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Domingo de Ramos. 25 de marzo, 2018

domingo, 25 de marzo de 2018
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“El Señor los necesita”.

(Mt 21, 1-10)

El Domingo de Ramos es la puerta grande de la Semana Santa. Después el camino se irá estrechando y haciéndose cada vez más difícil, pero empieza a lo grande.

Jerusalén, la Ciudad Santa, recibe a Jesús entre gritos de júbilo y alabanza. Al llegar Jesús la gente espontáneamente empieza a alfombrar el camino con sus capas y con ramos. Y aclaman al que llega: “-Viva, bendito el que viene en nombre del Señor!¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Viva el Altísimo!”

Es una explosión de alegría que nadie sospecha que acabará dramáticamente. O quizá sí. El protagonista parece saber muy bien de qué va la historia. Es una historia de amor entregado.

Pero, ¿esas gentes que gritan alegres pueden sospechar que unos días más tarde vocearán el terrible: “-¡Crucifícale!, ¡Crucifícale!”?

Con todo, ¡no adelantemos acontecimientos! No vale, nosotros ya conocemos el final…

Pero hoy es Domingo de Ramos y en medio de todos esos gritos y gestos de alegría hay un detalle tierno que nos puede pasar desapercibido.

“El Señor los necesita”. ¿A quién necesita el Señor? Tendríamos que preguntar a las personas expertas pero en todo el evangelio solo aparece una necesidad de Jesús y es esta.

Jesús manda a sus discípulos con este recado: “Y si alguien os dice algo, diréis que el Señor los necesita, pero en seguida los devolverá.

¡Una borrica y su pollino! Eso es lo que Jesús necesita, y solo un ratito, porque “los devolverá pronto”. Es el gran día de Jesús, pero él solo necesita una borrica y su pollino. ¿Qué necesitaríamos nosotros si fuera nuestro gran día? ¿Pensaríamos en una borrica? ¡No! También es verdad que aquí, en nuestro primer mundo, una borrica es casi un animal exótico (¿quién ha visto de cerca una borrica en el último año?).

En tiempos de Jesús también era algo especial. No todo el mundo tenía una borrica. El mismo Jesús la toma prestada. Pero ya que tenía que pedirlo prestado podría haber pedido un caballo. Sin embargo a él le va lo humilde y además quiere “necesitarlo”. ¡Qué suerte!

Oración

Déjanos, en este Domingo de Ramos, ser la borrica. Deja que sintamos que nos necesitas. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En la muerte de Jesús descubrimos la Vida.

domingo, 25 de marzo de 2018
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aiss_10Mc 14-15

Como en el caso de la purificación del templo, no podemos pensar que la entrada en Jerusalén fue una manifestación multitudinaria. Hubiera sido la ocasión ideal, que los dirigentes judíos estaban esperando, para prender a Jesús. Probablemente se trató de un pequeño grupo de seguidores que se unieron a los discípulos en aclamaciones espontáneas. Jesús había desarrollado toda su actividad en Galilea, y la mayor parte de los peregrinos que venían a la fiesta eran galileos. Muchos de ellos reconocerían a Jesús, que también subía a Jerusalén, y se unieron a su grupo.

Lo verdaderamente importante en el relato de la pasión, está más allá de lo que se puede narrar. Lo esencial de lo que ocurrió no se puede meter en palabras. Lo que los textos nos quieren transmitir hay que buscarlo en la actitud de Jesús que refleja plenitud de humanidad. Lo importante no es la muerte física de Jesús sino descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para los discípulos. Semana Santa es la ocasión privilegiada para plantearnos la revisión de nuestros esquemas teológicos sobre el valor de la muerte en la cruz.

Estamos en el mejor momento del año para tomar conciencia de la coherencia de toda la vida de Jesús. Dándose cuenta de las consecuencias de sus actos, no da un paso a tras, y las acepta plenamente. Es una advertencia para nosotros, que estamos siempre acomodándonos para evitar consecuencias desagradables. Sabemos que nuestra plenitud está en darnos a los demás pero seguimos calculando nuestras acciones para no ir demasiado lejos, poniendo límites “razonables” a nuestra entrega; sin darnos cuenta de que un amor calculado es egoísmo camuflado.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo frontal y absoluto por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos no eran gente depravada, que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía ser fiel a la voluntad de Dios, que ellos encontraban en la Ley. También para Jesús era prioritaria la voluntad del Padre, pero no la buscaba en la Ley sino en el hombre.

¿Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo? La respuesta no era tan sencilla. Por una parte, Jesús iba claramente contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra, los signos de amor a todos eran una muestra de que Dios estaba con él, como apuntó Nicodemo. Lo mataron porque denunció a las autoridades religiosas que, con su manera de entender la religión, oprimían al pueblo. Le mataron por afirmar, con hechos y palabras, que el valor del hombre concreto está por encima de la Ley y del templo.

¿Por qué murió? No podemos saber lo que Jesús experimentó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco ni era masoquista. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir las poderosas razones que Jesús tenía para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le costaría la vida. Tomó conscientemente la decisión de ir a Jerusalén donde estaba el peligro. Que le importara más ser fiel a sí mismo que salvar la vida es el dato que nosotros debemos valorar. Demostró que la única manera de ser fiel a Dios es ponerse del lado del oprimido.

No se puede pensar en la muerte de Jesús desconectándola de su vida. Su muerte fue consecuencia de su vida. No fue una programación por parte de Dios para que su Hijo muriera en la cruz y de este modo nos librará de nuestros pecados. Jesús fue plenamente un ser humano que tomó sus propias decisiones. Porque esas decisiones fueron las adecuadas, de acuerdo con las exigencias de su verdadero ser, nos han marcado a nosotros el camino de la verdadera salvación. Si nos quedamos con el Hijo, que murió por obediencia al Padre, hemos malogrado su muerte y su vida.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Hay explicaciones teológicas de la muerte de Jesús que se siguen presentando a los fieles, aunque la inmensa mayoría de los exégetas y de los teólogos las han abandonado hace tiempo. No debemos seguir interpretando la muerte de Jesús como un rescate exigido por Dios para pagar la deuda por el pecado. Además de ser un mito ancestral, está en contra de la idea de Dios que el mismo Jesús desplegó en su vida. Un Dios que es amor, que es Padre, no casa muy bien con el Señor que exige el pago de una deuda hasta el último centavo.

Para los discípulos, la muerte fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era verdaderamente Jesús. Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero no pudieron conocer el verdadero significado de su persona. A ese descubrimiento llegaron por un proceso de maduración interior, al que solo se puede llegar por experiencia. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquel Jesús de Nazaret, al Señor, al Mesías al Cristo y al Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Ese mismo recorrido debemos hacerlo nosotros.

A nosotros hoy, la muerte de Jesús nos obliga a plantear la verdadera hondura de toda vida humana. Jesús supo encontrar, como ningún otro ser humano, el camino que debemos recorrer todos para alcanzar plenitud humana. Amando hasta el extremo, nos dio la verdadera medida de lo humano. Desde entonces, nadie tiene que romperse la cabeza para buscar el camino de mayor humanidad. El que quiera dar sentido a su vida, no tiene otro camino que el amor total, hasta desaparecer.

La interpretación de la muerte de Jesús determina la manera de ser cristiano. Ser cristiano no es subir a la cruz con Jesús, sino ayudar a bajar de la cruz a tanto crucificado que hoy podemos encontrar en nuestro camino. Jesús, muriendo de esa manera, hace presente a un Dios sin pizca de poder, pero repleto de amor, que es la fuerza suprema. En ese amor reside la verdadera salvación. El “poder” de Dios se manifiesta en la vida de quien es capaz de amar entregando todo lo que es.

Meditación

Ningún sufrimiento salva por sí mismo, tampoco el de Jesús.
Lo que salva es la fidelidad a su verdadero ser,
Vivir una verdadera humanidad, es perder el miedo a la muerte.
El miedo a la muerte es la esclavitud más difícil de superar.
Toda opresión nace de esta esclavitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Plenamente Humano.

domingo, 25 de marzo de 2018
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domingo-de-ramosNo se puede ser cristiano sin ser desesperadamente humano (Teilhard de Chardin)

25 de marzo. Domingo de Ramos

Mt 21, 1-11

Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba: ¿Quién es éste? Y la multitud contestaba: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.

En su película Últimos días en el desierto (2015), el director colombiano Rodrigo García explora un Jesús que desde su humanidad transforma a quienes se cruzan en su camino. García no quería mostrar al Jesús divino, elevado, como nos lo han mostrado algunos directores, sino uno más cercano con el que pudiéramos conectarnos de otra manera. Ewan McGregor, actor escocés, desempeña el papel de Jesucristo y de un demonio, que le acecha, le cuestiona y le reta. Jesús le responde, no con la divinidad que yace bajo su piel sino desde su humanidad, contestando con la certeza del que se sabe amado y siguiendo el instinto de su corazón.

Una fuerza interior que le lleva a la plenitud de su ser. Plenitud que, como nos cuenta Alma, Mahler repetía en su versión de artista una y otra vez: “Todas las creaturas de la naturaleza se engalanan sin cesar para Dios. Así que todo hombre tiene tan sólo una obligación: mostrarse ante Dios y ante los hombres tan hermoso como sea posible.

Y plenitud, como la que nos propone alcanzar “La danza de la flor”. La he danzado un jueves en Másquesilencio. Me encanta su forma y su significado, y también la música que mentalmente pongo en ella. De pie, el cuerpo erguido, pienso en la esencia de mi ser que, como el de todo rosal, hunde sus raíces en la tierra. Intento darle vida y, para ello, abro en cruz los brazos, doblo levemente las rodillas y, bajando el cuerpo, hago ademán de recoger en el cuenco de las manos la semilla que nace en el campo. Con ellas, juntas en gesto de oración, las elevo hasta mi corazón, las abro sobre él para entregársela y que le dé calor. Torno a cerrarlas, y las vuelvo a subir por el centro de mi rostro como haciéndola crecer hasta ser árbol. Voy abriendo mis brazos y los elevo con las manos abiertas hacia arriba hasta acariciar el cielo. Ofrezco esa simiente a la tierra que la crio y ha dado vida, y a cuantos crecen y viven en virtud de su fuerza. Finalmente bajo de nuevo las manos hacia el suelo, le doy gracias, y repito el gesto de devolverle la semilla para que continúe naciendo y dando frutos en eterna sementera. Te invito a bailar mi “Danza de la flor” y a ser feliz haciéndolo, como quizás lo fueron los que aclamaron a Jesús en su entrada en Jerusalén este domingo de mantas, de palmas y de ramos.

