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La increíble historia del cura que se enfrentó a los abusos del clero… en 1948

Sábado, 27 de abril de 2019

padre-Gerald-Fitzgerald_2115398528_13540544_660x371La vida y obra del padre Gerald Fitzgerald desmonta la tesis de Benedicto de que la pederastia empezó en los 60

El sacerdote siempre soñó con llevar a los curas pederastas a una isla desierta, convencido de que no se podían rehabilitar, e incluso pagó una entrada de 5.000 dólares para una isla en el Caribe en 1965

Ya en 1963, recomendó al Papa Pablo VI la laicización incondicional de los sacerdotes que abusan de niños

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A pesar de lo que piensa el Papa Emérito Benedicto XVI, los abusos en la Iglesia no empezaron en los años 60. Más bien, se podrían remontar incluso a la época del propio Jesucristo, quien en opinión de la teóloga Rocío Figueroa fue humillado sexualmente en su Pasión. Empezaran cuando empezaran, el sacerdote estadounidense Gerald Fitzgerald se enfrentó a los abusos del clero ya en 1948, y pasó más de dos décadas intentando advertir a los obispos norteamericanos, e incluso al Papa Pablo VI, del peligro que representaban los curas pederastas.

La increíble historia de Fitzgerald empieza en 1947, cuando el cura, que entonces tenía 53 años, compró un terreno de dos mil acres en Jemez, Nuevo México, para establecer un centro de tratamientos para curas luchando contra el celibato o la adicción al alcohol. Fitzgerald, miembro de la Congregación de la Santa Cruz, una nueva orden, los Siervos del Paráclito, para atender a los sacerdotes en apuros.

La nueva Congregación pronto empezó a recibir sacerdotes que habían abusado de menores, y Fitzgerald empezó a tratarlos con los mismos métodos -sobre todo, espirituales- con los que trataba a los demás presbíteros huéspedes del centro. Pero rápidamente cambió de parecer, e intentó frenar la llegada de los curas pedófilos. “La experiencia nos ha enseñado que estos hombres son demasiado peligrosos para los niños de la parroquia y del barrio como para justificar que los recibamos aquí”, escribiría Fitzgerald en una carta años después. Pero a pesar de su negativa a recibir a los pederastas, obispos alrededor del país seguían mandándolos a Jemez. Fitzgerald se convenció de que no podían ser tratados, de que no se podía fiar de que fueran a vivir una vida célibe y que debían ser laicizados, incluso contra su voluntad.

padre-Fitzgerald-centro-tratamiento-Jemez_2115398529_13540581_667x375El padre Fitzgerald, en el centro de tratamiento de Jemez

“Las conversiones reales son muy excepcionales”

Fue entonces cuando Fitzgerald empezó su cruzada para que ningún obispo volviera a asignar a una parroquia a ningún cura acusado de pedofilia. Como en septiembre de 1952, cuando escribió al entonces obispo de Reno, Nevada:

“Yo me inclinaría a favorecer la laicización para cualquier sacerdote, con pruebas suficientes, que manipule la virtud de los jóvenes, siendo mi argumento, desde aquí en adelante, que la caridad al Cuerpo Místico debería tener precedencia sobre la caridad al individuo, y cuando un hombre ha caído tan lejos del propósito del sacerdocio lo mejor que se le debe ofrecer es su Misa en la reclusión de un monasterio. Es más, en la práctica, las conversiones reales son muy excepcionales… Por lo tanto, dejarlos en servicio o vagando de diócesis en diócesis contribuye al escándalo o al menos al peligro próximo al escándalo”.

