendo todo bajo sus pies.

Hermanos que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría que os revele un conocimiento profundo de él; que ilumine los ojos de vuestro corazón, para que conozcáis cuál es la esperanza de su llamada, cuál la riqueza de la gloria de su herencia otorgada a su pueblo y cuál la excelsa grandeza de su poder para con nosotros, los creyentes, según la fuerza de su poderosa virtud, la que ejerció en Cristo resucitándolo de entre los muertos, sentándolo a su derecha en los cielos por encima de todo principado, potestad, autoridad, señorío y de todo lo que hay en este mundo y en el venidero; todo lo sometió bajo sus pies y a él lo constituyó cabeza de la Iglesia por encima de todas las cosas; la Iglesia es su cuerpo, la plenitud de todo lo que existe.

Resumen

            Ante la ascensión no debemos tener sentimientos de tristeza, abandono o soledad, al estilo de la Oda de fray Luis de León (“Y dejas, pastor santo, tu grey en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto…”). Como dice el evangelio, la marcha de Jesús debe provocar una gran alegría y el deseo de bendecir a Dios. Porque lo que celebramos es su triunfo, como demuestran los textos de la cultura greco-romana en los que se inspira Lucas y subraya la carta a los Efesios. Viene a la mente la imagen del acto de fin de carrera, cuando el estudiante recibe su diploma y la familia y amigos lo acompañan llenos de alegría.

            Al mismo tiempo, las palabras de despedida de Jesús nos recuerdan dos temas capitales: el don del Espíritu Santo, que celebraremos de modo especial el próximo domingo, y la misión “hasta el fin del mundo”. Aunque estas palabras se refieren ante todo a la misión de los apóstoles y misioneros, todos nosotros debemos ser testigos de Jesús en cualquier parte del mundo. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, y eso es lo que tenemos que pedir.

La ascensión en la cultura greco-romana.

            Por si a alguno le interesa, copio los textos clásicos.

Tito Livio a propósito de Rómulo: “Llevadas a cabo estas empresas inmortales, en una ocasión en que asistía a una concentración para pasar revista a las tropas en un campo junto a la laguna de la Cabra [campo de Marte], se desató de golpe una tempestad con gran fragor de truenos y envolvió al rey en una nube tan densa que los reunidos no podían verlo; después, ya no reapareció Rómulo sobre la tierra…. Según los senadores que estaban de pie a su lado, había sido arrebatado a las alturas por la tempestad. Luego, todos a la vez saludan a Rómulo como dios hijo de un dios, rey y padre de la ciudad de Roma. Tengo entendido que no faltaron tampoco quienes, en voz baja, sostenían que el rey había sido despedazado por los senadores con sus propias manos, pues también esta versión circuló, aunque muy soterrada; la otra versión fue consagrada por la admiración hacia aquel personaje y por el miedo que se dejaba sentir.

Le añadió además credibilidad, dicen, la habilidad de un solo individuo. Próculo Julio, hombre de peso según dicen, aunque avalase un acontecimiento fuera de lo común, se presenta a los reunidos y dice: “Quirites, Rómulo, padre de esta ciudad, al rayar hoy el alba ha descendido repentinamente del cielo y se me ha aparecido. Al ponerme en pie, sobrecogido de temor, dispuesto a venerarlo, rogándole que me fuese permitido mirarle cara a cara, me ha dicho: ‘Ve y anuncia a los romanos que es voluntad de los dioses que mi Roma sea la capital del orbe; que practiquen por consiguiente el arte militar; que sepan, y así lo transmitan a sus descendientes, que ningún poder humano puede resistir a las armas romanas.’ Dicho esto -dijo-, desapareció por los aires.» Es sorprendente el crédito tan grande que se dio a aquel hombre al hacer esta comunicación y lo que se mitigó, entre el pueblo y el ejército, la añoranza de Rómulo con la creencia en su inmortalidad” (Ab urbe condita 1,16).

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad…” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un expretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno» (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

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Septimo Domingo de Pascua, la Ascensión. Ciclo C

domingo, 2 de junio de 2019
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7La-Ascensión

“…el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día

y en su nombre se predicará la conversión

y el perdón de los pecados a todos los pueblos,…”

(Lc 24, 46-53)

 

Jesús, en el momento de la ascensión a los cielos, nos deja como herencia o legado sus propio ministerio, su servicio.

Tanto en el evangelio de Mateo como en el de Marcos encontramos que Jesús comienza su predicación con un anuncio: “Se ha cumplido el plazo y está llegando el reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio” (Mc 1, 15). “Arrepentíos, porque está llegando el reino de los cielos” (Mt 4, 17).

Lucas, sin embargo, coloca este anuncio en labios del Resucitado. Aquello que había sido la vida y el anuncio del Maestro se convierte ahora en la misión de los discípulos.

Nuestra tarea es anunciar, el mensaje es claro: llega el tiempo del perdón. Y el único requisito es abrirse a él, o dicho de otra manera: convertirse.

Es una pena que hayamos hecho de la conversión algo tan oscuro y pesado. La palabra conversión la tenemos asociada a la cuaresma, a la penitencia, al combate… prácticamente al castigo. ¡Y nada de eso! La conversión nos abre al Perdón. Convertirnos es decir sí a Dios. Convertirnos es decir sí a lo que ya somos: bondad y amor, aunque a veces no lo veamos a simple vista.

Nos hemos engañado pensando que “convertirse” significa ser personas pluscuamperfectas ajenas a nosotras mismas, ¡nada de eso! Cada ser humano lleva dentro de si esa semilla divina que le hace SER.Ya somos bondad y amor. Y convertirse significa reconocerlo. Reconocer nuestra semejanza con Dios y empezar a vivir desde ella.

Oración

Trinidad Santa, danos fuerza, en este día de la Ascensión, para llevar el mensaje de Jesús allá donde vayamos. Que nuestras vidas hablen de tu entrañable perdón y de la Vida abundante que nace de la resurrección de Jesús.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús llegó a lo más alto durante su vida, no después.

domingo, 2 de junio de 2019
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asencion01Lc 24,46-53

Empezamos con la oración de Pablo. “Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de revelación para conocerlo; ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cual es la esperanza a la que os llama…” No pide inteligencia, sino espíritu de revelación. No pide una visión sensorial ni racional sino que ilumine los “ojos” del corazón. El verdadero conocimiento no viene de fuera, sino de la experiencia interior. Ni teología, ni normas morales, ni ritos sirven de nada si no nos llevan a la experiencia interior.

Hemos llegado al final del tiempo pascual. La ascensión es una fiesta de transición que intenta recopilar todo lo que hemos celebrado desde el Viernes Santo. La mejor prueba de esto es que Lc, que es el único que relata la ascensión, nos da dos versiones: una al final del evangelio y otra al comienzo del los Hechos. Para comprender el lenguaje que la liturgia utiliza para referirse a esta celebración, es necesario tener en cuenta la manera mítica de entender el mundo en aquella época y posteriores, muy distinta de la nuestra.

El mundo dividido en tres estadios: el superior, habitado por la divinidad. El del medio era la realidad terrena en la que vivimos. El abismo del maligno. La encarnación era concebida como una bajada del Verbo, desde la altura a la tierra. Su misión era la salvación de todos. Por eso, después tuvo que bajar a los infiernos (inferos) para que la salvación fuera total. Una vez que Jesús cumplió su misión salvadora, lo lógico era que volviera a su lugar de origen.

No tiene sentido seguir hablando de bajada y subida. Si no intentamos cambiar la mente, estaremos transmitiendo conceptos que hoy no podemos comprender. Una cosa fue la predicación de Jesús y otra la tarea de la comunidad, después de la experiencia pascual. El telón de fondo es el mismo, el Reino de Dios, vivido y predicado, pero a los primeros cristianos les llevó tiempo encontrar la manera de trasmitir lo que había experimentado. Tenemos que continuar esa obra, transmitir el mensaje, acomodándolo a nuestra cultura.

Resurrección, ascensión, sentarse a la derecha de Dios, envío del Espíritu… apuntan a una misma realidad pascual. Con cada uno de esos aspectos se intenta expresar la vivencia de pascua: El final de “este Hombre” Jesús no fue la muerte sino la Vida. El misterio pascual es tan rico que no podemos abarcarlo con una sola imagen, por eso tenemos que desdoblarlo para ir analizándolo por partes y poder digerirlo. Con todo lo que venimos diciendo durante el tiempo pascual, debe estar ya muy claro que después de la muerte no pasó nada en Jesús.

Una vez muerto pasa a otro plano donde no existe tiempo ni espacio. Sin tiempo y sin espacio no puede haber sucesos. Todo “sucedió” como un chispazo que dura toda la eternidad. El don total de sí mismo es la identificación total con Dios y por tanto su total y definitiva gloria. No va más. En los discípulos sí sucedió algo. La experiencia de resurrección sí fue constatable. Sin esa experiencia, que no sucedió en un momento determinado, sino que fue un proceso que duró muchos años, no hubiera sido posible la religión cristiana.

Una cosa es la verdad que se quiere trasmitir y otra los conceptos con los que intentamos expresarla. No estamos celebrando un hecho que sucedió hace 2000 años. Celebramos un acontecimiento que se está dando en este momento. Los tres días para la resurrección, los cuarenta días para la ascensión, los cincuenta días para la venida del Espíritu, son tiempos teológicos. Lc, en su evangelio, pone todas las apariciones y la ascensión en el mismo día. En cambio, en los Hechos habla de cuarenta días de permanencia de Jesús con sus discípulos.

Solo Lc al final de su evangelio y al comienzo de los “Hechos”, narra la ascensión como un fenómeno externo. Si los dos relatos constituyeron al principio un solo libro, se duplicó el relato para dejar uno como final y otro como comienzo. Para él, el evangelio es el relato de todo lo que hizo y enseñó Jesús; los Hechos es el relato de todo lo que hicieron los apóstoles. Esa constatación de la presencia de Dios, primero en Jesús y luego en los discípulos, es la clave de todo el misterio pascual y la clave para entender la fiesta que estamos celebrando.

El cielo, en todo el AT, no significa un lugar físico, sino una manera de designar la divinidad sin nombrarla. Así, unos evangelistas hablan del “Reino de los cielos” y otros del “Reino de Dios”. Solo con esto, tendríamos una buena pista para no caer en la tentación de entenderlo materialmente. Es lamentable que sigamos hablando de un lugar donde se encuentra la corte celestial. Podemos seguir diciendo “Padre nuestro que estás en los cielos”. Podemos seguir diciendo que se sentó a la derecha de Dios, pero sin entenderlo literalmente.

Hasta el s. V no se celebró la Ascensión. Se consideraba que la resurrección llevaba consigo la glorificación. Ya hemos dicho que, en los primeros indicios escritos que han llegado hasta nosotros de la cristología pascual, está expresada como “exaltación y glorificación”. Antes de hablar de resurrección se habló de glorificación. Esto explica la manera de hablar de ella en Lc. Lo importante del mensaje pascual es que el mismo Jesús, que vivió con los discípulos, es el que llegó a lo más alto. Llegó a la meta. Alcanzó la identificación total con Dios.

La Ascensión no es más que un aspecto del misterio pascual. Se trata de descubrir que la posesión de la Vida por parte de Jesús es total. Participa de la misma Vida de Dios y por lo tanto, está en lo más alto del “cielo”. Las palabras son apuntes para que nosotros podamos entendernos. Hoy tenemos otro ejemplo de cómo, intentando explicar una realidad espiritual, la complicamos más. Resucitar no es volver a la vida biológica sino volver al Padre. “Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo el mundo para volver al Padre”.

Nuestra meta, como la de Jesús, es ascender hasta lo más alto, el Padre. Pero teniendo en cuenta que nuestro punto de partida es también, como en el caso de Jesús, el mismo Dios. No se trata de movimiento alguno, sino de toma de conciencia. Esa ascensión no puedo hacerla a costa de los demás, sino sirviendo a todos. Pasando por encima de los demás, no asciendo sino que desciendo. Como Jesús, la única manera de alcanzar la meta es descendiendo hasta lo más hondo de mi ser. El que más bajó, es el que más alto ha subido.

El entender la subida como física es una trampa muy atrayente. Los dirigentes judíos prefirieron un Jesús muerto. Nosotros preferimos un Jesús en el cielo. En ambos casos sería una estratagema para quitarlo del medio. Descubrirlo dentro de mí y en los demás, como nos decía el domingo pasado, sería demasiado exigente. Mucho más cómodo es seguir mirando al cielo… y no sentirnos implicados en lo que está pasando a nuestro alrededor.

En lo que hemos leído se encuentran todos los elementos de los relatos pascuales: el reconocimiento; la alusión a la Escritura; la necesidad de Espíritu; la obligación de ser testigos; la conexión con la misión. Se contrapone la Escritura que funcionó hasta aquel momento y el Espíritu que funcionará en adelante. Jesús fue ungido por el Espíritu para llevar a cabo su obra. Los discípulos son revestidos del Espíritu para llevar a cabo la suya.

Meditación

El espíritu es una energía vital que nos transforma.
Es el “nacer de nuevo” de Jesús a Nicodemo.
No se trata de un mayor “conocimiento” intelectual.
No es la mente la que debe iluminarse, sino el “corazón”.
Aquí está la verdadera batalla
para nosotros los occidentales cartesianos.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Algo de comer

domingo, 2 de junio de 2019
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4399_ar2124f1“El pueblo pasa hambre porque sus superiores consumen en exceso sobre lo que recaudan” (Lao Tzu) 

2 de junio. DOMINGO VII de PASCUA

Sal 46

“Ascendió Dios entre aclamaciones,

el Señor a toque de trompeta,

tañed para Dios, tañed”

Lc 24, 42-53

Y Jesús dijo: ¿Tenéis aquí algo de comer?

