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«A Dios lo encontramos, ante todo, en la liberación de los esclavos y en la lucha contra el sufrimiento», por José María Castillo

miércoles, 15 de septiembre de 2021
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bajarcruzpobresDe su blog Teología sin censura:

«Las observancias sagradas, las normas eclesiásticas… nos tranquilizan. Pero también nos engañan»

«En el mundo en que vivimos hoy, sigue habiendo mucho sufrimiento y muchas esclavitudes. Si los cristianos no anteponemos esa brutal y espantosa realidad a todo lo demás, la pura verdad es que no nos relacionamos con Dios, sino con las “representaciones de Dios” que nosotros nos hacemos, para tener paz, para darle sentido a la vida»

Decir “yo soy” es, como bien sabemos, no decir nada. Porque “yo soy” es una oración gramatical con sujeto y verbo, pero sin predicado. Si oímos esas palabras en boca de alguien, inevitablemente nos viene la pregunta: “tú eres: “¿qué?”, “¿quién?”. Y si el otro no responde, lo que nos viene a la mente es pensar: “éste no está bien de la cabeza”. Todo esto es lógico e inevitable.

Pues bien, lo “lógico” y lo “inevitable”, según afirma la Biblia, fue pronunciado nada menos que por Dios. Sí, por Dios mismo. Así lo afirma el capítulo tercero del libro del Éxodo, cuando el Señor se apareció a Moisés en el desierto de Egipto (3, 1-15). Por supuesto, yo no voy a discutir aquí si este relato bíblico es histórico o pertenece a otro género literario. Lo que me interesa y me importa es lo que me dice Dios en este episodio bíblico. Y lo que allí sucedió es que Moisés vio, en el desierto, una zarza ardiendo en un fuego que no se extinguía. Y del fuego salió una voz, que le dijo a Moisés: “Yo soy el Dios de tus padres…” (3, 6). Y añadió el mismo Dios: “He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus quejas contra los opresores, conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo… a sacarlo de esta tierra…” (3, 7-8). Entonces fue cuando Dios le pidió a Moisés que fuera al Faraón y le dijera que, por mandato de Dios, sacaba al pueblo de aquella esclavitud. Y cuando Moisés le preguntó a Dios cómo se llamaba o cuál era su nombre, “Dios dijo a Moisés: Yo soy el que soy,… Yo soy me envía a vosotros” (3, 14-15).

 ¿Qué nos viene a decir esto a nosotros hoy, ahora? Nos viene a decir que a Dios lo conocemos y lo encontramos, no en una definición teórica o en una fórmula especulativa. Ni siquiera en una sola y escueta definición dogmática. A Dios lo encontramos, ante todo, en la liberación de los esclavos y en la lucha contra el sufrimiento. Si esto no se pone y se antepone a todo lo demás, no es posible conocer a Dios o encontrar a Dios.

Jesús antepuso la lucha contra el sufrimiento de los pobres

Por eso, sin duda alguna, según el Evangelio de Juan, el Señor Jesús se apropió este extraño título: “yo soy” (Jn 4, 26; 6, 20; 8, 24. 28). Y por eso mismo, los dirigentes del Templo quisieron matarle. Porque se proclamaba Dios.  Jesús antepuso la lucha contra el sufrimiento de los pobres, enfermos y esclavos. Esto fue lo primero para el Señor.

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Niños esclavos en Benin

En el mundo en que vivimos hoy, sigue habiendo mucho sufrimiento y muchas esclavitudes. Si los cristianos no anteponemos esa brutal y espantosa realidad a todo lo demás, la pura verdad es que no nos relacionamos con Dios, sino con las “representaciones de Dios” que nosotros nos hacemos, para tener paz, para darle sentido a la vida, para justificar lo mucho que vale nuestra religión, para ver la muerte con esperanza, incluso para ganar dinero, tener fama… ¿qué sé yo?

No nos engañemos, ¡por favor! Porque la pura verdad es que la religión, las observancias sagradas, las normas eclesiásticas…, todo eso, nos tranquiliza. Pero también nos engaña. Como se ha dicho acertadamente, “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no es de fiar” (Thomas Ruster). Lo vemos todos los días. La religiosidad tranquiliza nuestras conciencias. Por eso no me cansaré de repetir que solamente la BONDAD es digna de fe. Porque en la bondad, que se traduce en liberación del sufrimiento, ahí es donde podemos empezar a conocer a Dios, lo que es Dios y lo que quiere Dios. Y lo que necesitamos de Dios para ser buenas personas de verdad.

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Asombro y desconcierto.

lunes, 13 de septiembre de 2021
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jesus

No.
No estamos acostumbrados,
en estos tiempos que corren,
a un lenguaje tan directo,
tan claro y duro,
tan sorprendente y escandaloso,
tan incorrecto
política, social y culturalmente,
tan poco evangélico según los cánones prescritos…
¡y nos crea desconcierto!

No.
No estamos acostumbrados
a oír tu voz apasionada,
herida en lo más íntimo
cuando intentamos desviarte del camino
de tu propia identidad,
ésa que te hace ser Hijo,
y Mesías para tus hermanos…
¡y nos sobresalta
e intentamos dejarla en el olvido!

No.
No estamos acostumbrados.
Y aunque intentemos pasar de largo,
su eco resuena dentro y fuera,
como el viento llevándose
nuestras ambiguas construcciones,
palabras y declaraciones…
¡pues la fe que tú pides
es otra muy diferente:
fe sin justificaciones!

No.
No estamos acostumbrados
a decir con la cabeza y el corazón,
solamente, sí, no,
a llamar al pan, pan y al vino, vino,
sin ambiguas mezclas
que defienden el «todo vale»
porque no hay que herir voluntades
ni libertades de nadie…
¡y así nos va, aunque nos cueste reconocerlo!

No.
No estamos acostumbrados
a escuchar el eco de tu voz,
ésa que dirigiste a Pedro
y escuchó el resto de los discípulos
con asombro y desconcierto:
«¡Apártate de mí, Satanás!;
tú no ves las cosas como las ve Dios»
¡Y sin embargo, eso fue lo que salvó a Pedro
y os hizo más amigos!

No.
No estamos acostumbrados…
¡y así nos va!

*

Florentino Ulibarri

***

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Juan Bosco Monroy Campero: La fe de las mujeres transgresoras.

lunes, 13 de septiembre de 2021
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mujeres-1080x627«Oye, ¿y las mujeres?… ¡Ahí están y tienen mucho que decir!»  

Es necesario recuperar la situación de las mujeres en el contexto de Jesús; la presencia de las mujeres en el movimiento de Jesús y la actitud de Jesús hacia ellas

Los textos, como nos los han contado, han estado sometidos a producciones y lecturas masculinas y patriarcales. Un paso enorme consiste en comenzar a hacerse la pregunta: “Oye, ¿y las mujeres?”

Seis sesiones diseñadas para encuentros o reuniones de comunidades, en la dinámica de la lectura pastoral de la biblia, con una metodología popular

“La fe, la hemos recibido, ha sido un regalo que nos ha llegado en muchos casos de las manos de nuestras madres, de nuestras abuelas. Ellas han sido, la memoria viva de Jesucristo en el seno de nuestros hogares” (Carta del santo padre Francisco al cardenal Marc Ouellet, presidente de la pontificia comisión para américa latina).

El texto de esta carta de Francisco, presentándonos a las mujeres, las madres y las abuelas, como transmisoras de la fe y memoria de Jesús, nos invitan a descubrir esta realidad también en los textos bíblicos y especialmente en los relatos evangélicos.

Para esto es necesario recuperar la situación de las mujeres en el contexto de Jesús; la presencia de las mujeres en el movimiento de Jesús y la actitud de Jesús hacia ellas. Ahora, que esto ya está siendo más estudiado, nuestra tarea es terminar de descubrir y construir los significados de esto y sus consecuencias para la vida de tantas mujeres (especialmente) y de tantos varones (también afectados).

Los textos, como nos los han contado, han estado sometidos a producciones y lecturas masculinas y patriarcales. Un paso enorme consiste en comenzar a hacerse la pregunta: “Oye, ¿y las mujeres?”, para comenzar a descubrirlas y encontrarlas presentes donde siempre fueron invisibilizadas y silenciadas. ¡Ahí están y tienen mucho que decir!

Situación de las mujeres

La situación de las mujeres, la descubrimos como una situación de exclusión y opresión sacralizadas.

La pertenencia al pueblo de Israel se determina por la circuncisión; este es el rito de iniciación e incorporación a este pueblo (como el bautismo lo es para el nuevo pueblo de Dios). Sólo los circuncidados pertenecen al pueblo de Dios. ¿Qué pasa con las mujeres? ¡Quedaron fuera! No forman parte del pueblo de Dios… No tienen un pene y no pueden ser circuncidadas… (Algo ha dicho Freud de la ambición del pene en la mujer en nuestras sociedades patriarcales).

Su pertenencia al pueblo se define, entonces, en función del varón al que pertenecen: hija de…, esposa de…, madre de… (todavía hay grupos donde a partir del matrimonio la mujer cambia su apellido y se pone “de” …) sin olvidar que el “de” indica propiedad. La mujer, en sí y por sí misma, no es ni vale; todo su valor y su identidad le viene del varón del que es propiedad. Hay que recordar lo que dice tan feamente el 9° mandamiento en la primera versión del decálogo.

Las consecuencias de esto son muchas y de muchos órdenes: la mujer no puede poseer tierras (es el problema de las viudas sin hijos; de ahí viene la ley del levirato) la mujer no dispone de nada de los bienes de la familia; son del varón; la descendencia es masculina, no femenina (son hijos del zebedeo, no de la zebedea); no participa de la vida pública; incluso el tema del divorcio que se maneja de una manera terriblemente masculina, el texto de Mateo nos lo han leído pésimo, Jesús no va contra el divorcio sino contra la desigualdad dentro del modelo familiar vigente; la mujer no puede tener y tomar iniciativa en ningún campo; su único ámbito es la cocina y la lavandería… y atender al marido, claro…

Cuántos de nuestros roles de género están todavía marcados por esta construcción patriarcal… Por eso les da tanta cólera y reaccionan tan rabiosamente cuando queremos trabajar la perspectiva de género desde la educación para combatir y cambiar esta construcción social que genera tanta desigualdad y sometimiento.

Además, el contacto con la sangre es causa de impureza (por supuesto que no cuando es el sacerdote quien queda bañado en sangre en los sacrificios); la mujer queda impura cada mes por la menstruación. En muchos de nuestros pueblos todavía se habla de la menstruación como “se enfermó”, “está sucia” … y se limitan muchas actividades de la mujer en esos días.

Nunca va a tener un pene para ser circuncidada y hasta los 50 años no va a dejar de menstruar… No importa si es buena o mala, ¡es mujer! La exclusión y la opresión están en su carne para siempre… Por ser mujer…

Una mujer, en los días de su menstruación, impura, se sienta en una silla… ¡la contamina!, la vuelve impura; si un varón se sienta en esa silla, se contamina, se vuelve impuro ¡por culpa de la mujer impura que se atrevió a sentarse ahí! La consecuencia es lógica: ¡Que no se siente! ¡Que se quede parada allá atrás! ¡Mejor afuera! La exclusión religiosa (¡impura!) se vuelve exclusión social (¡allá afuera!).

Esto repercute hasta económicamente en las condiciones de vida, ya que el pecado se paga con sacrificio. Menstruaste = impura = paga; ¿y el próximo mes? ¡Paga!, ¿Y el próximo mes? ¡Paga! y así hasta los 50… Dar a luz es impureza (para la mujer, claro) por el contacto de sangre. ¡Hasta dar vida es pecado!

Esto sucede también con los y las otras excluidos: hay razas puras e impuras, clases sociales puras e impuras, profesiones puras e impuras, lugares puros e impuros, etc. Por eso es fundamental para la comunidad cristiana la experiencia de Pedro en la casa de Cornelio: ¿Quién eres tú para calificar como impuro a nadie? Y, sobre todo, porque Dios no lo ha calificado así. Cuando comenzamos a calificar como puro e impuro es terrible; es lo grave de ciertos grupos.

Jesús no se maneja por puro e impuro sino por justo e injusto; misericordia, ternura, vida posible o vida amenazada…

Lo peor es que esto se hace en nombre de Dios; en nombre de una supuesta “ley de Dios”. En tiempo de Jesús los fariseos y sacerdotes decían que había 673 mandamientos; todo es pecado… Al multiplicar la ley, multiplicamos el pecado y al multiplicar el pecado, multiplicamos el sacrificio. Para Jesús no hay más que 1 mandamiento, y no es amar a Dios sino querernos unos a otros.

