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1-2.11.23. Santos y difuntos: Así en la tierra como en el cielo

Miércoles, 1 de noviembre de 2023

IMG_1135Del blog de Xabier Pikaza: 

Conforme a la terminología del NT, “santos” son los que han/hemos sido santificados (elegidos para el Reino de Dios), debiendo comportarnos según eso de manera digna, según la grandeza de nuestra elección.

“Difuntos” son, por el contrario, los que han cumplido ya la tarea de la vida (son de-functi, sin función ni tarea que cumplir), pues Dios en/por Cristo ha “pagado” la deuda de la vida, de forma que están ya inmersos en la gloria infinita de su vida.

En resumen: los santos tienen/tenemos una tarea/función que cumplir sobre la tierra; los difuntos no tienen ya tarea ni oficio que cumplir, pues han sido per-donados por Dios en Cristo, liberados del duro ejercicio de las funciones de esta vida.

Introducción

Santos de este mundo, con tarea aún que cumplir, y difuntos, sin otra función que “ser/amar” (pues sólo en amor es su ejercicios: Juan de la Cruz), estamos integrados en la “fiesta” de la resurrección, propia de esos estos (1-2 XI 2023).

  Ciertamente, en sentido popular, estas dos fiestas han sido entendidas y se entienden de un modo algo distinto, y siga celebrándolas así, según su traducción quien así las tome, según las presenté, en la postal de RD y en FB de ayer, conforme a la sabia experiencia de mi amama/abuela. Hoy quiero presentarlas de un modo más teológico, siguiendo el argumento de mi Teología de la Biblia.

Según Hech 23, 1-10, defendiéndose ante el Sanedrín de Jerusalén, Pablo afirma que cristianos y los judíos fariseos (herederos del antiguo Israel, que perdura y se mantiene tras la caída del templo: 70 d.C.) comparten una misma fe en la resurrección, como elevación transfiguración de la humanidad Los fariseos laesperan para el fin de los tiempos. Los cristianos afirman que ella ha comenzado a realizar en la pascua de Jesús [1]. En este contexto podemos hablar de una segunda humanización.

− La primera humanización sucedió cuando el proceso biológico, extraordinariamente preciso y animado por la ‘naturaleza’, se abrió por dentro para que surgieran personas, es decir, sujetos humanos, dotados de libertad. Los códigos genéticos siguieron actuando, con su pequeño campo de variantes, y se estabilizó el genoma. Pero la misma constitución biológica de la humanidad se abrió a un nivel más alto de libertad y palabra personal, de manera que sin ella somos inviables como humanos. De aquella ruptura y más alto nacimiento provenimos, en ella nos mantenemos, como habitantes de dos mundos: somos cuerpo-genoma y alma-libertad, biología y pensamiento. Esa ruptura nos ha permitido crear las sociedades tradicionales, pero ellas están ahora en crisis.

La segunda humanización se funda en la primera, pues la base biológica perdura (seguimos siendo carne animada), pero nos hará pasar del nivel anterior, que había conducido de la biología inconsciente al sistema cultural de las tareas y funciones de este mundo al nivel más alto del Dios que es y vive en nosotros,   liberándonos de todo lo que no sea dejarnos amados y amor, en plenitud. 

Estes el cielo de los santos y difuntos de la patrística antigua,  tal como ha sido representada por los mosaístas bizantinos del ábside del  Baptisterio de San Juan de Florencia. Esta es la  segunda humanización se realizará (se está realizando) a través de un camino que puede tener momentos traumáticos, como los de Jesús que muere poniendo su vida en manos de la vida de Dios (reino) abriendo así un camino de resurrección para todos los creyentes (es decir, para aquellos que confían en la vida de Dios, que le llama, les enriquece y les introduce desde este mundo en la gloria sin fin de los difuntos, de aquellos que no tienen más función que vivir (ser revividos) en la existencia plena del Dios en quien vivimos, nos movemos y somos (Hech 17, 28).

                       En este contexto resulta básica la aportación de los antiguos “testigos” judíos y cristianos (cf. Dan 7 o Ap Jn 12-22), que ‘vieron’ hace tiempo lo que había de venir y así pueden ayudarnos a entenderlo y transformarlo (en comunión de gratuidad), de forma que sea el mismo Dios quien vive y actúa en nosotros, y nosotros no tengamos más función que dejarnos amar.

             El sistema del talión (ojo por ojo, amar a los amigos y odiar a los enemigos) quiere globalizar la vida humana  en una serie de funciones y tareas de tipo económico y social, como si de esa forma fuéramos capaces de alcanzar nuestro cielo (que es la vida de Dios). Pero ese cielo de la vida plena sólo podremos alcanzarlo cuando seamos de-functi, cuando estemos liberados de las duras funciones del mundo.