Compadecerse de todos. Dice Ramana Maharshi en La Filosofía de la existencia:

Como nuestro mayor amor está dirigido hacia nosotros mismos, la doctrina de la no-dualidad, de que todos los seres son en esencia el Ser uno, nos proporciona una base racional para sentir amor y compasión hacia todos los demás seres. Este es el significado más profundo y exotérico del mandamiento de Cristo “Ama al prójimo como a ti mismo”. No somos individuos y seres separados. Sólo hay un Ser eterno infinito que es inmortal en todos”.

Y se demuestra el amor al prójimo, no tanto en las palabras cuanto en los actos. Como hizo Jesús, y como han hecho tantos otros. Éste el único Dios al que vale la pena escuchar y seguir, y el triunfo único en cuyo logro vale la pena embarcarse.

En la composición Salmo 46, 3-5, Anton Bruckner, compositor vienés de lujo, hace sonar trompetas y clarines: “Aunque bramen y se agiten sus aguas, / aunque tiemblen los montes con creciente enojo, / hay un río cuyas corrientes aguas / alegran la ciudad de Dios, las moradas santas del Altísimo. / Dios está en medio de ella no será sacudida; / Dios la ayudará al romper el alba.

Clarines y trompetas, que hacen bajar de las nubes del cielo el maná y las perdices que apagaron el insaciable anhelo del pueblo judío en el desierto. ¿Qué orquesta del teatro del mundo, hará sonar hoy en el hambriento de comida y de ideas, las voces que saciarán estómago y conciencia?

Cuando Jesús pregunta a sus discípulos si tienen algo de comer, nos lo pregunta a creyentes y no creyentes; no sólo, si tenemos pescados, sino si estamos dispuestos a darlos generosamente a quienes los necesitan: peces, redes para pescarlos, brasas donde asarlos, mesa donde comerlos, y un techo en el que acogerlos.

Entonces dejarán de sonar clarines y trompetas, no bramarán las aguas ni temblarán los montes, y habrá rocío de maná y perdices, y Dios ayudará a que el alba nos llegue como un supermercado. ¿Lo comprenderán los políticos? ¿Saldrán de la jaula en la que están encerrados? ¿Llegarán a convertir Congreso y Senado en foros donde se discutan y aprueben urgentemente leyes que resuelvan problemas tan transcendentalmente humanos? Únicamente desde ese instante empezarán a cumplirse las Obras de Misericordia Corporales: Visitar y cuidar a los enfermos, dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, dar posada al peregrino, vestir al desnudo, etc.

“El pueblo pasa hambre porque sus superiores consumen en exceso sobre lo que recaudan”. Lo anunció hace veintisiete siglos Lao Tzu, un sabio chino.

¿Y no serán también en cierto modo, las espirituales, corporales?

Posiblemente entonces se cumpla lo del Salmo:

“Ascendió Dios entre aclamaciones,
el Señor a toque de trompeta,
tañed para Dios, tañed”.

Mario Javier Peña Zambrano escribió este poema en Poemas del Alma

EL HAMBRE

Mi dulce niño que camina,
¿qué te ha hecho la injusticia
para que sufras, mi niño?
estás angustiado hambriento y con frío.

————————–

La razón humana culpable
-¡Oh! mi Dios perdón-
alimenta nuestro corazón
con alimentos distintos al egoísmos
prepotencias, del olvido que le
hemos arrebatado lo suyo
para que haya justicia entre todos
y construyamos un mundo equitativo
lleno de vida y esperanzas.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Adoración, alegría y bendición

domingo, 2 de junio de 2019
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porta-asc10[1]El evangelio de Lucas intenta decir algo acerca de la presencia de Jesús después de su muerte. La narración de hoy nos cuenta que Jesús, una vez resucitado, relee su vida a partir de los textos sagrados. Su misión, que incluye su vida, muerte y resurrección tiene sentido en cuanto que puede comprenderse dentro del designio de Dios para con toda la historia de la humanidad.

Los discípulos son testigos de esto. Son testigos, pero no solo de manera externa sino también interna, es decir no solo ven lo que pasa como meros espectadores, sino que sus vidas se delimitan y organizan en relación con el Mesías resucitado. Ellos son sus testigos. Su identidad queda marcada así por la cercanía de la persona en la que se cumplen los designios de Dios.

Ser testigos, entendido como aquello que determina la identidad de los discípulos tras la resurrección de Jesús, no implica únicamente mirar para sí mismo y conocer algo novedoso. Ser testigo implica salir y dar testimonio. Eso parece evidente. Sin embargo, la orden de Jesús es la contraria a salir. Ellos son ciertamente testigos, pero deben “Permanecer en la ciudad”. Si en los diferentes relatos de envíos, durante la vida pública de Jesús, la respuesta es “inmediata”, es decir “salen corriendo a anunciar lo que han visto”, tras la resurrección la respuesta requiere quedarse, permanecer, esperar. Esperar una fuerza, una energía que los “revestirá”.

Revestir es una palabra extraña que puede significar imbuirse o dejarse llevar por esa fuerza, o cubrir el cuerpo con un ropaje (como lo hace, por ejemplo, el sacerdote en la eucaristía que se reviste con los ornamentos litúrgicos). Las dos acepciones encajan aquí, ya que la fuerza es interior pero también corporal y exterior. La fuerza reviste las emociones y reviste el cuerpo. Así el testimonio será creíble y tangible: estas dos dimensiones son fundamentales en el anuncio de cualquier mensaje.

Sin embargo, de momento, el recibir esta fuerza es solo una promesa; no una realidad. Antes, han de recibir una bendición, en Betania. Betania es el lugar del encuentro, del descanso, del fortalecimiento, de la acogida y de la fiesta que Jesús y sus discípulos bien conocen. Ese lugar sigue siendo un lugar de bendición, y es allí el lugar propio para que Jesús los bendiga (casi como a los niños que quiere que se acerquen a él).

Pero esta bendición anuncia la despedida. Ahora sí. Si la muerte de Jesús anunciaba una primera separación, llena de pena, decepción y desorientación, la ascensión confirma una segunda separación, pero esta vez, a diferencia de la primera, produce alegría y adoración. Nuevamente llama la atención que, de momento, no se convierten en testigos activos y evangelizadores dinámicos en salida. Se convierten, a primera vista, en todo lo contrario. Son simplemente y ciertamente adoradores: se postran ante Jesús, van a Jerusalén (la ciudad del gran templo) y “estaban en el templo bendiciendo a Dios”. De momento su testimonio es exclusivamente y esencialmente alegría y bendición. Y así será hasta que reciban la fuerza de lo alto prometida.

En nuestra sociedad cargada de activismo, este texto se presenta como de una radical humanidad que nos pide tener tiempo y darse tiempo. Tiempo para aceptar la decepción, para aceptar separaciones, para dar lugar al dinamismo propio de la muerte-resurrección y para no adelantar procesos sino dejar que los afectos se decanten.

Este dinamismo muerte-resurrección, como momento esencial de todo ser vivo, nos recuerda la distancia, pero también la cercanía; una cercanía trascendente (como una “fuerza que viene de lo alto”) y que, como una bendición, nos fortalece y nos reviste. Es decir, la nueva forma de vincularnos, a partir de las experiencias de muerte y de resurrección, no contrapone la cercanía y la distancia, sino que las integra.

Esta forma de entender la vida y el tiempo nos recuerda también la importancia de dar espacio a la adoración, a la alegría y la bendición. El hecho de considerar el tiempo del que disponemos, que transcurre desde el nacimiento a la muerte, nos recuerda que se trata de un tiempo que es limitado y que por tanto nos urge la acción. Pero, para que esta acción sea fecunda, requiere de momentos de espera y de quietud. Momentos para releer nuestra historia comunitaria y personal dentro de los designios de Dios. Y para vislumbrar y dar lugar a lo que viene por delante.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Lo que somos trasciende el espacio.

domingo, 2 de junio de 2019
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ascensionFestividad de la Ascensión

2 junio 2019

Lc 24, 46-53

Con ese texto concluye Lucas su evangelio (como es sabido, su relato continuará en la segunda parte de su obra, el libro de Los Hechos de los Apóstoles). Este final constituye un “cierre catequético”, que subraya algunas cuestiones que resultaban prioritarias para las primeras comunidades de discípulos.

Por un lado, necesitaban entender el significado de la muerte de Jesús que, para ellos, había supuesto, no solo una decepción dolorosa, sino un auténtico escándalo: ¿Cómo Dios había podido permitir la muerte de su Ungido? Lucas responde: “Estaba escrito” (en la Torá o libro sagrado del judaísmo). Como si quisiera decirles: no dudéis; todo obedecía a un plan divino.

Una segunda prioridad era la “misión” que debían asumir. Los discípulos son reconocidos como “testigos” y llamados a proclamar el anuncio del evangelio, comenzando –subraya expresamente Lucas– por “Jerusalén”, es decir, manteniendo las raíces del judaísmo de donde provenían.

En tercer lugar, les asegura la fuerza divina (“de lo alto”) que, en el libro de Los Hechos, personificará en la figura del Espíritu y escenificará con el relato de Pentecostés (Hech 2,1-13).

En cuarto lugar, alude a la “ascensión” (o “subida al cielo”), en un lenguaje mítico, que podía casar bien con la cosmovisión de la época que daba por sentado la existencia de tres planos o niveles en el espacio, pero que resulta inasumible con la cosmovisión contemporánea. Entre otras cosas, tal como es el universo, ¿dónde es “arriba” y dónde sería “abajo”?

Finalmente, el texto concluye subrayando dos actitudes típicamente lucanas: la alegría y la oración en el Templo.

Para advertir que se trata de un texto catequético es suficiente notar que el propio Lucas no tiene ningún reparo en contradecirse a sí mismo. Si hubiera tenido la pretensión de que el texto se hubiera aceptado en su literalidad, habría cuidado la contradicción manifiesta. Porque, mientras en el evangelio afirma que Jesús “sube al cielo” el mismo día de la resurrección (“el primer día de la semana”: Lc 24,1), en el comienzo del Libro de los Hechos escribe que Jesús se les apareció durante cuarenta días (Hech 1,3) hasta que “lo vieron elevarse” (Hech 1,9).

La imagen de la ascensión o “subida al cielo” es una metáfora para referirse a la glorificación de Jesús. El crucificado ha sido exaltado, el aparente fracaso era en realidad triunfo, la Vida ocupa el universo entero, transciende el espacio y el tiempo.

En ese sentido, la fiesta de la “ascensión” constituye la celebración de la Vida una, que el relato evangélico personaliza en Jesús de Nazaret pero que, en realidad, constituye una metáfora que nos alcanza a todos. Más allá de todas las circunstancias que acontezcan, la Vida se halla a salvo. Hay motivo para la alegría.

¿Me abro conscientemente a la Vida en mí y en todo lo que me rodea?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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No os quedéis plantados mirando al cielo, pero mirad al cielo. La Ascensión

domingo, 2 de junio de 2019
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3101A04D-0A69-4AE3-998A-FB9F2D5E69A4Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

La Ascensión dice el libro de los Hechos que “aconteció” a los cuarenta días de la Resurrección.

“Cuarenta” es uno de esos números que tienen un carácter simbólico.[1]

En la cultura bíblica (judía) “Cuarenta” se utilizaba para indiciar todo el tiempo necesario para que una tarea se realizara:

La cuestión no es, pues, si JesuCristo concluyó en Dios el viernes santo a primera hora de la tarde, el domingo de Pascua o a los cuarenta días. No es un tiempo material, cronológico, sino teológico expresado en un lenguaje simbólico. Se trata del recorrido, del proceso de cuarenta días o “cuarenta años”, el “tiempo necesario” que necesitaron aquellos primeros seguidores de Jesús para llegar a la fe en el Señor resucitado y a la esperanza en la vida definitiva.

No tengamos prisas ni precipitaciones históricas. Muchos de nuestros amigos y familiares, mucha gente en la sociedad no ha llegado a la fe y nosotros “andamos como podemos”. Calma. No saquemos el “séptimo de caballería” ni atronemos o excomulguemos al personal para nada.

Por cierto, a mis “cuarenta” años, ¿disfruto de la fe y de la alegría del Señor?

        el cielo no es un lugar espacial

La Ascensión de Jesús no fue un marcharse de Jesús desde “cabo Cañaveral” a alguna zona lejana del cosmos, a alguna parte en algún astro lejano, sino que la Ascensión significa que Jesús, todo el asunto JesuCristo, es decir: él y nosotros hemos sido asumidos en el ser mismo de Dios. La Ascensión de Jesús no fue un viaje a las estrellas, sino un entrar en el misterio de Dios.

        Como en tantas realidades humano-cristianas, nos falta, no podemos poner imagen a estas cosas: cómo será la resurrección, la Ascensión, cómo es Dios, cómo viven nuestros mayores. No sabemos, nos faltan datos concretos (“fenomenología”). No sabemos pero creemos y esperamos, que es otro modo de conocer y entender la vida. Nos quedamos en una “sabia ignorancia, (docta ignorantia).

Decía Francisco en la audiencia del 26 de noviembre de 2014 que el cielo no es un lugar, sino un estado del alma en Dios.

        ¿Por qué no imaginar que la Ascensión es la profundidad de la serenidad, de la igualdad, de la felicidad? Siempre hay un nivel mayor de profundidad. Y al final de lo último es Dios.

Esta fiesta es de gran esperanza e impregna de esperanza toda nuestra existencia y nuestra historia.

        En la vida caminamos hacia nuestra finalización en Dios.

