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Para olvidar a Padres y Maestros.

domingo, 30 de diciembre de 2018
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Y3906_natal2“Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo” (Mahatma Gandhi)

30 de diciembre. Fiesta de la Sagrada Familia

Lc 2, 41-52

¿Por qué me buscabais?

Una fiesta de la Familia -Sagrada o no-, lo más importante en los textos bíblicos es la obediencia a los padres. En el Antiguo Testamento: “El que honra a su padre expía sus pecados. El que respeta a su madre acumula tesoros” (Eclo 3, 2-4). Y el Nuevo: “Hijos, obedeced al padre en todo, como al Señor le agrada” (Col 3, 20). En uno otro caso, los autores manifiestan los prejuicios patriarcales y machistas de su tiempo.

En cambio, Jesús rompe con las normas vigentes en la antigüedad, y hace una declaración insólita de intenciones acerca del objetivo que dará a su vida: “No sabíais que yo debo estar en la casa de mi Padre?”.

En el mundo pagano, tan firmemente asentado sobre bases tradicionales, también existen indicios de similar pensamiento. En la histórica novela Yo, Julia, premio Planeta de este año, Santiago Posteguillo pone en boca del emperador Cómodo -un tirano loco con albarda-, estas imperantes palabras: “Y nunca más, nunca, vuelvas a dudar de una orden mía: si te digo que me des el nombre de una lista me lo das, Quinto. Tú no piensas, ya pienso yo por los dos, por la urbe entera, pero por encima de todo -y aquí el emperador se acercó mucho a su jefe del pretorio y le habló al oído-, por tu propia seguridad personal, Quinto, no pienses demasiado. Es peligroso”.

Esta es la línea en la que se han movido siempre los grandes personajes de la Historia:

“Hasta que no tomen conciencia no se rebelarán, y sin rebelarse no podrán tomar conciencia” (George Orwel)

“La rebeldía es la virtud original del hombre” (Arthur Shopenhauer)

“Algún día el yunque, cansado de ser yunque, pasará a ser martillo” (Mijail Bakunin)

“Nuestra cabeza es redonda para permitir a los pensamientos cambiar de dirección” (Francis Picabia)

“Si te dan un papel pautado, escribe por detrás (Juan Ramón Jiménez)

Y Adolfo Bécquer lo cantó de este modo en su poema “La canción del pirata”:

“Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad”.

El Duero se libera de la fuente que es su madre, y corre luego libre por el valle. A la Sabina no le encadena el viento, y soporta con dignidad tanto los climas secos como las heladas invernales. El halcón vuela soberano por el cielo, caza sin que le obliguen normas. Y yo, verso de pata quebrada, autónomo y sin reglas, canto las mismas canciones que el pirata, en un bajel que sueña más allá de fronteras circunscritas.

Y en uno de los villancicos navideños se entonan estos versos:

“Pero mira como beben los peces en el río,
pero mira como beben por ver al Dios nacido».

Mahatma Gandhi dijo: “Si quieres cambiar el mundo, cámbiate a ti mismo”. 

Espero que a nadie tenga que repetir más aquello de Jesús en Lucas: ¿Por qué me buscabais?

DONDE HAY AMOR SOBRAN LAS NORMAS

La mística de arriba y la de abajo
lo ha mantenido siempre en su Programa.
San Agustín lo reafirmó en latín.
Nos lo legó Jesús con su Palabra:
“No fue hecho el hombre para el sábado”. 

Y corrigiéndole la plana
a Jesús, Agustín, al mundo entero,
al sentido común, a la Palabra…,
a ultranza lo negó la Santa Iglesia
que desde entonces se quedó en Beata. 

Comentaron el hecho los poetas,
lo cantaron los bardos en las plazas.
Así sonaban sus místicos versos:
“Donde hay fe hay amor,
donde hay amor hay paz,
donde hay paz está Dios
y donde Dios está no falta nada”. 

Dios tiene tantos corazones
como criaturas hay en la existencia. 

Eres billete necesario,
-Amor humano libre de cadenas-
para el Amor divino.
Hay que llevarte siempre en la cartera. 

Cuando llegue el momento de embarcar
y partir ya para la orilla eterna,
no quiero quedarme encadenado
en tierra.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Cuando Jesús cumplió 12 años… ¡preadolescente!

domingo, 30 de diciembre de 2018
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San Jose y Jesus Adolescente(Lc 2, 41-52)

Familia… familias diversas y variadas, comprendidas e incomprendidas. La familia ese núcleo ancestral de tribus y sociedades desde que el ser humano puede recordar. La familia como ejemplo estereotipo de lo ideal y, tantas veces, de lo perverso.

La familia, estructura alabada y denostada, necesitada y repudiada; a medio camino entre utopía  y realidad, avanzando en la historia con lo único que puede sostenerla: el Amor.

Los cristianos ponemos los ojos en una familia muy especial que celebramos como Sagrada Familia, formada por María, José y Jesús por este orden, un tanto terrenal pero que me aclara lo que quiero contar.

Tenemos noticia de cómo empezó esto cuando el ángel Gabriel se presenta en casa de María para transmitir lo que Dios le propone y, después de la sorpresa y una directa pregunta de María, escucha atentamente lo que sería su misión en el plan de Dios y dice: “Fiat” (1), que significa: acepto, me comprometo en lo bueno y en lo menos bueno, en lo que entiendo y en lo que no llegue a entender, más allá de si me entienden o no me entienden, en este tiempo y en los venideros. Amén.

Por otro lado, José aparece en escena aportando la inclusión de Jesús en un árbol genealógico que le vincula al rey David, de donde el pueblo judío sabía que nacería el Mesías. Pero José tuvo que hacer su recorrido en la aceptación, su personal “Fiat” (2). Se vio inmerso en una historia que no concordaba con lo reconocido como “normal”; ni en su época ni en ninguna otra. A José se le aclararon las cosas en el tiempo del sueño por medio de otro ángel. Aceptó su misión en el plan global de Dios: ser esposo y padre, junto a María como esposa y madre; adoptando a la criatura que venía en camino, sabiendo que su identidad le sobrepasaba pero que su misión sería quererle y educarle para ser un buen hijo. José acepta y se compromete en la historia de Salvación. Amén.

“Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años (3)… ¡Tienen ya un preadolescente, cómo puede pasar el tiempo tan deprisa!

“Subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo supieran sus padres”. Preadolescente, ya digo.

“Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos”. Como soy madre y también abuela (uno de mis nietos tiene casi la edad de Jesús en ese momento), se me ponen los pelos de punta sin poder evitarlo, pensando en el susto y preocupación mayúscula de María y José buscándole sin encontrarlo. Recordemos que un preadolescente interesado por algo desaparece en su nube, perdiendo contacto con lo que le rodea, y concentrándose en el objeto, sujeto o situación que le llama la atención.

Parece ser “que los judíos, cuando subían al día de la fiesta, tenían la costumbre de caminar, por una parte los hombres y por otra las mujeres y los niños iban a juntarse con su padre y los hombres y otras con su madre y las mujeres (4). Quizás, a la ida, Jesús estuvo de un lado a otro, con otros niños. Pero al iniciar el retorno después de la fiesta, se olvidó ponerse en camino con todos. Sus padres tardaron en echarle de menos pues pensaron que estaría con los demás niños.

“Se volvieron a Jerusalén buscándolo. Y sucedió que a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciendo preguntas”. Puedo imaginarme las impresiones interiores de María y José, después de tres días con sus noches imaginando todo lo que le puede pasar a un preadolescente de doce años perdido en las multitudes que se acercarían en la Pascua a Jerusalén.

Cuando lo encontraron en el templo, por un lado querrían haber saltado entre los maestros –personas relevantes y respetadas del templo- para abrazarle compulsivamente y, por otro, echarle una bronca memorable y… ¡Anda, vámonos para casa que ya hablaremos!.

Imagino que respirarían hondo, sintiendo en lo profundo aquel Fiat que permanecía presente día a día en su vida con Jesús. Pero el susto no se lo quitó nadie.

“Hijo, ¿Por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados”, le dijo su madre.

¿Qué te pasó, Jesús? Estabas creciendo en la fe judía, habías escuchado muchas veces “yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob” en el episodio de Moisés y la zarza (5); y es posible que esa vez, ya con doce años, empezaste a investigar por ti mismo y a preguntar a los maestros. Te olvidaste de todo lo que te rodeaba, lo único que centraba tu atención era ese Dios que luego nos contarías como Padre.

Volviste con ellos al humilde y cálido hogar de Nazaret a seguir descubriéndote.

Mari Paz López Santos

  1. Lc 1, 26-38
  2. Mt 1, 18-24
  3. Lc 2, 41-52
  4. “Jesús a los doce años”, Elredo de Rieval, Ed. Montecarmelo, pág. 88
  5. Ex 3, 6

Fuente Fe Adulta

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Relatos de la Infancia, no cosas de niños.

domingo, 30 de diciembre de 2018
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6e4223395a2f7e4163a0742868f9c806Del Blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. RELATOS DE LA INFANCIA, SÍ, PERO NO COSA DE NIÑOS.

A lo mejor todos estos relatos de la infancia son una lectura del Jesús que se desplegará en el Evangelio, una Palabra a lo largo de su vida de adulto, pasión, muerte y resurrección.

Los temas de los relatos de la infancia son de adultos:

 Nacemos niños, pero nacer y la natalidad no es una cuestión infantil.

 La noche y la luz, la estrella de los pastores y los magos (ver o no ver en la vida) no son cosa de niños, nuestra vida no está resuelta, basta mirar la noche cultural en que vivimos.

 La huida a Egipto: la esclavitud y la libertad, las migraciones no son cosa de poca monta

 Herodes comparado con el momento actual era San Luis Gonzaga:

5 millones de niños mueren al año de hambre / malnutrición.

1 millón de personas mueren de paludismo al año, la mayor parte: niños

La historia se repite, por desgracia.

02. JESÚS EN EL TEMPLO: UN ACONTECIMIENTO TEOLÓGICO.

El relato de Jesús en el Templo bien pudo ocurrir y bien está que conservemos estos relatos y tradiciones de Navidad: los relatos evangélicos, villancicos, “belenes”. Pero tengamos en cuenta en cuenta que, quienes los escribieron y meditaron, estaban pensando y creyendo ya en JesuCristo adulto.

A partir de una romería se arma un diálogo para sordos:

Es lógico que: “Tu padre y yo te buscábamos angustiados”
(Es evidente que María no está hablando de Dios Padre, sino de su marido, José).

María y José ¿encontrarían a Jesús discutiendo con los “doctores del concilio de Trento acerca de la transubstanciación”? ¿Jesús era un niño prodigio? ¿Se lo sabía todo? No parece que sea ese el significado.

La cuestión es que Jesús responde “extrañamente”:

“¿No sabíais que yo tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?”

Nosotros enseguida lo resolvemos distinguiendo y diciendo que Jesús hablaba de Dios y en cambio, María se refería a un hombre, a José. Jesús es el Hijo de Dios” y es una especie de embajador o nuncio de Dios entre nosotros. Le metemos un “filioque” y solventada la cuestión.

03. CRISTOLOGÍA ASCENDENTE Y DESCENDENTE.

Quizás las palabras “ascendente y descendente” son un poco extrañas. Vamos a ver si nos entendemos y si comprendemos un poco -solamente un poco- el asunto Jesús.

CRISTOLOGÍA DESCENDENTE

La mayor parte de los creyentes tenemos la mentalidad de una cristología “descendente”. Jesús era una especie de “extraterrestre” que vivía en los espacios siderales, quién sabe dónde, y que -un buen día- a Dios se le ocurrió enviarlo a la tierra. Por eso se encarnó de manera muy extraña, pero ya desde niño “se lo sabía todo” de “este mundo y del otro”. Pasó unos treinta años esperando a su crucifixión, pero sin que tampoco tuviera demasiada importancia, pues Jesús ya sabía que iba a resucitar.

Jesús “desciende” del cielo a la tierra, pero la tierra y lo terreno no tiene excesiva importancia.

CRISTOLOGÍA ASCENDENTE.

La visión es otra. Jesús, el hijo de María, es la Palabra, lo que Dios nos quería decir, nos lo va a decir por medio de un Jesús que nace entre nosotros, vive en una familia, probablemente va al colegio-ikastola de Nazaret, alguna vez fue a Jerusalén, al templo y, poco a poco, iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres.

Jesús no fue un “niño prodigio”, sino que fue creciendo, madurando. Jesús fue un gran creyente en Dios Padre y desde su fe profunda en el Padre, leía, vivía, curaba enfermos, discutía con las injusticias de fariseos, sacerdotes, del Templo, etc.

La Palabra de Dios va creciendo y madurando en Jesús.

Es la cristología ascendente. La Palabra de Dios va creciendo y madurando en Jesús de Nazaret.

Podríamos pensar que el relato de Jesús en el Templo no es el final de la infancia de Jesús, sino el comienzo de Jesús como creyente adulto.

04. MARÍA CONSERVABA ESTAS COSAS EN SU CORAZÓN.

María, la madre de Jesús, no entendía y quedaba desconcertada ante el comportamiento y actitudes de Jesús. Jesús discutiendo en el Templo con los sabios, Jesús que se salta la ley por menos de nada: cura en sábado, toca la lepra, la muerte, se deja tocar por la hemorroísa, etc., Jesús al que le siguen zelotas y prostitutas, Jesús que vuelca las mesas y las “ventanillas” del Templo…

María conservaba, meditaba y le daba más de cuatro vueltas a la cuestión.