El jesuita granadino Leandro Sequeiros (1942), licenciado en Teología, doctor en Ciencias Geológicas y catedrático de Paleontología, nos propone un triunfante entrar en nuestro particular Jerusalén para reconciliarnos con nosotros mismos y trascendernos. No hace mucho le escuché decir en una conferencia: “Prestigiar, difundir y extender una dimensión espiritual para la armonía y reconciliación del ser humano con la realidad natural y social, puede ser un primer paso para reencontrarse con uno mismo y reivindicar la posibilidad de trascender nuestra propia limitación intelectual, social y emocional. Y todavía no hemos llegado a lo religioso y menos aún a lo cristiano”.

Teilhard de Chardin, otro sabio y también científico como Sequeiros, también reiteró la necesidad de crecer y de dar vida a nuestra vocación de discípulos de Jesús: “No se puede ser cristiano sin ser desesperadamente humano”. ¿No será ésta la respuesta mejor a la pregunta que hacía aquella mañana el pueblo? “Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba: ¿Quién es éste? Y la multitud contestaba: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (Mt. 21, 10-11).

Un profeta visionario, peregrino del Espíritu, que nos enseñó, en boca de San Juan de la Cruz, a darle a la caza alcance.

LA GAVIOTA

Soñé que era gaviota y que volaba
el cercano Ecuador de Tierra y Cielo.
Yo confiado navegaba
al socaire del aire de tus alas.

¿Cómo haces, gaviota,
peregrina del Viento,
para amar nuestra Tierra
y liberarte
de las frías cadenas de los cielos?

”Solamente… ¡¡Porque también yo sueño
realidades!!”

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Verdaderamente este hombre es el hijo de Dios.

domingo, 25 de marzo de 2018
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stlonginDomingo de Ramos

La mujer del perfume y el centurión son dos figuras centrales en los últimos capítulos del evangelio de Marcos. Ella y él van a ser quienes orienten a quien escucha o lee el evangelio en como han de entender este momento de la vida de Jesús. Ellos son intérpretes fiables del significado y consecuencias de la cruz de Jesús.

Lo buscaban para prenderlo

Jesús llega a Jerusalén como un profeta, dispuesto a proclamar el sueño de Dios en la ciudad del poder, a desafiar las fronteras legales y religiosas que impedían a muchos hombres y mujeres tener acceso al encuentro con Dios.

Su acción en el templo había provocado el temor de los poderosos que se sentían desafiados por la autoridad soberana del maestro y comenzaron a buscarle para prenderlo (Mc 14, 1-2).

A Jesús, por su parte, se le conmovían las entrañas por los pequeños y pequeñas de este mundo, explotados, invisibilizados por los rituales ostentosos y los privilegios de unos pocos. Contemplar la ciudad santa con su magnifico templo encogía sus entrañas porque no era así como su Abba quería encontrarse con sus hijos e hijas. Pero el enemigo era poderoso y sabía que permanecer fiel al Dios del reino podía costarle la vida.

La mujer del perfume

En Betania, en casa de Simón el leproso, Jesús comparte la mesa con amigos y discípulos. Una mujer innominada entra y lleva a cabo un gesto de gran osadía que provoca el malestar de muchos de los allí reunidos: ungió a Jesús con perfume.

Los allí presentes, seguramente en su mayoría varones, se sentían honrados de compartir la comida con el maestro, lo escuchan convencidos de la verdad de su mensaje, pero parecen no haber contado con las consecuencias que puede tener entrar a forma parte de la comunidad del Reino. Esta mujer, sin embargo, lo ha entendido y eso le ha dado fuerzas para entrar, quizás sin ser invitada, y derramar sobre la cabeza de Jesús un perfume caro.

Curiosamente nadie se pregunta qué significa el gesto, si no que muchos critican el derroche que supone gastar un perfume tan caro.

Jesús recibe agradecido el gesto de la mujer y comprende porque lo ha hecho. Ella ha ungido solemnemente a Jesús como Mesías, pero lo ha hecho en una casa, sin intermediarios, sin solemnidades, solo con su fe proclamada y expresada a través de un gesto sencillo pero cargado de significado.

El maestro confronta con sus amigos por no saber acoger a la mujer y no solo les explica el valor de lo que ella ha hecho, sino que les invita a recordarlo siempre que se anuncie la buena noticia del Reino.

Esta mujer ha sido capaz de ver más allá y entender que Jesús está comenzando a vivir el momento más duro de su misión y que es ahora cuando hay que apostar con él por arriesgar y entregar la vida. Ella lo unge como mesías, lo confirma en su misión de liberación y reconstrucción de un pueblo hundido y extraviado. Ella, sin palabras, lo proclama mesías porque ya está dicho todo, es el momento definitivo, el momento de la gratuidad, la humildad, la bondad como único argumento.

Por eso su gesto ha de ser recordado, porque la buena noticia es la de un Dios que actúa con misericordia y bondad y nadie puede imponerla, ni condicionarla a rituales y normas. La Buena noticia ha de ser proclamada como el gesto de esta mujer, derrochando y si esperar nada a cambio. Así será también la entrega de Jesús.

Este hombre es verdaderamente el hijo de Dios

El centurión romano, ante la cruz de Jesús, hace la confesión clave de todo el evangelio. Al verlo crucificado entiende lo que sus discípulos no habían entendido: que la grandeza de Jesús no estaba en sus acciones portentosas, sino en su capacidad de dar la vida por entregar el amor al mundo sin reservas, sin condiciones. Él, como el siervo de Isaías, no rompe la caña cascada, ni el pábilo vacilante; se ha dejado vencer para mostrar al Dios de los pequeños/as y desvalidos/as, al Dios que rechaza la venganza, que reconcilia, que pacifica. La divinidad de Jesús es reconocida en su mayor postración su grandeza en su mayor debilidad.

En la mirada de un hombre vencido descubre este pagano la acción salvadora de Dios. En la pasión de su mensaje y su actuar descubre la mujer la gratuidad del Abba que derrocha sin límites amor, perdón y bondad.

Carmen Soto

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Domingo de Ramos

domingo, 25 de marzo de 2018
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laurus-nobilis-1Del blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

01. DOMINGO DE RAMOS: ENTRADA HUMILDE EN JERUSALÉN. 

En el Domingo de Ramos evocamos la entrada de Jesús en Jerusalén. Fue una entrada humilde. Jesús no entra como un presidente o un mesías poderoso. No entra en un carro de combate, ni en una limusina, ni en silla gestatoria.

Jesús entra como un Mesías sencillo, débil, sin parafernalia. Las cosas de Jesús van por otros derroteros, el cristianismo van por otro lado: por la humildad, servicio (siervo de los siervos). 

Necesitamos que entren no los poderosos, los tanques, los grandes economistas, el capital, sino el servicio, la entrega, la bondad.

Cuando entremos en el pueblo, en un ambiente, en la familia, en un pensamiento, mejor es que vayamos sencillamente por la vida y no con prepotencia y poder, juzgando a todos y todo e imponiendo nuestras teologías y leyes.

JesuCristo entra también en nuestra vida con la misma sencillez que en Jerusalén. No lo convirtamos en un mesías autoritario y prepotente.

Nuestra entrada en la vida ¿se parece a la de Jesús?

02. ESTA ES NUESTRA TRADITIO.

cruzPara nosotros, -mejor o peor: cristianos-, la Semana Santa es muy valiosa. Y cuanto más sencilla, más valiosa. En ella celebramos cuestiones de hondo calado humano y existencial: la humildad en la vida, la actitud de servicio a los demás (lavatorio de los pies), el pan de vida, acogemos el perdón que desciende de la cruz, miramos con hondura y esperanza la muerte y la Vida (Resurrección).

Es lo que hemos recibido (traditio), lo que se nos ha entregado. Es lo que da sentido a nuestra vida. Lo que celebramos en Semana Santa es de una gran densidad existencial.

Con respeto hacia otras culturas y tradiciones, así mismo con respeto hacia quienes consideran la Semana Santa como unas vacaciones de verano anticipadas, como cristianos disfrutamos en silencio y en nuestro interior aquello que da sentido a nuestra vida.

03. CONFIANZA RADICAL DE JESÚS EN DIOS PADRE.

Jesús es muy consciente de la situación, de su situación. No huye.

El domingo de Ramos termina en el domingo de Pascua. El Éxodo termina en la libertad y en la tierra de promisión, la muerte en la Vida.

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El cuerpo de Cristo, nuestro cuerpo

miércoles, 21 de marzo de 2018
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Del blog de Henri Nouwen:

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«Al reunirnos para la eucaristía nos reunimos en el nombre de Jesús que nos convoca para recordar juntos su muerte y resurrección en la partición del pan. En ella Él está verdaderamente entre nosotros. ‘Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos‘. (Mateo 18,20).

La presencia de Jesús entre nosotros, y bajo las especies de pan y vino, son la misma presencia. Así como le reconocemos en la partición del pan, le reconocemos también en nuestros hermanos. Cuando nos damos el pan los unos a los otros diciendo ‘Este es el cuerpo de Cristo’. nos damos también los unos a los otros diciendo ‘Nosotros somos el cuerpo de Cristo’. Es uno y el mismo acto de dar, es uno y el mismo cuerpo y uno y el mismo Cristo. «

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Henri Nouwen

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La Ley de la semilla: Jesús vence perdiendo…

domingo, 18 de marzo de 2018
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En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos griegos; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

– “Señor, quisiéramos ver a Jesús.”

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó:

– “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará.

Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.”

Entonces vino una voz del cielo:

– “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel. Jesús tomó la palabra y dijo:

– “Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí.”

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

*

(Juan 12,20-33)

*

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Hablar del anonadamiento de Jesús es ciertamente una tarea imposible. El hombre Jesús vence perdiendo. Vence negándose a sí mismo como hombre el poder de dominar, de afirmarse frente a los otros y sobre los otros. De esta realidad tenía una conciencia muy lúcida que transparentaba en toda su enseñanza y en toda su vida.

Investigadores curiosos o gente ansiosa de conocimientos o experiencias excepcionales, algunos griegos querían verle en sus últimas días en Jerusalén. Jesús utiliza esa bellísima imagen que tanto recuerda la parábola del Reino de los Cielos: «Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 1 2,24). El grano de trigo no es otro que él mismo: Jesús. La kénosis de la encarnación llegará a sus últimas consecuencias en la pasión y muerte de cruz. Pero la imagen del grano de trigo que muere y produce la espiga y luego el pan, tiene también una relación evidente con el misterio de la eucaristía.

La vitalidad de esa semilla sepultada es prodigiosa. La ley de la semilla es morir para multiplicarse: no tiene otro sentido ni otra función que la de ser un servicio a la vida. Lo mismo el anonadamiento de Jesucristo: germen de vida sepultado en la tierra. Para Jesús, amar es servir y servir es desaparecer en la vida de los otros, morir para hacer vivir.

Todo don de sí mismo es una semilla de amor que hace que nazca amor. Allí donde es más difícil aceptar el anonadamiento de ser esclavos unos de otros y de ser comidos por los otros, es donde se cosecha más abundantemente el fruto de la caridad.

