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Salir de su tierra

domingo, 12 de marzo de 2017
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El abbé Pierre, el 1 de Febrero de 1954, en Radio Luxemburgo

Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos” (Ortega y Gasset)

12 marzo, II domingo de Cuaresma

Mt 17, 1-9

Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.

El Génesis relata en 12, 1-4 la vocación de Abrahán, padre del pueblo de Dios: “Sal de la tierra nativa y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”Y Abrahán sale mirando lejos, respondiendo a la llamada de un Dios que nos ilumina (2 Tim 1, 10) y con la vista puesta en el futuro. Nada importa la realidad o no del hecho. Lo trascendente es lo que el mito significa. Hace poco me enviaba un amigo el dibujo de una pareja en la cama. Ella leyendo un libro y él medio sentado. Le dice él: “Cariño, estoy sin calzoncillos”. Y ella le contesta sin tan solo mirarle: “No te preocupes, cielo; mañana te compro unos”.

De un mensaje, lo de menos es lo que se dice; lo importante es lo que con él se quiere decir. Hay que evitar la letra que mata y recuperar el Espíritu que vivifica. San Pablo nos lo recuerda en su 2 Cor 3, 5-6: “nuestra capacidad viene de Dios, que nos capacita para ilustrar una alianza nueva: no de puras letras sino de Espíritu; porque la letra mata, el Espíritu da vida”.

Ortega y Gasset dijo: “Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos”.

Y esto es lo que hace el papa Francisco cuando en septiembre de 2015 se abraza con cuatro representantes de las principales creencias -una budista, un judío, un cristiano y un musulmán- y pronuncia este memorable discurso: “La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes, y esto debería provocar un diálogo entre las religiones. No debemos dejar de orar por él y colaborar con quienes piensan distinto. Muchos piensan distinto, sienten distinto. Buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera. En esta multitud, en este abanico de religiones hay una única certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios. Que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones conlleve frutos de paz y justicia”. Nuestro cardenal, Carlos Osoro, declaraba en octubre de 2016 que “La libertad auténtica se alcanza cuando se respeta la libertad religiosa”.

Ojalá seamos esa luz que el protagonista Hiroyuki Sanada proponía, como final de cinta, fueran sus hijos Eliseo y Eladia: “las luces más brillantes en la más oscura noche”Babel (2006), del mejicano Alejandro González Iñárritu. Un noble deseo como el de Abrahán, el de Pablo, el de Francisco, el de Osoro, el de Ortega, y el de Jesús, comprometido como el Abbé Pierre (1912-2007) –“Ángel de los pobres”– y fundador de Los Traperos de Emaús en mirar el futuro sin dejar de atender las necesidades del presente.

El 1 de febrero de 1954 irrumpió por sorpresa en Radio Luxemburgo y consiguió que le permitieran hablar en directo. Conmovió a los oyentes con un discurso en el que proclamó la insurrección de la bondad: “Una mujer acaba de morir congelada esta madrugada en la acera del bulevar de Sebastopol, manteniendo aún aferrada a su mano la notificación judicial de expulsión de su domicilio. No podemos aceptar que sigan muriendo personas como ella. Cada noche son más de 2 000 personas soportando el hielo, sin techo, sin pan, más de uno casi desnudo; para esta misma noche es necesario reunir 5 000 mantas, 300 grandes tiendas de campaña, 200 ollas. Venid los que podáis con camiones para ayudar al reparto […] Al Hotel Rochester, calle Le Boétie 92. Imploro, frente a los hermanos que mueren de miseria, aumente en nosotros el amor para hacer desaparecer esta lacra. «¡Que tanto dolor despierte el alma maravillosa de Francia!»

EL ÁNGEL DE LOS POBRES (Abbé Pierre)

Yo continuaría creyendo, incluso si el mundo pierde esperanza.

Y continuaría amando, incluso si los otros destilan odio.

Yo continuaría construyendo, incluso si otros destruyen.

Yo continuaría hablando de paz, incluso dentro de una guerra.

Yo continuaría iluminando, incluso en medio de la obscuridad.

Yo continuaría sembrando, incluso si los otros pisotean la cosecha.

Y yo continuaría gritando, incluso si los otros se callan.

Y yo dibujaría sonrisas en los rostros con lágrimas.

Y yo aportaría alivio, cuando se vea dolor.

Y yo ofrecería motivos de alegría allí donde no hay más que tristeza.

Y yo invitaría a caminar aquel que ha decidido detenerse…

Y yo extendería los brazos a aquellos que se sienten agotados”.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Escuchadle

domingo, 12 de marzo de 2017
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2cuares-aMt 17, 1-9

En el tiempo de Cuaresma, la liturgia del segundo domingo nos acerca cada año al relato de la Transfiguración de Jesús. Después de acompañarle en el desierto (el primer domingo), somos llevados a una montaña alta de la mano de Jesús. Del desierto al monte. Conocemos la simbología de estos dos espacios. El desierto es el lugar de la soledad y el silencio, de la sequía, del ardor y la sed, del calor y la ausencia de caminos claros por los que avanzar. Pero, como bien sabemos, es también (y por ello mismo) el lugar del encuentro con el Dios de la Vida, con Aquel que está enamorado de nosotros (cf. Os 2,14). El monte es el lugar por excelencia de la comunicación de Dios. En el monte Dios se revela, se muestra, se comunica. En todas las tradiciones religiosas es el ámbito de lo divino.

El relato ante el que nos encontramos está muy elaborado y en él se presenta una teofanía descrita con la estructura y los elementos que hallamos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos, tras la experiencia pascual, construyen un relato para expresarnos la presencia divina en Jesús con los elementos que para ellos eran conocidos y comprensibles.

Si lo que nos relatan lo hubieran experimentado los discípulos con anterioridad a la muerte de Jesús, seguramente se hubieran enfrentado al final de su vida de otra manera. Pero, como bien sabemos, la confirmación de quién era realmente Jesús les llega a los discípulos sólo tras la experiencia pascual. Es entonces cuando son capaces de entender y acoger que el Jesús Resucitado con el que se encontraron tras la experiencia en Jerusalén es el mismo que caminó con anterioridad junto a ellos por los caminos de Palestina, el mismo que murió en una cruz. Y es entonces cuando pueden elaborar este texto, tan cargado de simbolismo y expresividad.

En muchas cosas nos recuerda al del Bautismo (Mt 3,17). La voz de Dios expresa prácticamente lo mismo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. Sin embargo, hay una novedad: el imperativo “escuchadle”.

Pedro, Santiago y Juan suben junto a Jesús al monte como lo hicieron Aarón, Nadab y Abiú y 70 ancianos acompañando a Moisés (Ex 24,1). Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas, son mostrados en diálogo con Jesús. Pero Jesús y su Evangelio trascienden todo lo vivido anteriormente. Por eso, aunque Pedro propone levantar una tienda igual para cada uno, es Dios mismo quien le interrumpe (“Todavía estaba hablando…”) para que todo quede resituado.

Es a él, a Jesús, a su Hijo amado, a quien hay que escuchar. En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. Dios se hace presente como lo ha hecho a lo largo de toda la historia pero ahora, en Jesús, lo lleva a cabo de un modo nuevo. Por eso hay que escucharlo. Y escuchar al Hijo predilecto es conformarse con él, transformarse en él y vivir como él, entregando la vida hasta el final por amor.

El espanto con el que los discípulos caen de bruces en el suelo es el propio de las teofanías. La presencia de lo divino asusta al ser humano porque éste se hace consciente de quién es él y quién es Dios. Pero el miedo que este relato nos describe podemos entenderlo también como aquel que brota en el creyente ante esta conciencia. ¿Cómo puede Dios mismo manifestarse ante mí? ¿Y cómo puede ser que se manifieste en Jesús, cuyo camino pasa por la cruz y la muerte?

No debemos olvidar el contexto en el que Mateo introduce este relato. Se incluye inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión y de la reacción enardecida de un Pedro que no termina de enterarse bien y a quien Jesús regaña fuertemente. ¿Cómo no temer cuando lo último que Jesús les ha dicho es: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con sus cruz y me siga” (Mt 16,24)?

Los discípulos caen aterrados de miedoJesús se acerca y los toca. Como lo hizo siempre en el camino ante quienes sufrían alguna enfermedad o estaban abatidos. Jesús, a quien reconocemos como nuestro Dios y Señor, no se queda en el monte ni en la nube, ni en la luz resplandeciente… Nuestro Dios y Señor se acerca una y otra vez a ti, a mí… nos toca y nos habla invitándonos a no tener miedo y a ponernos en pie; invitándonos a volver a los caminos sanando, proclamando la Buena Noticia, liberando.

En este tiempo de Cuaresma, tiempo intenso de oración y de preparación, tiempo de conversión, este relato se nos regala como una invitación a mantener la esperanza y la consciencia de que caminamos hacia la Pascua y Resurrección. Pero no de cualquier modo, lo hacemos de la mano de Jesús, a quien debemos escuchar y quien nos conduce por los caminos invitándonos a vivir como él, quien –si caemos por alguna razón– se acerca siempre, nos levanta y nos dice: “no temas”.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Dios es amor

martes, 7 de marzo de 2017
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Del blog de la Communion Béthanie:

El hermano Roger es una profeta de nuestro tiempo. Centró toda su vida en Cristo, en cuyo nombre dio la bienvenida a cualquier persona, cualquiera que sea su ori gen, su pasado, su edad, su religión. Hombre de oración, el fundador de la comunidad ecuménica de Taizé no ha dejado de animar a los hombres a reconciliarse. Su testamento espiritual continúa sosteniendo a aquellos que deseen desarrollar un monaquismo interior. Os proponemos oraciones y palabras del hermano Roger para alimentar cada semana la vida interior en el seguimiento del Dios uno y trino. (Citas sacadas del libro “Vivir para amar” Ed. Les Presses de Taizé, 2010).

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En su Evangelio, en una intuición deslumbrante, San Juan expresa quién es Dios en tres palabras: «Dios es amor». Si escogemos sólo esas tres palabras, iremos muy lejos, muy lejos.

¿Qué es lo que nos cautiva en sus palabras? Se trata de encontrar esta certeza luminosa: Dios no envió a Cristo a la tierra para condenar a nadie, sino para que todo ser humano  se sepa amado y pueda encontrarun camino de comunión con Dios.

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Frère Roger de Taizé,

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“Nuestra gran tentación”. 5 de marzo de 2017. 1 Cuaresma (A). Mateo 4, 1-11.

domingo, 5 de marzo de 2017
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20130418-jesus_tentacion_en_el_desierto_pinturaLa escena de “las tentaciones de Jesús” es un relato que no hemos de interpretar ligeramente. Las tentaciones que se nos describen no son propiamente de orden moral. El relato nos está advirtiendo de que podemos arruinar nuestra vida, si nos desviamos del camino que sigue Jesús.

La primera tentación es de importancia decisiva, pues puede pervertir y corromper nuestra vida de raíz. Aparentemente, a Jesús se le ofrece algo bien inocente y bueno: poner a Dios al servicio de su hambre. “Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes”.

Sin embargo, Jesús reacciona de manera rápida y sorprendente: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de boca de Dios”. No hará de su propio pan un absoluto. No pondrá a Dios al servicio de su propio interés, olvidando el proyecto del Padre. Siempre buscará primero el reino de Dios y su justicia. En todo momento escuchará su Palabra.

Nuestra necesidades no quedan satisfechas solo con tener asegurado nuestro pan. El ser humano necesita y anhela mucho más. Incluso, para rescatar del hambre y la miseria a quienes no tienen pan, hemos de escuchar a Dios, nuestro Padre, y despertar en nuestra conciencia el hambre de justicia, la compasión y la solidaridad.

Nuestra gran tentación es hoy convertirlo todo en pan. Reducir cada vez más el horizonte de nuestra vida a la mera satisfacción de nuestros deseos; hacer de la obsesión por un bienestar siempre mayor o del consumismo indiscriminado y sin límites el ideal casi único de nuestras vidas.

Nos engañamos si pensamos que ese es el camino a seguir hacia el progreso y la liberación. ¿No estamos viendo que una sociedad que arrastra a las personas hacia el consumismo sin límites y hacia la autosatisfacción, no hace sino generar vacío y sinsentido en las personas, y egoísmo, insolidaridad e irresponsabilidad en la convivencia?

¿Por qué nos estremecemos de que vaya aumentando de manera trágica el número de personas que se suicidan cada día? ¿Por qué seguimos encerrados en nuestro falso bienestar, levantando barreras cada vez más inhumanas para que los hambrientos no entren en nuestros países, no lleguen hasta nuestras residencias ni llamen a nuestra puerta?

La llamada de Jesús nos puede ayudar a tomar más conciencia de que no sólo de bienestar vive el hombre. El ser humano necesita también cultivar el espíritu, conocer el amor y la amistad, desarrollar la solidaridad con los que sufren, escuchar su conciencia con responsabilidad, abrirse al Misterio último de la vida con esperanza.

