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“Él había de resucitar de entre los muertos”. Domingo 16 de abril de 2017. Domingo de Pascua.

domingo, 16 de abril de 2017
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23-PascuaA1Leído en Koinonia:

A) Primer comentario

Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad.

Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida.

La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos -antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados- para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón.

La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes.

Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró.

Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo.

Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net

B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»

Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación que encabeza este apartado.

Lo que no es la resurrección de Jesús

Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

La “buena noticia” de la resurrección fue conflictiva

Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús?

Leyendo más atentamente los Hechos de los Apóstoles ya se da uno cuenta de que el anuncio mismo que hacían los apóstoles tenía un aire polémico: anunciaban la resurrección “de ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Es decir, no anunciaban la resurrección en abstracto, como si la resurrección de Jesús fuese simplemente la afirmación de la prolongación de la vida humana tras la muerte. Tampoco estaban anunciando la resurrección de un alguien cualquiera, como si lo que importara fuera simplemente que un ser humano, cualquiera que fuese, había traspasado las puertas de la muerte.

El crucificado es el resucitado

Los apóstoles no anunciaban una resurrección muy concreta: la de aquel hombre llamado Jesús, a quien las autoridades civiles y religiosas habían rechazado, excomulgado y condenado.

Cuando Jesús fue atacado por las autoridades, se encontró solo. Sus discípulos lo abandonaron, y Dios mismo guardó silencio, como si estuviera de acuerdo. Todo pareció concluir con su crucifixión. Todos se dispersaron y quisieron olvidar.

Pero ahí ocurrió algo. Una experiencia nueva y poderosa se les impuso: sintieron que estaba vivo. Les invadió una certeza extraña: que Dios sacaba la cara por Jesús, y se empeñaba en reivindicar su nombre y su honra. “Jesús está vivo, no pudieron hundirlo en la muerte. Dios lo ha resucitado, lo ha sentado a su derecha misma, confirmando la veracidad y el valor de su vida, de su palabra, de su Causa. Jesús tenía razón, y no la tenían los que lo expulsaron de este mundo y despreciaron su Causa. Dios está de parte de Jesús, Dios respalda la Causa del Crucificado. El Crucificado ha resucitado, !vive!

Y esto era lo que verdaderamente irritó a las autoridades judías: Jesús les irritó estando vivo, y les irritó igualmente estando resucitado. También a ellas, lo que les irritaba no era el hecho físico mismo de una resurrección, que un ser humano muera o resucite; lo que no podían tolerar era pensar que la Causa de Jesús, su proyecto, su utopía, que tan peligrosa habían considerado en vida de Jesús y que ya creían enterrada, volviera a ponerse en pie, resucitara. Y no podían aceptar que Dios estuviera sacando la cara por aquel crucificado condenado y excomulgado. Ellos creían en otro Dios.

Creer con la fe de Jesús

Pero los discípulos, que redescubrieron en Jesús el rostro de Dios (como Dios de Jesús) comprendieron que Jesús era el Hijo, el Señor, la Verdad, el Camino, la Vida, el Alfa, la Omega. La muerte no tenía ningún poder sobre él. Estaba vivo. Había resucitado. Y no podían sino confesarlo y “seguirlo”, “persiguiendo su Causa”, obedeciendo a Dios antes que a los hombres, aunque costase la muerte. Leer más…

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Ni Dios, ni Cristo, ni resurrección

domingo, 16 de abril de 2017
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Pedro Y Juan ante la resurrecciónDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una elección extraña

Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Resumen las afirmaciones más frecuentes del Nuevo Testamento sobre este tema.

Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo:

― Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

Los relatos de los próximos días de Pascua nos ayudarán a alcanzar la tercera postura.

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: Beneficios y compromiso.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une: 

a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);

b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:

― Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es unánime: que los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados. 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

Hermanos: Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria. 

José Luís Sicre

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Domingo de Pascua

domingo, 16 de abril de 2017
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8461470921_30a1ef6ec4_zJn 20, 1-9

Jesús había alcanzado la VIDA antes de morir. Y él fue consciente de ello. Él era el agua viva, dice a la Samaritana, Él había nacido del Espíritu, como pidió a Nicodemo; él vive por el Padre; él es la resurrección y la Vida. Ya en ese momento, cuando habla con sus interlocutores, está en posesión de la verdadera Vida. Eso explica que le traiga sin cuidado lo que pueda pasar con su vida biológica. Lo que verdaderamente le interesa es esa VIDA (con mayúscula) que él alcanzó durante su vida (con minúscula).

No debemos entender la resurrección como la reanimación de un cadáver. Un instante después de la muerte, el cuerpo no es más que estiércol. Los sentimientos que nos unen al ser querido muerto, por muy profundos y humanos que sean, no son más que una relación psicológica. Esos despojos no mantienen ninguna relación con el ser que estuvo vivo. La muerte devuelve al cuerpo al universo de la materia de una manera irreversible. La posibilidad de reanimación es la misma que existe de hacer un ser humano partiendo de un montón de basura. Eso no tiene sentido ni para los hombres ni para Dios.

Jesús sigue vivo, pero de otra manera. Debo descubrir que yo estoy llamado a esa misma Vida. A la Samaritana le dice Jesús: el agua que yo le daré se convertirá en un surtidor que salta hasta la Vida eterna. A Nicodemo le dice: Hay que nacer de nuevo; lo que nace de la carne es carne, lo que nace del espíritu es Espíritu. El Padre vive y yo vivo por el Padre, del mismo modo el que me asimile, vivirá por mí. Yo soy la resurrección y la Vida, el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. Jesús no habla para un más allá, sino en presente. ¿Creemos esto?

Jesús había conseguido, como hombre, la plenitud de Vida del mismo Dios. Porque había muerto a todo lo terreno, a su egoísmo, y se había entregado por entero a los demás, llega a la más alta cota de ser posible como hombre mortal. Este admirable logro fue posible, después de haber descubierto que esa era la meta de todo ser humano, que ese era el único camino para llegar a hacer presente lo divino. Esta toma de conciencia fue posible, porque había experimentado a Dios como Don. Una vez que se llega a la meta, es inútil seguir preocupándose del vehículo que hemos utilizado para alcanzarla.

La liturgia de Pascua no está diciéndonos que en cada uno de nosotros, hay zonas muertas que tenemos que resucitar. Nos está diciendo que debemos preocuparnos por la vida biológica, pero no hasta tal punto que olvidemos la verdadera Vida. Nos está diciendo que tenemos que estar muriendo todos los días y al mismo tiempo resucitando, es decir pasando de la muerte a la Vida. Si al celebrar la resurrección de Jesús no experimentamos en nosotros una nueva Vida, es que nuestra celebración ha sido simple folclore.

Meditación

Yo soy la resurrección y la Vida.
Resurrección y Vida expresan la misma realidad, no son cosas distintas.
En la medida en que haga mía la Vida,
estoy garantizando la resurrección.
………………

No te preocupes de lo que va a ser de ti en el más allá.
Además de ser inútil, te llevará a una total desazón.
Lo importante es vivir aquí y ahora esa nueva VIDA.
Todo lo demás ni está en tus manos ni debe importarte.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La verdad no es un agujero en tierra.

domingo, 16 de abril de 2017
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532_10_462003dd0683c“La verdad no es un agujero en tierra. La verdad es lo infinito del amor recibido a veces en esta vida cuando ya no nos quedaba nada más. Un segundo basta para conocerlo y comprender –incluso si “comprender” no es la palabra– que este infinito tiene necesariamente un lugar que a su vez tiene que ser también él necesariamente infinito. Un agujero en la tierra no es lo bastante grande para contener todo eso”.

Lo escribe Christian Bobin, lo escribieron con su gesto antes que él estas mujeres que fueron al sepulcro en la madrugada del primer día de la semana. Lo mismo que todos los que pasaron el sábado encerrados en el cenáculo, se sentían engullidas por la muerte, fracasadas en todas sus expectativas, envueltas en la tiniebla del sin sentido. Y, junto a ellas, quizá también nosotros, abrumados por la ausencia de Dios, el exceso de dolor y la desesperanza, como si siguiéramos aún en el anochecer del viernes, volviendo con ánimo abatido de enterrar en el sepulcro proyectos, ilusiones y promesas.

Aferrados a la reacción más fácil: “la verdad es un agujero en tierra” y reaccionando «llorando y hacer duelo» (Mc 16,10) «cerrando las puertas por miedo…» (Jn 20,19). La piedra es demasiado grande para nuestras fuerzas, el orden internacional demasiado injusto, la violencia demasiado arraigada, la presencia creyente irrelevante, la Iglesia demasiado temerosa…

Vamos a prolongar el sábado, vamos a refugiarnos en una espiritualidad evadida y permanecer en una parálisis inerte. Volvamos a Emaús, lejos de los sepulcros y de los crucificados, escapemos no sólo de su dolor sino también de su memoria.

Pero hay en la mañana del «primer día de la semana» un camino alternativo:

“En la madrugada del primer día de la semana, fueron María la  Magdalena y la otra María a ver el sepulcro (…) De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: —Alegraos. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies”(Mt 28,1.8)

Lo mismo que ellas, sigue habiendo hoy gente que echa a andar todavía a oscuras y se acerca a los lugares de muerte para intentar arrebatarle a la muerte algo de su victoria. Como intentaban borrar algo de su rastro aquellas mujeres a fuerza de perfumes.

Saben que no pueden mover la piedra pero eso no les detiene. Son conscientes de la fragilidad y la desproporción de lo que llevan entre las manos, pero esa lucidez no apaga el incendio de su compasión ni hace su amor menos obstinado.

Quizá no viven todo eso desde la plenitud de la fe, ni le ponen el nombre de esperanza a sus pasos vacilantes en la noche. Pero hacen ese camino abiertos al asombro, apoyados en el recuerdo de palabras que prometen vida, dispuestos a dejarse sorprender por una presencia oscuramente presentida.

Los evangelios de Pascua «están de su parte». Se lo dicen, nos lo dicen a todos, esas mujeres que irrumpen de nuevo en nuestros cenáculos anunciando: «¡Hemos visto al Señor!».

De ellas recibimos la buena noticia: Un agujero en la tierra no era lo bastante grande para contener tanto amor. El Viviente sale siempre al encuentro de los que le buscan, los inunda con su alegría, los envía a consolar a su pueblo, los invita a una nueva relación de hermanos y de hijos.

Él va siempre delante de nosotros. Galilea es la encrucijada de todos nuestros caminos.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Apostar por la vida

domingo, 16 de abril de 2017
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Resurrección2Hermanos, cuando uno es cogido por la fuerza de la Resurrección de Jesús, comienza a entender a Dios de una manera nueva, como un Padre que pone vida donde nosotros ponemos muerte; que genera vida donde nosotros la destruimos. Oremos.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que nuestra Iglesia sea la comunidad de hombres y mujeres comprometidos incondicionalmente y de manera radical en la defensa de la vida, y una vida digna, humana y justa para todos.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que nuestra alegría pascual nazca de ese deseo de una nueva creación, que siembre en nuestro corazón el gozo y la utopía de un futuro distinto y urgente.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que nuestra fe en el resucitado nos lleve a acoger a los pobres, el canto de los que aman la vida, la alegría de los que se entregan, el gozo de los que perdonan, la fe de los que no tienen miedo, la ternura de los que ofrecen misericordia, la utopía de los que trabajan por una sociedad más justa.

Jesús, queremos apostar por la vida

• Que todos nosotros nos pongamos tras las huellas del Resucitado, le reconozcamos en el que tenemos a nuestro lado y nos dejemos encontrar con El en los más desfavorecidos.

Jesús, queremos apostar por la vida

Padre, no permitas que pongamos nuestra fe, esperanza y amor en lo que sólo aparentemente es vida. Que tu Sí a la vida en tu hijo Jesús, nos haga sembradores de vida cada día. Gracias porque en la Resurrección de tu Hijo está la semilla de nuestra vida.

Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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Hay luz de mañana nueva.

domingo, 16 de abril de 2017
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DOMINGO DE PASCUA: LA SONRISA DE MARÍA

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Esta mañana es diferente, la luz es distinta, el corazón late con más alegría, María sabe que el plan de Dios está cumplido. Su alma se estremece de gozo y su sonrisa, ilumina la mañana con una luz nueva. Estamos invitados a vestir la vida y el corazón con esta luz, y a contagiarla con sonrisas, porque el Amor, por mucho ruido que el mal quiera hacer, siempre saldrá victorioso.

ALELUYA, ALELUYA
Abrid ventanas y puertas
Respirad la brisa fresca
Llamad, anunciad con fuerza
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)

ALELUYA, ALELUYA
No hay soledad ni tristeza
no hay sepulcros, hay promesas
de vida, alegría y fiesta
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)

ALELUYA, ALELUYA
No hay dolor, ni tierra yerma
la esperanza germina la tierra
los cansancios se visten de fiesta
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)

ALELUYA, ALELUYA
No hay espanto, no hay ausencia
la vida camina serena
el amor es la tierra buena
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)

ALELUYA, ALELUYA
Hoy la vida se renueva
Jesús ha resucitado
con su fuerza, nos alienta
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)

ALELUYA, ALELUYA
María sonríe dichosa
¡hoy se cumple cuanto anhela!
la tierra entera se goza
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)
HAY LUZ DE MAÑANA NUEVA (bis)

  *

Salomé Arricibita

***

Para descargar la canción pinche el siguiente enlace: Hay luz de mañana nueva.mp3 y dele al botón derecho del ratón y guardar como…

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Ramos. 9.4.17. En compañía del Rey, meditación

lunes, 10 de abril de 2017
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images1Del blog de Xabier Pikaza:

Retomo el motivo de la postal anterior, señalando que la liturgia de este domingo tiene dos partes principales.

— La procesión popular de laueles o palmas, con la entrada del Señor en la ciudad de Jerusalén realizada conforme a la lectura de Mt 21, 1-11.

— La solemne eucaristía, centrada en la lectura de la pasión (Mt 26, 14-27, 66), como anuncio y compendio de toda la Semana Santa.

Quiero seguir centrándome también hoy en la primera parte para destacar. en línea de meditación, algunos elementos históricos y teológicos de la subida de Jesús a la ciudad donde Dios vendrá a manifestarse, de manera que se decida así el sentido de su mensaje, la llegada de su reino.

imageesNo es tiempo para largos discursos, sino para la contemplación y el seguimiento.