Vivir mirando la meta infunde ánimo, espíritu y coraje, pues en el fondo este es el sentido de la vida humana

        Caminamos hacia el punto final, hacia el horizonte, que es Cristo. Escrutar el horizonte es una actitud que llena la vida de sentido y esperanza.

La esperanza cristiana libera al ser humano de todo totalitarismo ideológico o religioso de hombres que pretendan construir por sí mismos el futuro. (G. Greshake)

Quien espera en el más allá, quien espera en el futuro de Dios, no es totalitario, sino que confía en el final que es el futuro de Dios y no tiene la presunción de construirlo por sí solo.

En situaciones de angustias y hundimientos personales es sano y sanante mirar esperanzadamente el futuro absoluto de Dios. En contextos totalitarios de tipo eclesiástico es liberador otear esperanzadamente la Ascensión, el cielo.

        La esperanza en el futuro es la alegría y el sentido del presente. Lo que esperamos ilumina el momento presente. Y el futuro absoluto no lo posee ni confiere nadie humano: ni político, ni obispo, ni banquero, porque el futuro absoluto es Dios. El lugar del hombre es Dios.

Creemos y esperamos en la Ascensión y por eso, “miramos al cielo” con nostalgia infinita, con ojos limpios por la esperanza y sin intereses. Y porque miramos al cielo y al futuro absoluto, no nos quedamos en las mediaciones políticas ni eclesiásticas, ni vivimos en “babia”, alelados en espiritualismos eclesiásticos, prepotencias políticas, dominios económicos.

Porque creemos en la Ascensión, esperamos firmemente el futuro, el futuro de Dios, y trabajamos en esta historia. Porque miramos al cielo, vivimos y luchamos en la tierra. Porque esperamos el futuro, trabajamos por cambiar este presente.

        Una hermosa coincidencia (no pura casualidad):

        Bendecir significa decir bien en la vida, lo cual no significa meramente decir palabras y más palabras con ritos y más ritos, sino “estar bien y decir bien”. En la vida todo existe y existimos desde la Palabra creadora “bien dicha” por Dios, lo cual es bueno y hace bien. Cuando Dios habla, crea amablemente, dice bien y su Palabra es amable y valiosa.

Estamos llenos de maldiciones, de decir mal, de descalificaciones, de linchamientos personales, morales, de acepción de personas. Yeso no es bueno, ni hace bien a nadie.

La Ascensión nos habla de una creación originaria y de futuro “bien concluido” por JesuCristo para toda la humanidad.

Tal vez la fiesta de la Ascensión de este año entre nosotros pueda tener un color de encuentro, de sensatez, de respeto, de decir bien y libremente la fe, la vida,

Jesús se marchó.-como había vivido- Bendiciendo. Diciendo y haciendo bien.

Es un noble programa de vida: pasar por la vida diciendo bien y marcharnos dejando algo de bien.

Vosotros sois testigos de todo esto

[1] (Utilizamos también nosotros los números simbólicamente: “Te he dicho “mil” veces”/: en “tercera” y última convocatoria; / “4+3=1”, eres un “hamalau”; / 666: antiCristo, etc.)

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Alumbro

sábado, 1 de junio de 2019
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LUZMagdalena Bennasar,
Bilbao

ECLESALIA, 13/05/19.- El  mar cambia de color según la luz. Si tienes la oportunidad, fíjate en la intensidad y diversidad de sus colores y contempla la causa.

También los ojos, nuestros ojos, cambian de color según la intensidad de la luz exterior y también interior. El brillo del mar y el de los ojos es el resultado de una experiencia de luz, de una luz que se acoge de dentro afuera y de afuera adentro.

Dicen los científicos que somos fruto de la luz, que gracias a ella se da la evolución…

Si algo caracteriza este Tiempo de Pascua es que la comunidad cristiana nos invita a recibir la Luz para comprender lo vivido: lo sufrido, lo amado, lo perdido, lo recibido, el presente y el futuro… es decir, ver y descubrir nuestra propia evolución como seres humanos fieles a la luz de la Vida que es Él y seguir acogiéndola para hoy y para mañana.

Como el mar, también cambia de color la percepción de lo vivido, según la luz. Si alumbro con mi inteligencia crítica, perfeccionista… mi mar está grisáceo porque no salgo de las nubes de mis exigencias.

Si alumbro con las opiniones de los demás me someto a su luz, que posiblemente, como la mía, está condicionada por miedos, dudas e inseguridades…

El Resucitado trae una luz que cruza el umbral de las cientos de muertes y apagones que la vida tiene, y desde su luz tu mar, mi mar, recobra el azul intenso, el color y calor que da sentido y brillo a nuestra vida.

La persona cristiana tiene luz porque la recibe del Cristo que habita dentro. El movimiento ocurre de afuera a dentro: la Palabra, la Naturaleza, la Comunidad… y de dentro hacia afuera: la experiencia, el cariño, la reconciliación, la alegría por  la convivencia con el Cristo que habita en ti y hace que transmitas su luz, su risa, su empatía, su silencio, su brillo achispado cuando acoges y danzas como las matriarcas, llena de liberación.

Mirar la realidad desde la Luz cambia el color y la apreciación de todo. Es vivir lo mismo pero con una energía renovada. Tal vez es una sencilla experiencia de sosiego interior que transmites con ternura a los tuyos. Tal vez, con su luz, te “ves” capaz de activar lo paralizado o de desechar lo que te hace estéril… y reírte con Sara, ¿de alegría? ante un anuncio que traspasa toda lógica pero es capaz de poner brillo y color a la vida de una mujer estéril, mayor, y triste por una esterilidad ya irreversible que la hacía sentir inferior desde los parámetros de su tiempo (Gn 18,13-14).

No son las posibilidades de Sara, estéril, las que están en juego, sino las de Dios. De pronto esa Palabra trae luz y vida, y hace evolucionar la vida que aplasta con sus límites y transporta a Sara, a todas las “Saras” de la historia, a una dimensión que se experimenta cuando dejamos entrar la Luz de la Palabra: “tendrás un hijo”

¿Y eso? ¿Qué lenguaje es este? Es una palabra que ilumina la esterilidad ya crónica otorgándole la energía de la Vida que viene de otro y que se nos regala a manos llenas siempre, en todo lugar, en cualquier circunstancia.

Esa vida regalada, nos permite comprender que el seguimiento del Resucitado no es una creencia sino una vida iluminada paso a paso, en la tiniebla del día a día, por su Luz que fecunda lo estéril.

Al final todo es muy rápido. La vida parece que es muy larga, y es sólo una percepción. La vida es hoy. ¿Con color?  ¿Con fecundidad?

Si espero que cambien las cosas… pierdo el color del momento, la belleza de ese ángulo que ahora contemplo y antes no veía porque le daba la sombra cuando dudaba. Si no descubro la luz de Dios en la mirada del que llama a mi tienda, a mi vulnerabilidad con su Luz… no he experimentado la Resurrección.

Cuando a la luz y calor de su Palabra sientes que algo se mueve en ti, este es el hijo de la promesa, la fuerza de Dios resucitando, levantando lo estéril, lo incrédulo, lo cronificado y esclerotizado.

Jesús Resucitado no inicia una institución que tiene que prolongarse en el tiempo…Jesús inicia un movimiento de Vida, de Luz, de Fecundidad. Los y las que se arriman a él no es por cultura o costumbre, sino por decisión madura de optar por su Luz por encima de las otras.

Yo creo que el Resucitado me/nos invita a seguir con su Luz y Vida formando comunidades que no se queden atrapadas en las opacidades  institucionales. No es lo mismo identificarse con el Resucitado y la comunidad que se forma alrededor de esa experiencia,  que hacerlo con una institución. El pueblo de Dios lo forman aquellas personas guiadas por su Luz, dispuestas a cambiar de rumbo según la Luz. De ahí la importancia de acoger la Luz. Todo depende de ella. No la escondas dirá el evangelio; sin ella caminamos en tinieblas.

La Luz trae fecundidad, es como un quitamiedos en alta montaña, de pronto te sientes segura. La subida sigue siendo empinada pero hay Luz y esa luz nos protege. ¿Qué sería el mar sin luz? Una terrible masa oscura que infundiría miedo incluso pavor… ¿Qué es una vida sin Vida?

El mar con luz es una maravilla inexplicable que no te cansas de mirar, de tocar, de sentir, de sumergirte en él, de sentirte parte de él, de alimentarte de él, de curarte, descansar, divertirte en él… y todo porque se deja iluminar por la Luz. Así nuestra vida. ¿Te imaginas?

Acoge la Luz: la necesitamos, compártela. Seremos como el mar, que las personas estarán a gusto y no hará falta explicar… porque con la Luz, somos. Estamos vivos y vivas.

Y con la risa por la alegría de la fecundidad más allá de toda impuesta esterilidad… una pascua, ciertamente.

Feliz y bendito (bien dicho) Tiempo Pascual.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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¿Adiós al idioma de Jesús? El arameo podría desaparecer en cinco años

sábado, 1 de junio de 2019
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profesor-George-Zaarur-especialista-arameo_2126197393_13638245_660x371George Zaarur

Consecuencia de la guerra en Siria y de la hegemonía del árabe

El conflicto bélico ha ahuyentado a turistas del único pueblo donde se habla, Malula, y también a nativos, que eran quienes se lo enseñaban a sus hijos

Encorvado sobre un libro, George Zaarur descifra con una lupa unos escritos en arameo. Es uno de los pocos especialistas sirios en el idioma de Jesús, que está empezando a desaparecer del uso diario en su pueblo: Malula.

«El arameo está en peligro», lamenta este profesor de 62 años. «Si sigue así, la lengua desaparecerá en cinco o diez años«, añade este hombre de cabello canoso y cara surcada de arrugas.

En la pequeña tienda en la que vende figuras religiosas, crucifijos y productos del hogar, guarda obras y enciclopedias en arameo.

Se pasa los días estudiándolas y traduciendo este idioma semítico antiguo, del que hay rastro escrito del siglo X antes de Cristo.

Actualmente «el 80% de los habitantes de Malula no habla arameo y el 20% restante tiene más de 60 años», comenta el experto.

El olvido, consecuencia de la guerra

Malula es un símbolo de la presencia cristiana en la región de Damasco. Está poblada por miles de habitantes en un flanco escarpado de las montañas rocosas de Qalamun, a unos 60 km al norte de la capital siria.

Antes era paso obligado de turistas y peregrinos, que disfrutaban escuchando hablar arameo en sus calles y visitando edificios religiosos. En 2011 la guerra lo cambió todo.

Rebeldes y yihadistas vinculados a Al Qaeda se apoderaron de ella a finales de 2013. Secuestraron a 13 monjas (que liberaron al cabo de tres meses) y en abril de 2014 pasó bajo control de las fuerzas progubernamentales.

Sus más de 6.000 habitantes se han ido durante la guerra y sólo han vuelto 2.000. Los otros se han refugiado en Damasco y alrededores o han huido al extranjero.

«Las generaciones de la guerra han nacido fuera de Malula, en Damasco u otras regiones, y lo primero que han aprendido ha sido árabe», explica Zaarur.

Zaarur es autor de una treintena de obras. En Damasco ha supervisado varias tesis doctorales sobre esta lengua antigua. En 2006 participó en la creación de un centro en Malula para la enseñanza del arameo, que ha cerrado sus puertas a causa de la contienda bélica. Ahora intenta traducir unos textos.

«Hemos conservado el idioma de Cristo en nuestros corazones»

El alcalde del pueblo, Elias Thalab, se deshace en elogios al profesor. «Debe de ser el único profesor y especialista de lengua aramea en Siria», estima. «Hay profesores jóvenes que intentan aprender el idioma pero Zaarur es el único en tener un conocimiento profundo».

«Durante más de 2.000 años, hemos conservado el idioma de Cristo en nuestros corazones, somos de los últimos en la Tierra con el honor de dominarlo», sostiene el alcalde de 80 años.

Malula, que significa «entrada» en arameo, es el más conocido de los tres pueblos de los alrededores de Damasco en los que se habla arameo.

En Turquía y en el norte de Irak se hablan dialectos del arameo, afirma el experto francés Jean-Baptiste Yon, según el cual «los habitantes de Mesopotamia, Siria, Judea y Palestina usaban» este idioma.

Aunque en Malula ha habido menos destrozos que en otras regiones sirias, las iglesias y monasterios de piedra han sufrido daños por los disparos de artillería. Las figuras han sido destruidas cuando no robadas.

Desde entonces se han restaurado. La capilla del monasterio de San Sergio luce de nuevo candelabros dorados sobre el altar de mármol blanco. Pero la mayoría de las casas con azoteas o tejas rojas siguen vacías.

El número de alumnos en el único centro de preescolar del pueblo pasó de un centenar en 2010 a menos de 30 en 2019, explica la administración.

En una sala con dibujos colgados en las paredes, los niños de cinco a seis años recitan poemas en arameo.

«El arameo en Malula se transmite de generación en generación, el hijo (lo aprende) del padre y el padre del abuelo, es la lengua de casa», declara su profesora, Antoinette Mokh. «Pero estos niños han nacido fuera de Malula, durante los años de exilio».

Fuente Religión Digital

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Si él no me hubiera amado…

jueves, 30 de mayo de 2019
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No habría aprendido yo a amar al Señor

si él no me hubiera amado.

¿Quién puede comprender el amor,

sino quien es amado?

Yo amo al Amado,

a él ama mi alma:

allí donde está su reposo,

allí estoy yo también.

Y no seré un extraño,

porque no hay envidia junto al Señor altísimo,

porque quien se une al Inmortal

también será inmortal,

y quien se complace en la vida

viviente será.

Que permanezca tu paz conmigo, Señor,

en los frutos de tu amor.

