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Dom 22.1.17. Los cristianos, unos galileos

Domingo, 22 de enero de 2017

hermon_panoramicaDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 3, tiempo ordinario. Ciclo A. Mt 4, 12-14 Este evangelio narra el comienzo del camino de Jesús según Mateo e incluye dos temas: (1) Galilea. (2) El Reino de Dios.

Ambos están vinculados, pero hoy sólo quiero ocuparme del primero: ¿Por qué empezó Jesús en Galilea? ¿Cómo podemos y debemos volver y empezar allí nosotros? ¿Somos los cristianos unos galileos?

Se trata de de-construir para re-construir la Iglesia de Jesús, que empezó en Galilea, y que siguió después con Pedro, Pablo y Santiago, la Iglesia de Magdalena y Salomé, la Iglesia del mar a la derecha y del desierto al fondo, que hoy quiero mirar desde el Monte Hermón (primera imagen)

Una tierra.

Geográficamente, Galilea es un país pequeño, como muestra esta foto tomada desde el monte Hermón, en la frontera entre Israel, Líbano y Siria.

‒ Desde allí se descubre, mirando hacia el sur, en primer plano las zonas del Golán, con la alta Galilea, a la derecha el mar, empezando desde Tiro (el gran puerto), siguiendo por la bahía de Haifa y el Carmelo, hacia el sur todo el más de Palestina, perdiéndose al fondo por Gaza, hacia Egipto. A la izquierda los montes del Golán y la meseta de Basán.

‒ En el centro esta el Lago de Tiberíades (la ciudad se ve muy bien), a la izquierda la zona de la actual Jordania, a la derecha la zona de la baja Galilea, donde empezó Jesús. Al norte del lago está Cafarnaum, a la la derecha Nazareti: Colinas y valles tierras bajas, en el cruce de los grandes caminos del mundo, que pasaban por allí, como sin pararse.

‒ Hacia el sur, por la hoya del Jordán, siguen las aguas, a un lado Jordania, al otro Palestina, desembocando (¡se ve muy bien!) en el Mar muerto, con la zona del desierto de Judá (una mancha blanca a la derecha: de de Jericó a Qumrán). Allí mismo, más a la derecha puede casi vislumbrarse Jerusalén. Más al sur el gran desierto del Sinaí y de Arabia…. (las otras dos imágenes son del mar de Balilea y de su entorno).

250px-sea_of_galileeCamino del mar, Galilea de las gentes… Un lago abierto al mundo

El evangelio no empieza en los centros de poder religioso o político (Jerusalén, Roma…), sino en una tierra del margen social y religioso. Allí, en la oscura Galilea entre gentes marginadas y oprimidas, en el camino de los gentiles y del mar, empezó el movimiento de Jesús. Volver a Galilea (cf. Mc 16, 6-7; Mt 28, 16-20) sigue siendo una tarea pendiente de sus seguidores.

El mismo historiador San Lucas que no ha dado después (en todo el libro de los Hechos de los Apóstoles) ninguna importancia a Galilea, para interpretar el cristianismo en un camino que va desde Jerusalén, por Antioquía hasta Roma, tiene que reconocer que la cosa empezó en Galilea (Hech 10, 37). Allí empezó, allí tiene que volver si quiere recuperar su principio, retomar su fuerza.

En un momento clave de la Iglesia y de la humanidad. Empezar en Galilea

‒ El Concilio Vaticano II nos dijo que debíamos volver a los orígenes, pero seguimos demasiado prendidos en tradiciones secundarias. Por eso debemos hoy, sin duda, volver a Galilea, para retomar el camino allí donde lo empezó Jesús, como nos dice el evangelio de hoy.

‒ El mismo Lutero, cuyo quinto centenario estamos celebrando, quiso volver también a los orígenes, pero ha corrido el riesgo de quedarse en un tipo de Pablo, en un tipo de fe y tradición que es también secundaria, sin volver a la raíz del mensaje y camino de Jesús en Galilea.

Unos y otro hemos querido mantenernos en los centros del poder para dominar (¿servir?) de esa manera al mundo. Pero el evangelio nos pide retomar otro camino, el de Jesús, volviendo a Galilea (desde las tierras de los marginados y oprimidos) situándonos así en la raíz del evangelio.

Así lo indicaré en esta postal, que tiene dos partes. (a) Una más general, sobre el mensaje de este texto de Mateo. (b) Otra más específica, con motivos tomados de mi comentario a Mateo. Antes citaré el texto del evangelio.

