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Domingo 1º de Pascua (B)

domingo, 4 de abril de 2021
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16-bill-viola-emergence-seqJn 20, 1-9

La realidad pascual es, tal vez, la más difícil de reflejar en conceptos mentales. La palabra Pascua (paso) tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero también nos pueden despistar y enredarnos en un nivel puramente terreno. Lo mismo pasa con la palabra resurrección, también ésta nos constriñe a una vida y muerte biológicas, que nada tiene que ver con lo que pasó en Jesús y con lo que tiene que pasar en nosotros.

La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de manera material y directa. También la Pascua cristiana debía tener ese efecto de paso, pero en un sentido distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica. Jn lo explica muy bien en el diálogo de Nicodemo. “Hay que nacer de nuevo”. Y “De la carne nace carne, del espíritu nace espíritu”. Sin este paso, es imposible entrar en el Reino de Dios.

Cuando el grano de trigo cae en tierra, “muriendo”, desarrolla una nueva vida que ya estaba en él en germen. Cuando ya ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse qué pasó con el grano. La Vida, que los discípulos descubrieron en Jesús después de su muerte, ya estaba en él antes de morir, pero estaba velada. Solo cuando desapareció como viviente biológico, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.

Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección, que empleamos para designar lo que pasó en Jesús después de su muerte. En realidad, no pasó nada. Con relación a su Vida Espiritual, Divina, Definitiva, que no está sujeta al tiempo ni al espacio, por lo tanto no puede “pasar” nada; simplemente continúa. Con relación a su vida biológica, como toda vida, era contingente, limitada, finita, y no tenía más remedio que terminar. Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos qué pasó con su cuerpo. Un cadáver no tiene nada que ver con la vida.

Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Yo diría: Si nosotros no resucitamos, nuestra fe es vana, es decir vacía. Aquí debemos buscar el meollo de la resurrección. La Vida de Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la muerte biológica, porque no la puede afectar para nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu. ¡Y nosotros empeñados en utilizar el Espíritu para que permanezca nuestra carne!

Los discípulos pudieron experimentar como resurrección la presencia de Jesús después de su muerte, porque para ellos, efectivamente, había muerto. Y no hablamos solo de la muerte física, sino del aniquilamiento de la figura de Jesús. La muerte en la cruz significaba precisamente esa destrucción total de una persona. Con ese castigo se intentaba que no quedase de ella ni el recuerdo. Los que le siguieron entusiasmados durante un tiempo vieron como se hacía trizas su persona. Aquel, en quien habían puesto todas sus esperanzas, había terminado aniquilado por completo. Por eso, la experiencia de que seguía vivo fue para ellos una verdadera resurrección.

Hoy nosotros tenemos otra perspectiva. Sabemos que la verdadera Vida de Jesús no puede ser afectada por la muerte y por lo tanto, no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural era la muerte. Nada ni nadie puede detener ese proceso. Cuando vemos la espiga de trigo que está madurando, ¿a quién se le ocurre preguntar por el grano que la ha producido y que ha desaparecido? El grano está ahí, pero ha desplegado sus posibilidades de ser, que antes sólo eran germen.

Meditación-contemplación

Comprender lo que pasó en Jesús no es el objetivo último.
Es solo el medio para saber qué tiene que pasar conmigo.
También yo tengo que morir y resucitar, como Jesús.
Como Jesús tengo que morir al egoísmo.
Día a día tengo que morir a todo lo terreno.
Día a día tengo que nacer a lo divino.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pascua florida y hermosa.

domingo, 4 de abril de 2021
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tumblr_n0hrp0am2H1r2d8pzo1_400Nuestro Señor ha escrito la promesa de la resurrección, no en los libros, sino en todas las hojas de la primavera (Martín Lutero)

1 de abril. Pascua de Resurrección

Jn 20, 1-9

Entonces corre adonde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, y les dice: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde le han puesto (v 2).

María Magdalena es la primera en ser testigo del mito de la resurrección. “Todavía a oscuras” (v. 1), es el símbolo desde donde se parte en la fe pascual. Lo que el evangelio de este domingo nos expone en la breve, pero profunda narración de los primeros acontecimientos de la supuesta resurrección de Jesús es a mi parecer, todo un vademécum de informaciones fundamentales acerca del comportamiento habitual imprescindible de quien se precie del honor de ser cristiano. María –las mujeres suelen disfrutar de un buen olfato en estas materias– es la primera en mostrarnos que lo posee. Así lo olfateó cuando en el recientemente estrenado film del australiano Garth Davis (febrero 2018) dice a Jesús: “estaré contigo hasta el final”, mientras los romanos le levantan ya crucificado. Y el cardenal Carlos Osorio ha manifestado recientemente que “el futuro de la humanidad depende en gran medida de la capacidad que tengamos los cristianos de dar testimonio de la verdad en estos momentos no fáciles de la misma”.

Es el amanecer. El sol, señor de la luz que ilumina nuestro universo, difunde ilusión al corazón de la Magdalena y al nuestro para salir al encuentro de un Jesús interior en plenitud de Vida. En primer lugar, confía en sus creencias. Luego se va a comprobar los hechos y, posteriormente, se va a comunicarlos a Juan y Simón Pedro. Todos ellos vieron con sus propios ojos –también con el corazón y la mente– y creyeron. Una vez tomada conciencia de todo, a fondo y hecha carne la creencia en ellos, lo comunicarán en primer término a los demás apóstoles, y luego al mundo entero. Propuesta que nos concierne, y que conlleva descubrir todo lo que somos y manifestarlo a los demás plenamente. Sin esta comunicación, que también es competencia nuestra, el mensaje vivo de Jesús quedará prisionero o incluso muerto, detrás de los fríos barrotes de la cárcel de nuestros sentimientos.

La película Lope (2010), del director brasileño Andrucha Waddington, está imaginativamente basada en la vida del poeta español Lope de Vega que, con sus obras, rompió los cánones tradicionales de la composición. En el film, el protagonista (Lope) mantiene este diálogo con Jerónimo Velázquez: “He querido que mis personajes se parezcan más a la vida. El pueblo está harto de ver siempre lo mismo, y ahora es cuando tenemos la oportunidad de ofrecerles algo nuevo”.

Jerónimo: “¿Usted no se da cuenta de que va contra las normas del teatro?”.

Lope: “Las normas, don Jerónimo, están ahí, pero los tiempos han cambiado. ¿Por qué no poner a trabajar la imaginación?”.

El teólogo y reformador protestante Martín Lutero dijo en cierta ocasión: “Nuestro Señor ha escrito la promesa de la resurrección, no en los libros, sino en todas las hojas de la primavera”. Y, por cierto, ¿no somos todos árboles del bosque florecido en exuberante primavera? ¿Cubrimos de perfume cristiano –quizás Christian Dior, Kalvin Klein o Yves Saint Laurent, a cuantos vienen a pasear por nuestra floresta personal? El misterio pascual –Pascua Florida y Hermosa– tiene un poder transformador cuando dejamos que nos inunde el alma.

Antonio Machado nos ofrece uno de los poemas más expectantes de su obra. Como el sueño de María Magdalena, también el del poeta nos posibilita una respuesta soñada, una ilusión: ese Jesús resucitado, lo que tenemos dentro, y al que debemos dejar fluir como manantial de vida capaz de apagar la sed de cuantos se acerquen a beber en él.

Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Di, ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes a mí,
manantial de nueva vida
de donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!,
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Querientes

domingo, 4 de abril de 2021
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10098692613_7fe76e5d74_zDe su blog Miradas cristianas:

Quedó pendiente, de mi pasado artículo, explicar esa palabra del título. Vamos allá. Es una verdad de nuestra historia que, infinidad de veces, a los justos les van mal las cosas por ser justos, mientras que a los malvados les van bien por su misma maldad. Negar esa ley es una cobardía, aunque las voces oficiales de nuestra sociedad suelen negarla sin matices para justificar a los más ricos (“es que son mejores”), y aunque algunos victimismos se sirvan de ella para justificar sus fracasos, achacándolos a la maldad de los otros. Pese a tales posibles abusos, los salmos y el Primer Testamento bíblico están llenos de quejas que constatan: “a los malos les van mejor las cosas”.

Recordemos solo la queja de Jeremías: “Señor ¿por qué prosperan los impíos?” (12,1).

Esa constatación es tan antigua que en un poema babilónico fechado aproximadamente hacia el 1200 antes de Cristo, y que se conoce como “la teodicea babilónica”, leemos que “los dioses crearon al hombre proclive a la falsedad y a la malicia”. No obstante, y por las mismas fecha, la Biblia se revela contra esa afirmación: el autor del Génesis concluye su primer capítulo declarando que “todo lo que Dios había hecho era bueno”; aunque sólo cinco capítulos más tarde tendrá que añadir que, al ver Dios la maldad que había sobre la tierra, “se arrepintió de haber creado al hombre”. Y es que, para Israel esa nefasta ley de la historia no puede ser obra de Dios: pues entonces no habría lugar para la esperanza en nuestro mundo; es más bien fruto del orgullo y la libertad humana. De ahí arranca esa noción de “pecado original”, tan desafortunada en su formulación como atinada en la realidad que quiere expresar (Camus formuló mejor cuando habló de “La Caída”).

Así se le fue entreabriendo a Israel la posibilidad y la esperanza en un más-allá e incluso el atisbo de que una aceptación confiada de esa ley nefasta de la historia puede convertirse en camino de liberación para otros: eso es lo que insinúa ese extraño poema de Isaías 53, sobre una misteriosa figura de apariencia despreciable, porque han caído en él todas nuestras maldades, pero que, al fin del poema, se convierte en redentor para nosotros. Ahí se atisba otra ley de nuestra historia: entre nosotros, la mayoría de victorias liberadoras se consiguen a través de derrotas previas.

Jesús de Nazaret encarna ese atisbo y esa ley: el fracaso de su pretensión liberadora (la Cruz) se convierte en paso hacia su Resurrección definitiva. Por eso los primeros cristianos aplicaron enseguida a Jesús el poema citado de Isaías 53.

Y bien: la ilusión de tantas pretensiones revolucionarias de nuestra historia ha sido crear ese mundo donde a los buenos les fueran bien las cosas, y a los malvados mal; aspirando incluso a una desaparición de los malvados con la aparición del “hombre nuevo”, tan esperado antaño por muchos movimientos revolucionarios. Por eso no importa el destino (aparentemente) fracasante de las revoluciones, sino la verdad y el valor de su apuesta: porque si resultase que Dios es Amor, entonces creer en Dios no sería más que creer en la Bondad (tantas veces pisoteada), y creer en el Amor (pocas veces amado).

Y que Dios es Amor es precisamente lo que anuncia la divinidad de Jesús. Sin ella no podríamos saber que Dios es Amor: podríamos desearlo o barruntarlo, pero podría ser también que Dios fuese como los dioses griegos o babilónicos. Ahora bien: en el Amor y la Bondad no se puede creer de manera meramente intelectual; sólo se puede creer amando en intentando ser bueno. A eso apuntaba la ironía paradójica de Benjamin Constant, líder de la revolución francesa y amante de Madame Stael: “soy demasiado escéptico para ser incrédulo”

Hace unos meses, la revista Vida Nueva publicó una entrevista con Ana Palacios fotoperiodista que, confesándose atea, lleva una vida dedicada a trabajar por las víctimas de la historia, y que hacía un gran elogio de los misioneros porque siempre “le infunden paz”… Ante la sorpresa de la entrevistadora explicaba que ella no conseguía ser creyente, pero sí era “queriente”.

San Agustín le habría dicho que si amas de veras ya crees aunque no lo creas. Yo prefiero recordarle una vieja anécdota histórica del rabino judío Elischa ben Abuja que perdió la fe con gran escándalo de la comunidad. Pero otro rabino, tras un momento de silencio se limitó a comentar: “dichoso él porque ahora es dueño de hacer el bien sin buscar recompensa alguna”.

Esa es la gran interpelación que nos lanza un sector de la llamada increencia. Algunos podrán reconocer, y aquí me encuentro yo, que sin una Ayuda exterior no hubieran sido capaces de hacer el poco bien que hayan hecho. Pero lo válido para todos los cristianos y absolutamente fundamental, es que nosotros no esperamos el más-allá como una recompensa sino como un regalo del que nos fiamos por una Promesa.

Esto lo reflexionamos demasiado poco. Sin embargo hay ahí algo fundamental para entender la muerte y resurrección de Jesús.

José I. González Faus

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Morir, entregarse a la vida

domingo, 4 de abril de 2021
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Muerte-vidaDomingo de Pascua

4 abril 2021

Mc 16, 1-8

 

El relato del evangelio termina de manera abrupta y en cierto modo contradictoria con el mensaje que pretende transmitir. Les anuncian la resurrección de Jesús, les piden que lo transmitan a los discípulos, pero ellas tenían tal miedo que “no dijeron nada a nadie”.

  No sabemos si, con ese final, el autor del evangelio quiso justificar algunos silencios de primera hora. Pero lo cierto es que el miedo se halla directamente relacionado con la muerte.

  Probablemente todos nuestros miedos sean expresión del miedo radical a la muerte. Se despiertan siempre que tememos perder algo y, en definitiva, la muerte, para el yo, significa perderlo todo.

