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Jesús no pide ir más allá de la justicia..

domingo, 20 de septiembre de 2020
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matthew-20Mt 20, 1-16

Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían creciendo. Los veteranos seguramente reclamaban privilegios, porque en un ambiente de inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. La parábola advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sería ridículo esperar mayor paga.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros”. A continuación viene el relato de hoy, que repite lo mismo pero invirtiendo el orden; dando a entender que la frase se ha hecho realidad.

Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 23 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado. El 24 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad. Hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humano, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta a cada uno de nosotros.

Hoy tenemos una mezcla de alegoría y parábola. En la alegoría, cada uno de los elementos significa otra realidad en el plano trascendente. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el relato. Está claro que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a ese Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Cualquier sindicato de trabajadores consideraría una injusticia lo que hace el dueño de la viña. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros seamos capaces de imitarle es otro cantar. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias con él. Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la falsa filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende  unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía sino que lo poseían todo en común”.

Hay una segunda parte que es tan interesante como la misma parábola. Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. Se muestra aquí la incapacidad de comprensión de la actitud del dueño. No tienen derecho a exigir, pero les sienta mal que los últimos reciban el mismo trato que ellos. El relato demuestra un conocimiento muy profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas hasta tal punto que, a veces prefiero perjudicarme con tal de que el otro se perjudique más.

En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras (el dios del AT). Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos merecer la salvación. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.

Podemos ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Si Dios pudiera darme más y no me lo diera, no sería Dios.

La salvación de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él estuviésemos condenados por Dios y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total. Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios aceptando su salvación.

Con estas parábolas, el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. En realidad, nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es para todos igual: amor, don infinito. Queremos decir para todos sin excepción. Los que nos creemos buenos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¿Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros? Debe cambiar nuestra religiosidad, que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o, por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio nos propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles? Lo que Jesús pretende es que despleguemos una vida plenamente humana. Si se pretende esa relación, imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería  una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.

Meditación

El amor de Dios no se funda en mí, sino en Él.
No tenemos que amar para que Dios nos ame
sino amar como Dios nos ama y porque Él ya nos ama.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio,
es llevarnos al descubrimiento del verdadero Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Escuchar a Jesús de Nazaret.

domingo, 20 de septiembre de 2020
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1jesusEscuchar es amar (Película, “Héctor y el secreto de la felicidad”).

Mt 20, 1-16

El hacendado salió de madrugada a contratar braceros para su viña. (v 1)

Salió y escuchó a todos ellos en sus peticiones, estuvieran contentos o descontentos con el salario que les daba.

Escuchar es obedecer, es decir, “oír desde abajo”, considerar la palabra de los demás como configuradora de mi propia existencia.

Algunos famosos personajes dijeron famosas frases importantes sobre el hecho de escuchar:

“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se necesita para sentarse y escuchar”. (Winston Churchill)

“Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros”. (Martin Luther King)

“No quiero escuchar únicamente lo que dices, quiero sentir lo que me quieres decir”. (Hugh Prather)

Y también en el Antiguo Testamento y en el Nuevo:

“Escucha, Israel: el primer mandato es la llamada a escuchar”.

“Escucha, Israel y obra pronto”. (Deuteronomio 6,3)

“¡Oh Israel, si tú me escucharas!”. (Salmo 81, 8)

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: “Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras”. (Hechos 2, 14)

Pablo se levantó, y haciendo señal con la mano, dijo: “Hombres de Israel, y vosotros que teméis a Dios, escuchad”. (Hechos 3, 16)

En la película del director británico Peter Chelsom, “Héctor y el secreto de la felicidad”, dice uno de los protagonistas que “Escuchar es amar”.

Profundiza en ese arte el poema de Blanca Andreu.

Escucha, escúchame, nada de vidrios verdes o doscientos días
de historia, o de libros
abiertos como heridas abiertas, o de lunas de Jonia y cosas así,
sino sólo beber yedra mala, y zarzas, y erizadas anémonas
parecidas a flores.

Escucha, dime, siempre fue de este modo,
algo falta y hay que ponerle nombre,
creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña
o decir nube, adelfa,
sufrimiento,
decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos.

Y no es únicamente por el órgano tiempo que cesa y no cesa,
por lo crecido, para lo sonriente,
para mi soledad hecha esquina, hecha torre, hecha leve notario,
hecha párvula muerta,
sino porque no hay otra forma más violenta de alejarse.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué más quieres?

domingo, 20 de septiembre de 2020
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vina-1¡Tanta bondad nos sobrepasa!

San Mateo 20,1-16

Nos encontramos este domingo con una parábola sencilla, pero de una fuerza sobrecogedora. Nos llega una Buena Noticia, que nos sorprende, nos descoloca y puede provocar en nosotros reacciones controvertidas, incluso apasionadas. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado al escucharlo en grupo!

La parábola empieza como muchas otras: “El reino de los cielos se parece a un propietario…” Y es el modo de hacer de este personaje el que nos va descubriendo, con una fuerza arrolladora, el misterio más hondo de su ser, la profundidad y coherencia de su bondad y de su amor. Ante este misterio no podemos quedarnos indiferentes.

Nos acercamos a este señor de la viña que sale de su casa y va, personalmente, a buscar trabajadores para su viña. Va al amanecer, vuelve a media mañana y repite por la tarde. Parece que lo suyo es salir a buscar trabajadores, encontrar y acoger en su viña a los que están “todo el día sin hacer nada”. No pone un anuncio, no manda a otros criados…

Es él personalmente, el que sale a buscar, a buscarnos. A preguntarnos por qué estamos sin hacer nada. Por qué nuestra vida, ya al atardecer, está tan vacía… Nos sorprende esta forma de actuar, porque no suelen actuar así los grandes propietarios. Y nos asombramos aun más de que a todos los contrate por un denario. Un denario era lo que una familia necesitaba para vivir un día y le quedaba algo para el día siguiente.

¿Cuándo nos ha llamado a su viña a cada uno de nosotros? ¿Al amanecer de nuestra vida, en nuestra primera juventud, más tarde o ya casi al final? Parece que lo del reloj no es lo suyo, que tampoco le importan demasiado los años… El sale a buscarnos, nos admite en su viña y promete darnos “lo que necesitamos para vivir plenamente”. Nunca le parece que es tarde para nosotros.

A continuación viene el núcleo de la parábola, el hecho que cambia el tono y provoca reacciones diversas: Al anochecer paga a todos el denario que les había prometido, el salario que necesitaban para que su familia cenase esa noche. Y por si nos queda duda el evangelio dice, empezando por los últimos y terminando por los primeros.

¿Qué reacción provoca esto en mí? ¿Cuántas veces hemos reaccionado como los “primeros”?: “Toda la vida trabajando, sacrificándonos y ahora todos somos iguales…”

Es la queja de los que se sienten, o nos sentimos, llamados al amanecer, desde siempre. La queja que expresa nuestra mentalidad estrecha y nuestros cálculos mezquinos… Porque no hemos entendido nada, no conocemos a nuestro Dios. Tratamos con Él como el asalariado con su empleador, a más trabajo más sueldo. Y nos encontramos con un Dios que da el mismo salario a trabajo distinto. Un Dios al que le importa que estemos en la viña, no cuando hayamos llegado. Un Dios que ha decidido, desde siempre, darnos a cada uno lo que necesitamos para vivir plenamente, sin que nos lo tengamos que “ganar”. Y nuestro malestar crecer porque en el fondo, lo grave, es que no tenemos ninguna injusticia que denunciar: ¿No te contraté en un denario?

Y entonces nos damos cuenta de que lo que nos molesta es la bondad de Dios: ¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?

¿Preferimos en el fondo un Dios mezquino como nosotros, un Dios calculador, que solo da bienes a los que se los ganan?… En definitiva un Dios al que podamos exigir, “hice esto, me debes dar…

Es un buen momento para revisar en qué Dios creemos. ¿En el que nos hemos imaginado o nos gustaría o en el que Jesús nos anuncia? el Dios que Jesús predica es el que da la salvación a todos gratuitamente. El que trata a todos como a hijos muy queridos y los da lo que necesitan para vivir plenamente. Ese Dios es tan peligroso que a Jesús le costó la vida… no fue su moral social, sus exigencias legales o sus milagros lo que le llevó a la muerte. A Jesús lo condenan porque habla de Dios, como el papá cariñoso, que hace salir el sol sobre malos y buenos y da la lluvia a justos e injustos… ¡Difícil mensaje! Tanta bondad nos sobrepasa…

Sin embargo, esta bondad y forma de actuar de nuestro Dios nos expresa cuál es la dinámica del Reino. La cuestión es, ¿estamos dispuestos a acogerla, a entrar en ella? ¿No es liberador y reconfortante que Dios esté dispuesto a darnos siempre lo que necesitamos? ¿No es una buena noticia que nos trate así a todos?

La persona que se siente así tratada supera la dinámica del “sueldo debido” y entra en la de la gratuidad. ¿Cómo se sentirían los viñadores que llegaron al final y vieron que su familia podría salir adelante un día más? Sin duda, agradecidos. Y de este agradecimiento nace el compromiso, el compromiso con el Señor de la viña, el compromiso por el Reino. La mentalidad “mercantilista” no hace personas comprometidas, implicadas… solo mercenarias.

Este  evangelio nos invita también a plantearnos sinceramente: ¿Es que no somos todos obreros de la última hora? ¿No hay algún aspecto de nuestra vida en el que aún estamos “sin hacer nada”? ¿Cuántas veces no le hemos pedido a Dios que nos de lo que necesitamos, conscientes de que no nos lo hemos ganado? ¿Por qué entonces nos molesta cuando vemos que nuestro Dios trata así a los demás?

Que el Señor de la viña ensanche nuestros corazones y podamos saborear, disfrutar y agradecer su bondad y su amor para con todos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas,  fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Gracia y Comprensión

domingo, 20 de septiembre de 2020
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Apropiacion.1Domingo XXV del Tiempo Ordinario

20 septiembre 2020

Mt 20, 1-16

Cuando se contrasta esta parábola con otra rabínica anterior, salta a la vista la novedad del mensaje de Jesús, una novedad que puede resumirse en una palabra: gratuidad.

    La parábola anterior –seguramente conocida por el propio Jesús y sus oyentes– era similar en todo a esta evangélica, salvo en el final. Cuando “los primeros” protestan, el amo les replica: “Es cierto, vosotros habéis aguantado toda la jornada, pero estos últimos han trabajado con tanto empeño que en solo una hora han hecho el mismo trabajo que vosotros en todo el día”.

     Esta respuesta “deja las cosas en su sitio” y “salva” nuestro sentido habitual de la “justicia”: cada uno debe recibir según su esfuerzo o sus méritos. Porque no es “justo” que “los últimos sean los primeros”.

    La idea del mérito colorea todos los ámbitos de la existencia, incluido el religioso, donde ha dado lugar a una “religión mercantilista”, que conduce fácilmente al fariseísmo: el creyente no solo presume de sus buenas obras, sino que se considera “justo” –por encima de los demás, según otra lúcida, elocuente y conocida parábola (Lc 18,9-14)– y merecedor de los favores divinos (o con “derechos” ante Dios). Es la “religión del ego”.

      El ego se entiende a sí mismo como “hacedor” y actúa en función del beneficio que piensa obtener. No solo se percibe, de manera insensata, como separado de la vida –de la realidad–, sino que se adjudica la autoría de todo lo que hace y se apropia del resultado.

    Mientras persiste la identificación con el yo no pueden verse las cosas de otro modo. Más aún, se juzgará como indebido o incluso “injusto” el hecho de que todos perciban el mismo “premio”.

