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Ironías de la vida: quienes no creían en la resurrección eran los curas: los saduceos, preguntan tramposamente por ella a Jesús

domingo, 10 de noviembre de 2019
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índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

No hay prisa en la vida: pedagogía.

Dios no reveló todo de una vez al ser humano, a Israel. Sería tan absurdo como si una madre enseñara el teorema de Pitágoras a su hijo en la cuna. Todo va en la vida poco a poco y a fuego lento. Todo tiene su tiempo. Además hay cuestiones que “no se enseñan, pero hay que aprenderlas”. A unos chavalillos les puedes enseñar de sopetón todo lo que hay que enseñar sobre la sexualidad, la libertad, la justicia, etc. Lo irán entendiendo poco a poco como puedan en la vida, a veces a trompicones como todos y como siempre.

1 Macabeos

         La primera lectura de hoy está tomada del libro segundo de los Macabeos, que data aproximadamente del año 160 aC[1]. En esta época, cercana a Jesús, Israel cree ya en la resurrección.

         Pero al pueblo de Israel le costó “Dios y ayuda” llegar a la fe en la resurrección. Israel formula la fe en la resurrección más bien tarde.

Israel no tiene como presupuesto la inmortalidad del alma (de origen griego, sino que Israel llegará a confiar en la promesa de la resurrección del Dios de la vida.

  • o Los primeros atisbos de fe en la vida post-mortem, los tenemos en unos salmos, llamados místicos. (Orar es un modo de conocer y de creer).
  • o El profeta Ezequiel, hacia el año 600 aC hace un acto de fe en la vida, cuando dice que Dios es capaz de devolver la vida o a la vida aquel osario en que termina el ser humano, (Ez 37).
  • o El profeta Daniel, que data de la década los años 160 a.C., (muy cercano a Jesús) habla expresamente de la fe en la resurrección.

Durante unos 1000 años, en números redondos, Israel no vivió la fe en la resurrección. Vivieron confiadamente con sus crisis y altibajos, guerras y enfermedades, ironías (Eclesiastés) y abatimientos, (Job). Las cuestiones de la justicia de Dios, de la retribución, del “más allá” quedaban siempre pendientes en el AT hasta muy cerca de Jesús.

  1. Pequeña conclusión. No tengamos prisa en la vida.

         Nada en la vida, ni la misma vida, surge de la noche a la mañana: la gestación de la vida requiere tiempo, el crecimiento de los niños-jóvenes, la realización de la historia no es como el Nescafé “instantáneo”. Las mareas culturales, ideológicas, religiosas son lentas, con calma. Sembrar requiere espera y esperanza.

         Hay etapas y situaciones tanto personales como comunitarias que no se solucionan de la noche a la mañana. Hoy los jóvenes no van a Misa, tenemos menos chicos en la confirmación, la gente se ha alejado de la Iglesia, esto es un desastre, etc. y hay que aplicar una terapia de urgencia. No soltemos el “séptimo de caballería” y comencemos a echar la culpa a esto o aquello. Calma. Dejad el trigo y la cizaña. Tengamos paciencia histórica. El trigo muere, crece, se hace espiga y pan no por la prisa que le metamos, sino por la vida que tiene dentro.

No tengamos ni metamos prisas y angustias en la vida.

  1. Ironías de la vida: quienes no creían en la resurrección eran los curas: los saduceos, que niegan la resurrección.

Saduceos: (de Sadoc, sacerdote ligado a la historia de David y de Salomón). Formaban parte de la aristocracia sacerdotal. No eran muchos, pero con mucho poder y riqueza. Constituían la nobleza laica. Atendían el culto del Templo de Jerusalén. Estrictos (fundamentalistas) en cuestiones de la ley y teología.

         Pues resulta que estos saduceos eran los que no creían en el Dios de la vida, cuando el pueblo ya había llegado a la fe en la resurrección. En tiempos de Jesús el pueblo y el mismo Jesús creían ya en la resurrección. Dio era Dios de la vida, no de los muertos.

  1. pregunta absurda, una trampa como acostumbran a hacer los legalistas:

La pregunta que los saduceos le hacen a Jesús es una cuestión trampa y malintencionada. Si no crees en la resurrección ¿a qué viene que le preguntes a Jesús de quién será mujer la que ha quedado viuda?

Algunas preguntas de ese estilo saduceo que nos hacemos o nos hacen hoy:

Por ejemplo: La misa de la boda del sábado a las 13 horas, ¿vale para el domingo? Porque ¿las 13 horas es ya la tarde del sábado? El mosto vale para consagrar, porque no es vino, pero es fruto de la vid. ¿Se pueden tomar anticonceptivos? No, porque se evita la natalidad. ¿Y cuál es la intencionalidad del método Ogino? ¿Se puede admitir en el rito latino a un niño ucraniano (de la Iglesia oriental) que ha sido adoptado por unos padres vascos (rito latino)? Pues sí y no. Hay que hacer constar que tal niño procede de la Iglesia oriental… Si el pan de la Eucaristía tiene o no tiene gluten, etc… La Vigilia pascual necesaria y absolutamente ha de ser cuando anochece y no a las 19h, por ejemplo, porque es una hora frívola (¿)

         A los saduceos les importa poco la ley del levirato[2]: se van muriendo los maridos y queda en pie la esposa-viuda.

La ley del levirato (Dt 25,5-10) decía que muerto el marido, su hermano debía casarse con la viuda y los posibles hijos de este “nuevo” matrimonio eran considerados hijos del primer marido. La finalidad era conservar el apellido, la genealogía, el patrimonio.

A los saduceos la ley del levirato les importaba poco o nada, lo que les interesaba era mantener la doctrina, lo dicho por Moisés: no hay resurrección. O más bien les importa “pillarle” a Jesús.

  1. Elegantemente Cristo se remonta al Dios de la vida. Una docta ignorantia: la vida es más amplia de lo que yo sé.

         Jesús “no entra al trapo” del Derecho Canónico de turno, se remonta al origen y al fundamento de todo:

Al Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob«. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

         Es decir el Dios de toda descendencia y linaje es un Dios de la vida.

Ya no describe más cómo sea esa vida. Un sabio silencio nos hará bien. Dios es un Dios de vivos y no de la muerte.

         No sabemos más. Jesús tampoco sabía más, y si lo sabía, se lo calló. Cómo será, dónde será, ¿Cómo ángeles? Y ¿qué son los ángeles?

         Estamos en el Dios de la vida.

         Los humanos creemos que sabemos algo de la vida, pero la verdad es que las grandes cuestiones y problemas siguen en pie. ¿Cómo ser bienaventurado y feliz en la vida? Los resultados de las elecciones de hoy ¿construirán una sociedad justa, pacífica, feliz? ¿Qué es bueno y qué es malo? ¿Qué sentido tiene esto que llamamos vida, si es que tiene algún sentido? ¿Hay algo después de la muerte? ¿Qué podemos esperar de la vida y de la muerte?

         Ante estas cuestiones quizás es mejor callar, confiar, esperar, orar y abrirnos al Dios de la vida. Callar y con Jesús y remontarnos al Dios de la vida.

  1. Dios es el sentido de la vida.

         En la historia de la Teología la cuestión del final -de la finalización- de la vida, los novísimos, han quedado prácticamente en manos de la moral: si eres bueno, vas al cielo, de otro modo, al infierno.

         Pero podemos explorar otros caminos.

         En esta postmodernidad en la que vivimos suele aflorar la cuestión del sentido de la vida. ¿La vida tiene algún sentido? ¿Vamos hacia “algún lado” que valga la pena? Este es el humus en el que pueden surgir problemas y cuestiones de tipo psíquico y psiquiátrico como la depresión con sus muchas consecuencias.

         ¿Tiene sentido la vida? ¿O estamos flotando en la nada?

         En términos algo filosóficos podemos pensar y creer con buen criterio que la vida tiene sentido y que este sentido es Dios. Dios es el sentido de la vida. Con la muerte no termina la vida. Nuestra vida descansa en el ser, no en la nada. Es lo que hemos escuchado en el Evangelio: Dios es Dios de vivos y no de muerte … Dios es la meta y la roca de nuestra existencia.

         Dios nos llama a la vida: en Él descansamos (salmo 61) y Él es el sentido de nuestra existencia. Descansamos en el ser no en la nada, ni en el vacío, ni en el fracaso.

         Creemos en el Dios de la vida, en ese Dios que llena de sentido nuestra existencia. Dios es de vivos no de muerte.

         Y si “esto” tiene algún sentido, que lo tiene, éste es bueno, amable, lleno de plenitud.

No podemos concretar más porque no sabemos más. Jesús tampoco sabía más, y si lo sabía, se lo calló. Cómo será, dónde será. Mejor un discreto silencio: una docta ignorancia.

         Estamos en el Dios de la vida. En Dios nos movemos y existimos, (HH 17,28).

         Dios es el sentido y la meta de nuestra vida

[1] Las fechas suelen ser discutidas y discutibles, pero los biblistas datan este libro por los años 175-164.

[2] Levir significa: cuñado.

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“Para Jesús no hay casos perdidos”. 31 Tiempo ordinario – C (Lucas 19,1-10)

domingo, 3 de noviembre de 2019
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31-TO-C-300x175Jesús alerta con frecuencia sobre el riesgo de quedar atrapados por la atracción irresistible del dinero. El deseo insaciable de bienestar material puede echar a perder la vida de una persona. No hace falta ser muy rico. Quien vive esclavo del dinero termina encerrado en sí mismo. Los demás no cuentan. Según Jesús, «donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón».

Esta visión del peligro deshumanizador del dinero no es un recurso del Profeta indignado de Galilea. Diferentes estudios analizan el poder del dinero como una fuerza ligada a pulsiones profundas de autoprotección, búsqueda de seguridad y miedo a la caducidad de nuestra existencia.

Para Jesús, la atracción del dinero no es una especie de enfermedad incurable. Es posible liberarse de su esclavitud y empezar una vida más sana. El rico no es «un caso perdido». Es muy esclarecedor el relato de Lucas sobre el encuentro de Jesús con un hombre rico de Jericó.

Al atravesar la ciudad, Jesús se encuentra con una escena curiosa. Un hombre de pequeña estatura ha subido a una higuera para poder verlo de cerca. No es un desconocido. Se trata de un rico, poderoso jefe de recaudadores. Para la gente de Jericó, un ser despreciable, un recaudador corrupto y sin escrúpulos. Para los sectores religiosos, «un pecador» sin conversión posible, excluido de toda salvación.

Sin embargo, Jesús le hace una propuesta sorprendente: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Jesús quiere ser acogido en su casa de pecador, en el mundo de dinero y de poder de este hombre despreciado por todos. Zaqueo bajó enseguida y lo recibió con alegría. No tiene miedo de dejar entrar en su vida al defensor de los pobres.

Lucas no explica lo que sucedió en aquella casa. Solo dice que el contacto con Jesús transforma radicalmente al rico Zaqueo. Su compromiso es firme. En adelante pensará en los pobres: compartirá con ellos sus bienes. Recordará también a las víctimas de las que ha abusado: les devolverá con creces lo robado. Jesús ha introducido en su vida justicia y amor solidario.

El relato concluye con unas palabras admirables de Jesús: «Hoy ha entrado la salvación en esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». También los ricos se pueden convertir. Con Jesús todo es posible. No lo hemos de olvidar nadie. Él ha venido para buscar y salvar lo que nosotros podemos estar echando a perder. Para Jesús no hay casos perdidos.

José Antonio Pagola

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“El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”. Domingo 03 de noviembre de 2019 Domingo 31º del Tiempo Ordinario

domingo, 3 de noviembre de 2019
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56-ordinarioc31-cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 11, 22-12,2: Te compadeces, Señor, de todos, porque amas a todos los seres.
Salmo responsorial: 144:  Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
2Tesalonicenses 1, 11-2, 2Que Cristo sea glorificado en vosotros, y vosotros en él.
Lucas 19, 1-10: El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido

La primera lectura es una bella oración meditativa sobre Dios, que nos posibilita hacer unas reflexiones menos habituales.

Solemos hablar a y escuchar hablar sobre Dios como algo ya sabido, como algo que, por definición, no necesita replanteamiento. Ello ha empezado a cambiar, a la altura de la crisis que atraviesan las religiones, ante la constatada «crisis de Dios» (Gotteskreise, Juan Bautista Metz), crisis que ya nadie considera coyuntural o pasajera, sino epocal. Algo muy profundo está cambiando en la cultura y en la conciencia humana, que hace que ese concepto central que ha brillado con luz propia en el centro del firmamento mental de la humanidad durante los últimos milenios, el de Dios, se opaque y entre en lo que ya Martín Buber llamó el «eclipse de Dios».

La lectura de hoy del libro de la Sabiduría habla muy correctamente a Dios, y no lo presenta con ninguno de los rasgos éticamente menos adecuados, de los que hemos tenido que purificar tantas veces la imagen de Dios, no; este texto presenta una bella e impecable imagen de Dios… sólo que no deja de utilizar un lenguaje «teísta».

La palabra «Dios» viene de deus en latín, que a su vez viene de theos en griego. Aunque el concepto tiene orígenes más antiguos, para nuestra cultura occidental fueron ellos, los filósofos griegos, quienes lo configuraron definitivamente. Siempre que decimos dios estamos evocando el theos griego, pues nos servimos de un concepto suyo, que además fue heredado y trasmitido culturalmente. No importa que personalmente quisiéramos matizar la palabra; la palabra está ya «ocupada» en nuestra cultura, y el concepto que le está asociado está registrado en el subconsciente colectivo, como un tipo de divinidad que está «ahí afuera, ahí arriba», en una especie de segundo piso celestial, desde donde puede intervenir en nuestro mundo, para revelarse, para actuar, para reaccionar… en función de su manera de ser, concebida muy antropomórficamente (los dioses piensan, aman, deciden, se ofenden, se arrepienten, perdonan… como nosotros, que al fin y al cabo estaríamos hechos «a su imagen y semejanza» –¿y viceversa?–).

