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Remando contra viento y marea. Domingo 19. Ciclo A.

domingo, 10 de agosto de 2014
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remando-almagro-600x260Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj: 

Hay dos episodios en los evangelios bastante parecidos, aunque muy diferentes. Se parecen en el escenario (una barca en medio del lago de Galilea en circunstancias adversas) y en los protagonistas (Jesús y los discípulos). Se diferencian en que, en el primer caso, la barca está a punto de zozobrar y los discípulos corren peligro de muerte; en el segundo, sólo se enfrentan a un fuerte viento en contra que hace inútiles todos sus esfuerzos.

Traducido a la experiencia de nuestros días, la tempestad calmada recuerda a numerosas comunidades cristianas, sobre todo de África y Oriente Medio, que se ven amenazadas de muerte y gritan a Jesús: «¡Señor, sálvanos, que perecemos!» El viento en contra hace pensar en tantas otras comunidades, especialmente de occidente, que luchan contra viento y marea, cada vez con menos fuerzas, y sin ver resultados tangibles.

El primer episodio, la tempestad calmada, tiene un claro paralelo en el Salmo 107 (106), 23-32: en el Salmo, los navegantes gritan a Dios en el peligro y él los salva; en el evangelio, los discípulos gritan a Jesús y es éste quien los salva.

Pero el segundo episodio, el de la barca con viento en contra y Jesús caminando sobre el agua, no me recuerda ningún episodio del Antiguo Testamento (y tampoco le veo relación con la primera lectura de este domingo). Sin embargo, está tan anclado en la primitiva tradición cristiana que no sólo lo cuentan Marcos y Mateo, sino incluso Juan, que generalmente va por sus caminos. Es muy curioso que Lucas omita esta escena: probablemente pensó que presentar a Jesús caminando sobre el agua y confundido con un fantasma iba a plantear a sus cristianos más problemas que beneficios.

 El relato de Mateo

 Se inspira en el de Marcos, pero introduciendo cambios muy significativos. Podemos dividirlo en cuatro escenas.

 Primera escena: Jesús se separa de los discípulos

           Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

Hablando en términos cinematográficos, es un montaje en paralelo. Inmediatamente después de la comida, Jesús obliga a sus discípulos a embarcarse, mientras él despide a la gente. Luego se retira a rezar «a solas» y, al anochecer, «seguía allí solo». Mientras, los discípulos se encuentran «muy lejos de tierra» (Juan dice que a unos 25-30 estadios, 5-6 km, lo que supone en mitad del lago). Con esto se acentúa la distancia física de Jesús con respecto a los discípulos. A nivel simbólico, quedan contrapuestos dos mundos: el de la intimidad con Dios (Jesús orando) y el de la dura realidad (los discípulos remando). Ha sido Jesús el que los ha abandonado a su destino.

 Segunda escena: Jesús se acerca a los discípulos

            De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:  

            ― ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

 A la distancia física se suma la distancia temporal. Jesús los despide por la tarde y no se dirige hacia ellos hasta el final de la noche. [La traducción litúrgica dice «de madrugada»; el texto griego, «a la cuarta vela», entre las 3 y las 6 a.m.; los romanos dividían la noche en cuatro velas, desde las 6 p.m. hasta las 6 a.m.].

Mateo cuenta con asombrosa naturalidad y sencillez algo inaudito: el hecho de que Jesús se acerque caminando sobre el lago. Los discípulos no reaccionan con la misma naturalidad: se asustan, porque piensan que es un fantasma, tienen miedo, gritan. Es la única vez que se usa en el Nuevo Testamento el término “fantasma”, que en griego clásico se aplica a los espíritus que se aparecen, o a «las visiones fantasmagóricas de mis ensueños» (Esquilo, Los siete contra Tebas, 710). Es la única vez que Jesús provoca en sus discípulos un pánico que los hace gritar de miedo. Es la única vez que les dice «¡animaos!». Una escena peculiar sobre la que volveremos más adelante.

 Tercera escena: Jesús y Pedro

            Pedro le contestó:

            ― Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.

            Él le dijo:

            ― Ven.

            Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: 

            ― Señor, sálvame.

            En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

            ― ¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?

Quien conoce los relatos de Marcos y Juan advierte aquí una gran diferencia. En esos dos evangelios, Jesús sube a la barca y el viento se calma. Pero Mateo introduce una escena, exclusivamente suya, que subraya la relación especial entre Jesús y Pedro. Igual que en otros pasajes de su evangelio, Mateo aporta aquí rasgos de la personalidad de Pedro que justifican su importancia posterior dentro del grupo de los Doce. Pero no ofrece una imagen idealizada, sino real, con virtudes y defectos. Su decisión de ir hacia Jesús caminando sobre el agua lo pone por encima de los demás, igual que ocurrirá más adelante en Cesarea de Filipo. Pero Pedro muestra también su falta de fe y su temor. Incluso entonces, es salvado por la intervención de Jesús. Dentro de la sobriedad de Mateo, esta escena llama la atención por la abundancia de detalles expresivos, que adquieren su punto culminante en la imagen de Jesús alargando la mano y agarrando a Pedro.

 Cuarta escena: confesión de los discípulos (32-33)

 En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

 Marcos termina su relato diciendo que los discípulos «no cabían en sí de estupor, pues no habían entendido lo de los panes, ya que tenían la mente obcecada» (Mc 6,51-52). Mateo introduce un cambio radical: los discípulos no se asombran, sino que se postran ante Jesús y confiesan: «realmente eres Hijo de Dios». Esta actitud y estas palabras significan un gran avance. Anteriormente, en el relato de la tempestad calmada (Mt 8,23-27), los discípulos terminan preguntándose: «¿Quién será éste que hasta el viento y el agua le obedecen?» Desde entonces, el conocimiento más profundo de Jesús ha provocado un cambio en ellos. Ya no se preguntan quién es; confiesan abiertamente que es «hijo de Dios», y lo adoran. Este título no podemos interpretarlo con toda la carga teológica que le dio más tarde el Concilio de Calcedonia (año 451). También el centurión que está junto a Jesús en la cruz reconoce que «este hombre era hijo de Dios». Lo que quiere expresar este título es la estrecha vinculación de Jesús con Dios, que lo sitúa a un nivel muy superior al de cualquier otro hombre. De aquí a confesar la filiación divina de Jesús sólo queda un pequeño paso.

 Anticipando la gloria de Jesús resucitado.

 Este relato, tal como lo cuenta Mateo, ofrece tres datos curiosos: 1) el cuerpo de Jesús desafía las leyes físicas; 2) los discípulos no reconocen a Jesús, lo confunden con un fantasma; 3) Jesús, a pesar del poder que manifiesta, trata a los apóstoles con toda naturalidad.

Estos tres detalles son típicos de los relatos de apariciones de Jesús resucitado: 1) su cuerpo aparece y desaparece, atraviesa muros, etc.; 2) ni la Magdalena, ni los dos de Emaús, ni los siete a los que se aparece en el lago, reconocen a Jesús; 3) Jesús resucitado nunca hace manifestaciones extraordinarias de poder, habla y actúa con toda naturalidad.

Por consiguiente, lo que tenemos en Mateo (no en Marcos) es algo muy parecido a un relato de aparición de Jesús resucitado. ¿Qué sentido tiene en este momento del evangelio? Anticipar su gloria. Igual que el relato de la muerte de Juan Bautista, contado poco antes, anticipa su pasión, su maravilloso caminar sobre el agua anticipa su resurrección.

 Sentido eclesial y personal

 Desde antiguo, se ha visto en la barca una imagen de la Iglesia, metida por Jesús en una difícil aventura y, aparentemente, abandonada por él en medio de la tormenta. Este sentido, que estaba ya en Marcos, lo completa Mateo con un aspecto más personal, al añadir la escena de Pedro: el discípulo que, confiando en Jesús, se lanza a una aventura humanamente imposible y siente que fracasa, pero es rescatado por el Señor. En la imagen de Pedro podían reconocerse muchos apóstoles y misioneros de la Iglesia primitiva, y podemos vernos también a nosotros mismos en algunos instantes de nuestra vida: cuando parece que todos nuestros esfuerzos son inútiles, cuando nos sentimos empujados y abandonados por Dios, cuando nosotros mismos, con algo de buena voluntad y un mucho de presunción, queremos caminar sobre el agua, emprender tareas que nos superan. Ellos vivenciaron que Jesús los agarraba de la mano y los salvaba. La misma confianza debemos tener nosotros.

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«Dadles vosotros de comer». 3 de agosto de 2014. 18 Tiempo ordinario (A). Mateo 14,13-21.

domingo, 3 de agosto de 2014
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41-OrdinarioA18Jesús está ocupado en curar a aquellas gentes enfermas y desnutridas que le traen de todas partes. Lo hace, según el evangelista, porque su sufrimiento le conmueve. Mientras tanto, sus discípulos ven que se esta haciendo muy tarde. Su diálogo con Jesús nos permite penetrar en el significado profundo del episodio llamado erróneamente “la multiplicación de los panes”.

Los discípulos hacen a Jesús un planteamiento realista y razonable: “Despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer”. Ya han recibido de Jesús la atención que necesitaban. Ahora, que cada uno se vuelva a su aldea y se compre algo de comer según sus recursos y posibilidades.

La reacción de Jesús es sorprendente: “No hace falta que se vayan. Dadles vosotros de comer”. El hambre es un problema demasiado grave para desentendernos unos de otros y dejar que cada uno lo resuelva en su propio pueblo como pueda. No es el momento de separarse, sino de unirse más que nunca para compartir entre todos lo que haya, sin excluir a nadie.

Los discípulos le hacen ver que solo hay cinco panes y dos peces. No importa. Lo poco basta cuando se comparte con generosidad. Jesús manda que se sienten todos sobre el prado para celebrar una gran comida. De pronto todo cambia. Los que estaban a punto de separarse para saciar su hambre en su propia aldea, se sientan juntos en torno a Jesús para compartir lo poco que tienen. Así quiere ver Jesús a la comunidad humana.

¿Qué sucede con los panes y los peces en manos de Jesús? No los “multiplica”. Primero bendice a Dios y le da gracias: aquellos alimentos vienen de Dios: son de todos. Luego los va partiendo y se los va dando a los discípulos. Estos, a su vez, se los van dando a la gente. Los panes y los peces han ido pasando de unos a otros. Así han podido saciar su hambre todos.

El arzobispo de Tánger ha levantado una vez más su voz para recordarnos “el sufrimiento de miles de hombres, mujeres y niños que, dejados a su suerte o perseguidos por los gobiernos, y entregados al poder usurero y esclavizante de las mafias, mendigan, sobreviven, sufren y mueren en el camino de la emigración”.

En vez de unir nuestras fuerzas para erradicar en su raíz el hambre en el mundo, solo se nos ocurre encerrarnos en nuestro “bienestar egoísta” levantando barreras cada vez más degradantes y asesinas. ¿En nombre de qué Dios los despedimos para que se hundan en su miseria? ¿Dónde están los seguidores de Jesús?

¿Cuándo se oye en nuestras eucaristías el grito de Jesús. “Dadles vosotros de comer”?

José Antonio Pagola
Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Sacude las conciencias. Pásalo.

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«Comieron todos hasta quedar satisfechos». Domingo 3 de agosto de 2014. 18º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 3 de agosto de 2014
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loavesfishesLeído en Koinonia:

Isaías 55,1-3: Venid y comed.
Salmo responsorial  144:Abres tú la mano, Señor, y nos sacias de favores.
Romanos 8,35.37-39: Ninguna criatura podrá apartaros del amor de Dios, manifestado en Cristo.
Mateo 14,13-21: Comieron todos hasta quedar satisfechos.

La segunda parte del libro de Isaías, a la que pertenece la primera lectura de la liturgia de este domingo nos invita a hacer una valoración experiencial y sapiencial de la Palabra de Dios. Esta pequeña exhortación “cierra” los capítulos anteriores, desde el 40 hasta el 55, y ofrece una poderosa clave de lectura para comprender toda la segunda parte del libro. Además termina con el famoso texto que compara la Palabra de Dios con la lluvia vivificadora (Is 55,10-11).

El hambre y la sed son mecanismos fundamentales de los seres vivos. Todo ser viviente necesita nutrición e hidratación, pero en los seres humanos, estas necesidades biológicas tienen carácter social. En muchas culturas humanas –no todas-, compartir la bebida y el alimento son mecanismos de socialización y de integración. El autor toma, entonces, esta necesidad vital y la traslada al campo de la fe para mostrarnos que para el creyente la Palabra de Dios es algo más que una comunicación divina. La Palabra de Dios se convierte así en una necesidad inaplazable que alimenta nuestro ser y nos vivifica. Jesús mismo, retomando las reflexiones del Deuteronomio (Dt 8, 3; 6, 13), combate la tentación contraponiendo la voluntad divina al inmediatismo humano (Lc 4, 3-4). El problema de la humanidad no es únicamente la satisfacción de las necesidades básicas, sino, también, hacer surgir y formar una consciencia que exija la justa distribución de los recursos, que lleve a que la humanidad cultive lo mejor de sí y lo entregue como solidaridad y justicia en un proyecto social alternativo al proyecto egoísta.