   La sabiduría, sin embargo, muestra una perspectiva radicalmente diferente, que tal vez pueda resumirse en estos puntos:

  • cada persona hace todo lo que sabe y puede en cada momento, de acuerdo a su nivel de consciencia y a su “mapa” mental; a partir de aquí, ¿cómo juzgar y compararme con los otros, cuyos condicionamientos de todo tipo desconozco por completo?;
  • todo lo que soy y tengo, en último término, lo he recibido; todo ha sido y es gracia; como se lee en una de las cartas de Pablo, “¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). El hecho mismo de “ir a la viña en la primera hora” –por volver a la parábola–, ¿no es ya un regalo?;
  • lo que llamamos “yo” es solo una “identidad pensada” –la “identidad” que nace de la mente–, pero no lo que realmente somos; el yo se percibe a sí mismo como carencia, en busca de “denarios” con los que conseguir seguridad; pero realmente somos plenitud: ¿por qué pelearnos por “un denario”? (o por “un cabrito”, como hace el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo”, mientras el padre le está asegurando que “todo lo mío es tuyo”: Lc 15,29.31);
  • el yo se considera a sí mismo el “hacedor”, porque la mente se apropia de la acción y considera el resultado un mérito propio; sin embargo, hablando desde el nivel profundo, el único sujeto real de toda acción es la misma y única vida; visto desde ese plano, no soy el hacedor, sino el “canal” a través del cual la acción ha pasado o está pasando; y si no soy el hacedor en el plano profundo –aunque en el nivel relativo o de las formas “funcionemos” con esa creencia–, ¿por qué me apropio del resultado, como si realmente fuera obra mía?

Cuando comprendemos la verdad de lo que somos –plenitud de vida experimentándose en una forma o persona concreta–:

  • dejamos de apropiarnos de los resultados;
  • actuamos sin apetencia de fruto;
  • nuestras acciones nacen y fluyen desde la comprensión de lo que somos;
  • cesan el orgullo en el éxito y la culpa en el fracaso;
  • acaba la comparación, el juicio y la descalificación de los otros.

¿Vivo más en la apropiación o en la gratuidad? ¿A qué se debe?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Por qué a los católicos nos molestará que Dios sea bueno con todos y siempre?

domingo, 20 de septiembre de 2020
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22septiembre2011Del blog de Tomás Muro, La verdad es libre:

  1. Alguna evocación.

No están lejos los tiempos en los que nuestros mayores salían muy de mañana a la plaza del pueblo, para que alguien les contratara aquel día para segar en el campo o vendimiar. De sol a sol. Recuerdos semejantes tendrán aquellos cuyos padres y hermanos iban a la fábrica, a la mar, a la oficina, a la mina…

  1. Dios no es ni un empresario, ni un juez.

         No sé por qué mecanismos y recovecos religiosos se nos ha colado en la historia del catolicismo la mentalidad de que Dios es una especie de empresario o de juez o de remunerador cuya misión es premiar a los buenos y castigar a los malos. Es una visión más bien simplista y nada cristiana de JesuCristo y de Dios Padre

         Dios no es un empresario. Las relaciones de Dios con los seres humanos, con sus hijos, no son las de esperar al final de la vida o al final de los tiempos para ver la “hoja de servicios” que presentáis, si has trabajado 8 horas o apenas una hora…

Las relaciones de Dios con los hombres no son las de un contrato de trabajo y “tanto trabajes, tanto ganas.

         La relación de Dios con los hombres es siempre, siempre, una relación de amor. Dios y la humanidad formamos una familia, no una empresa.

         El amor de Dios no está vinculado a nuestras obras (trabajo), a nuestros méritos. Su amor -como todo amor- no es un premio, ni el pago de nuestro trabajo; es un don, su amor es gracia, una entrega.

         Dios no es un “tratante” eclesiástico. Dios es padre, y las relaciones de un buen padre con sus hijos no son comerciales, lucrativas.

Sin embargo, nuestra mentalidad, nuestra idea de Dios es esencialmente mercantil y utilitaria. “Tanto trabajo, tanto me das”. Es lo lógico, son nuestros caminos, pero no los de Dios.

        cortes-23septiembre2011 Incluso Pedro y los Zebedeos muestran esa actitud: “Nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué paga tendremos?”. Es una mentalidad muy extendida en muchos sectores del campo católico, más proclive a la desgracia del infierno, que a la gracia salvífica.

No es raro escuchar cosas como que: “Nosotros en esta vida nos hemos sacrificado, no hemos disfrutado de esto o aquello y ese hijo tuyo, que diría el hermano mayor de la parábola, lo ha despilfarrado todo y va y resulta que recibe el mismo salario? No puede ser, “aquí el que la hace (o no la hace) la paga”.

  1. La viña y el amo.

         La parábola de hoy, emplea la metáfora de la viña. La viña era Israel, es el Reino de Dios; es decir, aquella realidad, aquella nostalgia de que la humanidad viva en paz y libertad, que cantaba Labordeta:

Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad.

         Cuando aquellos hombres salían a la plaza a ganar un real para dar de comer a su familia, a sus hijos, en el fondo estaban trabajando por el Reino de Dios

         El propietario, el Señor, tiene mucho interés en que todos vayamos a trabajar (luego haremos lo que podamos). Por eso sale a las 6 de la mañana, a las 9, a mediodía, a las 3 y a eso de las 5 de la tarde y trata de “espabilar” a todos, porque la libertad, el pan, la justicia, etc., no son cuestiones religiosas, sino humanas y del buen Dios.

  1. Pues va a ser que sí…

¿O es que no puedo ser justo en mis asuntos?

         Cuando Dios actúa su justicia, lo que hace es querernos más. Y si no que se lo pregunten al hijo pródigo, a la adúltera, a Zaqueo, al buen ladrón, etc. A veces da la impresión de que vivimos conforme a aquel dicho de un cura rural: lo que salva el evangelio, lo condena la moral.

         La cuestión no es lo que yo hago o dejo de hacer; a Dios le importa poco mi “hoja de servicios”. Lo que importa es cómo es Dios. Dios nos mira infinitamente mejor que lo que lo hacemos nosotros.

La justicia de Dios no es la del Derecho laboral o penal o canónico. La justicia de Dios es bondad, gracia, (en términos bíblicos del AT: Alianza). “Dios se muere de amor”.

¿Por qué nos molesta que Dios sea bueno y justo con todos?  (La envidia es el único defecto que no hace bien ni al que la tiene, ni sobre quien recae).

El evangelio de hoy, la justicia del Señor es un canto a la grandeza de corazón, a la amplitud de mente, a la libertad de espíritu.

  1. Dos conclusiones.
  2. ¿Y al final de todo y del todo?

rd06diciembreSigo creyendo que el mismo Dios de estos labradores, el padre del hijo pródigo, de los pecadores, publicanos y prostitutas, el Dios de misericordia es quien nos acoge a todos y siempre. Con eso basta: con saber que el Dios de Jesús es así, me basta. Hay un salmo que dice: El Señor es bueno, no tiene fin su amor. Con eso me vale y me sobra.[1]

  1. Ni salir de casa.

         Solemos decir que hay días que mejor no salir de casa. No hay solamente días, sino años, etapas en la vida en las que uno no tiene ni ganas ni fuerzas para salir a la plaza a ninguna hora. A veces por la enfermedad física o psíquica o las dos, en otros momentos por la edad, en ocasiones por lo vivido, por la situación política, eclesiástica ¡Tenemos una cansera!

         Seguramente que a Dios no le importa mucho lo que hagamos ni lo que cumplimos o dejamos de cumplir en lo eclesiástico. Quienes le importamos a Dios somos nosotros, las personas, sus hijos: cómo estamos de salud, cómo nos va la vida, los sufrimientos. A Dios le preocupa si estás enfermo, si te ha pillado el coronavirus, si tienes trabajo o estás en paro, la realización de la vida matrimonial-familiar, el crecimiento de los hijos, etc. A Dios le preocupa si nos encontramos desanimados, si vamos remontando ciertas situaciones.

Dios está triste no por una cuestión de moralina que huele a naftalina. Dios se entristece, no se enfada, porque no somos solidarios, no damos limosna, estamos enfadados con los hermanos, etc. Dios no va a contar el número de gente que hoy hemos venido o faltado a Misa para ver a cuántos ha de mandar al infierno, Dios está preocupado por el número de parados, con las familias que no llegan a fin de mes, a Dios le preocupa cómo va la pandemia, etc.

         Dios nos quiere no por nuestra libreta bancaria espiritual saneada, sino por nosotros mismos.

Que no nos moleste nunca que Dios sea bueno con todos

[1] No siempre las “plantillas” eclesiásticas y la del Evangelio coinciden. En muchas ocasiones son muy, muy diferentes. ¡Y menos mal!

 

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Año de la Biblia (septiembre). Los Profetas (II). Desde Amós al destierro.

miércoles, 16 de septiembre de 2020
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Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosLos cuatro grandes profetas del siglo VIII a. C. nos resultarán más cercanos porque vivieron una situación más parecida a la nuestra de prosperidad para los ricos y de extrema desigualdad con los empobrecidos. Denunciaron, con duro lenguaje la desigualdad social, la corrupción de los ricos, la corrupción religiosa, y una religión más centrada en unas prácticas superficiales que en la solidaridad humana.

Amós (780-740 a. C.)

Amós, el profeta de la justicia, era un pastor del reino del Sur que fue enviado por Dios al reino del Norte para denunciar las injusticias sociales, políticas y religiosas, hasta que fue expulsado por el sacerdote Ananías por sus invectivas contra el rey Jeroboán. Tuvo una acertada visión política al prever, contra todas las circunstancias, la deportación del pueblo, que anunció como castigo de Dios. Y una visión universalista sobre Dios, que superaba el nacionalismo judío: “Esto dice el Señor, cuyo nombre es Dios del universo” (Am 5,27).

Su lenguaje es duro, extremista, unilateral y sarcástico, con metáforas muy expresivas, pero también con nombres y situaciones concretas que resultarían ofensivas para muchos de sus oyentes, aunque a nosotros nos dicen poco porque desconocemos las situaciones a las que alude; podemos hacernos una idea recordando los sermones de fray Antonio de Montesinos a los militares y colonos en La Española.

Para que caigamos en la cuenta de la crudeza de este lenguaje, Sicre pone unos ejemplos de su equivalente a nuestra vida actual, como este oráculo (que seguramente nos escandalizará) sobre el culto y la falsa seguridad religiosa que se le atribuía.

 

Así dice el Señor a la casa de Israel:

Buscadme y viviréis; no busquéis a Betel,

no vayáis a Guilgal,

no os dirijáis a Berseba;

que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén

Buscad al Señor y viviréis (Am 5,4-5)

Así dice el Señor a los católicos:

Interesaos por mí y viviréis;

Pero no os intereséis por el Pilar,

no vayáis a Santiago,

no acudáis al Rocío.

Que el Pilar caerá por tierra,

y el Rocío se volverá tormenta.

Interesaos por el Señor y viviréis.

 

Interesarse por Dios es denunciar y eliminar las injusticias sociales, como expresa más adelante: “Detesto y aborrezco vuestras fiestas, me disgustan vuestras asambleas. Me presentáis vuestros holocaustos, vuestras ofrendas que yo no acepto… Que fluya el derecho como agua, y la justicia como un río inagotable” (Am 5,21-24); “Y porque pisoteáis al indigente exigiéndole el impuesto del grano, no habitaréis esas casas construidas sirviéndoos de piedras talladas…” (Am 5,11).

Como dice Spong, “Después de Amós, adoración y justicia ya nunca más estarían separados para el judaísmo verdadero…la justicia entre los hombres sería la expresión de la verdadera liturgia divina”.

Oseas (800-725)

Igual que Amós, Oseas profetizó en el reino del Norte, denunció con duro lenguaje las injusticias sociales, la idolatría, la corrupción de los sacerdotes y de la casa real, y el culto superficial a Yahvé, pero su enfoque es distinto. Oseas es el profeta del amor, del amor de padre (c. 11) y del amor de esposo celoso que amenaza pero luego perdona las infidelidades del pueblo.

La profecía de Oseas es un gran poema de amor que cambia la imagen de un Dios legislador y juez por la de un amor ilimitado, expresado no sólo con palabras sino con su propia vida. Su lenguaje es claro, emocional, y perfectamente asequible para nosotros. Su vida fue un reflejo de la relación de amor sin límite de Yahvé con su pueblo. Vida y mensaje coinciden.

