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“Soy manso y humilde de corazón”. Domingo 09 de julio de 2023. Domingo 14º de tiempo ordinario

domingo, 9 de julio de 2023
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37-OrdinarioA14Leído en Koinonia:

Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Romanos 8,9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad.

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9.7.23. Venid a mí todos los cansados y oprimidos… Amor de Cristo, en forma de mujer (Dom 14 TO. Mt 11, 25-30)

domingo, 9 de julio de 2023
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IMG_9999Del blog de Xabier Pikaza:

Este evagelio condensa el mensaje de vida y amor de Jesús, formulado en parte desde el Q (cf. Lc 10, 21-22), con elementos desarrolados por el 4º Evangelio (un aerolito caído del cielo de Juan). Pero sólo Mateo lo ha formulado en su forma actual, como centro y compendio de su mensaje.

Es un testimonio fundamental de la tradición cristiana, como indicaré evocando sus nueve aportaciones principales para explicarlas después con cierto detalle a partir de Comentario de Mateo.

| X.Pikaza

Mateo 11,25-30

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

Venid a mí todos los que estáis cansados y aplastados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde/pequeño de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Nueve aportaciones:

  1. Trasfondo, contra las ciudades galileas, centradas en su poder
  2. Confesión de fe. Revelación de Dios a les pequeños (nêpioi), que no son sim más lossencillos
  3. Contra la falsa sabiduría del poder, revolución social y sapiencial de los pobres.
  4. Invitación a la vida, contra el riesgo de agotamiento, angustia de los hombres. Vivir en un mundo cansado
  5. Invitación al “alzamiento”: Levantarse, superar la carga (fortion) de la vida.
  6. Amor de Padre/Madre, primero de todos los amores
  7. Amor de mujer/persona, deseo de Dios atracción de su sabiduría “carnal” (en forma de mujer)
  8. Manso y humilde (pequeño), corazón divino de la vida humana
  9. Tomar el yugo, cargar el peso de la vida. Aprender a vivir, la única terapia

Introducción, contexto (Mt 11, 20-24)

Éste es el pasaje introductorio, el contexto en que Mateo ha introducido la revelación de Jesús. No es el evangelio de su éxito, sino de su fracaso:

11, 21 ¡Ay de ti, Corazaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han hecho en vosotras…. Y tú, Cafarnaúm ¿te vas a encumbrar quizá hasta el cielo? ¡Hasta el Hades te hundirás! Porque si en Sodoma se hubieran hecho los milagros que se han hecho en ti, aún subsistiría el día de hoy.

Ésta es la amonestación más significativa que la comunidad Q (cf. Lc 10, 12-15) ha dirigido a las ciudades del entorno de Galilea por no haber recibido el evangelio. Jesús y/o sus discípulos realizaron en ellas sus signos mesiánicos, para abrir un camino de Reino, desde los más pobres, con una propuesta de cambio en la vida económica y social. Pero esas ciudades les han rechazado, de manera que Jesús (Q, Mateo) les ha emplazado ante el juicio De Dios [1].

 Estas ciudades   aparecen así comparadas con Tiro y Sidón (ejemplos de maldad proverbial) y con Sodoma, ciudad del entorno del Mar Muerto, destruida según tradición por el fuego del cielo, a causa de su intensa maldad (Gen 18). [2] En especial destaca el destino de Cafarnaúm (comparada con Babel/Sodoma), ciudad dode Jesus habitaba, pero que e no se había convertido, no había aceptado su mensaje y el de sus enviados (11, 20; cf. 10, 15). Los portadores de la misión del Q, retomada aquí por Mateo, poseen una fuerte conciencia de elección. Oponerse el mensaje de Jesús significa para ellos rechazar al mismo Dios, corriendo el riesgo de perderse.

  1. Yo te confieso Padre. La revelación de Jesús a los pequeños, pobres, aplastados (11, 25-30)

Este pasaje proviene también del Q (cf. Lc 10, 21-22) y tiene profundas resonancias joánicas, de forma que a veces se le ha visto como un aerolito caído del horizonte o entorno del cuarto evangelio e introducido en la tradición sinóptica. De todas formas, no es un texto extraño en Mateo, sino que responde bien a su trama, en el espacio de una intensa controversia de Jesús contra las ciudades galileas que no han creído en su mensaje (11, 20-24) y contra los fariseos que siguen aferrados a una forma «no misericordiosa» de entender la ley del sábado (cf. 12, 1-14).

En ese contexto, tomado del Q, Mateo ha insistido en la revelación de Dios a los pequeños, por encima de la pretendida grandeza de las ciudades galileas y de los maestros rabínicos. Mateo la introduce tras el envío de los discípulos a Galilea (Mt 10) y tras la condena de las tres ciudades (Corozaín, Betsaida, Cafarnaúm…), que han querido elevarse sobre el cielo, rechazando a Jesús y a sus enviados, como muestran las tres partes del pasaje:

Alabanza (11, 25-26).Proviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:

11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños. 26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad [3].

 Frente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora los pequeños (nhpi,oi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.

Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio divino y una revolución hmana: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas(presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos (avpo. sofw/n kai. sunetw/n) que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.

En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse en la historia de las comunidades cristianas de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de forma que no pudo haber una “galilea cristiana”.

La manifestación del Dios de Jesús rompe la dinámica de sabiduría representada por las ciudades galileas, presumiblemente orgullosas por su conocimiento de las Escrituras, explicadas por los maestros fariseos que empezaban a misionar en la zona, oponiéndose a los discípulos de Jesús. Pues bien, frente a los “grandes fariseos” que operan en esas ciudades, rejudaizando Galilea de un modo rabínico, eleva Jesús a los pequeños que escuchan su Palabra, mostrando así que el Kyrios/Yahvé de la tradición judía es el Padre y defensor de los pobres, por encima de una sabiduría entendida como privilegio de una Ley propia de sabios y entendidos.

 El Dios grande (justificación del orden establecido) no necesita ser Padre (en el sentido de Jesús), porque es más bien Señor, Justo Juez, responsable de un orden y justicia de talión, dando a cada uno lo suyo (de acuerdo a lo que sabe y tiene). Por el contrario, el Dios de los pequeños tiene que ser y es Padre. Fundándose en el Dios de su seguridad nacional y legal, los galileos han rechazado a Jesús, pero él alaba a Dios Padre a través de los pobres, a quienes recibe en amor, ofreciéndoles su más alto conocimiento [4].

Revelación paterno- filial (11, 27).

Ese Dios de los pequeños se define ahora como Padre de Jesús, a quien se revela en plenitud. No estamos ya ante Moisés, un hombre de gran importancia, pero que recibe y ofrece una Ley que no se identifica con él. A diferencia de eso, la verdad de Dios se identifica con el mismo Jesús, como indica esta parábola más honda del mutuo conocimiento entre Padre e Hijo. Jesús no es sabio en la línea de los maestros de las ciudades galileas, ni es prudente en la línea de los expertos rabinos, sino que es y actúa como Hijo de Dios y Revelador del Padre, manifestándose de un modo total a (y en) los pequeños.

En esa línea, el conocimiento que Jesús tiene y transmite se identifica con su ser de Hijo. No es el resultado de un estudio especial (como el de los nuevos sabios galileos), ni una comprensión mas minuciosa de la Ley, sino una experiencia de filiación, que él puede y quiere compartir con todos aquellos que le escuchan y acompañan, empezando por los pequeños. Ésta es su transformación, la más sencilla (¡volver al principio de la vida!), la más fuerte de todas.

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Mejor ser sencillo que sabio. Domingo 14 TO. Ciclo A

domingo, 9 de julio de 2023
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imageDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)

             En aquel tiempo, exclamó Jesús:

            Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.

            Todo me lo, ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

            Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los «sabios y entendidos«, que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la «gente sencilla», sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Invitación. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.

Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9,9-10)

El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.

Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.

Así dice el Señor:

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;

mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;

modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. 

Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,

romperá los arcos guerreros,

dictará la paz a las naciones;

dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

            El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

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09 Jul Domingo XIV de Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 9 de julio de 2023
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D-XIV

“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a las sabias y entendidas y las has revelado a la gente sencilla.”

(Mt 11, 25-30)

Los evangelios no nos dicen explícitamente en ningún momento que Jesús riera o sonriera. Pero si agudizamos la vista y el oído nos encontramos con la sonrisa y la risa de Jesús.

Por ejemplo, en este fragmento del evangelio. Jesús siente la alegría y la complacencia al descubrir que la gente sencilla comprende la manera de ser de Dios. La gente humilde se abre al Reino. Jesús lo sabe y alaba al Padre. ¿Cómo?, ¡con una sonrisa en los labios!

¿Quién no se alegra cuando le sucede algo bueno? Por eso el evangelio de hoy nos ofrece la imagen de Jesús sonriente, con el rostro iluminado, compartiendo alegría con las gentes sencillas que lo están escuchando.

Y es que nos puede suceder que a fuerza de ver imágenes de Jesús en las que aparece serio, incluso en algunas parece que enfadado, acabemos olvidando que Jesús también sonreía. Se alegraba. Bendecía. Y probablemente se echaría unas risas con sus amigas y amigos.

Además, es imposible pensar que un Dios que ha creado cosas tan hermosas y es Amor, no tenga en su rostro una amplia sonrisa.

Tampoco parece muy creíble que a Jesús se le hubiera acercado mucha gente si hubiera ido por la vida con cara de pocos amigos.

Al final del evangelio de hoy Jesús invita a quienes están cansadas y agobiadas a acudir a él. Jesús quiere ser nuestro descanso y nuestro alivio. Nos ofrece su humildad y su sonrisa como lugar de nuestro descanso.

Estés como estés. Cansada o aliviada. Te invito a hacer un sencillo ejercicio. Imagínate a lo largo del día de hoy que Jesús te acompaña con su sonrisa. Cuando te acuerdes de Dios, acuérdate también de su sonrisa. Seguro que a lo largo del día acabas sonriendo más de una vez. Incluso puede que provoques alguna sonrisa.

Oración

Trinidad Santa, sonrisa compañera. Haznos imagen y semejanza de tu alegría.

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios ni esconde ni revela nada a nadie.

domingo, 9 de julio de 2023
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DOMINGO 14 (A)

Mt 11,25-30

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidos. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los dos primeros se encuentran también en Lucas, pero en el contexto del éxito de los 72 y la intervención del Espíritu. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada. ¿Qué hubiera dicho Jesús después de Constantino?

Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los sabios, tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender, pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. No tenía capacidad de razonamientos y les faltaba la mínima preparación para desplegarla. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra”, los descartados.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que nos quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús, haciendo nuestra la experiencia de Dios que él tuvo.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones, además de las tradiciones que eran innumerables y sumían a la gente en la imposibilidad de cumplirlas. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre…”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser él mismo. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Lo que hagamos a favor del hombre traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se las quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones nos permiten avanzar.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos dice Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su Vida. Sin conocer la evolución pueden disfrutar de buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que sean escuchados? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia…”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esa frustración abusaban los eruditos para oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa manera.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de normas morales y en la práctica de ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por esa situación nunca se podrá superar condenando a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o imponiendo normas que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, conseguiremos la libertad para ser nosotros mismos.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Los sabios y los sencillos.

domingo, 9 de julio de 2023
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Mt 11, 25-30

«Te doy gracias Padre porque has ocultado estas cosas…»

A Jesús le siguieron los que sintieron necesidad de él… y solo ellos participaron de la buena Noticia. Le siguieron los que se sentían rechazados por la gente respetable y abandonados por un Dios que les enviaba calamidades por sus pecados. Le siguieron los pecadores públicos, los pobres, los enfermos y lisiados, los humildes y sencillos; los que no poseían tesoros en la Tierra y no podían sentir apego por ellos.

Lo rechazaron los que no sintieron esa necesidad… y se perdieron la buena Noticia. Lo rechazaron los doctores y letrados cuya soberbia intelectual les impedía admitir nada que dijese o hiciese aquel carpintero de la impía Galilea. Lo rechazaron los sacerdotes y los poderosos que no podían permitir que nadie pusiese en riesgo su poder, los acomodados que se sentían satisfechos tal como estaban, los santos que dedicaban su vida al cumplimiento de la Ley y lo consideraron desde el principio un impostor: «Éste no es de Dios, porque…»

Y lo rechazamos nosotros, porque nuestro espíritu ilustrado nos empuja a dar mayor crédito a los dictados de nuestra razón que a las palabras de aquel carpintero que (al fin y al cabo) vivió y murió en un tiempo lejano y una región remota que nada tienen que ver con nosotros. No se trata de un rechazo generalizado, sino circunscrito a los ambientes más intelectualizados de la Iglesia. Tampoco es un rechazo frontal, sino más bien una evolución de la fe hacia posiciones selectivas, ahormadas a nuestra idiosincrasia, que poco o nada tiene que ver con aquella fe de nuestros mayores que se manifestaba en una confianza plena en Jesús.

Ya no partimos del evangelio para buscar la verdad. Partimos de una verdad que previamente hemos elaborado por nuestra cuenta, y desde esa verdad interpretamos el evangelio. El resultado es que hemos acabado poniendo en tela de juicio al Dios de Jesús, sus referencias a la vida tras la muerte y otras muchas cosas que antes se daban por supuestas. Incluso sus criterios de vida han perdido parte de su vigor, pues hemos descubierto que los podemos encontrar en otros maestros que han ofrecido su sabiduría en muchos lugares de este mundo.

No es por tanto de extrañar que hoy pongamos a Jesús en cuarentena y nos afanemos en buscar nuevos modelos distintos del suyo; que nos acerquemos al evangelio, no como quien se siente necesitado de él, sino desde esa autosuficiencia tan propia de nuestro tiempo que, por una parte, nos incapacita para penetrar en él a través de una lectura desde la fe, y por otra, nos lleva a descalificar la fe de las personas sencillas capaces de creer en Jesús sin nuestro cúmulo de cortapisas.

Es razonable pensar que son los “sabios” los que mejor conocen “la verdad”, pero leemos el texto de hoy, y vemos a Jesús dar gracias al Padre por haber revelado “estas cosas” a los sencillos y haberlas ocultado a los sabios… Y ante ello sólo tenemos dos opciones; ignorar sus palabras, o replantearnos la forma de acercarnos al evangelio, porque es probable que nos estemos perdiendo la buena Noticia; como se la perdieron los doctores de Israel.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer otro comentario sobre este evangelio publicado en fe adulta, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Ocultar y revelar.

domingo, 9 de julio de 2023
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jezus-ci-pomozeCOMENTARIO AL EVANGELIO Mt 11, 25-30

9 de julio de 2023

Seguimos recorriendo el camino litúrgico de la mano de Mateo; este es un evangelio muy eclesial, elaborado en un momento conflictivo para recuperar la tradición de una iglesia judeo-cristiana. El peligro más potencial de la Iglesia era encerrar a Jesús en un espacio religioso centrado en Jerusalén. Posiblemente, después de tantos siglos, nos sigue resultando conocido este intento de exclusivismo religioso. Ahora bien, la gran contribución de Mateo es este relato decisivo que aporta pruebas incuestionables para mostrar y demostrar que Jesús es el Mesías; un mesianismo que recrea una nueva imagen de Dios y de ser humano. Desde esta clave, el texto que hoy nos ocupa, es una clara evidencia de este propósito.

Os invito a refrescar los versículos anteriores en los que Jesús no parece haber tenido mucho éxito con su predicación; es muy directo al expresar incomodidad porque su generación no ha aceptado el mensaje del Bautista, tampoco el suyo.  Por ello, se atreve a comenzar el relato con una plegaria de bendición, típica del judaísmo, para dejar claro cómo hay que situarse para poder aceptar y comprender su misión. No es precisamente una plegaria reconciliadora sino llena de valentía y con cierto tono provocador y polémico. Contrapone los “sabios y entendidos” frente a los “sencillos y pequeños”, es decir, las élites religiosas de Israel, rabinos y fariseos, que se indignaban por su predicación en favor de los olvidados de la sociedad y de los que buscan vivir la fe desde la simplicidad y la libertad. “Pequeño, sencillo, niño” no es lo opuesto a adulto sino a una mente compleja, racional, rígida, frente a la docilidad, naturalidad y libertad de quien vive desde lo más profundo su existencia.

Parece que Jesús maneja esta frustración conectando con su identidad más profunda, la de ser Hijo. Así continúa el relato de este evangelio. Sin la consciencia de este vínculo, Jesús sería un profeta más, un rabino, un líder socio-religioso que busca arreglar la vida de las personas. Sin embargo, la pretensión no es arreglar la vida de nadie sino revelar el espacio divino de cada ser humano, ese espacio en el que somos en autenticidad, donde la única ley es la libertad frente al yugo pesado que los maestros de la ley imponían al pueblo sencillo. La sensación que va dejando este discurso de Jesús es toda una danza entre dos acciones: ocultar y revelar.

Jesús avanza en su valentía y concluye con una invitación definiendo su liderazgo que parece ser diferente al de los “expertos”. Su liderazgo,  a diferencia de los maestros de la Ley, es más guía que no impone un yugo que aplasta sino una nueva relación que libera y conduce a una plenitud que nada tiene que ver con el fundamentalismo: Venid conmigo aquellos que os agobia vivir la fe y la vida de una manera dogmática y fanática, basada en el miedo, el pecado, la superficialidad, el concepto religioso, la ideología, las creencias impositivas,  sino una fe y una vida basada en un vínculo de filiación que no se destruye ni por el mal, ni el sufrimiento, ni la muerte, ni el pecado. Un vínculo que es descanso en medio de la montaña rusa que es la vida.

Y, por último, Jesús recupera una de las Bienaventuranzas que más evidencia una vida conectada a lo esencial: la mansedumbre. Jesús se autodefine como manso y nos aconseja vivir así. Nada tiene que ver con ser flojos, débiles, ingenuos, silenciosos. La mansedumbre no es perder el derecho a la disensión y al desacuerdo, sino vivir desde la madurez, el equilibrio, la coherencia, la fuerza interior, el ser de una pieza, pero sin violentar, sin imponer, sin pactar con lo que oculta el verdadero sentido de la vida y los verdaderos lazos que nos humanizan.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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El buen lugar de la Gratitud

domingo, 9 de julio de 2023
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IMG_9983Domingo XIV del Tiempo Ordinario

9 julio 2023

Mt 11, 25-30

Cuando hay comprensión experiencial o profunda, la gratitud fluye. En ausencia de comprensión, únicamente podrá vivirse, en el mejor de los casos, cuando lo que acontezca resulte favorable a los intereses del yo o ego. Porque este no puede dar gracias por nada que lo frustre o que lo ponga en peligro.

La comprensión se traduce en dos certezas, que van de la mano: no somos el yo que nuestra mente piensa -con lo cual nos liberamos de su tiranía, así como de la lectura que hace de las cosas-, sino que somos uno con la totalidad, con la consciencia o la vida -con lo cual, somos situados en la aceptación profunda que culmina en la rendición a lo que es y en la gratitud incondicional-.

El yo -la mente- no solo no puede dar gracias por aquello que lo frustra; ni siquiera puede entender la gratitud en tales circunstancias. ¿Cómo dar gracias por algo que me hace mal?, ¿cómo dar gracias en una situación de injusticia flagrante?

Lo que ocurre es que, tal como se vive desde la comprensión, la gratitud no se parece en nada a lo que la mente entiende con ese nombre. Y aquí aparece una paradoja exquisita: la gratitud nace de la comprensión -solo es posible vivirla desde ahí- y, al mismo tiempo, al activarse, nos conduce precisamente a ese mismo lugar. Este es precisamente el poder de la gratitud: nos transforma por dentro, transportándonos al “lugar” de la comprensión; nos libera de la errónea consciencia de separatividad y nos sitúa en la consciencia de unidad.

Y lo que sucede en ese lugar es que se agranda nuestra mirada para poder ver en profundidad. La mente solo alcanza a ver la “superficie” de lo real, por lo que hace una lectura indefectiblemente reduccionista. La comprensión permite ver más allá, en una paradoja siempre presente.

No se da gracias por la injusticia ni por lo que hace daño. Se ve desde otro lugar, en una mirada que tiene en cuenta, no solo datos aislados -como hace la mente-, sino el tapiz completo, la totalidad en su conjunto. Visto desde ahí, caes en la cuenta de que “todo es como tiene que ser” y “todo será como tenga que ser”, aunque sin olvidar nunca la paradoja de que, en el nivel de las formas, todo es mejorable.

