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Dom 4º Adviento. La puerta de la Navidad, María (Lc 1, 26-38)

Domingo, 20 de diciembre de 2020

DDE95D42-F1BA-4396-867C-A6339EB8E70BDel blog de Xabier Pikaza:

Presenté ayer el “portal” del Nacimiento, con tres motivos de fondo: Historia, Confesión de fe, apertura simbólica (o “mítica” en sentido profundo ). En ese  portal, la puerta es María, a la que llamamos con la tradición “ianua christi” o puerta del mesías (en la letanía lauretana se le llamara “ianua coeli”, es decir, puerta del cielo.

Lógicamente, el evangelio de este domingo, puerta de la Navidad, es la anunciación de María (= encarnación de Cristo) que comentaré  basándome  en dos trabajos anteriores, sobre la historia de Jesús y sobre los temas centrales de la Biblia.  Exposición actualizada del tema, en línea de compromiso creyentes, en Radio Galilea, Córdoba, Argentina.

17.12.2020

Lc 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.” Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.

El ángel le dijo: “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le podrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.” Y María dijo al ángel: “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”

El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.” María contestó: “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” Y la dejó el ángel[1].

(Imagen 1: Puerta de la Majestad, colegiata de Toro. Imagen 2: Puerta del Perdón, catedral de Ciudad Rodrigo. María es en ambas la Ianua Christi, puerta de la Navidad)

Encarnación del Hijo de Dios

La escena se encuentra estructurada a partir de la triple palabra del ángel a María.

  1. a) Hay un momento de presentación: «salve, oh agraciada, el Señor está contigo» (1,28). El saludo transmite un amor muy especial y es comprensible que María, la doncella, se turbe al meditarlo (1,29)
  2. b) Hay una primera explicitación: «no temas, María, porque has hallado gracia ante Dios; he aquí que concebirás…» (1,30-33). El saludo anterior se convierte así en encargo: es revelación de una tarea que María debe realizar.
  3. c) Hay una segunda explicitación.María ha interrogado (Lc 1,34) y el ángel le responde de nuevo diciendo: «el Espíritu santo vendrá sobre ti…» (1,35). La presencia de Dios y su gracia en María se expresan definitivamente por medio del Espíritu.

En la armonía progresiva de esa triple palabra se va descubriendo el sentido de la presencia de Dios en María. Se trata de una misma presencia que viene a mostrarse en dos efectos complementarios. a) Enriquece a María, convirtiéndola en agraciada de Dios. b) Actúa a través de ella, para el surgimiento de su Hijo. La plenificación personal de María y su colaboración como madre al nacimiento de Jesús forman como dos caras de una misma donación y entrega de su vida.

 Con habilidad especial, en la línea del AT, Lucas ha tejido la escena de tal forma que las tres intervenciones del ángel vienen a encontrarse separadas por dos interrupciones o preguntas de María, que sirven para realzar los motivos, resaltando su sentido más profundo.
  1. Ante el primer saludo (1,28), María responde con su turbación interna. No le turba la teofanía en sí; ella parece estar acostumbrada a Dios. Le inquieta la palabra que Dios le ha dirigido: presiente que en el fondo de ella hay un misterio y por eso, ante la novedad de la revelación, se turba, de tal forma que su misma turbación le sirve de pregunta.
  2. La primera aclaración del ángel suscita una pregunta nueva de María, que ahora interroga expresamente: «¿cómo será esto, pues no conozco varón?» (1,34). Tampoco esta pregunta debe interpretarse en sentido historicista. Ella se formula para explicitar la búsqueda de María y, sobre todo, para situar mejor el tema, permitiendo una respuesta del ángel que aclare el sentido de la intervención de Dios. 3

Dios se ha revelado y María le responde preguntando. Entre los dos se ha establecido un diálogo tejido de respeto y de con-fianza. Dios no se le impone, le razona. María no vacila en preguntar, presenta su camino. Sólo así, en un clima de entrega mutua puede afirmarse que la escena ha culminado: Dios ofrece su Espíritu (Lc 1,35); María le responde ofreciéndole su vida (Lc 1,38).

