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Músicos en la orquesta. Los Sonetos a Orfeo.

domingo, 12 de mayo de 2019
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87F78D95-DE69-4172-BE19-143F69D5BB40Vivimos en el mejor de los mundos (Leibniz)

12 de mayo. DOMINGO IV DE PASCUA

Hch 13, 14. 43-52

Al disolverse la asamblea, muchos judíos y devotos acompañaron a Pablo y a Bernabé, quienes les hablaban y les instaban a mantenerse en el favor de Dios (v4)

Is 49, 6: Te hago luz de las naciones para que mi salvación alcance hasta el confín de la Tierra.

Jn 10, 27-30

El Padre y yo somos uno (v 30)

“El camino de la Iglesia no puede ser otro que el de la coherencia, el de la consistencia entre lo que proponemos como ideal de vida humana y lo que hacemos. Como sacerdote, busco promover la amistad con Cristo, sacando lo mejor de cada persona, valorando todas las sensibilidades, porque en esa variedad está la riqueza de la Iglesia católica, que va construyendo unidad al tiempo que acoge y celebra la gran diversidad de cualidades y dones existentes en cada comunidad, ha dicho Monseñor Joseba Segura, obispo auxiliar de Bilbao.

En “Notas sobre la melodía de las cosas”, el mundo es descrito como una polifonía en donde encuentra acomodo la canción de todos y cada uno de sus elementos, sean objetos o personas.

La lectura, en 1912, de un tratado del ocultista Fabre d’Olivet supone otra vuelta de tuerca. La música es ahora canción y universo. En ella podemos estar todos unidos y ser unos, como lo fueron Jesús y el Padre, según relata el Evangelio.

Hace algunos años, los medios difundieron una sugestiva pieza musical llamada El sonido de Júpiter, captado por la sonda Juno de la NASA, lo que nos trae al recuerdo la famosa Música de las esferas, como lo llamó Pitágoras. Un sonido asociado a los planetas en su movimiento a través del sistema solar. Porfirio, Comentario a la Harmónica de Ptolomeo.

Un poema de 1918 refleja un radical cambio de actitud con respecto a la música, descrita posteriormente como “lo más íntimo nuestro, / lo que, sobrepasándonos, escapa”.

Las Elegías de Duino y sobre todo Los Sonetos a Orfeo, representan el punto álgido de una visión en donde la música se erige en punto de conjunción entre lo temporal y lo eterno, lo material y lo espiritual, lo individual y lo cósmico. Todo ello queda condensado en el admirable verso: El canto es el ser. En 1923, la violinista Alma Moodie interpreta ante Rilke las sonatas para violín solo de Bach. El poeta ve en este concierto la culminación de su relación con la música, a la que dedicará un último poema poco antes de morir: “Música: eres más que nosotros… liberada estás / de buscar cualquier meta”

Vivimos en el mejor de los mundos, dijo el filósofo alemán Leibniz, filósofo y teólogo alemán, aunque a mi entender el mejor para vivir es aquel en el que Jesús seremos uno con el Padre, aquel en el que la música suena salida de las manos que dirigen un único concierto, como el que protagonizó Pitágoras, el estelar concierto de una noche de Verano con William Shakespeare en el podium al frente de la Orquesta de El Sueño de una noche de verano. Una comedia romántica donde elementos sobrenaturales asociados a los bosques, los duendes y las hadas y forman un nocturno cortejo que influye en la vida y el amor de los humanos.

Un ilustre Willigis Jäger, teólogo alemán benedictino y Maestro Zen, exclaustrado del convento, compuso este espiritual Poema en su obra Sabiduría eterna.

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NOSOTROS SOMOS NUESTROS PENSAMIENTOS

Todas las cosas y todos los seres vivientes,
también los hombres,
consisten en la nada pura y originaria.
Somos una forma de la nada,
Como un anillo de oro es la forma del oro.
El anillo no es el oro, ni el oro es el anillo.
Como anillo de oro son uno.
El oro le da la existencia,
pero permanece intacto en ello.

Así, hombres, animales, árboles,
flores, piedras, agua, montañas, planetas,
lunas, soles, nebulosas,
nosotros mismos, nuestros sentimientos,
pensamientos e intenciones,
existen a partir de lo Uno.

Lo Uno permanece intacto de ello.
Lo Uno es como un apellido.
Todos somos de esa “única familia”.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Somos en unidad

domingo, 12 de mayo de 2019
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5162BCA4-7090-44B0-A746-6D936CFBD35DJn 10, 27-30

Nos encontramos en 4º domingo de Pascua. Todavía resuenan en toda la comunidad cristiana los ecos de la experiencia más esencial de nuestra fe. Este tiempo Pascual nos ofrece la oportunidad de conectar con el movimiento de la Vida. Estamos inmersos en la paradoja de la noche y la luz, la muerte y la vida, lo consciente y lo inconsciente. El mensaje de Pascua nos introduce en este movimiento para darnos a conocer que siempre triunfa la luz, la vida y la consciencia, aunque no sea como nuestra mente desea.

Este breve texto, propuesto por la liturgia de hoy, puede ayudarnos a comprender cómo se gesta en el interior del ser humano la experiencia de fe desde la Pascua. Para comprender estos versículos es importante conocer el contexto en el que Jesús lo expresa. Forman parte del capítulo 10 del Evangelio de Juan. En este capítulo Jesús se autodefine como el Buen Pastor y, curiosamente, es uno de los pasajes más íntimos que narra el autor del evangelio de Juan: presenta a Jesús en comunicación auténtica con quienes le siguen.

A lo largo de este capítulo se puede ver la gran controversia que ya había generado Jesús. Los judíos estaban alterados por la duda de si era el Mesías o no. Jesús había sido expulsado del templo por profanar las costumbres judías para las ofrendas, pero vuelve a él para celebrar la fiesta de la Dedicación. En esta fiesta se celebraba la purificación y consagración del templo por Judas Macabeo. Dice el texto, previo al evangelio de hoy, que Jesús se paseaba por el pórtico de Salomón que estaba al lado del Templo. Había traspasado los límites de una religión que consideraba el Templo como el lugar sagrado y espacio de poder; el Mesías transgrede esta ley dictada por las instituciones judías para afirmar que el lugar sagrado es su persona y todo el género humano.

Jesús recupera la imagen del Pastor que ya se había usado en algunos pasajes del Antiguo Testamento para hablar de Yahvé. Pero en estos escasos versículos expresa muy pedagógicamente lo que supone vivir “religados” a Dios; que, en definitiva, es lo esencial de toda religión al margen de sus dogmas e instituciones.

El proceso es muy claro y realiza un trayecto que va de las dimensiones más externas de la persona a las más profundas. El primer paso es “escuchar la voz”. Hay muchas voces que nos hablan en la vida y somos desafiados a descubrir la voz esencial, aquella que integra, equilibra y ensancha nuestra visión superando nuestro ego y sus ambiciones.

Quienes descubren esa voz se fían de ella y la siguen. Este es el segundo paso que ya no es una actitud sólo de escucha sino de puesta en movimiento. Comienza el éxodo personal, el viaje de la zona de confort a la zona de aprendizaje. Desde una experiencia de fe es la etapa de la consciencia de ese vínculo profundo con la trascendencia: “ellas me siguen y yo les doy vida eterna”.

Y la tercera etapa “el Padre y yo somo uno” es un paso esencial de todo creyente; es la mística de nuestra fe: Dios ya no es ese Otro al que tengo que ir o esperar a que venga, sino que forma parte de mi realidad, un espacio del que me puedo diferenciar, pero no separar: “nadie las arrancará de mi mano”.