Pero no será la mente -la mirada mental– quien se percate de ello. La paradoja únicamente se resuelve en la comprensión no-dual, es decir, desde una mirada transpersonal o espiritual capaz de captar y de abrazar los dos polos de lo real, el plano profundo y el plano de las formas.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cristo nos libera del yugo de la religión

domingo, 9 de julio de 2023
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IMG_9984Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Dios es Padre.

    Cinco veces aparece en el Evangelio de hoy la expresión “Padre” para dirigirse Jesús a Dios.

    Seguramente que todas las religiones tienen un buen concepto de Dios. El Dios de Jesús, nuestro Dios es Padre…

Sin embargo, el centro de muchos modos de vivir el cristianismo no es de paternidad, ni de amor, sino que predomina la ley, la religión, lo que hemos de cumplir, lo que Dios exige para tenerle aplacado.

Al Dios de la religión no se le ama, se le teme y se procura “tenerle a raya”.

El Dios de Jesús es Padre. Es el centro del cristianismo.

02.- Padre de los sencillos, no de sabios y entendidos.

Dios es Padre especialmente de los pobres y sencillos

Jesús da gracias a Dios porque ha revelado lo que es la vida, las cuestiones decisivas de la vida a la gente sencilla, a los pequeños.

Los sabios y entendidos, (los “enterados”) tienen un tono de prepotencia y altanería. Hay gente que cree saberlo todo, entienden de todo, mandan en todo: lo mismo da en política, que en economía, que en las intrigas eclesiásticas o en la vida cotidiana. Muchos líderes viven con un gran complejo de superioridad y altanería.

Puede que tengan poder, dinero, ciencia, cargos, pero solamente tienen eso: dinero y poder, pero no sabiduría.

Son los sencillos, los pequeños los que tienen esa “sabiduría silenciosa” propia del pobre y del humilde. Es una sabia ignorancia. Son los sencillos los que tienen la mirada limpia, el corazón y las intenciones honradas y saben escuchar.

Cuántas personas son sencillas en la vida: en la familia, en la vida comunitaria y monacal, en el trabajo, en las misiones, en las aulas, en el cuidado de ancianos, enfermos, etc…

03.- Entre cansancios y canseras.

En muchos momentos la vida está embargada por “cansancios o canseras” (o por los dos).

Por mil motivos y circunstancias a veces a uno le pesa y le cansa la existencia.

El cansancio es producido por el trabajo, por el esfuerzo. Y tiene una solución más o menos sencilla: el descanso, algunos días de vacaciones, la alimentación, el sueño…

La cansera es más sutil y nos afecta más íntimamente. La cansera afecta a lo más profundo del alma. La cansera se produce cuando una situación personal, laboral, o el yugo eclesiástico o religioso o político, cansan, desmoralizan y hieren el alma.

04.- El yugo del que JesuCristo nos libera. [1]

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón… Mi yugo es llevadero y mi carga ligera. (Evangelio).

    ¿Cuál es la carga de la que Cristo nos libera?

¿Cuál es el yugo llevadero y la carga ligera de Jesús? ¿Por qué Él y sólo Él puede dar descanso a nuestra alma?

El ser humano se ve agobiado por el yugo de la religión: de la norma, de la ley, del dogma o la doctrina, del rito, del poder…

Jesús nos libera del penoso y pesado yugo de la casuística leguleya religiosa judía (AT), que siempre se hace presente en la historia de la Iglesia, como un constante Guadiana.

Cristo nos libera de este yugo, que causa el «esquema religioso«.

La carga de la que nos quiere liberar es la carga de la religión, es decir, del yugo de la ley, impuesto en su tiempo al pueblo por los maestros religiosos, por los hombres sabios e inteligentes, como Él los llamaría con palabras nuestras, por los escribas y fariseos, como habitualmente les llamamos. [2]

El yugo de Jesús es amable, libre y liberador, es el amor.

El yugo de Jesús está por encima de toda religión. Lo que les invita a aprender de Él es la victoria sobre la ley de los sabios y de los inteligentes, y la ley de los escribas y fariseos. [3]

También nosotros vivimos bajo la ley, bajo una ley que es religión y bajo una religión que es ley.

La ley de la religión es el gran esfuerzo del hombre por domeñar su angustia, su desasosiego y su desesperación.

Mucha gente de tradición cristiana vive todavía bajo el peso de la ley de la religión con su carga de culpabilidad, pecado, condenación, legalismo

La ley religiosa exige que el hombre acepte unas ideas y unos dogmas, que crea en determinadas doctrinas y tradiciones, cuya aceptación le garantizan su salvación de la angustia del desespero y de la muerte. Entonces el hombre procura aceptar todas esas cosas, aunque tal vez se le hayan hecho extrañas y dudosas. Bajo la exigencia religiosa, trabaja y se fatiga para creer cosas en las que ya no puede creer. Finalmente, intenta huir de la ley de la religión. [4]

Jesús nos libera del yugo de la religión. El yugo de Cristo es liberador. El yugo de Jesús es suave, su carga ligera porque es libertad (el hombre es anterior a la ley) y es amor.

Cuando experimentamos esta presencia suave de Jesús en nosotros, nos sentimos inmersos en una paz profunda que es superior infinitamente a la pequeña satisfacción del cumplimiento de la ley.

Jesús no es el creador de una religión, sino el vencedor de toda religión. Jesús nos libera de toda religión: en Jesús dominamos el desasosiego de la existencia.

Los maestros religiosos nos llaman a la religión. El cristianismo nos llama al Nuevo Ser. En Jesús, el Nuevo Ser,  la Verdad y el Bien nos han asido. Jesús nos llama.

Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares. Si alguna vez Le seguís, olvidad toda la moral cristiana, vuestros logros y vuestras dudas particulares. Nada se os pide -ninguna idea de Dios, ninguna bondad especial propia, ni que seáis religiosos, ni que seáis cristianos, ni siquiera que seáis sabios, ni que os atengáis a una moral. Lo que se os pide es tan sólo que os abráis a lo que se os da y que queráis aceptarlo: al Nuevo Ser, el ser de amor, de justicia y de verdad que se manifiesta en Aquel cuyo yugo es llevadero y cuya carga es ligera. [5]

05.- Venid a mí todos los que estáis cansados de la vida, que yo os aliviaré.

Cargad con mi yugo, que es suave y mi carga ligera y encontraréis descanso. Cristo no se refiere a que «su religión» es una «buena oferta» en el supermercado de las muchas religiones; no se refiere a que el cristianismo sea una religión de “manga ancha” en la que todo fuese más fácil y llevadero. Más bien hace referencia a que el encuentro con Cristo -expresión y revelación de Dios Padre- es descanso, calma en la vida, en la ley, en el pecado y en la muerte.

El encuentro con Cristo, con el Mesías manso y humilde que viene humilde y modestamente, ese encuentro produce paz, serenidad y calma en la vida, en lo más hondo de la existencia humana.

Los problemas en la vida seguirán. El mal y el pecado, la enfermedad, las dictaduras de todo tipo seguirán, el sufrimiento, la muerte harán siempre buena carrera y nos harán sufrir, pero no nos angustiarán, no nos agobiarán, porque vivimos en la libertad y el amor de Dios Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré.

[1] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 149-161. Este texto lo escogió Tillich para su confirmación.

[2] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 152.

[3] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 152.

[4] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 153.

[5] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 160.

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Mujer lesbiana encuentra a Dios “fuera de los muros” de la Iglesia Católica después de la exclusión

miércoles, 5 de julio de 2023
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Sin títuloAbi Hoyt es una cantante de ópera convertida en teóloga y reside en Dallas, Texas con su esposa, tres perros y un gato.

En un ensayo para U.S. Catholic, una mujer queer relata su decisión de dejar la Iglesia católica para ser fiel a su identidad sexual. Aunque su decisión fue difícil, incluso devastadora, dice que finalmente encontró a Dios en un lugar poco probable: “fuera de los muros de la iglesia”.

Abi Hoyt creció, en sus palabras, como una “católica de cuna devota”. Estaba acostumbrada a asistir a misa todos los domingos, recibir los sacramentos y rezar el rosario. Sin embargo, internamente, Hoyt estaba tratando de equilibrar ser una «buena católica con carnet» con ser homosexual. En un momento, ese equilibrio se volvió imposible para ella:

“No fue hasta que declaré mi homosexualidad que obtuve el empujón que necesitaba. Al darme cuenta de que no podía vivir una vida auténtica dentro de la iglesia como miembro de la comunidad LGBTQ, dejé la iglesia. Dejar la iglesia se sintió como una muerte y un nacimiento. Por un lado, sentí que una parte de mí había muerto, mientras que por otro lado, sentí que podía respirar por primera vez. Yo también estaba aterrorizada, ya que todo lo que había dado por hecho ahora estaba en duda; Había perdido la identidad compartida que había disfrutado con amigos y familiares. Estaba sin hogar”.

Si bien fue extremadamente difícil, dejar la iglesia le permitió a Hoyt ver el catolicismo bajo una nueva luz. Específicamente, comenzó a leer pasajes de las Escrituras que retrataban a Jesús como alguien que “derribó los límites y construcciones sociales, estuvo íntimamente involucrado en la liberación de los marginados y oprimidos, y siempre antepuso a la persona a la ley”. Comparado con lo que aprendió previamente sobre Jesús, este Jesús era completamente nuevo para Hoyt:

“No reconocí instantáneamente esta figura como Jesús debido a que me había acostumbrado a las imágenes de Cristo que la iglesia me filtraba. Estaba desconcertada. ¿Cómo podría la iglesia pretender ser la portavoz de Dios cuando el Dios de la iglesia parece drásticamente diferente del Dios de las Escrituras? Parecía imposible reconciliar a estos dos dioses. No fue hasta que luché con Dios como lo hizo Jacob que abracé completamente al Jesús histórico”.

Hoyt compara su experiencia con la historia bíblica del patriarca judío Jacob. En el libro de Génesis, Jacob lucha con Dios por una bendición. Eventualmente, Dios bendice a Jacob, lo rebautiza como Israel y declara: “has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido” (Génesis 32:24-31). Sin embargo, incluso con la bendición de Dios, Jacob queda herido en el combate de lucha libre. Al igual que Jacob, Hoyt siente un dolor residual por el daño de la fe:

“Mi encuentro sí me dejó cicatrices. Me llevó a la soledad, a tener que vivir en el estado inquieto de lo desconocido y a perder la identidad compartida que alguna vez había disfrutado con familiares y amigos. Sin embargo, llevo estas cicatrices con orgullo, ya que son una señal del camino sagrado que he recorrido y una insignia de solidaridad con todos los que han caminado por Peniel [el nombre del sitio donde luchó Jacob], cuestionando su fe, y se encontró con la revolución que es el Jesús histórico.”