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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”Jesús ayuna cuarenta días y es tentado”. Domingo 5 de marzo de 2017. Domingo 1º de Cuaresma, ciclo A.

domingo, 5 de marzo de 2017
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14-CuaresmaA1Leído en Koinonia:

Gn 2,7-9; 3,1-7: Creación y pecado de los primeros padres
Salmo responsorial 50: Misericordia, Señor: hemos pecado
Rom 5,12-19: Si creció el pecado, más abundante fue la gracia
Mt 4,1-11: Jesús ayuna cuarenta días y es tentado

 Los comentarios bíblico-litúrgicos para ayudar a la elaboración de las homilías dominicales de este típico “domingo de las tentaciones”, el primero de cuaresma, suelen presentar en esta ocasión un sencillo paralelismo antagónico: la primera tentación fue la que se le presentó a Eva, que acabó en el pecado; pero ha habido otra tentación, la que sufrió Jesús en el desierto, que acabó en victoria, de la que podemos tomar ejemplo. En esta línea es muy fácil encontrar comentarios en la red. Por eso mismo quisiéramos nosotros hacer esta vez una aportación diferente, en sentido crítico. Obviamente, este aspecto no será apropiado en cualquier caso para convertirlo sin más en una homilía… pero creemos que tampoco sería bueno que una homilía olvide este aspecto crítico. En todo caso, cada agente de pastoral sabrá lo que su comunidad necesita, y sabrá encontrarlo en otros puntos de servicio bíblico-litúrgico de la red.

 La primera lectura de este domingo reúne, resumidamente, dos importantes relatos bíblicos: el de la creación y el del pecado original. Son muy significativos, muy importantes, y hoy día, también muy problemáticos.

 Es importante hacer recordar a los oyentes que estos textos, y todos los que forman el grupo de los once primeros capítulos del Génesis, que se refieren a los inicios de la «historia de la Salvación», han sido entendidos desde siempre de un modo literal. Todas las generaciones que nos precedieron en la fe los entendieron así. Seguramente que nuestros padres -y ciertamente nuestros abuelos- nunca pensaron otra cosa, y muchos cristianos mayores también lo piensan hoy día. Desde tiempo inmemorial, estos textos han fungido para muchísimas generaciones, como una fuente capital de su comprensión del mundo y de la historia. Las “coordenadas generales” que estos mitos trazan (Dios arriba, naturaleza abajo, un acto divino de creación que pone en marcha el cosmos, una creación del ser humano distinta a la creación de todos los demás seres, Dios que prohíbe comer el fruto del árbol, la desobediencia del ser humano que se convierte en el «pecado original» que transformará la suerte de toda la humanidad posterior –¡y del cosmos!–, el protagonismo principal de la mujer en este pecado, el enfado de Dios, su consecuente ruptura de relaciones con la Humanidad por haber comido ésta el fruto prohibido…), han sido para toda esa humanidad judeocristiana de los tres mil últimos años, el “paradigma” desde el que han entendido tanto el mundo, como a Dios, como a sí mismos, es decir, la realidad global. Estamos ante unos mitos religiosos ante los que hay que descalzarse, como quien pisa tierra sagrada.

 Hace apenas cien años, en 1906, la Pontificia Comisión Bíblica –respaldada obviamente por la Inquisición romana, la actual Congregación para la Doctrina de la Fe, que todavía no se llamaba Santo Oficio–, reafirmaba solemnemente, y bajo pena de excomunión a quien no lo aceptara, que el contenido de los once primeros capítulos del Génesis es histórico, no mitológico.

 Es importante recordar a los oyentes que hoy no creemos que estos relatos haya que entenderlos así, literalmente. Es decir: que hoy sabemos que la Biblia no puede decirnos cómo fue el origen del cosmos, ni el del ser humano. Que la Biblia no contiene mensajes de física, ni de química, ni de biología evolutiva, ni de geofísica o astrofísica… que nos informen sobre todos esos campos. Y que por tanto se puede ser cristiano y aceptar lo que la ciencia nos dice hoy, incluidas las opiniones contrarias a tantas afirmaciones y supuestos incluidos en estos relatos bíblicos.

 Es importante hacer caer en la cuenta de que esta nueva manera de entender los textos bíblicos no fue fruto de un descubrimiento fácil e ingenuo, sino una intuición laboriosamente trabajada por los biblistas y teólogos, que durante varios siglos han tenido que enfrentarse a la oposición y a la condena de las autoridades de sus respectivas Iglesias. Todavía hoy, en tiempo de Benedicto XVI, el biblista argentino Ariel Álvarez Valdés, doctor en teología bíblica por la universidad de Salamanca, fue públicamente adversado y perseguido por la Secretaría de Estado del Vaticano por no sostener de la historicidad de Adán y Eva y su pretendido pecado original (véase su propio testimonio en Youtube [http://www.youtube.com/watch?v=2Ys3kcwjbSY&list=PL84001F9AB27C6E32].

 Todo cristiano medianamente culto puede tener su opinión sobre el origen del mundo, igual que puede tener sus opiniones en medicina, en astronomía o en psicología, libremente, sin coacción, y sin que haya ninguna opinión «oficial» de la Iglesia en esos campos que pudiera ser «obligatoria». Los relatos bíblicos están en otro plano, un plano simbólico, que no afecta al campo autónomo de la ciencia. Esto es al menos lo que solemos decir hoy día, después del Vaticano II, pero sería más correcto reconocer que aquellos relatos no fueron concebidos, como decimos, meramente en un plano simbólico; para nuestros ancestros religiosos-y-culturales, esos relatos eran históricos, y con esa historia inventada, sin ningún fundamento científico, trataban de encontrar respuestas a problemas humanos y existenciales de muy diverso género (el mal, la felicidad, la vida, nuestro origen, nuestro fuuro…). Es ahora, sólo ahora, cuando nosotros, al ver que sus creencias expresadas en esos mitos estaba profundamente equivocadas –como hoy sabemos por la ciencia– sostenemos que esos mitos sólo podemos interpretarlos de un modo puramente simbólico. Nuestros antepasados –hasta nosotros mismos hace 50 años entre los católicos– los hemos considerado obligadamente históricos, literales, contados directamente por la misma boca reveladora de Dios.

 Hay que dar claramente al público cristiano la buena noticia de que hoy no sostenemos que el símbolo judeo-cristiano del llamado «pecado original» tenga un fundamento histórico. No hay por qué sostenerlo. Más bien resulta prácticamente imposible que lo tenga, por cuanto lo más probable es que no hubo un solo filum biológico evolutivo de surgimiento de nuestra especie, y el poligenismo es hoy la opinión más común de la ciencia. La proclamación que la Iglesia católica hizo del monogenismo en el siglo pasado se debió al espejismo (que todavía sufría) de pensar que el significado del símbolo del pecado original dependía efectivamente de un pecado histórico real que habría cometido una primera pareja de la que descendemos absolutamente todos los hombres y mujeres.

 Resulta especialmente importante aclarar que hoy día resulta del todo inverosímil -teológicamente hablando- todo el conjunto simbólico de la tentación y el pecado original: pensar que toda la humanidad esté en una situación de postración espiritual (que sea una massa damnata, una «muchedumbre condenada», como repetía san Agustín) a raíz de un supuesto primer pecado de una inexistente primera pareja, y pensar que debido a ello Dios habría roto sus relaciones con la Humanidad, y que esa ruptura no podría ser superada sino nada menos que con la sangre de la muerte en cruz del Hijo de Dios, tal y como ha sido presentado por la tradición más común y constante del cristianismo, resulta hoy absolutamente inaceptable. Deben por tanto sentirse aliviados todas las personas que se sienten incómodas ante las acostumbradas explicaciones homiléticas al respecto, tan parecidas a las catequesis infantiles que recibimos cuando fuimos niños, y como nosotros, todas las generaciones cristianas durante más de milenio y medio.

 Otras varias salvedades y comentarios críticos también muy importantes se podrían hacer entre los temas implicados en esos dos grandes relatos bíblicos que han sido juntados en la primera lectura de este domingo (por ejemplo sobre la «transcendencia» de Dios, que ahí se presenta como obvia, sobre la imagen misma de “theos”, la visión negativa de la realidad que conlleva la creencia en un primer «pecado primordial», la terrible inferiorización y culpabilización de la mujer causada por ese texto…). Ya hemos dicho que no pretendemos que esta lista de advertencias críticas sea el contenido de una homilía, sino simplemente el trasfondo crítico a tener en cuenta a la hora de hablar de las “tentaciones” y del “pecado”, para lo que sin duda se encontrará mucho material en los numerosos portales de servicio bíblico de la red.

 Es importante que digamos claramente, e insistamos, en que se puede ser cristiano y ser «persona de hoy» en las propias opiniones científicas. Y que hay otras formas de hablar del la realidad del mal y del pecado, que la de tomar como referencia unos mitos religiosos elaborados hace dos milenios y medio.

 Finalizamos diciendo que ya que tantas veces hemos insistido en el pecado original y en sus fatales consecuencias para toda la humanidad, sería bueno compensar esa actitud refiriéndonos a lo que hoy intuye la teología de frontera: que, más bien, lo original no fue un pecado, sino una bendición… Puede ayudar el libro de FOX, Mathew, “Original Blessing”, Bear & Company 1983; traducido como: La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI, Obelisco, Barcelona 2002, 410 pp Leer más…

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Dom 5.3.17. Tentaciones de Jesús ¿pecados de la Iglesia?

domingo, 5 de marzo de 2017
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acua01bnk01Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 1 de Cuaresma, ciclo A. Mt 4, 1-11. Suelen llamarse tentaciones de Jesús, como si hubiera sido suyas, y no tuvieran nada que ver con la Iglesia o con nosotros. Pero el evangelio las presenta como riesgos de pecado de la Iglesia, esto es, de los seguidores de Jesús (es decir, de nosotros), aunque estén escenificadas en Jesús. Son tres como se sabe:

‒ La primera es la del pan, comerlo todo, asegurar la vida a base de dinero. En esta tentación ha caído bastante la Iglesia, que ha querido tener, conseguir mucho dinero. Y es evidente que a veces ha hecho bien con sus tesoross: catedrales, obras de arte, palacios… y sobre todo asistencia social, comida a los pobres, hospitales…

Pero en ese camino la iglesia ha corrido el riesgo de quedar entrampada en el dinero, destruyendo así el mensaje de Jesús, su propia identidad cristiana. Bueno será que lo recordemos y cambiemos, esa cuaresma.

‒ La segunda tentación es el poder espiritual, saberlo todo, tener todas las respuestas, dominando a los fieles con un tipo de “dictadura espiritual”. Ésta ha sido la tentación de los “milagros”, como si la Iglesia tuviera el monopolio de la sabiduría, en forma un poco máfica: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Se trata de por andar por ahí sobrados de razones, dando respuestas de todo, a diestro y siniestro, diciendo a los demás lo que han de hacer… Jesús no quiso eso, ni hizo los milagros “del diablo”, ni intento saber más, ni imponer sus razones a los demás.

‒ La tercera tentación es el poder-poder, sin más: “Todo esto te daré”, los reinos del mundos, las riberas sagradas (como en la novela de Redondo, de ese título). La iglesia ha querido y quiere, en ciertos estamentos, dominar el mundo, como poder supremo, las tres tiaras (sacerdocio, profecía, reino…).

Ciertamente, ella quiere un poder para bien, es evidente, pero en el camino son (somos) muchos los dominados por el ansia de poder, que podemos utilizar la religión como forma de mando: Por el Imperio hacia Dios (por Dios hacia el Imperio). Más claro no se podía decir. Pero ese es el argumento del Diablo, como podrá ver quien siga leyendo.

Estas son las tres tentaciones de la Iglesia, que el evangelio ejemplifica en Jesús,
ellas son la reflexión de la liturgia en este primer domingo de Cuaresma, y así las presento en las reflexiones que sigue (utilizando unas páginas de mi Diccionario de la Biblia (Verbo Divino, Estella 2016).

Las reflexiones que siguen no quieren ser una crítica a la iglesia sin más, sino la expresión más honda de su fe, fundada en Jesús, principio de una renovación esencial, que ha de comenzar ya, de un modo radical, si es que ella (¿nosotros?) cree/creemos en el evangelio. Buen fin de semana.

1ª tentación. Mesianismo y pan

imagessinfotogif¡Que las piedras se vuelvan alimento! (4, 2-4).