De esta forma, ella participa personalmente en el misterio del surgimiento mesiánico. No es un medio que se emplea y después se deja fuera. Al contrario: sólo en la medida en que ella es im-portante (como espacio de presencia de Dios y transparencia de su Espíritu; cf. 1,28.35) puede colaborar con Dios, siendo mediadora personal de su encarnación sobre la tierra.

El enriquecimiento personal de María como “agraciada de Dios” resulta inseparable de su transformación dinámica, es decir, de su actuación comomadre del Mesías. Sólo una vez que eso está claro se pueden formular dos temas de carácter más teológico: ¿cómo actúa Dios? ¿cómo se presenta en nuestra escena?

De Dios se habla en un lenguaje personal: Dios es quien llama, pregunta, responde. Su palabra se explicita por medio del «ángel del Señor» (cf. Lc 1,11), que recibe nombre propio y se llama Gabriel, fuerza de Dios (1,19.26), o simplemente «el ángel» (1,18.30. 35.38).

Resulta evidente que ese ángel, visto en el trasfondo del AT, es el mismo Dios: es un modo de hablar de su presencia personal y dialogante en relación con María. Pues bien, al lado de ése, hay un lenguaje dinámico en que Dios viene a expresarse y actuar por medio del Espíritu (Lc 1,35). Del sentido de ese Espíritu hablaremos todavía. Volvamos a las personas que mantienen el diálogo.

Por un lado está María. Ella comienza en actitud pasiva, escucha, se ad-mira, pregunta; pero su misma pasividad viene a convertirse en muy activa. Ella es quien pronuncia la palabra decisiva, el «hágase» que pone en marcha la actuación de Dios y su presencia salvadora sobre el mundo.

A través del ángel, que es señal de la palabra del Altísimo, María ha dialogado con Dios de cara a cara, de libertad a libertad, de reverencia a reverencia. Ha dialogado y respondido: «hágase» (1,38). De esa manera deja libre el camino de Dios que actúa por su Espíritu. Esto significa que el diálogo se vuelve triangular. En los extremos se hallan Dios y María: el centro, como campo de unidad y encuentro, es el mismo Espíritu divino.

Diálogo significa cruzamiento, encuentro de «logos» (palabras): se unen así el Logos de Dios y el logos de María, la “palabra de Dios” y la palabra de una mujer. Dios mismo pronuncia su Palabra en el Espíritu. María, por su parte, le responde, pronunciando esa palabra de Dios como palabra humana y así nace Jesucristo. Esto nos permite precisar de nuevo los aspectos del misterio.

Dios aparece como dueño de la eternidad, origen y sentido de todo lo que existe; pues bien, Dios ha expresado su Palabra eterna, hablando con María, en el Espíritu.

Maria representa el camino israelita, mejor dicho, el camino de los hombres: por vez primera, en el transcurso de la historia, ellos pueden hablar con Dios de igual a igual; por eso, en su palabra humana (fiat) viene a pronunciarse humanamente, esto es, se encarna, la Palabra eterna de Dios Padre.

El Espíritu aparece ahora como el gran misterio del encuentro: es, por un lado, Espíritu de Dios, es el espacio de su amor en el que viene a pronunciarse su Palabra; pero, al mismo tiempo, es desde ahora Espíritu de María, es la intimidad y hondura de su vida abierta hacia el misterio de Dios, engendrando sobre el mundo al Hijo Jesucristo.

De este modo, la vida y persona de María, sin formar parte de la eternidad de Dios, se ha convertido en condición necesaria de su manifestación en el camino de la historia. Ella pertenece al surgimiento humano del Hijo Jesucristo. Una vez más podemos formular el tema.