Jesús y el modelo patriarcal

La gran “novedad” o “recuperación” que presenta Jesús y que influye definitivamente en su relación con las mujeres, es su experiencia de Dios “Abba”: papi, papito de todos y todas. Para su tiempo es una novedad muy grande y conflictiva; rompe los esquemas vigentes en la sociedad y en la religión. Hay que recordar que la muerte de Jesús tiene causas históricas: Jesús muere condenado a muerte como hereje y como subversivo. Su praxis; lo que hacía y decía fue considerado herético y subversivo por los poderes político y religioso de su tiempo.

Jesús no cree en el dios de la ley (nos da un solo mandamiento: querernos), no cree en el dios de la pureza (se mezcla con la peor gente y es considerado el amigo de los borrachos y las putas), no cree en el dios del templo (sólo fue dos veces y salió peleado las dos veces), no cree en el dios del sacrificio (le importa la misericordia y la justicia); no cree o deja de creer en el dios en el que seguramente fue educado por la sociedad de su tiempo. Teniendo en cuenta lo que dice Lucas: “el niño crecía en sabiduría y entendimiento” (Lc 2,51), Jesús fue viviendo un proceso de ruptura con la fe y el modelo religioso que recibió y vivió en su sociedad.

Sin embargo, y aunque Jesús lleva esta experiencia a una radicalidad total; en realidad es una “recuperación” y no una “novedad”.

En la perspectiva presentada por Lucas, “un día en que todo el pueblo se bautizaba, Jesús también” (LC 3,21).

¡Jesús aparece no como el que inicia sino como el que sigue! Jesús se incorpora, asume, algo que ya está haciendo el pueblo. La iniciativa profética vino de Juan y el pueblo encontró en su propuesta una respuesta a sus propias expectativas, esperanzas y experiencias. Cuando Jesús ve lo que está proponiendo Juan y lo que está haciendo el pueblo dice: ¡Yo también! Descubre que la presencia y la acción histórica de Dios en medio de su pueblo está ahí.

De hecho, la acción histórica de Dios con su pueblo no comenzó con Jesús. Dios siempre ha estado y actuado con su pueblo; ahora hay una nueva presencia y una nueva acción como respuesta a este nuevo momento histórico, a través de Juan y el pueblo; Jesús la descubre, la experimenta y la asume; se incorpora a ella.

La primera experiencia de este Dios para el pueblo de Israel se dio con el éxodo: frente al sistema de opresión de Egipto y de Canaán, el pueblo vive la experiencia del Dios que ve la humillación del pueblo, conoce sus sufrimientos en la opresión, escucha sus clamores cuando son maltratados por los capataces y, por eso, baja y actúa para liberar de esa opresión. Moisés es enviado a sacar del dominio del faraón y a llevar al pueblo a una tierra sin el dominio del régimen faraónico y con condiciones reales que hagan la vida posible para todos y todas (“otro mundo es posible”). Y no hay que olvidar el papel definitorio que jugaron las mujeres en esto (las mujeres que esconden a Moisés; la hija del faraón; las parteras; Miriam, la hermana de Moisés).

De esta experiencia del Dios único de todos y todas surge un nuevo modelo de sociedad, lo que llamamos la confederación de tribus o el tiempo de los jueces. En esta sociedad más igualitaria y libre, las mujeres tenían otro estatus y otra presencia; juegan un papel importantísimo en la construcción de este nuevo modelo social. Débora y Jael son personajes principales en el libro de los jueces y si Abrahám es llamado padre del pueblo, Débora es llamada madre del pueblo. 200 años de un modelo social diferente.

El problema fuerte viene con la instauración de la monarquía. Es la instauración del modelo patriarcal, piramidal y excluyente que necesita legitimarse también religiosamente. ¡La monarquía no es querida por Dios, se instaura en oposición a Dios!; queda muy claro en el texto de Samuel (1 Samuel 8). La monarquía no es progreso; es retroceso. Es volver a Egipto, al modelo piramidal del que Dios nos invitó a salir. Con el Dios del éxodo no es posible volver a instaurar la pirámide; por eso la monarquía necesita promover otro dios y otro modelo religioso. Con la monarquía aparecen el templo y el sacerdocio; la ley y el sacrificio. ¡El templo no es querido por Dios!, es iniciativa de David y Salomón para legitimar su modelo monárquico (2 Samuel 7). De hecho, recibe la oposición del profeta Natán.

Procesos parecidos se encuentran también en otras experiencias religiosas (el cambio de Quetzalcóatl, un dios genial, por Huitzilopochtli, un dios sanguinario que exige sacrificios humanos). Históricamente es el paso de sociedades matriarcales a patriarcales.

La monarquía se impuso (generalmente los poderosos logran salirse con la suya), pero la resistencia permaneció y se mantuvo siempre a través de los campesinos y las mujeres. Por eso surge la profecía; los y las profetas fueron siempre los grandes enemigos del palacio y del templo (Raúl Vera, Samuel Ruíz, Méndez Arceo, Rigoberta Menchu, Máxima Acuña).

El profeta Isaías estuvo casado con una profetisa; la reforma de la monarquía que intentó Josías, el único rey del que habla bien la biblia, fue inspirada y animada por la profetisa Hulda… ¿Por qué nunca nos hablan de ellas? La profecía, más tarde la apocalíptica y los sapienciales, la resistencia a los modelos de dominación, tuvieron como protagonistas a mujeres. El II y III Isaías (cap. 42 en adelante) es muy probablemente un texto producido por mujeres y son textos en los que se habla muy frecuente de un Dios con características femeninas y donde por primera vez se le da a Dios el título de “Papá”. El Qoelet o Eclesiastés, “cómo vivir en tiempos de porquería”, Ruth, Judith, Ester, cantar, textos femeninos que muestran la resistencia frente a los modelos de dominación.

De esta tradición bebió Jesús. En los textos del nuevo testamento hay muchísimas referencias y citas de estos textos. Esta es la tradición viva que encontró en muchas mujeres y probablemente en María. El canto del magníficat es el canto más revolucionario que puede haber (¡cómo lo hemos domesticado!) y aunque Lucas lo pone en boca de María, ya aparece como el cántico de Ana en el antiguo testamento. Es el cántico de las mujeres que creen en este otro Dios y en su nombre exigen y realizan la transformación de la sociedad.

Jesús no se casó; probablemente como rechazo al modelo familiar patriarcal; no como rechazo a la mujer ni a la sexualidad. Jesús no se casó, pero tuvo muchas amigas cariñosas y su movimiento está compuesto por muchas mujeres que rompen el esquema.

La actitud de las mujeres

Es importante y atractivo pensar en la actitud de Jesús hacia las mujeres. Si, como decimos, Jesús es el revelador de Dios, entonces, su actitud hacia ellas es fundamental porque muestra, revela, la actitud de Dios.

Sin embargo, nos parece que hay un paso previo que es fundamental, sin el que no entendemos plenamente la actitud de Jesús y su significado, y al que se le ha puesto poca atención: la actitud de las mujeres.
Si no, corremos el riesgo de volver a silenciarlas e invisibilizarlas, aunque sea para ver y oír a Jesús.
Hay algunas especialmente impactantes;

María en la boda de Caná, atenta a las necesidades de la gente (Jn 2, 1-11). Impulsa a Jesús a iniciar su acción.

La mujer con hemorragia y la niña (Mc 5,21-34). Se atreve a tocar y enseña a Jesús a tocar.

La mujer de Siquem dialoga con Jesús sobre Dios y la vida (Jn 4,1-42). Se vuelve evangelizadora de Samaria.

– Una “pagana” nos enseñan a creer (Mt 15,21-28). Enseña a Jesús que todos y todas tenemos derechos; hasta los perritos.

Marta habla con Jesús sobre Lázaro (Jn 11,21-27). Hace la profesión de fe en Jesús.

María, la irresponsable (Lucas 10:38-42).

María unge a Jesús (Jn 12,1-3). Reconoce la presencia de Dios en el perseguido por subversivo y hereje.

La viuda exigente (Lc 18:1-8). Exige justicia frente a los derechos negados.

Magdalena, primera testigo del Resucitado (Jn 20,11-18). La apóstol de los apóstoles.

En algunas ocasiones, Jesús reconoce la fe de esas mujeres y como esa fe es la que las ha movido para acudir a él y conseguir la respuesta a sus necesidades. Jesús, al reconocer esa fe, ofrece consuelo, paz, ternura, a las mujeres además de la solución a las necesidades expresadas. “Ten confianza, hija, tu fe te ha salvado” (Mt 9,22); “Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lc 8,48).

Pero hay también una alabanza explícita a la fe de otras mujeres. Ese es el caso de la viuda cuya fe se convierte en generosidad y solidaridad. Esa fe convertida en solidaridad hacia otros necesitados provoca en Jesús la necesidad de reconocerla y afirmarla delante de todos. “Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 43; Lc 21,3).

La mujer sirio-fenicia, una extranjera como el centurión, va a provocar el entusiasmo y el cambio de mentalidad en Jesús: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! ¡Que se cumpla tu deseo!” (Mt 15,28). Entre Jesús y la mujer se desarrolla un diálogo duro y difícil que culmina en ese reconocimiento y en un cambio de actitudes por parte de Jesús; nunca más vuelve a decir, como lo hace con ella, que él vino sólo para los judíos.

En otras ocasiones, la fe de las mujeres va incluso a provocar que Jesús tome partido por ellas y las defienda frente a los ataques que reciben por parte de algún varón. La fe amorosa de la prostituta va a despertar la ternura de Jesús frente a la actitud discriminadora del fariseo: “Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha amado mucho” (Lc 7, 47).

Esta misma toma de postura a favor de ellas la encontramos cuando la rebeldía de María es apoyada por Jesús. Ella rompe todos los esquemas sociales y religiosos de la época y, frente a los cuestionamientos y críticas, Jesús se pone de su parte y la alaba. “María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (Lc 10,42).

Frente a otra mujer y su manifestación de fe, Jesús incluso la propone como modelo para todos y todas nosotros. Su memoria estará siempre ligada a la memoria de Jesús. “Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo” (Mc 14,9).

Así pues, en los textos que narran estos encuentros, aparece claramente como Jesús reconoce y valora la fe de las mujeres a las que propone como modelo para todas y todos.

Con un agravante… ¡Todas estas mujeres son mujeres transgresoras de la fe y el orden institucional!
Queremos encontrarnos con algunas de ellas…

María, la irresponsable (Lc 10,38-42)

Una mujer atrevida (Mc 5,21-43)

Una “pagana” nos enseña a creer (Mt 15,21-43)

Una viuda exige justicia (Lc 18,1-8)

Una mujer lúcida, valiente y decidida (Jn 11,53 – 12,11)

Una mujer que vive y sufre su realidad (Jn 4,1-43)

Las mujeres que cantan y danzan (Lc 1,46-56)

Son seis sesiones diseñadas para encuentros o reuniones de comunidades, en la dinámica de la lectura pastoral de la biblia, con una metodología popular.

Para cualquier información sobre este material se puede comunicar a jboscomonroyc@gmail.com

Fuente Religión Digital

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Quiero Creer… que Tú eres el Mesías, el Hijo del hombre

domingo, 12 de septiembre de 2021
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© Carmelo Blazquez 2013

© Carmelo Blazquez 2013

Quiero Creer

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver
quiero creer.

Te vi, sí, cuando era niño
y en agua me bauticé
y, limpio de culpa vieja,
sin velos te pude ver.
Quiero creer.

Devuélveme aquellas puras
transparencias de aire fiel,
devuélveme aquellas niñas
de aquellos ojos de ayer.
Quiero creer.

Limpia mis ojos cansados,
deslumbrados del cimbel,
lastra de plomo mis párpados
y oscurécemelos bien.
Quiero creer.

Ya todo es sombra y olvido
y abandono de mi ser.
Ponme la venda en los ojos.
Ponme tus manos también.
Quiero creer.

Tú que pusiste en las flores
rocío, y debajo miel.
filtra en mis secas pupilas
dos gotas, frescas de fe.
Quiero creer

Porque, Señor, yo te he visto
y quiero volverte a ver,
creo en Ti y quiero creer.

*

Gerardo Diego

***

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos:

“¿Quién dice la gente que soy yo?”

Ellos le contestaron:

“Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.”

Él les preguntó:

“Y vosotros, ¿quién decís que soy?”

Pedro le contestó:

“Tú eres el Mesías.”

Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos:

“El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.”

Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro:

“¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”

Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo:

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.”

*

Marcos 8, 27-35

***

¿Quién es Jesucristo para Ignacio Silone? Es la expresión más elevada, más pura, más fecunda de la humanidad. En él se encarnan y se sintetizan esos valores que constituyen la base de toda civilización y que determinan la verdad -es decir, la autenticidad y la grandeza- de todo hombre.

