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Julio Puente: Del Génesis a Botswana

Martes, 18 de junio de 2019

62599289_1252723618238161_8206369737312043008_nEl vaticano y la Ideología de género

Más adelantados en África del Sur que en el Roma

He publicado en este blog varios trabajos de (o sobre) Julio Puente (imagen 1 y 3), filólogo, antropólogo y educador, con fina sensibilidad sobre el tema de la educación sexual y de género, cuya obra más significativa en esta línea (Un paso adelante, 2017) tuve el honor de comentar.

Ahora, con ocasión de nuevo documento de la Congregación para la Educación Católica (Varón y mujer los creó. Sobre la ideología de género, Vaticano, 10 de Junio de 2019) empieza a suscitar reacciones encontradas (y en gran parte críticas) por parte de los estudiosos y, sobre todo,  de los cristianos más sensibles al tema de la diversidad antropológica y sexual.

   En este contexto he querido publicar el trabajo de Julio Puente, añadiendo al final, a modo de apéndice, una reflexión sobre el principio Génesis que, a mi juicio, el documento del Vaticano no ha sabido interpretar rectamente.. Quiero decir, ya desde aquí, que lo que está en el fondo del mensaje bíblico es la realidad personal del hombre (varón y/o mujer), no un tipo de fijación biológica.

Parece que el Vaticano insiste más en un tipo de biología, quizá mal comprendida, que en la riqueza y diversidad personal (en la maduración profunda) de hombres y/o mujeres. Así lo ha querido poner de relieve J. Puente, con amor, con humos… Así lo he destacado yo en la nota final.

Con ese cambio de perspectiva (de lo biológico a lo personal), de un tipo de ontología de género a la metafísica de persona (conforme a la Biblia) se pueden entender y resolver mejor los temas. En esa línea, J. Puente dice  en el fondo que saben del ser humano en Botsuana que en el Vaticano.

   Gracias, Julio, por ofrecerme este trabajo. Seguimos caminando, en búsqueda compartida, desde lugares que pueden ser distintos, pero con la misma pasión por el amor y la identidad del ser humano.

 JULIO PUENTE. DEL GÉNESIS A BOTSUANA.  

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Acaba de despenalizarse la homosexualidad en la República de Botswana. Una buena noticia. Y en Europa, la Congregación para la Educación Católica alerta de que los estudios de género, – que los sectores más conservadores de la Iglesia insisten en desacreditar hablando de “ideología de género” – , quieren acabar con la diferencia entre varones y mujeres. Nada menos. ¿También aquí se busca la recíproca radicalización de los extremismos como en la política europea la buscan la extrema derecha y los fundamentalistas islámicos? ¿Necesita la Iglesia encontrar siempre enemigos para sobrevivir? Naturalmente los grupos LGTBI mostrarán su desacuerdo y los grupos de gays cristianos su profundo dolor y su frustración. ¿Busca la Iglesia que todos estos grupos radicalicen su discurso y sus acciones?

  Como Dios no tiene más manos para escribir que las nuestras he pensado que, contando con la generosidad de Xabier Pikaza y de este medio digital (RD), tal vez podía exponer algunas de las ideas que ya publiqué en mi libro “Un paso adelante” a finales de 2017, que no todos los lectores de RD conocerán, e intentar así aportar alguna idea más al debate.

JULIO PUENTE. DEL GÉNESIS A BOTSUANA

El prejuicio

“Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste” (Sabiduría, 11, 24).

   La mayor parte de los grupos humanos, desde las mujeres a los extranjeros que vinieron de otro país con otra religión y otras costumbres, aunque estos vean de algún modo mermados sus derechos, tienen, en principio, teóricamente hablando, el respeto y la acogida de la sociedad sean de la raza o de la religión que sean. Aunque ya sabemos que el sexismo, la xenofobia y el racismo siguen bien presentes en nuestra mentalidad. Desde la Iglesia y las instituciones del Estado, al menos, no se arroja sobre ellos ninguna sombra de culpabilidad o desorden intrínseco. Nadie defiende en teoría, por ejemplo, que la mujer tenga menos dignidad que el hombre, menos derechos, o que haya en su condición algo “objetivamente desordenado”. En teoría, porque en la realidad no es así.

Pero sí que hay otras víctimas que, además de sufrir la discriminación y la estigmatización social, son objeto en la Iglesia de un discurso negativo respecto a su condición afectiva y sexual y respecto a las conductas y relaciones íntimas que corresponden a esa condición, y por eso les prestamos especial atención. Una mayoría ha establecido un modelo antropológico, en el que la gente está cómoda porque responde a sus intereses, y desde ese modelo juzgan a todo el que no encaja en él. En el mundo hay problemas muchos más graves de miseria y de guerras. Pero ¿podemos figurarnos lo que es la vida de una persona transexual, homosexual, etc., en un campo de refugiados, en el que además de la soledad, la enfermedad, el desarraigo y la falta de lo más necesario cada uno lleva consigo sus prejuicios religiosos y sus odios al diferente? Estas gentes en Botswana, en medio de una vida difícil, tendrán ahora al menos un alivio.