Incluso con estas cicatrices, Hoyt espera que la Iglesia Católica algún día se convierta en un lugar seguro e inclusivo para las personas LGBTQ+. En su opinión, el primer paso para generar un cambio es abrir la puerta al diálogo “con un corazón abierto, respetuoso, curioso y dispuesto a ponerse en los zapatos de los demás”. Ella continúa:

“Me resulta útil observar las propias acciones de Jesús con personas con las que no estaba de acuerdo. Un tema común que vemos a lo largo de las Escrituras es que Jesús tuvo espacio para hablar con aquellos con los que no estaba de acuerdo y habló con ellos directamente. Desafortunadamente, demasiados cristianos no siguen el ejemplo de Jesús y, en cambio, hacen suposiciones con respecto a los católicos LGBTQ. Esto lleva a que los católicos LGBTQ sean falsamente etiquetados como indiferentes, moralmente perezosos, rebeldes o que carecen de un conocimiento profundo de las enseñanzas de la iglesia, aunque a menudo ninguna de estas acusaciones es cierta”.

Hoyt concluye preguntando: “¿Por qué entonces, no fue hasta que estuve fuera de los muros de la iglesia que encontré a Dios?”

Esta pregunta es una que todos deberíamos hacernos. Demasiados católicos LGBTQ+ se ven obligados a abandonar la iglesia debido al daño y la discriminación sistémicos. Todos los individuos, no solo aquellos que encajan en el arquetipo heterosexual y cisgénero, deberían tener la oportunidad de encontrar a Dios dentro de la iglesia. Para lograr este objetivo, los católicos deben comprometerse a aumentar el diálogo, la colaboración y la apertura dentro de todos los espacios religiosos. La esperanza es que algún día ninguna persona LGBTQ+ se vea obligada a elegir entre religión e identidad sexual.

—Sarah Cassidy (ella/ella), New Ways Ministry, 15 de junio de 2023

Fuente New Ways Ministry,

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“El discapacitado”, por Dolores Aleixandre.

martes, 4 de julio de 2023
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SER HERMANO - MEMORIA PROFETICA DE JESUS - ESP - sin cintillo_resizeEl Evangelio habla de ciertas incapacidades de Jesús

Me subo por primera vez  en un tren IRYO, nombre que, poniendo el acento en la primera sílaba,  me sonaba  a iris, irisación y otras palabras  armoniosas y elegantes. Solo a mitad de trayecto me di cuenta de que se podía leer de otra manera: IR-YO, y que ponía de relieve mi condición de  yo-usuaria, algo mucho más acorde con los tiempos que vivimos: acentuaba mi papel de protagonista del viaje y me invitaba a leer: Soy YO la que viajo y estoy-en-posesión-de derechos-y-merezco-todo-tipo-de-atenciones-porque-los-he-pagado. Y porque yo lo valgo. Punto pelota.  Por si fuera poco, un gran letrero me anunciaba sustanciosos  descuentos si me alojaba en el hotel ONLY YOU, solo para clientes de mi categoría, expertos en  transformar el ONLY YOU en ONLY ME.

Después de estos momentos de orgía egótica, llegó el descalabro: el viaje coincidía con  la semana de Pascua y me acordé intempestivamente de los insultos  que, según el relato de la Pasión, escuchó Jesús en la cruz: “A otros ha salvado y a sí mismo no puede salvarse” (Mt 27,42). El comentario dejó de pronto de parecerme un agravio y pensé que, en realidad, estaba acertando de lleno al describir un rasgo inconfundible del ADN de Jesús y clavar  junto al letrero “EL REY DE LOS JUDÍOS”, este otro calificativo: “EL DISCAPACITADO”.

Suena muy fuerte, pero no es la primera vez que un evangelista nombra algún tipo de incapacidad suya, no hay más que recordar lo que le pasó en su propio pueblo, cuando sus paisanos reaccionaron con escepticismo al escucharle en su sinagoga :-“¿De dónde le viene a éste  todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que leha sido dada? ¿Y esos poderes  que salen de sus manos? (…) Y no pudo hacer allí ningún milagro” (Mc 6,1-6). Le invitaron a marcharse porque lo ya sabido impedía lo nuevo y lo acostumbrado paralizaba lo inédito. Se resistieron a que hablara de  otros parentescos, otro Dios, otra familia, otro horizonte y eso le incapacitó a él para actuar

Pero la dis-capacidad que le reconocen en el Calvario es de otra clase y descubre algo que resultaba evidente en  él: estaba desprovisto de ese mecanismo innato de autoprotección que los humanos traemos  “de fábrica”, de esas ventosas que nos aferran a nuestros intereses y a la búsqueda de nosotros mismos. Él parecía carecer del instinto de apropiación  que nos empuja a  anteponer lo propio a lo ajeno y a colocar el ego en el lugar preferencial: caro oblita sui, un ser humano desinteresado de sí mismo,  decía san Ireneo allá por el s.II.

Todo esto explica en gran parte nuestra torpeza para entenderle y por qué caminamos por la vida con un paso tan desacompasado del suyo. Los de Emaús escucharon el diagnóstico del caminante que se les había acercado: eran lentos y torpes de corazón,  y sus coronarias,  atrofiadas por un egosterol  persistente, derivaban en embotamiento mental.  Después de mostrarles el ecocardiograma, el desconocido cambió de táctica para que no se hundieran en la miseria de sus ruindades y narcisismos: los invitó  a mirar fuera de ellos mismos, a recordar con él la Escritura y a descubrir cómo en los relatos más antiguos iba emergiendo el perfil misterioso de alguien que vivía del lado del amor y que solo dejaba  fluir por sus arterias palabras como padre, pan, amigos, perdón….

Se sentaron a cenar en la posada y cuando le reconocieron, una alegría espaciosa les ensanchó el corazón y  echaron a correr. Más les valía porque les quedaba – como a nosotros- mucho camino por recorrer si querían aprender algo de las dis-capacidades del Maestro…

Fuente Alandar, Junio 2023

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Descansar en Ti.

lunes, 3 de julio de 2023
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Descansar en Ti,
a la sombra,
junto al arroyo,
sintiendo la brisa
y con la cabeza en tu hombro.

Descansar en Ti,
sin temores,
sin nostalgias,
sin sucedáneos,
sin ansias, enamorado.

Descansar en Ti,
gozando el momento,
libre de atillos y cargas,
sin prisas para nada
y soñando esperanzas.

Descansar en Ti,
serenamente,
ahora y a cualquier hora,
hasta habituarme
al gozo y a la gracia que me donas.

¡Descansar en Ti
después del éxito
o del fracaso
y compartir gratuitamente
tus más íntimas emociones!

Descansar en Ti,
y darte gracias,
con palabras o sin ellas,
por tu presencia solidaria
en la gente sencilla y llana.

¡Descansar en Ti!

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

***

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Vale la pena el sacrificio de vivir auténticamente como una persona LGBTQ+ católica

lunes, 3 de julio de 2023
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IMG_9978Ariell  Simon

La publicación de hoy es de la colaboradora de Bondings 2.0, Ariell Simon (ella). Ariell es actualmente instructor adjunto de Estudios Religiosos y se ha desempeñado como capellán de atención médica en hospitales y centros de enfermería. Ingresó a la Iglesia Católica en 2011 como estudiante de pregrado en la Universidad de Loyola, Maryland, y luego recibió una Maestría en Divinidad de la Escuela de Teología y Ministerio de Boston College.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 13 del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

Para las personas LGBTQ, vivir en la identidad sexual y de género dada por Dios implica sacrificios. No es popular admitir esta idea. Los medios de comunicación, los amigos afirmadores y los aliados nos dicen que no deberíamos tener que renunciar a nada para vivir en nosotros mismos. A lo largo del Mes del Orgullo, escuchamos mensajes de que las familias queer son como otras familias, que el amor es amor y que no deberíamos comprometer nada para ser nosotros mismos.

Por bien intencionadas que puedan ser esas garantías, de alguna manera me suenan huecas. No vivimos en un mundo perfecto. El Reino de Dios aún no se ha realizado plenamente “en la tierra como en el cielo”, por lo que en este mundo aún imperfecto, estar “fuera” siempre tiene un costo. Para algunos, el precio son las relaciones tensas o distanciadas con la familia. Para otros, la reputación, el trabajo y la seguridad de la vivienda pueden estar en peligro. Y todavía demasiadas personas LGBTQ en todo el mundo pagan el precio final de la seguridad personal.

En el Evangelio de este domingo, Jesús habla con franqueza del sacrificio: renunciar al padre y a la madre, al hijo y a la hija, e incluso a la vida, para seguirlo (Mt 10, 37-42). Es realista con sus seguidores, advirtiéndoles que el camino del discipulado tendrá un precio muy alto. Jesús no les está diciendo a sus apóstoles que el amor a la familia o a la vida es algo malo, pero les advierte que algunas cosas son más importantes que los “valores familiares”. Algunas cosas valen la pena el sacrificio.

Cuando leo las palabras de Jesús, siento su solidaridad con los sacrificios que hacen las personas LGBTQ. Muchos de nosotros hemos cambiado la aprobación de los padres por el amor romántico. Hemos renunciado a la esperanza de tener nuestros propios hijos biológicos en aras de construir diferentes tipos de familias con nuestros socios. E incluso para aquellos de nosotros que rechazamos el mensaje de que estamos arriesgando la vida eterna, llevamos el peso de la condenación de los demás.

Los católicos han creído durante mucho tiempo en el poder de “unir nuestros sufrimientos a Cristo”. Debo admitir que la idea de “ofrecer” mi sufrimiento a Dios parece anticuada. Suena como algo que un santo antiguo podría hacer con un tipo de dolor más apropiado para la iglesia. Pero tal vez sea hora de que los católicos LGBTQ reclamemos la unidad de nuestros sacrificios con el sacrificio de Cristo.

