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María manifiesta la presencia divina.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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visitationLc 1, 39-45

Durante el Tiempo de Navidad, vamos a leer una y otra vez lo que se llama “el evangelio de la infancia”. Esos textos no podemos tomarlos como si fueran crónicas de sucesos. Son teología narrativa. Que el texto se ajuste más o menos a los hechos, que sea totalmente inventado o que tenga como fundamento mitos ancestrales, no tiene importancia ninguna. Lo importante es descubrir el mensaje que el autor ha querido transmitir. Si fueran noticias de un suceso, nos daríamos por enterados y punto. Si son teología, nos obliga a desentrañar la verdad que sigue siendo válida. Es uno de los textos más denso y más profundo de Lc.

Hemos leído los textos desde una perspectiva equivocada. Ni María sabía que había engendrado al “Hijo de Dios” ni Isabel que llevaba en su seno al Precursor. No tiene ninguna verosimilitud que noventa años después del suceso, alguien se acuerde de una visita a una prima, mucho menos que recuerde las palabras que se dijeron. No digamos nada si imaginamos a María, arrancándose con el magníficat, recitado palabra por palabra. No, el relato nos está trasmitiendo lo que pensaban los cristianos de finales del siglo primero.

En el texto. Todo son símbolos. La primera palabra en griego es ‘anastasa’, que significa levantarse, resurgir, y que se ha pasado por alto en la traducción oficial. Es el verbo que emplea el mismo Lc para indicar la resurrección. Significa que María resucita a una nueva vida, y sube a la “montaña”, el ámbito de lo divino. Una madre da la vida al hijo. En este caso es el Hijo el que da vida a la madre. Inmediatamente, la madre lleva al que le ha dado esa vida, a los demás, es decir da a luz al Hijo. Eckhart decía con gran atrevimiento: todos estamos preñados de Dios y la principal tarea de todo cristiano es darle a luz.

La visita de María a su prima simboliza la visita de Dios a Israel. La subida de Galilea a Judá nos está adelantando la trayectoria de la vida pública de Jesús. También el Arca de la alianza recorrió el mismo camino por orden de David. Lo sublime, María y Jesús, se digna visitar a lo pequeño, Isabel. El Emmanuel se manifiesta en el signo más sencillo, una visita. El AT y el nuevo se encuentran y se aceptan. Todo acontece fuera del marco de la religiosidad oficial. Desde ahora, a Dios lo debemos encontrar en lo cotidiano, donde se desarrolla la vida. Jesús, ya desde el vientre de su madre, empieza su misión, llevar a otros la salvación y la alegría.

La escena quiere decir que la verdadera salvación personal siempre repercutirá en beneficio de los demás; si alguien la descubre, inmediatamente la comunicará. La salvación no puede quedar encerrada en uno mismo; si es verdadera, la llevaremos a donde quiera que vayamos, aún sin proponérnos­lo. La visita comunica alegría (el Espíritu), también a la criatura que Isabel llevaba en su vientre. Una vez más descubrimos el empeño por dejar a Juan por debajo de Jesús. Por dos veces se nos dice que saltó la criatura en su vientre.

Si leemos con atención, descubriremos que todo el relato se convierte en un gran elogio a María. Y es el mismo Espíritu el que provoca esa alabanza: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!” ¿Cuántas veces hemos repetido esta alabanza? “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?” “Dichosa tú que has creído”. Creer no significa la aceptación de verdades, sino confianza total en un Dios, que siempre quiere lo mejor para el ser humano. A continuación, María pasa al elogio de Dios con el canto del Magníficat.

Lo que intentan estos relatos de la infancia de Jesús, es presentarlo como una persona de carne y hueso, aunque extraordinaria ya desde antes de nacer. Cuando afirmamos que esos relatos no son históricos no queremos decir que Jesús no fue una figura histórica. El NT hace siempre referencia a una historia humana concreta, a una experiencia humana única. Sin esa referencia al hombre Jesús, el evangelio carecería de todo fundamento. Ahora bien, el lenguaje que emplea cada uno de los evangelistas es muy distinto. Basta comparar los relatos de Mt y Lc con el prólogo de Juan, para darnos cuenta de la abismal diferencia.

La novedad que se manifiesta en María no elimina ni desprecia la tradición, si no que la integra y transforma. El relato está haciendo constantes referencias al AT. En ningún orden de la vida, debemos vivir volcados hacia el pasado porque impediríamos el progreso. Pero nunca podremos construir el futuro destruyendo nuestro pasado. El árbol no crece si se cortan las raíces. Lo nuevo, si no integra y perfecciona lo antiguo, nunca prosperará.

A la vivencia de Jesús, hace referencia la carta de Pablo. Jesús no es un extraterrestre, sino un ser humano como nosotros, que supo responder a las exigencias más profundas de su ser. La clave está en esa frase: «Aquí estoy para hacer tu voluntad”. No se trata de ofrecer a Dios “dones” o “sacrificios”. Se trata de darnos a nosotros mismos. Esa actitud es propia de una persona volcada sobre lo divino que hay en ella. Pablo contrapone la encarnación al culto. Dios no acepta holocaustos ni víctimas expiatorias. Solo haciendo su voluntad, damos verdadero culto a Dios. En Jn, dice Jesús: “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”.

Los primeros cristianos no llegaron a la conclusión de que Jesús era Hijo de Dios porque descubrieron la “naturaleza” de Dios y la de Cristo y vieron que coincidían, sino porque descubrieron que Jesús cumplió, en todo, la voluntad de Dios. Hacía presente a Dios en lo que era y lo que hacía. Para el pensamiento semítico, ser hijo no era principalmente haber sido engendrado sino el reflejar lo que era el padre, cumplir su voluntad, ser imagen del padre. Esa fidelidad al ser del padre era lo que convertía a alguien en verdadero hijo. Descubrir esto en Jesús, les llevó a considerarlo, sin ninguna genero de duda, Hijo de Dios.

Esa voluntad no la descubrió Jesús porque tuviera hilo directo con Dios. Como cualquier mortal, tuvo que ir descubriendo lo que Dios esperaba de él. Siempre atento, no solo a las intuiciones internas, sino también a los acontecimien­tos y situaciones de la vida, fue adquiriendo ese conocimiento de lo que Dios era para él, y de lo que él era para Dios. ‘La voluntad de Dios’ no es algo venido de fuera y añadido. Es nuestro ser en cuanto proyecto y posibilidad de alcanzar su plenitud. De ahí que, ser fiel a Dios, es ser fiel a sí mismo.

En todas las épocas, y todos los seres humanos han intentado hacer la voluntad de Dios, pero era siempre con la intención de que el “Poderoso” hiciera después la voluntad del ser humano. Era la actitud del esclavo que hace lo que su dueño le manda, porque es la única manera de sobrevivir. Es una pena que después del ejemplo que nos dio Jesús, los cristianos sigamos haciendo lo mismo de siempre, intentar comprar la voluntad de Dios a cambio de nuestro servilismo. En esa dirección van casi todas las oraciones, los sacrifi­cios, las promesas, votos, etc. que las personas “religiosas” hacemos a Dios.

Salvación y voluntad de Dios son la misma realidad. Jesús, como ser humano, tuvo que salvarse. Para nuestra manera de entender la encarnación, esta idea resulta desconcertante. Creemos que salvarse consiste en librarse de algo negativo. La salvación de Dios no consiste en quitar sino en poner plenitud. En todo ser humano está ya la plenitud como un proyecto que tiene que ir desarrollando. Jesús llevó ese proyecto al límite. Por eso es el Hijo de Hombre, hombre acabado, hombre perfecto. Por eso hace presente a Dios, por eso es Hijo.

Meditación-contemplación

¡Dichoso tú, si de verdad, confías!
María lleva a Jesús a su prima Isabel.
Antes de darle a luz, ya lo manifiesta a los demás.
La semilla divina ya está dentro de ti.
Si la dejas crecer se manifestará fuera.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El don de la maternidad.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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hqdefault“Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia” Jn 10, 10.

20 de diciembre, domingo IV de Adviento

Lc 1, 39-45

Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre

El don de la maternidad no tiene sexo y es consustancial a todas las criaturas en todo espacio y tiempo.

Cuando Dios se encarna ser humano -y se ha encarnado siempre en todos los seres-, la encarnación es alma que lo anima todo. Es, como dice Arregi: “la dinamys que late en la realidad. Es la presencia operativa, creadora, transformadora, que habita todo cuanto es, desde las partículas hasta las galaxias”.

Jesús lo remarcó en Jn 10, 10: ”Yo vine para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Para compartir gozo y alegría, como compartieron María e Isabel, embarazadas ambas. Dar a luz es dar luz; es inspirar e iluminar“La religiones mueren cuando fallan sus luces”, escribió el gran teólogo alemán W. Pannenberg (1928-2014).

Uno de los grandes poetas sufíes de la tradición mística musulmana, Rûmî (1207-1273), escribió con enorme hondura mística y apertura ecuménica esta frase:

“Nuestro país debe ser la tierra de oportunidad ilimitada para todos. Nuestro cuerpo es semejante a María: cada uno tiene un Jesús en su interior, pero éste no puede nacer hasta que los dolores de parto no se manifiesten en nosotros”.

Célibe o casado, embarazada o virgen, todos han concebido en un “hágase en mí” gozoso. Un “fiat” que es un peregrinar al templo de nuestro propio ser, a nuestro centro. Y es una invitación a salir luego de nuestro vientre personal, a implicarse en los problemas de los otros y ayudarles a que también ellos puedan acudir cuanto antes al paritorio.

Toda maternidad es don y donación. No se puede engendrar sin parir luego. La Naturaleza, al menos, lo consideraría una traición. Es como impedir que la vida personal siga cumpliendo su mandato espiritual. La decisión de tener un hijo, decía Elizabet Stone, nadadora paralímpica, es trascendental. Se trata de decidir que tu corazón caminará siempre fuera de tu cuerpo”.

El hijo al que canta Gabriela Mistral en su Canción de madre, le reclama ese derecho:

“Los ojitos que me diste / me los tengo de gastar / en seguirte por los valles por el cielo y por el mar…”

Únicamente de este modo podremos cambiar el mundo y hacerlo más habitable. En la película Los mejores años de nuestra vida (Usa 1946)decía el director, señor Milton al Consejo de Administración: “Nuestro país debe ser la tierra de oportunidad ilimitada para todos”. ¿Lo decía pensando en la maternidad donante y generosa de la Madre Tierra?

Y para cambiarnos a nosotros, el doctor japonés Hiromi Shinya, ha descubierto unas enzimas-madre multifuncionales que permiten al organismo corporal autocurarse. En su reciente obra La enzima prodigiosa expone la revolucionaria forma en que nuestra Madre Cuerpo Humano nos ayuda a mantenernos fisiológicamente también sanos.

LA MADREPERLA

Concebiste en tu seno nacarado
las doce puertas que eran doce perlas
según San Juan en el Apocalipsis.

Y el Evangelio de Jesús compara
el Reino de los Cielos
a un mercader que busca perlas finas.

Al descubrir una de gran valor
va, vende cuanto tiene y la compra.

¡Es un sueño de amor el que tuviste!

Yo deseo también ser concebido
en tu iriscente seno nacarado,
y llegar a ser perla de tus sueños.

(NATURALIA. El Sueño de las Criaturas)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Mujeres profetas.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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James B. Janknegt, "The Visitation," 2008. Oil on canvas, 36 x 24 in. Source: http://www.bcartfarm.com/visitation.html James B. Janknegt, «The Visitation,»

En este domingo de Adviento la liturgia nos propone recordar el encuentro de dos mujeres portadoras de las promesas de Dios: Isabel y María. La anciana y la joven, la que recibe la herencia del Antiguo Testamento y la que inicia una nueva era. La que camina por las montañas y las ciudades y la que espera en casa. Las dos llenas del Espíritu Santo. Las dos radiantes de alegría. Las dos con la certeza de que las palabras anunciadas por Dios se cumplen en ellas y por tanto en la historia de un pueblo y de una tradición de fe.