        No elaboró un sistema filosófico o teológico, ni siquiera fundó una religión; no estableció pactos con el poder, no lisonjeó los bajos instintos del hombre, no vaciló en proponer una doctrina moral fuera de todos los esquemas, incluso «escandalosa», no tuvo miedo de ir contracorriente ni de introducir el desorden. Encarnando su mensaje en su persona, proclamó algunas verdades «locas», aunque sublimes y fecundas. En L’aventura d’un povero cristiano, Pier Celestino dirige a Bonifacio VIII estas palabras: «Pero si se despoja al cristianismo de sus llamadas cosas absurdas para hacerlo agradable al mundo, tal como es, y apto para el ejercicio del poder, ¿qué queda de él? Sabéis que la racionabilidad, el sentido común, las virtudes naturales existían, ya antes de Cristo, y se encuentran también ahora en muchos que no son cristianos. ¿Qué es lo que Cristo nos ha traído de más? Precisamente, algunas cosas absurdas en apariencia. Nos ha dicho: amad la pobreza, amad a los humillados y a los ofendidos, amad a vuestros enemigos, no os preocupéis por el poder, por la carrera, por los honores; son cosas efímeras, indignas de almas inmortales…» (p. 244).

        A causa de sus «absurdos», Jesús se ve o bien rechazado, o bien domesticado, o bien escarnecido. [El] prefirió el patíbulo de la cruz después de haber proclamado que quien quiera seguirle debe renegar de sí mismo y tomar su cruz. Pero los detentadores del sentido común y, sobre todo, los sacerdotes «cuentan con una experiencia secular en el arte de hacer la cruz inocua» (// seme sotto la nevé, p. 159). Aliándose con el poder, han reducido el cristianismo a instrumento de estabilidad social, pese a que aquél se fundamenta en la injusticia. Todo eso es traicionar a Cristo. Sustituyendo la imagen de Jesús crucificado y agonizante por la del Jesús «clerical, resucitado y triunfante», ha traicionado la Iglesia a su Señor. Afortunadamente para nosotros, no puede impedir «que, de vez en cuando, algunos cristianos sencillos tomen la cruz en serio y actúen como locos» (// seme sotto la nevé, p.159), ofreciéndose, a cuantos quieran verlo, como auténticos testigos de Jesús.

*

F. Castelli,
Volti ai Gesú nella letteratura moderna,
Cinisello B. 1987.

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“Lo que algunos dicen hoy”. 24 Tiempo Ordinario – B (Marcos 8,27-35)

domingo, 12 de septiembre de 2021
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45_24_TO_B_1474150También en el nuevo milenio sigue resonando la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No es para llevar a cabo un sondeo de opinión. Es una pregunta que nos sitúa a cada uno a un nivel más profundo: ¿quién es hoy Cristo para mí? ¿Qué sentido tiene realmente en mi vida? Las respuestas pueden ser muy diversas:

«No me interesa. Así de sencillo. No me dice nada; no cuento con él; sé que hay algunos a los que sigue interesando; yo me intereso por cosas más prácticas e inmediatas». Cristo ha desaparecido del horizonte real de estas personas.

«No tengo tiempo para eso. Bastante hago con enfrentarme a los problemas de cada día: vivo ocupado, con poco tiempo y humor para pensar en mucho más». En estas personas no hay un hueco para Cristo. No llegan a sospechar el estímulo y la fuerza que podría él aportar a sus vidas.

«Me resulta demasiado exigente. No quiero complicarme la vida. Se me hace incómodo pensar en Cristo. Y, además, luego viene todo eso de evitar el pecado, exigirme una vida virtuosa, las prácticas religiosas. Es demasiado». Estas personas desconocen a Cristo; no saben que podría introducir una libertad nueva en su existencia.

«Lo siento muy lejano. Todo lo que se refiere a Dios y a la religión me resulta teórico y lejano; son cosas de las que no se puede saber nada con seguridad; además, ¿qué puedo hacer para conocerlo mejor y entender de qué van las cosas?». Estas personas necesitan encontrar un camino que las lleve a una adhesión más viva con Cristo.

Este tipo de reacciones no son algo «inventado»: las he escuchado yo mismo en más de una ocasión. También conozco respuestas aparentemente más firmes: «soy agnóstico»; «adopto siempre posturas progresistas»; «solo creo en la ciencia». Estas afirmaciones me resultan inevitablemente artificiales, cuando no son resultado de una búsqueda personal y sincera.

Jesús sigue siendo un desconocido. Muchos no pueden ya intuir lo que es entender y vivir la vida desde él. Mientras tanto, ¿qué estamos haciendo sus seguidores?, ¿hablamos a alguien de Jesús?, ¿lo hacemos creíble con nuestra vida?, ¿hemos dejado de ser sus testigos?

José Antonio Pagola

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“Tú eres el Mesías. . . El Hijo del hombre tiene que padecer mucho”. 12 de septiembre de 2021. Domingo 24º de tiempo ordinario

domingo, 12 de septiembre de 2021
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51-ordinarioB24 cerezoDe Koinonia:

Isaías 50, 5-9a: Ofrecí la espalda a los que me apaleaban.
Salmo responsorial: 114: Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida.
Santiago 2, 14-18: La fe, si no tiene obras, está muerta.
Marcos 8, 27-35: Tú eres el Mesías. . . El Hijo del hombre tiene que padecer mucho.

 Cuando los cristianos se propusieron la transformación del mundo esclavista, inhumano y violento que había impuesto el imperio romano, no comenzaron su labor apelando al hambre de la gente, ni a sus deseos de «acabar con los opresores romanos», sino que apelaron a la conciencia. En efecto, los discursos que prometen remediar el hambre, sólo son efectivos en la medida en que la carencia, la desprotección y el abandono son vistos como injusticias. De lo contrario, no pasan de ser una búsqueda de satisfacciones inmediatas y poco duraderas. Lo mismo ocurre con el deseo de derrocar a los poderosos del imperio y colocar allí a la gente del pueblo. Al poco tiempo, los líderes se llenan de ambiciones y se convierten en tiranos implacables. La única alternativa que queda y de la cual nos habla la carta de Santiago, es la frágil dignidad humana. Si la comunidad no está dispuesta a transformar en su interior toda esa realidad de muerte, miseria y marginación, es inútil que se proponga transformarla afuera. La solidaridad de la comunidad no sólo es un camino para remediar la injusticia en «pequeña escala», es una alternativa de vida. La solidaridad de una comunidad nos permite descubrir que «otro mundo es posible» y que el destino no está atado a la destrucción y la barbarie. La fe cristiana no es tal si se contenta con mirar, desde la barrera, el circo en el que mueren tantas personas inocentes.

El profeta Isaías nos enseña que el camino de la justicia, de la misericordia y la solidaridad no es un idílico sendero tapizado de rosas. La persona que opta por la verdad y la equidad debe prepararse al rechazo más rotundo e, incluso, a una muerte ignominiosa. Esto puede sonar un poco «patético», sin embargo, basta leer cualquier página del evangelio para verificar que ésta es la realidad de Jesús, su opción y su camino.

El camino a Jerusalén estaba plagado de dificultades, incertidumbres y ambigüedades. Una de ellas, era la incapacidad del grupo de discípulos para reconocer la identidad de Jesús. Aunque él había demostrado a lo largo del camino que su interés no era el poder, en todas sus variedades, sino el servicio, en todas sus posibilidades, sin embargo, los seguidores se empeñaban en hacerse una imagen triunfalista de su Maestro. Jesús, entonces, debe recurrir a duras palabras para poner en evidencia la falta de visión de quienes lo seguían. Pedro, Juan y Santiago, líderes del grupo de Galilea, siguen aferrados a la ideología del caudillo nacionalista o del místico líder religioso y no descubren en Jesús al «siervo sufriente» que anunció el profeta Isaías.

Este episodio marca el centro del evangelio de Marcos y es el punto de quiebre en el cual el camino de Jesús sorprende a sus seguidores. Ninguno está de acuerdo con él, aunque él esté realizando la voluntad del Padre. En medio de esta crisis del grupo de discípulos, Jesús decide continuar el camino y tratar de enderezar la mentalidad de sus discípulos, torcida por las ideologías sectarias y triunfalistas.

El anuncio que Jesús hace de las dificultades que van a venir, la «Pasión», la «Cruz», debe ser tomada siempre como una consecuencia inevitable, no como algo buscado… Jesús no buscó la Cruz, ni debemos buscarla nosotros… Véase el amplio comentario que hacemos al respecto en este próximo día 14, fiesta de la «exaltación» de la Cruz. Leer más…

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12.9. Dom 24 TO. Jesús, Pedro y Mahoma (Mc 8, 27-35)

domingo, 12 de septiembre de 2021
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Jesús-y-PedroDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio de Marcos ha situado el momento clave del cambio de Jesús en Cesárea, en los dominios de Felipe, a quien su hermano Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, había “tomado” su mujer”. Jesús ha salido de Galilea, hacia el norte, hacia las fuentes del Jordán, en los límites del antiguo Israel.

Se ha distanciado de su gente habitual, de los artesanos y sedentarios de su tierra, como si quisiera tomar distancia para descubrir mejor su tarea: volver a Galilea, para quedarse allí, o ampliar su mensaje hacia las tierras del entorno, donde habitan más gentiles, o subir a Jerusalén, llevando allí su mensaje de Reino…

En este contexto ha introducido Marcos la escena básica del reconocimiento de Jesús y su decisión mesiánica, una escena ejemplar, que nos permite fijar la postura de Jesús y la de Pedro, el “representante” de sus discípulos, comparándola con la de Mahoma y el Islam. Retomo y replanteo así un tema esencial del cristianismo, del que me he ocupado ( en otro plano) al reproducir en días pasados un diálogo y discusión de la Cortes de España, en relación con el 11M 2004. 12.09.2021 | X Pikaza

Texto

(1) Salió Jesús con sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Felipe, y por el camino les pregunto: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas».

(2) Y él les preguntaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro le contestó: «Tú eres el Cristo.» Y él les mandó enérgicamente que no hablaran a nadie acerca de él.

(3)Y comenzó a enseñarles que era necesario que el Hijo del hombre sufriera mucho y fuera reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que le mataran y que resucitaría a los tres días. Hablaba de esto abiertamente.

(4) Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» (Mc 8, 27-35) [1].

JESÚS Y PEDRO. DOS ESTRATEGIAS.

Presentación del texto:

historia-de-jesusPregunta y opiniones. ¿Quién dicen los hombres que soy yo? Jesús quiere realizar un camino público y su proyecto resulta inseparable del reconocimiento de la gente. No realiza su tarea a solas, sino para que puedan acompañarle. Es mensajero de un  Reino abierto a los demás y, por eso, la opinión de aquellos que aceptan o rechazan su camino forma parte de su proyecto y tarea. En ese contexto se enmarcan las opiniones de la gente,  que sitúan Jesús entre las esperanzas y figuras tradicionales de Israel (Elías, los profetas, Juan),  sin destacar expresamente su diferencia mesiánica.

Crisis mesiánica: Tú eres el Cristo. Jesús depende de la acogida de la gente y, de un modo especial, de la respuesta de aquellos a quienes ha llamado, para que asuman su misma tarea de Reino. Necesita seguidores y sin ellos no puede actuar como Mesías o mensajero de Dios. Eso supone que asume el riesgo de quedar en manos de opciones mesiánicas distintas de la suya, opciones que ponen en crisis su mismo movimiento, de manera que él puede ser manipulado o rechazado por sus discípulos. En ese contexto, la respuesta de Pedro, que le sitúa en un campo de mesianismo davídico forma parte del proyecto de Jesús.

Ratificación. El Hijo del Hombre tiene que sufrir. Jesús acepta la respuesta de Pedro, pero interpreta su mesianismo en una línea de entrega/muerte del Hijo de Hombre, no de triunfo nacional judío. En un momento dado, que Marcos ha fijado en este pasaje, pero que ha tenido, sin duda, un desarrollo progresivo, Jesús ha descubierto que no puede ser Mesías si no está dispuesto a “entregar su vida”, dejando que le maten. Sólo a partir de ese descubrimiento, ha podido confirmar su proyecto mesiánico,  de un modo distinto al que querían Pedro y sus discípulos: actuar como Mesías implica asumir el riesgo de subir a Jerusalén sin armas ni poderes externos, estando dispuesto a morir (no “para” morir).

Disputa con Pedro y los otros discípulos: “Quítate de mi vista”. Jesús ratifica su visión “mesiánica”, alejándose de Pedro y de su mesianismo. En este contexto recoge el evangelio un enfrentamiento: su proyecto de Reino resultaba discutible y ha sido discutido por el mismo Jesús con sus discípulos. Todo nos permite suponer que el texto actual de Marcos recoge controversias mesiánicas que debieron darse en la comunidad primitiva, pero en su base hay un fondo histórico: el mismo Jesús ha debido ir precisando el sentido de su envío mesiánico, en relación con sus discípulos.