Enséñame el canto de tu verdad,

de suerte que venga a mí como fruto la alabanza,

abre en mí la cítara de tu Espíritu Santo

para que te alabe, Señor, con toda melodía.

Prorrumpo en un himno al Señor porque soy suyo

y cantaré la canción consagrada a él

porque mi corazón está lleno de él

*

(de las Odas de Salomón)

***

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“El amor qué desarma”, por Gabriel María Otalora

jueves, 30 de mayo de 2019
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 jesus-woman-taken-adultery_1344951_tmbDe su blog Punto de Encuentro:

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que busca siempre el rostro de la persona, la que cambia el corazón y la vida de cualquier persona. Es tan importante esto, que algunos pasajes entrañan un impacto mayor del amor que Dios nos tiene y que debemos cultivar en nuestra vida. Sin duda, El hijo pródigo y el pasaje de Juan sobre la adúltera, son dos ejemplos, y ambos en la liturgia de la Cuaresma.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Y Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este es el orden correcto: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu Santo.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los hombres desde su aceptación cómplice en el adulterio.

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la mujer adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón aunque pecadora como él pero igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cada vez que acusamos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de cambio y de esperanza,sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas.

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Interpelación de una hormiga a un elefante

martes, 28 de mayo de 2019
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57284E6A-1E8D-4B94-AEBE-A440C744E10CQue una hormiga interpele a un elefante sobre su propia tarea es empresa alocada y harto peligrosa. Tamaña osadía proviene únicamente de la gran diferencia que hay entre la impresionante corpulencia del paquidermo y la menudencia del insecto. La cosa perdería toda gracia si se compararan sus inteligencias, pues mientras la hormiga se organiza en una sociedad que ronda la perfección de un engranaje mecánico, del elefante se ha dicho que llega a tener hasta conciencia de su propia muerte.

Los animales tienen capacidades y habilidades que les permiten adaptarse perfectamente a los nichos ecológicos en que viven. Los elefantes tienen una capacidad de socialización asombrosa: pueden expresar emociones como el dolor, la felicidad, la compasión, el luto y el altruismo; tienen, además, conciencia de sí mismos y poseen una memoria que bien podría compararse incluso con la humana. La hormiga, por su parte, moviéndose en grupo, es capaz de resolver problemas tan complejos como construir ciudades subterráneas, servir a la reina y elegir los mejores caminos para buscar alimento.

Insignificante hormiga

La simple alusión a la entidad y al comportamiento de ambos animales nos abre perspectivas hermosas para emitir juicios críticos constructivos, aunque, desafortunadamente, tardarán en ser tenidos en cuenta, en caso, claro está, de llegar a serlo alguna vez. Aun siendo el poderoso elefante de esta fábula muy receptivo, la hormiga fustigadora se desvanece ante él en su propia nihilidad. Su grito, su protesta y su crítica quedan recogidas, no obstante, en el subtítulo de este escrito: “papa Francisco, esta Iglesia, no, todavía no”, como desahogo de una presión interior explosiva.

Subrayemos, de paso, que la distancia entre la hormiga y el elefante, aun siendo enorme, es salvable si la comparamos con la que, en nuestro caso, media entre las ocurrencias de un oscuro plumilla y el magisterio seductor de un papa que sabe el terreno que pisa. Quede todo, pues, en el grito sordo de desahogo de un aprendiz de escribidor atrevido.

Caracol

Metidos de lleno en el mundo animal, enmarquemos el doloroso alarido de tan osada hormiga en el nicho vital de otros dos significativos animalitos, tan prominentes en la cultura humana como el caracol y la mariposa, para que ilustren con su sola presencia nuestro propósito.

Interpelar al papa, diciéndole lo dicho, se debe a que la Iglesia que llega hasta nosotros semeja un caracol que se desplaza pesadamente, debido seguramente a llevar a cuestas una pesada estructura dogmática y moral, repleta de excrementos. Por dura que parezca tan desconsiderada aseveración, tal me parece la Iglesia católica que tengo frente a mí o dentro de mí, incluso después de los retoques que nuestro bendito elefante blanco le está haciendo para embellecer su ser y agilizar el cumplimiento de su misión.

Hay en ella una sobrecarga intelectual de dogmas y verdades considerados sagrados, pero que en realidad no son más que una pretendida “definición” (= empobrecimiento) de conceptos filosóficos de la cultura griega, que ponen en solfa la comprensión humana, y un andamiaje de ordenanzas romanas, capaces de desanimar hasta al mismo Espíritu Santo a la hora de realizar su imprescindible labor de musa poética y guía turístico. A mi modesto entender, la Iglesia católica debe ser, en cuanto fiel continuadora del mensaje evangélico, mucho más o tal vez otra cosa que la que se afirma en esos dogmas o que lo que reflejan sus ordenanzas. Insisto una vez más en que del cristianismo se han hecho muchas lecturas a lo largo de su historia, desde sus mismos orígenes, y que la que llega hasta nosotros no parece que sea válida para los hombres de nuestro tiempo, a la mayoría de los cuales les parece un mensaje mortecino, desvirtuado y caduco, un mensaje apagado y pobre.

Mariposa

A mi criterio, la nueva relectura necesaria, audaz y exigente, postula que el pesado gusano que tenemos delante se metamorfosee en mariposa. Escribo esto el 19-04-19, día de Viernes Santo, y para no buscar más apoyos, digamos, de una vez por todas, que necesitamos que la Semana Santa permanente en que vivimos se transforme de una vez por todas en Domingo de Resurrección. Como cristiano convencido, no me gusta ni me identifico en absoluto con el sentido penitencial que impregna durante estos días y todo el año la vida de tantos creyentes. El dolor, mírese como se mire, es siempre un contravalor, vitando en todas sus manifestaciones. El cristianismo no puede ser una escuela en la que se lo estudie como valor sacrificial o se lo conciba como fuente de íntima comunión con el terrible martirio que padeció Jesús de Nazaret en la cruz.

Esplendorosa mariposa

No creo andar descaminado al presumir que los hombres de nuestro tiempo necesitan que la piedad de los cristianos vuele alto y desenvuelta, como una grácil y bella mariposa, capaz de extraer de cada creyente lo mejor de sí mismo. Hay razones fundadas para certificar tal necesidad, pues el cristianismo consiste en algo tan simple como llamar Abba a Dios, sencilla apelación que despliega la fuerza incontenible de una fraternidad universal. Ello nos lleva, por un lado, a pronunciar conmovidos la única oración que nos enseñó Jesús de Nazaret, el “Padrenuestro”, y, por otro, a vivir a fondo las exigencias de su único precepto: “amaos los unos a los otros como yo os he amado”. De ahí que dondequiera que haya un hombre que, de verdad, llame padre a Dios y ame efectivamente a sus semejantes, allí habrá un cristiano, a resguardo de cualquiera otra exigencia institucional. Eso solo es lo determinante para que la fe cristiana irradie en todo tiempo y lugar la buena nueva evangélica.

Razones de un “no” expectante

Cuando en 1966 visité por primera vez el Vaticano, llevaba el alma en un puño y la mente predispuesta a la intensa emoción de encontrarme en el corazón de la Iglesia, de libar complacido sus esencias y de salir revestido con el atuendo necesario para llegar a ser un auténtico “pescador de hombres”. ¡Qué gran fiasco! Salí de allí tan alicaído que más parecía que me hubiera pasado por encima un tsunami. Esa amarga decepción de hace más de cincuenta años, tan en contraste con la sensibilidad de quienes salen de allí llorando de emoción, sigue todavía anclada a mis neuronas.

El Vaticano

Me escandaliza que el vicario de un proscrito crucificado tenga trato y mando de jefe de Estado y que esté rodeado de una nutrida tropa de cortesanos, pavos reales que nadan en el boato como peces en el agua y se comportan como orondos amantes de la buena vida. ¡Qué escándalos y cabreos padecí entonces viendo a muchos comerciar con sus ideales y sus escasos haberes pecuniarios para abrirse hueco en el Vaticano o ganarse escalafón en el Vaticano II!

¿Eran aquellos eclesiásticos los humildes operarios de la viña del Señor, trabajadores infatigables sin pensar siquiera en un salario? Decepción la mía, seguramente, de un joven soñador, entregado de lleno a un ideal. Pero, ¿por qué perdura sin alivio posible tan amarga decepción tanto tiempo después? Seguramente, porque sigo topándome con los mismos infranqueables muros, las mismas trincheras de corazones. ¿No incurren en flagrante contradicción quienes, acoplados al Vaticano como anillo al dedo, no tienen empacho en confesar, como decía el mismo Jesús, que “su reino no es de este mundo”? Reventaría si no dijera que, a mi parecer, el Dios Abba ni vive ni puede vivir en el Vaticano.

Sin duda, el gran elefante blanco al que grita su decepción una oscura hormiga ha recorrido ya un largo trecho para acercar la Iglesia al Evangelio en temas tan lustrosos como la sencillez de la oración dirigida al Abba y el sentido común de los comportamientos humanos.  Eso está muy bien y es muy importante, pero es preciso ahondar más y llegar más lejos. El caracol debe despojarse de su carcasa y de sus propios excrementos para convertirse en larva que eclosione en mariposa. Queda todavía mucha tela por cortar en la sastrería de alta confección de la Iglesia para confeccionar hoy el traje a medida que necesitamos todos los humanos, incluidos los ateos. Sigue habiendo demasiado poder endogámico y depredador en la Iglesia, al amparo de unas murallas que nunca debieron construirse entre ella y un mundo que debe ser iluminado y sazonado en todo tiempo por ella. No es el poder el que evangeliza como no son los hábitos los que hacen al monje; son los comportamientos fraternos los que hacen ambas cosas. La verdadera dignidad, inherente a nuestra condición, no se nutre ni de cargos ni de ornatos, sino de conducta fraternal.

¡Qué miedo! ¿Satanás?

Lo del “coco” era solo una mentira piadosa y divertida para torcer los caprichos cansinos de los niños. Extrapolar ese recurso a otros ámbitos de la conducta hace que la mentira lo sea en serio y embadurne de porquería todo el tejido humano. Teniendo al Dios Abba en la pantalla del Evangelio y en la retina de los ojos, ¿por qué, admirado elefante de la fe, nos sigues asustando con la presencia traicionera de un perverso y sagaz “Satanás”, ese siniestro personaje que, según dices, se nos cuela por las rendijas de nuestra conducta? Mi fe-confianza en el Dios Abba solo me permite ver ese bicho, por mucho que la Biblia recurra a él, como un personajillo de ficción, un muñeco de cartón piedra, del que abusan descaradamente los amantes del poder para infundir miedo a sus secuaces a fin tenerlos bien amarrados. Es solo una treta infantil, aunque sumamente eficaz para imponer pesados ordenamientos y encauzar caprichosamente las conductas.

Puestos analizar los porqués de tanta maldad como vemos y palpamos en todas partes, frente a ti, querido papa Francisco, solo tienes a hombres que claudican fácilmente ante el brillo del oropel y que se dejan seducir por el atractivo placentero de comportamientos depredadores inmundos. Hay gran diferencia entre proponerle a un hombre que no haga algo porque es una artimaña de Satán para arrastrarlo al infierno y hacerle ver que, de hacerlo, ensucia y deteriora la hermosura que Dios le regala. Por ejemplo, la recurrente pederastia de nuestros días, tan nauseabunda, no es más que la búsqueda compulsiva de un placer ponzoñoso que entenebrece la vida del depredador furtivo y destroza para siempre la vida de un inocente. ¿Qué pinta en un escenario tan mórbido un supuesto agente exterior de perversión que inocula el veneno de un placer putrefacto en el pederasta? Dejemos en paz y tranquilo, confinado para siempre en su propia nihilidad, el “coco” de nuestra infancia y tratemos de comportarnos con la dignidad que Dios nos ha dado para ser realmente los “niños buenos” que siempre debemos ser.

Sacerdocio y servicio

A estas alturas de nuestra historia y habida cuenta de la situación social en la que se impone, casi a la fuerza, la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, ni siquiera se entiende que se mantengan leyes tan discriminatorias y obsoletas como la del celibato sacerdotal o costumbres tan arcaicas como negar el pan y la sal a las mujeres en una Iglesia tan necesitada de guías y pastores. De mirar menos a un supuesto Dios de las Alturas, entronizado en el Olimpo de los cielos, y más a los hombres, como hacía Jesús, su vicario o representante primero en la tierra tendría que enviarles de inmediato pastores que los confirmen en la fe y alimenten sus vidas. De habilitar jurídicamente a hombres casados y a mujeres predispuestas para su acción misional, consagradas o casadas, la Iglesia podría contar mañana mismo con muchos miles de mensajeros cualificados para realizar la inmensa obra de evangelización que la humanidad necesita.

El papa Francisco

Que nadie se ría de la presuntuosa hormiga que trata de infundir valor al elefante al decirle que no debe tener ningún miedo a la hora de dar los pasos necesarios para llevar a efecto su pesada misión de guía de todo el rebaño humano. Es lo que este atrevido plumilla se ha esforzado por hacer en este y en todos los artículos que lo preceden. Ante todo, y por encima de todo, están los seres humanos, ovejas sin pastor en el erial de mundo en que hoy vivimos. ¡Ojalá que el grito desgarrador de tan osada hormiga provoque algún eco!

Ramón Hernández Martín

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Carmen Bernabé: Miriam de Magdala: Testigo y Discípula…

lunes, 27 de mayo de 2019
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mary-magdalene-6e5a131d0dc85e1439fe556313b910251421f22f-s6-c30¿Cómo se ha conservado la memoria de María Magdalena?