El primer problema es el hambre, la primera acción mesiánica será ofrecer comida (pan), seguridad económica. A ese nivel nos situaba Gen 2-3: Eva sintió «hambre» de un pan especial (del fruto del conocimiento pleno); también a Jesús le llega el hambre, necesita saciar su deseo. Ésta sigue siendo la principal tentación de nuestro tiempo: saciar para siempre a los hombres (como dice en otro contexto Jn 4, 15, refiriéndose al agua). Parece evidente que sólo es mesías verdadero quien ofrece pan, en programa integral de transformación económica, pero no en la línea del Diablo:

4 2 Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. 3 Y acercándose el tentador, le dijo: «Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. 2 Pero él respondió: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Aún admitiendo que resulta necesario alimentar a los hambrientos, Jesús sabe que la solución del Diablo (que actúa como la Serpiente de Gen 3), resulta perversa: abandona a los hombres en manos de su lucha por el pan, les encierra en su necesidad económica, para que ellos vendan así su dignidad, esto es, su palabra, por alimento o dinero. El tentador intenta cerrar a los hombres en el círculo del poder material de la comida, en la línea de Gen 3 donde el mismo tentador dice a los primeros hombres que pueden convertir todo en comida. Se trata de que todo sea pan, todo dinero, al servicio del hambre de posesión ilimitada de los hombres.

16998981_746689895508205_538228153937515892_nEl Diablo dice ahora: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes, Pero él responde: No sólo de vive el hombre, sino de toda palabra… Ser Hijo de Dios significaría imponerse por pan sobre los hombres, convertir todo en alimento, y hacer que todos coman, cumpliendo de inmediato sus deseos materiales y obteniendo así el control material sobre la vida. Ésta es la tentación (la de de Eva, en Gen 3) que ahora se repite en Jesús. El hombre se descubre como ser necesitado, limitado por el mandato (¡no comas!) y el deseo (¡Jesús sintió hambre!). Trascender ese límite, saciar de inmediato la necesidad: esa sería la señal mesiánica, la divinización del humano, que Jesús descubre como tentación diabólica:

Pervivencia y triunfo del Diablo. La humanidad actual (año 2017) sabe producir, de forma que parece estar capacitada para realizar el deseo del Tentador: convertir las piedras en pan, saciar un tipo de hambre. En esa línea, en conjunto, con su desarrollo científico y técnico, el hombre puede resolver el tema de la producción, alimentando a todos los hambrientos de la tierra, y consiguiendo externamente aquello el Diablo que quería. Pues bien, conforme al camino de Jesús, en el fondo de ese deseo (¡convertir las piedras en pan o dinero!) se esconde la tentación de la Mamona (Mt 6, 24), es decir, del dinero/pan convertido en anti-dios, verdad única del hombre que adora algo que él mismo ha producido (¡capital financiero!), un pan que lleva en sí el germen de la división de unos contra otros (como formula en otro plano 25, 31-46, situando junto a la del pan otras necesidades humana, y como ratifica 26, 6-13, hablando de un tipo de pan más elevado).

‒ Verdad de Jesús, la palabra. Frente al pan del Diablo, que sería una especie de capital divinizado, que divide/destruye a los hombres, apela Jesús a un poder más alto: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (cf. Dt 8, 3 LXX), una palabra que se escucha y acoge, que se comunica y comparte en forma de comunicación interhumana. Ciertamente, el pan que sacia el hambre física se debe compartir (como irá mostrando el evangelio: multiplicaciones), pero, cerrado en sí, ese pan puede conducir a la idolatría del poder y a la acumulación y posesión que enfrenta a unos con los otros. En contra de eso, la Palabra de Dios ha de ser por siempre origen y sentido de comunicación humana, en la línea del mensaje de Jesús y de la Última Cena (Mt 26, 25-30). Más que la producción (convertir piedras en pan) y la posesión (amontonar un Capital divinizado), la palabra de Dios suscita y funda un tipo de comunicación universal.

Nuestra humanidad (siglo XXI) sabe producir, pero no ha querido aprender a compartir, no ha conseguido que sus miembros dialoguen de un modo fraterno, desplegando su vida a nivel de palabra, es decir, de búsqueda compartida de fraternidad, en apertura a Dios, en comunión de vida. Allí donde la economía es sólo economía (en manos del deseo impositivo de los potentados) y el poder acaba siendo medio de imposición y engaño (como en el Diablo), el humano corre el riesgo de perderse a sí mismo, cayendo en manos de su pura destrucción. Leer más…

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“Necesidades, miedo y ambición.” Domingo 1 de Cuaresma. Ciclo A.

domingo, 5 de marzo de 2017
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b22a3fce51f505a5a401188868d40d8272a45212ee87d5e9b9286b3f7d4fbe95Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En aquel tiempo, Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el diablo.

Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al fin sintió hambre. El tentador se le acercó y le dijo:

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.»

Pero él le contestó, diciendo:

«Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”»

Entonces el diablo lo lleva a la ciudad santa, lo pone en el alero del templo y le dice:

«Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti, y te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras.”» 

Jesús le dijo:

También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios.”»

Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y, mostrándole los reinos del mundo y su gloria, le dijo:

«Todo esto te daré, si te postras y me adoras.»

Entonces le dijo Jesús:

«Vete, Satanás, porque está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto.”»
Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y le servían.

El primer domingo de Cuaresma se dedica siempre a recordar el episodio de las tentaciones de Jesús. El relato más antiguo, el de Marcos, es muy breve y misterioso. Mateo y Lucas lo completaron con las tres famosas tentaciones que todos conocemos, y que empalman con el episodio del bautismo, en el que la voz del cielo proclama: «Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco». ¿Cómo entiende Jesús su filiación divina? ¿Cómo un salvoconducto para pasarlo bien y triunfar? Todo lo contrario. Inmediatamente después marcha al desierto, y allí va a quedar claro cómo entiende su filiación divina.

Primera tentación

Partiendo del hecho normal del hambre después de cuarenta días de ayuno, la primera tentación es la de utilizar el poder en benefi­cio propio. Es la tentación de las necesidades imperiosas, la que sufrió el pueblo de Israel repetidas veces durante los cuarenta años por el desierto. Al final, cuando Moisés recuerda al pueblo todas las penalidades sufridas, le explica por qué tomó el Señor esa actitud: «(Dios) te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3).

En la experiencia del pueblo se han dado situacio­nes contrarias de necesidad (hambre) y superación de la necesidad (maná). De ello debería haber aprendido dos cosas. La primera, a confiar en la providencia. La segunda, que vivir es algo mucho más amplio y profundo que el simple hecho de satisfacer las necesidades primarias. En este concepto más rico de la vida es donde cumple un papel la palabra de Dios como alimento vivifica­dor. En realidad, el pueblo no aprendió la lección. Su concepto de la vida siguió siendo estrecho y limitado. Mientras no estu­viesen satisfechas las necesidades primarias, carecía de sentido la palabra de Dios.

En el caso de Jesús, el tentador se deja de sutilezas y va a lo concreto: «Si eres Hijo de Dios, di que las piedras éstas se conviertan en panes». Jesús no necesita quejar­se de pasar hambre, ni murmurar como el pueblo, ni acudir a Moisés. Es el Hijo de Dios. Puede resolver el problema fácilmente, por sí mismo. Pero Jesús tiene aprendida desde el comienzo esa lección que el pueblo no asimiló durante años: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que diga Dios por su boca».

La enseñanza de Jesús en esta primera tentación es tan rica que resulta imposible reducirla a una sola idea. Está el aspecto evidente de no utilizar su poder en beneficio propio. Está la idea de la confianza en Dios. Pero quizá la idea más importante, expresada de forma casi subliminar, es la visión amplia y profunda de la vida como algo que va mucho más allá de la necesidad primaria y se alimenta de la palabra de Dios.

Segunda tentación

La segunda tentación (tirarse desde el alero del templo) también se presta a interpretaciones muy distintas. Podríamos considerar­la la tentación del sensacionalismo, de recurrir a procedi­mientos extravagantes para tener éxito en la actividad apostóli­ca. La multitud congregada en el templo contempla el milagro y acepta a Jesús como Hijo de Dios. Pero esta interpretación olvida un detalle importante. El tentador nunca hace referencia a esa hipotética muchedumbre. Lo que propone ocurre a solas entre Jesús y los ángeles de Dios. Por eso parece más exacto decir que la tentación consiste en pedir a Dios pruebas que corroboren la misión encomendada. Nosotros no estamos acostumbrado a esto, pero es algo típico del Antiguo Testamento, como recuerdan los ejemplos de Moisés (Ex 4,1-7), Gedeón (Jue 6,36-40), Saúl (1 Sam 10,2-5) y Acaz (Is 7,10-14). Como respuesta al miedo y a la incertidumbre espontá­neos ante una tarea difícil, Dios concede al elegido un signo milagroso que corrobore su misión. Da lo mismo que se trate de un bastón mágico (Moisés), de dos portentos con el rocío nocturno (Gedeón), de una serie de señales diversas (Saúl), o de un gran milagro en lo alto del cielo o en lo profundo de la tierra (Acaz). Lo importante es el derecho a pedir una señal que tran­quilice y anime a cumplir la tarea.

Jesús, a punto de comenzar su misión, tiene derecho a un signo parecido. Basándose en la promesa del Salmo 91,11-12 («a sus ángeles ha dado órdenes para que te guarden en tus caminos; te llevarán en volandas para que tu pie no tropiece en la piedra»), el tentador le propone una prueba espectacular y concreta: tirarse del alero del templo. Así quedará claro si es o no el Hijo de Dios. Sin embargo, Jesús no acepta esta postura, y la rechaza citando de nuevo un texto del Deuteronomio: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16). La frase del Dt es más explícita: «No tentaréis al Señor, vuestro Dios, poniéndolo a prueba, como lo tentasteis en Masá (Tentación)». Contiene una referencia al episodio de Números 17,1-7. Aparentemente, el problema que allí se debate es el de la sed; pero al final queda claro que la auténtica tentación consiste en dudar de la presencia y la protección de Dios: «¿Está o no está con nosotros el Señor?» (v.7). En el fondo, cualquier petición de signos y prodigios encubre una duda en la protección divina. Jesús no es así. Su postura supera con mucho incluso a la de Moisés.

Tercera tentación

La tercera tentación, a tumba abierta por parte del tentador, consiste en la búsqueda del poder y la gloria, aunque suponga un acto de idolatría. No es la tentación provocada por la necesidad urgente o el miedo, sino por el deseo de triunfar. Jesús rechaza la condición que le impone Satanás citando Dt 6,13.

Para Mt, Jesús en el desierto es lo contrario de Israel en el desierto. En la época del desierto, el pueblo sucumbió fácilmente a las pruebas inevitables de la marcha: hambre, sed, ataques enemigos. Dudaba de la ayuda de Dios, se quejaba de las dificultades. Jesús, nuevo Israel, sometido a tentaciones más fuertes, las supera. Y las supera, no remontándo­se a teorías nuevas ni experiencias personales, sino a las afirmaciones básica de la fe de Israel, tal como fueron propues­tas por Moisés en el Deuteronomio. Los judíos contemporáneos de Mateo y de su comunidad no tienen derecho a acusar a su fundador de no atenerse al espíritu más auténtico. Jesús es el verdadero hijo de Dios, el único que se mantiene fiel a Él en todo momento.

El problema de la historicidad

Pero el relato de Mt nos obliga a plantearnos el proble­ma de si trata hechos históricos o es ficticio. Porque el diálogo con el tentador, el viaje a la ciudad santa y el otro a una montaña altísima no parecen tener nada de histórico. El hecho de que las tentaciones en Lc sean iguales, sólo que cambiando el orden, no significa nada.

Es interesante recordar que el cuarto evangelio no contiene un episodio de las tentaciones, pero habla de ellas a lo largo de la vida de Jesús. La más fuerte es la del poder, en el momento en que los galileos quieren nombrar a Jesús rey. Y tentaciones muy parecidas en su contenido, no en la forma, se repiten al final de la vida de Jesús, en la cruz: «Si eres Hijo de Dios, sálvate y baja de la cruz» (Mt 27,40). Estas tentaciones reflejan otro dato de gran interés: los tentadores son los hombres, no Satanás.

En resumen, podemos decir:

La tentación es un hecho real en la vida de Jesús, a la que se vio sometida por ser verdadero hombre.

Mt ha recogido este tema para dejarnos claro desde el princi­pio cómo entiende Jesús su filiación divina: no como un privile­gio, sino como un servicio.

En el fondo, las tres tentaciones se reducen a una sola: colocarse por delante de Dios, poner las propias necesidades, temores y gustos por encima del servicio incondicional al Señor, desconfiando de su ayuda o queriendo suplantarlo.

Las tentaciones tienen también un valor para cada uno de nosotros y para toda la comunidad cristiana. Sirven para analizar nuestra actitud ante las necesidades, miedos y apetencias y nuestro grado de interés por Dios.

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Primer Domingo de Cuaresma. 5 Marzo, 2017

domingo, 5 de marzo de 2017
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di-cuaresma

“Luego el Espíritu llevó a Jesús al desierto para ser tentado por el diablo”.

Mt 4, 1-11

Así comienza el evangelio de hoy. Llegaremos a las tentaciones pero vamos a detenernos unos segundos en este comienzo. Pocas veces nos encontramos a Jesús como sujeto pasivo: no dice, no sana, no camina, no cruza a la otra orilla, no va, ni viene… es llevado. Y tan pasivo, que no protesta, no pone impedimentos, se entrega, se deja llevar y de esta manera, se deja hacer por el Espíritu.

