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8.1.17. Jesús el Bautizado, vida humana de Dios (Mt 3, 13-17).

Domingo, 8 de enero de 2017

baptemeDel blog de Xabier Pikaza:

Más que rito penitencial de inmersión en el agua, el Bautismo de Jesús es para el evangelio de Mateo la revelación definitiva de Dios en Jesús, el renacimiento mesiánico de Jesús, que aparece así como un “iniciado” en el sentido radical de la palabra, alguien que vive inmerso en (animado por) el Espíritu divino.

Juan bautizaba en agua, como él mismo ha destacado, situándose de esa forma a nivel de penitencia (cf. Mt 3, 11).

Pero Jesús no bautizará en agua sino en Espíritu Santo y Fuego (3, 11), porque él mismo vive inmerso en ese Espíritu y Fuego de Dios, llevándonos así del plano de la purificación penitencial a la experiencia escatológica (definitiva) de la transformación divina del hombre, de la manifestación humana de Dios.

Eso significa que la función del Espíritu Santo y del fuego, que en Mt 3, 11 tiene un sentido apocalíptico de juicio destructor, recibirá en 3, 16-17, en el bautismo de Jesús, un sentido nuevo de presencia recreadora de Dios en cuanto tal. En ese contexto podemos hablar de Jesús el Bautizado, aquel que se ha introducido (ha sido iniciado) en el misterio de Dios.

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Jesús se inicia en el misterio de Dios, Dios mismo se inicia en el misterio del hombre, un Dios desnudo, entre el ángel y el bautista, en el río de la historia. Un Dios que habiendo nacido de María nace plenamente en el Bautismo, asumiendo su vida la vida y tarea de Dios.

De esa forma pasamos al relato del bautismo, que Mateo toma de Mc 1, 9-11 (cf. referencia de Jn 1, 29-34), pero que él tampoco narra en sí mismo, sino sólo desde una perspectiva anterior (la objeción del Bautista) y otra posterior (la recreación postbautismal de Jesús).

Este relato nos sitúa así ante el Dios que se revela plenamente, en la epifanía completa de Jesús, en la que viene a expresarse su misterio trinitario. Éstos son los temas que desarrollamos en lo que sigue.

1. La objeción de Juan Bautista.

La comunidad de Mateo ha sentido el problema implicado en el hecho de que Jesús haya recibido el bautismo de Juan, apareciendo así como alguien que depende de un profeta anterior. Pues bien, Mateo responde situando el bautismo de Juan y el de Jesús en el contexto de la justicia de Dios:

Mt 3, 13 Entonces vino Jesús desde Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él. 14 Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí?» 15 Jesús respondiendo le dijo: Permite por ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

Mateo responde así al escándalo que ha podido suscitar el hecho de que Jesús haya sido bautizado (iniciado) por Juan, apareciendo como alguien que viene no sólo después, sino que está subordinado a Juan. Parece claro que algunos círculos judíos acusan a los cristianos no sólo de ser unos meros continuadores de Juan, sino de depender de su mensaje. Jesús no podría ofrecer nada nuevo y su proyecto sería una variante subordinada del proyecto del Bautista. Para superar esa acusación ha creado Mateo esta escena:

‒ Dos profetas, una sola justicia. (3, 14-15). Mateo ha sentido la dificultad de que Jesús haya sido bautizado por Juan, y para responder a ella hace que el mismo Bautista presente su objeción para impedirlo: ¡Soy yo quien debería ser bautizado por ti, y sin embargo…¡ (3, 14). Pero Jesús insiste y le responde: ¡Es necesario que cumplamos toda justicia! (3, 15). Ambos quedan de esa forma vinculados, al cumplimiento (plerosay) de la justicia (dikaiosyne) de Dios (cf. 11, 16-18), de manera que el juicio de Juan (expresado en su bautismo penitencial, de agua) y el del nuevo nacimiento de Jesús (que culmina en el bautismo final de 28, 16-20) se incluyan y completen.

Eso significa que Juan anuncia y prepara como Jesús la llegada del Reino (cf. Mt 3, 2) y así está al servicio de la misma justicia de Dios. Por su parte, para realizar su obra mesiánica, cumpliendo esa justicia, Jesús debe aceptar el bautismo de Juan, con su experiencia penitencial/apocalíptica, vinculándose así a los pecadores. Eso significa que él ha de pasar a través del bautismo de Juan, con todo lo que ello implica, para recrear y llevar a su cumplimiento el mensaje del Bautista.