En esa línea, la tradición cristiana (y monoteísta) sabe que el único Dios real es el Amor, revelado como donación de sí, esto es, Ágape, que consiste en regalar la propia vida a otros, para así vivir en ellos. Hay un Amor-Eros que puede interpretarse como búsqueda de la propia plenitud, deseo de encontrar aquello que nos falta, para así completarnos y ser perfectos en nosotros mismos. Pues bien, el Dios-Amor del evangelio es Ágape: donación y regalo de sí mismo, para que de esa forma otros vivan.

  Iglesias cristianas, experiencia y promesa de resurrección.

Las iglesias no son instituciones de Capital y mercado, según el cual vivimos en equivalencia entre lo damos y recibimos, conforme a la ley de este mundo, sino comunidades de presencia de Dios, esto es, de acción gratuita, por la cual damos a los otros lo que somos, a fin de que ellos vivan, de manera sean y nosotros seamos en ellos. El Dios de las iglesias es Amor-Vida que se regala a sí mismo, de un modo gratuito. Por eso, ellas deben encarnarse en el mundo de los pobres, no para ofrecerles algo desde arriba (siendo ellas ricas), sino para caminar con ellos (con-curso), en generosidad de amor, sin buscar seguridades superiores como institución, pues la única seguridad del ser humano es la vida en los otros, con los otros seres humanos, en camino abierto a un futuro de plena comunicación (es decir) de elevación.

 − La tarea del hombre racional y “obrero” del mundo, racionalizada según ley, de un modo científico y global, en todo el mundo,está al servicio de la producción y consumo, no de las personas como tales. Vive de imponerse sobre el mundo y de relacionarse con otros seres humanos en línea de intercambio de mercado, de forma que cada uno sigue estando sólo en un mundo que él debe dominar para sentirse así seguro

 ­- Situándose en un plano superior, las iglesias son comunidades de amor gratuito, es decir, de esperanza de resurrección, es deci, de santidad de los que viven/vivimos en ese mundo y de gloria de difuntos, es decir, de los liberados de las antiguas funciones esta tierra. 

La iglesias o son instituciones de mercado, sino de donación de vida, en las que el gozo de cada uno consiste en que otros vivan, y la vida de cada uno se expresa y fructifica, como semilla de buen trigo, en la vida de los otros. En ese sentido, ellas son iglesias son comunidades de siembra de humanidad, es decir, de esperanza de resurrección. Son como Cristo, grano sembrado en la tierra de la vida de Dios, al servicio del Reino que es Dios hecho Vida de todas las vidas, pues en él vivimos, nos movemos y somos (cf. Hch 17, 28) en el mismo camino que vamos trazando en el mundo

 Según el NT, el testimonio clave de la resurrección de Jesús han sido sus apariciones, como expresión de una forma superior de presencia trans‒personal (como experiencia transcendimiento y culminación, no de negación de la persona), en línea de fe (de acogida y comunicación creadora), no de imposición física. Jesús ha entregado su vida por los demás, y lo ha hecho de tal forma que ha podido mostrarse ante ellos (en ellos) vivo tras la muerte, como presencia y poder de vida, iniciando en (por) ellos un tipo más alto de existencia humana (es decir, una mutación mesiánica). Las apariciones son signos de presencia de Jesús resucitado, una experiencia nueva de vida, en línea de comunicación transpersonal.

Signo de cielo. “Apariciones de Jesús resucitado”, signo de cielo

IMG_1137         Las apariciones de Jesús no son imaginaciones de algo que externamente no se ve, sino experiencia radical de presencia de aquel que nos ha dado su vida, como vida de Dios, como renacimiento, un modo superior de entender (experimentar) el pasado y de comprometerse en el presente, desde el don de Dios en Jesús, en forma de mutación antropológica. Desde ese fondo pascual, la vida cristiana es una experiencia de renacimiento, la certeza vital de unos hombres y mujeres que se sienten/saben en camino de resurrección, dentro de este mismo mundo que ellos transfiguran (quieren transfigurar) en línea de humanización superior, pasando así de la muerte a la vida, es decir, de una vida que es muerte (pues desemboca en ella) a la muerte que es donación de la vida al servicio de los otros y esperanza de resurrección

         En un sentido, las apariciones que Pablo ha recogido de forma oficial en 1 Cor 15, 3-7, podrían entenderse como manifestaciones del poder sobrenatural de unos seres superiores, favorables o desfavorables (dioses, difuntos, demonios…), un tema que aparece en muchas religiones. Pero, desde la perspectiva bíblica han de verse como expresión de un modelo más alto de vida, en línea de mutación humana y comunicación transpersonal. No se trata de “ver” a Jesús en forma externa, sino de descubrir su presencia en la vida. [2].