Se casó con una prostituta porque, como expresa al inicio del libro “El Señor dijo a Oseas: anda, cásate con una prostituta” (1,2), “porque así también el Señor ama los israelitas, aunque ellos se vuelvan a otros dioses” (3,1) porque adoran a los dioses de la abundancia y la fertilidad.

Algunos Santos Padres encontraron cierta inmoralidad en este consejo divino, y consideraron todo el relato como una parábola; pero la mayoría de los exegetas lo consideran una realidad, una acción simbólica y profética. Actualmente podemos interpretar que Oseas se enamoró de una prostituta, sufrió sus continuas infidelidades, se enfurecía pero seguía amándola y perdonándola; la experiencia de este profundo amor le llevó a comprender (y aquí estaría la inspiración) que así es el amor de Dios por su pueblo (Os 1,2 – 3,5).

Amor celoso y enfurecido que anuncia el castigo “seré para ellos un león, una pantera acechando el camino. Los atacaré como una osa cuando es privada de sus crías”, pero también la promesa de salvación “Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio y sus raíces serán tan firmes como los árboles del Líbano” (c. 13 y 14)).

Miqueas (740-687)

Miqueas es un campesino que huye a Jerusalén por la invasión siria del sur de Judea. Su profecía denuncia, como Amós y Oseas, la opresión que los poderosos ejercen sobre los pobres, la corrupción de los jueces y los sacerdotes, y la superficialidad del culto.

El libro de sus profecías muestra una importante reelaboración y añadidos de otro autor. El estilo es muy expresivo con datos realistas y expresiones de gran crudeza: “arrancáis la piel de la gente y dejáis sus huesos al desnudo… Cortan su carne en pedazos para echarlos a la olla” (3,1-5).

En sus profecías encontramos la promesa de “congregar al resto de Israel”, “convertir sus espadas en arados” y atraer a todas las naciones “al monte de la casa del Señor”; y sobre todo su profecía de un rey mesiánico que nacerá en Belén (Miqueas 5,1-4; Mateo 2,4-6). En 1Reyes se narra su desafío al rey Josafat y el bofetón que recibió por contestar así al rey (posible precedente para elaborar la historia de la Pasión de Jesús).

Spong resume en el capítulo 6 el mensaje de Miqueas: “El Señor entabla juicio con su pueblo… Pueblo mío, qué te hice, en qué te molesté? Respóndeme”. El pueblo piensa cómo desagraviar al Señor: “¿Con qué me presentaré al Señor…con holocaustos, con becerros añojos?” y llega a pensar en sacrificios humanos: “Le ofreceré mi primogénito por mi culpa, o el fruto de mi vientre por mi pecado?”. Miqueas le responde al pueblo: “Hombre ya te ha explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad, que seas humilde con tu Dios” (6,1-9).

Isaías I (c. 1-39) (760-701)

Es el profeta más conocido por sus predicciones sobre el Mesías: “la joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros” (7,14).

Los exégetas han comprobado que este libro no puede ser de un solo autor, por lo que distinguen entre Isaías I, al que a atribuyen aproximadamente los capítulo 1-39 (aunque con intercalados posteriores), Isaías II, y III (siglo VI a. C).

Isaías es un profeta de la corte y del templo pero, como los profetas campesinos, denuncia las injusticias sociales: “¡Ay de los que especulan con casas, y juntan campo con campo…”(5,8-14) y el falso culto: “¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? Dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones…Vuestras solemnidades y fiestas las detesto… cesad de obrar el mal…” (1,10-17); pero se caracteriza especialmente por la gran manifestación de la majestad de Dios (teofanía del c. 6), la fidelidad de un “resto de Israel”, y la reconciliación final de todos en Jerusalén.

Su lenguaje es de gran calidad literaria, sereno y preciso, gran poeta, con imágenes originales, y cantos como el de la viña (5,1-7) y el de Ezequías en su enfermedad (38,9-20).

Los capítulos 24-27, el apocalipsis de Isaías, fue escrito durante el siglo IV.

Siglo VII – VI

A mediados del siglo VII el rey Josías realiza una gran reforma religiosa apoyado por algunos profetas: Sofonías, que había denunciado el contagio de idolatría; Nahum, que anunció la caída de Nínive; Habacuc, que interpela a Dios por su silencio ante la injusticia de los opresores y el clamor de los oprimidos; Joel, que predice la venida del Espíritu sobre todo el pueblo, como confirma Lucas en Pentecostés (Hechos 2,17-21).

Jeremías fue el principal apoyo de la reforma de Josías. Sacerdote de origen rural, ejerció el profetismo entre finales del s. VII y comienzos del VI; defendió las tradiciones de la Alianza con Yahvé y la reunión de los reinos del Norte y del Sur centrándolos en el Templo de Jerusalén. Denunció las injusticias y contribuyó en gran medida a la redacción del Deuteronomio. Sus escritos fueron reinterpretados por los deuteronomistas en un sentido más laical, hasta el punto de que la versión griega es notablemente más extensa que la original hebrea.

Su vida y su obra se dividen en dos periodos política y socialmente muy diferentes marcados por la muerte del rey Josías (609 a. C.); la restauración religiosa y social de Josías cayó de nuevo en la corrupción y la debilidad política, con la primera deportación a Babilonia (597 a. C.). Jeremías murió desterrado en Egipto.

Su estilo mezcla la narración con la poesía, poemas construidos con realidades de la vida diaria, y acciones simbólicas como la del cinturón que se pudre o la cesta de higos; pero se caracteriza por sus relatos biográficos (c. 26-45) en los que manifiesta abiertamente sus sentimientos especialmente en sus “confesiones” (c. 11; 15; 17; 18; 20) : “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… ¡Maldito el día en que nací… ¿Por qué salí del vientre de mi madre para pasar trabajos y penas, y acabar mis días derrotado!” (Jer. 20).

En su teología puede resultarnos difícil de entender la crudeza con que le atribuye directamente a Dios estas devastadoras invasiones de castigo por la infidelidad del pueblo: “mandaré a buscar… a mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y los traeré contra esta tierra y sus habitantes” (25,9); pero él mismo afirma que “En aquellos días ya no dirán: los padres comieron los agraces y los hijos padecen dentera, sino que cada cual morirá por su propia culpa” (31,30), y que esta invasión de Nabucodonosor se debe al orgullo del rey Joaquín que lo desafía, y que se podría evitar con un pacto (c. 36-38).

Esta teología del castigo se compensa con un mensaje de salvación: cambiaré la suerte de mi pueblo, Israel y Judá, dice el Señor, y los volveré a llevar a la tierra que di en posesión a sus padres” (30,3).

El libro de Las lamentaciones.

La Biblia griega y la Vulgata atribuyen este libro a Jeremías, pero los estudios muestran que sería obra de diversos autores de la misma época y con algunas semejanzas, pero con apreciables diferencias. (Lo veremos al tratar de los Libros poéticos).

Carta de Jeremías

Un autor anónimo, inspirado en la carta de Jeremías a los desterrados (Jeremías c. 29), compuso esta sátira contra la idolatría probablemente en el periodo helenista (s. IV-II a. C.). Está dirigida supuestamente a los hebreos deportados a Babilonia, pero en realidad a todos los judíos de la diáspora a fin de que no se contagiaran con las prácticas idolátricas. El texto está en griego, por lo que no fue incluida en el canon hebreo.

Se trata de diez secciones centradas en el estribillo “A la vista está que no son dioses; no les tengáis ningún temor”. Repite la argumentación de Jeremías pero en general emplea un tono burlesco y superficial, que podría emplearse igualmente hoy por quienes quisieran burlarse de nuestras imágenes religiosas.

 

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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“Perdonar nos hace bien”. 24 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,21-35)

domingo, 13 de septiembre de 2020
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5dc8405b1d7dee2ee6a23ea510845151_images-1156-577-cLas grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón. Hasta hace muy poco, los psicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente –y se sigue pensando– que el perdón es una actitud puramente religiosa.

Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las gentes a perdonar con generosidad, fundamentando ese comportamiento en el perdón que Dios nos concede, pero sin enseñar mucho más sobre los caminos que hay que recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es, pues, extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.

Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana: en la familia, donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos; en la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños e infidelidades posibles; en múltiples situaciones de la vida, en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar puede quedar herido para siempre.

Hay algo que es necesario aclarar desde el comienzo. Muchos se creen incapaces de perdonar porque confunden la cólera con la venganza. La cólera es una reacción sana de irritación ante la ofensa, la agresión o la injusticia sufrida: el individuo se rebela de manera casi instintiva para defender su vida y su dignidad. Por el contrario, el odio, el resentimiento y la venganza van más allá de esta primera reacción; la persona vengativa busca hacer daño, humillar y hasta destruir a quien le ha hecho mal.

Perdonar no quiere decir necesariamente reprimir la cólera. Al contrario, reprimir estos primeros sentimientos puede ser dañoso si la persona acumula en su interior una ira que más tarde se desviará hacia otras personas inocentes o hacia ella misma. Es más sano reconocer y aceptar la cólera, compartiendo tal vez con alguien la rabia y la indignación.

Luego será más fácil serenarse y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento ni las fantasías de venganza, para no hacernos más daño. La fe en un Dios perdonador es entonces para el creyente un estímulo y una fuerza inestimables. A quien vive del amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar.

José Antonio Pagola

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“No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Domingo 13 de septiembre de 2020. Domingo 24º Ordinario

domingo, 13 de septiembre de 2020
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47-ordinarioa24Leído en Koinonia:

Eclesiástico 27,33-28,9: Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.
Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Romanos 14,7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor.
Mateo 18,21-35: No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón. No sólo se hace daño a otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos. Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo. Y no sólo hablamos de un asunto meramente individual. El odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la Humanidad está presente también en el corazón del sistema social vigente.

El libro de Ben Sira, compuesto alrededor del siglo segundo antes de la era cristiana, proporciona una serie de orientaciones éticas y morales para garantizar la madurez de la persona y la convivencia social. Estamos ante una obra de profundo contenido teológico. El autor, Ben Sira, señala al pecador como poseedor de la ira y el furor que conduce a la venganza. Y esta venganza se volverá contra el vengativo. Por eso el único camino que queda es el camino del perdón. También aquí aparece la reciprocidad entre perdonar y obtener perdón. No se puede aspirar al perdón por los pecados cometidos si no se está dispuesto a perdonar a los otros. Tener la mirada fija en los mandamientos de la alianza garantiza la comprensión y la tolerancia en la vida comunitaria. Como vemos, ya desde el siglo II A.C. se plantea este tema de profundo sabor evangélico.

El núcleo del pasaje de la carta a los Romanos es proclamar que Jesús es el Señor de vivos y muertos. He aquí una bella síntesis existencial de la vida cristiana. Para el creyente lo fundamental es orientar toda su vida en el horizonte del resucitado. Quien vive en función de Jesús se esforzará por asumir en la vida práctica su mensaje de salvación integral. Amar al prójimo y vivir para el Señor son dos cosas que está íntimamente ligadas. Por lo tanto no se pueden separar. Quién vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo.

En el evangelio, otra vez Pedro salta a la escena para consultar a Jesús sobre temas candentes en el ambiente judío en que crece la comunidad cristiana. Pero la actitud de Pedro es la del discípulo que quiere claridad sobre la propuesta del maestro. No es la actitud arrogante de los Fariseos y Letrados que quieren poner a prueba a Jesús y encontrar un error garrafal que ofenda la ortodoxia judía para tener de qué acusarlo.

Pedro pregunta por el límite del perdón. Pero para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del Rey centra el tema de la parábola: ¿no debías haber perdonado como yo te he perdonado?

La comunidad de Mateo debe resolver ese problema porque está afectando su vida. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Como diría el juglar de la fraternidad, Francisco de Asís, “porque es perdonando como soy perdonado”.