Se trata de saber cómo podemos recorrer hoy el camino de Jesús, en un contexto distinto, en unas circunstancias en las que nosotros no somos ya sin más de aquellos que formaban parte del cortejo de Jesús, ni Jerusalén se encuentra en la antigua Jerusalén de Judá, sede del templo.

También nosotros estamos llamados a manifestarnos con Jesús, para expresar con nuestra vida el sentido de la «nueva Jerusalén», en un gesto religioso, pero también social y político (mesiánico), en estos días que para gran parte de nuestra población post-cristiana se han convertido en excursión de primavera… donde queda para muchos solos un folklore de procesiones de Semana Santa.

Para muchos, sin embargo, éste empieza a ser un tiempo de ascenso hacia la nueva Jerusalén, retomando la «marcha» de Jesús, su gran manifestación profética y festiva, en contra de los poderes de muerte, que se habían agazapado en Jerusalén (la antigua, la nueva). Buen domingo a todos, buen camino.

Lectura

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:
— Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto… (Sigue la lectura de la postal de ayer: Mt 21, 1-11)

Las señales de su venida.

Jesús entró en Jerusalén de un modo pacífico pero muy provocador, porque proponer la paz que él proponía, desde lo que había hecho en Galilea, era un reto al judaísmo del templo y al sistema de Roma.

Subió a pleno día, en el momento y lugar de más concurrencia (en la preparación de Pascua, desde el monte de los olivos) y así llegó a la ciudad, como Mesías o pretendiente davídico, rodeado de peregrinos, para entrar en los atrios del templo, como hijo del hombre (un simple ser humano, en nombre de la misma humanidad), realizando un gesto que simboliza el fin del mismo templo, es decir, del tiempo antiguo, tanto en plano social como religioso.

El tema es también para nosotros decidirnos y subir, como Jesús, arriesgando así la vida en el camino, en espera de la vida verdadera.

1. Sube como Mesías de David,

portador de una esperanza social para Jerusalén y para el conjunto del judaísmo (cf. Mc 11, 9- 10, con cita de Sal 118, en línea davídica), como rey de un Reino en el que todos son reyes, con otros muchos peregrinos, para celebrar las fiestas de Pascua, como reyes mesiánicos, herederos de las promesas de David.

Estrictamente hablando, su gesto se sitúa dentro de las perspectivas (y expectativas) mesiánicas del conjunto de Israel, pero Jesús lo entiende a la luz de su mensaje y de todo su camino anterior. Vino con una pretensión de tipo social, como nazareo, pero no quiso conquistar la ciudad por las armas, como hizo David, en otro tiempo (pues si lo hubiera querido su mensaje tendría que haber siso muy distinto).

No quiso (ni pudo) luchar contra los romanos y, por eso, los soldados del César pudieron seguir tranquilos sobre la Torre Antonia, bajo el mando de Pilatos. Pero el mismo Pilatos tuvo miedo y por eso le hizo condenar, poniendo al lado de su cruz un letrero que decía: “Jesús Nazoreo, Rey de los Judíos”.

Significativamente, los sacerdotes protestaron por la segunda parte de la sentencia (Rey de los Judíos), pero no por la primera (Jesús Nazoreo; cf. Jn 19, 20-22). Sólo así, renunciando a la conquista militar de la ciudad, pudo ser quien era y actuar como actuaba.

¿Qué significa hoy David para nosotros, el antiguo reino particular de algunos, para que venga en su lugar el Reino de lo Humano, la revelación total de Dios en nuestra vida?

2. Viene en nombre del Señor del Templo,

que es Dios, para culminar su tarea mesiánica, en la línea de Salomón (¡hijo de David!), constructor del santuario, para que se expandiera una religión o, mejor dicho, un movimiento universal de solidaridad entre todos los hombres, desde el templo de Jerusalén.

No vino a re-formar o re-forzar ciertos detalles o ritos, sustituyendo a unos sacerdotes por otros mejores, como intentaban los separados de Qumrán, pues no quiere hacerse sacerdote, ni intervenir en un culto que no le corresponde, sino mostrar, gráficamente, que la era del templo ha terminado. Con esa intención «comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el templo.

Volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas» (Mc 11, 15). Estos gestos, vinculados a los “dichos” correspondientes (yo derribaré este templo, construido por los hombres…: cf. Mc 14, 28), son un elemento esencial de su mensaje: sólo superando el culto del viejo santuario de Israel puede llegar la “religión” universal, como revelación de Dios Padre y solidaridad interhumana .

Se trata de «volcar» (voltear, superar) un tipo de religión, para que se abra ante nosotros el nuevo templo de Dios: es decir, la casa de fraternidad y oración, de vida compartida y abierta al misterio, para todos los hombres y mujeres de la tierra.

Subir a Jerusalén, esperar la llegada del Reino de Dios

Vino anunciando y esperando (preparando) la llegada del Reino de Dios a pesar de que, humanamente hablando, parecía imposible conseguir lo que quería (ni los sacerdotes judíos, ni los soldados romanos aceptarían su pretensión, en aquel momento y en aquellas circunstancias).

Subió porque le enviaba el Dios de los profetas, en cuyo nombre había preparado e iniciado el Reino entre los pobres y excluidos de Israel, empezando por Galilea, no para ser el único rey, sino para que todos fueran reyes. Subió porque estaba convencido de que Dios le había confiado la tarea de instaurar con su palabra y con su vida el Reino, que ya había comenzado en Galilea y que debía extenderse, desde Jerusalén, pasando de nuevo a través de Galilea (cf. Mc 14, 28 par), a todos los pueblos de la tierra.

No vino para quedarse en Jerusalén, recibiendo allí la corona regia, sino para que Jerusalén cambiara, en la línea del Reino de Dios. Probablemente, en caso de una respuesta positiva, habría vuelto a Galilea, porque su Reino era de todos (no suyo) y él no necesitaba actuar como gobernante superior, a la cabeza de un organigrama de poderes. No podía emplear violencia externa, ni poder político, ni sacralidad sacerdotal para extenderlo, porque el Reino de Dios no se logra con violencia, ni se mantiene por medios de poder o sacralidad sacerdotal. Él lo había sembrado; tendría que dejar después que se expandiera por sí mismo .

El ascenso de Jesús a Jerusalén fue un acto de fe y un camino mesiánico abierto a la sorpresa de Dios y a la respuesta humana (no estaba definido y cerrado de antemano).

Jesús no fue porque sabía lo que iba a pasar, sino para que pasara aquello que debía pasar, en un gesto en el que pueden distinguirse tres niveles. También nosotros hemos de abrirnos al misterio de Aquel que nos espera:

historia-de-jesusNivel social:

entró en la ciudad como pretendiente mesiánico, en la línea de David, pero no para triunfar él, ni para tomar “su”, sino para que reinaran ellos, los antes pobres y excluidos.

En Cesarea de Felipe le habían preguntado si era rey y él no había respondido, pero Pedro había tomado la delantera, declarando abiertamente que era el Cristo (Mc 8, 29). Jesús había respondido pidiéndole silencio y añadiendo que no quería “hacerse rey” (tomar el poder), sino hacer reyes a los otros (dar la vida por ellos).

En esa línea se mantiene y, abandonando las prevenciones anteriores, entra Jesús en Jerusalén de un modo abierto, como Mesías/Rey, en forma pacífica, sin armas, rey de un Reino donde los reyes son todos los antes pobres (cf. Mc 11, 1-10), pues a ellos les ha dicho “es vuestro” (Lc 6, 20).

Nivel de entrega y promesa personal.

Precisamente cuando parecía que su empresa había fracasado, pues ni los sacerdotes ceden ni los habitantes de Jerusalén le acogen, Jesús reúne a sus discípulos y se despide de ellos compartiendo una copa de vino y prometiendo que la siguiente la beberían en el reino (Mc 14, 25). Esa promesa de Reino se puede entender de forma histórica inmediata (no me matarán, Dios intervendrá y mañana mismo iniciaremos el Reino) o de forma retardada (podrán matarme, pero Dios me hará volver y tomaremos juntos el vino del Reino).

En ese contexto se entienden sus palabras de “retorno a Galilea” (Mc 14, 28 par), que pueden tomarse en sentido postpascual (¡le verán resucitado en Galilea!), pero también en sentido histórico: si su movimiento hubiera “triunfado sin su muerte”.

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“Nada lo pudo detener”. 09 de Abril de 2017. Domingo de Ramos (A). Mateo 26, 14-27, 66.

domingo, 9 de abril de 2017
Comentarios desactivados en “Nada lo pudo detener”. 09 de Abril de 2017. Domingo de Ramos (A). Mateo 26, 14-27, 66.

A8 DOMINGO DE RAMOS jpgLa ejecución del Bautista no fue algo casual. Según una idea muy extendida en el pueblo judío, el destino que espera al profeta es la incomprensión, el rechazo y, en muchos casos, la muerte. Probablemente, Jesús contó desde muy pronto con la posibilidad de un final violento.

Jesús no fue un suicida ni buscaba el martirio. Nunca quiso el sufrimiento ni para él ni para nadie. Dedicó su vida a combatirlo en la enfermedad, las injusticias, la marginación o la desesperanza. Vivió entregado a “buscar el reino de Dios y su justicia”: ese mundo más digno y dichoso para todos, que busca su Padre.

Si acepta la persecución y el martirio es por fidelidad a ese proyecto de Dios que no quiere ver sufrir a sus hijos e hijas. Por eso, no corre hacia la muerte, pero tampoco se echa atrás. No huye ante las amenazas, tampoco modifica ni suaviza su mensaje.

Le habría sido fácil evitar la ejecución. Habría bastado con callarse y no insistir en lo que podía irritar en el templo o en el palacio del prefecto romano. No lo hizo. Siguió su camino. Prefirió ser ejecutado antes que traicionar su conciencia y ser infiel al proyecto de Dios, su Padre.

Aprendió a vivir en un clima de inseguridad, conflictos y acusaciones. Día a día se fue reafirmando en su misión y siguió anunciando con claridad su mensaje. Se atrevió a difundirlo no solo en las aldeas retiradas de Galilea, sino en el entorno peligroso del templo. Nada lo detuvo.

 Morirá fiel al Dios en el que ha confiado siempre. Seguirá acogiendo a todos, incluso a pecadores e indeseables. Si terminan rechazándolo, morirá como un “excluido” pero con su muerte confirmará lo que ha sido su vida entera: confianza total en un Dios que no rechaza ni excluye a nadie de su perdón.

Seguirá buscando el reino de Dios y su justicia, identificándose con los más pobres y despreciados. Si un día lo ejecutan en el suplicio de la cruz, reservado para esclavos, morirá como el más pobre y despreciado, pero con su muerte sellará para siempre su fe en un Dios que quiere la salvación del ser humano de todo lo que lo esclaviza.

Los seguidores de Jesús descubrimos el Misterio último de la realidad, encarnado en su amor y entrega extrema al ser humano. En el amor de ese crucificado está Dios mismo identificado con todos los que sufren, gritando contra todas las injusticias y perdonando a los verdugos de todos los tiempos. En este Dios se puede creer o no creer, pero no es posible burlarse de él. En él confiamos los cristianos. Nada lo detendrá en su empeño de salvar a sus hijos.

Jose Antonio Pagola

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“Domingo de Ramos en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según san Mateo” Domingo 09 de abril de 2017. Domingo de Ramos.

domingo, 9 de abril de 2017
Comentarios desactivados en “Domingo de Ramos en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según san Mateo” Domingo 09 de abril de 2017. Domingo de Ramos.

imageLeído en Koinonia:

Is 50,4-7: No oculté el rostro a insultos; y sé que no quedaré avergonzado
Salmo responsorial 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Flp 2,6-11: Se rebajó a sí mismo; por eso Dios lo levantó sobre todo
Mt 26,14−27,66: Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, según san Mateo

 De entrada, pedimos disculpas a quienes buscarán aquí un comentario bíblico-litúrgico «normal» -que esperamos podrán encontrar fácilmente en la red-. Esta vez nosotros vamos a tratar de hacer un comentario pensando en aquellas personas que -como también nosotros ante el comentario que teníamos ya redactado- se sienten mal ante ese ámbito de conceptos bíblicos que se repiten y enlazan indefinidamente sin salir de un ambiente en el que muchos de nosotros -que pensamos como personas seculares, de la calle, con las preocupaciones diarias de la vida- nos sentimos incómodos.

 En efecto, muchos de nuestros comentarios bíblicos al uso, todo ese conjunto de conceptos e imágenes que se manejan en las homilías, pareciera que se mueven en «otro mundo», un mundo propio de referencias bíblicas intrasistémicas, que funcionan con una lógica particular diferente, y que están de antemano inmunizadas contra toda crítica, porque, en ese ambiente bíblico-litúrgico al que están destinados, en las homilías, los «fieles» deben recibirlo todo sin chistar, sin siquiera preguntar, y, mejor aún, sin espíritu crítico y «con mucha fe». Quienes tenemos una fe más o menos crítica, una fe que no quiere dejar de ser de personas de hoy y de la calle, nos preguntamos: ¿es posible celebrar la semana santa de otra manera? ¿Así como buscamos «otra forma de creer», hay «otra forma de acoger y celebrar la semana santa»?

 Veamos. Comencemos preguntándonos: ¿qué sienten, qué sentimos, ante la semana santa, muchas personas creyentes de hoy?

 Muchos creyentes adultos (trabajadores, profesionales de las más variadas ramas, y también intelectuales, o simples personas cultas) se sienten mal cuando, en semana santa, por la especial significación de tales días, o por acompañar a la familia -y con el recuerdo de una infancia y juventud tal vez religiosa-, entran en una iglesia, captan el ambiente, y escuchan la predicación. Se sienten de pronto sumergidos de nuevo en aquel mundo de conceptos, símbolos, referencias bíblicas… que elaboran un mensaje sobre la base de una creencia central que fuera del templo uno nunca se encuentra en ningún otro dominio de la vida: la «Redención». Estamos en semana santa, y lo que celebramos -así perciben en el templo- es el gran misterio de todos los tiempos, lo más importante que ha ocurrido desde que el mundo es mundo: la «Redención»… El «hombre» fue creado por Dios (sólo en segundo término la mujer, según la Biblia), pero ésta, la mujer, convenció al varón para que comieran juntos una fruta prohibida por Dios. Aquello fue la debacle del plan de Dios, que se vino abajo, se interrumpió, y hubo de ser sustituido por un nuevo plan, el plan de la Redención, para redimir al ser humano que está en «desgracia de Dios» desde la comisión de aquel «pecado original», debido a la infinita ofensa que dicho «pecado» le infligió a Dios.