Para ellas ya han pasado las dudas y no es tiempo de preguntas o de aclaraciones acerca del cumplimiento de las promesas. Ahora se están realizando. La historia contará entre sus páginas, en el centro de la historia, la acción de Dios en la vida de estas mujeres parientes.

Varias interpretaciones de este texto afirman que María salió de su casa para solidarizarse con su prima embarazada avanzada en edad. Pero el texto no dice nada de eso. Sino que se trata de una visita (¿“Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”). Ellas hablan de aquello tan extraordinario que ha pasado, que está pasando, cantan y alaban a Dios. Parece más bien como si María fuera en busca de una pariente y amiga que pueda comprender lo que está pasando y con la que pueda hablar y alabar a Dios por sus obras en ellas.

Isabel, efectivamente, está en la misma sintonía ya que también en ella se está haciendo realidad la Palabra anunciada. Sabe lo que pasa y, al verla, le grita: “eres feliz”. María se anima y no puede sino cantar las alabanzas al Dios de toda la historia, repitiendo un canto de Ana, otra mujer que reconoce la acción de Dios en la historia. Y reconocen la una en la otra la bendición: “tú eres bendita”. Y surge la alabanza, el canto, la liturgia.

Las palabras de Isabel y de María son consideradas anuncios proféticos de una acción profunda de Dios en la historia de Israel y del mundo. A la vez, especialmente las palabras de Isabel y el canto del Magníficat, son una expresión contundente de la acción poderosa del Dios que interviene y toma partido en el devenir de los acontecimientos.

Estas mujeres del relato pueden ser así una provocación para nuestras celebraciones de Adviento: nos animan a reconocernos bendecidos, a hablar y a cantar a un Dios que interviene en la historia y cuyas promesas se cumplen. Y a descubrir que nuestra vida concreta se vuelve parte de la larga historia de un pueblo bendecido por Dios.

Y son un modelo para nosotras, mujeres, para mirarnos las unas a las otras y reconocernos bendecidas, y compartir la alegría que tenemos, sin lugar para dudas. Son un modelo que nos anima a tomar una palabra litúrgica y profética; y a celebrar la alegría de la vida, la alegría del “Espíritu que nos llena” (v.41) y la alegría de lo inesperado que se hace realidad.

En resumen: bendición, palabra y canto…

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Bendecir, bendita, decir bien.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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0Del blog de Tomás Muro La verdad es Libre:

01. VIDA, BENDICIÓN, VISITAS, FELICIDAD

La visita de María a Isabel que hemos evocado en este cuarto domingo de adviento -cercano ya a la navidad- es un encuentro en el que podemos apreciar:

o CAMINO: María ha de recorrer 155 kms de Nazaret a Jerusalén para ver a su prima Isabel

o VIDA (se encuentran dos mujeres que portan y están gestando vida).

o ENCUENTRO: María e Isabel, primas entre sí que se acogen.

o BENDICIÓN: todo el texto tiene un color de bendición: bendita entre todas las mujeres.

o FELICIDAD en la VIDA y la BENDICIÓN. Dichosa…

02. V 39: MARÍA SE PONE EN CAMINO (Y APRISA).

María sale aprisa de su tierra (Galilea); se pone en camino hacia el sur: a Judea para visitar a su pariente Isabel, que está ya siendo madre de Juan Bautista.

El encuentra, la visita de María a Isabel desborda VIDA:

En San Lucas es importante el sentido de camino, de proceso.

o El hijo pródigo recorre un CAMINO negativo -más tarde positivo- de encuentro con el Padre, con Dios.

o Los dos de Emaús reconocen y se encuentran con la VIDA en el camino.

o Vivir es caminar y caminar es vivir. Las cosas, la vida, las ideas, las personas caminamos y en los recorridos vivimos, creamos vida. También hay caminos retorcidos.

o En todos los aspectos y dimensiones de la vida se trata de caminar y crear vida: en la vida persona, familiar, en las ideas, en la cultura, en la vida sociopolítica, eclesial, comunitaria, familiar.

A. Machado decía aquello de que: Caminante no hay camino, se hace camino al andar….

+ ¿Camino en la vida o me encuentro estancado, atrincherado en mis ideas eclesiásticas-religiosas, políticas? ¿Lo que pienso y digo yo siempre es la verdad absoluta?¿Quizás me encuentro bloqueado por la decepción?

+ ¿Me doy prisa en darme cuenta de las situaciones difíciles de los demás? ¿Me muevo, camino por los demás?

+ Noble tarea visitar a los familiares, especialmente cuando están enfermos o en necesidad.

03. VV 40-41 SE SALUDARON.

o En la conversación entre María e Isabel varias veces aparece la expresión: “se saludaron”. Saludo que viene de salud. En hebreo se saludaban con la expresión shalom: paz, bienestar.

o El saludo (salud: paz: salvación), hace bien, causa alegría: en cuanto escuché tu saludo, la vida se llenó de alegría.

o El no saludarse en el camino de la Vida es excluirse o eliminar a los demás de la existencia.

o A todos nos hace bien el saludo -la salud- en las relaciones humanas: familiares, profesionales, políticas, eclesiales, amigos.

o Sin embargo somos conscientes de que hay situaciones, viejos problemas familiares, laborales, políticos que no facilitan el saludo… ¿No serán posibles relaciones respetuosas, discretas, silenciosas?

04. LA VIDA ES LA VIDA, DEFIÉNDELA

o Se encuentran -se acogen- dos mujeres que están ya siendo madres. Lo más espontáneo del mundo es que hablen de la vida y de las vidas que llegan.

o ¿Amo y cuido la vida? ¡No solamente la mía!, sino la vida de los demás, de la familia, de los que convivimos en la ciudad (polis), en la comunidad / iglesia, parados, tercer mundo. ¿Soy sensible a quienes les falta vida: enfermos, personas con problemas serios? ¿Tengo alguna veta ecologista: naturaleza y creación?

05. V. 41 MARÍA TRANSMITE SERENIDAD Y ALEGRÍA.

o La criatura salto de alegría en el vientre de Isabel, porque María transmite serenidad y alegría. Isabel y su hijo saltan de gozo.

o María no va a ver cómo tiene la casa su pariente Isabel, ni a decirle qué tiene que hacer, ni a lo que le han dicho en la calle. María no domina la existencia, sino que está serenamente en la vida, sin prepotencias ni exigencias. María se fía, confía en Dios y en la vida y desde esa confianza vive serenamente e infunde bienestar.

o A veces transmitimos nervios, crispación, prepotencia, sensación de querer dominar la situación (poder)

o Es sano estar en la vida sin mucho ruido: sin “colgarnos medallas”. Es hermoso no pretender dominar la existencia, sino simplemente estar en ella sencillamente, gratuitamente, de balde: gratis: gracia.

o Miremos si estamos en calma en la vida, sin competencias ni exigencias, sin perfeccionismos; así también estarán bien los demás.

06. vv 42. BENDITA Y BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE

o Todo el relato transpira un tono de bendición: “decir bien”: bendita, bendito el fruto de tu vientre.

o Bendita: bendecir significa decir bien, que es lo contrario de maldecir, de decir mal.

o Decir bien no es adular, ni hablar por no callar. A veces el silencio es una buena palabra.

o Se trata de ver y estimar la vida en sus mil formas y maneras: pluralismo, aunque no coincidan con mi modo de entender la vida. Valorar los caminos de los demás: lo que piensan y lo que hacen, es también “decir bien”, bendecir.

07. V 45 DICHOSA TU PORQUE HAS CREÍDO.

o Vuelve a aparecer la felicidad de María y de su prima Isabel. Y la raíz de la felicidad es la fe, la confianza, dichosa porque has creído.

o María fue una gran creyente, la primera creyente en su hijo, Jesús. Más tarde san Pablo dirá: el justo vive por la fe.

o La confianza es la actitud connatural en la existencia. Es muy problemático y es enfermizo vivir en la desconfianza, en el recelo, en al envidia, en la sospecha.

o María, mujer humilde, fue bendita, dichosa y feliz porque confió, se fió de Dios y de su papel en la vida, en la historia de la salvación. Por eso fue bendita y feliz.

o Hacer la vida lo más amable y feliz posible no es poca cosa en la vida

07. TERMINAMOS EL AÑO. ¿CÓMO ME HA IDO?

No es un mal programa de vida para el nuevo año, 2019:

o CAMINAR

o VIVIR

o ENCONTRARSE.

o BENDECIR.

o FELICIDAD Y DICHA

BENDITA TÚ ENTRE TODAS LAS MUJERES
Y BENDITO EL FRUTO DE TU VIENTRE, JESÚS.

***

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El gozo, signo de vida.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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53667725Domingo IV de Adviento

Lc 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”.

EL GOZO, SIGNO DE VIDA

El evangelista quiere mostrar a Jesús, apenas concebido en el vientre de María, como causa de gozo. . Pero no entendamos el texto literalmente, como una “crónica” de lo sucedido. Se trata, sin duda, de una recreación de Lucas, realizada con un objetivo teológico: mostrar a Jesús como “causa de gozo”. La alegría constituye, de hecho, uno de los temas centrales de este tercer evangelio.

Sin duda, la comprensión de lo que somos es fuente de alegría. Una alegría que no elimina las “turbulencias” de todo tipo que podamos experimentar en un nivel más superficial –vaivenes emocionales, consecuencia de la fragilidad y vulnerabilidad de nuestra forma como seres sintientes–, pero que nos ancla en aquel fondo de Quietud que constituye nuestra identidad.

La comprensión nos permite resituarnos cuando constatamos cualquier sufrimiento que se prolonga y que, si sabemos leerlo, constituye una señal de alerta que nos avisa del olvido o la ignorancia en los que hemos caído.

Pero hay más. El relato lucano nos hace caer en la cuenta de que la comprensión de lo que somos no niega nuestra dimensión relacional, así como tampoco deslegitima el modo teísta de vivir la conexión con el Misterio que nos constituye.

Somos seres relacionales, en interacción que busca traducirse, en la práctica, en un movimiento ajustado de dar y recibir. La comprensión nos convierte en motivo de alegría para los otros y, a su vez, los otros pueden ser causa de que el gozo –y la comprensión– despierte y se avive en nosotros. Compartimos la misma identidad, pero nos vivimos en clave relacional. Lo que nos aporta la comprensión es la certeza de que somos “formas” de un mismo “fondo”.

De modo similar, la vivencia del Misterio último –al que las religiones llaman “Dios”– puede darse en clave relacional o profundamente silenciosa. En el primer caso, la persona queda extasiada ante lo que percibe como grandeza sin límites –es el “éx-tasis” del que habla la tradición mística–; en el segundo, ahondando en sí misma, en el silencio de la mente, la persona descubre que su fondo último es el mismo fondo de “Dios” –es el movimiento de “én-tasis” presente también en la historia de la mística–. Dada nuestra constitución –la naturaleza paradójica–, nos resulta posible experimentar ambas formas de vivir el Misterio, la Presencia consciente.

Tal vez resulte más fácil evocar lo que quiero expresar a través de una metáfora: la ola puede quedarse extasiada ante la magnitud y belleza del océano, al que ve como un “otro” o incluso como un “tú” y puede, igualmente, ahondando en sí, descubrir que ella misma no es otra cosa, en el fondo, que el agua que, en su grandeza, la extasiaba.

¿Cómo vivo el Misterio? ¿Vivo gozo?

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

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“¿Qué podemos hacer?”. 3 Adviento – C (Lucas 3,10-18)

domingo, 16 de diciembre de 2018
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03_Adv_CLa predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?

