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Dom 13.9.15. Jesús y Pedro, una historia cruzada.

Domingo, 13 de septiembre de 2015

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 24, tiempo ordinario. Mc 8, 27-33. Éste es uno de los textos más difíciles de entender de la historia de Jesús y del evangelio (especialmente del de Marcos), una historia cruzada de confesión de Pedro, de mala interpretación de Jesús, y de rechazo de Jesús que quiere situarle en el buen camino. Una historia antigua, que ilumina de forma sorprendente la historia papal de nuestros días, con un Papa Francisco que quiere escuchar y cumplir la voluntad de Jesús, según el evangelio.

1. Pedro formula la buena confesión de fe, diciendo que Jesús es el Mesías, es decir, el Cristo, no un simple profeta. Lo que dice es recto, pero corre el riesgo de cerrarse en una tradición israelita muy limitada, en una postura común de la iglesia posterior, que busca el poder para triunfar (hacer que triunfe Dios). Éste es el Pedro que quiere “salvarse a sí mismo” (tomar el poder religioso) pensando que honra a Jesús.

2. Pero Jesús no acepta la “toma de poder” social y/o religioso que le propone Pedro. Por eso, le rechaza, diciendo que su postura es “diabólica”. Jesús no puede aceptar a este Pedro del poder, sino que le condena, diciendo que representa y defiende a Satán, no al Dios creador del amor, que se introduce en la vida de los hombres, estando dispuesto a fracasar con (por) ellos.

Esta “confesión” de Pedro, con el rechazo y corrección de Jesús sigue estando en la raíz de la historia cristiana, representada por papas y simples cristianos que buscan, promueven y defienden (buscamos, promovemos…) el poder social o religioso de Cristo (¡poder, no amor de servicio!). Así lo pondré de relieve en las reflexiones que siguen, divididas en dos partes: (a) la buena confesión de Pedro; (b) la mala interpretación, con la corrección de Jesús. Buen domingo.

1 Mc 8, 27-30. PEDRO, LA BUENA CONFESIÓN
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27 Y salieron Jesús y sus discípulos hacia las aldeas de Cesárea de Filipo y en el camino les preguntó: ¿Quién dice la gente que soy yo? 28 Ellos le contestaron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que uno de los profetas. 29 El siguió preguntándoles: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Pedro le respondió: Tú eres el Cristo. 30 Y les prohibió terminantemente que hablaran a nadie acerca de él

La respuesta de la gente es parcial y bondadosa, porque otros (cf. 3, 20-35) habían afirmado que es un emisario de Satán, alguien que quiere destruir la obra de Dios en su pueblo.

1. Es Juan Bautista. Algunos opinan que Jesús es el mismo Juan Bautista, que ha revivido, como pensaba Herodes con miedo: ¡Si Jesús es Juan que ha vuelto (ha resucitado) él puede venir a destruirnos! Pero, en nuestro caso, la gente que identifica a Jesus con Juan no lo hace por miedo, sino, básicamente, de un modo positivo, en la línea de las esperanzas de Israel.

2. Es Elías. En un contexto semejante se sigue situando la visión de aquellos que le identifican con Elías o con otro profeta, conforme a una tema que habíamos destacado al comienzo del evangelio (comentando 1, 1-7). La esperanza de un profeta escatológico ha sido el «humus» o caldo de cultivo principal del movimiento mesiánico judío, según ha destacado Flavio Josefo, tanto en el libro sobre La guerra judía como en Las antigüedades de los judíos.

¿Y vosotros?Respuesta de Pedro.¡Tú eres el Cristo! (8, 29).

Quien habla así es el “Pedro histórico” (del tiempo de la vida de Jesús, cuyo recuerdo se mantiene en las comunidades), pero es también el Pedro de la Iglesia, quien, según Marcos, ha visto y confesado a Jesús como Cristo, pero no dado el paso para confesarle de verdad como Hijo de Hombre que entrega la vida por todos. Éste es el momento clave de la “confesión de Pedro”, una confesión que, como indicará, a partir de aquí, todo el evangelio de Marcos, no es la adecuada, de forma que Jesús debe rechazarla (o corregirla).