-Los cuatro evangelios canónicos son muy parcos en datos. Son textos que no narran todo lo sucedido, sino lo que se considera necesario para la fe de las comunidades. Recogen tradiciones recibidas y las aplican a los nuevos momentos en que se escriben. Los escritos están redactados desde el punto de vista de los varones y, así, las mujeres resultan invisibles o solo aparecen en situaciones muy significativas e importantes. Por eso, lo que los evangelios cuentan sobre María la de Magdala es poco, pero muy importante.

¿Dónde hablan los evangelios de Magdalena?

-Magdalena aparece en los capítulos finales de los cuatro evangelios, en los relatos de la pasión, que son muy antiguos, y los de la resurrección. Aparte de eso solo se le cita en el capítulo 8, 3 del evangelio de Lucas, donde aparece, con los doce y otras mujeres, acompañando a Jesús que va caminando de pueblo en pueblo y anunciando la buena noticia.

¿Qué se dice de ella?

-Varias cosas fundamentales: que fue discípula ya desde el comienzo de la misión de Jesús en Galilea. Que fue testigo de su muerte y sepultura. Que fue receptora de una aparición del Resucitado y enviada a anunciar su nueva forma de vivir. Y que fue preeminente entre las mujeres discípulas.

Todo eso, ¿qué significados encierra?

-Las cosas que se dicen de los discípulos le afectan a ella. Hay dos verbos que resumen la actitud del discípulo: seguir a Jesús, y servir. Compartió con Jesús y los demás discípulos su carisma y todos los estigmas, los sambenitos que se atribuían al grupo contracultural de Jesús, entre ellos, ser borrachines y comer mucho. Por ser discípula desde el comienzo, vuelve los ojos hacia el principio de la pretensión de Jesús, revisa todo lo que escuchó y aprendió de él. Las mujeres, en aquella sociedad y tiempo, no podían testificar ante los tribunales, pero Magdalena fue testigo ante la comunidad de la muerte de Jesús y de la suerte que corrió su cuerpo bajado de la cruz. Ser receptora de una aparición del Resucitado le otorgaba autoridad. Así, María Magdalena tiene relevancia comunitaria y preeminencia en el grupo de mujeres, y aparece encabezando casi todas las listas en que se menciona a mujeres. Magdalena fue apóstol, enviada a anunciar que Jesús había vencido a la muerte y que había que continuar con su causa. Rábano Mauro, obispo del siglo IX llamó a Magdalena “apóstol de los apóstoles” porque ella recibió la primera aparición del Resucitado y fue enviada a anunciar la noticia a Pedro y los discípulos.

¿Dónde fue enterrado Jesús? ¿Por qué aparecen tanto Magdalena y las otras mujeres cerca de su tumba?

-Hay discusión entre varios exégetas sobre lo que pasó con el cadáver de Jesús. Crossan asegura que no fue enterrado; su cuerpo, de persona ajusticiada fuera de la ciudad, fue comido por los perros y sus huesos arrojados a una fosa común. Hay quien afirma, basándose en las referencias a Nicodemo y José de Arimatea, que el Sanedrín disponía de un sepulcro donde depositar cadáveres de ajusticiados para evitar la contaminación legal. Pero hay en los cuatro evangelios una tradición unánime, la de la visita temprana de las mujeres al lugar donde pusieron a Jesús. Es un relato que quiere plasmar de forma plástica la fe de las comunidades. La forma de ese relato deriva de la costumbre, antigua y actual, de hacer duelos y de que, sobre todos las mujeres, hablen con sus seres queridos difuntos. El Evangelio apócrifo de Pedro, del siglo II, comenta que “iban a hacer lo que las mujeres hacen”, es decir, llorar, recordar, hacer duelo y consolarse. El tema del duelo llegó a ser peligroso en la antigüedad y había leyes que lo regulaban. En ese clima del relato los ángeles convencen a las mujeres de que no hay que hacer duelo por Jesús. Ellas, en su actividad de duelo, hacen la experiencia de que Jesús no está muerto. Y asumen un papel fundamental: van a contarlo. Así se expresa la fe de la comunidad, la experiencia de que Jesús no estaba preso de la muerte.

¿Qué sucedió con la memoria sobre Magdalena después del Siglo II?

-Los evangelios apócrifos y otros escritos posteriores no dicen mucho acerca de personajes históricos. Más bien reflejan las actitudes y búsquedas de los distintos grupos que formaron el cristianismo primitivo. Suceden procesos de simbolización. Y, conforme avanza la presencia pública y la institucionalización de las comunidades, dentro de ellas se alude, y hasta se enfrenta, a la autoridad de Pedro y Magdalena en rivalidad, para resolver conflictos, a favor de hombres y mujeres.

¿Hay algunos textos más expresivos de todo eso?

-Pronto se discute la autoridad de la mujer para predicar y decir su palabra en las asambleas, usando términos de la filosofía, estoica, neoplatónica o gnóstica. En el temprano Evangelio de Felipe aparece, de modo simbólico, Jesús dando un beso en la boca a Magdalena, no con motivación erótica, sino como forma de comunicarle su espíritu y, con ello, autoridad para hablar y enseñar. En el siglo II, el llamado Evangelio de María recoge diálogos de discípulos, entre ellos Magdalena, con el Resucitado; María les transmite las palabras del Señor, pero Pedro pregunta: “¿Cómo ha podido decir el Señor a las mujeres lo que no nos ha dicho a nosotros?” y Magdalena llora, mientras Leví defiende su autoridad. Y en el mismo siglo II, en los Hechos de Pablo y Tecla, Tecla, fundada en la autoridad que ha recibido de Pablo, se bautiza y se enseña a sí misma. En el libro Pistis Sofía del siglo III, se hacen a Jesús unas 70 preguntas, la mayor parte de las veces por mujeres; hasta que un hombre dice: “Señor, diles a las mujeres que se callen, para que podamos hablar nosotros”, y Jesús defiende el derecho de la mujer a interpelar y enseñar. En el fondo de todos estos textos se puede ver la definición de los papeles de género en aquellos momentos formativos del cristianismo.

¿Cuándo empieza la sustitución de la figura de Magdalena por otras?

-Fue algo progresivo, a partir del siglo IV. Primero se sustituyó la figura de Magdalena por la de María de Nazaret. Y pronto se mezcló a todas las figuras femeninas del Nuevo Testamento, en un plural indiscriminado: todas se llamaban María. La poca creatividad respecto a los nombres femeninos no sucedió solo en el ámbito judío, donde María o Miriam era el nombre más común, sino también entre los romanos, que no discurrían mucho para poner nombres distintos de mujer, sino más bien apodos para distinguirlas.

¿Con que otras mujeres se ha confundido a María la de Magdala?

-Se identificó a María Magdalena con María de Betania, y luego a ésta con la mujer que ungió a Jesús con un perfume y de la que Lucas dice que era una pecadora. En el siglo VII, Gregorio Magno identificó Magdalena con la pecadora arrepentida de Lucas. La Leyenda Aurea de Jacobo de Vorágine, en el siglo XIII presenta a Magdalena llegando a Francia y poniéndose a predicar, pero muy pronto la sitúa retirada en una cueva para hacer penitencia. Eso dio mucho de sí en la predicación, y en las artes plásticas, durante siglos. Luego, mucha de la literatura reciente, sin ninguna base, ha hecho que la Magdalena pase de prostituta a ser la “Señora de”. No creo que sea un gran problema el que Jesús hubiera estado casado; hay argumentos a favor y en contra. Pero a los evangelios no les importa esa faceta, ni dicen nada de ello. Solo de pasada sabemos que Pedro estuvo casado.

¿Qué efectos tuvo la confusión de personajes?

-Se pervirtió y domesticó su memoria y con ello la legitimación que suponía para la igualdad y autoridad de la mujer en la iglesia. Pero hay que decir que las Iglesias Orientales jamás cambiaron la imagen original de Miriam de Magdala. En Occidente hubo que esperar al Concilio Vaticano II. En la fiesta de la Magdalena, que se celebra el 22 de julio, los textos bíblicos, antífonas y oraciones de la liturgia nos han devuelto esa imagen de discípula y testigo de Jesús, una mujer con autoridad en la iglesia.

El evangelio de Lucas dice que “acompañaban a Jesús mujeres curadas de malos espíritus y enfermedades”, entre ellas “María la llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios”. ¿Pudo el Maestro haber sanado o curado a Magdalena?

-Las que seguían a Jesús no fueron mujeres al uso. Lo que es seguro es que encontrarle a él transformó su vida, más si el origen de esa relación se debió a situaciones de dificultad. Pero la Antropología Cultural permite hoy explicar eso de “los demonios”. Estar poseída pudo ser una forma inconsciente de protestar contra situaciones de ahogo, injusticia o falta de libertad. Aquellas mujeres expresaban con gestos su sufrimiento, hasta tal punto que Celso, el historiador romano, les llama “histéricas”. Jesús y su movimiento les ofrecen otro horizonte de autocomprensión.

¿Dónde estaba y cómo era la ciudad de Magdala?

-Magdala era una ciudad a orillas del lago Genesaret, el mar de Galilea. Se han hecho en ella importantes hallazgos arqueológicos de época, asmonea y herodiana. Siempre se ha creído que Flavio Josefo exageró al decir que tenía 40.000 habitantes, pero hoy se piensa que no lo hacía. Fue una ciudad grande, un cruce de rutas comerciales y de cultura. Se han excavado calles y plazas, el puerto lacustre, baños y letrinas públicas y una sinagoga. En parte de ese lugar los Legionarios de Cristo ha construido una iglesia dedicada a la memoria de María Magdalena. Han levantado ocho columnas que llevan el nombre de mujeres del evangelio y una, sin nombre, está dedicada a todas las mujeres “que lo son de sus familias y que trasmiten la fe”. Pero estas columnas están en el atrio, fuera de la Iglesia. Dentro de ella, las columnas llevan el nombre de los doce apóstoles. La memoria de Magdalena que se recupera es la de la mujer cuidadora, sufridora, liberada de los demonios representados como la serpiente del Génesis, y se propone como modelo para la “joven mujer católica”, vista como sostén de su familia. Ha desaparecido la memoria de la discípula, testigo, receptora de una aparición del Resucitado y apóstol.

¿Hay que tener cuidado, pues, con la memoria histórica?

-Desde luego, recuperar la memoria no es algo inocente. ¿Qué memoria? ¿Con qué finalidad? La memoria de Magdalena se ha utilizado tanto para reivindicar la igualdad de la mujer en la Iglesia como para procurar su sometimiento. Yo conozco algo muy distinto en Cali, Colombia. El grupo María Magdalena de la Casa Cultural Tejiendo sororidades, un colectivo de mujeres que ayuda a otras mujeres a empoderarse y ganar autoridad. Hay que ver cómo manejan la Biblia.

¿Va a cambiar el papel de la mujer en la Iglesia?

-Si Francisco consigue cambiar algunas cosas, algo ayudará. Pero su antropología no me parece muy distinta de la de los papas anteriores. Me preocupa que siga hablando de “la complementariedad”. Lo que hace falta es que se nos permita ser adultas y participar en la toma de decisiones, porque ahora las mujeres no estamos representadas en la Iglesia. Karl Rahner, el reconocido teólogo, dijo: “No encuentro en las Escrituras ningún reparo para la ordenación de mujeres”. Eso es cultural y coyuntural. Pero, en la ordenación, el poder de consagrar conlleva el poder de gobernar y de decidir sobre la vida de las comunidades. Hay que ir más allá: la reforma de estructuras administrativas requiere también la reforma del ministerio presbiteral.

 Carmen Bernabé Ubieta

Fuente (Entrevista de Javier Pagola / DEIA – BILBAO)

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Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde… el Defensor, el Espíritu Santo… será quien os lo enseñe todo

domingo, 26 de mayo de 2019
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A nosotros van dirigidas estas palabras… Jesús nos envía un defensor que nos irá enseñando todo recordando lo que Él nos ha enseñado…

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“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse.

Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.

Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el temor.

Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas.

Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos.

Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor.

Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor.

Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible.

¡Es la Paz!”

*

Atenágoras I (1886-1972), patriarca de Constantinopla,

*

(en: OLIVIER CLÉMENT, Dialogues avec le Patriarche Athénagoras I, Éd. Fayard, Paris 1969, p.183. Traducido y ofrecido por Xavier Melloni, en Cetr.)

***

El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: “Me voy y vuelvo a vuestro lado.” Si me amárais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.”

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Juan 14, 23-29

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Sin el Espíritu Santo, es decir, si el Espíritu Santo no nos plasma interiormente y si nosotros no recurrimos a él de manera habitual, prácticamente, puede ocurrir que caminemos al paso de Jesucristo, pero no con su corazón. El Espíritu nos hace conformes en lo íntimo al Evangelio de Jesucristo y nos hace capaces de anunciarlo al exterior (con la vida). El viento del Señor, el Espíritu Santo, pasa sobre nosotros y debe imprimir a nuestros actos cierto dinamismo que le es propio, un estímulo al que nuestra voluntad no permanece extraña, sino que la trasciende. Dios nos dará el Espíritu Santo en la medida en que acojamos la Palabra allí donde la oigamos.

Debería haber en nosotros una sola realidad, una sola verdad, un Espíritu omnipotente que se apoderara de toda nuestra vida, para obrar en ella, según las circunstancias, como espíritu de caridad, espíritu de paciencia, espíritu de mansedumbre, aunque es el único Espíritu, el Espíritu de Dios. Todos nuestros actos deberían ser la continuación de una misma encarnación. Sería preciso que entregáramos todas nuestras acciones al Espíritu que hay en nosotros, de tal modo que se pueda reconocer su rostro en cada una de ellas.