 Dentro del evangelio de Marcos (y de Mateo), el pasaje citado (Mc 8, 27-33 par) actúa como texto-bisagra, recogiendo, por un lado, la experiencia anterior del mensaje-vida de Jesús (lo que él ha significado) y abriéndose, por otro, hacia la culminación de su camino. De esa forma, Jesús ha querido sacar las consecuencias de aquello que ha realizado, pues sólo así ha podido situarse ante la urgencia y tarea de lo que debe hacer (y padecer) en el futuro, en diálogo y discusión con Pedro. No se trata de oponer la bondad de Jesús a la maldad de Pedro, sino de trazar el sentido y consecuencias del mesianismo que ha iniciado en Galilea y que debe culminar en Jerusalén.

En el fondo, tanto Jesús como Pedro sienten la “atracción” de Jerusalén, ciudad que no se nombra, pero que domina toda la escena, pues un profeta de Dios debe manifestarse en Judea, para que todos vean las obras que hace (cf. Jn 7, 1-8), y debe culminar su misión en Jerusalén (cf. Lc  9, 51; 13, 33). (1) Pedro supone que, si es Mesías, Jesús tendrá que “subir” a Jerusalén como Hijo de David, para coronarse ante Dios, como el rey antiguo. (2) Pero Jesús, en contra de Pedro, decide subir a Jerusalén como Hijo de Hombre, pero no en línea de imposición y triunfo externo,  sino de entrega de la vida a favor de los demás (aunque no “para” que le maten, como suponía Schweitzer).

660980EA-4282-418E-BAA0-FA5B695EFC67Tal como se plantea aquí, esa oposición entre Pedro y su maestro sólo puede entenderse plenamente en perspectiva pascual, como reflexión posterior de la iglesia. Pero ella refleja también una experiencia histórica, propia del camino mesiánico de Jesús, en el que Pedro (que se llamaba en principio Simón) actúa como representante de los Doce. Pedro actuará  más tarde como “fundador” de la Iglesia, el primer varón que ha visto y creído en Jesús resucitado. Pero aquí se presenta como portavoz  de aquellos que han querido entender y desarrollar el mesianismo de Jesús en forma triunfante (es decir, en la línea de un David nacional). En ese sentido, este pasaje refleja las tensiones mesiánicas de los seguidores de Jesús, que no han sido discípulos pasivos, sino que han discutido con él y han querido influir en su camino.

La propuesta de Pedro forma parte de la estrategia tradicional del mesianismo israelita. Posiblemente no implica violencia militar, pero busca y supone un triunfo externo: un tipo de poder que sea capaz de expandirse, si hace falta, por la fuerza, como propondrán los zebedeos, que quieren “sentarse” a los lados de Jesús, como ministros de un rey poderoso (cf. Mc 10, 35-37). Pues bien, en contra de eso, Jesús no subirá a Jerusalén para tomar el poder, sino para instaurar un Reino donde  no exista poder externo. En este contexto, más que Mesías davídico, al estilo clásico, Jesús será Hijo del Hombre, alguien que puede y quiere  dar la vida por los otros.

La estrategia de Jesús no se define, simplemente, como pura no-violencia pasiva, ni tampoco como resultado de una conquista militar (ni de  una victoria “democrática”: como voluntad de la mayoría), sino que implica una decisión mucho más honda de “quedarse” en manos de los “hombres”, es decir, de las autoridades de Jerusalén, que aquí aparecen desde la perspectiva del Sanedrín judío (sacerdotes, escribas, ancianos). De esa forma visibiliza su mensaje y lleva hasta el final la estrategia de los “itinerantes”, a quienes hemos visto ya en Galilea, poniéndose en  manos de aquellos a quienes anunciaban y ofrecían el Reino, fueran o no recibidos. Leer más…

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Encuesta, examen teórico, suspenso, y ejercicio práctico. Domingo XXIV Ciclo B

domingo, 12 de septiembre de 2021
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discipulos-de-jesusDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Cesarea de Felipe, junto a las fuentes del Jordán, es uno de los lugares más hermosos de Israel. El peregrino actual, que parte generalmente de Nazaret, tarda poco más de una hora en un cómodo autobús con aire acondicionado. Jesús y los discípulos tuvieron que hacer el camino a pie, salvando un desnivel de unos 800 ms: desde los 200 bajo el nivel del mar (lago de Galilea) hasta los 500-600 sobre él (pie del monte Hermón). No es un paseo cualquiera. Hay tiempo para callar y tiempo para hablar.

 La encuesta (Marcos 8,27-28)

 En esos momentos de comunicación, Jesús pregunta a los discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

Hasta este momento, el evangelio de Mc ha ido planteando el enigma de quién es Jesús. Un personaje desconcertante, que enseña con autoridad y tiene poder sobre los espíritus inmundos (1,27), perdona pecados como si fuera Dios (2,7), escandaliza comiendo con publicanos y pecadores (2,16) y se considera con derecho a contravenir el sábado (2,27; 3,4). Los fariseos y los herodianos deciden muy pronto que debe morir (3,6), sus familiares piensan que está mal de la cabeza (3,21), los escribas que está endemoniado (3,22), y los de Nazaret no creen en él, lo siguen considerando el carpintero del pueblo (6,1-6). Mientras, los discípulos se preguntan desconcertados: «¿Quién es este que hasta el viento y el lago le obedecen?» (4,41). Ahora, cuando llegamos al centro del evangelio de Mc, Jesús aborda la cuestión capital: ¿quién es él?

En aquel tiempo Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos:

-¿Quién dice la gente que soy yo?

Ellos le dijeron:

-Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas.

Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista, Elías, o de otro profeta. De estas opiniones, la más «teológica» y con mayor fundamento sería la de Elías, ya que se esperaba su vuelta, de acuerdo con Malaquías 3,23: «Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible; reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra». En cualquier caso, resulta interesante que el pueblo vea a Jesús en la línea de los antiguos profetas. En ello pueden influir muchos aspectos: su poder (como en los casos de Moisés, Elías y Eliseo), su actuación pública, muy crítica con la institución oficial, su lenguaje claro y directo, su lugar de actuación, no limitado al estrecho espacio del culto.

Si la pregunta la hubiera formulado Jesús en nuestros días, la encuesta habría resultado más variada y desconcertante que entonces: Hijo de Dios, profeta, marido de la Magdalena, precursor de la dinastía merovingia…

Examen teórico (8,29)

Él les dijo:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy?

Tomando la palabra Pedro le dijo:

-Tú eres el Mesías. 

Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta. Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta; habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás. Según Mc, la respuesta de Pedro se limita a las palabras «Tú eres el Mesías».

¿Qué significaba este título? En el Antiguo Testamento se refiere generalmente al rey de Israel; un personaje que se concebía elegido por Dios, adoptado por él como hijo, pero normal y corriente, capaz de los mayores crímenes. Sin embargo, la monarquía desapareció en el siglo VI a.C., y los grupos que esperaban la restauración de la dinastía de David fueron atribuyendo al mesías esperado cualidades cada vez más maravillosas.

Los Salmos de Salomón, oraciones de origen fariseo compuestas en el siglo I a.C., describen detenidamente el papel del Mesías: librará a Judá del yugo de los romanos, eliminará a los judíos corruptos que los apoyan, purificará Jerusalén de toda práctica idolátrica, gobernará con justicia y rectitud, y su dominio se extenderá incluso a todas las naciones. Es un rey ideal, y por eso el autor del Salmo 17 termina diciendo: «Felices los que nazcan en aquellos días».

Si imaginamos al grupo de Jesús, que vive de limosna, peregrina de un sitio para otro sin un lugar donde reclinar la cabeza, en continuo conflicto con las autoridades religiosas, decir que Jesús es el Mesías implica mucha fe en el personaje o una auténtica locura.

Lo que piensa Jesús de sí mismo (8,30-32)

Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto. Y empezó a instruirlos:

-El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.

Se lo explicaba con toda claridad.

En contra de lo que cabría esperar, Jesús prohíbe terminantemente decir eso a nadie. Y en vez de referirse a sí mismo con el título de Mesías usa uno distinto: «Hijo del Hombre», que parece inspirado en Ezequiel (a quien Dios siempre llama «Hijo de Adán») y en Daniel. Lo importante no es el origen del título, sino cómo lo interpreta Jesús: el destino del Hijo del Hombre es padecer mucho, ser rechazado por las autoridades políticas, religiosas e intelectuales, morir y resucitar. En una concepción popular del Mesías, como la que podían tener Pedro y los otros, esto es inaudito. Sin embargo, la idea de un personaje que salva a su pueblo y triunfa a través del sufrimien­to y la muerte no es desconocida al pueblo de Israel. Un profeta anónimo la encarnó en el personaje del Siervo de Yahvé (Isaías 53).

Suspenso de Pedro (8,32b-33)

Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, increpó a Pedro:

-¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!

Igual que el poema del libro de Isaías, Jesús termina hablando de resurrección. Pero Pedro se queda en el sufrimiento. Se lleva a Jesús aparte y lo increpa, sin que Mc concrete las palabras que dijo.

Jesús reacciona con enorme dureza. Pedro lo ha tomado aparte, pero él se vuelve hacia los discípulos porque quiere que todos se enteren de lo que va a decirle: «¡Retírate, Satanás! ¡Piensas como los hombres, no como Dios!» La mención de Satanás recuerda lo ocurrido después del bautismo, cuando Satanás somete a Jesús a las tentaciones. El puesto del demonio lo ocupa ahora Pedro, el discípulo que más quiere a Jesús, el que más confía en él, el más entusiasmado con su persona y su mensaje. Jesús, que no ha visto un peligro en las tentaciones de Satanás, si ve aquí un grave peligro para él. Por eso, su reacción no es serena, sino llena de violencia.

Ejercicio práctico (8,34-35)

Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo:

-Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?

De repente, el auditorio se amplía, y a los discípulos se añade la multitud. Las palabras que Jesús deberían desconcertarnos y provocar un rechazo. ¿Se imagina alguien a un político diciendo: «El que quiera votarme, que esté dispuesto a perder las elecciones e ir a la cárcel»? Pero el punto de vista de Jesús no es el de los políticos. No pretende ganar las elecciones en este mundo, sino en el futuro. Para Jesús, el mundo futuro es como un hotel de cinco estrellas; el mundo presente, una chabola asquerosa situada en el entorno más degradado imaginable. Todos podemos salir de la chabola y alojarnos en el hotel. Pero el camino es duro, empinado, difícil. Jesús se ofrece a ir delante, y deja en nuestras manos la decisión: el que se aferre a la chabola, en ella morirá; el que la abandone y lo siga, tendrá un durísimo camino, pero disfrutará del hotel.

Y tú, ¿quién dices que es Jesús?

El evangelio de hoy no puede leerse como simple recuerdo de algo pasado. La pregunta de Jesús se sigue dirigiendo a cada uno de nosotros, y debemos pensar detenidamente la respuesta. No basta recurrir al catecismo («Segunda persona de la Santísima Trinidad») ni al Credo («Dios de Dios, luz de luz…»). Tiene que ser una respuesta fruto de una reflexión personal. En la línea del evangelio de Juan: «El camino, la verdad y la vida». Pero, sea cual sea la respuesta, es más importante aún la decisión de seguir a Jesús con todas las consecuencias.

La aceptación del sufrimiento y la certeza del triunfo (Isaías 50,5-10)

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. El Señor Dios me ayuda; por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado. Mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mí? Comparezcamos juntos, ¿quién me acusará? Que se acerque. Mirad, el Señor Dios me ayuda, ¿quién me condenará?

En la concepción difundida a finales del siglo XIX por Bernhard Duhm, este fragmento sería el tercer canto dedicado al Siervo de Yahvé, un personaje misterioso, que termina salvando a su pueblo mediante el sufrimiento y la muerte. Es lógico que los cristianos vieran en él a Jesús (el 4º canto, Is 53, lo leemos el Viernes Santo).

Jesús ha dicho en el evangelio que «el Hijo del hombre tiene que padecer y ser despreciado». Este breve poema anticipa esas ofensas: golpes, burlas, insultos, salivazos, antes de un juicio que se supone injusto. En este breve poema destacan dos detalles: la acción de Dios y la reacción del Siervo.

La acción de Dios consiste en revelar a su servidor lo mucho que va a sufrir («me ha abierto el oído»), pero asegurándole que se mantendrá junto a él: «Mi Señor me ayudaba», «Tengo cerca a mi defensor», «El Señor me ayuda». Esto supone una gran novedad, porque en la teología habitual del Antiguo Oriente (y entre muchas personas de hoy día), el sufrimiento se interpreta como un castigo de Dios. En cambio, el Siervo está convencido de que no es así: el sufrimiento puede entrar en el plan de Dios, como un paso previo al triunfo, y en ningún momento deja Él de estar presente y ayudarle.

Por eso, la reacción del Siervo es de entrega total: no se rebela, no se echa atrás, ofrece la espalda y la mejilla a los golpes, no oculta el rostro a bofetadas y salivazos.

Si Pedro hubiera conocido y comprendido este texto de Isaías, no se habría indignado con las palabras de Jesús, que representan el punto de vista de Dios, mientras que él se deja llevar por sentimientos puramente humanos. Pero debemos reconocer que nuestro modo de pensar se parece mucho más al de Pedro que al de Jesús.