Pero el autor, como buen poeta y profeta, no se contenta con hacer una arenga o una instrucción legal; busca, por medio de la imagen asociada a los mejores frutos (trigo, vino, leche), que el lector encuentre no sólo consuelo sino deleite. La Palabra de Dios se convierte así en un manjar sabroso que puede ser degustado por la pura gratuidad divina. El olor del amasijo fresco, del vino bien conservado y de la leche fresca nos recuerdan los dones que Dios le ha dado a su pueblo; dones que ayudan al ser humano a construir un cuerpo vigoroso pero que deben ser acompañados por una degustación asidua de su Palabra.

Isaías nos hace una invitación a degustar con sabiduría todos los dones que Dios nos ofrece, sabiendo que lo mejor que podemos ofrecer nosotros mismos es la gratitud activa, que revierte sobre los menos favorecidos los dones que unos pocos acaparan. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios, debe ser entregada con sabiduría y generosidad de modo que el pueblo de Dios no desfallezca. La Palabra de Dios nos invita y convoca a hacer de este ‘valle de lágrimas’ un jardín frondoso donde florezca la justicia y la sabiduría (Sal 72,1-9).

La multiplicación y los peces nos evoca la gran tentación de considerar que únicamente la satisfacción de las necesidades básicas nos conduce al Reino. Jesús se preocupó de que sus discípulos fueran mediadores efectivos frente a las necesidades del pueblo, pero no recurriendo a la mentalidad mercantilista que reduce todo a la presencia o ausencia de dinero (Mt 14,15). Es muy fácil, a falta de un benefactor, despedir a la multitud hambrienta para que cada cual consiga lo necesario. Pero Jesús no quiere eso; él pide a sus seguidores que sean ellos mismos quienes se ofrezcan a ser agentes de la solidaridad, ofreciendo lo que son y todo (lo poco) que tienen. Entonces la ración de tres personas, cinco panes y dos peces, se convierte en el incentivo para que todos aporten desde su pobreza y pueda ser alimentado todo el pueblo de Dios, que es lo que simbolizan las doce canastas. En la intención del evangelista, Jesús demuestra de este modo que el problema no es la carencia de recursos, sino la falta de solidaridad. «Cuando el pobre crea en el pobre, ya podremos cantar ¡Libertad!», dice el canto conclusivo de la «Misa Salvadoreña».

Lo que nos acerca a Jesús no son los muchos rezos o ceremonias, sino el amor incondicional a su Causa, ¡el Reino, la Utopía! Algo que hizo diferente a Jesús de todos los predicadores de la época fue su capacidad para despertar los mejores sentimientos de la gente: amor, generosidad y respeto. Nosotros deberíamos amar a Jesús con el mismo tipo de amor con el que él nos ama. Si el nos amó con un amor solidario, generoso, compasivo… nosotros no podemos responderle con melifluas plegarias o explosiones de emotividad, porque esto no sería amor comprometido. Por eso, si entendemos con qué amor Jesús nos amó, estaremos seguros de lo que proclama Pablo: nada nos puede separar del amor de Cristo.

 El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 57 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Cinco panes y dos peces». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://radialistas.net/article/57-cinco-panes-y-dos-peces/ Puede ser escuchado aquí: http://radioteca.net/media//uploads/audios/%25Y_%25m/057.mp3

De la serie «Otro Dios es posible», la entrevista 21 «¿Multiplicó panes y peces?» [http://emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=120021], y la 31 «¿Dios hace milagros?» [http://emisoraslatinas.net/entrevista.php?id=130031] pueden ser tomadas como punto de partida para un debate pedagógico sobre el tema del evangelio.

Para la revisión de vida

¿Cómo y de qué manera me convierto yo en pan para los demás? ¿El pan que yo ofrezco a los demás alimenta las ganas de construir el Reino o es más bien un pan que engorda y deja sentado?

¿Quiénes son para mí «pan» que alimenta mis ganas de servir a los demás?

¿Cuál es el pan que busco?

Para la reunión de grupo

– Cuando los discípulos acuden a Jesús, poco menos que para que resuelva milagrosamente la situación, o sea, cuando le quieren pasar la responsabilidad sobre la situación de hambre que está viviendo la comunidad, Jesús reacciona reclamando la responsabilización de los discípulos: “Denles ustedes mismos de comer”. Relacionemos esto con los siguientes refranes: “Ayúdate y Dios te ayudará”, “A Dios rogando y con el mazo dando”, “A quien madruga Dios le ayuda”… Y con aquel principio liberador y antiasistencialista: “Mejor que dar un pescado al que tiene hambre, enseñarle a pescar”.

– “Sólo tenemos cinco panes y dos pescados”. Los discípulos habían pensado que la solución sería “ir a comprar”; el dinero solucionaría los problemas. Al negarse Jesús, los discípulos tienen que volver la mirada no al dinero, sino a “lo que tenemos”, para ponerlo en común. ¿Este momento del evangelio se debe seguir llamando “multiplicación de los panes” o se debería llamar, mejor, “división (reparto, distribución, compartimiento) de los panes”?

– “Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”. Hoy resuena como un latigazo este versículo 21. Hasta en el mismísimo evangelio se ha colado esta forma machista de contar, de ver el mundo. Comentar en el grupo: ¿Cómo interpretar esa forma de contar? ¿Es “palabra de Dios”?

Para la oración de los fieles

– Te pedimos, Señor, que cada uno de los que formamos esta comunidad eclesial seamos «pan» para el hermano, para los hambrientos de este mundo.

– Por todos aquellos que tienen hambre de trabajo, techo y pan; por los que tienen hambre de justicia e igualdad… para que no pierdan nunca la esperanza de formar un nuevo pueblo viviendo en la solidaridad.

– Por todos los que mueren de hambre en nuestra comunidad mundial, por los millones de hombres y mujeres que no pueden llevar a su boca un pedazo de pan…

– Por todas las personas e instituciones que, por pereza o insensibilidad, se niegan a revisar la discriminación de género que tiene el lenguaje habitual y siguen hablando “sin contar mujeres y niños”; para que todos hagamos un esfuerzo por hablar de una manera que no invisibilice a la mujer.

– Por todos los que ponen su confianza siempre en el dinero, en los préstamos internacionales hechos al país, en el endeudamiento económico creciente… para que los pueblos exijan una economía más soberana, que no supedite a los países a los préstamos y deudas internacionales, sino a la autonomía financiera y la solidaridad del pueblo.

Oración comunitaria

Danos, Señor, junto al hambre de ti, un hambre también insaciable de amor, de justicia, de libertad, para nosotros y para todos los humanos, especialmente aquellos a quienes el mundo actual estructuralmente se lo niega. Que, así, nuestra hambre de ti dará realmente contigo y no con un ídolo religioso que te suplante, a ti que eres el Dios del amor, de la justicia, de la libertad y de la implacable pasión por los pobres. Nosotros te lo pedimos recordando a Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

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Dom 28. 07. 11 «Para empezar, bastan cinco panes y dos peces».

domingo, 3 de agosto de 2014
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feeding-5000Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 18. Tiempo ordinario, ciclo A. Mateo 14,13-21. Éste es el domingo de la multiplicación o, mejor dicho, de la “alimentación”.

Con cinco panes y dos peces que tenía la gente ( su comunidad) Jesús dio de comer a unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, es decir, a unas quince mil personas. En aquel contexto de Galilea y de su entorno era muchísimos, una inmensa muchedumbre.

Tenían hambre y Jesús tuvo piedad (es decir, fue un hombre normal, compasivo). ¿Podría hoy Jesús alimentar a los hambrientos del mundo? ¿Le ofrecería hoy su Iglesia (año 2014) cinco panes y dos peces para hacerlo?

Para empezar, Jesús sólo necesita cinco panes y dos peces… Pero los necesita, que se los dé su Iglesia, y que la gente se siente, y que coman juntos, unos y otros palestinos y judíos, prestamistas de los fondos-buitre empobrecidos por haber recibido esos fondos… ¿Podrían sentarse unos y otros, sobre el ancho suelo de Gaza o de Indiana? ¿Podrían mirarse y comer juntos?

En este contexto emergen tres grandes utopías (o, si se quiere, misterios):

a. Que la Iglesia dé todo lo que tiene (cinco panes y dos peces… hoy algo más, incluidos algunos obispados…), que lo ponga todo al servicio de los hambrientos, porque esto es lo importante, esto es el evangelio: ¡que los hombres y mujeres coman!

b. Que Jesús pueda “bendecir” a Dios, bendecirle de verdad multiplicando el alimento (porque el alimento se multiplica allí donde se comparte…). Pero tenemos que darle nuestros panes y peces, poniéndolos al servicio de todos, para que él los bendiga. Este es nuestro tesoro, el tesoro de la Iglesia.

c. Que todos queden satisfechos y que “sobren” alimentos, para seguir comiendo y dialogando… Sobre la ancha tierra, cerca de Jerusalén (cerca de Gaza). Que coman (comamos) juntos y dialoguen (dialogamos), sin que uno sea más y otros menos, todos hermanos, hijos de Dios.

Y esto ya, hoy mismo, en tiempos recios… cuando siguen matando a los profetas, como hicieron con Juan Bautista.

Para saber más leed el texto… y seguid si os parece con mi reflexión. Buen fin de semana.

Lectura. Mt 14, 13- 21

CincoPanesYDosPecesEn aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde se acercaron los discípulos a decirle:

— Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.

Jesús les replico:– No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.

Ellos le replicaron:– Pero aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.

Les dijo:– Traédmelos.

Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, son contar mujeres y niños.

LA SOLUCIÓN NO ES COMPRAR

Ahí está Argentina, que compró “fondos buitre” (con perdón para los buitres, que son animales nobles, que comen carroña y limpian el monte… y no piden después intereses del 600/% o algo así, que es lo que le ha costado la broma a Argentina).

Le dijeron a Jesús que la solución era “comprar” (que paguen y coman los que tengan, los demás que se arreglen como puedan). Pero él respondió diciendo que la solución no era comprar, sino dar y compartir. Y los que tenían dieron, y todos compartieron, y comieron todos, y sobraron (con cinco panes y dos peces, es decir, con “siete” unidades de comida, que son suficientes para el mundo entero).

Millones de predicadores y cristianos meditarán sobre ese texto este domingo. Algunos lo haremos con gozo (por leer lo que leemos en la Biblia de Jesús), pero, al mismo tiempo, con angustia, sabiendo que en este mismo momentos cientos de niños se mueren de hambre en medio mundo, porque hay otros que especulan con su hambre y con su muerte, multiplicando los intereses y creando un mundo por un diablo mucho peor que el de las tentaciones de Jesús, que sometía a la gente, pero le daba de comer. Éstos someten y encima matan.

La solución no es comprar y vender, en manos de un mercado que acaba matando… sino dar y compartir, como manda Jesús a su Iglesia: Dadles vosotros de comer.

INTERMEDIO. AQUÍ NO ESTARÍA DE MÁS UNA EXCOMUNIÓN

No creo mucho en excomuniones al estilo antiguo… pero ya que estamos a ello y ya que las hay habría que afinar la puntería y dirigirlas de verdad a los responsables del hambre del mundo.

Sin ir más lejos, unos curas y el obispo de Salamanca han “excomulgado” a una cristiana de Vitigudino, expulsándola de la Cofradía del Corpus con vivir con un hombre sin haberse casado. Publiqué algo sobre el caso en una postal anterior. Si se excomulga a esa chica de Vitigudino había que excomulgar a todos los que se aprovechan del hambre del mundo, entre otros a unos Senadores “honrados” de Usa.

Por poner otro caso… El otro día, el Papa Francisco excomulgó a los “mafiosos” un grupo italiano por resolver sus cuestiones de honor matando por venganza incluso a niños.

Bien me pareció el gesto del Papa Francisco. Pero habría que ir a la raíz, diciendo que no pueden ser cristianos los que se enriquecen a costa del hambre de los otros… diciendo nombres y apellidos, empezando a mojarse de hecho. El evangelio es gracia y perdón para todos, pero es gracia y perdón que, si no se acepta, deja al hombre o mujer en manos de las “tinieblas exteriores”.

EL TEMA DE LA MULTIPLICACIÓN

Jesús inició su proyecto de Reino de Reino de Dios entre pobres, en un mundo marcado por el hambre y la opresión. Muchos campesinos galileos vivían entonces bajo la amenaza del hambre. Por eso, el Reino (expresado en la gran voz de ¡bienaventurados los hambrientos!) debía revelarse a modo de comida (¡los hambrientos serán saciados!: Lc 6, 21), no sólo de un modo material, pero también material.

Jesús anunció la Palabra de Dios, pero una Palabra que no se haga alimento compartido es mentira (no palabra). Así lo muestra Jesús cuando dice que el Reino es Banquete para los hambrientos (Lc 14, 16-24; Mt 22, 1-14; cf. Ev. Tom 64).