  Algo parece claro: todo lo que nace habrá de morir, y todo lo que aparece, desaparecerá. Es la ley de la impermanencia que rige el mundo de las formas.

  Sin embargo, desde que tenemos noticia, entre los humanos siempre se ha sostenido la idea de que habría de existir algo más allá de la barrera de la muerte. Lo que ocurre es que, con frecuencia, aquella idea (o intuición) se plasmó en imágenes que no eran sino proyección de la vida que conocemos. Hasta el punto de que, en algunos casos, parecía como si la muerte no fuera sino la prolongación del yo, que entraría a vivir así en la eternidad. Sin advertir que, a pesar del temor que la muerte le pueda producir, el yo no podría tolerar un tiempo sin final: una existencia sin límite temporal sería su peor condena.

  Si la muerte es el final de las formas, eso significa que lo único que no muere es aquello que nunca nació, lo sin-forma. Lo que, en nuestro caso, llamamos “identidad”, la sustancia ultima de lo real, Aquello que somos, más allá del cuerpo, de la mente y del yo.

  A mayor identificación con el yo, más miedo a la muerte. En la medida en que crece la comprensión de lo que somos, tal temor desaparece: el yo se ve simplemente como una “forma” que aparece en la espaciosidad atemporal e ilimitada que somos. Cambia o desaparece la forma, permanece la espaciosidad; termina la personalidad, permanece la identidad.

  Somos vida. Pero, frente a la omnipresente trampa de la apropiación, parece necesario insistir en que el sujeto de esa frase no es el yo. De ahí que, hablando con propiedad y rigor, no habría que decir “Yo soy vida”, sino “La vida es yo”. No hablamos de un yo que viviera eternamente, sino de otra identidad que trasciende al yo. En síntesis, la muerte nos pone de manifiesto que no somos el yo que pensamos ser -y que tiembla, con razón, ante la muerte-, sino la vida que se está experimentando temporalmente en este yo, pero que no se reduce en absoluto a él.

¿Cómo me sitúo ante la muerte? ¿Y ante la vida?

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Ha amanecido la Vida definitiva

domingo, 4 de abril de 2021
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  1. 0 Cristo-como-salvador-El-GrecoNueva Creación.

El evangelio de este hermoso -decisivo- acontecimiento de Pascua evoca el primer día de la semana, el primer día de la creación y de la vida.

En el Génesis Dios concluyó la obra de la creación. Ahora, con la resurrección de Jesús concluye la nueva humanidad.

Adán cayó en un profundo letargo y del costado –costilla- de Adán comenzaba la vida de la humanidad (Eva) (Gn 2,21), ahora Jesús inclina su cabeza, que es como una dormición (muerte) y de su costado comienza una nueva humanidad: la Iglesia. Al pie de la cruz teológicamente nace la Iglesia representada en la madre de Jesús y el Discípulo Amado (todos los discípulos amados de la historia), y sobre ellos cae agua y sangre: el bautismo en el Espíritu. (Jn 19,25-35).

El “todo está consumado” de Jesús rememora la conclusión de la creación por Dios. Vio Dios lo que había creado y era muy bueno. Jesús ha terminado la tarea de una nueva creación, una nueva humanidad.

  1. El primer día de la semana, al amanecer – estaba oscuro.

María Magdalena va al sepulcro al amanecer, sin embargo el relato resalta la escena diciendo que era de noche, (“en tinieblas”, dice el texto original). La contraposición luz / tinieblas tiene gran significado en el evangelio de san Juan y en todos los tiempos y situaciones: amar la luz, la verdad es salir de la noche y de la mentira. Quizás también hoy estamos culturalmente en tinieblas.

Aunque JesuCristo ha resucitado (la losa estaba quitada: Cristo no está en la muerte), Magdalena, va a encontrar a Jesús muerto, con la buena intención de tratar, embalsamar el cadáver, así como también y recordar a Jesús.

Sin embargo ha amanecido, es de día, hay luz, hay vida.

También hoy en día es de día, existe la luz, pero estamos en una noche cultural, ética, en un ocaso eclesiástico, (al menos en muchos ámbitos y diócesis de occidente).

No es menos cierto que también hoy hay creatividad, búsqueda de paz y pacificación, en esta pandemia la ciencia busca la vida. Hay caminos y salidas tanto personales como comunitarias.

  1. Magdalena (y los discípulos) echan a correr.

         María Magdalena no se queda quieta ante la muerte de Jesús. Ella vio, contempló la muerte de Jesús el viernes a mediodía, pero en la muerte no “ve” a Jesús, no está en la muerte. ¿Dónde está? ¿Qué hay tras la barrera de la muerte? ¿Todo ha concluido en el fracaso? No sabemos dónde han puesto al Señor.

         También a nosotros nos acosan estas cuestiones: ¿qué hay tras la barrera de la muerte? ¿Dónde están, -si están- nuestros difuntos?

Magdalena vuelve corriendo al grupo, a la comunidad. Se trata de la comunidad cristiana, porque es en la asamblea eclesial donde vivimos nuestros fracasos y decepciones, también nuestra fe y esperanza. No somos islas, vivimos comunitariamente: pueblo, iglesia.

Posiblemente es también nuestra situación y quizás la situación cultural y eclesiástica, que se quedan quietas, bloqueadas, sin correr los caminos de la búsqueda de la verdad y de la vida. Vivimos enquistados en el pesimismo y la pereza de un triste realismo, en el abatimiento de la desesperanza, de la desilusión, de la muerte: “nos pueden”. No vemos más allá de los signos externos del fracaso en sus variadas expresiones; el pesimismo nos embarga, la pandemia, las guerras, la triste situación eclesiástica etc.

Quien ama la vida corre y busca caminos.

  1. El Discípulo amado y Pedro

Los dos discípulos son significativos. Pedro y el Discípulo Amado corren. Simón Pedro (símbolo del poder) y el discípulo a quien quería Jesús (símbolo del amor del Señor). Los dos corrieron.

         Este texto tiene un gran movimiento:

         María Magdalena corre hacia el grupo.

El discípulo Amado corre al sepulcro y llega primero. El amor (todo Discípulo Amado) corre por llega a la fe en la Vida..

Pedro, más lento, también llega.

El hombre: ser inquieto: espiritual

La vida es movimiento, inquietud, búsqueda, horizontes.

Los caminos, las búsquedas intelectuales, las salidas a los problemas como la verdad, la libertad, la paz-pacificación, crisis económica pertenecen a la condición humana.

¿Qué otra cosa, si no, es el Éxodo y Emaús, los esfuerzos teológicos, culturales, científicos, políticos? Ante los fracasos y barreras, el ser humano corre, busca salidas, no se conforma, no se adormece.

No es postura muy humana, y menos cristiana este atrincheramiento y “enrocamiento” eclesiástico que estamos viviendo en muchas diócesis impregnadas de sospechas, bloqueos y placajes pastorales, teológicos, eclesiásticos. Salgamos corriendo hacia la luz, hacia la vida, hacia la libertad.

  1. Feliz Pascua.

         Desde la mañana de Pascua se abre una nueva vida para el creyente, para el que corre, vey cree.

         El momento cultural que nos toca vivir no es especialmente alentador: hay muchas vendas, muchos sudarios, sufrimiento, muerte, abatimientos, depresiones, paro, decrepitud moral, “losas eclesiásticas” etc.

         Es el amor, el Discípulo Amado, el que intuye, cree en la vida. El amor abre, el miedo repliega y cierra. Quizás celebrar la Pascua signifique una invitación a vivir desde otros criterios más abiertos y profundos que los meramente autoritarios, disciplinares, legales.

         Es razonable, es creativo construir la vida desde los valores del Reino de Dios, de la Vida de Cristo. Esto es válido para nuestra vida personal, familiar, eclesial, política.

         Tenemos prisa –corrieron– por vivir. La vida no espera, siempre tiene -no ansiedad- sí prisa

Desde la Resurrección del Señor:

Feliz Pascua y corramos hacia la vida.

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Queremos ser vida luz.

domingo, 4 de abril de 2021
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artwork_images_424157556_176230_david-lachapelleHermanos, cuando uno es cogido por la fuerza de la Resurrección de Jesús comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre apasionado por la vida de las personas y una vida digna. Oremos.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que la Iglesia sea, la comunidad creyente que busca hacerse presente allí donde se produce muerte, para luchar con todas las fuerzas ante cualquier ataque a la vida.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que todos nosotros seamos conscientes de la llamada permanente a ser y estar del lado de los más desfavorecidos; a despertar nuestra fe dormida, sabida y dejarnos sacudir por tanta situación injusta, insolidaria, egoísta…

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que todos los niños, jóvenes y adultos que durante esta Pascua van a recibir los Sacramentos del Bautismo y Confirmación, encuentren en muestras comunidades parroquiales y religiosas espacios donde compartir, reflexionar y madurar su opción por Jesús y su Reino.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, que celebremos la Pascua acogiendo el testimonio de los pobres, la esperanza de los que luchan por la justicia, el canto de los que aman la vida, la alegría de los que se entregan , el gozo de los que perdonan, la ternura de los que ofrecen misericordia.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

• Padre bueno, te recordamos en esta mañana de Pascua a todos los hombres y mujeres que entregan su vida día a día por hacer posible la utopía de un mundo más justo y más a la medida de tu corazón.

Jesús, queremos ser vida luz donde hay muerte y oscuridad.

Padre, tú sabes que queremos ponernos tras las huellas de tu hijo Resucitado, reconocerle en el hermano o hermana que tenemos al lado, también en los lejanos y… dejarnos encontrar por Él… Que la alegría de celebrar la Pascua nos lance a la vida de los demás. Te damos las gracias por entregarnos nuevamente y para siempre a tu hijo Jesús.

Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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Jueves Santo. Ni Grial ni Mantel, nosotros somos la Cena de Cristo

jueves, 1 de abril de 2021
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eucaristia-720_270x250Del blog de Xabier Pikaza:

«Jesús en nosotros, desde y con los pobres, excluidos, oprimidos y perdidos de la tierra»

Los de Valencia dicen que el Grial, del que bebieron Jesús y sus discípulos, es suyo. Los de Coria (Cáceres) responden que el paño o mantel lo tienen ellos. Pero los cristianos creemos que la Eucaristía  de Jesús o Jueves Santo, somos nosotros mismos.

Jesús nos hizo para siempre sus amigos (su sangre y cuerpo) en la Última Cena, confiándonos así su testamento: «Vosotros sois yo, yo soy vosotros». Por eso, la Eucaristía no es un Grial ni un Paño, ni siquiera un rito separado, sino nuestra existencia, en comunión del pan y vino (comida, bebida), con los hombres y mujeres en Cristo.

No está de más el paño, ni el cáliz, pero la Eucaristía  es Jesús en nosotros, nosotros en él, y unos en otros, desde y con los pobres, excluidos, oprimidos y perdidos de la tierra. Comer con ellos, compartiendo vida, desde y con Cristo, ésa es la verdad del evangelio (Gálatas 2, 5.14).

No es sólo rezar unos al lado de los otros,  sino «compartir la comida» (syn-esthiein, dice Pablo),  de forma que seamos con Jesús comida/vida compartida.

Así define Jesús su evangelio, desde la bienaventuranza de los hambrientos (Lc 6,21-22 par.) hasta la bendición de Mt 25,31-46, donde dice: Venid, benditos, porque tuve hambre y me disteis de comer…”. 

Éste es el amor real, Cena que recrea y enamora el Jueves Santo,fiesta cristiana de Eucaristía[1]. De ello trata lo que sigue, de manera algo más técnica, siguiendo el texto de La Palabra se hizo carne (=eucaristía»), ampliado al final con algunas notas técnicas. Buen Jueves Santo a todos

Xabier Pikaza

De Jesús a Pablo

Las palabrasde la cena (Mc 14, 22-25 par) retoman el mensaje y vida de Jesús, es decir, su “novedad mesiánica”, como reinterpretación de la pascua judía, que habían querido celebrar sus discípulos. En su forma actual esas palabras sólo han podido fijarse (como recuerdo histórico y texto litúrgico), desde una perspectiva pascual, según estos cuatro momentos[2]:

 − Cena (comida). Jesús celebró con sus discípulos una cena de solidaridad y despedida, marginando (superando) los rituales de la pascua nacional judía (cordero sacrificado), para insistir en el pan compartido (multiplicaciones) y el vino del Reino. Es probable que esa cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta real de sus discípulos (que seguían buscando un triunfo político/mesiánico). Sea como fuere, ella es el centro de la Historia de Jesús.

Primera comunidad. Los seguidores de Jesús mantuvieron y actualizaron (celebraron) su signo en las cenas/comidas comunitarias, centradas en el pan compartido y, de un modo especial, en el vino de la promesa del Reino. Esas cenas eran momentos fuertes de celebración de Jesús resucitado, a quien sus seguidores descubrían al juntarse y recordarle en el pan de su proyecto/mensaje y en el vino de la esperanza del Reino. En este momento, las “eucaristías” se identificaban con las mismas reuniones de oración, recuerdo y comida de las iglesias (en ese fondo puede situarse Mc 14, 3‒9).