Que el Señor nos conceda llegar a esta entrega total de nuestro ser cada vez que deseemos demostrar lo que valemos con discursos de niñatos petulantes y desconsiderados. Que nos conceda sumergirnos en su misterio de humildad y de gloria a pesar de nuestra incapacidad de comprenderlo

*

A. M. Cánopi,
L’annientamento di Cristo, perpetuato nel mistero eucaristico…, en «Deus absconditus»,
Ghiffa 1980, 60-69, passim.

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“Confianza absoluta”. 5 Cuaresma – B (Juan 12, 20-33)

domingo, 18 de marzo de 2018
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05_cuar_b-600x399Nuestra vida discurre, por lo general, de manera bastante superficial. Pocas veces nos atrevemos a adentrarnos en nosotros mismos. Nos produce una especie de vértigo asomarnos a nuestra interioridad. ¿Quién es ese ser extraño que descubro dentro de mí, lleno de miedos e interrogantes, hambriento de felicidad y harto de problemas, siempre en búsqueda y siempre insatisfecho?

¿Qué postura adoptar al contemplar en nosotros esa mezcla extraña de nobleza y miseria, de grandeza y pequeñez, de finitud e infinitud? Entendemos el desconcierto de san Agustín, que, cuestionado por la muerte de su mejor amigo, se detiene a reflexionar sobre su vida: «Me he convertido en un gran enigma para mí mismo».

Hay una primera postura posible. Se llama resignación, y consiste en contentarnos con lo que somos. Instalarnos en nuestra pequeña vida de cada día y aceptar nuestra finitud. Naturalmente, para ello hemos de acallar cualquier rumor de trascendencia. Cerrar los ojos a toda señal que nos invite a mirar hacia el infinito. Permanecer sordos a toda llamada proveniente del Misterio.

Hay otra actitud posible ante la encrucijada de la vida. La confianza absoluta. Aceptar en nuestra vida la presencia salvadora del Misterio. Abrirnos a ella desde lo más hondo de nuestro ser. Acoger a Dios como raíz y destino de nuestro ser. Creer en la salvación que se nos ofrece.

Solo desde esa confianza plena en Dios Salvador se entienden esas desconcertantes palabras de Jesús: «Quien vive preocupado por su vida la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella la conservará para la vida eterna». Lo decisivo es abrirnos confiadamente al Misterio de un Dios que es Amor y Bondad insondables. Reconocer y aceptar que somos seres «gravitando en torno a Dios, nuestro Padre. Como decía Paul Tillich, «aceptar ser aceptados por él».

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. Domingo 22 de marzo de 2015. Domingo quinto de Cuaresma

domingo, 18 de marzo de 2018
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23-cuaresma B5 cerezoDe Koinonia:

Jeremías 31,31-34: Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados. 
Salmo responsorial: 50: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. 
Hebreos 5,7-9:  Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna. 
Juan 12,20-33: Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.

En medio de la aflicción que se siente al ver Jerusalén destruida y a los judíos divididos entre los que se quedaron y los que fueron deportados, se oyen las palabras del profeta Jeremías como un canto al perdón y la esperanza. Con razón los expertos llaman a estos capítulos de Jeremías el «libro de la consolación». Dios quiere comenzar de nuevo con su pueblo, proponiendo sellar una «nueva alianza», que genere relaciones nuevas entre Dios y su pueblo. ¿Qué tipo de alianza? Una que ya no esté escrita en tablas sino en el corazón mismo del ser humano. Dios deja claro que no es la simple ley, por sí misma, sino su espíritu, lo que nos acerca a Dios. Cuando se tiene a Dios «en el corazón», la ley se humaniza, se des-absolutiza, se acata desde el corazón, sin legalismos, con sinceridad, y el ser humano entra a formar parte del pueblo de Dios. Con ello, el otro regalo que nos hace Dios es acceder gratuitamente a su conocimiento. No hay que pagar ni matrícula ni mensualidades, no hay que ser mayor o menor, ni de una raza u otra: Dios se revela en la historia de cada pueblo, sin discriminaciones, sin olvidar a ninguno.

La carta a los hebreos destaca las actitudes de Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. El pasaje recuerda la escena del huerto de los Olivos, cuando Jesús ora al Padre ante la posibilidad de ser librado de la muerte. La oración tuvo como efecto el fortalecer a Jesús para llevar a cabo su misión, no ahorrarle la realización de la misión. Los cristianos tenemos mucho que aprender en este sentido, pues, la mayoría de las veces, nuestras palabras más que oraciones o súplicas parecen «órdenes dadas a Dios para que no se haga su voluntad». El texto nos acerca también al sufrimiento que asume Jesús como prueba de su obediencia a los designios del Padre. Oración y sufrimiento de Jesús son signos concretos de esta solidaridad que comparte con toda la Humanidad. Por este acercamiento tan perfecto a la voluntad del Padre es por lo que Jesús se convierte en manifestación de la presencia de Dios entre nosotros, camino y modelo de salvación abierto a todos los hombres y mujeres del mundo.

En el evangelio de Juan vemos a judíos -o convertidos al judaísmo- que vienen a Jerusalén con motivo de la fiesta pascual. En medio de la caravana aparecen algunos griegos que aprovechan para pedir a Felipe: «quisiéramos ver a Jesús». La pregunta no es «¿dónde está?», a lo que probablemente cualquiera les hubiera respondido con una información adecuada, sino una petición que va unida al deseo de la mediación de los discípulos para conocer personalmente a Jesús. Los discípulos son reconocidos por su cercanía al maestro y se convierten en mediadores, testigos y compañeros de camino para quienes quieren ver a Jesús. El hecho de que sean griegos quienes buscan a Jesús tal vez quiera ser un símbolo de universalidad del evangelio, pues «incluso los paganos buscan a Jesús». La ocasión es aprovechada para anunciar que el tiempo de las palabras y los signos está llegando a su fin, pues se acerca la «hora» del «signo» mayor: su pasión y muerte en la cruz.

Jesús acude a una breve parábola. Sólo el grano de trigo que muere da mucho fruto. Esta brevísima parábola presenta una vez más, de otro modo, la lección fundamental del Evangelio entero, el punto máximo del mensaje de Jesús: el amor oblativo, el amor que se da a sí mismo, y que por ese perderse a sí mismo, por ese morir a sí mismo, genera vida.

Estamos ante una de las típicas «paradojas» del evangelio: «perder» la vida por amor es la forma de «ganarla» para la vida eterna (o sea, de cara a los valores definitivos); morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir, entregar la vida es la mejor forma de retenerla, darla es la mejor forma de recibirla… «Paradoja» es una figura literaria que consiste en una «contradicción aparente»: perder-ganar, morir-vivir, entregar-retener, dar-recibir… Parecen dimensiones o realidades contradictorias, pero no lo son en realidad. Llegar a darse cuenta de que no hay tal contradicción, captar la verdad de la paradoja, es descubrir el Evangelio.

Y estamos ante un punto alto de la revelación cristiana. En Jesús, se expresa una vez más el acceso de la Humanidad a la captación esta paradoja. En la «naturaleza», en el mundo animal sobre todo, el principal instinto es el de la auto-conservación. Es cierto que hay mecanismos diríamos «altruistas» controlados hormonalmente para acompañar los momentos de la reproducción y la cría de la descendencia o para la defensa de la colectividad, pero no se trata verdaderamente de «amor», sino de instinto, un instinto puntual excepcional sobre el gran instinto de la auto-conservación, que centra al individuo sobre sí mismo. La naturaleza animal está centrada sobre sí misma. Lo que pueda ser contrario a esta regla no es más que una excepción que la confirma.

El ser humano, por el contrario, se caracteriza por ser capaz de amar, por ser capaz de salir de sí mismo y entregar su vida o entregarse a sí mismo por amor. La humanización u hominización sería ese «descentramiento» de sí mismo, que es centramiento en los demás y en el amor. La parábola que estamos reflexionando expresa un punto alto de esa maduración de la Humanidad; tanto, que puede ser considerada como una expresión sintética de la cima del amor. En el fondo, esta parábola equivale al mandamiento nuevo: «Éste es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros ‘como yo’ les he amado; no hay mayor amor que ‘dar la vida’» (Jn 15,12-13). Las palabras de Jesús tienen ahí también pretensión de síntesis: ahí se encierra todo el mensaje del Evangelio. Y en realidad se encierra ahí todo el mensaje religioso: también las otras religiones han llegado a descubrir el amor, la solidaridad… el «descentramiento» de sí mismo como la esencia de la religión. Jesús es una de esas expresiones máximas de la búsqueda de la Humanidad, y del avance de la presencia de Dios en su seno…

Si las semillas somos nosotros, ¿a qué debemos morir? Esta hora neoliberal que vive el mundo, aunque se haya dado un notable avance en aspectos como la tecnología, la intercomunicación mundial, y hasta un notable desarrollo económico (tremendamente desequilibrado), no podemos dejar de descubrir un cierto «retroceso» en humanización: frente al pensamiento utópico, a las «ideologías» (en el sentido positivo de la palabra) que buscaban la «socialización» humana, la realización máxima posible de la solidaridad entre los humanos y la colectividad, la realización de una sociedad fraterna y reconciliada, tras el fracaso simplemente económico, militar o tecnológico de alguno de los sectores en conflicto, ha acabado por imponerse la vuelta a una economía supuestamente «natural», descontrolada, sin intervención, dejada al azar de los intereses de los grupos, llegándose a proclamar que «la persecución del propio interés sería la mejor manera de contribuir para el bien común» [fisiocracia, Tableau de Quesnay…]. El neoliberalismo, con su programa de «adelgazamiento del Estado», su disminución de los programas sociales y la proclamación de un mercado supuestamente «libre», ha vuelto a hacer de la sociedad humana una «ley de la selva», donde cada uno busca su propio interés, incluso creyendo, paradójicamente, que con ese interés propio es como mejor colabora al bien común…. Es una ideología enteramente contraria al Evangelio, y contraria al mensaje de todas las religiones. Es por eso que podemos considerarla como la proclamación de una nueva religión, la del egoísmo insolidario. Afortunadamente hay cada vez más señales de que este eclipse de la solidaridad y este retroceso de la hominización trasparenta cada vez más su verdadera naturaleza, y la inconformidad surge por doquier. «Otro mundo es posible», a pesar del esfuerzo de la propaganda neoliberal por convencernos de que «no hay alternativa» y de que estamos en el «final (insuperable) de la historia»… Si, con el evangelio, creemos que «no hay mayor amor que dar la vida», que la ley suprema es «morir como el grano de trigo: para dar vida» (evangelio de este domingo), deberíamos comprometernos en hacer que la sociedad se concientice sobre la necesidad de superar políticas económicas tan «naturales» y tan poco «sobrenaturales» como la actual política neoliberal.