Desde esta visión del ser humano, los desafíos de la vida pueden afrontarse desde la fuerza que da ser consciente de esta presencia que no es ni pasado, ni futuro; no se encontró un día y no me paso la vida buscándolo hasta la vida futura. Es PRESENTE, movimiento permanente de “vida eterna” como dice Jesús en el texto.

Deseo que este tiempo de Pascua no lo vivamos como espectadores de un acontecimiento histórico o desde la espera de la resurrección futura porque es un movimiento que “está siendo” en cada momento de la vida. Quizá lo que hay que buscar son las estrategias que nos ayuden a conectar con este espacio de VIDA y de LUZ.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Unidad, plenitud de vida, confianza.

domingo, 12 de mayo de 2019
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catedral-del-buen-pastorIV Domingo de Pascua

12 mayo 2019

Jn 10, 27-30

Parece claro que la imagen del pastor, nacida en un paradigma mítico –el término “mítico” no encierra contenido peyorativo alguno; con él me refiero a una forma de ver la realidad caracterizada por la consciencia de separatividad y la creencia en “otro piso superior” que sería sede de la divinidad– y en una cultura agraria y pastoril, no solo resulta ajena a la sensibilidad contemporánea, sino que choca frontalmente con el reconocimiento de la propia autonomía y la sospecha frente a todo lo que suene a seguidismo o “borreguismo”. La razón crítica –aunque en demasiadas ocasiones sea dejada de lado– nos ha vacunado contra cualquiera que se autoproclame “maestro” o “gurú”. Para nosotros resulta irrenunciable el grito de Kant que anunció el nacimiento de la Ilustración: “Sapere aude”, atrévete a saber, a conocer hasta el final, liberándote de los “tutores” que mantenían a la humanidad en una etapa infantil.

Y, sin embargo, es posible rescatar la intuición sabia que habita ese texto, “traduciéndolo” a otro paradigma o liberándolo del ropaje característico del momento en que nace.

Para empezar, no es posible asegurar que tales palabras salieran de la boca de Jesús. Ese no era su lenguaje ni su estilo. En realidad, el cuarto evangelio parece, más bien, todo él, una elaboración tardía, nacida y cultivada en un ambiente gnóstico, en torno al acontecimiento “Jesús”. Si fuera así, el texto que comentamos sería fruto de ese “ambiente” comunitario, que reconocía a Jesús como “maestro” y “salvador celeste”. A partir de ahí, en el evangelio, habrían puesto en su boca las afirmaciones que constituían el núcleo de la fe de aquella misma comunidad.

Clarificado el contexto, y liberado de su ropaje circunstancial, el texto ofrece certezas sabias, de validez universal y atemporal, relativas a la “vida eterna” (= plenitud de vida), la confianza estable y la unidad de todo lo real.

En la comprensión no-dual, aquellas tres afirmaciones que aparecen en este texto evangélico –y que la mente leería como separadas e incluso proyectadas en un “salvador” igualmente separado– no son sino tres modos diferentes de decir lo mismo. De manera que podrían traducirse así: Somos plenitud de Vida, en unidad con el Fondo de lo real (“Padre”) y eso constituye la Confianza que nos sostiene y que no es distinta de nuestra identidad profunda.

Según el cuarto evangelio, Jesús lo vio (“El Padre y yo somos uno”) y eso le permitió vivir en la certeza de que todo está a salvo siempre (“Nadie las arrebatará de mi mano”).

¿Dónde estoy en la comprensión de lo real? ¿Qué me sostiene?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Entre salteadores y el Buen Pastor

domingo, 12 de mayo de 2019
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cq5dam.web.1280.1280Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. El Buen Pastor.

La Palabra de este IV domingo de Pascua es la del Buen Pastor, el redil, el rebaño, las ovejas, la puerta, (Juan, 10).

En el transfondo de la imagen de Cristo como Buen Pastor subyace una amplia mentalidad del AT:

  •  Jesús llora ante el pueblo, que vivía como ovejas sin pastor, (Mc 6,30-34).
  •  Jesús defiende las ovejas frente a los depredadores (asalariados, salteadores).
  •  El salmo 22 es una espléndida oración a partir de la experiencia del buen pastor: Dios es nuestro Pastor.
  •  El Pastor sugiere y confiere Vida: yo les doy vida eterna y no perecerán. (v 28).

Inspira gran confianza saber que el Señor es el pastor que guía y apacienta nuestra vida.

  1. El pastor da vida y da su vida.

Para escuchar hay que guardar silencio. El silencio es el sonido de nuestro vacío personal. El silencio humano lo llena sola y plenamente la palabra del Pastor. (Podemos recordar lo que decía el escultor vasco, Jorge Oteiza, cuando hablaba de los vacíos (huecos) en sus apóstoles del friso de Aránzazu y en tantas otras esculturas suyas: esos vacíos los llena solamente Dios, decía Oteiza).

En la vida percibimos muchos sonidos, mucho ruido, la vida sociopolítica y los medios de comunicación… Nos atolondran con su palabrería tertulianos y eclesiásticos, etc. pero palabras de vida escuchamos menos, muy pocas.

  1. pastores hoy en día: en medio de dos campañas electorales

Hoy en día en gran medida el pastoreo de la sociedad lo ejercen los políticos, las ideologías, que son los que después rigen la vida social, los medios de comunicación, la educación de los niños y de los jóvenes, la Seguridad médica, la ética, la justicia, etc.

Esta temporada nos han pillado entre dos fuegos de dos campañas electorales.

No cabe duda de que también entre los políticos hay gente honesta, que quieren ser buenos pastores, pero hace daño el ansia de poder que muestran las ideologías, la ligereza y brutalidad con la que hablan.

Resuenan las palabras de Jesús cuando hablaba de salteadores o de los pastores que se apacientan a sí mismos (Ezequiel 34,2).

Todo el evangelio es una presencia de la palabra que vive con nosotros. La palabra es Cristo y esa Palabra es sentido de la vida, sensatez, luz y vida. En el principio existía la Palabra y la Palabra se hizo uno de nosotros, (Jn 1,1.14).

La Palabra es Cristo. También podemos hallar huellas de esa Palabra, semillas de Cristo, en la vida: en los pobres, en la creación, en la ciencia, en los voluntarios, en la caridad.

  1. Somos pastores: seamos buenos pastores.

para que tengan vida

         La alusión a nuestra tarea como pastores en la vida es directa. En algún sentido todos somos pastores: padres, maestros, educadores, ministerios en la Iglesia, médicos, políticos, periodistas, etc.

         Unos padres son guías, pastores de sus hijos. Un buen médico es un buen pastor, que no solamente receta, sino que enseña a vivir: que tengan vida. Un buen cura es un buen pastor. Un buen amigo es un buen pastor.

La tarea de ser buen pastor es hermosa y la responsabilidad grande.

  1. Sigamos al Buen Pastor: no errantes, sino peregrinos.

pastor-tareaEl pastoreo es trashumancia, como la vida es peregrinar. Estamos todos de paso. Es decir que la vida es siempre ir hacia delante.