“Ver” a Jesús resucitado, descubrir su presencia. Sus seguidores saben y afirman que son él, que forman parte de su vida, que son el mismo Jesús renacido, presente, cristiano (=mesiánico). En ese sentido, la visión‒presencia de alguien que han muerto tras haber dado la vida a (por) aquellos que les siguen forma un arquetipo o símbolo importante de una humanidad, que nace y vive de aquellos que mueren, en un mundo donde nada ni nadie acaba del todo, sino que todo deja huella y sigue siendo (existiendo) al transformarse, pero no en línea de eterno retorno de lo que ya era (nada se crea, nada se destruye, todo se transforma), sino de creación de lo que ha de ser.

         Todas las restantes cosas se transforman de manera que son intercambiables. Lo hombres, en cambio, no son intercambiable, pues cada uno es único en sí, por aquello que ha recibido y realizado, pero ellos pueden habitar y habitan unos en los otros, destruyéndose o dándose la vida. En esa línea ha vivido y ha muerto Jesús por los demás, pero de tal forma que sus discípulos descubren y proclaman que él vive en ellos, haciéndoles ser lo que son, unos resucitados.

   En esa línea ha de entenderse la novedad de Jesús, su mutación pascual, centrada en el hecho de que algunos de sus seguidores han descubierto y confiesa que él vive (ha resucitado en ellos), de manera que pueden afirmar que ellos mismos son Jesús, Palabra de Dios, que habita en ellos (cf. Gal 2,20‒21). Las religiones “son”, en general, una experiencia de identificación con la vida y destino de un Dios. Pues bien, el cristianismo constituye una experiencia de identificación vital con Jesús, enviado‒mesías de Dios, que habita en aquellos que le acogen.

El cristianismo es la aparición (presencia) de Jesús en aquellos que le ven (acogen), reviviendo de esa forma su experiencia y destino de muerte y resurrección. Los cristianos afirman, según eso, que el mismo Jesús, Hijo de Dios, que ha vivido y muerto por el Reino, revive (resucita) como Vida de Dios en su vida de creyentes. El cristianismo es, según eso, la experiencia de la vida de Dios que “es” al darse en los demás (resucitando en ellos) y haciendo así que ellos resuciten, habitando en un nivel de vida superior, compartida en amor. El problema de cierta teología cristiana está en el hecho de haber “cosificado” esa experiencia, destacando el “triunfo de Jesús” en sí (como si fuera emperador o sacerdote por encima de los otros), tendiendo a separar a Jesús al divinizarle, en vez de descubrirle en ellos mismos, sabiendo que su altar son los resucitados, los creyentes, los pobres y excluidos de la tierra por los que él vivió. Ciertamente, en un sentido, Jesús ha resucitado en sí; pero en otro sentido debemos confesar que él lo ha hecho en los creyentes, de forma que ellos son su resurrección.

Jesús no “aparece” con el cuerpo anterior (no lleva a los suyos al pasado), ni actúa como espíritu incorpóreo en los creyentes (en línea gnóstica), sino que está presente como impulso de vida universal, principio de humanidad resucitada, de forma que su cuerpo aquellos que aceptan y agradecen su presencia, pues en ellos vive y resucita, no para negar su identidad, sino para ratificarla, pues por (en) él todos y cada uno de los hombres son (somos) resurrección de Dios, Dios encarnado. Por eso, el “cuerpo” de Jesús no es sólo el suyo, de individuo separado, sino el de aquellos que confían y viven en él, como ha puesto de relieve Pablo en su experiencia y teología de la identidad cristiana, que no es de tipo imaginario, sino mesiánico, corporalidad como presencia de unos en otros, y de todos en Jesús, que es “cuerpo” siendo palabra de Dios encarnada en la historia (cf. Jn 1, 14).

No es ver a Jesús (separado de nosotros), sino vivir en él.

Jesús no es objeto de una experiencia “visionaria”, como en otras posibles apariciones de tipo onírico o despierto, psíquico o mental, en sueño o vigilia, en un nivel de vida en el mundo, sino de una experiencia de recreación, sabiendo así que él mismo (el Selbstdivino de la vida humana) habita en los hombres, y los hombres en él, de un modo trans‒personal (no im‒personal), unos en otros. En esa línea, para centrar el tema, es bueno recordar el tema del Dios que habla a Moisés desde la zarza y diciendo ¡Soy el que Soy! (Ex 3, 14). Un tipo de judaísmo ha podido tener cierta dificultad con estas experiencias, entendidas en línea de hechicería:

             Cuando entres en la tierra que Yahvé tu Dios va a darte… no haya entre los tuyos adivino, ni observador de nubes (=astrólogo), hechicero, convocador de espíritu, sabedor de oráculos, ni evocador de muertos. Porque quien practica tales cosas es abominable… (cf. Dt 18, 9-15) [3].