–Jesús responde pidiendo a todos que se mantengan en silencio (8, 30). Ha preguntado para escucharles. Ahora les manda que callen, pues lo que Pedro ha dicho sólo puede entenderse bien en un contexto pascual. En un primer momento, este silencio que Jesús impone a sus discípulos forma parte de su “estrategia” mesiánica: No quiere que expongan sus milagros, ni pregonen su condición mesiánica fuera de contexto, antes de que culmine su camino de entrega de la vida. Más aún, el silencio que les pide es todavía más profundo: ¡Les manda que no hablen de él a nadie! (hina mêdeni legôsin peri autou; 8, 30).

¡Tú eres el Cristo! (9, 29). Según Pedro (¡el Pedro de la primera iglesia cristiana!), que Jesús ha superado los esquemas del Bautista y de los predicadores penitenciales de su tiempo, pues él busca y promueve desde Israel, en clave mesiánica (como Cristo), la llegada del Reino, como ha venido mostrando la parte anterior del evangelio (1, 14−8, 26). Conocemos por ella lo que Jesús ha ido expandiendo en las tierras del entorno del Mar de Galilea.

− Valor. En un plano, la respuesta de Pedro es acertada, porque el mismo redactor de Marcos la ha tomado como suya, poniéndola precisamente en el título de su libro (“Evangelio de Jesús el Cristo, Hijo de Dios”: cf. 1, 1). En ese aspecto podemos afirmar que Pedro ha sido el primero en confesar el mesianismo de Jesús, hablando en nombre del resto de los seguidores, quizá en el tiempo de la vida histórica de Jesús, pero, sobre todo, en el tiempo de la Pascua. Por eso Marcos le ha presentado como “el Pedro”, en el sentido de piedra-fundamento (cf. 3, 16) de un camino/edificio que aún no ha culminado (cf. 16, 6-7).

− Ambigüedad. Pero, en otro plano Marcos sabe (y quiere decir) que esa respuesta de Pedro resulta radicalmente ambigua (y que se puede manipular satánicamente), de manera que Jesús no quiere que se utilice, a no ser cuando se entienda y asuma el sentido de su entrega mesiánica (es decir, de su muerte). Este Jesús de Marcos no se opone simplemente a Pedro, como persona, sino al proyecto mesiánico que Pedro ha representado en la primera Iglesia, un proyecto que choca con el camino de entrega de Jesús, que no reconoce ni acepta el sentido de su muerte. Para decirlo con otras palabras, este Pedro de Marcos es un “cristiano a medias”, alguien que en el fondo rechaza a Jesús, como irá mostrando el resto del evangelio.

Pedro ha llamado a Jesús “Cristo”, y al hacerlo ha querido resituar su obra en el ámbito de las promesas y esperanzas mesiánicas de Israel. De esa forma ha reconocido el poder de Jesús y le ha visto como alguien con facultades para realizar algo que los otros no pueden. Pues bien, en esa línea, Pedro dice a Jesús en este pasaje que ha llegado su hora y le pide que se ponga al servicio de un mesianismo triunfante israelita, que empiece ya su obra verdadera. Eso es lo que dijo en el tiempo de la historia de Jesús, y lo que ha seguido diciendo en la primera Iglesia. Según eso, Pedro no ha visto la “novedad” radical de Jesús (en línea de evangelio, en línea de Pablo), sino que le ha seguido encerrando en la red de un mesianismo intraisraelita.

Esta designación (nominación) de Jesús como Cristo desencadena los acontecimientos. Hasta ese momento, su proyecto se presentaba como abierto, de manera que podía interpretarse y aplicarse quizá en varias direcciones.

(a) En este momento, Pedro toma el liderazgo del grupo y quiere mover el proyecto de Jesús en la línea del mesianismo nacional, triunfante, de Israel; lo que él dice parece bueno, conforme a la esperanza de Israel y a las posibilidades de Jesús, en este contexto de su vida.

(b) Pero el verdadero Jesús tiene otro plan y, por eso, pedirá a Pedro y a su gente que se callen, que no lo diga a nadie, pues lo que podrían decir en esa línea es falso.