Hemos quedado hipnotizados con el modelo de los relatos del Génesis, que son relatos míticos y no un tratado de antropología sexual, y no sabemos apreciar la variedad de la realidad de nuestro mundo. Sería absurdo hablar del incesto teniendo como referencia la conducta de aquellos personajes de los relatos del Génesis en cuyo modelo hemos quedado atrapados. Sí, nos hablan de una sola pareja que creció y se multiplicó, ese es el relato, pero el incesto, es tabú, “fruta prohibida”, en todas las sociedades. En general, podemos decir que nadie discute esa prohibición y nos parece correcto, por diversas razones, que sea así en nuestra cultura.

   De la misma manera es absurdo pensar que los modelos de hombre y mujer del Génesis agotan nuestro saber antropológico. El Génesis no habla de orientaciones sexuales, pero la mentalidad fundamentalista sigue pensando que la orientación “objetivamente ordenada” es la heterosexual y que lo que se aleje de ahí es algo “objetivamente desordenado”. Esa mentalidad es esclava de un prejuicio.

   En realidad no tiene sentido querer juzgar la moralidad de las conductas a partir de relatos míticos, de enseñanzas culturalmente condicionadas y de meros datos biológicos. De las enseñanzas éticas de la Biblia hay que seguir las que a la luz de la razón humana parecen razonables. Podemos encontrar un sentido incluso a querer el bien para nuestros enemigos, incluso para los que fueron asesinos, es decir, querer su conversión y vuelta al buen camino. Pero no aceptamos y nos parece hoy absurda la doctrina que invita a los ciudadanos a que apedreen a nuestro hijo indócil, como leemos en la Biblia. (cf. Dt 21, 23).

   Ocurre lo mismo con los textos que de algún modo se relacionan con la sexualidad humana. Son escritos de otros tiempos y de otras culturas y hemos de ver si son enseñanzas razonables para seguirlas o no. Aceptamos como bueno el mensaje de salvación de la Biblia en su conjunto y la revelación de Dios en el testimonio de amor y entrega a los demás de Jesús, pero no subscribimos ciegamente cada frase aislada del contexto o en contradicción con el núcleo de ese mensaje. Las conductas sexuales del hombre no son una excepción respecto al resto de su comportamiento a la hora de juzgar su moralidad. Se trata siempre de respetar al prójimo, de amarlo. Si el adulterio es malo es porque significa una injusticia contra la mujer (cf. Mt 19, 1-12). No es justo abandonar o repudiar a la mujer por un “motivo cualquiera”. No es esa la enseñanza de Jesús ni lo que nos dicta nuestra conciencia. Pero Jesús no dice nada de la vida matrimonial que se hubiera transformado en una cárcel o en un infierno. Hay convivencias rotas de hecho, y no siempre por un motivo cualquiera, en las que es absurdo hablar de una indisolubilidad. El matrimonio ya se ha roto. Y en esas circunstancias no podemos olvidar las palabras del Evangelio sobre el perdón (Mt 18, 21-22). Incluso puede haber arrepentimiento de las faltas del pasado que originaron la actual situación de ruptura, pero ello no siempre basta para recomponer la convivencia, y es ahí donde la comunidad cristiana debe recurrir a la misericordia y al perdón y ofrecer una vida de plena comunión eclesial a las posibles nuevas parejas. Es la dirección en la que quiere caminar el papa Francisco.

   Apelar en la solución de los problemas a la naturaleza humana o a la ley natural, como si supiéramos lo que es eso, no nos sirve. Nos queda solo usar críticamente la razón humana en un diálogo multidisciplinar, llegar a acuerdos sobre lo que es justo, establecer convenciones y amplios consensos éticos, siempre sujetos a revisión.

¿Miedo al sexo?

El psicólogo y teólogo laico Ernst Ell, que fue consejero de Educación de la ciudad de Karlsruhe escribió en los años 70 un libro titulado “Dynamische Sexualmoral” editado por la editorial Benzinger de Zürich. El libro estaba dedicado a su esposa en el 25 aniversario de su matrimonio. Ernst Ell hablaba así de la homosexualidad: “Es en primer lugar un fenómeno de la naturaleza y por consiguiente pertenece ante todo al campo de las ciencias antropológicas, – en particular de la biología y de la psicología – y en esa perspectiva es un hecho equiparable a la heterosexualidad”. Es asombroso que siga pareciéndonos un autor muy sensato y actual al lado de lo que, a veces, oímos o leemos en algunos ambientes de la Iglesia.

   De la misma época es otro libro en alemán editado por Anton Grabner-Haider, que más tarde pidió la secularización y contrajo matrimonio, titulado “Recht auf Lust?”, “¿Derecho al placer?” El editor nos ofrecía en el prólogo esta cita del Diario de Albert Camus: “Me gustaría saber si podemos encontrar a Dios al final de nuestras pasiones. No me niego a encontrar a un ser superior, pero rechazo un camino que me desvía de los hombres”. Parece que Camus había comprendido bien el mensaje evangélico y el dogma de la encarnación.