Post-data crítica sobre el evangelio de Juan

El evangelio de ese domingo y de estas semanas es el de Juan. Un evangelio bien diferente de los sinópticos. El último que se escribió. Un evangelio que refleja una reflexión y una elaboración teológica muy sofisticada, de difícil comprensión, con frecuencia: el evangelio de la comunidad de Juan. Leer más…

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18. 3.18. Si el grano de trigo no muere. Una teología de la Cruz

domingo, 18 de marzo de 2018
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24027178Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 5 cuaresma Jn 12, 20-33. Si el grano de trigo no muere, es decir, si el hombre no regala su vida, no la convierte en don para los otros, termina perdiéndose a sí mismo. Este es el mensaje radical de este quinto domingo de Cuaresma: Morir de vida, no de muerte, morir haciendo que otros vivan, es decir, en efusión de amor.

Si el grano de trigo no muere… Se trata de saber morir, morir dando vida, en un plano individual, familiar, eclesial y social. Esa es la Cruz Cristiana.

Teresa de Jesús y Juan de la Cruz han dicho las cosas más hondas sobre el tema: Sólo quien muere dando vida (como el gusanito de seda, como el grano de trigo…) podrá vivir dando vida a los demás. Esa es la verdadera Cruz, que judíos como el pintor Chagall nos han enseñado a descubrir, una cruz que indica la dureza de la vida, el odio y la persecución… y el inmenso amor de Dios que se revela a través de ella.

El grano de trigo muere por muerte natural, dentro del ciclo de la vida… Los hombres, en cambio, muriendo por ley de vida como el trigo y como los vivientes (dejando con su muerte un espacio de vida para los que siguen), pueden morir también por amor (por entrega de vida), en medio de un mundo de maldad que les persigue (precisamente a favor de aquellos mismos que les persiguen).

29027473_947537888756737_7521650727251539058_nPero éste no es un tema puramente individual, sino de Iglesia, que no es un edificio que se alza, se extiende, se impone por su grandeza sobre el mundo,sino un espacio de cruz (incluso arquitectónicamente, con sus dos variantes: Cruz griega y cruz latina).

Un amigo me decía, con algo de humor, que hay dos evangelios:

Un evangelio para los “santos” a los que se aplica esto del “grano de trigo…”, es decir, la doctrina que enseñó Jesús a Pedro: Quien quiera seguirme, tome su (mi) cruz…

Y otro Evangelio para la Institución Eclesial que, a pesar de lo que dije Jesús a Pedro, sigue empeñándose en triunfar…

29136007_947538485423344_1549798125983256379_nPero, en contra de eso, no se trata de enseñar a morir bien a otros, sino de morir nosotros demos vida, regalando lo que somos, de un modo generoso… pues aquello que no se da se pierde, aquello que no se regala se pudre…

Esto sucede incluso con el dinero. No se trata de guardar con avaricia mil euros o millones… Se trata de aprender a dar, a compartir… En otras palabras, si no sabemos vivir dando vida nos destruimos. Sólo el que pierde la vida la gana.
La reflexión que sigue está tomada de un trabajo que escribí hace el año 1980 para la revista Communio, que por entonces era de Comunión y Liberación. Buen día a todos.
Imágenes. Una cruz hispana… Dos cruces «judías» de Chagall.

Si el grano de trigo no muere, el signo de la Cruz

Texto Jn 12, 20 ss

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo se pierde,
y el que se aborrece a sí mismo en este mundo
se guardará para la vida eterna.

Y cuando yo sea elevado sobre la tierra
atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender
la muerte de que iba a morir.

La Esfera y la Cruz

En las reflexiones que siguen inteno fijar los elementos fundamentales del signo cristiano de la cruz. Frente a la esfera de la razón que se absolutiza clausurándose en sí misma, la cruz remite al hombre dislocadamente y creadoramente abierto, al hombre que es capaz de dar la vida por los demás.

Recordemos las palabras que Chesterton ha puesto en boca de Satán:

«La esfera es razonable, la cruz irrazonable;
la esfera es necesaria, la cruz arbitraria.
Sobre todo, la esfera constituye unidad en sí misma;
la cruz está primordialmente y sobre todas las cosas en discordia consigo misma»

(La esfera y la cruz, cap. I).

Frente a la lógica cerrrada, la necesidad interna y la plenitud autoclausurada de la esfera, perpetuamente idéntica, nosotros, los cristianos, elevamos la señal abierta y aparentemente contradictoria (creadora) de la cruz. Su irrazonable arbitrariedad se nos transforma en lugar de razón superior, su discordia es principio de reconciliación redentora.

La cruz se ha convertido dentro de la historia de los hombres en el signo de la confrontación e interrogación universal (cfr. 1 Cor. 1, 18 ss.). Frente a ella chocan y en relación con ella cobran su sentido los grandes símbolos religiosos de la humanidad, estrella y luna, fuego y agua, lo mismo que los nuevos emblemas de la ciencia, la revolución o el progreso: esfera y llana, hoz y martillo.

En las reflexiones que siguen, al lado de ese nivel de confrontación más universal y más lejano de las religiones y culturas, queremos desarrollar nuestro pensamiento en relación directa con la «theologia crucis» de la tradición protestante, reflejada en la actualidad por hombres como J. Moltmann (El Dios crucificado) y E. Jüngel (Gott als Geheimnis der Welt, Dios como misterio del mundo).

Debido al tono y finalidad del trabajo, este segundo nivel de confrontación se moverá en el plano de los planteamientos generales. Por eso, no entraré en polémica, no ofreceré comparaciones concretas, no analizaré proposiciones de otros pensadores. Baste con indicar que el hilo de mi reflexión está inspirado en las obras referidas y que, por encima de ellas, pretendo fijar con radicalidad el carácter divino (es decir, humano) del signo de la cruz.

Este último objetivo me sitúa en línea de confrontación interna dentro de la misma tradición católica.

¿Puede hablarse de cruz en términos intradivinos?

¿Quién se atreverá a afirmar que el amor del Padre al Hijo y viceversa puede hallarse enmarcado por los signos de la sangre y de la cruz? Intentaremos responder afirmativamente.

De esta forma, este pequeño trabajo acabará siendo lugar de confrontación intra-católica. Todo eso lo hacemos de manera muy velada, sin imponer criterios, sin marcar soluciones. Simplemente quisiéramos ofrecer una posibilidad de comprensión y de vivencia ampliada de) signo de la cruz, allá donde se juntan los caminos del Dios que se autorrealiza y del hombre que se hace.

1. Cruz e historia de Jesús.

La cruz de los cristianos pertenece al campo de los símbolos primordiales que enmarcan el misterio de la vida, ofreciendo incentivos para amar y sufrir, pensar y esperar. Por eso, su sentido no se muestra con razones, se descubre con la vida; su verdad no se estructura en pensamientos, se traduce en un proceso experiencial que transfigura desde dentro la existencia.

Debemos encuadrar la cruz sobre el campo de los grandes signos religiosos de la humanidad, como la estrella de Israel o la media luna del Islam. Para Israel, la estrella de Jacob-David (cfr. Núm. 24,17) enciende la esperanza de la nueva tierra, simboliza la utopía del hombre que concibe su verdad como camino, anuncia la llegada del culmen de la historia. La media luna de los musulmanes significa de manera inmejorable la vivencia de la condición humana como ritmo fatal de vida y muerte, expresión de un destino necesario. Leer más…

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Angustia y oración. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo B

domingo, 18 de marzo de 2018
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si el grano de trigo muere germina y da frutoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La primera lectura, de tono profundamente optimista, anuncia una nueva alianza entre Dios y el pueblo. Todo tendrá lugar de forma fácil, casi milagrosa, sin especial esfuerzo para Dios ni para nosotros. En cambio, las dos lecturas siguientes ofrecen una imagen muy distinta: la nueva alianza entre Dios y el pueblo implicará un duro sacrificio para Jesús. Un sacrificio que le sumerge en la angustia y le mueve a rezar al Padre. Esta trágica experiencia se recuerda hoy en dos versiones distintas: la de Juan, y la de la Carta a los Hebreos, que recoge el famoso relato de la oración del huerto de los olivos contado por los evangelios sinópticos.

Oración en el templo (evangelio)

El cuarto evangelio enfoca el relato de la pasión de manera peculiar, bastante distinta a la de los sinópticos: no acentúa el sufrimiento de Jesús sino el señorío y la autoridad que demuestra en todo momento. Por eso no cuenta la oración del huerto. Pero unos días antes sitúa una experiencia muy parecida de Jesús en la explanada del templo de Jerusalén.

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

-Señor, quisiéramos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó:

-Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hambre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo:

-Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

-Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

El evangelio comienza y termina en tono de victoria. El triunfo inicial se concreta en el deseo de algunos de conocer a Jesús (es secundario que se trate de “gentiles”, paganos, como dice la traducción litúrgica, o de “judíos de lengua griega” residentes en otros países que han venido a celebrar la fiesta de Pascua). Y ese triunfo, reflejado en el interés de unos pocos, alcanza dimensiones universales al final: “atraeré a todos hacia mí”.

                  Pero este marco de triunfo encuadra una escena trágica: Jesús es consciente de que para triunfar tiene que morir, como el grano de trigo, tiene que ser “elevado sobre la tierra”, crucificado. Ante esta perspectiva confiesa: “me siento agitado”, angustiado. E intenta superar ese estado de ánimo con la reflexión y la oración. Ante todo, procura convencerse a sí mismo de la necesidad de su muerte: igual que el grano de trigo tiene que pudrirse en tierra para producir fruto. Sin embargo, los argumentos racionales no sirven de mucho cuando uno se siente angustiado. Viene entonces el deseo de pedirle a Dios: “Padre, líbrame de esta hora”. Pero se niega a ello, recordando que ha venido precisamente para eso, para morir. En vez de pedir al Padre que lo salve le pide algo muy distinto: “Padre, glorifica tu nombre”. Lo importante no es conservar la vida sino la gloria de Dios.

Oración en el huerto (Carta a los Hebreos)

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

oracion-del-huerto-2El relato de los evangelios sinópticos es muy conocido: Jesús marcha al huerto de los olivos la noche en que será apresado. Sabe que va a morir, siente profunda angustia, y por tres veces reza al Padre pidiéndole que, si es posible, le evite ese trago amargo. La Carta a los Hebreos no se detiene a contar lo ocurrido. Pero recuerda lo trágico del momento cuando afirma que Jesús rezó “a gritos y con lágrimas”, cosa que no menciona ninguno de los evangelios. Y lo que pedía (“pase de mí este cáliz”) lo sugiere al decir que suplicaba “al que podía salvarlo de la muerte”.