‒ Principio penitencial. Juan ha debido llegar hasta el final en su camino de amenaza y juicio para que se exprese el Reino de los cielos (cf. 4, 17; 10, 7). En esa línea, Mateo es quien más ha vinculado al Bautista con Jesús, pues los dos son mensajeros de una misma Justicia del Reino de los cielos. Juan ha sido necesario en el comienzo del mensaje, sólo allí donde él lo anuncia y Jesús lo asume, con los pecadores (cf. 21, 31-32), podrá iniciarse el nuevo bautismo cristiano.

En esa línea, como “cristiano anticipado”, desde las aguas de juicio y conversión del Jordán, Juan ha dicho a Jesús que él tiene necesidad de su bautismo (3, 14: ), y Jesús sabe que él tiene razón, pero no es tiempo todavía. Por eso le responde permite por ahora, pues ambos tienen una tarea en el camino, al servicio de la justicia de Dios. Para ofrecer al fin el “bautismo de inmersión en Dios” (28, 16-29), Jesús ha debido empezar asumiendo el bautismo de Juan, con los publicanos y los pecadores (21, 31-32), un bautismo que forma parte de la encarnación de Dios, que ha penetrado en la vida concreta de los hombres, compartiendo su misma experiencia de pecado .

2. Tras el bautismo, experiencia de Dios (3, 16-17).

Mateo no narra el bautismo de Jesús, sino lo que precede (objeción de Juan, respuesta de Jesús: 3, 3-15) y lo que le sigue: la experiencia postbautismal de Jesús (3, 16-17), que retoma y matiza el motivo de Marcos (cf. ComMc 1, 9b-11), desde un contexto pascual (que culmina en 28, 16-20):

Mt 3 16 Bautizado ya Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. 17 Y una voz que salía de los cielos decía: Éste es mi Hijo, el amado, en quien me ha complacido .

Ahora y sólo ahora, acabado el bautismo de Juan, viene a realizarse el rito y experiencia iniciática, de Jesús, con sus tres rasgos centrales, que definen el cambio de los tiempos: Apertura del cielo, venida del Espíritu, voz del Padre:

‒ Apertura del cielo. Mc 1, 10 utilizaba un lenguaje más dramático, diciendo que Jesús vio que los cielos se rasgaban (sjidsomenous), como al rasgarse y romperse la cortina del templo a su muerte (Mc 15, 38). De esa forma ponía de relieve la destrucción del “velo” o la bóveda que separa el mundo superior de Dios y el plano de la tierra, como un acontecimiento del que sólo Jesús es testigo. Mateo, en cambio, dice que los cielos se abrieron ante todos, quedando así accesibles para los hombres (no sólo para Jesús).

Antes se hallaban cerrados, como por un muro de distancia y diferencia, que nadie había logrado atravesar. Ahora se abren por Jesús a todos, como indica la lectura que parece más antigua, atestiguada por los manuscritos más fiables (a*, B, con muchos códices minúsculos y traducciones).
Una tradición textual muy extendida añade la palabra autô | (para él), como indicando que los cielos se abrieron sólo ante Jesús, mientras que para los demás se hallaban cerrados. Pero todo nos lleva a pensar que ésta es una corrección posterior, para poner de relieve la singularidad de Jesús, a lo largo de su vida, como suponiendo que sólo con la pascua se abrirían para todos. Pues bien, en contra de eso, podemos afirmar que según Mateo los cielos se hallaban ya abiertos a lo largo de toda la vida pública de Jesús, poniendo así en comunicación a Dios con los hombres .

‒ Venida del Espíritu. Cuando el Espíritu le llena, Jesús había salido ya del agua, tras el rito de Juan, de manera que su nueva experiencia de Dios y su tarea mesiánica desbordan el plano del bautismo anterior (que era en línea de conversión y transformación apocalíptica). El Espíritu viene después de “rito” anterior, como novedad absoluta y presencia de Dios, una vez que ha terminado (se ha cumplido) la obra de Juan, lo mismo que la apertura del cielo (es decir, de Dios). Los cielos se han abierto de un modo universal, de forma que todos podían comunicarse con el misterio superior. Pues bien, en este contexto se dice que el Espíritu está viniendo (evrco,menon) sobre él. Una vez que el cielo está abierto ya no hay arriba ni abajo, de manera que el Espíritu no tiene que bajar, sino está ya presente en todo, y así viene a Jesús, como en vuelo de paloma.