Concebir la razón y el misterio supremos de la Realidad en forma de theos (en sentido genérico), eso es lo que llamamos «teísmo». Es un «modelo» de representación del Misterio, una forma de imaginar y de relacionarnos con el Misterio que hemos llamado Dios. Con mucha frecuencia ese «modelo» nos ha resultado transparente: no se veía, ni siquiera éramos conscientes de su mediación. Nos parecía como que nuestro hablar de Dios evocaba automáticamente su descripción directa, en vez de caer en la cuenta de que simplemente utilizábamos un modelo (theos), y que al Misterio que denominábamos con ese nombre, se le podría concebir con otros modelos muy diferentes. Podríamos, en efecto, pensar –y amar– a la Divinidad de un modo no teísta… Porque hay religiones no teístas. El judeo-cristianismo ha tenido una expresión teísta constante en la historia, pero hoy sabemos que aunque ese modelo teísta nos haya acompañado de modo permanente, no es esencial al cristianismo, ni le resulta imprescindible.

Más aún. La evolución de la espiritualidad –sin descartar el influjo de otras religiones– hace sentir a muchos cristianos un no disimulado malestar ante el uso y abuso del teísmo en nuestra tradición. Son cada vez más los que abogan por colocar al teísmo en su sitio, en una consideración simplemente mediacional: es una mediación, con sus ventajas y sus dificultades. Las dificultades no son pocas, y son crecientes en nuestra sociedad de mentalidad crítica; no faltan teólogos que postulan su superación. La alternativa al teísmo no es el ateísmo, obviamente, sino el pos-teísmo: una consideración y una (no-)representación de la Divinidad más allá del modelo del teísmo…

El tema es profundo y desafiante. Merece la pena prestarle atención, para no quedarnos en «la fe del carbonero», la fe acrítica, repetitiva y fundamentalista. (John Shelby SPONG es un obispo-teólogo anglicano -que está comenzando a ser conocido en el ámbito latino- que está escribiendo bastante sobre el tema; véase Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, en la colección Tiempo Axial, tiempoaxial.org; también la Agenda Latinoamericana’2011, dedicada ese año al tema de la religión, abordó en varios artículos el tema del teísmo y la necesidad de renovar las imágenes de Dios –puede tomarse esa Agenda de su página digital: latinoamericana.org/digital–.

En el evangelio de hoy, Jesús nos enseña hoy que el Padre–Dios no deja de ser el mismo, siempre compasivo perdonador, amigo de la vida, siempre saliendo al encuentro de sus hijos y construyendo con ellos una relación nueva de amor. Las lecturas de este domingo son una preciosa descripción de este comportamiento de Dios con la persona humana. Nos dicen que Dios ama entrañablemente todo lo que existe, porque su aliento de vida está en todas las cosas.

El episodio de la conversión de Zaqueo se encuentra en el itinerario o “camino” de Jesús hacia Jerusalén y sólo lo encontramos narrado por el evangelio de Lucas. En él pone de manifiesto el evangelista, una vez más, algunas de las características más destacadas de su teología: la misericordia de Dios hacia los pecadores, la necesidad del arrepentimiento, la exigencia de renunciar a los bienes, el interés de Jesús por rescatar lo que está “perdido”. Este evangelio es una ocasión excelente para recordar que éstos son los temas que se destacan en el material particular de la tradición lucana y que resaltan la predilección de Jesús por los pobres, marginados y excluidos.

El relato nos muestra la pedagogía de Dios, en la persona de Jesús, hacia aquellos que actúan mal. Dios es paciente y compasivo, lento a la ira y rico en misericordia, corrige lentamente, respeta los ritmos y siempre busca la vida y la reconciliación. En este sentido, Dios es definido como “el amigo de la vida”, y buscando ésta, su auténtica gloria, sale hacia el pecador y lo corrige, le brinda su amor y lo salva.

Muy seguramente nosotros, por nuestra incapacidad de acoger y perdonar, no hubiéramos considerado a Zaqueo como un hijo bienaventurado de Dios, como no lo consideraron sus paisanos que murmuraron contra Jesús diciendo: “Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador”. Decididamente, Jesús y sus coetáneos creían en un Dios diferente. Por eso pensaban también de forma diferente. Para el judaísmo de la época el perdón era cuestión de ritos de purificación hechos en el templo con la mediación del sacerdote, era un puro cumplimiento; para Jesús la oferta del perdón se realiza por medio del Hijo del hombre, ya no en el templo sino en cualquier casa, y con ese perdón se ofrece también la liberación total de lo que oprime al ser humano.

Por eso, la actitud de Jesús es sorprendente, sale al encuentro de Zaqueo y le regala su amor: lo mira, le habla, desea hospedarse en su casa, quiere compartir su propia miseria y su pecado (robo, fraude, corrupción) y ser acogido en su libertad para la conversión.

La actitud de Jesús es la que produce la conversión que se realiza en la libertad. Todo lo que le pasa a Zaqueo es fruto del amor de Dios que actúa en su hijo Jesús, es la manifestación de la misericordia y la compasión de Dios que perdona y da la fuerza para cambiar. De esta manera la vida se reconstruye y me puedo liberar de todas las ataduras que me esclavizan, puedo entregarlo todo, sin miedos y sin restricciones.

Con esta actitud, Zaqueo se constituye en prototipo de discípulo, porque nos muestra de qué manera la conversión influye en nuestra relación con los bienes materiales; y en segundo lugar nos recuerda las exigencias que conlleva seguir a Jesús hasta el final. Aquí la salvación que llega en la persona de Jesús opera un cambio radical de vida.

No dudemos que Jesús nos está llamando también a nosotros a la conversión, nos está invitando a que cambiemos radicalmente nuestra vida. No se lo neguemos, no se lo impidamos. El Señor nos propone unirnos a El, ser sus discípulos y a ejemplo de Zaqueo ser capaces de despojarnos de todo lo que no nos permite vivir auténticamente como cristianos. Esta misma experiencia es la de muchos otros testigos de Jesús que, mirados por El, se convirtieron, renació su dignidad, y recuperaron la vida. Aceptemos la mirada de Jesús, dejemos que El se tropiece con nosotros en el camino e invitémoslo a nuestra casa para que Él pueda sanar nuestras heridas y reconfortar nuestro corazón. No tengamos miedo, dejémonos seducir por el Señor, por el maestro, para confesar nuestras mentiras, arrepentirnos, expresar nuestra necesidad de ser justos, devolver lo que le hemos quitado al otro… No dudemos, Jesús nos dará la fuerza de su perdón. El Señor está con nosotros para que experimentemos su amor. El ya nos ha perdonado, por eso es posible la conversión.

El caso de Zaqueo puede ser iluminador para el tema de la opción por los pobres. En la polémica oficial contra esta opción que sacaron a la luz la teología y la espiritualidad latinoamericanas, se insistió mucho en que no podría tratarse sino de una opción «preferencial», no de una «opción por los pobres» sin más, porque sin aquel adjetivo podría entenderse como una opción «exclusiva o excluyente»… Pero el adjetivo «preferencial» rebaja y diluye la esencia de la opción por los pobres, porque quien opta por los pobres preferencialmente, se entiende que opta también por los ricos, aunque sea menos preferencialmente… Una opción preferencial es una opción que no acaba de optar, que no quiere definirse, que no toma partido, que «se queda encima del muro», como dice la expresión brasileña…

Jesús opta por los pobres, mira la vida desde su óptica, es uno de los pobres, y comparte con ellos su causa. Evidentemente, no excluye a las personas ricas, y ése es el caso de Zaqueo. Pero Jesús no es neutral en el tema de riqueza-pobreza. Su encuentro con Zaqueo no deja a éste indiferente: Jesús lo desafía a pronunciarse, incluso económicamente. Jesús no excluye a Zaqueo, ni a ninguna otra persona rica, pero «sí excluye el modo de vida de los ricos», exigiéndoles la justicia y el amor. La opción por los pobres no excluye a ninguna persona (¡al contrario, desearía alcanzar y cambiar a todos los que no asumen la causa de los pobres!). Lo que excluye es la forma de vida de los ricos, la opresión y la injusticia. Buen tema éste para enfocar la homilía sobre la opción por los pobres. Leer más…

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03.11.19. Dom 31, ciclo C. Lc 19, 1-10. La iglesia de Zaqueo el publicano

domingo, 3 de noviembre de 2019
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E92AEA5F-A2CF-4AE0-9795-CE1A7899A44ADel blog de Xabier Pikaza:

 Con este evangelio culmina el tema de la riqueza y justicia de la Iglesia que ha de bajar de la Higuera, como hizo Zaqueo publicano,  signo de una iglesia enredada en el árbol del dinero, que ve pasar  a Jesús, como si fuera un extraño; pero Jesús  le ve en el árbol y le dice:  Baja pues  quiero comer en tu casa,  tengo algunas cosas que arreglar contigo (cosas de dinero).
Este Zaqueo es el signo de la Iglesia Publicana,  enredada en impuestos, dirigida por un oficial de publicanos, encaramada en su higuera… Es un hombre de dinero (administrador de hacienda), hombre rico, pero tiene curiosidad por Jesús, que pasa, le mira y le invita, para que él pueda ser publicano de iglesia de amor, de perdón y comunión, sobre el dinero.

Texto. Lucas 19, 1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más. Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Claudio Castro Paradela, publicano (Delegado de Hacienda en Pontevedra)

   Claudio influyó mucho en mi vida, sin él haberlo querido ni advertido, cuando volví  a Poio/Pontevedra el año 1969, donde estuve unos años como profesor de Biblia y Teología. Él era por entonces Delegado de Hacienda,cristiano de a pie, un inmenso creyente, que organizaba y dirigía cursos de Cristianismo. Yo un simple profesor de Biblia… Pero  un día me dijo «soy el publicano» de este pueblo, y Jesús me ha llamado para que bajé de la higuera; tenemos un grupo cristiano, y me gustaría que vinieras algún día y nos dijeras  cosas de Biblia».

  Era Delegado de Hacienda, y se murmuraba que podía ser Ministro en Madrid. Pero no quiso (o no fue elegido) y quedó en Pontevedra,  como «publicano bajado de la higuera»,  al servicio del dinero público, que ha de ser para todos.  Un día le expliqué la parábola de Zaqueo, y él me contestó resumiendo el tema  en tres puntos:

  1. Zaqueo era un inspector o delegado de hacienda de Jericó, con una función como la mía en Pontevedra. Andaba a su negocio… Parece que se aprovechaba del cargo, haciéndose rico, utilizando los impuestos de Hacienda a su servicio.
  2. A mí gustaría ser un publicano justo, en esta  España dominada por  una  «injusticia económica estructural»: Los que más pueden se enriquecen a costa de los otros, diciendo que Dios les ayuda e incluso dan limosnas de lo que han robado, para aparecer como buenos fieles de la Iglesia. En contra de eso, hace falta una economía de justicia al servicio de todos. No se trata de dar/regalar bienes de lo robado, sino de hacer justicia, de manera que la Hacienda (los impuestos) estén al servicio de  todos.
  3. Quiero ser un Zaqueo  convertido… Estaba en la higuera,  y Jesús me ha llamado, no para que deje mi trabajo en Hacienda, sino para utilizar los bienes del Estado (los impuestos) para bien de todos. Eso es lo que Jesús le pidió en el fondo a Zaqueo… Esto es lo que yo debo hacer, mejorando para ello las leyes de este Estado, y contribuyendo a la igualdad y justicia entre todos…

  Ese era el centro de mis conversaciones con Don Claudio Castro, durante algunos años, del 1969 al 1974,  cuando se estaba gestando un nuevo modelo de economía en España. Como buen gallego, él era un poco pesimista, desde su despacho de la Delegación de Hacienda de Pontevedra (viejo convento franciscano). Sabía que la era Franco debía terminar, pero tenía miedo de que lo pudiera venir después, con un capitalismo  dominante, en contra del Estado social, de los buenos impuestos para bien de todos.

    Murió D. Claudio hace años, y aún le sigo añorando, pues me (nos) decía «mi casa es tuya, vuestra»,  casa simple de un hombre que administró muchos dineros del Estado para bien de todos, sin aprovecharse de nada, como buen Zaqueo bajado de la higuera.

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El extraño caso del explotador que se convierte. Domingo 31. Ciclo C

domingo, 3 de noviembre de 2019
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ierihon_zacheuDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El protagonista del evangelio de hoy es un jefe de publicanos y rico. Este término no sugiere al lector actual del evangelio el odio y desprecio que sentía el pueblo judío hacia los miembros de esta profesión, que trabajaban al servicio de los romanos y oprimían al pueblo con el cobro de los impuestos. El antiguo publicano no tiene nada que ver con el banquero actual. Pero el odio que suscitan los banqueros en mucha gente desde hace unos años ayuda a entender el evangelio más que una larga exposición histórica sobre los publicanos. Sobre todo, cuando el banquero se ha enriquecido, mientras quienes depositaron su dinero en el banco lo han perdido todo o casi todo.

¿Mandamos a todos los ricos al infierno?

Hasta ahora, en su evangelio, Lucas no se ha limitado a defender a los pobres y a anunciarles un futuro definitivo mejor. Ha criticado también con enorme dureza a los ricos. Ha puesto en boca de María, en el Magníficat, unas palabras más propias de una anarquista que de una monja de clausura, cuando alaba a Dios porque «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos.»

Y Jesús se muestra aún más duro en el Discurso de la llanura (equivalente al Sermón del Monte de Mateo): «¡Ay de vosotros, los ricos, porque recibís vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque pasaréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque lloraréis y haréis duelo! (Lc 6,24-25). El ejemplo más claro del rico que llora y hace duelo es el de la parábola del rico y Lázaro, que no podrá disfrutar de una eternidad feliz.