Jesús entregó su vida como último acto de solidaridad con el sufrimiento de nuestro mundo. Si Jesús sufrió en solidaridad con nosotros, ¿podríamos unir nuestro sufrimiento al Suyo en nuestros sacrificios diarios como personas LGBTQ de fe? Siendo solidarios con Cristo sufriente, ¿podríamos encontrar sentido a nuestro propio sufrimiento? Nos duele la injusticia del mundo. Jesús también. Reconozcamos nuestro sufrimiento como verdaderamente “morir con Cristo”.

La lectura de hoy de la carta a los Romanos explica por qué es importante hacer esta conexión: “Si, pues, hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él” (Rom 6:8). ¡Reclamar significado en nuestros sacrificios nos permite recuperar la esperanza!

Con demasiada frecuencia imaginamos morir con Cristo y resucitar con Cristo como un proceso lineal por el cual abrazar la cruz ahora nos permite resucitar con Cristo un día en el cielo. Queer nuestra fe significa desdibujar esas líneas para complicar el binario de sacrificio y salvación. La realidad es que la mayoría de nosotros experimentamos tanto sufrimiento como alegría en esta vida, a menudo mezclados. Nuestra fe nos enseña a santificar a ambos, experimentando los altibajos de la vida en solidaridad con Cristo.

IMG_9977La primera lectura de hoy, la historia del profeta Eliseo y la mujer sunamita, nos da una idea del tipo de recompensa de la que habla Jesús cuando promete que la persona que ofrece bondad “ciertamente no perderá [su] recompensa” (Mt 10 :42). La mujer le ofreció a Eliseo un lugar para quedarse y, en agradecimiento, él profetizó que tendría un hijo en medio de una situación aparentemente imposible.

La mujer sunamita era como tantas personas queer que han abierto nuestros hogares y nuestros corazones a los extraños a pesar de que las estructuras familiares tradicionales nos han fallado. Tal vez el mismo hecho de que ella no tuvo hijos le permitió a esta mujer el espacio extra para hospedar al profeta. Tal vez ella sufrió y lamentó la ausencia de hijos biológicos, y en ese duelo eligió tender la mano a alguien que lo necesitaba. Nunca podría haber imaginado que Dios recompensaría su bondad con un milagro.

Las escrituras de este domingo nos recuerdan cómo Dios usa nuestras acciones simples (hospitalidad, un vaso de agua) para crear nuevos lazos y nuevas familias que perduren. La esperanza brota en los lugares más improbables cuando nuestros sacrificios dan paso a una nueva vida.

  Que Dios abra nuestros ojos a las formas en que el Espíritu de Resurrección está siempre obrando, levantándonos incluso en medio de nuestro sufrimiento.

–Ariell Watson Simon (ella/ella), New Ways Ministry, 2 de julio de 2023

Fuente New Ways Ministry

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Coge tu cruz y sígueme…

domingo, 2 de julio de 2023
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No te he negado

Por causa de Tú causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.

Fiel, fiel…, es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.

Siempre esperé Tú paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.

No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.

*

Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera,
Sal Terrae 1986

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.”

*

Mateo 10,37-42

***

Dios, que me entrega tesoros para que los guarde, me permite que los custodie y los administre bien   Me agrada relacionarme con los demás. Mi intensa participación, me parece, irradia lo mejor y más sincero de mí; las personas se muestran sinceras conmigo, cada uno es una historia, y todos me cuentan su vida. Y mis ojos encantados no tienen que leer. […]. Soy un enfermo, no puedo hacer nada. Mas tarde enjugaré lágrimas y replegaré miedos, allá abajo. En el fondo, ya lo hago en esta cama. ¿Quizá sea por esto que tengo fiebre y mareos?. No quiero ser cronista de horrores. Ni tampoco de sucesos sensacionales.

Esta mañana le he dicho a Jopie: siempre llego a la misma conclusión, la vida es bella. Y creo en Dios. Quiero estar entre los  “horrores” y decir igualmente que la vida es bella. Ahora, con fiebre y mareos, acostado en un rincón, no puedo hacer nada. Hace poco me he despertado con la garganta seca, he aferrado mi vaso y he agradecido los sorbos de agua; he pensado: si pudiese andar entre los millares de hombres amontonadas por ahí y pudiese ofrecerles un trago… Me digo: no es nada, tranquilo, no es nada, tranquilo.

Cuando una mujer o un niño hambriento se ponía a llorar detrás de nuestras mesas de grabación, me arrimaba, le abrazaba sobre mi pecho, le apretaba, le sonreía y suavemente le decía a quien se encontraba acurrucado y aturdido: no es nada, no es nada. Me quedaba allí y, si podía, hacía algo. A veces me sentaba cerca de alguien, le ponía el brazo encima del hombro, guardaba silencio y le miraba a la cara. Nada resultaba nuevo, ninguna de aquellas expresiones de dolor humano. Todo me parecía familiar; como si ya hubiera vivido cada casa. Algunos me decían: tienes nervios de acero para resistir. No creo que tenga nervios de acero; mas bien, nervios sensibles, capaces de “resistir”. Tengo el coraje de mirar de frente al dolor. Al final de coda día me decía: ¡quiero tanto a los hombres!.

*

E. Hillesum,
Diario 1941-1943,
Milán 5i 992, 232ss.

*

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

“El peligro de un Cristianismo sin cruz”. 13 Tiempo ordinario – A (Mateo 10,37-42)

domingo, 2 de julio de 2023
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Uno de los mayores riesgos del cristianismo actual es ir pasando poco a poco de la «religión de la cruz» a una «religión del bienestar». Hace unos años tomé nota de unas palabras de Reinhold Niebuhr, que me hicieron pensar mucho. Hablaba el teólogo norteamericano del peligro de una «religión sin aguijón» que terminara predicando «un Dios sin cólera que conduce a unos hombres sin pecado hacia un reino sin juicio por medio de un Cristo sin cruz». El peligro es real y hemos de evitarlo.

Insistir en el amor incondicional de un Dios Amigo no ha de significar nunca fabricarnos un Dios a nuestra conveniencia, el Dios permisivo que legitime una «religión burguesa» (Johann Baptist Metz). Ser cristiano no es buscar el Dios que me conviene y me dice «sí» a todo, sino encontrarme con el Dios que, precisamente por ser Amigo, despierta mi responsabilidad y, por eso mismo, más de una vez me hace sufrir, gritar y callar.

Descubrir el evangelio como fuente de vida y estímulo de crecimiento sano no significa vivir «inmunizado» frente al sufrimiento. El evangelio no es un tranquilizante para una vida organizada al servicio de nuestros fantasmas de placer y bienestar. Cristo hace gozar y hace sufrir, consuela e inquieta, apoya y contradice. Solo así es camino, verdad y vida.

Creer en un Dios Salvador que, ya desde ahora y sin esperar al más allá, busca liberarnos de lo que nos hace daño no ha de llevarnos a entender la fe cristiana como una religión de uso privado al servicio exclusivo de nuestros problemas y sufrimientos. El Dios de Jesucristo nos pone siempre mirando al que sufre. El evangelio no centra a la persona en su propio sufrimiento, sino en el de los otros. Solo así se vive la fe como experiencia de salvación.

En la fe como en el amor todo suele andar muy mezclado: la entrega confiada y el deseo de posesión, la generosidad y el egoísmo. Por eso no hemos de borrar del evangelio esas palabras de Jesús que, por duras que parezcan, nos ponen ante la verdad de nuestra fe: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida, la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará».

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José Antonio Pagola

 

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“El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.”. Domingo 02 de julio de 2023. 13º Ordinario

domingo, 2 de julio de 2023
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36-ordinarioa13Leído en Koinonia:

2 Reyes 4, 8-11. 14-16a: Ese hombre de Dios es un santo, se quedará aquí.
Salmo responsorial: 88: Cantaré eternamente las misericordias del Señor.
Romanos 6,3-4.8-11: Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que andemos en una vida nueva.
Mateo 10,37-42: El que no coge su cruz no es digno de mí. El que os recibe a vosotros me recibe a mí.

Las exigencias de la cruz cambian para cada generación de creyentes. En la época de Jesús existía la amenaza inminente de la muerte ignominiosa, bien fuera por la cruz, la espada o la lapidación. Los cristianos eran vistos como una amenaza para el imperio y, con frecuencia, se les acusaba falsamente de sedición. Con el tiempo, la pena capital fue cambiando de modalidad y sus cuerpos fueron quemados en locales públicos, o arrojados a leones, osos, tigres, toros y toda clase de fieras. Todas estos intentos de bloquear, anular o eliminar la novedad del evangelio fueron vanos porque la fuerza del cristianismo radica en la cruz de Cristo.

Los cristianos de los primeros siglos no anunciaban religiones de salvación, ni sanaciones individuales ni ritos de purificación. Aunque ellos anunciaran la universalización de la obra salvadora, curaran enfermos y tuvieran el símbolo del bautismo como rito de iniciación, lo que los hacía diferentes era su radical denuncia de la injusticia. Anunciar a un Mesías crucificado era, y es, ir en contra de todos los parámetros sociales, de las buenas costumbre e, incluso, de los preceptos de la religión. Ellos anunciaban como redentor a uno que el sistema lo había proscrito, condenado y sentenciado al escarnio público. El anuncio de un Mesías Crucificado era, en realidad, una denuncia vehemente de un sistema de creencias, valores e instituciones que habían hecho de la violencia, la mentira y la opresión los valores indiscutibles de la organización social. ¿Cómo iban a ver con buenos ojos las autoridades de Jerusalén, los gendarmes del imperio y el pueblo alienado que un individuo apoyado por un pequeño grupo de hombres y mujeres cuestionara directamente sus valores y anunciara que otra sociedad era posible? Imposible para la gente, pero no para Dios.

Las comunidades cristianas desde el inicio tuvieron conciencia de la magnitud de la tarea a la que se enfrentaban. La experiencia del resucitado les llevó rápidamente a descubrir que debían superar los límites de las comunidades palestinas y lanzarse a la misión universal; debían dar prioridad a la construcción de las comunidades y dejar a un lado la tentación de construirse edificios; debían enfocarse sobre los grupos excluidos y marginados y dejar de lado los centros de poder; debían asimismo retomar las opciones fundamentales de Jesús y hacerlas vida en todos los rincones del imperio. Por eso, las exigencias para seguir a Jesús se fueron formulando con una claridad y precisión asombrosas en cada comunidad. Los contenidos fundamentales se fueron adecuando a cada contexto histórico y cultural pero sin atenuar las características esenciales del mensaje.