   El primer artículo de ese libro era del historiador vienés Friedrich Heer. Llevaba por título “¿Una religión del miedo al sexo?” Después de casi 50 años, y después de décadas en las que la moral sexual enseñada en la Iglesia no ha tenido mucho en cuenta lo que enseñaban las ciencias antropológicas, el libro podría parecernos un descubrimiento, pues no es muy distinta la situación hoy.

   El sexo está en nosotros, incluso haciendo voto de abstinencia sexual, y de alguna forma se va a manifestar. Pero insistimos en enmendarle la plana al Creador y en hacer, en mi opinión, una interpretación tal vez interesada, tal vez poco contrastada, del pasaje sobre los eunucos en Mt 19, 12. Pocos se atreven a disentir de las posturas oficiales. Tal vez para evitar que nos digan que somos de los que no entendemos esa palabra del Evangelio por aquello de “quien pueda entender que entienda”. Pero ¿nos hemos parado a pensar qué es lo que hay que entender? ¿Deberíamos entender que algunos no se casan porque quieren dedicarse con más libertad al anuncio del reino de Dios? ¿O más bien que vale la pena casarse aunque no se pueda despedir a la mujer por cualquier motivo? Lo que es un hecho cierto e históricamente comprobado es que los eunucos no suelen casarse, no pueden procrear, pero tienen, a su manera, vida sexual. Los que han leído “Lettres Persanes” de Montesquieu se acordarán de lo que dice el eunuco en la carta IX.

   Muchas traducciones de las Biblias condicionan la comprensión del mensaje al escribir encabezamientos que conducen al lector, a veces interesadamente, en una determinada dirección. “La continencia voluntaria”, dice alguna edición de la Biblia de Jerusalén como encabezamiento de Mt 19, 10-12. Pero escoger la condición de “eunuco” o quedarse soltero no equivale a continencia o renuncia al sexo. Con esos encabezamientos se refuerza de una forma tramposa una determinada interpretación tradicional sin que el creyente pueda hacer su propia lectura. Una lectura, dentro de la comunidad, sí, pero también personal y crítica. Resulta de interés comprobar que esta opinión ya la había mantenido en 1963, con la autoridad de sus profundos conocimientos exegéticos, el teólogo suizo Pierre Bonnard. Este exegeta rechaza expresamente el comentario que hace la edición de la Biblia de Jerusalén. Él no piensa que Jesús invite a la continencia perpetua a los que se quieran consagrar exclusivamente al reino de los cielos.

   Pero Pierre Bonnard es un teólogo protestante. En los ambientes católicos, de rito latino sobre todo, la teología sobre estos temas se ha movido con una velocidad distinta. Algo cambió desde aquellos años del Concilio Vaticano II. Pero posteriormente también hubo retrocesos doctrinales y de actitud, con censuras y condenas de investigadores y teólogos.

   La sexualidad, lo sabemos, no está únicamente orientada a la procreación, sino también a la vida en comunión, a gozar de momentos felices en compañía de la pareja. Las teorías que afirman que una acción es mala si no concuerda con una función biológica relevante tienen una concepción equivocada, no histórica, de lo que es la naturaleza humana y la llamada ley natural. Lo que es la naturaleza humana y sus leyes es algo que la razón humana va descubriendo progresivamente. Las funciones biológicas no deciden todo en nuestra conducta. Nos llevaría a conclusiones absurdas. Pero ahí sigue la doctrina sobre la homosexualidad del catecismo de la Iglesia, atascada en esa errónea concepción de la naturaleza humana.

   En el fondo de esa antigua doctrina sobre la naturaleza humana nos encontramos con el dualismo precristiano que, en cierto modo, reforzaron San Pablo y San Agustín y que los seguidores de Filón impusieron en el pensamiento de Occidente, quedando más olvidado el Cantar de los Cantares y el mensaje de Jesús, que nunca habló contra los impulsos sexuales. Lo que hizo Jesús es defender a la mujer de los abusos e injusticias de una sociedad patriarcal al recordar que no era justo abandonarla con cualquier excusa y que no debíamos codiciar la mujer del prójimo (cf. Mt 19, 1-12; Mc 10, 1-12; Mt 5, 28).

Un voto a favor de la familia

Resulta extraño y bastante desalentador que en la “Amoris Laetitia”, que tiene también aspectos muy positivos, se dé una visión tan negativa de las parejas del mismo sexo. Se impuso la tesis conservadora. Pero atender a la diversidad no es debilitar la familia, al contrario. Es extender sus bondades, las que correspondan, a grupos discriminados. Se trata de posibilitar que todos tengan una. “No se trata de aliviar a otros pasando vosotros apuros, sino de lograr la igualdad” (2 Cor 8, 13-14). También esta enseñanza paulina, que la aceptamos porque nos parece razonable, podríamos aplicarla a nuestro caso.