Este Espíritu es la vida y riqueza de Dios: Es presencia y poder del cielo en la vida de la tierra. Antes aparecía como Viento-Huracán/Fuego (en la línea del Elías: 3, 11-12; cf. 1 Rey 19, 11-13), ahora viene como Paloma que vuela suavemente, con rasgos claros de presencia materna, de cuidado y promesa de vida, sobre un mundo ya pacificado, tras el diluvio. Esta escena de la apertura del cielo y de la venida del Espíritu constituye la presentación más honda de la tarea mesiánica Jesús; aquí se ratifica el sentido de su concepción y nacimiento (Mt 1-2), aquí comienza misión definitiva .

‒Voz del cielo: Este es mi Hijo el amado en quien me he complacido. Conforme a la imagen anterior, Dios abría su cielo y enviaba su Espíritu a Jesús. Pues bien, completando esa imagen, el texto ofrece ahora la palabra de Dios que revela e instaura el misterio filial de Jesús proclamando: ¡Este es mi Hijo el Amado! (3, 17: huios agapetos), en quien yo me ha complacido. Mc 1, 11 utilizaba el discurso directo: ¡Tú eres mi Hijo…! (como si Dios se dirigiera solamente a Jesús, en conversación privada con él). Por el contrario, el Dios de Mateo habla para todos (no para Jesús que ya lo sabe), sino para los oyentes de la escena o, quizá mejor, para los lectores del evangelio, a quienes dice, señalando a Jesús: ¡Este es mi Hijo!, destacando así el carácter abierto (eclesial) del pasaje. Ésta no es una experiencia privada de Jesús, sino una escena de revelación mesiánica abierta a todos los creyentes.

Lo que la venida del Espíritu expresaba como experiencia de cercanía divina se vuelve ahora Palabra de Dios que se dirige a todos, para que sepan quién es el Hijo en quien él se ha complacido. Dios no dice ya que le ha llamado de Egipto (cf. 2, 15), sino que se dirige a él, llamándole su Hijo, sin más, y lo hace ante todos los que quieran escucharle. Dios aparece de esa forma expresamente como Padre, revelando su misterio más profundo: el amor hacia su Hijo .

Excurso Bautismo de Jesús. Historia y teología trinitaria

Esta experiencia post-bautismal (3, 16-17) nos sitúa ante la paradoja de Jesús, tal como Mateo la irá desarrollando en su evangelio. La palabra del Bautista (3, 7-12) nos situaba temblando ante la venida del Huracán-Fuego del juicio de Dios, que amenaza de un modo terrible a los hombres. Pues bien, lo que aquí desciende de hecho desde el cielo (Dios) es el Espíritu como Paloma, que se posa en Jesús, indicando que ha pasado el tiempo de juicio o diluvio (como en Gen 8, 11-12), que Dios mismo ha roto su distancia y se ha revelado como Vida en la vida de Jesús, su Hijo.

Esta experiencia sucede después del bautismo, una vez que Jesús ha salido del agua, para descubrir que los cielos se abren y que viene el Espíritu de vida (en forma de paloma), con la palabra de Dios que interpreta y define su realidad, como en Gen 1 (donde Dios va diciendo y creando todo lo que existe a través de su Palabra) y sobre todo como en Gen 8, pasado el diluvio. Desde ese fondo quiero estudiar de una manera más precisa la relación entre Jesús el Espíritu Santo, vinculando la teología trinitaria con la historia de la salvación, desde una visión de conjunto de Mateo.

1. Una cristología pneumatológica. Jesús lleno del Espíritu. La paloma de Noé volvió la primera vez al arca, después que la soltaron, pues no había vida sobre el mundo cubierto por las aguas; la segunda vez se detuvo todo un día y volvió con un ramo de olivo, indicando que la vida triunfaba de la muerte; a la tercera no volvió, quedándose a cantar la paz sobre una tierra liberada (cf. Gen 8, 8-12). Pues bien, tras este nuevo diluvio de juicio y destrucción que Juan ha proclamado, después que Jesús sale del agua del bautismo y/o de la penitencia (=diluvio), la Paloma de Dios, su Espíritu de vida viene sobre él, de una forma ya definitiva, no para quedar un tiempo y marchar luego, sino para permanecer en él, porque es el Hijo de Dios, como proclama el mismo Padre .

Jesús ha recibido en plenitud el Espíritu divino, de tal forma que él posee, al mismo tiempo, realidad de Dios (ha sido habitado, enriquecido, por su Espíritu) y plena realidad humana (es persona histórica). En esa línea no podemos llamarle ontológicamente Dios (persona divina, distinta del Padre, como en la tradición teológica posterior), pero él aparece y actúa en verdad como divino, porque es un hombre totalmente penetrado por la fuerza y realidad de Dios, que actúa como Espíritu de vida-amor en Jesús, de tal forma que ambos (Dios y Jesús) quedan vinculados, en comunión definitiva. Dios es Padre en Jesús y Jesús es Hijo en Dios, de tal forma que ambos se vinculan en el Espíritu de amor y permanecen unidos para siempre.