El Espíritu no pide más que esto. No ha venido a nosotros para descansar; es infatigable, insaciable en el obrar; sólo una cosa se lo puede impedir: el hecho de que nosotros, con nuestra mala voluntad, no se lo permitamos, o bien no le otorguemos la suficiente confianza y no estemos convencidos hasta el fondo de que él tiene una sola cosa que hacer: obrar. Si le dejáramos hacer, el Espíritu se mostraría absolutamente incansable y se serviría de todo. Basta con nada para apagar un fuego diminuto, mientras que un fuego inflamador lo consume todo. Si fuéramos gente de fe, podríamos confiarle al Espíritu todas las acciones de nuestra ¡ornada, sean cuales sean, y las transformaría en vida-

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Madeleine Delbrél,
Indivisibile amore. Frammenti di lettere,
Cásale Monferrato 1994, pp. 43-45, passim

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“Últimos deseos de Jesús”. 6 Pascua – C (Juan 14,23-29)

domingo, 26 de mayo de 2019
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06-PASC-CJesús se está despidiendo de sus últimos discípulos. Los ve tristes y acobardados. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿A quién acudirán? ¿Quién los defenderá? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

Que no se pierda mi mensaje. Es el primer deseo de Jesús. Que no se olvide su Buena Noticia de Dios. Que sus seguidores mantengan siempre vivo el recuerdo del proyecto humanizador del Padre: ese «reino de Dios» del que les ha hablado tanto. Si lo aman, estos es lo primero que han de cuidar. «El que me ama, se mantendrá fiel a mis palabras… el que no me ama no las guardará».

Después de veinte siglos, ¿qué hemos hecho del Evangelio de Jesús? ¿Lo guardamos fielmente o lo estamos manipulando desde nuestros propios intereses? ¿Lo acogemos en nuestro corazón o lo vamos olvidando? ¿Lo presentamos con autenticidad o lo ocultamos con nuestras doctrinas?

El Padre os enviará en mi nombre un Defensor. Es el segundo deseo de Jesús. No quiere que se queden huérfanos. No sentirán su ausencia. El Padre les enviará el Espíritu Santo que los defenderá del riesgo de desviarse de él. Este Espíritu que han captado en él, enviándolo hacia los pobres, los impulsará también a ellos en la misma dirección.

El Espíritu les «enseñará» a comprender mejor todo lo que les ha enseñado. Les ayudará a profundizar cada vez más su Buena Noticia. Les «recordará» lo que le han escuchado. Los educará en su estilo de vida.

Después de veinte siglos, ¿Qué espíritu reina entre los cristianos? ¿Nos dejamos guiar por el Espíritu de Jesús? ¿Sabemos actualizar su Buena Noticia? ¿Vivimos atentos a los que sufren? ¿Hacia dónde nos impulsa hoy su aliento renovador?

Os doy mi paz. Es el tercer deseo de Jesús. Quiere que vivan con la misma paz que han podido ver en él, fruto de su unión íntima con el Padre. Les regala su paz. No es como la que les puede ofrecer el mundo. Es diferente. Nacerá en su corazón si acogen el Espíritu de Jesús.

Esa es la paz que han de contagiar siempre que lleguen a un lugar. Lo primero que difundirán al anunciar el reino de Dios para abrir caminos a un mundo más sano y justo. Nunca han de perder esa paz. Jesús insiste: «No os inquietéis ni tengáis miedo».

Después de veinte siglos, ¿Por qué nos paraliza el miedo al futuro? ¿Por qué tanto recelo ante la sociedad moderna? Hay mucha gente que tiene hambre de Jesús. El papa Francisco es un regalo de Dios. Todo nos está invitando a caminar hacia una Iglesia más fiel a Jesús y a su Evangelio.

José Antonio Pagola

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“El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho”. Domingo 26 de mayo de 2019. 6º Domingo de Pascua

domingo, 26 de mayo de 2019
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31-pascuaC6 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 15, 1-2. 22-29: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables.
Salmo responsorial: 66:  Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Apocalipsis 21, 10-14. 22-23: Me enseñó la ciudad santa, que bajaba del cielo.
Juan 14, 23-29: El Espíritu Santo os irá recordando todo lo que os he dicho.

El libro de los Hechos nos presenta la controversia de los apóstoles con algunas personas del pueblo que decían que los no circuncidados no podían entrar en el reino de Dios. Los apóstoles descartaban el planteamiento judío de la circuncisión. Ésta se realizaba a los ocho días del nacimiento al niño varón, a quien sólo así se le aseguraban todas las bendiciones prometidas por ser un miembro en potencia del pueblo elegido y por participar de la Alianza con Dios. Todo varón no circuncidado según esta tradición debía ser expulsado del pueblo, de la tierra judía, por no haber sido fiel a la promesa de Dios (cf. Gn 17,9-12). El acto ritual de la circuncisión estaba cargado -y aún lo está- de significado cultural y religioso para el pueblo judío. Estaba ligado también al peso histórico-cultural de exclusión de las mujeres, las cuales no participaban de rito alguno para iniciarse en la vida del pueblo: a ellas no se les concebía como ciudadanas.

Es bien importante este episodio dentro de la elaboración literaria que Lucas hace del nacimiento de la primitiva Iglesia. Ésta fue capaz de intuir genialmente que aquel rito de la circuncisión discriminaba inevitablemente entre hombres y mujeres, y entre judíos y paganos. Los dirigentes principales de la Iglesia central (por así decir) ratificaron la intuición que los misioneros de vanguardia pusieron en marcha al evangelizar en la frontera con el mundo pagano. En aquel contexto cultural diferente, el signo de la circuncisión no sólo no era significativo, sino que implicaba una marginación de la mujer, y una imposición incomprensible para quienes s convertían desde el paganismo. Fue una lección de sentido histórico, de comprensión de la relatividad cultural, y de aceptación de los signos de los tiempos.

No deberíamos reflexionar hoy sobre este tema de un modo meramente arcaizante: «cómo hicieron ellos», sino preguntándonos qué otros signos, elementos, dimensiones… del cristianismo están hoy necesitados de una reformulación o reconversión, en esta la nueva frontera cultural que hoy atravesamos, probablemente mucho más profunda que la que se vivía en aquel momento que los Hechos de los Apóstolos nos relatan. Muchas cosas que hasta ahora significaban, se han vaciado de valor evocativo. En muchos casos, no sólo se han vaciado, sino que se han cargado de sentido contrario. Acabamos haciendo gestos que se quedan en simples ritos sin significado vivo, o repitiendo fórmulas que dicen cosas en las que ya no creemos –o en las que ya no podemos creer–.

Permítasenos evocar la publicación que el movimiento judío conservador de EEUU ha realizado el pasado mes de febrero (http://internacional.elpais.com/internacional/2016/03/02/actualidad/1456932458_958209.html) de una nueva edición del manual de oraciones, Sidur en hebreo, edición que ha puesto todas las oraciones en un lenguaje que no distingue entre hombres y mujeres, entre personas y/o parejas hetero y homosexuales. Hay que recordar que el idioma hebreo –y otros– tiene formas verbales diferentes para el hombre y la mujer. «Yo rezo», por ejemplo, no utiliza la misma palabra igual cuando lo dice un hombre o cuando lo dice una mujer. Lo cual quiere decir que cuando se reza juntos, normalmente la mujer ha tenido que quedar supeditada a rezar con expresiones masculinas. Este nuevo Sidur es un esfuerzo para acomodar símbolos religiosos tan importantes como los de un oracional, a la sensibilidad actual. Lo que en siglos y milenios anteriores parecía intocable, hoy ya no nos lo parece a muchas personas y comunidades; las más intuitivas y clarividentes están reivindicando la necesidad de dar pasos adelante, y deberíamos apoyarles.

También en otros idiomas persisten las diferencias discriminatorias de género, pero no tanto ya por las diferencias de las formas verbales y otras, cuanto por las desactualizaciones en términos culturales y epistemológicos: se trata de conjuntos completos de símbolos que ya no están culturalmente vigentes, fórmulas de fe que dicen cosas hoy realmente no creemos, creencias que ya todos sabemos que son mitos, pero que son repetidas ritualmente con toda seriedad como si de descripciones históricas se tratara, esperando que aparezcan por alguna parte los niños del cuento de Andersen que nos hagan caer en la cuenta a todos de que «el rey está desnudo». Por eso, es de profunda actualidad la lucidez de que hizo gala la Iglesia primitiva en torno a la práctica de la circuncisión.

El Apocalipsis nos presenta también una crítica a la tradición judía excluyente. Juan vio en sus revelaciones la nueva Jerusalén que bajaba del cielo y que era engalanada para su esposo, Cristo resucitado. Esta nueva Jerusalén es la Iglesia, triunfante e inmaculada, que ha sido fiel al Cordero y no se ha dejado llevar por las estructuras que muchas veces generan la muerte. Aquí yace la crítica del cristianismo al judaísmo que se dejó acaparar por el Templo, en el cual los varones, y entre éstos especialmente los cobijados por la Ley, eran los únicos que podían relacionarse con Dios; un Templo que era señal de exclusión hacia los sencillos del pueblo y los no judíos.

La Nueva Jerusalén que Juan describe en su libro no necesita templo, porque Dios mismo estará allí, manifestando su gloria y su poder en medio de los que han lavado sus ropas en la sangre del Cordero. Ya no habrá exclusión -ni puros ni impuros-, porque Dios lo será todo en todos, sin distinción alguna.

En el evangelio de Juan, Jesús, dentro del contexto de la Ultima Cena y del gran discurso de despedida, insiste en el vínculo fundamental que debe prevalecer siempre entre los discípulos y él: el amor. Judas Tadeo ha hecho una pregunta a Jesús: “¿por qué vas a mostrarte a nosotros y no a la gente del mundo”? Obviamente, Jesús, su mensaje, su proyecto del reino, son para el mundo; pero no olvidemos que para Juan la categoría “mundo” es todo aquello que se opone al plan o querer de Dios y, por tanto, rechaza abiertamente a Jesús; luego, el sentido que da Juan a la manifestación de Jesús es una experiencia exclusiva de un reducido número de personas que deben ir adquiriendo una formación tal que lleguen a asimilar a su Maestro y su propuesta, pero con el fin de ser luz para el “mundo”; y el primer medio que garantiza la continuidad de la persona y de la obra de Jesús encarnado en una comunidad al servicio del mundo, es el amor. Amor a Jesús y a su proyecto, porque aquí se habla necesariamente de Jesús y del reino como una realidad inseparable.

Ahora bien, Jesús sabe que no podrá estar por mucho tiempo acompañando a sus discípulos; pero también sabe que hay otra forma no necesariamente física de estar con ellos. Por eso los prepara para que aprendan a experimentarlo no ya como una realidad material, sino en otra dimensión en la cual podrán contar con la fuerza, la luz, el consuelo y la guía necesaria para mantenerse firmes y afrontar el diario caminar en fidelidad. Les promete pues, el Espíritu Santo, el alma y motor de la vida y de su propio proyecto, para que acompañe al discípulo y a la comunidad.

Finalmente, Jesús entrega a sus discípulos el don de la paz: “mi paz les dejo, les doy mi paz” (v. 27); testamento espiritual que el discípulo habrá de buscar y cultivar como un proyecto que permite hacer presente en el mundo la voluntad del Padre manifestada en Jesús. Es que en la Sagrada Escritura y en el proyecto de vida cristiana la paz no se reduce a una mera ausencia de armas y de violencia; la paz involucra a todas las dimensiones de la vida humana y se convierte en un compromiso permanente para los seguidores de Jesús. Leer más…

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26.5.19. Dom 6 Pascua. Amor que explora. El gran deseo de Dios

domingo, 26 de mayo de 2019
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caminando-con-DiosDel blog de Xabier Pikaza:

Vendremos a él pondremos en él nuestra morada

Juan 14, 23-29 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él…

Amor que explora. Jesús, explorador de amor[1]

   Somos exploradores de amor… Hemos salido en búsqueda del gran continente escondido y misterioso del amor… y en el camino estamos.. Pues bien, la sorpresa de este domingo 6 de Pascua es que no vamos solos, pues camina con nosotros Dios, por medio de Jesús, a quien hoy llamo explorador de amor:

  1. Vives en Dios, y en él caminas… y exploras misterios de amor, nuevos continente de vida que te llevan del deseo a la libertad, de la necesidad al don, de la alegría al gozo…
  2. Dios vive en ti… y por ti explora también caminos de amor. Éste es el gran misterio: Dios te necesita para amar, para ser  y hacerse en ti camino de amor.
  3. Tu amor y el de Dios se unen en Jesús… de forma que son en él y por él dos amores y un sólo amor…

Lee el evangelio entero… y sumérgete en el amor de Dios, es decir, en tu propio amor. No tengas miedo, vive y explora el amor, lo que eres, lo que quieres. Después, si aún deseas, puedes volver a mi texto.

Introducción teórica. De la necesidad al deseo.

Tú me ofreciste las bases para escribir este capítulo, siguiendo en la línea del anterior, pues me hiciste ver que los animales tienen deseos fijados por instinto de naturaleza (desean lo que necesitan para vivir), mientras los hombres nacemos en un espacio de amor (de don) que no está fijado (cerrado), de manera que podemos desearlo “todo”, no sólo para responder a las necesidades, sino para vivir humanamente, en el nivel de los deseos personales. Convertir la necesidad “natural” en deseo, y hacer del deseo principio de amor, ésa ha sido la tarea principal de la vida humana, como me decías (y como vengo suponiendo en este libro).