El anuncio del ángel Gabriel llega a María después que ella ha llegado a la fe en su hijo Jesús.

María es madre, pero sobre todo, es creyente en Jesús.

05. La de Jesús: ¿UNA FAMILIA ROMÁNTICA?

La familia de Nazaret será santa y sagrada, pero en calma, no.

La Sagrada familia fue sin duda santa, pero ciertamente no fue tranquila. Es obligado distanciarse de la imagen consabida imagen tradicional de la familia de Nazaret: La Virgen vestida de manto celeste que hila lana, “San José” todo seráfico que trabaja la madera y “Jesús niño” rubio como un sueco, ojos azules, de color sonrosado, con un vestido más blanco imposible, siempre en una pose de bendición como preparándose para la futura misión … algún angelito disperso por el cuadro, algún pajarillo y florecillas. ¿Todo muy idílico? Nada de nada.

La agitación, como en tantas familias, es causada por el Hijo.

No le entienden. Y él, Jesús, no hace nada por facilitar las cosas.

Los tres, Jesús, José y María son santos pero inquietos.

Inquieto José porque no ve respetada su autoridad. Inquieta María, que no entiende a este Hijo. Inquieto Jesús, porque soporta mal las pretensiones de sus padres.

Lo más probable es que hubiera una grave tensión y más de cuatro discusiones entre Jesús y su familia, (Flusser).

06. MEDITEMOS Y CONSERVEMOS.

Nunca está de más echar una “pensada” a la vida, a los problemas y conflictos. Es la actitud de María.

Bueno será que pensemos las cosas personalmente y en la familia, en la sociedad, en la Iglesia.

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Yo y Dios somos uno.

domingo, 30 de diciembre de 2018
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E44035D1-3734-4AEE-A78C-29B65E0BCA0ADomingo dentro de la Octava de Navidad.

Fiesta de la Sagrada Familia, 30 de diciembre de 2018.

Lc 2, 41-52

No es casual que la primera y la última palabra que Lucas pone en boca de Jesús sea “Padre”, en el texto de hoy (1,49) y en el momento de morir en la cruz (23,46: “Padre, a tus manos confío mi espíritu”). El significado parece simple: el “Padre” era la referencia constante y última del Maestro de Nazaret.

Como toda palabra humana para expresar el Misterio, “Padre” no puede ser sino una metáfora, como lo es también el término “Dios”. En este segundo caso, la etimología parece remitir al sánscrito “Dev”, que significa “luz” o “luminosidad”. Por su parte, “Padre” hace referencia al origen, la fuente y el sustento de la vida.

El significado de la metáfora hace caer en la cuenta de que no se trata de un ente separado, sino de aquel Fondo –fiable y amoroso– del que Jesús, en el cuarto evangelio, afirma que “el Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

Ahora bien, aun reconociendo que no es un ente separado, es posible vivir ese Fondo en clave relacional. Al hilo de la otra metáfora, desarrollada en el comentario de la semana anterior –la ola frente al mar o ella misma mar–, es posible vivir a Dios en forma de éxtasis o de éntasis.

Desde una consciencia de “yo” separado, brotará la relación que percibe a Dios como el “Tú” a quien dirigirse. Desde una consciencia que transciende el yo porque, silenciada la mente, se ha experimentado una con todo lo que es, surgirá la comprensión y vivencia de Unidad, hasta poder hacer propias aquellas palabras de Jesús que citaba más arriba.

Las dos formas son legítimas e incluso compatibles: depende del “lugar” donde la persona se encuentre. En la mística cristiana se encuentran ejemplos de ambas vivencias. Dado que las extáticas son bien conocidas, me gustaría citar simplemente una del Maestro Eckhart, quien alaba a quien “está vacío de toda oración, y su oración no es más que ser uno con Dios. En eso consiste toda su oración”…, llegando a afirmar –las resonancias joánicas son evidentes– que “me doy cuenta de que yo y Dios somos uno”.

Sin embargo, siendo legítimas ambas formas, como ocurre con todo lo humano, cada una de ellas encierra ventajas e inconvenientes.

El silencio contemplativo (éntasis) favorece la comprensión y vivencia de nuestra verdadera identidad, superando el engaño que supone cualquier dualismo: somos no-separados de todo y del Fondo de lo que es. El riesgo es el de quedar atascados en el narcisismo y –a falta de un “tú” como referencia– atrapados en un movimiento egocentrado. En efecto, aun partiendo de una comprensión genuina, el yo tenderá a apropiarse de Aquello que nos constituye, dando lugar a lo que se denomina como “narcisismo espiritual”.

La oración relacional (éxtasis), por su parte, puede prevenir tal riesgo, al percibir ese Fondo como un “Tú”, estableciendo una “distancia” con respecto al yo apropiador, que puede resultar liberadora y prevenir trampas narcisistas; el sujeto se sitúa “frente” al Fondo que lo constituye, y esa misma postura impide que se identifique con él. La “distancia” permite contemplar y celebrar Eso (Lo que es), así como reconocerlo en todas las personas, favoreciendo una actitud de asombro, admiración, gratitud, respeto y amor. El riesgo que ello comporta no es otro que el dualismo –la separatividad– y el antropomorfismo, tal como suele ocurrir con frecuencia en las representaciones religiosas.

¿Cómo podría vivirse de manera que se sorteara ese riesgo? La expresión que me surge espontánea es la siguiente: “Que me reconozca en ti y me viva desde ti”. ¿Quién es ese “ti” a quien me dirijo? Eso inefable que constituye el Fondo de todo lo real y, por tanto, también nuestra verdadera identidad. Las religiones lo han llamado “Dios” –si bien han tendido a pensarlo como un Ente separado–, pero igualmente puede nombrarse como “Consciencia”, “Presencia consciente”, “Vida”, “Lo que es”… A esa Realidad última me dirijo y me entrego, consciente de que me estoy entregando a lo que verdaderamente soy, aunque ahora me dirija a Ello en clave relacional. Tal entrega puede prevenir eficazmente el narcisismo espiritual, en la medida en que me hago consciente de que no busco lo que quiere el yo, sino lo que la “Vida” me trae o quiere para mí.

La comprensión nos sitúa en el “lugar” desde el que se expresaba Jesús hasta hacernos reconocer que no somos el yo que la mente piensa, sino la Vida o Dios viviéndose en nosotros. Siendo así, ¿cómo no habríamos de vivir “ocupándonos de las cosas del Padre”, o incluso en el momento de la muerte, cómo no confiar a él nuestro espíritu?

¿De qué forma vivo el Fondo que somos?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Navidad: Jesús modificó la historia”, por José María Castillo, teólogo

miércoles, 26 de diciembre de 2018
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97A3B1DF-392E-4E33-A9BA-446912423D7EDe su blog Teología sin Censura:

Es evidente que la Navidad es una fiesta de gozo y alegría, de familia y amistad, de disfrute y de tantos recuerdos que, hasta en los últimos rincones del mundo, de una forma o de otra, se hace presente. Esta fiesta, vivida así, se ha hecho carne de nuestra historia y, en buena medida, una manifestación patente de nuestra cultura.

Como es lógico, una fiesta así, se puede vivir de mil maneras. En todo caso, con el paso del tiempo y con los muchos cambios, que han experimentado nuestras costumbres, lo más frecuente es lo que más le interesa a casi toda la ciudadanía es el jolgorio, la comida, la diversión y todo lo que sean motivos para evadirse de la dura realidad de nuestra historia, tan confusa y preocupante por tantos motivos, que no es mi propósito ponerme ahora a recordar. Son cosas de las que precisamente queremos evadirnos en estos días.

Pues vamos a intentar lo de la evasión. La más sana evasión. Desde hace algún tiempo, vengo notando un fenómeno, que se da en no pocas personas y que me hace la impresión que va en aumento. Se trata del creciente número de individuos (hombres o mujeres), que se alejaron (hace algunas décadas) de la religión y de la Iglesia, hasta detestar a obispos, curas y frailes sin piedad. Pero ahora resulta que, sin saber exactamente por qué, en esas personas “a-religiosas”, está surgiendo – y va en aumento – una profunda y secreta admiración por el personaje y la significación de Jesús de Nazaret.

El problema, para algunas de estas personas, está en que la cristiandad ha fundido y confundido, de tal manera y hasta tal punto, a Jesús con la religión, que el rechazo de “lo religioso” está dificultando (más de lo que imaginamos) el encuentro con Jesús y la aceptación de su mensaje. Y es que quienes se hacen un lío con este asunto concreto, posiblemente nunca han caído en la cuenta de que a Jesús lo mató la religión.

Aquí es fundamental dejar claro que los evangelios son “teología narrativa”. Es decir, se trata de una teología hecha, no a base de teorías, doctrinas, especulaciones y argumentos. Los evangelios son una recopilación de relatos, tomados de la vida diaria de la gente, que nos presentan y nos platean un “proyecto de vida”. Una forma de vivir, que antepone la vida (y la felicidad de la vida) a la religión, a sus dirigentes, sus leyes, sus amenazas, sus ceremonias, el “yugo” y la “carga”, que Jesús le suavizó a la gente hasta hacerla feliz. Teniendo muy presente que, en todo este asunto, lo que importa no es la “historicidad” de los relatos. Lo que interesa es la “significatividad” de esos relatos.

En definitiva, ¿por qué la religión no soportó el Evangelio? ¿Por qué los “hombres de la religión” se enfrentaron, odiaron y mataron a Jesús? Porque la “religión” brota de la “necesidad”. El Evangelio, por el contrario, surge de la “generosidad”. Esto es lo que explica que Jesús fue un hombre muy “religioso”, pero como no soportaba ver a la gente sufrir, por eso, ni más menos, antepuso el “Evangelio” a la “religión”.

Por eso – y con razón – tanta gente (sin saberlo), cuando llega Navidad, se alegra lo indecible. Porque llega el Evangelio.

 

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Cinco Fiestas en una. Navidad es Dios, son ellos, somos nosotros

miércoles, 26 de diciembre de 2018
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8460A8E2-E037-45E2-8E80-51B028609F4DDel blog de Xabier Pikaza:

Navidad es una cena de familia en la que abuelos, hijos y nietos quieren recuperar su amor y su unión ante la Vida. Pero, además de esa cena, son muchos los cristianos que quieren celebrar (y celebramos) una “misa” de familia más grande: El nacimiento de Dios que ha sido en Belén y que sigue siendo entre nosotros.

Desde ese fondo quiero poner de relieve cinco fiestas de Navidad, para que cada lector pueda destacar una de ellas… No hace falta leer todas estas navidades seguidas, pero cada una de ellas puede ofrecer un destello de esperanza ante el misterio de nuestro camino por la vida.

37078CAE-A1BF-423B-B2BD-A03E8214D0071. La Navidad es Belén, una historia de la Biblia… algo que pasó en otro tiempo, con María y José… Por eso he querido poner como imagen 2 una foto de la gruta tradicional de Belén,para decir que nosotros (tú, yo, todos) también Navidad.

 

2. La Navidad son los pastores, los marginados y fugitivos del mundo, los más pobres, los niños de la periferia. La Navidad son esta mujer y hombre que quieren «pasar al niño» al otro lado de la valla (imagen uno), para que pueda vivir, simplemente vivir, en un mundo que será también de riesgo

3. La Navidad es Dios, Dios que ha querido nacer entre los hombres. no para dominarles desde arriba, sino para ser en ellos y con ellos

4. Navidad es la Iglesia que da testimonio del nacimiento de Dios en el conjunto de la historia, la comunidad de los creyentes hecha carne palpitante de amor, para el amor

5. Navidad eres tú, somos nosotros, Dios que nace en nuestra vida… (imagen 4) Tú mismo eres Belén y los Pastores, y la Virgen María…Eres nacimiento, una puerta de Dios entre en el gran universo y en la historia.

1. PRIMERA NAVIDAD. BELÉN DE JUDÁ

Tomo aquí Belén en sentido simbólico, como ciudad del Mesías que un día ha nacido, pues de hecho él pudo haber nacido en Nazaret. Así lo cuenta el evangelio de Lucas:

En aquel tiempo salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer un censo del mundo entero… Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad. También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén para inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada… (Lc 2, 1-14).

El nacimiento de Jesús es un hecho histórico, que expresa y proclama el nacimiento de Dios en la historia de los hombres. No nace en el palacio del rey, ni en la catedral de las religiones, sino en un descampado, entre los no aceptamos por la sociedad que esta noche celebra sus grandes cenas. No, no está allí, en esas cenas, está fuera.
– Históricamente, Jesús nació de una madre conocida, en un lugar y tiempo que ignoramos (probablemente en Nazaret), para iniciar una vida concreta de entrega a los demás y de anuncio de Reino, en amor, que le llevó a la cruz.

– Su nacimiento se ha narrado pronto como símbolo del amor providente de Dios, de un Dios que visita a los hombres, asumiendo su pobreza y ofreciendo, en medio de ellos, un fuerte testimonio de esperanza salvadora, en Belén, lugar de la genealogía mesiánica de David, un pastor que llegó a ser rey.