Sin embargo, el final de la lectura es optimista: Jesús salva eternamente a quienes le obedecen. En medio de este contraste entre tragedia y triunfo, unas palabras desconcertantes: “en su angustia fue escuchado”. Quizá el autor piensa en el relato de Lucas, que habla de un ángel que viene a consolar a Jesús. Pero quien conoce el evangelio advierte la ironía o el misterio que esconden estas palabras: Jesús es escuchado, pero muere.

El templo y el huerto

Es evidente la relación entre las dos lecturas. En ambos casos Jesús se siente agitado (Juan) o angustiado (Hebreos). En ambos casos recurre a la oración. En ambas lecturas, la palabra final no es la muerte, sino la victoria de Jesús y, con él, la de todos nosotros. Pero, dentro de estas semejanzas, hay una gran diferencia con respecto a la oración de Jesús: en el evangelio, se niega a pedir al Padre que lo salve, sólo quiere la gloria de Dios, por mucho que le cueste; en la Carta, Jesús suplica “a gritos y con lágrimas” para ser salvado de la muerte.

                  La ciencia bíblica actual tiende a considerar estos relatos dos versiones distintas de la misma experiencia de Jesús. Pero durante años y siglos estuvo de moda la tendencia a armonizar los datos del evangelio. En esta postura, los relatos ofrecen dos momentos sucesivos de su experiencia humana y religiosa.

                  En un primer momento, ante la angustia de la muerte, se refugia en la reflexión racional (he venido para morir como el grano de trigo) y se niega a pedirle al Padre que lo salve. Al cabo de pocos días, cuando la pasión y muerte no son una posibilidad sino una certeza, reza con gritos y lágrimas, sudando sangre (como añade Lucas): “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”. Una reacción más humana, pero perfectamente compatible con lo que cuenta Juan.

A las puertas de la Semana Santa, la experiencia y la reacción de Jesús son un ejemplo excelente que nos anima en nuestros momentos de angustia y desánimo, y nos mueve a agradecerle su entrega hasta la muerte.

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Quinto Domingo de Cuaresma. 18 de marzo, 2018

domingo, 18 de marzo de 2018
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cuaresma-v

Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”.

(Jn 12, 20-33)

La glorificación es la entrega total de lo que no soy para vivir lo que soy.

Jesús llega a Jerusalén después del recorrido de una vida, en donde se ha ido conociendo y haciéndose consciente de la misión que su Padre le encomienda .

Poco a a poco, en un desgranar la vida, va “comprendiendo” que la vida es una entrega continuada. Un descentramiento del mi, me, conmigo para dejar todo su espacio y tiempo a la escucha de Su Padre y al anuncio del Reino de los Cielos.

Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”. Y la glorificación en el Evangelio de Juan tiene lugar en la Cruz.

La Cruz, el vaciamiento de las voluntades, es el lugar de la entrega definitiva. La entrega consciente de quien es, del amor que vive y que es.

Pero la gloria, la resurrección, la comprensión pasa por una muerte. La muerte de las pasiones, del no entender, del soltar todas las seguridades, los controles, los afectos.

Jesús se queda desnudo, se vacía, y ahí surge la novedad, el espacio totalmente libre de sí. Pero esto duele, desgarra, hace sentir el miedo, la angustia. Pero todo ello es el precio de una transformación en Vida Nueva. Vivir ya definitivamente para el Padre.

La Cruz es la entrega definitiva, la entrega plena, que conduce a la vida plena.

Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera”.

Jesús podía haber sido el hombre que vivía para los demás. En un desalojo continuado de su ego, pero si no hubiera existido una entrega definitiva, su vida no se hubiera plenificado siendo camino de Vida para los demás.

Solo quien es capaz de morir a si mismo, en oscuridad y soledad, en la tierra de la entrega, es capaz de hacer brotar la esencia que constituye la semilla y germinar nuevas vidas.

Jesús nos ofrece el mejor regalo: correr la misma suerte que Él. La entrega definitiva de la seguridad para vivir en la plenitud de ser.

ORACIÓN

Ayúdanos a desalojarnos de lo que no somos, a entrar sin miedo en la sombras para llegar a esa plenitud que es vivir en TI.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Despliega la Vida de Dios que ya está en ti.

domingo, 18 de marzo de 2018
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resizeimag-aspJn 12, 20-33

Estamos en el cap. 12. Después de la unción en Betania y de la entrada triunfal en Jerusalén, y como respuesta a los griegos que querían verle, Juan pone en boca de Jesús un pequeño discurso que no responde ni a los griegos ni a Felipe y Andrés. Versa, como el domingo pasado sobre la Vida, pero desde otro punto de vista. Aquí la Vida solo puede ser alcanzada después de haber aceptado la muerte. También hoy Jesús es levantado en alto, pero para atraer a todos hacia él. Los “griegos” que quieren ver a Jesús podían ser simplemente extranjeros simpatizantes del judaísmo. El mensaje de Jn es claro: Los judíos rechazan a Jesús, y los paganos le buscan.

Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria de este Hombre. Todo el evangelio de Jn está concentrado en la “hora”. Por tres veces se ha repetido la palabra “hora”; y otras tres, aparece el adverbio “ahora”. Es el momento decisivo de la cruz, en el que se manifiesta la gloria-amor de Dios y de “este Hombre”. En su entrega total refleja lo que es Dios. Todos estamos llamados a esa plenitud humana que se manifiesta en el amor-entrega. Ahora es posible la apertura a todos. El valor fundamental del hombre no depende ni de religión ni de raza ni de cultura. Los que buscaban su salvación en el templo, tiene que descubrirla ahora en “el Hombre”.

Si el grano de trigo no muere, permanece él solo; Declaración rotunda y central para Jn. Dar Vida es la misión de Jesús. La Vida se comunica aceptando la muerte. La Vida es fruto del amor. El egoísmo es la cáscara que impide germinar esa vida. Amar es romper la cáscara y darse. La muerte del falso yo es la condición para que la Vida se libere. La incorporación de todos a la Vida es la tarea de Jesús y será posible gracias a su entrega hasta la muerte. El fruto no dependerá de la comunicación de un mensaje sino de la manifestación del amor total. El amor es el verdadero mensaje. El fruto-amor solo puede darse en la nueva comunidad.

Sabemos que el grano de trigo muere solo en apariencia. Desaparece lo accidental (la pulpa) para ser alimento de lo esencial (el embrión). En la semilla hay vida, pero está latente, esperando la oportunidad de desplegarse. Esto es muy importante a la hora de interpretar el evangelio de hoy. La vida no se pierde cuando se convierte en alimento de la verdadera Vida. La vida biológica cobra pleno sentido cuando se pone al servicio de la Vida. La vida humana llega a su plenitud cuando trasciende lo puramente natural. Lo biológico no queda anulado por lo espiritual, sino potenciado.

Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este, es conservarse para una Vida definitiva. La traducción del griego es muy difícil. Primero habla de “psyche” (vida sicológica) y al final, de “zoen” vida, pero al añadir “aionion” perdurable, eterna, (vitam aeternam), está hablando de una vida trascendente. No es un trabalenguas, está hablando de dos realidades distintas. Hoy podemos entenderlo mejor. Se trata de ganar o perder tu “ego”, falso yo, lo que crees ser o de ganar o perder tu verdadero ser, lo que hay en ti de trascendente.

El amor tiene que superar el apego a la vida biológica y psicológica. En contra de lo que parece, entregar la vida no es desperdiciarla, sino llevarla a plenitud. No se trata de entregarla de una vez muriendo, sino de entregarla poco a poco en cada instante, sin miedo a que se termine. El mensaje de Jesús no conlleva un desprecio a la vida, sino todo lo contrario, solo cuando nos atrevemos a vivir a tope, dando pleno sentido a la vida, alcanzaremos la plenitud a la que estamos llamados. La muerte al falso yo, no es el final de la vida biológica, sino su plenitud. Consciente de esto y perdido el temor a la muerte, nadie ni nada te puede esclavizar.

El que quiera colaborar conmigo, que me siga, “Diakonos” significa servir, pero por amor, no servir como esclavo. Traducir por servidor, no deja claro el sentido del texto. Seguir a Jesús es compartir la misma suerte; es entrar en la esfera de lo divino, es dejarse llevar por el Espíritu. El lugar donde habita Jesús es el de la plenitud del amor. Lo manifestará cuando llegue su hora. Allí entregando su vida, hará presente el Amor total, Dios. No se trata de la muerte física que él sufrió. Se trata de dar la vida, día a día, en la entrega confiada a los demás.

Ahora me siento fuertemente agitado; ¿Qué voy a decir? “Padre líbrame de esta hora” ¡Pero, si para esto he venido, para esta hora! En esta escena, que los sinópticos colocan en Getsemaní, se manifiesta la auténtica humanidad de Jesús. Está diciendo, que ni siquiera para Jesús fue fácil lo que está proponiendo. Se trata del signo supremo de la muerte al “ego”. Se deja llevar por el Espíritu, pero eso no suprime su condición de “hombre”. Su parte sensitiva protesta vivamente. Pero está en el ámbito de la Vida, y eso le permite descubrir que se trata del paso definitivo.

Ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera. Cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí. Como el domingo pasado, identifica la cruz y la glorificación, idea clave para entender el evangelio de Jn. Muerte y vida se mezclan y se confunden en el evangelio de Jn. Habla de dos clases de muerte y dos clases de vida. Una es la muerte espiritual y otra la muerte física, que ni añade ni quita nada al verdadero ser del hombre. La muerte física no es imprescindible para llegar a la Vida. La muerte al falso “yo”, sí. La Vida de Dios en nosotros, es una realidad muy difícil de aprehender, pero a la que hay que llegar para alcanzar la plenitud humana. Toda vida espiritual es un proceso, un paso de la muerte a la vida, de la materia al espíritu.

Mi plenitud humana no puede estar en la satisfacción de los sentidos, de las pasiones, de los apetitos, sino que tiene que estar en lo que tengo de específicamente humano; es decir, en el desarrollo de mi capacidad de conocer y de amar. Debo descubrir que mi verdadero ser consiste en darme a los demás. El dolor que causa el renunciar a la satisfacción del ego lo interpreta el evangelio como muerte, y solo a través de esa muerte se puede acceder a la verdadera Vida. Si ponemos todo nuestro ser al servicio de la vida biológica y psicológica, nunca alcanzaremos la vida espiritual.