Partiendo de esa apertura, el deseo puede tomar mil formas y caminos. Los animales necesitan sin más, y al saciarse cesan. El hombre nace deseando, de tal forma que su vida se abre como un haz de apetencias insaciables; tiene también necesidades, como el comer, dormir (y en plano de especie aparearse y engendrar); pero ellas pueden volverse fuente de deseos personales, que jamás sacian del todo. En esa línea me decías que el hombre es el animal que convierte sus necesidades en deseos, y los organiza y estructura de un modo personal y social, a través de la cultura. Los animales siguen movidos por la necesidad, y una vez saciada vuelven al equilibrio. El hombre, en cambio, nunca puede saciar sus deseos:

Eres naturaleza y como tal formas parte del proceso del cosmos y la vida. Quieras o no, en ti se refleja y concretiza, se hace carne, tensión y movimiento, acción y reacción, el gran proceso de los seres, esa fuerza que se expresa como luz, enciende las estrellas, se derrama en los abismos y se expande en las raíces del proceso y sementera de la tierra. Sientes la vida, en ti acaece, la percibes como inmenso mar de fuerzas que se extienden, se condensan y vuelven a expandirse. Quizá fuera preciso añadir que, al ser viviente personal, tú eres un centro del latir del cosmos: Una especie de dique donde la vida se remansa por un momento y toma fuerza, para expandirse de nuevo ¿No es maravilloso? ¡Recibes y das vida! La acoges y la expandes, en el mar indefinido de las cosas.

Eres persona.En un momento dado, te sientes dueña y tomas conciencia de tu vida, descubriéndote capaz de ser tú misma. Te conoces, sabes lo que tienes, lo que puedes, sientes tu existencia y te encuentras responsable; quieres con firmeza, proyectas tu existencia sobre el mar de los poderes naturales, te recibes y realizas a ti misma. ¿No es maravilloso? Así adviertes que la vida no es algo que recibes simplemente desde fuera, sino que tú misma la asumes y construyes. No sólo la sientes sino que la con-sientes, de forma que puedes moderarla y dirigirla, dirigiéndote a sí misma, descubriendo que eres «tú», un sujeto, y descubriendo a tu lado otros sujetos, que han hecho que tú seas (eres por su gracia), y así la vida indefinida, que parece carente de sentido, se vuelve camino de vida personal.

 La naturaleza no desea, sino que necesita, y de esa forma se expande, fluye y refluye en un equilibrio de poderes, tal como se expresa en los diversos seres animales, que se mantienen en el plano del instituto, en armonía de acción y reacciones; no conoce individuos, no tiene interioridad, todo en ella parece situarse en un nivel externo. Pero cuando surge el ser humano nace algo distinto: La vida deja de hallarse regulada de un modo inconsciente, y empieza a existir (a conocerse) en unos seres que son libres al amarse. En los estratos inferiores, el proceso de la vida está saciado (está colmado) en lo que es o en lo que tiene, en equilibrio de totalidad. Cuando llega ser humano, esa naturaleza cerrada en sí (como impulso por tener y por gozar), se vuelve inviable. Como pura naturaleza, el hombre no tiene posibilidad de supervivencia. Por eso, a fin de vivir en su nivel, ha de iniciar un camino de libertad, como persona. Eso eres tú, una extraña o, si quieres, una intrusa: Tienes que vivir en libertad y amor, o no puedes (te mueres).

Según eso, para ti, viviente humano, el deseo no es ya un puro destino de fuerzas naturales, que se imponen, sino que ha de encontrarse asumido en tu despliegue personal de amor y libertad. Ciertamente, tienes necesidades (como el hambre) que debes saciar, pero básicamente vives en un nivel de impulsos y deseos que tú misma diriges. Así te construyes a ti misma humanizando esas pulsiones, integrándolas de un modo misterioso en el proyecto de tu vida, que tú misma descubres y trazas, en apertura a los otros. Sólo eres persona haciendo tuyo el impetuoso mar de los impulsos, realizándote por ellos y tendiendo a estructurarlos de forma equili­brada, convirtiendo tu «medio» cósmico-vital en mundo humano.

De esa forma vives entre el impulso de la naturaleza (que sigue estando en el fondo de tu vida) y tu deseo y libertad de amor (que define aquello que tú quieres). No eres puro deseo, ni libertad desnuda, sino unión de ambos aspectos o momentos: Eres naturaleza que se eleva sobre sí misma, y eres persona que tiende a realizarse en libertad de amor, sobre la base de los impulsos naturales. Si los impulsos estuvieran fijados de manera necesaria, clausurándose en su propio círculo, no podrías ser persona; acabarías siendo esclava de tus apetencias, en un campo de pulsiones fijadas de antemano. Sólo el hecho de que esos impulsos y deseos naturales no se encuentren fijados de antemano permiten que seas persona, en libertad. Por eso, lo que en un momento determinado nos podía parecer imperfección (la apertura indefinida del deseo) se convierte en fundamento de la mayor perfección.

 En esa línea, S. Freud (1856-1939) mostró que el niño es en principio un deseo universal. Pero que luego, a fin de hacerse adulto, debe integrar su deseo en la ley que marcan otros, y de un modo simbólico esencial el padre. Estrictamente hablando, sólo llega a ser persona aquel que emerge del mar de los deseos y los cumple, en lo posible, pero sujetándose también (sujetándolos) a un tipo de “ley” que se expresa lo que se puede llamar el principio de realidad (representado por el Padre). En ese contexto se sitúa el “pecado original” de la Biblia, que consistiría en no aceptar ninguna ley, en quererlo todo, queriendo hacernos dioses (dueños del bien y del mal, portadores de un conocimiento absoluta). Por eso, la Biblia añade que fue necesaria una “ley”, para trazar los límites del hombre. En ese lugar de “desajuste”, entre el deseo de tenerlo todo (¡seréis como dioses!) y la necesidad de sujetarse a lo que existe de hecho a través de la Ley (a las normas reales de la vida) nos sitúa la Biblia (cf. Gen 2-3), según S. Freud. Leer más…

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Del interior del templo al interior del ser humano. Domingo 6º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 26 de mayo de 2019
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templo-salomon-16Grupo de personas2Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 «Vendremos a él y haremos morada en él»

Igual que el domingo anterior, la primera lectura (Hechos) habla de la iglesia primitiva; la segunda (Apocalipsis) de la iglesia futura; el evangelio (Juan) de nuestra situación presente, como morada de Dios.

1ª lectura: la iglesia pasada (Hechos de los Apóstoles 15, 1-2. 22-29)

Uno de los motivos del éxito de la misión de Pablo y Bernabé entre los paganos fue el de no obligarlos a circuncidarse. Esta conducta, compartida por la comunidad cristiana de Antioquía de Siria, no sólo provocó la indignación de los judíos sino también de un grupo cristiano de Jerusalén educado en el judaísmo más estricto. Para ellos, renunciar a la circuncisión equivalía a oponerse a la voluntad de Dios, que se la había ordenado a Abrahán. Algo tan grave como si entre nosotros dijese alguno ahora que no es preciso el bautismo para salvarse.

            Como ese grupo de Jerusalén se consideraba “la reserva espiritual de oriente”, al enterarse de lo que ocurre en Antioquía manda unos cuantos a convencerlos de que, si no se circuncidan, no pueden salvarse. Para Pablo y Bernabé esta afirmación es una blasfemia: si lo que nos salva es la circuncisión, Jesús fue un estúpido al morir por nosotros.

            En el fondo, lo que está en juego no es la circuncisión sino otro tema: ¿nos salvamos nosotros a nosotros mismos cumpliendo las normas y leyes religiosas, o nos salva Jesús con su vida y muerte? Cuando uno piensa en tantos grupos eclesiales de hoy que insisten en la observancia de la ley, se comprende que entonces, como ahora, saltasen chispas en la discusión. Hasta que se decide acudir a los apóstoles de Jerusalén.

            Tiene entonces lugar lo que se conoce como el “concilio de Jerusalén”, que es el tema de la primera lectura de hoy. Para no alargarla, se ha suprimido una parte esencial: los discursos de Pablo y Santiago (versículos 3-21).

            En la versión que ofrece Lucas en el libro de los Hechos, el concilio llega a un pacto que contente a todos: en el tema capital de la circuncisión, se da la razón a Pablo y Bernabé, no hay que obligar a los paganos a circuncidarse; al grupo integrista se lo contenta diciendo a los paganos que observen cuatro normal muy importantes para los judíos: abstenerse de comer carne sacrificada a los ídolos, de comer sangre, de animales estrangulados y de la fornicación.

            Esta versión del libro de los Hechos difiere en algunos puntos de la que ofrece Pablo en su carta a los Gálatas. Coinciden en lo esencial: no hay que obligar a los paganos a circuncidarse. Pero Pablo no dice nada de las cuatro normas finales.

            El tema es de enorme actualidad, y la iglesia primitiva da un ejemplo espléndido al debatir una cuestión muy espinosa y dar una respuesta revolucionaria. Hoy día, cuestiones mucho menos importantes ni siquiera pueden insinuarse. Pero no nos limitemos a quejarnos. Pidámosle a Dios que nos ayude a cambiar.

 En aquellos días, unos que bajaron de Judea se pusieron a enseñar a los hermanos que, si no se circuncidaban conforme a la tradición de Moisés, no podían salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé y algunos más subieran a Jerusalén a consultar a los apóstoles y presbíteros sobre la controversia. 

            Los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron entonces elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas Barrabás y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y les entregaron esta carta:

            Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo. Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido, por unanimidad, elegir algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo. En vista de esto, mandamos a Silas y a Judas, que os referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que os abstengáis de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de la fornicación. Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud.

2ª lectura: la iglesia futura (Lectura del libro del Apocalipsis 21,10-14. 22-23)

            En la misma tónica de la semana pasada, con vistas a consolar y animar a los cristianos perseguidos, habla el autor de la Jerusalén futura, símbolo de la iglesia.

            El autor se inspira en textos proféticos de varios siglos antes. El año 586 a.C. Jerusalén fue incendiada por los babilonios y la población deportada. Estuvo en una situación miserable durante más de ciento cincuenta años, con las murallas llenas de brechas y casi deshabitada. Pero algunos profetas hablaron de un futuro maravilloso de la ciudad. En el c.54 del libro de Isaías se dice:

            11 ¡Oh afligida, venteada, desconsolada!

            Mira, yo mismo te coloco piedras de azabache, te cimento con zafiros,

           12 te pongo almenas de rubí, y puertas de esmeralda,

            y muralla de piedras preciosas.

            El libro de Zacarías contiene algunas visiones de este profeta tan surrealistas como los cuadros de Dalí. En una de ellas ve a un muchacho dispuesto a medir el perímetro de Jerusalén, pensando en reconstruir sus murallas. Un ángel le ordena que no lo haga, porque Por la multitud de hombres y ganados que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella oráculo del Señor (Zac 2,8-9).

            Podría citar otros textos parecidos. Basándose en ellos dibuja su visión el autor del Apocalipsis. La novedad de su punto de vista es que esa Jerusalén futura, aunque baja del cielo, está totalmente ligada al pasado del pueblo de Israel (las doce puertas llevan los nombres de las doce tribus) y al pasado de la iglesia (los basamentos llevan los nombres de los doce apóstoles).

            Pero hay una diferencia esencial con la antigua Jerusalén: no hay templo, porque su santuario es el mismo Dios, y no necesita sol ni luna, porque la ilumina la gloria de Dios.

El ángel me transportó en éxtasis a un monte altísimo, y me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios, trayendo la gloria de Dios. «Brillaba como una piedra preciosa, como Jaspe traslúcido. 

            Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel. A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al occidente tres puertas. 

            La muralla tenía doce basamentos que llevaban doce nombres: los nombres de los apóstoles del Cordero. 

            Santuario no vi ninguno, porque es su santuario el Señor Dios todopoderoso y el Cordero.

            La ciudad no necesita sol ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero.

3ª lectura: la comunidad presente (Juan 14, 23-29)

            El texto del evangelio de Juan ofrece, en pocas líneas, tres temas:

            1) El cumplimiento de la palabra de Jesús y sus consecuencias.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. 

            Se contraponen dos actitudes: el que me ama ‒ el que no me ama. A la primera sigue una gran promesa: el Padre lo amará. A la segunda, un severo toque de atención: mis palabras no son mías, sino del Padre.

            La primera parte es muy interesante cuando se compara con el libro del Deuteronomio, que insiste en el amor a Dios (“amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu mente, con todo tu ser”) y pone ese amor en el cumplimiento de sus leyes, decretos y mandatos. En el evangelio, Jesús parte del mismo supuesto: “el que me ama guardará mi palabra”. Pero añade algo que no está en el Deuteronomio: “mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.

            El tema de Dios habitando en nosotros se trata con poca frecuencia porque lo hemos relegado al mundo de los místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, etc. Pero el evangelio nos recuerda que se trata de algo que nos afecta a cada uno de nosotros y que no debemos pasar por alto. Pensemos en el influjo enorme que siguen ejerciendo en nosotros personas que han muerto hace años: familiares, amigos, educadores, que siguen “vivos dentro de nosotros”. Una reflexión parecida deberíamos hacer sobre cómo Dios está presente dentro de nosotros e influye de manera decisiva en nuestra vida. Y lo deberíamos ver como una prueba del amor de Dios: “mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos morada en él”.

            Por otra parte, decir que Dios viene a nosotros y habita en nosotros supone un novedad capital con respecto al Antiguo Testamento, donde se advierten diversas posturas sobre el tema. 1) Dios no habita en nosotros, nos visita, como visita a Abrahán. 2) Dios se manifiesta en algún lugar especial, como el Sinaí, pero sin que el pueblo tenga acceso al monte. 3) Dios acompaña a su pueblo, haciéndose presente en el arca de la alianza, tan sagrada que, quien la toca sin tener derecho a ello, muere. 4) Salomón construye el templo para que habite en él la gloria del Señor, aunque reconoce que Dios sigue habitando en “su morada del cielo”. 5) Después del destierro de Babilonia, cuando el profeta Ageo anima a reconstruir el templo de Jerusalén, otro profeta muestra su desacuerdo en nombre del Señor: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies; ¿Qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso?” (Isaías 66,1).