 Ese nuevo plan, de Redención, exigió la «venida de Dios al mundo», mediante su encarnación en Jesús, para así «asumir nuestra representación jurídica ante Dios y pagar» por nosotros a Dios una reparación adecuada por semejante ofensa infinita. Y es por eso por lo que Jesús sufrió indecibles tormentos en su Pasión y Muerte, para «reparar» aquella ofensa y redimir así a la Humanidad, y consiguiéndole el perdón de Dios y rescatándola del poder del demonio bajo el que permanecía cautiva.

 Ésta es la interpretación, la teología sobre la que se construyen y giran la mayor parte de las interpretaciones en curso durante la semana santa. Y éste es el ambiente ante el que muchos creyentes de hoy se sienten mal, muy mal. Sienten que se asfixian. Se ven trasladados a un mundo, que nada tiene que ver ni con el mundo real de cada día, ni con el de la ciencia, el de la información, o el del sentido más profundo de su vida. Por este malestar, otros muchos cristianos no sólo se han marchado de la semana santa tradicional, sino que se han alejado de la Iglesia.

 ¿Hay otra forma de entender la Semana Santa, que no nos obligue a transitar por el mundo manido de esa teología en la que tantos ya no creemos?

 ¿«No creemos», hemos dicho? Ante todo hay que decir -para alivio de muchos- que efectivamente, se puede no creer en tal teología. No se trata de ningún «dogma de fe» (aunque lo fuera, tampoco ello la haría creíble). Se trata de una genial construcción interpretativa del misterio de Cristo, debida a la intuición medieval de san Anselmo de Canterbury, que desde su visión del derecho romano, construyó, «imaginó» una forma de explicarse a sí mismo el sentido de la muerte de Jesús. Estaba condicionado por muchas creencias propias de la Edad Media, e hizo lo que pudo, y lo hizo admirablemente: elaboró una fantástica interpretación que cautivó las mentes de sus coetáneos tanto, que perduró hasta el siglo XX. Habría que felicitar a san Anselmo, sin duda.

 El Concilio Vaticano II es el primer momento eclesial que supone un cierto abandono de la hipótesis de la Redención, o una interpretación de la significación de Jesús más allá de la Redención. Por supuesto que en los documentos conciliares aparece la materialidad del concepto, numerosas veces incluso, pero la estructura del pensamiento y de la espiritualidad conciliar van mucho más allá. El significado de Jesús para la Iglesia posconciliar -no digamos para la Iglesia con espiritualidad de la liberación- deja de pasar por la redención, por el pecado original, por los terribles sufrimientos expiatorios de Jesús y por la genial «sustitución penal satisfactoria» ideada por Anselmo de Canterbury… Desaparecen estas referencias, y cuando sorpresivamente se oyen, suenan extrañas, incomprensibles, o incluso suscitan rechazo. Es el caso de la película de Mel Gibson, que fue rechazada por tantos espectadores creyentes, no por otra cosa que por la imagen del «Dios cruel y vengador» que daba por supuesta, imagen que, evidentemente, hoy no sólo ya no es creíble, sino que invita vehementemente al rechazo.

 ¿Cómo celebrar la semana santa cuando se es un cristiano que ya no comulga con esas creencias? Uno se siente profundamente cristiano, admirador de Jesús, discípulo suyo, seguidor de su Causa, luchador por su misma Utopía… pero se siente mal en ese otro ambiente asfixiante de las representaciones de la pasión al nuevo y viejo estilo de Mel Gibson, de los viacrucis, los pasos de las procesiones de semana santa, las meditaciones las siete palabras, las horas santas que retoman repetitivamente las mismas categorías teológicas del san Anselmo del siglo XI… estando como estamos en el siglo XXI…

 Bajo la semana santa que oficialmente se celebra, no dejan de estar, allá, lejos, bien adentro de sus raíces ancestrales, las fiestas que los indígenas originarios ya hacían sus celebraciones sobre la base cierta del equinoccio astronómico. Se trata de una fiesta que ha evolucionado muy diferentemente en cada cultura, y muy creativamente al ser heredada de un pueblo a otro, y al contagiarse de una religión a otra. Una fiesta que fue heredada y recreada también por los israelitas nómadas como fiesta del cordero pascual, y después transformada por los israelitas sedentarios como fiesta de los panes ácimos, en recuerdo y como reactualización de la Pascua, piedra angular de la identidad israelita… Fiesta que los cristianos luego cristianizaron como la fiesta de la Resurrección de Cristo, y que sólo más tarde, con el devenir de los siglos, en la oscura Edad Media, quedó opacada bajo la interpretación jurídica de la redención…

 ¿Por qué quedarse, pues, prendidos de una interpretación medieval, cautivos de una teología y una interpretación que no es nuestra, que ya no nos dice nada, y que podríamos abandonar porque ya cumplió su papel? ¿Por qué no sentirse parte de esta procesión tan humana y tan festiva de interpretaciones y hermenéuticas, de mitos y «grandes relatos» incesantemente renovados y recreados, y aportar nosotros también a esta trabajada historia nuestra propia parte, lo que nos corresponde hoy, con creatividad, responsabilidad y libertad? No podemos dejar de pensar que «Otra semana santa es posible»… ¡y urgente! Al menos, legítima también.

 No vamos a desarrollar aquí nosotros una nueva interpretación de estas fiestas. Bástenos ahora cumplir una pretensión doble: aliviar a los que se sentían culpables por desear que «otra semana santa fuera posible», por una parte, y, por otra, de invitar a todos a la creatividad, libre, consciente, responsable y gozosa. No en todas partes o en cualquier contexto será posible, pero sí lo será en muchas comunidades concretas. Si no lo es en la mía, podría serlo en alguna otra comunidad más libre y creativa que tal vez no esté muy lejos de la mía… ¿por qué no preguntar, por qué no buscarla?

+++

Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/ Por su carácter dramatizado, y por la mentalidad crítica con la que ya pudo ser escrita hace treinta años, la serie «Un tal Jesús» presenta, de un modo muy pedagógico, la visión de la vida de Jesús desde la perspectiva de la teología de la liberación. Leer más…

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Dom 9. 4. 17. Provocación de Ramos. Cómo subió Jesús a Jerusalén

domingo, 9 de abril de 2017
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

El gesto de Jesús el día de Ramos fue una provocacion, por la que él quiso mostrar de manera plástica aquello que quería y pretendía en plena calle, “tomando” de manera ostentosa la ciudad, como si fuera suya, sin contar con las autoridades establecidas, de tipo político-social (Pilatos, el ejército de ocupación romano) y religioso (sacerdotes del templo).

Esta “procesión” de Jesús es la “madre” de todas las manifestaciones cristianas. Jesús no encerró su evangelio en un desierto (como podían hacerlo los de Qumrán), ni plantó su signo junto a un río de frontera (como Juan Bautista), sino que subió a Jerusalén de un modo “provocador”, causando un revuelo ante el pueblo, y poniendo en jaque a la policía religiosa de Jerusalén (ejército para-militar del templo) y a la legión romana (mandada por el Gobernador Pilato), precisamente en los días de aglomeración y fiesta.

1484287000‒ Jesús subió, por una parte, como un peregrino más, cantando los himnos y salmos del Dios de la libertad, cumpliendo según eso un ritual establecido, que formaba parte de la identidad del judaísmo.

(Ese gesto, cerrado en sí, sin otros rasgos, propios de Jesús, podría terminar apareciendo como algo folclórico, como algunas procesiones de Semana Santa, declaradas bienes de interés turístico, para entretenimiento de curiosos).

‒ Pero él subió, por otra parte como un peregrino muy especial, presentándose a sí mismo (y dejando que le presentaran sus amigos) como Mesías de Dios, permitiendo que celebraran su venida con ramos de laurel (el árbol del triunfo y la realeza) y con ramas de olivo y palmera, como signos de triunfo.

(Imagen 1 y 2: Corona de laurel como signo de victoria deportiva, política o cultural. De laurel viene laureado. Desde ese fondo se entienden las dos imágenes coronadas de Jesús:
Domingo de Ramos. Jesús laureado
Viernes Santo: Jesús de las espinas)

Jesús aparece este día de Ramos como “Rey laureado” (=coronado de laurel, como los sabios, atletas, emperadores y dioses greco-romanos…), pero esa entrada de laurel le llevó a la corona de espinas del Viernes santo…, de manera que el triunfo de su procesión llevó a la represión, a su condena a muerte.

imagessJesús subió de un modo provocador, para despertar la conciencia de sacerdotes y jerarcas del pueblo, sin pactar con ellos un tipo de reparto de poder o de dinero, pues hay «males» (hay tipos de poder) con los que no se puede pactar, pues son males (y pactar con ellos es pecado, es renuncia a la libertad y humanidad).

‒ ¿Dónde y cómo tenemos que manifestarnos hoy los cristianos? ¿Con qué tipo de gestos, en qué calles, de manera que nuestras procesiones no acaben siendo puras fiestas de folclore para los turistas? (fiestas financiadas por las autoridades, de decir, por Herodes y Pilato, que deberían pagar aquel año a Jesús para que entrara con garbo y hubiera por él buenos ingresos turísticos en Jerusalén).

En esa línea quiero recordar el evangelio de la procesión de Ramos de este año, tomado del evangelio de Mateo, y precisar después algunos rasgos que definen la identidad de Jesús, reflejada en ese gesto de subida a la ciudad del templo, poniendo de relieve el hecho de que (por fidelidad a la justicia y al bien de los más pobres, según voluntad de Dios) Jesús no pacto ni con la autoridad política ni con la religiosa, siendo al fin condenado a muerte.

Evangelio. Mt 21, 1-11:

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, junto al monte de los Olivos, Jesús mandó dos discípulos, diciéndoles:

— Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, desatadlos y traédmelos. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto.
Esto ocurrió para que se cumpliese lo que dijo el profeta: «Decid a la hija de Sión: ‘Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila’.»
Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud extendió sus mantos por el camino; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba:
— ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en el cielo!
Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada:
— ¿Quién es éste?
La gente que venía con él decía:
— Es Jesús, el Profeta de Nazaret de Galilea.

1. Subió para instaurar el Reino de Dios.

Subió como los restantes peregrinos, para celebrar las fiestas de la liberación pascual… Pero él tenía una intención y tarea especial:

‒ No subió para dejarse matar allí. No buscó su destrucción, como víctima, sino la llegada del Reino de Dios, para los hombres y mujeres de su pueblo, partiendo de los pobres (hambrientos, impuros, expulsados del sistema israelita y romano), a quienes había ofrecido su mensaje en Galilea.

‒ Como buen judío, subió en nombre de Dios, con un grupo de galileos, para anunciar y preparar el Reino, buscando la manifestación de Dios y conociendo el riesgo que implicaba su actitud, como recuerdan las palabras de Tomás: “Subamos y muramos con él, si es preciso” (cf. Jn 11, 16).

2. Vino de un modo público.

‒ No vino para realizar una tarea privada, sino como pionero y representante de aquellos que esperaban el Reino y así entró abiertamente en la ciudad, por el Monte de los Olivos (cf. Mc 11, 1 ss). Por eso, su venida, en ese tiempo de Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de sus pretensiones mesiánicas, en Jerusalén, capital y principio de su Reino.

‒ Conforme a los planes de Dios, era posible que los jerarcas de Jerusalén cambiaran y que los sacerdotes del templo abandonaran su poder sagrado, de tal forma que vinieran a integrarse con los pobres. Ciertamente, conocía los enfrentamientos de los sacerdotes “oficiales” con otros grupos de sacerdotes y judíos (como los esenios de Qumrán) y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al gobernador/procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a Jerusalén con un contingente mayor de soldados, para mantener el orden en los días de la fiesta (de pascua). A pesar de eso (o precisamente por eso), subió a Jerusalén en pascua, como representante del Reino de Dios…

3. No quiso pactar con los sacerdotes.

‒ Sabemos por la Biblia que el pacto es una señal de Dios, de tal forma que toda la historia de Israel y el mismo texto de la Ley o Pentateuco había sido expresión y consecuencia de unos pactos (entre profetas, sacerdotes y representantes de la tradición deuteronomista). ¿Por qué no buscó Jesús también un pacto con los sacerdotes del Templo? Los sacerdotes habían pactado ya con Roma, que nombraba al Sumo Sacerdote y defendía las instituciones sacrales de Jerusalén, en un contexto de equilibrio de poder, compartido por unos y por otros. Leer más…

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“La Pasión según san Mateo. Domingo de Ramos”

domingo, 9 de abril de 2017
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untitledDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 Lo que ofrezco a continuación:

               No es un comentario piadoso, al estilo de la Pasión según san Mateo de Juan Sebastián Bach, donde el coro y los solistas van intercalando sus afectos y sentimientos en el texto evangélico. Los evangelios no están escritos con ese espíritu, sino con enorme sobriedad. Aunque es exagerada la idea de que el relato de la Pasión parece escrito por un enemigo de Jesús, en ningún momento pretenden los evangelios fomentar el sentimenta­lismo.

               Tampoco es un comentario exclusivamente histórico, que intenta recons­truir lo ocurrido a partir de los cuatro evangelistas. Como ocurre en otros momentos de la vida pública, los evangelios no coinciden en todos los detalles de la pasión.

               Concretamente, el evangelio de Mateo no cuenta tres episo­dios conocidos por Lucas: Jesús ante Herodes (Lc 23,6-12); Jesús y las mujeres de Jerusalén (Lc 23,27-31); la actitud de los dos ladro­nes (Lc 23,39-43). Por su parte, Mateo contiene tres episodios que no aparecen en Marcos y Lucas: anuncio previo de la crucifixión (26,1-2); fi­nal de Judas (27,3-10); los guardias en la tumba (27,62-66).

               Además, incluso cuando coinciden, se advier­ten también notables diferencias entre los evangelios. Por ejemplo, ninguno de los evangelios contie­ne las «siete palabras» de Jesús en la cruz. Marcos y Mateo sólo refieren una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34; Mt 27,46). Lucas recoge tres: «Padre, perdónalos…» (Lc 23,34); «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43); «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Juan, otras tres: «Mujer, ése es tu hijo… ésa es tu madre» (Jn 19,26); «Tengo sed» (19,28); «Todo está terminado» (19,30).

               Esto demuestra que los evangelistas no han querido reprodu­cir fielmen­te lo ocurrido en la cruz, sino presentar cada uno su punto de vista y su manera de interpretar el sentido de la muerte de Jesús y su actitud última.