                 El judaísmo no ha sido religión de videntes mágicos, ni de evocadores espiritistas, sino de oyentes (=cumplidores) de la Palabra, y en esa línea ha de entenderse el cristianismo. Pues bien, en ese fondo, sin dejar de ser buenos judíos, los discípulos pascuales aparecen, de un modo sorprendente, como personas que ven a Jesús (le sienten, le proclaman) tras (y por) la muerte como vivo.      Esa revelación de Jesús no está centrada en una tumba venerable, como la del Rey David, sepultado con honor y gloria en Jerusalén (cf. Hech 2, 29), ni es la de un espíritu-fantasma, que actúa a través de otros personajes, que reciben su poder y pueden realizar así prodigios (cf. Mc 6, 14-16), sino que viene a concretarse como vida de aquellos que en (por) Jesús viven muriendo a favor de los demás [4].

    De un modo consecuente, los relatos de las “apariciones” no resaltan el aspecto visionario de la experiencia de Jesús (que puede variar y varía en cada caso), sino la realidad personal de Jesús, mesías o presencia humana de Dios, que vive en ellos.La pascua cristiana es, según eso, el despliegue de un nivel distinto de realidad, no la imaginaria de un muerto, o de un posible espíritu (en contra de Dt 18, 11), ni la revelación de la Ley eterna (cf. Ex 3. 19-34), sino la presencia personal del crucificado en la vida de aquellos que le acogen, de forma que él vive en ellos. Éste es el principio de la más honda ecología cristiana: Lo que importa y salva a los hombres no es dominar sobre el mundo (ni sobre otros seres humanos), sino compartir mutuamente la vida en amor, como Jesús resucitado.

          En esa línea, los primeros cristianos ofrecían el testimonio de una nueva forma de experiencia de Dios (y de los hombres) en Jesús, algo que nunca se había experimentado, pues no existe (que sepamos) ningún fundador o personaje histórico (¡y menos un condenado a muerte en cruz!) que haya sido “experimentado” no sólo como vivo tras su muerte, sino como presencia humana del Dios trascendente y principio de resurrección para los hombres. Eso significa que la vida del hombre no muere, se transforma, como presencia pascual, en este mundo que es presencia resucitada de Dios [5].

 Resucitó según la forma en que había vivido, viviendo así en todos los hombres.

 No murió de un modo natural, por su condición humana, sino porque le mataron aquellos que tuvieron miedo de su “mutación”, esto es, de su “exceso” de vida en gratuidad y, más en concreto, de su forma de entender y proclamar (anunciar e iniciar) su programa de nueva humanidad, es decir, de reino. Por vivir como vivió y proponer lo que propuso le condenaron, y por fidelidad a su mensaje él “se dejó” crucificar, sin enfrentarse de un modo militar con sus adversarios, sin escaparse o renunciar a su proyecto. Murió por lealtad a la Vida, esto es, a Dios (a su Reino) y a los hombres a quienes anunciaba un mensaje de gratuidad, es decir, de comunión de vida:

Fue ajusticiado porque proclamaba e iniciaba el Reino, es decir, la presencia Dios que es vida y comunión de los hombres, en amor, no imposición, pues, conforme a su mensaje, Dios se identificaba en el fondo con su Reino, es decir, con el don de la vida que se regala y resucita. Eso significa que él murió por preparar e iniciar la llegada del «hombre nuevo» (Hijo de hombre).

Resucitó en el Reino, de tal forma que su pascua es la experiencia radical del valor y pervivencia de su vida, la confirmación de aquello que él había preparado y deseado. Lo que él anunció y dispuso vino a cumplirse así, de un modo que parecía distinto a lo esperado, pero que internamente fiel a lo que él había sembrado con su vida, no para después (tras su venida celestial, al fin del mundo), sino dentro de este mismo mundo.

             Su maestro, Juan Bautista, anunciaba y preparaba lo evidente: El cumplimiento de la justicia de Dios. Jesús, en cambio, proclamó y comenzó a realizar lo no evidente, diciendo que Dios supera el círculo de acción y reacción, de deseo y contra‒deseo que domina a los hombres. Juan era profeta de Juicio y por miedo a su juicio le mataron, dejando así pendiente el tema radical de su mensaje.