Somos peregrinos hacia las “verdes praderas del Reino, no somos seres erráticos: que deambulamos de aquí para allá, (como nos condenó Nietzsche), somos peregrinos (per agrum: por los campos de la vida, por la mies del Señor) caminantes hacia el redil, hacia el aprisco del Señor

El que compuso el salmo 22 sabía por experiencia que en la vida pasamos por valles oscuros. Esto es así por ley de vida y por ley de los hombres: vamos a tener y sufrir crisis, enfermedades, envejecimiento, problemas de todo tipo, y muerte.

El Señor es nuestro pastor, nada nos falta.

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Una Iglesia que fabrica ateos necesita conversión urgente.

sábado, 11 de mayo de 2019
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Puppeteers pulls cords as they animate giant puppets of a boy and a deep-sea diver as they are paraded through the streets of Le Havre, northwestern France, on July 7, 2017, during a performance by French mechanical marionette street theatre company Royal de Luxe. / AFP PHOTO / CHARLY TRIBALLEAU Foto Charly Triballeau

Del blog de Jairo del Agua:

¿Nuestro Dios es Dios? ¿Es ACTIVO, autónomo y libre? ¿O es un ser PASIVO al que manejamos con los hilos de la oración insistente para moverle a cumplir sus deberes?

¿Será un Padre volcado siempre por sus criaturas? ¿O será una «marioneta sagrada» a la que damos «bondadosas instrucciones» a través de los hilos de la oración?

Os invito a prestar atención a las oraciones litúrgicas y comprobar que la gran mayoría pretenden MOVER a Dios. Le tratan como a una Gran Marioneta omnipotente que, gracias a nuestros tirones, se moverá y actuará.

Ese es el mayor error de los creyentes. No nos han enseñado a identificar quién es y cómo es el Padre. Ni nos han motivado a buscarle en el interior, ni a ser fieles al Abba revelado por Cristo. Se conforman con que seamos fieles «al pie de la letra» a lo que manda el Clero. Y nos tienen sumidos en una «Iglesia infantil» que cree en los Reyes Magos, en los Santos milagreros o en las Vírgenes curanderas, etc.

Lo importante es que tengamos «fe», cuanto más irracional más grande es la «fe», no importa en qué o en quién. Todavía se exigen dos milagritos para canonizar a un santo. ¿Esa tacañería es la gran prueba de santidad? A los que nos atrevemos a pensar nos llaman «racionalistas», «incrédulos», «herejes»… Cuando el uso de la inteligencia es la mayor prueba de fidelidad al Espíritu Santo.

Me propongo demostrar en esta meditación -continuación de la anterior- que gran parte de nuestro CREER y nuestro ORAR son absurdos, es decir, irracionales. Son contrarios a la «inteligencia», que es un don del Espíritu Santo y nuestra principal herramienta humana.

En estos tiempos tan pragmáticos y racionales querer mantener una «fe mítica y sometida» es un gravísimo error. La existencia de Dios es evidente para cualquiera que sepa utilizar la cabeza y palparse la ropa. De la NADA no sale NADA.

Lo absurdo es seguir creyendo e imponiendo una «imagen de Dios» judía, bárbara, humanoide y contraria a la razón. La religión es para «religare», volver a unir a la criatura con su Fuente límpida, positiva, inagotable… Se les pedirá cuentas a los que la han reducido a un «método breve y ritual» de conseguir prebendas y anestesiar conciencias. Tendrán que convertirse, es decir, rectificar para no conducirnos a una religión momificada, inútil y residual.

Sin embargo la religión es esencial para el ser humano y forma parte de su ADN sicológico. Quien no ratifique esta afirmación que observe un poquito la Naturaleza o analice su fragilidad personal o se deje sentir sus profundas aspiraciones humanas.

Tenía razón san Agustín: «Nos hiciste Señor para ser tuyos y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Por eso siempre he predicado una «religión humanizadora, positiva, luminosa y alegre». En «humanizadora» está incluido el «racional». Cada día estoy más convencido.

Meditemos un ratito. No tengas prisa. Es un tema muy importante. A los rígidos y tenedores de la «verdad absoluta» no les recomiendo que sigan leyendo.

A un Dios ACTIVO le hemos convertido en un dios pasivo y falso.

A un Dios Misericordia infinita le hemos transformado en un «dios distraído y cicatero». Prestad atención a las preces de la misa, por ejemplo. O comprobad con atención los «grandes logros» que conseguimos con rimbombantes preces en millones de misas diarias.

A un Dios infinitamente bueno le tratamos como a uno «malo y cruel» (iracundo, tacaño, vengativo, impositivo, celoso, amenazante, castigador, olvidadizo, ausente…). No hay más que oír bien los salmos de cada día, si la rutina nos permite estar atentos…

Un «dios incoherente» es rechazado espontáneamente por cualquier ser humano que piense un poco. Somos nosotros los que expulsamos de nuestra Iglesia a las personas, no es que ellas sean peores que nosotros.

Empecemos por escuchar los argumentos de los ateos frente a nuestra «fe irracional». Ellos ven los enormes males del mundo y dicen: «Si existiera un Dios bueno, no permitiría estos desmanes». Miran las catástrofes naturales y concluyen: «Imposible que exista un Dios mínimamente piadoso que no evite estos dramas».

Los que han suprimido a Dios de sus vidas o han abandonado toda religión lo han hecho con sentimientos y argumentos muy sólidos. No son tontos. Muchos son inteligencias eminentes. Los irracionales somos, a lo peor, muchos de los creyentes.

Además nos han observado. Y a la mayoría de los católicos nos han visto sometidos a una «clase clerical», que se atribuye una autoridad divina, cuando ellos -los ateos- defienden la «libertad humana» como parte de nuestra esencia. Y tienen razón.

No digo nada si han tenido ocasión de experimentar, directa o indirectamente, los muchos casos de prepotencia clerical, de mala educación, de contradicciones doctrinales y hasta la ausencia de moralidad natural y cívica

Para rematar el espectáculo, nos ven de rodillas pidiendo favores y milagros, que raramente llegan. Deben de creer -dicen- en un «dios indiferente, cicatero, avaro, rácano y malhumorado». Y el colmo les llega cuando nos ven tan complacidos con algún supuesto milagrito conseguido por una virgen o un santo que, por fin, han arrancado alguna dádiva a ese «dios tacañón».

Si la consecución del favor ha sido porque tenían una tía monja, un hermano fraile o algún otro enchufe, entonces las cosas se complican. El «dios tacañón» en que creen éstos -siguen diciendo- no solo es «roñoso» sino que es «manipulable» y solo atiende a los enchufados.

Luego no es Dios porque no es absoluto e inmutable, como se supone en simple lógica, que debe ser un posible Dios eterno y verdadero. Se trata de un «dios» relativizado, condicionado, influenciado y manipulado por sus criaturas.

Es pues un «dios imaginario y absurdo» -sucesor de los dioses del Olimpo- que no puede existir más que en la fantasía de esos creyentes ignorantes o fanatizados. En este mundo todo es consecuencia, confluencia y complejidad de las fuerzas de la naturaleza y su evolución -terminan diciendo-.

Henos aquí a los cristianos en general -no conozco otras religiones-, con sus Jefes al frente, convertidos en la mayor fábrica de ateos, agnósticos, indiferentes y contrarios a toda religión.

Un médico famoso, ateo y muy humano, me decía con total sinceridad: ¿Si yo pudiera hacer alguno de esos «milagros» que atribuyen a la oración o a la influencia de algún santo, tú crees que me limitaría a hacer «un solo milagro»? ¡Dejaría el Hospital más vacío que el desierto!