Comunidades helenistas (Pablo). En un momento dado, que podemos conocer de algún modo por Pablo (1 Cor 11, 23-26), algunas comunidades de Jerusalén y Damasco, de la costa palestina y de Fenicia y después en Antioquía “descubrieron” (encontraron, desplegaron) un sentido especial en los signos de la cena, como memoria de Jesús, interpretando el pan como “cuerpo mesiánico” (sôma)del Cristo y el vino de la promesa del reino como “copamesiánica” (sangrehaima) de la nueva alianza que Dios ha realizado en y por Cristo[3].

El evangelio de Marcos recoge esa tradición de las comunidades y de Pablo y la integra en la historia de Jesús, en el contexto de su cena histórica, situando en un contexto biográfico la afirmación central de Pablo: «El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan…» (1 Cor 11, 23). En el fondo de esa “entrega histórica” (descrita bien por Marcos) recibe su sentido el signo del pan como cuerpo mesiánico y del vino como sangre de la alianza.

Jesús y la Iglesia no han tenido que crear los signos, estaban ahí, el pan y el vino de las fiestas judías y de la última cena, que pueden relacionarse con la pascua judía, pero recibiendo nuevo sentido, en la línea de la entrega de Jesús por el reino.

1 Cor 11, 23-25

  1. 23 Yo recibí del Señor lo que os he transmitido:
  2. el Señor Jesús, la noche en que fue entregado,
  3. tomó pan, 24 y dando gracias, lo partió y dijo:
  4. – Esto es mi Cuerpo (dado) por vosotros.
  5. +Haced esto en memoria mía.
  6. 25 De igual modo el cáliz, después de cenar diciendo:
  7. – Este cáliz es la Nueva Alianza en mi Sangre.
  8. +Haced esto… en memoria mía

Mc 14, 22-2

  1.  22 Y estando ellos comiendo, tomando pan, bendiciendo, lo partió y se lo dio y dijo:
  2. – Tomad, esto es mi Cuerpo.
  3.  23 Y tomando (un) cáliz, dando gracias, se lo dio y bebieron todos de él. Y les dijo:
  4. −Ésta es la sangre de mi alianza derramada por muchos

 Marcos presenta estas palabras a modo de conclusión y compendio del evangelio, para indicar que aquello que Jesús había comenzado a realizar, proclamando su mensaje (1, 14-15), lo ha culminado y ratificado al fin, al presentarse como pan y vino de Reino para nueva comunidad mesiánica. Pablo, en cambio, sitúa esas palabras en un contexto de “celebración ritual” de la Iglesia, añadiendo que él ha recibido del Señor (parelabon apo tou kyriou) la tradición que ha transmitido (ho kai paredôka hymin), de manera que puede ofrecer y ofrece una formulación nueva de la “Cena del Señor” (kyriakon deipnon: 1 Cor 11), sin limitarse a repetir lo que decía la comunidad anterior, sino aportando lo que ha recibido por revelación pascual[4].

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Vicky Irigaray: Jueves Santo.

jueves, 1 de abril de 2021
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jueves-santoHermanos y hermanas, como lo hizo con sus discípulos hoy Jesús también quiere reunirnos, sentarnos a su lado en la mesa, lavarnos los pies y mirarnos a los ojos y hablarnos al corazón. Oremos.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús quiere una Iglesia reunida, donde tengan su lugar todos y todas; nos quiere unidos porque nos sabe dispersos; reclina su pecho porque nos sabe a falta de amor.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús nos invita a su mesa como muestra de amistad y confianza; quiere que en su mesa no falte nadie: los pobres, enfermos, abandonados y hambrientos. Nos invita a la mesa del pan y de la vida, donde lo que se sirve es el alimento que nos nutre y restaura nuestra dignidad.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús quiere lavarnos nuestros pies y en ese lavarnos nos declara su amor y su vida que es servicio. Poniéndose a nuestros pies nos recuerda que nos tenemos que tratar con esmero y ternura. Su amor es entrega total de la vida.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

• Jesús nos pide que nos dejemos hacer, que nos dejemos afectar por su invitación, que nos atrevamos a escucharle con el corazón y cruzar nuestra mirada con la suya.

Jesús, que nos dejemos seducir por ti

Padre Madre buena, una vez más tú vas por delante, Buscas, deseas que comprendamos que somos amados por tu amor sin medida, gratuito que brota desde tus entrañas. Te damos las gracias por el regalo que nos haces en tu hijo Jesús.

 

Vicky Irigaray

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Jueves Santo. la Cena del Señor. Ciclo B. 01 de abril de 2021

jueves, 1 de abril de 2021
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“Lo que estoy haciendo, tú no lo puedes comprender ahora, lo comprenderás después”

(Jn 13, 1-15).

El Evangelio de hoy está cargado de símbolos en los que es interesante profundizar. En la actualidad, a nosotras, como personas que seguimos a Jesús, más de dos milenios después, nos puede resultar muy enriquecedor pararnos en la actitud de los discípulos, porque, como nos ocurre a nosotras, ellos tampoco entendían qué estaba pasando en sus vidas.

“Lo que estoy haciendo, tú no lo puedes comprender ahora, lo comprenderás después”, dijo Jesús a Pedro cuando se negaba a que le lavara los pies. ¡Cómo nos cuesta aceptar esta frase! ¡Qué poco nos gusta no comprender todo en el instante en que nos lo proponemos! Vivimos con la meta de conocer, de controlar cada situación. Pedro continúa negándose y Jesús le responde: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo”. A veces necesitamos parar en seco para reaccionar y optar. ¿Queremos tener que ver con Jesús? ¿En qué cambia nuestra vida el llamar a Jesús “maestro”?

Hoy también celebramos el día del amor fraterno, sororal, y este podría definirse como ese amor que no se entiende, que no se comprende. El amor que lleva a servir, a acoger, a entregarse gratis, sin esperar nada a cambio… ¿Nada? Eso tampoco lo entendemos. Resulta que eso es lo que Jesús hizo cada día de su vida y es lo que nos propone, a quienes nos denominamos cristianas, como guía en nuestra vida.

Hoy es el día del “porque sí”. Esa frase que de pequeños hemos dicho mucho, y que podemos escuchar responder a los pequeños de las familias. Y resulta que Dios nos quiere “porque sí”, que se entregó y se entrega cada día “porque sí”, que nos pide que nosotras hagamos lo mismo “porque sí”.

Oración

Lávanos, Jesús, aunque nos peleemos contigo porque no entendamos, y haznos personas entregadas por amor, por tu Amor.

 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El amor manifestado en Jesús es el Ágape.

jueves, 1 de abril de 2021
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os_he_dado_ejemploJn 13,1-15

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El viernes queda patente el grado supremo de amor al poner su vida entera, hasta la muerte, al servicio del bien del hombre. El sábado, celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días intentamos manifestar de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Jn nos debe hacer pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan. Pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino, tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estas cuestiones, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto a la ligera. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exégetas no lleguen a conclusiones más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida se lo dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la primera comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino, era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de signo y símbolo, de lo que en realidad fue la vida entera de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción más original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más cultual. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito mágico y estereotipado que a nada compromete. Aquí está la razón por la que Jn se olvida del pan y el vino. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Juan no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Juan insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor. “Hasta el extremo” (eis telos) = en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que nunca se desmiente ni se escatima.

Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. Ya dijimos que no se trata en Juan de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cuál debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como él. Juan pinta un cuadro que queda grabado en la mente de los discípulos. Esa acción debe convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto y singular a cada persona.

Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos, imitando a Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación que el evangelista pone en boca de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque estas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor” y decís bien porque lo soy. Juan es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación personal de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Se trata de que sienten la experiencia de ser amados, y así podrán amar con un amor que responde al suyo.

Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres.

Es una pena que una vivencia tan profunda se haya reducido a celebrar hoy el día de la “caridad”. Tranquilizamos nuestra conciencia con un donativo de algo externo a nosotros, siempre de lo que me sobra, o por lo menos, que en nada compromete mi nivel de vida. Podemos aceptar que no somos capaces de seguir a Jesús, pero no tiene sentido engañarnos a nosotros mismos con ridículos apaños. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. Él fue pan partido y preparado para ser comido. Él fue sangre (vida) derramada para que todos los que encontró a su paso la tuviera también. Jesús promete y da Vida definitiva al que es capaz de seguirle por el camino que nos marcó. La misma Vida de Dios, la comunica a todo el que acepta su mensaje. No al que es perfecto, sino al que, con autenticidad, se esfuerza por imitarle en la preocupación por el ser humano.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Magdalena Bennasar: La ternura no se piensa.

jueves, 1 de abril de 2021
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jesus-curaCon estas meditaciones y reflexiones quisiéramos dar continuidad a una experiencia que la mayoría estamos practicando, que es ahondar en la oración afectiva, no como método, sino como experiencia vital que emerge de un seguimiento que deja atrás etapas principiantes que preceden a la madurez en una relación donde ya hay complicidad.

El discípulo será estos días en nuestra Pascua: Jesús. La discípula: tú, yo, y algunos personajes del NT que nos acompañarán.

El tema de fondo e ingrediente fundamental de estos días de profundización es: descubrir la ternura en la pasión, muerte y resurrección, como hilo conductor de cada gesto, mirada, palabra, silencio, entrega.

Si algún elemento da belleza y sentido a la vida, ése es, la ternura como la expresión más serena y firme del amor. Gracias a la ternura las relaciones afectivas crean raíces de vínculo.

La doctora Kübler-Ross, afirma que los recuerdos que nos acompañan en los últimos instantes de la vida no tienen que ver con el éxito o poder, sino con encuentros profundos con un ser amado. Y quedan grabados en la memoria gracias a la luz de la ternura.

Paradójicamente la ternura no es blanda, sino fuerte y audaz. Implica seguridad en uno mismo y expresa la calidad de una relación. Desde lo que hoy conocemos como inteligencia emocional, la ternura forma parte de ese bloque maravilloso que llamamos el cerebro del corazón. Así como nos dicen que la inteligencia está distribuida por todo el cuerpo, podemos deducir que la ternura es una exquisitez fruto de la empatía.

Desde ahí, tratemos de entrar en el mundo del discípulo y la discípula, durante estos cuatro días cargados hasta el borde de intensidad y ternura. De violencia respondida con no-violencia. De odio respondido con silencio. Y de actitudes de todo tipo provenientes de corazones egoístas que no pillan los pasos que da el discípulo del Abba.

No se comprende el Jueves Santo, esa cena con sus palabras y gestos, si no se ha recorrido, con Jesús, el trayecto anterior. El día a día, en el que nos vemos expuestos a tantas situaciones que debemos discernir, y decidir si las discernimos con el barómetro del Evangelio o con el propio.

Ella, una discípula, lo discierne así: te invitamos a leer el texto de Juan 12, 1-8.

(Por favor, toma tu Biblia en tus manos, y siente el amor y la vida de miles de años de historia de salvación, ahí, en estas páginas, para que las sintamos, comprendamos, acariciemos; son vida de nuestra vida, en ellas está también nuestra historia.)

Dicen algunos exégetas que este gesto de María, hermana de Lázaro según narrado en el Evangelio de Juan, inspiró a Jesús a realizar el gesto que hoy celebramos y que Juan nos relata en el capítulo 13.

María, apasionadamente agradecida, sobrecogida por la calidad de amor que ha experimentado, en un gesto expresa lo que muchas personas deseamos vivir y que el mismo Jesús, según Juan, realizará en su última cena:

María, en un solo gesto vive y reproduce lo que el corazón del evangelio nos indica:

* Amor apasionado: la ternura y cariño de la mujer son indescriptibles. No hay indicio de inhibición y sí hay una absoluta muestra de respeto infinito.

* Servicio entrañable como derroche de todo su perfume, de todo su amor, de su agradecimiento. Derroche de entrega gratuita sin medida. Gesto reprochado por los que no saben amar y con su rigidez legalista juzgan y condenan. La generosidad de esta mujer es libertad absoluta para amar hasta el extremo, en un vaciamiento de sí a través del perfume derramado.

* “Shema”: “escucha Israel: amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza…”Y María, “escucha” el latido alterado del corazón del amigo, alterado por la inminente traición que se percibe, que intuye…y ante ese dolor, ella muestra su fidelidad respondiendo con su gesto femenino, sensual, liberador. María obedece escuchando al Amor y realizando lo que su corazón y conciencia le sugieren.

Juan 13,1-32

Jesús se encuentra con aquellas personas más íntimas, a las que ha ido confiando todo lo que iba experimentando de su relación con el “Abba”, y de un estilo de vida capaz de transformarnos en hijos de Dios, y a las estructuras sociales en hogar para todos, y a los bienes del Planeta en casa común, compartida, respetada…

Jesús ya no tiene palabras para ellos: se ha vaciado totalmente y se da cuenta de que ellos están lejos de donde él se encuentra porque ha sido fiel, como los profetas, a una vida de “shema”.

Y en un último esfuerzo acude a un gesto que divide la historia en un antes y un después: el Señor prestando el servicio de sirviente-esclavo:

*mírale a tus pies, los lava con mimo, te lo dice todo con su beso, te deja sentir el amor de Dios que estremece y conmueve: amor de ágape, amor abierto; el gesto es para cada uno, pero a cada uno con toda la pasión del amor de Dios: personal, cercano, íntimo, gratuito.

¿Necesita Jesús en ese gesto, sentir él el calor de tu presencia a través de tu piel, ya que tantas veces, como los discípulos, estamos con la atención y el corazón en otra parte y el amigo languidece solo, sin nuestra presencia y cariño?