Texto

Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan, vino a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que habla dicho el profeta Isaías (cf. Is 8, 23− 9, 1):

País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló.

a. SENTIDO GENERAL, GALILEA

galilea7Profecía de Isaías. Una luz que viene de Galilea

En el fondo de este pasaje está el famoso texto de Isaías sobre Galilea, la tierra del Norte de Israel que había caído en manos de gentiles (conquista asiria del 732 a.C.), perdiendo en gran parte su carácter israelita, por varias razones: (a) deportación de parte de sus habitantes; (b) introducción de grupos paganos del entorno, bajo presión asiria; (c) opresión del conjunto de los habitantes.

Pues bien, en un momento de cambio (quizá tras el año 700, cuando los asirios abandonaron el cerco de Jerusalén), Isaías abre un horizonte de esperanza para Galilea, la tierra del Norte, rodeada de gentiles en la Gran Ruta del Mar, que une Asiria con Egipto… diciendo que lleva una luz, una esperanza de redención. Hay autores que piensan que este oráculo se encuentra desplazado y que debe situarse en el contexto de las profecías de Jeremías, tras el año 640 dC, cuando el rey Josías (tras la caída del imperio de Asiria) empezó una política de restauración de Israel, que le llevó hasta Galilea.

Sea como fuere, en la Biblia de Israel había un pasaje esencial donde se hablaba, en el lugar más denso del libro de Isaías, de la restauración de Galilea, de una luz de Dios (de una salvación humana), que viene por Galilea, no desde Jerusalén.

Experiencia cristiana: la cosa empezó en Galilea

Jesús comenzó a proclamar su mensaje (la llegada del Reino de Dios) en Galilea, después de haber acompañado por un tiempo a Juan Bautista, compartiendo su programa de conversión y de esperanza de juicio (con bautismo) en el río Jordán. Pues bien, en un momento determinado, dejando a Juan y su lugar junto al río, dejando la práctica penitencial del bautismo, Jesús volvió a su tierra y comenzó a proclamar e iniciar el mensaje (el camino del Reino) en Galilea.

Éste es uno de los datos fundamentales de la tradición evangélica, como sabe Lucas y lo dice en el libro de los Hechos (la cosa empezó en Galilea: Hch 10, 37). Pero la Iglesia posterior, empezando por el mismo Lucas y por el evangelio de Juan (y de un modo especial por Pablo) ha tendido a olvidarse de Galilea, poniendo de relieve la importancia de Jerusalén, lugar de la muerte de Jesús y también del comienzo (previsible) de la Iglesia.

En esa línea se puede hablar de un “ocultamiento” de Galilea, de un olvido del primer mensaje de Jesús, que fue un mensaje “aldeano”, provinciano…, un mesianismo de campesinos, hombres y mujeres de pueblo, un movimiento laico de transformación de Israel y de esperanza escatológico, que empezó en Galilea, entre los oprimidos de una zona oprimida de la tierra.

Pues bien, los evangelios de Marcos y Mateo han programado ya un fuerte “retorno a Galilea”. Ciertamente, admiten y ponen de relieve el “paso” por Jerusalén, con todo lo que implica para Jesús y para el evangelio (con la muerte, la experiencia de la tumba vacía…). Pero el comienzo y raíz, el centro del evangelio, se encuentra para ellos en Galilea.

Así lo dice Marcos, de forma programática, en 1, 14-15 (Jesús empezó a proclamar en Reino en Galilea); así lo resalta al final del evangelio, cuando dice a las mujeres (y por ellas al resto de los discípulos) que vuelvan a Galilea, para retomar el camino de Jesús, dejando Jerusalén (Mc 16, 6-7).

Así lo dice Mateo, de un modo todavía más solemne. Ciertamente, para Mateo la Ley de Jerusalén (con el templo y con los sacerdotes) sigue teniendo su importancia. Pero el centro y raíz del evangelio es Galilea, la tierra de los pescadores y campesinos a los que Jesús anunció el Reino.

(a) Por eso retoma el comienzo del evangelio en Galilea, apelando a la cita básica de Isaías: la tierra antes condenada, tierra de sombra y de muerte, ha sido el principio de la luz, el lugar donde ha comenzado la salvación del Reino (texto de este domingo: Mt 4, 12-14).

(b) Por eso, tras haber recorrido el camino de muerte, tras haber cumplido su tarea en Jerusalén, después de haber sido condenado por los Sacerdotes de la Ciudad Santa y del Templo (¡tema central, durísimo, de Mateo!), el Jesús pascual vuelve con sus discípulos a Galilea y desde allí (no desde Jerusalén) les envía al mundo entero, a crear comunidades de discípulos (Mt 28, 16-20).