¿Significa esto que ningún rico puede salvarse? El episodio del rico que pretende seguir a Jesús, aunque al final desiste porque no es capaz de renunciar a su riqueza, demuestra que un rico puede salvarse si observa los mandamientos (Lc 18,18-23).

¿Qué ocurre cuando se trata de un rico explotador? La respuesta la da Lucas en el evangelio de hoy.

El ejemplo de Zaqueo (Lc 19,1-10)

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: «Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Él bajó en seguida y lo recibió muy contento.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.»

Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: «Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.»

Jesús le contestó: «Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Breve comentario

  1. Jesús no le pide a Zaqueo que lo invite a comer, le dice que quiere alojarse en su casa. Se trata de algo mucho más personal. Cuando Jesús continúe su camino, seguirá presente en la casa y la vida de Zaqueo.
  2. La conducta de Jesús resulta escandalosa. Esta vez no escandaliza a fariseos y escribas, a seglares piadosos y teólogos rancios, sino a todos sus seguidores y partidarios, que han aplaudido hasta ahora sus críticas a los ricos.
  3. La diferencia entre Jesús y sus partidarios radica en la forma de considerar al jefe de publicanos. Mientras Jesús lo considera una persona y lo llama por su nombre («Zaqueo, baja…»), sus partidarios lo desprecian («un pecador»). Ellos se dejan guiar por una ideología que condena al rico, mientras que Jesús se guía por la fe («también Zaqueo es hijo de Abrahán») y por su misión de buscar y salvar al que se ha perdido. La historia de Zaqueo recuerda las parábolas del hijo pródigo y de la oveja y la moneda perdidas.
  4. La conducta de Zaqueo supone un cambio radical y muy duro. Sin que Jesús le exija nada, por pura iniciativa, da a los pobres la mitad de sus bienes y está dispuesto a restituir cuatro veces si se ha aprovechado de alguno. Y esto es lo que Lucas pretende enseñar: incluso un rico hipotéticamente injusto puede convertirse y salvarse; pero no basta invitar a Jesús a comer, debe darse un cambio profundo en su vida, con repercusiones en el ámbito económico.
  5. Finalmente, la conducta de Jesús con Zaqueo trae a la memoria el refrán castellano: «más moscas se atraen con una gota de miel que con un barril de hiel». Jesús podía haber criticado y condenado a Zaqueo. Sus seguidores lo habrían aplaudido una vez más. Y Zaqueo habría seguido explotando al pueblo.

Un texto precioso (Sabiduría 11,22-12,2)

La primera lectura es un excelente complemento al evangelio. Muchos piensan que el Dios del Antiguo Testamento es un ser cruel y justiciero, enemigo despiadado del pecador. Quien lea este texto tendrá que cambiar de idea: la actitud de Dios es la misma que la de Jesús con Zaqueo.

Señor, el mundo entero es ante ti como grano de arena en la balanza, como gota de rocío mañanero que cae sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no odias nada de lo que has hecho; si hubieras odiado alguna cosa, no la habrías creado. Y ¿cómo subsistirían las cosas, si tú no lo hubieses querido? ¿Cómo conservarían su existencia, si tú no las hubieses llamado? Pero a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida. Todos llevan tu soplo incorruptible. Por eso, corriges poco a poco a los que caen, les recuerdas su pecado y los reprendes, para que se conviertan y crean en ti, Señor.

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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. 03 de noviembre, 2019

domingo, 3 de noviembre de 2019
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Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.”

(Lc 19, 1-10)

El fragmento del evangelio de este domingo es precioso. Está lleno hasta los bordes de naturalidad y frescura. Zaqueo, todo un alto funcionario, un señor, subido a un árbol. Jesús que, ni corto ni perezoso, se auto invita a comer en casa ajena.  Y todos los demás, llenos de envidia, se ponen a criticar. Y así me imagino que fue el resto de la comida, todo espontaneidad por parte de unos y otros.

Para meternos más en la escena podemos imaginarnos a algún personaje de hoy (el más famoso que te venga a la cabeza) subido a un árbol. Deseoso de que pase algo que cambie su vida por completo.

Pero como las cosas del Evangelio no son “remedios” para otros, sino invitaciones para quien se aventura por sus páginas, lo mejor será que hoy hagamos un pequeño esfuerzo y nos subamos a algún árbol. A un árbol que nos permita ver el paso de Jesús por nuestra historia personal.

Será bueno ver por dónde tiene pensado pasar Jesús y hacer todo lo posible para provocar el Encuentro. Hay que subirse al árbol aunque nos de miedo caernos, pereza subirnos o vergüenza que nos vean hacer locuras. Precisamente habrá que subir al árbol del miedo, de las críticas ajenas, de la propia vergüenza… esos árboles que crecen junto al borde del camino por el que hoy tiene que pasar Jesús.

Porque solo si nos arriesgamos a subir, podremos recibir la invitación a bajar: “…, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”.

Y bien pensado vale la pena ese pequeño esfuerzo con tal de recibir a un huésped tan especial como Jesús.

Oración

“Alójate hoy en nuestra casa

y llénala de tu salvación.

Damos la valentía necesaria

para convertir la críticas ajenas

en trampolín para llegar más arriba.”

*

Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Salvarse es compartir.

domingo, 3 de noviembre de 2019
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???????????????????????????????Lc 19, 1-10

Una vez más se manifiesta la actitud de Jesús hacia los excluidos, pero hoy de una manera muy concreta. Nos está diciendo cómo tenemos que comportarnos con los que hemos catalogado como malos. Está denunciando nuestra manera de proceder equivocada, es decir, no acorde con el espíritu de Jesús. Solo Lc narra este episodio. No sabemos si es un relato histórico; pero que lo sea, o no, no es lo importante, lo que importa es la manera de narrarlo y las enseñanzas que quiere trasmitirnos, que son muchas.

Es importante recordar que Lc es el evangelista que más insiste en la imposibilidad de que los ricos entren en el Reino. Unos versículos antes, acaba de decir Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios! En este episodio resulta que llega la salvación a un rico, que además es pecador público. Sin duda Lc está reflejando la situación de su comunidad, en la que se estaban ya incorporando personas ricas que daban el salto del seguimiento sin tener que abandonar su situación social y su trabajo. La única exigencia es salir de la injusticia y pasar a compartir lo que tienen con los que no tienen nada.

En el relato hay que presuponer más cosas y más importantes de las que dice: ¿Por qué Zaqueo tiene tanto interés en conocer a Jesús, aunque sea de lejos? ¿Cómo es que Jesús conoce su nombre? ¿Cómo tiene tanta confianza Jesús para autoinvitarse a hospedarse en su casa? ¿Qué diálogo se desarrolló entre Jesús y Zaqueo para que éste haga una promesa tan radical y solemne? Solo las respuestas a estas preguntas darían sentido a lo que sucedió. Pero es precisamente ese itinerario interno de ambos, que no se puede expresar, el que marca la relación profunda entre Jesús y Zaqueo.

La reflexión de este domingo conecta con la del domingo pasado: el fariseo y el publicano. ¿Os acordáis? El creernos seguros de nosotros mismos nos lleva a despreciar a los demás, a no considerarlos; sobre todo, si de antemano los hemos catalo­gado como «pecadores». Incluso nos sentimos aliviados porque no alcanzan la perfec­ción que nosotros creemos haber alcanzado, y de esta manera podremos seguir mirándolos por encima del hombro. “Todos murmuraban diciendo: ha entrado a comer en casa de un pecador”.

Zaqueo Tiene deseos de conocer a Jesús, pero no se atreve a acercarse. Le señalarían con el dedo y dirían a Jesús que era un pecador. Podemos imaginar la cara de extrañeza y de alegría cuando oye a Jesús llamarle por su nombre; lo que significaría para él que alguien, de la categoría de Jesús, no solo no le despreciase, sino que le tratara incluso con cariño. Zaqueo se siente aceptado como persona, recupera la confianza en sí mismo y responde con toda su alma a la insinuación de Jesús. Por primera vez no es despreciado por una persona religiosa. Su buena disposición encuentra acogida y se desborda en total apertura a la verdadera salvación.

Una vez más utiliza Lc la técnica literaria del contraste para resaltar el mensaje. Dos extremos que podíamos denominar Vida-Muerte. Vida en Jesús que manifiesta lo mejor de sí mismo abriéndose a otro ser humano con limitaciones radicales que le impiden ser él mismo. Vida en Zaqueo que, sin saber muy bien lo que buscaba en Jesús, descubre lo que le restituye en su plenitud de humanidad y lo manifiesta con la oferta de una relación más humana con aquellos con los que había sido más inhumano. Muerte en la multitud que, aunque sigue a Jesús físicamente, con su opacidad impide que otros lo descubran. Muerte en “todos” los escandalizados de que Jesús ofrezca Vida al que solo merecía desprecio.

¿Hemos actuado nosotros como Él, a través de los dos mil años de cristianismo? ¿Cuántas veces con nuestra actitud de rechazo truncamos esa buena disposición inicial y conseguimos desbaratar una posible liberación? Al hacer eso, creemos defender el honor de Dios y el buen nombre de la Iglesia. Pero el resultado final es que no buscamos lo que estaba perdido y, como consecuencia, la salvación no llega a aquellos que sinceramente la buscan. Como Zaqueo, hoy muchas personas se sienten despreciadas por los dirigentes religiosos, y además los cristianos, con nuestra actitud, seguimos impidiéndoles ver al verdadero Jesús.

Muchos, que han oído hablar de Jesús, quisieran conocerlo mejor pero se interpone la “muchedumbre” de los cristianos. En vez de ser un medio para que los demás conozcan a Jesús, somos un obstáculo que no deja descubrirlo. ¡Cuánto tendría que cambiar nuestra religión para que en cada cristiano pudiera descubrirse a Cristo! Estar abiertos a los demás es aceptar a todos como son, no acoger solamente a los que son como yo. Si la Iglesia propone la actitud de Jesús como modelo, ¿por qué se parece tan poco nuestra actitud a la de Jesús?

Siempre que se ha consumado una división entre cristianos (cisma), habría que preguntarse, quién tiene más culpa, el que se equivoca pero defiende su postura con honradez o la intransigencia de la iglesia oficial, que llena de desespe­ranza a los que piensan de distinta manera y les hace tomar una postura radical. Lutero, por ejemplo, no pretendía una separación de Roma, sino una purificación de los abusos que los jerarcas de la iglesia estaban cometiendo. ¿Quiere decir esto que Lutero era el bueno y el Papa y los cardenales los malos? Ni mucho menos; pero con más de comprensión y menos soberbia se hubiera evitado la división.

Hacer nuestro el espíritu de Jesús es caminar por la vida con el corazón y los brazos siempre abiertos. Estar siempre alerta a los más pequeños signos de búsqueda. Acoger a todo el que venga con buena voluntad, aunque no piense como nosotros; incluso aunque esté equivocado. Estar siempre dispuestos al diálogo y no al rechazo o la imposición. Descubrir que lo más importante es la persona, no la doctrina ni la norma ni la ley.

No acogemos a los demás, no nos paramos a escuchar, no descubrimos esa disposición inicial que puede llevar a una conversión. La acogida con sencillez tenía que ser la postura de los seguidores de Jesús. Apertura incondicional a todo el que llega a nosotros con ese mínimo de disposición, que puede reducirse a simple curiosidad, como en el caso de Zaqueo; pero que puede ser el primer paso de un auténtico cambio. No terminar de quebrar la caña cascada, no apagar la mecha que todavía humea, ya sería una postura interesante; pero hay que ir más allá. Hay que tratar de restablecer y vendar la caña cascada; avivar la mecha que se apaga.

El final del relato no tiene desperdicio: “He venido a buscar y salvar lo que estaba perdido”. ¿Cuándo nos meteremos esto en la cabeza? Jesús no tiene nada que hacer con los perfectos. Solo los que se sienten perdidos podrán ser encontrados por él. Esto no quiere decir que Jesús tenga la intención de restringir su misión. Lo que el relato deja claro es que todos necesitamos ser recuperados. Solo el que tiene conciencia de estar enfermo buscará un médico.

Este relato desmonta de raíz el cacareado discurso populista de que Jesús hizo una opción preferencial por los pobres materiales. Sería cierto si entendemos por pobreza la carencia de humanidad. Jesús intentó librar al hombre de su pobreza material que le impedía desplegar su propia humanidad y a liberar al rico de su riqueza que también le impide ser humano con los demás. Es fácil liberar al pobre de su pobreza que no depende de él y está deseando superar. Es más difícil liberar al rico porque está encantado con sus privilegios y no desea otra cosa.

Meditación

Solo lo que está perdido necesita ser buscado.
No se trata de sentirse “indigno pecador”.
Se trata de tomar conciencia de la dificultad del camino
y sentir la necesidad de ayuda para alcanzar la meta.
Si me empeño en caminar en solitario, seguro que me perderé.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dios ama y acoge

domingo, 3 de noviembre de 2019
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virgen5El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males (Leonard Cohen)

3 noviembre. DOMINGO XXX DEL TO

Lc 19-1-10

Maestro bueno qué debo hacer, ¿para heredar la vida eterna? 

La misericordia es fruto del amor que Dios tiene a todos los seres: la hierba de la pradera, del caballo que la pace; el caballo, de la espuela del jinete; el jinete, del viento frío que le azota.

Tocatas de arrebato y fuego porque algo se les quema sin que nadie venga a sofocarlo; el dolor queda clavado haciendo estragos mientras la misericordia y compasiva Tierra, grita pidiendo amor y ayuda para sus maltrataos hijos.

Parece que el amor ha levantado vuelo al cielo pidiendo ayuda a las estrellas, pues parece que también ellas, doloridas, sienten la oscuridad sobre sus ojos, y lloran como Vírgenes Dolorosas.