No puedo creer, es imposible creer, en ese «dios mezquino y manipulable», al que vosotros pedís continuamente sin resultado. Yo soy médico y busco el bienestar de las personas con total determinación. Es más, te aseguro que si yo pudiera hacer «milagros» o «curaciones inmediatas» no solo me volcaría por mis enfermos, curaría a todos, hasta el último rincón del mundo.

Es imposible que un Dios Todopoderoso sea menos misericordioso que yo. Por eso no creo en vuestro «dios» y SÍ en la capacidad, que tenemos todos los seres humanos, de evolucionar, de superarnos y de hacer el bien.

Amigo mío, estoy de acuerdo contigo -le contesté-. Pero NO es ese «dios» en el que yo creo. Por razones que desconozco, en parte por no haberse despegado del arcaico judaísmo, nuestros Jefes religiosos mantienen una imagen de Dios falseada:

Un «dios sordo, distraído, manipulable y pasivo», al que hay que MOVER con nuestras oraciones, al que hay que ARRANCAR los favores con continuas súplicas y sacrificios, al que hay que CONVENCER continuamente para que nos ayude.

Para mí es inexplicable que sigan formando a los fieles, conduciendolos y rezando con presupuestos absurdos y rígidos. Con tantos años de estudio, con tantas facultades, con tantas estructuras eclesiales, con tantas personas dedicadas al cuidado de los fieles, no puedo entender que sigan anclados -no todos- en unas tradiciones religiosas, ya denunciadas en el Evangelio.

Han olvidado el «principio de evolución» del ser humano -que se cita en el Evangelio- y me temo que no han dado la misma importancia a la oración personal y a la meditación como al estudio teórico o la mera erudición. Han olvidado aquella conclusión a la que llegó el gran teólogo Tomás de Aquino cuando, al final de una vida de estudio, confesó que «había aprendido más en la oración que en los libros».

Yo creo en un Dios ACTIVO y NO en el «dios pasivo, sordo y olvidadizo» (escúchanos, acuérdate, escucha y ten piedad) al que dedicamos la mayor parte de nuestros ritos y oraciones. Realmente le rebajamos a todo lo que tú dices.

Tampoco creo en un «dios intervencionista» que tiene que curarnos, alimentarnos, dirigirnos, castigarnos, conseguirnos metas, darnos regalos, etc.

Creo en un Dios Torrente, volcado sobre sus criaturas, que nos lo dio TODO desde el principio y que nos acompaña siempre. Pero que no interviene en el mundo directamente, ni hace milagritos, para lucirse de vez en cuando.

Nos dio la libertad con todas sus consecuencias y nos ha confiado la administración del mundo y de nuestra vida personal. Ese Dios no nos ha abandonado, NO, está presente en nuestro interior, en nuestra inteligencia, en nuestra voluntad, en toda nuestra vida.

No hace falta llamarle para que baje. Está aquí, con nosotros. Lo que necesitamos es abrirnos a todas las capacidades que nos ha dado, cultivarlas, rentabilizarlas y administrarlas bien.

Nosotros somos los administradores de este mundo, Él permanece oculto tras la Creación, pero muy activo en nuestro interior, respetando siempre a sus hijos y sus decisiones.

Somos nosotros los que tenemos que discernir, decidir y actuar en el mundo, dirigidos por esa «inteligencia, energía y amor» que llevamos dentro y que es parte de la mismísima esencia de Dios. Somos «pequeños dioses» con los mismos genes de Dios.

Nosotros somos sus manos cuando actuamos desde ese «íntimo» de la persona en el que portamos todos sus dones, sus capacidades, sus luces, las que nos insertó al crearnos «a su imagen y semejanza». Y que van creciendo a medida que las cultivamos.

Ese es el «tesoro de los humanos», el «reino de Dios» del que habla el Evangelio. Somos nosotros lo que podemos y debemos hacerlo patente y actuante en este mundo.

No existe un Dios al que haya que «pedir piedad». No existe un Dios al que haya que «pedir la paz». La piedad y la paz ya residen en tu interior. Eres tú el que debe acrecentarlas y manifestarlas.

Por eso yo rezo en la Misa: «Señor Tú tienes piedad», «Señor Tú nos das la Paz». Eso me recuerda que ya me lo dio y lo llevo dentro. Y estoy llamado a acrecentarlo y manifestarlo, a parecerme a mi Padre, a vivir desde esa «central de energía» interior, a derramar por el mundo ese caudal.

Ese es un Dios muy racional, muy comprensible, muy admirable y deseable. Te ha creado con «sus poderes» dentro (lo puedes comprobar y lo puedes sentir si te sumerges). Te motiva continuamente a que los ejerzas, los manifiestes y los siembres a través del «dinamismo de crecimiento» que todos llevamos dentro (lo dice claramente el Evangelio, recuerda por ejemplo la «mostaza» o el «sembrador»). Vamos a la iglesia a fortalecer ese interior, a motivarnos, a salir iluminados, fortalecidos y crecidos. (Pero nos obligan a «pedir» a Dios que recuerde sus deberes, actúe, resuelva y nos saque las castañas del fuego).

En ese Dios ACTIVO y PRESENTE sí podrías creer amigo ateo y sí podrías confiar. Un Dios que te crea con «inteligencia, libertad y voluntad» (a su imagen) y te respeta, te deja conducir y te deja elegir tu destino. De lo contrario NO serías libre.

Fíjate lo que decía, ya al principio, nuestro apóstol Pablo: «Ya que lo que se puede conocer de Dios, ellos lo tienen a la vista, pues Dios mismo se lo ha manifestado. Desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se pueden descubrir a través de la inteligencia. Hasta el punto que no tienen excusa porque, conociendo a Dios, no lo glorificaron ni le dieron gracias; por el contrario, su mente se dedicó a razonamientos vanos y su insensato corazón se llenó de oscuridad» (Rom 1,19).

Y lo enseña el Evangelio. Lee, por ejemplo, lo que dice de la Luz el primer capítulo de Juan. Pero lo hemos olvidado. Y nos lo han cambiado por un «ídolo manipulable», que nosotros hacemos bailar al son de influencias. E «inmisericorde» puesto que no se prodiga.

El amor y todo lo que llevas dentro crece cuando lo manifiestas y entregas. Eres tú el «enviado de Dios» para construir un mundo nuevo y feliz.

Me llamarán «enemigo de la Iglesia» por decir todo esto. Si esta misma mañana un periodista, muy católico, decía del Papa Francisco que «cabalga a lomos de un caballo cismático», qué puedo yo esperar…

Solo sé que el Espíritu Santo actúa e ilumina a todos los católicos de buena voluntad que buscan sinceramente. A esos pretendo ayudar. Los demás que me tiren a la papelera.

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Aparta

jueves, 9 de mayo de 2019
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Del blog Nova Bella:

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«Aparta de Dios todo cuanto lo reviste

y tómalo puro en el vestidor

en donde está descubierto

y desnudo de sí mismo«

*

Maestro Eckhart

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Estar dentro para buscar la verdad, silencioso y atento

miércoles, 8 de mayo de 2019
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Del blog Amigos de Thomas Merton:

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«Las cosas son lo que son en un inmenso conjunto del que yo formo parte y que no puedo pretender comprender. Decir que lo comprendo supone ponerme de inmediato en una posición falsa, como si estuviera fuera de él. Mientras que estar dentro es buscar la verdad en mi propia vida y acción, moviéndome donde el movimiento es posible y manteniéndome inmovil cuando el movimiento es innecesario, cayendo en la cuenta de que las cosas seguirán definiéndose ellas mismas y que los juicios y la misericordia de Dios se clarificarán ellos mismos y que serán más claros para mí si estoy silencioso y atento, obediente a Su voluntad, en lugar de formularlo constantemente en declaraciones en estos tiempos sofocados por el lenguaje, la falta de sentido y el debate no concluyente en el que, en último término, nadie escucha nada excepto lo que coincide con sus propios juicios.