Meditación

Si queremos dar fruto, es decir, dar sentido a nuestra vida,
tenemos que gastarnos y consumirnos.
La vela solo cobra sentido cuando está encendida.
Pero si está encendida, está consumiéndose.
La vida puedo consumirla en beneficio de los demás,
y entonces, consumarla dándole plenitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jesús, brújula de la vida.

domingo, 18 de marzo de 2018
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1200px-j-_vermeer_-_el_geografo_museo_stadel_francfort_del_meno_1669“Dios nos visita muchas veces, pero la mayor parte del tiempo, no estamos en nosotros… (Maestro Eckhart)

18 de marzo. V Domingo de Cuaresma

Jn 12, 20-33

Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea y le pidieron: Señor, queremos ver a Jesús

Un grupo de griegos buscadores le comentan a Felipe que quieren ver a Jesús. Quieren conocer al Maestro que, como Platón y Aristóteles, enseña en Galilea. Felipe se lo dice a Andrés y ambos se lo comunican a Jesús. “Dichos griegos, dice Schökel, representan las primicias de la gentilidad; son la vanguardia de la gentilidad que viene a Jesús”. En las listas de apóstoles de los Sinópticos y en los Hechos de los apóstoles, aparecen siempre entre los Doce. La primera representación histórica de su figura en el arte es en un capitel de la iglesia de San Pedro la Nave en El Campillo, Zamora. Un relieve visigodo del siglo VII que acompaña a otros similares de los apóstoles Pedro, Pablo y Tomás. En el arte pictórico tenemos en el Museo del Prado el San Felipe, óleo sobre tabla, de Rubens. Su mirada es penetrante como la de Jesús.

Un periodista preguntó un día a Teresa de Calcuta: “¿Cuál es la obra más importante de su vida?”. La madre Teresa contestó sin vacilar: “Lo más importante de mi vida es haber conocido a Jesús”. Según Juan en 12, 16, los fariseos comentaban: “Todo el mundo se va con él. Y se van y se quedan con él porque todos ellos creen que han encontrado la perla más importante de su vida. «¿Cómo puedo hacer una escultura? Simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario”, dijo en cierta ocasión el insigne escultor Michelangelo Buonarroti. Cuando queremos tener la verdadera figura de Jesús, la mejor manera de conseguirlo es ir desprendiendo de él todos los capisayos con que la Iglesia le ha ido revistiendo a través de cuarenta siglos permitiéndole ser sí mismo. Los artistas del medievo lo dejaron claro en los capiteles de los claustros.

Johannes Vermeer (1632-1675) pintor holandés, tiene un óleo sobre lienzo titulado El geógrafo. Cristophe André lo describe en El arte de la felicidad, de esta manera: “La búsqueda del geógrafo se asemeja mucho a la nuestra. Desde el espacio cerrado de su habitación de trabajo, aspira a organizar el mapa del mundo. De igual modo procedemos nosotros, cuando reflexionamos sobre la felicidad, a partir de nuestras experiencias íntimas”. En su descripción parece adivinar lo que cada uno de nosotros andamos también buscando en la existencia. Su geógrafo corre también tras un enigma. Desde hace mucho tiempo reflexiona, calcula, encuentra, cambia de opinión, advierte que, a veces, ha seguido un camino equivocado, y es entonces cuando levanta la cabeza de nuevo y se gira hacia la luz, permitiendo que su mirada se evada más allá de la ventana. Abriga el presentimiento de que ya no le bastan para la búsqueda la ciencia, el trabajo y la inteligencia. Comprende que debe permitir que le sobrevenga algo que pertenece al plano de la intuición o de la emoción: descubre que la solución a esa cuestión que le tormenta no se encuentra en el exterior de sí mismo, en los mapas, en los globos, en la punta del compás, sino en su interior.

Como Felipe, como los fariseos, como Teresa de Calcuta, como el geógrafo de Vermeer, como el Maestro Eckhart y como Jesús incluso, estamos todos en búsqueda incesante de ese Dios que no encontramos porque, como apunta el místico: “nos visita muchas veces, pero la mayor parte del tiempo, no estamos en nosotros”.

El GIRASOL

-¿Qué te tienta del sol con tanta fuerza,
que desde su salida hasta el ocaso
con tanto afán le sigues en el cielo?
……………..
-Fuera de su calor y luz, mi vida
no da fruto y se pierde en el vacío.
Mi cabeza erguida sobre el tallo,
recuerda, coronada, su figura:
el “Astro Rey”, decían los antiguos.

Me veo en él centrada la mirada
y en él clavada fija la mantengo
porque de su vivir yo vida tengo:
todos los seres de la Tierra vivos,
en Él estamos, somos y existimos.
……………..
-Despierta de tu sueño girasol,
que el calor estival de la mañana
anuncia recogida de cosecha.
Segadores, cantad vuestras canciones
a Dios, al Girasol, al Sol y al Viento.

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Vivimos en-sí-mismad@s o nos des-vivimos?

domingo, 18 de marzo de 2018
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trigo-1jpg-2_1024Juan 12, 20-33

Empezaremos por situar este texto en su contexto: el evangelista sitúa la escena inmediatamente después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, al estilo de los reyes y vencedores. La gente le aclama, pero él va montado en un asnillo.

Poco después, Juan nos presenta el lavatorio de los pies, ese gesto escandaloso que Jesús transformó en bienaventuranza: “Felices vosotros si practicáis estas cosas” (Juan 13, 17).

Tenemos dos polos bien distantes: la multitud que le aclama y Pedro que pone en cuestión el lavatorio de los pies, al verle de rodillas, con un delantal. Y en medio, el texto de hoy, en el que se intercalan varias frases que nos hacen perder el hilo conductor. Vamos a dejar a un lado esas frases para ir directamente al contenido.

Entre los que habían subido al templo de Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, había algunos griegos que querían ver a Jesús. ¿Nos presenta el evangelista Juan un hecho histórico? Es poco probable. Ninguno de los tres evangelios sinópticos dice que los griegos se acercaran a Jesús o lo buscaran.

Sin embargo, muchos años después de la muerte de Jesús, cuando Juan escribió su evangelio, el cristianismo se estaba extendiendo por Grecia. En esa época sí había hombres y mujeres griegos muy interesados en la persona y el mensaje de Jesús.

“Queremos ver a Jesús” expresaría el deseo y la búsqueda de esas personas que se acercaron a las comunidades cristianas, tiempo después de la muerte y la resurrección.

Curiosamente, el evangelista nos dice que Andrés (hermano de Pedro) y Felipe son los que ayudaron a los griegos a acercarse a Jesús. Estos dos apóstoles se dedicaron a evangelizar el mundo griego. Por tanto, no es casualidad que el evangelio de Juan los cite a ellos y no a otros apóstoles.

Es un mensaje con rasgos de teofanía: el contenido fundamental del texto de hoy nos habla de glorificación, tanto del Hijo del hombre como del Padre, expresando la profunda unidad entre los dos. Para Jesús, el camino hacia esa glorificación es duro y expresa cómo se siente: su alma está agitada.

El texto recuerda bastante la escena del Tabor. Para sugerirnos la presencia del Misterio se utilizan categorías judías: un trueno o un ángel. Es decir, algo o alguien que está más allá de nuestro ámbito, de lo que podemos controlar o dominar. Algo que remite al firmamento, a la esfera de lo divino y de la naturaleza.

A diferencia del mensaje catequético del Tabor, no son tres varones privilegiados, sino todas las personas que rodean a Jesús, quienes están invitadas a experimentar la glorificación.

En los juicios, quien formulaba las acusaciones era el personaje central, el que cobraba mayor protagonismo. De la habilidad de este acusador dependía el resultado del juicio. El evangelio de hoy ofrece una clave teológica muy importante: el acusador (el príncipe del mal) va a ser expulsado. Las primeras comunidades ya no deben temer, la acusación es sustituida por la misericordia.

Como repite el evangelista, una y otra vez, acojamos la luz que nos permite ver esta diferencia, y vivir en consecuencia.

¿Cuál es el sentido de las frases que quedan intercaladas en el texto?

Una referencia a la experiencia diaria: Jesús, al predicar, ponía ejemplos de todo aquello que sus oyentes percibían con los cinco sentidos, de todo aquello que era significativo en su vida.

Hoy, nos presentan el ejemplo del grano de trigo que es fecundo solo después de caer en tierra y morir. Tras romperse y pudrirse, un solo grano se convierte en espiga que lleva en su interior la fecundidad de docenas de nuevos granos.

En otros textos de la Escritura se alude a esta “muerte” de todo lo que se sembraba, por ejemplo la parábola del sembrador (Marcos 4, 3-8.26-27) o este texto sobre la resurrección:

“¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo? ¡Necio! Lo que tú siembras no germina si no muere. …” (1ª Corintios 15, 35-36)

Tanto para los judíos como para los griegos era un escándalo que alguien muerto en una cruz pudiera dar fruto y ser exaltado, elevado a la gloria. O que la vida de los martirizados, a causa de su fe, diera fruto. Sin duda, la imagen del grano de trigo despertaría la esperanza, en medio de las duras persecuciones de aquellos tiempos.

Hoy, es bueno que recordemos tanto la fecundidad de las pequeñas muertes de cada día, (como recordaba san Francisco de Sales) como la fecundidad de quienes han muerto por vivir las bienaventuranzas o arriesgan cada día su vida.

Necesitamos traducir: El evangelista ha intercalado también esta frase: “El que se ama a sí mismo se pierde y el que se aborrece (odia) a sí mismo en este mundo conservará su vida en la vida eterna”

¡Qué explicaciones tan extrañas se han dado sobre este texto en las homilías! ¡Cómo han condicionado antaño algunos comportamientos patológicos en la vida religiosa!

Jesús utilizó muchas veces frases que hacían pensar, que ayudaban a romper los esquemas mentales de la gente de su tiempo y les facilitaban el abrirse a algo nuevo.

Pongamos un ejemplo actual: Si alguien se aferra a mantener costumbres antiguas, que ya no tienen sentido, alegando que “siempre se ha hecho así” les podemos preguntar: ¿por qué cuando enfermas acudes a los médicos y aceptas lo que la medicina moderna y la tecnología punta te ofrecen, en lugar de tomarte una pócima del tiempo de tus antepasados?

Hay frases, ejemplos y parábolas que nos ayudan a poner en cuestión nuestros esquemas mentales. En la primera lectura el profeta Jeremías nos dice que Dios escribirá la ley en nuestros corazones y entendemos que es una imagen. Aborrecerse a sí mismo es otra imagen, que va más allá de lo que dice el texto a primera vista.

¿Podemos amar a los demás sin amarnos a nosotros mismos? ¿Podemos cuidarles si nos aborrecemos? ¿Tenemos equilibrio sicológico cuando nos odiamos, o ese odio muestra alguna patología? ¿A dónde nos conduce la interpretación literal de esta frase, si no tenemos en cuenta las aportaciones de la historia de la sicología y de la espiritualidad? Esta frase merecería un estudio exegético ella sola.

Es arriesgado intentar traducirla con las claves de hoy, pero vamos a intentarlo: Cuando nos nutrimos de amor propio nos destruimos; cuando alimentamos nuestro ego y vivimos ensimismad@s (en- sí-mism@) perdemos la vida, porque el alimento del ego nos envenena, nos enferma y nos conduce a muchas formas de muerte. Por el contrario, en el seguimiento de Jesús, al de-vivirnos, al entregar la vida y perderla poco a poco, vamos recibiendo la plenitud de la Vida.