En la catequesis tradicional de la Iglesia católica se exigían cinco pasos, quizás demasiado formales, para obtener el perdón de los pecados: «examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confesarlos todos, y cumplir la penitencia» -así lo expresaba uno de los catecismos clásicos-. De tal manera que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios, también exigen un camino pedagógico y tangible que ponga de manifiesto el deseo de cambio y un compromiso serio para reparar el mal y evitar el daño.

En muchos países de América Latina, luego de las dictaduras militares de los setenta y ochenta, se dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido, «obediencia debida», o «punto final». Los golpistas y sus colaboradores, responsables por decenas de miles de muertos y desaparecidos en cada uno de nuestros países, se autoperdonaron, burlándose de la justicia y de la verdad. Pero sin Verdad y Justicia, las heridas causadas por la represión en muchos hogares y comunidades no han cerrado aún. A pesar de todas las leyes encubridoras, la presión, el silencio, el ocultamiento de pruebas… la Justicia se hace camino. Llega tarde, pero no deja de llegar. El 14 de junio de 2005, en Argentina, el Tribunal Supremo declaró nulas por inconstitucionalidad las leyes de obediencia debida y de punto final. El día siguiente La Corte suprema de México declara «no prescrito» el delito del expresidente Echeverría por genocidio en la matanza de estudiantes de 1971… Pensemos en otros muchos dictadores y golpistas que, a pesar de todo, están ya siendo juzgados dejando que se dé su lugar a la Verdad y a la Justicia. El perdón y la reconciliación es una exigencia inalienable del ser humano, e indetenible. Y es un proceso de reconstrucción, que trata de reconstruir tanto al victimario como a la víctima.

En ese sentido, nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la Justicia, la Verdad, la misericordia y el perdón. Pero nunca el Evangelio llama a tolerar la impunidad. La Iglesia –o sea, nosotros, los cristianos y cristianas- debemos apoyar los procesos de reconciliación por el camino verdadero: la Verdad y la Justicia, el no a la impunidad, la reconciliación profunda de la sociedad. Así la Iglesia conseguirá el perdón por su silencio cómplice en algunas de sus figuras jerárquicas conniventes. Leer más…

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13.9.20. Dom 24, ciclo A. Setenta veces siete Del perdón de Jesús al sacramento de la Iglesia (Mt 18, 21-35)

domingo, 13 de septiembre de 2020
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con-que-frecuencia-me-debo-confesar-padre-fortea-respondeDel blog de Xabier Pikaza:

No es un sacramento más, el tercero entre siete, tras bautismo y confirmación, sino el sacramento en sí, presencia recreadora del Dios de Jesús en la vida de los hombres.

La Iglesia ha expresado (proclamado y cumplido) ese perdón de formas (con fórmulas) distintas, conforme al ritmo de los tiempos, en el primer milenio y el segundo, pero en este momento, año 2020, tiene ciertas dificultades para cumplirlo. Ante ella se abre un espléndido y claro camino de perdón o ella termina cayendo en la pura ineficacia, dejando que la humanidad corra el riesgo de destruirse a sí misma en la pura lucha de todos contra todos, en un plano ecológico y militar, político y económico. Sin perdón no hay más salida que el agujero negro de la pura nada humana.

12.09.2020

Introducción

1. El judaísmo había edificado un inmenso templo, un servicio «general» de sumos sacerdotes con el poder de perdonar a través de sacrificio, pero de hecho, como vio Jesús, aquel templo y servicio sacerdotal de perdón no cumplía su función, dejaba a los pobres y ofendidos al borde del camino.

2. Según el evangelio de Mateo,  la Iglesia es signo y fuente de perdón universal, encarnado en las comunidades (18-15-20) y representado por Pedro (cf. 16, 17-19), a quien Jesús dice que perdone 70 veces 7, es decir, siempre. Éste no es el perdón de una autoridad externa, sino el de los mismos ofendidos que perdonan siempre y acogen de nuevo a sus ofensores, creando con ellos una comunión de gratuidad que sustituye al antiguo templo de Jerusalén.

3. La iglesia ha celebrado de diversas formas el sacramento del perdón, pero actualmente parece algo estancada. Si no vuelve a encarnar, celebrar y expandir su experiencia y gracia de perdón, partiendo de Jesús,  ella puede acabar perdiendo sus sentido.

 Esta es la esencia de la Iglesia que, conforme al Credo de los Apóstoles, se define ante todo por el perdón de los pecados y por la «resurrección de la carne», esto es, por el surgimiento de una comunidad que vive por la gracia del perdón.

Al enfrentarse a Roma y al templo de Jerusalén con su «supra-política» y «supra-religión» de un perdón de sacrificio (templo) o de imposición de los vencedores  y para los vencedores (imperio), Jesús indicaba que una ciudad imperial como Roma (o sacral como Jerusalén) se destruye a sí misma y destruye a los otros diciendo que les perdona.

 No se trata de que los ricos y fuertes «perdonen» a los pobres, sino de que los pobres y excluidos respondan perdonando y abriendo un camino de vida para todos. Sólo cuando los excluidos y ofendidos como Pedro sean (seamos) capaces de cambiar y perdonar a los demás, sólo surja una humanidad de perdón acabará de violencia y podrá haber un futuro de vida para todos.

Éste es el milagro de la propuesta cristiana. Nadie, jamás, logrará demostrar en un plano racional (desde el poder y para el poder) que este perdón es posible (¡no hay en este nivel demostraciones!). Pero habrá muchos que actuarán perdonando, no por debilidad, sino porque han sido capaces de situarse en un plano más alto de vida y de gracia. Esta es la bienaventuranza de Francisco, la de aquellos que perdonan por amor.

 Ese perdón no es el oficio, ni el poder de algunos hombres y mujeres superiores, sino la misma vida de aquellos que han creído en Jesús. Por eso, no puede establecerse y ofrecerse cristianamente desde una iglesia centrada en su poder, sino desde los pobres y ofendidos que perdonan a sus ofensores.

Evidentemente, la Iglesia puede y debe celebrar el perdón de un modo sacramental, en una liturgia de confesión y/o penitencia (como ha hecho en los últimos mil años). Pero antes de esa liturgia del tercer sacramento (ahora muy en crisis) está la vida y obra de aquellos que perdonan por amor: El perdón de los ofendidos y humillados, de los pobres que perdonan a los ricos, de los excluidos a los excluidores, iniciando con Pedro y sus amigos (todos los cristianos) la vía regia del perdón, en amor, el único camino verdadero de la humanidad.

(Imagen 1: Un confesionario. Imagen 2-4. Dos portadas del libro esencial de J. Delumeau, sobre el «perdón», una con el mercedario valenciano P. Pérez con el libro de confesiones (Zurbarán);  otra de R. van der Weyden, con un confesor medieval; y otra de un libro de Equiza, en el que colaboramos algunos hace 25 años)

 Texto

(1. Introducción Eclesial: Pedro, los «ministros» del perdón: éste es el perdón de todos los ofendidos…). 18 21 Entonces, se adelantó Pedro y le dijo: Señor ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces? 21   No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

(2. Parábola económica: el perdón empieza expresándose en un plano económico: Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores) 22 Por eso se parece, el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus siervos. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara. 26 El siervo, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 El señor tuvo lástima de aquel siervo y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero, al salir, el siervo aquel encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 El consiervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31 Sus consiervos, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor le llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también compadecerte de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

(3. Conclusión parenética, perdón de corazón y vida)35 Lo mismo hará también con vosotros mi Padre del cielo, si si perdona de corazón a su hermano. Leer más…

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“Perdonar de corazón”. Domingo 24. Ciclo A

domingo, 13 de septiembre de 2020
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hijo-prodigoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, Jesús hablaba a sus discípulos de la forma de corregirse fraternalmente. Hoy aborda el tema del perdón a nivel individual y personal, que es el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.

 Argumentos para perdonar (Eclesiástico 27,33-28,9)

 La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? 

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.

Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Pedro y Lamec

            Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

            El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

 La parábola

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor.

 Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.» El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

 

Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

 2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor

 Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: «Págame lo que me debes.» El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: «Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.» Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

 Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

 3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: «¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

 Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?» 

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

 La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

             Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

 «Vivimos para el Señor, morimos para el Señor» (Romanos 14,7-9)

             El breve fragmento elegido de la carta a los Romanos carece de relación con las otras dos lecturas. Pero en este tiempo de pandemia, cuando se acumulan miles de muertos, consuela recordar que «en la vida y en la muerte somos del Señor».

 

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13 Sep. Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 13 de septiembre de 2020
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El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.”

(Mt 18, 21-35)

El domingo pasado el evangelio nos invitaba a salir a camino de aquellas personas que se pierden y esa es una manera de reconciliación. Pero hoy el evangelio nos mete el dedo en la llaga. Una cosa es que mi hermano peque, otra muy distinta es que me ofenda a mí, que me dañe de alguna manera.

Todas queremos ser perdonadas, pero ¡cuánto nos cuesta perdonar! Y es que lo de perdonar no es de una vez para siempre, sino un ejercicio continuo, es un esfuerzo.

El perdón es una escuela de alto rendimiento (¡70 veces 7!). Hay que ejercitarse todos los días y practicarlo de por vida. Realmente nuestras sociedades serían completamente diferentes si se pusiera de moda el arte de perdonar y, de hecho, aquellas personas que han sabido vivir perdonando son las que han cambiado el rumbo de la historia.

Quien perdona se trasciende porque se va pareciendo cada vez más a Dios, al Dios de Jesús que murió diciendo: “perdónales porque no saben lo que hacen”.

A fin de cuentas, el perdón es la antípoda del miedo. Quien perdona se arriesga a que le vuelvan a fallar, a que le vuelvan a herir. Si le cierras la puerta al perdón se la abres al miedo y al rencor. Así las demás personas se convierten en enemigas de las que tenemos que defendernos. Y esto último es rentable. ¡Todo un negocio! El negocio del miedo. Para la economía globalizada nuestro miedo es más que rentable, es la base, el motor.

Si aprendiéramos a dialogar, si llegáramos a perdonarnos, ¿dónde quedaría el negocio de las guerras, de las armas? Si no tuviéramos que defendernos unos países de otros, unos vecinos de otros, ¿qué pasaría con el negocio de las aseguradoras?

El camino del perdón es mucho más subversivo de lo que pensamos. Y el mensaje de Jesús más peligroso de lo que muchos de nuestros intereses pueden soportar.

Perdonar es una de las armas más revolucionarias de la historia. Los poderes de este mundo deberían prohibirlo, pero han hecho algo todavía mejor: ¡desprestigiarlo! Nos han hecho creer que quien perdona pierde. Que quien perdona se dejar pisar. Y nosotros nos lo hemos creído.

Oración

Ilumina, Trinidad Santa, nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad para que podamos descubrir la fuerza trasformadora del perdón. ¡Amén!

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Perdonar es tomar conciencia de que no hay nada que perdonar.

domingo, 13 de septiembre de 2020
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HIJO-PRODIGOMt 18,21-35

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de convivencia estable. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo concreto y real.

La frase «setenta veces siete«, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque supone que Pedro todavía lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (60.000.000 denarios). El empleado es incapaz de perdonar 100 denarios. Al final, encontramos un rabotazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón del  evangelio. El ego necesita enfrentarse a todo para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal, que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo no tiene sentido.

Este sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: «Del vengativo se vengará el Señor». «Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas«. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: «…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la  necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.

Meditación

Si vivo en la superficie de mi ser (ego),
el perdón, que nos pide Jesús, será imposible.
No hay ofensor, ni ofendido, ni ofensa.
No hay nada que perdonar ni nadie a quien perdonar.
Cualquier otra solución no pasará de artificial e inútil.
O se convierte en refuerzo de nuestro ego.

Fray Marcos

Fuente Adulta

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Un Padrenuestro original.

domingo, 13 de septiembre de 2020
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HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Hoy el niño menos diestro, quiere enseñar al cura el Padrenuestro (Refranero)

1 de septiembre. DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 8, 21-35

Compadecido de aquel criado, el rey le dejó marchar y le perdonó la deuda.