Jesús acepta el título, pero no la interpretación de Pedro y del resto de sus discípulos. Pedro ha querido decirle a Jesús no sólo quién es, sino lo que debe hacer. Pero Jesús responde cerrando ese discurso: no acepta ni rechaza, no se afirma mesías ni lo niega; dice simplemente que se callen, que no hablen de él, que silencien su nombre, pues sólo él podrá definir su proyecto de Reino.
La lógica de Pedro encaja bien en su ambiente: quiere que Jesús actúe en la línea de un mesianismo más convencional (nacionalista y político); esa ha sido y sigue siendo, a juicio de Marcos, la lógica del grupo de Pedro, vinculada en el fondo a Jerusalén y al triunfo nacional de Israel. Según Marcos, Pedro y su Iglesia están en el camino de Jesús, pero no le ha entendido.

B. SEGUNDA PARTE. MC 8, 31-33. JESÚS RECHAZA A PEDRO

8, 31 Y empezó a enseñarles que el Hijo del hombre debía padecer mucho, que sería rechazado por los presbíteros, los sumos sacerdotes y escribas; que lo matarían, y a los tres días resucitaría. 32 Les hablaba con toda claridad. Entonces Pedro lo tomó aparte y se puso a increparlo. 33 Pero él se volvió y, mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: ¡Apártate de mí, Satanás!, porque no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres.

Pedro había confesado a Jesús como Cristo, y Jesús, tras exigirles que guarden silencio sobre él, enseña a Pedro y a los otros diciendo: El Hijo del Hombre debe padecer… (8, 31), utilizando una fórmula teológica (dei) que significa “Dios lo quiere”, es necesario.

(a) Jesús: “El Hijo del hombre ha de sufrir”. Él se había presentado como “alguien” (un hijo de hombre) que puede perdonar pecados (2, 10), y que es dueño del sábado (2, 27), superando un tipo de estructura sagrada del judaísmo legal. Ahora vuelve a presentarse, de un modo indirecto, como Hijo del Hombre, pero destacando su debilidad creadora: ser Mesías significa poder (deber) dar la vida.

b. Autoridades Los representantes de la sacralidad de Jerusalén (con los que Pedro quisiera pactar) entienden el proyecto de Jesús como delito contra el pueblo. Desde una perspectiva quizá posterior, Marcos las identifica con los grupos del gran Sanedrín de Jerusalén): presbíteros (miembros de las grandes familias), sacerdotes (portadores de la sacralidad nacional del templo) y escribas (intérpretes de la Ley) .

c. Pero Dios “le resucitará a los tres días”. Así lo insinuaba el comienzo del texto (dei); así lo confirma la frase final, con pasivo divino (anastênai) en la que Dios mismo aparece como aquel que se opone a las autoridades de Israel, ratificando escatológicamente el gesto de Jesús (no el de los sacerdotes, que ya no son representantes de Dios) .

a. Jesús, un camino propio.

Ha ofrecido solidaridad o reino de Dios (cf. 1, 14; 9, 1), pero descubre que los jueces del orden sagrado del templo de Jerusalén no le aceptarán (no aprobarán su proyecto). Ha creado comunión, dando voz a los mudos, pan a los hambrientos, salud a los enfermos, pero los jerarcas religiosos y sociales de su pueblo le han juzgado peligroso, y en nombre de su ley particular han empezado a perseguirle, de manera que si sube a Jerusalén podrán matarle. Así lo ha descubierto, así lo acepta, sabiendo que al final del camino se halla Dios: ¡al tercer día resucitará!

Para hacerse solidario de los hombres (especialmente de los pobres, enfermos, marginados y hambrientos), ha renunciado a la violencia o la lucha militar por conseguir sus objetivos. No quiere imponer su proyecto por la fuerza, ni emplear en su favor las armas de la guerra u opresión humana, pues ellas las controlan los ancianos, escribas y sacerdotes de Jerusalén, vinculados al poder de Roma. Es claro que en este enfrentamiento desigual él estaría derrotado de antemano. A pesar de ello (precisamente por ello) mantiene su camino, para que actúe Dios a través de su derrota, ratificando su entrega por el Reino.