Para ser Padre dentro de la historia Dios mismo necesita de María: sólo si ella consiente y colabora, Dios engendra sobre el mundo a su Hijo Jesucristo.

Para ser lazo de unión entre Dios y los hombres, el Espíritu santo necesita de María: sólo a través de ella puede explicitarse sobre el mundo, haciendo así posible el nacimiento de Jesús, el hombre que mantiene relación filial perfecta con Dios Padre. Por medio de Jesús el resto de los hombres pueden vincularse plenamente al misterio del Espíritu.

Todo esto nos lleva al nacimiento de Jesús por medio de María. Por medio de su «fiat», María se convierte en lugar de transparencia del Espíritu, de forma que por ella, en ella, nace sobre el mundo el Hijo eterno. De tal modo ha escuchado a Dios que la Palabra seconvierte en vida humana en medio de ella. Humanamente hablan-do, la Palabra se convierte en Hijo: alguien que nace y va creciendo en el espacio de acogida y entrega de una madre. Pues bien, el gran misterio se condensa así: naciendo de la escucha de María, como su hijo, Jesús es a la vez el Hijo eterno; es el que nace desde siempre en el seno maternal de Dios que es el Espíritu.

De esa forma, la generación eterna del Hijo viene a realizarse, por la escucha y palabra de María, como generación temporal: el que nace de ella no es un ser distinto, un nuevo individuo personal sino que nace, en forma humana, el mismo Hijo eterno de Dios. Este es el misterio. Dios y María colaboran, según eso, en el mismo surgimiento de Jesús. Ciertamente, no colaboran sobre el mismo plano. No son dos agentes que arrastran, como en sirga, cada uno por un lado del canal, la misma barca de la vida de Jesús (según la imagen usual del molinismo, en la controversia De auxiliis). Dios será actuante principal, primero, y todo poder y actividad proviene de su gracia. Pero el mismo Dios ha querido que su Hijo realice su generación divina en forma humana. Por eso necesita de María. Ella es la madre temporal del mismo Hijo eterno.

Transparencia y comunión personal: El Espíritu de Dios es (=está en) María

La colaboración anterior sólo es posible si María queda «transformada en Dios», si es que recibe su fuerza y su verdad en el Espíritu divino. Así lo viene a declarar Lc 1,35: «el Espíritu santo vendrá sobre ti…». Estas palabras se han entendido en tres perspectivas principales que ahora explicaremos: de creación escatológica, de inhabitación sacral, de transparencia personal. Ellas nos ayudan a entender mejor el tema.

El esquema de creación escatológica

ha sido utilizado, sobre todo, por los investigadores protestantes. Superando todos los mi-tos hierogámicos que aluden a un comercio sexual entre Dios y una mujer del mundo y después de un cuidadoso análisis de textos del AT y judaísmo intertestamentario, C. K. Barret afirma que la presencia del Espíritu en María debe interpretarse a partir de los relatos de la creación (Gén 1,2s) que ahora se entienden en con-texto escatológico.

«Así como el Espíritu de Dios estaba activo en la creación del mundo, del mismo modo había que esperar a ese mismo Espíritu también en su renovación. Se saca fácilmente la conclusión de que la entrada del redentor en el escenario de la historia era la obra del Espíritu; y esto explica la introducción del Espíritu en los relatos del nacimiento». «La entrada de Jesús en el mundo constituye la inauguración de la nueva creación por parte de Dios, y por tanto tiene su única analogía verdadera en el Génesis» (C. K. Barret, El Espíritu santo en la tradición sinóptica, Salamanca 1978, 50-52).