Podemos dar un paso más y ahondar en la entrega de Jesús, en ese dejarse llevar. Si vamos más lejos de la simple acción de ser llevado, en esta ocasión desde la zona del Jordán donde acaba de ser bautizado al desierto, nos encontramos con que permanece en el desierto, en la soledad, en el silencio. Permanece, no importa el número de días, pero no huye de sus ruidos internos, de su miedo; no se engancha al ipod, móvil, tablet, ni a nada de su época que le anestesie la consciencia y disfrace la realidad. Permanece, a pesar de todo, a pesar de sí mismo… dejándose hacer.

Con el paso de los días y lejos de las distracciones exteriores, es ahí, en la quietud del desierto, de su desierto, en medio de la nada, en su noche cuando le asaltan los temores y la voz de su ego: “si eres hijo de Dios…”.

Claro que lo es. Es Hijo de Dios, y además, Amado. Sentir esa certeza en lo más profundo de su ser es lo que le hace permanecer en la soledad del desierto, en la nada. Y sin embargo, esa misma permanencia le agudiza la escucha de la Palabra llenándole de confianza y seguridad, agarrándose a ella una y otra vez: “está escrito…”. Mira cara a cara a sus ruidos, “conversa” con ellos y les pone nombre: Satanás. Como ve que no le aportan nada bueno les pide que se vayan: “Retírate, Satanás”. Y el diablo lo dejó, dice el texto.

Nos cuesta mucho. Nos cuesta la Cuaresma, el ayuno, el silencio con minúsculas, nuestros ruidos, revisarnos (ay, cuánto más fácil revisar a las demás). Reconozcamos que, sí, eso, que lo que nos ocurre es que nos costamos nosotras mismas, que hay días en los que nos cansan nuestras “cadaunadas”.

¿Qué pasaría si nos dejamos llevar al desierto? ¿si en el Silencio miramos nuestros ruidos y les ponemos nombre? ¿Qué pasaría si les decimos “retírate, Satanás”? ¿Qué pasaría si… en definitiva, nos dejamos hacer? Complicada y costosa tarea la que nos pone delante este comienzo de Cuaresma. A por ella. Nosotras también somos Hijas de Dios, además, Amadas… y encima, lo sabemos.

Oración

Padre nuestro, susúrranos tu Palabra Creadora, tu Palabra de vida eterna.

Jesús de Nazaret, tú eres nuestro Maestro, deseamos dejarnos hacer.

Espíritu Santo, llévanos al desierto, llévanos al Silencio.

Trinidad Santa, en vos confiamos. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La tentación es siempre una oferta engañosa

domingo, 5 de marzo de 2017
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img_men_2011_2014-3-09_6Mt 4, 1-11

Se nos ha insistido hasta la saciedad que la cuaresma era un tiempo de examen de conciencia para descubrir nuestros fallos, para concienciarnos de que habíamos ofendido a Dios, para sentirnos pecadores. Una vez que descubrimos que estábamos enfangados en la mierda, pedir a Dios que nos sacara de ella y si Dios era reacio a perdonarnos, ahí estaba la muerte de Jesús que nos daba derecho a ese perdón. Pasada la alegría de sentirnos perdonados, llegaba la angustia de volver a fallar. Así año tras año.

La cuaresma es un tiempo privilegiado para analizar la trayectoria humana de nuestra vida y descubrir que, con demasiada frecuencia, nos equivocamos, dando pasos que nos alejan de la meta. No tiene mucho sentido que nos paremos a analizar la piedra en la que tropezamos, ni si nos hemos alejado un paso o un kilómetro. Se trata de tomar conciencia de dónde nos encontramos y desde ahí, enderezar nuestros pasos hacia la meta.

De lo dicho se desprende, que más importante que mirar hacia tras mortificándonos por los pasos mal dados, es descubrir donde está la meta y comenzar a andar en esa dirección. Lo importante es tomar conciencia clara de donde está la meta. Pero resulta que no puedo saber donde está porque nunca estuve allí. Aquí puede venir en nuestro auxilio la experiencia de otros seres humanos que sí se aproximaron a ella. Para nosotros los cristianos, el hombre que más cerca estuvo de ella es Jesús, por eso es nuestro guía.

Las tentaciones de Jesús y las nuestras, nos advierten de la necesidad de esfuerzo para llegar a la meta. Los animales disponen de un piloto automático que les conduce en todo momento a su propia meta. Al ser humano se le han entregado los mandos de la nave y no tiene más remedio que dirigirla él. No podemos conducir un vehículo manteniendo fijo el volante. Tampoco nadie puede conducirlo por nosotros, ni siquiera Dios.

Las dos primeras tentaciones pretenden convertir a Jesús en oprimido u opresor, a cambio de pan, poder o gloria. Tanto oprimir a otro como dejarse oprimir son ofertas satánicas. La opresión es el único pecado, porque es lo único que nos impide ser humanos. Vamos a analizar las tentaciones de Jesús en lo que tienen de común con las trampas que el placer, con apariencia de bien, tiende a todos los hombres.

A nadie se le ocurrirá hoy tomar el relato del Génesis como un hecho histórico. El pecado de Adán es un mito ancestral. Esto no quiere decir que sea simplemente mentira. El mito, en sentido estricto, es un intento de explicar conflictos vitales del ser humano, que no se puede entender de una manera racional. El relato de Adán y Eva intenta explicar el problema del mal, y lo hace partiendo de las categorías de aquel tiempo.

Tampoco el relato de las tentaciones es una crónica de sucesos. Jesús se retiró muchísimas veces al “desierto”. Se trata de resumir todas las pruebas que tuvo que superar a lo largo de su vida. En Jesús la tentación tiene una connotación especial, porque se plantea conforme a su situación personal. La talla de su humanidad tiene que darla en relación con la tarea que se le ha encomendado: cómo desarrollar su mesianismo.

Los posibles tropiezos al recorrer su camino mesiánico, se relatan condensados en un episodio al comienzo de su vida pública, pero resumen la lucha que tuvo que mantener durante toda su vida. A Jesús no le tentó ningún demonio. La tentación es algo inherente a todo ser humano. Por eso es el mejor argumento a favor de su humanidad. Quien no se haya enterado de que la vida es lucha, tiene asegurado el más estrepitoso fracaso.

No se trata de una elección entre el bien y el mal. El ser humano no es el lugar de lucha de dos fuerzas contrarias: el Espíritu y el diablo, el Bien y el Mal. Esa alternativa no es real porque el mal no puede mover la voluntad. Se trata de discernir lo bueno y lo malo, más allá de las apariencias. La lucha se plantea entre el bien auténtico y el aparente. El plantear una lucha contra el mal no tiene ni pies ni cabeza. Una vez que descubro que algo es malo para mí, no tengo que hacer ningún esfuerzo para vencerlo.

Las tres tentaciones de Jesús no son zancadillas puntuales que el diablo le pone. Se trata de contrarrestar una inercia que, como todo ser humano, tiene que superarla. Ni el placer sensible, ni la vanagloria, ni el poder, pueden ser el objetivo último de un ser humano. El poder y las seguridades, como fundamento de una relación con Dios quedan excluidos. El poder podía haber dado eficacia a su mesianismo, pero no llevaría la libertad al hombre. La salvación tiene que llegar al hombre desde dentro de sí mismo.

No necesitamos ningún enemigo que nos tiente. Somos lo bastante complicados para meternos solitos en esos berenjenales. La tentación es inherente al ser humano, porque en cuanto surge la inteligencia y tiene capacidad de conocer dos metas a la vez, no tiene más remedio que elegir. Como el conocimiento es limitado, puede equivocarse y, adhiriéndose a lo que creía bueno, se encuentra con lo que es malo. Si esto no lo tenemos claro, pondremos el fallo en la voluntad que elige el mal, lo cual es imposible.

Si el problema no está en la voluntad, no se podrá resolver con voluntarismo. Aquí está una de las causas de nuestro fracaso en la lucha contra el pecado. Si el problema es de entendimiento, solo se podrá resolver por el conocimiento. Mi tarea será descubrir lo que es bueno o es malo para mí. Ese “para mí”, se refiere a mi verdadero ser, no al yo egoísta e individualista. Ni siquiera podemos esperar de Dios que me saque del dilema.

En nuestra sociedad tendemos a considerar como bueno lo que la mayoría acepta como tal. El esfuerzo por alcanzar una verdadera humanidad es todavía una actitud de minorías. A través de la historia humana, han sido muy pocos los que han manifestado con su vida una plenitud humana. La mejor prueba es que los consideramos seres extraordinarios. La mayoría de los mortales nos contentamos con vivir cómodamente sin valorar el esfuerzo por llegar a ser algo más. Aquí el valor de la democracia queda muy relativizado.

Elestá escrito,repetido por tres veces, tiene un profundo significado. Adán y Eva pretendieron ser ellos los dueños del bien y del mal, es decir, que sea bueno lo que yo determine como tal y que sea malo lo que yo quiero que lo sea. Es la constante tentación de todo ser humano. Cuando Jesús repite por tres veces: “está escrito”, reconoce que no depende de él lo que está bien o lo que está mal, está determinado, no por una voluntad externa de Dios, sino por la misma naturaleza del ser.

Meditación-contemplación

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu.
La verdadera conquista de lo humano, se consigue en el interior.
Solo lejos del bullicio, del ruido y de la vorágine de los sentidos
te puedes encontrar contigo mismo y dilucidar tu futuro.

No te dejes engañar por los cantos de sirena.
Son cada vez más y con más poder de seducción.
Pero la fuerza del Espíritu, siempre será mayor,
Y, si te dejas guiar, te conducirá a la plenitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Tentaciones de Jesús

domingo, 5 de marzo de 2017
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003-jesus-waterHe cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz (Borges)

5 marzo, I domingo de Cuaresma

Gén 2, 7-9; 3, 1-7 Creación y pecado de los primeros padres

Mt 4, 1-11

No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios

Las tres primeras lecturas sobreabundan en el tema del pecado y sus consecuencias para el hombre: desde Génesis 2 y 3 hasta Romanos 5, pasando por el Salmo 50. El Evangelio, en cambio, hace resaltar la misión de Jesús como proyecto del reino de Dios y la manera concreta de anunciarlo, celebrarlo y llevarlo a la práctica con hechos.

En la tentación referida al hambre –“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt 4, 3)- Satanás ataca a Jesús por el flanco más débil de sus preocupaciones por la gente: satisfacer el hambre de los necesitados; lo recodaba Isaías en 58, 7. Las obras de Misericordia son la esencia del Evangelio y, entre las corporales, después de la atención a la salud figura la de “dar de comer al hambriento.

La segunda tentación, la de saltar del pináculo del templo –“Si eres hijo de Dios, tírate abajo, pues está escrito: Ha dado órdenes a sus ángeles acerca de ti; te llevarán en sus palmas para que tu pie no tropiece en la piedra”– es la de la prepotencia y el orgullo. Durante las fiestas Saturnales, introducidas por Roma a principios del siglo III a.C., los esclavos eran frecuentemente liberados de sus obligaciones; en ocasiones eran cambiados con los de sus dueños. Jesús se consideró siempre servidor de servidores.

La tentación de los reinos del mundo y su atracción significa la ambición desmedida por las cosas terrenales: “De nuevo se lo llevó el Diablo a una montaña altísima y le mostró todos los reinos del mundo en su esplendor, y le dijo: Todo esto te daré si postrándote me rindes homenaje”Jesús se mostró contrario a ella cuando (Mt 20, 26-28) se puso como ejemplo de servicio: “Lo mismo que este Hombre no vino a ser servido, sino a servir”.

Un representante del Clasicismo, el francés Ary Scheffer (1795-1858), pintó un lienzo –La tentación de Cristo– en el que nos muestra un Jesús victorioso en el pináculo del Templo.

Yo, por mi parte, no mantendré las expectativas rabínicas de que los ángeles me lleven en sus palmas para que mi pie no tropiece en la piedra (Sal 91, 12), ni que herede todos los reinos de la tierra, pero sí me alistaré en el ejército de los que quieren trabajar por la construcción del reino aquí en la tierra. Como hizo Jaime cuando en la película española dirigida por el cineasta Sigfrid Monleón, El cónsul de Sodoma (2009), su madre le tienta con la ambición, el orgullo y el bienestar mundano. A lo que el hijo le contesta: “Eso no es políticamente correcto nunca; es justicia”“Como si el hombre, harto ya de luchar con sus demonios deciden entregarles el gobierno y la administración de su pobreza”. Postura desafiante y valiente que deja luego clara en un Manifiesto: “Pido que España expulse a esos demonios, que la pobreza suba hasta el gobierno, que sea el hombre el dueño de su historia”. Los partidos políticos han sido creados para servir a los ciudadanos. Cosa que no siempre sucede. La Iglesia jerárquica ha quebrantado gravemente esta norma durante muchos siglos.