Así nos la presentan en forma triste y angustiada por con un rostro en plenitud de lágrimas y tristes, los cuatro evangelistas, presenciando de lejos la muerte de su hijo.

Y los artistas la han tallado en hermosas imágenes que el pueblo aplaude en las procesiones de Semana Santa.

En Lorca, Murcia, obra de José Capuz Mamano, una imagen de estilizada belleza formal, casi de un dolor idealizado, con serena expresión y aflicción contenida, tersas mejillas y lágrimas tácitas en el rostro, que revelan el intenso y profundo dolor del sentimiento que la embarga.

“Virgo María Perdolens” y seis espadas hirientes en el corazón clavadas de una “Moerens Mater”, “Mater Ababilis”, y un Jesús dolorido entre los brazos.

 

“Estamos vibrando como un tenedor bailante; y mandamos vibraciones a la gente, todo el tiempo. Emitimos y recibimos. Entonces, las emociones orquestan las interacciones entre nuestros órganos y sistemas para controlar eso”, escribe Candace Pert, bióloga descubridora del receptor opioide, es autora del best seller Molecules of Emotion.

Un excelente texto que nos complace y consuela conocer por sus dimensiones del interser y su eficacia en testificarnos la proyección de nuestro amor hacia los otros.

El amor no tiene cura, pero es la única cura para todos los males, decía Leonard Cohen. No tiene cura y en muchas ocasiones puede tornarse doloroso, pero no hay sensación equiparable de alguien y ser correspondido; ejemplo, la Dolorosa y todos cuantos siembran y practican amor por todo el mundo.

Maestro bueno qué debo hacer, ¿para heredar la vida eterna? Pues para poder obtenerla siendo testigos de amor entre nosotros.

El mejicano José Tomás de Cuellar, pone de manifiesto la dimensión ondisonante del dolor, y la bondad de la misericordia, de cuanto aquí hemos hablado:

¡¡seis espadas clavadas en el corazón de todo cuanto existe!!

LA TEMPESTAD

Y se agita la mar ondisonante
al rudo empuje de aquilón bravío,
y ya truena en el cóncavo vacío
el flamígero rayo amenazante:

Va cundiendo el pavor a cada instante,
todo está triste, lóbrego, sombrío,
férvido entonces en el pecho mío
siento latir el corazón amante.

Y exclamo con acento lastimero:
¡Oh Señor! ¡cuán magnánimo te ostentas!
¡tiembla a tus pies el universo entero!

¡Ah! sí, bondad, cuánto poder alientas,
gracia, perdón, misericordia quiero
del alma en las terríficas tormentas.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Zaqueo, un hombre bajito que recuperó su grandeza interior

domingo, 3 de noviembre de 2019
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zaqueoDOMINGO XXXI TO.  Lc 19, 1-10

Estamos ya cerca de Jerusalén, en Jericó. En el evangelio de Lucas, este viaje a Jerusalén es un itinerario de formación, que Jesús da a sus discípulos, para la misión que les va a encomendar.  La lección de hoy es genial.  Nos presenta a Zaqueo como modelo, prototipo o ideal para los que quieran ser seguidores de Jesús. El aprendizaje que se espera en esta clase: El encuentro con Jesús puede transformar tu vida si lo buscas con empeño.  Ensaya ser Zaqueo. Merece la pena.

Lc, en este relato, lleva muy bien la secuencia del texto. Todos están pendientes de lo que va a suceder. Zaqueo quiere conocer a Jesús y es bajo de estatura. Se sube, sin apuros, a un sicomoro para ver a Jesús que va a pasar por allí. No le importa nada si alguien ve aquello como un poco ridículo y comprometido. Un hombre importante y rico, un súper-publicano, la gente de Jericó le conoce, subido en un árbol grande para ver a Jesús.  Nada le importa todo esto con tal de lograr su objetivo: conocer a Jesús.

Al pasar junto al sicomoro, Jesús levanta la vista, también Jesús quiere conocer a Zaqueo:  ¡Zaqueo baja, que quiero que me invites a tu casa! Jesús se autoinvita. Dos miradas que se encuentran. Dos buscadores que se descubren. El salto que debió dar Zaqueo nos lo imaginamos. ¡¡Claro!!¡¡ Vamos a casa!! Está contento como unas pascuas.  Contraste: Zaqueo es rico y feliz, el joven rico del encuentro con Jesús se va triste porque era rico. Dos tipos de ricos que buscan y se encuentran con Jesús pero con resultados diferentes. Esto da que pensar. A un rico, el joven, la riqueza le esclaviza, le  aplasta y al otro, Zaqueo, la riqueza le salva. Al acabar el comentario veremos cómo y por qué.

La conversación durante la comida debió ser de lo más interesante. Los fariseos presentes murmuran: ¡¡Ha entrado en casa de un pecador y está comiendo con él!! Y Zaqueo, borracho de alegría, tira la casa por la ventana: Doy la mitad de mis bienes para los necesitados y a quien haya robado le repararé en cuatro veces. A eso Jesús llama salvación: ¡¡Hoy ha sido la salvación de esta casa!!

¡Acabáramos! ésta es la clave. Zaqueo había intuido que acercarse a Jesús le convenía. Aunque era rico e importante en la ciudad, sabía que el dinero no da la felicidad ni la plenitud.  Y en el encuentro con Jesús descubre dónde está su felicidad. El encuentro con Jesús está llenado su vida, dándole un nuevo rumbo y sentido. Está transformado su vida. A Zaqueo le han salido muy bien las cuentas. Ha conseguido más de lo que buscaba. No esperaba tanto. No sabía lo que le espera detrás de ese encuentro. De ahí su respuesta tan inesperada, tan generosa. Se desprende de lo que era y tenía a cambio de un tesoro no perecedero. Ha encontrado la perla que como buen comerciante no se la deja arrebatar. Hay que felicitar a Zaqueo. ¡¡Hoy ha llegado la salvación a esta casa!! Verdaderamente la enseñanza ha sido muy bien impartida. Y el aprendizaje de Zaqueo sobresaliente.

Veamos ahora lo que tenemos que aprender nosotros. Situémonos como zaqueos, trasplantados a nuestro contexto social y religioso. Como Zaqueo somos ricos insatisfechos. Como Zaqueo somos buscadores de plenitud y sentido, anhelamos como él, no sabemos qué. Jesús lo llama salvación. El evangelio de Lucas cierra el relato de hoy con estas palabras: “Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido”.  Como Zaqueo nos sentimos buscadores y buscados  y estamos encontrados entre los perdidos, nos sabemos salvados y salvadores.

De la lectura de hoy hemos aprendido que también nosotros, los ricos insatisfechos, podemos descubrir dónde está la felicidad, la plenitud que anhelamos.  En hacer lo que hizo Zaqueo. Se contagió del Espíritu de Jesús. Se convirtió en seguidor-discípulo de Jesús. Asumió los valores del Reinado de Dios. Zaqueo es un modelo de rico que comparte sus riquezas con los necesitados. Zaqueo se humaniza y enseña a los ricos a humanizarse. Asume una ética de solidaridad y austeridad compartida. Jesús salva a Zaqueo y a todos nosotros de nuestras riquezas. Los ricos se salvan compartiendo lo que tienen con los necesitados. Es el único modo de poder hacer un mundo más justo y más humano.

Señor: ¡¡¡ Ayúdanos a ser zaqueos!!!

África de la Cruz Tomé

 Fuente Fe Adulta

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Juicio o acogida

domingo, 3 de noviembre de 2019
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zaqueo-en-foto-grande-242x300Domingo XXXI del Tiempo Ordinario

3 noviembre 2019

Lc 19, 1-10

El yo tiende a moverse según las “etiquetas” que constantemente asigna a las cosas y a las personas. Etiquetas que constituyen un filtro mental que impide la visión directa –debido a ellas, no vemos a las personas como son, sino como pensamos que son– y que resulta muy difícil modificar. Como han demostrado recientes investigaciones neurocientíficas, el cerebro tiende a aferrarse a sus propios prejuicios antes que cambiar su modo de ver, porque no le importa en absoluto la verdad, sino lo que él piensa que es la verdad. Por eso tiende a convertir lo aparente en evidencia para ofrecernos un presente apetecible y coherente, y por la misma razón se aferra a sus propias etiquetas que ha identificado como “la verdad”. Por sorprendente que parezca, la imagen mental inicial –la etiqueta– rara vez se rectifica. Ese es el motivo por el que, como escribe David del Rosario (El libro que tu cerebro no quiere que leas, Urano, Madrid 2019, p.168), un científico que ha estudiado estas cuestiones, “un prejuicio limita más que un gen”.

De la etiqueta brota siempre un juicio que estará coloreado por aquella. Por ejemplo, quienes consideraban como “pecador” a un publicano rico que extorsionaba a los pobres no podrían entender que Jesús, no solo se dirigiera a él de manera amistosa, sino que además le pidiera alojarse en su casa. El prejuicio se había colocado por encima de la persona.

Lo que percibimos en Jesús es la actitud contraria: no-juicio (ausencia de prejuicios o etiquetas), proximidad y acogida, que nacen de la capacidad de ver con una mirada limpia: la expresión “lo vio” aparece intencionadamente cargada de interés sincero.

El relato concluye mostrando el efecto que la acogida produce en Zaqueo y la motivación última de Jesús. El publicano vive una conversión, que consiste en un cambio en su modo de ver: en virtud de ello, es capaz de mirar a los pobres y a aquellos de quienes se había aprovechado acogiéndolos; el corazón egocentrado da paso a un corazón que sabe compartir.

La motivación de Jesús, que explica su comportamiento provocativo e incluso “escandaloso” a los ojos de la sociedad biempensante, se halla en su mirada, en su capacidad de ver a la persona en su valor incondicional. “Condena el pecado, pero no al pecador”, decía un antiguo aforismo. Sin que eso signifique justificar cualquier acción, es claro que toda persona puede ser comprendida en toda situación…, a condición de que tomemos distancia de nuestros propios mapas mentales y seamos capaces de ver la realidad como la propia persona, fruto de sus condicionamientos, la está viendo. Si no puedo comprender al otro, ello no es debido a que sea incomprensible, sino a mi propio narcisismo que me impide tomar distancia de lo que es mi perspectiva particular.

Es precisamente la actitud que vive hacia las personas –hecha de amor incondicional y de no juicio– la que explica la misión con la que se ha identificado: “buscar y salvar lo que estaba perdido”. Lo cual está afirmando implícitamente que todo puede ser salvado.

¿Vivo más en el juicio o en la acogida comprensiva e incondicional?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Zaqueo, como nosotros somos pequeños y no solamente de estatura

domingo, 3 de noviembre de 2019
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índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Jesús entra en Jericó.

         Y no por casualidad.

Jericó fue -es- la puerta de entrada a la tierra de promisión.

Estaba ya terminando el largo camino por el desierto (Éxodo) hacia libertad (40 años) y estaban llegando a la tierra de promisión, pero Jericó estaba cerrada a cal y canto a los israelitas que iban llegando. (Jos 6,1).

  1. Rajab

Rajab es una mujer que vivía en Jericó: hospedera y prostituta, de ella nos habla el libro de Josué (capítulos 2 y 6) y Mateo la incluye entre los antepasados de Jesús (Mateo 1,5).

Rajab no es israelita, es una extraña: su casa estaba apoyada en la muralla de la ciudad, un lugar periférico; marginada en el mundo de la prostitución. Su casa está “estigmatizada” con una cinta roja; (como los “picos pardos” que refleja la literatura española del siglo de oro).

         Unos -los primeros- israelitas se filtran en Jericó para ver cómo era, así como para “inspeccionar” el modo de entrar en la ciudad y si había posibilidades de vivir allí.

Una mujer, Rajab, conmovida por la suerte de los israelitas, preocupada igualmente por su padre, su madre, sus hermanos y hermanas… Rajab prepara con solicitud la protección de los espías de Israel: los hospeda en su casa.

Paradójicamente Rajab: prostituta, extranjera, mentirosa, la traidora, a la hora de hacer pactos y alianzas (Alianza) por la vida, es más fiable que cualquier otra persona: incluidos políticos y eclesiásticos. Rajab es cumplidora de la primera de todas las leyes: sobrevivir, ayudar y aprender a combatir por la propia dignidad abriendo un futuro para sí y para los suyos y los no suyos.

  1. Zaqueo

03.1   Zaqueo es una contracción, un diminutivo de Zacarías, que significa: Dios salva. Exactamente lo mismo que significa Jesús: Dios salva.

         Estamos en un ámbito, en una historia de salvación.

         Este Zaqueo era archi (jefe) de publicanos: cobrador y ladrón de impuestos para el Imperio romano (poder opresor).

         Lo de los publicanos en san Lucas tiene su ironía. En este evangelio aparecen seis publicanos y todos son puestos como modelos de actitud existencial.

Por tanto, Zaqueo era un hombre de muy buena posición social, pero también como Rajab, mal visto y marginado por la sociedad, vivía aislado: ambos vivían marginados, fuera de la convivencia “normal”.

03.2  No da la talla.

Y los males de Zaqueo no terminan ahí, pues además era “corto de estatura”: no daba la talla, diríamos nosotros. Y la cortedad no se refiere a lo físico.

Todo ser humano es pequeño, poca cosa, oír mucho que se lo crea.

Zaqueo era un hombre abierto, (como Rajab), y andaba corriendo de aquí para allá queriendo y saber quién era Jesús, quería ver a Jesús (v 3). Trataba de distinguir quién era Jesús.  Zaqueo buscaba la verdad, la vida. Amar y buscar la verdad y la vida. Zaqueo era un hombre que buscaba, evolucionó en la vida

En la vida hay evoluciones, involuciones, revoluciones, devoluciones… Hay etapas, situaciones en las que no vemos el camino a seguir, andamos perdidos, despistados. No hay que quedarse en la higuera. ¿Cambio algo alguna vez en mi vida?