El Bautista tiene las ideas muy claras. No les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. No les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia. No les habla de nuevos preceptos. Al Mesías hay que acogerlo mirando atentamente a los necesitados.

No se pierde en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. De manera directa, en el más puro estilo profético, lo resume todo en una fórmula genial: «El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida que haga lo mismo». Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?

Antes que nada, esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.

No basta vivir a golpes de generosidad. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria. Atrevernos a hacer la experiencia de «empobrecernos» poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar, para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir.

Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno… Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.

Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas…

Para muchos son tiempos difíciles. A todos se nos va a ofrecer la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestación de la crisis… Será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.

 

José Antonio Pagola

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“¿Qué hacemos nosotros?”. Domingo 16 de diciembre de 2018. 3º de Adviento

domingo, 16 de diciembre de 2018
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03-advientoC3De Koinonia:

Sofonías 3, 14-18a: El Señor se alegra con júbilo en ti.
Interleccional: Isaías 12, 2-3. 4bcd, 5-6: Gritad jubilosos:Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel.”
Filipenses 4, 4-7: El Señor está cerca.
Lucas 3, 10-18: ¿Qué hacemos nosotros?

El texto del profeta Sofonías nos habla de un tiempo poco antes del reinado de Josías. El país se hallaba sumido en la mayor miseria moral y hacía tiempo se dejaba sentir la amenaza de Asiria. Sofonías, testigo de los grandes pecados de Israel y del duro castigo con que Dios va a purificar a su pueblo, preanuncia la restauración y redención que Dios va a obrar. A los beneficiarios de ella los llama el “resto”. Con este “resto” creará Dios un pueblo nuevo.

Al final de su libro Sofonías vislumbra algunas luces de esperanza: el rey Josías se presenta como un gran reformador y Asiria parece aflojar por el momento su cerco. Es la ocasión para anunciar días mejores para Jerusalén e invitar a la alegría a través de una gran fiesta en la que todo serán danzas, alegría y regocijo.

Israel rebosa gozo porque el Señor ha cancelado todas sus deudas o el castigo de sus pecados (la cautividad). El Señor establece su trono en Sión. Con Rey tan poderoso y Padre tan misericordioso nada tiene que temer nunca más (v.14-15). Ahora ya no es Israel el que se goza en el Señor; es el mismo Señor quien se goza con su nuevo pueblo. Es como el “esposo” que se goza en la “esposa”. Muchas veces en los profetas la “Alianza” es presentada como “Desposorio”: “Yahvé, tu Dios, está en medio de ti; exulta de gozo por ti y se complace en ti; te ama y se alegra con júbilo; hace fiesta por ti” (v.16-17).

Los textos de la liturgia de hoy nos invitan a la alegría. Ese es el modo de esperar al Señor: la auténtica alegría del pueblo de Dios es Cristo, el Mesías largo tiempo esperado. A los filipenses Pablo les recomienda: “Alegraos siempre en el señor. Otra vez os digo, alegraos”.

El pasaje de Lucas nos habla del testimonio de Juan Bautista, el precursor. Su predicación impresiona al pueblo, la gente se acerca para preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” (v.10), es una prueba de que han comprendido el mensaje, perciben que el bautismo de Juan exige un comportamiento. La respuesta llega enseguida: compartan lo que tengan: vestido, comida, etc. (vv. 10-11).

No se pregunta lo que hay que pensar, ni siquiera lo que hay que creer. El Evangelio pretende que el oyente de la Palabra de Dios se convierta, es decir, que su conducta y su comportamiento estén de acuerdo con la justicia que exige el Reino. La buena noticia entraña una exigencia nítida: los que tienen bienes o poder deben compartirlos con los que no tienen nada o son más débiles. Gracias a esta conversión, los pobres y menesterosos son iguales a los otros. En realidad, los pobres no preguntan, sino que están en “expectación”. El “¿qué debemos hacer?” lo deberían preguntar quienes tienen el dinero, la cultura, el poder… porque la exigencia básica, según la Biblia, es compartir.

La conversión es un cambio de conducta más que un cambio de ideas; es la transformación de una situación vieja en una situación nueva. Convertirse es actuar de manera evangélica. El evangelio nos invita a una “conversión al futuro” que se despliega en el Reino. No es mirar y volverse atrás. El futuro (que es Dios y su reinado) es la meta de la llamada a la conversión.

La tentación para no convertirse es quedarse en una búsqueda permanente o contentarse con preguntar sin escuchar respuestas verdaderas. Según el Bautista, la conversión exige “aventar la parva” (saber seleccionar o elegir), “reunir el trigo” (ir a lo más importante y no quedarse en las ramas) y “quemar la paja” (echar por la borda lo inservible o lo que nos inmoviliza); acoger la Buena Nueva de la venida del Señor requiere esa conversión. Con nuestros gestos discernimos lo que nos acerca de aquello que nos aleja de la llegada del Señor. Este día Dios discernirá entre el trigo y la paja que haya en nuestra conducta.

Este domingo se denominó tradicionalmente domingo “gaudete”, o de alegría. Por dos veces nos dice Pablo que estemos alegres, alegres por la venida del Señor, por la celebración próxima de la Navidad, por mantener la esperanza, por situarnos en proceso de conversión y por compartir con los hermanos la cena del Señor.

En la Biblia, la alegría acompaña todo cumplimiento de las promesas de Dios. Esta vez el gozo será particularmente profundo: “El Señor está cerca” (Flp 4,5). Toda petición a Dios debe estar apoyada en la acción de gracias (v. 6). La práctica de la justicia y la vivencia de la alegría nos llevarán a la paz auténtica, al Shalom (vida, integridad) de Dios.

¿Qué debemos hacer? Es la pregunta que muchos nos podemos formular hoy. La respuesta de Juan Bautista no es teoría vacía. Es a través de gestos y acciones concretas de justicia, respeto, solidaridad, y coherencia cristiana, como demostramos nuestra voluntad de paz, vamos construyendo un tejido social más digno de hijos de Dios, vamos conquistando los cambios radicales y profundos que nuestra vida y nuestra sociedad necesitan. Pero para eso, es necesario purificar el corazón, dejarnos invadir por el Espíritu de Dios, liberarnos de las ataduras del egoísmo y el acomodamiento, no temer al cambio y disponernos con alegría, con esperanza y entusiasmo a contribuir en la construcción de un futuro no remoto más humano, que sea verdadera expresión del Reino de Dios que Jesús nos trae, y así poder exclamar con alegría: ¡venga a nosotros tu Reino, Señor! Leer más…

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Dom 16.12.18. La Revolución de Juan, con Hacienda y Ejército

domingo, 16 de diciembre de 2018
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48387526_1132589700251554_5584464749120192512_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 3 Adviento. Ciclo C. Lucas 3, 10-18. Fue una revolución de túnicas compartidas, como «chalecos» de carretera: ¡quien tenga dos que dé una! Una revolución que debía empezar uno a uno, hombre a hombre, con ollas de comida para todos… abriéndose después al Ministerio de Hacienda (publicanos) y al Ejército (soldados), una inversión económico-militar de la humanidad, a partir de las mujeres, que preparan las túnicas y realizan el servicio de las ollas compartidas.

Por iniciar esa revolución mataron a Juan Bautista: Fue ajusticiado porque su misma pobreza radical, se expresó como protesta radical, contra la acumulación de algunos (los privilegiados de Hacienda) y contra la prepotencia de otros (soldados), unida a su anuncio de juicio contra un mundo injusto. Pero su vida y mensaje fue recreado de diversas formas, y de un modo especial en los evangelios cristianos, en perspectiva de Adviento, es decir, de preparación de la venida del Cristo.

En esa línea se sitúa la interpretación del Evangelio de Lucas que toma a Juan Bautista como un «revolucionario de dentro» (en línea de hogar universal, de mujer de túnicas y panes) , que transforma el orden económico invirtiendo una economía al servicio de la Hacienda de algunos y del ejército de los prepotentes que viven de chantajear y oprimir a los otros. .

Lucas ha reinterpretado de esa forma el mensaje escatológico de Juan Bautista en una línea de revolución moral, de tipo económico, empezando por todos, y siguiendo por el «ministerio de hacienda» (publicanos) y por el ejército (soldados).El Adviento de Jesús se identifica según eso con la revolución del Bautista.

48239693_1132596920250832_1430109648689561600_nCiertamente, Juan sigue apareciendo como profeta que anuncia la gran amenazada del fin de este sistema: ¡ya está cayendo el hacha contra la raíz del árbol…! (cf. Lc 3, 7-9 en una línea de inversión económica, comparable a Magníficat (Lc 1, 45-56), pero en este nuevo contexto el Evangelio de Ludas (de este dominto 3º de Adviento) ha interpretado esa amenaza escatológica en forma mensaje de “organización ética del mundo”, de manera que todos (empezando por la Hacienda y el Ejército) se pongan al servicio de una Humanidad que se define en forma de túnicas y panes compartidos.

Este evangelio presenta así a Juan como profeta cristianizado (o, quizá mejor) universa-lizado, en la línea de una moral judeo-helenista (90-100 d.C.)que buscaba la reconciliación de la humanidad, empezando por la Hacienda y el Ejército.

Juan Bautista emerge así como predicador de un Adviento universal, maestro sabio, promotor de un orden mundial de revolución económica y de sabiduría,, como querían muchos muchos judeo-helenistas y pensadores griegos de su tiempo, que pregonan un tipo de sabiduría social para todos los hombres.

48368018_1132590516918139_4303570785508786176_nLa Gran Revolución (¡está cayendo el hacha de la justicia…!) se expresa en la pequeña revolución de cada día, abierta a cada uno de los hombres y mujeres, pero expresada de un modo especial en «publicanos» (funcionarios de Hacienda) y el soldados (representantes del Imperio). Cristianizar la Hacienda (economía mundial), humanizar el Ejército (al servicio de la paz, que es el bien común). Éste es el Adviento de Juan Bautista.
Buen domingo a todos.

Texto: Lucas 3, 10-18 ¿Qué hacemos nosotros?

(Revolución de todos).En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan: «¿Entonces, qué hacemos?» Él contestó: «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

(Revolución de Hacienda).Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron: «Maestro, ¿qué hacemos nosotros?» Él les contestó: «No exijáis más de lo establecido.»

(Revolución del Ejército). Unos militares le preguntaron: «¿Qué hacemos nosotros?»Él les contestó: «No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.»

(Adviento).El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizara con Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.»

Explicación en tres tiempos.

‒ Economía universal. 
“La gente le preguntaba: – ¿Qué tenemos que hacer? Y les contestaba: Quien tenga dos túnicas, que le dé una al que no tiene ninguna, y el que tenga comida que haga lo mismo” (Lc 3, 10-11).

Comida y vestido no ha de ser objeto de compra-venta, sino de comunicación y así deben compartirse. Quien atesore dos túnicas (casas, comida, monedas…), mientras otros no tienen ninguna, destruye el principio central de la justicia.

Éste es, según Lucas, el sentido profundo de la moral económica de Juan Bautista, que se dirige a todos los hombres, judíos y gentiles, no sólo a sacerdotes o gobernantes judíos más o menos “ortodoxos”, superando un orden monetario de la compra-venta, que esclaviza a los pobres, y optando por la comunicación directa de los bienes. De esa forma, los signos básicos de su vida (vestido, comida) han de convertirse en medio de comunión universal, en línea de gratuidad, no de compraventa. Conforme a este mensaje, lo que importa no es creer en Juan Bautista (o en Jesús), ni de aceptar unos dogmas o caminos religiosos especiales… La única verdad moral consiste en compartir la vida, en contra de un sistema capitalista que amontona dinero (Mammón) mientras sigue habiendo muchos que no tienen comida o vestido.

‒ Economía de administradores. Ministerio de Hacienda.

“Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: Maestro, ¿qué tenemos que hacer? Él les respondió: No exijáis nada fuera de lo establecido” (diatetagmenon) (3, 12-13).

Dando por sabido el nivel anterior, donde las cosas se comparten directamente entre todos, Juan supone que hay un orden (sistema) de economía que administra el dinero público, y en el que existen oficiales (funcionarios), que regulan los impuestos y tasas del Estado. Según eso, este Juan ya no anuncia el fin de este tipo de Estado (como hacía el Juan histórico), sino que lo acepta y quiere reformarlo. En esa línea, Juan pide a los funciona-rio de ese Estado que se encuentra regulado por funcionarios, que no cobren más, ni utilicen su poder económico al servicio propio.

Este Juan de Lucas debe saber, sin duda, que puede haber normas injustas, que debe-rían cambiarse, y además mantiene firme (también sin duda alguna), el principio anterior de compartir con los demás lo que cada uno tiene. Pues bien, sobre ese principio, como buen ciudadano de un imperio, él conoce la existencia de “publicanos”, entendidos de un modo general como “oficiales” de impuestos, y (en contra de lo que dirá el Apocalipsis), piensa que en principio los gestores de ese dinero pueden cumplir un buen servicio (¡y así no los demoniza!), aunque manteniendo el principio anterior (dar lo que sobra a los necesitados), pidiéndoles sólo que no exijan más de lo estipulado. Leer más…

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Una buena noticia bastante extraña. Domingo 3º Adviento. Ciclo C.

domingo, 16 de diciembre de 2018
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armario de ropaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«El que tenga dos túnicas, que las reparta con quien no tiene»

Los textos del domingo pasado dejaban claro el tono alegre del Adviento. Y los de este domingo lo acentúan todavía más. “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén”, comienza la 1ª lectura. Su eco lo recoge el Salmo: “Gritad jubilosos, habitantes de Sión: Qué grande es en medio de ti el Santo de Israel”. La carta a los Filipenses mantiene la misma tónica: “Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres.” Y el evangelio termina hablando de la Buena Noticia; y las buenas noticias siempre producen alegría.

Alegría de Jerusalén y alegría de Dios (Sofonías 3,14-18)

Este breve texto, probablemente del siglo V a.C., aborda dos problemas políticos, con un final religioso. Jerusalén ha sufrido la deportación a Babilonia, el rey y la dinastía de David han desaparecido, los persas son los nuevos dominadores. No tiene libertad ni rey. El profeta anuncia un cambio total: el Señor expulsa a los enemigos y será el rey de Israel. Pero lo más sorprendente es el motivo por el que se produce este gran cambio: «el Señor se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta». Cuando se recuerda la historia del pueblo de Israel, que los profetas consideran una historia de pecado, asombra que Dios pueda gozarse y complacerse en él. Es el misterio del amor de Dios. Estas palabras finales se adaptan perfectamente al espíritu del Adviento. La Iglesia, y cada uno de nosotros, debe aplicárselas.

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos. El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás. Aquel día dirán de Jerusalén: «No temas, Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta.»

Alegría, mesura y oración (Filipenses 4,4-7)

Pablo escribe a su comunidad más querida, pero en la que no faltan problemas, de fuera y de dentro. En la parte final de la carta, tres cosas le aconseja: alegría, mesura y oración.

Hermanos: Estad siempre alegres en el Señor; os repito, estad siempre alegres. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca. Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que sobre pasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Alegría, confiando en la pronta vuelta del Señor. Al principio de su actividad misionera, Pablo estaba convencido de que Cristo volvería pronto. Lo mismo esperaban la mayoría de los cristianos a mediados del siglo I. Aunque esto no se realizó, las palabras “El Señor está cerca” son verdad: no en sentido temporal, sino como realidad profunda en la Iglesia y en cada uno de nosotros.

Mesura. En el contexto navideño, cabe la tentación de interpretar la mesura como una advertencia contra el consumismo. Sin embargo, el adjetivo que usa Pablo (evpieike.j) tiene un sentido distinto. Se refiere a la bondad, amabilidad, mansedumbre en el trato humano, que debe ser semejante a la forma amable y bondadosa en que Dios nos trata.

Oración. En pocas palabras, Pablo traza un gran programa a los Filipenses. Una oración continua, “en toda ocasión”; una oración que es súplica pero también acción de gracias; una oración que no se avergüenza de pedir al Señor a propósito de todo lo que nos agobia o interesa.

La Lotería de Navidad, las elecciones y Juan Bautista

Quedan pocos días para la Lotería de Navidad. La buena noticia es que toque, terminar teniendo más de lo que tenemos. En cambio, Juan anima a compartir lo que tenemos, a terminar teniendo menos. «El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.»

En vísperas de elecciones, el candidato “bueno” es el que anuncia mejoras salariales, reducción de impuestos, estado de bienestar. ¿Qué candidato se atreve a exigir a los distintos colectivos más honradez y responsabilidad en el cumplimiento de sus obligaciones y a no pedir mejoras salariales? En cambio, Juan Bautista exige a los recaudadores de impuestos no exigir más de lo establecido y a los militares no extorsionar a nadie y contentarse con su paga.

Quien imagine que Juan va a perder las elecciones con ese programa, se equivoca. Al contrario, la gente se pregunta si no será el candidato ideal, el Mesías. Pero él lo niega. En esta campaña electoral, él se limita a pegar carteles, a bautizar con agua. El verdadero candidato, el Mesías, vendrá después y pondrá en práctica esa profunda reforma que anhela el pueblo: desaparición de los romanos y de los judíos perversos que los apoyan, libertad y bienestar para el pueblo oprimido. En el lenguaje duramente poético de Juan, Judá es una era, y el Mesías vendrá a separar la paja del grano, a guardar el grano y quemar la paja.

¿Es esto una buena noticia? Indudablemente. Así lo interpreta el pueblo. No importa si le exigen renuncias y compromisos, porque también le ofrecen un futuro esperanzador.

            Mateo y Marcos, cuando presentan a Juan Bautista exhortando a convertirse no concretan qué implica eso en la práctica. Lucas aterriza en cosas muy concretas: compartir el vestido y la comida (hoy añadiríamos, el dinero), honradez y responsabilidad en nuestras tareas como ciudadanos. Es la mejor forma de vivir el Adviento.

En aquel tiempo la gente preguntaba a Juan:

− ¿Entonces qué hacemos?

Él contestó:

− El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo.

Vinieron también a bautizarse unos publicanos y le preguntaron:

− ¿Maestro, qué hacemos nosotros?

Él les contestó:

− No exijáis más de lo establecido.

Unos militares le preguntaron:

− ¿Qué hacemos nosotros?

Él les contestó:

− No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie, sino contentaos con la paga.

El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dejo a todos:

− Yo os bautizo con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego; tiene en la mano el bieldo para aventar su parva y reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la Buena Noticia.

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16 de Diciembre de 2018. Tercer Domingo de Adviento. Ciclo C.

domingo, 16 de diciembre de 2018
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“¿Qué hacemos nosotros?”

(Lc 3, 10-18)

El tercer domingo de adviento siempre nos repite lo mismo, como Pablo en la carta a los Filipenses: ¡Alegraos!

La primera lectura de la Eucaristía nos regala una de las imágenes más bellas de Dios. El profeta Sofonías nos muestra a un Dios radiante de alegría, en algunas traducciones dice que saltando y danzando en medio de su pueblo como en los días de fiesta.

Y un Dios así de contento ¿qué nos dice? ¡Que nos alegremos! Algo así como: “vosotros, cada uno de vosotros, sois mi alegría y yo puedo ser la vuestra, ¡Alegraos conmigo!”

Por eso la invitación del adviento es la alegría. Dios ha decidido venir a habitar en medio de nosotros, porque es aquí, entre nosotras, siendo uno de los nuestros como quiere danzar y saltar de alegría.

Sin embargo, a simple vista, el evangelio que nos presenta la Iglesia en este domingo no parece que hable de alegría… Nos encontramos de nuevo con Juan Bautista. A él acuden distintos tipos de gentes y todos con la misma pregunta: “¿qué hacemos?” Y Juan tiene una respuesta para cada uno.

Con otras palabras les va invitando a compartir, a obrar con justicia, a no abusar de la autoridad, ni dejarse llevar por la codicia. Todo esto, ¿para qué? Precisamente para poder ser felices, para poder vivir con alegría la Buena Noticia.

Juan Bautista anuncia la venida del Mesías, del ungido de Dios, de Dios mismo y a Dios se le encuentra en el compartir, en la justicia, en la sencillez. No con estas palabras pero Juan les está diciendo: ¡alegraos!, y para que puedan alegrarse de verdad les dice lo que tienen que hacer.

Muy bien, y nosotros, ¿qué hacemos? Es una buena pregunta. ¿Qué podemos hacer para vivir con alegría? ¿Te atreves a preguntarle a Dios qué debes hacer para ser feliz?

Oración

¡Alegraos! es la invitación, aceptarla y cómo aceptarla depende de cada uno.

¡Alegraos! tanto como Dios se alegra con nosotros.

¡Alegraos! para que la Buena Noticia sea creíble.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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No tenemos que ‘hacer’ sino SER.

domingo, 16 de diciembre de 2018
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personalidad-25224_298x226Lc 3, 10-18

La primera palabra de la liturgia de este domingo, la antífona de entrada tomada de la segunda lectura, es una invitación a la alegría. Claro que esa alegría no se debe a que llegan el turrón y los regalos, sino a que Dios es Emmanuel. Esa alegría, en el AT, está basada siempre en la salvación que va a llegar. Hoy estamos en condiciones de dar un paso más y descubrir que la salvación ha llegado ya porque Dios no tiene que venir de ninguna parte y con su presencia en cada uno de nosotros, nos ha comunicado todo lo que Él mismo es. No tenemos que estar alegres ‘porque Dios está cerca’, sino porque Dios está ya en nosotros.

La alegría es como el agua de una fuente, la vemos solo cuando aparece en la superficie, pero antes, ha recorrido un largo camino que nadie puede conocer, a través de las entrañas de la tierra. La alegría no es un objetivo a conseguir directamente. Es más bien la consecuencia de un estado de ánimo que se alcanza después de un proceso. Ese proceso empieza por el conocimiento, es decir una toma de conciencia de mi verdadero ser. Si descubro que Dios forma parte de mi ser, encontraré la absoluta felicidad dentro de mí.

¿Qué tenemos que hacer? Las respuestas a estas preguntas manifiesta muy bien la diferencia entre la predicación de Jesús y la de Juan. El Dios del AT era un Dios moral preocupado por el cumplimiento de su voluntad expresada en la Ley. El Bautista sigue en esa dirección, porque se creía que la salvación que esperaban de Dios iba a depender de su conducta. Esta era también la actitud de los fariseos, por eso su escrupulosidad a la hora de cumplir la Ley. Es curioso que los seguidores de Jesús, todos judíos, se encontraran más a gusto con la predicación de Juan que con la suya. Esto queda muy claro en los evangelios.

Por esa misma razón los primeros cristianos, que seguían siendo judíos, cayeron en seguida en una visión del evangelio moralizante. Jesús no predicó ninguna norma moral. Es más, se atrevió a relativizar la Ley de una manera insólita. El hecho de que permanezcan en el evangelio frases como: “las prostitutas os llevan la delantera en el Reino” indica claramente que para Jesús había algo más importante que el cumplimiento escrupuloso de la Ley. S. Agustín en una de sus genialidades (esta vez para bien) lo expresó con rotundidad: “ama y haz lo que quieras”. No hay un resumen mejor del mensaje de Jesús.