* El derroche de su amor, no se muestra, en este texto, con perfume, como en el caso de María, sino con la tremenda expresión “sangre y carne” comidas, compartidas, entregadas. Jesús llega a la pobreza máxima de comprender que sólo puede entregar ya su propio cuerpo, metáfora de su SER.

* ¿Por qué tanta radicalidad? Porque ha “escuchado” de nuevo el rugir del león, del ego, del miedo parapetado en el poder, el dinero, el deseo de los primeros puestos… “ha escuchado y percibido los miedos infantiles de aquellos que tienen que continuar la obra que el Abba ahora les encomienda a ellos, y se da cuenta de que “no llegan”, ante lo cual se enternece y conmueve aún más y pronuncia “tomad y comed todos, este es mi cuerpo, esta es mi sangre, entregada por todos. Haced esto cada vez que deseéis mi presencia, mi Amor”

Te invito a hacer Silencio “escuchando” tu latido al unísono del suyo. Sin prisa, dejando que en esa intimidad añorada, el Señor se te manifieste.

Y, de este silencio, emerge, gratuita, la ternura. Jesús no les lava los pies porque considere que los discípulos estén “sucios” por dentro o por fuera. Es otro el talante y significado del gesto.

El gesto lleva una carga enorme de sentimiento, de necesidad de abrazar y besar los pies de los que han andado con él en tantas situaciones y lugares. Abrazar y besar ante el presagio de un fuerte sufrimiento o ante la certeza de que se marcha y la vulnerabilidad de los y las discípulas le llena de ternura materna- paterna y fraterna- sororal.

Y repite el gesto por antonomasia de partir el pan, como estilo de vida: partir, compartir, dar de lo que no te sobra, de tu pan…partir tu salud, tu mente y corazón para que otros tengan luz, paz, alimento…

Y el otro gesto. Echarse a los pies de las personas a las que sirve. Él recibió este gesto de parte de María de Betania, y de otros que a lo largo del camino le han querido pedir o agradecer algo vital. Y revive cómo se sintió al ver a una persona a sus pies y al sentir su tacto delicado y profundamente ungidor. Desea contagiar esa ternura a estas personas atemorizadas y acobardadas ante la hecatombe que se avecina y que todos presienten.

El discípulo se convierte en Maestro a los pies de sus discípulos y se tergiversa la pirámide. El Maestro les levanta de su mediocridad abajándose más allá de los límites. Algo así como “basta de asuntillos de quien manda más, de quien es más importante…” es hora de que sintáis el estremecimiento del Amor a vuestros pies, la ternura de Dios abrazando vuestra humanidad. Lo cual es imprescindible para una madurez afectiva sana.

La ternura no se piensa, es una experiencia que brota, como un perfume que permea todo. Es un hecho pero no para filosofar o discutir, es la manera de comunicarse Dios con una humanidad que se ha hecho el centro de todo. Es el David frente al Goliat del ego.

La ternura es como la primavera que madre naturaleza pone delante de nuestros ojos estos días: espléndida, engalanada de flor y perfume. Derramando lo mejor de sí: lo que trabajó en lo escondido durante el largo invierno.

Jesús es esa primavera, siempre, en la vida de cada persona. Recientemente me encuentro con personas que van descubriendo la fuerza que da la experiencia de una oración madura, fiel, constante y fecunda.

Magdalena Bennasar, SFCC

Fuente Fe Adulta

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Se levantó de la mesa…

jueves, 1 de abril de 2021
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041317-jn-13-1-15-660x330En la noche en que iba a ser entregado, Jesús realizó un gesto insólito: se levantó de la mesa distanciándose del lugar reservado a quienes presiden y se situó en el de los que, entonces y ahora, pertenecen a la categoría de “los que sirven”. Sabía que el lugar en que estemos situados condiciona nuestra mirada y por eso tomó distancia y adoptó la perspectiva que le permitía percibir otras dimensiones de la vida. Desde ese lugar se toca de cerca el barro, el polvo, el mal olor, la suciedad…, todo eso de lo que los sentados a la mesa creen estar a salvo o sencillamente ignoran y desprecian. A ras del suelo y en contacto con los pies de los demás, se produce un cambio de plano que revela lo elemental de cada persona, su desnudez, las limitaciones de su corporalidad. Y miradas desde ahí, cualquier pretensión de superioridad o dominio se descubre como ridícula y falsa.

Desde aquel lugar, el de “uno de tantos”, él veía cerca y dentro a los que otros consideraban lejos y fuera y, en cambio, los de arriba resultaban estar abajo. Porque para él los más, los mayores y los importantes eran aquellos que a nuestros ojos son menos. El lugar en que había decidido situarse había creado esta “revolución de adverbios” que tanto nos sobresalta y a la que tanto nos resistimos. La sola posibilidad de ese desplazamiento nos resulta amenazadora porque nos saca del terreno de lo conocido y nos invita a descubrir nuevos significados que no coinciden con los que consideramos evidentes. Y sin embargo él se lo exigirá a quien quiera seguirle: tendrá que estar dispuesto, lo mismo que él, a “no tener dónde reclinar la cabeza”, a ir más allá de todo aquello en lo que la cabeza (la de ellos y la nuestra) “se reclina”, descansando en lo que se cree saber, controlar o dominar.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Decía el P. Arrupe que mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será completa. Jueves Santo

jueves, 1 de abril de 2021
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icono-del-lavatorio-de-los-pies-40x60-cmDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. La Eucaristía y las comidas de Jesús.

         Eucaristía no es solamente la Última Cena, la cena que nosotros llamamos del Jueves Santo. Eucaristía es la infinidad de veces que Jesús comió con publicanos y pecadores: comidas salvíficas Eucaristía es la multiplicación de los panes: Jesús toma el pan, lo bendice, lo reparte por medio de sus discípulos, (Jn 6).

  •  Se sentó a la mesa con recaudadores de impuestos en casa de Leví, publicanos, prostitutas, (Mc 2,14-17).
  •  Jesús aceptó la hospitalidad de Zaqueo y fue a hospedarse en su casa (Lc 19,1-10).
  •  Jesús comía con publicanos y pecadores” (Mc 2,16).

Por otra parte, las comidas de Jesús tenían un enorme significado porque violaban casi todas las normas judías. Jesús comía con personas con las que un buen judío no podía, ni debía compartir la mesa. Además declaraba que todos los alimentos eran puros, no observaba el ayuno ni quería que sus discípulos lo hicieran (Mc 2,18-22).

Las comidas de Jesús fueron siempre salvíficas y gozosas:

Zaqueo hoy tengo que cenar contigo, porque ha entrado la salvación en tu casa.

Ya a la mesa, los dos de Emaús se llenaron de alegría.

La Eucaristía no es, no debe de ser un rito, sino la celebración gozosa de la salvación, no un cumplimiento, ni un amasijo incomprensible de ritos hieráticos.

  1. He deseado comer esta Pascua con vosotros. (Lc 22,15).

Jesús deseaba vivamente comer con pecadores y publicanos, hombres y mujeres.

La comida, las comidas siempre han tenido un carácter de encuentro, de acogida, de compartir la palabra y el alimento, la amistad, las comidas son encuentro, celebración, solidaridad.

Jesús deseó ardientemente toda su vida encontrarse, acoger, compartir, hablar, celebrar la vida con sus hermanos. Santo Tomás de Aquino recoge muy bien este deseo de Jesús cuando escribió aquel himno, que tantas veces hemos cantado (Pange lingua):

In supremae nocte coenae recumbens cum fratribus: En la noche suprema, estando sentado con los hermanos.

Jesús nos ama y por ello, quiere convivir y compartir con nosotros.

  1. La mesa de Jesús está abierta a todos.

         La mesa, la palabra y el pan de Cristo están abiertos a todos. En la mesa de Jesús todos tenemos un sitio.

         Este año –estos años- celebramos el jueves santo en esta crisis de pandemia y económico social por la que unos cuantos millones de personas quedan fuera de la mesa del capital.

         No podemos tampoco olvidar el hambre del tercer mundo, la hambruna de África, las enfermedades. (Si el paludismo fuese una enfermedad del primer mundo, hace años que habría desaparecido).

La banca y los banqueros ¿se sientan a la mesa o sientan a su mesa a los débiles? ¿Desean ardientemente celebrar, ser felices con los más desheredados?

         ¿Celebro la Eucaristía al margen de los demás, sin tener en cuenta mis relaciones, familia, sociedad?

         La mayor parte de los cristianos y no cristianos creo que sentimos una gran impotencia, ¿qué podemos hacer ante la crisis, ante el tercer mundo? Podremos hacer poco, pero no dejemos de hacer lo que podamos en forma de ayuda, de protesta, de indignación. Dadles vosotros de comer.

         Decía el P. Arrupe que mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será completa.

         tres notas en el jueves santo:

  1. Fácilmente calificamos de ateos o increyentes a muchas personas que trabajan por la justicia en el mundo sindical y se dice de ellos que si son de izquierdas, comunistas, anticlericales, y tonterías por el estilo. Los parados y quienes trabajan por la mesa del Reino son pobres, no paganos. Los pobres es lo más evangélico que tenemos en nuestras iglesias y sociedad. Salid a las calles y caminos y llamad a todos. Todos esos son trabajadores no sé si pertenecen a la Iglesia, ciertamente sí al Reino de Dios.
  1. Brutal y pseudo-litúrgicamente excluimos de la Eucaristía a muchas personas cuya vida afectivo-matrimonial se ha tambaleado o entrado en crisis. Excluimos igualmente de la comunión a personas que viven situaciones difíciles. Jesús no excluye a nadie de su mesa. Jesús no tiene prejuicios sociales ni étnicos, ni morales ni religiosos: Jesús se sienta fraternal y con cariño con todos sus hermanos. ¿A qué otra realidad se referiría Cristo con aquella parábola del banquete del Reino cuando les dice a los criados: id y salid a los caminos e invitad a todos?

Decía Francisco el pasado Domingo de Ramos: «Sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo».

Cristo está presente no solamente en el pan y en el vino, sino -sobre todo-: “Con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está allí, en los últimos, en los rechazados” (Francisco en la homilía del Domingo de Ramos pasado).

  1. La misma tradición de san Juan dice que en el amor os conocerán que sois mis discípulos, (Jn 123,35).

¿Realmente trato de ser cristiano en la vida respetando, siendo caritativo, ayudando lo que sé y puedo?

¿Realmente en nuestra iglesia diocesana de San Sebastián nos caracterizamos por el respeto, comunión y amor que mantenemos las diversas líneas de pensamiento y pastoral, la jerarquía, el presbiterio y los laicos? ¿Buscamos la comunión, el amor o la victoria?

  1. actitud servicio en el amor.

         La última cena del Señor con los suyos tiene una solemnidad intensa, pero no por la grandeza y “esplendor del Templo”, sino por la dignidad de Jesús que

  • Primero amó a los suyos hasta el final
  • Y por eso se quita el manto de Señor y se ciñe la toalla de esclavo para lavar los pies de los suyos. Amor y servicio constituyen la dignidad de Jesús, (no el poder).
  • El lavatorio de los pies ha pasado de refilón en la iglesia y apenas ha quedado reducido a un pequeño rito. Sin embargo el lavatorio de los pies es un momento fundacional de la iglesia.
  • Hay iglesia de Jesús donde hay servicio y amor, otras cosas puede que sean estructuras religiosas, pero lejanas a Jesús

El cristianismo está en el amor y el servicio.

         La teología de Jesús no se ventila en las academias o en el Santo Oficio, sino en su cercanía hacia los débiles, hacia los suyos, los pobres. Jesús hace una teología en vivo.

Os he dado ejemplo, haced vosotros lo mismo.

Haced esto en memoria mía.

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Mateo 6. Semana Santa 2: Servidores y amigos (contra el poder y la hipocresía)

martes, 30 de marzo de 2021
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29026181_947642415412951_8567517690470133571_nDel blog de Xabier Pikaza:

El tema ha sido desarrollado por Mt 23, 2-12, en centro de una durísima polémica, que no se eleva contra los judíos como tales, sino contra un tipo de judíos y cristianos que entienden la vida como ejercicio de dominio de unos sobre otros.

Estos versículos elevan su condena en contra una forma de ejercer su autoridad, entendida y desplegada con hipocresía, es decir, con separación entre palabra y vida. Ellos (y todo Mt 23) no plantean ninguna acusación dogmática, esto es, doctrinal; ningún rechazo por la forma de entender a Dios o de enfrentarse a Jesucristo, sino una reflexión y condena retórica contra una manera de asumir y ejercer la autoridad que Mateo atribuye a los escribas y los fariseos, a los que, por otra parte, él considera como autoridad legítima:

‒ En este pasaje, los cristianos de Mateo aceptan en principio la autoridad judía, pero rechazan la hipocresía de algunos escribas y fariseos de ese momento (en torno al 85 dC), criticando su separación entre enseñanza y vida, su falta de transparencia: No son lo que dicen (representan), haciéndose infieles a la tradición de su verdad judía, porque anhelan el poder y los primeros puestos, convirtiendo la piedad en medio para el triunfo propio.

‒ Para responder a su raíz judía, pero en la línea de Jesús, los cristianos han de vivir en igualdad y transparencia; nadie entre ellos puede ser padre o maestro; todos han cumplir de cumplir la exigencia de la ley originaria y la verdad del judaísmo. De esa manera, este panfleto anti-rabínico de Mt 23 es un discurso a favor del verdadero judaísmo, parecido al que encontramos en otras críticas judías de aquel tiempo.