   Atender a otros tipos de parejas o uniones no es atentar contra la familia. Así lo entendieron en 2015 las familias irlandesas cuando el 62,1 % apoyaron en referéndum el matrimonio entre personas del mismo sexo. El nombre de esas uniones les pareció poco importante. Se trataba de reconocer el derecho de las personas a vivir con la pareja que hubieran elegido. Recordemos que Jesús también propuso un tipo de familia distinto del tipo patriarcal autoritario. No intentaba, por supuesto, eliminar la familia. “Lo que intentaba, más bien, era la apertura de la institución familiar a la amplia comunidad local que tenía que convertirse en la auténtica familia de Dios”, como dijo Senén Vidal en su obra “Iniciación a Jesús de Nazaret”. El modelo era una familia igualitaria, de servicio.

   Es verdad que las uniones entre personas del mismo sexo no son equiparables, sin más, al matrimonio de un hombre y una mujer. Pero sí que hay una cierta semejanza, una analogía cuyo alcance debiera estudiarse con atención y celo pastoral. En los dos casos hay compañía y proyecto de vida en común, porque “no es bueno que el hombre esté solo” (Gn 2, 18). Y en ambos casos puede haber hijos y amor para cuidarlos. Con razón se ha escrito que “las parejas de gays y lesbianas deberían ser juzgadas por la capacidad de amar con cuidado y atención, más bien que por la capacidad biológica para reproducir”. Y si no hay hijos ¿no es ese también el caso del hombre y de la mujer ancianos que contraen matrimonio ante la Iglesia sin impedimento alguno?

   Creo que la inmensa mayoría defiende que el matrimonio como acuerdo o contrato entre miembros de la sociedad civil debe estar regulado por las leyes del Estado y es algo de la exclusiva competencia del Estado. Por otro lado no son las uniones homosexuales los únicos casos de comunidades distintas de la familia del matrimonio heterosexual. Las familias religiosas en conventos, monasterios y casas parroquiales tampoco aseguran una descendencia, no están abiertas a la transmisión de la vida, a no ser la del espíritu, pero están reconocidas en la Iglesia y en la sociedad.

   La Iglesia no debería dar importancia a lo que no la tiene en el Evangelio. Es el Sermón de la Montaña, la conversión y el anuncio del reino de Dios lo que importa. Jesús no vino al mundo para amargarnos la existencia. No vino como un ladrón “para robar, matar y destruir”. Vino al mundo para que tuviéramos vida y vida en abundancia (cf. Jn 10,10). Y se relacionaba con ternura y afecto, con naturalidad y respeto, con hombres, mujeres y niños. Entendía que además de su familia natural quienes estaban a su alrededor eran también su familia. El discípulo amado se convirtió también en hijo de su madre María (Jn 19, 26-27). Sus discípulos eran sus amigos y sus hermanos, hijos de Dios, su Padre. Como todos los hombres. Y nos amó hasta dar la vida por todos nosotros.

   En los temas de las relaciones íntimas, cuando había un pecado de injusticia, como es el caso de adulterio, Jesús ofreció siempre indulgencia y perdón. Y tuvo en cambio palabras de santa indignación solamente para la hipocresía de los escribas y fariseos.

   Jesús nos alertó contra los que tiranizan a los pueblos (Mt 20, 25) y contra la codicia y la adoración al becerro de oro. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Mt 6, 24). Muchos cristianos y ciertos sectores de la Iglesia, en vez de combatir esas tentaciones, prefieren emprender campañas relacionadas con la vida íntima de las personas o perseguir fantasmas ideológicos, como esos que llaman “ideologías de género”. Pero lo que preocupaba a Jesús no era la sexualidad, sino el olvido del otro en nuestro afán de acumular riqueza.

Celibato

A la Iglesia, en cambio, lo que le preocupa es la sexualidad. La Iglesia de rito latino sigue agobiando a sus sacerdotes con la disciplina del celibato obligatorio. Son muchos hoy, y no sólo en Alemania, los que piensan que la Iglesia debería cambiar esta disciplina. El celibato, dicen, puede tener un sentido, pero no como equivalente a abstinencia sexual. Mateo habla de no casarse, de hacerse como los eunucos que no procrean, no de abstinencia sexual (Mt 19, 12). Cuando los discípulos le dicen a Jesús que “si tal es la condición del hombre respecto de su mujer, no trae cuenta casarse” ciertamente no estaban pensando como alternativa en una vida de abstinencia sexual.

   La abstinencia sexual es algo privado y personal. Nadie tiene derecho a juzgarlo. Pero hacer de ambas cosas, de la condición de célibe (no casado)  y de la abstinencia sexual, lo mismo, hacer que vayan unidas en el ámbito público de la Iglesia, regulando ese estado por el Derecho Canónico, lleva a muchos malentendidos, hipocresías y escándalos que podrían evitarse. El reconocimiento público en la Iglesia de personas que, al menos en teoría, se abstienen sexualmente haciendo votos de castidad no favorece la igualdad fundamental de todos los creyentes (cf. Ga 3, 28). Muy al contrario, favorece la formación de una “casta sagrada” que puede dar la impresión de ser una clase de personas por encima del resto de los cristianos, algo que, a mi modo de ver, no encuentra base alguna en el Evangelio.