El evangelio no tiene que explicar ni razonar; simplemente cuenta, situando el nacimiento de Jesús en el contexto de historia y esperanza de la humanidad. Sabe que Jesús es el Mesías de Israel y así lo debe destacar, pero sabe al mismo tiempo sabe que es también el deseado de los siglos y así narra:

C69A61CC-5FCE-4B3A-80F0-5856B9650E37– En tiempo del César Augusto…. Parece que ya existe un rey perfecto, para todos los humanos, Emperador de Dios sobre la tierra. Pues bien, mientras dominaba en Roma el Emperador sagrado (como dice un famoso texto de evangelio político, encontrado en Priene, Asia Menor), nace escondido, fuera del palacio, el rey excelso de la humanidad, mostrando que el otro (el César Augusto) carece del poder real. Bajo un emperador del mundo (en tiempos de globalizaciòn del poder y del consumo), nace el Dios de la vida, sin más riqueza que un pesebre abierto de pastores.

– En tiempo del censo. El emperador ejerce su poder organizando un recuento de súbditos que le permita conocer a los hombres de su imperio, para exigirles tributo y tenerlos sometidos. En ese contexto, como miembro de un grupo oprimido, en camino de exilio llega el niño. No se sabe si ese censo se hizo en aquel tiempo, cuando nació Jesús, ni si obligaba a todos a empadronarse en el lugar de origen, pero sirve para situar a Jesús en el contexto histórico de un imperio que quiere tener dominio sobre todo, incluso sobre Dios. El imperio lo cuenta todo, todo lo somete, para controlar los impuestos. Pero hay algo que el emperador no puede contar, es la vida de Dios, que nace en un niño, que no tiene casa que le reciba.

2. SEGUNDA… ENTRE LOS MARGINADOS

Nace Dios, después de milenios de preparación, pero nadie de los grandes de este mundo le recibe. No le reciben en el pueblo sagrado de Belén (en la Catedral, en el Palacio, en las cortes.. ), no le acogen en las casas de los ciudadanos pudientes del lugar, pues la tienen cerrada por el miedo a los ladrones. Por eso llega al mundo a cielo abierto y le reclinan sobre un pesebre de animales, de manera que así puede aparece como señor y salvador de todos los vivientes.

No está allí la televisión para recoger el acontecimiento, ni el emperador de Roma, ni el sacerdote de Jerusalén, ni el sabio de Atenas, ni el místico de la India, ni el comerciante de China, ni el chamán de Siberia… No hay nadie a quien Dios pueda contar su historia… a no ser unos “pastores”, es decir, es decir, unas personas que no están inscritas en los grandes censos. Ellos, los pastores, eran en aquel tiempo los irregulares, como si hoy dijéramos: los que no tienen casa, ni cena, ni seguridad, los caminantes, exilados, inmigrantes…

Nadie recibe a Jesús (reyes, sacerdotes, comerciantes…). Todos están ocupados en otras cosas, tienen otros trabajos, problemas, comidas… Pero hay gente libre para Dios, es decir, para la vida, en los campos, fuera de las grandes listas de las celebraciones oficiales, como los pastores de antaño. Sólo unos “pastores” que no tienen nada, ni casa, sólo unos establos en el campo abierto.

Nace Dios entre los expulsados de la ciudad, entre emigrantes, nómadas de la vida, tribus urbanas o gente de la estepa… Había por allí unos pastores, gente que pasa, que observa en la noche… Normalmente tendríamos miedo: ¿Quién puede estar por ahí en la noche? ¿Quién puede venir a la cueva…? Tendríamos ganas de llamar a la policía. Pero no, entre los excluidos, fuera de la vida social organizada, están los pastores que vienen y encuentran al niño “en el pesebre”.

En un sentido, la noche es tiempo de miedo, no es para andar por los campos, no es para meterse en las cuevas… Pero ésta es una noche distinta, noche para que nazca el niño, para que vengan y adoren los marginados de la tierra, entre los que Dios ha nacido.

3. TERCERA. DIOS MISMO VIENE A CELEBRAR

1696D523-359A-483E-90CF-E06C04F672F2Esto es lo más grande. No es fiesta de Belén, ni de pastores… No es fiesta de emperadores, comerciantes, soldados o sacerdotes y sabios… Es fiesta de Dios, que se alegra y baila, porque nace su Hijo entre los hombres de forma salvadora, no para imponerse sobre ellos, no para mandar desde arriba, sino para compartir desde dentro, con ellos, el camino de la vida:

«Un silencio sereno lo envolvía todo y al mediar la noche su carrera, Dios quiso que naciera entre los excluidos y expulsados de la sociedad el niño…» (cf. Sab 18,14-16).

Ésta es la noche de la palabra de Dios, que no escucha el rey en su palacio, ni el sacerdote en su templo, ni los comerciantes en sus tiendas… Esta es la noche de la fiesta de Dios. Él mismo ha querido nacer, él invita. Leer más…

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Natividad del Señor

martes, 25 de diciembre de 2018
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05-navidad (C) cerezo

Leído en Koinonia:

Misa del día

Isaías 52,7-10

Verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión: “Tu Dios es rey”! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusalén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén; el Señor desnuda su santo brazo a la vista de todas las naciones, y verán los confines de la tierra la victoria de nuestro Dios.

Salmo responsorial: 97

Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.

El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.

Los confines de la tierra han contemplado
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.

Tañed la cítara para el Señor
suenen los instrumentos:
con clarines y al son de trompetas,
aclamad al Rey y Señor. R.

Hebreos 1,1-6

Dios nos ha hablado por el Hijo

En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido realizando las edades del mundo. Él es reflejo de su gloria, impronta de su ser. Él sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de su majestad en las alturas; tanto más encumbrado que los ángeles, cuanto más sublime es el nombre que ha heredado. Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: “Hijo mío eres tú, hoy te he engendrado”, o: “Yo seré para él un padre, y él será para mí un hijo”? Y en otro pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: “Adórenlo todos los ángeles de Dios.”

Juan 1,1-18

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros

En principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no la recibió. [Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz.] La Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre. Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios.

Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad. [Juan da testimonio de él y grita diciendo: “Éste es de quien dije: “El que viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo.”” Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia. Porque la Ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás: Dios Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer.]

 

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy
(25 de diciembre de 1977)

Hoy llega a nosotros la noticia del nacimiento de Cristo a través de su Iglesia. Cómo María, como nos cuenta el evangelio, al irse los pastorcitos que vinieron invitados por los ángeles a adorar al Niño Jesús, María se quedó reflexionando todo esto en su corazón. Para una comunidad cristiana la Navidad no tiene sentido si no es a base de una profunda reflexión, por eso para muchos cristianos la Navidad no es más que una fiesta que se espera y que luego pasa efímera, como la pólvora que se quema, y no deja más que basura en las calles. Para el cristiano es algo más que un cohetillo, es la gran noticia que debe reflexionarse y comprometer al hombre con este episodio en que Dios se hace hombre, no en una forma transitoria, sino para siempre, y el hombre debe también reflexionar ante el Señor.

Ese Cristo en Belén lo podemos representar hoy en esta homilía con este título: Cristo manifestación de Dios, Cristo manifestación del hombre y en tercer lugar, la Iglesia manifestación de Cristo.

PROLONGAR LA ENCARNACIÓN

Por eso la Iglesia, que prolonga la encarnación, o sea el Dios hecho hombre, no puede prescindir de la historia. Desde aquel momento Dios ha asumido la humanidad y ha dejado ese encargo de seguir asumiendo hacia Dios a todos los hombres, a la Iglesia, la cual, por tanto, peregrina en la historia, va recogiendo, no puede dejar de vivir las circunstancias en las cuales ella va prolongando esa encarnación. Por eso hermanos, estas noticias en las cuales yo reflejo lo más sobresaliente de la semana, no es con el afán de hacer aquí un noticiero. Lo hace mucho mejor cualquier instrumento de comunicación social, sino que es simplemente decirles a todos mis queridos hermanos, que vivimos en esta semana, en esta hora, que esta Navidad de 1977, siendo la eterna Navidad de Cristo, se ha vivido aquí en El Salvador en estas circunstancias de las cuales no podemos prescindir.

NAVIDADES TRISTES

Así es como tienen un sentido profundo, en medio de tarjetas y telegramas de Navidad, me hayan llegado cartas que son lamentos profundos, por ejemplo de aquellas madres y esposas que “en esta celebración de Navidad que con júbilo espera todo el pueblo cristiano, nosotras expresemos no una Navidad sino el profundo dolor de un calvario al albergar en nuestro corazón esa separación insuperable de nuestros hijos y esposos”. En otra carta parecida dice: “Estamos angustiadas y tristes por el llanto de nuestros hijitos que a cada momento que se despiertan en la noche están llamando a sus padres y de ellos no nos dan ninguna razón en los cuerpos de seguridad”. Y cartas de expresión así dolorosa, pues, son muchas las que llegan. Por nuestra parte hemos tratado de hacer todo lo que está a nuestro alcance recurriendo a recursos jurídicos y estamos dispuestos siempre, pues, a ayudar el dolor de la humanidad.

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«Ante el misterio del niño». Natividad del Señor – C (Lc 2,1-14 / Lc 2,15-20 / Jn 1,1-8)

martes, 25 de diciembre de 2018
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Natividad_CLos hombres terminamos por acostumbrarnos a casi todo. Con frecuencia, la costumbre y la rutina van vaciando de vida nuestra existencia. Decía Ch. Peguy que «hay algo peor que tener un alma perversa, y es tener un alma acostumbrada a casi todo». Por eso no nos puede extrañar demasiado que la celebración de la Navidad, envuelta en superficialidad y consumismo alocado, apenas diga ya nada nuevo ni gozoso a tantos hombres y mujeres de «alma acostumbrada».

Estamos acostumbrados a escuchar que «Dios ha nacido en un portal de Belén». Ya no nos sorprende ni conmueve un Dios que se ofrece como niño. Lo dice A. Saint-Exupéry en el prólogo de su delicioso Principito: «Todas las personas mayores han sido niños antes. Pero pocas lo recuerdan». Se nos olvida lo que es ser niños. Y se nos olvida que la primera mirada de Dios al acercarse al mundo ha sido una mirada de niño.

Pero esa es justamente la gran noticia de la Navidad. Dios es y sigue siendo Misterio. Pero ahora sabemos que no es un ser tenebroso, inquietante y temible, sino alguien que se nos ofrece cercano, indefenso, entrañable, desde la ternura y la transparencia de un niño.

Y este es el mensaje de la Navidad. Hay que salir al encuentro de ese Dios, hay que cambiar el corazón, hacernos niños, nacer de nuevo, recuperar la transparencia del corazón, abrirnos confiadamente a la gracia y el perdón.

A pesar de nuestra aterradora superficialidad, nuestros escepticismos y desencantos, y, sobre todo, nuestro inconfesable egoísmo y mezquindad de «adultos», siempre hay en nuestro corazón un rincón íntimo en el que todavía no hemos dejado de ser niños.

Atrevámonos siquiera una vez a mirarnos con sencillez y sin reservas. Hagamos un poco de silencio a nuestro alrededor. Apaguemos el televisor. Olvidemos nuestras prisas, nerviosismos, compras y compromisos.

Escuchemos dentro de nosotros ese «corazón de niño» que no se ha cerrado todavía a la posibilidad de una vida más sincera, bondadosa y confiada en Dios. Es posible que comencemos a ver nuestra vida de otra manera. «No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos» (A. Saint-Exupéry).

Y, sobre todo, es posible que escuchemos una llamada a renacer a una fe nueva. Una fe que no anquilosa sino que rejuvenece; que no nos encierra en nosotros mismos sino que nos abre; que no separa sino que une; que no recela sino confía; que no entristece sino ilumina; que no teme sino que ama.

José Antonio Pagola

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La vida tiene sentido

martes, 25 de diciembre de 2018
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441581A2-0506-4530-9EB5-8B41367DFB5EDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. ¡QUÉ BAJO HA CAÍDO DIOS! 

Parece ser que el evangelio y los escritos (tres breves cartas) de san Juan, escritos muy tardíos en el NT: hacia el año 90-100 dC, están escritas para comunidades de cristianos en las que se había infiltrado ya un gnosticismo de matiz griego, platónico. De manera que, pensaban, que si Jesús había sido hombre, no podía ser Dios

La razón fundamental reside en que la filosofía griega no podía comprender que Dios se hiciera cuerpo (sarx), así como tampoco que la salvación proviniera del cuerpo, de la carne. Para el mundo griego la salvación consistía precisamente en librarse del cuerpo. El cuerpo es la tumba del alma para los griegos, (Platón).

Dios (los dioses) no podía caer tan bajo como para hacerse hombre.

De ahí que san Juan desde el comienzo trata de decir que sí, que Dios ha caído muy bajo, LA PALABRA SE HA HECHO CARNE, SER HUMANO. Y esto es lo que celebramos en Navidad: que Dios es aquel, que menor no puede ser pensado: un débil y pobre niño.

El cristianismo no es una religión pseudomística, un éxtasis, un nirvana o un yoga, una vivencia espiritualoide. El Dios de Jesús, Jesús está en medio de la vida, de la humanidad: “En el corazón de las masas”, que decía aquel libro que R Voillaume publicó en 1968.