Jesús señaló en la oración del Padrenuestro que hay que perdonar a todos, como también lo dijo don Miguel de Unamuno en el tan singular suyo:

Padre nuestro. Padre; he aquí la idea viva del cristianismo. Dios es Padre de amor. Y es Padre nuestro, no mío.

Santificado sea el tu nombre. No se oigan alabanzas más que de Ti, y a ti se refiera todo, que así habrá paz y morirá la soberbia.

Venga a nos el tu reino, venga a nos, y no vayamos él. Sin tu gracia no podemos llegar al reino de la vida eterna y ¿qué es la gracia más que un llevarnos Tú a él? El Verbo bajó, encarnó en maría, y se hizo hombre. Para traernos el reino de la vida eterna. No fue la humanidad al Verbo, no ascendió el hombre a Dios, sino que por su aspiración a Él. Él bajó. Venga a nos, no a mí.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Suprema fórmula de resignación y de la paz. Así en la tierra, así en el cielo de la realidad, como en el cielo, en el reino del ideal.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Hoy, sólo hoy ¿quién es dueño del mañana? «No os inquietéis por el mañana, ni qué comeréis o beberéis, etc.» Vivamos como si hubiésemos de morir dentro de un instante.

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Nuestros deudores? ¿Qué nos deben? Esto o aquello que proviene del Señor. ¿Es mío lo que me deben? Y yo debo todo lo que soy, me debo a mí mismo.

Y no dejes caer en la tentaciónNo confiemos en nuestras propias fuerzas, que quien ama el peligro, en él perece.

Mas líbranos del malAmén. Es de lo único que debemos ser libres, de lo que el Señor sabe que es nuestro mal, no de lo que creemos nosotros que lo es. Y así no pidamos que nos libre de esto o de aquello, sino que, en estas breves palabras, dichas desde el corazón, está toda súplica de deseo impuro y de vana complacencia.

 

Pero éste no es el caso del Refranero, cuando dice aquello de:

“Hoy el niño menos diestro, quiere enseñar al cura el Padrenuestro.

Mas como este niño, hay otros muchos que se creen sabios, y repiten una y otra vez lo mismo.

La poetisa Yvonne Torregrosa, escribió este Poema:

PADRE NUESTRO

Padre nuestro,
dime si en verdad estás en el cielo;
si tienes contigo a mis padres y abuelos,
a mi hermana pequeña

Santificamos muchos
en esta tierra tu nombre,
con peticiones de amor,
rogando la paz,
pidiendo bondad para todos los hombres.

Hágase tu voluntad de igualdad
aquí en la tierra,
que prime el cariño y la gentileza,
la bondad y la belleza.
Perdona nuestras ofensas
y a los que dañan a un niño.

Danos un mañana pleno de esperanzas,

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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La fuerza liberadora del perdón.

domingo, 13 de septiembre de 2020
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hijo prodigoMt 18, 21-35

13 de septiembre de 2020

El evangelio de este Domingo muestra uno de los temas más relevantes del legado de Mateo: el compromiso ético de la fe y las consecuencias de no vivirlo de manera coherente y auténtica. En este caso se centra en el asunto del perdón.

La introducción de este texto ya es el mensaje esencial que queda argumentado y explicitado con la parábola que narra a continuación; un breve diálogo entre Jesús y Pedro termina clarificando cómo vivir el perdón desde una visión cristiana y las actitudes que supone.

La pregunta de Pedro indica que, como buen militante del judaísmo, ya conocía el deber del perdón de las ofensas. Ahora bien, el perdón se recibía a través de unas tarifas determinadas. Las escuelas rabinas exigían que sus discípulos perdonasen tantas veces a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, etc.., y estas tarifas eran diferentes según la escuela. Lo que hace Pedro es preguntar a Jesús cuál era su tarifa para saber si era tan severa como la de la escuela que requería perdonar siete veces a su hermano.

La respuesta de Jesús, una vez más desconcertante, utiliza el número siete jugando a multiplicarlo, para transmitir que el perdón ha de ser en totalidad según el significado de ese número en la simbología judía. Perdonar en totalidad es perdonar de manera auténtica, de corazón, de raíz, sin tarifas o grados. Se trata de un perdón que trasciende lo emocional, lo supera y se sitúa en el mismo suelo del ser humano.  Esta parábola libera al perdón de toda tarifa para hacer de él un signo de un perdón que no es un deber moral, sino el eco de la conciencia de haber sido perdonado previamente. Jesús introduce este elemento nuevo en la parábola: nuestra capacidad de perdonar en totalidad es directamente proporcional a nuestras experiencias de haber sido perdonad@s auténticamente. Estas vivencias, bien integradas y conscientes, van despertando una sensibilidad que ablanda la comprensión y empatía con aquellos que nos dañan y ofenden, nos conectan con la realidad más profunda y espiritual dándose un crecimiento de la persona tan exponencial como el setenta veces siete del que habla Jesús.

Ahondando en el significado de la parábola, se puede percibir que el perdón cristiano tiene una doble vertiente: la psicológica y la referida al vínculo con la Divinidad. Integrar ambas vertientes construye al creyente unificando su persona y convirtiendo la fe en una posición ante la vida y no en un deber moral. Perdonar totalmente o de corazón supone haber reabsorbido la rabia y los sentimientos negativos y legítimos que se despiertan, aunque se necesite un camino complejo para restaurar la relación cuando la dignidad ha sido violada por el daño realizado.

En el proceso del perdón, como indica la parábola, hay que tener en cuenta ambas partes: quien daña y quien es dañado. No se trata de dar un perdón ingenuo, romántico o meloso, de perdonar con las emociones porque se quedaría en las arenas movedizas de los sentimientos, sino que, en el ejercicio de ese perdón, es importante situarse con una nueva dignidad frente a quien daña. Sólo así el perdón puede llegar a cambiar a la otra persona para que no siga dañando a terceros o reincidir en el daño causado. Esta es la dimensión educativa del perdón. Tras el perdón es necesario un cambio de posición por ambas partes. Una mala gestión del perdón genera tortura, como dice la parábola, que es vivir desde el rencor, la venganza o la disposición vulnerable a ser dañados de nuevo. Es muy importante perdonar con dignidad para recibir el perdón con posibilidad de cambio.  Así es el perdón de Dios del que nos habla Jesús, un perdón que pretende transformar a la persona “para que no peque más”.

Nadie se libra de estas dos experiencias: ofender y perdonar. Es todo un reto en la vida aprender a perdonar y a recibir el perdón de manera sana y profunda, así como ser conscientes de este doble dinamismo que puede interferir en las relaciones humanas y en nuestro vínculo con Dios. Todo ser humano, por ser reflejo del Ser de Dios, nace equipado de una capacidad para perdonar que se activa al experimentar un perdón auténtico y en totalidad. Esta es la fuerza liberadora del perdón.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Perdón

domingo, 13 de septiembre de 2020
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Perdon.1Domingo XXIV del Tiempo Ordinario

13 septiembre 2020

Mt 18, 21-35

La parábola es un recurso pedagógico que intenta transmitir un mensaje. En el caso de esta, su objetivo es insistir en la necesidad de perdonar, a partir de la experiencia de haber sido perdonados.

   Sin embargo, leída literalmente, conduce a una contradicción, ya que el rey del relato pasa rápidamente del perdón a la venganza. Basta con que su deudor actúe mal ante un compañero para que su “perdón” primero, nacido de la compasión, se transforme en castigo que nace de la ira.

     Tal lectura literal conecta fácilmente con nuestro ánimo justiciero –e incluso lo exacerba–, pero traiciona el mensaje, ya que parece dejar claro que no todo puede ser perdonado. Pero, ¿qué clase de “perdón” sería ese que marca límites? El perdón es gratuito e incondicional. Si no podemos vivirlo hasta el final, lo acertado es reconocerlo y aceptar nuestro límite de hoy, pero no negar su incondicionalidad.

     El perdón es hijo de la sabiduría y encuentra su mayor obstáculo en el narcisismo.

    Decir que es hijo de la sabiduría significa afirmar que nace de la comprensión: solo cuando comprendemos que cada persona hace en cada momento lo mejor que sabe y puede, de acuerdo con su nivel de consciencia y su mundo representacional, somos capaces de perdonar.

     No se trata de justificar todo, ni de aprobarlo, ni de negar el dolor que las acciones de los otros provocan –de hecho, habrá que emprender acciones para impedirlo–…, sino de comprender. Pero, para ello, es imprescindible situarse en el “mapa mental” de la otra persona. Y eso es algo que no se puede hacer desde el narcisismo.

     El narcisismo es auto-referencial: todo gira en torno al propio yo y todo se ve y se analiza desde las propias ideas. Eso explica que una de sus características básicas sea la incapacidad para la empatía y la compasión y, con ello, la imposibilidad de “ponerse en la piel” del otro.

    Desde esa posición, cuando se siente herida o frustrada por alguien que no actúa según sus expectativas, la personalidad narcisista es propensa al juicio, la condena y la descalificación del otro. Asumiendo el papel de víctima, es muy probable que alimente acritud, resentimiento e incluso deseos de venganza. Su narcisismo no soporta la ofensa ni lo que percibe como desvalorización.

    La personalidad narcisista tiene un sentido tan frágil del propio yo que necesita muestras constantes y crecientes de reconocimiento por parte de los otros para sentir algo de alivio. Detrás de su caparazón de (falsa) autosuficiencia, se esconde en realidad un niño afectivamente inseguro y necesitado de aprecio. Y ese niño no puede perdonar lo que percibe como ofensa. Será necesario que vaya sanando la relación consigo mismo para ir superando la tendencia narcisista.

  A diferencia del narcisismo, la comprensión se caracteriza por la empatía y la compasión hacia todos. Eso no significa que no sienta dolor ante determinados comportamientos o actitudes, pero es capaz de no reducirse a él, porque “sabe ver” a las personas más allá de lo que hacen. Y porque vive la seguridad de que su propio valor no depende de los que otros puedan o no hacerle. Es esa misma sensación de seguridad afectiva la que le permite abandonar el papel de víctima y acoger todo como oportunidad de aprendizaje.

     La sabiduría hace ver finalmente que, en su forma más sublime, el perdón auténtico consiste en comprender que no hay nada que perdonar.

¿Cómo me sitúo cuando me siento ofendido/a?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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A Dios le hace bien perdonar y a nosotros también

domingo, 13 de septiembre de 2020
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abrazo-personasDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Mateo 18,21-35

Consideraciones sobre el perdón (a modo de homilía)
  1. Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

(Lc 23,34).

Quiero comenzar esta homilía recordando el último gesto del Señor en la cruz. Jesús murió con el perdón en sus labios y en su corazón:

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lc 23,34).

Hoy estarás conmigo en el Paraíso, (Lc 23,43)

Lo último que hace Jesús a su muerte es lo que hizo durante toda su vida: perdonar. Jesús pasó la vida perdonando y haciendo el bien.

Jesús seguramente sintió lo mismo que sentimos todos. Ante Herodes, Caifás, Pilatos, ante el legalismo de los fariseos, ante quienes menospreciaban a la mujer, ante quienes querían matarle, etc. Jesús sentía lo mismo que sentimos nosotros.

Pienso que a Jesús, como a nosotros le hacía bien perdonar: a Él y los demás. A Dios le hace bien perdonar y a nosotros también.

Nadie, que sea sensato, dice que sea fácil perdonar:

¡Cómo no vamos a comprender a quien dice no poder perdonar! Cómo no entender expresiones afines: “perdono, pero no olvido”, o incluso, “ni perdono, ni olvido”. ¡Cómo no ser conscientes de que haya familias que no se hablen, hermanos (Caín y Abel) que se odian, vecinos totalmente enemistados, ciudadanos enfrentados por motivos políticos! Lo más común en la sociedad es que “quien la hace la paga”.