Jesús en cambio fuw mensajero de Vida y así actuó como promotor de una mutación humana que trasciende la muerte (ratificándose a través de la muerte, entendida como don), sobre el orden de los sacerdotes y de la espada del César que matan para seguir reinando (los sacerdotes matan víctimas “religiosas”, los servidores del César matan “enemigos”). Precisamente, al dar su vida a los pobres‒enfermos, muriendo por ello, Jesús se sitúa en un plano más alto de vida, y así resucita.

En esa línea, los discípulos descubrieron que la vida de Jesús y su anuncio de Reino había sido una “resurrección” anticipada. Por eso, al “verle vivo” tras la muerte (cf. 1 Cor 15, 3‒11, cap. 17), algunos de ellos (como Pablo, y después Pedro y otros) no se limitaron a esperar el cumplimiento del mensaje en Jerusalén, conforme a un mesianismo nacional, sino que empezaron a crear una iglesia o comunidad de resucitados, como indica de forma ejemplar la palabra de Jesús a Marta, cuando ella le dijo que su hermano Lázaro resucitará en la resurrección del último día:

Yo soy la resurrección y la vida, quien crea en mi vivirá, aunque muera,y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11, 26‒27).

             Evidentemente, la formulación concreta de ese texto proviene de un tiempo posterior (quizá del mismo Juan evangelista), pero la experiencia de fondo refleja el principio y sentido de la mutación original de los cristianos, que no esperan la resurrección del último día, como Abraham (Rom 4,17), sino que bendicen al Dios que ha resucitado ya a Jesús (Rom 4, 24), que se hace presente en la vida de los hombres.

            Éste es el principio de la resurrección o transformación inter-humana: La experiencia de vida y amor, de presencia de unos en otros. Entendida así, la resurrección no es algo del fin de los tiempos, cuando se ratifique la justicia escatológica (como pretendían muchos apocalípticos), sino que empieza en esta misma historia, en gesto de comunicación personal. Desde ese fondo se ilumina un elemento clave del mensaje de Jesús, conforme al cual la ofrenda de la vida a los demás (morir por ellos) significa renacer en Dios, en un nivel más alto, para una forma de vida compartida, resucitando al mismo tiempo en los hombres por quienes y para quienes se ha vivido (cf. Mt 16, 25; Jn 12, 25).

Patrística, experiencia de cielo

 Hemos nacido así por la Palabra, como seres racionales, capaces de comunicarnos en un plano simbólico, creando redes objetivas de relación familiar y social, económica y administrativa, que pueden precisarse y culminar en forma de sistema. Significativamente, la organización técnica del sistema (con sus planificaciones económicas y administrativas) se ha olvidado o ha dejado muchas veces en un segundo plano este «mundo de la vida», fundado en la Palabra personal y en la libertad de amor, convirtiendo al hombre en pura máquina.

Según eso, allí donde los hombres nos cerramos en ese nivel de sistema de este mundo, con funciones y funciones,, como piezas de un gran todo, organizado desde fuera, destruimos nuestro ser más hondo, poniendo nuestra esencia (libertad personal) en manos de algo que nosotros mismos fabricamos, para acabar así muriendo. Aquí no es posible la neutralidad: o nos abrimos a un nivel de gracia superior (de comunicación personal, en libertad) o nos destruimos a nosotros mismos. Quizá pudiéramos formularlo de otra manera: o nos dejamos transformar por la Palabra de Dios que es Cristo, revelación de su Presencia, o acabamos en manos de la Bestia o Diablo que nosotros mismos vamos segregando, como parásito que al fin nos devora.

– Debemos renacer en gracia, por amor de (y a) los demás. Por eso, si queremos vivir en plenitud debemos retornar en gesto de fe (reconocimiento agradecido) al lugar del nacimiento, esto es decir, al tiempo y lugar en que surgimos como seres personales. Ésta es nuestra tarea, éste el reto de la antropología bíblica: retornar humildemente con nuestro inmenso saber técnico, con las potencialidades del sistema, al lugar del surgimiento y despliegue  de la vida en amor, sin otra función que ser amados y amar.  

 Si el sistema  de la acción productora triunfara del todo, logrando imponerse desde arriba y fabricar a los hombres como artefactos y fabricadores de artefactos, , el hombre se destruiría, en la línea de condena a muerte anunciada en Gen 2‒3: “El día en que comáis del fruto del árbol de conocimiento del bien y del mal moriréis…”. No es que nos mate o destruya un Dios, sino que nos destruimos nosotros mismos, a pesar y en contra de Dios [6].