   Al mismo tiempo hay que afirmar que optar por tener relaciones sexuales sin renunciar al voto público de castidad que uno ha hecho o desde la promesa de una vida de abstinencia sexual es seguramente, – y sin hacer con ello un juicio moral de la conducta de nadie – , la peor de las elecciones y lleva a una doble vida con frecuencia salpicada de escándalos, cuando no de delitos.

   Los numerosos casos de abusos de menores que hemos conocido en estos últimos años deberían verse como un terrible “signo de nuestro tiempo” que nos tiene que llevar a tomar decisiones más allá de la tolerancia cero en estos casos. La Iglesia tiene que revisar la doctrina del voto público de castidad y la disciplina del celibato obligatorio. Ello no cambiaría las tendencias sexuales de una persona, ni evitaría todos los delitos, pero nadie abusaría de la confianza de otros pretendiendo estar libre de sospecha al tener voto de abstinencia sexual. Sabemos, además, por lo que nos dicen los psicólogos y otros especialistas, que el tener una familia y sus propios hijos, a los que han respetado y sabido querer con genuino afecto paternal, ha salvado a muchos hombres con inclinaciones pedófilas de cometer delitos. En cambio las personas pedófilas aisladas socialmente, sin apoyo de la comunidad, tendrían más dificultades para ser buenos ciudadanos. Un tema delicado que es mejor dejar que discutan los expertos.

   En la Iglesia urge actualizar la comprensión que tenemos de la sexualidad atendiendo a las ciencias del hombre y aceptar plenamente lo que significa la doctrina de la encarnación, sin forzar la interpretación de algunos pasajes menos claros del Nuevo Testamento y comprendiendo otros de las cartas paulinas en el contexto de sus influencias culturales. Se evitarían muchos escándalos y conductas reprobables y el foso cada vez más profundo en estos temas entre la sociedad civil y la Iglesia.

Más allá de la biología

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(Eloy Velázquez,  Las Flores de Ares  (flor de Gernika, Stalingrado y Auschwitz, tres matanzas, tres guerras; ellas pueden ayudarnos a situar mejor el tema del amor y los amores que propone J. Puente. XP).

Es evidente que a pesar de las llamadas del Vaticano II a que no haya ningún tipo de discriminación, – quizá para proteger con prohibiciones esas formas de vida sin sexo -, seguimos sin atender suficientemente el sufrimiento de muchos colectivos, como es el de los homosexuales, transexuales y otras condiciones afectivas y sexuales fuera del patrón dominante. Esto es así también en tiempos del papa Francisco, pues no es fácil cambiar una mentalidad que lleva imperando siglos en la Iglesia.

   Y es que el papa no lo puede decidir todo por sí solo. Joseph Moingt lo ha visto bien al decir en su libro “Creer a pesar de todo” que “lo más grave es la resistencia de obispos influyentes a la suavización de la disciplina relativa a la contracepción, el nuevo matrimonio de los divorciados y la acogida de los homosexuales, que esperaban muchos cristianos y hacia los que el papa Francisco parecía querer encaminar el reciente Sínodo sobre la familia”. Esa oposición no es siempre celo por la casa de Dios. Muchas veces esas mentalidades son puro cálculo humano para mantener el poder y las propias áreas de influencia en la sociedad y en la Iglesia. Además, también aquí mezclamos la religión con la política.

   Ciertamente hay condiciones sexuales y situaciones, como es el caso de la transexualidad, que han de abordarse siempre con sentido común, a la edad adecuada y en el momento justo, no antes, contando con las familias y desde el punto de vista estrictamente científico, evitando que monopolicen el debate intereses concretos de grupos o de partidos políticos. Sin duda es sensato esperar a que las personas tengan la madurez suficiente para poder decidir por sí mismas. Deben ser libres para escoger la vida que quieren llevar, ya que hay muchas formas de ser una persona humana en sentido pleno, con toda su dignidad, sin obligar a todos a adaptarse a los patrones sociales dominantes. Judith Butler, la conocida profesora de Berkeley (California) experta en los estudios de género (estudios, no ideología), acierta en su empeño por derribar el carácter monolítico de las identidades. El género no debe ser ordenado desde la normatividad heterosexual.

   No hace falta decir que cuando hablamos de transexuales estamos hablando de personas adultas y bien informadas que han tenido que tomar decisiones muy dolorosas en su vida, de las que a veces, por cierto, han podido arrepentirse. Hablamos de padres bien informados que quieren lo mejor para sus hijos. Y hablamos de estudios científicos serios. No hablamos de posibles ideologías extremas ni de adoctrinamientos sectarios. Se trata de no ignorar los conocimientos científicos rigurosos que están más allá de toda adscripción política de derechas o de izquierdas.