Estos versos (y todo Mt 23) condenan a los escribas y fariseos porque, en conjunto, ellos eran los más cercanos al cristianismo. En esa línea, bien leído, a pesar de la dureza de sus críticas, este capítulo constituye un homenaje al judaísmo fariseo, que ha sido capaz de recrear las tradiciones judías, aunque, al mismo tiempo, él (Mateo) condene de forma apasionada y retórica (¡injusta!) algunos de sus riesgos negativos.

Ciertamente, como he destacado, los cristianos de Mateo aceptan la interpretación petrina de la ley (16, 19) y la autoridad disciplinar de sus comunidades (18, 15-29), pero eso no les separa de otros grupos judíos regidos por escribas y fariseos, cuya autoridad admiten, aunque a su juicio no sean buen ejemplo, pues “no hacen lo que dicen”.
Éste es el evangelio del amor como servicio mutuo,que el el evangelio de Juan presentará como clave del Jueves Santo.

1. En la cátedra de Moisés se han sentado… (23, 2-7).

Este pasaje nos sitúa ante un tema clave de la identidad cristiana, en un momento en que la iglesia corre el riesgo de convertir el camino de Jesús en una carrera de honores:

23 2 En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos; 3 cumplid, por tanto, y guardad todo lo que os digan, pero no hagáis según sus obras, pues dicen y no hacen 4 Pues pesan cargas pesadas (e incapaces de soportar) y las echan a las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.5 Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos; 6 buscan el primer puesto en los banquetes y la primera cátedra en las sinagogas, 7y los saludos en las plazas, y que los hombres le llamen Rabí (Mt 23, 5-7).

Mateo reconoce la autoridad magisterial de los escribas y fariseos (representantes de la tradición de Moisés), no sólo porque los seguidores de su evangelio vivían (o habían vivido) al interior de las comunidades judías, organizadas por intérpretes de la ley (escribas), siguiendo el ejemplo de los fariseos (testigos de un compromiso fuerte de pureza), sino porque su camino sigue siendo básicamente judío. En esa línea, al aceptar la autoridad de los maestros judíos, aunque negando su ejemplo (haced lo que dicen, no lo que hacen), Mateo defiende una continuidad básica con ellos, de forma que en principio, su Iglesia no despliega instituciones propias, pues se despliega desde el mismo judaísmo, en apertura mesiánica, aunque en contra de cierto rabinismo.

Mateo no propone, pues, un choque frontal, una salida violenta, sino una transformación interior, en defensa de aquellos a quienes escribas y fariseos están imponiendo una carga muy severa. No les critica para negarles, sino para invitarles a cambiar, pues están asumiendo un tipo de poder sobre las comunidades que, a su juicio, es negativo. Estamos pues ante un conflicto de autoridad y pertenencia. En esa línea, la crítica contra escribas/fariseos se dirige, al mismo tiempo, en contra del riesgo de algunos cristianos en la iglesia.

El mayor problema que Mateo ha visto en las comunidades es la hipocresía, el hecho de que se eleven en ellas unos vigilantes, imponiendo sobre los pequeños unos cargas y pesos que ellos no soportan. De esa forma condena un riesgo que él advierte en algunas comunidades regidas por escribas y fariseos, donde el purismo (a su juicio falso) de los dirigentes desemboca en la opresión de los pequeños, un pecado que él había destacado en el discurso eclesial (Mt 18), pues no se encuentra sólo en los judíos de fuera, sino también en los cristianos.

Mateo no ha inventado este reproche, sino que lo ha tomado del Q (cf. Lc 11, 46) y especialmente de Mc 12, 38-39, lo que indica que el problema surgió pronto en ciertos grupos, en un tiempo en que muchos cristianos seguían integradas en las sinagogas, y no se habían independizado de ellas, formando así comunidades mixtas. Ni los cristianos habían abandonado del todo las sinagogas judías, ni los judíos de tendencia rabínica se habían cerrado aún de un modo exclusivista, como harán más tarde al condenar a los “minim” o herejes (entre los que estarán después los cristianos).
Se trata pues de un problema de organización, que Mt 18, 15-20 había ya querido superar en claves de comunidad fraterna, dentro de un contexto donde los cristianos iban desarrollando sus principios de interpretación bíblica y comunitaria a partir del recuerdo y figura de Pedro (16, 17-19), en el mismo interior del judaísmo. Pues bien, en contra de esa fraternidad de iguales, algunas comunidades rabínicas, a las que se encuentran asociados los cristianos, están creando (conforme a las acusaciones de Mateo) un sistema de honores, con los siguientes rasgos:

‒ Poder de apariencia, hipocresía: “Dicen y no hacer…Hacen las cosas para ser vistos” (23, 5). Antes, en un contexto donde todos, en general, eran judíos, no había que acentuar los distintivos exteriores; cada uno “era lo que era”, y no tenía necesidad de decirlo expresamente (a no ser los sacerdotes de Jerusalén en un contexto de celebración). Ahora algunos sienten la necesidad de destacarlo, vistiéndose de un modo distinto, para que los otros les vean, interpretando la apariencia como verdad, en contra de la palabra clave del evangelio, donde se dice que la Palabra se hacer Carne, esto es, se revela, se manifiesta de un modo trasparente. La identidad entre ser y aparecer, eso es el evangelio. La oposición entre ser y aparecer, eso es la mentira, la hipocresía.

‒ Poder de presidencia: “Buscan los primeros asientos en los banquetes y las primeras cátedras en las sinagogas” (23, 6). La apariencia se muestra así como “autoridad fingida”, no la autoridad de la vida y del propio pensamiento/amor, sino la que se logra a través de un tipo de mentira organizada y egoísta. Surge así una religión hecha de autoridad en las comidas y reuniones, en las que, más que el diálogo personal y la ayuda mutua (comunicación entre iguales, desde los más pequeños, como había puesto de relieve Mt 18), importa un tipo de estratificación social. Ciertamente, éste es un riesgo de muchas comunidades instituidas (no sólo judías y cristianas), y así puede verse en grupos religiosos de diverso tipo, pues la crítica de Mateo se dirige no sólo a los escribas/fariseos, dirigentes de las comunidades judías en general, sino, y sobre todo, a los cristianos.

‒ Honor y poder social: “Y los saludos en las plazas, y que los hombres les llamen Rabí” (23, 7). Poder significa honor y afirmación pública en la sociedad antigua, un reconocimiento que tiene tanta importancia como la riqueza económica, con la que se vincula (cf. 6, 19-34 y 19, 16-30). Éste no es sólo un tema de pequeña moralidad para administradores eclesiales, sino un problema básico de institución comunitaria. De esa manera, el mensaje mesiánico, dirigido a los pobres y excluidos, a los que Jesús ha querido ofrecer toda la dignidad (cf. Mt 18), se convierte en un medio para el establecimiento de nuevas y más hondas desigualdades, fundadas en motivos religiosos.

Mateo no condena el buen judaísmo de la honradez y devoción profunda, ni el buen cristianismo del seguimiento de Jesús, sino un mal judaísmo y un cristianismo hecho de gestos y formas externas, que está surgiendo en ese tiempo (en torno al 85 dC) como amenaza para unos y otros. El poder de los vestidos (con su posible magia sacral) ha tardado más en introducirse en las iglesias cristianas; pero el honor y poder en banquetes y reuniones doctrinales se ha extendido en ellas más que en las sinagogas en las que nunca ha logrado imponerse (hasta el día de hoy) un tipo de monarquía episcopal (ni una oligarquía presbiteral), pues la autoridad básica ha seguido estando en manos de todos los miembros (varones) de las comunidades.

2. Ni rabino, ni padre, ni director (Mt 23, 8-12).

En la línea anterior, desde el interior del mismo judaísmo (en diálogo con el rabinismo de escribas y fariseos), el Jesús de Mateo ha roto los esquemas de dominación de la sociedad jerárquica de su entorno, para crear una fraternidad igualitaria y universal donde son importantes los ancianos (padres) como necesitados (personas), pero no como portadores de un poder que margina o rechaza a los impuros y pobres. En ese contexto se sitúan tres normas básicas, establecidas de forma negativa (no, no, no…: 23, 8-10), aunque con un fondo poderosamente positivo, para destacar la importancia de la fraternidad (cf. 18, 15-20), tal como se ratifica después, cuando se diga: ¡El que se eleve será humillado… (23, 10-11):

23 8 Pero vosotros no os dejéis llamar rabino, porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. 9 Y no llaméis a ninguno de vosotros padre en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. 10 Ni dejéis que os llamen director, porque uno es vuestro director, el Cristo.

Esta palabra recoge la doctrina central de la iglesia de Mateo, estableciendo, al mismo tiempo, una crítica en contra de un tipo de escribas/fariseos de sinagoga o de Iglesia, que tienden a convertir las comunidades en estructuras jerárquicas de poder. En esa situación recoge Mateo la mejor tradición anti-jerárquica del Antiguo Testamento, reinterpretada desde el mensaje de Jesús (cf. 20, 20-28). Este pasaje, profundamente evangélico, define, en clave negativa, las relaciones que deben establecerse en una iglesia donde no ha de haber rabinos, padres o dirigentes:

‒Nos os dejéis llamar Rabi. Contra el poder de magisterio (23, 8). El judaísmo que empieza a reconfigurarse tras la caída del templo (70 dC) se define como federación de sinagogas, y se constituye en torno a los rabinos, maestros, que recrean la tradición y se elevan como autoridad, para ser así reconocidos (ratificados) más tarde por la Misná. La palabra Rabi/Rabbino es una transliteración del hebreo rab: mucho, grande, y significa propiamente “mi grande”, mi Honorable Señor (Mon-Señor).

Los Rabinos judíos empezaban a destacar por su “saber” de Libro, en línea de hermenéutica textual (legal) y de fidelidad a las tradiciones que conforman la identidad del pueblo. El nuevo judaísmo que ellos recrearon, tras el 70 dC (y que ha durado hasta nuestros días) ha sido federación de sinagogas, con maestros que dirigen la vida del pueblo, sin obispos o señores sacrales como aquellos que han surgido y triunfado después en la comunidad cristiana. Humanamente, muchos rabinos han enseñado de un modo ejemplar, en diálogo y respeto, sencillez y estudio, entre las diversas escuelas de la tradición nacional judía.

A pesar de ello, Mateo ha rechazado en su Iglesia ese modelo de autoridad, que parece nacer de los mismos dirigentes a quienes les agrada que les llamen rabinos. Así les dice Jesús, precisamente a ellos “no os dejéis llamar (mh. klhqh/te, subjuntivo aoristo pasivo) rabinos”. Mateo no condena a los “fieles ordinarios” (¡que no llamen rabino a nadie!), sino a los dirigentes, para que no se dejen llamar de esa manera, pues en la comunidad de Jesús no existe más rabino (Didascalos, Maestro) que Jesús, que instituye el rabinato de la vida, propio de aquellos que enseñan con la entrega personal, como vamos viendo desde 16, 21.

‒ Y no llaméis a ninguno de vosotros Padre. Contra un poder patriarcal (23, 9). Jesús no quiere que en la iglesia haya padres que impiden descubrir al Padre del cielo (y convierten a los demás en menores en un sentido no cristiano). Esta palabra no se dirige a los “pretendidos rabinos” de fuera, sino a los miembros de la comunidad a los que ella manda que no llamen “padre” a nadie entre vosotros (u`mw/n). Al decir “no llaméis a nadie padre”, Mateo supone que algunos lo están haciendo, de manera que empieza a surgir en la iglesia una veneración jerárquica, dirigida a algunos que quieren hacerse “padres” de la comunidad, o de otros creyentes (que aparecen de esa forma como inferiores o subordinados).

El Jesús de Mateo se opone de forma tajante a esa exigencia “patriarcal” dentro de la comunidad, recuperando la mejor tradición cristiana (que no hablaba de padres, cf. Mc 12, 46-48), no para negar a los padres de familia (que, a diferencia de Mc 10, 30, aparecen en Mt 19, 29), sino para recrear la iglesia en línea de comunión. La comunidad cristiana no se entiende como “sistema” de paternidad-filiación, sino de fraternidad universal, y el símbolo “padre” se reserva sólo para Dios, de manera que ningún creyente puede realizar funciones de padre o superior respecto de otro.

‒ Directores, poder de guiar a los demás (23, 10). No ha de haber tampoco en la Iglesia directores, katheguetes (kaqhghtai, personas que guíen y dirijan a otras), con poder de marcar el camino a los demás, asumiendo así una autoridad particular, como instructores o líderes de otros. El kathêgetes es alguien que va por delante, que “adoctrina” a los demás y que se arroga el poder de dirigirles. Esa palabra y función tiene un sentido cercano al de maestro, aunque con un matiz de dirección socio/personal más que de mando doctrinal, en línea helenista. Pues bien, en contra de la advertencia de Mateo, la tradición posterior de la Iglesia hablará de esos kathegetas/catequetas como obispos de las comunidades, con un poder de orientación (dirección comunitaria) no simplemente doctrinal, actuando así como entrenadores, bajo cuya dirección han de ponerse el resto de los creyentes.