–  Nacer y vivir en amor, sin más ejercicio centras que amar y sea amado, esa es la resurrcción para todos, vivos y difuntos. Así nacemos a la vida en Dios, así somos en el él.En sentido estricto, los restantes vivientes y animales no nacen ni mueren, pues carecen de autonomía personal, de forma que no son más que partes o momentos de un único proceso genético. Sólo los hombres nacen de verdad, como Presencia personal de Dios, brotando de su Vida a través de la vida y amor de unos padres (de un entorno social, de una iglesia). Por eso, sólo ellos, los hombres pueden morir realmente, pues de verdad han nacido, y en esa línea debemos añadir que la muerte de aquellos que van dando la vida por los otros es muerte pascual, principio de nuevo nacimiento (morimos dando vida a otros y resucitando en ellos, como Jesús, culminando así como personas en la “memoria” de Dios)[7].

Rom 8. La misma creación gime esperando la resurrección

Conforme a Rom 8. la creación fue sometida a la vanidad, pero será vivificada. Pablo interpreta así la resurrección desde la experiencia esencial de la recreación del mundo, a partir de Gen 1‒11), como itinerario de dolor y esperanza, partiendo de Jesús que asume la debilidad de los hombres, que esperan la filiación de Dios, es decir, la resurrección en Dios:

 – Aguardamos la filiación (huiothesia), ser hijos de Dios (cf. Gal 4, 5; Rom 8, 23). Éramos siervos, arrojados sobre el mundo, dominados por la muerte; pero el Espíritu de Cristo nos ha elevado y nos ha hecho hijos, caminando en (con) Jesús hacia la pascua de la vida, que es Dios.

Esa filiación es redención (apolytrôsis) de nuestro cuerpo (sôma), como transformación completa. Nuestro mismo ser es según eso un camino esperanza (corporal, personal, comunitaria), pues buscamos (anhelamos) nuestra plenitud y el Espíritu de Dios la busca y colabora, intercediendo por nosotros.

En un plano somos un cuerpo de muerte, fragilidad y enfrentamiento, pero esperamos y buscamos la redención completa (Rom 8, 23), que nuestra vida quede llena del Espíritu, abierta al conocimiento pleno de la Vida. En el lugar en el que un tipo de judaísmo tendía a colocar la Ley, como estructura social (nacional) de sumisión a Dios, ha situado Pablo el impulso del Espíritu, que es principio de esperanza y redención de nuestro cuerpo. Estábamos sometidos a la Ley del pecado (cf. Rom 1-7, cf. cap. 18), pero…

Cuando escribe estas palabras, Pablo está programando su misión final de mensajero de Jesús, que ha de llevarle de Oriente, por Roma, hasta Occidente (España). Sabe que un tipo de historia termina, pues el Resucitado viene, y así quiere pregonarlo él (Pablo), anunciando y preparando por doquier la salvación (cf. Rom 15, 22-33). Pero no está sólo, pues le asiste y fortalece Dios‒Espíritu, en un mundo sufriente, en dolores de parto.

 Hemos recibido las primicias de Dios‒Espíritu y clamamos Abba-Padre, aunque seguimos encerrados en el dolor del mundo, aguardando la manifestación completa de nuestra esperanza, la filiación (huiothesia), pues somos ya con Jesús hijos de Dios, sabiendo que Dios se manifestará ya plenamente como Padre, liberándonos de la cárcel (orfandad y destierro) de este tipo de mundo, transformándonos en él (en Dios) y transformando así el mismo mundo. Nos hallamos, según eso, inmersos en el despliegue del Espíritu de Dios, como hijos suyos, y en esa línea la confesión central de nuestra fe (¡Dios ha resucitado a Jesús, somos en él!), se hace principio de un camino de oración (filiación) que debemos asumir y recorrer, hasta alcanzar la redención completa en el Espíritu.

 ‒ La creación aguarda ansiosamente larevelación de los hijos de Dios (8, 18‒21). Como buen judío, Pablo vincula su suerte a la de la creación (esto es, al mundo, que no es sólo creación de Dios, sino espacio y entorno de vida del hombre. Entendida así, la creación (el mundo) no es un cosmos, suficiente en sí y divino, como en la cultura griega), sino que está vincula al hombre, de tal forma que comparte sus dolores y esperanzas. Conforme a una visión bien extendida en el judaísmo de su tiempo, en la línea de una lectura antropológica de Gen 1‒3, Pablo supone que la creación forma parte de la historia de los hombres, de forma que el sufrimiento de los hombres está vinculado al sufrimiento, al dolor, de la misma creación [8].