02. LAS COMUNIDADES DE JUAN HAN EXPERIMENTADO LA PRESENCIA DE JESÚS CORPÓREO.

Los cristianos de aquellas comunidades joánicas se sentían herederos de una tradición muy noble, santamente corpórea y materialista: el Discípulo Amado había recostado su cabeza en el corazón de Cristo: la cabeza había entendido lo que decía el amor. Habían experimentado el servicio en el lavatorio de sus pies. El ciego vio con sus ojos la luz de la nueva creación del barro y el espíritu (saliva) de Jesús. Esa comunidad cristiana nacía al pie de la cruz (María y el Discípulo Amado). Tomás había tocado el cuerpo resucitado del Señor metiendo su mano en el costado bautismal del Señor.

Ser cristiano no es perderse en la estratosfera del zen, del yoga, de la pseudomística, sino adentrarse en la vida, en la enfermedad, en los pobres, hambrientos, etc. Hoy también se nos ha colado un gnosticismo pseudo cristiano en esas modalidades de eneagramas, meditaciones transcendentales.

El cristianismo es humanismo, no angelismo.

Os transmitimos lo que hemos visto y oído, (1Jn 1,3).

03. LA CORPOREIDAD DE JESÚS TRANSPARENTA A DIOS.

El mismo san Juan es quien dice que: a Dios nadie le ha visto, (Jn 1,18). A Dios “le conocemos” en tanto en cuanto “le vemos” a Jesús. Cristo es sacramento de Dios. En Cristo se transparenta Dios y el ser humano es sacramento, signo y presencia de Cristo. Y el prójimo es sacramento de Cristo. ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, enfermos, desnudo, encarcelado…? Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos.

Pretender formular estas cosas es algo imposible. El misterio de Dios en Jesús no se nos ha dado para formularlo, sino para ser creído en nuestra casa: vino a los suyos… Es en la ortopraxis donde se revela nuestra ortodoxia. Es en la manera de cómo nos relacionamos con Jesús (y con las personas) donde se verifica si nuestra comprensión de la encarnación es correcta.

04. NAVIDAD: LA VIDA TIENE SENTIDO Y PAZ

El prólogo del evangelio de San Juan, que hemos escuchado, es solemne, tiene una cierta majestuosidad literaria y bíblica. Evoca el Génesis: en el principio la tierra era un caos, (Gn 1,1-2), ahora, en el evangelio de Juan,: en el principio existía el Logos: la razón, la Palabra, el sentido de la vida…

Es hermoso pensar y vivir en un arco existencial en el que todo está en orden, bien, todo tiene sentido.

En Navidad celebramos que la PALABRA se hizo uno de nosotros. La palabra distingue al ser humano del animal: la palabra es principio de entendimiento y comunicación, de trabajo, transformación, de amor y libertad.

PALABRA, (logos), tiene varios y densos significados: orden: sentido, razón, luz, verdad.

Es evidente que nuestra sociedad actual no es cristiana al menos en grandes sectores. Pero el problema principal no es la homosexualidad, la comunión o no de los divorciados, el aborto y cosas por el estilo. El problema de fondo es que hemos perdido el sentido de la vida, cuando no las ganas de vivir. Cada cual es muy libre de pensar y ojalá todos seamos libres y pensemos. Pero el orden en el universo, en el pueblo, el sentido, la razón, la luz, la verdad, etc. son cuestiones humanistas y cristianas con las que no podemos jugar. No sé si puede quitar o no la clase de religión, la filosofía, etc de nuestros centro de estudios. Lo que no se puede suprimir es la sensatez, el sentido, el horizonte y la ética. Muchas de las ideologías y muchos políticos se manifiestan ateos. Ya quisiéramos tener ateos como Dios manda. Para ser ateo hay que pensar un poco más de lo que piensan muchos de los políticos actuales. En la historia, incluso reciente, ha habido ateos o agnósticos de gran peso humanista e intelectual: Pío Baroja, Unamuno, Tierno Galván, etc. Lo que no se puede es ir de modernista por la vida arrasando con todo sentido, logos y esperanza y por obtener un puñado de votos

Todos habremos de poner manos a la obra y comenzar a dar pasos culturales, educativos, psicológicos, sociales para que los agitados fondos y profundidades de las personas, de las familias, de los pueblos vivamos con sentido y sensatez.

DESDE EL PRINCIPIO LA VIDA TIENE SENTIDO.

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25 Diciembre- Solemnidad de la Natividad del Señor

martes, 25 de diciembre de 2018
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Navidad-ciclo-C

“… y habitó entre nosotros”

(Jn 1, 1-18)

Te voy a contar una situación real. Una chica cristiana, no practicante, bastante indiferente ante la iglesia, empezó a trabajar en un centro de educación religioso. A comienzos de diciembre la directora le estuvo enseñando el belén, que ella misma había estado colocando durante el fin de semana con algunos familiares. Un belén muy grande, puesto con mucho cariño y gusto, a sabiendas de que lo iban a admirar los alumnos, los trabajadores del centro, las familias de los alumnos… Tenía un sinfín de detalles, hasta un huerto con calabazas. Esta chica, a pesar de su fe adormilada, estaba enamorada de las fiestas navideñas. Las comidas familiares, cenas con amigos, las luces de las calles, los adornos, villancicos, la cabalgata de los reyes magos, hasta del cortylandia; de todo ese ambientillo que se crea y respira estos días.

Ahí estaba ella, entusiasmada con el belén que tenía delante, cuando se dio cuenta de que faltaba el Niño. Dudó entre decírselo o no a la directora ya que pensaba que se le había olvidado. Al final le preguntó: “¿y el niño?”. La religiosa no disimuló su sorpresa ante la pregunta y tras unos momentos de silencio contestó: “Es que todavía no ha nacido Jesús, lo pondré el día 24 por la tarde”. Más sorprendida se quedó la chica por esa ocurrencia de esperar hasta el día de Nochebuena para poner al Niño en su pesebre, hasta entonces vacío.

Ya ha llegado el día, es Navidad. Y esto de caer en la cuenta de cuándo ponemos al Niño en el belén, puede ser un buen termómetro que nos indique desde dónde celebramos la Navidad: desde el dejarnos llevar por lo externo o desde la fe. Porque, ¿qué celebramos en realidad?, ¿el nacimiento de Jesús, sin más, o que esa Palabra que ya existía en el principio se hizo uno de los nuestros? Sí, uno de los nuestros, un ser humano con su proceso, como tú y yo; desde su nacimiento, hasta la muerte, y, mientras, habitando entre nosotros. Esa Palabra, que es Dios mismo, hoy vuelve a nacer con el deseo de vivir la realidad del mundo, la nuestra.

Oración

Bendita seas, Trinidad Santa.

La que eras en el principio, la que eres hoy y la que serás por todos los siglos. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Belén

martes, 25 de diciembre de 2018
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liberan-a-jovenAcostumbrado a montar belenes en el pueblo, no sé si voy a acertar a representar la Natividad de Jesús aquí en la capital. Lo voy a intentar. Empezamos por los…

…antepasados. Tenemos muchos, Jeconías y Sorobábal y hasta Rut y Betsabé, Abuelos que unos viven en sus casas, otros en residencias y muchísimos que ya murieron y descansan sus cuerpos en el cementerio. Sus personas están en el belén del cielo.

El burro; Tenemos sillas de ruedas, motos eléctricas, taca taca, transeúntes, carrilanos… Un recuerdo agradecido a todas las personas que empujan las sillas de ruedas. Llevan a Jesús al portal de su casa o de su residencia.

Vamos hacia una cueva de Belén; Puede ser un hospital, una residencia, una casa de vivir, un albergue. Me hablan inmigrantes que viven 4 en la misma habitación. Hay muchos que han subalquilado su vivienda y ahí se encuentran juntos con derecho a cocina. Y hasta hay algunos que viven debajo del puente de cemento de San Millán.

Calefacción animal; Sacos de dormir, cajeros automáticos, ropa de los contenedores, algún albergue, algún portal.

Comida; Los vecinos, ollas comunales, bocadillos, algún alimento de las tiendas y del banco de alimentos y Caritas, Cocina económica. Y alguien que invita a un café caliente. El calor mayor lo tienen en un tetrabrik.

Música; Los que tocan y cantan en las calles, poniendo su caja para recibir, los que cantan villancicos por las calles.

Amigos; Los pastores, los sin techo, los voluntarios, los que no pueden pagar la luz, los que vivan fuera de casa, los desahuciados y los presos. Todos los que viven en las afueras de la ciudad, en centros o en casetas.

Ángeles: los hay a miles. Carteles anunciando actividades para estas fechas.

La estrella: no hace falta. Se saben ya dónde les van a poder dar acogida. Tantas luces eléctricas por las calles no les dejan ver las estrellas; no les facilitan el sueño de poder cenar y dormir bajo teja. No les dejan ver el corazón, ni a los vecinos les dejan ver a estas personas por las calles.

Mula y buey no tenemos, pero lo que son animales que le puedan dar calor, hay a miles, Son los perros Y cogemos las hojas que se van cayendo y bailan buscando la cueva para arropar al Niño

Castañeras: al natural. Para entrar en calor al pasar por las calles Poco negocio con estos calores.

Magos: hay muchísimas personas venidas de otras tierras en busca de la Vida, de trabajo, de paz. Son inmigrantes, refugiados, Muchas personas en búsqueda de la Verdad. Cantidad de personas en cursos, grupos, en estudio… Hasta llegan algunos carrilanos.

Niño: lo tenemos en el hospital y además viene con la asociación “Hospital Imaginario” que lleva a entretener y hacer fiesta. Y si lo buscamos en las afueras, como en Belén, los hay en casas, chabolas y como el belén es tan grande, podemos elegir a una persona adulta, pero con espíritu infantil. Está en la puerta de Palacio. Se llama también Jesús.

Se ven luces, muchas luces en las ventanas de todas las casas, ¿Encontraremos ahí a Jesús con María y José? ¿Hay lugar en esa posada para una mujer en estado, José y un Niño que va a nacer? Para eso he montado este belén. Bienvenido Jesús, que ya estás con nosotros. Gracias. El Belén ya está montado. Y Jesús habitando en él, especialmente en los rincones y en las periferias de la ciudad, hospitales, cárceles, psiquiátricos, residencias… Solo nos falta que nieve para disfrutar de ese manto de misericordia y bondad que Él nos ha traído.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Natividad del Señor: Misa de medianoche

lunes, 24 de diciembre de 2018
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pastores

LECTIO

 Isaías 9,1-3.5-6

El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras una luz les ha brillado.

Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se alegran ante ti con la alegría de la siega, como se regocijan al repartirse un botín.

Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el bastón opresor que los hería.

Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Sobre sus hombros descansa el poder, Y es su nombre: «Consejero prudente, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz».

Dilatará su soberanía n medio de una paz sin límites, asentará y afianzará el trono y el reino de David sobre el derecho y la justicia, desde ahora y para siempre. El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará.

*•• Todas las lecturas bíblicas de las misas de Navidad, si bien con perspectivas diversas, intentan responder a una pregunta: ¿cuál es el sentido de la Navidad? Iniciamos el recorrido desde los antiguos profetas. El oráculo de Isaías presupone una situación dramática para el país de Israel, porque el estrépito de las armas resuena por doquier. La invasión asiría (siglo VIII a.C.) comenzada en Galilea amenaza ya la misma Judea y Jerusalén, y el pueblo, bajo el terror enemigo, camina en la oscuridad y no sabe adonde dirigirse. A esta gente sin esperanza anuncia el profeta: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Luego, dirigiéndose a Dios, exclama: «Acreciste la alegría, aumentaste el gozo» (v. 2).

¿Qué es lo que permite a los hombres pasar de las tinieblas a la luz, de la tristeza a la alegría? La alusión de Isaías se refiere a la huida de los Asirios, pero el profeta de Dios habla también de fuga de todo enemigo.

Anuncia la alegría por el que será: «Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de la paz» (v. 5), el que, verdadero héroe de Israel, cumplirá todo esto. Pero ¿cómo será posible todo esto? Isaías responde: «El amor ardiente del Señor todopoderoso lo realizará» (v. 6). He aquí, pues, el sentido y el mensaje más antiguo de la Navidad: el fin del miedo, la liberación de la dominación enemiga y todo ello gracias a que: «un niño nos ha nacido» (v. 5: cf. Is 7,14; Miq 5,1- 3; 2 Sm 7,12-16), un descendiente de David que dará vida a una sociedad en la que habrá justicia, paz, alegría y que dará a todos el coraje de vivir.

 Tito 2,11-14

Porque se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres.

Ella nos enseña a renunciar a la vida sin religión y a los deseos del mundo, para que vivamos en el tiempo presente con moderación, justicia y religiosidad, aguardando la feliz esperanza: la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, el cual se entregó a sí mismo por nosotros para redimirnos de todo pecado y purificarnos, a fin de que seamos su pueblo escogido, siempre deseoso de practicar el bien.