Con frecuencia nos acompañan en la vida las calles con las luces apagadas, y hay que encenderlas para vencer demoníacas sombras y revivir los más ilusionantes sueños. En una ocasión dijo Borges: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer: no he sido feliz”. Y otra argentina, Mafalda, nos proporciona el secreto para hacerlo: “Cuando no sepas qué ponerte… pues ponte feliz… La felicidad combina con todo”. La fórmula mágica de los hechos, como nos muestra el breve pero aleccionador cuento sufí que relatamos.

ENSEÑANZAS

Dos hombres se encontraban de visita en casa de un maestro y uno le preguntó al otro:

-¿Has venido, también, a escuchar sus enseñanzas?

El otro repuso:

-No, para mí es suficiente ver cómo se ata las sandalias.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Cómo se presentan hoy las tentaciones?, por Marifé Ramos González

domingo, 5 de marzo de 2017
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1-cuaresma-1Mt 4, 1-11

El fin de semana en la casa rural prometía ser intenso. El departamento de recursos humanos había organizado un curso sobre “Liderazgo y estilo empresarial”; asistían el director general y las personas más representativas de la empresa.

El objetivo era profundizar en todo aquello que debía convertir a cada asistente en una persona segura, agresiva y triunfadora. Y, sobre todo, entregada en cuerpo y alma a la empresa.

Eva sabía bien lo que podía significar este fin de semana en su vida. Cada vez que había asistido a un curso de este tipo había ascendido un poco más en el escalafón. El “estilo empresarial” se había hecho carne de su carne y estaba a punto de lograr el puesto de directora regional, con el consiguiente aumento de sueldo.

El sábado la formación fue tan intensa que acabó rendida. Salió a tomar el fresco. Tenía un rato de descanso antes de la cena.

El sol se ponía tras la montaña. Empezó a caminar, absorta, por un pequeño sendero que llevaba a la cumbre. No conocía la zona y se fue alejando más y más de la casa rural. Sentía que, de este modo, se alejaba también de las tentaciones que le acechaban allí.

El director general le había dicho:

– Esta noche nos vemos.

Eva sabía que, tras la cena y las copas, tendría que someterse a sus deseos. Cuando se ponía de rodillas ante él, tenía asegurados viajes y joyas. ¡Recibía tanto a cambio de satisfacer sus caprichos! Había algo en la mirada del director que le desagradaba profundamente, pero no tenía valor para enfrentarse a él ni negarse a sus deseos.

Absorta en sus pensamientos, se fue adentrando en una zona rocosa que se hacía cada vez más escarpada, hasta que se dio cuenta de que no podía retroceder por el mismo camino. Cayó la noche. En medio de la oscuridad, tanteando entre las piedras, dio un traspié y rodó varios metros por la ladera de la montaña, hasta acabar en un lugar que parecía un pequeño barranco.

Al ponerse en pie sintió un dolor tan fuerte que no podía caminar. Durante un buen rato gritó con todas sus fuerzas, pidiendo auxilio, pero sus gritos se perdieron en medio de un silencio sepulcral. No tenía ninguna posibilidad de volver a la casa rural.

Se acurrucó junto a un árbol, en postura fetal, temiendo que fuera la peor noche de su vida. Quizá la última.

Pero no fue así.

El hambre, la sed, la soledad y el miedo fueron dando paso a una experiencia sobrecogedora: el cielo, plagado de estrellas, era como un manto que le cubría. Y, en medio de la oscuridad, empezó a percibir su vida con una claridad inusitada.

Se descubrió esclava de algunas personas y de muchas cosas. Se dio cuenta de que la vanidad y la codicia le habían ido enredando y ahora estaba totalmente atrapada. Veía con claridad el alto precio que había ido pagando para conseguir la imagen que tenía.

El cielo estrellado era como una pantalla que le ayudaba a recordar escenas de su vida, desde su infancia. Recordó que había descuidado la relación con sus abuelos y con la gente del pueblo porque le parecían pobres e ignorantes; ahora se daba cuenta de cuanto les debía. Había dejado a un lado el voluntariado que llenó de sentido su adolescencia y juventud. Había renunciado a sus sueños sobre la familia, y solo vivía experiencias puntuales en las que estaba más presente el alcohol que el amor. Apenas había estado en contacto con la naturaleza porque lo consideraba una pérdida de tiempo. Había dejado a un lado a Dios, porque ella se bastaba para conducir su propia vida…

Se despertó con las primeras luces del alba y el canto de los pájaros. Se arrastró como pudo hacia un reguero cercano; con el cuenco de su mano fue llevándose a la boca el agua fresca y transparente. Recordó que así bebía cuando era pequeña, en el manantial que había en el prado de sus abuelos. Comió algunas frambuesas salvajes. Se sintió profundamente agradecida a la naturaleza, que le ofrecía estos pequeños placeres, gratuitos y al alcance de su mano.

De repente, oyó que un helicóptero sobrevolaba la zona y gritó con todas sus fuerzas, agitando con fuerza sus brazos. La vieron. Por megafonía le dijeron que estuviera tranquila, que un equipo se acercaría a rescatarla.

Se arrodilló. Oró. Dio gracias a Dios. No sólo porque le salvaban la vida, sino porque la noche en el barranco le había salvado de perder su dignidad y le había permitido recuperar los valores que había ido perdiendo.

De vuelta hacia la casa, con la pierna entablillada, le dijeron:

– Ha tenido usted mucha suerte. Hay fieras en esta zona y podía haber muerto esta noche.

– He pasado buena parte de la noche luchando contra las fieras que hay en mi interior, sobre todo contra la ambición y la cobardía, –respondió Eva con aplomo–. La lucha ha sido dura pero he vencido.

Los miembros del equipo de rescate se miraron y uno de ellos dijo en voz baja:

– Pobrecilla, después de una noche en este barranco, herida, es normal que diga tonterías.

El director general, al verla, le dijo al oído:

– Cuando te recuperes, nos vemos.

El encuentro con sus compañeros fue apoteósico. Tras agradecer las muestras de cariño, Eva les dirigió unas palabras.

– He logrado un buen puesto en esta empresa renunciando a muchos de mis principios. Mi sueldo ha ido creciendo en la misma medida en la que yo he dejado a un lado mis valores para hacerme a imagen y semejanza de lo que me pedían. Desde hace años he sucumbido a todas las tentaciones que se me presentaban, incluso he sucumbido a los deseos del director general.

Se detuvo unos momentos. Le dirigió una mirada que todos comprendieron. Él se puso rojo y miró hacia otro lado, incapaz de sostener la mirada de Eva. Ella prosiguió.

– Ayer vine a este lugar para aprender a ser una ejecutiva agresiva y adquirir herramientas para triunfar. He pasado la noche en el barranco, sobrecogida por la belleza de las estrellas y experimentando mi fragilidad. He visto con claridad que no quiero que el centro de mi vida sean ni este trabajo, ni los viajes ni las joyas. Me voy de la empresa. Os deseo que también cada uno de vosotros veáis vuestra vida “desde algún barranco” y Dios os ayude a recordar todo lo bueno que habéis perdido por el camino.

Se subió al helicóptero. En tierra quedaban un grupo de hombres y mujeres mirando hacia lo alto, impactados al ver cómo Eva había roto sus ataduras y volaba hacia otro horizonte.

Cuaresma es como el barranco en el que, tomando distancia de nuestra vida diaria, podemos ver con más claridad las tentaciones que nos enredan y esclavizan cada día.

Marifé Ramos González

Fuente Fe Adulta

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«¿Qué urge más resolver en la Iglesia?», por José Mª Castillo

martes, 28 de febrero de 2017
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32753879911_6e8695e4ec_bLeído en su blog Teología sin Censura:

Los problemas, que hoy más preocupan a clérigos y laicos que actualmente se interesan por los asuntos de la Iglesia, ¿son los problemas más graves que tiene le Iglesia en este momento? ¿son esos los problemas que hay que afrontar cuanto antes?

Creo que es urgente afrontar estas preguntas porque no sé si lo más apremiante, en este momento, es aclarar si los divorciados vueltos a casar pueden o no pueden recibir la comunión. Como tampoco sé si no admite espera posible el hecho de que cuatro cardenales (y algunos grupos integristas) estén en desacuerdo con el papa Francisco. Por supuesto, es un asunto muy grave la cantidad abrumadora de abusos de menores, el hecho de que el Vaticano ni ha firmado, ni pone en práctica, los derechos humanos. Ni los puede poner mientras siga en vigor el actual Derecho Canónico. Con las enormes consecuencias que todo esto entraña.

No sé si estoy en lo cierto al plantear estas preguntas y estas dudas. En cualquier caso, a mí me parece que, debajo de estas cuestiones, hay un problema de fondo que nos asusta. Y nos asusta de verdad. Me refiero a la relación que tiene, mantiene y vive esta Iglesia, que tenemos, con el Evangelio de Jesús.

No estoy dudado de si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. Eso, por supuesto, está fuera de duda. Es más, si el Evangelio ha llegado hasta nosotros, eso se lo debemos a la Iglesia, que lo ha creído y lo ha enseñado a lo largo de los siglos. Pero es que el problema no está en si la Iglesia cree o no cree en el Evangelio. El problema está en si la Iglesia vive o no vive el Evangelio.

Más en concreto, a mí me parece que el problema está en si la Iglesia, tal como la vemos y la vivimos, “sigue” o “no sigue” a Jesús. Porque no olvidemos esto nunca: el problema más grave, que planteó Jesús (según los evangelios) fue el problema del “seguimiento”. De manera que incluso la fe, en Dios y en Jesús, se hace imposible cuando se divorcia y se desentiende del seguimiento de Jesús.

Y lo que yo veo, tanto en la Jerarquía como en los fieles, es que la Iglesia vive preocupada por la fidelidad de los cristianos a la fe. La fidelidad al seguimiento de Jesús no le quita el sueño a nadie. Y conste que, concretamente en los evangelios sinópticos, mientras que la fe se menciona 36 veces, del seguimiento se habla 57 veces.

Y es que la fe, como conjunto de creencias y prácticas religiosas, se puede reducir fácilmente a un asunto privado y a una serie de costumbres que integramos en nuestra vida sin demasiados problemas. Mientras que el seguimiento de Jesús, si nos atenemos a los relatos de los evangelios que lo explican, exige – como punto de partida – fiarse de Jesús hasta tal punto, que se renuncia a lo más fundamental (familia, trabajo, dinero, seguridad, proyectos…) porque asumir la forma de vida de Jesús es más determinante que todo lo demás.

¿No estamos haciendo en la Iglesia una especie de componenda entre fe y seguimiento, que termina no siendo ni lo uno ni lo otro? Me temo que estamos – y vamos a seguir – angustiados por temas marginales, mientras que, al problema capital de la Iglesia, nunca nos atrevemos a hincarle el diente.

Y así, nos interesan una serie de asuntos secundarios, al tiempo que la relación de fondo entre la Iglesia y el Evangelio, ahí está. Y seguirá estando hasta que el “ser o no ser” obligue a tomar en serio el problema que de verdad nos urge. Como urge un salvavidas al que se está ahogando.

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“No a la idolatría del dinero”. 2 de marzo de 2017. 8 Tiempo ordinario (A). Mateo 6, 24-34.

domingo, 26 de febrero de 2017
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26b5521bc215a50598dcadfca7fb04057a0f70427facbb0e6e8d9296141e3cbfEl Dinero, convertido en ídolo absoluto, es para Jesús el mayor enemigo de ese mundo más digno, justo y solidario que quiere Dios. Hace ya veinte siglos que el Profeta de Galilea denunció de manera rotunda que el culto al Dinero será siempre el mayor obstáculo que encontrará la Humanidad para progresar hacia una convivencia más humana.

La lógica de Jesús es aplastante: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. Dios no puede reinar en el mundo y ser Padre de todos, sin reclamar justicia para los que son excluidos de una vida digna. Por eso, no pueden trabajar por ese mundo más humano querido por Dios los que, dominados por el ansia de acumular riqueza, promueven una economía que excluye a los más débiles y los abandona en el hambre y la miseria.

Es sorprendente lo que está sucediendo con el Papa Francisco. Mientras los medios de comunicación y las redes sociales que circulan por internet nos informan, con toda clase de detalles, de los gestos más pequeños de su personalidad admirable, se oculta de modo vergonzoso su grito más urgente a toda la Humanidad: “No a una economía de la exclusión y la iniquidad. Esa economía mata”.

Sin embargo, Francisco no necesita largas argumentaciones ni profundos análisis para exponer su pensamiento. Sabe resumir su indignación en palabras claras y expresivas que podrían abrir el informativo de cualquier telediario, o ser titular de la prensa en cualquier país. Solo algunos ejemplos.

“No puede ser que no sea noticia que muera de frío un anciano en situación de la calle y que sí lo sea la caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es iniquidad”.

Vivimos “en la dictadura de una economía sin rostro y sin un objetivo verdaderamente humano”. Como consecuencia, “mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz”.

“La cultura del bienestar nos anestesia, y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esa vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un espectáculo que de ninguna manera nos altera”.