   Hay que evitar utilizar la expresión “ideología de género” para designar lo que son estudios de “género”. Se trata de hechos. Y los hechos son datos objetivos. Otra cosa es que haya grupos que se excedan en las conclusiones o aplicaciones de esos estudios. A ellos seguramente apuntan algunas alusiones del magisterio del papa cuando ha hablado de “teorías” de género. El papa puede en un momento expresar el punto de vista que representan en la Iglesia ciertos grupos de presión fundamentalistas o conservadores, bien situados en el Vaticano, dar autonomía a la Congregación para Educación Católica, que esta siga con sus obsesiones insistiendo en que Dios creó al hombre “como varón y hembra” (Gn 1, 27) y que allí no aparecen los transexuales ni los hermafroditas, pero a la vez mostrarse cercano a las personas y recibir en audiencia a un cristiano transexual, por ejemplo. No perdamos la esperanza. Un día comprenderán que las ciencias del hombre no son enemigas de la revelación correctamente entendida. Basta con atender a lo que dicen los mejores teólogos y estudiosos de las Escrituras.

   La legitimidad de toda determinación sexual respetuosa con nuestros prójimos es independiente de que haya una base genética o no en esas condiciones sexuales. La persona humana no es sólo biología ni su sexualidad es meramente un dato biológico. Tampoco la personalidad y el valor intrínseco de una mujer o de un hombre dependen principalmente de su definición sexual o de su definición de género.

   No tiene sentido oponer el modelo binario, hombre mujer, del Génesis a la complejidad humana en su conjunto, a la variedad de la creación de Dios. El cristiano no puede leer la Biblia como los musulmanes leen el Corán. Nosotros manejamos otros conceptos de revelación y de inspiración de las Escrituras. Y si condujeran a conclusiones absurdas o poco razonables  deberíamos revisarlos. De paso ayudaríamos a los musulmanes a avanzar en una lectura menos fundamentalista de sus textos sagrados (Corán, Sunna, Hadith), alejada del fanatismo y del integrismo de los salafistas. Sería importante lograr que los intérpretes más extremistas no buscaran en frases aisladas sacadas de contexto apoyos para sus acciones terroristas. El cristiano ya lo hace con las frases equivalentes de la Biblia, algunas también terribles. Siguiendo la enseñanza del evangelio según San Juan el cristiano sabe que quien cree rendir culto a Dios matando a inocentes no conoce a Dios Padre ni a Jesús (cf. Jn 16, 3).

   Torres Queiruga, con gran rigor teológico, – por suerte hemos superado una época de innecesarias, injustas y absurdas censuras – abrió caminos de futuro hablando de la revelación, “repensándola” de nuevo. Por esos caminos deberíamos transitar. Deberíamos “caer en la cuenta” de que el Génesis nos habla de Dios creador de todo. Pero la creación es lo que tenemos hoy ante nuestros ojos. Y ahí están, delante de nosotros para el que los quiera ver, hombres y mujeres como seres humanos variados y distintos, transexuales, hermafroditas, seres humanos intersexuales, personas con diferentes orientaciones sexuales y diferentes identidades de género. Esa es la creación que hay que respetar y cuidar. El libro del Génesis no puede dar una lista completa de la riqueza humana desde el punto de vista biológico, psicológico y cultural. La Biblia no es un libro científico.

Los roles sexuales y la orientación al otro  

En la Antropología Filosófica del profesor de la Pontificia Universidad de Comillas Carlos Beorlegui, que tiene en cuenta, por ejemplo, las aportaciones de la importante obra editada por Laufer y Rochefort titulada “¿Qué es el género?” (Barcelona, 2016), se nos ofrece una descripción de lo que se entiende por “género” que no debería causar un problema a nadie: “…el género hace referencia a las connotaciones sociales que marcan los rasgos específicos de los roles sexuales de varón y hembra”. Eso no es ideología.

   Las identidades de género no deben concebirse como inmutables, como algo fijado por la naturaleza humana, por el cuerpo físico o por la heterosexualidad normativa y obligatoria. Es la teoría de Judith Butler en su obra “Gender Trouble”. Es una opinión que merece ser tenida muy en cuenta. Porque lo que se da en la naturaleza, lo que apreciamos en la realidad de la naturaleza humana que conocemos históricamente son unos datos biológicos, a veces complejos y no siempre bien definidos, unas orientaciones sexuales diversas, para las que el sujeto parece tener una predisposición mucho antes de que el ambiente familiar y social influya en él, y unas prácticas sexuales que cuestionan la estabilidad del género como categoría de análisis. Pero una cosa son los datos biológicos y las orientaciones sexuales y afectivas y otra la forma que tiene el sujeto concreto de expresar y vivir su realidad en el contacto social. Es ahí donde vemos que el género, los roles de masculinidad y feminidad, los binarios de género, tienen mucho de carácter construido socialmente. En ese sentido el pensamiento de Judith Butler no puede ser ignorado. Ver en estos estudios poco menos que una “conspiración socialista” para acabar con la diferencia entre varones y mujeres no tiene ningún sentido.

