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Dom 13. 07 08. Jesús, sembrador, Dios la semilla

Domingo, 13 de julio de 2014

arbol de mostaza en el aguaDel blog de Xabier Pikaza:

15. Tiempo ordinario. Ciclo A. Presenté ayer el tema desde la perspectiva de los que miran, pero no quieren ver. Hoy quiero comentar el evangelio (Mt 13, 1-23) en su conjunto.

Es quizá la parábola más significativa del evangelio:

Jesús no se limita a ver y escuchar. Tampoco es un simple maestro/mayeuta que ayuda a descubrir lo que de bueno existe en cada uno. No es tampoco un pastor que cuida rebaños que ya existen. Jesús es sembrador: derrama/regala simiento de humanidad en la tierra de Dios que son los hombres.

‒ Dios, por su parte, es la semilla que Jesús ha venido a sembrar. Jesús no siempre puras palabras externas, ni virtudes morales, ni ideas o dinero. Jesús ha venido a sembrar a Dios en el surco de nuestra vida. Este es el misterio de la encarnación: Jesús ha venido a sembrar a Dios en nuestra vida.

Imagen… El árbol de Dios se reproduce en el espejo del agua…
— La Palabra que es Dios se reproduce por Jesús en nuestra vida, si la acogemos, no como pura imagen, sino en realidad.
— Somos Dios hecho palabra y vida humana. Buen fin de semana a todos.

Introducción

Salió el sembrador a sembrar… (13, 3). El texto de Mateo está construido en forma de tríptico, lo mismo que el de Mc (4, 13-20): entre la parábola ya alegorizada (13, 3-9) y su explicación (13, 18-23) se ha incluido la teoría sobre la enseñanza en parábolas (13, 10-17).

Esta parábola forma el centro del mensaje que Mt ha tomado de Mc, definiendo, de algún modo, eso que pudiéramos llamar la esencia parabólica del cristianismo. Entendida así, la parábola no es un simple modo de hablar, un tipo de recurso literario, sino la misma verdad del evangelio, entendido como apertura del hombre a la palabra, es decir, a la comunicación (a la escucha y despliegue de la semilla).

Es como si hasta ahora no se hubiera expandido en plenitud la Palabra/Semilla, como si estuviera escondida o reprimida entre nosotros. Ahora podemos escuchar la Palabra, acogerla y dejar que fructifique.

Para entender el texto debemos situarnos de algún modo en el principio, allí donde Gen 2-3 ofrecía al ser humano la posibilidad de comer de todos los frutos de la tierra. El mismo Dios había sembrado en el jardín todos los árboles; el hombre debía cultivarlos, comiendo de sus frutos, aunque sin hacerse dueño del conocimiento del bien y del mal, es decir, sin dominar a capricho o egoísmo en el jardín. Ahora se nos dice que la siembra de Dios por su Mesías es siembra de Palabra… Jesús nos pone ante el mismo Dios hecho semilla.

a. Mesías sembrador, la parábola de Jesús. Las cuatro tierras (13, 3-9).

Texto.
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas: “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.”

El primer autor de esta parábola ha sido Jesús, que la ha presentado en un momento dado como expresión y sentido de todo su mensaje… dejando quizá en la penumbra la identidad del sembrador y la semilla En su forma actual (tal como aparece en el evangelio de Mateo) el sembrador es sin duda Jesús y la semilla es Dios. El Dios creador del Gen 1 se hace simiente de humanidad en el evagelio.

Esta siembra de Dios que realiza Jesús
(sembrando la palabra del Reino, es decir, de la vida de Dios) no puede entenderse en forma impositiva, sino como un ofrecimiento que está condicionada por una serie de factores, que aquí se identifican por los diversos tipos de tierras. Eso significa que este “Dios sembrado” puede recibir el rechazo de los hombres.

Eso significa que la obra mesiánica ha de entenderse en forma dramática y dialogal, donde influyen una serie de circunstancias. El ser humano vive y actúa dentro de un mundo muy condicionado. En ese mundo ha sembrado Jesús la “siembra” de Dios, arriesgándose a dejar al mismo Dios sin fruto:

1. Pájaros y camino (13, 4). Jesús extiende la semilla de Dios… Pero él sabe (en forma de parábola) que los pájaros están ahí, formando una amenaza para la siembra, una amenaza para Dios. Sobrevuelan sobre el campo; pero sólo son peligrosos allí donde la tierra es dura y no absorbe la semilla, es decir, allí donde es como un camino pisado y repisado..

2. Pedregal y sol (13, 5-6). El sol es necesario para que fructifique la semilla, como sabe toda la cultura agraria. Pero allí donde la tierra carece de profundidad y no acoge en hondura las raíces de la planta, por ser pedregosa, en vez de tener profundidad y ofrecer un “humus” (lugar de alimentación y crecimiento para la semilla), viene el sol se convierte en fuego que calcina y quema la planta recién nacida. Dios mismo es semilla, pero si carecemos de profundidad él no puede germinar en nosotros, es como un Dios fracasado..