Por tanto, no debe sorprendernos que Mateo nos diga con tanta ‘dureza’ las exigencias del seguimiento de Jesús. El evangelista retoma las tradiciones del evangelio y las actualiza de acuerdo con el lenguaje y necesidades de su comunidad. Sus palabras hieren, como el antiséptico sobre la eterna llaga, pero tienen una virtud medicinal: nos liberan de nuestros propios prejuicios y apegos.

Cuando Mateo nos dice que quien ama más a sus parientes que a Jesús no es digno de él, nos revela un problema de su comunidad. El pueblo judeocristiano, tiene una estima desmesurada por los de su propia sangre. Un afecto que fácilmente se convierte en apego paralizante. El texto usa en griego la palabra filia para denominar este afecto. Pero el proyecto de Jesús pide más: pide un amor enfocado hacia el prójimo, un amor que supere los lazos de sangre, el parentesco y la raza. Un amor como el que Dios nos tiene y que en griego se llama ágape. El cristiano que no sea capaz de trascender los estrechos limites de la familia, de la raza o de la nación, no está habilitado para experimentar y dar el amor solidario que propone el evangelio. Y por esa misma razón, el amor a Jesús no se reduce a la pura dimensión íntima, individual y privada. Amar a Jesús es amar lo que él amó, su proyecto, su ideal, su Utopía, el «Reinado de Dios», como él acostumbró a llamarla, con las palabras tradicionales de los profetas. Amar a Jesús es amar a las personas que él amó: pobres, marginados, excluidos, enfermos, abatidos, endemoniados, extranjeros. El amor de Jesús era tan grande que llegó a amar incluso a aquellos que se declararon sus enemigos. Un amor que hoy nos puede parecer desorbitado, desnaturalizado, extremo, pero que para nuestra dicha y quebranto es el amor con el que Dios nos ama. Un amor sin el cual no podemos llamarnos discípulos de Jesús.

Pablo simboliza muy bien la radicalidad del amor cristiano mediante la comparación entre la muerte y la inmersión bautismal. Ser cristiano es morir a todos los apegos irracionales hacia la propia familia, raza o nación, incluso es morir hacia un apego desordenado hacia sí mismo. La novedad cristiana se manifiesta en esa transformación sustancial de las relaciones humanas, en la resurrección a una vida nueva llena de afectos, proyectos y estilos de vida completamente volcados hacia la humanidad sufriente y marginada. Con Cristo morimos a una humanidad caduca y sin esperanza para resucitar en una nueva humanidad libre y generosa en la que el límite es el cielo, donde no hay límite. Leer más…

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2.7.23. Que coja su cruz y me siga. Dios crucificado, la identidad Cristiana (Mt 10, 37-42, Dom 13 TO)

domingo, 2 de julio de 2023
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356627782_2452561391587705_5268899321948453960_nDel blog de Xabier Pikaza:

El evangelio del domingo sigue exponiendo la misión e identidad cristiana, según Mt 10: El mensaje de Cruz que vincula el evangelio de Pedro y Pablo, a partir de las tres mujeres de la pascua (Mc 15-16).

Otros motivos de iglesia y cristianismo  (jerarquía, poder, cierto tipo de «moral»)  son marginales. La identidad del cristianismo  es la Cruz de Dios, la Cruz de Jesús, en la historia de los hombres.

Desde el 1980 (cf. Rev.Communio, imagen) he venido elaborando este motivo  de forma personal y eclesial,  en línea trinitaria y cristológica, «política», ecuménica, moral y antropológica.  Aquí  condenso el tema en 13 proposiciones. Buen domingo.

Mateo 10,37-42 (extracto)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Quien no tome su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí (como yo) la encontrará….

Tema complejo, vida o muerte de la iglesia. Introducciòn

Las reflexiones que siguen intentan fijar los elementos principales del signo cristiano de la cruz, entendida como identidad de Dios, frente a la esfera de un poder que se cierra en sí mismo, a través del eterno retorno de la muerte, como decía Chesterton  poniendo estas palabras en boca de Satán:

«La esfera es razonable, la cruz irrazonable; la esfera es necesaria, la cruz arbitraria. Sobre todo, la esfera constituye unidad en sí misma; la cruz está primordialmente y sobre todas las cosas en discordia consigo misma» (La esfera y la cruz, cap. I).

Frente a la lógica cerrada de la esfera, perpetuamente idéntica, lucha de poder vacío de todos contra todos, el evangelio ha elevado la señal abierta, de la Cruz de Dios,, encarnado en Jesús, como amor de Vida  que se comunica y resucita por la muerte.

Un mundo que no acepte y asuma el camino de amor de la Cruz se convierte en un infierno de eterno retorno de la muerte.  Sólo una cruz, asumida en amor,  la cruz de aquellos que saben sufrir por los pobres y excluidos, haciéndose pobres, regalando su vida en amor y renunciando a triunfar sobre esta tierra (de un modo personal o como iglesia,  como individuos[E1] , tribus o naciones podrán vivir en Dios, serán herederos de su Reino.

Lógicamente, la revelación de la cruz se ha convertido dentro de la historia de los hombres en el signo de la confrontación universal (cfr. 1 Cor. 1, 18 ss.).

9788430106622-esFrente a la cruz chocan y en relación con ella cobran su sentido los símbolos fundantes de la humanidad, estrella y luna, fuego y agua, lo mismo que los nuevos emblemas de la ciencia, la revolución o el progreso: esfera y llana, hoz y martillo.

En las reflexiones que siguen, al lado de ese nivel de confrontación más universal y más lejano de las religiones y culturas, queremos desarrollar nuestro pensamiento en relación directa con la «theologia crucis»  (la teología ce la Cruz) que es más propia de la tradición protestante y católica, reflejada en el siglo XV  por autores como J. Moltmann (El Dios crucificado), E. Jüngel (Gott als Geheimnis der Welt, Dios como misterio del mundo) y J. Sobrino (Bajar de la cruz a los Pobres).

Este es el argumento de las reflexiones siguen. No entraré en polémica, no ofreceré comparaciones técnicas, simplemente expondré en 13 proposiciones comentadas la identidad trinitaria, histórica y cristiana de Dios como Cruz de Amor en la vida de los hombres,  como programa y proyecto de vida de futuro, desde el evangelio de este domingo 13 del tiempo ordinario

  Éste es el motivo clave de la vida humana, como vio el Budismo, como expuso en la Biblia el libro de Job y del Kohelet, pues no hay vida sin cruz, ni amor sin dolor, sin desarrollo personal sin entrega de la vida (al menos en las circunstancias actuales de la historia). Quien quiera vivir ha de aprender a sufrir. Quien quiera hacer algo por los demás ha de aprender a sufrir por ellos. Éste es un elemento esencial de nuestra condición, y se relaciona con el don del amor y con la “suerte” de los perdedores, que saben “ceder” (e incluso morir) para que vivan otros. Una cultura como la nuestra, que no está dispuesta a ceder (a perder incluso) mata a los demás, y está condenada a la muerte. Una iglesia que nos sepa acompañar a los crucificados de la historia no cree en su Cristo.

1. El Dios de la Esfera, un Dios sin cruz es incapaz de amar, no sale de sí, se cierra en un tipo de egoísmo transcendente. No es Dios sino demonio.

Como elementos distintivos del señor de la esfera citaremos la inmutabilidad, la contemplación de sí mismo y la capacidad de imponerse a los otros. Por inmutabilidad se entiende aquella autoidentificación interna por la que Dios supera todo el plano de los cambios, los afectos, las pasiones; lo es todo y por lo tanto nada necesita.

Por ser internamente perfecto, Dios se goza en contemplarse: por eso le llamamos auto-contemplador absoluto: mirándose descubre su propia perfección y descubriéndola se goza y se complace en ella. Frente a los restantes seres que ha creado, Dios se mostrará como Señor; por eso todos han de venerarle.. Ese no sería Dios, sino demonio, como he dicho.

En resumen, Dios sería como una esfera que se cierra inexorablemente sobre sí misma, en círculo de perfección, de tal manera que termina apareciendo ante los hombres como un poder que les subyuga y esclaviza. Para un número considerable de nuestros contemporáneos, la cruz, como opresión debe combatirse, se identifica con la misma existencia de un Dios impositivo que nos somete, infantiliza y esclaviza. Pero este Dios de la esfera no es el Dios de Jesús no es el Dios cristiano.

2. Dios sólo es Dios por ser Cruz, amor  que ama, ser que existe y vive al darse en amor, Dios da su vida a los hombres y sufre con ellos (pues crear es aprender a sufrir).

Frente al señor de la esfera presentan los cristianos el signo de la cruz como expresión de una vida en la que Dios se define, en antítesis respecto a lo anterior, como proceso originante de la creación, amor que se expande y gratuidad que se regala, entrando en la misma creación, comprometiéndose con ella.

Como proceso creador Dios es origen y sentido de la vida que se gesta de un modo efusivo, es el misterio de emergencia primigenia y tiene, al mismo tiempo, un nombre bien concreto: Es Padre, es decir, Aquel que se compromete en la vida del Hijo que brota de su misma entraña. b) En segundo lugar, siendo amor que se expande, Dios se introduce en el mismo mundo que él ha creado, viviendo la vida de los hombres. No es un poder que les obliga a responder por la fuerza, sino amor que Vive en la vida de los hombres, encarnándose en Jesús, a quien llamamos Hijo de Dios. c) Dios aparece finalmente como la misma unión (Comunión) que vincula al Padre con el Hijo: es el regalo del Padre que se ofrece, es la confianza del Hijo que responde; Dios es el Espíritu Santo.

Pues bien, en perspectiva humana, es decir, en este mundo concreto, si Dios es amor (si quiere seguir siendo Dios) tiene que entrar en la cruz de la historia de los hombres, dejándose crucificar por la violencia de los poderosos, para así mostrarse divino: Dios no es divino imponiéndose por encima de la Cruz, sino entrando como amor poderoso en la misma Cruz de la Historia humana.

3. La Cruz pertenece al misterio concreto del Dios de Jesús.

¿Por qué hablamos de dolor al hablar de Dios? Por algo muy sencillo: los cristianos confesamos que el misterio de Dios se está expresado (se realiza humanamente) en la historia de los hombres. Pues bien, frente al Dios de los poderosos, de los que son dominando a los demás, el Dios de Jesús  es decir, en el amor generoso, que se entrega y regala hasta la muerte.