El katheguetes, dirigente no es simplemente un grande (rabí) que tiene más sabiduría o un padre, que está por encima, sino alguien que, además, quiere guiar a la comunidad, pudiendo convertirse en iniciador jerárquico de otros. Al prohibir que algunos actúen como kathegetas, el Jesús de Mateo afirma que cada creyente puede y debe vincularse de manera directa e inmediata a Cristo, que es el verdadero kathegeta de aquellos que creen en él. En esa línea, de una forma sorprendente, el evangelio de Mateo insiste en un tema que ha sido intensamente desarrollado por la comunidad del Discípulo Amado.

Las tres advertencias se entienden de un modo unitario: la primera (sobre los rabinos) y la tercera (sobre los dirigentes) resultan paralelas; en el centro queda la alusión contra aquellos que actúan como padres, ignorando que el único Padre verdadero es Dios. En contra de una tendencia, normal en nuestras sociedades, Jesús no ha fundado un grupo de rabinos y sabios, pues quiere que todos los miembros de su iglesia sean hermanos (se vinculen directamente entre sí). Nadie puede elevarse como director o guía, intermediario o bróker de los otros, pues todos tienen acceso directo a Dios Padre y al Cristo que es Rabi y Kathêgêtês de cada uno de sus fieles.

Conforme a la visión de Mateo, el judaísmo rabínico, entendido como religión de Ley y Libro, necesita intérpretes, rabinos/catequetas que ejerzan la función de padres. Pues bien, en contra de eso, el evangelio de Mateo propone una religión de encuentro personal con Cristo, sin necesidad de rabinos/padres/catequetas que se impongan sobre los demás. El objetivo de la iglesia de Mateo no es crear estructuras que funcionen bien (con buenos mandos), ni es superar a las demás instituciones en conocimiento o número, sino expandir y celebrar gratuitamente la gracia y el amor de Cristo, buscando el bien de todos (incluso de los otros grupos sociales) tanto o más que el propio. El objetivo de la Iglesia es ofrecer un testimonio y camino de fraternidad, no la creación de una buena empresa socio-religiosa. Por eso, al final de este pasaje, Mateo vuelve (como indicaré) a su doctrina fundamental, que sido desarrollada en los pasajes sobre los niños: El mayor de todos sea vuestro servidor, pues el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado (19, 13-15).

3. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor… (23, 11-12).

Estos versos forman la conclusión y fundamento de las tres sentencias anteriores sobre los rabinos, padres y dirigentes, en la línea de Mc 10,41-45 (respuesta de Jesús a los zebedeos: Mt 20, 26-28) y de la tradición del Q (el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado: Lc 14, 11; 18, 14)

23 11 El más grande entre vosotros sea vuestro servidor. 12 Pues el que se eleve a sí mismo será humillado; y el que se humille será elevado.

Estas palabras transmiten una experiencia clave de Mateo, que aparece no sólo en los textos sobre los pequeños y los niños (18. 1-5; 19, 13-15), sino en la invitación radical al seguimiento, tras la confesión de Pedro (16, 24-28). Sólo en el espacio de comunión mesiánica abierto por Jesús en su camino hacia Jerusalén recibe sentido esta llamada a la fraternidad real y radical, que sólo puede surgir y mantenerse allí donde se invierte el fundamento jerárquico de las instituciones del entorno social donde los que mandan dominan a sus subordinados y se aprovechan de ellos (cf. 20, 20-28).
Este motivo, que proviene de la tradición israelita, radicalizada por Jesús, parece negativo y condenatorio y sin embargo resulta extraordinariamente positivo, pues no implica odio o rechazo de los grandes (rabinos-padres-directores), sino inversión creadora. Por eso afirma que el más grande (mei,zwn) tiene lugar e importancia en la comunidad, pero sólo en la medida en que se convierta en servidor de los demás (dia,konoj u`mw/n). No se trata de que la comunidad esclavice al grande, le rebaje y le obligue a humillarse, sino que el grande, por sí mismo, ha de hacerse servidor de los demás, descubriendo y realizando su auténtica grandeza, como el Hijo del Hombre que ha querido dar la vida, regalarla, como redención (lu,tron: 20, 28), es decir, como potencial transformador, a favor de los demás. Esta es la “inversión” del grande, que no es destrucción, sino confirmación de su grandeza, puesta de esa forma al servicio de los demás, como ratifica la sentencia posterior, de tipo paradójico: El que se eleva será abajado, el que se abaje será elevado (23, 12).

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Mt 5. Semana Santa 1: Bienaventuranzas, una procesión de felicidad

lunes, 29 de marzo de 2021
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29026413_947635582080301_5500696618320610891_nDel blog de Xabier Pikaza:

Sigo ofreciendo los textos básicos de mi curso sobre Mateo, y hoy (ante el domingo de Ramos y de la purificación del templo) quiero recoger el tema de las bienaventuranzas, que son la clave de ese evangelio y de toda la vida cristiana, presentándolas en forma de Procesión (en la línea de las que “salen” a la calle estos días, para recordar y actualizar el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo, en numerosos lugares del mundo).

El evangelio de Mateo ha reinterpretado las tres primeras bienaventuranzas de Lucas (Lc 6, 20-21), desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.), presentándolas como un programa (un proceso-procesión) de felicidad cristiana.

— Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino: Un programa de Dios, que es la felicidad (sumo Bien, sumo Alegría) de Dios, de su vida como Gracia. Se trata de salvar el mundo por la alegría y la belleza, como han sabido los grandes cristianos, desde San Francisco hasta Dostoievsky.

— Al mismo tiempo, ellas ofrecen el curso más hondo de vinculación eclesial y de pacificación del hombre, en línea cristiana, siguiendo el curso sobre el Evangelio de Mateo que he desarrollado en Córdoba, ARG. Se trata de aprender a ser felices, y de serlo en el centro de un mundo angustiado por el miedo, la injusticia y la culpa.

Las bienaventuranzas recogen el tema central del mensaje de Jesús: Cómo ser felices, haciendo felices a los demás, en un camino de descubrimiento de Dios y de comunión creadora de vida con los demás:

Un tipo de Iglesia ha podido pactar con los poderes fácticos, convirtiéndose en pura sacralización de lo que hay (poder, dinero, y mentira de la , y espiritualizando así de un modo falso el mensaje de Jesús, en un mundo dominado por las tras concupiscencias: de los ojos, de la carne y de la vida (1 Jn 2, 16-17).

Pero las cuatro bienaventuranzas de Lucas (con las ocho de Mateo) presentan un mensaje universal de comunión y pacificación cristiana, en línea económica y social, mesiánica y teológica. Entendidas así, las bienaventuranzas son una gran protesta de vida: Ojos nuevos para ver, carne nueva para sentir y compartir, vida para crear.

Aquí suponemos conocidas las primeras bienaventuranzas de Lc 6, 20-21 (pobres, hambrientos, los que lloran y los perseguidos). Mateo parte, sin duda, de ellas, o de la tradición que está en su fondo, pero aumenta su número hasta ocho y las presenta como un programa de vida y de pacificación cristiana, en clave de Iglesia, y en esa línea las presentamos, de un modo unitario, como peldaños de una gran Escala de Paz, como la Via Pacis del Evangelio.

El mismo orden que ellas tienen en Mateo va marcando su avance y sentido, desde la primera (los pobres) hasta la última (los pacificadores y los perseguidos). No es posible ser pacificador, crear la paz, a no ser recorriendo ese camino de pobreza, mansedumbre, capacidad de sufrimiento, estando dispuesto a ser perseguido. Así lo iremos viendo, mientras vamos trazando un recorrido de comunión y paz para la Iglesia, para el conjunto de la humanidad.

Las ocho bienaventuranzas

Dios se ha comprometido positivamente a favor de los hombres, ofreciendo vida a todos, empezando por los pobres. Es un Dios parcial porque ama a los pequeños y perdidos, porque supera con su gracia y entrega creadora la justicia de la historia. Ciertamente, los ayes o malaventuranzas que Lc 6, 20-26 presenta inmediatamente después siguen resonando en Mateo, pero se sitúan en otro lugar y plano del evangelio, como muestran los textos del juicio (13, 24-43; 25, 31-46). Pero aquí, al principio del mensaje, él sólo ha querido ofrecer este “retablo” de bienaventuranzas, como compendio y sentido del Reino:

Mt 5 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados.
5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Estas bienaventuranzas se dirigen de un modo especial a dos tipos de personas: (a) Los más pobres, los que sufren hambre y opresión. (b) Los que ayudan a los pobres (cf. 25, 31-46). Ellas no son confesionales, en un sentido estrecho, sino que ofrecen un mensaje universal, que vale para todos, sin nada específico de la iglesia (bautismo, eucaristía, encarnación o Trinidad…). Pero, en otro sentido, ellas son el corazón del evangelio cristiano, un programa de vida integral de la Iglesia.

1. Dichosos los pobres de Espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3)

Estos pobres son los ptojoi. A diferencia de penês, que es un hombre de pocos recursos, pero que puede mantenerse con su esfuerzo y trabajo, ptojos es aquel que no tiene nada, el pordiosero o mendigo, que sólo puede vivir de limosna (cf. Lc 14,13.21; 16, 20, 22). A menudo, los ptojoi suelen ser de mala fama, de manera que no se puede empezar hablando sin más de pobres espirituales, llenos de riquezas interiores (como en el caso de algunos anawim del judaísmo tardío). Estos pobres carecen de todo, de manera que sólo pueden vivir de la ayuda o sostén de los demás, es decir, como mendigos. Lc 6, 20 les llamaba simplemente pobres, prometiéndoles la dicha del evangelio. Mateo, en cambio, añade de espíritu, no para negar la bienaventuranza “material”, sino para matizarla desde una perspectiva cristiana, en dos líneas posibles:

— Camino de paz. Sólo se puede hablar de comunión eclesial y paz universal donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. Mt 5, 3 ha dicho pobres de espíritu donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres. Con eso, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de pobres, vencidos y pequeños (cf. Mt 18, 1-14), pero ha querido referirse en especial a los cristianos.

En ese sentido, habla de los pobres de espíritu, esto es, de aquellos que no se limitan simplemente a sufrir una suerte que les viene marcada de fuera (porque han sido derrotados por otros, vencidos por la vida), sino que habla de aquellos que, pudiendo vivir de otra manera, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad y, sobre todo, por servicio a los demás, como Jesús, que, pudiendo haberse puesto al lado de los vencedores, se unió a los pobres, iniciando con ellos un camino de salvación (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Así aparece como el siervo que no grita, no se ensalza, no esclaviza (cf. Mt 12, 15–21), iniciando un camino de solidaridad humana desde la pobreza. Quien quiera vivir como rico no puede hacer la paz. Donde se busca dinero se logran otras cosas, no se puede hablar de paz.

‒ Por voluntad. Pobres por espíritu o decisión personal (con dativo de opción) no son simplemente los que se limitan a sufrir una suerte que les viene dada desde fuera sino los que, pudiendo ser ricos, asumen voluntariamente un camino de pobreza, por solidaridad, al servicio de los demás (cf. 2 Cor 8, 9; Flp 2, 6-11). Jesús no ha querido alimentar a los hombres de manera mágica o diabólica, como indicaba la primera tentación (4, 1-4), sino desde la situación en que se encuentran, encarnándose en su historia, haciendo que unos hombres ayuden a los otros. Jesús aparece así como siervo que no grita, no se eleva sobre otros, no esclaviza, sino que desde la misma pequeñez del mundo, ayuda a los pobres (cf. Mt 12, 15-21), poniendo así en marcha un camino en el que los que tienen han de ayudar y alimentar a quienes no poseen bienes de ese tipo. En esa línea se sitúa nuestro texto, que no ha negado la bienaventuranza de los pobres como tales (a quienes en 25, 31-46 llama sus “hermanos más pequeños”), sino que ha querido destacar la opción de los creyentes a favor de los pobres, dentro de la Iglesia, pues en ella sólo pueden construir activamente el Reino y ser pacificadores aquellos que se hacen hermanos de los pobres y cumplen con ellos la justicia del Reino.

En espíritu. En esa línea de Espíritu puede ser un dativo de relación. Estos pobres no lo son sólo en sentido material (porque no tienen cosas), sino y sobre todo en un plano del espíritu, en decir de conocimiento o riqueza interior. En ese sentido son pobres los que no saben, no entienden, no logran penetrar en los “secretos” de la interpretación rabínica de la ley, siendo así como mendigos espirituales. De ordinario, éstos son pobres “materiales” (mendigos, sin posesiones ni trabajo), pero, al mismo tiempo, en parte a consecuencia de lo anterior, son pobres de mente y de conocimiento.

Así podemos hablar de los pobres de espíritu en sentido activo, en una línea parecida a la anterior (pobres por voluntad), aunque en un plano más personal. Son pobres los despreciados por falta de cultura, los indigentes, aquellos que no tienen dignidad, los más pequeños, aquellos que no pueden elevarse sobre e imponerles su derecho. Éstos son la masa de los marginados, derrotados, expulsados, sin entendimiento o voluntad para cambiar la historia, sometidos a un destino de desprecio y muerte. Pues bien, Jesús ha venido a elevarles, no para hacerles orgullosos, capaces de triunfar con violencia sobre los demás, sino para crear con él una humanidad distinta, fundada en la confianza y en la solidaridad. Desde ese fondo han de entenderse las bienaventuranzas que siguen: No habrá justicia ni paz si no se empieza por un camino de pobreza (Mt 6, 19).