Jesús acepta ese “destino”, y así irá descubriendo que la obra de Dios vendrá a realizarse a través de su muerte. Así lo declara el Jesús de Marcos en este el momento central de su vida. No ha rechazado las consecuencias de su movimiento, no ha iniciado ninguna rebelión armada (ni tampoco ninguna rebelión contra su propio destino), sino que acepta las implicaciones de su obra, iniciando un ascenso que le puede costar la vida. Todo su camino posterior será expansión de estas palabras, que podemos entender como anticipo y crónica de una muerte anunciada, pero con esperanza de resurrección (que no es básicamente para él, sino para su proyecto de Reino).

Este camino de muerte anunciada recibe el nombre de evangelio (cf. Mc 8, 35), buena nueva de aquel que se ha dejado matar para que triunfe su mensaje de casa, pan y palabra (iglesia universal). Jesús lo asume y recorre porque cree en el amor y porque ama a los más pobres de un modo concreto, ofreciéndoles espacio de solidaridad y no muerte de los otros, de entrega personal, en medio de la fuerte violencia y egoísmo de la sociedad en la que vive. De esta forma, haciéndose Hijo del humano por la entrega de la vida, Jesús es de verdad ¡mi Hijo querido! (cf. 1, 9-11) .

b. Rechazo de Pedro

Evidentemente, según Marcos, Pedro no ha querido aceptar el “nuevo” proyecto de Jesús, y piensa que se lo debe decir de un modo personal. Por eso, tomándole aparte, comenzó a increparle (8, 32b). Ésta es su anti-confesión: antes le había dicho que es el Cristo, ahora le reprende. Pero no se atreve a hacerlo en un debate abierto, en presencia de todos, y así le lleva a un lugar escondido, como para corregirle en intimidad (epitimein), dándole lecciones de amigo.

El discípulo a quien Jesús había llamado y enviado, confiándole su tarea (1, 16-20; 3, 14-17; 6, 6-13), se atreve a reprender y aconsejar a su Maestro. Es evidente que Pedro (en nombre de los Doce) quiere “enseñar” a Jesús, recordándole lo que implica ser el Cristo: posiblemente apela a textos de viejas Escrituras y de nuevas tradiciones, resaltando las gloriosas esperanzas nacionales .

Pedro representa un tipo de buen mesianismo, pero mesianismo del triunfo externo, del poder religioso, no sólo antes de la muerte de Jesús, sino, y sobre todo, tras ella, en el comienzo de la Iglesia. Marcos está presentando así lo que ha sido, a su juicio, el intento y tarea de Pedro, en los primeros años de historia de la Iglesia.

Por lo que sabemos por otras fuentes, Pablo ha disentido en muchas cosas de Pedro, pero nunca le ha “condenado” (cf. Gal 1, 18; 2, 7-14; 1 Cor 1, 12; 3, 22; 9, 15; 15, 5).

Por el contrario, el Jesús de Marcos, se opone dramáticamente a Pedro, y así le empieza “condenando”. Sabe que Pedro ha sido un discípulo privilegiado de Jesús. Pero sabe también que ha seguido un camino que no era de verdad el de Jesús, y que ha creado una iglesia que, a su juicio, ha corrido el riesgo de volver a un mesianismo que Jesús había superado con su mensaje y con su muerte.

Marcos supone que, a través de su teología y de su forma de entender la Iglesia, Pedro ha rechazado en realidad el camino de sufrimiento y fracaso (de Cruz) que Jesús acaba de exponer al presentarse como Hijo del humano, presentándose, de hecho, como uno de los “enemigos de la Cruz de Cristo”, criticados por Pablo (cf. Flp 3, 18). Entre esos “enemigos”, a los que Pablo alude llorando, se encuentra según Marcos el mismo Pedro, que de hecho se ha enfrentado con Jesús.