Que Zaqueo fuese pequeño tiene también otra lectura. Los seres humanos somos pequeños ante Dios, No podemos abarcar a Dios y meterlo en nuestro pensamiento. Somos demasiado pequeños, por eso hemos de buscarle siempre. Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, decía san Agustín.

  • 3 Zaqueo se sube a un árbol, a una higuera.

Zaqueo, el pobre hombre no podía entrar en ninguna casa, porque era “persona non grata”, tampoco podía entrar en institución alguna, ni en el Templo.

Se sube a un árbol, lo cual tiene también su retranca Se sube a una higuera (sicómoro). (Lc 19,4), para ver quién era Jesús. La higuera es Israel, algo así como el pozo de Jacob en Juan 4: nosotros diríamos: la higuera representa la Complutense, la UPV, el centro de la sabiduría el parlamento, el Obispado, la cátedra. Pero desde esas instancias se ve poco, más bien nada, al menos nada decisivo.

La alusión a otro árbol es también evidente: donde se ve a JesuCristo es en el árbol de la cruz.

03.4  Jesús le mira de abajo arriba (y no al revés).

Es Jesús quien se acerca y le mira de abajo arriba: levantó los ojos (Lc 19,5)[1]. No es lo mismo mirar de abajo arriba: el publicano que no se atrevía a levantar la mirada (Lc 18,13), que mirar de arriba abajo, por encima del hombro. (Que se lo pregunten a los emigrantes, a los negros, a los pobres, a los sin techo…).

03.5  ¡anda, baja rápido y contento! de la higuera, (Lc 19,5).

         Lo de “estar en la higuera” tiene para nosotros un sentido de despiste e ingenuidad: “estás en la inopia, a ver si te enteras, baja del guindo”. Jesús le dice a Zaqueo: baja de la higuera: de Israel, del poder, del escaño parlamentario, de la sede, deja ya de medrar y ponte “a pueblo llano”.[2]

  1. Vuelva usted mañana”.

“hoy ha entrado la salvación a esta casa”

Estamos acostumbrados ¿o hartos? del “vuelva usted mañana” de la administración, las listas de espera de Osakidetza, y no digamos nada ya de los retrasos que se traen en los ambientes eclesiásticos para que una bendita alma salga del purgatorio: 100 o mil años de indulgencias (¡)

Lo del Dios de Jesús es muy distinto: Hoy tengo que alojarme en tu casa. Hoy ha entrado la salvación a esta casa, (Lc 19,5.9).

  • o El “hoy” del evangelio de Lucas es radical. La salvación ya está entre nosotros: estamos salvados hoy, no mañana. San Lucas lo repite de comienzo a fin de su evangelio:
  • o Cuando Jesús nace en Belén la noticia se difunde a los pastores (marginados): Os ha nacido hoy, un Salvador, (Lc 2, 11).
  • o En su “discurso programático, al comienzo de su ministerio, tras leer la Escritura Jesús dice: la sinagoga: hoy se cumple ante vosotros esta Palabra, (Lc 4, 21).
  • o Ahora con Zaqueo ocurre lo mismo: «Hoy» ha llegado la salvación a esta casa.
  • o Al pobre Pedro le pasó algo por el estilo: Pedro se acuerda de que el Señor le había dicho; hoy mismo, antes que el gallo cante, me habrás negado tres veces y llora amargamente, (Lc 22, 61)
  • o Y fue lo último que Jesús hizo en este mundo: le dijo (al buen ladrón): «hoy» estarás conmigo en el Paraíso. (Lc 22, 61)
  • o No estaría de más una revisión de la asignatura pendiente de las indulgencias, del “perdón a plazos” del purgatorio, etc.
  • o La salvación está ya, hoy, en nuestra historia.
  1. Zaqueo bajó a toda prisa y lo recibió muy contento en su casa.

         Tres hermosas actitudes de Zaqueo:

  1. Deja corriendo los tinglados del poder (la higuera). Lo del poder es que no tiene remedio: no nos gusta bajar ni dejar un milímetro de nuestra cota de poder.
  2. Baja encantado: dos veces hace alusión el evangelio de hoy a estar contento: Zaqueo termina contento conociendo y comiendo con Jesús.

¿Estoy contento en el la vida, en que el Señor esté en mi casa? (absténganse eclesiásticos).

La salvación cristiana implica unas consecuencias sociales y económicas. Quizá Zaqueo ha tenido que dejar su viejo oficio; ha perdido, ha dado su dinero; pero ha encontrado la justicia (restitución) y el amor (reparte sus bienes). Desde un punto de vista auténticamente humano bien merece la pena lo que pierde por aquello que ha ganado.

Donde el mensaje de Jesús no repercute en la manera de emplear los bienes ha perdido toda su exigencia y su promesa.

  1. recibe a Jesús en su casa.

San Lucas emplea infinidad de veces esta realidad de protección” y confianza que es la casa.

  • o María entró en casa de Zacarías y fue acogida por Isabel en su casa (Lc 1,40.57).
  • o A pesar de ser de la casa y estirpe de David, Jesús no tuvo una casa en Belén para nacer con toda la tradición de David, del pueblo, la etnia etc. (Lc 2,7), no había una Rajab, ni un Zaqueo. Jesús entra en casa de la familia de Pedro y cura a su suegra de la fiebre de poder (Lc 4,38).
  • o El publicano, Leví, le ofreció a Jesús un gran banquete en su casa con un grupo grande de recaudadores de impuestos, (Lc 5,29)
  • o El pobre-rico centurión romano no se consideró digno de que Jesús entrara en su casa, (Lc 7,6).
  • o Jairo, oficial de la sinagoga le rogaba a Jesús que entrara a su casa, (Lc 8,41).
  • o Marta le recibió en su casa. Lc 10,38
  • o Los hijos de Israel se excusan ante el banquete y Jesús dice: Salid a los caminos y por los cercados, e invitad a todos para que se llene mi casa. (Lc 14,23).
  • o El hijo perdido vuelve a casa, (Lc 15)
  1. El hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido.

Termina así el evangelio de hoy y termina así la misión del Señor. A estas alturas del año litúrgico y de nuestra vida, nos damos cuenta agradecidamente de qué significan estas cosas. Buscar y salvar lo que estaba perdido. Desde Rajab a Zaqueo: ahí andamos muchos “hijos perdidos, ovejas perdidas” en la vida. Seamos Rajab o Zaqueos o los dos:

Hoy ha llegado la salvación a nuestra casa

[1] Recuerda un poco la Eucaristía: Jesús “eleva los ojos al cielo”.

[2] Esto es como lo de san Pablo, que más que caer del caballo, cayó del burro…

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2.11.19. Por nuestra hermana muerte, loado mi Señor

sábado, 2 de noviembre de 2019
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23130699_879579698885890_9051203129891291326_nDel blog de Xabier Pikaza:

Todos los Difuntos, la alabanza de la muerte

El tema del hombre es morir para la vida

De los muertos vivimos, y por ellos alabamos  a Dios, en fraternidad gozosa. Porque ellos han sido y son para  (con) nosotros, como sabe y dice el Hermano Francisco,  en su Canto a las criaturas (sol, luna y estrellas, luego viento, y agua y fuego), con la «hermana madre nuestra tierra» (sora nostra matre terra)…,  para culminar con nuestra hermana (sora) muerte.
     Por eso, hoy (1.11) es  día de cantar a  sora nostra morte corporale, como sigue diciendo Francisco, a la muertehermana universal (nuestra) como Dios, como la tierra…  Por eso, es bueno precisar mejor los rasgos de esa muerte, que es corporal (como la tierra) y es  divina, como el  Dios de Cristo,  siendo «mía», «hermana del alma», condición y vida de todos los vivientes, que morimos en, con, y para los demás (en y como Cristo).
     Así quiero presentarla , destacando su condición «bendita» de  hermana nostra, por la que alabamos a Dios,  pues en él vivimos, nos movemos/morimos y somos (Hch 17, 28), para así regalar  vida y compartirla con todos, pues en el Cristo  muerto y resucitado somos, en esperanza universal, sabiendo que la vida de Dios en los hombres hermanos no muere, sino que se transforma, como evocaré en dos partes:
 (a) Quiero evocar a una abuela,que me enseñó a querer a los muertos, sabiendo «querido» por ellos, en la línea de Francisco de Asís, dándoles gracias por seguir  en nosotros, cuando pasábamos un día como éste junto al cementerio, hace más de 70 años, con cierto miedo, pero con temblor más fuerte de gozo.
(b) Presentaré una breve  historia de las religiones, que me ha permitido trazar un esquema de vida con revelación del sentido de los muertos. Empiece el lector por la primera parte. La segunda puede quedar para eruditos.
(Imágenes para situar el tema. 1: Necrópolis romana de Barcino/Barcelona, del tiempo de Jesús; 2: Corredor externo de la Iglesia de mi abuela de Zeberio, que era en principio cementerio abierto desde el templo a la luz del ancho mundo;  3: Necrópolis de Argiñeta/Elorrio, junto al pueblo de mi abuela; 4: Necrópolis budista; 5: Yad-va-Shem, memorial de los muertos de la Soah, en Jerusalén; 6: Cementerio de soldados alemanes «caidos», en Yuste).
La herencia de mi abuela

zeberio_santotomas_hRecuerdo que solíamos pasar al lado del cementerio, a veces de noche y siempre había personas que nos metían miedo, hablando de apariciones de difuntos. Solíamos tener miedo, ir de puntillas, callados, por si aparecían las almas. Pues bien, recuerdo que ella, la abuela, con la sabiduría de los siglos, me dijo, nos dijo: no tengáis miedo a los muertos; son amigos que ayudan. Siguen aquí cerca de nosotros para acompañarnos a vivir, hasta que todos lleguemos al cielo.

Ese lenguaje de la abuela encerraba una historia de las religiones. Sin ella saberlo, sabía y decía todo lo que han dicho a lo largo de los larguísimos milenios, las grandes religiones, desde el paganismo primero de la tierra vasca (o africana), hasta el más hondo cristianismo, pasando por las religiones orientales.
La abuela era pagano/cristiana, como seguimos siendo paganos en un resquicio del alma, todos nosotros. Para ella, los muertos eran impulsores de vida. Más aún, eran la potencia de una vida que sigue haciéndonos vivir, pura energía espiritual. Ellos nos dan dado la vida y se han ido antes que nosotros para que nosotros podamos existir. Así nos decía “se han ido para ayudarnos; no recéis por ellos, rezarles a ellos para que os acompañen”. Esta ha sido para mí una experiencia de vida y después, cuando he estudiado el sentido de la muerte y de los muertos en las varias religiones de la tierra, he tenido siempre en cuenta lo que decía la abuela.

Argieta03Pero la abuela tenía algo de las religiones orientales. Ella sabía que los muertos tienen que “purificarse”, venciendo todas las formas de mal que han podido ir acumulando a lo largo de su vida. No, ella no creía en las reencarnaciones, pero sí creía en la necesidad de crear un mundo de luz y de gracia, hasta la purificación final de todos, de los vivos y los muertos. Por eso había que seguir vinculados a los muertos, para que todos, nosotros y ellos, fuéramos alcanzando la perfecta limpieza. En ese sentido, la vida en su conjunto era un “purgatorio”, un purificatorio: un camino en el que podemos y debemos aprender a querernos, superando las manchas del odio y la venganza. Por eso, en el fondo, “creer en los muertos” era creer que no habían muerto del todo, que seguían haciendo un camino de Dios, hasta que alcanzaran, con la ayuda de Dios y nuestra colaboración, pureza total de la vida. Esa purificación no era fuego… almas que se queman, sino escuela de amor, para todos.

Finalmente, la abuela era muy cristiana. Recuerdo la manera que tenía de hablar de los “inocentes”, es decir, los locos, los pobres sin ningún medio de subsistencia, los niños que morían sin haber crecido… En ellos veía a Dios. En ese sentido, todos los muertos acababan siendo “inocentes”. Ellos eran los que sustentaban este mundo, manteniendo viva la misericordia de Dios. Pero, al mismo tiempo, ella sabía que tenemos que cambiar la forma de vida en este mundo, cambiar las condiciones de la sociedad, para que no hubiera inocentes sufriendo, para que todos pudiéramos vivir, en amor, como la Virgen María, que ayudaba en el camino.

Creer en los muertos era creen en la vida que es un don de inocencia, un don de Dios, al servicio de los más pobres, esperando la llegada de un mundo de justicia total. Por eso, en el fondo del “culto a los muertos” estaba el recuerdo de Jesús: ser como Jesús para resucitar, para que un día la vida fuera trasparente (nos podríamos ver todos, muertos y vivos); para que un día la vida fuera lugar de justicia para todos, empezando por los “inocentes”. Por ero, recordar a los muertos era un modo de tenerlos presentes en un camino de esperanza… con la certeza de que un día no habría ya muerte.

Ahora, pasados muchos años, más o menos 70, quiero recordar y recrear algunas de las cosas que estaban en el fondo del lenguaje de la abuela, de otra manera, desde la historia de las religiones. Si alguien quiere seguir leyendo siga, pero lo fundamental (lo que yo quería decir) ya lo he dicho, en este días de difuntos, con la memoria (quizá idealizada) de mi abuela.

2. Los muertos en las religiones de la naturaleza

Los muertos están en el mismo proceso de la vida. Así lo han dicho las religiones cósmicas (o de la naturaleza), que introducen la historia del mundo y de los hombres en el ritmo incesante, siempre repetido, del eterno retorno de la vida. Eso significa que no hay fin, no existe meta alguna, sino rueda de generaciones y generaciones, una rueda que en el fondo es buena, porque es bueno vivir. Lo que ha sido eso es, lo que es eso será, lo que es ya ha sido. De esa forma, los muertos están en el mismo ritmo de la vida, que vuelve de formas distintas, pero en el fondo siempre iguales. Siguen estando en la roca y el árbol, en el mar y la montaña, en las estrellas y el mar infinito.