         También hay actitudes hondamente cristianas “Espero acabar perdonando antes de morir”, decía Ortega Lara, secuestrado durante año y medio, como todos recordamos.[1] Hay personas, posturas de una gran altura humana, moral, espiritual.

  1. Perdonar.

El término perdonar – perdón viene del latín y, viene a significar: per y donare, «pasar, cruzar, adelante, pasar por encima de» y «donar, donación, regalo”.

Perdonar sería un “pasar bondadosamente por encima” de muchas, y en ocasiones, viejas, situaciones.

  1. Dios y Jesús perdonan siempre.

Nos han enseñado que Dios es muy justo y que no tiene más remedio que condenar. Sin embargo lo que podemos apreciar en Jesús y en el Dios de Jesús es otra cosa: es alianza, es perdón, reconciliación. Dios no se hace respetar a golpe de condenación, sino de perdón. Dice el salmo 129,4: de Ti procede el perdón, y así infundes respeto.

         Y Jesús, lo mismo. Desde el comienzo de su predicación (vida pública) hasta su muerte, siente misericordia, lástima, compasión, perdón.

He sido enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva … y proclamar un año de gracia del Señor.  (Lc 4,18-19)

         Un Dios justiciero y vengativo no es el Dios de Jesús. Nuestro Dios es acogedor, perdonados siempre y con todos. En ocasiones, en alguna teología, da la impresión de que nos molesta que Dios sea bueno y perdonador.

  1. Perdonar es un proceso de sanación.

El furor y la cólera son odiosos (1ª lectura). La ira y el odio solamente sirven para seguir hurgando en viejas heridas que, por otra parte, no permiten sanar y serenar la vida.

Perdonar hace bien a todos, al que pide perdón y al que lo regala, (gracia).

Solamente el perdón rompe la espiral de la violencia interior, personal, y exterior

El perdón es un proceso de sanación. No es fácil perdonar cuando hay una herida, más o menos sangrante, que rasga nuestra psicología, daña nuestro pensamiento  y sentimientos y deja secuelas psíquicas, familiares, sociales, económicas políticas y siempre afectivas. La decisión de perdonar sana nuestro corazón, nuestra vida.

Resentimiento significa “re-sentir”, “volver a sentir”, estar siempre hurgando en la herida. Necesitamos perdonar para no hacernos más daño a nosotros mismos, así como tampoco transmitir más odio a los demás.

El perdón haría mucho bien en el proceso de pacificación de nuestro pueblo y de otras muchas situaciones socio.políticas. ¿Será posible la pacificación sin perdón?

  1. El perdón acontece en la interioridad del corazón.

         El perdón acontece y se vive en lo más íntimo de la conciencia y del alma. Es una actitud interior. Perdonar es reconocer el mal, pero para apaciguar pulsiones e iras, violencias y venganzas. Y todo ello desde el interior.

         El perdón no surge de una ley en un parlamento, ni tan siquiera de un tratamiento psicológico, aunque la psicología tenga también algo que ver en estas cosas. El perdón realiza un cambio de corazón.

         El perdón no arregla el pasado: lo que pasó, pasó…, pero el perdón abre un futuro mejor, sanado.

         El que perdona no olvida el pasado, pero lo recuerda de otro modo, con bondad. Posiblemente seguirán surgiendo sentimientos negativos, pero habrá que poner razón a las pulsiones de la ira y de las bajas pulsiones. Hay que ser razonables frente al odio.

         Probablemente perdonar es la forma más elevada y profunda de amar.

  1. Él odio hace daño a todos.

Ya en el campo, Caín se lanzó contra su hermano Abel y lo mató. Dios dijo a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel? Contestó: «No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» Replicó el Señor: «¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde la tierra. (Gn 4,1-9).

El odio no es solamente cosa de Caín y Abel, de dos personas, o de Caín con Dios, sino que “toda la tierra” y todos quedamos impregnados de la profundidad de la ira y del rencor. El odio y la venganza de Caín a Abel empaparon a toda la humanidad: la sangre de tu hermano clama al cielo. ¿En qué familia o comunidad, pueblo o iglesia no hay situaciones de enfrentamientos, odios, etc.?

  1. “abrir una salida” y «estar con” quien peca seriamente.

En ocasiones en la vida oímos y vemos que alguien ha hecho un daño grave (quizás nosotros mismos). En esa situación es una persona débil, fracasada y en esos momentos es cuando más necesita -necesitamos- del perdón. Todo ser humano necesita una vía de salida en la vida y más cuanto más cegados vemos los caminos.

¿Tenemos experiencia personal de haber sido perdonados?

Por otra parte, cuando perdonamos reconocemos el valor de la otra persona, le abrimos un camino de salud, de salvación. A todo ser humano hay que dejarle una puerta abierta de salida, de reconciliación, de seguir en paz el camino de la vida.

Naturalmente que en muchas circunstancias las relaciones no podrán volver a ser como lo fueron. Pero el perdón abre caminos y vuelve a encauzar la vida.

  1. Sin perdón no hay comunidad, ni eucaristía.

Cuando las heridas continúan abiertas, mal cerradas o cerradas en falso, es muy difícil una vida comunitaria sana, sea familiar, religiosa o cívica. Coexistiremos, pero sin perdón, y la vida será difícil, ¿o no lo está siendo en el orden político y eclesiástico?

         La Eucaristía es la asamblea de los pecadores, que nos sentimos reconciliados y con la buena voluntad de perdonar

No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

[1] Cfr. Vida Nueva , n 2751, 30 abril – 6 mayo, 2011, p 50.

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Gonzalo Haya: Año de la Biblia (Septiembre). Los Profetas (I).

viernes, 11 de septiembre de 2020
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Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosLa Biblia hebrea se divide en tres partes: La Ley, Los Profetas, y Los Escritos. En la escena de la transfiguración aparecen Moisés y Elías dando testimonio de Jesús. Ya hemos comentado que, para los cristianos, la Ley es un lejano punto de referencia; en cambio los profetas son importantes porque prefiguran la imagen de Jesús, y sus escritos sirvieron, a falta de testigos inmediatos, para elaborar el relato de la Pasión. Más aún, la espiritualidad de Jesús fue profética, aunque la ampliación y la dispersión de las comunidades nos convirtieron en una religión dogmática y cultual (aunque no falten profetas “a contracorriente”). San Pablo reconocía la profecía como un carisma que manifestaban algunos miembros de sus comunidades, y éstas no tenían una organización jerárquica sino carismática.

¿Qué es un profeta? ¿Cuáles son sus características? Para un conocimiento más completo recomendamos los seis capítulos que José Luis Sicre le dedica en su Introducción al Antiguo Testamento. Nosotros resumiremos y comentaremos aquí las ideas más importantes.

Tenemos una imagen general de los profetas, pero entre ellos hay importantes diferencias en el tiempo que dedican a esta actividad (desde unas horas a toda la vida), en el modo de entrar en contacto con Dios (visiones, audiciones, incluso danza), la manera de transmitir el mensaje (palabras, acciones simbólicas), y la función que desempeñan en la sociedad (sacerdotes, campesinos, consejeros reales).

También solemos generalizar, para todos, lo que solo es una característica particular de algún profeta. El error más común es identificar a los profetas como anunciadores del futuro (se malinterpreta pro-fhêmi como pre-decir). El mismo evangelista Mateo, que quiere garantizar a los judeocristianos que Jesús es el Mesías anunciado, repite varias veces la expresión “así se cumplió lo anunciado por el profeta…” Más circunstanciales han sido las imágenes del profeta como un solitario, apartado y refractario a la sociedad, o por el contrario como promotor del culto divino. Actualmente se exalta más la imagen del profeta como un reformador social que clama frente a los poderosos por la justicia social.

Frente a estas imágenes ciertas pero parciales, Sicre señala algunos rasgos esenciales comunes a todos los profetas. Una persona (hombre o mujer) carismática, inspirada mediante un contacto personal con Dios que le transmite un mensaje o un reproche a los políticos, a los sacerdotes o al pueblo. Es una persona independiente de las estructuras políticas o religiosas, frecuentemente amenazado por ellas porque va “contra corriente”, como un “perturbador de Israel”. Todos estos rasgos podemos apreciarlos también en la vida de Jesús. Más concisa, la definición que le oí a un pastor protestante: “el profeta denuncia y anuncia”; realmente los profetas anunciaban el perdón y la restauración de las promesas de la Alianza.

Al analizar hoy estas características tenemos que tener en cuenta, como dice Xabier Pikaza, que toda la Biblia está escrita con un pensamiento y lenguaje teísta, con una concepción de un Dios personal que interviene directamente en la Historia e incluso se comunica con los humanos de una manera explícita y clara. Actualmente muchos teólogos rechazan esta idea teísta de Dios, y acentúan la autonomía y libertad humana; sin embargo tampoco llegan a un deísmo que desvincule totalmente a Dios de la vida de las personas, que creó “a su imagen y semejanza”. Cómo se explica esta intervención indirecta, o esta influencia de Dios, depende de cada escuela o de cada autor. A mi gusta comparar la intervención de Dios como la influencia que ejerce en nosotros un padre o un amigo.

Quizás podamos concebir a los profetas antiguos y actuales (en sentido estricto y, más frecuentemente, en sentido amplio) como personas profundamente espirituales, que han experimentado un contacto (de tipo místico) con la realidad última que nos constituye (que llamamos Dios), y que interpretan los signos de los tiempos como mensaje espiritual o social para la sociedad a la que pertenecen. En esta línea podemos considerar profetas a Gandhi, Luther King, Monseñor Romero, y otros muchos, como sucedía en las primeras comunidades cristianas.

La lectura de los profetas se nos puede hacer tediosa porque tienen repeticiones de oráculos pronunciados en diversos momentos sobre un mismo tema y sobre situaciones propias de su espacio y tiempo, en un lenguaje simbólico, que a veces necesita una explicación. Convendrá por tanto seleccionar los pasajes (que suelen estar titulados) según nuestros intereses, porque tratan temas profundamente humanos que también nos afectan, y están expresados con imágenes poéticas de gran energía, unas veces con ternura y otras con un realismo y crudeza, que no necesita ninguna explicación. Sicre dedica un capítulo a reescribir algunos de estos pasajes que nos parecen inexpresivos, pero que en nuestro lenguaje actual nos resultan “políticamente incorrectos”, y que algunos considerarán hasta ofensivos.

Otros problemas son determinar el autor o autores de un texto, el proceso de formación, la fecha, distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas, entre verdadera inspiración y pronósticos sensatos, entre profetas en sentido estricto o en sentido amplio; pero estos son problemas para los expertos.

Los comentaristas suelen agrupar a los profetas bíblicos en tres etapas: I desde los orígenes hasta Amós (s. XIII – IX); II desde Amós al destierro (s. VIII – IV); III desde el destierro hasta el final de la profecía (s. VI – III).

I Desde los orígenes hasta Amós (s. XIII-IX)

Dada la ambigüedad del concepto de Profeta (tanto entre los autores bíblicos como entre los críticos actuales) es difícil determinar una lista de profetas, sobre todo en esa primera época; no hay una definición establecida, y a veces se habla en sentido más restringido y otras veces en sentido amplio. Se puede considerar profeta a Abraham y a Moisés, pero nuestra idea sobre ellos no gana nada nuevo con añadirles este título. Se ganaría mayor aprecio por Miriam, la hermana de Moisés, y por Débora, jueza y guerrera. Más conocido es Samuel (s.XI), juez y sacerdote, porque ya de niño recibió un mensaje de Dios, y por la institución de la monarquía y las denuncias de las injusticias.

Durante la monarquía destacan algunos profetas como consejeros del rey y críticos de sus injusticias, citaremos a los principales. Natán, especialmente recordado por su valiente crítica al rey David con su famosa parábola del rico que mata para su banquete la única oveja del pobre (2 Sam 12). Esta denuncia de Natán inició la tradición profética de Israel; “a partir de Natán no hubo monarquía absoluta en Israel”, porque toda autoridad política o religiosa quedaba explícitamente sometida a la Ley de Jahvé (Spong).