Una polémica muy antigua: la fe y las obras (Santiago 2,14-18)

  «Genio y figura, hasta la sepultura». Eso le pasó a san Pablo. Radical antes de convertirse, lo siguió siendo en algunas cuestiones después de la conversión. Y su forma de expresarse se prestaba a ser mal interpretado. En su lucha con los cristianos judaizantes, partidarios de observar estrictamente la ley de Moisés, como si fuera ella quien nos salva, defiende que la salvación viene por la fe en Cristo. Él no excluye que el cristiano deba comportarse dignamente, todo lo contrario. Pero insiste tanto en la fe y en la libertad del cristiano que sus adversarios le acusaban de negar la necesidad de las buenas obras.

  En esta polémica se inserta el texto de la carta de Santiago, atacando la postura del que presume de tener fe, pero no hace nada bueno. El ejemplo que utiliza, la respuesta del que presume de tener fe a un hermano que pasa hambre, es esclarecedor y sigue inquietándonos actualmente.

Hermanos, ¿de qué le sirve a uno decir que tiene fe si no tiene obras? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos del alimento cotidiano, y uno de vosotros les dice: «Id en paz, abrigaos y saciaos», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no tiene obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: «Tú tienes fe y yo tengo obras. Muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe.

Si el autor de la carta y Pablo se hubieran reunido a charlar, habrían estado plenamente de acuerdo. Pablo podría haberle leído un fragmento de su carta a los Gálatas, en la que viene a decir lo mismo: «Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad, pero no vayáis a tomar la libertad como estímulo del instinto; antes bien, servíos mutuamente por amor» (Gálatas 5,13). Nos salva Jesús y la fe en él, pero esa fe debe impulsarnos a una vida que no se deja arrastrar por los bajos instintos (fornicación, indecencia, desenfreno, reyertas, envidias, borracheras, comilonas, etc.), sino que está guiada por los frutos del Espíritu de Dios (amor, gozo, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad…,) (Gal 5,19-25).

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. 12 de septiembre de 2021

domingo, 12 de septiembre de 2021
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Se lo explicaba con toda claridad.”

(Mc 8, 27-35)

“…, por el camino preguntó a sus discípulos…” Por el camino, de manera informal. Porque así son las cosas de nuestro Dios. No suele ceñirse a horarios ni lugares.

Nosotros construimos iglesias, pero luego Dios se hace el encontradizo en el silencio de la montaña o en el bullicio del mercado. Nosotros nos marcamos un tiempo para la oración o para las celebraciones. Pero luego va y resulta que el ENCUENTRO (con mayúsculas) es en una mirada o en una conversación.

Las cosas importantes de Dios pueden acontecer en cualquier lugar y a cualquier hora. Ah! Pero esta no es excusa para no dedicarle un tiempo y un espacio. Toda relación necesita de tiempos y espacios. La relación con Dios también. Pero le gusta “asaltarnos” cuando menos lo esperamos.

Y sé de más de una persona que en medio de sus idas y venidas tiene el rato de volver a casa en autobús como un momento “sagrado” en el que conversa tranquilamente con Dios. Hablan de como le ha ido el día, de lo que la inquieta… Y quizá en alguna ocasión Dios le pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?

El autobús, el coche, mientras esperan la cola del supermercado, al acostarse o levantándose un poco antes. Hay un montón de gente conversando con Dios. Llenando el mundo de oración.

Luego también hay monjas y curas, religiosas y obispos, que también oran dentro y fuera de las iglesias, dentro y fuera de las celebraciones.

Y es que Dios es un gran conversador y tiene mucho que decirnos a cada uno de nosotros. Sabe que necesitamos escucharle y que son sus preguntas las que nos sacuden la pereza. Por eso insiste hasta hacernos comprender.

Por eso nos lo explica “con toda claridad” y nos ayuda a colocarnos en el lugar que nos corresponde. Como hizo un día con Pedro, pero ya lo había hecho con Adán y Eva, y con muchos otros.

Originales, originales no somos. Caemos todos en el mismo supino error. ¡Queremos quitarle el sitio a Dios! Y Él, con su infinita paciencia nos tiene que recordar que nuestro sitio está a SU LADO. Junto a Él.

Oración

Pregúntanos, incrépanos, pero no te vayas de nuestro lado. Somos torpes, ya nos conoces. Después de reconocerte nos volveremos a equivocar de lugar. Pero TÚ sabes que somos TUYAS.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Para saber quién es Jesús, tengo que saber quién soy yo.

domingo, 12 de septiembre de 2021
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Jesús CarneMc 8,27-35

Responder a la pregunta de “¿Quién es Jesús?” es un tarea tan desorbitada que se queda uno sin aliento al tener que planteársela en una homilía. Desde el día de Pascua, los seguidores de Jesús no han hecho otra cosa durante dos mil años que intentar responderla. Durante los tres últimos siglos, pero sobre todo en el siglo pasado se ha dado un vuelco en la manera de entender los evangelios. Hasta ese momento nadie cuestionó que lo evangelios eran historia y que había que entenderlos literalmente.

Hoy sabemos que son una interpretación de la figura de Jesús, condicionada por sus circunstancias de todo tipo. Nos transmitieron lo que ellos entendieron pero no lo que en realidad fue Jesús. No podemos seguir interpretando su interpretación con la idea que hoy tenemos de ‘historia’. Hoy estamos en las mejores condiciones para hacer una nueva interpretación de Jesús y no podemos desaprovechar la ocasión. Tenemos la obligación de intentar traducir su figura a un lenguaje que podamos entender todos.

La primera obligación de un cristiano será siempre tratar de conocerlo. Solo en la medida que le conozcamos mejor podremos vivir lo que él vivió. La idea que hoy tenemos de Dios, del mundo y del hombre nos tiene que llevar a una comprensión más profunda del mensaje evangélico. Jesús fue un ser humano tan fuera de serie que nos empuja a una nueva comprensión de lo que significa ser plenamente humanos.

La doble pregunta de Jesús parece suponer que esperaba una respuesta distinta. La realidad es que, a pesar de la rotunda respuesta de Pedro: “tú eres el Mesías”, la manera de entender ese mesianismo estaba  lejos de la verdadera comprensión de Jesús. Pedro, como se manifestará más adelante, sigue en la dinámica de un Mesías terreno y glorioso. Para él es incomprensible un Mesías vencido y humillado hasta la aparente aniquilación total. A penas tres versículos después, Pedro increpa a Jesús por hablarles de la cruz.

El Hijo de hombre tiene que padecer mucho. “Hijo de hombre” significa, perteneciente a la raza humana, pero en plenitud. Por cierto, “este hombre” es el único título que se atribuye Jesús a sí mismo. “Tiene que” no alude a una necesidad metafísica o a una voluntad de Dios externa, sino a la exigencia del verdadero ser del hombre. “Padecer mucho” hace referencia no solo a la intensidad del dolor en un momento determinado (su muerte), sino a la multitud de sufrimientos que se van a extender durante el tiempo que le queda de vida.

Jesús proclama, con toda claridad, cuál es el sentido de su misión como ser humano. Diametralmente opuesta a la que esperaban los judíos y a la que también esperaban los discípulos de un Mesías. Nada de poder y dominio sobre los enemigos, sino todo lo contrario: dejarse matar antes de hacer daño a nadie. Pedro se ve obligado a decirle a Jesús lo que tiene que hacer, porque su postura equivocada le hace pensar que ni Dios puede estar de acuerdo con lo que Jesús acaba de proponer como itinerario de salvación.

Como Pedro habla en nombre de los apóstoles, Jesús responde de cara a los discípulos, para que todos se den por enterados del tremendo error que supone no aceptar el mesianismo de la entrega al servicio de los demás y de la cruz. Ese mensaje es irrenunciable. Pedro le propone exactamente lo mismo que le propuso Satanás: el mesianismo del triunfo y del poder, por eso le llama Satanás. Claro que esa manera de pensar es la más humana (demasiado humana) que podríamos imaginar, pero no es la manera de pensar de Dios.

Lo que acaba de decir de sí mismo, lo explica ahora a la gente. “Si uno quiere venirse conmigo, que se niegue a sí mismo…” No es fácil aquilatar el verdadero significado de esta frase; sobre todo si tenemos en cuenta que el texto no dice negarse, sino renegar de sí mismo. Aquí el ‘sí mismo’ hace referencia a nuestro falso yo, lo que creemos ser. El desapego del falso yo es imprescindible para poder entrar por el camino que Jesús propone.

“El que quiera salvar su vida la perderá…” No está claro el sentido de ‘psykhe’: No puede significar vida biológica, porque diría ‘bios’; tampoco significa alma, porque los judíos no tenían el concepto de alma. No se trata de elegir entre dos vidas, sino buscar la plenitud de la vida en su totalidad. El que no deja de preocuparse de su individualidad, malogra toda su existencia; pero el que superando el egoísmo, descubre su verdadero ser y actúa en consecuencia, dándose a los demás, dará pleno sentido a su vida y alcanzará su plenitud.

La esencia del mensaje de Jesús sigue sin ser aceptada porque nos empeñamos en comprenderlo desde nuestra racionalidad. Ni el instinto, ni los sentidos, ni la razón podrán comprender nunca que el fin del individuo sea el fracaso absoluto. Por eso hemos hecho verdaderas filigranas intelectuales para terminar tergiversando el evangelio. Si creemos que lo importante es lo sensible, lo material, que me da seguridades egoístas, lo defenderemos con uñas y dientes y no dejaremos que lo que vale de veras cobre su importancia.

¿Quién es Jesús? La respuesta no puede ser la conclusión de un razonamiento discursivo. No servirán de nada ni filosofías ni psicologías ni teologías. Los análisis externos de lo que hizo y dijo no nos lleva a ninguna parte, porque no son comprensibles. Solo una vivencia interior, que te haga descubrir dentro de ti lo que vivió Jesús, podrá llevarte al conocimiento de su persona. Jesús desplegó todas las ‘posibilidades de ser’ que el hombre tiene. La clave de todo el mensaje de Jesús es ésta: dejarse machacar es más humano que hacer daño a alguien.

Debemos seguir preguntándonos quién es Jesús. Pero lo que nos debe interesar es un Jesús que encarna el ideal del ser humano, que nos puede descubrir quién es Dios y quién es el hombre. La pregunta que debo contestar es: ¿Qué significa, para mí, Jesús? Pero tendremos que dejar muy claro, que no se puede responder a esa pregunta si no nos preguntamos a la vez ¿Quién soy yo? No se trata del conocimiento externo de una persona. Ni siquiera se trata de conocer y aceptar su doctrina. Se trata de responder con mi propia vida.

La razón puede dejarse llevar de las exigencias biológicas y utilizar toda su capacidad para buscar el placer o para huir del dolor. Pero el hombre, desde su vivencia interior, puede descubrir que su meta no es el gozo inmediato, sino alcanzar la plenitud humana, que le llevará más allá de la satisfacción sensorial. Si la razón no cede a las exigencias del instinto, y pretende imponerse y buscar el bien superior, la biología reaccionará produciendo dolor. Este dolor es el que Jesús propone como inevitable para alcanzar la plenitud.

La cruz, como súmmum del dolor, no tiene valor alguno, como símbolo de la entrega total, es la meta de la vida humana. La hora de la plenitud de Jesús fue la hora de la muerte en la cruz. Ahí consumó su carrera. Se identificó con Dios que es don total. Ya no necesita más glorificaciones ni exaltaciones; entre otras razones, porque no hay después, sino un eterno ser en Dios. Jesús vivió y predicó que lo específicamente humano es consumirse en la entrega al bien del hombre concreto, el que me encuentro en el camino de cada día.

Meditación

‘Quién soy yo’ y ‘quién es Jesús’ exige la misma respuesta.
Solo viviendo lo que vivió Jesús podré responder.
Mi meta, como la suya, es desplegar lo humano.
Desplegar lo humano es vivir lo divino.
Nuestro ser verdadero es lo que hay de Dios en nosotros.
Soy lo Infinito, solo queda vivirlo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¿Quién es ese hombre?

domingo, 12 de septiembre de 2021
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untaljesusMc 8, 27-35

¿Quién dicen los hombres que soy yo? … ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!»

Retrocedamos un poco en la historia y vayamos al momento en que Jesús decide dedicar su vida a la misión. Acompañado de cuatro pescadores de Cafarnaún, va el sábado a la sinagoga y allí se suscita por primera vez la incógnita que nos sigue desafiando veinte siglos después: «¿Qué es esto?… ¿Una doctrina nueva y revestida de autoridad, que manda a los espíritus impuros y le obedecen?»… A partir de ese momento, tras cada hecho extraordinario o cada alocución genial de Jesús, la gente se pregunta lo mismo que hoy nos preguntamos nosotros: «¿Quién es ese hombre…?»