*

Thomas Merton
Diarios, marzo de 1966

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Dios Amor

lunes, 6 de mayo de 2019
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Del blog Nova Bella:

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*

«Que Dios sea Dios para ti

y que tú seas para él amor.»

*

Hadewijch de Amberes,
Dios, amor y amante

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“Al amanecer”. 3 Pascua – C (Juan 21,1-19)

domingo, 5 de mayo de 2019
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san pedro el pescadorEn el epílogo del evangelio de Juan se recoge un relato del encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos a orillas del lago Galilea. Cuando se redacta, los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores.

Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Están de nuevo con las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos.

La pesca resulta un fracaso completo. El narrador lo subraya con fuerza: «Salieron, se embarcaron y aquella noche no pescaron nada». Vuelven con las redes vacías. ¿No es esta la experiencia de no pocas comunidades cristianas que ven cómo se debilitan sus fuerzas y su capacidad evangelizadora?

Con frecuencia, nuestros esfuerzos en medio de una sociedad indiferente apenas obtienen resultados. También nosotros constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?

En este contexto de fracaso, el relato dice que «estaba amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla». Sin embargo, los discípulos no lo reconocen desde la barca. Tal vez es la distancia, tal vez la bruma del amanecer, y, sobre todo, su corazón entristecido lo que les impide verlo. Jesús está hablando con ellos, pero «no sabían que era Jesús».

¿No es este uno de los efectos más perniciosos de la crisis religiosa que estamos sufriendo? Preocupados por sobrevivir, constatando cada vez más nuestra debilidad, no nos resulta fácil reconocer entre nosotros la presencia de Jesús resucitado, que nos habla desde el Evangelio y nos alimenta en la celebración de la cena eucarística.

Es el discípulo más querido por Jesús el primero que lo reconoce: «¡Es el Señor!». No están solos. Todo puede empezar de nuevo. Todo puede ser diferente. Con humildad, pero con fe, Pedro reconocerá su pecado y confesará su amor sincero a Jesús: «Señor, tú sabes que te quiero». Los demás discípulos no pueden sentir otra cosa.

En nuestros grupos y comunidades cristianas necesitamos testigos de Jesús. Creyentes que, con su vida y su palabra, nos ayuden a descubrir en estos momentos la presencia viva de Jesús en medio de nuestra experiencia de fracaso y fragilidad. Los cristianos saldremos de esta crisis acrecentando nuestra confianza en Jesús. A veces, no somos capaces de sospechar su fuerza para sacarnos del desaliento y la desesperanza.

José Antonio Pagola

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“Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”. Domingo 05 de mayo de 2019. 3er Domingo de Pascua

domingo, 5 de mayo de 2019
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28-pascuaC3 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.
Salmo responsorial: 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Apocalipsis 5, 11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.
Juan 21, 1-19: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

En el pasaje de Hechos, los apóstoles son llamados a rendir indagatoria ante el Sanedrín, o Junta Suprema de los judíos. Conviene reflexionar sobre lo que implica concretamente la fe en la resurrección de Jesús; esto es, el testimonio de que él continúa vivo y actuando no ya físicamente, sino a través de la comunidad que ha asumido con el coraje y la valentía de su Maestro el proyecto del Reino. La Resurrección carece de pruebas históricas, y el creyente no las necesita. La prueba más segura y contundente nos la da, precisamente, la comunidad misma de creyentes que se fue formando alrededor de la fe en la Resurrección y que da testimonio de ella a través de una experiencia vital que ha evolucionado desde una total ignorancia e incapacidad para comprender a Jesús, hasta un cambio tan radical que ya nadie teme dar testimonio de que Jesús está vivo y que su proyecto sigue adelante. Con una valentía increíble, aquellos que habían huido abandonando al Maestro en su prendimiento, recalcan ahora que seguirán predicando porque “hay que obedecer a Dios antes que a los humanos”. Esta situación se repetirá innumerables veces en la historia de la Iglesia, cuando la autenticidad del mensaje entre en conflicto con los intereses que se le oponen.

En el evangelio Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de personas a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Allí se les presenta Jesús y aprovecha lo que les es familiar. Y allí Dios les manifiesta su poder y su gloria, a través del símbolo de la pesca y de la comida.

El Resucitado los invita a tirar la red, que recogerá una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.

El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea especifica que dejó de cumplir.

El capítulo 21 del cuarto evangelio fue agregado posteriormente. Es claro que Jn 20,30-31 era la conclusión original. Y es interesante que el capítulo 21 esté centrado en la figura de Pedro. En todo el evangelio los grandes protagonistas habían sido “el discípulo amado”, los discípulos en general y especialmente las discípulas, y entre ellas la madre de Jesús y María Magdalena. La figura de Pedro tiene relieve secundario; más aun, aparece siempre contrapuesta y subordinada a la del “discípulo amado”. Para Juan lo más importante es ser discípulo/discípula. Ahora, en el capítulo 21, se afirma a Pedro como pastor a partir de la inquietante pregunta triple de Jesús resucitado: “Simón, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas”. Pedro es reconocido como pastor porque ahora cumple la condición de buen discípulo. Durante la Pasión negó tres veces ser discípulo de Jesús. Ahora el Señor le pide una triple confesión de su sincero amor como discípulo.

Antes que jerárquica, la Iglesia es una comunidad de discípulos. En la tradición de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es una iglesia fundada y dirigida por los 12 apóstoles, llamados también comúnmente los 12 discípulos. El capítulo 21 de Juan expresa la armonización de la dos tradiciones: Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo. Leer más…

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5.5.19 Pedro ¿me quieres? (Cura ¿ tú me amas?)

domingo, 5 de mayo de 2019
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Del blog de Xabier Pikaza:

Ministro del evangelio: una historia de amor

Saber amar, no hay otra condición

No hay otra condición para ser testigo de Jesús, ministro de la iglesia: papa, como Pedro (imagen 3), o cura de barrio como  Federico (Imagen 1).  Lo que importa es  querer ala gente de Jesús y ser querido por la gente. En esa línea, este Jesús resucitado que pregunta Pedro si le quiere para confiarle el encargo de animar a la iglesia (Jn 21) es cualquiera de los creyentes, la viejecita o el niño, el profesor o el carbonero.

Saber querer y ser querido por la gente: esa es la tarea del Papa de Roma o del vicario de Villagarcía, y al mismo tiempo la misión todos los cristianos y cristianas que realizan funciones de Jesús (¡todos!) en el ancho mundo y en la Iglesia.

Éste es el argumento del evangelio de este Dom. 3 después de Pascua (Jn 21). Después de Magdalena (dom. 1) y de Tomás (dom 2) vienen Pedro y el Discípulo Amado (dom. 3), y su experiencia de pascua como amor complementario de estos dos discípulos constituye el centro de la Iglesia.

pescamilagrosaContengo la respiración al comentar este evangelio, pues día tras día me avergüenzo de leer en la prensa escándalos de curas pederastas o poco finos en amores. A pesar de todo, pienso que es necesario comentar ese evangelio, con amor y temblor, con temor y  esperanza, pues la Iglesia de Jesús resucitado no tiene más herencia ni capital que el amor, de manera que sus ministros (Pedro y/o Discípulo Amado/a) han de saber que sólo en amor es mi ejercicio (Juan de la Cruz)

Todo lo demás, si papa y clérigos son casados o solteros (si son célibes por vocación o circunstancia), varones o mujeres, homo- o hetero-sexuales) es a la postre secundario, tomar el rábanos por la hojas y no por su «cuerpo» comestible.