Sin embargo, hay una sutil diferencia con la doctrina anterior. Todas las propuestas que hace Juan van encaminadas a mejorar las relaciones con los demás. Se percibe una mayor preocupación por hacer más humanas esas relaciones, superando  todo egoísmo. Está claro que el objetivo no es escapar a la ira de Dios sino imitarle en la actitud de entrega a los demás. El evangelio nos dice una y otra vez, que la aceptación por parte de Dios es el punto de partida, no la meta. Seguir esperando la salvación de Dios es la mejor prueba de que no la hemos descubierto dentro y seguimos anhelando que nos llegue de fuera. La pena es que seguimos esperando, que venga a nosotros, lo que ya tenemos en plenitud.

El pueblo estaba en expectación. Una bonita manera de indicar la ansiedad de que alguien les saque de su situación angustiosa. Todos esperaban al ansiado Mesías y la pregunta que se hacen tiene pleno sentido. ¿No será Juan el Mesías? Muchos así lo creyeron, no solo cuando predicaba, sino también mucho después de su muerte. La necesidad que tiene de explicar que él no es el Mesías no es más que el reflejo de la preocupación de los evangelistas por poner al Bautista en su sitio; es decir, detrás de Jesús. Para ellos no hay discusión posible. Jesús es el Mesías. Juan es solo el precursor.

La seguridad de tener a Dios en mí, no depende de mis acciones u omisiones. Es anterior a mi propia existencia y ni siquiera depende de Él pues no puede no darse. No tener esto claro nos hunde en la angustia y terminamos creyendo que solo puede ser feliz el perfecto, porque solo él tiene asegurado el amor de Dios. Con esta actitud estamos haciendo un dios a nuestra imagen y semejanza; estamos proyectando sobre Dios nuestra manera de proceder y nos alejamos de las enseñanzas del evangelio que nos dice exactamente lo contrario.

Pero ¡ojo! Dios no forma parte de mi ser para ponerse al servicio de mi contingencia, sino para arrastrar todo lo que soy a la trascendencia. La vida espiritual no puede consistir en poner el poder de Dios a favor de nuestro falso ser, sino en dejarnos invadir por el ser de Dios y que él nos arrastre hacia lo absoluto. La dinámica de nuestra religiosidad actual es absurda. Estamos dispuestos a hacer todos los “sacrificios” y “renuncias” que un falso dios nos exige, con tal de que después cumpla él los deseos de nuestro falso yo.

La verdad es que no hemos aceptado la encarnación ni en Jesús ni en nosotros. No nos interesa para nada el “Emmanuel” (Dios-con-nosotros), sino que Jesús sea Dios y que él, con su poder, potencie nuestro ego. Lo que nos dice la encarnación es que no hay nada que cambiar, Dios está ya en mí y esa realidad es lo más grande que puedo esperar. Ésta tenía que ser la causa de nuestra alegría. Lo tengo ya todo. No tengo que alcanzar nada. No tengo que cambiar nada de mi verdadero ser. Tengo que descubrirlo y vivirlo. Mi falso ser se iría desvaneciendo y mi manera de actuar cambiaría. En Jesús lo hemos visto claro.

La salvación no está en satisfacer los deseos de nuestro falso ser. Satisfacer las exigencias de los sentidos, los apetitos o las pasiones nos proporcionará placer, pero eso nada tiene que ver con la felicidad. En cuanto deje de dar al cuerpo lo que me pide, responderá con dolor y nos hundirá en la miseria. Removemos Roma con Santiago para que Dios no tenga más remedio que darnos la salvación que le pedimos. Incluso hemos puesto precio a esa salvación: si haces esto y dejas de hacer lo otro, tienes asegurada la salvación que deseas.

El conocimiento de Dios, del que hablamos, no es racional ni discursivo, sino vivencial y de experiencia. Es la mayor dificultad que encontramos en nuestro camino hacia la plenitud. Nuestra estructura mental cartesiana nos impide valorar otro modo de conocer. Estamos aprisionados en la racionalidad, que se ha alzado con el santo y la limosna, y nos impide llegar al verdadero conocimiento de nosotros mismos. Permanecemos engañados creyendo que somos lo que no somos, pidiendo a Dios que potencie nuestro falso ser.

La alegría de la que habla la liturgia de hoy, no tiene nada que ver con la ausencia de problemas o con el placer que me puede dar la satisfacción de los sentidos. La alegría no es lo contrario al dolor o a nuestras limitaciones, que nos molestan. Las bienaventuranzas lo dejan muy claro. Si fundamento mi alegría en que todo me salga a pedir de boca, estoy entrando en un callejón sin salida. Mi parte caduca y contingente termina fallando siempre. Si me empeño en apoyarme en esa parte de mi ser, el fracaso está asegurado.

La respuesta que debo dar a la pregunta: ¿qué debemos hacer?, es simple: Compartir. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Tengo que adivinarlo yo. Ni siquiera la respuesta de Juan nos puede tranquilizar, pues en la realización de una serie de obras puede entrar en juego la programación. No se trata de hacer o dejar de hacer sino de fortalecer una actitud que me lleve en cada momento a responder a la necesidad concreta del otro que me necesita. Se trata de que desde el centro de mi ser fluya humanidad en todas las direcciones.

Meditación

No preguntes a nadie lo que tienes que hacer.
Descubre tu verdadero ser y encontrarás sus exigencias.
Tu meta tiene que ser desplegar lo que ya eres.
Solo podrás desplegar tu verdadero ser
si tus relaciones con los demás son cada día más humanas.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Y nosotros, ¿qué debemos hacer?

domingo, 16 de diciembre de 2018
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3-avent-c-1lecbis“El maestro zen Shunryu Suzuki comentó a un discípulo: ¡Eres perfecto tal como eres. Y… todavía queda espacio para mejorar!” (Jack Kornfiel)

16 de noviembre. Domingo III de Adviento “Gaudete”

Lc 3, 10-18

También los soldados le preguntaban: Y nosotros, ¿Qué debemos hacer?

Intrépidos interpelantes todos ellos, y sobre cuyas cabezas, podría cumplirse aquello de San Juan: “Las estrellas cayeron del cielo a la tierra, como suelta los higos una higuera sacudida por el huracán” (Ap 6, 13). Huracán para recaudadores y soldados, en lo que Jesús les demandaba.

No eran conscientes de lo que Viktor Frankl les proponía en esta terapéutica propuesta: “la certeza de que lo que sana al ser humano es encontrar una causa por la cual y para la cual vivir” Lo que necesitamos, decía: “es un cambio radical en nuestra actitud frente a la vida. Tenemos que aprender por nosotros mismos y, después, enseñar a los desesperados, que en realidad no importa que no esperemos nada de la vida sino si la vida espera algo de nosotros. Tenemos que dejar de hacernos preguntas sobre el significado de la vida y, en lugar de ello, pensar en nosotros como seres a los que la vida interpela continua e incesantemente.

Incapaces de vivir una olímpica serenidad, huían de su mala fortuna, caminando por el País de Dios de tropiezo en tropiezo contra sí mismos, como si fueran ciegos. Ignorantes de lo que debían hacer -y como muchos de ellos, yo también les hacía compañía-, aparte de ciegos eran tácitos y no se daban cuenta que cuando no hay comunicación entre los seres, todo permanece mudo. En su Reino imperaba el cumplimiento sonoro del Principio silencioso.

La higuera, asustada por aquel violento tornado, dejó de soltar higos.

Los higos de su personal higuera comenzaron a soltarse y, en lugar de servirles de alimento, los devoró la tierra. A los higos y a ellos. ¡¡Triste historia!!

Visto esto, ¿volverán a preguntar los recaudadores, los soldados, la gente, lo que deben hacer? Quizás piensen antes y tengan muy en consideración el valor de su cabeza en el mercado.

Quizás la pregunta que yo me atrevo a formular debiera de ser ésta: ¿Es que tampoco sabe Dios lo que tiene que hacer? Y la respuesta a dicha interrogación, también quizás debiera de ser ésta: ¿Por qué no tiene Dios un dios? ¿O es que Él sólo es un Dios de dioses?

Jack Kornfiel dijo en La sabiduría del corazón: “El maestro zen Shunryu Suzuki comentó a un discípulo: ¡Eres perfecto tal como eres. Y… todavía queda espacio para mejorar!”

Para mejorarnos, mejorar a los demás y mejorar el mundo, sabiendo con certeza lo que, como cristianos de fe firme, hacemos y buscamos.

¿Se unirá Dios a nuestra búsqueda? Jesús lo buscó siempre: También los soldados le preguntaban: Y nosotros, ¿Qué debemos hacer? (Mt 3, 14). Aunque fuera él quien, con interés y júbilo, debiera formularla. Es el domingo Gaudete de Adviento. Domingo de alegría y esperanza.

Y de esta manera y gozo te cantó Rubén Darío en Poemas del alma.

¡ALELUYA!

Rosas rosadas y blancas, ramas verdes,
corolas frescas y frescos
ramos, Alegría!
Nidos en los tibios árboles,
huevos en los tibios nidos,
dulzura, Alegría!
El beso de esa muchacha
rubia, y el de esa morena,
y el de esa negra, Alegría!
Y el vientre de esa pequeña
de quince años, y sus brazos
armoniosos, Alegría!
Y el aliento de la selva virgen,
y el de las vírgenes hembras,
y las dulces rimas de la Aurora,
Alegría, Alegría, Alegría!

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Quién nos dice lo que tenemos que hacer? ¿Qué cantos de sirenas oímos dentro y fuera de nosotr@s?

domingo, 16 de diciembre de 2018
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descargaLc 3, 10-18.

Domingo III de Adviento, 16 de diciembre de 2018.

En tiempos de Juan el Bautista, muchas personas habían perdido la esperanza. Creían que no podían salvarse porque no cumplían la ley a rajatabla. No podía librarse de la tiranía de los romanos porque eran un pequeño pueblo frente a un imperio. ¿Qué podían hacer?

Juan les reaviva la esperanza, pero el pueblo quiere que les muestre el camino para que sea posible ese cambio profundo que les anuncia. Por eso, es tan oportuna la pregunta que le formulan: ¿Qué debemos hacer?

En primer lugar, dice Juan, compartir con quien no tiene. En tiempos del Bautista y ahora. Él iba vestido con la piel de un animal y en su escudilla había unos cuantos saltamontes como menú. Su vida y su predicación eran coherentes. La coherencia facilita el cambio social.

A los publicanos los coloca en su sitio. Una cosa es cobrar los impuestos legales y otra abusar como lo hacían, para enriquecerse ellos. Había padres de familia que se vendían como esclavos para pagar los impuestos. Los publicanos colaboraban con los romanos a cambio de grandes beneficios.

Hoy, mientras los bancos y las multinacionales sigan aumentando sus beneficios a este ritmo, a costa de recortes sociales, desahucios inhumanos, peligros para la salud, etc. no habrá cambio social. A los sumo, “maquillaje de la situación” en medio de escandalosas desigualdades sociales. Cubrimos con “vendas de Cáritas” las heridas que provoca la injusticia social cada día.

Los soldados no querían ser destinados a Israel, preferían trabajar en Roma o en otros países dominados por el imperio. Los historiadores de la época han dejado constancia de que Roma hacía la vista gorda con los atropellos que cometían. Se divertían pisando los derechos humanos. El trato que dieron a Jesús en la pasión es una buena prueba de ello.

Dos mil años después, sigue habiendo extorsiones, falsas denuncias y abuso de poder en quienes deberían usar la fuerza para defender los derechos humanos, sin discriminación. Además, se están extendiendo grupos políticos que ofrecen una “filosofía de la violencia” para hacernos creer que hay que levantar unas fronteras que Dios no ha puesto. Nos recuerdan que tenemos derechos por ser blancos, europeos y burgueses y que ejercer esos derechos pasa por negar los de otros ciudadanos del mundo. Me pregunto ¿irán a Misa a dar gracias a Dios, porque han sido elegidos para ser su vox en la sociedad?