Para sus seguidores, Jesús es un profeta o el mesías esperado, y para sus enemigos, un impostor peligroso al que había que eliminar. Desde el momento de su muerte, se desarrollan sobre Jesús cristologías que tratan de poner de manifiesto su condición divina; desde la más primitiva, de carácter ascendente y formulada por Pedro: «Dios estaba con él», hasta la que terminó prevaleciendo (de carácter descendente) que Juan formula en los siguientes términos: «El verdadero Dios se hizo hombre para salvarnos». Siguiendo la estela de Juan, los concilios de Nicea y Constantinopla lo declaran “Segunda Persona de la Santísima Trinidad”… y en ello estamos.

Fuera del ámbito cristiano, los filósofos de la ilustración francesa reducen la figura de Jesús a su dimensión antropológica, pero toman buena parte de su enseñanza para formular su código ético basada en la razón. Hegel llega a escribir una “vida de Jesús”, pues afirma que su praxis es la única capaz de integrar a las personas en un “nosotros” que constituye el Espíritu Universal. Nietzsche se muestra tan entusiasmado con él en un periodo de su vida, que llega a calificarlo de precursor de su “superhombre”… Gandhi se declara gran admirador de Jesús, y no se recata en decir que su movimiento de la no violencia estuvo inspirado en el capítulo sexto de Mateo… Y así muchos más.

Pero ¿quién es ese hombre…?

En la actualidad, y sin salir del ámbito cristiano, algunos identifican a Jesús con Dios, sin más, mientras otros lo consideran un maestro de sabiduría que ha influido notablemente en la marcha del mundo —como pueden haberlo hecho Sócrates o Buda—. Y todo esto puede estar muy bien como curiosidad, pero quizá lo más importante para la vida de un cristiano sea entender a Jesús como visibilidad de Dios: «A Dios nadie le ha visto jamás, el Hijo Unigénito que está en el seno del Padre nos lo ha dado a conocer», dice Juan en el prólogo solemne de su evangelio…

Y esto es tan importante para un cristiano, porque significa que no hemos sido arrojados al mundo sin referencias para afrontar la vida, sino que en Jesús encontramos la mejor referencia de un hombre que “piensa como Dios”… ¿Y qué puede haber más acertado que “pensar como Dios” para salvar la vida, hacerla más útil, y en definitiva más feliz?…

Como decía Ruiz de Galarreta: «El quicio fundamental de quienes nos llamamos cristianos es creer en Jesús visibilidad de Dios sin poner en duda su humanidad. Creemos que en un ser humano, tan humano como nosotros, podemos ver a Dios».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿Quién decís que soy yo?

domingo, 12 de septiembre de 2021
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Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end. (Mc 8,27-35)

El Evangelio de este domingo nos plantea tres claves que desde una lectura existencial pueden resultar especialmente sugerentes:

– La primera clave es la pedagogía de Jesús. Jesús utiliza la pedagogía de las preguntas. Preguntas además que acontecen estando de camino (v 27), de lo cual se puede sacar en consecuencia que captar y acoger las preguntas del Evangelio requiere una disposición vital, una apertura al dinamismo de la vida, que es siempre lo opuesto a la inercia y a la instalación, porque éstas terminan por embotar la sensibilidad. En el Evangelio, más que respuestas dogmáticas, lo que encontramos son preguntas, preguntas orientadas al diálogo y la lucidez sobre alguna situación que se pretende enfrentar. Preguntas que cuestionan la imposición de la verdad y que van a lo fundamental. Jesús no busca nunca el monólogo autorreferencial, sino el diálogo que surge a partir de preguntas desinstaladoras, porque la verdad es siempre conversacional, es dialogal. Así sucede también en este texto.

-La segunda clave provocadora es que la fe en Jesús no es doctrina, sino que remite siempre a la experiencia y ésta y pide ser narrada. Pero narrar el relato de sentido y Buena Noticia que es el Evangelio exige el cuidado de los lenguajes. Confesar a Cristo es mucho más que rezar el credo, es comulgar con su vida y su proyecto y hacerlo inteligible en las culturas con hechos y palabras. Los mismos títulos cristológicos han de ser recreados desde la experiencia de las comunidades y sus contextos. Por eso la inculturación y el dialogo intercultural se convierten en una ineludible exigencia del creyente. Decir quién es Cristo hoy y hacerlo de manera universal es hacerlo desde la asunción de la gran riqueza y desafío que es la diversidad, superando la tendencia de la asimilación, la homogeneización y del anacronismo en que frecuentemente han caído los lenguajes, ritos y símbolos religiosos. Necesitamos profundidad de experiencia y creatividad pastoral para ello.

-La tercera clave es la impertinencia del Evangelio. Es decir, su radical incomodidad, el descentramiento y éxodo permanente al que nos invita a vivir, su paradoja: El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará (v 35). Jesús es una memoria peligrosa y contracultural en el corazón de la historia y su espíritu nos mueve a no domesticarla ni acomodarla.

En el contexto de un mundo pandémico, la violencia en las fronteras y el clamor por la vida de quienes intentan atravesarlas, desde el grito de las mujeres y las niñas exigiendo una vida liberada de la pobreza y la violencia patriarcal, Jesús nos pregunta también hoy a nosotros y nosotras: ¿quién decís que soy yo? ¿Qué contenido le damos a esa experiencia y desde qué lenguajes, gestos y acciones hacemos de ella un relato de sentido y solidaridad compartida con los y las más vulneradas?

¿Quién decís vosotros y vosotras que soy yo?, el modo de responder a esta pregunta implica una forma de situarnos en la vida y ante los demás al modo de Jesús. El mesianismo de Jesús es un mesianismo descalzo. No es triunfalista, sino compasivo y kenótico y conlleva una dimensión conflictiva. A sus discípulos les cuesta entenderlo como nosotros y nosotras nos resistimos también a ello. Para Jesús, negar esta dimensión, como hace Pedro, es edulcorar el seguimiento y tentar a Dios. Esta es quizá una de las principales paradojas del Evangelio, que es a la vez Bienaventuranza, Buena Noticia y signo de contradicción.

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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Paradoja

domingo, 12 de septiembre de 2021
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AlienacionDomingo XXIV del Tiempo Ordinario

12 septiembre 2021

Mc 8, 27-35

 “El que quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida, la salvará”: en esta formulación queda expresada la paradoja central del evangelio.

 Perder y salvar la vida es una expresión que suele reformularse de muchos modos: perder/ganar, soltar/recibir, controlar/fluir, disminuir/crecer, morir/vivir… Todo ello habla de que nos encontramos ante una paradoja de validez universal, más allá de la tradición específica en la que nació. De hecho, la hallamos en otras tradiciones sapienciales, lo cual es signo de la sabiduría que contiene.

 Esa paradoja encierra lo que –también dentro de la tradición evangélica– constituye el misterio central de la vida como proceso de muerte/resurrección. En el mundo de las formas, todo es un constante morir-resucitar: “Si el grano de trigo no muere –decía el Jesús del cuarto evangelio–, no puede dar fruto” (Jn 12,24).

 La universalidad de la paradoja se explica porque responde a la propia constitución de la realidad en general y de los seres humanos en particular. En lenguaje budista, los dos polos de la realidad se nombran como “vacío” y “forma”, según el conocido dicho del Sutra del corazón: “Vacío es forma y forma es vacío”. No son opuestos irreductibles, sino las dos caras de la misma moneda, abrazadas en la no-dualidad.

  En nuestro caso humano, podemos nombrar los dos polos como “identidad” y “personalidad”. Tampoco como realidades opuestas, sino complementarias. Nuestra identidad se está expresando en nuestra personalidad. Ahí queda recogida nuestra paradoja, con la invitación a vivir ambas realidades de manera armoniosa. Y es precisamente a esa armonía hacia donde apunta la expresión del evangelio.

 Si absolutizo la personalidad (el yo) hasta el punto de identificarme con (reducirme a) ella, yerro por completo y pierdo la vida: me estoy perdiendo a mí mismo en la confusión y el sufrimiento. Solo cuando “niego” el yo –es decir, cuando comprendo que no soy (ni me reduzco a) él–, vivo en plenitud. Con otras palabras: el que solo busca “salvar” su yo, pierde la vida; quien “pierde” el yo –porque se ha desidentificado de él– la encuentra. Todo nacerá en la comprensión: porque solo cuando comprendemos lo que somos, podemos dejar de identificarnos con lo que no somos.

 Por tanto, no se trata tampoco de demonizar al yo ni de querer eliminarlo -es una realidad positiva-, sino de acogerlo y vivirlo desde nuestra identidad profunda, sin reducirnos a él.

¿Cómo vivo esta paradoja?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No confudamos a JesuCristo mesías con un triunfador político-eclesiástico

domingo, 12 de septiembre de 2021
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4a704a0f07f8c60c4d8f1dfb362f3f6eDel blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

  1. ¿Quién es este?

    Es una pregunta constante en el NT. ¿quién dice la gente que soy yo? ¿Quién es este que perdona pecados? ¿Quién es este que hasta el viento y las olas le obedecen? ¿Quién dice la gente que soy yo?

Seamos creyentes o no, Jesús ni fue, ni es alguien banal e insignificante. De ahí que provocara y provoque tantas opiniones, polémicas, adhesiones y contradicciones.

    Cuando hoy en día, lo que dicen los eclesiásticos ya no es escuchado y casi no tiene relevancia, cabe que nos preguntemos: ¿No será que ya no nos preguntamos por Cristo, sino por unas cuantas cosillas de tipo religioso-eclesiástico?

¿Quién dice la gente que soy yo?

  •  Los contemporáneos de Jesús, sus discípulos experimentaron muchas dificultades para saber quién era Jesús. Nosotros no somos ni más listos, ni más santos que ellos.

Mejor un poco de humildad a la hora de acercarnos a JesuCristo y tratar de creer en él y de presentarlo.

  •  La pregunta por “la identidad” de Jesús hemos de situarla en los caminos y pedagogía hacia la fe que siguieron los primeros discípulos, y, por otra parte, todos los cristianos.
  •  ¿Quién es Cristo para mí, qué es Cristo para el ser humano?
  1. Juan bautista – Elías.

    En tiempos de Jesús no había ya profetismo. El último profeta había sido Juan Bautista mandado ejecutar por Herodes, lo cual debió haber causado un fuerte impacto entre los discípulos de Juan B., entre los seguidores de Jesús y en la gente.

Por la desaparición de los profetas mucha gente del pueblo sentía el peso del silencio de Dios. También hoy nosotros, a veces sentimos y sufrimos el silencio de Dios. (El silencio de Dios es una palabra honda que cala en el corazón). ¿Dónde está Dios y qué hace?

  1. Pedro aprueba el examen.

    Pedro responde exactamente lo que había que responder, pero ni se había enterado de quién era Jesús. Pedro había aprobado el examen con nota: Tú eres el Mesías, pero Pedro no se había encontrado con Cristo.

Las palabras, los lenguajes, las filosofías, las ciencias bíblicas, la teología, etc. son muy valiosos y hemos de continuar estudiando y trabajando, pero otra cosa es creer en Cristo.

Jesús es el sacramento de Dios. Cuando vemos a Jesús, estamos viendo a Dios. Quien me ve a mí, ve al Padre, (Jn 14,9).

    Y, por otra parte, a Cristo le vemos a través o por medio del prójimo.

  1. El mesianismo de Jesús no es triunfalista.

    Pedro ha dicho lo que tenía que decir: Tú eres el Mesías. Pedro está pensando en un Mesías triunfalista, poderoso y, probablemente, está pensando en un buen puesto político en el Reino que Jesús iba a instaurar.

    Pero JesuCristo piensa y dice otras cosas de su mesianismo:

El Hijo del Hombre tiene que padecer, ser entregado, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Lo hemos escuchado en la lectura de Isaías: ofrecí la espalda a los que me apaleaban, no escondí el rostro a insultos y salivazos.

El mesianismo de Jesús no está en las grandes  concentraciones y espléndidas celebraciones litúrgicas. Yo no sé si Cristo está en los dogmas, en el Catecismo, pero donde sin duda alguna está es en la vida, en la entrega por los demás:

El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá.

    Pedro, -el poder, no entiende estas cosas- y pretende disuadirle a Jesús de ese hundimiento que se le avecina. Por eso Jesús le suelta un “réspice”: vade retro Satana. Tú piensas como los hombres, pero no eres cristiano.

    Seguir a Jesús no va por las grandes masas, ni por ritos, ni actos religiosos, sino que ser cristiano es servir a los demás, entregarse, dar la vida por los demás. Probablemente no podremos hacer grandes cosas, pero las pequeñas tareas de todos los días, ir dando la vida, eso es seguir a Cristo y ganar la vida.