De esta perspectiva se deducen dos consecuencias fundamentales. 1) Una sobre el hecho: la concepción de Jesús y su venida al mundo por María constituyen la nueva creación a que aludieron los profetas, es la culminación de la historia, el mundo nuevo. 2) Otra sobre María: ella es la tierra verdadera, aquella madre tierra que, siendo por sí misma infértil, caos y vacío, Dios mismo ha fecundado con su Espíritu. En esta línea, a través de la esperanza judía, el cristianismo habría asumido y transfigurado, concentrándolo en María, el viejo mito agrario de la tierra como Diosa-Madre: es signo de fecundidad, origen de los vivientes (J. Morgenstern, Some significant antecedents of Christianity, Leiden 1966, 81-96. Destaca el trasfondo mítico en la figura de Maria G. Ashe, The Virgin, London 1976, 7-32).

El esquema de la inhabitación sacral ha sido utilizado especial-mente por autores católicos de tradición francesa. María representa para ellos la verdad y cumplimiento de aquello que indicaba la presencia fecundante de Dios en Israel, representado como hija de Sión, templo santo o arca de la alianza. En esta línea se sitúa R. Laurentin, cuando se funda en el signo de Ex 40,35: «la nube cubrió el tabernáculo y la gloria de Dios llenó el santuario». Nube y gloria de Dios son para Lc 1,35 los signos del Espíritu de Dios (Pneuma-Dynamis) que cubren a María y la fecundan con su gracia.Algo matizada, esta opinión se ha vuelto común en muchos católicos: la presencia del Espíritu de Dios que viene a cubrir a María (episkiasei) se interpreta sobre el fondo de la nube que llena el tabernáculo o el templo (cf. Núm 9,18.22; 2 Crón 5,7; Ez 36,26-27). María es, por lo tanto, el santuario escatológico de Dios entre los hombres (Cf. Cf. R. Laurentin, Structure et Théologie de Luc I-II, Paris 1957, 73s. En perspectiva protestante desarrollan estos presupuestos H. Sahlin, Das Messias und das Gottesvolk, Uppsala 1945, 127s; M. Thurian, La Madre del Señor, figura de la Iglesia, Zaragoza 1966, 65s. Cf. A. Feuillet, Jésus et sa Mére, Paris 1974, 17s. Para una visión más extensa del tema, cf. E. G. Mori, Hija de Sión, en Nuevo Dic. Mariología, o.c., 824-83).

En esta perspectiva se apoyan también dos consecuencias. 1) Una sobre el hecho: por medio de la anunciación, Lc intenta mostrar que las promesas de Israel ya se han cumplido. 2) Otra sobre María: ella es el templo verdadero, es campo de presencia del Espíritu, lugar sagrado donde habita la divinidad para expandirse después a todo el pueblo 8. Evidentemente, esta presencia es dinámica: el Espíritu de Dios está en María para hacerla madre, lugar de surgimiento salvador del Cristo.

Hay un tercer esquema   detransparencia personal y dialogal 

en el que María aparece como presencia personal del Espíritu Santo que engendra por ella al Hjo de Dios, para crear en ella un mundo nuevo (contra la primera visión). María es más que un templo, más que objeto sagrado o tabernáculo en que viene a posarse la nube, como signo de presencia de Dios (contra la segunda visión). María es una persona y los principios de su encuentro con Dios deben matizarse en forma personal.

La presencia del Espíritu en María sólo puede entenderse desde el fondo de un diálogo de libertad, de llamada y de respuesta, de amor y de obediencia que desborda los esquemas cósmico-sacrales. Ella es ante todo la mujer agraciada: es amada de Dios, cosa que no puede asegurarse de la tierra o tabernáculo. Dios muestra su amor dialogando con ella por el ángel: esto significa que el Espíritu ha de verse en el contexto de un encuentro respetuoso, de acogida y respuesta.