En esta perspectiva de cristología pneumatológica (Spirit Christology), el rasgo dominante y central del evangelio no es la identidad divina de Jesús como persona, sino la acción-presencia del Espíritu divino que le llena y enriquece, divinizando su vida y acción misionera. En esa línea, algunos teólogos han podido afirmar que la importancia de Jesús como persona histórica resulta menos significativa, pues él ha muerto como individuo, ha concluido su misión, “se ha ido”, pero nos ha dejado su Espíritu divino, que queda y actúa entre los hombres.
La misma fuerza de Dios que actuaba en su persona sigue actuando entre nosotros, que somos así continuación de Cristo, el Hijo de Dios ampliado (el Cuerpo del Cristo), que forma la comunidad de todos los creyentes. En esa línea, el protagonista del evangelio no sería Jesús en cuanto Hijo de Dios y realidad histórica, sino el Espíritu Santo, que se ha expresado de un modo ejemplar (total) por la vida de Jesús. Por eso, se debe añadir que ese Espíritu de Dios que habitaba en Jesús habita y se expande por él en todos los hombres, que se introducen así en la misma vida divina .

El evangelio de Jesús proviene, según eso, del misterio intra-divino: Sólo porque Dios le ha presentado como Hijo, Jesús podrá ofrecer a los hombres su bautismo, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (28, 19). Según eso, Dios ya no aparece como pura transcendencia (Señor incognoscible de un pueblo separado), sino como fuente de amor universal por medio de Jesús, a quien llama “hijo querido” ante todos los que quieran escucharle. El evangelio es según eso la experiencia originaria de la paternidad/filiación (Dios Padre que dice de Jesús: ¡éste es mi Hijo!), culminando así su historia definitiva de salvación ante todos los que acojan su palabra (la de Dios a Jesús, la de Jesús a Dios y en Dios a todos los hombres; éste es el evangelio) .

De esa forma se vincula Dios Padre con Jesús por el Espíritu, en su misma historia humana, abriendo así un camino universal de vida (Vida de Dios) que se ofrece a todos los que quieran acoger el evangelio, sin limitaciones (superando las fronteras nacionales de Israel, como pueblo sagrado). Mateo ha empezado presentando así a Jesús como el hombre universal, aquel que revela el misterio de Dios Padre, por medio del Espíritu, de forma que al final (28, 16-20) el mismo Jesús integrado, como Hijo, en el misterio del Padre y el Espíritu, en el bautismo trinitario .

Pues bien, en esta línea, la presencia y obra del Espíritu resulta inseparable de la persona concreta de Jesús, desde su concepción (1, 18-25) y su experiencia postbautismal (3, 16-17) hasta su Pascua. Por eso. Jesús puede decir al final “se me ha dado todo poder”, es decir, se me ha dado el Espíritu de Dios, para que así, por mi don (por mi envío misionero) puedan tenerlo todos los creyentes (cf. 28, 16-20). Según eso, Jesús no es pura creatura a la que Dios enriquece luego con su Espíritu, sino que es el Hijo a quien el Padre entrega todo lo que tiene, entregándose a sí mismo y manteniendo con él una relación de amor engendrador (Padre-Hijo) en el Espíritu.

Ésta es la experiencia original, la novedad del evangelio, algo que el “judaísmo rabínico” no ha podido admitir: Dios se ha hecho presente del todo en un hombre (para todos), no en una ley social o nacional, de tipo ciertamente sagrado, pero que no se identifica con el hombre. Ésta es la novedad del evangelio, como experiencia de revelación personal de Dios en la vida de un hombre (Jesús) al servicio de todos los hombres. Ésta es la identidad del cristianismo, que no es revelación de Dios a través de un tipo de ley social o nacional, trazando así un tipo de religión por encima de la vida de los hombres, sino la identificación (revelación total) de Dios (de su revelación) en el Mesías Jesús, es decir, el hombre en el que habita y se encarna el Espíritu divino .