05  Algunas anotaciones finales

  •  La primera conclusión de hoy es que: creer en el Señor es algo que vale la pena, que configura nuestra existencia con sentido y esperanza. Vale la pena creer en Cristo
  •  No es que Jesús dijera verdades, una doctrina y un catecismo. Él es la verdad: Yo soy la verdad. La meta del ser humano es el mismo Cristo.
  •  La verdad no está tanto en la teoría cuanto en la vida. En castellano se dice: obras son amores, que no buenas razones, y también: no es lo mismo predicar que dar trigo, (lectura de Santiago). La fe se traduce en obras.
  •  La razón y teoría hacen falta porque somos seres racionales, pero el cristianismo se ventila en la vida: en el trabajo desinteresado y lo mejor posible hecho, en la ayuda a los pobres o a quienes pueden necesitar que les demos una mano. Y se ventila sobre todo en la bondad, en hacer el bien. Más que defender “la doctrina y disciplina del partido”: Tú eres el Mesías, el Cristo, se trata de seguir a Cristo entregando bondadosamente la vida.
  •  Creer en Cristo es entregar la vida por los demás. En esta sociedad tan hedonista y tan egoísta, ser cristiano es vivir para los demás.

Si no queremos y amamos a los débiles y trabajamos por ellos, incluso sufriendo por ellos, ¿qué clase de cristianos somos?

  •  Las grandes preguntas de la vida, -la pregunta por Jesús es siempre subversiva-, siempre está por debajo de la versión establecida, por eso son vistas y juzgadas como sospechosas: Mons Oscar Romero, Arrupe, el Obispo A. Labaka, los curas obreros,  Ignacio Ellacuría y sus compañeros, Madre Teresa, etc.

La salida está en dar la vida por los demás, como Jesús, y así llegaremos a Cristo.

¿Vosotros quién decís que soy yo?

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José Arregi: «O Dios o el dinero. Contra el liberalismo en la óptica de Jesús»

viernes, 10 de septiembre de 2021
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Sembrador_2347875195_15593720_660x371Ponencia del teólogo vasco en el 40 Congreso de Teología de la Juan XXIII

«Allá por el año 27 de nuestra era, en plena crisis de la sociedad judeo-palestinense, Jesús, dejando su familia y su casa, se hizo discípulo de Juan Bautista»

«Se fue por los caminos y las aldeas de Galilea, anunciando: ‘Levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación’ (Lc 21,28). Provocó, arriesgó y perdió… Su fracaso se convirtió en semilla y antorcha pascual»

«Y aquí seguimos. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero no para bien de todos, es decir, no para bien. He ahí nuestro fracaso. Por ello precisamente, volvemos la mirada y acercamos el oído a Jesús»

«La mirada de Jesús, su compasión sanadora y subversiva, su comensalía abierta, su denuncia de la iniquidad personal y sistémica, su fe en Dios o la bondad creadora, su esperanza activa nos siguen inspirando»

Allá por el año 27 de nuestra era, en plena crisis de la sociedad judeo-palestinense, en un clima revolucionario, un joven artesano de Nazaret llamado Jesús, dejando su familia y su casa, se hizo discípulo de Juan Bautista, pero pronto se apartó también de éste, para seguir el fuego y la esperanza que le empujaban. Y se fue por los caminos y las aldeas de Galilea, anunciando: “Levantad la cabeza, se acerca vuestra liberación” (Lc 21,28). Provocó, arriesgó y perdió. Pero su fracaso, como el fracaso de todos los que pierden por dar, se convirtió en semilla y antorcha pascual, pues la vida que se da no muere.

Y aquí seguimos. Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero no para bien de todos, es decir, no para bien. He ahí nuestro fracaso. Por ello precisamente, volvemos la mirada y acercamos el oído a Jesús. ¿Qué vio, anunció y denunció en los campos de Galilea, a la orilla de su lago o junto a los palacios imperiales de Jerusalén y en los atrios de su templo? ¿Qué enseñó sobre el “dinero injusto”, sobre el ídolo Mamón, sobre la codicia insaciable y asesina, sobre los intereses ilícitos, sobre lo “debido al César y a Dios”, sobre el perdón de las “deudas” de la tradición bíblica del Jubileo que, en la única oración que él nos enseñó, hemos convertido en perdón de supuestas “ofensas” a Dios?

La mirada de Jesús, su compasión sanadora y subversiva, su comensalía abierta, su denuncia de la iniquidad personal y sistémica, su fe en Dios o la bondad creadora, su esperanza activa nos siguen inspirando. Su Aliento vital, Aliento universal, nos sigue animando, más allá de toda frontera y religión.

Fuente Religión Digital

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Frei Betto: «El hambre del pueblo es también un problema que la Iglesia y los cristianos tienen que afrontar y solucionar»

miércoles, 8 de septiembre de 2021
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imagesEl teólogo brasileño imparte la primera conferencia del Congreso de Teología

“Las causas del hambre perduran: conflictos armados, condiciones climáticas extremas (desequilibrio ambiental), dificultades para acceder a la tierra y al empleo y turbulencias  económicas”, clamó Betto. La causa principal es el hambre: casi cien millones de personas, en 23 países, viven en áreas de conflicto

“Hoy día son los bancos, las multinacionales y los fondos de pensiones los que dominan el mercado de alimentos y promueven especulaciones por medio de derivados de mercancías”, denunció. “Un crimen de lesa humanidad practicado en homenaje al dios Capital”

“Nadie elige ser pobre. De hecho, todo pobre es un empobrecido, víctima de la injusticia social. La pobreza es siempre un estado de carencia y no hay en la Biblia un solo versículo que diga que es agradable a los ojos de Dios”

En el episodio de los panes y los peces “no hubo magia y si milagro. Milagro es el poder divino de alterar el rumbo natural de las cosas. Tal poder actúa sobre todo en el corazón humano. Por tanto sí hubo milagro: el de la economía del compartir”

“Neoliberalismo y pandemia” fue el tema de la conferencia inaugural del congreso de la Juan XXIII, que corrió a cargo del teólogo brasileño Frei Betto. El experto arrancó su intervención denunciando la existencia de hasta 250 millones de personas que viven con inseguridad alimentaria.

“Más de 30 países están amenazados de hambre por la pandemia. Cada minuto mueren de hambre en el mundo 11 personas. De Covid-19, siete. Son 15.840 al día las víctimas de hambre en el mundo. Casi 6 millones al año”, destacó Betto. Y es que el neoliberalismo mata, también de hambre, a millones de personas.

318 millones de personas, en 55 países, viven en inseguridad alimentaria. “Muchas de ellas tienen algo de comer, pero no las suficientes calorías necesarias”, una situación agravada por la Covid-19.

“Las causas del hambre perduran: conflictos armados, condiciones climáticas extremas (desequilibrio ambiental), dificultades para acceder a la tierra y al empleo y turbulencias  económicas”, clamó Betto. La causa principal es el hambre: casi cien millones de personas, en 23 países, viven en áreas de conflicto.

Junto al hambre, la obesidad, esa enfermedad de los ricos, y de los pobres del mundo industrializado. “El mundo tiene hoy en días más de 2.000 millones de obesos. Los niños son los más afectados por la falta de oferta de alimentación de más calidad”, lamentó Betto, que vio difícil cumplir con los Objetivos del Desarrollo del Milenio, que busca erradicar el hambre para 2030. La perspectiva es pesimista: si se mantienen las tendencias, el número de personas afectadas por el hambre sobrepasará los mil millones”, advirtió.

«No faltan alimentos, falta justicia»

Un situación que se vive con especial crudeza en África, pero también en América. “No faltan alimentos en el Continente latinoamericano. Falta justicia”, denunció el teólogo.

Miles de millones de familias no tienen recursos para comprar comida, la cual ha dejado de tener valor de uso y, con el capitalismo, ha pasado a tener valor de cambio”, añadió, lo que calificó como “crimen hediondo”.

“Hoy día son los bancos, las multinacionales y los fondos de pensiones los que dominan el mercado de alimentos y promueven especulaciones por medio de derivados de mercancías”, denunció. “Un crimen de lesa humanidad practicado en homenaje al dios Capital”.

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¿Objetivo? Hambre cero

Y es que la pandemia favorece a los más ricos”, que han incrementado su riqueza, mientras los pobres son mucho más pobres. La brecha de la inequidad se ensancha. “Miles de millones de personas no tienen riqueza monetaria ninguna y la distribución de la riqueza personal mundial refleja un mundo en el que algunos gigantes, como Gulliver, cuando miran hacia abajo contemplan una inmensa masa de liliputienses…”.

Si dividimos el PIB mundial (calculado en 84 billones de dólares) entre los 7.200 millones de seres humanos,  llegaríamos al valor anual de 11.667,00 dólares USA per capita, ó sea que cada persona dispondría de 972,25 dólares USA al mes

Renta básica universal

Frente a ello, Betto propuso “implantar la renta básica universal”. Con un cálculo utópico, pero real: “Si dividimos el PIB mundial (calculado en 84 billones de dólares) entre los 7.200 millones de seres humanos,  llegaríamos al valor anual de 11.667,00 dólares USA per capita, ó sea que cada persona dispondría de 972,25 dólares USA al mes”.

“Es un desafío urgente trabajar en pro de la cultura del cuidado y de la solidaridad. Necesitamos urgentemente conquistas básicas como alimentación, educación, salud, acceso informático para todos, energía limpia y uso sostenible de la Tierra”, clamó Betto.

«Dilemas éticos» de la pandemia

Al tiempo, Betto abordó los “serios dilemas éticos” planteados por la pandemia a nivel global. La muerte, el dolor, la enfermedad, la insolidaridad entre países, la competitividad, “valor supremo del capitalismo”, son algunos de ellos.

¿Qué espiritualidad cristiana podemos sacar de la pandemia? Como Jesús, “el compromiso por los pobres”. “Nadie elige ser pobre. De hecho, todo pobre es un empobrecido, víctima de la injusticia social. La pobreza es siempre un estado de carencia y no hay en la Biblia un solo versículo que diga que es agradable a los ojos de Dios”, clamó Betto.

         ¿Qué haría Jesús en una coyuntura como esta? Betto resume tres tres actitudes:

  • 1) Denunciar las causas de este genocidio: la aparición del virus por desequilibrio medioambiental, la inoperancia de algunos gobiernos, el abandono del sistema publico de salud, la selectividad social de las víctimas, etc.
  • 2) Promover acciones eficaces de solidaridad con las víctimas y sus familias y con los sectores más vulnerables de la población; organizar movimientos y movilizaciones en favelas y áreas pobres para disminuir el sufrimiento de sus habitantes; promover la distribución de cestas básicas y productos de higiene; estimular la creación de cocinas comunitarias; ofrecer cursos de profesionalización a las personas paradas; facilitar el acceso de los más pobres a internet, etc.
  • 3) Repensar nuestra misión como discípulas y discípulos. ¿Concienciamos a los alumnos de nuestras escuelas de la dimensión de la crisis del medioambiente en la línea de la encíclica Laudato Si? ¿Nuestra evangelización es meramente exhortativa o también es movilizadora en favor de los pobres y en pro de la justicia?,

En resumen: “Dadles vosotros de comer”, como dijo Jesús. “O sea, el hambre del pueblo es también un problema que la Iglesia y los cristianos tienen que afrontar y solucionar”, tradujo Betto.

Porque en el episodio de los panes y los peces “no hubo magia y si milagro. Milagro es el poder divino de alterar el rumbo natural de las cosas. Tal poder actúa sobre todo en el corazón humano. Por tanto sí hubo milagro: el de la economía del compartir”.

Fuente Religión Digital

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Seguimiento

martes, 7 de septiembre de 2021
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Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares. Si alguna vez Le seguís, olvidad toda la moral cristiana, vuestros logros y vuestras dudas particulares. Nada se os pide -ninguna idea de Dios, ninguna bondad especial propia, ni que seáis religiosos, ni que seáis cristianos, ni siquiera que seáis sabios, ni que os atengáis a una moral. Lo que se os pide es tan sólo que os abráis a lo que se os da y que queráis aceptarlo: el Nuevo Ser (JesuCristo), el ser de amor, de justicia y de verdad que se manifiesta en Aquel cuyo yugo es llevadero y cuya carga es ligera.

*

Paul Tillich
Se Conmueven los Cimientos de la Tierra,
Barcelona, Ed Nopal, 1968, 160.

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Effetá… Ábrete

domingo, 5 de septiembre de 2021
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Hoy, ante el drama humanitario que estamos viviendo, esta Palabra se hace realidad más que nunca… Una vez más, Jesús, María y José no encuentran posada… Mientras Herodes le persigue y sus secuaces pretenden impedir su éxodo mostrando su más inmisericorde falta de hospitalidad (ese fue y no otro el pecado de Sodoma, señores ultracatólicos) … otros ojos indiferentes no quieren ver la tragedia… Effeta, Ábrete…  ¿Qué más tiene que pasar para que la derecha y ultraderecha europea adquiera un gramo de humanidad?