*» Pablo escribe a Tito, su discípulo convertido del paganismo y ahora obispo de Creta, explicándole el sentido de la venida de Jesús a nosotros con palabras llenas de esperanza: «Se ha manifestado la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (v. 11). La universalidad de la salvación es una dimensión esencial de la Navidad, y su verdadero mensaje es el anuncio de salvación y de vida nueva para toda la humanidad sin distinciones de razas ni colores, de clases sociales, ni de dotes intelectuales ni ninguna otra cosa. El Salvador que nos ha sido dado no es sólo un niño que ha elegido nacer en un pobre establo, entre incomodidades y queridos silencios, es sobre todo la sonrisa de Dios que se ha hecho visible, porque no ha perdido su esperanza en los hombres. Ha venido para enseñarnos el camino del bien, de la sobriedad y de la justicia, el desprecio de los atractivos malos e ilusorios del mundo, a la espera del retorno glorioso del Señor (v. 13). Libremente, dirá Pablo, «se entregó a sí mismo por nosotros» (v. 14), primero habiéndonos del Padre y llamándonos amigos, y después, al final, muriendo en la cruz por amor, nos ha liberado de toda esclavitud para reconducir al Padre, de una vez para siempre, a la humanidad reconciliada con él. Sólo la fe ayuda a descubrir el poder de Dios en la vivencia de un pobre. Desde que el Hijo de Dios se ha hecho hombre, quiere ser acogido y reconocido como hombre: aquí es posible la búsqueda de Dios, porque él se ha quedado entre nosotros.

 Lucas 2,1-14

En aquellos días apareció un decreto del emperador Augusto ordenando que se empadronasen los habitantes del imperio. Este censo fue el primero que se hizo durante el mandato de Quirino, gobernador de Siria.

 Todos iban a inscribirse a su ciudad. También José, por ser de la estirpe y familia de David, subió desde Galilea, desde la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David que se llama Belén, para inscribirse con María, su esposa, que estaba encinta.

Mientras estaban en Belén le llegó a María el tiempo del parto, y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada.

Había en aquellos campos unos pastores que pasaban la noche al raso velando sus rebaños. Un ángel del Señor se les apareció, y la gloria del Señor los envolvió con su luz. Entonces les entró un gran miedo, pero el ángel les dijo:

“No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será también para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”.

Y de repente se juntó al ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!».

*

» Sobre el fondo de los anuncios proféticos (cf. Miq 5,1-4; 1 Sm 16,1-3), Lucas en el evangelio nos habla del nacimiento histórico de Jesús. El relato es simple, pero sugestivo, lleno de matices teológicos y construido sobre el modelo del anuncio misionero, que comprende tres momentos. Primero la narración del acontecimiento: el edicto de César Augusto en tiempos de Quirino, gobernador de Siria, y el nacimiento de Jesús en Belén, en la pobreza, en un país sometido a una potencia extranjera (w. 1-7); después el anuncio hecho por los ángeles a los pastores, primeros testigos del evento de la salvación (w. 8-14); y, por último, la acogida del anuncio, con los pastores que van a la gruta, encuentran a Jesús, y sucesivamente el relato de su experiencia a otros (w. 15-20).

El punto central del relato, sin embargo, son las palabras de los ángeles a los pastores, que consideran con respeto el sentido gozoso del acontecimiento y la fe en Jesús Salvador en la figura de un niño pobre, «envuelto en pañales, acostado en un pesebre» (v. 12). Dos motivos, pues, se iluminan uno a otro en el texto: la visible pobreza en la vivencia humana de Jesús y la gloria de Dios escondida en su presencia entre los hombres. Sólo unos cuantos pastores, representantes de gente pobre y humilde, reconocen al Mesías esperado: éste es el signo divino extraordinario del inicio de una época nueva en la historia de los hombres.

MEDITATIO

Para contemplar el misterio de Navidad necesitamos, sobre todo, simplicidad para asombrarnos ante su mensaje. Capacidad de asombro y mirada de niño son los medios necesarios para gustar el anuncio lleno de alegría de esta noche santa. Y esta alegría tiene una motivación clara: el nacimiento de un niño, Salvador universal, que trae motivos de esperanza para todos, que son paz, justicia y salvación. Y ¿qué signos cualifican a este niño? La debilidad, la pobreza, la impotencia y la humildad, cosas que el mundo ha rechazado siempre y que, por el contrario, ha hecho propias el Hijo de Dios.

Con la venida de Jesús las falsas seguridades de los hombres han zozobrado, porque Dios ha elegido no a los fuertes ni a los sabios, ni a los poderosos de este mundo, sino a los débiles, a los pequeños, a los necios, a los últimos: ha elegido «un niño acostado en un pesebre » (Le 2,7.12.16; cf. 1 Cor 1,27; Mt 11,26), pobre, marginado y desestimado. Precisamente sobre esta pobreza se despliega el esplendor del mundo del Espíritu, mientras nosotros estamos complicados en dramas de conciencia, porque nos tienta seguir principios de fuerza, de poder, de violencia. El niño de Belén nos dice que el milagro de la paz de la Navidad es posible para aquellos que acogen sus dones.

A esta luz el acontecimiento de esta noche no es sólo una fecha para conmemorar, sino evento capaz, también hoy, de contagio y de transformación. Cuatro son las noches históricas de la humanidad, según una antigua tradición rabínica: la noche de la creación (Gn 1,3), la de Abraham (Gn 15,1-6), la del Éxodo (Ex 12,1-13) y la de Belén, es decir, esta noche, que es la más importante, porque el Hijo de Dios ha traído su paz, distinta de la pax augusta, y es el fundamento de la «civilización del amor» (Pablo VI). ¿Somos capaces de vivir el misterio?

ORATIO

Te damos gracias, Señor del universo y de los hombres, porque en Jesús niño, que vino a la tierra portador de tus dones -la paz, la alegría, la justicia y la salvación-, se ha manifestado tu amor a todos. Queremos comprender, si bien con la pequeñez de nuestra mente, algo del misterio del Verbo encarnado, porque con ello se iluminará nuestro misterio humano.

Para los judíos era absurdo pensar que la Palabra definitiva de Dios apareciese en la debilidad del hombre Jesús. Para los paganos era escándalo aceptar la plena humanidad del Hijo de Dios, lugar indigno de la divinidad.

Nosotros, por el contrario, creemos que la Palabra, en un momento histórico muy preciso, «se hizo carne» en la fragilidad e impotencia como toda criatura, naciendo de una mujer, María (cf. 1 Jn 4,2-3), y creemos que en Cristo Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, reside la revelación definitiva del Padre y el anuncio de la fe que nos salva.

El hombre del tercer milenio tiene necesidad de Jesús, revelador de tu amor de Padre, para escapar de su individualismo y de su superficialidad, que lo privan de los verdaderos valores en que se puede encontrar la esperanza de vivir. Señor, el nacimiento de tu Hijo nos revela que también nosotros en Jesús hemos sido hechos hijos tuyos y te podemos conocer.

Haz que toda nuestra vida, sobre el modelo de la de Cristo, se vuelva en actitud de docilidad filial hacia ti y, para ello, en la noche de Navidad nos ponemos de rodillas, en adoración ante el rostro humano del Jesús-Niño, tu Hijo unigénito, en el que resplandece e irradia tu rostro invisible de Padre, para ver nuestro rostro divino.

CONTEMPLATIO

Pero ¿quién soy yo? ¿Podré decir algo digno de lo que se ve? Me faltan las palabras: la lengua y la boca no son capaces de describir las maravillas de esta solemnidad divina. Por eso yo con los coros angélicos grito y gritaré siempre: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!».

Dios está en la tierra; ¿quién no será celeste? Dios viene a nosotros, nacido de una Virgen; ¿quién no se hará divino hoy y anhelará la santidad de la Virgen, y no buscará con celo la sabiduría, para hacerse más cercano a Dios? Dios está envuelto en pobres pañales; ¿quién no se hará rico de la divinidad de Dios si acoge algo humilde?

Exulto como los pastores y me sobresalto escuchando estas voces divinas: ansío ir al pesebre que acoge a Dios y deseo llegar a la celestial gruta: anhelo ver el misterio manifestado en ella y allí, en presencia del Engendrado, levantar la voz cantando: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!» (Sofronio de Jerusalén, Le Omelie, Roma 1991, 55-57).

ACTIO

Repite a menudo y vive hoy la Palabra: «Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado» (Is 9,5).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

En aquella noche de Navidad una multitud del ejército celeste se apareció en Belén a los pastores, diciendo: «¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que gozan de su amor!»; en este mismo momento nosotros celebramos ¡untos el nacimiento de nuestro Señor y su pasión y muerte. Según el mundo, este modo de comportarse es extraño. Porque ¿quién en el mundo puede llorar y alegrarse al mismo tiempo y por el mismo motivo? En efecto, o la alegría será dominada por la aflicción, o la aflicción será aniquilada por la alegría; solamente en nuestros misterios cristianos podemos alegrarnos y llorar al mismo tiempo y por la misma razón. Pero pensad un poco en el significado de la palabra «paz». ¿No os parece extraño que los ángeles hayan anunciado la paz mientras el mundo está incesantemente azotado por la guerra o por el miedo de la guerra? ¿No os parece que las voces angélicas se hayan equivocado y que la promesa fue una desilusión y un engaño?

Reflexionad ahora sobre cómo habló de la paz nuestro Señor mismo. Dijo a sus discípulos: «Mi paz os dejo, mi paz os doy». ¿Entendía Él la paz como nosotros la entendemos: el reino de Inglaterra está en paz con sus vecinos, los barones están en paz con el rey, el jefe de familia que cuenta sus pacíficas ganancias, la casa bien limpia, su mejor vino sobre la mesa para el amigo, su mujer que canta a sus hijos? Aquellos hombres que eran sus discípulos no conocían nada de esto: ellos salieron a hacer un largo viaje, a sufrir por tierra y por mar, a encontrar la tortura, la desilusión, a sufrir la muerte con el martirio. ¿Qué cosa quería, pues, decir Él? Si queréis saberlo, recordad que dijo también: «No os la doy como la da el mundo». Así pues, Él dio la paz a sus discípulos, pero no como la da el mundo

*

T. S. Eliot,
Asesinato en la catedral,
Madrid 1996.

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Vigilia de Navidad: Romance del Dios Peregrino de Adviento

lunes, 24 de diciembre de 2018
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48952917_1137005066476684_1391946394658406400_nDel blog de Xabier Pikaza:

Hay cuatro peregrinaciones:

1. Peregrinación exterior, a santuarios como Jerusalén o Compostela
2. Peregrinación interior… Hombres que buscan dentro a Dios
3. Peregrinación de amor: La de unos hombres que buscan a otros hombres
4. Peregrinación de Dios… que buscan en amor a los hombres.

Esa 4ª peregrinación es la de Adviento, y sobre ella escribió Juan de la Cruz el más bello de todos los romances, que algunos llaman Romance de la Trinidad (porque empieza así hablando del Dios Trinidad) pero que en sentido estricto es el Romance el Dios peregrino de la Navidad.

A esa peregrinación de Dios dedico esta Vigilia. Si tienes prisa, deja el tema aquí. Si puedes parar un momento,deja que este Romance te anime y alumbre por dentro. Habrá merecido la pena.

Introducción. Romance del Dios peregrino

48413886_1136986239811900_468175444131184640_nDejo los preámbulos, las introducciones eruditas. Empiezo con texto. Así comienza la Vigilia del Dios de Navidad:

. Trinidad, Dios en sí, bodas del Padre (RTrin 1- 76)

a. Ser como donación y encuentro

SJC (=San Juan de la Cruz) comienza retomando el motivo de Jn 1,1, recreando desde esa perspectiva la frase originaria de la Biblia (Gen 1,1): en el principio, antes de la creación, se encuentra el Verbo (RTrin: Romance de la Triniadd 1-2). Conforme a la experiencia de la iglesia, que recoge y despliega la revelación de la Biblia (y de la historia de Jesús), SJC presenta al Verbo como Palabra personal, es decir como Persona, en comunión radical con Dios Padre:

En el principio moraba / el Verbo y en Dios vivía
en quien su felicidad / infinita poseía.
El mismo Verbo Dios era / que el principio se decía.
Él moraba en el principio y principio no tenía.
Él era el mismo principio / por eso de él carecía (RTrin 1-10)

El texto dice que el Verbo vivía (moraba) en Dios «en quien su felicidad infinita poseía» (Rom 1-4). Para SJC este Verbo es evidente¬mente el Hijo de la tradición dogmática cristiana, ratificada en e1 Concilio de Nicea (año 325), es el Hijo entendido como “palabra activa” de Dios, no como idea que puede existir en sí misma, es el Hijo es Verbo, acción comunicadora, es el mismo Dios que existe así al comunicarse, dándose a sí mismo.

Son significativas las primeras notas de este Verbo. Se dice que mora en Dios, indicando así que Dios no es un ser solitario, alguien que existe cerrado en sí mismo. De un modo consecuente, según eso, la nota primordial de la realidad no es la indepen¬dencia del ser que vive en sí (sustancia) y según eso se aísla de los otros, sino el gesto creador de aquel que sale de sí y puede (quiere) hacer que el otro sea (de tal manera que la realidad es según eso Padre, que se da y se entrega, dándose al Hijo, en quien vive, siendo de esa forma en sí al ser en el otro).

En esa línea se añade que el Verbo es feliz en palabra paradójica: posee infinita felicidad no «poseyéndose» a sí mismo, sino siendo en (por) el otro, pues la felicidad resulta inseparable del amor, es decir, de la comunión con otro. Y se dice también que Dios es principio total no teniendo principio, y dando todo su ser al Hijo (en quien tiene su ser y su gloria). Por su parte el Verbo es plenitud y es principio, pero siendo en el otro y desde el otro, es decir, en el Padre (RTrin 7-9).