Hay que señalar también a esos sectores de Iglesia que pretenden indicarnos lo que tenemos que hacer, a cambio de que les entreguemos nuestra conciencia. Ellos la gestionarán. Saben cuántos hijos hay que tener y cuál es el comportamiento correcto en todo momento. Perdonan errores y pecados y agradecen generosas limosnas. No hace falta jugar a las adivinanzas para saber de qué sectores hablamos.

Nuestro ego, con sus altibajos, miedos y trampas también nos indica el camino: ¡haz lo que te dé la gana! Pero esa gana es insaciable y nos convierte en personas con “obesidad mórbida de ego”… y luego es muy difícil perder peso.

Juan reavivó la esperanza. Hoy, tú y yo, estamos llamad@s a reavivarla. ¿Cuáles son las fuentes de esperanza en las que bebemos cada día?

¿Quién nos ha dicho, a lo largo de 2018, lo que tenemos que hacer? ¿Qué espacios y tiempos nos han ayudado a conectar con el Maestro y la voz de la conciencia? ¿Qué personas y grupos, con sus cantos de sirenas, nos han querido embaucar en proyectos y actitudes que no son los de Jesús de Nazaret y su causa? ¿Quiénes nos han ayudado a discernir, para vivir un proceso continuo de conversión y generar un cambio social? ¿Qué podemos mejorar o transformar en la comunidad cristiana?

Acabamos con las palabras de Juan Bautista: ¡Que en 2019 seamos bautizad@s con Espíritu Santo y fuego!

Marifé Ramos González

Fuente Fe Adulta

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La vida, lo realmente real.

domingo, 16 de diciembre de 2018
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superación-personalDomingo III de Adviento, 16 de diciembre de 2018.

Lc 3, 10-18

El texto reúne dos bloques temáticos: por un lado, unos principios éticos; por otro, el interés del evangelista por subrayar la superioridad de la figura de Jesús sobre la de Juan.

Ambos surgen como consecuencia de la llamada a la conversión por parte del Bautista que, en sus oyentes, se convierte en una doble pregunta de gran relevancia para ellos: sobre el propio comportamiento (“¿qué hacemos?”) y sobre la espera mesiánica. En cualquier caso, el evangelista señala, como conclusión, que Juan es ya –como será Jesús– anunciador de la “Buena Noticia”.

El comportamiento ético que proclama el Bautista, en línea con los principios morales de la Torá, gira en torno a la compasión. Y tiene, como trasfondo, la llamada “regla de oro” que pide tratar al otro como uno mismo quisiera ser tratado. Por lo que se refiere a la cuestión mesiánica, Lucas recurre a varias imágenes –el que “puede más que yo”, al que “no merezco desatarle la correa de las sandalias”, el que “bautiza con Espíritu Santo y fuego”– para evitar cualquier confusión y señalar a Jesús como el auténtico Mesías esperado.

Entre líneas, no parece difícil percibir las discusiones que, durante décadas, habrían de mantener los discípulos de ambos maestros, Juan y Jesús, reclamando para cada uno de ellos el título mesiánico.

El texto presenta a Jesús como aquel que “bautiza con Espíritu Santo y fuego” que, en el lenguaje teísta, significa comunicar la vida divina. El “bautismo con agua” que hace el Bautista es solo un signo externo de una voluntad de renacimiento interior; el bautismo con Espíritu es el que desvela nuestra verdadera identidad conduciéndonos a la comprensión de lo que realmente somos.

Dios –la vida divina– no es algo separado, aunque nuestra mente tienda a verlo de ese modo, sino la misma y única Vida en plenitud, que constituye el fondo, la fuente, el núcleo y la “sustancia” última de todo lo real. La Vida es lo único realmente real; todas las formas que percibimos –nosotros mismos incluidos– no son sino “modos” como la propia Vida se despliega y expresa.

Tanto la “Buena Noticia” como el “bautismo en el Espíritu” no son otra cosa que la comprensión de lo que somos en profundidad. Comprensión que nos libera de la confusión y del sufrimiento que surge como consecuencia de tomarnos por lo que no somos –el yo separado– olvidando lo que realmente somos –la Vida, Consciencia o Presencia consciente–.

¿Vivo en el día a día desde la comprensión de lo que somos?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Vivid alegres y en paz.

domingo, 16 de diciembre de 2018
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420A9AF1-17DA-47F0-A417-C99BC20F8449Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. VIVID SERENAMENTE: ACTITUD INICIAL EN LA VIDA.

En el cristianismo se nos han colado actitudes y posiciones muy poco cristianas. Casi todo es pecado y un pecado que genera miedo y angustia, remordimiento,condenación.

Karl Barth escribía:

Hay entre los cristianos demasiadas caras llenas de amargura. No tienes motivo alguno ni te hace ningún bien, poner esa cara. Eres obra de Dios. Él te creó como eres y te colmó de bienes. Tu tarea ahora, consiste sencillamente en ser tal y como fuiste creado y agraciado por Él y, al serlo, no dejes de cantar la alabanza a Dios, aun cuando no tengas una voz imponente, ni dejes de vivir en la alegría que te han regalado, aun cuando sólo puedas hacerla visible de manera muy imperfecta.

Quizás por educación, por una tradición cristiana justiciera y condenatoria, nuestra existencia cristiana puede transcurrir embargada por el miedo y la angustia, más que por la serenidad, la paz, calma y felicidad.

Para muchas personas, la Iglesia no ha sido, ni es fuente de paz y alegría, sino de inquietud, preocupación, cuando no de desasosiego. Solemos decir que en la Iglesia hay malestar, que en castellano significa “estar mal”.

El cristianismo, JesuCristo, es manantial de serenidad, de calma interior, “no perdáis la calma”.

Algunos obispos actuales nos acusan a los que seguimos viviendo de la teología -sobre todo moral- que estudiamos en los años conciliares (Bernard Häring, Marciano Vidal, Jesús M Múgica) de vivir en un “buenismo” y nos acusan de que pensamos que todo fuese bueno, Dios el primero y mejor. ¡Ojalá se nos fuese la mano predicando la bondad de Dios! Nos va a costar “Dios y ayuda” formatear para eliminar la memoria de aquel falso cristianismo tan represivo como condenatorio.
Muchas fuentes de agua viva, mucha bondad tendrá que correr todavía para borrar la condenación, la angustia y miedos que nos metieron en el cuerpo en nuestros años infantiles, adolescentes, jóvenes…

No hay que simplificar las cosas, pero quizás una moral tan condenatoria es también causa de este tono no in-moral, sino a-moral en el que la civilización actual hemos entrado.

Para nosotros resuena también en este adviento y en nuestra vida: vivid en paz, estad serenos, alegres, os lo repito vivid alegres, (S Pablo, 1ª lectura).

+ Bueno será que pensemos si nos sentimos bien en la vida, en paz, en calma o si seguimos temiendo a Dios. Quien no ama, no conoce a Dios, porque Dios es amor. Dios es amor y el que permanece en el amor, permanece en Dios, (1Jn 4,8.16).

+ Tal vez mi psyjé, mi psicología puede estar dañada por el terror religioso, por un miedo infinito al infierno. Es triste que el cristianismo haya hecho tanto daño. Pero pensemos que no porque sienta mucha culpabilidad estoy en pecado ni condenado. Abramos nuestra psicología herida a la bondad de Dios Padre.

02. ALGUNA ACLARACIÓN: ALEGRÍA – PLACER.

Las dos dimensiones la alegría y el placer forman parte de la vida, pero no son lo mismo, ni conviene confundir las dos realidades.

Hay momentos o vivencias de placer, que no son expresión de felicidad, ni generan la más mínima alegría. Y hay situaciones de alegría y felicidad que no son fruto del placer, sino son más bien del esfuerzo, de la tarea bien realizada, de una continencia o de un trabajo, de una ayuda, de un cuidar un enfermo, etc.

Una definición “para andar por casa” de alegría sería: el estado o la situación personal de un cierto equilibrio, serenidad y paz que embarga a la persona y todos sus “estratos” y dimensiones de nuestra vida (y de nuestra muerte) porque están más o menos integradas y puestas en su sitio.

El placer “toca” y proviene de los sentidos, la felicidad o la alegría es algo más profundo y comienzan cuando vivimos una cierta integración sensata de las dimensiones de la vida.

Los humanos somos un haz, una gavilla de dimensiones: somos cuerpo: salud física y psíquica, afectividad, sexualidad, familia, pueblo, inteligencia, cultura, fe y esperanza, sentido de la vida, limitaciones, enfermedades muerte. Me parece a mí que cuando tenemos estas cosas, más o menos, bien integradas, vivimos también, más o menos, serenos y alegres.

Cuando tenemos “despejadas y encajadas” las grandes incógnitas de la vida: el sentido de la vida, nuestra propia persona con nuestras capacidades y limitaciones, el mal-pecado-culpa, la enfermedad, la afectividad, la gracia, la edad, la enfermedad, la muerte, etc., entonces comienza a brotar un estado de ánimo sosegado: estando ya mi casa sosegada. Estando yo sin fuerzas me salvó, (Salmo 114)

En nuestra historia personal también hay un mundo de momentos y cosas que son fuente de alegría: el alimento, la familia, los encuentros, la amistad, amor, la sexualidad, también los recuerdos, la cultura, las fiestas. Todo eso es también fuente de calma y bienestar en la vida.

Los cristianos entendemos todas estas cosas y las vivimos desde el Señor JesuCristo y desde Él, vivimos en paz, en calma. Es un gozo vivir desde Cristo hacia Dios.

+ No siempre se puede estar contento en la vida, pero sí que podemos vivir en serenidad; podemos poner nuestras vidas, nuestros problemas y crisis en el Señor.

+ ¿No te parece que el placer está bien ubicado cuando somos felices?

9EF10551-FA79-483E-A311-5B5F1C159D6903. ¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

Por tres veces le preguntan a Juan Bautista en el evangelio de hoy: ¿QUÉ TENEMOS QUE HACER?

Es la ética, la moral. ¿Qué debemos hacer?

Las respuestas de Juan no son de carácter religioso: tenéis que ir a Misa el domingo, no podéis utilizar anticonceptivos, no comáis carne los viernes, etc. Las respuestas de Juan son de tipo humano:

o si tienes, reparte

o no exijáis más de lo establecido (a los publicanos: cobradores de impuesto para el opresor)

o no hagáis extorsión (militares, gente de poder económico o político, curas, obispos, etc.).

+ Cada cual sabemos dónde estamos, cuáles son nuestras cualidades y nuestras limitaciones

+ ¿Y yo qué tengo y qué puedo hacer en la vida?

+ A veces, por nuestra debilidad física, psíquica o moral, no podremos hacer nada. Cuando ya no nos quedan fuerzas, siempre podremos orar.

04. EL SEÑOR ESTÁ CERCA.

El adviento nos acerca a la Navidad: el Señor está cerca. Pero no se trata de que el Señor vaya a nacer de nuevo.

Cuando Dios está presente en nuestras vidas, como en el pueblo de Israel en el Éxodo o en María, brota la vida, la libertad y la serenidad más íntima.

El cristianismo es una «gran alegría» (Lc 2,10), que celebraremos la noche de Navidad: os anuncio una alegría, que lo es para todo el pueblo.

Acojamos esta memoria de San Pablo

ESTAD SIEMPRE ALEGRES EN EL SEÑOR.

***

 

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“Abrir caminos nuevos”. 2 Adviento – C (Lucas 3,1-6)

domingo, 9 de diciembre de 2018
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02_adv_c-600x400Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permiten acoger a Jesús entre nosotros.

Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: «Preparad el camino del Señor». ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy? ¿Cómo abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?

Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarnos solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.

En medio del «desierto espiritual» de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e, incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.

No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.