De esa forma, los muertos se integran en el eterno retorno de la naturaleza, entendida como divina, realidad suficiente, absoluta. No hay un Dios personal, ni los hombres son de verdad individuales: vivimos de los muertos que han vivido antes que nosotros. Y así seguiremos viviendo. Por eso enterramos a los muertos, para que fecunden la tierra, como semilla de vida.
En algunas de estas religiones, el “alma” es Huaca, un alma cósmica. Esa es una palabra propia de los incas del altiplano sud-americano, que piensan que el hombre forma parte del todo divino cósmico. Huaca son las montañas, los ríos poderosos y, en especial, la madre tierra. Pero en ella son especialmente sagrados o huaca los que han muerto y siguen vinculados a su sepultura. Por eso es fundamental el enterramiento: de la madre tierra venimos y en ella somos recibidos por la muerte. Quizá podemos decir que el alma de los hombres forma parte del gran alma cósmica, que es la divinidad de la tierra o huaca. Por eso, un día como hoy, en gran parte de la América profunda, los vivos y los muertos se descubren en sinfonía superior de Vida. Así lo he sentido, por ejemplo, en México y en Perú, lugares donde el culto a los muertos sigue siendo garantía de sentido y vida para millones y millones de personas.

3. Religiones de la interioridad

51141525_092f04bc5e.jpgLas religiones de la interioridad (hinduismo, budismo) tienden a decir que los hombres y mujeres somos más que mundo. Somos alma (interioridad, espíritu) que ha descendido de la altura de Dios y ha venido a introducirse en un mundo que gira y que gira, sin sentido alguno. Así estamos en el mundo como en una cárcel: Somos el resultado de una caída… y por eso estamos encerrados en la materia. Por eso tenemos que volver a nuestro origen y patria, a lo divino, más allá de las estrella. Vuelve el polvo, vuela el alma el cielo… Por eso, estas religiones suelen quemar a los muertos: para que el alma se desligue de la materia, para que la vida interior se libere del peso del cuerpo y vuelva a su sitio, en lo divino.

De esa manera, la muerte no es retorno a los ciclos de vida de la tierra, sino separación liberadora. Las almas deben invertir el camino de caída y volver a su origen superior, superando así la historia. De todas maneras, los muertos han hecho que seamos lo que somos y así les damos gracias. En el fondo, somos ellos: somos todos los muertos que aún no han logrado purificarse y que vuelven, volvemos a la tierra que el liberemos el espíritu y salgamos de esta cárcel y Dios sea Dios para siempre y la materia se muera y destruya a sí misma, como pura materialidad sin alma.

En estas religiones… sólo se “salva” el mundo interior, el mundo exterior ha de perderse. Por eso, aquí no se puede hablar de resurrección ni, en el fondo, de transformación de este mundo, de justicia… Para superar la muerte es necesario, en el fondo, superar la misma vida. La religión es, en el fondo, la forma en que los hombres y mujeres pueden superar la vida, el eterno retorno de los deseos que nos atan a la tierra. Los que han muerto de verdad ya no desean nada, no están en ninguna parte, sino en el puro más allá de la tierra del silencio. Da la impresión de que para superar la muerte hay que superar la vida, pues toda la vida el hombre en el mundo es muerte. Aquí importa la vida interior, la salvación del “alma”, no la justicia y comunicacion entre los hombres. Desde ese fondo se puede hablar de reencarnación y de inmortalidad.

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“Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

viernes, 1 de noviembre de 2019
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31-852867En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

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«Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.». Viernes 01 de Noviembre de 2019. Todos los Santos

viernes, 1 de noviembre de 2019
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58-TodoslossantosALeído en Koinonia:

Os animamos también a leer la Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
1Juan 3,1-3:Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de nuestro pequeño mundo, de la Iglesia Católica, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos»… o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que fueron santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», a los que el pasaje de Mt 25,31ss pone en evidencia («cada vez que lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron»).

Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan -sin querer, desde luego- en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería incluso «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto tan natural, pero hace apenas 50 años que estamos pensando de esta manera -los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II-. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos. No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos, ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque se consideraba que cada pueblo-raza-nación tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los judeocristianos, sino a «todos los pueblos», lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos-. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)… La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.

Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Leer más…

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1.11.19 Todos los Santos: Los bienaventurados

viernes, 1 de noviembre de 2019
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62160372_2069450279848982_5421487241501343744_oDel blog de Xabier Pikaza:

Cielo de Jesús

La dicha más perfecta: pobres, hambrientos, los que lloran

La iglesia celebra hoy el día de Todos los santos, y muchos piensan que se trata de los bienaventurados  del “cielo” (canonizados o no), conforme a la primera lectura de la misa: Ap 7,2-4.9-14). Pero está es la fiesta de todos los santos de las bienaventuranzas , canonizados por Jesús, aquí en la tierra, según el evangelio de este día (Mt 5, 3‒10).

En esa línea empezaré  evocando  la “dicha más perfecta”, conforme al mensaje de un poeta salmantino, que ejerció de maestro e hidalgo campesino al norte de Extremadura, y se llamaba Gabriel y Galán. De su mano pasaré, por contrapunto, a la “dicha aún más de las bienaventuranzas de Jesús”, que son el argumento y camino de la santidad cristiana, que hoy, 1 del 11, celebramos como Iglesia.

GABRIEL Y GALÁN, LA DICHA MÁS PERFECTA

gabriel-y-galanAsí propuso la bienaventuranza del hombre‒varón rico (en una línea de AT y de cultura greco/latina), José M. Gabriel y Galán (1870‒1905), poeta salmantino, afincado en la Alta Extremadura:

Yo aprendí en el hogar en qué se funda la dicha más perfecta,

y para hacerla mía quise yo ser como mi padre era

y busqué una mujer como mi madre entre las hijas de mi hidalga tierra.

Y fui como mi padre, y fue mi esposa viviente imagen de la madre muerta…

(El Ama, texto completo ).

Ésta es una dicha/bienaventuranza de varón y patriarca de un hogar “perfecto”, una casa rica, con padres ejemplares, donde el hijo dichoso (varón) retoma el camino de su padre, con una mujer como su madre, en armonía de hogar que debería repetirse por generaciones y generaciones (en la línea de Gen 2, 24). En el hogar de una buena familia se expresa la primera bienaventuranzade un varón casado con la mujer perfecta, santa y trabajadora, piadosa y fecunda; en una familia rica en posesiones (tierras de cultivo y pastoreo) y en servidumbre de criados.

  1. Ésta es la dicha/bienaventuranza de un varón propietario de casa abundante, criadas y criados, agricultores y pastores (caberos, ovejeros, vaqueros…). Ésta es la dicha/riqueza de un buen terrateniente, que gobierna de un modo “paternal” (con la ayuda de su esposa buena) la hacienda familiar, con servidores, campos y rebaños (como Job antes de ser “tocado” por la mano siniestra de la desventura).
  2. Esta es la dicha/bienaventuranza de un varón rico (paternal, patriarca, gran señor…), con su familia extensa (mujer, hijos, criados…), en un campo entendido como equilibrio de la vida. Es la armonía de la naturaleza, con tierras de labor, con mieses y hortalizas, con dehesas de animales…; ésta es la bienaventuranza de las estaciones que se van sucediendo, con las fuertes labores de la siembra, la cosecha, y los rebaños…
  3. Es la dicha/bienaventuranza de una mujer tomada “de entre las hijas de la hidalga tierra”, una mujer rica (hija de algo, propietaria de tierras que gobierna su marido. Ella, esa mujer, le ha venido al hombre con su dote de hidalguía (tierra ricas) y su felicidad, en la armonía de un hogar sagrado (jerárquico), bien asegurado de trabajo y posesiones.

CONTRAPUNTO. LOS BIENAVENTURADOS/SANTOS DE JESÚS (LC 6, 21‒22)

_M_21-08-13-0-58-06 Gabriel y Galán nos situaba ante la bienaventuranza de los “hidalgos” (ricos) de la tradición clásica, desde el AT de Israel, pasando por Grecia y Roma. Bienaventurado/dichoso es aquí el  propietario/hidalgo, dueño de una extensa hacienda, con campos y rebaños,  con mujer dichosa (=fuerte trabajadora), llena de piedad hacia los sirvientes.

Pues bien, de pronto, pasando a Jesús descubrimos que sus bienaventurados   (con la dicha más perfecta) no son la de los ricos varones hidalgos (o casados con hidalgas, como Gabriel y Galán), sino más bien los pobres, que no tienen casa, ni hidalguía material (quizá ni familia), sino que viven en el límite del hambre, pordioseros (ptôjoi), mendigos, sin familia, sufrientes de campos y caminos

El hombre‒varón de la “dicha más perfecta” de Gabriel y Galán vivía en la casa, gran hacienda, que él administraba con su esposa. Por el contrario, los dichosos del evangelio son mendigos de la vida, sin más riqueza que su necesidad y sufrimiento. Jesús salió a los campos duros de la vida y allí los encontró en las aldeas, poblaciones y caminos (fuera del templo y los palacios), llamándoles y haciéndoles santos, es decir, bienaventurados.  Estos son los protagonistas de esta fiesta de Todos los Santos (1. 11. 19)

Los dichosos de Jesús no son “amos o amas”, señores de mando, hidalgos de estirpe o de tierra, sino ptôjoi, pobres abandonados de la vida, víctimas de la hidalguía y riqueza de los amos/amas (a pesar de la imagen utópica que de ellos ha trazado Gabriel y Galán). Precisamente para ellos y con ellos ha trazado Jesús un  camino de felicidad. Éstos son sus santos, sus bienaventurados:

¡Felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios,

felices los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados,

felices los que ahora lloráis, porque vosotros reiréis! (Lc 6, 20-21).

  Lógicamente, en ese contexto se hacen necesarias las antítesis o malaventuranzas, que no han de entenderse en sentido general abstracto, sino en el panorama concreto de la vida de los hombres y mujeres de su tiempo, en Galilea: «Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido el consuelo! ¡ay de vosotros los ahora saciados…» ! (Lc 6, 24-25). Al anverso de la santidad de los pobres‒hambrientos está la maldición de los ricos‒saciados, que van creando su propio infierno en la tierra.

  1. La primera bienaventuranza es la más general, tanto por el sujeto (pobres: todos los oprimidos, tristes y/o enfermos del mundo) como por el predicado (se les ofrece el reino, el mundo nuevo). Al decir bienaventurados los pobres, Jesús hace una elección: los privilegiados de Dios son precisamente el desecho de la tierra. De esa forma descubre y suscita suscita un camino de vida no sólo para ellos (¡que han de ser felices en su radical pobreza!), sino para todos los humanos y mujeres en especial los más dotados han de hacerse con él servidores de los pobres.
  2. Esa bienaventuranza primera se divide luego de manera que aparecen por un lado los hambrientos (pobreza más económica) y por otros los llorosos (pobreza más psíquica). La carencia toma así un sentido universal: Pobres, hambrientos, sufrientes… Ellos son para Jesús los privilegiados de Dios, santos del cielo en la tierra, porque pueden descubrir la vida como don de gratuidad, como experiencia de búsqueda y camino, desde la pobreza y el hambre, en un camino abierto para todos, en esperanza.
  3. De manera correspondiente, el reino (es decir, la bienaventuranza) aparece también en dos señales: es hartura (más económica)  para los pobres y hambrientos, y es felicidad (más anímica) para los que lloran. Es evidente que allí donde se escucha la palabra de gracia de estas bienaventuranzas de Jesús la vida humana debe convertirse en expansión (explosión) de fuerte gracia: llevar hartura donde hay hambre, felicidad donde se esconde y triunfa la desdicha.
  4. Si se unen con las malaventuranzas (ay de vosotros los ricos…) las bienaventuranzas expresan una enseñanza y experiencia que proviene también del Antiguo Testamento y que ha sido  recogida en el Magníficat o canto de la Madre de Jesús: Derriba del trono a los poderosos; a los ricos los despide vacíos, da de comer a los hambrientos…(Lc 1, 46-55). Ellas nos sitúan ante la inversión final, ante el Dios de la justicia mesiánica, que transforma las suertes de los hombres…, diciendo que los “ricos” corren el riesgo de perderse en la riqueza (destruyendo por otra parte la vida de los mientras éstos, los pobres, pueden descubrir y cultivar la gratuidad). En esa línea, ro, leídas desde el conjunto de la vida y mensaje Jesús, ellas proclaman una enseñanza mesiánica universal, centrada en el descubrimiento del valor más hondo de la vida, desde la misma pobreza y sufrimiento de la historia.
  5. Éstas no son las bienaventuranzas del rico propietario varón del “Ama”, con tierra, criados, mujer buena…, sino las del ser humano como tal, varón o mujer, especialmente de los pobres, descubridores de la vida como gracia. Los ricos corren el riesgo de perderé en su riqueza, en su poder… (y en su forma de oprimir a los pobres). Los pobres en cambio (los hambrientos, los que sufren) puede descubrir y cultivar el sentido (la grandeza) de su vida como don de gracia, en una sociedad injusta (como era Galilea en tiempos de Jesús), en un mundo de riquezas que pueden convertir a los hombres en “seres rapaces” y egoístas, que divinizan su propio dinero.