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Effetá

Ruidos.
Nos rodean.
Nos envuelven.
Nos aturden.
Tertulias, canciones,
opiniones,
discursos, eslóganes.
Anuncios, promesas,
noticias, debates,
conversaciones.
Ruido, ruido incesante,
que termina
atronando
a base de exceso
hasta que las palabras
ya no significan nada.
Mientras,
como un rumor de fondo,
la Palabra trata de hacerse oír.
Habla de justicia,
de amor verdadero,
de camino, verdad y vida.
Toca, Señor, nuestros oídos,
que se abran de nuevo
al rumor de tu presencia.
Sé la Voz que grita,
en el desierto
de los indiferentes,
de los que están de vuelta,
de los ensordecidos.
Voz que despierta
los anhelos más nobles
que llevamos escritos
en la sangre y la entraña.

*
José Mª Rodríguez Olaizola, sj

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En aquel tiempo, dejó Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.

Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo:

“Effetá”, esto es “Ábrete”.

Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad.

Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:

“Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos.”

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Marcos 7, 31-37

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Para seguir a Jesús sería preciso abandonar las enseñanzas y actuar sólo como quisiéramos que obraran los otros. Sería menester reconocer, en verdad, que eso es precisamente lo que hace él. Tras haberle conocido de cerca, ahora sé que me ama, como ama a cualquiera de los ‘am ha’aresh que le siguen, sea un árabe, un griego, un romano o qué se yo. Más aún, ama a un extraño del mismo modo que ama a su madre, a sus parientes, a sus discípulos. Y cuando digo del mismo modo entiendo por ello que ya no existe diferencia alguna entre los que están unidos por este amor suyo universal. Ningún amor verdaderamente grande implica una gradación de valores; pues bien, su amor no parece tener límites. No puedo imaginar que sea capaz de negar nada a nadie, sea quien sea. La gente le pide milagros del mismo modo que pediría un préstamo que sabe ya por anticipado que no tendrá que devolver: y él se los concede. Los hace exaltando la misericordia, la bondad del Altísimo, o sea, señalando que todas las curaciones que a diario y en gran número realiza son una demostración evidente de que Adonai no puede obrar de otro modo con aquellos que confían en él.

        Parece decir: «Mira cómo es misericordioso y lo que puedes esperar aún de él. Esto debe mostrarte que puedes tener fe en él»

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Jan Dobraczynski,
Cartas de Nicodemo,
Editorial Herder, Barcelona 1977

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“Abrirnos a Jesús”. 23 Tiempo Ordinario – B (Marcos 7,31-37)

domingo, 5 de septiembre de 2021
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La escena es conocida. Le presentan a Jesús un sordo que, a consecuencia de su sordera, apenas puede hablar. Su vida es una desgracia. Solo se oye a sí mismo. No puede escuchar a sus familiares y vecinos. No puede conversar con sus amigos. Tampoco puede escuchar las parábolas de Jesús ni entender su mensaje. Vive encerrado en su propia soledad.

Jesús lo toma consigo y se concentra en su trabajo sanador. Introduce los dedos en sus oídos y trata de vencer esa resistencia que no le deja escuchar a nadie. Con su saliva humedece aquella lengua paralizada para dar fluidez a su palabra. No es fácil. El sordomudo no colabora, y Jesús hace un último esfuerzo. Respira profundamente, lanza un fuerte suspiro mirando al cielo en busca de la fuerza de Dios y, luego, grita al enfermo: «¡Ábrete!».

Aquel hombre sale de su aislamiento y, por vez primera, descubre lo que es vivir escuchando a los demás y conversando abiertamente con todos. La gente queda admirada: Jesús lo hace todo bien, como el Creador, «hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

No es casual que los evangelios narren tantas curaciones de ciegos y sordos. Estos relatos son una invitación a dejarse trabajar por Jesús para abrir bien los ojos y los oídos a su persona y su palabra. Unos discípulos «sordos» a su mensaje serán como «tartamudos» al anunciar el evangelio.

Vivir dentro de la Iglesia con mentalidad «abierta» o «cerrada» puede ser una cuestión de actitud mental o de posición práctica, fruto casi siempre de la propia estructura psicológica o de la formación recibida. Pero, cuando se trata de «abrirse» o «cerrarse» al evangelio, el asunto es de importancia decisiva.

Si vivimos sordos al mensaje de Jesús, si no entendemos su proyecto, si no captamos su amor a los que sufren, nos encerraremos en nuestros problemas y no escucharemos los de la gente. Pero entonces no sabremos anunciar la Buena Noticia de Jesús. Deformaremos su mensaje. A muchos se les hará difícil entender nuestro «evangelio». ¿No necesitamos abrirnos a Jesús para dejarnos curar de nuestra sordera?

José Antonio Pagola

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“Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.” Domingo 5 de septiembre de 2021. Domingo 23º del tiempo ordinario

domingo, 5 de septiembre de 2021
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49-ordinarioB23 cerezoDe Koinonia:

Isaías 35, 4-7a: Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará.
Salmo responsorial: 145: Alaba, alma mía, al Señor.
Santiago 2, 1-5: ¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres para hacerlos herederos del reino?.
Marcos 7, 31-37: Hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

El profeta Isaías es el profeta de la consolación. El pueblo en medio del dolor que ha generado el destierro, necesita de una voz de aliento y esperanza, por eso el profeta los invita a tener valor a que «no tengan miedo», es necesario confiar en Dios pues él va a salvar a su pueblo de la esclavitud.

El profeta evoca con sus palabras el recuerdo de la tierra de Palestina con sus riquezas naturales, torrentes y manantiales, una tierra fértil y espaciosa, un paraíso o una tierra prometida, que les espera después del exilio, a la que regresarán como en un nuevo éxodo. En esta tierra se volverán a instaurar y reconstruirán el Templo, la ciudad y la historia. Y vivirán en plenitud, llenos de vida y salud, con sus órganos de los sentidos completos, capaces de percibir lo que está pasando a su alrededor. En las mismas palabras del profeta, se puede descubrir la fuerza de Dios, que busca reanimar a los abatidos y transformar la tierra devastada. El profeta anuncia tantos bienes que parece la llegada de los tiempos mesiánicos.

La carta de Santiago es un reclamo fuerte a la fraternidad. El que hace distinción de personas en la asamblea, es decir, en la celebración litúrgica, no puede ser cristiano. Santiago en su carta nos habla de diferencias y desigualdades en el interior de la misma comunidad, paradójicamente donde se tendría que construir otro modelo que prefigure la relación que los seres humanos deben construir en la vida social. En una palabra: la fraternidad, como fruto del mandamiento del amor, empieza en la misma celebración litúrgica y se debe hacer realidad en las relaciones sociales de los miembros de la comunidad.

Cada vez que el cristiano celebra la eucaristía debe asumir el compromiso del amor real, un amor que se hace efectivo en las obras que enriquecen la vida y la llenan de contenidos de humanización. Ésta es una tarea que tenemos que asumir para hacer de la celebración cristiana un espacio de vida abundante y de experiencia profunda de amor.

El evangelio de hoy nos dice que los paganos también fueron destinatarios del anuncio del Reino de Dios por parte de Jesús. Que saliendo Jesús de nuevo de la región de Tiro se dirigió por Sidón hacia el mar de Galilea, por en medio de los límites de la Decápolis, todo en territorio pagano. Y le trajeron un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Es una de las poquísimas veces que vemos a Jesús fuera de su país; si creemos a los evangelios, Jesús, prácticamente, no viajó al extranjero. Es importante señalar que en aquel entonces, ir al «extranjero» es también ir al «mundo de los paganos»… no como hoy. En este fragmento del evangelio de Marcos observamos a Jesús pues en medio de gente de otra religión… Puede ser muy significativo para nosotros el comportamiento que tenga hacia esas personas que no creen en el Dios de Abraham que cree Jesús…

En efecto. Vemos en primer lugar cómo Jesús no está entre los gentiles o paganos con una actitud «apostólica», no lo vemos preocupado por catequizarles. Tampoco parece preocupado por hacer entre ellos proselitismo religioso: no trata de convertir a nadie a su religión, a la fe israelítica en el Dios de Abraham. Y tampoco vemos que Jesús aproveche su paso para «impartir la doctrina», «enseñar y divulgar las santas máximas de su religión». Más aún: observemos que ni siquiera predica, no da discursos religiosos. Más bien, simplemente «cura». Es decir: no teoría, sino práctica. Hechos, no dichos.

No podemos decir que Jesús pase por el territorio pagano con indiferencia, o con los ojos cerrados, como si no tuviera nada que hacer allí… Más bien diríamos que lo que considera es que no tiene mucho que decir. No lo vemos discurseando, ni dando su «servicio de la palabra», sino curando y sanando. No habla del Reino (lo que es su «profesión» y hasta su «obsesión» dentro de los límites de Israel); fuera de su territorio religioso calla sobre el Reino y «hace Reino». O como dice la gente al verle: «hace el bien», no habla sobre el bien. (Y ya sabemos que «ubi bonum, ibi Regnum», «donde se hace el bien, allí está el Reinado de Dios», una fórmula que nos hace caer en la cuenta de una cierta tautología que se da entre «bien» y «Reino»; ya lo decía la antífona-canto del salmo 71: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia, tu Reino es Paz, tu Reino es Gracia, tu Reino es Amor…»).

Bien mirado, aunque Jesús no predica en esa región pagana, sí «ev-angeliza», en el sentido más exacto de la palabra: da la «buena noticia» («eu-angelo»). No «informa sobre ella», no trata de trasmitir «conocimientos salvíficos», ni siquiera de «poner signos» o de simplemente «anunciar-decir», sino de «hacer presente», de «poner ahí», de construir esos «hechos y prácticas» que son, por sí mismos, la «buena noticia». «Evangelización práctica», pues, sin teorías, ni palabras. (No estamos despreciando la teoría, la doctrina, la teología, la palabra… ni creemos que para Jesús no tuviera importancia… Lo que estamos queriendo decir -fijándonos en Él- es que también para nosotros, como para Él, el puesto de estas dimensiones «teóricas» es un puesto segundo; el primer puesto es para la Vida, para la acción, para la práctica del bien que identifica el Reino, no para la palabra que lo anuncia. Lo último que en definitiva perseguimos, es la práctica, los hechos, la realidad. La teoría, la palabra, la concienciación… también forman parte de la realidad, pero no como objetivos, sino como «instrumentos» para su consecución plena).

Excelente lección para nuestros tiempos de pluralismo religioso y de diálogo interreligioso. Tal vez nuestro histórico celo apostólico y misionero por la «conversión de los infieles», por la «llamada de los gentiles a la fe cristiana», por la «cristianización de las naciones de otra religión», o por «la expansión de la Iglesia» o su «implantación en otras áreas geográficas»… debieran mirar a Jesús y tomar nota de su peculiar conducta misionera. Tal vez hoy necesitaríamos, como Jesús, callar más y simplemente actuar. Es decir, dialogar interreligiosamente comenzando –como se suele decir técnicamente- con el «diálogo de vida»: juntarnos con los «otros» y conjugar nuestros esfuerzos en la construcción de la Vida (en la construcción del bien –«¡ibi Regnum!», ¡allí está el Reino!-). Porque si logramos estar unidos en la construcción del «Reinado de Dios» (no importa el nombre con que se designe, claro está), estaremos de hecho unidos en la adoración (práctica) del Dios del Reino. La doctrina, el dogma, la teología… vendrán después. Y caerán por su propio peso, como fruta madura, cuando el diálogo ya sea una realidad palpable en la práctica de la vida diaria.

«Todo lo hizo bien, hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos»; este versículo 37 tal vez sea una mala traducción, o una derivación de la exclamación que, más probablemente, brotó a los observadores de la conducta de Jesús: «Ha hecho todo el bien [que ha podido], hasta hace oír a los sordos y hablar a los mudos». O sea, sí que predicó Jesús a los gentiles, pero con «el lenguaje de los hechos», y no pidiendo una conversión “mental” a su religión, o a una nueva Iglesia que él no estaba pensando fundar, sino compartiendo con ellos su «conversión al Reino». Jesús no trataba de convertir a nadie a una nueva religión, sino de convertir a todos al Reino, dejando a cada uno en la religión en la que estaba. La conversión importante no es hacia una (u otra) religión, sino hacia el Reino, sea cual sea la religión en la que se dé.

La misión del misionero cristiano se inspira en Jesús. El misionero -todos nosotros, en determinadas circunstancias- no debe buscar la conversión de los «gentiles» a la Iglesia, como su primer objetivo, sino su conversión al Reino (sea cual sea el nombre con el que el “otro” lo llame, y recordando que de nominibus non est quaestio, que «acerca de los nombres no hay que discutir»). Y esa conversión, claro está, no es de diálogo teórico, ni de predicación doctrinal solo… sino de «diálogo de vida» y de construcción del Reino. Leer más…

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