Elías (s. IX), es uno de los profetas más importantes para interpretar los relatos de los evangelios. Es reconocido en la figura de Juan Bautista como el profeta que vendría a preparar la llegada del Mesías, y está con Moisés en la Transfiguración dando testimonio de Jesús. Profetizó en el Reino del Norte, fue acérrimo defensor del yahvismo en momentos críticos, y desafió, venció y degolló, a los (falsos) profetas de Baal (dios de la naturaleza, fecundidad y orgías) en el monte Carmelo (1 Reyes 18).

Su leyenda es de las más extraordinarias; repite patronos como el paso del Jordán o la multiplicación del pan, pero introduce otros como la resurrección del hijo de la viuda que le hospedó (1 Reyes 17), precedente para el mismo milagro de Jesús, y sobre todo el ser arrebatado hacia el cielo por un carro de fuego (2 Reyes 2,11-14).

Destaca sobre todo su experiencia mística del paso del Señor: “El Señor le dijo: sal y ponte en pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar! Vino un huracán tan violento que descuajaba lo montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego; pero el señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió fuera y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le decía ¿qué haces aquí Elías?” (1 Reyes 19,11-13).

Eliseo (s. IX), a quien Elías traspasó su espíritu (2 Reyes 2,8-15), es el profeta del que se cuentan más milagros, de los que el evangelio de Lucas cita la curación de Naamán el Sirio (2 Reyes 5). Tanto a Elías como a Eliseo solamente los conocemos por los relatos respectivos a Elías en 1 Reyes 17,1 a 2 Reyes 2,1; y Eliseo en 2 Reyes capítulo 2 al 7, porque ellos no dejaron ningún escrito.

Vídeos de las conferencias en la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA)

José Luis Sicre: Libros proféticos. Para los primeros cristianos, los libros proféticos eran los más importantes del antiguo testamento. Pero, ¿qué imagen tenemos de los profetas? Para algunos, son anunciadores del mesías; para otros, reivindicadores de los derechos sociales; adivinadores; funcionarios del templo; etc. ¿Tienen fundamento todas estas imágenes? ¿En qué medida son mensajeros de Dios?

 

Bibliografía

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento” ed verbo divino, 2016. Tema IV Los Profetas.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento, 4 Profetas y Apocalíptica.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 10 – 20. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es.

Estos capítulos de Spong recrean el mensaje y la vida de cada profeta brevemente y como una crónica de actualidad.

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción a cada uno de los profetas.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a cada uno de los profetas.

Fuente Fe Adulta

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Diversidad sexual y cristianismo: «La homosexualidad no es una enfermedad mental, ni un trastorno psicopatológico»

miércoles, 9 de septiembre de 2020
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978-84-1324-753-3Comentario del libro “Homosexualidades y cristianismo en el s. XXI”, que ya habíamos traído al blog:

del libro»El libro nos presenta experiencias y testimonios, la enseñanza del magisterio, de la tradición y de la teología, el saber de las disciplinas seculares y de los especialistas de la Biblia»

«Las posturas más conservadoras insisten en apoyar en textos de la Escritura la doctrina que califica las conductas homosexuales de “depravaciones graves”, aunque la psicología y otras ciencias de nuestros días enseñen lo contrario»

«Resulta algo sarcástico hablar de respeto y compasión respecto a aquellos a quienes antes hemos calificado de ‘depravados´»

«Sigue habiendo en muchos países una doctrina sobre la sexualidad que fomenta el odio y la violencia. Se instrumentaliza una interpretación integrista de las Escrituras para conseguir el poder y a veces las iglesias miran para otro lado»

Jesucristo, que sepamos, no dejó escrito alguno, y la religión cristiana no es una religión del libro como lo es la judía. No tener esto en cuenta causa graves malentendidos en nuestra Iglesia.

Cuando este año falleció el exegeta James D. G. Dunn consulté alguno de sus viejos escritos sobre la autoridad de la Escritura. Dunn hablaba en uno de ellos del peligro de “bibliolatry”. Así es. Algo falla si nos empeñamos en resolver todos nuestros problemas recurriendo a la Biblia.

La bibliolatría puede empezar cuando citamos 2 Tim 3, 16 para probar que toda la Escritura está divinamente inspirada. Y es que no está inspirada porque lo diga 2 Tim 3, 16. Se trata, más bien, de que siguiendo el Evangelio de Jesucristo anunciado por los profetas creemos que la Biblia contiene un mensaje de salvación de Dios para el hombre, y por eso pensamos que 2 Tim 3, 16 está en lo cierto al decir que está inspirada.

Y sería bibliolatría pretender encontrar en la antropología bíblica respuestas a todas las preguntas sobre la sexualidad. No es esa la pretensión de la Pontificia Comisión Bíblica en su estudio “Che cosa è l’uomo? Un itinerario di antropologia biblica” (2019). Este valioso estudio encargado por el papa Francisco, del que ya habló RD en su momento, defiende, por ejemplo, que la relación erótica homosexual no debe ser condenada. Es, sin duda alguna, un paso importante, aunque la aceptación de las relaciones íntimas homosexuales todavía no se contempla. Son siglos con una tradición difícil de cambiar, como sucedió con el problema de la esclavitud y como sucede todavía con el clericalismo y el machismo.

“¿Qué es el hombre?”, se pregunta también el Vaticano II (GS, 10 y 12). Y su respuesta nos habla de su sublime vocación y de su profunda miseria que hallan su explicación a la luz de la Revelación. Y es Cristo quien revelando el misterio del Padre y de su amor “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre” (GS, 22). Él es el hombre nuevo que identificándose con los excluidos de este mundo (cf. Mt 25, 40) nos ha mostrado como algo esencial atender a la dimensión social y solidaria del hombre.

Pero la Biblia no tiene respuestas para todas nuestras preguntas. No es un libro científico. Pensemos, por ejemplo, en los modernos problemas de la Bioética. En la medida en que la antropología bíblica depende de ciertos condicionamientos de tiempo y cultura no nos sirve como modelo. Eso sí, los estudiosos de la Biblia nos pueden decir, por ejemplo, si hay o no uniones homosexuales en la Biblia. Pero si no las encuentran no por eso serán menos legítimas. Tampoco encontramos transexuales en la Biblia, pero son hijos de Dios y tienen sus derechos.

La Iglesia debería imitar a Jesús cuando decía: “Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo” y rectificar posturas y enseñanzas anteriores, como hizo en el caso de Galileo, cuando un mejor conocimiento de los problemas así lo exija. La verdad es que lo ha hecho siempre a lo largo de su historia. Basta recordar que para los cristianos el día de descanso es el domingo, no el sábado, o que no admitimos la ley judía del Talión.

Este año se ha publicado un libro único y especial por muchas razones titulado Homosexualidades y cristianismo en el s. XXI(Javier de la Torre, editor, Dykinson, Madrid, 2020). Es un estudio interdisciplinar con un “enfoque cristiano ecuménico”, como señala el editor en el prólogo.

El libro nos presenta experiencias y testimonios, la enseñanza del magisterio, de la tradición y de la teología, el saber de las disciplinas seculares y de los especialistas de la Biblia. Estos últimos analizan los clásicos pasajes de la Escritura, como son Lv 18, 22 o Rm 1, 18-32, entre otros, para finalmente hacernos ver, como dice en esta obra X. Pikaza, que “en la Iglesia, los homosexuales podrán ser homosexuales, pero no para quedarse en ello, sino para vivir el camino de las bienaventuranzas o el canto de amor de 1 Cor 13”.

 El profesor Pikaza tiene razón, pero a muchos homosexuales cristianos no les da tiempo a amar porque se tienen que pasar la vida tratando de entender por qué la Iglesia les da de lado o preguntándose dónde se ha metido el olvidado discípulo amado de Jesús.

En ese sentido resulta esencial el trabajo de estos especialistas, aunque es verdad que al final, como dice la profesora de la Universidad de Comillas Olga Belmonte, “la posibilidad de un cristianismo sin homofobia depende de la actitud de los cristianos, no de lo que literalmente está escrito en la Biblia. Si fuera así, el machismo sería lo más acorde con el cristianismo”.

Los cristianos creemos que hay “semillas del Verbo” en todas las culturas y que todos los hombres pueden oír la voz de Dios, todos son “oyentes de su palabra”. Y el Espíritu Santo, que sigue actuando hoy en la Iglesia y en el mundo, se nos ha dado no sólo para interpretar correctamente la Escritura, sino también los acontecimientos, los “signos de los tiempos”, como es el caso de la actual pandemia, y juzgar por nosotros mismos qué es lo que hay que hacer (cf. Lc 12, 56-57), un pasaje muy citado por Ferdinand Ebner.

¿Hay alguien que piense que, conforme a Dt 21, 21 hay que dar muerte al hijo rebelde? “Todos sus conciudadanos le apedrearán hasta que muera” dice la Biblia. Pero la recta razón nos dicta hoy otra cosa. Lo mismo al hablar de la sexualidad. La fe viva que salva consiste en amar a Dios y al prójimo. “Haz eso y tendrás la vida” (Lc, 10, 28). Millones de personas lo hacen cada día, ayudando a sus prójimos, arriesgando a veces su vida, más allá de las diversas sexualidades de los hombres y de las mujeres, más allá de las teologías, de los libros sagrados y de los desfasados ritos litúrgicos.

Estoy lejos de esa fe viva si, en razón de que “macho y hembra los creó” Dios (Gn 1, 27), niego el derecho del diferente a tener una vida sexual. Las posturas más conservadoras insisten en apoyar en textos de la Escritura la doctrina que califica las conductas homosexuales de “depravaciones graves”, aunque la psicología y otras ciencias de nuestros días enseñen lo contrario. Lo hace nuestro Catecismo (n. 2357), apoyándose en la Declaración “Persona Humana”, 8 (año 1975). Y esa enseñanza, muy discutida hoy en la Iglesia a pesar de su larga tradición, propicia agresiones y la homofobia existente, lo queramos ver o no.

Resulta algo sarcástico hablar de respeto y compasión respecto a aquellos a quienes antes hemos calificado de “depravados”. “En Camerún – dice el sacerdote Noudjom Tchana – los homosexuales viven auténtico calvario…Los tratan como perros”. Lean su impactante testimonio escrito no desde el resentimiento, sino desde la ética de la bondad.

Para saber lo que nos quiere comunicar un texto el Vaticano II dice que el intérprete debe atender a los géneros literarios, al tiempo y a la cultura de los textos, al contenido y unidad de toda la Escritura, y anima a exegetas y teólogos a investigar, pues la Iglesia “procura comprender cada vez más profundamente la Escritura” (Cf. Dei Verbum, 12 y 23). Y en 1993 la Pontificia Comisión Bíblica nos previno contra el fundamentalismo que acostumbra a hacer lecturas “literalistas”. Habrá entonces que revisar un día el Catecismo.

“No cometerás adulterio” es según la Biblia el sexto mandamiento. Así que el Catecismo no debería imitar al judío Filón de Alejandría que al hablar del sexto mandamiento introdujo el tema de Lv 18, 22. Lo recuerda en el libro antes citado el profesor de ética Juan Sánchez Núñez. La diversidad sexual y familiar es estudiada por las ciencias antropológicas y la moralidad de las conductas sexuales debe ser examinada por la ética.

La profesora Ana Berástegui, Doctora en Psicología por la Universidad de Comillas, muestra bien en el libro que, aunque no se pongan de acuerdo las distintas disciplinas en lo que es la homosexualidad, hay “un cierto consenso, al menos desde la psicología, la psiquiatría y en general las ciencias sanitarias y sociales, con respecto a lo que no es”.

“1. La homosexualidad no es una enfermedad mental, ni un trastorno psicopatológico. 2. La homosexualidad no es una desviación en el proceso normal de desarrollo sexual o un signo de inmadurez. 3. La homosexualidad no es un factor de riesgo para la salud mental”.