               Finalmente, no es un comentario exhaustivo. Me detendré sólo en las escenas principales, omitiendo algunas otras.

               El relato de Mateo podemos dividirlo en siete secciones, tomando básicamente como punto de partida los lugares donde se sitúan las diversas esce­nas. 1) Preámbulos. 2) Las Pascua. 3) En el monte de los Olivos. 4) En casa de Caifás. 5) Ante Pilato. 6) En el Gólgota. 7) El sepulcro.

  1. LOS PREÁMBULOS (26,1-16)

               Este primer apartado lo forman cuatro breves episodios: Jesús anuncia su crucifixión (26,1-2); complot de las autoridades para matarlo (26,3-5); la unción de Betania (26,6-13); Judas trata con las autoridades (26,14-16). Mateo sigue básicamente a Marcos, pero con dos cambios importan­tes. Añade el primer episo­dio y enfoca de modo especial el último.

               Conciencia de Jesús de que va a la pasión

               En Marcos, el relato comienza con la confabulación de las autori­dades para matar a Jesús. Sin embargo, Mateo introduce unas palabras del Señor que demuestras su conocimiento de lo que va a ocurrir. Este detalle es fundamental para comprender el sentido de la pasión y muerte de Jesús. No se trata de algo que a Jesús le ocurre sin darse cuenta. Es consciente de lo que va a pasar. Ya lo había anunciado a lo largo de su vida. Ahora lo afirma una vez más, cuando están cerca los acontecimien­tos.

               Al mismo tiempo, estas palabras suponen en Jesús una deci­sión de aceptar su destino. En casos normales, cualquier persona que sabe que le va a ocurrir una desgracia hace lo posible por evitarla. Jesús, no. Se limita a constatarla. Curiosamente, las palabras que Mateo le pone en la boca no hablan de resurrección ni descienden a deta­lles. Se centran en lo esencial: la muerte de cruz.

               Traición de Judas

 El cuarto episodio, Judas vende a Jesús (26,14-16), adquiere matices muy importantes en Mateo. Según Marcos, Judas acude a los sumos sacerdotes para entregarlo, pero no pide una recompensa por ello; son los sacerdotes quienes se ofrecen a darle dinero. En Mateo, Judas busca desde el comienzo una recompensa, que los sacerdotes fijan en treinta monedas.

               ¿Por qué ofrece Mateo estos matices? Creo que por dos motivos. El primero, muy de acuerdo con la mentalidad profética que advertimos en su evangelio, para denunciar la corrupción que provoca el afán de riqueza. Numerosos textos proféticos dejan clara la validez de la frase de Quevedo: «poderoso caballero es don Dinero». Toda la gente se vende a su poder. Y son muchas las víctimas de la ambición. A esa larga lista se añade ahora Jesús. La parábola del sembrador decía que «el afán de dinero ahoga la palabra de Dios y queda estéril». Ahora nos encontramos con que no sólo ahoga la palabra de Dios, sino que la mata.

               Pero, junto a esto, Mateo ha querido ver en este episodio un nuevo cumplimien­to de algo anunciado en el Antiguo Testamento. Este detalla está muy relacionado con el episodio de la muerte de Judas, y entonces lo comentaré.

  1. CELEBRACIÓN DE LA PASCUA (26,17-29)

               La segunda sección consta de tres episodios: los preparati­vos de la Pascua (26,17-19), el anuncio de la traición de Judas (26,20-25) y la institución de la Eucaristía (26,26-29).

III. EN EL MONTE DE LOS OLIVOS (26,30-56)

  oracion-del-huerto Tres episodios principales constituyen esta sección: el anuncio de la traición de los discípulos y la negación de Pedro (vv.31-35), la oración del huerto (vv.36-46), el arresto de Jesús (vv.47-56).

               En el segundo episodio (la oración del huerto), Mt sigue a Mc con cambios muy pequeños. En ninguno de estos dos relatos aparece el sudor de sangre ni el ángel consolándolo, que son exclusivos de Lucas. El relato no pretende sólo contar lo ocurri­do, sino que es también de gran valor pedagógico para los cris­tianos.

               En el conjunto del evangelio, donde raras veces se habla de los sentimientos de Jesús, llama la atención la insistencia del relato en este aspecto. Es el único momento en que se dice que Jesús se llena de tristeza y angustia, y que él mismo lo recono­ce. En este momento, no huye física ni psicológi­camente, sino que se refugia en la oración. Mc dice que oró en tres ocasiones, inte­rrumpidas por el diálogo con Pedro, pero sólo en el primer caso pone palabras en boca de Jesús. Mt nos indica el contenido de los dos primeros momentos. En el primer rato de oración, las palabras de Jesús son: «Padre, si es posible, que se aleje de mí este trago. Sin embargo, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú». En el segundo, las palabras son: «Padre mío, si no es posible que yo deje de pasar­lo, hágase tu voluntad».

               Hay una diferencia importante de matiz. En el primer caso, parece que Jesús todavía entrevé la posibilidad de verse libre de la muerte: «si es posible». En el segundo, parece más consciente de que no cabe otra solución: «Si no es posible…» Y, en ambos momentos, lo que domina todo es la aceptación de la voluntad de Dios: «no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú», «hágase tu voluntad». Esta actitud de Jesús empalma perfectamente con lo que enseña en la tercera petición del Padrenuestro, no en un contexto genérico, sino en unas circunstancias concretas y muy difíciles.

               Indudablemente, los evangelistas han querido reflejar en esta oración de Jesús la actitud que debemos tener en los momen­tos difíciles de nuestra vida y ayudan a comprender las palabras del Sermón del Monte sobre la oración. Allí se dice: «Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y os abrirán … Pues si vosotros, malos como sois, sabéis dar cosas buenas a vuestros niños, cuanto más vuestro Padre del cielo se las dará a los que se las pidas». Estas palabras, mal interpretadas, pueden llevar a pensar que Dios tiene que darnos todo lo bueno que le pidamos, y nosotros decidimos lo que es bueno. La oración de Jesús en el huerto nos enseña a descubrir algo bueno detrás de algo aparente­mente absurdo como el sufrimiento y la muerte.

               En el fondo de todo esto queda un misterio incom­prensible: el de la voluntad de Dios, que no encaja fácilmente con nuestros gustos, ni siquiera con los de Jesús. Esto puede llevarnos a la idea de un Dios cruel, que se complace en el sufrimiento y la muerte de Jesús. La verdad es muy distinta. No se trata de que a Dios le complazca el sufrimiento y la muerte de Jesús, sino que Jesús debe identificarse plenamente con nuestro destino. El sufrimiento y la muerte son hechos inevitables en nuestra vida. Todos, en mayor o menor medida, sufrimos. Y todos tenemos que pasar por el trago de la muerte. En estas circunstan­cias, si Jesús no hubiese pasado la misma experiencia, nunca podría habernos comprendido plenamente, y nunca nos senti­ríamos identi­ficados con él. En este sentido es necesaria la muerte de Jesús, y sólo en este sentido la quiere Dios.

               Palabras contra la violencia

             traicion-judas  El tercer episodio (arresto de Jesús) también sigue de cerca a Mc, excepto en los versos 52-54, que son exclusivos de Mateo. La escena es conocida. Se presenta Judas con los guardias envia­dos por los sacerdotes y senadores, da la contraseña, el beso (al que Jesús responde en Mateo con unas palabras ambiguas; nada en Mc; claro reproche en Lc: «con un beso entregas al Hijo del Hombre), lo prenden, y uno de los que están con Jesús hiere con su espada al siervo del sumo sacerdote cortándole la oreja.

               Aquí es donde Mt introduce sus versos propios, que son una instrucción a los discípulos sobre la violencia, pero de una violencia muy peculiar, la que se ejerce para defender a Jesús. En primer lugar, la denuncia como muy peligrosa humanamen­te: «el que a espada mata, a espada muere». Además, en este caso, el recurso a la violencia impediría el cumplimiento de las Escritu­ras. Es curioso que esta instrucción sólo se encuentre en el evangelio de Mateo; probablemente indica que era un problema candente en su comunidad. Frente a los ataques y críticas de los judíos, algunos podían sentirse animados a usar la violencia para defender «los derechos» de Jesús. Ni siquiera en este caso, que puede parecer tan justificado, es lícito el uso de la violencia.

  1. EN CASA DE CAIFÁS (26,57-75)

               Dos episodios forman esta sección: el juicio ante el Sane­drín y las negaciones de Pedro.

               El Sanedrín

               Antes de entrar en el juicio diré algo a propósito del Sanedrín. En tiempos de Jesús estaba formado por tres grupos: los ancianos (que representaban la aristocracia laica), los sumos sacer­dotes (antiguos sumos sacerdotes y sus familias) y los escribas (pertenecientes la mayoría de las veces al partido fariseo). Su número de miembros era 71. Su autoridad en tiempos de Jesús estaba limita­da a los once distri­tos de Judea propiamen­te dicha.

               Competencias. El Sanedrín era el foro competente para tomar decisiones judiciales y medidas administra­tivas de todo orden, excepto lo que fuera competencia de los tribunales infe­riores o estuviera reservado al gobernador romano. El Sane­drín era ante todo el tribunal compe­tente para decidir en última instancia sobre cuestiones relacio­nadas con la ley judía. En los casos en los que los tribunales inferiores no llegaban a un acuerdo, las personas afectadas podían acudir al Sanedrín de Jerusalén.

               A pesar del dominio romano, el Sanedrín conservaba un grado notable de independencia. No sólo ejercía la jurisprudencia civil conforme a la ley judía, sino que participaba también en grado notable en la administración de la justicia criminal. Contaba con una fuerza independiente de policía y consecuentemente con el derecho a practicar detenciones. Podía juzgar así mismo casos no capitales. Es objeto de debate si era competente para ordenar la ejecución de sentencias capitales prescritas por la ley judía sin que fueran confirmadas sus sentencias por el gobernador romano. La más seria restricción que sobre él pesaba consistía en que en determinados momentos podían tomar la iniciativa las autoridades romanas y actuar independientemente.

               Las sesiones. Los días festivos no había sesión, y mucho menos en sábado. Dado que en los casos criminales no podía dictarse sentencia hasta el día siguiente al del juicio, tales casos no se juzgaban en víspera de sábado o de día festivo. No es posible determinar que todos estos detalles de la Misná se remonten a tiempos de Jesús. Los juicios sólo podían celebrarse durante las horas del día (por consiguien­te, la de Jesús debió de ser una investigación prelimi­nar).

               Los miembros se sentaban en semicírculo. Delante de ellos se situaban los dos secretarios del tribunal, uno a la derecha y otro a la izquierda. Frente a los jueces había tres filas de estudiantes. El acusado debía adoptar una postura humilde, llevar el cabello suelto y vestir ropas de color negro. En casos que pudieran implicar la pena de muerte estaban prescritas formas especiales. Se debía iniciar la vista con el argumento de la defensa, al que seguía el alegato de la acusación. Nadie que hubiera hablado a favor del acusado podía pronunciarse luego en su contra, pero lo contrario estaba permitido. Los estudiantes podían hablar a favor, pero no en contra del acusado.

               Las sentencias absolutorias debían pronunciarse el mismo día en que se celebraba el juicio, pero las condenatorias tenían que diferirse hasta el día siguiente. Los votos empezaban por el miembro más joven del tribunal, mientras que en algunos casos que no implicaban la pena de muerte, la norma era que la votación empezara por el miembro más experimentado. La mayoría simple era suficiente para una sentencia absolutoria; para una sentencia condenatoria se requería una mayoría de dos por lo menos. Cuando doce votaban en favor y once en contra, el acusado quedaba libre. Doce en contra y once a favor, había que aumentar el número de jueces en dos más, hasta que se llegaba al número de votos necesarios para la absolución o la condena. El máximo de jueces al que podía llegarse era de 71.

               Juicio de Jesús

               El primer episodio comienza con dos noti­cias muy breves. La primera sobre Jesús, que es llevado a casa de Caifás (v.57), y la segunda sobre Pedro, que lo sigue (v.58). Luego se pasa directamente al juicio. El relato del juicio podemos dividirlo en dos partes. En la primera, se presentan numerosos testigos falsos cuyo testimonio no sirve para nada y deja el problema sin resolver. En la segunda, toma la palabra el sumo sacerdote y es él quien interroga y acusa, llegándose a la condena a muerte de todo el Sanedrín.

               La primera parte supone un esfuerzo descarado por condenar a Jesús a base de acusaciones falsas que no se concretan, hasta que dos testigos decla­ran: «Este ha dicho que puede derribar el santua­rio de Dios y recons­truirlo en tres días». Es posible que estas palabras u otras parecidas fuesen pronunciadas por Jesús en algún momento de su vida; curio­samente, reapare­cen en la cruz (Mt 27,39-40), y san Juan también las trae, aunque en sentido alegó­rico (Jn 2,19). Para una persona normal, estas palabras sólo servi­rían para acusar a Jesús de loco. Sin embargo, el tribunal «espiritual» podía ver aquí algo más grave que la locura: la pretensión de atribuirse una autoridad y un poder divinos, como de hecho hará Caifás (en la formulación de Mc, la acusación resulta más clara y grave: «Puedo destruir este santuario cons­truido por manos humanas y en tres días edificar otro no hecho por manos humanas»).

               En medio de estas acusaciones, Mateo pone de relieve el silencio de Jesús, incluso cuando Caifás le invita a defenderse. De nuevo se hace presente la imagen del Siervo de Yahvé que, «como oveja llevada al matade­ro, enmudecía y no abría la boca» (Is 53).

               Entonces toma las riendas del juicio Caifás. Su pregunta está cargada de matices políticos, y para comprenderla a fondo debemos recordar algo de este personaje. Un judío de este siglo, Josef Klausner, dice así: «El hecho de que fuera sumo sacerdote durante cerca de dieciocho años, mientras que sus predecesores, en tiempos de Grato, no habían estado en funciones más de un año, prueba que era un hábil diplomático y conocía bien la manera de manejar tanto al pueblo como al gober­nador romano. Un hombre así temía sin duda a un nuevo «Mesías», pues los saduceos en general no tenían simpa­tía por las ideas mesiánicas a causa de su in­fluencia perturbado­ra y del peligro que entrañaban para el orden público».

               La pregunta de Caifás la introduce Mt de forma muy solemne: «Te conjuro por el Dios vivo que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Nosotros podemos darle especial importancia al segundo título: «Hijo de Dios», pero no es más que una simple explicitación del primero: «el Mesías», igual que en tiempos antiguos se aplicaba al rey el título de «hijo de Dios».