2. Dichosos los que sufren
porque ellos serán consolados (Mt 5, 4).

Lc 6, 21 dice los que en este tiempo lloran (oi` klai,ontej nu/n), destacando quizá más el llanto como tal, por cualquier causa que sea, el llanto que se expresa en forma de lamentación amarga (cf. Mt 2, 18; 26, 75) o grito fuerte (en la línea de la pobreza material). Mateo, en cambio, dice hoi penthountes término que podría referirse más en concreto a los que saben sufrir o, mejor aún, a los que aceptan el dolor como una forma de maduración (purificación), en la línea del ayuno (cf. 9, 15). En esa perspectiva, se referirá Mc 16, 10 a los que hacían luto y lloraban en llanto funerario por la muerte de Jesús. Leer más…

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“Jesús ante su muerte”. Domingo de Ramos – B (Marcos 14,1–15,47)

domingo, 28 de marzo de 2021
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21_D-RAMOS_B_1434692Jesús ha previsto seriamente la posibilidad de una muerte violenta. Quizá no contaba con la intervención de la autoridad romana ni con la crucifixión como último destino más probable. Pero no se le ocultaba la reacción que su actuación estaba provocando en los sectores más poderosos. El rostro de Dios que presenta deshace demasiados esquemas teológicos, y el anuncio de su reinado rompe demasiadas seguridades políticas y religiosas.

Sin embargo, nada modifica su actuación. No elude la muerte. No se defiende. No emprende la huida. Tampoco busca su perdición. No es Jesús el hombre que busca su muerte en actitud suicida. Durante su corta estancia en Jerusalén se esfuerza por ocultarse y no aparecer en público.

Si queremos saber cómo vivió Jesús su muerte, hemos de detenernos en dos actitudes fundamentales que dan sentido a todo su comportamiento final. Toda su vida ha sido «desvivirse» por la causa de Dios y el servicio liberador a los hombres. Su muerte sellará ahora su vida. Jesús morirá por fidelidad al Padre y por solidaridad con los hombres.

En primer lugar, Jesús se enfrenta a su propia muerte desde una actitud de confianza total en el Padre. Avanza hacia la muerte, convencido de que su ejecución no podrá impedir la llegada del reino de Dios, que sigue anunciando hasta el final.

En la cena de despedida, Jesús manifiesta su fe total en que volverá a comer con los suyos la Pascua verdadera, cuando se establezca el reino definitivo de Dios, por encima de todas las injusticias que podamos cometer los humanos.

Cuando todo fracasa y hasta Dios parece abandonarlo como a un falso profeta, condenado justamente en nombre de la ley, Jesús grita: «Padre, en tus manos pongo mi vida».

Por otra parte, Jesús muere en una actitud de solidaridad y de servicio a todos. Toda su vida ha consistido en defender a los pobres frente a la inhumanidad de los ricos, en solidarizarse con los débiles frente a los intereses egoístas de los poderosos, en anunciar el perdón a los pecadores frente a la dureza inconmovible de los «justos».

Ahora sufre la muerte de un pobre, de un abandonado que nada puede ante el poder de los que dominan la tierra. Y vive su muerte como un servicio. El último y supremo servicio que puede hacer a la causa de Dios y a la salvación definitiva de sus hijos e hijas.

José Antonio Pagola

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“Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte”. Domingo 28 de marzo de 2021. Domingo de Ramos

domingo, 28 de marzo de 2021
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24-ramosB cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 50,4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Filipenses 2,6-11: Se rebajo, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Marcos 14,1-15,47: Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte.

Un año más, pedimos disculpas a quienes buscarán un comentario bíblico-teológico «normal» para un domingo de Ramos; esperamos que podrán encontrarlo fácilmente en la red. Nosotros esta vez queremos volver a tratar de hacer un comentario pensando en aquellas personas que –como también nosotros ante el comentario que teníamos ya redactado– se sienten mal ante ese conjunto de conceptos bíblicos que se repiten y enlazan indefinidamente sin salir de un bucle teológico-litúrgico dentro el cual muchos de nosotros –que pensamos como personas seculares, de la calle, con las preocupaciones diarias de la vida– sentimos que casi nos asfixiamos.

En efecto, muchos de nuestros comentarios bíblicos al uso pareciera que se mueven en «otro mundo», un mundo propio de referencias teológicas intrasistémicas, que funcionan con una lógica diferente a la real, y que parecen estar de antemano inmunizados contra toda crítica, porque, en ese ambiente bíblico-litúrgico al que están destinados, en las homilías, todo debe ser escuchado y recibido sin discusión, sin espíritu crítico, «con mucha fe». Los que tenemos una fe más o menos crítica, una fe que no quiere dejar de ser de personas de hoy y de la calle, nos preguntamos: ¿es posible celebrar la semana santa de otra manera? ¿Así como buscamos «otra forma de creer», hay «otra forma de celebrar y acoger la semana santa»?

Veamos. Comencemos preguntándonos: ¿qué sienten, qué sentimos, ante la semana santa, muchas personas creyentes de hoy?

Muchos creyentes adultos (trabajadores, profesionales de las más variadas ramas, y también intelectuales, o simples personas cultas) se sienten mal cuando, en semana santa, por la especial significación de tales días, o por acompañar a la familia –y con el recuerdo de una infancia y juventud tal vez religiosa–, entran en una iglesia, captan el ambiente, y escuchan la predicación. Se sienten de pronto sumergidos de nuevo en aquel mundo de conceptos, símbolos, referencias bíblicas… que elaboran un mensaje sobre la base de una creencia central que fuera del templo uno nunca se encuentra en ningún otro dominio de la vida: la «Redención». Estamos en Semana Santa, y lo que celebramos –así perciben en el templo– es el gran misterio de todos los tiempos, lo más importante que ha ocurrido desde que el mundo es mundo: la «Redención»… El «hombre» fue creado por Dios (sólo en segundo término la mujer, según la Biblia), pero ésta, la mujer, convenció al varón para que comieran juntos una fruta prohibida por Dios. Aquello fue la debacle del plan de Dios, que se vino abajo, se interrumpió, y hubo de ser sustituido por un nuevo plan, el plan de la Redención, para redimir al ser humano que cayó en «desgracia de Dios» desde la comisión de aquel «pecado original», debido a la infinita ofensa que dicho «pecado» le infligió a Dios.

Ese nuevo plan, de Redención, exigió la «venida de Dios al mundo», mediante su encarnación en Jesús, para así «asumir nuestra representación jurídica ante Dios y pagar por nosotros a Dios una reparación adecuada» por semejante ofensa infinita. Y es por eso por lo que Jesús sufrió indecibles tormentos en su Pasión y Muerte, para «reparar» aquella ofensa y redimir así a la Humanidad, y consiguiéndole el perdón de Dios y rescatándola del poder del demonio bajo el que permanecía cautiva.

Ésta es la interpretación, la teología sobre la que se construyen y giran la mayor parte de las interpretaciones en curso durante la semana santa. Y éste es el ambiente ante el que muchos creyentes de hoy se sienten mal, muy mal. Sienten que se asfixian. Se ven trasladados a un mundo imaginario que nada tiene que ver ni con el mundo real de cada día, ni con el de la ciencia, el de la información, o el del sentido más profundo de su vida. Por este malestar, otros muchos cristianos no sólo se han marchado de la semana santa tradicional, sino que se han alejado de la Iglesia.

¿Hay otra forma de entender la Semana Santa, que no nos obligue a transitar por el mundo manido de esa teología en la que tantos ya no creemos?

¿«No creemos», hemos dicho? Ante todo hay que decir –para alivio de muchos– que efectivamente, se puede no creer en tal teología. No se trata de ningún «dogma de fe» (si lo fuera, tampoco ello la haría creíble). Se trata de una genial construcción interpretativa del misterio de Cristo, debida a la intuición medieval de san Anselmo de Canterbury, que desde su visión del derecho romano, construyó, «imaginó» una forma de explicarse a sí mismo el secreto sentido de la muerte de Jesús. Estaba condicionado por muchas creencias propias de la Edad Media, e hizo lo que pudo, y lo hizo admirablemente: elaboró una fantástica interpretación que cautivó las mentes de sus coetáneos tanto, que perduró hasta el siglo XXI. Habría que felicitar a san Anselmo, sin duda.

El Concilio Vaticano II es el primer momento eclesial que supone un cierto abandono de la hipótesis de la Redención, o, para decirlo de otra manera, de una interpretación de la significación de Jesús más allá de la Redención. Por supuesto que en los documentos conciliares aparece la materialidad del concepto, numerosas veces incluso, pero la estructura del pensamiento y de la espiritualidad conciliar van más allá de él. El significado de Jesús para la Iglesia posconciliar –no digamos para la Iglesia con espiritualidad de la liberación– deja de pasar por la redención, por el pecado original, por los terribles sufrimientos expiatorios de Jesús y por la genial «sustitución penal satisfactoria» ideada por Anselmo de Canterbury… Desaparecen estas referencias, y cuando sorpresivamente se oyen, suenan extrañas, incomprensibles, o incluso suscitan rechazo. Es el caso de la película de Mel Gibson, que fue rechazada por tantos espectadores creyentes, no por otra cosa que por la imagen del «Dios cruel y vengador» que daba por supuesta, imagen que, evidentemente, hoy no sólo ya no es creíble, sino que invita vehementemente al rechazo.

¿Cómo celebrar la semana santa cuando se es un cristiano que ya no comulga con esas creencias? Uno se siente profundamente cristiano, admirador de Jesús, discípulo suyo, seguidor de su Causa, luchador por su misma Utopía… pero se siente mal en ese otro ambiente asfixiante de las representaciones de la pasión al nuevo y viejo estilo de Mel Gibson, de los viacrucis, los pasos de las procesiones de semana santa, las meditaciones las siete palabras, las horas santas que retoman repetitivamente las mismas categorías teológicas del san Anselmo del siglo XI… estando como estamos en el siglo XXI…

Bajo la semana santa que oficialmente se celebra, no dejan de estar, allá, lejos, bien adentro de sus raíces ancestrales, las fiestas que los indígenas originarios ya hacían sus celebraciones sobre la base cierta del equinoccio astronómico. Se trata de una fiesta que ha evolucionado muy diferentemente en cada cultura, y muy creativamente al ser heredada de un pueblo a otro, y al contagiarse de una religión a otra. Una fiesta que fue heredada y recreada también por los israelitas nómadas como fiesta del cordero pascual, y después transformada por los israelitas sedentarios como fiesta de los panes ácimos, en recuerdo y como reactualización de la Pascua, piedra angular de la identidad israelita… Fiesta que los cristianos luego cristianizaron como la fiesta de la Resurrección de Cristo, y que sólo más tarde, con el devenir de los siglos, en la oscura Edad Media, quedó opacada bajo la interpretación jurídica de la redención…

¿Por qué quedarse, pues, prendidos de una interpretación medieval, cautivos de una teología y una interpretación que no es nuestra, que ya no nos dice nada, y que podríamos abandonar porque ya cumplió su papel? ¿Por qué no sentirse parte de esta procesión tan humana y tan festiva de interpretaciones y hermenéuticas, de mitos y «grandes relatos» incesantemente renovados y recreados, y aportar nosotros también a esta trabajada historia nuestra propia parte, lo que nos corresponde hoy, con creatividad, responsabilidad y libertad? No podemos dejar de pensar que «Otra semana santa es posible»… ¡y urgente! Y también legítima, por lo menos.

No vamos a desarrollar aquí nosotros una nueva interpretación de estas fiestas. Bástenos ahora cumplir una pretensión doble: aliviar a los que se sentían culpables por desear que «otra semana santa fuera posible», por una parte, y, por otra, de invitar a todos a la creatividad, libre, consciente, responsable y gozosa. No en todas partes o en cualquier contexto será posible, pero sí lo será en muchas comunidades concretas. Si no lo es en la mía, podría serlo en alguna otra comunidad más libre y creativa que tal vez no esté muy lejos de la mía… ¿por qué no preguntar, por qué no buscarla?

Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/ Por su carácter dramatizado, y por la mentalidad crítica con la que ya pudo ser escrita hace treinta años, la serie «Un tal Jesús» presenta, de un modo muy pedagógico, la visión de la vida de Jesús desde la perspectiva de la teología de la liberación. Leer más…

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Domingo de Ramos 2021. Jerusalén, ciudad de la Pascua cristiana

domingo, 28 de marzo de 2021
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DD44C464-07F7-47B0-A841-56713FC90D17Del blog de Xabier Pikaza:

Celebramos mañana (28.3) el comienzo de la Pascua, con la entrada de Jesús en Jerusalén. Pero aquí no trataré del asna prestada, ni del canto de Hosanna, ni de los ramos, sino de la ciudad como tal, de su origen, de sus rasgos principales, y de la importancia que ella tuvo en el mensaje, vida y muerte de Jesús.

Jesús empezó su pascua entrando en Jerusalén. También nosotros debemos empezar la nuestra entrando en la ciudad, volviendo al principio, dejando nuestra seguridad engañosa y arriesgándonos a empezar desde el vacío de todo lo anterior, hacia la plenitud de la confianza en aquello que viene.