Como ha dicho él mismo: “este mensaje no es marxismo sino Evangelio puro”. Un mensaje que tiene que tener eco permanente en nuestras comunidades cristianas. Lo contrario podría ser signo de lo que dice el Papa: “Nos estamos volviendo incapaces de compadeernos de los clamores de los otrsos, ya no lloramos ante el drama de los demás”

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“No os agobiéis por el mañana”. Domingo 26 de febrero de 2017. 8º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 26 de febrero de 2017
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mark-boyle-960x623Leído en Koinonia:

Is 49,14-15: Yo no te olvidaré
Salmo responsorial 61: Descansa sólo en Dios, alma mía
1Cor 4,1-5: El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón
Mt 6,24-34: No se agobien por el mañana

 Uno de los elementos que caracterizan al Dios cristiano es su infinita generosidad para con sus hijos, que se expresa plenamente en la vida y misión de Jesús de Nazaret, quien con sus actitudes y comportamiento hacen presente el Reino de Dios, es decir, el amor y la solidaridad incondicional de Dios que sale al encuentro del ser humano, con el fin de darle vida en abundancia. Éste es el tema central de hoy.

 El texto que leemos del profeta Isaías se enmarca en la época de la deportación en Babilonia, en donde la mayoría del pueblo de Israel pierde su confianza y esperanza en Yahvé a causa de la fuerte y violenta influencia religiosa, política y social de Babilonia y por la poca capacidad de espera y resistencia del mismo pueblo desterrado; Israel se siente abandonado y olvidado por Dios, siente que las promesas de liberación nunca se cumplirán, y se resigna y doblega por entero al dominio babilónico. La tarea del profeta es entonces animar la esperanza del pueblo resignado, por medio de la Palabra, haciéndole ver que Dios no le ha abandonado, que está ahí junto a él sufriendo y luchando por la liberación, que no lo ha olvidado y que lo ama entrañablemente como una madre ama a sus hijos. Con este texto, Isaías manifiesta la ternura de Dios, su preocupación de madre por el bienestar de sus hijos, distinta a la experiencia de sufrimiento en Babilonia. Dios actúa desde la ternura, desde la misericordia con quien sufre. Ésta es la manera como Yahvé anima y salva a su pueblo.

 Pablo, en esta sección de su primera carta a los corintios, responde a las críticas de quienes, después de tomar partido por un anunciador del evangelio en particular y por una manera concreta de proclamarlo, juzgan el modo de actuar del mismo Pablo, juicio que es apresurado, poco fundamentado e inmaduro. Pablo les recuerda que lo importante para él es que lo consideren servidor y administrador fiel de los misterios de Dios, pues los creyentes sólo pueden ser eso y nada más. Por lo tanto, el juicio sobre la forma de servir y administrar de las personas le corresponde únicamente a Dios. Lo importante es el servicio fiel al misterio y la correcta administración de los carismas dados por Dios a los apóstoles. Lo que verdaderamente juzga Dios es la capacidad de servicio y entrega de los anunciadores del Evangelio; lo que a Dios le importa es qué misericordiosos y justos somos con nuestros hermanos, pues en esto se distingue a un legítimo apóstol de Cristo.

 La exhortación que Mateo pone en boca de Jesús se dirige particularmente a la gente pobre que sigue al Maestro, a la gente que siempre está en riesgo, que está preocupada por el presente y el futuro, preocupada por su subsistencia y por su vida. Jesús los invita a ponerse en las manos de Dios, quien es tierno y compasivo para con todos, que mira por las necesidades de todas sus creaturas. Con la mente y el corazón puestos en la generosidad de Dios, lo realmente importante o prioritario entonces es buscar el Reino de Dios y su justicia. Ésa debe ser la preocupación fundamental del seguidor de Jesús. Es un llamado a ser como el mismo Dios es, justo, tierno, compasivo, solidario, amante de los pobres y débiles; por eso, es tarea de todos expresar al mundo, por medio del testimonio y la fraternidad, la ternura de nuestro Dios Padre-Madre de la Vida.

 La primera lectura pone ante nosotros uno de los poquísimos textos en que la Biblia compara a Dios con una madre. Es muy importante pues destacar esta peculiaridad. Porque aunque, a nivel teológico, la afirmación de que Dios es tanto Padre como Madre no tiene ninguna dificultad y es ya algo pacíficamente poseído en el cristianismo actual, no deja de haber sectores que se resisten, y manifiestan su rechazo a la utilización de atribuciones femeninas a Dios. Hay que insistir en que el tema no queda resuelto con la simple admisión de que Dios no tiene sexo; el problema es más profundo; porque aunque teóricamente nadie afirme que Dios «sea» masculino, lo cierto es que durante mucho tiempo la imagen que de él nos hemos hecho ha sido claramente masculina, y en la sociedad y en la Iglesia se ha deducido de ello, durante siglos, que sólo el varón podría representar funciones de mediación con lo sagrado, haciendo de la mujer una realización humana de segundo orden. Esto no es una «crítica feminista», sino una realidad penosa y lacerante que debemos reconocer y remediar. No deben los varones sentirse incómodos ante la reivindicación de las mujeres. Aunque la situación que se genera sea, a veces, un tanto incómoda, mucho más lo ha sido la situación de marginación a la que tantísimas mujeres se han visto sometidas históricamente. Las incomodidades que experimentemos son un pequeño tributo que debemos pagar para seguir avanzando hacia una sociedad y hacia una Iglesia igualitarias. No hace falta ser mujer para asumir como propia la Causa de la Mujer, tanto en la Sociedad como en la Iglesia. Todos debemos hacer nuestra esta Causa, conscientes de que nuestra pequeña aportación no dejará de ser significativa. (Para una breve recopilación histórica de posiciones antifeministas en la historia del judeocristianismo, véase DALY, Mary, El cristianismo y la mujer: una historia de contradicciones [http://servicioskoinonia.org/relat/426.htm]).

 El evangelio de Mateo que hoy leemos nos estaría presentando ese carácter materno de Dios a través de lo que tradicionalmente hemos llamado la divina Providencia, una dimensión del amor de Dios a la que la tradición espiritual popular le ha dado mucha relevancia en la vida diaria. Ha sido una forma de ejercicio de la fe que nos hacía descubrir la mano materna de Dios cuidando nuestros pasos, para evitarnos problemas, para atender siempre nuestras necesidades. No ha sido considerada nunca una verdad teológica fundamental, ha cumplido una función muy importante en el ejercicio de la vida espiritual, en cuanto confianza a ultranza en la bondad «providente» de un Padre celestial que cuida de sus criaturas. Hay congregaciones religiosas cuyo carisma está estructurado en torno al tema espiritual de la «Divina Providencia». El «ángel de la guarda» fue una pieza clave instrumental de tal Providencia.

 Antiguamente fue fácil la fe en la Providencia de Dios, la confianza en que él (causa primera) intervenía en las condiciones externas (causas segundas) para cuidarnos «maternalmente». Hoy día, después que la modernidad ha dejado claro que Dios no interviene ni puede intervenir en las leyes de la naturaleza para hacer que nos vaya bien, la fe en la Providencia debe reformularse radicalmente. No sólo no tenemos por qué creer en la intervención de Dios sobre las causas segundas, sino que podemos creer en forma adulta, como personas que se consideran enteramente responsables de su destino (a veces un simple ciego destino natural), sin consolarnos creyendo que Dios mismo está pendiente de nosotros trabajando para facilitarnos o para asegurarnos la vida. No. Hoy, este «deísmo intervencionista» resulta difícil de aceptar y de creer. Hoy sabemos que en este mundo moderno «estamos solos», sin un dios-tapaagujeros que nos proteja, bajo nuestra única responsabilidad, y en manos de un sin fin de imponderables que debemos asumir adultamente, con coraje y valentía. Es ese sentido de responsabilidad y nuestro coraje el que nos permite superar la angustia existencial y la inseguridad que siempre rodea y acecha nuestra vida, como vida de seres naturales, limitados, contingentes y sometidos a toda clase de amenazas. No obstante, bien sabemos que una cosa es decir que debemos asumir nuestra vida con total responsabilidad, y otra muy distinta es ser coherentes con esta soledad existencial en los momentos duros de nuestra vida. Es cierto. ahí probaremos la coherencia de nuestra inteligencia con nuestro coraje de creer de un modo adulto.

 Andrés Torres Queiruga ha abordado varias veces el tema de la Providencia. Muy recientemente lo ha hecho en la revista Iglesia Viva, en junio pasado, en su número 284 (pp. 28-48). Leer más…

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Dom 26.2.17. Nadie puede servir a dos señores. Dios y Mamona

domingo, 26 de febrero de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 8, tiempo ordinario, ciclo A. Mt 6, 24-34. Este evangelio es muy largo, y consta de dos partes. La primera (Mt 6, 34) trata de Dios y Mamona. La segunda (6, 35-34) de Dios y la preocupación. Hoy comentaré la primera parte, en dos días la segunda.

El ídolo primero, opuesto a Dios, no es el placer desordenado, ni siquiera el mismo Diablo, como existencia separada, sino Mamona, la riqueza en sí, entendida como capital, sentido y meta de la vida. Mamona no es el dinero material, sino como signo y compendio de un sistema destructor (de violencia y muerte), que no está al servicio de la vida, sino de la opresión organizada que se opone a lo divino. Dios es gratuidad, Mamona interés; Dios libera, la Mamona esclaviza y destruye (oprime). Dios es comunión, gozo de vida compartida, la Mamona separa, divide, mata:

6, 24 Nadie puede servir a dos señores, pues odiará a uno y amará al otro. O se apegará a uno y despre-ciará a otro. ¡No podéis servir a Dios y a Mamona!

imagessEste pasaje ha sido formulado con precisión, de un modo solemne, con principio general, explicación y aplicación.

El punto de partida se aclara desde paralelos judíos y paganos: Existen dos realidades (¡dos señores!) que nos marcan y llenan de tal forma que no pueden compartirse. Pero más valioso, aquel a quien la tradición llama «único» (pues el otro no es, sino que que hace no-ser), en clave de monoteísmo radical, es Dios (Dt 6, 4; cf. Lc 10, 42), un bien que todos pueden compartir, sin robarlo, ya que él se entrega a todos.

Aquello que no-es y destruye, pues nos lleva al «deseo de dominio violento y al enfrentamiento, en línea de poder y posesión, es el dinero absolutizado o Mamona, que puede interpretarse como capital supremo y pecado del hombre .. Buen fin de semana.

Dos señores enfrentados

Esta revelación del carácter antidivino (diabólico) de Mamona es quizá la aportación teológica fundamental del Q (cf. Lc 16, 13), recogida aquí por Mateo, en el centro del Sermón de la Montaña (Mt 6, 24), como objeto falso de “fe”, aquello en lo que el hombre confía, entregándole su vida. En ese contexto, no se puede hablar de un Diablo separado; el Diablo, Mal supremo, el Anti-Dios es la misma Mamona entendida como principio universal de muerte, que puede situarse en tres niveles.

‒ Dos servicios, dos señores… Hay un señor y servicio que esclaviza y destruye (cf. 20, 24-29). Los grandes de este mundo no liberan de verdad, no ayudan a ser, sino que se imponen y oprimen, por más bienes que en otro plano puedan conceder. En esa línea, servir al poder o al dinero termina destruyendo a ser humano. No le libera, le aniquila. Por el contrario, servir a Dios es vivir libertad, es madurar en la luz, es desarrollar la vida en plenitud. En este contexto se entiende la gran palabra de la alianza, cuando Dios mismo dice a los israelitas en el desierto: Pongo ante ti el bien y el mal, la muerte y la vida (Dt 30, 15). El hombre es un ser que puede destruirse a sí mismo .

— Plano personal. El hombre es un viviente creado para transcenderse, para vivir abierto a la gratuidad. En ese nivel se sitúa la apertura a Dios, que es la Vida en la que el hombre puede asentarse, trascenderse, encontrar su realidad. El hombre vive en gratuidad o se destruye a sí mismo en aquello que él desea. Como dice el mismo Juan de la Cruz: “Más vive el hombre donde ama que allí donde alienta (CB, 8, 3). Vive el hombre en el amor que le fundamenta, o se destruye a sí mismo. Desde ese fondo se entiende la Mamona como “deseo o pasión”, que se puede expresar en forma de avaricia: Tener para asegurarme en mi mismo, es el Capital Primero, principio de todo Pecado.

El hombre es un viviente de buenos deseos, pero cuando ellos se pervierten en forma de deseo supre-mo (voluntad y razón) de tenerlo todo (para mí, para mi grupo) a costa de los otros, surge la Mamona, que es el egoísmo pervertido: Asegurarme en algo externo a mí mismo, no en la gracia de la vida…aquello que la tradición de Pablo presenta como primer pecado (Col. 3, 5; Ef 5, 5; cf. Lc 12, 5).