Galilea y Jerusalén. Recuperar el evangelio en Galilea

Ciertamente, Jerusalén es importante, como tierra del Templo y de sus Sacerdotes, lugar del mensaje final y del “fracaso” de Jesús, ciudad donde le matan y le entierran…. Más aún, el evangelio de Jesús de entroncarse en las traiciones de Jerusalén, como ha puesto de relieve Pablo (¡que no cita a Galilea…!), como ha destacado luego Lucas (tanto en su evangelio como en Hechos quiere arraigar el camino de la Iglesia de Jesús en Galilea…).

Pero Galilea sigue siendo esencial para entender el evangelio. Así lo sabe el mismo evangelio de Juan, que pone de relieve las tradiciones de Jerusalén, pero que tiene que acabar reconociendo la importancia de Galilea (cf. Jn 21), lugar de los primeros milagros de Jesús, lugar donde empezó la verdadera misión de la Iglesia.

Por eso es urgente “recuperar a Galilea”, precisamente ahora, en este año 2017, en un tiempo en que parecen seguir dominando en la iglesia un tipo de tradiciones (¡y encima falseadas!) de Jerusalén, en la línea del libro de los Hechos, como si el evangelio pasara directamente de Jerusalén a Roma… como si Roma heredara las tradiciones sagradas de Jerusalén (templo y sacerdotes, organización clerical y teocracia sagrada…). Es necesario, yo diría esencial, volver a Galilea, como supone y propone el evangelio de hoy.

Éste es el tema: Hemos olvidado el carácter galileo del evangelio, que es evangelio de campesinos y pescadores, de gentes de pueblo que han escuchado la gran voz de la profecía… Jesús no ha querido ir a las ciudades del entorno (Séforis, Tiberíades…), sino que ha querido promover un movimiento de reino en las aldeas y pueblos pequeños, en las zonas marginadas de Galilea.

B. AMPLIACIÓN (Para personas más interesadas, de mi comentario de Mateo)

El comienzo del texto ya citado, con sus dos noticias (entrega de Juan y traslado de Jesús a Galilea) está tomado de Mc 1, 14, pero Mateo añade una cita de cumplimiento, para destacar el sentido de Galilea como tierra profética del mensaje de Jesús.

‒ Cuando Juan fue entregado (Mt 4, 12; cf. Mc 1, 14). No parece que esa entrega se haya dado por iniciativa directa de Herodes (ni siquiera por influjo de su nueva esposa, en la línea de Mt 14, 3-12), sino por traición de algunos (quizá de las autoridades sacerdotales de Jerusalén) que deberían haberle defendido, pero que le pusieron en manos de Herodes Antipas. Así parece insinuarlo la frase oyendo que Juan había sido entregado, con la palabra paredothê (cf. Mc 1, 14), que es la misma que empleará al referirse a la “entrega” de Jesús (cf. Mt 17, 22; 20, 18; 26 2 etc.). Todo nos permite suponer que ambos (Juan y Jesús) han sido entregados, posiblemente traicionados por gente de su entorno.

‒ Venida a Galilea. Como muestra la cita siguiente de Isaías, el tema central de Mateo es la acción y mensaje de Jesús en Galilea, la zona norte de Israel que había caído en manos de gentiles (conquista asiria del 732 aC), perdiendo en parte su carácter israelita, por deportación de muchos de sus habitantes e introducción de grupos paganos del entorno. Pues bien, en un momento de cambio (quizá tras el año 700, cuando los asirios abandonaron el cerco de Jerusalén), Isaías trazó un horizonte de esperanza para Galilea, rodeada de gentiles en la Gran Ruta del Mar, que une Asiria con Egipto, con una palabra (cf. de Is 8, 23− 9, 1), que Mt 3, 15-16 ha tomado como clave para su comprensión del evangelio.

Algunos exegetas piensan que este oráculo de Isaías se encuentra desplazado, y que debe situarse en el contexto de las profecías de Jeremías, tras el 640 aC, cuando el rey Josías (tras la caída del imperio de Asiria) inició una política de restauración de Israel, retomando para el nuevo reino de Judá no sólo la tierra de Samaria, sino incluso Galilea. Sea como fuere, esa fijación del tiempo en que se formuló resulta secundaria, pues la clave de la cita no está en saber tiempo en que surgió, sino en precisar la esperanza del cambio que ella trazó para Galilea y que, de hecho (según Mateo), se había realizado con Jesús.