   La reflexión de Butler se habría enriquecido si tuviera más en cuenta la antropología personalista. La vida humana no es ante todo sexo. Es ante todo vida en relación con los demás, en pareja y en grupo, vida en sociedad. Como decía Martin Buber, siguiendo a Feuerbach, “el hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre”, el ser humano, la persona,  como ser en relación con los demás. Medio y signo de esa existencia en relación es el lenguaje. Las raíces del hombre “se hallan en que un ser busca a otro ser para comunicar con él en una esfera común a los dos, pero que sobrepasa el campo propio de cada uno”. Esa esfera común sería el lugar y el soporte de los encuentros “interhumanos”, de los que la conversación, el abrazo o la cooperación solidaria serían claros ejemplos. Como debe serlo también el encuentro sexual. Como lo son las comunidades humanas, la sociedad y todos los tipos de familia.

   El sexo está al servicio de la especie y de la persona humana, para una vida placentera y feliz en compañía en la medida de lo posible, para la procreación y para la comunión de vida. Aunque Butler conoce a Buber y a Lévinas – Butler tiene también un origen familiar judío- al yo de su pensamiento parece faltarle un tú benévolo en relación con el cual existimos como personas.

   La esencial orientación de nuestro yo al tú de los demás puede realizarse desde cualquier concreción sexual o desde cualquier identidad de género, lo cual depende de muchas variantes biológicas, psíquicas y culturales. Aquí es donde, yendo más allá de Freud y de otras psicologías en las que parece haberse estancado el catecismo y la doctrina de la Iglesia, podrían ser muy valiosas las ideas de Butler. Pero hay que reconocer a Butler, porque también es activista, que su lucha es legítima, que sin igualdad, sin libertad, sin reparto equitativo del poder y de los bienes, en una sociedad injusta con las mujeres y con quienes se rebelan contra el modelo patriarcal heterosexual dominante desde su diferencia sexual, es más difícil la vida en relación placentera y feliz. Muchos cristianos desean que todos los que tienen un cargo de responsabilidad en la comunidad cristiana atiendan a los “signos de nuestro tiempo” y se acerquen más en estos temas al espíritu del Evangelio.

PIKAZA, UNA LECTURA DISTINTA DEL GÉNESIS (2, 23-24).

El documento vaticano se titula Varón y mujer los creó, título tomado de Gen 1, 17,  frase que puede y debe interpretarse de un modo distinto al que propone el texto, dentro de una visión de conjunto de la Biblia, en la que importa el despliegue profético del tema y su culminación en el NT, donde se ofrece una visión distinta del hombre la mujer como personas, más que como seres determinados por el propio sexo..

   El tema es fascinante, y yo mismo le he desarrollado de un modo inicial en Antropología Bíblica (Salamanca 2005), pero ahora no quiero repetir los argumentos que allí ofrezco, sino reflexionar sobre el “canto” de Adán, la primera palabra de un hombre en la Biblia. Al situarse ante Eva desnuda, desnudo él, Adán proclama y canta:

Esta es hueso de mis huesos, carne de mi carne! Su nombre es Hembra, pues ha sido tomada del Hombre.

Por eso el Hombre abandona padre y madre y se junta a su mujer y se hacen una sola carne (Gen 2,23-24).

 Esta es la primera palabra del Adán convertido en varón o, mejor dicho, en persona: Es la palabra o canto del encuentro mutuo que resume y da sentido a toda la historia bíblica que sigue, con las diversas variantes de amor. Ciertamente, está al fondo Dios, está el campo con los árboles y ríos, están los animales… Pero al centro de todo han pasado dos parejas:

 ‒ Una es la pareja de la generación, formada por el padre y madre a los que el varón ha de dejar para unirse a su mujer (a otra persona). Esta será en perspectiva israelita posterior (genealógica) la pareja primordial, la que se encuentran integrada por los padres y los hijos. En esa línea de pareja de generación se sigue situando gran parte del imaginario simbólico posterior

Otra es la pareja del varón y la mujer, es decir, de dos personas que ahora viene a presentarse como sentido y culmen del proceso creador: Dos seres humanos, que en un sentido son hombre y mujer, pero en otro pueden ser (son) dos personas como tales, superando su aislamiento previo para formar “una sola carne” (en hebreo basar, en griego sarx: Gen 2, 24; cf. Mc 10, 8).

  Significativamente, la unión de la segunda pareja no es unión de esposo‒esposa para procrear (en sentido paterno‒materno) sino unión “carnal” (concreta, real, personal…) de dos seres humanos, que   no se constituye con la finalidad de procrear, sino con la de vivir en comunión. Esta pareja de Gen 2, 23‒24 no es, según eso, pareja de procreación (de padre‒madre, como hembra y varón), sino pareja de comunicación personal, que puede ser homo–sexual o héterosexual, que tiene la finalidad de “llenar el hueco de soledad” de la persona humana, en la línea de una relación más extensa y profunda, que puede darse entre amigos y amigas, de uno u otro sexo.