 ‒ La creación fue sometida a vanidad (mataiotês), no queriéndolo, sino por causa de aquel que la sometió, en esperanza…, en dolores de parto (8, 21‒22). Pablo retoma aquí el motivo básico del libro del libro del Eclesiastés (Kohelet): “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”. Pero lo interpreta desde la perspectiva del “pecado de los hombres”, es decir, del desbordamiento de sus deseos de violencia (en la línea de Rom 7, 7). En vez de no “desear” de forma idolátrica, egoísta y violenta, los hombres se han lanzado en una carrera loca de deseos, en una línea que conduce a la destrucción del mundo [9]

La creación espera la “filiación” (huiothesia, 8, 23‒25). No sólo la creación, sino nosotros, en ella, aguardando la redención de nuestro cuerpo. No sólo la redención interior, de pensamiento, sino la de todo nuestro sôma, nuestro cuerpo personal y, sobre todo, social (eclesial), con toda la creación que forma nuestro cuerpo entero en Dios, que no es algo que tenemos, sino aquello somos en plenitud, en totalidad, como un haz de relaciones que se concretizan no sólo en la iglesia (que es nuestro cuerpo de/en Cristo, en forma de comunidad creyente), sino en la humanidad entera y en toda la creación. Esta es nuestra esperanza “activa”, gratuita, comprometida. Se trata, pues, de una transformación total de nuestra realidad creada, en Dios.

El Espíritu intercede por nosotros (8, 26‒27). Esta esperanza creadora no es sólo nuestra, ni de la creación entera, sino del mismo Espíritu Santo, que forma la entraña y dimensión más honda de nuestra creación. El evangelio de Juan presenta a Jesús como gran intercesor, en la oración de despedida (Jn 14‒17). Pues bien, aquí el orante es el Espíritu Santo, que así aparece como el mismo Dios interior (de los creyentes) que intercede ante el Dios creador. Esa oración, asumida por el Espíritu (recordemos que Ap 22, 17 es también el mismo Espíritu el que ruega con/por nosotros), nos conduce hasta el centro del ser y obrar de Dios, pidiéndole que Jesús sea (se haga) primogénito (prôtotokos) de muchos hermanos (8, 29). Así sigue el texto:

  Sabemos que, para aquellos que aman a Dios, todo coopera para el bien, es decir, para aquellos que son llamados según su voluntad. Porque a los que Dios conoció de antemano los predestinó para ser conformes a la imagen de su hijo, de forma que él sea primogénito de muchos … ¿Qué se puede deducir de todo esto? Si Dios está a nuestro favor, ¿quién podrá ponerse en contra de nosotros? 32 El, que no ha reservado ni a su propio Hijo, sino que lo ha entregado en favor nuestro ¿cómo no ha de darnos con él todas las cosas? (cf. Rom 8, 28-32)

Ésa no es una experiencia puramente antropológica, sino cristológica y teológica, la experiencia de un Dios que vive y actúa en (por) nosotros. “Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros? Él, que no se reservó (no perdonó) a su propio Hijo, sino que lo entregó en favor de todos nosotros ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? (Rom 8, 31-32). La experiencia y mensaje de esta confesión, cuyo tema aparece también en otros textos del NT (cf. Jn 3, 16) no sitúa en el centro del NT (de la Biblia): La redención plena no es algo que podamos conseguir a solas, sino don que Dios nos ofrece en Cristo, pues quiere ser Padre de todos, invirtiendo (=superando) en (por) amor todo talión, toda condena:

‒ Dios no ha entregado a su Hijo en sentido sacrificial de condena o castigo. Algunos lectores de Pablo han pensado que Dios tuvo que matar a su Hijo, para quedar vengado y satisfecho, como soberano sádico‒envidioso, para elevarse de esa forma (por muerte y miedo) sobre todo lo que existe, en una línea que estaría avalada por Gen 22, Jc 11 y 1 Rey 16, 34 (sacrificios de Abraham, Jefté y de Hiel de Jericó).

Dios se revela más bien como amor sacrificado generoso en Cristo, no sacrificando a otros, sino entregándose a sí mismo en amor por otros (en contra de la experiencia sacrificial de Lev 16, que hemos estudiado en cap 3). Este Dios de Pablo (de Cristo) no mata (sacrifica) a los supuestos culpables, sino que se “sacrifica” él mismo, regalando y compartiendo su vida en y por ellos. No inmola a Jesús para saciar su sed sangrienta, sino al contrario: Le acoge y sostiene en (por) amor, allí donde él (Jesús) regala por amor su vida a los hombres.

 Notas

[1] La resurrección cristiana ratifica el valor de la encarnación de Dios en Jesús y en la historia de los hombres. Dios ha entrado en la carne de la historia, como vida que se entrega a los demás para compartir con ellos su vida. En esa línea se puede afirmar que la vida de los hombres forma parte del camino de la vida de Dios, que se ha expresado plenamente por la resurrección (como resurrección).