               La respuesta de Jesús es más ambigua de lo que puede parecer en la traducción de la Nueva Biblia Española. Mientras Marcos pone en boca de Jesús las palabras: «Yo soy», Mateo escribe: «Tú lo has dicho». Y cuando Jesús sigue hablando sobre el Hijo del Hombre, lo hace en tercera persona, sin identificarse expresamen­te con este personaje.

               Sin embargo, Caifás capta o quiere captar la intención profunda de las palabras de Jesús y lo acusa de blasfemo. Según Bonnard, «hay que reconocer que, en el fondo, las pretensiones de Jesús eran blasfemas para los oídos judíos ortodoxos, tanto más que nada atestiguaba en su persona insignificante la dignidad mesiánica tal como se concebía entonces» (o.c., 582).

               A la condena a muerte siguen las burlas. Es la primera de tres escenas centradas en este tema. Mientras Mt no se detiene en describir los mayores sufrimientos físicos de Jesús (flagela­ción, crucifixión), si prestan mucho interés a estas escenas burlescas: la primera después de la condena del Sanedrín, la segunda cuando Pilato lo condena a muerte, la tercera en la cruz. Es posible que esta insistencia en el sufrimiento moral más que en el físico corresponda a la situación de los primeros cristianos, donde las persecuciones, insultos y burlas podían constituir un problema más real que el de los sufrimientos físicos.

               Mateo, modificando a Mc, da a entender que todos los miem­bros del Sanedrín participan en la burla, escupiéndole en la cara y golpeándolo. Y la burla está de acuerdo con el contexto. Si Jesús ha sido condenado por sus pretensiones mesiánicas, que haga de Mesías y adivine ahora quién le ha pegado.

               Conviene hacer un alto para tratar brevemente tres cuestiones: las irregularida­des del proceso desde el punto de vista judicial, las causas de la condena de Jesús y el enfoque personal de Mateo.

               1) Teniendo en cuenta lo dicho anteriormente sobre los procesos del Sanedrín se advierten numero­sas irregularidades: a) la sesión se celebra de noche; b) no existe un abogado defensor; c) la condena a muerte está decidida de antemano; d) se dice que intervienen muchos falsos testigos; e) la condena a muerte se emite sin esperar al día siguiente.

               Algunos de estos problemas se resolverían considerando esta sesión nocturna como mera vista previa de la causa. La auténtica reunión habría tenido lugar por la mañana. Y, si aceptamos que Jesús celebró su última cena el martes o miércoles, habría tiempo para un proceso regular, por lo que respecta al tiempo. Sin embargo, esto no resuelve el problema de los testigos falsos ni el de la justicia de la condena.

               2) Las causas de la condena de Jesús. Para una persona con afición a la historia es una pena que los evangelistas no hayan consignado esas muchas acusaciones que se formulaban contra Jesús. Aunque fuesen falsas, serían de enorme interés. Tal como las presentan Mc y Mt parecen exclusivamente reli­giosas, mientras en Juan adquiere mucho relieve el matiz político (ver Jn 11,47-48: «Ese hombre realiza muchas señales; si dejamos que siga, todos van a creer en él y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación»). Sin embargo, el matiz político no está ausente en Mc y Mt, sino que adquiere un relieve especial en la pregunta de Caifás a Jesús sobre si él es el Mesías.  Probable­mente, las autoridades judías veían en Jesús un individuo peli­groso desde el punto de vista religioso y político al mismo tiempo, sin que podamos deslindar claramente ambos aspectos. De hecho, política y religión estaban más estrechamente unidas en Israel que en la actualidad.

               3) El enfoque personal de Mateo. Comparando el relato de Mt con el de Mc, se advierte que Mt acentúa la culpabilidad de las autoridades judías en diversos momentos de la pasión. Indico esos detalles, antici­pando algunos episodios: 1) Mc dice que en el Sanedrín buscaba un «testimonio» contra Jesús; Mt añade que buscaba «un testimonio falso»; en Mt, el tribunal está desde el comienzo en contra de Jesús. 2) Cuando llevan a Jesús ante Pilato, Mc dice que las autoridades «prepararon su plan», y lo llevaron al prefecto romano; Mt dice que «hicieron un plan para condenar a muerte a Jesús». 3) El episodio del suicidio de Judas, exclusivo de Mt, también subraya el cinismo y culpabilidad de las autoridades judías, como veremos. 4) En el juicio ante Pilato, Mt insiste en el deseo de los sacerdotes y senadores de matar a Jesús. 5) Al final de este mismo episodio, Mt añade los vv.24-25, que acentúan la culpabilidad de los judíos en la muerte de Jesús.

               Todos estos detalles confirman algo que hemos venido notando en el evangelio de Mateo: la tremenda polémica con los judíos. Al mismo tiempo, nos hace caer en la cuenta de que Mt no es el testigo más imparcial a la hora de reconstruir la realidad histórica del proceso de Jesús.

               Sin embargo, sin caer en la injusticia de condenar a los judíos como deicidas, tampoco debemos ser tan ingenuos como para considerar a Caifás y sus compañeros unos santos. Procesos injustos los ha habido en todos los países y épocas, saltándose las normas más elementales del derecho. Sería muy raro que no hubiese ocurrido algo semejante en el de Jesús, cuando la acusa­ción que estaba por medio comprometía a toda la nación. En cualquier caso, lo que los evangelistas pretenden subrayar es que la condena a muerte de Jesús fue absolutamente injusta. Y en esto debemos darles la razón, a no ser que pensemos que siempre, en cualquier momento, es preferible que muera uno por todo el pueblo.

  1. JESÚS ANTE PILATO (27,1-31)

               Esta larga sección está compuesta por cinco episodios: 1) Jesús llevado ante Pilato (27,1-2); 2) muerte de Judas (27,3-10); 3) interrogatorio ante Pilato (27,11-14); 4) Jesús y Barrabás (27,15-26); 5) burlas de los soldados (27,27-31). De ellos, el de la muerte de Judas es exclusivo de Mateo.

               Suicidio de Judas

               La segunda escena (suicidio de Judas) es exclusiva de Mateo. El evangelista quiere subrayar cuatro cosas: la inocencia de Jesús, reconocida por el mismo que lo traicionó (v.4); la trage­dia de Judas, que termina ahorcándose; el cinismo de los sacer­dotes, que no se andan con escrúpulos de condenar a un inocente y sí sobre la forma de emplear el dinero; el cumplimiento de una profecía.

               Desde un punto de vista histórico, resulta muy difícil admitir que esto ocurriese en el momento en que lo sitúa Mateo, cuando los sumos sacerdotes y senadores han llevado a Jesús ante Pilato. Sin embargo, desde un punto de vista literario, el episodio está muy bien situado: antes de que Pilato emita su veredicto, el testimonio de Judas podría haber bastado para salvar a Jesús. Pero las autoridades han tomado ya su decisión.

               Por otra parte, la versión que ofrece Hech 1,16-20 sobre la muerte de Judas difiere mucho de la de Mateo.

               Interrogatorio ante Pilato

        La escena ante Pilato (11-14) es muy breve. Una pregunta sencilla y directa, con una respuesta clara. Luego el silencio de Jesús, subrayado por dos veces (sólo una en Mc), cuando lo acusan las autoridades y cuando lo interroga reiteradamente Pilato. La escena resulta algo extraña, por el aparente deseo de Pilato de actuar con justicia y su paciencia con un reo que no ayuda nada a su absolu­ción. Mateo ofrece más adelante la explicación de que Pilato sabía que se lo habían entregado por envidia (v.18). Incluso en esta hipótesis, su actitud, en una persona como él, famosa por su injusticia, sólo se explicaría por el deseo de llevar la contra­ria a las autorida­des, cosa nada extraña. De todos modos, la perspectiva de Mateo será la de culpar a las autoridades judías haciendo caer sobre ellas toda la responsabi­lidad de lo sucedido.

               Jesús o Barrabás

             En esta misma perspectiva se mueve la escena cuarta, cuando hay que elegir entre Barrabás y Jesús. Mt construye una escena más coherente. Según Mc, mientras se está tratando el juicio de Jesús aparece un grupo distinto pidiendo la liberación de un preso, y Pilato aprovecha la ocasión para intentar salvar a Jesús. En Mt, es el mismo Pilato quien se basa en esta costumbre para plantear la alternativa entre Barrabás y Jesús. Como detalle propio de Mateo tenemos la misiva de la mujer de Pilato, que pone de manifiesto la revelación que tiene esta mujer pagana de la inocencia de Jesús, pero que no tendrá repercusión alguna en los sucesos posterio­res. Inmediatamente luego tenemos otros de esos detalles típicos de Mt para culpar a las autoridades judías. Mientras en Mc «los sumos sacerdotes soliviantaron a la gente para que les entregara mejor a Barrabás», Mt es mucho más duro: «los sumos sacerdotes y los senadores convencieron a la gente de que pidieran a Barrabás y que muriese Jesús«. Los famosos vv. 24-25, (Pilato se lava las manos, exclusivo de Mt) vuelven a acen­tuar la culpabi­lidad de los judíos y son como una manera de firmar su condena para el año 70.

  1. EN EL CALVARIO (27,32-61)

 crucifixion    Más que distintas escenas, que serían muy breves, tenemos aquí pinceladas rápidas que forman un cuadro. En el conjunto, son fundamentales las tres referencias a Jesús como Hijo de Dios. Los que pasaban primero (39-40), las autoridades después (41-43) utilizan este título para burlarse de Jesús. Al final, el capitán romano y los soldados reconocen que «verdaderamente, este era el Hijo de Dios» (v.54).

               Las burlas en la cruz

               Y llegamos a un episodio fundamental, el de las burlas en la cruz. Mateo y Marcos quieren dejarnos la impresión de que todos, la gente que presencia el espectáculo, las autoridades, incluso los dos ladrones, se burlan de Jesús. Pero el episodio de Mateo, con un brevísimo añadido («si eres hijo de Dios»), podemos leerlo también como las últimas tentaciones de Jesús, paralelas a las del comienzo de su vida. Aquí no será Satanás quien lo tiente, sino gente normal y corriente.

               La primera tentación procede de toda la gente que pasa por allí. Se basa en la pretensión de Jesús de destruir el templo y reconstruirlo en tres días, algo que toman a burla. Y concluyen: «Si eres Hijo de Dios, sálvate y baja de la cruz». Que se deje de palabras, y demuestre su poder con las obras.

               La segunda procede de las autoridades judías: sumos sacer­dotes, escribas y senadores. Supone un nuevo paso, porque parecen reconocer el poder de Jesús para salvar a otros. Pero se lo niegan para salvarse a sí mismo. «Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz y creeremos en él».

               La tercera tentación (exclusiva de Mt) proviene de este mismo grupo y llega a lo más profundo: «¡Había puesto en Dios su confianza! Si de verdad lo quiere Dios, que lo salve ahora, ya que decía que es Hijo de Dios». Lo que se pone aquí en crisis no es el poder de Jesús, sino la simple pretensión de que Dios lo quiera. Esta tentación es la que puede llegar más honda y resul­tar más difícil de superar.

               Ante estas nuevas tentaciones, Jesús no responde nada. No hay citas bíblicas, como al comienzo, con las que refutar las sugerencias del diablo.

               La palabra de Jesús en la cruz

               Parece como si en su alma ocurriese lo mismo que en el exterior. Una tiniebla profunda desde la hora sexta hasta la nona (desde la doce del mediodía hasta las tres de la tarde). Y Jesús pronuncia entonces las palabras iniciales del Salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» ¿Qué sentido tienen en su boca? Unos las mantienen como simple reflejo de la tragedia que Jesús experimenta en ese momento: la soledad y el abandono de Dios. Otros prefieren interpretar las cosas de forma menos dramática. Para ellos, Jesús no expresa su desconcierto, sino que comienza a rezar el Salmo 22, un salmo que habla de los más terribles sufrimientos, pero que termina en un canto de victo­ria.

               Mc y Mt, los únicos que recogen estas palabras de Jesús, no dan pistas de solución. Pasan a contar la reacción de los presentes, de forma mucho más lógica Mt que Mc.

               Lo último que cuentan los dos primeros evangelistas es que Jesús dio un gran grito y exhaló el espíritu. Lucas, con su: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», y Juan con sus palabras: «Todo está consumado», parecen quitar cierta dureza al terrible dramatis­mo de Mc y Mt. Sin embargo, en el relato de Mc, el grito de Jesús al momento de morir es una prueba de su poder. Una persona que lleva horas colgada en una cruz, respirando dificul­tosamente, no puede pegar un grito. Por eso, el centurión, al ver que Jesús muere de esa forma, dice: «Verdaderamente, este hombre era hijo de Dios». Mateo cambia el conjunto, y en él el grito de Jesús parece un simple recuerdo de lo dicho por Mc.

               Según Mc, al morir Jesús tiene lugar un portento: «la cortina del santuario se rasgó en dos de arriba abajo». Es el símbolo de un mundo que termina, de que lo invisible se hace visible. A este detalle, Mt añade otros que pueden parecer­nos extraños, pero de gran valor simbólico. La muerte de Jesús supone el culmen de su debilidad. No ha podido salvarse a sí mismo. Y parece también el culmen del abandono de Dios: no lo ha salvado. Sin embargo, la muerte de Jesús va a ser una auténtica teofanía, una manifestación tremenda de poder en dos ámbitos: en la natura­leza, con el terremoto y las rocas que se rajan; en el ámbito de los muertos, donde muchos cuerpos resucitan y se aparecen más tarde en la ciudad santa. Estos prodigios resultan desconcertantes al lector moderno. Pero entran en la lógica de los antiguos judíos. Véase el texto siguiente, tomado del Talmud de Jerusalén:

«Al morir Rabí Aha, se vieron estrellas en pleno mediodía. Al morir rabí Hanan, las estatuas se doblaron. Al morir rabí Yohanan, las imágenes pintadas se doblaron… Al morir rabí Janini de Berato Horón, el lago de Tiberíades se dividió… Al morir rabí Isaac ben Eliasib, se derrumbaron setenta dinteles de casas que se bamboleaban en Galilea; se dice que habían resistido hasta entonces por el mérito de aquel rabino. Al morir rabí Samuel ben Isaac, fueron arrancados los cedros de la Tierra santa… durante tres horas, truenos y relámpagos surcaron la tierra, en testimonio de la buena conducta del anciano… Al morir rabí Yassa ben Halafta, los arroyos de Laodicea se llenaron de sangre; se dice que era una alusión a que aquel rabino había arriesgado su vida por cumplir el precepto de la circuncisión. Al morir rabí Abahu, lloraron las columnas de Cesarea» (Tratado Abodá Zará 3,1).