¿Quién es el príncipe de este mundo? En los juicios tenía mucha importancia la persona que formulaba las acusaciones. El evangelio de hoy ofrece una clave teológica muy importante para las primeras comunidades: el acusador (el príncipe del mal) va a ser expulsado. La acusación es sustituida por la misericordia.

Como veíamos en el evangelio del domingo pasado, ahora se trata de acoger la luz que nos permite ver esa diferencia, y vivir en consecuencia.

Marifé Ramos

http://www.mariferamos.com/

Fuente Fe Adulta

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El amor es más fuerte que la muerte: Resurrección Lázaro

domingo, 18 de marzo de 2018
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palomas-amanecer-2-copiaDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. EL PROBLEMA DE LA MUERTE EN TODA COMUNIDAD HUMANA Y ECLESIAL.

El relato de la resurrección de Lázaro es de mucho calado y fundamentalmente plantea el problema de la muerte del ser humano desde la perspectiva de JesuCristo.

Además de Jesús, los tres personajes centrales de esta narración son una familia, una comunidad cristiana: Marta, María y Lázaro.

Todo ser humano, toda comunidad social y toda iglesia llevan dentro el problema de la muerte.

Lázaro enfermo y muerto representa a todo ser humano y a los hermanos de la comunidad que van muriendo antes de que JesuCristo viniera en la segunda venida. (Parusía). Como no llega, entonces las comunidades cristianas resuelven el problema teológicamente. No importa cuándo vaya a venir Cristo, cuando vaya a terminar la historia. Lo decisivo es que Cristo es la resurrección y la Vida.

Somos débiles, enfermos y morimos.

La muerte no es solamente la muerte física, biológica, sino que hay “muertes en vida”. Los odios y venganzas, las adicciones a las drogas, los “hijos pródigos” son situaciones de muerte.

Marta, María y Lázaro son la comunidad cristiana que también tiene planteada Y sufre ante la angustia de la muerte.

¿Cuál es la respuesta sensata al problema de la muerte?

02. v 4, La enfermedad no termina en la muerte, sino en la vida: para gloria de Dios.
Quien confía -que eso es creer- en Cristo su vida no cae en el escepticismo, en la nada o en el vacío, sino que descansa en Dios. El “lugar” del ser humano, no es el hundimiento, sino Dios.

03. Tres actitudes ante la muerte:

La postura de Jesús ante la muerte reviste tres aspectos:

Amor,

Quitad la piedra, sal afuera, Desatadlo y dejadlo andar.

Yo soy la Resurrección y la Vida.

03.1 JESÚS AMABA A LÁZARO.
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Jesús se acerca a la muerte con afecto y amor:

v 3: el que amas está enfermo

v 5. Jesús amaba a Marta, María y Lázaro.

v 35 Jesús se conmovió y sollozó ente la muerte de Lázaro.

v 11 Nuestro amigo Lázaro se ha dormido.

v 39 ¡Cómo lo quería!

Jesús y Dios Padre sienten y viven un amor sin límites para con los seres humanos.

Ante la muerte, ante todo tipo de muerte, ante el pecado más hondo del ser humano, Dios ama y se conmueve siempre. Estemos en las condiciones que estemos, incluidas las situaciones de muerte, Dios se conmueve.

Las grandes cuestiones de la vida y de la muerte se resuelven desde el amor.

Por real decreto –ley- se puede dominar una persona, una situación, una Iglesia, pero no se crean situaciones de vida.

A cañonazos y condenas no se resuelve nada.

La muerte comienza a resolverse desde el amor. No es sensato el tratamiento de la muerte que hacemos hoy en día. Para morir humanamente hace falta algo más que medicina y “UVIS”, hace falta esperanza y amor.

¡Amar equivale a un ser equivale a decir: no morirás! (Gabriel Marcel).

Jesús –siempre- también ante y en la muerte: ama al ser humano.

Otras visiones condenatorias y castigadoras no son cristianas.

Jesús siente lástima también de nosotros.

¿Percibo a JesuCristo como bondad?

03.2 QUITAD LA PIEDRA, SAL AFUERA, DESATADLO Y DEJADLO ANDAR.

En la mentalidad bíblica -y en la nuestra- lo que se opone a la vida no es tanto la muerte física, cuanto el mal, el pecado.

Muchos de nuestros contextos están bloqueados y son como losas que cierran el paso a la vida: situaciones políticas, eclesiásticas, familiares que son losas, auténticas piedras que impiden dar pasos y crear vida. Es evidente también que se dan situaciones eclesiásticas congeladas: encerradas y tapiadas en la cueva. Probablemente también en el plano personal vivimos enquistados en nuestros propio pensamiento como en un mausoleo.

QUITAD LA PIEDRA, SAL AFUERA, DESATADLO Y DEJADLO ANDAR.

En el evangelio de San Juan la piedra es una alusión al Sinaí, a las leyes escritas en las tablas de piedra. (En las bodas de Caná -Jn 2- Israel había optado por la ley, significada en las tinajas de piedra y se había quedado sin amor).

Quitad esas piedras de la ley y sed libres en la vida: salid afuera de esa esclavitud legalista de la religión e iniciad un nuevo Éxodo hacia la vida y la libertad: desatadlo y dejadlo andar.

Quitad también la losa del miedo a la muerte.

03.3 V 25: YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

La tercera actitud de Cristo ante la muerte es presentarse con ese mayestático YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

No sabemos cómo será la resurrección. Sabemos -al menos intuimos- lo que es la vida, la vida humana. Vivir en Cristo es vivir humanamente. Él es la resurrección, es la Vida.

La resurrección no comienza después de la muerte física, sino después de la muerte personal.

El hijo pródigo había muerto y ha vuelto a la Vida. El ciego que ve, comienza una nueva Vida.

La Vida conforme a Cristo es Cristo es resucitar ya aquí.

Allá donde se dan procesos personales, sociales y eclesiales en los que se busca la vida conforme a la Vida de Cristo, allí comienza la Resurrección del Señor.

5. Un día moriremos y viviremos para siempre.

imagesQuien cree -no quien meramente acepta- sino quien está convencido de estas cosas, ese tal vive, deja vivir y vivirá para siempre.

Porque el amor no muere, la libertad no muere, la vida no muere jamás.

¿Crees esto? ¿No os he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Quitad la piedra, desatadlo y dejadlo andar.

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

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Jesús, la luz que salva al mundo…

domingo, 11 de marzo de 2018
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En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.

Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él…

… Habiendo venido la luz al mundo, los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo aquel que hace el mal, aborrece la luz y no se acerca a ella, para que sus obras no se descubran. En cambio, el que obra el bien conforme a la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios”.

*

(Juan 3,14-21)

***

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Jesús vino ciertamente para padecer, pero su ideal no es la cruz, sino la obediencia, ese modo de vivir la relación con su Padre, testimoniarlo hasta el fondo, sin echarse atrás ante la dificultad ni ante el interrogante más dramático de su vida. El ideal de Jesús es único: la obediencia, una obediencia que no acaba en la muerte, porque quien muere de ese modo sólo puede concluir en la resurrección. La obediencia tiene como contenido el don de sí mismo por nosotros, la donación de Jesús a nosotros. El ideal de Jesús no es el dolor.

¿La cruz de Jesús es una palabra dirigida al dolor humano que, queriendo realizar el ideal del bien, de la justicia, de la virtud, encuentra y padece contradicción? ¿O es también una palabra para el dolor humano en todas sus facetas, para el dolor que nos viene sin buscarlo, sin quererlo, el dolor repentino, el dolor que parece llegar de modo absurdo? La respuesta es única: la cruz del Señor es una palabra para todo el dolor humano. El cristiano no dice: padecemos el dolor, Jesús también lo padeció. Ha aprendido, más bien, a razonar de otro modo. Ha aprendido que la cruz de Jesús es precisamente su dolor, el nombre que se debe dar también al dolor humano. El cristiano mira al crucifijo, ve el dolor de Jesús y dice: este dolor es una palabra para el dolor del hombre, que no puede tener otro nombre que el nombre de la cruz. Si redujésemos la cruz de Jesús a un caso particular de dolor del mundo, no cambiaría nada. Dar un nombre significa la posibilidad de encontrar un sentido. Vivir tiene significado si lleva consigo dolor. La resurrección de Cristo me lo recuerda en cuanto es el éxito de un padecer y morir que no ha puesto en tela de juicio el sentido de la vida.

Esta es la pretensión del cristiano frente al dolor, que él llama cruz: la pretensión de que esta realidad, tan difícil y misteriosa, tenga una posibilidad de sentido .

*

G. Moioli,
La parola della croce,
Viboldone 1987, 51-54, passim.

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“Acercarnos a la luz”. 4 Cuaresma – B (Juan 3,14-21)

domingo, 11 de marzo de 2018
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04_cuar_bPuede parecer una observación excesivamente pesimista, pero lo cierto es que las personas somos capaces de vivir largos años sin tener apenas idea de lo que está sucediendo en nosotros. Podemos seguir viviendo día tras día sin querer ver qué es lo que en verdad mueve nuestra vida y quién es el que dentro de nosotros toma realmente las decisiones.

No es torpeza o falta de inteligencia. Lo que sucede es que, de manera más o menos consciente, intuimos que vernos con más luz nos obligaría a cambiar. Una y otra vez parecen cumplirse en nosotros aquellas palabras de Jesús: «El que obra el mal detesta la luz y la rehúye, porque tiene miedo a que su conducta quede al descubierto». Nos asusta vernos tal como somos. Nos sentimos mal cuando la luz penetra en nuestra vida. Preferimos seguir ciegos, alimentando día a día nuevos engaños e ilusiones.

Lo más grave es que puede llegar un momento en el que, estando ciegos, creamos verlo todo con claridad y realismo. Qué fácil es entonces vivir sin conocerse a sí mismo ni preguntarse nunca: «¿Quién soy yo?». Creer ingenuamente que yo soy esa imagen superficial que tengo de mí mismo, fabricada de recuerdos, experiencias, miedos y deseos.

Qué fácil también creer que la realidad es justamente tal como yo la veo, sin ser consciente de que el mundo exterior que yo veo es, en buena parte, reflejo del mundo interior que vivo y de los deseos e intereses que alimento. Qué fácil también acostumbrarnos a tratar no con personas reales, sino con la imagen o etiqueta que de ellas me he fabricado yo mismo.

Aquel gran escritor que fue Hermann Hesse, en su pequeño libro Mi credo, lleno de sabiduría, escribía: «El hombre al que contemplo con temor, con esperanza, con codicia, con propósitos, con exigencias, no es un hombre, es solo un turbio reflejo de mi voluntad».