‒ Plano económico-social (objetivo). Ese deseo-mamona se manifiesta en instituciones racionales (y pasionales) encarnadas en la Mamona, que es el “tesoro externo”, expresado en posesiones cada vez mayores, de cam-pos/casas o de bienes simbólicos, que se concretan en eso que actualmente se llama Capital (de cabeza), que desembocan en un tipo de Capitalismo. De esa manera lo que es bueno, la Biblia dice incluso muy bueno (árboles y campos, animales, comida y, sobre todo, otras personas) se convierte en lo muy malo.

La mamona, pecado de muerte

La Mamona es un pecado social, material, objetivado en cosas, tesoros materiales, armas para la gue-rra, oro, dinero, posesiones… La mamona se concreta, sobre todo, de un modo especial, en el dinero convertido en capital: Lo que es para mí en la cabeza de la que vivo, en el pensamiento del que pienso… Pensar y vivir sólo desde el capital que nos separa de los otros y de nuestro tesoro interior, y del mismo Dios. Esa es la gran destrucción.

‒ Plano religioso (intento de trascendencia). Tanto el deseo subjetivo como los bienes objetivos se “divinizan”, convirtiéndose en Dios, conforme a un proceso de idolatrización que han estudiado con rigor varios Padres de la Iglesia en el siglo IV. La Mamona se convierte de esa forma en el “Dios objetivado”, el único Señor que domina de verdad sobre la tierra .

Una parte considerable de la religión (entendida como idolatría) es el deseo de asegurar la vida en aquello que tenemos y que, al final, nos acaba teniendo, dominando. Ese Dios Mamona no es un poder irra-cional, como un Dios loco, sino que se presenta signo de una racionalidad muy atrayente, llena de reclamos, pero que nos termina oprimiendo. En general, la antropología filosófica de tipo griego había sido idealista, propia de hombres «ociosos» y ricos, que se hacían alimentar por sus siervos o esclavos. En contra de eso, la antropología bíblica ha sido y sigue siendo materialista: entiende al hombre desde la perspectiva de la gracia de Dios y, al mismo tiempo, por una inversión que es normal, desde el poder y riesgo del dinero.

Excurso. Dios y Mamona (Mt 6, 24)

En Mt 6, 24 culminan y se ratifican en los dos pasajes anteriores de Mateo: No atesoréis tesoros en la tierra (6, 19-20), no convirtáis vuestra luz en oscuridad (6,21-23). Sólo en ese contexto, retomando todo el argumento del Sermón de la Montaña, Mateo puede afirmar que lo opuesto a Dios es Mamona, cuando dice:¡No podéis servir a Dios y a Mamona! Éstos son sus riesgos principales.

‒ Caducidad que mata. Mamona es riqueza caduca, amenazada por el orín y la polilla. Dios hizo al hombre para la vida (para que busque eternidad, en comunión con los otros seres humanos), pero hombre tiende a cerrarse en una trama de muerte, que caracteriza y define todas las riquezas del mundo, incluidos ejércitos, imperios y sistemas económicos. Esta es la gran idolatría: vamos construyendo tesoros que el tiempo se en-carga de roer o apolillar, cayendo así en un tipo de ansiedad contradictoria, pues el deseo de asegurar nuestra vida en aquello que tenemos nos acaba haciendo esclavos de la muere.

‒ Envidia. Mamona es aquello que enciende el deseo de ladrones y competidores, suscitando así una guerra sin fin entre los que tienen y los que quieren tener. En este plano es imposible conseguir una paz externa, a no ser por dictadura de algunos (los triunfadores) o del sistema mismo que domina sobre todos. La desigualdad en el nivel de las posesiones materiales suscita siempre envidia: lo que uno posee crea en el otro un deseo de tenerlo o un rechazo que le lleva a destruirlo, de forma que surge y se expresa la gran antítesis teológica y social, antropológica y eclesial que ha puesto de relieve el evangelio. Leer más…

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Evangelio para tiempo de crisis: del agobio a la confianza. Domingo 8 TO. Ciclo A.

domingo, 26 de febrero de 2017
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confiarDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Después de exponer la diferencia entre la actitud cristiana y la actitud legalista de los escribas (los dos domingos anteriores), el Sermón del Monte pasa a indicar la diferencia entre el cristiano y el fariseo con respecto a las obras de piedad (oración, limosna y ayuno). La liturgia ha omitido esta parte. Y también omite el comienzo de la tercera sección del discurso, donde se trata la diferencia entre el cristiano y el pagano con respecto a los bienes materiales.

La doble experiencia de que Jesús fue traicionado por dinero (Mt 26,14-16) y de que «la seducción de la riqueza ahoga la palabra de Dios y queda sin fruto» (Mt 13,22) hace que el primer evangelio trate con gran energía el tema de los bienes materiales, aunque sus expresiones resultan a veces demasiado concisas e incluso oscuras.

Siguiendo el hilo del discurso encontramos los siguientes temas: una exhortación inicial a poner el corazón en Dios, no en el dinero (Mt 6,19-21); una segunda exhortación a la generosidad (6,22-23); imposibilidad de compaginar el culto a Dios con el culto al dinero (6,24); exhortación a no agobiarse y a tener fe en la providencia (6,25-34).

La liturgia de este domingo se limita a los dos temas finales.

La gran alternativa

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
‒ Nadie puede estar al servicio de dos amos. Porque despreciará a uno y querrá al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero.

«No tendrás otros dioses frente a mí», ordena el primer mandamiento. «No podéis servir a Yahvé y a Baal», dice el profeta Elías a los israelitas en el monte Carmelo. La formulación tan parecida del evangelio demuestra que las palabras de Jesús se insertan en la línea de la lucha contra la idolatría. Al principio, los israelitas pensaban que los únicos rivales de Dios eran los dioses de los pueblos vecinos (Baal, Astarté, Marduk, etc.). Los profetas les hicieron caer en la cuenta de que los rivales de Dios pueden darse en cualquier terreno, incluido el económico. Para Jesús, la riqueza puede convertirse en un dios al que damos culto y nos hace caer en la idolatría.

Naturalmente, ninguno de nosotros va a un banco o una caja de ahorros a rezarle al dios del dinero, ni hace novenas a los banqueros. Pero podemos estar cayendo en la idola­tría del dinero. Según la Biblia, al dinero se le da culto de tres formas:

1) Mediante la injusticia directa (robo, fraude, asesinato). El dinero se convierte en el bien absoluto, un dios por encima de Dios, del prójimo, y de uno mismo.

2) Mediante la injusticia indirecta, el egoísmo, que no daña directamente al prójimo, pero hace que nos despreocupemos de él (recordar la parábola del rico y Lázaro: Lc 16,19-31).

3) Mediante el agobio por los bienes de este mundo, que nos hace perder la fe en la Providencia. A este tema, fundamental para la mayoría de los cristianos, dedica san Mateo el apartado más extenso de esta sección del discurso.

Del agobio a la fe en la Providencia

Por eso os digo:

No estéis agobiados por la vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por el cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad a los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?

¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?

¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues, si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?

No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los gentiles se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso.

Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura.

Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.»

Seis veces aparece en este breve párrafo el verbo «agobiarse». No habla Jesús de cualquier tipo de agobio, sino del provocado por las necesidades materiales de la comida y el vestido. En ambos casos hace referencia a imágenes cotidianas (Dios alimenta a los pájaros y viste espléndidamente a los lirios) para infundir fe en la Providencia. Pero en medio y al final incluye unas reflexiones más bien irónicas: «por más que te agobies no vas a vivir un año más», y «no te agobies, que ya se encargará la vida de agobiarte».

Algunos consideran este pasaje es el más utópico y alienante del evangelio, contrario a toda experiencia y al sentido común. Pero hay que ponerse en el punto de vista de Jesús, que se mueve en dos coordenadas muy distintas a las nuestras: una profunda fe en Dios y un despego absoluto con respecto a los bienes de este mundo. Al ponernos como modelos a los pájaros y a los lirios nos está hablando de seres que simplemente subsisten, no acumulan casas, fincas, joyas, tesoros. Para Jesús, basta con subsistir, con tener «el pan nuestro de cada día». Y está convencido de que Dios lo dará. (Los pobres, o las personas que han pasado en algunos momentos de su vida grandes necesida­des, entienden esto mucho mejor que los que se limitan a discutir el problema).

Por otra parte, este texto sobre la Providencia se puede entender muy bien aplicando la teoría marxista de los objetivos a corto y largo plazo. Según el marxismo, el objetivo importante es a largo plazo (la dictadura del proletariado); los objetivos a corto plazo (reivindicaciones salariales, aumento del nivel de vida, etc.) pueden convertirse en una trampa para la clase obrera, que terminaría aburguesada y le haría renunciar al objetivo primordial.

Jesús, con una perspectiva humana y religiosa, adopta la misma postura. Lo importante es «el reino de Dios y su justicia», esa sociedad perfecta que debemos anticipar los cristianos en la medida de lo posible. Dentro de ella no tienen cabida las desigualdades hirientes ni la injusticia, el que hermanos nuestros mueran de hambre o pasen terribles necesidades mientras a otros nos sobran cantidad de bienes. Pero, si nos preocupamos sólo de la comida y del vestido, de las necesidades primarias, renunciaremos a buscar el Reinado de Dios. En cambio, si nos esforzamos ante todo por el Reinado de Dios, «todo eso (la comida, el vestido) se os dará por añadidura».

Para evitar una concepción alienante de la Providencia es útil recordar cómo la entendió la Iglesia primiti­va:

1) En primer lugar, no excluye el trabajo. A los cristianos de Tesalónica les dice Pablo claramente: «El que no trabaja, que no coma» (2 Tes 3,10).

2) Cuando alguien pasa necesidad, los demás no piden a Dios que le ayuden; lo ayudan ellos. Es lo que hicieron los cristianos de Grecia con los de Jerusalén (2 Cor 8-9).

La Providencia de los demás somos nosotros. Lo malo es cuando nuestro egoísmo impide a muchas personas creer en la Providencia. En ese caso deberíamos aplicarnos las palabras de san Pablo: «Por vuestra culpa blasfeman de Dios».

En resumen, todo el mensaje de Jesús se sintetiza en dos princi­pios básicos: a) el valor relativo de los bienes terrenos en comparación con el valor supremo de Dios y de su reinado; b) el valor absoluto de la persona necesitada, que exige de nosotros una postura de generosidad.

La preocupación maternal de Dios

Sión decía:

«Me ha abandonado el Señor, mi dueño me ha olvidado.»

¿Es que puede una madre olvidarse, de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré.

El evangelio, para inculcar la fe en la Providencia habla de Dios como un padre que se preocupa de sus criaturas. La brevísima primera lectura usa una imagen más expresiva aún: Dios como madre, incapaz de olvidarse del hijo de sus entrañas.

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Domingo VIII. 25 Febrero, 2017

domingo, 26 de febrero de 2017
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domingo-viii-to

“Sobre todo buscad el Reino de Dios y su justicia; todo lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana; porque el mañana traerá su propio agobio.”

(Mt 6, 24-34)

La pregunta que nos lanza este evangelio es: ¿a quién queréis servir? ¿a Dios? ¿al dinero?.

Ambos caminos son exigentes pero completamente diferentes y la meta muy distinta. Lo que no tiene sentido es tratar de recorrer los dos caminos. No se puede. Hay que elegir.

Servir a Dios nos libera de nuestro egocentrismo. Nos libera de tener que estar agobiadas. Cuando nos ponemos a nosotras mismas en el centro, el agobio brota espontáneamente.

Cuando nuestra lucha se hace más altruista muchas cosas dejan de ser necesarias.

Si vivimos en el momento presente, en el hoy, es más fácil soltar amarras. ¡Cuántas cosas dejamos de hacer engañadas por un futuro que no es nuestro!

Lo que de verdad tenemos es el ahora. Y lo que vivamos ahora es lo que cuenta y lo que construye nuestro mañana. Da pena ver a tantas parejas jóvenes que no se atreven a comprometerse pensando en el mañana. O matrimonios que dejan para más tarde el tener hijos. Pensando que primero tienen que disfrutar la vida… Es extraño que no piensen en disfrutar la vida con sus hijos si su proyecto es formar una familia.

También es triste ver personas dejando pasar los años sin atreverse a responder a su vocación religiosa. El “después” no está en los planes de Dios (“Déjame primero…” Lc 9, 59).

Cuando pensamos primero en disfrutar y luego lo que venga, estamos sirviendo a otros dioses y señores. El Dios de la vida irrumpe en el presente y lo transforma inmediatamente. Por eso si elegimos servir a Dios tiene que ser ahora.

Oración

Trinidad Santa, enséñanos a vivir en el presente. Enséñanos a vivirTE en el presente.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Sé cigarra y hormiga a la vez, trabaja y canta

domingo, 26 de febrero de 2017
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cigarrahormiga-peMt 6, 24-34

Es muy probable que esta idea de vivir sin preocupaciones por el mañana, surgiera en la primera comunidad como consecuencia de una convicción de la inmediata llegada del fin. Si la parusía iba a llegar hoy, no tenía mucho sentido preocuparse por el mañana. Este ambiente parece que fue generalizado, pero debió durar muy poco, porque Pablo ya decía a una comunidad (2 Tes 3,10) “el que no trabaja, que no coma”.