DESARROLLO TEOLÓGICO Y ECLESIAL (MATEO 5, 3‒11)

Introducción

Lc 6, 20‒21 había recogido con toda su fuerza el programa de santidad (bienaventuranza) de Jesús partiendo de los pobres y hambrientos, capaces de descubrir el más hondo tesoro de la vida (que es la gratuidad, la felicidad, la fraternidad…). Pues bien, Mateo ha desarrollado desde su propia Iglesia ese programa general de Jesús, partiendo de dos tipos de personas y bienaventuranzas:

(a) La bienaventuranza de los que sufren, los más pobres. Así siguen en su fondo los que los hambrientos y pobres “materiales”, pero Mateo pone de relieve el valor redentor/transformador de la pobreza y del sufrimiento (en sentido evangélico, no masoquista ni pasivo).

(b) La bienaventuranza de los que ayudan a los pobres, desde una perspectiva evangélica, abierta a todos los hombres…y mujeres. De esa forma el “terrateniente” de Gabriel y Galán, simbolizado en el marido del “Ama”, ha de volverse un hombre de comunión radical, en apertura a todos los hombres. Así lo indican las  bienaventuranzas o proclamas de santidad de Jesús:

Mt 5, 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

4 Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

11 Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, pues así persiguieron a los profetas antes de vosotros (Mt 5, 1-12). Leer más…

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«Los muertos viven», por José Arregui

viernes, 1 de noviembre de 2019
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t8835aErmita de Santa Engracia

Leído en su blog:

En el corazón o la memoria de todo

Las campanas de Aizarna han tocado a muerto. Han irrumpido en la calma de la mañana otoñal, difundiendo en el valle la memoria de Luisa, abuela nonagenaria del caserío Irure, mujer de extraordinaria fortaleza y ternura, mujer hecha hospitalidad materna para todo el que llegase, fuera quien fuera y como fuera. Las ondas sonoras del bronce han ascendido por el horizonte de Santa Engracia hacia el Infinito, fundiéndose con la música del universo sin medida.

¿Y Luisa, su espíritu, su conciencia, ‘ella’… a dónde se han ido? ¿Se habrá disuelto en la nada al apagarse su viva sonrisa, su dulce mirada, la luminosa paz de sus ojos? La pregunta me turba, pero no puedo pensar razonablemente que algo, alguien, alguna de las infinitas formas del Ser se disuelva en la nada. La nada no existe, ni de ella puede surgir algo. Toda forma es una conjunción de formas precedentes. Y todo lo que constituye a cada cosa en su figura concreta se convierte luego en otra cosa y en otra, y así sin cesar, en constante transformación. Nada se convierte en nada.

Cuando en otoño se suelta del tallo el rabillo de la hoja y, balanceándose en el aire, cae al suelo, vuelve a convertirse en tierra y la tierra en savia, la savia en yema, hoja, flor, fruto, y semilla envuelta en fruto. El fruto se convierte en alimento de seres vivos, y la semilla en germen en el seno de la tierra. La vida seguirá viviente en nuevas formas, inagotables y maravillosas. Nada se aniquila, todo se transforma. El milagro de la primavera empieza en el otoño, y la abundancia del verano en el desierto del invierno. O a la inversa: el verano viene del otoño y el invierno de la primavera, en la rueda de la vida en que todo es uno.

En la espiral de la vida más bien, pues nada vuelve a ser lo que fue, ni la misma forma se repite nunca. Observad y admirad: de incontables hojas que han sido, son y serán en la tierra, no ha habido, ni hay ni habrá jamás dos iguales. Ni dos granitos de arena ni dos toques de campana exactamente iguales, a pesar de las apariencias. Ni siquiera, al parecer, han existido ni existen ni existirán dos átomos que sean idénticos del todo. Asombroso. Cada forma, viviente o no viviente, desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande, en el universo entero, es diferente de todas las demás. Cada ser es único y distinto. Infinita dignidad de cada ser. Infinito respeto a cada ser.

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Cada ser es único y distinto, pero no separado ni solitario. Todo cuanto es desde siempre está conectado con todo lo que es, ha sido y será hasta siempre. Esa frágil hoja que ya amarillea y se mece a la brisa de la tarde no sería exactamente como es si en este universo, desde el primer Big Bang hasta hoy, hubiera faltado una sola partícula atómica en su forma exacta. Todos estamos interrelacionados con todos los seres, no solo del presente, sino también del pasado más lejano y del futuro más remoto. Solo nos distingue la forma, pero todas las formas estamos unidas. Somos interser, inter-seres, inter-vivientes, inter-humanos, ligados en todo con todo eternamente, desde el primer neutrón hasta las galaxias aún sin formarse. En la forma particular que somos siguen siendo y viviendo todos los seres que fueron e incluso serán, porque somos la transformación de lo que otros fueron, y otros serán la transformación de lo que nosotros somos. Cada ser guarda, se puede decir, la memoria viva de todo lo que fue en el pasado e incluso de lo que será en el futuro. De alguna manera, en cada ser es todo. Somos uno.

Y somos uno en el Todo sin forma que nos hace ser, en el Fondo de esta forma o ‘yo’ físico, mental y emocional, en el Fondo de esta conciencia individual que nos distingue y que erróneamente creemos que nos separa. Somos uno en el Ser, el Espíritu, el Aliento Vital que nos hace existir, respirar, vivir. Somos comunión de vida inmortal en formas infinitamente diversas. Somos uno en el Corazón eterno o la Memoria creadora que late en lo más profundo de las formas pasajeras. Cada forma encarna la Memoria del Todo. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. A ti, a mí, a todos, nos corresponde encarnar la Memoria vivificadora de todos los muertos. Cuando los recordamos, es decir, cuando los ‘traemos al Corazón’ bueno de la vida, los hacemos vivir. Infinita responsabilidad mística, ecológica, política: mantener viva la Vida o la Memoria de todos los seres.

Creo en “Dios” en cuanto Todo, Corazón, Memoria o Conciencia de todas las formas. Creo que, al igual que cuanto nace ‘muere’ a su antigua forma –incluida su conciencia individual separada–, cuanto muere ‘nace’ en el Todo, en la Memoria o en la Conciencia universal de todos los seres, en este universo o en otro, más allá del espacio y del tiempo, en una forma que desconocemos. Creo que el aliento vital no muere, que la vida resucita sin cesar, que cuando doblan las campanas anuncian la vida.

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Todos santos porque lo divino nos atraviesa.

viernes, 1 de noviembre de 2019
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4c1ef-bienaventuranzasMt 5, 1-12

Vaya por delante que hoy me siento absolutamente incapaz de armonizar el sentido que la liturgia da a esta fiesta con el mensaje del evangelio. Un botón de muestra: En la oración colecta se habla de “los méritos de todos los santos” y “la multitud de intercesores”. ¿No decía el domingo pasado el evangelio que el fariseo, que se sentía con derechos, no salió justificado del templo? Esa interpretación de la santidad como superioridad moral no tiene nada que ver con el evangelio. Y los intercesores; ¿Son mejores que Dios y nos quieren más?

Hace ya algunos años que vengo titulando esta fiesta como “todos santos”. Hoy añado “y pecadores” porque sin ese añadido, lo podemos entender mal. Me ayudó mucho a este matiz el oírle al Papa decir, ya varias veces; “soy un pecador”. Naturalmente, el Papa no quiere decir que roba o que mata o que hace otras barbaridades. Lo que hace es manifestar su fina espiritualidad, dando a entender que de lo que es a lo que tendría que ser hay aún un abismo. Esta idea ya la había desarrollado Lutero, siendo muy criticado por ello.

Está dando un vuelco la idea que teníamos de “santo”. A ello ha contribuido no poco el afán de la institución en las últimas décadas por declarar santos incluso a centenares. Suele pasar que a toda inflación corresponde casi siempre una devaluación. También han ayudado a esta nueva idea de santo los métodos utilizados en los procesos de canonización, no siempre auténticos ni demasiado convincentes. La prueba está que suelen salir adelante los procesos que tienen detrás una institución influyente y con dinero a discreción.

Lo que hemos dicho el día del fariseo y el publicano son puede servir hoy. Santo no es el perfecto, sino el pecador que reconoce la necesidad que tiene de un Dios que le ame sin merecerlo. Solo cuando uno se siente pecador está cerca de Dios. Solamente en la medida que un ser humano es santo puede sentirse pecador. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la perfección, “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que Dios ha derramado en vuestro ser.

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubrieron y mostraron la marca de lo divino en ellos, aunque no hayan pensado en la santidad. No se trata de celebrar los “méritos” de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El único mérito es de Dios.

En todos los tiempos han existido y siguen existiendo personas que descubriendo su autentico ser, ha sido capaces de darse a los demás y de hacer así un mundo más humano. En este mundo hay lugar también para el optimismo, porque la inmensa mayoría de la gente son “buenas personas”, que intentan por todos los medios hacer felices a los demás. Eso no quiere decir que no tengan fallos. Una de las actitudes que más nos humanizan es precisamente el aceptar las limitaciones, en nosotros mismos y en los demás. Jesús no exigió la perfección a sus seguidores, solo les pedía que descubrieran el amor que es Dios en ellos.

Estamos llamados todos a ser santos. Esto no debe asustarnos, porque no se trata de exigirnos la perfección sino de descubrir al Perfecto identificado con cada uno de nosotros. Significaría que debemos descubrir lo que Dios es en lo hondo de nuestro propio ser. No pensar en un Señor perfectísimo al que tenemos que parecernos. Obligarnos a imitar a Dios nos  ha hundido en la miseria más absoluta, porque mientras seamos humanos, nadie puede ser perfecto. Dejaríamos de ser humanos, que es lo que muchas veces ha pasado.

En esta fiesta celebramos la “bondad” se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien, que es mucho más fuerte y está más extendido que el mal.

Hoy es el día del optimismo. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. Desde esta perspectiva, la vida merece siempre la pena. Porque esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como encontramos en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son, y se conforman con vegetar como las plantas o quedarse en lo sensorial como los animales.

La santidad consiste en la posibilidad que me da Dios de parecerme a Él, porque está en lo hondo de mi ser como fuerza de actuación. En la medida que yo tomo conciencia de esa realidad que hay en mí, empiezo actuar según ella. Hablamos en contra de lo que nos han enseñado: Para ser santo tienes que hacer esto y dejar de hacer lo otro, siempre de manera heroica, pues lo que me piden es lo que cuesta, y lo que me prohíben es lo que me gusta.

Es muy significativa la identificación que ha hecho el “pueblo” (Iglesia) de esta fiesta de “todos los santos” con la de “todos los difuntos”, hasta el punto de que para muchos son una sola fiesta. Debíamos tomar conciencia de esta  realidad, para que las dos fiestas tomaran el verdadero significado. Son fiestas de recuerdo y agradecimiento. ¿Es concebible que uno no considere a su madre “santa”? Esto es lo que nos obliga a pensar que una madre no muere nunca, porque lo que ha dado, seguirá llegando a nosotros a pesar de que ya no esté.

Tratemos de descubrir ese futuro desde Dios. ¿Por qué nos empeñamos en imaginar un más allá conforme a nuestra limitación actual? Pretender que permanezca nuestra condición de criatura limitada no tiene mucho sentido. Lo contingente es perecedero. Lo único que permanece de nosotros es lo que ya tenemos de trascendente. La eternidad no es una sucesión interminable de tiempo, sino un instante en el que ya estamos. Eternidad no es lo contrario de tiempo, sino un ámbito al que podemos acceder aunque estemos en el tiempo.

Alguien ha dicho: Amar es decirle al otro: no morirás. Si el que ama es Dios, nos está diciendo: tú permanecerás mientras yo sea, es decir, siempre. El punto por el que podemos conectar con Dios nos hace eternos. Ese punto no puede ser lo material, lo biológico, lo caduco, sino lo trascendente. Yo permaneceré en la medida que renuncie (muera) a mi falso yo. “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”.

Cuando Jesús le dice a Nicodemo: “hay que nacer de nuevo”, le está invitando a encontrar una Vida (con mayúscula) trascendente, la del Espíritu. Una Vida que poseemos mientras desplegamos nuestra vida (con minúscula). Es la verdadera, la definitiva, porque la biológica termina sin remedio, pero la espiritual no tiene fin. Cada vez que oigamos en la Escritura “vida eterna”, debemos entender: Vida definitiva. No se trata de la vida del más allá, sino del aspecto más interesante de la vida del más acá.

Meditación

Cuando Jesús dice: “yo y el Padre somos uno”,
está manifestando su vivencia más profunda.
Consciente de que su centro está en Dios,
irradia esa realidad de Dios en todas direcciones.
Yo no tengo que escalar ninguna cima inexpugnable,
ni conseguir ninguna meta inalcanzable.
Solo tengo que centrarme en lo que ya soy.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Un futuro lleno de esperanza.

viernes, 1 de noviembre de 2019
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DidaskaliaJesús con las Bienaventuranzas presenta un camino de discipulado orientado a la felicidad. Esta felicidad prometida no es una utopía lejana, sino un modo de ser y de vivir que afrontando el mal se sostiene en la confianza en un Dios que nunca abandona la obra de sus manos. Ser felices al estilo del maestro galileo es tejer historias de justicia y esperanza haciendo memoria constante de aquello que humaniza y recrea en el cotidiano vivir de cada ser humano.

El Sermón de la montaña es la primera predicación extensa de Jesús en el evangelio de Mateo. En él el Maestro desarrolla las claves centrales que hacen posible la llegada del Reino y su justicia. Un Reino que no es un espacio etéreo y lejano hacia el que hay que caminar, sino el lugar concreto y frágil de nuestra vida a la que Dios llega para ofrecernos su amor y perdón. Y una justicia que nada tiene que ver con nuestro concepto legalista de lo que ha de ser premiado o castigado, sino la herramienta que permite alcanzar el sueño de Dios actuando en la realidad y reorganizando los valores y expectativas humanas.

Las Bienaventuranzas son memoria de el hacia dónde y el desde donde se ha de articular el seguimiento de Jesús. En ellas se repite machaconamente la llamada a la felicidad. Ser dichosas o dichosos no significa, sin embargo, alejarse del conflicto o de la carencia, es por el contrario afrontarlos renunciando a la posesión, al poder o a la violencia que quiebran las relaciones y someten el corazón humano.