               La idea de fondo es clara. Cuando muere un personaje impor­tante, que ha tenido especial relación con Dios, siempre ocurre algún portento. En este contexto cultural, resulta evidente que los evangelistas no pueden contar la muerte de Jesús sin añadir algún detalle prodigioso que signifique la importancia de su persona y simbolice la transcendencia de su obra. En todos estos casos, lo importante no es lo que se cuenta (pura ficción), sino lo que se quiere dar a entender (la especial relación de ese hombre con Dios).

               Ante esta teofanía, los únicos que perciben su sentido son el centurión «y los que estaban con él».

               La última noticia se refiere a las mujeres que estaban presentes «mirando desde lejos», y a la sepultura de Jesús. La noticia tiene algo de consolador y de trágico al mismo tiempo. Consolador, por la presencia; trágico, por la lejanía. Por otra parte, las mujeres comienzan a adquirir una importancia capital en el relato: ellas serán las únicas testigos de la muerte y de la resurrección de Jesús.

VII. EN EL SEPULCRO (27,62-66)

               La última sección está compuesta por dos breves episodios, uno basado en Mc (la sepultura de Jesús) y otro exclusivo de Mt (los guardias).

               Los guardias en la tumba

               El segundo, exclusivo de Mt, se basa en la polémica antiju­día, para demostrar la realidad de la resurrección de Jesús. Sólo aquí aparecen los fariseos en el relato de la Pasión.

RESUMEN FINAL

Teniendo especialmente en cuenta los episodios que añade o modifica Mateo, podemos distinguir los siguientes aspectos en su relato:

  1. El enfoque cristológico: Jesús es consciente de que va a la pasión.
  2. El enfoque jurídico: injusticia del proceso y culpabilidad de las autoridades judías.
  3. Otras ideas teológicas: los paganos son los que perciben mejor la inocencia y dignidad de Jesús. La mujer de Pilato, el centurión en la cruz (que empalma con la visita de los Magos de Oriente a adorar a Jesús ).

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Domingo de Ramos . 9 de Abril, 2017

domingo, 9 de abril de 2017
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domingo-de-ramos

“Tomad y comed, esto es mi cuerpo…

…esta es mi sangre.”

(Mt26, 14-27,66)

Con los gritos de: ¡Viva el Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Viva el Altísimo! el Domingo de Ramos nos introduce en el núcleo del Evangelio, en la Pasión y Muerte de Jesús.

Lo más genuinamente cristiano, el anuncio de la Pasión, nos une directamente con las primeras comunidades, que se reunían para la fracción del pan y recordaban juntas los últimos días de su Maestro.

Precisamente de los relatos de la Pasión brotaron después el resto de los evangelios, las parábolas, los milagros, los encuentros…

Por eso hoy es un buen día para sentarnos entre aquellos primeros seguidores y seguidoras del Maestro. Entrar en una casa o acercarnos a la orilla del río donde se reunían…. ¡Y abrir el corazón! Para que la escucha de la Pasión de Jesús se convierta en algo nuevo. Para que recupere la fuerza de convertir nuestra mente y nuestro corazón.

Busca un momento tranquilo y un lugar silencioso. Lee lentamente la Pasión en el evangelio de Mateo.

Deja que la traición de Judas te sorprenda, te incomode o te llene de incomprensión. Observa como los poderosos ponen precio y deciden sobre la vida de quien les estorba.

Detente también en la infidelidad y la flaqueza de los amigos que no son capaces de acompañar el dolor y la angustia de Jesús. Mira como huyen quienes alardeaban de acompañar al Maestro hasta la muerte si era necesario.

Piensa en como somos capaces de convertir un gesto de amor, de amistad. Un beso. En un gesto de traición.

No rehúyas la tensión de un juicio injusto, clandestino, lleno de irregularidades. Donde la mentira y la corrupción campan a sus anchas.

Nadie, absolutamente nadie es capaz de ponerse de parte del inocente. Ni siquiera Pilatos, el más poderoso, es capaz de encontrar la manera de liberarlo y es que su prestigio y sus intereses están en juego.

Las multitudes, que unos días antes habían aclamado a Jesús como Bendito, como Hijo de David, ahora gritan pidiendo su condena, su muerte.

El mal, la oscuridad, la más profunda tiniebla crece y se cierne sobre Jesús.

Y ahora contempla cómo Jesús es la luz que no vencen las tinieblas. Como responde con amor a la traición y a la infidelidad. Como corta la espiral de la mentira sin dejarse sobornar.

El protagonista de la Pasión es el AMOR con mayúsculas, no la maldad humana. El pecado no tiene la última palabra. El egoísmo y la traición, aunque fuertes y poderosos no pueden vencer a la verdad ni menos aun al amor misericordioso.

El último aliento de Jesús sobre la cruz nos devuelve a la VIDA. Es la fuerza del Amor Entregado.

Oración

Enséñanos, Trinidad Santa, a contemplar tu amor entregado recorriendo la pasión de la historia humana.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús nos salvó viviendo.

domingo, 9 de abril de 2017
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odresnuevos-evangelio-09-abril-color-libreta-2017Mt 26,14-27,66

Es muy difícil precisar el sentido exacto que pudo dar Jesús a la entrada en Jerusalén de ese modo tan peculiar. Seguramente no coincidió con la interpretación que le dieron sus discípulos y la gente que le seguía. Cuando se fijaron por escrito estos relatos, ya habían pasado cuarenta o cincuenta años, y sus seguidores habían cambiado radicalmente la comprensión de Jesús. En estos textos se han mezclado datos históricos, prejuicios sobre el Mesías y tradiciones del AT sobre otra clase de mesianismo que no era el oficial.

Con los datos que hoy tenemos no podemos pensar en una entrada “triunfal”. Si era política, no lo hubiera permitido el poder romano. Si era religiosa, no lo hubiera permitido el poder religioso. Ambos tenían medios más que suficientes para actuar contra una manifestación masiva. Mucho más en Pascua, que era momento de máxima alerta policial. No cabe duda de que algo pasó históricamente, pero no debemos imaginarlo como un acto espectacular, sino como un acto profético.

Seguramente se trató de una muestra de adhesión por parte del pequeño grupo que acompañaba a Jesús, a los que posiblemente se unieron otros que venían de Judea y Galilea. Recordemos que la subida a la fiesta de Pascua se hacía siempre en grupos numerosos y festivos, en los que se manifestaba el júbilo por acercarse a la ciudad santa y al Templo. Los gritos son intentos de dar una explicación a lo que estaba ocurriendo. Lo mismo los mantos y ramos expresan la actitud de los que seguían a Jesús.

La inmensa mayoría del pueblo estuvo siempre del lado de los jefes. Estos son los que piden la muerte de Jesús. No tiene sentido insistir en que el mismo pueblo que lo aclama hoy como Rey, pida el viernes su crucifixión. Tampoco podemos minimizar el número de los seguidores de Jesús. Los evangelios nos dicen que en varias ocasiones los dirigentes no se atrevieron a detenerle en público por el gran número de seguidores. El hecho de que lo detuvieran de noche con la ayuda de un traidor, indica el miedo de los dirigentes.

La Pasión y muerte de Jesús

Pocos aspectos de la vida de Jesús han sido tan manipulados como su muerte. Llegar a pensar que a Dios le encanta el sufrimiento humano y que por lo tanto no solo hay que aceptarlo, sino buscarlo voluntariamente, ha sido tal vez la mayor tergiversación del Dios de Jesús. Desde esta perspectiva, es lógico que se pensara en un Dios que exige la muerte de su propio hijo para poder perdonar los pecados de los seres humanos. Esta idea es lo más contrario a la predicación de Jesús sobre Dios que pudiéramos imaginar.

La muerte de Jesús no fue ni exigida, ni programada, ni permitida por Dios. El Dios de Jesús no necesita sangre para poder perdonarnos. Seguir hablando de la muerte de Jesús como condición para que Dios nos libre de nuestros pecados, es la negación más rotunda del Dios de Jesús. Esa manera de explicar el sentido de la muerte de Jesús no nos sirve hoy de nada, es más, no mete en un callejón sin salida. La muerte de Jesús, desvinculada de su predicación y de su vida no tiene el más mínimo valor o significado.

La muerte en la cruz no fue el paso obligado para llegar a la gloria. El domingo pasado veíamos que la muerte biológica no quita ni añade nada a la verdadera Vida. Con vida plena puede uno estar muerto, y en la misma muerte biológica puede haber plenitud de Vida. Jesús murió por ser fiel a Dios. Jesús quiso dejar claro, que seguir amando como Dios ama, es más importante que conservar la vida biológica. No murió para que Dios nos amara, sino para demostrar que ya nos ama, con un amor incondicional.

A Jesús le mataron porque estorbaba a aquellos que habían hecho de Dios y religión un instrumento de dominio y opresión de los más débiles. La muerte de Jesús no se puede separar de su profetismo, es decir, de su denuncia de la injusticia, sobre todo, la que se ejercía en nombre de la Ley y el templo. Su opción por los pobres y excluidos fue su mensaje fundamental. Esta actitud, defendida en nombre de Dios, resultó inaguantable para los que sólo buscaban su interés y mantener sus privilegios.

Al demostrar que para él el amor era más importante que la vida, Jesús nos enseña el camino hacia la Vida definitiva y no es afectada por la muerte biológica. Ese camino nos lleva a la plenitud humana, que no está en asegurar nuestro “ego”, ni aquí ni en un más allá, sino en alcanzar la plenitud del amor que nos identifica con Dios. Amando como Dios ama potenciamos nuestro verdadero ser y lo llevamos al máximo de sus posibilidades.

Tenemos que descubrir la presencia de ese Dios en nuestro sufrimiento, en nuestra misma muerte. No podemos seguir buscando nuestra plenitud en el triunfo y en la gloria. La prueba de esta incomprensión es que seguimos preguntando: ¿Por qué tanto sufrimiento y tanta muerte? ¿Dónde está el Dios Padre? Seguimos pensando que el dolor y la muerte son incompatibles con Dios. Un Dios que no nos dé seguridades, no nos interesa. Un Dios que no garantice la permanencia del yo egoísta no nos interesa.

Está claro que una parte de nosotros está con los dirigentes y no quiere saber nada del dolor y de la muerte. “No quiero cantar ni puedo…” Otra parte de nosotros se siente atraída por ese hombre que viene a manifestar la verdadera Vida y que en ese camino hacia la plenitud, no da ninguna importancia a la vida terrena. En el fondo de nosotros mismos, algo nos dice que Jesús tiene razón, que el único camino hacia la Vida es aceptar la muerte. Pero despegarnos de nuestro “yo” sigue siendo una meta inalcanzable.

Si descubrimos que Jesús llegó al grado máximo de humanidad cuando fue capaz de amar por encima de la muerte, descubriremos donde está la verdadera Vida. El secreto está en descubrir que no puede haber Vida si no se acepta la muerte. También la muerte física, pero sobre todo la muerte a nuestro “ego” individualista. Jesús nos enseña que estamos aquí para deshacernos de todo lo que hay en nosotros de terreno, de caduco, de material, para que lo que hay de Divino se manifieste en Unidad-Amor.

A través de discursos racionales, por muy brillantes que estos sean, nunca podremos entender el mensaje de Jesús. Solamente profundizando en lo más hondo de mí mismo, llegaré a comprender el sentido profundamente humano de mi existencia. Lo paradójico es que cuando descubra mi verdadera humanidad, entenderé lo que tengo de divino y se producirá la unidad de todo mi ser. En la recuperación de la unidad de lo que no era más que un dualismo maniqueo, encontraré la verdadera armonía y felicidad.

Meditación

Escucha con atención la Pasión, pero ve más allá del relato.
Intenta descubrir el sentido profundo del mensaje.
Deja que te empape el misterio de la VIDA, manifestado en Jesús.
Su muerte es el signo inequívoco del amor absoluto.
………………

El valor de esa VIDA se manifiesta en que la muerte no puede con ella.
La VIDA es más fuerte que la muerte en Jesús y en todo el que la viva.
La VIDA está ya en ti, pero puede que no la hayas descubierto.
Aprovecha estos días para ahondar en tu propio pozo y descubrirla.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¿Un Dios de qué Universo?

domingo, 9 de abril de 2017
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mateo-26-14-27-27-1-66-10-660x330Sea lo que sea que os imagináis, Dios es justo lo contrario (Dhu-l-Nun)

Domingo 9 de abril. Domingo de Ramos

Mt 21, 1-11

Bendito el que viene en nombre del Señor

¿A qué Señor se referían los que delante y detrás cuando aclamaban a Jesús alfombrando con ramas y mantos el camino? ¿A un Dios desconocido? Los griegos adoraban a un Dios que ellos llamaban “agnostos Theos”. Y Pablo de Tarso, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: “Atenienses, observo que sois extremadamente religiosos. Paseando y observando vuestros lugares de culto sorprendí un ara con esta inscripción: “Al Dios desconocido” (Hch 17, 23).

¿Un Dios sin Dios cabe perdido fuera de mi mismo? Un  Dios entre paréntesis, errante y sin destino, lejos de todo alcance. ¿Por dónde anda Elohim, creador todopoderoso que está en todas partes y con quien según  Gn 32 luchó Jacob en Penuel;  Adonai, Amo y Señor majestuoso que Isaías, 6,  vio sentado sobre un trono (Is 6, 1); o YAHWEH, “Yo soy el que soy” (Éx 3, 14,), el único Dios verdadero?

Escribiendo el presente artículo me llega noticia de la obra de Javier Melloni y de José Cobo, titulada Dios sin Dios (Fragmenta editorial 2015). Ambos autores abordan en profundidad el tema que aquí desarrollamos.

En Eclipse de Dios (Ediciones Sígueme), dice el filósofo judío austríaco Martin Buber (1878-1865) que “existe un eclipse de Dios de igual forma que existe un eclipse solar, y la hora que nos toca vivir es una hora de tinieblas”. Hora en la que metafóricamente podríamos afirmar que Dios ha desaparecido del mapa.