   Varias veces he tratado de este argumento en mi blog. Ahora me limito a ofrecer un comentario general de Jn 21. Ciertamente, está en el fondo el tema de la pederastia o mal amor, pues donde es más grande la llamada al amor puede ser mayor su riesgo, sobre todo si va unido a un tipo de poder eclesiástico y/o civil.  Pero de aquí en adelante no me ocupo ya de la pederastia (aunque todo lo que digo puede aplicarse a ella).

Siga quien quiera, y que tenga buen domingo (domingo de la madre o del padre, del amigo… y de cura), pues Jesús pidió y ofreció a los suyos simplemente que se amaran, es decir, que amaran y se dejaran amar por los demás, de un modo integral, como buena nueva o evangelio de Dios.

   Este es el tema de fondo que he desarrollado en alguno de mis libros, cuya portada presento a continuación, especialmente la del Diccionario de la biblia o la de La novedad e Jesús. Buen domingo a todos.

Introducción. Jn 21, un evangelio especial, resumen de todo el evangelio.

   Habían pasado algunos decenios desde el comienzo de la Iglesia, con idas y venidas y variantes, y hacia el  año 100 una comunidad cristiana muy especial, de origen judío, que había empezado a desarrollarse primero en Jerusalén y después (quizá tras la guerra del 67-70) en alguna zona del entorno (Siria-Transjordania o Asia Menor), se integró en la Gran Iglesia.

pedro-me-amas-001Esa comunidad que llamó a las puertas de Pedro (símbolo de la Gran Iglesia) había estado animada por un personaje enigmático, que se presentaba como el «discípulo amado» (cf. Jn 21, 24), su máxima autoridad era el Espíritu Santo, que Jesús les había prometido y ofrecido (cf. Jn 14, 16; 15, 16; 16, 13) y desarrolló una intensa fraternidad, de tipo carismático, sin grandes instituciones externas.

Pues bien, pasados unos decenios (entre el 30-90 d. C.), esos «amigos de Jesús», a quienes podemos presentar como carismáticos del amor, representados por el Discípulo Amado, corrieron el riesgo de perder su identidad, entre disputas internas y tensiones de tipo gnóstico (impulsadas por un tipo de espiritualismo que podría separarles del Jesús de la historia) y entonces, algunos (quizá una mayoría) se integraron en la Gran Iglesia, donde la memoria y autoridad de Pedro aparecía como garantía de fidelidad cristiana y unidad eclesial [1].

Ellos trajeron consigo un evangelio (Jn) donde, al lado del Discípulo amado, que era signo clave de la comunidad, se  reconocía también a Pedro (Jn 1, 40; 6, 68; 11, 6-9) y se recordaba su figura en el contexto de la pascua (Jn 20, 1-17) y, sobre todo, de la misión de la iglesia, como indicaremos, comentando de un modo especial el capítulo final (Jn 21), añadido quizá en la última etapa de la redacción del evangelio, para trazar las relaciones históricas e institucionales entre Pedro (Iglesia organizada y misionera) y el Discípulo amado (libertad en el amor, identidad carismática cristiana).

Pedro Pescador, la iglesia misionera,iglesia de los Siete

Pedro, que aparece como representante de la iglesia institucional, sale a pescar en la barca, con otros seis discípulos, como para recordar que la misión fundadora de la iglesia, en su primera apertura a los pueblos, fue decisión y tarea de Siete discípulos del Cristo (no de los Doce, ni siquiera de otros misioneros como Pablo). Al frente de esos Siete (que recuerdan a los helenistas de Hech 6-7) se encuentra Pedro y a su lado, inseparable y necesario, está el Discípulo amado, que así aparece como testigo de la verdad del evangelio, pues se ha dejado transformar por ella y no tiene más autoridad y tarea que amar y ser amado, a partir de un Cristo a quien vemos como presencia de Dios (es Señor, Hijo Divino), siendo fundador de una comunión de «amigos» (Jn 15, 15).

Este discípulo expresa la esencia de la iglesia, refleja su verdad, pero debe mantenerse unido a Pedro. Por eso, si se aísla y separa, puede acabar destruyendo al mismo grupo, pues la comunidad necesita estructuras para organizar el amor. Así le vemos, y vemos a su Iglesia, en comunión con Pedro.

La función de Pedro aparecía anunciada al principio del evangelio (Jn 1, 42), cuando Jesús le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que significa Pedro, es decir, Piedra-cimiento de la iglesia (como suponía Mt 16, 17-18). Por eso, el Discípulo Amado acepta a Pedro, como expresión de identidad eclesial, junto a la autoridad carismática del Espíritu (que aquí recibe el nombre de Paráclito: abogado, animador, consuelo).

maxresdefaultDe esta manera se indica la gran tarea de la Iglesia: La comunidad del Discípulo amado (que ha condensado su más honda experiencia en el Paráclito) debe dialogar con la iglesia institucional (simbolizada en Pedro); por eso tiene que aceptar y acepta al final de su evangelio a Pedro. En esa línea, este (Jn 21) parece la expresión de un pacto constituyente, quizá implícito, que se realizó en el paso del siglo I al II, entre la Gran Iglesia (representada por Pedro) y la comunidad del Discípulo amado.

Este pasaje, todo Jn 21, no quiere narrar unos hechos antes ignorados, nuevas historias sobre Jesús y sus discípulos, sino recrear la esencia cristiana, vinculando la comunidad del Discípulo amado con la iglesia de Pedro, como había hecho, desde otra perspectiva y con otro lenguaje, aunque con intenciones semejantes, el evangelio de Mateo (cf. Mt 16, 16-19).

(1) Según Mateo, Pedro era garante de una interpretación universal de la Ley, testigo y signo de la apertura del evangelio a los gentiles y a los pobres; por eso, los judeo-cristianos legalistas, que habían ido elaborando las tradiciones de Mateo, debían confiar en Pedro y aceptar su misión universal (Mt 28,16-20).

(2) Según Juan, Pedro es también garante de una misión universal que se funda en la pascua de Jesús y lleva a los creyentes desde el Mar de Galilea a todos los pueblos de la tierra; pero Jn 21 añade que esa misión debe realizarse conforme a los principios de un amor del Discípulo amado.

Los símbolos de Jn 21 (pesca milagrosa, comida a la orilla del lago…) son tradicionales (cf. Lc 5, 1-11). Nueva es su forma de entenderlos.

En el comienzo del relato está Simón Pedro que dice voy a Pescar. Sin esta decisión de Pedro, que asume la iniciativa misionera del evangelio (que de hecho parece haber surgido entre los helenistas y Pablo), no hubiera existido una iglesia universal. Pedro aparece así guiando un grupo de Siete discípulos (no Doce), con Tomás, Natanael, los zebedeos (Santiago y Juan) y otros dos cuyos nombres no se dicen (Jn 21, 2).