Jesús se sintió enviado por Dios para ofrecer la invitación del Reino a los cojos, mancos, ciegos, a los expulsados por razones económicas, sociales y/o religiosas (que vagan por plazas y caminos: cf. Lc 14, 21-23 par). Precisamente ellos, artesanos, oprimidos y negados del sistema (prescindibles), debían ser privilegiados de Dios… Por eso quiso ofrecerles alimento

PANES Y PECES

Ésta era la comida normal, el alimento necesario para la subsistencia, en aquel ámbito cultural mediterráneo. No se dice nada del agua, porque allí (junto al lago) resultaba gratuita y abundante para todos. Tampoco hallamos aquí el vino del gozo y las bodas o la carne de ternera o cordero de la pascua. Vino y carne son lujo costoso, comida de banquete, ajena a la dieta del campo o de los pobres. Leer más…

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«Jesús alimenta a su comunidad». Domingo 18. Ciclo A.

domingo, 3 de agosto de 2014
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La multiplicaciónDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una vez terminado el discurso en parábolas sobre el Reino de Dios, el evangelio de Mateo ofrece una sección que podríamos titular «Del escándalo a la fe» (13,53-16,20). El escándalo se da en Nazaret, donde sus paisanos lo rechazan; la fe, en la confesión de Pedro en Cesarea de Felipe. En conjunto se trata de nueve episodios, de los que la liturgia la liturgia ha elegido cuatro para los próximos domingos:

― la multiplicación de los panes (domingo 18)
― la tempestad calmada (domingo 19)
― la curación de la hija de la mujer sirofenicia (domingo 20)
― la confesión de Pedro (domingo 21)

Suave tarea veraniega

Quienes no sepan en qué entretenerse durante el mes de agosto, pueden leer estos capítulos de Mateo, con las sugerencias que ofrezco a continuación.

a) El tema capital de la sección es la pregunta: ¿quién es Jesús? Encontrará respuestas muy distintas:

los nazarenos: un hombre (13,55-56)
Herodes: Juan Bautista resucitado (14,2)
los de la nave: Hijo de Dios (14,33)
la cananea: Señor, hijo de David (15,22)
la gente: diversidad de opiniones (16,14)
Pedro: el Mesías (16,16)

b) Jesús intensifica su contacto con los extranjeros viajando a Tiro, Sidón (15,21) y Magadán (15,39). Por el contrario, su patria, Nazaret, lo rechaza; y de Jerusalén viene el peligro, la oposi­ción (15,1).

c) Jesús aparece en continuo movimiento. Mateo parece sugerir que la actividad misionera es intensa, aunque la mayoría de los episodios se sitúa en torno al lago de Galilea. A pesar del movimiento continuo, la gente cada vez se une más a él. Y Jesús les demuestra su preocupación y afecto de modo cada vez mayor.

d) El tema de los milagros (dynameis) es fundamental; más aún que en los capítulos anteriores. Se convierten en signo de la salvación mesiánica y, al mismo tiempo, de la aceptación o rechazo de Jesús, de la fe o incredulidad.

Jesús alimenta a su comunidad (la multiplicación de los panes)

Cuando los discípulos de Juan le comunican a Jesús la muerte del maestro, Jesús se retira en barca a un sitio apartado. Este detalle es significativo de la postura de Jesús. No va en busca de Herodes a denunciarlo. Huye, para poder seguir cumpliendo su misión. Lo sigue mucha gente de todas los pueblecillos, Jesús siente lástima y cura a los enfermos. Pero lo más importante ocurre al caer la tarde.

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
― Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.
Jesús les replicó:
― No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
Ellos le replicaron:
― Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
Les dijo:
― Traédmelos.
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Problemas de la interpretación puramente histórica

Podríamos entender el relato como el recuerdo de un hecho histórico que demostraría el poder de Jesús y su preocupación, no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales. Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena.

Se trata de una multitud enorme, quizá diez o quince mil personas, si incluimos mujeres y niños. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona.

La propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.
Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce camareros (a unas mil personas por cabeza) plantea grandes problemas.

¿Cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para coger nuevos trozos cada vez que se acaban?

¿Por qué no dice nada Mateo del reparto de los peces? ¿Es que éstos no se multiplican?

Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo?

¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta Mateo. ¿Se basa su relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por el evangelista para transmitir una enseñanza?

Problema de la interpretación racionalista y moralizante

En el siglo XIX, por influjo especialmente de la Vida de Jesús de Renan, se difundió la tendencia a interpretar los milagros de forma racionalista, que no supusieran una dificultad para la fe. En concreto, lo que ocurrió en la multiplicación de los panes fue lo siguiente: Jesús animó a sus discípulos y a la gente a compartir lo que tenían, y así todos terminaron saciados. El relato pretende fomentar la generosidad y la participación de los bienes. Esta opinión, que sigue apareciendo incluso en libros pretendidamente científicos, inventa algo que el evangelio no cuenta, incluso en contradicción expresa con él, e ignora el mundo en el que fueron redactados los evangelios.

La interpretación cristológica y eucarística

A la comunidad de Mateo este episodio no le resultaría extraño. Con su conocimiento del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos pasajes bíblicos.
En primer lugar, la imagen de una gran multitud de hombres, mujeres y niños, en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés.

Hay también otro relato sobre Eliseo que les vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:
– Dáselos a la gente, que coman.
El criado replicó:
– ¿Qué hago yo con esto para cien personas?
Eliseo insistió:
– Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.
Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»
(2 Reyes 4,42-44).

Cualquier lector de Mateo podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo en tiempos antiguos. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder lo sobrepasa también de forma extraordinaria: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

Sin embargo, aquellos lectores antiguos se preguntarían qué sentido tenía ese relato para ellos. Porque su generación no podía beneficiarse del poder y la misericordia de Jesús para saciar su hambre en momentos de necesidad. Y sabían que otros muchos contemporáneos de Jesús habían pasado hambre sin ser testigos de ningún milagro parecido. En el fondo, la pregunta es: ¿sigue saciando Jesús nuestra hambre, nos sigue ayudando en los momentos de necesidad?

Aquí entra en juego un aspecto esencial del relato: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Es cierto que estos detalles no pueden exagerarse. Por ejemplo, el levantar la vista y pronunciar la bendición antes de la comida era un gesto normal en cualquier familia piadosa. También era normal recoger las sobras. Sin embargo, Mateo ofrece un detalle importante: omite los peces en el momento de la multiplicación. Algunos autores se niegan a darle valor a este detalle. Pero es interesantísimo. Cuando se come pan y pescado, lo importante es el pescado, no el pan. Carece de sentido omitir la mención del alimento principal. Si se omite, es por una intención premeditada: acentuar la importancia del pan, con su clara referencia a la eucaristía. Porque en ella acontece lo mismo que en la multiplicación de los panes. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: «Tomad y comed… tomad y bebed». Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte.

Un cristiano de hoy debería sacar el mismo mensaje de este pasaje: Jesús se compadece de nosotros y manifiesta su poder alimentándonos con su cuerpo y su sangre, mucho más importante que la multiplicación de los panes y los peces. También podríamos sacar otras enseñanzas: la obligación de preocuparnos por las necesidades materiales de los demás, de poner a disposición de los otros lo poco o mucho que tengamos. Así, los benedictinos alemanes han querido recordar la preocupación de Jesús por los necesitados instituyendo en el sitio donde se recuerda la multiplicación de los panes un centro de atención a niños disminuidos físicos. Pero lo esencial del relato es lo que decíamos anteriormente.

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«La decisión más importante». 27 de julio de 2014. 17 tiempo ordinario (A). Mateo 13, 44-52.

domingo, 27 de julio de 2014
Comentarios desactivados en «La decisión más importante». 27 de julio de 2014. 17 tiempo ordinario (A). Mateo 13, 44-52.

40-OrdinarioA17El evangelio recoge dos breves parábolas de Jesús con un mismo mensaje. En ambos relatos, el protagonista descubre un tesoro enormemente valioso o una perla de valor incalculable. Y los dos reaccionan del mismo modo: venden con alegría y decisión lo que tienen, y se hacen con el tesoro o la perla. Según Jesús, así reaccionan los que descubren el reino de Dios.

Al parecer, Jesús teme que la gente le siga por intereses diversos, sin descubrir lo más atractivo e importante: ese proyecto apasionante del Padre, que consiste en conducir a la humanidad hacia un mundo más justo, fraterno y dichoso, encaminándolo así hacia su salvación definitiva en Dios.

¿Qué podemos decir hoy después de veinte siglos de cristianismo? ¿Por qué tantos cristianos buenos viven encerrados en su práctica religiosa con la sensación de no haber descubierto en ella ningún “tesoro”? ¿Dónde está la raíz última de esa falta de entusiasmo y alegría en no pocos ámbitos de nuestra Iglesia, incapaz de atraer hacia el núcleo del Evangelio a tantos hombres y mujeres que se van alejando de ella, sin renunciar por eso a Dios ni a Jesús?

Después del Concilio, Pablo VI hizo esta afirmación rotunda: ”Solo el reino de Dios es absoluto. Todo lo demás es relativo”. Años más tarde, Juan Pablo II lo reafirmó diciendo: “La Iglesia no es ella su propio fin, pues está orientada al reino de Dios del cual es germen, signo e instrumento”. El Papa Francisco nos viene repitiendo: “El proyecto de Jesús es instaurar el reino de Dios”.

Si ésta es la fe de la Iglesia, ¿por qué hay cristianos que ni siquiera han oído hablar de ese proyecto que Jesús llamaba “reino de Dios”? ¿Por qué no saben que la pasión que animó toda la vida de Jesús, la razón de ser y el objetivo de toda su actuación, fue anunciar y promover ese proyecto humanizador del Padre: buscar el reino de Dios y su justicia?

La Iglesia no puede renovarse desde su raíz si no descubre el “tesoro” del reino de Dios. No es lo mismo llamar a los cristianos a colaborar con Dios en su gran proyecto de hacer un mundo más humano, que vivir distraídos en prácticas y costumbres que nos hacen olvidar el verdadero núcleo del Evangelio.

El Papa Francisco nos está diciendo que “el reino de Dios nos reclama”. Este grito nos llega desde el corazón mismo del Evangelio. Lo hemos de escuchar. Seguramente, la decisión más importante que hemos de tomar hoy en la Iglesia y en nuestras comunidades cristianas es la de recuperar el proyecto del reino de Dios con alegría y entusiasmo.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a descubrir el tesoro oculto del reino de Dios. Pásalo.

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» Vende todo lo que tiene y compra el campo». Domingo 27 de julio de 2014. 17º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 27 de julio de 2014
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40. A 17Leído en Koinonia:

1Reyes 3,5.7-12: Pediste discernimiento
Salmo responsorial: 118:  ¡Cuánto amo tu voluntad, Señor!
Romanos 8,28-30:  Nos predestinó a ser imagen de su Hijo
Mateo 13,44-52: Vende todo lo que tiene y compra el campo

 La palabra de Dios siempre nos va a proponer motivos y razones para acrecentar nuestra inseguridad frente a la vida y frente al seguimiento, de una causa que creemos muy importante para los que nos llamamos cristianos: el Reino, la Utopía.

Las lecturas de hoy son un llamado al cambio de actitudes relativas de nuestras prácticas, muchas veces tan egoístas, a los valores profundos y absolutos que propone Jesús desde la propuesta del proyecto del Reino.

Hay que tener muy claro que la presentación de Salomón que hace el primer libro de los Reyes, pretende mostrar (bastante románticamente) lo que para el escritor sagrado representaba y significaba este rey “maravilloso” en la teoría, pero que en la práctica y por lo que consiguió en la historia del pueblo, no pasó a ser sino un rey más, que se aprovechó de su poder para explotar, esclavizar y manipular la conciencia débil del pueblo, y construir su reinado de gloria en la magnificencia literaria que se construyó en torno a su figura y su reinado.

Hay que saber diferenciar entre la estructura del reino que representa Salomón (la de la monarquía con sus estructuras económicas, políticas, militares y religiosas para manejar los hilos del poder) y la propuesta del Reino que presenta y enseña Jesús con sus palabras, pero sobre todo con su práctica de justicia y de igualdad.

Descubrir el mensaje que se revela por Jesús y su reinado, abre los horizontes hacia una nueva humanidad. Una vez que se ha descubierto el valor absoluto que tiene el Reino, es necesario tomar una posición, y frente a este descubrimiento ningún precio es demasiado alto, pues el Reino se convierte en el único valor absoluto para quien lo descubre.

El proyecto del «Reino de los cielos», según la expresión de Mateo, se convierte para muchas personas en una alegre pero exigente sorpresa, que en el caminar normal de la vida se produjo por medio de un encuentro afortunado que impregnó de una gran riqueza la existencia. Ese Reino trajo una exigencia, que genera al mismo tiempo inseguridad, pues se descubre que es necesario venderlo todo, despojarse de muchos «bienes» que atan, e ir al encuentro de la absoluta posesión del Reino, como su mayor riqueza. Quien ha descubierto desde su práctica concreta en la vida, los valores del Reino… encontró su mejor tesoro, la mejor perla que podía estar buscando extraviadamente en otros rincones.

Las dos parábolas iniciales (del tesoro escondido y de la perla) parece que se contrapusieran a la llamada e invitación de Jesús a dejar bienes y riquezas para seguirlo. Sin embargo nos enseñan las parábolas, que el Reino es la mayor riqueza para el seguidor de Jesús: Luego de sentir la llamada de Jesús y de descubrir el Reino, el camino se debe seguir con alegría, porque se ha encontrado todo.

En estas dos parábolas, el Reino es la realidad que supera a nuestro egoísmo. Dejar las certezas inseguras del hoy, por la certeza mayor, abre los caminos para que venta a nosotros el reinado de Dios, el Buen Vivir, el mayor Bien (Ubi bonum, ibi Regnum), la transformación radical de nuestro mundo, con sus tantas y tantas estructuras injustas.

Para el seguidor de Jesús es necesario romper los esquemas de muchas estructuras que deshumanizan. Personas que esperan un cambio sin ponerse en búsqueda, pero se atan a su herencia legalista, que no les permite salir a encontrar nuevas posibilidades para su existencia o para la existencia de los demás. Estas parábolas se refieren a otras personas, que encuentran un sentido que creían perdido para sus vidas y se arriesgan al cambio y a la novedad, y se ponen en marcha hacia proyectos alternativos de hermandad solidaria entre los seres humanos.