En el NT nadie se declara personalmente hijo engendrado por Dios Padre. Una de las condiciones que Estados Unidos  impuso al Emperador del Japón, Hirohito, fue que debía abandonar su status divino.  En el documento que el general Douglas MacArhur le hizo firmar en 1946 -final de la II Guerra Mundial- le obligó a firmar el documento llamado “Ningen Sengen”: Declaración de humanidad. Una renuncia del emperador a ser un “arahitogami” -Dios con forma de humano- y a admitir ser un humano normal y corriente. Veinte siglos antes, Jesús de Nazareth jamás se consideró otra cosa.

Para Eckhart y otros místicos, “Dios no está en ninguna parte… Dios no está ni aquí ni allí, ni en el tiempo ni en el espacio…; quienquiera que lo busque en algún lugar no lo encontrará”.Más que una búsqueda, lo que proponen -como también hace el budismo- es mantener una alerta pasiva que permita a Dios fluir a través nuestro“El hombre noble deberá librarse de Dios mismo, de todo conocimiento de Dios, para que el vacío absoluto reine en él”,son sus palabras.

Uno de los fragmentos más famosos, y lleno de misterio, es aquel en el que el Maestro nos dice que “Quien quiera ver a Dios tiene que ser ciego” (Sermón 72). Eckhart nos invita a separar todo añadido de la deidad y tomarla desnuda en sí misma. “Un Dios sin Dios” del que hasta ahora ninguna Religión ha prescindido. Una mística beguina, Margarita Porete (1250-1310), condenada a la hoguera por herejía, dijo: “No hay otro Dios que aquel de quien nada puede conocerse”. El compositor alemán Johann Pachelbel (1653-1706) honró su memoria con un bellísimo Canon en Re Mayor para tres violines y bajo continuo.

“Sea lo que sea que os imagináis, Dios es justo lo contrario” (Dhu-l-Nun, místico sufí egipcio, siglo IX).

EL TILO

“Un no sé qué que queda balbuciendo” (Juan de la Cruz)

Las calles tiemblan en el pueblo, y tiemblan
serpenteando valles, los caminos.
Buscan al Dios que en su asfalto escribieron,
sin ellos desearlo ni pedirlo,
los pies que sin descanso caminaron
con llagas y con llantos, doloridos.

¡Puerta de Brandeburgo abierta al alma
de la Gran Avenida de los Tilos!
En las ramas, las hojas amorosas
cordiformes. Y en forma de racimo
las flores aromáticas que alivian
el trágico dolor de los sentidos.

¡Unter den Linden berlinesa,
he soñado esta noche con tus tilos!
Han temblado las calles de mi pueblo.
Y en los valles del alma, los caminos
ya no llevan al Dios que yo buscaba:
“¡Un no sé qué que queda balbuciendo!”

(NATURALIA. El sueño de las criaturas. Ediciones Feadulta)

 Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Del cenáculo al sepulcro. ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús?

domingo, 9 de abril de 2017
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10098679944_95fb40f811_zMt 26, 14-27,66

Con el Domingo de Ramos damos comienzo a la semana más solemne del año litúrgico: la Semana Santa, en la que todos, como Iglesia, recordamos y actualizamos en  fe el Misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, nuestro Señor.

Esta solemnidad, acompañada por numerosos símbolos (la bendición de los ramos, la procesión, los cantos alegres, la lectura completa de la Pasión…) nos ayuda a prepararnos y disponernos para lo que vamos a celebrar durante toda la semana. En concreto, la Liturgia de la Palabra así lo proclama: ¡Jesús es el Señor, el Rey! De este modo es aclamado cuando atraviesa las puertas de Jerusalén. Así es nombrado por los soldados en medio de sus burlas y asimismo se lee en el letrero que sitúan en la cruz donde es colgado. Paradójicamente sólo atravesando la experiencia de muerte, sólo experimentando el fracaso de la cruz, podrán sus discípulos comenzar a reconocerle no como el rey que esperaban, sino como el Rey cuyo reinado está ofrecido a los sencillos, a los humildes, a los empobrecidos… Es el reinado del Amor, de la Esperanza, de la Alegría. Sólo así podremos reconocer en Jesús al Rey del Universo, al Señor de la Vida.

A esto nos invita la liturgia cuando nos propone como lectura del Evangelio toda la narración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Es esta una bellísima forma de resituarnos, de llamar nuestra atención para que no se nos escape el sentido profundo de lo que vamos a celebrar.

El propio relato no necesita comentarios. Lo conocemos bien. La invitación es a no quedarnos ante esta lectura únicamente como meros espectadores, viendo cómo Jesús es conducido de un lado para otro (de Getsemaní a la casa de Caifás, y de ahí al tribunal de Pilatos, el camino hacia el Gólgota y finalmente el sepulcro). Somos invitados a introducirnos en el texto como un personaje más, a implicarnos en él, a dejarnos cuestionar. Y una manera posible para ello quizás pude ser poner atención a todas las preguntas o interrogantes que se pronuncian en el relato.

Toda pregunta reclama una respuesta. Y toda pregunta parte de una búsqueda o una necesidad. Cada una de las que en este evangelio se pronuncian nos invita a nosotros a responderla y, sobre todo, a situarnos ante Jesús.

Fijémonos en algunas de las cuestiones que se articulan: “¿Qué me dais si os lo entrego?”, pregunta Judas. “¿Dónde quieres que te preparemos la cena de pascua?”, cuestionan los discípulos. “¿Soy yo, Señor? ¿Soy yo acaso, Maestro?”“¿Con que no habéis podido estar en vela conmigo ni siquiera una hora? ¿Todavía estáis durmiendo y descansando?” les pregunta Jesús en Getsemaní. Más adelante escuchamos algunas otras que nos interpelan con fuerza: “¿A nosotros qué?, preguntan los sacerdotes y ancianos cuando Judas se arrepiente de haber traicionado a su amigo y reconoce: “He pecado entregando a un inocente”. O la pregunta inquietante de Jesús, ya en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.

Cada pregunta nos va a obligar a dar una respuesta. Cada pregunta nos puede ayudar a cuestionarnos nuestra propia vida: ¿por cuánto entrego a Jesús?, ¿por cuánto entrego a los “Jesús” de hoy?, ¿estoy despierta/o o dormida/o junto ante el sufrimiento de mis hermanos?, ¿a mí qué la vida de los demás?, ¿me importan las otras personas de verdad? Podremos preguntarnos también con quién nos identificamos: ¿acaso con Judas, que le entrega?, ¿con Caifás o Pilatos?, ¿con los discípulos que huyen?, ¿con Pedro que niega?, ¿con Simón de Cirene que comparte el peso de la cruz con Jesús?, ¿con las mujeres que permanecen junto a la cruz?, ¿con José de Arimatea que se presenta ante Pilato para pedir el cuerpo de Jesús?, ¿con María Magdalena y la otra María que permanecen sentadas frente al sepulcro, acompañando hasta más allá de lo impensable?…

Muchas cuestiones, muchas propuestas para saborear la Palabra que nos abre a la celebración del Misterio Pascual. Que acompañar al Amor que se entrega para darnos Vida nos transforme en lo más profundo.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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“Para excluídos”. 26 de marzo de 2017. 4 Cuaresma (A). Juan 9,1- 41.

domingo, 26 de marzo de 2017
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timthumb-php_-682x1024Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.

Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.

Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.

Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.

El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.

El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No esta lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.

Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.

¿Quien llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola

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“Fue, se lavó, y volvió con vista”. Domingo 26 de marzo de 2017. Domingo 4º de Cuaresma, ciclo A.

domingo, 26 de marzo de 2017
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17-CuaresmaA4Leído en Koinonia:

1Sm 16,1b.6-7.10-13ª: David es ungido rey de Israel
Salmo responsorial 22: El señor es mi pastor, nada me falta
Ef 5,8-14: Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz
Jn 9,1-41: Fue, se lavó, y volvió con vista

El pueblo de Dios se planteó desde antiguo un gran problema: ¿cómo saber quién es el enviado de Dios? Muchos aparecían haciendo alarde de sus habilidades físicas, de su astucia, de su sabiduría, incluso, de su profunda religiosidad, pero era muy difícil saber quien procedía de acuerdo con la voluntad del Señor y quien quería ser líder únicamente para obtener el poder.

En la época de Samuel la situación era realmente complicada. El profeta, movido por el Espíritu de Dios, buscó un líder que sacara al pueblo del difícil atolladero de la crisis interna de las instituciones tribales y de la amenaza de los filisteos. Surgió Saúl, un muchacho distinguido, de buena familia y de extraordinaria complexión física. Los hebreos más pudientes lo apoyaron de inmediato, esperando que el nuevo rey lograra controlar el avance de los filisteos. Sin embargo, el nuevo rey en poco tiempo se convirtió en un tirano insoportable que agravó el conflicto interno y que, por sus constantes cambios de comportamiento, comprometió seriamente la seguridad de las tierras cultivables. Samuel, entonces, pensó que la solución era ungir un nuevo rey, una persona que se pudiera hacer cargo de la situación. La unción profética se convirtió, en aquel momento, en el medio por el cual se legitimaba la acción de un nuevo líder ‘salvador’ del pueblo. Siglos más tarde, los profetas se dieron cuenta de que no bastaba cambiar el rey para cambiar la situación, sino que era necesario buscar un sistema social que respetara los ideales tribales, lo que luego se llamo ‘el derecho divino’. Sin embargo, subsistió la idea de que el ‘líder salvador’ tenía que ser designado por un profeta reconocido. De este modo, la unción de los caudillos de Israel pasó a ser un símbolo de esperanza en un futuro mejor, más acorde con los planes de Dios.

En la época del Nuevo Testamento, el pueblo de Dios que habitaba en Palestina enfrentó un gran reto: ¿cómo hacer reconocer a Jesús como ungido del Señor? Aunque Jesús había conocido a Juan Bautista y, luego, había retomado su predicación, se cernía aún sobre él la duda, debido a su origen humilde, a la manera tan diferente de interpretar la ley y a su poca vinculación con el templo y sus rituales. Muchos se oponían a reconocer que él era un profeta ungido por el Señor, movidos simplemente por prejuicios culturales y sociales. La comunidad cristiana tuvo que abrirse paso en medio de estos obstáculos y proclamar la legitimidad de la misión de Jesús. Solamente quien conociera la obra del Nazareno, su entrañable amor a la vida, su dedicación a los pobres, su predicación del reinado de Dios, podía reconocer que él era el “ungido”, el “Mesías” (como se dice en hebreo), o el “Cristo” (como se dice en griego).

Las ‘señales y prodigios’ que Jesús actuó en medio de la gente pobre causaron gran impacto y, por esto, fueron motivo de controversia. Los opositores del cristianismo veían en las sanaciones que Jesús obraba, simplemente la labor de un curandero. Sus discípulos, por el contrario, comprendían todo su valor liberador y salvífico. Pues, no se trataba sólo de poner remedio a las limitaciones humanas, sino de devolverle toda la dignidad al ser humano. La persona que recuperaba la visión podía descubrir que su problema no era un castigo de Dios por los pecados de sus antepasados, ni una terrible prueba del destino. Era una persona que pasana de la desesperación a la fe y descubría en Jesús al profeta, al ungido del Señor. Su problema, una limitación física, se le había convertido en una terrible marca social y religiosa. Pero, el problema no era su limitación visual, sino la terrible carga de desprecio que la cultura le había impuesto. Jesús lo libera del insufrible peso de la marginación social y lo conduce hacia una comunidad donde lo aceptan por lo que él es, sin importar las etiquetas que los prejuicios sociales le habían impuesto.

En el evangelio se nos relata una especie de drama entre los vecinos del lugar donde el ciego solía pedir limosna, los fariseos que eran un grupo de judíos piadosos y cumplidores de la ley y los “judíos” en general, una expresión genérica con la que el evangelista designa a las altas autoridades religiosas del pueblo judío de la época de Jesús. Hasta los padres del ciego son involucrados en el drama.

Se trata de un verdadero «drama teológico», simbólico, de una gran belleza literaria. De ninguna manera se trata de una narración cuasiperiodística de unos hechos históricos, o de un relato que nos describa ingenuamente cómo sucedieron las cosas. No olvidemos que es Juan quien escribe, y que su evangelio se mueve siempre en un alto nivel de sofisticación, de recurso al símbolo y a la insinuación indirecta. Si tenemos que dirigir la palabra en la homilía, conviene no «contar» las cosas como quien cuenta hechos históricos tal cual, como si estuviera entreteniendo a unos niños. Los oyentes son adultos y agradecen que se les trate como a tales, sin abusar de que se tiene la palabra en un ámbito litúrgico donde por respeto nadie va a levantar la mano ni menos a contradecir, y que por eso se puede decir cualquier cosa, que «todo cuela» en ese ambiente.

En el «drama teológico» que hoy leemos, de Juan, el ciego se convierte en el centro. Todos se preguntan cómo es posible que un ciego de nacimiento sea ahora capaz de ver. Sospechan que algo grande ha sucedido, preguntan por el que ha hecho ver al ciego, pero no llegan a creer que Jesús sea la causa de la luz de los ojos del ciego. Un simple hombre como Jesús no les parece capaz de obrar tales maravillas. Menos aún habiéndolas obrado en sábado, día sagrado de descanso que los fariseos se empeñaban en guardar de manera escrupulosa. Y menos aún siendo el ciego un pobretón que pedía limosna al pie de una de las puertas de la ciudad. Todos interrogan al pobre ciego que ahora ve: los vecinos, los fariseos, los jefes del templo. Jesús se hace encontradizo con él, solidariamente, al enterarse de que lo han expulsado de la sinagoga. Y en este nuevo encuentro con Jesús el ciego llega a «ver plenamente», a «ver» no sólo la luz, sino la «gloria» de Dios, reconociendo en él al enviado definitivo de Dios, el Hijo del hombre escatológico, el Señor digno de ser adorado… Es el mensaje que Juan nos quiere transmitir narrando un drama teológico -como es su estilo- más que afirmando proposiciones abstractas -como hubiera hecho si hubiera sido de formación filosófica griega-.

Al final del texto las palabras que Juan pone en labios de Jesús hacen explotar el mensaje teológico del drama: Jesús es un juicio, es el juicio del mundo, que viene a poner al mundo patas arriba: los que veían no ven, y los que no veían consiguen ver. ¿Y qué es lo que hay que ver? A Jesús. Él es la luz que ilumina.

No haría falta echarle metafísica y ontología griega a este drama… Es un lenguaje de «confesión de fe». La comunidad de Juan está «entusiasmada», llena de gozo y de amor, poseída realmente por el descubrimiento que ha hecho en Jesús. Sienten que Él les cambia el mundo, que ven las cosas al revés que antes, y que es en Él en quien Dios se les ha hecho patente. Y así lo confiesan. No hace falta más. La ontología de los siglos subsiguientes es cultural, occidental, griega. Para el caso, sobra.