Lo que nos pide Jesús es un equilibrio entre lo material y lo espiritual, muy difícil de conseguir. Se puede pecar por los dos extremos. Podemos estar volcados sobre lo material buscando solo asegurar la vida biológica y olvidarnos de que somos mucho más que simple biología. O por otra parte, despreocuparnos completamente de procurar lo que es imprescindible para la vida, que tengo obligación de mantener.

No puede pedirnos que nos despreocupemos de las cosas materiales sino que no nos agobiemos por satisfacer esas necesidades. Tenemos obligación de procurar lo necesario para la vida, pero sin poner el objetivo de la existencia en ello. Comer para vivir y no vivir para comer. Es decir, preocuparme por satisfacer las necesidades de mi cuerpo, pero no quedarme simplemente en eso, sino buscar mi plenitud como persona.

Debemos tomar conciencia, como Jesús, de que las exigencias de mi verdadero ser están por delante de todas las exigencias biológicas y psicológicas. Mientras no descubra mi verdadero ser y sus exigencias, será inútil que me dedique a hacer programaciones extrañas o a renunciar artificialmente y violentándome, a lo que sigo pensando que es lo más importante para mí. Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.

El espectacular desarrollo del cerebro permite al hombre conseguir, con mayor facilidad que los animales, lo necesario para mantener la salud; de este modo, puede emplear tiempo y energías para desarrollar su humanidad. Este crecimiento espiritual es su verdadero objetivo. Si olvida esta posibilidad y se encierra en su animalidad, por mucho placer que pueda proporcionarle, se quedará sin alcanzar su verdadera meta.

Una vez que me he acostumbrado a buscar el placer sensorial, cada vez que prive a un sentido o instinto de ese placer, el organismo responderá causando dolor. Superar ese dolor es imprescindible si quiero llegar a una plenitud humana. La única manera de superarlo es tener claro cual es mi verdadero objetivo y descubrir las ventajas de ese esfuerzo que me traerá otra clase de satisfacciones mucho más profundas y humanas.

No podéis servir a Dios y al dinero. “Mammona” era el dios dinero. Se trata de un servicio de adoración y sumisión. No está haciendo la comparación de una cosa y Dios, sino la contraposición entre dos dioses. La traducción que mejor reflejaría el texto griego podría ser: no podéis servir al dios Mammon y al verdadero Dios. No quiere decir que usar el dinero sea idolatría. Lo que nos destroza es convertirnos en esclavos del dinero.

Servir a Dios no significa machacarse en aras de un ser superior que me exige pleitesía y vasallaje. Así lo entendieron los humanos durante milenios. Se trata de llegar al máximo posible de mi plenitud. Dios no puede querer de mí nada para Él. No se trata de sacrificarse, sino de descubrir que es lo mejor para mí sin caer en la trampa de conformarme con una vida puramente animal, por placentera que sea.

Mirad las aves, mirad los lirios. Este lenguaje idílico puede despistarnos. La comparación está hecha desde la idea mítica de un dios, que influye puntualmente en todos los acontecimientos materiales. Hoy sabemos que Dios no nos va a dar de comer. No somos lirios. Tenemos obligación de “ocuparnos” de las necesidades que nuestra biología exige. No somos pájaros. Tenemos la obligación de buscarnos el sustento.

Hoy podemos darle un nuevo sentido al texto tomando conciencia de que la tierra produce alimento para todos. Si la comida no llega a todos, o es porque no se busca con ahínco o es porque alguno la acapara. En el caso del hombre tiene además la inteligencia necesaria para producirla, aunque también tiene el egoísmo de no dejar que llegue a los demás; o de no hacer lo necesario para que llegue a todos.

Con frecuencia se ha predicado una engañosa confianza en Dios, esperando de Él todo lo que necesitamos aún en los aspectos más peregrinos. De muchos santos se ha alabado esta confianza en Dios. Incluso se ha sugerido que esa era la auténtica confianza. El dejar en manos de Dios el satisfacer mis necesidades biológicas es una falta de responsabilidad, y si en alguna ocasión se ha interpretado que Dios accedía a esas necesidades, no es más que una mala interpretación de los acontecimientos.

No estéis agobiados pensando qué vais a comer o qué vais a vestir. Cinco veces se repite la palabra “agobio” en el texto. La importancia de este mensaje estriba en que, entre todas las necesidades biológicas, las más perentorias para un ser humano son la comida y el vestido. Si las necesidades urgentes no nos tienen que preocupar en exceso, mucho menos todas las restantes que no llegan a tener esa urgencia.

Buscar primero el Reino de Dios. El Reino no es nada externo que viene de fuera, ni nada que afecte a mi aspecto biológico. El Reino es Dios mismo como fundamento inquebrantable de mi ser. Todo lo demás no afecta a lo que realmente soy. Lo consiga o no lo consiga, mi verdadero yo no quedará afectado para nada. Aunque me falte la comida hasta morir de hambre, puedo seguir en mi plenitud de humanidad.

A cada día le basta su afán. Vivir el presente es la única manera de escapar a las tenazas del ego, siempre intentando hacernos ver que si no lo potenciamos quedaremos sin consistencia. Todos los agobios proceden del falso yo, que pretende acaparar la atención y no deja espacio para descubrir lo que somos realmente.

Dios ni es providente ni es tapa-agujeros. Dios está en todos, dejando a todos, ser. Dios no tiene posibilidad de hacer y deshacer el mundo material. Este mundo tiene sus propias leyes que unas veces son favorables y otras desfavorables para nuestra biología. Tenemos inteligencia para aprovecharnos de las favorables y para prever y defendernos de las desfavorables. Lo que tendríamos que lograr es una responsabilidad global para que todos pudieran comer y vestir para poder vivir.

Meditación-contemplación

Somos mucho más que lirios o gorriones.
Ellos colman su existencia desplegando su biología.
En nosotros la biología es necesaria, pero no es lo importante.
Si eres un ser humano, tu plenitud estará en lo humano.
Tienes que ocuparte y preocuparte de tu biología,
pero debes ir más allá de un perfecto estado biológico.
Lo espiritual sería imposible sin lo biológico.
Lo biológico cobra pleno sentido si se ordena a lo espiritual.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Evangelio, roca firme y refugio.

domingo, 26 de febrero de 2017
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solidaridad3La obra humana más bella es la de ser útil al prójimo” (Sófocles)

26 febrero, VIII domingo de TO

Mt 6, 24-34

¿Por qué os angustiáis por el vestido? Mirad cómo crecen los lirios silvestres, sin trabajar ni hilar. Os aseguro que ni Salomón con todo su fasto, se vistió como uno de ellos

El Papa Francisco celebró el pasado 17 de diciembre su 80 cumpleaños. Uno de sus actos más significativos fue la invitación a desayunar a ocho mendigos de diversas nacionalidades –dos mujeres y seis hombres- en su residencia vaticana, la Casa Santa Marta. Luego charló con ellos y les ofreció dulces argentinos. Y en la homilía de la misa del gallo quiso poner énfasis en este otro acto de sensibilidad humana hacia los más necesitados: “Dejémonos interpelar por los niños a los que no se les deja nacer, a los que lloran porque nadie les sacia su hambre, por los que no tienen en sus manos juguetes, sino armas”.

Como Jesús hace veinte siglos y como el Papa hoy, Ana Villanueva Velasco, hija de un personal amigo que, igual que tantos otros, dedica su vida a abrir esperanzas y cumplir deseos de mejor fortuna. Ana constituyó una ONGD en Calcuta (2009), donde Teresa consumió y consumó su proyecto vital. El estado indio de Bengala Occidental se ha hecho cargo recientemente de esta Asociación: una escuela para 130 niños a los que proporcionaba educación, sanidad y alimentación y apoyo diverso a las familias. En abril de 2016 trasladó su obra a Nepal, donde trabaja en la reconstrucción de una escuela en el pueblo de Nala que quedó derruida tras los seísmos de 2015. Apoya a esta escuela mes a mes y ofrece un plato de comida diario a los 170 niños que acuden a ella. Entre sus valores destaca el siguiente: “Creemos en el amor como motor que mueve el mundo en que todos podemos poner nuestro granito de arena para hacer de él un lugar mejor y más equilibrado”.

Con motivo de la guerra de Siria hemos recibido esta otra muestra de Los Hermanos Azules de Alepo: “Las cestas de alimentos se distribuyen sin interrupción todos los meses. Con ocasión de las diferentes fiestas (Al Adha y Nöel), también hemos distribuido zapatos y ropas a todos los adultos y a todos los niños de los que nos ocupamos. Nuestro proyecto “gota de leche”: consiste en distribuir a todos los niños menores de 10 años leche en polvo o leche para lactantes. Respondemos positivamente a cualquier petición de ayuda para un alquiler. Nuestro proyecto abarca, en su totalidad, a más de cien familias desplazadas”.

Estos son los lirios silvestres con los que estos héroes y heroínas trabajan e hilan para que los menesterosos, a los que tan generosa y desinteresadamente asisten, puedan vestir mejor que el fastuoso Salomón. Es la película musical La ciudad de los sueños dirigida por Damien Chacelle (USA 2016), en la que, contrariamente a lo que hacen sus dos jóvenes soñadores, luchan por perseguir sus sueños en una ciudad conocida por “construir” esperanzas “sin” romper corazones.

Sin romperlos, pero permitiendo que el Señor ilumine lo oculto en las tinieblas y descubra las intenciones del corazón, como dice San Pablo en su primera a los Corintios 4, 5. El Salmista nos lo garantiza cuando le pide a Dios que le lleve a una roca inaccesible y siga siendo su refugio, su bastión frente al enemigo (Sal 61).

Sófocles (498-406 aC), poeta trágico griego, nos señaló nuestro mejor propósito en la vida: “La obra humana más bella es la de ser útil al prójimo.

LOS DESATRES DE LA GUERRA

Hoy lloran los luceros

amargas lágrimas

que dan

lugar a un río.

Arrasados los campos.

La ciudad está muerta

para siempre.

Sus habitantes, desaparecidos.

La vida es un desierto.

Sólo el dolor florece.

Y la brillante Cruz del Sur

hace la vela a tanto muerto.

¿Por qué, porqué y porqué?

¿Alguien sensato me puede dar respuesta?

(………………….)

Mis manos son raíces

ajetreadas en dar reposo al árbol

que yace mutilado

en el lindero.

Tu eres sangre cuajada del camino.

Y yo… el sepulturero.

(EN HIERRO Y EN PALABRAS. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¡Qué descanso!

domingo, 26 de febrero de 2017
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2345Mt 6, 24-34

Mira que el Señor lo dijo claro: “no andéis agobiados”; pero nada… caemos una y otra vez en las mismas dinámicas (hacer y hacer), en los mismos miedos (la muerte y la enfermedad siempre están al acecho), en las mismas angustias (¿qué pasará mañana?), como si el bien-estar dependiera únicamente de nosotros, y nuestra vida y la de los otros también. Sin embargo, ¿quién de vosotros a fuerza de agobiarse podrá añadir una hora al tiempo de su vida? (v.27).

Lo cierto es que no son meras fantasías. Basta con echar una mirada al mundo para ver que hay motivos para preocuparse. Porque por mucho que se nos diga, parece que no siempre se cumple eso de que “Dios proveerá” y hay que esperar al final de los tiempos para que todo salga bien. Personas con nombre y apellido que no tienen alimento, otros tantos que se quedan sin trabajo, millones de desplazados… La lista de desgracias humanas es interminable. ¿Qué significa entonces que Dios provee, es decir, que nos da lo necesario para la subsistencia?

Que Él es nuestro mejor apoyo. Que nunca nos va a abandonar; siempre está con nosotros. Y despreciar una ayuda así sería de locos. En los momentos difíciles lo más valioso son las personas que saben acompañar sin molestar. El Señor pertenece a ese grupo de fieles inasequibles al desaliento. Tener a Dios de nuestra parte nos da un empuje infinito.

Que nos indica el camino de la comunión, donde nadie se queda fuera y todos participan de las riquezas del mundo. En su plan todos están invitados al banquete donde se alienta el compartir que genera abundancia (lo que sucedió en la multiplicación de los panes y los peces fue incontestable). La injusticia es absolutamente contraria a Dios.

Que debemos invertir el tiempo en bienes que no tengan fecha de caducidad, en cosas que realmente merezcan la pena. Las que llevan la marca de la eternidad, las del reino de Dios (porque dejan huella, y tarde o temprano fructificarán).

En el fondo se trata de tener bien ordenadas las prioridades. Lo dice claramente el Señor al final del texto: Buscad el reino de Dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura (v. 33). Es decir, que solo hay un Absoluto que debe unificar nuestro deseo, por el que debemos estar dispuestos a todo. ¡Qué descanso saber que Dios, a su modo, se ocupa del resto!

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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