Gen 2-3 ha contado este proceso desde la perspectiva del varón que debe romper (superar) su tendencia posesiva (expresada en forma de dominio sobre mujeres e hijos), para unirse de esa forma a la mujer. Sólo ahora, cuando el antiguo Adam pre‒sexuado (es decir, sin dualidad) esté dispuesto a dejar a dejar a sus padres e iniciar (reiniciar y definir) su vida por la unión con otra persona (que simbólicamente empieza siendo una mujer, pero que puede ser también otro varón) surge el verdadero ser humano, la persona definida en forma de comunicación.

Lo que el texto pone de relieve no es el hecho de que este Adán ya “dividido” sea un varón (en sentido sexual) y Eva una mujer (también en sentido sexual), sino que sean dos personas, pues sólo un tipo de dualidad de comunicación verbal y afectiva convierte a los homínidos (varones y/o mujeres) en personas. Ciertamente, el texto supone en línea simbólica que uno es varón y otro mujer, pero tal como está formulado (sin referencia a la procreación y nacimiento de hijos) este primer “canto” de Adán puede y debe aplicarse a todo tipo de comunicación personal, que es de tipo “carnal” (de sarx), es decir, “integral”, en línea del texto clave de la encarnación (Jn 1, 14) donde se dice que la Palabra (el Logos de Dios, Cristo) se hizo “sarx” (carne), es decir, humanidad compartida.

Este pasaje nos sitúa ante el signo central de la antropología: Un ser humano ante otro ser humano, desnudos ambos ante el impulso del amor y la tarea de la comunicación Es él, el varón, quien ha de hallarse dispuesto a perder su propia identidad (su separación, su egoísmo) para encontrarse en la mujer (en otro ser humano). Ha estado solo, se ha buscado a sí mismo siempre en vano (en el diálogo con Dios, en el dominio sobre los animales). Sólo ahora, cuando supera esos niveles previos para unirse a otra persona (que en un primer plano es una mujer, pero que puede ser otro varòn), recibiendo vida en ella (con ella) se puede afirmar que ha encontrado su verdad, su ser humano.

Lo que cuenta este pasaje (Gen 2, 23‒24), formulado en forma de canto, no es algo que ha pasado una vez y para siempre, sino el camino del varón y la mujer (es decir, de dos o más seres humanos), que sólo se descubren a sí mismo y son unos al encontrarse en comunión con otros. Antes que el encuentro de vida y amor de las personas (varón y mujer, dos seres humanos…) no existía ni existía verdadera humanidad. En este contexto no se habla todavía de los hijos, a los que se aludirá sólo más tarde (en Gen 3, 21‒24). La unión que aquí se canta no la es la unión genética para procrear (cosa que podría hacerse sin amor, ni comunicación verdaderamente personal), sino la unión de admiración, amor y palabra de dos (o más) seres humanos, la primera comunicación personal, el primer lenguaje en forma de “canto” ante la “aparición” y despliegue de otra persona[1].

Este canto (Gen 2, 23‒24) formula y expresa el primer “lenguaje” de la historia humana, como descubrimiento y despliegue del primer arquetipo humano, que es el arquetipo del encuentro de dos seres humanos, en desnudez gozosa y admirada de vida compartida. Este pasaje supone que la misma “carne” (descubrimiento del otro) se hace palabra de canto y de comunicación, de forma que ambos, él y ella, o los dos, del sexo que fuere, se hacen una sola carne (sarx) y cantan, en la línea del Logos de Dios que se hace carne (sarx) en la historia y vida de los hombres, como dirá Jn 1, 14 (el Logos de Dios se hizo carne)[2].

[1] Además de los comentarios y libros ya citados cf. W. Brueggermann, Of the same Flesh and Bone (Gen 2,23a), CBQ 32 (1970) 532-542; M. Gilbert, Une sole chair (Gen 2,24), NRT 110 (1978) 66-89; J.L. Ska, Je vais lui faire un allié qui soit homologue (Gen 2,18), Bibl 65 (1984) 233-238; X. Pikaza, Antropología Bíblica, Sígueme, Salamanca 2005.

[2] Éste es el arquetipo fundante de la vida de los hombres y mujeres, creados para la felicidad, para que cada uno se pueda gozar en y con el otro, en mirada y canto, antes de toda procreación. Este pasaje (Gen 2, 23‒24) supone que la vida verdaderamente humana comienza con la dualidad hecha comunión, que no es puramente “espiritual”, sino carnal en el sentido concreto del término. La vida del hombre-mujer se revela y despliega así como gozo, un camino de descubrimiento mutuo y de felicidad: La creación ha merecido la pena, la vida ha merecido la pena; Dios se ha expresado por fin en su obra sobre el mundo.

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