Jesús concluye esta enseñanza preguntando si han entendido todo lo dicho por medio de la palabra, que había estado escondida, pero que ahora no deja de salir a la luz. Y presenta el modelo ideal del discípulo, capaz de entender el mensaje del Reino y sacar oportunamente lo viejo y lo nuevo del mensaje que ha recibido. La novedad del Reino viene por medio de la palabra, acumulada en la historia del propio pueblo por medio de sus valores, la cultura, el proyecto original en torno al cual se dio origen a Israel como pueblo, sus luchas y procesos en búsqueda de la justicia y su interpretación de la historia desde un Dios liberador, con su opción por los pobres. Esta oferta del Reino que propone Jesús es una realidad que quiere hombres y mujeres capaces de incorporar los propios valores del Reino a las nuevas realidades que Jesús puso en marcha a partir del anuncio y la práctica del Reino.

El evangelio de hoy no está incluido entre los capítulos de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. Proponemos utilizar el capítulo 52, titulado «Las diez dracmas». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://radialistas.net/article/52-las-diez-dracmas/ Puede ser escuchado aquí: http://radioteca.net/media//uploads/audios/%25Y_%25m/052.mp3 O escójase otro capítulo adecuado, aquí: http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/?page=1

Para la revisión de vida

Somos muchos los bautizados, pero ¿somos muchos los cristianos, los que vivimos de acuerdo con nuestra fe, los que vivimos convencidos de que el Reino de Dios es el mayor tesoro de nuestra vida? Y yo ¿qué soy: bautizado o discípulo de Jesús? Leer más…

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Dom 27.7.14. Un tesoro, una perla… Nos dan miedo las parábolas

domingo, 27 de julio de 2014
Comentarios desactivados en Dom 27.7.14. Un tesoro, una perla… Nos dan miedo las parábolas

elrescatedelaovejaperdida_teichertDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 17. Tiempo ordinario. Mt 13, 44-52. Este evangelio ha recogido dos parábolas fulgurantes de Jesús: Una del tesoro, otra de la perla (13, 44-46). Ellas nos sitúan ante una experiencia desencadenante de vida, ante la sorpresa de Dios, y así exponen y ponen en marcha el camino del Reino.

Pero el mismo gran Mateo ha tenido miedo de ellas y por eso ha querido “domarlas”, añadiendo una «honesta» alegoría que habla de peces buenos y malos (13, 47-50), en la línea del mejor moralismo sensato, propio de “buenos” rabinos y escribas. No ha sido capaz de “soportar” el brillo de las dos breves parábolas, y así añade este “buen razonamiento”, para gente sensata y moralista, con miedo al evangelio.

Finalmente, un comentarista posterior (quizá el mismo Mateo) ha introducido aquí la enseñanza sobre el “buen escriba”, que junta y matiza lo nuevo con lo antiguo (13, 51-52), en contra de Mc 2, 21-22. Este hombre de iglesia tiene miedo de Jesús y de alguna forma «camufla» su enseñanza (como se ha hecho desde el buen Mateo, hasta el Magisterio de hoy, 2014.)

Tenemos miedo a las parábolas:

— Nos asusta el tesoro, la perla ¿Qué hacemos? Preferimos la vulgar mediocridad.
— Nos da miedo el riesgo: No queremos vender todo para vivir de/con el tesoro.
— No creemos y por eso las camuflamos y las embellecemos para no cumplirlas…

Esta es nuestra situación, éste el sentido del comentario que sigue:

Damos muchas gracias a ese escriba (a esta iglesia)que administra el gran arcón de los recuerdos y riquezas de la Iglesia. Le agradecemos también su alegoría (peces buenos y malos)…, pues sirve de aviso para mareantes. Pero no podemos seguirle sin más, sino que debemos volver a las parábolas originarias de Jesús. Eso deseo a todos mis lectores, si siguen entrando en el texto. Buen fin de semana a todos.

(He desarrollado el tema en La Historia de Jesús, VD, Estalla 2013)

TEXTO ENTERO: MT 13, 44-52

Parábola 1. En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo (Mt 13, 44).

Parábola 2. El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra (Mt 13, 45-46).

Alegoría. El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes (Mt 13, 47-50).

Aplicación final. ¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

JESÚS. DOS PARÁBOLAS

10155547_308544775989388_7426749931800787062_n‒ En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

‒ El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

A los pobres de Galilea les hablaba Jesús de un inmenso tesoro escondido en el campo de su vida, de una perla preciosa, de más valor que todo lo que ellos podían imaginar. Hablaba Jesús a los pobres, que nada tenían, y les ofrece un tesoro una perla más preciosa.

Entendido así, el Reino de Dios no es pobreza, ni es sacrificio, sino la más alta riqueza, mayor que todos los tesoros de los reyes y que todos los diamantes de los comerciantes. Hay algo mayor, es un don, algo que todos pueden encontrar y adquiriri. Ellos que no tienen nada pueden encontrar y encuentran (reciben por Jesús) el Tesoro del Reino, la Perla del Rey

Estas dos parábolas (tesoro, perla) nos sitúan ante la máxima riqueza; pero ellas exigen, el mismo tiempo, el mayor desprendimiento: hay que dejarlo (venderlo), jugárselo todo para alcanzar el tesoro, para obtener la perla. Estas parábolas no pueden entenderse en sentido moralista, pues rompen la lógica del mundo:

‒ ¿Es justo engañar al dueño del campo, no decirlo que tiene un tesoro y comprarla la tierra?
‒ ¿Es razonable venderlo todo para comprar la perla…? ¿De qué vivirá la familia del comerciante en perlas si se arruina al comprar la perla más valiosa.

El evangelio no responde a esas ni a otras preguntas que hagamos, sino que nos invita a romper las redes de un puro pensamiento instrumental, centrado en el negocio… para soñar en lo más alto, para pensar en lo más hondo, para comprometernos a descubrir y cultivar nuestro tesoro, la perla de la vida.

EVANGELISTA, HOMBRE DE IGLESIA (MT 13, 47-50). UNA MORAL DE JUICIO

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

El Reino se parece a una red… No es ya una parábola, es una alegoría, que nos sitúa ante un tipo de moral ordinaria de juicio, según la cual Dios condena a los flacos (los peces pequeños, expulsados de nuevo) y salva a los “gordos y ricos”, en una línea de justicia conmutativa… Dios recibe en su reino a los «peces gordos»…, Dios vuelve a echar al mar a los peces flacos y malos…

Ciertamente, en un sentido, esa moral de la justicia es buena, responde a la división de los hombres (peces buenos, peces malos; obras buenas, obras malas…). Pero, en sí misma, esa alegoría no responde al mensaje de Jesús que viene a salvar precisamente a los pecadores y excluidos, como puso de relieve Pablo. Ésta es una advertencia moral de la Iglesia posterior, no una parábola de Jesús, que ha venido a salvar precisamente a los “peces flacos”.

Ciertamente, esta alegoría tiene cierto valor… pues nos invita a descubrir lo que somos, para transformarnos y así convertirnos en peces buenos… Pero es una alegoría de prudencia “humana”, no de enseñanza salvadora de Jesús, que se expresa en las dos parábolas anteriores paradójicas y sorprendentes (del tesoro y de la perla). Pero esa separación no se puede hacer en este mundo, como sabía la parábola de la cizaña. Además, las redes de Dios son distintas a las redes de este mundo… y Jesús ha muerto para salvar a todos.

APLICACIÓN FINAL, UNA “BUENA TEOLOGÍA”: EL BUEN ESCRIBA

¿Entendéis bien todo esto?» Ellos le contestaron: «Sí.» Él les dijo: «Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

Jesús pregunta a sus discípulos si entienden…. y luego se presenta como un «escriba sabio» que mezcla lo antiguo y lo nuevo… El mensaje de Israel y las palabras de Jesús… Ese escriba bueno y sabio que mezcla lo antiguo y lo nuevo está actuando en la elección de los textos anteriores, y en su vinculación.

Mt 13, 44-45 es mensaje nuevo, es parábola de Jesús, es don de Dios que se ofrece a todos, como perla, como tesoro… Ahí está hablando Jesús. Mt 13, 47-50 forma parte del discurso moral y apocalíptico del judaísmo del tiempo de Jesús. En sentido escrito no es evangelio (va en contra del mensaje de Jesús). Pero el buen maestro (el buen escriba) tiene que recuperar también eso e integrarlo en el mensaje de Jesús…

Esta aplicación recoge la función y tarea del buen evangelista (es decir, de Mateo), que recoge las parábolas de Jesús (tesoro, perla) y las vincula con la enseñanza moral judía del juicio (con los peces gordos y los flacos, con los buenos y los malos…). Marcos es un hombre de “arcón”, alguien que saca de su “despensa” pensamientos nuevos de Jesús y pensamientos y alegorías anteriores del judaísmo.

Mateo lo quiere ser infiel a Jesús, pero tiene que vincular el fulgor de sus parábolas con un tipo de ley judía (que se expresa en la alegoría anterior), para que así el “buen judaísmo” (de los peces gordos, religiosos) pueda entrar en la novedad de las parábolas de Jesús.

Desde nuestra perspectiva, podemos dejar a un lado la alegoría (peces grandes y pequeños), lo mismo que la enseñanza final del escriba (que guarda en su arcón cosas nuevas y viejas) para volver a las parábolas de Jesús.

PARÁBOLAS DE JESÚS, MÁS ALLÁ DE LA LÓGICA

Las parábolas son relatos breves, de carácter figurado, que despliegan el sentido de la realidad desde una perspectiva imprevista, rompiendo el orden normal del pensamiento discursivo. Así aparecen en muchos pueblos y culturas, donde se vinculan con los enigmas y los cuentos, los koan y las paradojas, los poemas breves y las adivinanzas, los apólogos y las alegorías y otras composiciones de la literatura oral más que de la escrita. Leer más…

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Parábolas para tiempo de crisis (final). Domingo 17 Ciclo A.

domingo, 27 de julio de 2014
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Jesus_Mafa_Hidden_Treasure_Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 En los dos domingos anteriores, el discurso en parábolas ha respondido a tres preguntas que se hace la antigua comunidad cristiana y que nos seguimos planteando nosotros:

1) ¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? (parábola del sembrador).

2) ¿Qué hacer con quienes no lo aceptan? (el trigo y la cizaña).

3) ¿Tiene futuro esta comunidad tan pequeña? (el grano de mostaza y la levadura)

Quedan todavía otras dos preguntas por plantear y responder.

¿VALE LA PENA?

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza de los segui­dores de Jesús es si todo esto vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Por eso se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla. Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente:

a) El protagonista descubre algo de enorme valor.

b) Con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene.

c) Compra el objeto deseado.

Sin embargo hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El suertudo y el concienzudo

El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo.

El reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas que, al encontrar una de gran valor, se va a vender todo lo que tiene y la compra.

El protagonista de la primera es un hombre con suerte. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción no es llevarlo a la oficina de objetos perdidos (que entonces no existe) ni poner un anuncio en el periódico (que tampoco existen). Ante todo, lo esconde. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente. La única solución es comprar el campo. Es grande y caro. No importa. Vende todo lo que tiene y lo compra.

El protagonista de la segunda parábola es muy distinto. No pierde el tiempo paseando por el campo. Es un comerciante concienzudo que va en busca de perlas de gran valor. Por desgracia, la traducción litúrgica ignora este aspecto: en vez de “El Reino de los cielos se parece también a un comerciante en perlas finas”, debería decir “a un comerciante en busca de perlas finas”. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, igual que el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla.

La perla y el comerciante

Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante. Este detalle ofrece una pista para interpretar las dos parábolas.

Ni bonos basura ni timo de la estampita

No olvidemos que estas parábolas se dirigen a un comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano tiene valor. En términos modernos: ¿me han vendido bonos basura o me han dado el timo de la estampita? La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad no casualmente, sino tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo; también éstos debieron renunciar y vender para adquirir.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?

Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importan­te: es el cristiano, con su actitud, quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrir­lo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor. Estas parábo­las parecen decir: «Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no sueltes un discurso; demuestra con tu actitud que vale la pena».

¿QUÉ OCURRIRÁ A QUIENES ACEPTAN EL REINO, PERO NO VIVEN DE ACUERDO CON SUS IDEALES?

A esta última pregunta responde la parábola de la red lanzada al mar.

El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan, y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran. Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.

No queda claro si se habla de toda la humanidad, donde hay buenos y malos, o de la comunidad cristiana, donde puede ocurrir lo mismo. Ya que el tema del juicio universal se ha tratado a propósito del trigo y la cizaña, parece más probable que se refiera al problema interno de la comunidad cristiana. Interpretada de este modo, empalmaría muy bien con las dos anteriores. Hay gente dentro de la comunidad que no vive de acuerdo con los valores del evangelio, que no mantiene esa experiencia de haber descubierto un tesoro o una perla. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura («a los malos los echarán al horno encendido») pero convie­ne completarla con la última parábola del evangelio de Mateo, la del Juicio final (Mt 25,31-46), donde queda claro cuáles son los peces buenos y cuáles los malos. Los buenos son quienes, sabiéndolo o no, dan de comer al hambriento, de beber al sediento, visten al desnudo, hospedan al que no tiene techo… Los que ayudan al necesitado, aunque ni siquiera intuyan que dentro de ellos está el mismo Jesús.

CONCLUSIÓN

¿Entendéis bien todo esto?»

Ellos le contestaron:
― Sí.