En ese contexto se añade que ni el Padre es en sí (de manera que no puede decir “yo soy”, sino que dice que “sea el Hijo”), y el Hijo tampoco es en sí (sino en el Padre). De esa forma, el “ser” de Dios no se define como autonomía egoísta (dominio de sí mismo), sino como donación, de forma que en el principio de Dios se encuentra el Hijo, que es el mismo Dios “entregado”, saliendo de sí mismo y existiendo en el otro. Este misterio toma forma de paternidad y filiación:

El Verbo se llama Hijo, / que de el Principio nacía.
Hale siempre concebido, / y siempre le concebía.
Dale siempre su sustancia / y siempre se la tenía (RTrin 11-16).

En ese principio que siempre perdura encontramos ahora al Padre que concibe sin cesar al Hijo, en generosidad-fecundidad originaria, de manera que sólo tiene aquello que da o regala, dándose a sí mismo, plenamente (¡dale siempre su substancia y siempre se la tenía!). Lógicamente, según la tradición cristiana, el Dios primigenio se llama Padre, aunque presenta ras¬gos que recuerdan quizá más la imagen de la Madre (¡hale siempre concebido!). Pero más que el puro nombre importa la función del Padre (Madre) que solo puede tener su sustancia (poseerse) en la medida en que entrega (la “da”, dándose al Hijo).

b. Ser en sí, siendo en el otro

48387631_1136986699811854_2030076121348833280_nEn este principio trinitario (¡el Padre sólo tiene aquello que “da” y pierde, y el Hijo sólo tiene aquello que recibe y que nueva “da”, dándose al Padre) aparece ya en resumen (como en germen) todo el pensamiento y experiencia de SJC. El punto de partida de su pensamiento no es un tipo de “ontología cósmica” (como la de Aristóteles), ni es tampoco un pensamiento conceptual o discursivo. El principio y sentido de la realidad ha de entenderse, según eso, de forma trinitaria, desde el fondo de este símbolo de fe, que SJC presenta de forma narrativa en su romance. En el principio está el “don personal”, de manera que el “ser” de cada uno (empezando por el Padre) está en el otro (empezando por el Hijo), y así podemos hablar de una gloria (o esencia) compartida, pues cada uno la tiene sólo en la medida en que la pierde, es decir, en la medida en que se entrega, dándose a sí mismo, para quedar así en manos del otro (y ser el otro).

La gloria Padre es el Hijo y la del Hijo el Padre (RTrin 17-20), de manera que cada uno existe y es glorioso precisamente teniendo su gloria fuera de sí mismo (en el otro a quien la entrega, ofreciéndose a sí mismo). Ambos, Padre e Hijo, se vinculan, por lo tanto, al entregarse y ser uno en el otro, en una especie de unidad paterno-filial, que paradójicamente recibe y tiene rasgos nupciales, de manera que la realidad sólo existe (se despliega) allí donde cada uno la pierde, se pierde a sí mismo (dando lo que tiene), para ser y encontrarse a sí mismo en el otro.

Este ser-amor que se expresa y consiste en la entrega de cada uno aparece así como fundamento de todo lo que existe en cielo y tierra, en contra de la visión ontológica de una filosofía ontológica, donde cada uno es realidad en la medida en que se busca y se tiene a sí mismo, como substancia en sí (ontología griega) o como sujeto que se piensa a sí mismo (para sí mismo) y de esa forma se separa de los otros. En contra de eso, la realidad del Dios cristiano se define como alteridad, ser cada uno en la vida y ser del otro:

Como amado en el amante / uno en otro residía,
y aquese amor que los une, / en lo mismo convenía
con el uno y con el otro /en igualdad y valía (RTrin 21- 26).

Como amado en el amante… De esa forma, aquel que ama no reside o mora en sí, sino en el otro, pues para ser “en sí” es preciso salir de sí, ya que el ser es, según eso, donación y movimiento, alteridad y encuentro, de tal forma que el “en sí” y el “fuera de sí” se identifican. Ésta es la palabra decisiva que SJC ha formulado con toda precisión en la base de su relato creyente, llevando hasta el final rasgos y notas que encontramos ya en el evangelio de Juan.

De esa forma se define y completa el movimiento primero de la peregrinación de Dios (contrario al discurso ontológico normal de las religiones y las filosofías), pues cada uno sólo “es” (sólo se tiene) en la medida en que se da para que sea el otro, siendo así y teniéndose en el otro, no en sí mismo. Ser no es tenerse como substancia, ni pensarse como sujeto, sino darse para que exista el otro, siendo de esa forma en el otro.

El Padre Dios reside así en el Hijo, y el Verbo-Hijo en el Padre, de manera que no hay primero un “ser en sí” y luego “un ser en el otro”, pues cada uno sólo puede ser en sí siendo en el otro. En ese sentido no se puede hablar de Dios como “substancia”, ni como “sujeto”, sino sólo del Padre y del Hijo, que son Dios, dándose una al otro y compartiendo de esa forma la “esencia”. De esa manera, pudiéndose llamar en un sentido “padre” e “hijo”, ellos se muestran y aparecen de esa forma, al menos simbólicamente, como esposos, pero no en gesto de posesión (uno tiene al otro), sino de kénosis fundacional, de vaciamiento pleno, para que sea el otro.

La paternidad originaria (donación generosa de ser) se expresa así como pleno vaciamiento de Dios Padre, que es divino precisamente al no cerrarse en sí, sino al perderse y darlo todo (darse del todo) para hacer así que surja el otro. Sólo de esa forma, al dar y perderse totalmente en el otro (para encontrarse fuera de sí mismo) puede hablarse de paternidad-filiación y nupcialidad (de comunicación y pérdida de sí, con encuentro pleno del uno en el otro).

c. La paradoja de ser, comunión en gratuidad

SJC no intenta explicar la paradoja. Simplemente la rela¬ta, mostrando así que el Padre (al serlo en plenitud) se entrega totalmente a su Hijo, de tal manera que sólo en él (en el Hijo) puede encontrarse, pues sólo es en sí al ser en el otro. Eso significa que el Padre no impone su figura y su potencia desde arriba, pues no tiene un “ser previo” (absoluto) fuera de su donación, sino que sólo existe en sí al darse y ser en el otro (en el Hijo).

La realidad se entiende así como “vaciamiento amoroso”, es decir, como “donación de sí”, pues el Padre sólo existe al darse al Hijo, y el Hijo por su parte, al responderle y entregarle su existencia. De esa forma son en sí, pero sólo siendo en el otro, es decir, en la medida en que cada uno se entrega, existiendo uno en el otro, y los dos en comunión, de manera que el amor del Padre al Hijo es igual que el amor del Hijo al Padre, en donación mutua. Esa pérdida de sí y esa mutua donación, entendida como amor que les une precisamente al distinguirles (existiendo cada uno en el otro), recibe el nombre de Espíritu Santo. Por eso, con toda la tradición cristiana, SJC puede afirmar que ese amor (Espíritu Santo) «convenía con el uno y con el otro- en igualdad y valía», traduciendo así de un modo muy preciso la experiencia que está en el fondo del Concilio de Constantinopla (año 381). Leer más…

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“La Navidad, un hecho comprometido” por Pepe Mallo

lunes, 24 de diciembre de 2018
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navidad-maximino-cerezoLeído a la página web de Redes Cristianas:

Popular villancico, cargado de sutil ironía

El nacimiento de Jesús no fue registrado por las crónicas oficiales de los historiadores de su tiempo. Sin embargo, hoy día la evocación de tal suceso desborda los auténticos límites del acontecimiento histórico.

Unas fiestas mercantilizadas, consumistas, derrochadoras, diametralmente opuestas a lo que fue la Navidad evangélica. Me vienen a la mente las estrofas de un popular villancico. Su letrilla, cargada de sutil ironía, constata la deplorable realidad de la celebración actual de la fiesta:

“Si El es el “Dios con nosotros”/ es decir, el Emmanuel, /
¿por qué “adoramos” al otro, / o sea, a “Papá Noel”?
Si ese niño es salvador/ y en un pesebre ha nacido, /
¿por qué la gente ha metido/ el pavo en el asador?
Pandereta y almirez, / turrones y mazapanes / vinos, mariscos, champanes…/
Así celebran su fe / ¿creyentes o “zampapanes”?

La Navidad es la fiesta de la humanización de Dios

Separar la celebración de la Navidad de la realidad histórica de pobreza que la caracteriza supone negar a la historia su verdadero mensaje. Dios se hace presente en la historia, cómo, cuándo y dónde menos nos lo podíamos imaginar. Y de la manera menos sospechosa: “Nos ha nacido un niño”. El signo visible, el establo. En medio del estiércol maloliente de un pesebre; donde no es sitio para nadie y con la debilidad de los “donnadie”. No hay cunas palaciegas, ni altares sagrados, ni hoteles cinco estrellas, ni siquiera había sitio en la posada… Solo “había por allí unos pastores”, gente que guarda su pobre rebaño, que vela en la noche… Dios sólo encuentra un acogedor pesebre en el refugio de los pastores,… o bajo el puente de los vagabundos o en la choza de los indigentes o en la chabola de los pordioseros… y en tantos otros “oes” que podríamos añadir.

María, la madre de Jesús, cree en un “Dios” revolucionario

Estos días hemos venido recordando los diversos acontecimientos producidos en el entorno del nacimiento de Jesús, “nacido de mujer y sometido a la ley” (Gal. 4, 4). Destacamos el cántico del Magníficat (Lc.1,52-53). Se trata de un texto revolucionario porque trastorna por completo la candorosa y dulce imagen que muchos devotos de la Virgen tienen de cómo fue María, la madre de Jesús. Lucas presenta a María como pobre, marginal, socialmente poco valorada y que se consideraba a sí misma como una mujer que personificaba lo más bajo de la escala social y económica. En el Magníficat María afirma con fuerza los peligros que entrañan el poder y la propiedad egoísta. Dios tiene que derribar a los poderosos de sus tronos y acabar con las riquezas de los que acumulan lo que otros necesitan para no morirse de hambre. Dios se fija en los pobres e invierte la suerte de los oprimidos.

“La Palabra se hizo carne” (Jn.1,14)

El término “carne” significa debilidad y caducidad. Carne también significa “solidaridad”. El “Dios con nosotros”, al hacerse hombre, puede exclamar “esta sí que es carne de mi carne”, como Adán al encontrarse con Eva. El evangelio proclama la novedad de la encarnación: “la Palabra se hace carne”. La Palabra se hace cargo y carga de nuestra debilidad para avanzar con nosotros en el proceso de humanización. No sólo se encarna; se humaniza. Asume la humanidad en su pobreza, en su insuficiencia, en su limitación. “Se despojó de su rango”. Toda su vida fue un descenso: descendió al encarnarse, descendió al hacerse pobre y débil; descendió al verse rechazado, perseguido y hasta ejecutado, descendió al ponerse siempre en el último lugar. Dios se hace humano no tanto para acercar al hombre más a Dios como para arrimar al hombre más hacia el hombre, para que el hombre se haga más humano. Jesús en su humanidad no reivindica los derechos divinos sino los derechos humanos.

El establo y la cruz simbolizan la opción por los más débiles

Los protagonistas del nacimiento, María y José, eran gente humilde, sencilla, de pueblo, débiles económica, cultural y socialmente. La debilidad es, pues, el marco que preside la entrada de Jesús en este mundo; debilidad cuya manifestación se irá haciendo más firme día tras día hasta culminar en la cruz, símbolo de degradación, ignominia y marginación. El establo al comienzo de su vida y la cruz en el desenlace simbolizan vigorosamente esa opción por los más débiles. Hubo establo al principio y patíbulo al final; y en medio, la solidaridad con la gente humilde, con las víctimas de la desigualdad y del injusto reparto de los bienes de esta tierra. Jesús nació pobre, vivió pobre, murió como un desdichado, como un excluido, como un criminal, como un peligro para la sociedad. Al decir “pobre”, decimos mucho más que hombre o mujer carente de lo necesario para vivir: Decimos hombre, mujer, despreciados, excluidos, humillados, negados; decimos hombre o mujer, a quienes la iniquidad ha obligado a interiorizar que no tienen derechos, a vivir como si no los tuviesen, a ser como si no fuesen; decimos hombre o mujer, a quienes hemos llevado a dudar de su dignidad humana, de su condición de hijos de Dios.

La Navidad es una historia liberadora

Celebramos diversas “navidades”: representaciones populares, sociológicas, piadosas, poéticas, emotivas, humanitarias… que pueden ser válidas, pero no son primordiales; tanto más que algunas rayan en el folclore. Dios no se limita

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“Mujeres creyentes”. 4 Adviento – C (Lucas 1,39-45)

domingo, 23 de diciembre de 2018
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B8C7F6FD-225B-4C4D-B2AE-AE6359C23529Después de recibir la llamada de Dios, anunciándole que será madre del Mesías, María se pone en camino sola. Empieza para ella una vida nueva, al servicio de su Hijo Jesús. Marcha «deprisa», con decisión. Siente necesidad de compartir con su prima Isabel su alegría y de ponerse cuanto antes a su servicio en los últimos meses de embarazo.

El encuentro de las dos madres es una escena insólita. No están presentes los varones. Solo dos mujeres sencillas, sin ningún título ni relevancia en la religión judía. María, que lleva consigo a todas partes a Jesús, e Isabel que, llena de espíritu profético, se atreve a bendecir a su prima en nombre de Dios.