El hecho de que Jesús llame dichos@s a quienes parece que tienen poco o nada de que alegrarse resulta paradójico, pero está cargado de fuerza profética. Es una llamada al compromiso para transformar la realidad y a permanecer en él. A resistir a pesar de la debilidad y sufrimiento que esta tarea conlleva sabiendo como Jesús que la causa merece la pena. con el corazón limpio,

Bienaventurad@s los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

La palabra pobre en hebreo no se refiere solo a quien no tiene dinero, sino, en un sentido más amplio, a quien está oprimido, a quien se le vulneran sus derechos y se le humilla. Esta dura realidad demasiado frecuente en tiempos de Jesús se convierte de la mano del evangelista Mateo en una metáfora del modo en que todo seguidor y seguidora de Jesús ha de afrontar y asumir el proyecto del Reino.

La expresión pobres de espíritu quiere indicar de este modo no un camino de pobreza interior sino un modo de estar en el mundo y en la comunidad que reconvierte en positivo la vulnerabilidad, la pequeñez y la humildad haciéndolas espacio de gratuidad de honestidad y servicio.

Bienaventurad@os los que lloran, porque ellos serán consolados.

La aflicción no tiene la última palabra en la vida. Consolar y ser consolados visibiliza la acción compasiva de Dios. La consolación no es conmoverse por la pena del otro u la otra, sino sentirse tocado/a en el lugar donde el otro/a sufre y luchar porque la causa de ese dolor desaparezca. Así lo hizo Jesús con aquella viuda de Nain.

Bienaventurad@s l@s mansos, porque ell@s poseerán en herencia la tierra.

La actitud que aquí se resalta, es algo más que de no responder violentamente a una provocación. La justificación vital de quien, como Jesús, asume perder para incluir se sostiene en la acogida de lo distinto, en la humildad para no sentirse con derecho a vencer, a dominar a imponer. Así lo vivió Jesús cuando decidió afrontar la cruz.

Bienaventurad@s l@s que tienen hambre y sed de justicia, porque ell@s serán saciados.

La justicia, como criterio de conducta que visibiliza la alianza entre Dios y el ser humano, una alianza nacida del amor y el perdón divino, es un anhelo, pero también una praxis. Tener hambre y sed de la justicia es vivirse volcada/o hacia el bien común, es estar siempre dispuesta/o a buscar que todo funcione mejor, que el poder no arrebate el servicio, que el éxito no oscurezca los caminos de solidaridad compartidos. Así lo descubrimos tantas veces en la vida de Jesús, en sus curaciones, sus comidas, sus encuentros…

Bienaventurad@s l@s misericordios@s, porque ell@s alcanzarán misericordia.

En una perspectiva más sapiencial la misericordia se convierte en el camino del dar y recibir que constituyen las relaciones humanas. No se trata de actuar bien para recibir una respuesta positiva de los demás, se trata de dejar que la vida entera se conmueva ante la necesidad de la otra o el otro. Es amar al prójimo como a ti mismo/a, es en definitiva ser entera donación como lo es Dios para cada uno/o.

Bienaventurad@s l@s limpi@s de corazón, porque ell@s verán a Dios.

Limpio de corazón es una expresión judía que se encuentra con frecuencia en el marco de la espiritualidad bíblica. Con ella se expresa el modo de ser de quien tienen toda su vida orientada desde Dios. El corazón, en lenguaje judío, es el centro del querer, del pensar y del sentir humano por lo tanto cuando se habla de tener un corazón limpio se esta hablando de dejar que Dios, en su amor y perdón, tenga la última palabra en nuestra vida.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Trabajar por la paz es empeñarse en construir las relaciones en armonía, bondad, perdón. Esta actitud es la que nos constituye en hijos e hijas de Dios porque esa filiación nos hermana a unos/as con otros/as, genera sororidad y fraternidad y nos permite vivir en armonía con nosotros/as mismos/as, con los demás y con la madre tierra.

Bienaventurad@s l@s perseguid@s por causa de la justicia, porque de ell@s es el Reino de los Cielos.

El centro de la vida de Jesús fue la proclamación del Reino de Dios. Este anuncio mostraba a Dios actuando en el mundo con misericordia y perdón. Presentar a Dios así supuso para Jesús rechazo y persecución porque era (y es difícil) de concebir a un Dios absolutamente gratuito y bondadoso que se empeñaba en perdonar, en incluir, en ofrecer nuevas oportunidades.

Jesús no solo proclamó a este Dios, sino que actuó en su nombre sanado y salvando, pues solo así era posible hacer real la justicia que brotaba del Reino. Una justicia que muchos no deseaban y que justificó la cruz de Jesús y la de tantos seguidores y seguidoras suyas.

“Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Carme Soto Varela, ssj

Fuente Fe Adulta

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¡Cuánta gente buena ha habido y hay en la historia!

viernes, 1 de noviembre de 2019
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índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. una muchedumbre inmensa: la humanidad.

En un lenguaje enigmático, solemne -y con la caja de los truenos preparada-, la apocalíptica (1ª lectura) nos habla de una muchedumbre inmensa, es decir de toda la humanidad significada con ese número simbólico de 144.000 (12 tribus x 12), que va llegando a la casa del Padre pasando por la gran tribulación de la vida.

Todos –toda la humanidad- estamos marcados en la frente por nuestro Dios: todos estamos destinados a la vida, a la salvación.

         La fiesta de hoy, Todos los Santos, es la misma que la de mañana: Todos los difuntos. Son como dos caras de la misma moneda. Toda la humanidad está sellada y llamada a la vida.

La memoria de los santos, que son nuestros mayores, nuestros difuntos, la memoria de JesuCristo nos hace bien, nos reconcilia. La Comunión de los Santos: una especie de memoria, de solidaridad y “circularidad” entre los que se fueron y los que quedamos. Ellos se acuerdan de nosotros de un modo amable. Ellos oran por nosotros. [1]

Estos días de “difuntos y de todos los santos” son como una llamada a reavivar la esperanza. ¿Qué nos cabe esperar en la vida y en la muerte?

  1. Vivimos tiempos de vacío y ausencia de esperanza.

Vivimos tiempos de muchos proyectos y escasa esperanza o, más bien, vivimos en el club de los proyectos vivos y las esperanzas muertas.

Pero solo se puede vivir humanamente con la esperanza como resorte estructural de la existencia.  En esta postmodernidad de nuestras desilusiones, la esperanza ha sido “arrinconada” como las antiguas máquinas de escribir ante la “perfección de la informática”, con el agravante de que las viejas máquinas de escribir evocan la escritura. Hoy la esperanza no nos evoca nada, porque sencillamente no hay nada que esperar. Si no hay un futuro absoluto, tampoco hay una esperanza absoluta. Tal vez la esperanza hace tiempo que la suprimimos de nuestro “Windows” y la enviamos a la papelera de reciclaje. La “esperanza existía” cuando “existía futuro”. Pero el futuro lo hemos ido dejando aparcado por los “parkings” de los “juguetes rotos” de las muchas “mañanas de Reyes” que se nos han ido ofreciendo a lo largo de los tres siglos últimos de la Ilustración. Al no haber futuro, no hay lugar la esperanza.

Ahora bien, ¿sin esperanza se puede vivir por largo tiempo y sensatamente? Más bien, quien deja de esperar, deja de vivir humanamente y pasamos a vegetar en el suave placer del capitalismo ilustrado.

 Sin esperanza la vida se diluye en unos momentos puntuales sin ilación, sin biografía y, lo que es más grave: sin sentido.

  1. el ser humano es esperante

El ser humano es esperante. La esperanza es una dimensión esencial a la condición humana. Las antropologías han definido en la historia al ser humano de maneras varias. Hoy cabe que pongamos el acento en el ser humano como esperante. Vivir es esperar. La esperanza ha construido bien, serena y sensatamente la vida de los hombres y los pueblos. No es lo mismo vivir en esperanza que desesperadamente o en desesperación.

  • o Por otra parte, tampoco es lo mismo optimismo que esperanza. El optimismo es un estado de ánimo porque me van bien las cosas, la salud, el trabajo, etc. Pero hay situaciones en las que ya no hay lugar alguno al optimismo. En la muerte, en un funeral no hay lugar alguno al optimismo, por eso ahí comienza -si no lo ha hecho antes- la esperanza.
  • o El ser humano nunca ha sabido tanto de sus orígenes y tan poco de su destino. Entre el Génesis, Darwin y los bing-bang del origen, sabemos, más o menos, de dónde venimos, pero estamos escasos de horizontes y de futuro absoluto. ¿Hacia dónde vamos?, porque tampoco vale mucho la pena pasar “sin enterarnos de manos de la comadrona a manos del enterrador”.
  • o Por otra parte, la postmodernidad científico-nihilista en la que vivimos tan llena de adelantos y progresos, va de victoria en victoria hasta la derrota final. (Siquiera Woody Allen decía que el futuro es lo que más le interesa, porque es donde vivirá el resto de sus días)
  • o Sin embargo el ser humano es una sed infinita, una esperanza de plenitud, aunque tal plenitud no está en nuestras manos. Pero la sed nos habla del agua, el hambre nos habla de algún alimento.
  • o ¿La esperanza infinita no nos estará hablando de Dios?
  • o Dios es el horizonte absoluto del ser humano.
  1. Sentido de la vida

En palabras de Thielicke por sentido de la vida podemos entender si existe “algo por lo que merece la pena que yo exista, algo a lo que me pueda entregar y por lo que vale la pena vivir”. También cabría pensar que el sentido de la vida es la relación que establezco con el futuro mediante la esperanza.

Y ya el siguiente paso es más grave: ¿Para qué queremos canciones si no tenemos nada que cantar?

  1. hacia ti morada santa: hacia la vida eterna:

         Todos los Santos es fiesta de gran esperanza, porque nos anuncia nuestro futuro, el futuro absoluto. Hacia Ti, morada santa, cantamos.

Creemos -fe- en la vida eterna, que no es lo mismo que una vida “indefinida”, sin fin. No es lo mismo vida “sin fin” que vida plena, definitiva. No es lo mismo amontonar años o tiempo que la vida plena de JesuCristo.

         Seguir viviendo para siempre -sin fin- parece más una condena que un don.

Decía San Ambrosio que la inmortalidad es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia. No debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación. (San Ambrosio).

En el fondo lo que deseamos es felicidad, libertad, paz, amor, serenidad, una vida bienaventurada, feliz. En el fondo queremos la felicidad.

El cielo no es un lugar sino un estado, una situación, personal y comunitaria. Una persona no es más feliz que cuando se siente querida: tal es el cielo. Posiblemente la vida eterna no está en el calendario, sino sentirnos queridos.

No sabemos más, vivimos en una docta ignorantia, una sabia ignorancia.

Confiamos en Cristo, nos fiamos de Él. Sé de quién me he fiado.

  1. Esperanza

         La esperanza tiene poca, más bien nula, presencia en grandes sectores de la sociedad, de la vida cultural, de la vida política, incluso de la vida eclesiástica.

El animal puede seguir caminando a oscuras, hacia el muro infranqueable o hacia el abismo. El hombre se resiste a caminar si no presiente uno puerta abierta al futuro» (Teilhard de Chardin).

Es sano vivir en la frontera: nada está cerrado ni tan siquiera por la muerte. Miremos la vida con esperanza y ojos de plenitud.

La esperanza es el keroseno que nos lanza siempre hacia adelante.

Esperemos en lo más hondo de nuestro ser y sembremos esperanza en la medida que podamos.

El cristianismo es una esperanza infinita en la misericordia de Dios.

Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, decía san Agustín.

“In spe erit fortitudo vestra»” (Is 30, 15). En la esperanza está vuestra fortaleza.

[1] Detrás del purgatorio y de las indulgencias –tal y como lo hemos vivido- se esconde una mentalidad un tanto mercantil. ¿perdón a plazos? ¿gracia por entregas? Salvación sí, pero me la pagas. Sin embargo Jesús dijo: Hoy, no mañana, hoy estarás conmigo en el Paraíso.

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“¿Quién soy yo para juzgar?”. 30 Tiempo ordinario – C (Lucas 18,9-14)

domingo, 27 de octubre de 2019
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30-TO-CLa parábola del fariseo y el publicano suele despertar en no pocos cristianos un rechazo grande hacia el fariseo que se presenta ante Dios arrogante y seguro de sí mismo, y una simpatía espontánea hacia el publicano que reconoce humildemente su pecado. Paradójicamente, el relato puede despertar en nosotros este sentimiento: «Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como este fariseo».

Para escuchar correctamente el mensaje de la parábola, hemos de tener en cuenta que Jesús no la cuenta para criticar a los sectores fariseos, sino para sacudir la conciencia de «algunos que presumían de ser hombres de bien y despreciaban a los demás». Entre estos nos encontramos, ciertamente, no pocos católicos de nuestros días.

La oración del fariseo nos revela su actitud interior: «¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás». ¿Qué clase de oración es esta de creerse mejor que los demás? Hasta un fariseo, fiel cumplidor de la Ley, puede vivir en una actitud pervertida. Este hombre se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.

El publicano, por el contrario, solo acierta a decir: «¡Oh Dios! Ten compasión de este pecador». Este hombre reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.

La parábola es una penetrante crítica que desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos desde nuestra supuesta superioridad moral a todo el que no piensa o actúa como nosotros.

Circunstancias históricas y corrientes triunfalistas alejadas del evangelio nos han hecho a los católicos especialmente proclives a esa tentación. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué hay en el fondo de ciertas oraciones por la conversión de los pecadores? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?

En cierta ocasión, ante la pregunta de un periodista, el papa Francisco hizo esta afirmación: «¿Quién soy yo para juzgar a un gay?». Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.

José Antonio Pagola

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