3. Campo de espinas (13,7). Además de los pájaros del aire y del sol ardiente, la siembra ha de crecer en un lugar de “competencia biológica” (en un contexto de enfrentamientos vitales) donde actúan también otras plantas, que (en sentido externo) pueden ser más poderosas que la misma buena semilla del sembrador: frente a la planta buena de Dios hay otras plantas, que parecen más poderosas y pueden ahogarla. Por eso nos pide Jesús que colaboremos con el Dios simiente.

4. Semilla buena en tierra buena (13, 8). Aquí se expresa el milagro de la siembra: buena semilla en buena tierra; a pesar de todos los enemigos que pueden actuar y actúan, desde fuera y desde dentro, el sembrador se arriesga, de tal manera que su obra tiene éxito.

Dios lo hace todo, pero lo hace a través de lo que hagamos nosotros. Normalmente pensamos que el mesías puede y debe actuar desde fuera (desde arriba, a modo de rompe y rasga), rompiendo los esquemas y condiciones anteriores de la realidad y de la historia, como si la redención debiera ir en contra de la creación. Pues bien, aquí advertimos que la redención mesiánica (la siembra de Dios) se introduce en las claves de la misma creación, debiendo actuar desde dentro de ella.

b. Intermedio ¿Por qué les hablas en parábolas? (13, 10-17).

Texto:

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: “¿Por qué les hablas en parábolas?” Él les contestó:
a. “A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
b. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure.
A’ ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Jesús actúa y siembra en medio de las condiciones adversas o quizá mejor conflictivas, en un mundo donde muchos no quieren “entender” el sentido de la realidad, la siembra de Dios en nuestra. Éste es el misterio: Jesús se arriesga a sembrar en toda tierra (camino, pedregal, zarzal…).

Éste es el mesías de Dios, ésta su semilla: Jesús se arriesga a sembrar en toda tierra, ofreciendo la salvación de Dios a todos los humanos, conforme a la palabra la evocada del Bautista, en contra de Juan que quería que los hombres y mujeres se arrepintieran primero de forma que luz (¡una vez ya bien arrepentidos!) podría venir Dios a Ratificar su obra.

Pero el Dios de Jesús es distinto, él siembra en toda tierra, incluso de caminos, zarzales, pedregales… Desde este fondo se distinguen los hombres precisamente en dos grupos: los que entienden y los que no entienden.

Jesús supone que todos en el fondo pueden recibir y entender, en contra de cierta visión anticristiana que dice que algunos están rechazados de antemano. En contra de eso, Jesús siembra en toda tierra, para que todos puedan recibir la palabra, incluso aquellos que están a monte, sin protección sin entono amigo.

1. Los discípulos de Jesús entienden (a y a=: 13,11b y 13, 16-17). Jesús habla a los creyentes mesiánicos a quienes el mismo Dios ha revelado los misterios del reino (13, 11a); por eso, ellos pueden ver y escuchar lo que quisieron y no pudieron ver y escuchar los profetas y justos de los tiempos antiguos (b: 13, 16-17), es decir, la realidad mesiánica. El mesías de Dios se identifica con la verdad de las parábolas…Cristianos son los que entienden y acogen la siembra/parábola de Dios en su vida.

2. Por el contrario, “los que miran sin ver…”. La ignorancia mesiánica (b: 13c-15). Son aquellos que, conforme a la palabra de Isaías 6, 9-10 viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden… Esta ignorancia y rechazo es un misterio (como indique en el blog de ayer)… Pero, al mismo tiempo, esta ignorancia y rechazo proviene del deseo de “manejar” a Dios, de lo dejar que actúe su semilla sino sólo la nuestra.

Dios se hace palabra en nuestra vida… y así podemos rechazarle. Si Dios fuera una “cosa”, algo exterior, no podríamos rechazarle… Pero él se ha hecho palabra en nuestra vida, de manera que, si no queremos dejarnos transformar gratuitamente por su misma palabra, no podemos entenderla.

a’). Mesías hermeneuta. Los enemigos de la siembra (13, 18-23).

Texto.
Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

Mateo nos ofrece aquí una primera interpretación de la parábola, siguiendo el esquema de Mc que ha tomado como punto de referencia. Esta interpretación ofrece, sin duda, un elemento de la catequesis eclesial, es decir, de una explicación cristiana de la parábola de Jesús, que presentamos aquí en forma cristológica, siguiendo los cuatro momentos antes indicados que he distinguido ya en la misma parábola.

1. La tierra, un camino plano (13, 19). La imagen anterior del puro camino donde actúa a su placer el Diablo aparece ahora como un encefalograma plano, un cerebro sin hondura un corazón sin relieve, sin capacidad alguna de acoger la palabra. Éste es el hombre que no acoge, no entiende… Deja de ser aquello que es “oyente” de la Palabra, y se convierte en suelo plano donde el “maligno” (el pájaro malo) devora la palabra. Ése es el hombre que no acoge, que no escucha… que no quiere que Dios entre en su vida y fructifique, el hombre vacío, sin intimidad, sin abrir el oído a la palabra interior que puede transformarle.