Uno de ellos, a quien la tradición posterior identificará sin pruebas con Juan Zebedeo, es el Discípulo amado. El tiempo de los Doce testigos de las tribus de Israel ha terminado, y también el de Santiago de Jerusalén. Estamos en el tiempo de los Siete (entre ellos Pedro y el Discípulo amado). Pedro lleva a sus amigos al «mar de Galilea», que es la tierra de Jesús y símbolo del mundo entero (no va a Roma como hace Pablo en Hechos).

Una noche sin pesca

Subieron a la barca y esa noche no pescaron nada. Amanecía y estaba Jesús a la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo:«¡Muchachos! ¿Tenéis algo de comer?». Respondieron: «¡No!». Él les dijo: «¡Echad la red a la derecha de la barca y encontrareis!». La echaron y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. Entonces, el Discípulo al que Jesús amaba dice a Pedro: «¡Es el Señor!». Y Simón Pedro, oyendo es el Señor, se ciñó el vestido y se lanzó al mar (Jn 21, 3-7).

Pedro ha dirigido la faena, pero no conoce aún a Jesús, no le distingue en la noche, de manera que parece incapaz de discernir lo que está haciendo (lo que de verdad está pasando en la noche de la historia humana, sobre el mar desconocido). Por el contrario, el Discípulo amado ha conocido a Jesús en la noche y sabe lo que pasa y se lo dice a Pedro, compartiendo de esa forma su experiencia con los compañeros de la barca. Pedro dirige la faena (en la línea de lo que podrá hacer luego el Papa de Roma), pero depende de los otros y especialmente del Discípulo amado, y no sólo de Jesús que espera en la orilla, recibiendo los peces que traen los discípulos y ofreciéndoles el pan y el pez del Reino.

Oficio de amor

Pues bien, cuando todo parece haber terminado y los discípulos toman en la orilla el pan de Jesús con los peces de la pesca misionera, el texto sigue, de manera sorprendente, como seguiré comentando:

Después que comieron, Jesús dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas más que estos?». Le dijo «¡Sí, Señor! Tú sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis corderos!». Por segunda vez le dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me amas?». Le dijo: «¡Sí, Señor! Tu sabes que te quiero». Le dijo: «¡Apacienta mis ovejas!». Por tercera vez le dijo: «Simón, hijo de Juan ¿me quieres?». Se entristeció Pedro, porque por tercera vez le había dicho ¿me quieres? Y le dijo: «¡Señor! Tú lo sabes todo, sabes que te quiero». Y le dijo:«¡Apacienta mis ovejas!» (Jn 21, 15-17).

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Perseguido, exaltado, misterioso. Tres aspectos de Jesús. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 5 de mayo de 2019
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pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

Las lecturas de este domingo nos ofrecen tres rasgos muy distintos de Jesús.

Jesús perseguido (1ª lectura)

           En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

[Nota: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”].

            En esta lectura Jesús es perseguido no en sí mismo, en su persona, sino en sus seguidores. Lo ocurrido en Sri Lanka hace pocos días es la versión ampliada y más trágica de lo que cuenta el libro de los Hechos. A los apóstoles los dejaron con vida; gran parte de los cristianos (y no cristianos) de Sri Lanka murieron. Los apóstoles salieron contentos de sufrir por Jesús; los de Sri Lanka seguirán llorando a sus difuntos, con el único consuelo de la fe en la resurrección. La celebración de la Pascua no anula las dificultades y angustias de muchos cristianos a lo largo del mundo.

Jesús exaltado (2º lectura)

Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”.  El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos.

          Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos-, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje

Jesús misterioso (evangelio)

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy. El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

            Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.

            En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

            Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice:

            – Me voy a pescar.

            Ellos contestan:

            – Vamos también nosotros contigo.

            Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

            Jesús les dice:

            – Muchachos, ¿tenéis pescado?

            Ellos contestaron:

            – No.

            Él les dice:

            – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

            La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

            Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

            – Es el Señor.

            Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:

            – Traed de los peces que acabáis de coger.

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

            El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

            [La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

            – Vamos, almorzad.

            Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

            Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos.

            La mayor sorpresa para el lector, y uno de los mensaje más importantes del relato, son las palabras: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

            Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

Pedro de nuevo: humildad y misión

La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

            Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

            Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

            Él le contestó:

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

            Jesús le dice:

            – Apacienta mis corderos.

            Por segunda vez le pregunta:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

            Él le contesta:

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

            Él le dice:

            – Pastorea mis ovejas.

            Por tercera vez le pregunta:

            – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

            Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
– Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

– Apacienta mis ovejas.

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.»
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.

Dicho esto, añadió:

– Sígueme.

Reflexión final

            Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

            Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

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III Domingo de Pascua. 05 mayo, 2019

domingo, 5 de mayo de 2019
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3Do-Pascua

“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla;

pero los discípulos no sabían que era Jesús…”

(Jn 21, 1-19)

 

El tiempo de Pascua es el tiempo de las sorpresas del Resucitado. Los discípulos y discípulas de la primera hora nos han legado su experiencia de encuentro con el Resucitado. En cada uno de esos encuentros hay un algo de sorpresa.

Siempre les cuesta descubrir quién es el personaje que irrumpe en la escena, da igual que se haya aparecido otras veces, es difícil de reconocer. El texto nos dice que era “la tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Parece que los discípulos se han quedado tan sobrepasados tras la muerte violenta de su maestro que no pueden reconocerle resucitado, pero recuerdan sus gestos. Porque ya en otras ocasiones les había invitado a echar las redes o había bendecido con ellos los alimentos.

La apariencia del Resucitado es distinta, desconocida, pero sus gestos son inconfundibles, en ellos sus discípulos reconocen al Crucificado. Lo que la lógica es incapaz de razonar lo descubre el amor en los gestos pequeños.

Un pequeño gesto es capaz de cambiar por completo la dirección de una vida. Cuenta el autor de un libro que se titula “La guerra no es santa: Relato del infierno Muyahidin”, cómo la ternura de un gesto le hizo conectar con la luz que después de toda la violencia vivida, aún quedaba en su corazón. Invitado en casa de un amigo se puso enfermo con una fiebre muy alta, entonces la madre de su amigo se acercó a su cama y le tomó la fiebre poniéndole la mano sobre su frente. Ese gesto le recordó lo que solía hacer su propia madre cuando él era pequeño y enfermaba.

Ese gesto le hizo descubrir la ternura en las personas que siempre había considerado enemigas, infieles y a las que deseaba eliminar. Había crecido en un país lleno de violencia y con la creencia de que matar “infieles” era la llave de entrada al Paraíso.

Él, que había crecido viendo semanalmente como los infieles eran castigados con la muerte de una manera pública, a modo de espectáculo y con ello se había ido oscureciendo su corazón, afirma que aquel gesto, unido a otros, hizo que el pequeño punto blanco que todavía quedaba en su corazón fuera ganando espacio.

Los gestos, nuestros gestos como los del Resucitado pueden transformar la realidad. Claro que no vale con cualquier gesto, son los gestos nacidos del amor, aquellos que brotan de lo más puro, de nuestra misma esencia. Gestos que no siempre son fáciles porque en nosotros también hay violencia y oscuridad.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a vivir conectadas a nuestra propia esencia, ese lugar bondadoso e inviolable, del que nace el amor que nos hace semejantes a Ti.

 

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Nadie le reconoce… pero sabían bien qué era el Señor.

domingo, 5 de mayo de 2019
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Nuestro problema sigue siendo la experiencia pascual. Se trata de una vivencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos en los que poder meter la realidad vivida, por eso lo primeros cristianos acudieron a los relatos simbólicos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. La crucifixión llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

La probabilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es prácticamente inexistente. Pero es lógico que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte de Jesús. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con su deseo.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo qué pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad que está deseando que otros seres humanos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas, era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso.