Él les dijo:

― Ya veis, un escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

Mateo termina las siete parábolas comparando al predicador del evangelio con un un padre de familia. Parece un nuevo enigma, esta vez sin explicación. En sentido inmediato, el escriba que entiende del reinado de Dios es Jesús. Para exponer su mensaje ha usado cosas nuevas y viejas. Del baúl de sus recuerdos ha sacado cosas antiguas: alguna alusión al Antiguo Testamento, la técnica parabólica y el lenguaje imaginati­vo de los profetas. Pero la mayor parte consta de cosas nuevas, fruto de su experiencia y de su capacidad de observación: la vida del campesino, del ama de casa, del pescador, del comerciante, de la gente que lo rodea, le sirven para exponer con interés su mensaje. Por eso, la comparación final es también una invitación a los discípulos y a los predicadores del evangelio a ser creativos, a renovar su lenguaje, a no repetir meramente lo aprendido.

LA PRIMERA LECTURA

La primera lectura nos invita a pedir a Dios esta sabiduría, igual que Salomón se la pidió para gobernar a su pueblo.

En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo:
― Pídeme lo que quieras.
Respondió Salomón:
― Señor, Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues, ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?
Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello, y Dios le dijo:
― Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti.

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«Importancia de lo pequeño». 20 de julio de 2014. 16 Tiempo ordinario (A). Mateo 13, 24-43.

domingo, 20 de julio de 2014
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39-OrdinarioA16Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Todavía hay cristianos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles e imponga su religión a la sociedad entera.

Hemos de volver a leer dos pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus seguidores no es construir una religión poderosa, sino ponerse al servicio del proyecto humanizador del Padre (el reino de Dios), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndose en la sociedad como pequeño “fermento” de vida humana.

La primera parábola habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.

La actividad de Jesús en Galilea sembrando gestos de bondad y de justicia no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma ni en el Templo de Jerusalén son conscientes de lo que está sucediendo. El trabajo que realizamos hoy sus seguidores es insignificante: los centros de poder lo ignoran.

Incluso, los mismos cristianos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano vuelve una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reino de Dios.

La segunda parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente.

Así sucede con el proyecto humanizador de Dios. Una vez que es introducido en el mundo, va transformando calladamente la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera. Humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna.

Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está ya trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de verdad y de justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.

Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres, siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio, y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Siembra pequeña semilla de Evangelio. Pásalo.

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«Dejadlos crecer juntos hasta la siega». Domingo 20 de julio de 2014. 16º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 20 de julio de 2014
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tumblr_mccr4btc2I1qgucp7o1_500Leído en Koinonia:

Sabiduría 12,13.16-19: En el pecado, das lugar al arrepentimiento
Salmo responsorial: 85Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Romanos 8,26-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables
Mateo 13,24-43:  Dejadlos crecer juntos hasta la siega

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: «Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?» Él les dijo: «Un enemigo lo ha hecho.» Los criados le preguntaron: «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» Pero él les respondió: «No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: ‘Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.'»»

[Les propuso esta otra parábola: «El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.»

Les dijo otra parábola: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.»

Jesús expuso todo esto a la gente en parábolas y sin parábolas no les exponía nada. Así se cumplió el oráculo del profeta: «Abriré mi boca diciendo parábolas, anunciaré lo secreto desde la fundación del mundo.» Luego dejó a la gente y se fue a casa. Los discípulos se le acercaron a decirle: «Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.» Él les contestó: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.»]

Hoy, como en tiempos de Jesús y durante toda la historia de la humanidad, solemos dividir y “organizar” aparentemente la sociedad con criterios que consideramos muchas veces correctos: buenos y malos deben estar separados y puestos en los extremos opuestos.

Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era aceptada por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos criterios religiosos (fariseos y esenios), así como por los grupos económicos y políticos (herodianos, saduceos y celotes), pues todos ellos veían como opositores a quienes no pensaban, creían u opinaban según sus mismos criterios.

Jesús llama a la apertura de la mente y el corazón para acoger con esperanza (no pasivamente, con indiferencia) a quienes aparecen ante nuestra forma de vida como diferentes (que solemos catalogar como “malos”). Necesitamos tener apertura para acoger con un actitud de pluralismo asimilado la diferencia, que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.

No hay que ignorar en la parábola de la cizaña la presencia del mal en la historia, como lo reconoce Jesús en la presencia del enemigo que siembra la cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que buscar con afán, y posiblemente confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos, ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le corresponde juzgar, con inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como sólo Dios lo sabe hacer.

Por creernos muchas veces con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una sociedad dividida en el poder, olvidando que todos y todas somos hermanos y hermanas que compartimos una misma humanidad.

El Reino debe implicar para el seguidor de Jesús una acción transformadora en la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.

No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar (el Reino) es una Buena Nueva para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando se construye organización y se promueven los valores del Reino.

 Dicho esto, abordemos un segundo nivel, más crítico, en este comentario.

Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad para dejarla en las manos de Dios: él sería quien a fin de cuentas, al final de la historia, incluso más allá de la historia, deberá poner las cosas y las personas en su lugar… Esta idea de un Dios «premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y por cada una de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieval y barroca, está en la misma línea. ¿Qué decir de todo ello hoy?

Es obvio que conforme pasa el tiempo estas convicciones fundamentales del pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, no se comentan, incluso se evitan positivamente… Diríamos que ésa es una manifestación más del famoso «eclipse de lo sagrado» que se da en nuestra sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en una sociedad que transparentaba la eternidad, la vida del más allá, con sus premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una sociedad –y con una epistemología- en la que nos es difícil imaginar y pensar el más allá de la muerte como el lugar de los premios y castigos de Dios, como una separación post mortem del trigo y de la cizaña.

No vamos a pretender aquí resolver el asunto, ni abordar el tema en profundidad. Sólo queremos llamar críticamente la atención sobre él haciendo algunas afirmaciones.

Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando de más allá de la muerte con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado: el tema merece una revisión profunda, y en todo caso no permite las afirmaciones clásicas con su escandalosa simplicidad.

Buena parte de las descripciones de los premios y castigos eternos hoy aparecen como antropomorfismos insostenibles, respecto a los que no sólo merece la pena no dar más pábulo, sino que es importante también reconocerlos explícitamente como tales, liberando de ese modo a la fe de la obligación de compartir semejantes creencias mitológicas.

Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por bueno y por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un artículo de fe obvio, indiscutible. Y en efecto, normalmente ha quedado enteramente fuera de las crisis renovadoras de la fe en las décadas pasadas. El Concilio Vaticano II y su renovación simplemente envió a la trastera el conjunto de imágenes medievales y barrocas que aún estaban en circulación, y propició una relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo, que realmente supusieron una brisa de aire fresco. La teología de la liberación, por su parte, simplemente añadió una lectura histórico-escatológica de la realidad (caminamos hacia el Reino) y la perspectiva de la opción por los pobres (redescubiertos como los «jueces escatológicos universales», Mt 25,31ss), pero dejó intactas las afirmaciones centrales, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento (el libro exponente máximo de la escatología de la teología de la liberación es «Hablemos de la otra vida», de Leonardo BOFF, Sal Terrae, Santander, 1978, muchas veces reimpreso, y libremente disponible en la red).

Hoy, un nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la religión», nos exige dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente lo de siempre, y plantearnos de nuevo las preguntas más radicales: ¿existe realmente la vida más allá de la muerte? ¿Nos ha sido realmente «revelada»? ¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia actual confiesa respecto a este tema?

Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que prefieran seguir viviendo en una edición renovada de la «fe del carbonero». No son tampoco preguntas a difundir imprudentemente, ni trofeos para exhibirse como abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los responsables han de plantearse alguna vez en la intimidad de su fe, para que sondeando la dificultad del misterio, tomen la determinación de ser muy respetuosos en su lenguaje y no seguir viviendo de las rentas de afirmaciones que hoy son de hecho tan incuestionadas como increíbles, tan insostenibles como irresponsables.

El tema sólo lo hemos iniciado. Invitamos al lector a tirar del hijo y seguir profundizando, tanto desde el estudio de la teología como en su oración y su fe.

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Dom 20.08.14 Trigo y cizaña. ¿A quiénes debo cortar la cabeza?

domingo, 20 de julio de 2014
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2011051372trigo_porDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 16. Tiempo ordinario. Ciclo A: Mt 13, 24-43. El evangelio del domingo anterior (Mt 13, 1-23) había presentado el reino de Dios como una siembra (partiendo del relato base de Mc 4, 1-20). Pero Mateo no se ha contentado con esa primera elaboración del tema, sino que ha querido desarrollarlo, introduciendo unos elementos nuevos, de tipo apocalíptico, que eran comunes en el judaísmo de su tiempo. De esa forma ha creado este nuevo pasaje (Mt 13, 24-43) que ha sido y sigue siendo esencial en la visión del cristianismo.

En tiempos de Mateo

Esta nueva versión de la parábola proviene de la iglesia de Mateo, que ha elaborado y/o ampliando algunos de los elementos que se hallaban velados en la tradición cristiana. Es un tema exclusivo de su evangelio, pero algunos de sus rasgos han sido esenciales en la historia de la Iglesia:

— la oposición entre los dos sembradores, Jesús y el Diablo;
— la visión de la iglesia (el mundo) como un campo mixto donde crece trigo y cizaña;
— la imposibilidad de discernir en este mundo el trigo y la cizaña, pues están muy mezclados, en contra de todos los inquisidores de derecha o de izquierda;
— la certeza de que llega un juicio final, con la división de buenos y malos, pero con la advertencia de que no se adelante ese juicio, de que nadie tome en su mano la justicia de Dios;
— la identificación de los agentes y signos del juicio (ángeles, fuego)…, pero sabiendo que nos desbordan; nadie en el mundo es un ángel, nadie es el Diablo;
— la certeza de la salvación de los elegidos, la llamada a la paciencia, mientras nos esforzamos por ser buen trigo, queriendo que el trigo venza a la cizaña, con su oferta de pan y de vida…

En nuestros tiempos, Buenos Aires

Estamos en Buenos Aires, una ciudad que ha sido típica por su capacidad de acoger a gentes de todo tipo, gallegos y tanos, vascos y vénetos, rusos y judíos… Casi todas las naciones y razas del mundo vinieron a este puerto a lo largo del siglo XIX, y se quedaron a vivir, porque era buena la tierra y apacible la gente.

Pero también ha habido gente dispuesta a sacar la guillotina… expulsando y matando a los contrarios. En esta tierra (y en otras) se han dado también curas guerrilleros y soldados dispuestos a matar a los suyos, más que a defenderlos… Por aquí ha cabalgado también el demonio, todos los demonios. De eso ha seguido hablado este Coloquio, que quiere ser eso, simplemente Coloquio: Lugar donde se comparte la palabra…

¿Qué habría que arrancar?

Don Quijote es en Buenos Aires tan famoso como en Madrid… Por aquí sigue también cabalgando, y diciendo que es necesario arrancar esta mala semilla de sobre la haz de la tierra. Pero lo dice con humor, él, un soldado caballero que era incapaz de matar a nadie. Además, Pero su cizaña eran unos inocentes los molinos de viento…

Los inquisidores. Detrás de ese pasaje del Quijote está toda la historia de los inquisidores, que han aguzado su mente para descubrir cizaña, echándola al fuego, antes de tiempo… También hoy son muchos los que quieren arrancar, de un lado o de otro, la mala semilla, con criterios distintos:

a. Algunos (han sido numerosos en la historia) arrancarían la semilla del Papa y del Vaticano

b. Otros (también numerosos) arrancarían la semilla de los llamados herejes… para dejar una iglesia de puros, donde al final sólo quedarían ellos

Si les hiciéramos caso, a unos y otros, al final no quedaría nadie para contarlo. Pues bien, en contra de unos y de otros (de inquisidores de derecha y de izquierda), el Jesús de Mateo nos pide paciencia, que seamos capaces de crear y dar fruto en un mundo mezclado, que no empecemos a juzgar antes de tiempo, que no convirtamos la Iglesia en un campo de inquisiciones contrapuestas, cada uno queriendo arrancar a su contrario… En una historia dividida estamos. Ciertamente hay cizaña, pero no es fácil distinguirla violentamente del trigo.

De eso tratan, de un modo inicial, las reflexiones que siguen, que no explican esta parábola/alegoría, que pueden ayudar a situarla. Buen domingo a todos.

Introducción

Más que una parábola (como Mt 13, 3-9), este nuevo texto acaba siendo una “alegoría”, una explicación del texto anterior en clave de conflicto satánico y de juicio escatológico. Esta alegoría parabólica se sitúa en el centro de un proceso que comienza en la tentación (Mt 4) y culmina en el juicio final (Mt 25, 31-46). El texto consta de tres partes, construidas en forma de tríptico:

a (parábola básica): El sembrador y su enemigo (Mt 13, 24-30)
b (parábolas explicativas): ayudar a situar el tema (Mt 13, 31-35)
a’ (interpretación alegórica): resuelve el sentido de la parábola, en línea teológica (Mt 13, 36-43)

A. EL SEMBRADOR Y SU ENEMIGO (Mt 13, 24-30).

Es una nueva versión, en parte más alegorizada, de la parábola anterior (13, 3-9). Las transposiciones y cambios son fáciles de entender desde el mismo contexto mediterráneo en que la imagen se sitúa; ellos nos obligan a entender el tema en un contexto más judío, de división ética y de culminación escatológica.