[2] Cf. M. Barker, The Risen Lord. The Jesus of History as the Christ of Faith, Clark, Edinburgh, 1996; X. Léon-Dufour, Resurrección de Jesús y mensaje pascual, Sígueme, Salamanca 1973; A. Torres Queiruga, Repensar la resurrección, Trotta, Madrid 2003.

[3] El judaísmo ha rechazado el “supermercado de visiones” (con evocación de muertos y observación de espíritus: Dt 18, 11) para insistir en la presencia salvadora de Dios. Pues bien, en esa línea, de un modo paradójico, el NT apela a la “visión” (revelación) de Jesús como vivo tras (en) su muerte. La teología del AT se centra a en la “visión” de Yahvé en la Zarza Ardiente, vinculada a la revelación del Nombre, de forma que Dios aparece como “aquel que actúa” (=está presente), pero sin identificarse con nada, en pura trascendencia. La del NT se condensa en la revelación pascual de Jesús crucificado que “vive” en la vida de sus fieles. No se trata, pues, de la simple visión de un muerto, pues muchos han visto (dicen haber visto) a difuntos que hablan, revelándoles secretos o tareas sobre el mundo (cf. Hech 23, 9), sino de la presencia y mutación mesiánica de Jesús en la vida de los hombres.

[4] Los primeros cristianos no eran más influenciables que nosotros (su judaísmo de fondo les hacía rechazar las experiencias visionarias). Creían en visiones, como la que supone Jesús cuando afirma, en sentido simbólico que ha visto a Satanás caer como un astro del cielo (Lc 10, 18), pero no fundaban en ellas su novedad cristiana, como muestran los evangelios, que no son textos de visiones de Jesús, sino reinterpretaciones pascuales de su vida.

[5] Las primeras revelaciones pascuales forman parte de la vida (historia) de los cristianos (Pedro y los Doce, Magdalena y Pablo…), que se descubren habitados y transformados por Jesús, como seres que renacen con él a un tipo de vida habitada, animada, por el Espíritu de Dios en Cristo.

[6] En ese aspecto venimos suponiendo que cada nacimiento humano es una Creación, un momento de la Generación divina. Llegados aquí, debemos reformular la declaración básica del Credo de Constantinopla (año 381 d.C.), diciendo que somos “engendrados, no creados desde fuera”; no somos fabricados como una cosa más, sino que nacemos de Dios como don o regalo único de vida de otros hombres, igual que Jesucristo, es decir, por él.

[7] De esa forma se vinculan nacimiento y muerte, pero de tal forma que la muerte no es un simple retorno al nacimiento, sino resultado de un proceso de generación creadora por el que nos hemos introducido, de un modo personal, en la Vida que es Dios. La muerte del creyente no es un simple retorno (vuelve el polvo al polvo, sube el alma al cielo…), sino plenitud del camino realizado en Dios, es decir, resurrección, de forma que por ella llegamos a ser lo que de verdad somos: Personas que vienen de Dios y en Dios pueden culminar, alcanzando su existencia verdadera, en Dios y en los demás seres humanos.

[8] Ésta es una visión que puede tener elementos “míticos”, pero es profundamente luminosa, pues traza una simbiosis entre la historia del mundo y de los hombres, como supone la historia de Adán, a quien se le dice que por su culpa la tierra producirá zarzas y espinas (Gen 3, 18), y sobre todo la historia del diluvio, que Gen 6‒8 presenta como resultado del pecado de los hombres. El “sufrimiento” del mundo está vinculado con el “pecado” de los hombres por quienes padece. Pablo supone, según eso, que la misma creación de Dios tiene una especie de “alma” sufriente, que padece y espera por causa de los hombres.

[9] Esta situación de dolor y esperanza, se expresa no solamente en los hombres, sino en la creación, que Dios ha preparado como espacio y reflejo de su vida para ellos. Esa creación (ktisis) no es un cosmos autosuficiente, sino expresión y contexto de la obra de Dios y de la vida de los hombres. Eso significa que no se puede hablar de salvación sin creación, en contra de la gnosis. La salvación no consiste en “salir” de la creación (en abandonar la materia), sino en transformarla en línea de libertad. Pablo escucha en esa línea el gemido de la creación, que no acaba de nacer de verdad y sufre en dolores de parto, una creación en la que nosotros, los hombres, estamos implicados en el surgimiento y despliegue de la creación. Dios no nos ha introducido en un mundo “ya hecho” (en un cosmos acabado en sí mismo), sino que nos está creamdp. colaborando con nosotros, en una “creación” que es nuestra siendo suya, de una creación de la que dependemos, sabiendo que ella depende al mismo tiempo de nosotros. “creando al mismo tiempo”. (Texto inspirado y tomado de Teología de la Biblia).

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