¿Qué significa hoy para nosotros? Lo mismo, sólo que a 20 siglos de distancia. Con más perspectiva, con más sentido crítico, con más conciencia de la relatividad (no digamos “relativismo”) de nuestras afirmaciones, sin fanatismos ni exclusivismos, sabiendo que la misma manifestación de Dios se ha dado en tantos otros lugares, en tantas otras religiones, a través de tantos otros mediadores. Pero con la misma alegría, el mismo amor y el mismo convencimiento. Leer más…

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Dom 26.3.17. La rebelión del ciego de nacimiento

domingo, 26 de marzo de 2017
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doming6Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo A. Jn 9, 1-41. Comenté el domingo pasado el texto de la samaritana, el próximo comentaré la resurrección de Lázaro; hoy toca la historia del ciego de nacimiento.

Como dije en la postal de ayer, la liturgia de estos tres domingos de cuaresma (tercero, cuarto y quinto), ofrece una cuidadosa selección de tres pasajes del evangelio de Juan, que ofrecen una catequesis simbólica que culmina en el Bautismo, el día de Pascua.

El domingo pasado fue el agua de la vida en relación con los samaritanos. Hoy es la luz de la verdad, en relación con los maestros de Jerusalén. Luz, esto es Jesús: agua que cura, palabra que libera para vivir y confesar el amor más alto.

Éste es un evangelio (una catequesis) de iluminación, como lo ha puesto de relieve desde antiguo la liturgia cristiana, reflejada en el precioso icono de la imagen (con Jesús y el ciego, la fuente bautismal, los que critican…).

Pero éste es, al mismo tiempo, un texto de rebelión… Es el testimonio de Jesús que se rebela contra aquellos que quieren mantener a los hombres a ciegas, para dominarles por su tipo de ley, por su egoísmo… Pues bien, en contra de eso, Jesús dice a este ciego de Siloé que se rebele, que no siga estando ciego, al borde del camino… que vea por sí mismo, que decida, que confiese su nueva libertad, aunque eso le cueste el rechazo de la autoridades, incluso de sus mismos familiares.

Una maravilla de texto, que presentaré brevemente, con un poema final. Una maravilla de catequesis de cuaresma. Buen domingo a todos.

Texto. Juan 9,1-41

Es largo. A pesar de ello lo voy a reproducir entero. Es un prodigio, he dicho. Basta con leerlo y quedar. Si alguien quiere puede seguir después con mi comentario:

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. [Y sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quien pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?» Jesús contestó: «Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»

Dicho esto,] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado.» Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?» Unos decían: «El mismo.» Otros decían: «No es él, pero se le parece.» Él respondía: «Soy yo.»
[Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?» Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.» Le preguntaron: «¿Dónde está él?» Contestó: «No sé.»]

piscina-de-siloeLlevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.» Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.» Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?» Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?» Él contestó: «Que es un profeta.»

[Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?» Sus padres contestaron: «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.» Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.» Contestó él: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Le preguntan de nuevo: ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?» Les contestó: «Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?» Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:

«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.» Replicó él: «Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»]

Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?» Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús les dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.» Él dijo: «Creo, señor.» Y se postró ante él.

[Jesús añadió: «Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos.» Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: «¿También nosotros estamos ciegos?» Jesús les contestó: «Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»]

Un texto encuadrado en la liturgia

Éste ha sido desde el principio un texto de “liturgia”, una catequesis que la Iglesia vuelve a presentar en el tiempo de cuaresma, encuadrada en otras dos catequesis de cuaresma: 3ª Semana.- AGUA (relato de la Samaritana- Jn 4, 5-42) y
5ª semana.- RESURRECCIÓN (relato de la «resurrección» de Lázaro- Jn11,1-45)

Una historia de fondo. Tres encuentros de Jesús

Este “milagro” no tiene equivalente en los sinópticos. Eso no quiere decir que el evangelista Juan lo haya inventada. Posiblemente ha tomado una historia que corría en la tradición, una historia parecida a otros milagros de ciegos (cf. Mc 8, 22-26 y 10, 46-52: ciego de Betsaida, ciego de Jericó), y la ha adaptado y recreado, en el escenario más solemne de Jerusalén, con la aguas de Siloé (bajo el templo), con Jesús como luz, en el contexto de las disputas de algunos cristianos con otros grupos de judíos sobre la luz verdadera (en el trasfondo del sábado judío y de la obra de Dios)

Quiero ofrecer un recuerdo. Hace cincuenta años, el curso 1967/1968, el prof. Ignace de la Potterie nos ofreció todo un semestre (cuatro lecciones por semana) sobre este pasaje, en el Bíblico de Roma.

No dijo todo lo que se puede decir; yo no recuerdo ahora todo lo que dijo, pero fue un tiempo de gracia, como descubrir la luz y la verdad y la libertad, en el mismo entorno de Jerusalén, en el camino que va de la ciudad alta y del templo a la baja, con el agua… en el camino que va de la ley a la libertad, en con contexto más solemne de la transformación mesiánica:


La Samaritana
era el signo de la mujer/pueblo que busca la vida del agua, la vida en libertad, sin estar esclavizada por maridos y maridos que pasan sin quedar, junto al pozo de Jacob, sin Sicar/Samaría. Se supone que es “pecadora”, pero no ella como persona, sino por toda la historia que lleva detrás y que le arrastra.

Este ciego es el hombre que no logra ver “por nacimiento”, es decir, por condición humana. No, no se trata de pecado, sino de la misma situación vital, de la ceguera humana, que se expresa, de un modo claro, en este hombre. Hay muchos que le quieren enseñar a ver (los maestros del judaísmo de la ley), pero le dejan en la ceguera. Es una ceguera que empieza siendo externa (no ver las cosas, no comprender el sentido de la vida) y que termina siendo interior (no saber quién soy, en quien puedo confiar, vivir utilizado por otros)

Vendrá después el muerto, Lázaro en la tumba. Recordemos los encuentro de Buda (el enfermo, el anciano, el muerto…). Aquí tenemos tres encuentros de Jesús: la mujer esclavizada, el hombre ciego, el muerto… Sólo aquí, ante la tumba, se podrá proclamar la palabra de vida.

Pero vengamos al ciego: la rebelión de los ciegos

Jesús no explica (tampoco explica Buda). Jesús no hace una teoría sobre el origen de la ceguera (¿quién pecó?). Hace algo más grande. Dice que tenemos que ayudarle y le ayuda, llevándole de las leyes de la ciudad alta (dominada por sacerdotes y escribas) a la fuente de la vida, abajo, en el manantial de Siloé, que es signo profético de abundancia y claridad futura.

El “pecado” de este ciego de nacimiento es el pecado de todos los hombres que no le ayudan, que no quieren entenderle, que le someten a sus leyes y conveniencia… Pues bien, Jesús no tiene una “compasión” externa de este ciego, sino que le dice que sea él mismo, que asuma su propia tarea, que baje al agua, que se limpie… Él mismo le pone barro en sus ojos (barro de saliva, de aliento vital…) y le dice que vaya, que se limpie, que vea, que no tenga miedo.

Los maestros de la Ley escribas o doctores, querían dominar al ciego, dirigirle y tenerle bajo su “influjo”. Ellos aparecían como buenos videntes, como guías perfectos…, para consolar a los ciegos y dejarles en su ceguera. Jesús, en cambio, no consuela el ciego (en un sentido superficial), sino que le dice que vaya, que asuma su destino, que se limpie, que sea él mismo, que vea, aunque ello implique el riesgo de que le echen de los “sanedrines y sinagogas”.

En el fondo, Jesús pide al ciego que se rebele contra una ley de ceguera, que le obliga a mendigar, bajo la “caridad” de los maestros ciegos, que viven a costa de la ceguera de los demás. Le pide que se rebele, que deje su puesto de mendigo, que no tenga miedo al “qué dirán”, que sea él mismo, que vea. Leer más…

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“Una historia en siete escenas y quince preguntas”. Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo A.

domingo, 26 de marzo de 2017
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ciego-de-nacimientoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

  1ª escena: Los discípulos y Jesús. 1ª pregunta

(La escena tiene lugar al comienzo de las escaleras que conducen al templo de Jerusalén. Un hombre de unos veinte años, ciego, está sentado pidiendo limosna. Jesús y sus discípulos se aproximan a él entrando por la izquierda. Felipe mira al ciego con detenimiento y comienza a discutir con Bartolomé. Luego se acercan a Jesús.)

Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
-«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
Jesús contestó:
-«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»

2ª escena: Jesús y el ciego

Dicho esto, escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo:
-«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista.

3ª escena: Los vecinos y el ciego. 2ª – 4ª preguntas

(Una calle de Jerusalén. Un grupo de personas rodea al ciego. Otros comentan entre ellos a corta distancia.)

Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
¿No es ése el que se sentaba a pedir?
Unos decían:
-«El mismo.»
Otros decían:
-«No es él, pero se le parece.»
Él respondía:
-«Soy yo.»
Y le preguntaban:
¿Y cómo se te han abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver. »
Le preguntaron:
«¿Dónde está él?»
Contestó:
-«No sé.»

4ª escena: Los fariseos y el ciego. 5ª y 6ª preguntas

(Amplia sala de reunión, con asientos en semicírculo. Al fondo, una ventana ilumina la escena, sin restarle cierto aire tétrico a la sala. A la derecha, una puerta. Los fariseos están sentados y el ciego de pie en el centro. Dos guardias también de pie junto a la puerta.)

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó:
-«Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban:
-«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban:
¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos.
Y volvieron a preguntarle al ciego:
-«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó:
-«Que es un profeta.»

5ª escena: Los fariseos y los padres. 7ª y 8ª preguntas

(A una señal del presidente, los guardias se llevan al ciego por la puerta de la derecha. Vuelven poco después con un matrimonio de entre cuarenta y cincuenta años. Se les nota nerviosos y con miedo).

Los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Sus padres contestaron:
-«Sabernos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse. »
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»

6ª escena: Los fariseos y el ciego. 9ª-12ª preguntas

(Los guardias sacan fuera al matrimonio. Tras una acalorada discusión, el tribunal decide llamar por segunda vez al ciego. Entra escoltado por los dos guardias.)

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:
-«Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador. »
Contestó él:
-« Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.»
Le preguntan de nuevo:
¿«Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?»
Les contestó:
-«Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos? »
Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
-«Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.»
Replicó él:
-«Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»
Le replicaron:
-«Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.

7ª escena: Jesús, el ciego y los fariseos. 13ª-15ª preguntas

(La escena tiene lugar en la escalera de acceso al templo, como la escena primera.)

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó:
¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo:
-«Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo:
-«Creo, Señor.»
Y se postró ante él.
Jesús añadió:
-«Para un juicio he venido yo a este mundo; para que los que no ven vean, y los que ven queden ciegos.»
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
¿También nosotros estamos ciegos?»
Jesús les contestó:
-«Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.»

COMENTARIO

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable. ¿Usted ha oído hablar de algo parecido?» Me lo dice el padre de un ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a las autoridades. Un caso que tiene conmocionada a Jerusalén en estos días de la gran fiesta.

Todo comenzó el sábado pasado, cuando un muchacho ciego de nacimiento fue curado de su ceguera por un galileo llamado Jesús. Al parecer, entre sus discípulos se planteó la discusión de si era ciego por culpa propia o de sus padres. Jesús dijo que nadie tenía la culpa, se agachó a recoger un poco de polvo, escupió sobre él y untó el barro en los ojos del ciego. Luego le mandó lavarse en la piscina de Siloé. Y cuando lo hizo, comenzó a ver.

Este corresponsal ha intentado ponerse en contacto con el ciego pero le ha resultado imposible. Tampoco hay noticias de Jesús, que parece haber abandonado la ciudad. Según algunos, este galileo se considera superior a Abrahán y Moisés y no se siente obligado a observar el sábado. Las autoridades, preocupadas por el escándalo que está provocando en la población, convocaron al ciego como testigo de cargo contra Jesús. Según su padre, se comportó de manera imprudente y de testigo terminó en acusado y condenado. No se extrañen. Jerusalén no es Alejandría. En Jerusalén todo es posible.

De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.

Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La verdadera visión y la verdadera luz

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

* * *

En el evangelio dice Jesús a los discípulos: « Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado». La primera lectura de este domingo concreta algunos aspectos de estas obras de la luz.

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5, 8-14

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.
Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas.
Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

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Cuarto Domingo de Cuaresma. 26 Marzo, 2017

domingo, 26 de marzo de 2017
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div-cuaresma

“No sé si es pecador o no; solo sé que yo era ciego y ahora veo”.

(Jn 9, 1-41)

Muchas veces nos acercamos al evangelio con una actitud de “a ver qué me dice Jesús hoy”; buscamos sus palabras y las devoramos, sin prestar mucha atención a sus gestos, al contexto de la situación que nos narra el evangelio, y mejor no hablar de nuestro no fijarnos en los “personajes secundarios”.

Posemos nuestra mirada en el ciego de nacimiento, en su comportamiento, en sus pasos a lo largo de esta lectura. Comienza sin hacer nada, y sin decir nada. No busca acercarse a Jesús, ni pide que le sane… simplemente estaba ahí y “al pasar vio Jesús un hombre ciego de nacimiento”. Estaba y confiaba. Jesús toma la iniciativa, y él se presta. Le pone lodo en los ojos, y él se deja. Le manda ir a lavarse, y él va… y no dice nada.

Llegan las palabras. Le preguntan por Jesús y se lo ponen en bandeja para que conteste que es un pecador. Pero no cae en juzgar, en criticar al otro (en este caso a Jesús), no se fía de lo que le dicen y se basa en lo que él ha experimentado en primera persona, en lo él conoce de Jesús: “no sé si es pecador… sé que yo era ciego y ahora veo”, se basa en lo que Jesús había hecho con él. Le da la vista, le sana y pasa a ser un judío de los que cuentan.

Y ahora sí, ahora sí que tiene el valor de pedir a los fariseos que sean justos, que sean coherentes. Si se agarran a la Ley para juzgar a Jesús por no guardar el sábado, también se tienen que agarrar a ella para comprender que las actitudes en favor de los pobres vienen de Dios.

Ahora sí. Ahora ve, ahora habla, y las palabras que pronuncia no juzgan sino que piden justicia.

ORACIÓN

Abre nuestros ojos, Señor.

Abre nuestro corazón, Señor.

y pon en nuestros labios, tus palabras de justicia.

Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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