Texto

Otra parábola les propuso, diciendo: «El Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo. Pero, mientras su gente dormía, vino su enemigo, sembró encima cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y produjo fruto, apareció entonces también la cizaña. Los siervos del amo se acercaron a decirle: “Señor, ¿no sembraste semilla buena en tu campo? ¿Cómo es que tiene cizaña?” El les contestó: “Algún enemigo ha hecho esto.” Dícenle los siervos: “¿Quieres, pues, que vayamos a arrancarla?” Díceles: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega. Y al tiempo de la siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo recogedlo en mi granero (Mt 13, 24-30).

Esta parábola vincula el motivo central del mensaje de Jesús (la buena siembra) con algunos motivos centrales de la apocalíptica judía, tal como aparecía reflejada en el mensaje de Juan Bautista, centrado en la siega y en la separación escatológica. Desde ese fondo, en la perspectiva del mensaje de Jesús, los cristianos que están en el fondo del evangelio de Mateo, reinterpretan los motivos apocalípticos de la tradición judía: Leer más…

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Parábolas para tiempo de crisis (2ª parte). Domingo 16. Ciclo A

domingo, 20 de julio de 2014
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el_sembradorDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 Mateo resume la crisis que atravesó su comunidad a finales del siglo I en cinco preguntas a las que responde con siete parábolas. El domingo pasado vimos la primera, ¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?, a la que respondía la parábola del sembrador. En este domingo se plantean otras dos preguntas, a las que se responde en tres parábolas. La primera de ellas (el trigo y la cizaña) debió considerarla Mateo difícil de entender, y por eso ofrece su explicación. Sin embargo, no lo hace de inmediato. Cuenta tres parábolas seguidas y más tarde, cuando los discípulos llegan a la casa, interrogan a Jesús y éste aclara su sentido. En cambio, las parábolas tercera (grano de mostaza) y cuarta (levadura) carecen de explicación en el evangelio. Por motivos de claridad expongo primero la parábola del trigo y la cizaña, con su explicación, y luego las otras dos.

¿Qué actitud adoptar con quienes no viven el mensaje?

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:
― El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
― Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
Él les dijo:
― Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
― ¿Quieres que vayamos a recogerla?
Pero él les respondió:
― No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

La parábola puede leerse desde diversas perspectivas, según pensemos que la finca es el pueblo de Israel, la comunidad cristia­na, o el mundo entero. Ya que esta parábola sólo la cuenta Mateo, vamos a verla primero desde el punto de vista de su comunidad, seriamente enfrentada con los judíos.

1ª hipótesis: La finca es el pueblo de Israel

En ella, el Señor ha plantado buena semilla (los cristianos). Pero el enemigo ha plantado también cizaña (los fariseos y demás enemigos de la comunidad). La tentación de cualquiera de los dos grupos es decidir por su cuenta y riesgo quién es trigo y quién cizaña. Pablo, por ejemplo, antes de convertirse, pidió permiso a las autoridades de Jerusalén para perseguir a los cristianos. Pero también la comunidad cristiana puede correr el riesgo de intentar acabar con los que no forman parte de ella o no los tratan como consideran justo. Así ocurrió cuando una aldea de Samaria no acogió a Jesús y los discípulos: Juan y Santiago le propusieron hacer bajar un rayo del cielo que acabase con todos (Lc 9,51-56). Con esta parábola, Mateo hace una exhortación a la calma, a dejar a Dios la decisión en el momento final.

2ª hipótesis: La finca es la comunidad cristiana

La parábola también podría entenderse dentro de la comunidad cristiana (sola ésta sería la finca), donde hay gente que respon­de al evangelio (trigo) y gente que no parece vivir de acuerdo con él (cizaña). El mensaje es el mismo en este caso. Aunque las cosas parezcan claras, es fácil que al arrancar la cizaña se lleven por delante el trigo. Porque cualquier de nosotros, por muy preparado que se considere teológica y moralmente, puede equivocarse. No son raros los casos de personas condenadas por la Iglesia que terminaron no sólo rehabilitadas sino también canonizadas.

3ª hipótesis: la finca es el mundo

Finalmente, la parábola se puede interpretar en un contexto más general, donde la finca es el mundo, la buena semilla los ciuda­danos del Reino y la cizaña los secuaces del Malo. En esta línea se orienta la explicación de los versículos 36-43.

Los discípulos se le acercaron a decirle:
― Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
Él les contestó:
― El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

En cualquiera de estas tres hipótesis (todas válidas), Jesús advierte contra el peligro de que paguen justos por pecadores. Es preferible tener paciencia y dejar la justicia a Dios, el único que puede emitir un veredicto exacto, sin temor a equivocarse.

La actitud de Dios, modelo de moderación en indulgencia

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se mueve en esta línea de bondad y tolerancia, poniéndonos a Dios como modelo. Un Dios al que el poder impulsa, no a castigar sino a perdonar, que gobierna con moderación e indulgencia, y que siempre da un voto de confianza al pecador, esperando que se convierta.

Fuera de ti, no hay otro Dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

¿Tiene algún futuro esto tan pequeño?

Tras la explicación, volvemos al otro tema tratado por las parábolas de hoy. La comunidad de Mateo es pequeña. Las otras comunidades también. Han pasado ya cincuenta años de la muerte de Jesús, y aunque el cristianismo se va extendiendo por el Imperio Romano, representan una minoría. ¿Qué futuro tiene este grupo tan pequeño? ¿Qué futuro tiene la iglesia actual, que carece del influjo y el poder que tenía hace unos años? Mateo responde con dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. Ambos coinciden en ser algo pequeño, pero más importante de lo que puede parecer a primera vista.

El grano de mostaza

El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Esta parábola sólo se comprende a fondo cuando se conoce una parábola del profeta Ezequiel que utiliza Jesús como modelo. A comienzos del siglo VI a.C., cuando el pueblo de Israel se encontraba deportado en Babilonia, para expresar que su suerte cambiaría y sería espléndida, Ezequiel cuenta lo siguiente:

Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbra­do;
del vástago cimero arrancaré un esqueje
y lo plantaré en un monte elevado y señero,
lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.
Echará ramas, se pondrá frondoso
y llegará a ser un cedro magnífico;
anidarán en él todos los pájaros,
a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. (Ez 17,22-23).

Jesús acepta la imagen del árbol y la idea de que sirve para acoger a todas las aves del cielo. Pero introduce un cambio radical: no elige como modelo el cedro alto y encumbrado, sino el modesto arbusto de mostaza, que, cuando crece, «sale por encima de las hortalizas». Es un ataque lleno de humor e ironía al triunfalismo. Lo importante no es que el árbol sea grandioso, sino que pueda cumplir su función de acoger a los pájaros. Para la comunidad de Mateo era una excelente lección, y también debe serlo para nuestras tentaciones de triunfalismo eclesial.

La levadura

Les dijo otra parábola:
El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.

Algo parecido ocurre con la parábola de la levadura. Se usa en poca cantidad, pero cumple su función, hace que fermente la masa. La tentación de la comunidad cristiana es querer ocupar mucho espacio, ser masa, llamar la atención por su volumen, por el número de miembros. Jesús dice que lo importante es la función de fermentar la masa.

Resumiendo lo leído hasta ahora, Mateo ofrece una explicación de la realidad (sembra­dor) y una llamada a la sereni­dad (trigo y cizaña) y a confiar en algo que tiene unos comienzos tan modestos (mostaza y levadura). El próximo domingo, otras tres parábolas completarán esta enseñanza.

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«Sembrar». 13 de julio de 2014. 15 Tiempo ordinario (A). Mateo 13,1-23.

domingo, 13 de julio de 2014
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38-OrdinarioA15Al terminar el relato de la parábola del sembrador, Jesús hace esta llamada: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Se nos pide que prestemos mucha atención a la parábola. Pero, ¿en qué hemos de reflexionar? ¿En el sembrador? ¿En la semilla? ¿En los diferentes terrenos?

Tradicionalmente, los cristianos nos hemos fijado casi exclusivamente en los terrenos en que cae la semilla, para revisar cuál es nuestra actitud al escuchar el Evangelio. Sin embargo es importante prestar atención al sembrador y a su modo de sembrar.

Es lo primero que dice el relato: “Salió el sembrador a sembrar”. Lo hace con una confianza sorprendente. Siembra de manera abundante. La semilla cae y cae por todas partes, incluso donde parece difícil que la semilla pueda germinar. Así lo hacían los campesinos de Galilea, que sembraban incluso al borde de los caminos y en terrenos pedregosos.

A la gente no le es difícil identificar al sembrador. Así siembra Jesús su mensaje. Lo ven salir todas las mañanas a anunciar la Buena Noticia de Dios. Siembra su Palabra entre la gente sencilla que lo acoge, y también entre los escribas y fariseos que lo rechazan. Nunca se desalienta. Su siembra no será estéril.

Desbordados por una fuerte crisis religiosa, podemos pensar que el Evangelio ha perdido su fuerza original y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra para atraer la atención del hombre o la mujer de hoy. Ciertamente, no es el momento de “cosechar” éxitos llamativos, sino de aprender a sembrar sin desalentarnos, con más humildad y verdad.

No es el Evangelio el que ha perdido fuerza humanizadora, somos nosotros los que lo estamos anunciando con una fe débil y vacilante. No es Jesús el que ha perdido poder de atracción. Somos nosotros los que lo desvirtuamos con nuestras incoherencias y contradicciones.

El Papa Francisco dice que, cuando un cristiano no vive una adhesión fuerte a Jesús, “pronto pierde el entusiasmo y deja de estar seguro de lo que transmite, le falta fuerza y pasión. Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie”.

Evangelizar no es propagar una doctrina, sino hacer presente en medio de la sociedad y en el corazón de las personas la fuerza humanizadora y salvadora de Jesús. Y esto no se puede hacer de cualquier manera. Lo más decisivo no es el número de predicadores, catequistas y enseñantes de religión, sino la calidad evangélica que podamos irradiar los cristianos. ¿Qué contagiamos? ¿Indiferencia o fe convencida? ¿Mediocridad o pasión por una vida más humana?

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Siembra con la fe y la confianza de Jesús. Pásalo.

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«Salió el sembrador a sembrar». Domingo 13 de julio de 2014. 15º domingo de tiempo ordinario.

domingo, 13 de julio de 2014
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le-semeurLeído en Koinonia:

Isaías 55,10-11La lluvia hace germinar la tierra
Salmo responsorial: 64La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Romanos 8,18-23La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios
Mateo 13,1-23Salió el sembrador a sembrar

El libro del profeta Isaías se divide en tres parte: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio y la tercera la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro y nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que ellos reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación resalta dos elementos muy importantes: la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa y la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor desicivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad. La propuesta de Jesús nos abre a la esperanza de un futuro en el que la Humanidad se reconoce en la justicia y en el amor solidario, y no en la muerte y la guerra. Leer más…

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Dom 13. 07 08. Jesús, sembrador, Dios la semilla

domingo, 13 de julio de 2014
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arbol de mostaza en el aguaDel blog de Xabier Pikaza:

15. Tiempo ordinario. Ciclo A. Presenté ayer el tema desde la perspectiva de los que miran, pero no quieren ver. Hoy quiero comentar el evangelio (Mt 13, 1-23) en su conjunto.

Es quizá la parábola más significativa del evangelio:

Jesús no se limita a ver y escuchar. Tampoco es un simple maestro/mayeuta que ayuda a descubrir lo que de bueno existe en cada uno. No es tampoco un pastor que cuida rebaños que ya existen. Jesús es sembrador: derrama/regala simiento de humanidad en la tierra de Dios que son los hombres.

‒ Dios, por su parte, es la semilla que Jesús ha venido a sembrar. Jesús no siempre puras palabras externas, ni virtudes morales, ni ideas o dinero. Jesús ha venido a sembrar a Dios en el surco de nuestra vida. Este es el misterio de la encarnación: Jesús ha venido a sembrar a Dios en nuestra vida.

Imagen… El árbol de Dios se reproduce en el espejo del agua…
— La Palabra que es Dios se reproduce por Jesús en nuestra vida, si la acogemos, no como pura imagen, sino en realidad.
— Somos Dios hecho palabra y vida humana. Buen fin de semana a todos.

Introducción

Salió el sembrador a sembrar… (13, 3). El texto de Mateo está construido en forma de tríptico, lo mismo que el de Mc (4, 13-20): entre la parábola ya alegorizada (13, 3-9) y su explicación (13, 18-23) se ha incluido la teoría sobre la enseñanza en parábolas (13, 10-17).

Esta parábola forma el centro del mensaje que Mt ha tomado de Mc, definiendo, de algún modo, eso que pudiéramos llamar la esencia parabólica del cristianismo. Entendida así, la parábola no es un simple modo de hablar, un tipo de recurso literario, sino la misma verdad del evangelio, entendido como apertura del hombre a la palabra, es decir, a la comunicación (a la escucha y despliegue de la semilla).

Es como si hasta ahora no se hubiera expandido en plenitud la Palabra/Semilla, como si estuviera escondida o reprimida entre nosotros. Ahora podemos escuchar la Palabra, acogerla y dejar que fructifique.

Para entender el texto debemos situarnos de algún modo en el principio, allí donde Gen 2-3 ofrecía al ser humano la posibilidad de comer de todos los frutos de la tierra. El mismo Dios había sembrado en el jardín todos los árboles; el hombre debía cultivarlos, comiendo de sus frutos, aunque sin hacerse dueño del conocimiento del bien y del mal, es decir, sin dominar a capricho o egoísmo en el jardín. Ahora se nos dice que la siembra de Dios por su Mesías es siembra de Palabra… Jesús nos pone ante el mismo Dios hecho semilla.

a. Mesías sembrador, la parábola de Jesús. Las cuatro tierras (13, 3-9).