¿Cómo debemos sentirnos? ¿Qué hacer? ¿Qué significa hoy para nosotros, en el conjunto de la iglesia, volver con Jesús a Jerusalén? ¿Que perdemos al hacerlo, qué ganamos, con quién vamos?

Todas éstas preguntas quedan abiertas para los lectores, si llegan al final de lo que digo y quieren plantearlas a partir de mi propuesta sobre el sentido de Jerusalén y nuestra entrada en ella.

Buen día de Ramos a todos. ¡Nos vemos en Jerusalén, no el año que viene, sino éste! Todos los días y años son buenos para empezar desde Jerusalén.

1. Jerusalén en el Judaísmo(1)

 Al principio no formaba parte de la tierra y religión de las tribus federadas de israelitas libres, que se oponían a las «duras» ciudades cananeas, donde dominaban reyes, sacerdotes y soldados, por encima del pueblo. Una vieja historia bíblica concibe las ciudades como herencia de Caín, el homicida (Gen 4, 17). Es más, las perversiones del mundo se condensan en Babel, ciudad y torre soberbia, que divide y enfrenta a los humanos (cf. Gen 11, 1-9).

CB9C5B3A-69F8-4504-B581-6D0A74D524EAPero más tarde, a partir del Rey David (siglo X a. C.), los israelitas empezaron a conquistar las ciudades cananeas, y entre ellas Jerusalén (Sión), fortaleza jebusea, con un templo dedicado al Dios Elyón, que recibía culto de pan y vino (cf. Gen 14, 18-24)

David, rey muy humano y político, la convirtió en ciudad y corte de su dinastía, y ella apareció como morada del Rey divino, que no vive ya en la estepa, como recordaban las viejas tradiciones del Éxodo (cf. también Hab 3, 3), sino que se ha vuelto «ciudadano», como saben los salmos reales (cf. Sal 2; 48).

Desde entonces, y de un modo especial tras el exilio y el dominio persa (desde el siglo V a. C.), Jerusalén se ha vuelto centro y lugar de referencia para el judaísmo.Más que un conjunto de muros y casas, la ciudad es signo de elección divina, centro del mundo, morada del gran Dios. La colina de Sión, su núcleo inicial y simbólico, se ha vuelto corazón de Israel y del conjunto de la humanidad. Así aparece como Hija-Sión (Novia-amiga de Dios) y llega a convertirse en símbolo de la creación, garantía de elección divina, signo y promesa de bienaventuranza.

Ciudad de Dios, experiencia y teología básica. Jerusalén fue ciudad fuerte de los jebuseos y permaneció fuera de dominio de las tribus de Israel, hasta que fue conquistada  David (en torno al 1000 a. C.). Algunos años más tarde, Salomón construyó en su colina sagrada (era de trigo, Sión) un templo israelita, que sigue conservado sus grandes rasgos simbólicos, aunque recreados desde una perspectiva israelita.

(a) Sión-Jerusalén es el Monte de Dios, como aparece en textos de la profecía clásica (Is 24,12-15; Ez 28,12-16) en una perspectiva cúltica cercana al paganismo ambiental. En línea semejante se sitúan los pasajes más antiguos sobre el Dios que habita (o se desvela) en el Sinaí (cf. Dt 33,16; 38, 2; Sal 68,9; Hab 3,3-4).

(b) Es la Casa de Dios. Suele hablarse de varios espacios sagrados: Dios tiene un templo sobre el cielo, en su altura trascendente; pero, al mismo tiempo, se supone que él habita de un modo especial en el santuario de la tierra; también se dice que mora en una ciudad sagrada, vinculada a la montaña o centro de la tierra.

(c) Bajo Sión nace el Río primigenio de la vida, que suele presentarse como torrente que brota del subsuelo del templo: allí se juntan las aguas superiores (espacio fundante de Dios) y las inferiores (que fecundan esta tierra).

En esa línea, el templo, con su ciudad y montaña, con sus aguas de vida y su liturgia, puede tomarse como lugar de la victoria de Dios sobre las fuerzas malas del cosmos y la historia (cf. Sal 46; 76; 92-93 etc.). Así lo canta un salmo:

«Grande es Yahvé y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, su monte santo, altura hermosa, alegría de toda la tierra; el monte de Sión, altura del cielo (=Safón), ciudad del Gran Rey. Entre sus baluartes Dios se ha demostrado como alcázar (=Roca).

Pues mira: los reyes se aliaron, para atacar juntos, pero al verla así quedaron aterrados, huyeron despavoridos. Allí les agarrón un temblor y dolores como de parto, como viento oriental que destroza las naves de Tarsis…

Rodead a Sión y recorredla, contando sus torreones, fijaos en sus defensas, observad sus baluartes, para que podáis decir a la próxima generación. Éste es Dios, nuestro Dios eterno, nuestro guía para siempre» (cf. Sal 48, 1-15).

      El salmo supone que en Sión hay un templo, construido por los hombres. Pero el verdadero santuario es la ciudad entera, concebida al mismo tiempo como centro del mundo (tierras y naciones la rodean) y altura suprema, vértice del cielo (Safon, monte del norte de Siria en que habitan, conforme a los mitos de Ugarit, Fenicia y Palestina, los dioses y diosas).

Por eso, siguiendo la costumbre del entorno pagano, los fieles que cantan este salmo identifican su monte/ciudad/santuario con la montaña original del cosmos. De esa manera, la colina de Sión (monte del templo) viene a presentarse como centro del mundo, omphalos sagrado, altura de Dios, lugar donde los cielos se unen con la tierra.

Esa misma Roca-Templo se concibe después como ciudad; no habita Dios en la altura desierta de una cumbre nevada (el Safón geográfico de Siria), ni en la roca del sur donde se engendran las tormentas (Sinaí). El Dios de la montaña se ha hecho ciudadano: es Gran Rey (soberano del cosmos) siendo, al mismo tiempo, Rey concreto de Sión y protector de sus habitantes. Ciertamente, la ciudad del templo tiene defensas militares o baluartes; pero su defensa principal, su roca firme o alcázar inexpugnable es el mismo Yahvé que, sin dejar su altura o cielo, ha puesto su lugar de habitación real sobre la tierra: Sión es su trono, Jerusalén su ciudad; los que en ella habitan son sus cortesanos; los restantes hombres y países han de someterse ante Sión.

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Domingo de Ramos. Ciclo B

domingo, 28 de marzo de 2021
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A8 DOMINGO DE RAMOS jpgDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Este domingo se lee el relato de la Pasión de Jesús en el evangelio de Marcos, precedido de dos lecturas: una del libro de Isaías y otra de la carta a los Filipenses. Dada su extensión, la Conferencia Episcopal permite que, atendiendo a la índole de la asamblea, se lea una sola de las dos lecturas, o incluso que solo se lea el evangelio. Pero ambas ayudan grandemente a comprender la pasión de Jesús.

 El Siervo (Jesús) acepta el plan de Dios (Isaías 50,4-7)

«Jesús murió porque hizo la cosa más inadecuada (entrada triunfal) en el momento más inadecuado (semana de Pascua) y en el sitio más inadecuado (Jerusalén)». ¿Una imprudencia? ¿Un suicidio? La lectura de Isaías indica que Jesús sabe perfectamente que le esperan golpes, insultos y salivazos. Ha sido el Padre quien se lo ha comunicado. Y él no se echó atrás. Lo aceptó, convencido de que el Padre lo ayuda y no quedará defraudado.

Al mismo tiempo, el Padre le ha encomendado «decir al abatido una palabra de aliento». Y quien sufre hasta la muerte es la persona más capacitada para animar a los que sufren.

 El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo,
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Por la cruz a la victoria (Filipenses 2,6-11)

El Siervo estaba convencido de que no quedaría defraudado. Y eso mismo ocurre con Jesús. La lectura de la pasión no es la historia de un fracaso, sino de un triunfo. A la muerte más cruel e infamante, la de cruz, sigue el nombre sobre todo nombre y la adoración de todas las creaturas.

 Cristo Jesús, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el nombre sobre todo nombre;
de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor  para gloria de Dios Padre.

Pasión de Jesucristo según san Marcos (14,1-15,47)

             Ofrezco un amplio comentario en las páginas 420-457 de José Luis Sicre, El evangelio de Marcos. Comentario litúrgico al ciclo B y guía de lectura, Editorial Verbo Divino 2020. Aquí indico solamente dos aspectos que considero importantes.

¿Quién es Jesús?

El relato del capítulo 15 supone un gran contraste con el de los dos capítulos anteriores (13-14). En estos, Jesús se enfrenta a toda clase de adversarios en diversas disputas y los vence con facilidad. Ahora, los adversarios, derrotados a nivel intelectual, deciden vencerlo a nivel físico, matándolo (14,1). Lo que más se destaca en Jesús es su conocimiento y conciencia plena de lo que va a ocurrir: sabe que está cercana su sepultura (14,8), que será traicionado por uno de los suyos (14,18), que morirá sin remedio (14,21), que los discípulos se dispersarán (14,27), que está cerca quien lo entrega (14,42). Las palabras que pronuncia en esta sección están marcadas por esta conciencia del final y tienen una carga de tristeza. Como cualquiera que se acerca a la muerte, Jesús sabe que hay cosas que se pierden definitivamente: la cercanía de los amigos («a mí no siempre me tendréis con vosotros»: 14,7), la copa de vino compartida (14,25). No falta un tono de esperanza: del vino volverá a gozar en el Reino de Dios (14,25), con los discípulos se reencontrará en Galilea (14,28). Pero predomina en sus palabras un tono de tristeza, incluso de amargura (14,37.48-49), con el que Marcos subraya ―una vez más― la humanidad profunda de Jesús.

Cuatro veces se debate en estos capítulos la identidad de Jesús: el sumo sacerdote le pregunta si es el Mesías (14,61), Pilato le pregunta si es el Rey de los judíos (15,2), los sumos sacerdotes y escribas ponen como condición para creer que es el Mesías que baje de la cruz (15,31-32), el centurión confiesa que es hijo de Dios (15,39). A la pregunta del sumo sacerdote responde Jesús en sentido afirmativo, pero centrando su respuesta no en el Mesías, sino en el Hijo del Hombre triunfante (14,62). A la pregunta de Pilato responde con una evasiva: «Tú lo dices» (15,2). A la condición de los sumos sacerdotes y escribas no responde. Cuando el centurión lo confiesa hijo de Dios, Jesús ya ha muerto.

Los discípulos

Se entristecen al enterarse de que uno de ellos lo traicionará; pero, llegado el momento, todos huyen. Una vez más, Pedro desempeña un papel preponderante. Se considera superior a los otros, más fiel y firme (14,29), pero comenzará por quedarse dormido en el huerto (14,37) y terminará negando a Jesús (14,66-72). En este contexto de abandono total por parte de los discípulos adquiere gran fuerza la escena final del Calvario, cuando se habla de las mujeres que no sólo están al pie de la cruz, sino que acompañaron a Jesús durante su vida (15,40-41).

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Domingo de Ramos. 28 de marzo, 2021

domingo, 28 de marzo de 2021
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El Señor los necesita”.

(Mt 21, 1-10)

El Domingo de Ramos es la puerta grande de la Semana Santa. Después el camino se irá estrechando y haciéndose cada vez más difícil, pero empieza a lo grande.

Jerusalén, la Ciudad Santa, recibe a Jesús entre gritos de júbilo y alabanza. Al llegar Jesús la gente espontáneamente empieza a alfombrar el camino con sus capas y con ramos. Y aclaman al que llega: “-Viva, bendito el que viene en nombre del Señor!¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Viva el Altísimo!”

Es una explosión de alegría que nadie sospecha que acabará dramáticamente. O quizá sí. El protagonista parece saber muy bien de qué va la historia. Es una historia de amor entregado.

Pero, ¿esas gentes que gritan alegres pueden sospechar que unos días más tarde vocearán el terrible: “-¡Crucifícale!, ¡Crucifícale!”?

Con todo, ¡no adelantemos acontecimientos! No vale, nosotros ya conocemos el final…

Pero hoy es Domingo de Ramos y en medio de todos esos gritos y gestos de alegría hay un detalle tierno que nos puede pasar desapercibido.

El Señor los necesita”. ¿A quién necesita el Señor? Tendríamos que preguntar a las personas expertas pero en todo el evangelio solo aparece una necesidad de Jesús y es esta.

Jesús manda a sus discípulos con este recado: “Y si alguien os dice algo, diréis que el Señor los necesita, pero en seguida los devolverá.

¡Una borrica y su pollino! Eso es lo que Jesús necesita, y solo un ratito, porque “los devolverá pronto”. Es el gran día de Jesús, pero él solo necesita una borrica y su pollino. ¿Qué necesitaríamos nosotros si fuera nuestro gran día? ¿Pensaríamos en una borrica? ¡No! También es verdad que aquí, en nuestro primer mundo, una borrica es casi un animal exótico (¿quién ha visto de cerca una borrica en el último año?).

En tiempos de Jesús también era algo especial. No todo el mundo tenía una borrica. El mismo Jesús la toma prestada. Pero ya que tenía que pedirlo prestado podría haber pedido un caballo. Sin embargo a él le va lo humilde y además quiere “necesitarlo”. ¡Qué suerte!

Oración

Déjanos, en este Domingo de Ramos, ser la borrica. Deja que sintamos que nos necesitas. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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