Lo extraño hubiera sido que no lo hiciera, que aceptara que el Mesías debe ser condenado precisamente por los sanedritas de la Ley sagrada. Como representante de la tradición israelita (y del Mesías que en el fondo ha de triunfar, como si la cruz de Jesús hubiera sido sólo un contratiempo pasajero), Pedro se cree obligado a corregir a Jesús, dándole una lección de mesianismo y cordura israelita.

De esa forma, Marcos piensa que de Pedro ha rechazado en un momento el proyecto de Jesús, al fundar y dirigir una Iglesia que va en contra de la dinámica de muerte y vida del auténtico evangelio. Es como si dijera que la Iglesia de Pedro ha sido, en el fondo, anticristiana. Desde esa perspectiva se entiende el rechazo del verdadero Jesús, que mantiene su proyecto y que corrige a Pedro: ¡Apártate de mí, Satanás! (8, 33).

Según el Jesús de Marcos, Pedro ha seguido defendiendo (en su Iglesia pascual, que es la Iglesia de los Doce de Jerusalén) las cosas de los hombres, propias del Sanedrín, cuyos sacerdotes y asociados (escribas y presbíteros) se oponen a la voluntad de Dios: buscan su provecho, sólo enseñan doctrinas humanas (cf. 7, 7),actuando en realidad como cueva de bandidos (cf. 11, 18). Pues bien, en esa misma perspectiva de guarida de intereses religiosos y políticos se sitúa Pedro, que ha conocido a Jesús y ha “creado” su Iglesia, pero lo ha hecho en la línea de Satanás y de los endemoniados (que le llaman Santo de Dios, el Hijo de Dios…, cf. 1, 25; 2, 12; 5, 7), utilizando ese conocimiento de un modo equivocado.

Frente a las “cosas de los hombres”, que aquí aparecen vinculadas a lo satánico (¡Pedro actúa así como portavoz de Satán, su misma Iglesia es satánica, mientras no cambie de perspectiva!), presenta Jesús las cosas de Dios que definen su conducta, que se expresa en su entrega a favor del pan y la palabra universal, que son el fundamento de su comunidad mesiánica (conforme a 11, 18: Dios quiere que su templo sea casa de oración para los pueblos, lugar de encuentro y unión comunitaria para todos los vivientes). Al rechazar a Pedro, el Jesús de Marcos está criticando de hecho la forma en que Pedro y su iglesia de Jerusalén han entendido su proyecto mesiánico, creando en el fondo una comunidad que se apoya en sí misma, y no en el camino de cruz de Jesús .

En contra de este Pedro, que ha sido sólo un cristiano a medias, pues rechaza el camino de entrega de Jesús (es decir, que no funda su mesianismo en la cruz), Jesús ofrece su revelación definitiva (8, 33-9, 1), en presencia de los restantes discípulos (8, 33), que deben aprender esta lección. Jesús llama (mira) a todos los discípulos y reprende a Pedro, diciendo: Ponte detrás (apártate de mí: hypage opiso mou) Satanás, pues no piensas las cosas de Dios, sino las de los hombres (8, 33).

Al reprenderle así y decirle que se ponga tras él, Jesús ha invertido Jesús ha retomado e invertido, palabra por palabra, la llamada que dirigió al principio a Simón, al invitarle (como a su hermano Andrés): deute opiso mou (venid en pos de mí). Pues bien, Pedro le ha seguido, pero lo ha hecho en sentido falso, de manera equivocada, para hacerse, al fin, enemigo de Jesús, es decir, partidario de Satanás (al fundar una Iglesia que no está fundada en el camino de cruz de Jesús). De esa forma se ha opuesto, de hecho, al camino de Dios, representado por Jesús, en línea de entrega de la vida, y ha retomado un camino propio de los hombres, que aparece vinculado a un deseo de dominio y triunfo que es propio del Diablo.

CONCLUSIÓN.

Ésta historia de Pedro sigue abierta, como sabe el mismo evangelio de Marcos, como muestra Lucas, como ha destacado Mateo… Sigue abierta, pero yo hoy quiero dejarla aquí, para que cada uno la pueda aplicar a su vida y a la vida de la Iglesia.

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