El Reino empezó en Galilea

Pues bien, según Mateo, la esperanza de ese cambio, propuesto por el anuncio de Isaías, no se produjo de hecho, ni en el tiempo de Isaías (hacia 700 aC), ni en el de Jeremías (tras el 640 aC), ni siquiera en torno al 104/103 aC (con la conquista de Galilea por los reyes macabeo-asmoneos de Jerusalén), sino cuando Jesús comenzó a proclamar la llegada del Reino. De esa manera ha trazado Mateo un arco que viene desde Isaías a Jesús, desde el profeta al Mesías, tomando como motivo Galilea.

Esa referencia a Galilea como punto de partida del evangelio, constituye uno de los datos fundamentales de la tradición de Mateo (y Marcos), como reconoce en otro contexto el mismo Lucas (¡la cosa empezó en Galilea!: Hch 10, 37). A pesar de ello, cierta Iglesia posterior, empezando no sólo por Pablo, sino por Lucas y Juan evangelista, ha tendido a relegar el tema de Galilea, insistiendo en la importancia de Jerusalén, lugar de la muerte de Jesús y del comienzo de la Iglesia .

((En esa línea se puede hablar de una “marginación” de Galilea y de un olvido del mensaje “aldeano” de Jesús, con su mesianismo de campesinos, hombres y mujeres de pueblo (no de sacerdotes), al servicio de la transformación de todo Israel desde la tierra de Israel. Como he puesto de relieve en Historia, resultan quizá más fiables los datos que ofrece Jn 1-4 donde se dice que Jesús realizó por un tiempo un ministerio bautismal con (o como) Juan Bautista. Eso significa que Jesús no se separó de Juan sólo porque le habían entregado (siendo encarcelado por Herodes Antipas), sino porque habían entre ellos ciertas diferencias en la forma de entender el mensaje. El dato de Mt 4, 12 (tomada de Mc 1, 14) parece tener un sentido más teológico, y quiere insistir en que Jesús empezó su misión después de Juan, apareciendo de algún modo como sucesor suyo. Sea como fuere, Mateo insiste en la importancia teológica del comienzo del mensaje de Jesús en Galilea)).

Marcos ha insistido en Galilea, situando allí el mensaje programático de Jesús (Mc 1, 14-15) y el lugar central de su pascua (Mc 16, 6-7), y así lo confirma Mateo, de un modo aún más solemne, poniendo a Galilea como lugar de origen y culminación del evangelio, que de allí debe extenderse a todas las naciones (cf. 2, 23; 4, 12-16; 28, 16-20). Ciertamente, Jerusalén tendrá importancia, como capital donde Jesús se enfrenta con el judaísmo oficial, siendo ajusticiado, pero el lugar esencial para entender y recuperar el evangelio es Galilea, como ratifica 28, 16-20.

Galilea, que había sido importante en el comienzo de la historia bíblica (episodio de Débora y Yael: Jc 4-5; profecías de Elías y Eliseo: 1 Rey 17-21), formaba parte del Reino del Norte. Pero cayó pronto en manos de los asirios, primero hacia el año 735 aC y después el 721 aC, teniendo desde entonces una historia azarosa, bajo el dominio de Asiria, Babilonia y Persia, como zona de mestizaje y cruce de pueblos, sometida al influjo de Tiro y Damasco, de tal forma que su religión tendió a ser una mezcla de yahvismo y de cultos paganos de la tierra.

Galilea, una tierra compleja

Por la arqueología de detalle, realizada en los últimos decenios, sabemos que a partir del siglo VII aC, tras la conquista asiria, Galilea perdió importancia, y apenas tuvo identidad político/social, careciendo de ciudades y quedando en gran parte despoblada, a merced de sus vecinos más ricos. Desde una perspectiva jerosolimitana y judía, era una zona de tiniebla y sombras de muerte y, según el anuncio de Is 8, 23−9, 1 (hacia el 700 o el 640 aC), careciendo de luz propia por siglos. Ciertamente, había allí gentes que recordaban a Yahvé, el Dios antiguo. Pero en conjunto la tierra parecía perdida para el yahvismo, sin un lugar entre las tribus de Israel. Las cosas sólo cambiaron (desde una perspectiva israelita) en torno al 104/103 aC, cuando fue conquistada y rejudaizada por Aristóbulo y su hijo Alejandro Janeo (cf. Flavio Josefo, Ant 13, 395):

‒ Hacia el 160 aC, seguía habiendo en Galilea israelitas fieles a Yahvé, como muestra 1 Mac 5, 1-26, donde se dice que Judas Macabeo envió a su hermano Simón para liberar a los “judíos” (israelitas yahvistas) de la zona, que estaban en riesgo de ser exterminados por los pueblos del entorno (Tiro, Sidón y Ptolemaida) y por los mismos paganos (itureos) de la zona. En ese momento había en Galilea más paganos que israelitas, y los macabeos carecían de fuerza para reimplantar allí el judaísmo, de forma que optaron por “repatriar” (e instalar en su zona “liberada” de Judea) a los fieles yahvistas.