2. Tribulación, un hombre sin hondura (13, 20-21). Estos son los hombres que acogen quizá con alegría, pero con alegría superficial, sin tierra profunda… Son los hombres que son incapaces de resistir la “tentación” de la palabra, su profundidad. En este contexto podemos seguir hablando de los pájaros devoradores de semilla se identifican ahora con el Perverso, que en terminología de Mt es el mismo Diablo (cf. 5, 37.39). Este es un Diablo enemigo de la semilla del reino, que aquí se identifica ya con Palabra. El Mesías de Dios siembra Palabra, que el hombre puede entender (acoger), de manera que ella fructifique; el Diablo, en cambio, aparece devorador de la verdad como pájaro adverso que quiere tener a los humanos sometidos a la oscuridad, sin acceso a la luz que alumbra y libera. Este es, sin duda, un Diablo interno, vinculado a la propia negativa del hombre, que prefiere rechazar la Palabra de la comprensión, quedando a merced de su propia superficialidad, en medio de un mundo conflictivo donde no puede ni quiere oponerse a los males que le amenazan.

3. Cuidado de la vida, el hombre vendido al dinero (13, 22). Las espinas de la parábola aparecen ahora como expresión de los cuidados de la vida y el ansia de dinero, que perturba al humano, haciéndole esclavo de las preocupaciones de su entorno social, incapaz de dialogar en humanidad, a partir de la Palabra: así queda el humano, a merced de su propia conflictividad social y monetaria. Aquí aparece el “diablo monetario”: Frente a la siembra de Dios emerge el dinero, el deseo inmediato de poseer cosas (bienes, dinero), pensando que sólo ellas me salvan.

4. El mesías de la buena tierra (13,23). El Mesías de Dios, sembrador de la Palabra, no puede actuar, sino donde los humanos le reciben, es decir, allí donde encuentra una tierra preparada. Es mesías de diálogo, no de la imposición o dictadura externa.

La parábola (13, 3-9) ha venido a convertirse así en una alegoría mesiánica de la palabra. El evangelio nos sitúa en el lugar del paraíso, allí donde Dios mismo ofreció a los humanos todos los frutos de los árboles, para comer de ellos y saciarse, menos el fruto del conocimiento del bien y del mal (cf. Gen 2-3). Pues bien, aquel paraíso de árboles frutales se ha venido a convertir en un sembrado, donde colaboran el Mesías (sembrador) y los humanos que están simbolizados por las diversas situaciones de la tierra.

Quizá el aspecto más significativo de la explicación de la parábola sea la identificación del Diablo (del Perverso) como enemigo de la Palabra. Este no es un Diablo-Dragón, que actúa en formas míticas, amenazando por fuera al humano, sino un Diablo Antipalabra, al que podemos identificar con la misma perversión de la humanidad, que no acepta el don de la Palabra, que se encierra en sí misma.

Avanzando en esa línea, tenemos que destacar la debilidad de la Palabra, expuesta a la persecución y al rechazo (en tema que ha destacado Jn 1, 1-18). Por eso habla Mt 13, 21 de la tribulación y persecución que brota de la misma Palabra, vinculada al Mesías de Dios, amenazada por el diablo. Así podemos presentar la gran paradoja mesiánica:

1. Valor y riesgo de la Palabra. Toda la explicación de la parábola se centra en el valor de la Palabra, que dialoga en humildad, introduciéndose en la tierra. Quien acepta la lógica de la palabra tiene que ahondar en el camino, profundizar en el terreno (más allá del puro pedregal), superar el riesgo de las espinas, en gesto de diálogo abierto al don del Cristo.

2. Persecución por la Palabra. El riesgo mayor de la Palabra es su propia indefensión: ella no se puede imponer por la fuerza, sino que deja al humano en manos del despliegue de su propia vida, pero a merced de las tribulaciones y persecuciones que vienen de fuera, a merced de sus propias preocupaciones interiores. La Palabra no persigue: ilumina y profundiza, ofrece plenitud a los humanos. Por el contrario, el Diablo, enemigo de la Palabra, eleva contra aquellos que la acogen y cultivan el riesgo de la persecución, su propia dictadura interior.

3. El ansia del dinero… Este es último de los males, el deseo de asegurar la vida en la posesión de bienes, pensando que sólo el “capital” puede salvarnos. Frente a eso, la parábola sabe que el hombre está hecho para Dios, de manera que sólo la siembre de su palabra puede saciarle.

Conclusión:

Jesús ha venido a sembrar en nosotros la palabra de Dios, es decir, a sembrar a Dios en nuestra vida… Y nosotros, en general, preferimos vivir sin esa siembra, en la línea de una tierra plano, sin asumir el riesgo y el gozo de la vida, esclavos del dinero.

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