María entra en casa de Zacarías, pero no se dirige a él. Va directamente a saludar a Isabel. Nada sabemos del contenido de su saludo. Solo que aquel saludo llena la casa de una alegría desbordante. Es la alegría que vive María desde que escuchó el saludo del Angel: «Alégrate llena de gracia».

Isabel no puede contener su sorpresa y su alegría. En cuanto oye el saludo de María, siente los movimientos de la criatura que lleva en su seno y los interpreta maternalmente como «saltos de alegría». Enseguida bendice a María «a voz en grito» diciendo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre».

En ningún momento llama a María por su nombre. La contempla totalmente identificada con su misión: es la madre de su Señor. La ve como una mujer creyente en la que se irán cumpliendo los designios de Dios: «Dichosa porque has creído».

Lo que más le sorprende es la actuación de María. No ha venido a mostrar su dignidad de madre del Mesías. No está allí para ser servida sino para servir. Isabel no sale de su asombro. «Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?».

Son bastantes las mujeres que no viven con paz en el interior de la Iglesia. En algunas crece el desafecto y el malestar. Sufren al ver que, a pesar de ser las primeras colaboradoras en muchos campos, apenas se cuenta con ellas para pensar, decidir e impulsar la marcha de la Iglesia. Esta situación nos está haciendo daño a todos.

El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por los varones, nos impide tomar conciencia del empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñarán a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad.

José Antonio Pagola

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“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”. Domingo 23 de diciembre de 2018. 4º de Adviento

domingo, 23 de diciembre de 2018
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04-advientoC4De Koinonia:

Miqueas 5, 1-4a. De ti saldrá el jefe de Israel:
Salmo responsorial: 79, 2ac y 3b. 15-16. 18-19. Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
Hebreos 10, 5-10: Aquí estoy para hacer tu voluntad.
Lucas 1, 39-45: ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Miqueas, de quien está tomada la primera lectura, vivió en el reinado de Ezequías. Cuando el modesto profeta llegó a la corte, se encontró con Isaías, de quien al parecer recibió influjo literario, aunque siempre conservó su estilo personal.

Miqueas atacó sobre todo a los poderosos que abusan del pobre para robar y oprimir, a los jueces corrompidos, pero compuso también magníficos poemas de salvación, entre los que sobresale la profecía sobre Belén. El Mesías esperado nacerá en Belén, pequeña población de Judá y hará que los seres humanos puedan vivir tranquilos y Él será nuestra paz.

La segunda lectura está tomada de la carta a los Hebreos. Supuestamente Pablo compara la obra cultual de Cristo con la del Antiguo Testamento, y el sacrificio de Cristo con los antiguos “sacrificios” religiosos. A través de esta comparación se nos muestra con profundidad la naturaleza y finalidad de la encarnación. El sacrificio de Cristo tiene lugar de una vez para siempre y no consiste tanto en la inmolación de una víctima, cuanto en la comunión con el Padre, a la que todos somos invitados. En lo sucesivo no habrá una religión de ceremonias y de ritos, sino una religión “en Espíritu y en Verdad”. La voluntad de Dios no ha sido la muerte del Hijo, sino el hacer partícipe a su Hijo de la condición humana con el suficiente amor para que todo lo humano quedara transformado. La sangre del Hijo, más que ofrenda para aplacar a un Dios justiciero, es don a los seres humanos de un Dios lleno de amor. Nuestra santificación consiste en vivir “en Espíritu y en Verdad” esa amistad con Dios. Aquí radica la esencia del Espíritu religioso.

Acercarse a celebrar el nacimiento de Jesús conlleva recordar la condición de mujer y la fe de María. El episodio llamado de la visitación, del evangelio de Lucas nos relata el encuentro de dos mujeres madres. María, la galilea, va a Judá, la región en la que un día el hijo que lleva dentro de ella será rechazado y condenado a muerte (Lc 1,39). Ante el saludo de la joven, el niño que Isabel está a punto de dar a luz “salta de gozo” (vv. 41 y 44). La madre alude poco después a lo que siente dentro de sí; se trata de la alegría del niño –el futuro Juan Bautista- alrededor de quien habían girado hasta el momento los acontecimientos narrados en este primer capítulo de Lucas. Juan cede ahora el paso a Jesús. El gozo es la primera respuesta a la venida del Mesías. Experimentar alegría porque nos sabemos amados por Dios es prepararnos para la navidad.

Isabel pronuncia entonces una doble bendición. Como ocurre siempre en manifestaciones importantes, Lucas subraya que lo hace “llena del Espíritu Santo” (v. 41). María es declarada “Bendita entre las mujeres”(v. 42), su condición de mujer es destacada; en tanto que tal es considerada amada y privilegiada por Dios. Esto es ratificado por el segundo motivo del elogio: “Bendito el fruto de tu vientre” (v.42). Este fruto es Jesús, pero el texto subraya el hecho de que por ahora está en el cuerpo de una mujer, en sus entrañas, tejido de su tejido. El cuerpo de María deviene así el arca santa donde se alberga el Espíritu y manifiesta la grandeza de su condición femenina. En su visitante, Isabel reconoce a la “madre del Señor” (v 43), aquella que dará a luz a quien debe liberar a su pueblo, según lo anunciaba el profeta Miqueas (5,2-5).

Bendecir (bene-dícere) significa hablar bien, ensalzar, glorificar. Con anterioridad al nacimiento de Jesús, aparecen en los evangelios bendiciones por parte de Zacarías, Simeón, Isabel y María. Todos bendicen a Dios por lo que hace. Pero, al mismo tiempo, Jesús bendice a los niños, a los enfermos, a los discípulos, al Padre. Toda bendición va dirigida a Dios. La oración de bendición es, sobre todo, alabanza de acción de gracias. De este modo celebramos la Eucaristía. Pero también la bendición se extiende a todas las criaturas incluso a las inanimadas: ramos, ceniza, pan y vino. Son bienaventurados los santos y especialmente “bendita” es María, la madre de Jesús.

El Espíritu Santo ayuda a Isabel a pronunciar una bendición: “¡Bendita eres entre todas las mujeres y bendito sea el fruto de tu vientre!”. Desde entonces, millones de veces lo hemos dicho todos los cristianos en el “Ave María”. Son benditos, bienaventurados o dichosos los que creen en Dios, los que practican la Palabra, los que dan frutos, los pobres con los que se identifica Jesús.

María creyó. Ésta fue su grandeza y el fundamento de su felicidad: su fe. María se convierte en maestra de la fe, aceptando cuanto se le anuncia de parte de Dios aunque ella no se pudiera explicar el modo como se realizaría aquel plan. Toda la vida de María se fundamenta en su fe, en la adhesión que ha prestado desde el primer momento a la revelación que llegó hasta ella. Leer más…

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23.12.18. Encarnación de Adviento, María: La Madre de mi Señor (Gebîra)

domingo, 23 de diciembre de 2018
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Del blog de Xabier Pikaza:

FDB8722C-297B-4C0A-9DFF-53F51C73FD68Dom 4 Adviento, Lc 1, 39‒45. Este pasaje presenta la reunión y conversación de dos mujeres (María de Nazaret e Isabel de Ain‒Karem, su “prima”) como acontecimiento clave de la historia de la salvación. Ellas, la madre de Juan Bautista y la madre de Jesús Mesías, proclaman la más alta palabra de Dios, cuando llega el cumplimiento de la promesa cristiana.

Quedan a un lado los “altos” varones (reyes, sacerdotes, hijos de David…), y emergen en su lugar dos mujeres que conocen y expresan el secreto de Vida de Dios, y así lo proclaman en su encuentro final de preparación de Navidad.

El manifiesto final del encuentro es el Magníficat de María (que algunos MS atribuyen también a Isabel), canto de liberación, dirigido a Dios y a todos los pobres‒excluidos (Lc 1, 46‒55). Pero vienen antes las palabras que Isabel dirige a María, como continuación de las del Ángel de Nazaret (cf. Lc 1, 26‒38), recogiendo y proclamando la primera “mariología de la Iglesia”, como canto a la Madre del Señor, que así aparece como “mujer fuerte” , en hebreo Gebîra, quizá el título más hondo que le ofrece la Biblia.

B267DF5A-CA2C-4EB0-9B87-E3826839E4B1Ciertamente, este “encuentro de mujeres” y las palabras que Isabel dice a María pueden tener y tienen un fondo histórico antiguo, pero tomadas como las presenta el evangelio de Lucas constituyen un reflejo y testimonio de la fe eclesial, a finales del siglo I d.C., una confesión teológico‒literaria del puesto y función de María, Madre de Jesús, y de su relación Isabel (con Juan Bautista) en el comienzo de la Iglesia.

Al final del Adviento, al comienzo de la Iglesia sigue estando el testimonio de estas dos mujeres. Cuando todos los demás guardan silencio, ellas hablan, como ministros más altos de la Iglesia, haciendo así creíble lo increíble.

Siga leyendo quien conocer mejor la visión que la iglesia de Lucas tenía de María, insertándolas en el centro de la escena de la Presentación. El texto que sigue es algo técnico, pero espero que ayude a entender mejor el sentido y tarea de María, mujer liberada y madre de Jesús, al principio del Adviento. Feliz preparación de Navidad a todos.

Texto: Lucas 1, 39-45

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

– a. Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu vientre
– b. ¿De dónde a mí que venga a visitarme
la madre de mi Señor?
– b’. Pues que tan pronto como llegó la voz de tu saludo a mis oídos
saltó de gozo el niño en mi vientre.
– a’ Y bienaventurada tú, que has creído,
porque se cumplirá todo lo que le ha dicho el Señor

Este es el pasaje que comentaré a continuación, evocando sólo sus motivos principales, insistiendo en la evocación señorial de María como ¡la madre del Señor! y portadora de un saber que le viene de Dios y que se expresa en el gozo del niño Juan que salta de gozo en el seno de su madre Isabel, saludando gritos a María

– Fondo literario. Esquema básico.

E0E98F2E-08D6-4341-B3D1-CD13D2279D20La pregunta de Isabel (¿De dónde a mí que venga a visitarme la madre de mi Señor?: 1, 43) está concebida retóricamente y puede entenderse en la línea del AT. En una línea semejante preguntaba David a¿cómo entrará en mi casa el Arca del Señor (2 Sal 6, 9) o de Dios (1 Crón 13, 12)? Situada en ese fondo, María vendría a presentarse para Lucas como portadora de Dios, arca donde se contiene el misterio Dios.

En esa línea, de un modo más sencillo podemos recordar la pregunta de Arauna el jebuseo ante David: ¿cómo es que viene el Rey mi Señor hasta su siervo? (2 Sam 24, 21). Esta es la cuestión normal del que se siente sorprendido por el hecho de que venga a visitarle un personaje importante. Así podemos dividirla:

a.- ¿De dónde a mí que venga?Se interroga de esa forma el que se extraña, mirándose a sí mismo, al descubrir que cambia el orden normal de los sucesos: el siervo es quien debe visitar a su Señor y no al revés. Pues bien, aquí se invierte el movimiento y por eso se sorprende la madre del profeta, al descubrir que llega la mujer más importante a visitarla.

b.- La madre de mi Señor (meter tou kyriou mou). Esta es la afirmación central. Isabel podía haber dicho simplemente mi Señor o Kyrios, aludiendo al niño que María lleva en su vientre poniéndolo así en paralelo al niño Juan que salta de gozo en el suyo e interpretando la escena a nivel de niño y niño (del hijo suyo y del hijo de María). Pues bien, reasumiendo la doble bendición anterior (de María y del fruto de su vientre), Isabel presenta ahora a María como Madre y al fruto de su vientre como Kyrios. Del sentido y valor de esa Madre del Kyrios tendremos que hablar más extensamente.

Isabel presenta a María como Madre de mi Señor, situándola así en el trasfondo de un título y función bien conocida dentro del AT: la madre del rey ocupaba un cargo oficial dentro de la corta; ella y no la esposa (o favorita) del rey poseía la mayor autoridad femenina dentro del reino.

La reina humana (y divina) en el AT

Parece que la iglesia ha proyectado sobre María signos de realeza femenina. Se ha pensado a veces que ese ha sido un proceso normal en perspectiva de AT: la madre de Jesús sería una continuación de las reinas israelitas. Pero pronto descubrimos que es todo lo contrario: basta con que abramos unas concordancias o diccionario hebreo para encontrar que el título y función de reina resulta prácticamente desconocido en el AT. Dentro de Israel, la esposa (o favorita) del rey no aparece como reina.

Existe en Israel un vacío de realeza femenina. Este hecho se debe a varias circunstancias: se puede afirmar, en primer lugar, que la función del rey y su grandeza se concibe como algo estrictamente masculino, ligado al poder militar y al sacerdocio de los varones, de manera que las mujeres no pueden ejercerlo; el rechazo de la realeza femenina puede vincularse también a la crítica o negación israelita de la Diosa celeste. Yahvé no soporta a su lado a una esposa divina; tampoco tendrá esposa semejante a él el rey de la tierra. Leer más…

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23.12.18. La madre de mi Señor

domingo, 23 de diciembre de 2018
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5AEADC06-7DCB-48BB-BCF7-DEE86D5C7E3ADel blog de Xabier Pikaza:

Dom 4. Adviento. Lc 1, 39-45.¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

El evangelio de Lucas esté recogiendo aquí un título judeocristiano de María, venerada en la iglesia primitiva de Jerusalén como madre del rey mesiánico, es decir, del Kyrios, en claves que deben formularse desde el AT (desde el contexto judío antiguo).