Porque Dios es amor, y amar es estar dispuesto a sufrir, porque Dios es Vida y la vida sólo se expresa y despliega por la muerte (es decir, dando la vida en amor, viviendo en el amor de los otros, muriendo por ellos y así resucitando).

En esta línea, descubrimos que la cruz pertenece al misterio de Dios, como entrega plena, como amor generoso, como muerte por los demás. No es la Cruz que se impone sobre los demás, no es la cruz masoquista del que quiere sufrir sin más… Es la Cruz del que Camina a Paso de Hombre (como Dice San Juan de la Cruz), la Cruz para liberar a los crucificados (para desclavarlos, como dice J. Sobrino).

4. La cruz es símbolo del Padre que regala su vida,la cruz cristiana es Trinidad y es historia

85-484-scaledsale de sí mismo y se hace historia de amor en Jesucristo, dándose plenamente en amor (dando así todo lo que es, su “naturaleza” entera, como dice el Credo). El Padre es el principio de vida que se ofrece. No clausura para sí riqueza alguna, no conserva egoístamente nada. Por eso se da a sí mismo como vida de amor en Jesucristo, acompañando a los pobres, curando a los enfermos, acogiendo a los excluídos. revelándose en su amor hasta la muerte… Allí donde Jesús entrega su vida, se deja matar y muriendo expresa su amor pleno, allí se está manifestando Dios Padre.

Por eso, al confesar en frase bíblica que Dios ha ofrecido a su Hijo (Rom. 8,32), estamos afirmando que Dios se da a sí mismo, es el don pleno, originario y total. Más aún, si Dios entrega al Hijo es por el Hijo: le entrega con el fin de que madure plenamente en el amor (para que sea Amor Total) en estas condiciones históricas (precisamente allí donde los hombres le matan).

Los hombres quieren dominar el mundo por la fuerza; Dios crea vida por Jesús, pero no dominando, sino ofreciéndose en amor hasta la muerte. Esto significa que la plenitud de Jesús como Hijo y la redención de los hombres se unen en un mismo gesto de amor y realización, de entrega y de respuesta (cfr. Hebr. 5, 7-10).

5. No existe primero trinidad de Dios (un Dios de puro entendimiento abstracto y poder) y luego trinidad de amor en Cristo, sino que el Dios vivo y verdadero la Trinidad de amor mutuo del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo, tal como se revela en la cruz pascual de Jesucristo.

No hay relación de Padre-Hijo, cerrados en sí, sino que el amor primigenio del Padre (el amor trinitario), se realiza en la cruz de Jesucristo: en el gesto de amor absoluto del Padre que da su vida al Hijo y del Hijo que le responde en amor, desde la misma historia humana. No es que la Cruz sea buena, la cruz es mala, es el gran pecado de los hombres… Pero en esa misma cruz (allí donde los hombre cometen el pecado “original” matando a los inocentes), sufriendo con las víctimas, Jesús expresa todo el amor de Dios.

Dios es el  misterio que nos desborda… Pero nosotros sólo comprendemos su grandeza descubriendo el amor del Padre que se entrega en manos del Hijo, y el amor del Hijo Jesucristo que responde en amor al Padre amando a los hombreses decir, entregándose por ellos hasta la cruz… no porque quiere morir, sino porque quiere amar hasta la muerte, dejándose matar por fidelidad al Reino.

Evidentemente, surge la pregunta: ¿pero no sería preferible que las cosas fueran de otra forma? ¿No sería más divino un tipo de amor sencillamente luminoso, sin rupturas y sin luchas, sin salida de sí mismo y sin entrega? En otros términos, ¿no sería preferible un Dios de gracia abierta y no crucificada? ¡De ninguna forma! Es cierto que de Dios sabemos pocas cosas. Si queremos descubrirle no tenemos más remedio que pararnos y contar la vieja historia de Jesús, el Cristo. Pero eso es suficiente.

En la historia de Jesús se expresa y se realiza el mismo ser divino. Pues bien, como centro determinante de Jesús, la cruz constituye el punto de referencia fundamental en la visión de Dios, el lugar donde se expresa, se realiza y se define el misterio del amor de Dios y de los hombres. Por eso, debemos afirmar que el amor, por su misma naturaleza, incluye dentro de sí mismo un rasgo de cruz.

6. No hay amor sin que uno salga de sí mismo, sin que muera de algún modo por los otros, sin que viva de esa forma en ellos.

De esa forma es el amor de Dios en Cristo, el amor del Padre que vive en el Hijo, del amigo que vive en el amigo, comunión de vida, Espíritu santo. Sólo viven los que aman, entregan su vida y la encuentran en los otros.. Sólo de esta forma la cruz puede mostrarnos la verdad de Dios como lugar de entrega y pascua, muerte, gratitud y vida (es el lugar del Espíritu).

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Exigencias y recompensa. Domingo 13 TO. Ciclo A

domingo, 2 de julio de 2023
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IMG_9972Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El largo discurso dirigido a los apóstoles (resumido en los domingos 11-13) termina con una serie de frases de Jesús que son, al mismo tiempo, muy severas y muy consoladoras. Las severas se dirigen a los apóstoles; las consoladoras, a quienes los acogen.

¿Quién no es digno de Jesús?

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.

           La sección comienza con tres frases que terminan de la misma manera: “no es digno de mí”. Las dos primeras están muy relacionadas: no es digno de Jesús el que ama a su padre o a su madre más que a él, o el que ama a sus hijos o a su hija más que a él.

Una opción en tiempos de conflicto

            Para comprender estas palabras tan exigentes de Jesús hay que tener en cuenta lo que dice inmediatamente antes (suprimido por la liturgia). El aviso de que pueden perder la vida (tema del domingo pasado) puede provocar en los discípulos el desconcierto. ¿A qué ha venido Jesús? A esto responde que no ha venido a traer paz sino espada. Que su persona y su mensaje crearán problemas incluso entre los miembros de la familia. Llegarán momentos en que los apóstoles, y todos los cristianos, tendrán que optar.

La opción por Dios de los levitas

            En el libro del Éxodo se cuenta que, mientras Moisés estaba en el monte Sinaí recibiendo del Señor las tablas de la Ley, los diez mandamientos, el pueblo, cansado de esperar, decidió fabricar un becerro de oro y adorarlo. Cuando Moisés baja del monte y contempla el espectáculo, rompe las tablas, se planta a la puerta del campamento y grita: «¡A mí los del Señor! Y se le juntaron todos los levitas.» Moisés les ordena: «Ciña cada uno la espada; pasad y repasad el campamento de puerta en puerta, matando, aunque sea al hermano, al compañero, al pariente». Los levitas cumplieron las órdenes de Moisés y este, al final, les dice: «¡Hoy os habéis consagrado al Señor a costa del hijo o del hermano, ganándoos hoy su bendición» (Éxodo 32,25-29).

            El historiador moderno duda que los levitas tuvieran espadas en el desierto y que llevaran a cabo esta matanza. Pero los antiguos no eran tan críticos. Aceptaban las cosas que se contaban, e incluso alaban a los levitas, ya que en un caso de grave conflicto entre los vínculos familiares y la fidelidad a Dios, optaron por lo segundo: «Dijeron a sus padres: ‘No os hago caso’; a sus hermanos: ‘No os reconozco’; a sus hijos: ‘No os conozco’. Cumplieron tus mandatos y guardaron tu alianza» (Deuteronomio 33,9).

            La opción por Jesús de los discípulos

            Se podría decir que Jesús exige a sus discípulos la misma actitud de los levitas. Pero hay dos diferencias importantísimas: 1) Jesús no ordena matar a los padres o a los hermanos en caso de conflicto. 2) Los levitas se comportaron así por fidelidad a los mandatos de Dios y a su alianza; los discípulos deben hacerlo por amor a Jesús.

Al exigir este amor superior al de los seres más queridos, Jesús se está poniendo al nivel de Dios, al que hay que amar sobre todas las cosas. Los primeros cristianos, en momentos de persecución, se vieron a veces en la necesidad de optar entre el amor y la fidelidad a Jesús y el amor a la familia. La elección era dura, pero muchos la hicieron, convencidos de que recuperarían a sus padres e hijos en la vida futura. (La misma fe que confiesan la madre y sus siete hijos en el Segundo libro de los Macabeos, capítulo 7).

            La frase siguiente («el que no coge su cruz…») también se entiende mejor a la luz del texto del Deuteronomio. En él se dice que los levitas, por haber mostrado esa fidelidad a Dios, recibieron un gran premio y dignidad: «Enseñarán tus preceptos a Jacob y tu ley a Israel; ofrecerán incienso en tu presencia y holocaustos en tu altar.» Jesús no promete nada de esto a sus discípulos, solo exige.

            Amar a Jesús más que a la familia ya lo hicieron Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Lo que ahora exige Jesús es infinitamente más duro: cargar con la cruz. ¿Hay que interpretarlo al pie de la letra o simbólicamente? Simbólicamente, pero con posibles repercusiones prácticas: hay que estar dispuestos a cargar con ella y marchar camino de la muerte. No una muerte cualquiera, sino la más infamante, típica de rebeldes contra Roma y esclavos. Cuando Jesús exige cargar con la cruz está pidiendo algo terrible desde el punto de vista físico, moral y social. Además, la exigencia no carece de macabra ironía cuando la comparamos con los vv.9-10: los que deben predicar el reino sin llevar nada, ahora tienen que seguir a Jesús cargando con la cruz.

            Dos advertencias

            Conviene advertir que el amor a la familia y el amor a Jesús no se excluyen ni se oponen. Son compatibles, con tal de mantener el orden adecuado. Los hijos de Zebedeo abandonan a su padre, pero la madre los acompaña e incluso le pide a Jesús un favor especial para ellos. María, al menos según la versión del cuarto evangelio, está al pie de la cruz. Pablo recuerda que «los demás apóstoles, los hermanos del Señor y Cefas» se hacen acompañar de su esposa cristiana (1 Cor 9,5).