‒ El 104/103 (¡cien años antes del nacimiento de Jesús!) cambiaron radicalmente las cosas. Tras medio siglo de expansión y crecimiento demográfico judío, Aristóbulo y Alejandro Janeo conquistaron militarmente la zona central de Galilea, imponiendo el yahvismo (judaísmo), a través de dos procesos. (a) Exigieron la conversión forzosa de los “itureos” (tribus siro-árabes) de la zona, que debieron circuncidarse y adoptar las costumbres (leyes y religión) del judaísmo. (b) Establecieron en la zona a muchos judíos de Judea, entre los que podían estar los antes repatriados de Galilea y otros del entorno de Belén (que se creían descendientes de David). Es probable que ellos fueran los fundadores del asentamiento nazoreo de Nazara/Nazaret (cf. comentario a Mt 2, 23).

‒ No sabemos si los antepasados biológicos de Jesús formaban parte de esos “emigrantes religiosos”, que quisieron recrear en Galilea los ideales de David o si había entre ellos “itureos” convertidos a la fuerza. Sea como fuere, los judíos galileos del tiempo de Jesús tenían características propias, que les distinguían, destacando por su fuerte conciencia nacional, que se manifestaba en el hecho de haber optado por Jerusalén y sus tradiciones, en contra de los samaritanos, de la zona central de Palestina (entre Judea y Galilea), y que se tomaban como israelitas, pero no como judíos (sólo aceptaban el Pentateuco, no las tradiciones proféticas de Judá, ni las instituciones sacerdotales de Jerusalén). En esa línea, no puede ponerse en duda la fidelidad israelita de Jesús Galilea, aunque es muy probable que ella tuviera rasgos propios, que le distinguían, como he dicho, de los judíos de Judea.

La región de Galilea era pequeña, y se hallaba habitada por campesinos y pescadores yahvistas, como han destacado los arqueólogos. Es indudable que la tierra donde Jesús proclamó su mensaje, en la Baja Galilea, junto al Lago de Genesaret, estaba muy judaizada aunque en su entorno había grandes ciudades helenistas (Tiro, Escitópolis, Gadara). De todas formas, como muestra el proyecto misionero de Jesús, el mayor problema no era el mestizaje religioso (judeo-pagano), sino la gran marginación y pobreza .

Los cristianos, unos galileos

A los primeros cristianos les llamaron despectivamente galileos, por la patria de su fundador y por el lugar de su origen (26, 60; cf. Hech 1, 11; 2, 7; Lc 22, 59). Eran hombres y mujeres de provincias, con su pronunciación o dialecto (cf. Mc 14, 70). Provenían (según los de Jerusalén) de un lugar apartado y poco importante, y allí siguieron viviendo, en la zona donde Jesús anunció el evangelio y donde, según Mc 16, 7 y Mt 28, 16-20, debía comenzar la misión cristiana. Los seguidores de Jesús empezaron siendo, según eso, unos marginales en línea social y religiosa.

Podemos suponer que, aunque Pablo (promotor de un cristianismo urbano) no les cita, los cristianos galileos se expandieron por las zonas colindantes de Trasjordania, Siria y Fenicia en los años anteriores a la guerra del 67-70 d.C., formando iglesias rurales, que se organizaban de un modo sencillo y estaban animadas por el ministerio carismático de profetas itinerantes, sin alforja ni dinero, sin repuesto de comida o de vestido, sin más autoridad que curar y expulsar demonios, reuniéndose en las casas de aquellos que quisieran acogerles (cf. Mc 6, 7-11; Lc 9, 1-8 y Mt 10, 5-13). Sec como fuere, formas, tanto Pablo (Gal 1, 17) como Hch 9 suponen que, a los dos o tres años de la muerte de Jesús, había en Damasco, seguidores suyos, que eran partidarios de abrir la misión cristiana a los gentiles. Ellos podían provenir de los helenistas de Jerusalén (Hch 6-7), pero parece más probable que hubieran recibido el mensaje de Jesús desde la cercana Galilea

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