2. Jesús, Hijo eterno de Dios, siendo un hombre histórico, en el Espíritu. Desde un fondo cultural más helenista, la teología posterior de los concilios (de Nicea a Calcedonia) dirá que Jesús posee una naturaleza divina, en un plano “ontológico”, con la misma “ousia” o esencia eterna de Dios Padre, siendo así su Logos divino preexistente, lo que significa que él posee una realidad eterna, fuera de la historia (antes de la encarnación). En esa línea, en sentido estricto, la biografía humana de Jesús podría tomarse como algo derivado o posterior respecto a su más honda identidad de Hijo eterno, y se podría hablar de una “trinidad inmanente”, es decir, de un Dios trinitario (Padre, Hijo y Espíritu Santo), pero sin Jesús histórico, sin “encarnación” (por la unión eterna del Hijo con el Padre en el Espíritu, sin necesidad de evangelio).

Pues bien, este planteamiento teológico (ideológico) resulta menos apropiado para comprender la historia de Jesús en nuestro evangelio, pues Mateo no habla de la “persona eterna” del Hijo de Dios (con independencia de Jesús), sino de Jesús, el Cristo, un hombre histórico, nacido de María y bautizado por Juan, una “persona” que es el Hijo de Dios, siendo un hombre concreto, el mismo Jesús, que rehace y recrea el camino del éxodo de Egipto (cf. 2, 15). Ésta es la novedad del cristiana, que Mateo ha proclamado y narrado ya, y que será desarrollada por el evangelio de Juan, a partir de 1, 14, donde se dice que el Logos de Dios se ha hecho Carne, de manera que la misma Carne/Historia de Jesús es Logos o palaba eterna de Dios.

Éste es el punto de partida del evangelio, que se expresa en la historia y la transciende, según 1, 18-25: El mismo Jesús “nazoreo”, crecido en Nazaret (cf. 2, 23) es Hijo “eterno” de Dios,
hombre divino en su historia humana, como declara la voz del cielo, diciendo a todos los que escuchan: “Éste (Jesús) es mi Hijo querido”. Por todo eso, el evangelio de Mateo ha de entenderse como “biografía histórica y personal del Hijo de Dios”, de Jesús, que ocupa así, como persona concreta en la historia, el lugar de la Ley en el judaísmo rabínico .

El protagonista o “sujeto” de la confesión de fe cristiana, no es un Logos en sí (Hijo de Dios, separado de la historia), en un plano de pura eternidad, ni es tampoco una Ley superior, sobre los hombres concretos, ni un Corán o Escrito escondido, sino el mismo Jesús hombre, que vive y expresa el misterio de Dios en una historia mesiánica concreta, que culmina en la cruz pascual. Éste es el Jesús de la confesión bautismal de la iglesia, en el “nombre” del Padre, del Hijo y del Espíritu, al final del evangelio (28, 16-20).

Entendido así, Mateo no expone una doctrina propia y separada sobre Dios, sino que empieza aceptando al Dios de la tradición israelita, pero le define (descubre y confiesa su identidad) en la historia de Jesús (pues nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelarlo: cf. Mt 11, 27). La identidad de Jesús y su relación con el Padre se despliega así en la historia de Jesús (en la línea de la Trinidad económica); pero, al mismo tiempo, en otro plano, ella forma parte del misterio eterno de Dios (según la Trinidad inmanente). En ese contexto podemos hablar y hablamos del “espíritu” Santo que es divino en la eternidad de Dios, siendo su presencia y acción en la historia (3, 16-17). Por eso, el evangelio, biografía de Dios, es inseparable de la acción del Espíritu santo en la historia de Jesús, desde su nacimiento y bautismo (cf. 1, 18-25; 3, 13-17; cf. Mt 12, 28), hasta la pascua y el mandato misionero en Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu (28, 19).
La biografía de Jesús como Cristo sólo tiene sentido porque él nace del Espíritu de Dios, porque asume y despliega (humaniza) ese Espíritu de Dios en su vida humana y finalmente porque él mismo lo envía. Al ofrecerse a sí mismo, al entregarse en manos de los hombres, Jesús les regala su Espíritu divino, entendido ya como principio de encarnación y comunión radical con Dios y entre los hombres .

Jesús puede presentarse así como revelación plena de Dios, por encima de toda “ley” particular, de toda norma privada. Siendo israelita pleno, él aparece como “Dios en persona”, revelándose (siendo) divino en la vida de los hombres, no como alguien que está fuera de ellos, sino en su misma humanidad. En esa línea, asumiendo un camino abierto por el evangelio de Marcos, Mateo ha tenido el “atrevimiento” de contar la “historia humana” de Dios, algo que no pudieron hacer (ni hacen aún) los judíos rabínicos, para quienes Dios se encuentra siempre tras un velo, protegido por su “Ley”. Éste es un descubrimiento que él se ha atrevido a formular y lo ha hecho de un modo “biográfico”, introduciendo así “la historia de los hombres” en el interior de la “historia” de Dios, y viceversa .

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