Esta investigadora termina su trabajo, remitiendo a Beckstead, con esta reflexión. “Desde la psicología, tanto las aproximaciones que empujan a renunciar a la dimensión religiosa para desarrollar la propia sexualidad como las que empujan a renunciar a la sexualidad para abrazar la dimensión religiosa deben ser sustituidas por aproximaciones más integradas que permitan encontrar caminos de desarrollo pleno como persona”.Vaticano y homosesualidad

Creo que el pensador austriaco F. Ebner tenía razón al afirmar en el Epílogo a sus artículos en la revista Brenner que hay “muchas cosas del judaísmo” que han encontrado un lugar en el cristianismo. “Sehr viel Jüdisches”, escribe nuestro autor; nada que ver con los “moltissimi ebrei” “que han encontrado un puesto en el cristianismo” de la traducción italiana de Nunzio Bombaci, buena en su conjunto, que quizá ha querido “suavizar” la expresión original. “Hay salmos de David que a un cristiano no le servirían de oración”, explica Ebner.

El mismo Jesús insinuó de algún modo que quien cree en él no necesita más revelación, pues ya ha encontrado la vida verdadera. “Estudiáis las Escrituras pensando encontrar en ellas vida eterna; son ellas las que dan testimonio en mi favor y no queréis acudir a mí para encontrar esa vida” (Jn 5, 39-40, en la traducción de Juan Mateos y L. Alonso Schökel).

Nos convendría seguir repensando algunos conceptos de nuestra teología fundamental: revelación, inspiración, autoridad de la Escritura…Porque, aunque es verdad que se ha hecho una gran labor en este sentido antes y después de la aprobación en el concilio Vaticano II de la Dei Verbum, de Benoit a Rahner y a Torres Queiruga, no es menos cierto que seguimos siendo excesivos y exagerados en la explicación que damos de nuestra propia fe, como si la Iglesia tuviera el monopolio del Espíritu Santo. Nuestras Escrituras, decimos, son “sagradas”, han sido escritas “bajo la inspiración del Espíritu Santo”, enseñan “sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra” (DV, 11). Pero también la Dei Verbum dice que los hagiógrafos son “verdaderos autores” que lógicamente tienen el lenguaje y el modo de pensar de su tiempo (cf. DV, 12). Y hay que atender a esa verdad consignada “para nuestra salvación”.

En las últimas elecciones en Polonia ha tenido un papel importante una visión conservadora de la vida que encuentra un gran apoyo en lecturas fundamentalistas de la Escritura en los temas de la diversidad sexual. Lo ha señalado Mario Vargas Llosa en “La plaga del arcoíris” (El País, 19 de julio de 2020). Su artículo se hace eco de un escrito de la periodista Anne Applebaum, casada con un polaco. Esta periodista revela cómo ha sido la campaña contra los homosexuales la que ha permitido al presidente Duda ganar un segundo mandato, aunque por muy pocos votos. Su adversario Trzaskowski, alcalde de Varsovia, había prometido apoyar a los hombres y a las mujeres homosexuales.

“Los LGTB no son el pueblo – declaró Andrzej Duda – ; son una ideología más destructiva que el comunismo”. Quieren destruir la familia. No tienen corazón polaco. Obedecen a impulsos foráneos, alemanes y judíos. Estos son los tintes homófobos, xenófobos y antisemitas que Duda exhibió en su campaña. Vargas Llosa sigue comentando el artículo de Applebaum para señalar que la jerarquía de la Iglesia católica polaca, al parecer también muy conservadora, cree, como lo hacía Juan Pablo II, que los homosexuales constituyen “la plaga del arcoíris”.

Las agresiones al colectivo LGTB en Polonia han sido denunciadas por la prensa internacional. Algo parecido sucede en Rusia, con Putin apoyado por la iglesia ortodoxa. Lo vimos también en Francia en 2014 con la “Manif pour tous”. Y ocurre en muchas sociedades de otros continentes.

Sigue habiendo en muchos países una doctrina sobre la sexualidad que fomenta el odio y la violencia. Se instrumentaliza una interpretación integrista de las Escrituras para conseguir el poder y a veces las iglesias miran para otro lado. Ayer el fanatismo religioso emprendía cruzadas o mandaba a la hoguera a Jan Hus y a Miguel Servet y hoy señala y golpea al diferente. Usar la violencia para imponer nuestra verdad, en nombre de Dios, del bien o de la justicia, ha sido siempre la gran tentación. En dictaduras de derechas y de izquierdas. Sigue existiendo en ciertos ambientes que se dicen cristianos una historia criminal. El papa Francisco quiere acabar con la venia a los mafiosos. Es también contrario a los lobbies clericales hipócritas, financieros o de otro color.

Acostumbrados a las grandes palabras como sacralidad, verdad, autoridad, infalibilidad, nos olvidamos de otras como honestidad, diálogo, fraternidad y humanidad. De estos últimos valores el libro “Homosexualidades y Cristianismo en el s. XXI” es un digno testimonio. Los que han participado en esta obra son también Iglesia. Han dado un significativo paso adelante para que un día la comunidad cristiana sea más fiel al Evangelio.

Fuente Religión Digital

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“Habitar en un espacio creado por Jesús”. 23 Tiempo ordinario – A- (Mateo 18, 15-20)

domingo, 6 de septiembre de 2020
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forgivenessAl parecer, a las primeras generaciones cristianas no les preocupaba mucho el número. A finales del siglo I eran solo unos veinte mil, perdidos en medio del Imperio romano. ¿Eran muchos o eran pocos? Ellos formaban la Iglesia de Jesús, y lo importante era vivir de su Espíritu. Pablo invita constantemente a los miembros de sus pequeñas comunidades a que «vivan en Cristo». El cuarto evangelio exhorta a sus lectores a que «permanezcan en él».

Mateo, por su parte, pone en labios de Jesús estas palabras: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». En la Iglesia de Jesús no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia o por miedo. Sus seguidores han de estar «reunidos en su nombre», convirtiéndose a él, alimentándose de su evangelio. Esta es también hoy nuestra primera tarea, aunque seamos pocos, aunque seamos dos o tres.

Reunirse en el nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia entera en torno a él y desde su horizonte. Un espacio espiritual bien definido no por doctrinas, costumbres o prácticas, sino por el Espíritu de Jesús, que nos hace vivir con su estilo.

El centro de este «espacio Jesús» lo ocupa la narración del evangelio. Es la experiencia esencial de toda comunidad cristiana: «hacer memoria de Jesús», recordar sus palabras, acogerlas con fe y actualizarlas con gozo. Ese arte de acoger el evangelio desde nuestra vida nos permite entrar en contacto con Jesús y vivir la experiencia de ir creciendo como discípulos y seguidores suyos.

En este espacio creado en su nombre vamos caminando, no sin debilidades y pecado, hacia la verdad del evangelio, descubriendo juntos el núcleo esencial de nuestra fe y recuperando nuestra identidad cristiana en medio de una Iglesia a veces tan debilitada por la rutina y tan paralizada por los miedos.

Este espacio dominado por Jesús es lo primero que hemos de cuidar, consolidar y profundizar en nuestras comunidades y parroquias. No nos engañemos. La renovación de la Iglesia comienza siempre en el corazón de dos o tres creyentes que se reúnen en el nombre de Jesús.

José Antonio Pagola

 

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“Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. Domingo 06 de septiembre de 2020. 23º domingo de tiempo ordinario

domingo, 6 de septiembre de 2020
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46-OrdinarioA23Leído en Koinonia:

Ezequiel 33,7-9: Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre
Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón.”
Romanos 13,8-10: Amar es cumplir la ley entera
Mateo 18,15-20: Si te hace caso, has salvado a tu hermano

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre nuestra corresponsabilidad comunitaria. La fe, o más ampliamente dicho, nuestra vida espiritual, es un asunto personal, una responsabilidad absolutamente intransferible, pero como humanos que somos –seres simbióticos al fin y al cabo– la vivimos en el seno de una comunidad. Por eso, también, todos somos de alguna manera responsables de la vida de cada hermano.

Ezequiel es profeta del tiempo del exilio. Se presenta como el vigilante de su pueblo. Otros profetas han utilizado también esta imagen para caracterizar su misión. La actitud vigilante es un rasgo de los profetas. Estar atento a lo que pasa, para alertar y prevenir al pueblo. Y estar siempre atento también a escuchar la Palabra de Dios. Leer los acontecimientos de la historia y interpretarlos a la luz de la Palabra de Dios. El vigilante, celador, velador, centinela o como se le llame en nuestro medio, está pendiente de los peligros que acechan al pueblo. Por eso, el profeta es responsable directo de lo que le pueda pasar. El profeta tiene la misión de abrir los ojos del pueblo. Pero también el pueblo puede aceptar o rechazar esa interpelación profética. Lo que no está bien es pasar por alto y no darse cuenta del peligro.

Pablo en la carta a los romanos invita a los creyentes que edifiquen su vida sobre la base del amor para que puedan responder a los desafíos del momento histórico que a cada creyente y a cada comunidad le toca vivir. El amor es resumen, síntesis vital, compendio de todo tipo de precepto de orden religioso. Así, Pablo entra en perfecta sintonía con la propuesta evangélica. Ciertamente, no es un rechazo rotundo de la ley. Pero el amor supera la fuerza de la ley. Quien ama auténticamente no quiere hacer daño a nadie; por el contrario, siempre buscará la forma de ayudarle a crecer como persona y como creyente. La conversión, la metanoia, es cambio rotundo de mente y corazón. Quién se convierte asume el amor como única “norma” de vida. El amor se traduce en actitudes y compromisos muy concretos: servicio, respeto, perdón, reconciliación, tolerancia, comprensión, verdad, paz, justicia y solidaridad fraterna.

El evangelio de Mateo nos presenta el pasaje que se ha denominado comúnmente la corrección fraterna. El texto revela los conflictos internos que vivía la comunidad mateana. Nos encontramos, entonces, ante una página de carácter catequético que pretende enfrentar y resolver el problema de los conflictos comunitarios. El pecado no es solamente de orden individual o moral. Aquí se trata de faltas graves en contra de la comunidad. El evangelista pretende señalar dos cosas importantes: no se trata de caer en un laxismo total que conduzca al caos comunitario. Pero tampoco se trata de un rigorismo tal que nadie pueda fallar o equivocarse. El evangelista coloca el término medio. Se trata de resolver los asuntos complicados en las relaciones interpersonales siguiendo la pedagogía de Jesús. No es un proceso jurídico lo que aquí se señala. El evangelista quiere dejar en claro que se trata ante todo de salvar al trasgresor, de no condenarlo ni expulsarlo de entrada. Es un proceso pedagógico que intenta por todos medios salvar a la persona. Ahora bien, si la persona se resiste, no acepta la invitación, no da signos de arrepentimiento… entonces sí la comunidad se ve obligada a expulsarse de su seno. Al no aceptar la oferta de perdón la persona misma se excluye de la comunión.

Nuestro compromiso como creyentes es luchar por la verdad. Nuestras familias y comunidades cristianas deben ser, ante todo, lugares de reconciliación y de verdad. Exigir respeto por las personas que se equivocan pero que quieren rectificar su error es imperativo evangélico. Tampoco se trata de caer en actitudes laxistas o que respalden la impunidad. Pero ante todo, el compromiso con la justicia, la verdad y la reconciliación es una actitud profética.

¿Cómo vivimos los valores de la verdad, la justicia, la reparación y la reconciliación al interior de nuestras comunidades? ¿Qué actitud asumimos frente a los medios de comunicación que manipulan y tergiversan la verdad? ¿Nos sentimos corresponsables de la suerte de nuestros hermanos?

El evangelio de hoy habla también de la comunidad como sujeto de perdón: «Todo lo que aten ustedes en la tierra será atado en el cielo…». Puede ser una oportunidad interesante para hablar tanto de la grave crisis que atraviesa este sacramento en la práctica más extendida en la Iglesia, como de la posibilidad y legitimidad de la reconciliación comunitaria. Véase al respecto el libro de Domiciano Fernández que comentamos más abajo. Leer más…

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