La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una nueva fe, no por vía de «adoctrinamiento» o de «aprendizaje teórico», sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con el evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de toda evangelización consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin él no es posible engendrar una fe nueva.

José Antonio Pagola

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“Todos verán la salvación de Dios”. Domingo 9 de diciembre de 2018. 2º de Adviento

domingo, 9 de diciembre de 2018
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02advientoB2cerezoDe Koinonia:

Baruc 5, 1-9: Dios mostrará tu esplendor.
Salmo responsorial: 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 1, 4-6. 8-11:  Que lleguéis al día de Cristo limpios e irreprochables.
Lucas 3, 1-6: Todos verán la salvación de Dios.

El tiempo de adviento es tiempo de esperanza y de apertura al cambio: cambio de vestido y de nombre (Baruc), cambio de camino (Isaías). Cambiar, para que todos puedan ver la salvación de Dios.

En un bello poema Baruc canta con fe jubilosa la hora en que el Eterno va a cumplir las promesas mesiánicas, va a crear la nueva Jerusalén, va a dar su salvación. Jerusalén es presentada como una “Madre” enlutada por sus hijos expatriados. Dios regala a Sión, su esposa, la salvación como manto regio, le ciñe como diadema la “Gloria” del Eterno. La Madre desolada que vio partir a sus hijos, esclavos y encadenados, los va a ver retornar libres y festejados como un rey cuando va a tomar posesión de su trono. Le da un nombre nuevo simbólico: “Paz de Justicia-Gloria de Misericordia”; es decir, Ciudad-Paz por la salvación recibida de Dios. Ciudad-Gloria por el amor misericordioso que le tiene Dios.

Haciéndose eco de los profetas del destierro, Baruc dice una palabra consoladora a un pueblo que pasa dificultad: “El Señor se acuerda de ti” (5,5). Ya el segundo Isaías se había preguntado: “¿Puede una madre olvidarse de su criatura? (…) pues aunque ella se olvide, yo no me olvidaré” (Is 49,15). El Dios fiel no se olvida de Jerusalén, su esposa, que es invitada ahora a despojarse del luto y vestir “las galas perpetuas de la Gloria que Dios te da” (5,1). Es la salvación que Dios ofrece para los que ama, de los que se acuerda en su amor.

¿Dónde está nuestro profetismo cristiano? El profeta no es un adivino, ni alguien que pre-dice los acontecimientos futuros. El profeta se enfrenta a todo poderío personal y social, habla desde el “clamor de los pobres” y pretende siempre que haya justicia. Obviamente le preocupa el futuro del pueblo, la situación sangrante de los pobres. Los profetas surgen en los momentos de crisis y de cambios para avizorar una situación nueva, llena de libertad, de justicia, de solidaridad, de paz.

La misión del profeta cristiano es cuestionar los “sistemas” contrarios al Espíritu, defender a toda persona atropellada y a todo pueblo amenazado, alentar esperanzas en situaciones catastróficas y promover la conversión hacia actitudes solidarias. Tiene experiencia del pueblo (vive encarnado) y contacto con Dios (es un místico), y de ahí obtiene la fuerza para su misión. Por medio de los profetas, Dios guía a su pueblo “con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). El profeta “allana los caminos” a seguir.

En el evangelio, al llegar la plenitud de los tiempos, el mismo Dios anuncia la cercanía del Reino por medio de Juan y asegura con Isaías que “todos verán la salvación de Dios” (Lc 3,6). Para el Dios que llega con el don de la salvación debemos preparar el camino en el hoy de nuestra propia historia.

Juan Bautista, profeta precursor de Jesús, fue hijo de un “mudo” (pueblo en silencio) que renunció al “sacerdocio” (a los privilegios de la herencia), y de una “estéril” (fruto del Espíritu). Le “vino la palabra” estando apartado del poder y en el contacto con la bases, con el pueblo. La palabra siempre llega desde el desierto (donde sólo hay palabra) y se dirige a los instalados (entre quienes habitan los ídolos) para desenmascararlos. La palabra profética le costó la vida a Juan. Su deseo profético es profundo y universal: “todos verán la salvación de Dios”. La salvación viene en la historia (nuestra historia se hace historia de salvación), con una condición: la conversión (“preparad el camino del Señor”). ¿Qué debemos hacer para ser todos un poco profetas?

La invitación de Isaías, repetida por Juan Bautista y corroborada por Baruc, nos invita a entrar en el dinamismo de la conversión, a ponernos en camino, a cambiar. Cambiar desde dentro, creciendo en lo fundamental, en el amor para “aquilatar lo mejor” (Flp 1,10). Con la penetración y sensibilidad del amor escucharemos las exigencias del Señor que llega y saldremos a su encuentro “llenos de los frutos de justicia” (1,11).

Esa renovación desde dentro tiene su manifestación externa porque se “abajan los montes”, se llenan los valles, se endereza lo torcido y se iguala lo escabroso (Bar 5,7). Se liman asperezas, se suprimen desigualdades y se acortan distancias para que la salvación llegue a todos. La humanidad transformada es la humanidad reconciliada e igualada, integrada en familia de fe: “los hijos reunidos de Oriente a Occidente” (Bar 5,5). Convertirse entonces es ensanchar el corazón y dilatar la esperanza para hacerla a la medida del mundo, a la medida de Dios. Una humanidad más igualitaria y respetuosa de la dignidad de todos es el mejor camino para que Dios llegue trayendo su salvación. A cada uno corresponde examinar qué renuncias impone el enderezar lo torcido o abajar montes o rellenar valles. Nuestros caminos deben ser rectificados para que llegue Dios.

Adviento es el tiempo litúrgico dedicado por antonomasia a la esperanza. Y esperar es ser capaz de cambiar, y ser capaz de soñar con la Utopía, y de provocarla, aun en aquellas situaciones en las que parece imposible.

Dejémonos impregnar por la gracia de este acontecimiento que se nos aproxima, dejemos que estas celebraciones de la Eucaristía y de la liturgia de estos días nos ayuden a profundizar el misterio que estamos por celebrar.

Unidos en la esperanza caminamos juntos al encuentro con Dios. Pero al mismo tiempo, Él camina con nosotros señalando el camino porque “Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su Gloria, con su justicia y su misericordia” (Bar 5,9). Leer más…

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9. XII. 18. Levántate Jerusalén, en marcha Iglesia. Pregón de Adviento.

domingo, 9 de diciembre de 2018
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5D4AB842-08B2-4B43-8AC7-D5042414F30EDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 2º de Adviento, ciclo c, Baruc 5, 1-9. . El pecado mayor de la Iglesia es que no espera.

– Se ha parado hace tiempo, no camina. Se paró en el siglo IV d.C., pactando con un tipo de jerarquía imperial.
– Se paró en el siglo XI, al imponer un tipo de poder clerical y de nuevo en el XVI-XVII, con su absolutismo.
– Y ahora nos parece a muchos que ha decidido sentarse en su pasado, como si no fuera Adviento, un camino abierto a la utopía real de la Nueva Humanidad.

Contra todos los mensajes de fracaso, contra todos los intentos de quedar en lo que fuimos (en el siglo IV, en el XI, en el XVI-XVII), nuestra Iglesia de Adviento debe levantarse ya y ponerse en marcha, ligera de equipaje, arrojando por la borda el lastre del siglo IV, XI y XVII, para ser de esa manera lo que siempre ha sido sido, sin un tipo de jerarquías clericales, de poderes feudales, de absolutismos… como dijo el mismo Papa Benedicto XVI en Spe Salvi (2009): hemos sido salvados en esperanza, siendo caminantes que nos dirigimos a la Nueva Jerusalén, la montaña de la Fraternidad Universal, sin armas, ni violencia.

Muchos afirman que no hay camino, que la esperanza ha terminado, pues somos lo que somos, sin más (¡ha llegado el fin de la historia!) en un mundo de poderes superiores y de miedos que nos paralizan… Muchos afirman que la Iglesia ha sido colonizada por un tipo de parálisis sagrado, sin más salida ni tarea que vivir de recuerdos que, al no renovarse, se mueren.

En este momento debemos superar nuestro complejo de museo, para ser de nuevo lo que somos: Una aventura «salvaje» de vida (perdónese la palabra), una tarea admirada de Jesús, que hizo camino en la línea de la lectura de Baruc, de este domingo, Así quiero y debo debe decir levántate Jerusalén, añadiendo en marcha iglesia.

Desde ese fondo, con la primera lectura de la misa, tomada del viejo Baruc, un escriba recuperado para la esperanza, quiero ofrecer yo también mi sencillo manifiesto de adviento, retomando algunos pasajes fundamentales de la esperanza y tarea de la Nueva Jerusalén, que llevamos dentro y que esperamos.

Imagen 1: Luz de ocaso/amanecer en Jerusalén
2. Cenáculo cristiano en Jerusalén. Signo de la venida del Espíritu
3. Sueño de la nueva Jerusalén

1ª Lectura: Baruc 5, 1-9

Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y vístete las galas perpetuas de la gloria que Dios te da, envuélvete en el manto de la justicia de Dios y ponte en la cabeza la diadema de la gloria del Eterno, porque Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo. Dios te dará un nombre para siempre: «Paz en la justicia» y «Gloria en la piedad».

Levántare, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia el oriente y contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente a la voz del Santo, gozosos invocando a Dios.A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios te los traerá con gloria, como llevados en carroza real.

Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados y a las colinas encumbradas, ha mandado llenarse a los barrancos hasta allanar el suelo,para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios.Ha mandado al boscaje y a los árboles aromáticos hacer sombra a Israel. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con su justicia y su misericordia.

Texto. La utopía de la Nueva Jerusalén

Al final de los tiempos estará firme el Monte de la casa del Señor…
hacia él confluirán las naciones, caminarán pueblos numerosos.
Dirán: venid, subamos al monte del Señor;
él nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas…
Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos.
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra
(Is 2, 2-5; cf. Miq 4, 1 ss.)

Monte Sión, escuela de paz

Los profetas de Israel definieron al Dios de Dios como fuente de paz para los hombres. Por eso, sus fieles no necesitaban acudir a las armas, porque él mismo les defendía. De esa manera desarrollaron el tema de la no-violencia activa. Para responder al Dios de paz, sus fieles tienen que renunciar a la guerra, es decir, des-armarse, respondiendo así al ofrecimiento creador de Dios:

Ay de los que bajan a Egipto por auxilio, confiados en su caballería…
Porque los egipcios son hombres y no dioses;
sus caballos son carne y no espíritu (Is 31, 1-3).

La paz bíblica no se alcanza con pactos militares, que son una forma larvada de guerra, sino a través de una confianza superior en Dios, que se expresa en la comunión, a través de la palabra. Por eso hay que invertir de un modo radical el tipo de educación. Existía entonces y sigue existiendo ahora una educación para la guerra, expresaba en los ejercicios y pactos militares. En contra de eso, debe instaurarse una educación para paz, expresada en el diálogo y comunicación entre todos los hombres.

La misma existencia de un ejército va en contra de Dios, pues está mostrando, físicamente, que sus fieles no creen en la paz por la palabra. En esa línea, el ejército en cuanto tal aparece como idolatría: una forma falsa de entender la realidad. El verdadero ídolo de un pueblo (el más peligroso) no es una estatua de piedra o madera, sino su armamento y soldados.

Las mismas torres militares, los caballos y carros de combate, es decir, las armas de guerra, van en contra de la identidad de Dios y del don y promesa de vida, que se muestra en cada niño que nace (cf. Is 2, 7-9). Por eso, cuando los reyes de Damasco y Samaria amenazan con su ejército a Sión, el profeta responde presentando a un niño:

Ten cuidado, está tranquilo, no temas, ni desmaye tu corazón…
He aquí que la doncella concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrán por nombre Emmanuel, Dios con nosotros (cf. Is 7, 13-14)
.