Por eso, acción y presencia del Espíritu en María acaban dependiendo de su propia palabra, de su «fíat». Ha llegado el momento en que, al lado del genetheto (Gén 1,3) de la creación primera de Dios venga a situarse el genoito de María (Lc 1,38) que aparece como centro y colmen de la nueva creación. En el principio Dios dijo un «hágase» en imperativo, sin pedir permiso a lo creado. Ahora, al final, Dios mismo tiene que esperar la palabra de María, como un «hágase en mí», en forma optativa, de deseo, que no impera sobre Dios sino que dialoga con él, de tal modo que los dos se juntan en un mismo misterio de amor y encarnación (Sobre el sentido del «genoito» de Lc 1,38 y la diferencia entre el optativo y el imperativo, cf. C. M. Zerwick, Analysis philologica NT graeci, Roma 1960, 130; F. Blass y A. Debrunner, A Greek Grammar of the NT, Chicago 1961, 194-196).

 Esto nos conduce a un campo inesperadamente nuevo de presencia de Dios y plenitud para María. El Espíritu santo aparece en ella como poder de Dios que actúa dialogando. Es un espacio de llamada y respuesta, es el encuentro donde vienen a juntarse fuerza del Altísimo y libertad de lo creado. El Espíritu se define como mediación eterna en que se unen el Padre con el Hijo. Pues bien, el mismo Espíritu vincula dentro de la historia (como historia escatológica) al Padre con el Hijo por María: ella es por tanto la revelación histórica de la mediación intradivina.

Desde ahora, la realidad del Espíritu de Dios como poder de creación y presencia salvadora en Israel (esquemas anteriores) no puede separarse de la vida y gesto de María. Pero ella es más que objeto, más que tierra o casa santa a la que adviene el Espíritu de Dios desde lo externo. Con su acogida y respuesta, su amor y obediencia creadora, María viene a presentarse como transparencia y signo pleno del Espíritu de Dios entre los hombres. Así lo ha interpretado Lucas.

        Por eso, aunque el sentido del texto (Lc 1,26-38) sea básicamente cristológico (no mariológico), debemos añadir que importa mucho la figura de María. Ella no es un instrumento mudo, no es un medio inerte que Dios se ha limitado a utilizar para que nazca el Cristo. Ella es lugar de plenitud del Espíritu, tierra de la nueva creación, templo del misterio. Más aún, es la persona realizada y perfecta que dialoga en libertad con Dios allí donde culmina ya la historia. Sólo así, como persona, se introduce en el Misterio divino (Trinidad).

Por eso, entre el Espíritu y María hay una mutua información o causalidad. El Espíritu hace a María la Madre del Hijo de Dios; María ofrece al Espíritu de Dios su vida humana para que a través de ella pueda surgir el mismo Hijo eterno dentro de la historia.

[1] He comentado el texto en Historia de Jesús y en Gran Diccionario de la Biblia. Entre los estudios y comentarios clásicos, cf. J. P. Audet, L’Annonce a Marie: RB 63 (1956) 347-374; P. Benoit, L’Annonciation, en Exégêse et ThéologieIII, Paris 1968, 179-215; R. E. Brown, El nacimiento del Mesías, Madrid 1982, 295-342; C. Escudero F., Devolver el evangelio a los pobres. A propósito de Lc 1-2, Salamanca 1978, 67-172; J. Galot, María en el evangelio, Madrid 1960, 7-78; A. George, La Mire de Jésus, en Etudes sur l’oeuvre de Luc, Paris 1978, 429-464; J. Gewiess, Die Marienfrage: BZ 5 (1961) 221-254; R. Laurentin, Les Evangiles de l’enfance du Christ, Paris 1982; L. Legrand, L’Annonce a Marie, Paris 1981 (donde se reasumen trabajos anteriores); J. McHugh, The Mother of Jesus in the NT, London 1975, 37-68; S. Muñoz Iglesias, Los evangelios de la infancia II. Los anuncios angélicos previos en el Evangelio lucano de la Infancia, Madrid 1986 (que asume trabajos anteriores del autor; con amplia bibliografía en p. 291-315); H. Räisänen, Die Mutter Jesu im NT, Helsinki 1969, 77-155.

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