Probablemente, a la hora de querer transformar nuestra vida orientando nuestros pasos por caminos más nobles, lo más decisivo no es el esfuerzo por cambiar. Lo primero es abrir los ojos. Preguntarme qué ando buscando en la vida. Ser más consciente de los intereses que mueven mi existencia. Descubrir el motivo último de mi vivir diario.

Podemos tomarnos un tiempo para responder a esta pregunta: ¿por qué huyo tanto de mí mismo y de Dios? ¿Por qué, en definitiva, prefiero vivir engañado sin buscar la luz? Hemos de escuchar las palabras de Jesús: «Aquel que actúa conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se vea que todo lo que hace está inspirado por Dios».

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él”. Domingo 11 de marzo de 2018. Domingo cuarto de Cuaresma

domingo, 11 de marzo de 2018
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22-cuaresmaB4 cerezoLeído en Koinonia:

2Crónicas 36,14-16.19-23: La ira y la misericordia del Señor se manifiestan en la deportación y en la liberación del pueblo.
Salmo responsorial: 136: Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti.
Efesios 2,4-10: Estando muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo
Juan 3,14-21: Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él.

Jn 3,14-21 corresponde a la respuesta que Jesús da a Nicodemo cuando pregunta «¿cómo puede ser eso?», refiriéndose al nuevo nacimiento en el Espíritu. Es también la segunda y última parte del diálogo de Jesús con este “jefe” de los fariseos de Jerusalén.

Nicodemo, cuyo nombre significa “el que vence al pueblo”, aparece varias veces en el evangelio de Juan (3,1-21; 7,50-52; 19,39). No es un cualquiera. Por su filiación religiosa es un fariseo, es decir, un rígido observante de la Ley, considerada como la expresión suprema e indiscutible de la voluntad de Dios para el ser humano. Es el primer rasgo que señala Juan antes del nombre mismo. Nicodemo se define como hombre de la Ley antes que por su misma persona. Juan añade otra precisión sobre el personaje: en la sociedad judía es un “jefe” título que se le aplica particularmente a los miembros del Gran Consejo o Sanedrín, órgano de gobierno de la nación (11,47). En éste, el grupo de los letrados fariseos era el más influyente y dominaba por el miedo a los demás miembros del Consejo (12,42).

Nicodemo habla en plural (3,2: sabemos). Es, pues, una figura representativa. La escena va a describir un diálogo de Jesús con representantes del poder y de la Ley. Nicodemo llama a Jesús “Rabbí” (3,2), término usado comúnmente para los letrados o doctores de la Ley que mostraban al pueblo el camino de Dios. Así es como este fariseo adicto ferviente de la Ley, ve a Jesús. Es extraño, porque hasta el momento, Jesús no ha dado pie para semejante interpretación de su persona. En realidad, Nicodemo está proyectando sobre Jesús la idea farisea de Mesías-maestro, avalado por Dios para interpretar la Ley e instaurar el reinado de Dios enseñando al pueblo la perfecta observancia de la Ley de Moisés. Está lejos de comprender el cambio radical que propone Jesús. Para los fariseos, en la Ley está el porvenir de Israel; para Jesús, el nacimiento en el Espíritu abre el reino de Dios al porvenir humano. El ser humano no puede obtener plenitud y vida por la observancia de una Ley, sino por la capacidad de amar que completa su ser. Sólo con personas dispuestas a entregarse hasta el fin puede construirse la sociedad verdaderamente justa, humana y humanizadora. La Ley no elimina las raíces de la injusticia. Por eso, una sociedad basada sobre la Ley, no sobre el amor, nunca deja de ser opresora, codiciosa, injusta.

La segunda parte del diálogo de Jesús con Nicodemo se centra en el que “bajó del cielo”, sin dejar de ser “del cielo”, “para que todo el que crea tenga vida eterna”. La reflexión de Jesús resalta la relación que hay entre creer y vivir en las obras de la vida eterna, es decir, en el Reino de Dios. “Bajar del cielo” y ser “levantado” es un asunto de amor de Dios. Veamos los énfasis teológicos propuestos por el discurso:

Frente a la centralidad farisaica de la Ley, el evangelio de Juan propone la dinámica liberadora de la fe en Jesús “levantado” (levantado en la cruz, crucificado), como la serpiente que Moisés levantó en el desierto. Creer es la respuesta al inmenso amor de Dios. Es la reciprocidad del amor. Creer no es un concepto, o una doctrina; es un acto de amor, por el que adviene el Reino de Dios. El juicio sobre la humanidad tiene como criterio la fe, como acto de amor recíproco. Nuevamente llegamos a la insistencia de Juan: una humanidad justa y feliz sólo es posible sobre el amor, no sobre la Ley. Ésa es la fe que proclama Juan.

Pablo, después de agradecer el don de la fe (Ef 1,3-14), contrasta y contrapone dos tiempos: el de la muerte y el de la resurrección. El tiempo de la muerte (Ef 2,1-3) corresponde a “delitos y pecados” según el “proceder de este mundo” bajo la dominación de Satanás. Es tiempo de esclavitud e infrahumanidad. De ese tiempo Dios rescata tanto a judíos como a gentiles, por ser “rico en misericordia”, vivificándolos “juntamente con Cristo”, por su resurrección. Sólo la gracia mediante el don de la fe puede “explicar” tal sobreabundancia de amor divino. El tiempo de la resurrección es tiempo de “nueva creación” en Cristo Jesús, lo que se expresa en las “buenas obras” practicadas por quienes han sido vivificadas y vivificados. No es de extrañar que la “medida” de las buenas obras sea como la medida de Dios: el amor. El tiempo de la resurrección es el tiempo de afirmación de la vida en el amor. Para la fe cristiana, la muerte (la esclavitud) no tiene la última palabra. Vivir a plenitud como nuevas criaturas el tiempo de la resurrección es el llamado que Pablo hace a lo largo de esta carta a la Iglesia nacida entre la gentilidad. Leer más…

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11.3.18. Jesús, la serpiente que cura. Reflexión y oración de evangelio

domingo, 11 de marzo de 2018
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96fcb6f2-f5c6-4842-8f7b-fdb75e04e95dDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 4 Cuaresma, ciclo b. Jn 3, 14-21. Este evangelio, que trata de Jesús como serpiente alzada al cielo, para salvar/curar a todos los hombres, superando así el riesgo de juicio y la condena, consta de tres partes, relacionadas entre sí, que empezamos leyendo, para presentarlas y comentarlas después con brevedad, desarrollado al fin la imagen de la serpiente que cura.

Texto
En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

1. (Signo del AT) Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

2. (El triunfo del amor) Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

c. Aplicación.

7bc6bb27-24dc-4e71-987e-6c7cf3b31c3b3. (Teología, una reflexión posterior). El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Será bueno dejar que el texto resuene en nuestro interior y nos hable, un texto fuerte, de un fuerte evangelio, con una imagen sorprendente (la serpiente que cura), una afirmación teológica de intenso contenido (¡tanto amó Dios al mundo…!) y una reflexión final sobre el juicio de Dios.

Siga leyendo quien quiera compartir conmigo esta experiencia de lectura del evangelio, en forma de oración y reflexión. Tómese su tiempo, deje que el texto le hable, hable usted mismo con el texto.

PRIMERA PARTE. LA ORACIÓN DE LA SERPIENTE

a. Lectura (Signo del AT) (se lee de nuevo el texto).

Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.

b. Puntos de meditación

90210d2a-214e-42a9-9401-2b675d50c6bf1. Motivo del AT: Num 21, 4-9. Es un texto clave del AT, lo comentare al final. Las serpientes pican a los hebreos en el desiert… y Moisés manda fundir una serpiente de bronce (el Nejustan), que es una especie de “talismán”, un signo del “Dios serpiente” que cura. Dios parece que mata, pero cura, su “veneno” nos salva. Este signo del veneno de “serpiente que cura” sigue siendo utilizado por las farmacias…

2. Motivos del NT: Jesús elevado en la cruz, como “serpiente que cura”, como muerte que sana. Tema clave: convertir la muerte en vida.

¿Cómo me sana Jesús, cómo me cura? ¿Qué es para mí la cruz, como signo de muerte, como principio de vida… Sólo al aceptar la muerte puedo sanarme… Quizá la serpiente no está fuera, la llevo yo dentro.

Este signo de Jesús como “serpiente” se le muestra a San Ignacio en Manresa, en el agua… y fue para él un principio supremo de oración…

Que Jesús (que se hizo “pecado” por nosotros, como dice San Pablo), nos ayude a superar la serpiente que llevamos dentro, a convertir nuestro veneno en principio de salvación.

SEGUNDA PARTE. LA ORACIÓN DEL AMOR, MÁS ALLÁ DEL JUICIO

Lectura

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

Puntos de meditación

1. Comparar este pasaje con el anterior. Ya no está Jesús en la Cruz, como serpiente que puede darnos miedo… sino que viene como “hijo de Dios”, puro amor. El veneno de la serpiente aparece así como puro amor: Dios nos ha regalado todo su ser, nos ha dado a su Hijo.

2. Para que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna… Todo es ahora, gracia, nada es veneno de muerte. Este es el Amor puro, total, absoluto, sin ningún rasgo de miedo. Es Amor de Padre… amor que se hace nuestro (en el Hijo Jesús, nuestro hermano), para que nadie perezca: Mirar a Jesús es saber que estamos salvados.

3. Dios no mandó al Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve…
Esta es una palabra difícil de acoger, difícil de creer… Todavía decimos en el “credo” que vendrá a juzgar y a vivos y muertos… La predicación del juicio (el miedo al juicio) se ha hecho intolerable, una herramienta de opresión psicológica, de manipulación… en este momento tenemos que pasar del juicio a la gracia, conforme a la palabra de Jesús en Mt 7, 1-3: No juzguéis y no seréis juzgados…

Aplicación

¿Cómo acepto estas palabras de la revelación de Jesús a Nicodemo, pasando de la Serpiente de Antiguo Testamento a Jesús crucificado que es puro amor de Dios, puro regalo de vida?

¿Qué significa para mí que “nadie perezca” sino que todos tengan (tengamos) vida eterna…

Si Dios no ha mandado a su hijo para juzgar… sino para salvar… ¿cómo respondo, si Dios no juzga, si no me juzga?

¿Qué podemos hacer con este Dios que no juzga? Muchas veces preferimos a un Dios de mandamientos, de juicios… El puro amor sin juicio nos descoloca, no sabemos qué hacer con él.

¿Cómo puedo responder a ese amor sin juicio? Muchos cristianos, muchos devotos, hemos terminado siendo los que más juzgamos a los demás… Vivimos en una Iglesia que muchas veces parece una especie de “supra-conciencia judicial”, como alguien que cree que puede ir juzgando a todos… Leer más…

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