“Una nueva diócesis solo implica pastos verdes”

El_padre_Gerald_Fitzgerald_con_el_Papa_Juan_XXIII_en_1961O en septiembre de 1957, cuando Fitzgerald escribió al entonces obispo de Manchester, Nuevo Hampshire, observando que el “arrepentimiento y enmienda” en los curas pedófilos es a menudo “superficial y, si no formal al menos subconscientemente, motivado por el deseo de volver a estar en condiciones en las que pueden seguir sus actividades habituales“. “Una nueva diócesis” para los sacerdotes pederastas “solo implica pastos verdes”, advirtía Fitzgerald, quien también lamentó en esta misiva al obispo de Manchester la deferencia con la que las autoridades civiles trataban en la época a los curas católicos. “Nos sorprende descubrir con qué frecuencia a un hombre que estaría tras las rejas si no fuera un sacerdote se le confía el cura animarum [el cuidado de las almas]”, escribía Fitzgerald.

El sueño de una isla para los curas pedófilos

El sueño del cura Fitzgerald, que se articuló por primera vez en 1957, siempre fue llevar a todos los curas pederastas con los que cruzó caminos a una isla, lejos de la sociedad, convencido de que nunca podrían ser rehabilitados. Tal y como lo explicó en una carta al entonces arzobispo de Santa Fe, cofundador de los Siervos del Paráclito:

“Estos hombres [los curas pederastas] son diablos y la ira de Dios viene sobre ellos y si yo fuera obispo temblaría cuando no los he reportado a Roma para la laicización involuntaria… Es para esta clase de serpiente de cascabel que siempre he deseado el retiro en la isla – pero incluso una isla es demasiado para estas víboras… Cuando me vea con el Santo Padre voy a hablar de eso con Su Santidad”.

En 1965, Fitzgerald pagó incluso una fianza de 5.000 dólares para una isla en el Caribe, que en aquel entonces estaba en venta por 50.000. No pudo ser este proyectado régimen de aislamiento para los curas pederastas -en parte porque el nuevo obispo de Fitzgerald no quería poseer ninguna isla- y el cura se vio obligado a vender la parte que había adquirido.

Una reunión con Pablo VI

El_padre_Gerald_Fitzgerald_con_el_Papa_Pablo_VIAún así, el trabajo del cruzado anti-abusos continuó. En abril de 1962, Fitzgerald respondió a una consulta del entonces Santo Oficio en Roma sobre el “tremendo problema que representa el cura quien a través de una falta de autodisciplina sacerdotal se ha convertido en un problema para la Madre Iglesia”. Recomendó al Vaticano que se incorporara en los seminarios “una enseñanza más distinta del castigo severo que implica la manipulación de la inocencia (o incluso, la no inocencia) de los pequeños”. Los curas que “han caído en pecados repetidos… y especialmente el abuso de niños… deberían ser presentados con las alternativas de una vida recluida en la protección de los muros de un monasterio o la laicización completa”.

En agosto de 1963, Fitzgerald se reunió con el recién elegido Papa Pablo VI, para advertirle de los peligros de los curas pederastas. Como escribía en una posterior carta al Papa Montini:

“Personalmente, no soy optimista en cuanto al regreso al servicio activo de curas que han sido adictos a prácticas anormales, especialmente pecados con los jóvenes… Cuando hay indicios de incorregibilidad, por el tremendo escándalo que se da, yo encarecidamente recomendaría la laicización total”.

Hoy día, el recuerdo de la cruzada de Fitzgerald suscita reacciones diversas. Por un lado, hay quienes han utilizado su vida y obra para demostrar, incluso en los tribunales, que la jerarquía, en los Estados Unidos y en Roma, sabía del alcance de la plaga de la pederastia entre el clero mucho antes de que estallara el escándalo de Spotlight en Boston en 2002. Por otro lado, algunos agradecen su memoria pero descartan las tesis y los métodos de Fitzgerald por su carga emocional y su falta de rigor científico, ya que el cura siempre favorecía el tratamiento “espiritual” y desconfiaba de la psicología y la psiquiatría. Razón esta última por la que acabó perdiendo el control en 1965 de la Congregación que fundó, muriendo cuatro años después en 1969.

Sea cual sea la manera en la que la historia le juzgue, el testimonio de este valiente cura, adelantado a su tiempo, es prueba de que la crisis de los abusos es mucho más compleja que algunos, incluido el Papa Emérito, nos harían creer.

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