Dentro de la cultura israelita antigua, una mujer se vuelve importante al hacerse madre.

Como esposa, la mujer está a merced de su marido, no tiene autoridad propia, puede ser siempre expulsada de la casa, conforme a una ley de divorcio ratificada por Dt 24, 1-4 (aunque rechazada por el evangelio).


Sólo al volverse madre, y madre de un hombre importante, una mujer empieza a tener verdadera autoridad en la cultura israelita antigua… sobre todo si muere ese hijo importante, quedando de algún modo como su representante, una especie de Reina Madre en funciones.

Así sucede con María, la madre de Jesús, tras la muerte de su hijo. Allí donde se verena a Jesús como Kyrios (Señor, rey mesiánico), ella aparece como Madre del Rey, es decir, como Reina-Madre, Gebira.

Así la saluda Isabel en el texto clave de ese evangelio, que está aplicando a María en la visitación el título posterior que le ha dado la Iglesia de Jerusalén, tras la muerte de su hijo.

3D113B5E-71ED-4739-8C66-650918EE71C9De esa forma, la palabra de Isabel en 1, 43, reconociendo a María como Madre del Kyrios nos sitúa dentro De la Iglesia primitiva. Una vez que los cristianos empiezan a venerar a Jesús como kyrios en línea mesiánica, su madre empieza a ser Madre del Kyrios y sus hermanos se llamarán hermanos del kyrios (como muestran las cartas de Pablo).

Así podemos y debemos suponer que la madre de Jesús ha sido recibida y honrada en la comunidad judeocristiana de Jerusalén como Gebira, madre del rey mesías.

El recuerdo y veneración de los parientes de Jesús como Hermanos del Kyrios (sobre todo en el caso de Santiago) sólo tiene sentido si a su lado, como autoridad genealógica, María aparece como Gebira, la Madre del Kyrios.

Santiago y los “hermanos” de Jerusalén necesitan a María, la Madre, para fundar su autoridad en la Iglesia de Jerusalén, y en esa perspectiva se entiende el saludo de Isabel, que llama a María Madre de mi Señor, dentro de una teología judeocristiana arcaizante como la que aquí ofrece Lucas.

María aparece así como madre del Kyrios, en una antigua, en clave judíos.

Lucas 1, 42 la llamaba bendita por el fruto de su vientre (bendita tú… y bendito el fruto de tu vientre).;
Lucas 1, 43 ha dado un paso más y la presenta como madre del Señor, es decir, como la Reina Madre.

En esa línea judía, es claro que María puede presentarse como Gebira y realizar (simbolizar) un tipo de autoridad dentro de la iglesia.

B105BE34-820B-41D1-8B88-B94CEC0EEEF1Aquí estamos tocando los principios de la iglesia de Jerusalén, que ha debido buscar en clave israelita (de monarquía judía) los elementos fundamentales de la realeza de Jesús.

Los datos del NT permiten suponer que María ha ejercido una autoridad importante dentro de la primera comunidad cristiana. En su calidad de madre de Jesus (madre del Señor) ha sido discutida (combatida y aceptada) por los diversos grupos cristianos, en una historia apasionante que, a mi juicio, aún no ha sido suficientemente estudiada. Los datos dispersos (en Pablo y Juan, en Mc y Mt, en Lucas y Hech) resultan significativos en esta perspectiva. Es evidente que no podemos estudiarlos por extenso. Pero podemos y debemos, al menos, situar algunos de ellos, en el trasfondo de la simbología anterior de Lucas 1, 42-43.

Imagen 1: María lleva en su vientre a Jesús,rey niño
Imagen 2: María Gebîra, lleva en su «seno» la iglesia de Jesús
Imagen 3: María, un corazon de esperanza abierta al universo

 

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“¿Cómo vivir la Navidad?”. Domingo 4º de Adviento. Ciclo C.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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Maria+-+IsabelDel blog El Evangelio del El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Cuando falta poco para estas fiestas, las lecturas nos ofrecen tres ejemplos excelentes para vivir su sentido y un mensaje de esperanza.

El ejemplo de Isabel: alabanza, asombro, alegría (Lucas 1,39-45)

En aquellos días, María se puso de camino y fue a prisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.«

Aunque en el relato del evangelio la iniciativa es de María, poniéndose en camino hacia un pueblecito de Judá, los verdaderos protagonistas son Isabel, la única que habla, y Juan, el hijo que lleva en su seno. Es este el primero en reaccionar, antes que su madre. En cuanto oye el saludo de María (Lucas no cuenta qué palabras usó para saludar) da un salto en el seno de Isabel. Esta, llena de Espíritu Santo, expresa los sentimientos que debe tener cualquier cristiano ante la presencia de Jesús y María.

Alabanza (“¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!”). El Antiguo Testamento recoge la alabanza de algunas mujeres, pero por motivos muy distintos. Yael es proclamada “bendita entre las mujeres” por haber asesinado a Sísara, general de los enemigos; Rut, por haber elegido a Booz, a pesar de no ser joven; Abigail, por haber impedido a David que se tomara la justicia por su mano; Judit, por haber matado a Holofernes y liberado a Israel; Sara, la esposa de Tobit, por haber abandonado a sus padres para venir a vivir con la familia de Tobías. ¿Qué ha hecho María para que Isabel la bendiga? El relato de la anunciación lo deja claro: ha aceptado el plan de Dios (“he aquí la esclava del Señor”) y eso la ha convertido en madre de Jesús o, como dirá Isabel, en “la madre de mi Señor”. Motivo más que suficiente de alabanza.

Asombro (“¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?”). La forma de expresarse Isabel, tan personal, recuerda lo que escribió san Pablo a los Gálatas a propósito de la muerte de Jesús: “Me amó y se entregó a la muerte por mí”. Se deja en segundo plano el valor universal de la encarnación y de la muerte para destacar lo que significan para mí. La Navidad, celebrada año tras año durante siglos, corre el peligro de convertirse en algo normal. No nos asombramos de esta venida de Jesús a mí, como si fuera la cosa más lógica del mundo. Buen momento para detenernos y asombrarnos.

Alegría (“la criatura saltó de gozo en mi vientre”). Lucas termina por donde empezó: hablando de la reacción de Juan. Pero ahora añade que el salto en el vientre de su madre lo provocó la alegría de escuchar el saludo. Los domingos anteriores han insistido en el tema de estar siempre alegres. Lo específico de este evangelio es que la alegría la provoca la presencia de María y de Jesús.

Estos tres sentimientos los inspira, según Lucas, el Espíritu Santo; ya que generalmente no lo tenemos tan presente como debiéramos, es este un buen momento para pedirle que los infunda también en nosotros.

El ejemplo de María: fe

            Las palabras de Isabel, que comienzan con una alabanza de María y de Jesús, terminan con otra alabanza de María: “¡Dichosa tú que has creído!” Y esto debe hacernos pensar en la grandeza del misterio que celebramos. No es algo que se pueda entender con argumentos filosóficos ni demostrar científicamente. Es un misterio que exige fe. Para muchos, como decía el cardenal Newman, la fe es “la capacidad de soportar dudas”. Para María es fuente de felicidad. Lo será siempre, a pesar de las terribles pruebas por las que debió pasar. En ese camino misterioso de la fe, ella se nos ofrece como modelo.

El ejemplo de Jesús: cumplir la voluntad de Dios (Hebreos 10,5-10)

Hermanos:

Cuando Cristo entró en el mundo dijo: «Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, pero me has preparado un cuerpo; no aceptas holocaustos ni victimas expiatorias. Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: ‘Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.»

Primero dice: «No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas, holocaustos ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la Ley. Después añade: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad.» Niega lo primero, para afirmar lo segundo. Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

En la mentalidad del pueblo, y de gran parte del clero de Israel, lo más importante en la relación con Dios era ofrecerle sacrificios de animales y ofrendas. En el fondo latía la idea de que Dios necesita alimentarse como los hombres. Los profetas, y también algunos salmistas, llevaron a cabo una dura crítica a esta mentalidad: lo que Dios quiere no es que le ofrezcan un buey o un cordero, sino que se cumpla su voluntad. Esta idea la recoge el autor de la Carta a los Hebreos y la pone en boca de Jesús (“Aquí estoy para hacer tu voluntad”), completándola con otra idea: los sacrificios de animales no tenían gran valor, había que repetirlos continuamente. En cambio, cuando Jesús se ofrece a sí mismo, su sacrificio es de tal valor que no necesita repetirse. Los sacrificios de animales pretendían establecer la relación con Dios, sin conseguirlo plenamente. El sacrificio de Jesús establece esa relación plena al santificarnos.

            Al mismo tiempo, el ejemplo de Jesús nos enseña a poner el cumplimiento de la voluntad de Dios por encima de todo, de acuerdo con lo que repetimos a menudo: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

Un anuncio (Miqueas 5,1-4)

Así dice el Señor:

«Pero tú, Belén de Efrata, pequeña entre las aldeas de Judá, de ti saldrá el jefe de Israel. Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial. Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus hermanos retornará a los hijos de Israel. En pie, pastorea con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del Señor, su Dios. Habitarán tranquilos, porque se mostrará grande hasta los confines de la tierra, y éste será nuestra paz.

Este breve oráculo del libro de Miqueas es famoso porque lo cita el evangelio de Mateo cuando los magos de Oriente preguntan dónde debía nacer el Mesías. El texto se dirige a personas que han vivido la terrible experiencia de la derrota a manos de los babilonios, el incendio de Jerusalén y del templo, la deportación, la desaparición de la dinastía davídica. La culpa, pensaban muchos, había sido de los reyes, los pastores, que no se habían comportado dignamente y habían llevado a cabo una política funesta. En medio del desánimo y el escepticismo, el profeta anuncia la aparición de un nuevo jefe, maravilloso, que extenderá su grandeza hasta los confines del mundo y procurará la paz y la tranquilidad a su pueblo. Pero no será como los monarcas anteriores, será un nuevo David. Por eso no nacerá en Jerusalén, sino en Belén.

Resumen

Lo que relaciona las lecturas de este domingo es la misión de Jesús y los frutos que produce. La de Miqueas anuncia que su misión consistirá en ser jefe (pastor) de Israel, procurándole al pueblo la tranquilidad y la paz. En la Carta a los Hebreos, su misión es cumplir la voluntad del Padre; gracias a eso ha restaurado nuestra relación con Dios, nos ha santificado. En el evangelio, la misión no la lleva a cabo Jesús, sino María; su simple presencia provoca una reacción de alabanza, asombro y alegría en Isabel y Juan.

 

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23 de Diciembre de 2018. Cuarto Domingo de Adviento. Ciclo C.

domingo, 23 de diciembre de 2018
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(Lc 1, 39-45)

En esta era de las terapias llama la atención que todavía no se hayan “reinventado” la de bendecir, y le hayan puesto un nombre en inglés. Aunque tal vez sí la han inventado y todavía no la conocemos… Sea como sea, el arte de bendecir da para muchos cursos, talleres y libros. Además, sus buenos efectos para la salud son constatables desde el principio.

Pero antes de seguir con la bendición echemos un vistazo al evangelio que nos regala este último domingo de adviento. Es un texto muy conocido, nos lo sabemos prácticamente de memoria: la visita de María a su prima Isabel.

María, la mujer bendita de Nazaret, cuando recibe el encargo de ser la madre del Hijo de Dios, con una mezcla de asombro, temor y alegría, lo primero que hace es ponerse en camino, irse a compartir su experiencia con quien sabe que vive algo parecido.

María e Isabel son las dos grandes protagonistas del adviento. Las dos, rodeadas de fragilidad, una por su vejez y la otra por su juventud, no solo esperan, sino que sostienen la espera y hacen realidad la promesa.

Ayer leía en un misal de 1996 un pequeño comentario a lo que es el adviento. Hablaba de tres personajes protagonistas del adviento: el pueblo, Isaías y Juan Bautista. El autor de dicho comentario olvidó por completo a las grandes estrellas: María e Isabel.

Isabel, que con sus años ha aprendido el hermoso arte de bendecir, es lo primero que hace cuando oye llegar a María: “-¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

El encuentro entre estas dos mujeres nos invita a bendecir, a ponerle voz y palabra a todo lo bueno que descubrimos. No nos engañemos pensando que el encuentro entre María e Isabel tenía solo cosas buenas, las palabras de Isabel podrían haber sido muy diferentes, algo así como: “¡Menudo lío en el que te has metido, María! ¿Cómo vamos a explicarle a la familia, al pueblo y a José que estás embarazada cuando ni siquiera estás casada?”

Lo de bendecir no es solo, ni principalmente, para los momentos idílicos, es más como la medicina que nos ayuda a descubrir el lado luminoso de la realidad. Quien bendice hace eso: señala la luz, lo bueno, y de ella recibe la fuerza y la claridad.

Oración

¡Bendecid! sí, tomando como modelo a Isabel ejercitemos el arte de bendecir.

¡Bendecid! y nuestra vida se llenará de bendición.

¡Bendecid! y la luz le seguirá ganando terreno a las tinieblas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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