            En cuanto a «cargar con la cruz», conviene recordar al que no estuviera dispuesto a hacerlo que, en cualquier caso, siempre tropezará con la cruz. «Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete afuera, vuélvete adentro, y en todo lugar hallarás la cruz». «Unas veces Dios te dejará, otras veces el prójimo te pondrá a prueba, y, lo que es peor, con frecuencia no sabrás aceptarte a ti mismo, con lo que serás para ti una cara insoportable» (Tomás de Kempis, La imitación de Cristo, libro II, capítulo 12). Es preferible cargar con la cruz y seguir a Jesús que rebelarse inútilmente contra ella.

Acogida y recompensa

El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.

            La última parte se dirige a las personas que acojan a los discípulos. Dos cosas les dice:

1) Recibirlos a ellos equivale a recibir a Jesús y recibir al Padre. Lo que hacen es mucho más de lo que pueden imaginar. No es solo un acto de caridad, sino un inmenso honor, mucho mayor que el de la persona que pudiese acoger en su casa a un artista, un deportista o un personaje mundialmente famoso.

2) Esa acogida tendrá su recompensa, igual que ocurrió en el Antiguo Testamento con quienes acogieron a profetas y justos. La primera lectura cuenta como un matrimonio de Sunám decidió acoger en su casa al profeta Eliseo cuando pasaba por el pueblo; le construyeron una habitación en el piso de arriba y le proporcionaron una cama, una silla, una mesa y un candil. Una gran inversión para aquel tiempo. Pero recibieron su recompensa con el nacimiento de un hijo.

            En comparación con Eliseo, los discípulos pueden parecer unos “pobrecillos” sin importancia. A nadie se le ocurrirá darles alojamiento permanente. Pero basta un vaso de agua fresca (algo muy de agradecer cuando no existen bares ni agua corriente en las casas) para que esas personas reciban su recompensa.

Resumen

            Si en la primera parte entreveíamos los grandes conflictos familiares provocados por las persecuciones, en este final intuimos lo que experimentaron muchas veces los misioneros cristianos: la acogida amable y sencilla de personas que no los conocían. De estos últimos versículos, solo uno tiene paralelo en el evangelio de Marcos. El resto es original de Mateo, que ha querido redactar un final consolador, para dejarnos al final de este duro discurso un buen sabor de boca.

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02 de Julio. Domingo XIII de Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 2 de julio de 2023
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D-XIII


“Quien encuentre su vida, la perderá, y quien pierda su vida por mí, la encontrará.”

(Mt 10, 37-42)

El evangelio de este domingo es un evangelio del “mundo al revés”. Jesús, que está hablándoles a sus discípulos, invierte el orden lógico, le da la vuelta a todo.

Perder resulta que significa ganar y encontrar perder. Lo que viene a decirnos que la lógica del Reino es siempre sorprendente. Nada convencional.

Por eso requiere de opciones que se “salen” de toda lógica humana, como puede ser el anteponer el amor a Jesús a cualquier otro vínculo por estrecho que sea. “Quien quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.”

Y estas palabras, que de buenas a primeras pueden llegar a sonar un poco “rancias”, tienen un profundo sentido. Jesús no nos está diciendo que no amemos a nuestros padres o a nuestros hijos, no.

La propuesta de Jesús es que aprendamos a amar de manera diferente. Nos invita a amarnos, a amar a las demás personas, como él las ama. Como Dios las ama.

No se trata de renunciar al amor de nuestras familias, todo lo contrario. Se trata de amarlas más profundamente. Se trata de amar con un amor inclusivo. Como el de Dios Trinidad.

Un amor que siente como propias las alegrías y también los sufrimientos de las demás personas. Que se sabe poner en el lugar de la otra y desde ahí comprender. Servir y aliviar.

Es este amor el que hace que Dios cuando nos mira a cada una de nosotras vea la viva imagen de su Hijo querido Jesús.

Y solo ese amor será el que nos capacite para descubrir en las demás personas. En todas las demás personas. La imagen y semejanza de Dios.

Así podemos ofrecer un vaso de agua fresca o recibir a alguien como quien recibe la visita del Buen Jesús.

Oración

Gracias, por enseñarnos a amar como TÚ amas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El amor a Dios y al padre no se pueden comparar porque son de naturaleza distinta.

domingo, 2 de julio de 2023
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0_hospitalidadeDOMINGO 13 (A)

Mt 10,37-42

La manera de hablar semita, por contrastes excluyentes, nos puede jugar una mala pasada si entendemos las frases literalmente. Lo que es bueno para el cuerpo, es bueno también para el espíritu. La lucha maniquea que nos han inculcado no tiene nada que ver con la experiencia de Jesús. El evangelio de hoy propone, en fórmulas concisas, varios temas esenciales para el seguimiento de Jesús. Todos tienen mucho más alcance del que podemos sospechar a primera vista.

El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El problema del amor al padre y a Jesús no se puede comprar porque son realidades de distinta naturaleza ni se pueden comparar ni se puede decir que uno es “más” que otro. El amor a Dios no puede entrar nunca en conflicto con el amor a las criaturas, mucho menos con el amor a una madre. Jesús nunca pudo decir esas palabras con el significado que tienen para nosotros hoy. Solo un falso Dios puede plantear sus propias exigencias frente a otras instancias que requieren las suyas.

Ese Dios es un ídolo, y todos los ídolos llevan al hombre a la esclavitud, no a la libertad de ser él mismo. Hay que tener mucho cuidado al hablar del amor a Dios o a Jesús. En el evangelio de Juan está muy claro: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros”. Creer que puedo amar directamente a Dios es una quimera. Solo puedo amar a Dios amando a los demás, como Dios manda. Jesús no pudo decir: tienes que amarme a mí más que a tu Hijo. Recordad: porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve ser y me disteis de beber…

El evangelio nos habla siempre del amor al “próximo”. Lo cual quiere decir que el amor en abstracto es otra quimera. No existe más amor que el que llega a un ser concreto. Ahora bien, lo más próximo a cada ser humano son los miembros de su propia familia. La advertencia del evangelio está encaminada a hacernos ver que, desplegar a tope esos impulsos instintivos no garantiza el más mínimo grado de calidad humana. Pero sería un error aún mayor el creer que pueden estar en contra de mi humanidad. Se ha tergiversado el evangelio, haciéndole decir lo que no dice.

El evangelio no quiere decir que el amor a los hijos o a los padres sea malo y que debemos olvidarlo para amar a Jesús o a Dios. Pero nos advierte de que ese amor puede ser un egoísmo camuflado que busca la seguridad mayor para el ego, sin tener en cuenta a los demás. El “amor” familiar se convierte entonces en un obstáculo para un crecimiento verdaderamente humano. Ese “amor” no es verdadero amor, sino egoísmo amplificado. No es bueno para el que ama, pero tampoco es bueno para el que es amado, de esa manera. El verdadero amor solo puede surgir de nuestra categoría humana, es decir, de lo más hondo del ser.

Lo instintivo va contra la persona cuando el hombre utiliza su mente para potenciar su ser biológico a costa de lo humano. El hombre puede poner como objetivo de su existencia el despliegue exclusivo de su animalidad, cercenando así sus posibilidades humanas. Esto es degradarse en su ser especifico humano. Cuando estamos en esa dinámica y metemos a los demás en ella, estamos “amando” mal, y ese amor se convierte en veneno. Esto es lo que quiere evitar el evangelio. Nada que no sea humano puede ser evangélico. No amar a los hijos o a los padres no sería humano.

Un verdadero amor nunca puede oponerse a otro amor auténtico. Cuando un marido se encuentra atrapado entre el amor a su madre y el amor a su esposa, algo no está funcionando bien. Habrá que analizar bien la situación, porque uno de esos amores (o los dos) está viciado. Si el amor a Dios está en contradicción con el amor al padre o a la madre, o no tiene idea de lo que es amar a Dios o no tiene idea de lo que es amar al hombre. Sería la hora de ir a psiquiatra. ¡Nos han metido en la esquizofrenia, haciéndonos creer que, lo que Dios pedía era odiar a nuestros padres!

El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, la encontrará. En griego hay tres palabras para decir vida: “Zoe”, “bios” y “psiques”. El texto no dice zoe ni bios, sino psiques. No se trata de la vida biológica, sino de la vida psicológica, es decir, de la capacidad de relaciones interpersonales. No se trataría de dejarse matar, sino de poner tu humanidad al servicio de los demás. Esto no sería perder sino ganar. Quien pretenda reservar para sí mismo su ego malogrará su existencia, porque pasará por ella sin desplegar su verdadera humanidad.

El que dé a beber un vaso de agua fresca… El ofrecer un vaso de agua a un desconocido puede ser la manifestación de una profunda humanidad. El dar, sin esperar nada a cambio, es el fundamento de una relación verdaderamente humana. En nuestra sociedad de consumo nos estamos alejando cada vez más de esta postura. No hay absolutamente nada que no tenga un precio, todo se compra y se vende. Nuestra sociedad está montada sobre el ‘toma y da acá’, que dejaría de funcionar si la sacáramos de esa dinámica y nos decidiésemos a vivir el evangelio.

La misma institución religiosa está montada como un gran negocio económico, en contra de lo que dice el evangelio: “Gratis habéis recibido, dad gratis”. Hoy todos estamos de acuerdo con Lutero, en su protesta contra toda compraventa de bienes espirituales (bulas, indulgencias etc.). Pero seguimos cobrando un precio por decir una misa de difuntos. Es verdad que debemos insistir en la colaboración de todos para la buena marcha de la comunidad, pero no podemos convertir las celebraciones litúrgicas en instrumentos de recaudación de impuestos con apariencia de caridad.

El objetivo instintivo de todo ser vivo, es mantenerse en el ser. Casi cuatro mil millones de años de evolución han sido posibles gracias a esta norma absoluta. Pero la misma evolución ha permitido al ser humano ir más allá de los instintos y alcanzar conscientemente una meta más alta que no está en contradicción con la biología. Todo lo que le acerca a ese objetivo último le puede causar más felicidad que satisfacer sus instintos. La raíz última de todo acto bueno está en la misma biología, no es contrario a ella. Nada más falso que una lucha entre lo biológico y lo espiritual.

La trampa que quiere evitarnos el evangelio es quedarnos en el placer inmediato que nos proporciona nuestra biología y perder de vista el bien total del ser humano. Ahí está la causa de tanto desajuste en la conducta humana. Debemos tomar conciencia de que lo que es malo para nuestro verdadero ser, no puede ser bueno bajo ningún aspecto del ser humano. Todo egoísmo personal o amplificado que busca el bien material del individuo o la familia, nos lleva a la deshumanización.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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