            Cuando Jesús promete que él y el Padre habitarán en quien cumpla su palabra, anuncia un cambio radical: Dios no es ya un ser lejano, que impone miedo y respeto, un Dios grandioso e inaccesible; tampoco viene a nosotros en una visita ocasional. Decide quedarse dentro de nosotros. ¿Qué le ofrecemos? ¿Un hotel de cinco estrellas o un hostal?

            2) La promesa del Espíritu Santo.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. 

            Dentro de poco celebraremos la fiesta de Pentecostés. Es bueno irse preparando para ella pensando en la acción del Espíritu Santo en nuestra vida. Este breve texto se fija en el mensaje: enseña y recuerda lo dicho por Jesús. Dicho de forma sencilla: cada vez que, ante una duda o una dificultad, recordamos lo que Jesús enseñó e intentamos vivir de acuerdo con ello, se está cumpliendo esta promesa de que el Padre enviará el Espíritu. 

            Pero hay algo más: el Espíritu no solo recuerda, sino que aporta ideas nuevas, como añade Jesús en otro pasaje de este mismo discurso: “Me quedan por deciros muchas cosas, pero no podéis con ellas por ahora. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena.” Parece casi herético decir que Jesús no nos transmite la verdad plena. Pero así lo dice él. Y la historia de la Iglesia confirma que los avances y los cambios, imposibles de fundamentar a veces en las palabras de Jesús, se producen por la acción del Espíritu.

            3) La vuelta de Jesús junto al Padre

La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: «Me voy y vuelvo a vuestro lado.» Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»

            Estas palabras anticipan la próxima fiesta de la Ascensión. Para comprenderlas, lo mejor es compararlas con la famosa oda de Fray Luis de León:

            ¿Y dejas, Pastor santo,

            tu grey en este valle hondo, escuro,

            con soledad y llanto;

            y tú, rompiendo el puro

            aire, ¿te vas al inmortal seguro?

            Los antes bienhadados,

            y los agora tristes y afligidos,

            a tus pechos criados,

            de ti desposeídos,

            ¿a dó convertirán ya sus sentidos?

            ¿Qué mirarán los ojos

            que vieron de tu rostro la hermosura,

            que no les sea enojos?

            Quien oyó tu dulzura,

            ¿qué no tendrá por sordo y desventura?

            Aqueste mar turbado,

            ¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto

            al viento fiero, airado?

            Estando tú encubierto,

            ¿qué norte guiará la nave al puerto?

            ¡Ay!, nube, envidiosa

            aun deste breve gozo, ¿qué te aquejas?

            ¿Dó vuelas presurosa?

            ¡Cuán rica tú te alejas!

            ¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!

            Las palabras de Jesús en el evangelio de Juan pretenden que no nos sintamos tristes y afligidos, pobres y ciegos, sino alegres por el triunfo de Jesús. Pero de esto hablaremos otro día.

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VI Domingo de Pascua. 26 de Mayo, 2019

domingo, 26 de mayo de 2019
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6-Do-Pascua

“Quien me ama guardará mi palabra,
y mi Padre lo amará,
y vendremos a él y haremos morada en él.”

(Jn 14, 23-29)

Llevamos ya un largo recorrido de Pascua, nos asomamos a la sexta semana y la cotidianidad de nuestras vidas le ha ido robando brillo al grito jubiloso del Domingo de Resurrección. Quizá por eso hoy el evangelio propuesto para la Eucaristía nos invita a “guardar la palabra”.

Se guardan aquellas cosas que se necesitan o que son queridas. Cuando hacemos limpieza en casa o en nuestra habitación volvemos a guardar cosas aparentemente inútiles de las que no podemos desprendernos. Normalmente cosas que nos hacen recordar, pequeños “sacramentos” (sacramento = realidad visible que evoca algo que no vemos). Y los recuerdos forman parte de nuestro almacén interior, son esos objetos que llenan los cajones de nuestra casa interior.

Hoy Jesús nos pide que guardemos su palabra, que le hagamos un sitio en nuestra casa, nos está diciendo: “Quiero que Tú seas mi casa, la casa de Dios Trinidad.

Enamorarnos

Cuando nos enamoramos no podemos pensar en nada más que en la persona amada, todo lo que vemos, oímos y sentimos lo relacionamos con esa persona. Y casi sin querer no hablamos de otra cosa. Enamorarse es dejarse habitar por otra persona.

Y Jesús al decirnos: “quien me ama guardará mi palabra”, nos está invitando a ENAMORARNOS, a dejarnos habitar por Dios, a vivir en Su Amor.

Nos llama a un compromiso, a dejar que el grito de Pascua ahonde en nosotras, enraíce, pase de la explosión de la alegría al compromiso continuado. Es decir, del enamoramiento primero al amor fiel.

El entusiasmo primero es bueno, ¡y necesario! pero no es suficiente. Seríamos como aquellas semillas que crecieron rápidamente, pero se secaron por falta de raíz (Mc 4, 5-6). Al entusiasmo primero hay que sumarle su buena dosis de compromiso, una pizquita de locura, dos cucharadas colmadas de generosidad y todo el amor que sea necesario. Todo junto, bien amasado, da como resultado el pan del Reino.

Porque si Jesús se hizo pan, nosotras también nos tendremos que dejar comer, partir y repartir. ¿Casa? ¿Pan? ¿Discípula?

Oración

“Trinidad Santa, amásanos con la levadura nueva de tus sueños,
haznos pan tierno que calma el hambre,
hogar cálido que descansa el alma
y discípulas fieles a tu Palabra.”

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no es mi huesped, sino el centro de mi ser

domingo, 26 de mayo de 2019
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07278g-entender-espiritualidadJn 14,23-29

Seguimos en el discurso de despedida. El tema del domingo pasado era el amor manifestado en la entrega a los demás. Terminábamos diciendo que ese amor era la consecuencia de una experiencia interior, relación con lo más profundo de mí mismo, que es Dios. Hoy nos habla el evangelio de lo que significa esa vivencia íntima. La Realidad que soy es mi verdadero ser. El verdadero Dios no es un ser separado, que está en alguna parte de la estratosfera, sino el fundamento de mi ser y de cada uno de los seres del universo.

Este discurso de despedida, que Juan pone en boca de Jesús, nos habla de cómo entendía y practicaba aquella comunidad el seguimiento de Jesús. No se trataba de seguir a un líder que desde fuera les marcaba el camino, sino de descubrir la experiencia más profunda de Jesús, y repetirla en cada uno de los cristianos.

En estos siete versículos podemos descubrir las dificultades que encontraron para expresar la experiencia interior. Por cada afirmación que hemos leído hoy, encontramos en el evangelio otra que dice exactamente lo contrario. Es la prueba de que las expresiones sobre Dios no se pueden entender al pie de la letra. Necesitan interpretación porque los conceptos no son adecuados para expresar las realidades trascendentes. En este orden puede ser verdad una afirmación y la contraria. El dedo y la flecha pueden apuntar los dos a la luna.

En Jn 15,9 dice: Como el Padre me ha amado así os he amado yo, permaneced en mi amor. Aquí dice: “si alguno me ama le amará mi Padre…” ¿Quién ama primero?

Jesús había dicho que iba a prepararles sitio en el hogar del Padre, para después llevarles con él (14.2). Ahora dice que el Padre y él mismo vendrán al interior de cada uno.

Les había advertido: “como me persiguieron a mí, os perseguirán a vosotros (Jn 16,2). Ahora nos dice: “la paz os dejo, mi paz os doy”.

Nos había dicho: yo y el Padre somos uno (10,30). Quien me ve a mí ve a mi Padre (14,9). Ahora nos dice: El Padre es más que yo.

No os dejaré huérfanos, volveré para estar con vosotros (14,18). Y en esta ocasión nos dice que el Padre mandará el Espíritu en su lugar.

Digerir estas aparentes contradicciones es una de las claves para entender la experiencia pascual.

Insisto, una cosa es el lenguaje y otra la realidad que queremos manifestar con él. Dios no tiene que venir de ninguna parte para estar en lo hondo de nuestro ser. Está ahí desde antes de existir nosotros. No existe «alguna parte» donde Dios pueda estar, fuera de mí y del resto de la creación. Dios es lo que hace posible mi existencia. Soy yo el que estoy fundamentado en Él desde el primer instante de ser. El descu­brirlo en mí, el tomar conciencia de esa presencia, es como si viniera. Esta verdad es la fuente de toda religiosidad.

El hecho de que no llegue a mí desde fuera, ni a través de los sentidos, hace imposible toda mediación. Todo intermediario, sea persona o institución, me alejan de Él más que acercarme. En el AT, la presencia de Dios se localizaba en la tienda del encuentro o el templo. La “total presencia” debía ser una característica de los tiempos mesiánicos. Desde Jesús, el lugar de la presencia de Dios es el hombre. Dentro de ti lo tienes que experimentar; pero también descubrirlo dentro de cada uno de los demás. La presencia es interna, pero se manifiesta.

El Espíritu es el garante de esa presencia dinámica: “os irá enseñando todo”. Por cinco veces, en este discurso de despedida, hace Jesús referencia al Espíritu. No se trata de la tercera persona de la Trinidad, sino de la divinidad como fuerza (ruaj). “Santo” significa separado; pero no separado de Dios, sino separado de las actitudes del mundo. Si esa Fuerza de Dios no nos separa del mundo (opresión), no podremos comprender el amor.

«Os conviene que yo me vaya, porque si no, el Espíritu no vendrá a vosotros.» Ni el mismo Jesús con sus palabras y acciones fue capaz de llevar a los apóstoles hasta la experiencia de Dios, que les ayudaría a descubrir al mismo Jesús. Mientras estaba con ellos, estaban apegados a su físico, a sus palabras, a sus manifestaciones humanas. Todo muy bonito, pero que les impedía descubrir la verdadera identidad de Jesús. Al no ver a Dios en Jesús, tampoco descubrieron la realidad de Dios dentro de ellos. Cuando desapare­ció, se vieron obligados a buscar dentro de ellos, y allí encontraron lo que no podían descubrir fuera.

El Espíritu no añadirá nada nuevo. Solo aclarará lo que Jesús ya enseñó. Las enseñanzas de Jesús y las del Espíritu son las mismas, solo hay una diferencia. Con Jesús, la Verdad viene a ellos de fuera. El Espíritu las suscita dentro de cada uno como vivencia irrefutable. Esto explica tantas conclusiones equivocadas de los discípulos durante la vida de Jesús. Las palabras (aunque sean las de Jesús) y los razonamientos no pueden llevar a la comprensión. El Espíritu les llevará a experimentar dentro de ellos la misma realidad que Jesús quería explicar. Entonces no necesitarán argumentos, sino que lo verán claramente.

“Paz” era el saludo ordinario entre los semitas. No solo al despedirse, sino al encontrarse. Ya el “shalom” judío era mucho más rico que nuestro concepto de paz, pero es que el evangelio de Jn hace hincapié en un “plus” de significado sobre el ya rico significado judío. La paz de la que habla Jesús tiene su origen en el interior de cada uno. Es la armonía total, no solo dentro de cada persona, sino con los demás y con la creación entera. Sería el fruto primero de unas relaciones auténticas en todas direcciones. Sería la consecuencia del amor que es Dios en nosotros, descubierto y vivido. La paz no se puede buscar directamente. Es fruto del amor.

Deben alegrarse de que se vaya, porque ir al Padre, aunque sea a través de la muerte, no es ninguna tragedia. Será la manifestación suprema de amor, será la verdadera victoria sobre el mundo y la muerte. El Padre es mayor que él porque es el origen. Todo lo que posee Jesús procede de Él. No habla la 2ª persona de la Trinidad; sería una herejía. Para el evangelista, Jesús es un ser humano a pesar de su preexistencia: “Tomó la condición de esclavo, pasó por uno de tantos…” Dios se manifiesta en lo humano, pero Dios no es lo que se ve en Jesús.

Dios se revela y se vela en la humanidad de Jesús. La presencia de Dios en él no es demostrable. Está en el hombre sin añadir nada, Dios es siempre un Dios escondido. «Toda religión que no afirme que Dios está oculto no es verdadera» (Pascal). El sufí lo dejó bien claro: Calle mi labio carnal, / habla en mi interior la calma / voz sonora de mi alma / que es el alma de otra alma / eterna y universal. / ¿Dónde tu rostro reposa / alma que a mi alma das vida? / Nacen sin cesar las cosas, / mil y mil veces ansiosas /de ver tu faz escondida.

En la Biblia existe una tensión entre la trascendencia y la inmanencia de Dios. El hombre no puede ver a Dios sin morir. No puede ser represen­tado por ninguna imagen. No puede ser nombrado. Pero a la vez, se presenta como compasivo, como pastor de su pueblo, como esposo, como madre que no puede olvidarse del fruto de su vientre. En el NT, se acentúa el intento de acercar a Dios al hombre. Los conceptos de «Mesías», «Siervo», «Hijo de hombre», «Palabra», «Espíri­tu», «Sabiduría», incluso «Padre», son todos ejemplos de ese intento.

Meditación

Jesús descubrió la presencia absoluta de Dios.
Todo lo que vivió y enseñó fue consecuencia de esa experiencia.
Sabía que era la clave para que el hombre alcanzase plenitud.
Sin identificación con lo divino no puede haber verdadera humanidad.
Sin descubrir el tesoro que hay dentro de ti,
nunca estarás dispuesto a prescindir de todo lo demás.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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