En otro tiempo, muchos israelitas habían pedido a Dios que les ayudará en la Guerra Santa y así luchaban, confiando en que el mismo Dios les daría la victoria. Pero ahora el profeta les pide que crean, sin hacer guerra, sin entablar batalla, siguiendo el modelo de Ex 14-15, cuando los fugitivos de Egipto habían confiado su defensa a Dios y Dios les había liberado. Pues bien, en otro tiempo, el signo de la liberación había sido el paso por el mar, a pie enjuto (mientras se ahogaban los enemigos). Ahora, en cambio, el signo de paz es un niño, en quien se halla encarnada la promesa de Dios.

Desde aquí se entiende la profecía del Emmanuel, en cuyo contexto se sitúa Is 7, 13-14:

«Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado… y se llamará Admirable Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz» (Is 9, 6).

En este ambiente surgen y se entienden las palabras más consoladoras y exigentes de la utopía pacificadora de los israelitas que han renunciado a las armas para defenderse. Al lado de Dios, no hay lugar para las armas, pues Dios lo ha creado todo a través de la Palabra (Gen 1), no por medio de algún tipo de guerra. La Palabra de amor crea (es Dios), la guerra destruye (no es divina). El Dios israelita no tuvo que luchar cuando creaba el mundo; tampoco los israelitas habrán de hacerlo, como muestras las palabras centrales del manifiesto ya citado:

Al final de los tiempos estará firme el monte de la casa del Señor…
De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra
(Is 2, 2-5; cf. Miq 4, 1 ss.)

Para superar la violencia de un sistema que para imponerse utiliza las armas, el Dios del Advient0 nos ofrece una enseñanza divina (nos instruirá en sus caminos…) y un compromiso humano, en una línea más personal (no se adiestrarán para la guerra) y más material (de las espadas forjarán arados…).

Esa nueva forma de actuar, definida aquí en forma negativa (¡no se adiestrarán…!) y positiva (¡de las espadas forjarán arados!), no puede ser el resultado de un pacto del sistema (pues los pactos necesitan armas, han de ser sancionados por la fuerza), sino que ha entenderse como alianza de humanidad, gratuitamente.

El Dios que supera la guerra

En otro tiempo, la ley del Monte Sinaí (cf. Ex 19-24), centrada en el decálogo y dirigida a los israelita, seguía manteniendo la paz de este mundo con medios de violencia y así justificaba la guerra y la pena de muerte. En contra de eso, la nueva ley del Dios de Monte de Sión, será enseñanza de paz, para todos los pueblos (pues es imposible la paz sin universalismo). Leer más…

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¿Hay motivos para estar alegres? Domingo 2º de Adviento. Ciclo C.

domingo, 9 de diciembre de 2018
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Preparad el camino al SeñorDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

«Preparad el camino al Señor…»

Vivo ahora mismo en Roma, en una comunidad internacional, y cuando se comenta la situación del propio país, desde Italia hasta Japón, pasando por la India, Francia, Estados Unidos, etc., es raro que alguien se muestre muy optimista. Nuestro mundo, el cercano de cada día, y el lejano, ofrece motivos de preocupación y tristeza. Y cuando un católico entra en la iglesia en los domingos de Adviento, la casulla morada del sacerdote parece confirmarle en su pesimismo.

Sin embargo, lo que intentan transmitirnos las lecturas de este domingo es alegría. La del profeta Baruc ordena expresamente a Jerusalén: “quítate tu ropa de duelo y aflicción”. Si el sacerdote que preside la eucaristía quisiese realizar una acción simbólica, al estilo de los antiguos profetas, podría quitarse la casulla morada y cambiarla por una blanca y dorada. También el Salmo habla de alegría: “la lengua se nos llenaba de risas, la lengua de cantares”; “el Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”. Pablo escribe a los cristianos de Filipos que reza por ellos “con gran alegría”. Y el evangelio recuerda el anuncio de Juan Bautista: “todos verán la salvación de Dios”. Las lecturas de este domingo no justifican que se suprima el Gloria, todo lo contrario. Hay motivos más que suficientes para cantar la gloria de Dios.

Primer motivo de alegría: la vuelta de los desterrados (Baruc 5,1-9)

Jerusalén, quítate tu ropa de duelo y aflicción, y vístete para siempre el esplendor de la gloria que viene de Dios. Envuélvete en el manto de la justicia que procede de Dios, pon en tu cabeza la diadema de gloria del Eterno. Porque Dios mostrará tu esplendor a todo lo que hay bajo el cielo. Pues tu nombre se llamará de parte de Dios para siempre: Paz de la Justicia y Gloria de la Piedad.

Levántate, Jerusalén, sube a la altura, tiende tu vista hacia el Oriente y ve a tus hijos reunidos desde oriente a occidente, a la voz del Santo, alegres del recuerdo de Dios.

Salieron de ti a pie, llevados por enemigos, pero Dios te los devuelve traídos gloria, como un trono real. Porque ha ordenado Dios que sean rebajados todo monte elevado y los collados eternos, y colmados los valles hasta allanar la tierra, para que Israel marche en seguro bajo la gloria de Dios. Y hasta las selvas y todo árbol aromático darán sombra a Israel por orden de Dios. Porque Dios guiará a Israel con alegría a la luz de su gloria, con la misericordia y la justicia que vienen de él.

La lectura de Baruc recoge ideas frecuentes en otros textos proféticos. Jerusalén, presentada como madre, se halla de luto porque ha perdido a sus hijos: unos marcharon al destierro de Babilonia, otros se dispersaron por Egipto y otros países. Ahora el profeta la invita a cambiar sus vestidos de duelo por otros de gozo, a subir a una altura y contemplar cómo sus hijos vuelven “en carroza real”, “entre fiestas”, guiados por el mismo Dios.

¿Qué impresión produciría esta lectura en los contemporáneos del profeta? Sabemos que a muchos judíos no les ilusionaba la vuelta de los desterrados; había que proporcionarles casas y campos, y eso suponía compartir los pocos bienes que poseían. Otros, mejor situados económicamente, verían ese retorno como un punto de partida de un resurgir nacional.

Y esto demuestra la enorme actualidad de este texto de Baruc. A primera vista, hoy día Jerusalén es Siria, Iraq, tantos países de África que están perdiendo a sus hijos porque deben desterrarse en busca de seguridad o de trabajo. Pero también nosotros podemos identificarnos con Jerusalén y ver a esos cientos de miles de personas no como una amenaza para nuestra sociedad y nuestra economía, sino como hijos y hermanos a los que se puede acoger y ayudar en su desgracia.

Segundo motivo de alegría: la bondad de la comunidad (Filipenses 1,4-6.8-11)

Rogando siempre y en todas mis oraciones con alegría por todos vosotros a causa de la colaboración que habéis prestado al Evangelio, desde el primer día hasta hoy; firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús.

Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el corazón de Cristo Jesús.  Y lo que pido en mi oración es que vuestro amor siga creciendo cada vez más en conocimiento perfecto y todo discernimiento, llenos de los frutos de justicia que vienen por Jesucristo, para la gloria y alabanza de Dios.

Pablo sentía un afecto especial por la comunidad de Filipos, la primera que fundó en Macedonia. Era la única a la que le aceptaba una ayuda económica. Por eso, en su oración, recuerda con alegría lo mucho que los filipenses le ayudaron a propagar el evangelio. Y les paga rezando por ellos para que se amen cada día más y profundicen en su experiencia cristiana. La actitud de Pablo nos invita a pensar en la bondad de las personas que nos rodean (a las que muchas veces solo sabemos criticar), a rezar por ellas y esforzarnos por amarlas.

Tercer motivo de alegría: el anuncio de la salvación (Lucas 3,1-6)

En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador de Judea, y Herodes tetrarca de Galilea; Filipo, su hermano, tetrarca de Iturea y de Traconítida, y Lisanias tetrarca de Abilene; en el pontificado de Anás y Caifás, fue dirigida la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Y se fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas; todo barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y todos verán la salvación de Dios.

A diferencia de los otros evangelistas, Lucas sitúa con exactitud cronológica la actividad de Juan Bautista. No lo hace para presumir de buen historiador, sino porque los libros proféticos del Antiguo Testamento hacen algo parecido con Isaías, Jeremías, Ezequiel, etc. Con esa introducción cronológica tan solemne, y con la fórmula “vino la palabra de Dios sobre Juan”, al lector debe quedarle claro que Juan es un gran profeta, en la línea de los anteriores. El Nuevo Testamento no corta con el Antiguo, lo continúa. En Juan se realiza lo anunciado por Isaías.

Juan, igual que los antiguos profetas, invita a la conversión, que tiene dos aspectos: 1) el más importante consiste en volver a Dios, reconociendo que lo hemos abandonado, como el hijo pródigo de la parábola; 2) estrechamente unido a lo anterior está el cambio de forma de vida, que el texto de Isaías expresa con las metáforas del cambio en la naturaleza.

Pero, a diferencia de los grandes profetas del pasado, Juan no se limita a hablar, exigiendo la conversión. Lleva a cabo un bautismo que expresa el perdón de los pecados. Se cumple así la promesa formulada por el profeta Ezequiel en nombre de Dios: “Derramaré sobre vosotros un agua pura que os purificará”.

Las dos conversiones

¿Se podría mandar a una persona como penitencia estar alegre? Parece una contradicción. Sin embargo, las lecturas de este domingo y de todo el Adviento nos obligan a examinarnos sobre nuestra alegría y nuestra tristeza, a ver qué domina en nuestra vida. Es posible que, sin llegar a niveles enfermizos, nos dominen altibajos de cumbres y valles, momentos de euforia y de depresión, porque no recordamos que hay motivos suficientes para vivir con serenidad la salvación de Dios.

Al mismo tiempo, las lecturas nos invitan también a convertirnos al prójimo, acogiéndolo, amándolo, rezando por ellos.

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9 de Diciembre de 2018. Segundo Domingo de Adviento. Ciclo C.

domingo, 9 de diciembre de 2018
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“…vino la Palabra de Dios sobre Juan.”

(Lc 3,1-6)

¡Anunciad!. Si este adviento empezaba con la invitación a levantarnos, a ponernos en pie y alzar la cabeza, ahora nos urge a anunciar.

Nos presenta a Juan Bautista, un personaje peculiar, de esos a los que uno se vuelve a mirar cuando te los cruzas por la calle. Así fue, una persona peculiar de las que Dios nos regala con una cierta frecuencia. Un inconformista valiente, de los que no se callan la verdad, le pique a quien le pique. Es más, de esos que se atreven a gritar verdades y por eso se buscan problemas.

Juan Bautista era de esas personas que se han dejado transformar y por eso la esperanza habita en ellas. Saben que la realidad está llena de posibilidades y de bondad y están convencidas de que todo ser humano es capaz de cambiar, que lo bueno es patrimonio de todos, “…todos verán la salvación de Dios”.

A sus ojos no existen los obstáculos: los caminos se pueden allanar, los valles se pueden elevar, los montes y las colinas pueden descender y hasta lo torcido se puede enderezar. Su confianza no tiene límites por eso atraen a otras personas.

Necesitamos “Juanes”.  Cada uno de nosotros podríamos intentar esta semana ser un poco “Juan Bautista”, lo de vestirse de piel de camello es opcional, pero llevemos allá donde vayamos un mensaje lleno de esperanza. ¡Que se nos note que la Palabra de Dios nos ha tocado el corazón!
Confiemos y que esa confianza se dilate, se contagie. Quien tiene fe, aunque esa fe sea pequeña como un granito de mostaza, si se agarra a esa fe pequeñita, ¡podrá mover montañas!

Oración

¡Anunciad! para que lo torcido empiece a enderezarse.

¡Anunciad! para que la esperanza reverdezca.

¡Anunciad! para que todos vean la salvación de Dios.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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