Texto.
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

El primer autor de esta parábola ha sido Jesús, que la ha presentado en un momento dado como expresión y sentido de todo su mensaje… dejando quizá en la penumbra la identidad del sembrador y la semilla En su forma actual (tal como aparece en el evangelio de Mateo) el sembrador es sin duda Jesús y la semilla es Dios. El Dios creador del Gen 1 se hace simiente de humanidad en el evagelio.

Esta siembra de Dios que realiza Jesús
(sembrando la palabra del Reino, es decir, de la vida de Dios) no puede entenderse en forma impositiva, sino como un ofrecimiento que está condicionada por una serie de factores, que aquí se identifican por los diversos tipos de tierras. Eso significa que este “Dios sembrado” puede recibir el rechazo de los hombres.

Eso significa que la obra mesiánica ha de entenderse en forma dramática y dialogal, donde influyen una serie de circunstancias. El ser humano vive y actúa dentro de un mundo muy condicionado. En ese mundo ha sembrado Jesús la “siembra” de Dios, arriesgándose a dejar al mismo Dios sin fruto:

1. Pájaros y camino (13, 4). Jesús extiende la semilla de Dios… Pero él sabe (en forma de parábola) que los pájaros están ahí, formando una amenaza para la siembra, una amenaza para Dios. Sobrevuelan sobre el campo; pero sólo son peligrosos allí donde la tierra es dura y no absorbe la semilla, es decir, allí donde es como un camino pisado y repisado..

2. Pedregal y sol (13, 5-6). El sol es necesario para que fructifique la semilla, como sabe toda la cultura agraria. Pero allí donde la tierra carece de profundidad y no acoge en hondura las raíces de la planta, por ser pedregosa, en vez de tener profundidad y ofrecer un “humus” (lugar de alimentación y crecimiento para la semilla), viene el sol se convierte en fuego que calcina y quema la planta recién nacida. Dios mismo es semilla, pero si carecemos de profundidad él no puede germinar en nosotros, es como un Dios fracasado..

3. Campo de espinas (13,7). Además de los pájaros del aire y del sol ardiente, la siembra ha de crecer en un lugar de “competencia biológica” (en un contexto de enfrentamientos vitales) donde actúan también otras plantas, que (en sentido externo) pueden ser más poderosas que la misma buena semilla del sembrador: frente a la planta buena de Dios hay otras plantas, que parecen más poderosas y pueden ahogarla. Por eso nos pide Jesús que colaboremos con el Dios simiente.

4. Semilla buena en tierra buena (13, 8). Aquí se expresa el milagro de la siembra: buena semilla en buena tierra; a pesar de todos los enemigos que pueden actuar y actúan, desde fuera y desde dentro, el sembrador se arriesga, de tal manera que su obra tiene éxito.

Dios lo hace todo, pero lo hace a través de lo que hagamos nosotros. Normalmente pensamos que el mesías puede y debe actuar desde fuera (desde arriba, a modo de rompe y rasga), rompiendo los esquemas y condiciones anteriores de la realidad y de la historia, como si la redención debiera ir en contra de la creación. Pues bien, aquí advertimos que la redención mesiánica (la siembra de Dios) se introduce en las claves de la misma creación, debiendo actuar desde dentro de ella.

b. Intermedio ¿Por qué les hablas en parábolas? (13, 10-17).

Texto:

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó:
a. «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
b. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.
A’ ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Jesús actúa y siembra en medio de las condiciones adversas o quizá mejor conflictivas, en un mundo donde muchos no quieren “entender” el sentido de la realidad, la siembra de Dios en nuestra. Éste es el misterio: Jesús se arriesga a sembrar en toda tierra (camino, pedregal, zarzal…).

Éste es el mesías de Dios, ésta su semilla: Jesús se arriesga a sembrar en toda tierra, ofreciendo la salvación de Dios a todos los humanos, conforme a la palabra la evocada del Bautista, en contra de Juan que quería que los hombres y mujeres se arrepintieran primero de forma que luz (¡una vez ya bien arrepentidos!) podría venir Dios a Ratificar su obra.

Pero el Dios de Jesús es distinto, él siembra en toda tierra, incluso de caminos, zarzales, pedregales… Desde este fondo se distinguen los hombres precisamente en dos grupos: los que entienden y los que no entienden.

Jesús supone que todos en el fondo pueden recibir y entender, en contra de cierta visión anticristiana que dice que algunos están rechazados de antemano. En contra de eso, Jesús siembra en toda tierra, para que todos puedan recibir la palabra, incluso aquellos que están a monte, sin protección sin entono amigo.

1. Los discípulos de Jesús entienden (a y a=: 13,11b y 13, 16-17). Jesús habla a los creyentes mesiánicos a quienes el mismo Dios ha revelado los misterios del reino (13, 11a); por eso, ellos pueden ver y escuchar lo que quisieron y no pudieron ver y escuchar los profetas y justos de los tiempos antiguos (b: 13, 16-17), es decir, la realidad mesiánica. El mesías de Dios se identifica con la verdad de las parábolas…Cristianos son los que entienden y acogen la siembra/parábola de Dios en su vida.

2. Por el contrario, “los que miran sin ver…”. La ignorancia mesiánica (b: 13c-15). Son aquellos que, conforme a la palabra de Isaías 6, 9-10 viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden… Esta ignorancia y rechazo es un misterio (como indique en el blog de ayer)… Pero, al mismo tiempo, esta ignorancia y rechazo proviene del deseo de “manejar” a Dios, de lo dejar que actúe su semilla sino sólo la nuestra.

Dios se hace palabra en nuestra vida… y así podemos rechazarle. Si Dios fuera una “cosa”, algo exterior, no podríamos rechazarle… Pero él se ha hecho palabra en nuestra vida, de manera que, si no queremos dejarnos transformar gratuitamente por su misma palabra, no podemos entenderla.

a’). Mesías hermeneuta. Los enemigos de la siembra (13, 18-23).

Texto.
Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.«

Mateo nos ofrece aquí una primera interpretación de la parábola, siguiendo el esquema de Mc que ha tomado como punto de referencia. Esta interpretación ofrece, sin duda, un elemento de la catequesis eclesial, es decir, de una explicación cristiana de la parábola de Jesús, que presentamos aquí en forma cristológica, siguiendo los cuatro momentos antes indicados que he distinguido ya en la misma parábola.

1. La tierra, un camino plano (13, 19). La imagen anterior del puro camino donde actúa a su placer el Diablo aparece ahora como un encefalograma plano, un cerebro sin hondura un corazón sin relieve, sin capacidad alguna de acoger la palabra. Éste es el hombre que no acoge, no entiende… Deja de ser aquello que es “oyente” de la Palabra, y se convierte en suelo plano donde el “maligno” (el pájaro malo) devora la palabra. Ése es el hombre que no acoge, que no escucha… que no quiere que Dios entre en su vida y fructifique, el hombre vacío, sin intimidad, sin abrir el oído a la palabra interior que puede transformarle.

2. Tribulación, un hombre sin hondura (13, 20-21). Estos son los hombres que acogen quizá con alegría, pero con alegría superficial, sin tierra profunda… Son los hombres que son incapaces de resistir la “tentación” de la palabra, su profundidad. En este contexto podemos seguir hablando de los pájaros devoradores de semilla se identifican ahora con el Perverso, que en terminología de Mt es el mismo Diablo (cf. 5, 37.39). Este es un Diablo enemigo de la semilla del reino, que aquí se identifica ya con Palabra. El Mesías de Dios siembra Palabra, que el hombre puede entender (acoger), de manera que ella fructifique; el Diablo, en cambio, aparece devorador de la verdad como pájaro adverso que quiere tener a los humanos sometidos a la oscuridad, sin acceso a la luz que alumbra y libera. Este es, sin duda, un Diablo interno, vinculado a la propia negativa del hombre, que prefiere rechazar la Palabra de la comprensión, quedando a merced de su propia superficialidad, en medio de un mundo conflictivo donde no puede ni quiere oponerse a los males que le amenazan.

3. Cuidado de la vida, el hombre vendido al dinero (13, 22). Las espinas de la parábola aparecen ahora como expresión de los cuidados de la vida y el ansia de dinero, que perturba al humano, haciéndole esclavo de las preocupaciones de su entorno social, incapaz de dialogar en humanidad, a partir de la Palabra: así queda el humano, a merced de su propia conflictividad social y monetaria. Aquí aparece el “diablo monetario”: Frente a la siembra de Dios emerge el dinero, el deseo inmediato de poseer cosas (bienes, dinero), pensando que sólo ellas me salvan.

4. El mesías de la buena tierra (13,23). El Mesías de Dios, sembrador de la Palabra, no puede actuar, sino donde los humanos le reciben, es decir, allí donde encuentra una tierra preparada. Es mesías de diálogo, no de la imposición o dictadura externa.

La parábola (13, 3-9) ha venido a convertirse así en una alegoría mesiánica de la palabra. El evangelio nos sitúa en el lugar del paraíso, allí donde Dios mismo ofreció a los humanos todos los frutos de los árboles, para comer de ellos y saciarse, menos el fruto del conocimiento del bien y del mal (cf. Gen 2-3). Pues bien, aquel paraíso de árboles frutales se ha venido a convertir en un sembrado, donde colaboran el Mesías (sembrador) y los humanos que están simbolizados por las diversas situaciones de la tierra.

Quizá el aspecto más significativo de la explicación de la parábola sea la identificación del Diablo (del Perverso) como enemigo de la Palabra. Este no es un Diablo-Dragón, que actúa en formas míticas, amenazando por fuera al humano, sino un Diablo Antipalabra, al que podemos identificar con la misma perversión de la humanidad, que no acepta el don de la Palabra, que se encierra en sí misma.

Avanzando en esa línea, tenemos que destacar la debilidad de la Palabra, expuesta a la persecución y al rechazo (en tema que ha destacado Jn 1, 1-18). Por eso habla Mt 13, 21 de la tribulación y persecución que brota de la misma Palabra, vinculada al Mesías de Dios, amenazada por el diablo. Así podemos presentar la gran paradoja mesiánica:

1. Valor y riesgo de la Palabra. Toda la explicación de la parábola se centra en el valor de la Palabra, que dialoga en humildad, introduciéndose en la tierra. Quien acepta la lógica de la palabra tiene que ahondar en el camino, profundizar en el terreno (más allá del puro pedregal), superar el riesgo de las espinas, en gesto de diálogo abierto al don del Cristo.

2. Persecución por la Palabra. El riesgo mayor de la Palabra es su propia indefensión: ella no se puede imponer por la fuerza, sino que deja al humano en manos del despliegue de su propia vida, pero a merced de las tribulaciones y persecuciones que vienen de fuera, a merced de sus propias preocupaciones interiores. La Palabra no persigue: ilumina y profundiza, ofrece plenitud a los humanos. Por el contrario, el Diablo, enemigo de la Palabra, eleva contra aquellos que la acogen y cultivan el riesgo de la persecución, su propia dictadura interior.

3. El ansia del dinero… Este es último de los males, el deseo de asegurar la vida en la posesión de bienes, pensando que sólo el “capital” puede salvarnos. Frente a eso, la parábola sabe que el hombre está hecho para Dios, de manera que sólo la siembre de su palabra puede saciarle.

Conclusión:

Jesús ha venido a sembrar en nosotros la palabra de Dios, es decir, a sembrar a Dios en nuestra vida… Y nosotros, en general, preferimos vivir sin esa siembra, en la línea de una tierra plano, sin asumir el riesgo y el gozo de la vida, esclavos del dinero.

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Dom 13.07.14. Para que viendo no vean. Las líneas «torcidas» de Dios

domingo, 13 de julio de 2014
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tormenta1Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 15 tiempo ordinario A. El evangelio de este domingo es la gran parábola del sembrador, según la versión de Mateo 13,1-23, tomada con pequeños retoques de Mc 4.

No voy a comentar ahora la parábola en sí (Mt 13, 1-9), ni la explicación alegórica posterior (Mt 13, 18-23), sino las palabras centrales del juicio de Jesús sobre aquellos que “viendo no ven” (Mt 13, 10-17), palabras que han sido y siguen siendo una piedra de tropiezo para investigadores y de gran alegría para los auténticos cristianos. ¡Si los «grandes del mundo» comprendieran el evangelio de Jesús y siguieran siendo así «grandes», sin cambiar, el evangelio sería falso!

Por eso es bueno que los grandes como tales no entiendan…, pues no entienden nada de verdad, viven de la pura mentira, son encarnación de un tipo de ideología diabólica

Esas palabras (tomada de un texto enigmático de Is 6) parten de un hecho y quiere dar una explicación doble, que yo ampliaré, primero con un pequeño comentario y luego con otro más extenso:

a. El hecho es que Jesús ha proclamado su mensaje en parábolas que quieren ser accesibles a todos, y ha ofrecido su vida como don o regalo de Dios, también para todos. Pero muchos no lo han acogido y escuchado. Éste es el primer escándalo del evangelio.

jerub. La primera explicación está en la línea del evangelio del domingo anterior (Mt 11, 25-30), donde Jesús distinguía entre los nepioi/pequeños que entienden el misterio y los sabios/prudentes que no lo entienden, pues se ciegan a sí mismos. No quieren ver lo que está claro, prefieren su ceguera. Éste es el escándalo antiguo, es el escándalo moderno: Muchos prefieren no ver.

c. La segunda explicación nos lleva al misterio de Dios: Ha sido y es en el fondo bueno que los “grandes” de este mundo “no entiendan”, porque no quieren entender (no quieran ver, no quieran oír), porque defienden una verdad previa, centrada en ellos mismos (en su poder, en su ventaja personal, en su dinero…). Ellos contribuyen de esa forma al misterio de Dios, que ama y perdona gratuitamente, y que ofrece a los hombres un camino de salvación desde los más pequeños (que los más pequeños acogen y entienden). Evidentemente, los que sólo se buscan a sí mismos no pueden entender el Evangelio.

d. Comentario personal breve. Éste es el problema mayor de nuestro tiempo. Dios habla claramente, pero los “grandes” de este mundo prefieren equivocarse, se ciegan a sí mismos, caminan a la muerte. Hay un tipo de política y de economía que no puede entender el evangelio, porque no quiere escuchar, no quiere convertirse. Hay un tipo de iglesia del poder que tampoco quiere ni puede entender el evangelio.

e. Comentario personal extenso… Será de tipo exegético, vendrá después del texto, que presento según la traducción litúrgica, que podría y debería ser precisada. Pero para nuestro fin ni vale así.

El tema es éste: Es muy doloroso, pero es también muy bueno, que muchos no puedan (no quieran) entender el evangelio, porque sólo se buscan a sí mismos. Saben quizá cosas extrañas y difíciles (de política, de economía, de religión…), pero se buscan a sí mismos, no se dejan transformar por el Dios de Jesús, que es el Dios de la pureza de corazón, del amor a los más pobres.

Texto. Mt 13, 10-17

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» Él les contestó: «A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender.

Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.»

¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Comentario ampliado

Fuera del grupo verdadero de Jesús quedan “los otros”, que no entienden porque no «quieren dejarse transformar». De esa manera la misma parábola (palabra) divide a los hombres:

La palabra de Jesús funda la comunión de los que escuchan bien, de los que se dejan transformar por ella. Jesús ofrece su palabra al ancho mundo (siembra en toda tierra)…

Jesús ofrece su palabra a todos, pero algunos (por razones diversas) no la acogen ni desean vivir conforme a ella, quedando de esa forma fuera de su comunicación (y/o comunidad). La distinción que él acepta es entre aquellos que escuchan/acogen (los que viven según la Palabra) y aquellos que no escuchan ni acogen (sino que viven a nivel de superficie, entre puros signos externos, sin que la parábola se haga palabra verdadera).

A fin de que mirando miren y no vean…

Sólo aquellos que se sitúan dentro (los seguidores de Jesús) son capaces de entender las parábolas, porque en ellas no se trata de aceptar un argumento racionalista, sino de iniciar un estilo de vida, en la línea del ver, del escuchar y del convertirse o transformarse. Desde ese fondo podemos trazar una línea de surgimiento eclesial que va llevando de la palabra como semilla sembrada en toda tierra a la palabra compartida de la comunidad cristiana. En ese contexto se añade que los de fuera «mirando no ven y oyendo no entienden», a diferencia de los discípulos que acogen la palabra y se vinculan, para formar la comunidad del Reino.

Posiblemente, en esa afirmación (al hablar de los que ven y entienden) hay un toque de ironía porque, conforme a todo lo que sigue, tampoco los discípulos (los Doce y los del corro) comprenden a Jesús (a quien abandonan al fin de su vida). Pero es una ironía que nos sitúa ante una experiencia necesaria y enigmática (escandalosa), que recoge e ilumina desde una nueva situación cristiana la palabra profética más honda y más dura de Is 6, 9-10, que tanto ha influido en el comienzo de la Iglesia: «Embota el corazón de ese pueblo, endurece sus oídos, ciega sus ojos, para que no vea con sus ojos, ni oiga con sus oídos, ni entienda con su corazón, ni se convierta y le cure…» (Is 6, 10; cf. Mt 13, 10-17 par; Hech 28, 26-27).

En la línea de Isaías

Ciertamente, Jesús y todos los judíos saben que Dios ha hablado a los israelitas (y a los hombres y mujeres en general), por medio de Isaías, para que «le oigan», para que entiendan, se conviertan y cambien… Pero ellos se han endurecido, como ha venido aprendiendo el profeta a lo largo de su ministerio: no han querido ver, han embotado su corazón, han rechazado la conversión. Así lo formula Isaías, de manera provocativa, atribuyendo ese endurecimiento al mismo Dios que le dice: «Háblales de forma que tu misma palabra sea convierta para ellos en causa de rechazo…». Lo que debía ser signo y principio de salvación se ha vuelto principio de condena. Leer más…

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Parábolas para tiempo de crisis. Domingo 15. Ciclo A

domingo, 13 de julio de 2014
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porta15ordADel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Noticia de los últimos días

El número de matrimonios por la iglesia ha bajado en España al 34%. El de bautismos, no será mucho más elevado. Las Primeras Comuniones son Últimas en la inmensa mayoría de los casos. La España católica ha dejado de serlo hace tiempo. Si alguno se siente desconcertado, le ayudarán las lecturas de este domingo y de los dos siguientes: las parábolas del Reino.

Una crisis con cinco interrogantes y siete parábolas

Al llegar a este momento del evangelio de Mateo (capítulo 13), el horizonte ha comenzado a oscurecerse. Lo que comenzó tan bien, con el seguimiento de cuatro discípulos, el entusiasmo de la gente ante el Sermón del Monte, los diez milagros posteriores, ha cambiado poco a poco de signo. Es cierto que en torno a Jesús se ha formado un pequeño grupo de gente sencilla, agobiada por el peso de la ley, que busca descanso en la persona y el mensaje de Jesús y se convierten en “mis hermanos, mis hermanas y mi madre”. Pero esto no impide que surjan dudas sobre él, incluso por parte de Juan Bautista; que gran parte de la gente no muestre el menor interés, como los habitantes de Corozaín y Betsaida; y, sobre todo, que el grupo religioso de más prestigio, los fariseos, se oponga radicalmente a él y a su doctrina, hasta el punto de pensar en matarlo.

Mateo está reflejando en su evangelio las circunstancias de su época, hacia el año 80, cuando los seguidores de Jesús viven en un ambiente hostil. Los rechazan, parece que no tienen futuro, se sienten desconcertados ante sus oponentes, no comprenden por qué muchos judíos no aceptan el mensaje de Jesús, al que ellos reconocen como Mesías. Las cosas no son tan maravillosas como pensaban al principio. ¿Cómo actuar ante todo esto? ¿Qué pensar? Mateo, basándose en el discurso en parábolas de Marcos, pone en boca de Jesús, a través de siete parábolas, las respuestas a cinco preguntas que siguen siendo válidas para nosotros:

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? ― Parábola del sembrador.

¿Qué actitud debemos adoptar con los que rechazan ese mensa­je? ― El trigo y la cizaña.

¿Tiene algún futuro este mensaje aceptado por tan pocas personas? ― El grano de mostaza y la levadura.

¿Vale la pena comprometerse con él? ― El tesoro y la piedra preciosa.

¿Qué ocurrirá a los que aceptan el mensaje, pero no viven de acuerdo con los ideales del Reino? ― La pesca.

Este domingo se lee la primera; el 16, las tres siguientes; el 17, las otras tres.

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?

La primera parábola, la del sembrador, responde al problema de por qué la palabra de Jesús no produce fruto en algunas personas. Parte de una experiencia conocida por un público campesino. Basta recordar dos detalles elementa­les: Galilea es una región muy montañosa, y en tiempos de Jesús no había tractores. El sembrador se veía enfrentado a una difícil tarea, y sabía de antemano que toda la simiente no daría fruto.

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

No recuerdo si esta parábola forma parte de “La vida de Brian”, pero es fácil imaginar la cara de desconcierto de los oyentes y los comentarios irónicos a los que se presta. Ni siquiera los discípulos se enteraron de lo que significaba e inmediatamente le preguntan a Jesús: ¿Por qué les hablas en parábolas?

Explicando lo oscuro con algo más oscuro

La pregunta sirve para introdu­cir el pasaje más difícil de todo el capítulo.

A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: «Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

La liturgia permite suprimir la lectura de esta parte y aconsejo seguir su sugerencia, pasando directamente a la explicación de la parábola.

El sentido de la parábola

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

¿Por qué la palabra de Jesús no da fruto en todos sus oyentes? Se distinguen cuatro casos.

1) En unos, porque esa palabra no les dice nada, no va de acuerdo con sus necesi­dades o sus deseos. Para ellos no significa nada la formación de una comunidad de hombres libres, iguales, hermanos.

2) Otros lo aceptan con alegría, pero les falta coraje y capacidad de aguante para sopor­tar las persecu­cio­nes.

3) Otros dan más importancia a las necesidades prima­rias que a los objetivos a largo plazo. Dos situaciones extremas y opuestas, el agobio de la vida y la seducción de la riqueza, producen el mismo efecto, ahogar la palabra de Dios.

4) Finalmente, en otros la semilla da fruto. La parábola es optimista y realista. Opti­mis­ta, porque gran parte de la semilla se supone que cae en campo bueno. Realista, porque admite diversos grados de producción y de respuesta en la tierra buena: 100, 60, 30. En esto, como en tantas cosas, Jesús es mucho más comprensivo que nosotros, que sólo admitimos como válida la tierra que da el ciento por uno. Incluso el que da treinta es tierra buena (idea que podría aplicarse a todos los niveles: morales, dogmáticos, de compromiso cristiano…).

La parábola podría leerse también como una llamada a la respon­sabilidad y a estar vigilan­tes: incluso la tierra buena que está dando fruto debe recordar qué cosas dejan estéril la palabra de Dios: el pasotismo, la inconstancia cuando vienen las dificulta­des, el agobio de la vida, la seducción de la riqueza. Pero este sentido no es el fundamental de la parábola. La llamada a la responsabilidad y la vigilancia la trata Jesús con otras parábolas y en otros casos.

Invitación a la fe y al optimismo: 1ª lectura (Is 55,10-11)

La crisis ante la situación actual puede venir en muchos casos de que centramos todo en la acción humana. Cuando nosotros fallamos y, sobre todo, cuando fallan los demás, creemos que todo va mal. Sólo advertimos aspectos negativos. En cambio, la primera lectura, que usa también la metáfora de la semilla y el sembrador, nos anima a tener fe en la acción misteriosa de la palabra de Dios, fecunda como la lluvia, que no dejará de producir fruto.

Así dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

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«Tres llamadas de Jesús». 6 de julio de 2014. 14 Tiempo ordinario (A). Mateo 11, 25-30.

domingo, 6 de julio de 2014
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37-OrdinarioA14El evangelio de Mateo ha recogido tres llamadas de Jesús que hemos de escuchar con atención sus seguidores, pues pueden transformar el clima de desaliento, cansancio y aburrimiento que a veces se respira en alguno sectores de nuestras comunidades.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados. Yo os aliviaré”. Es la primera llamada. Está dirigida a todos los que viven su religión como una carga pesada. No son pocos los cristianos que viven agobiados por su conciencia. No son grandes pecadores. Sencillamente, han sido educados para tener siempre presente su pecado y no conocen la alegría del perdón contínuo de Dios. Si se encuentran con Jesús, se sentirán aliviados.

Hay también cristianos cansados de vivir su religión como una tradición gastada. Si se encuentran con Jesús, aprenderán a vivir a gusto con Dios. Descubrirán una alegría interior que hoy no conocen. Seguirán a Jesús, no por obligación sino por atracción.

“Cargad con mi yugo porque es llevadero y mi carga ligera”. Es la segunda llamada. Jesús no agobia a nadie. Al contrario, libera lo mejor que hay en nosotros pues nos propone vivir haciendo la vida más humana, digna y sana. No es fácil encontrar un modo más apasionante de vivir.

Jesús libera de miedos y presiones, no los introduce; hace crecer nuestra libertad, no nuestras servidumbres; despierta en nosotros la confianza, nunca la tristeza; nos atrae hacia el amor, no hacia las leyes y preceptos. Nos invita a vivir haciendo el bien.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso”. Es la tercera llamada. Hemos de aprender de Jesús a vivir como él. Jesús no complica nuestra vida. La hace más clara y más sencilla, más humilde y más sana. Ofrece descanso. No propone nunca a sus seguidores algo que él no haya vivido. Nos invita a seguirlo por el mismo camino que él ha recorrido. Por eso puede entender nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos.

Hemos de centrar nuestros esfuerzos en promover un contacto más vital con Jesús en tantos hombres y mujeres necesitados de aliento, descanso y paz. Me entristece ver que es precisamente su modo de entender y de vivir la religión lo que conduce a no pocos, casi inevitablemente, a no conocer la experiencia de confiar en Jesús. Pienso en tantas personas que, dentro y fuera de la Iglesia, viven “perdidos”, sin saber a qué puerta llamar. Sé que Jesús podría ser para ellos la gran noticia.

José Antonio Pagola

Red evangelizadora BUENAS NOTICIAS
Contribuye a promover un contacto más vital con Jesús. Pásalo.

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«Soy manso y humilde de corazón». Domingo 6 de julio de 2014. Domingo 14º de tiempo ordinario

domingo, 6 de julio de 2014
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5264272224_11d846e3afLeído en Koinonia:

Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Romanos 8,9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad. Leer más…

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