«Se manifestó« (ephanerôsen) tiene el significado de “surgir de la oscuridad”. Implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver ni oír ni tocar. Seguimos el esquema, de que hablábamos el domingo pasado.

Situación dada.- Los discípulos están pescando, es decir, habían vuelto a su tarea habitual, ajenos a lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, es decir, forman comunidad. No se hace alusión a los doce. Aparece el siete que es signo de plenitud, (todas las naciones paganas). Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la labor misionera es estéril. El relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace de noche, no de día. Sin embargo, aquella a la que se refiere el relato se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

Jesús se hace presente.- Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. Jesús no les acompaña; su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

Saludo.- Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos» (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Por parte de Jesús, la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que realizar.

Lo reconocen.- La dificultad de reconocerle se manifiesta en que solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor sabe leer las señales. El éxito, es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro, reflejado de un modo simbólico en la palabra «se ató». La misma que se utilizó Jn para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en el relato de la última cena. Se tira al agua después de haberse ceñido el símbolo del servicio, dispuesto a la entrega. Solo Pedro se tira al agua, porque solo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece. El alimento que él les da se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos.

El don de sí mismo queda patente por la invitación a comer y es tan perceptible que no deja lugar a duda. Recuerda la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado. Jesús es ahora el centro de la comunidad, donde irradia la fuerza de vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él. Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones.

La misión.- Hoy se personaliza la misión en otro personaje, Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar. Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Solo una entrega a los demás, como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Solo él lo había negado. Jesús usa el verbo “agapaô” = amor. Pedro contesta con “phileô” =querer, amistad.

Apacentar. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar Vida. Solo puede hacerse en unión con Jesús. “Corderos” y “ovejas” indican a los pequeños y a los grandes. Debe renunciar a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión, Jesús es modelo de pastor, que se entrega por las ovejas. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total. Ahora es Jesús el que usa el verbo “phileô”, ¿me quieres?, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado. Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que se había forjado. Jesús no pretende ser servido sino que sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición.

Meditación

Solo el discípulo más cercano a Jesús lo reconoce.
Si vivo la presencia de Jesús, dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
No lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Reconocer a Jesús

domingo, 5 de mayo de 2019
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A6D7C498-A326-4637-8F8B-3FD005FBA91ALa vida no es fácil, pero hay un motor llamado corazón, un seguro llamado fe, y un conductor llamado Dios.

5 de mayo. Domingo III de Pascua

Jn 21, 1-9

El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!». Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua.

Jacques Leclercq señala en El problema de la fe: “La conversión es un encuentro con Cristo; encuentro personal con la persona viva de Cristo, es una auténtica experiencia vital. Si Cristo es lo que dice ser, no hay más remedio que seguirle, y no hay cosa alguna fuera de ésta, que pueda interesarnos. Así, pues, la fe cristiana es un contacto de hombre a hombre, de creyente a Salvador. Se presenta como un estado de confianza en una persona determinada”.

A lo que José A. Pagola añade que “Para los cristianos, es vital reconocer y confesar cada vez con más hondura el misterio de Jesús el Cristo. Si ignora a Cristo, la Iglesia vive ignorándose a sí misma. Si no le conoce, no puede conocer lo más esencial y decisivo de su tarea y misión. Pero para conocer y confesar a Jesucristo, no basta llenar nuestra boca con títulos cristológicos admirables. Es necesario seguirlo de cerca y colaborar con él día a día. Esta es la principal tarea que debemos promover en los grupos y comunidades cristianas”.

Los textos de la Biblia son muy sugerentes al respecto. Citaremos algunos de los más significativos:

“Por tanto, digo: El Señor es todo lo que tengo. ¡En él esperaré!” (Lamentaciones 3, 24)

“Si alguien reconoce que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios” (1 Juan 4, 15)

“Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Respondió Jesús y le dijo: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi. Respondió Natanael y le dijo: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel. Respondió Jesús y le dijo: ¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees? Cosas mayores que estas verás. Y le dijo: De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo. En esta escritura podemos ver como Natanael reconoce a Jesús al decirle “tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Juan 1, 48-51).

“Mas ellos le obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque se hace tarde, y el día ya ha declinado. Entró, pues, a quedarse con ellos. Y aconteció que, estando sentado con ellos a la mesa, tomó el pan y lo bendijo, lo partió, y les dio. Entonces les fueron abiertos los ojos, y le reconocieron; mas él se desapareció de su vista. Y se decían el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras? Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén, y hallaron a los once reunidos, y a los que estaban con ellos, que decían: Ha resucitado el Señor verdaderamente, y ha aparecido a Simón. Entonces ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo le habían reconocido al partir el pan” (Lucas, 24, 29-35).

Esta escritura es un fragmento del pasaje “El camino a Emaús” que nos narra el capítulo 24 del evangelio según San Lucas, para poder entender esta escritura veremos el contexto de estos acontecimientos. Necesitamos que el Señor abra nuestros ojos (sentidos espirituales) para poder reconocerle, así como estos discípulos, que pasaron de la tristeza y la desesperanza a tener una pasión por Jesús. Esto lo demuestran los discípulos al decir “¿No ardía nuestro corazón en nosotros, mientras nos hablaba en el camino, y cuando nos abría las Escrituras?” Lo interesante es que cuando reconocen a Jesús se levantan y vuelven a reunirse con el grupo.

Pedro, que tenía una fe profunda en Jesús, se arroja al agua sin dudarlo. Una manera de seguirle muy propia de este apóstol profundamente testarudo.

Rabindranath Tagore cantó el episodio de este modo en el poema:

CAMINO DE EMAÚS

Soy como un jirón de una nube de otoño, que vaga inútilmente por el cielo.

¡Sol mío, glorioso eternamente; aún tu rayo no me ha evaporado, aún no me has hecho uno con tu luz! y paso mis meses y mis años alejado de ti.

Si éste es tu deseo y tu diversión, ten mi vanidad veleidosa, píntala de colores, dórala de oro, échala sobre el caprichoso viento, tiéndela en cambiadas maravillas.

Y cuando te guste dejar tu juego, con la noche, me derretiré, me desvaneceré en la oscuridad; o quizás, en una sonrisa de la mañana blanca, en una frescura de pureza transparente.

Me has hecho conocer a amigos que no conocía, me has hecho sentar en casas que no eran la mía. me has llevado cerca del lejano y convertido al extraño en un hermano.

Cuando uno te conoce ninguno es extranjero, ninguna puerta está cerrada.

Escucha mi oración: que nunca pierda la caricia del uno en el juego de los muchos.

Vicente Martínez

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Fuente Fe Adulta

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Comunión en la diversidad

domingo, 5 de mayo de 2019
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EA40232D-AF96-4855-9D82-7ABC120861C7El evangelio de Juan se nos muestra siempre cargado de símbolos y de una gran hondura narrativa. Su complejidad es a veces difícil de desentrañar para los lectores y lectoras contemporáneos porque nuestros marcos culturales y sociales están ya muy lejos de los que estaban vigentes en el mundo en que vio la luz este texto.

Las comunidades cristianas, que están detrás de este evangelio, se fueron configurando entrono a un proyecto de discipulado en el que confluyeron diferentes corrientes no sin conflictos, tanto en su desarrollo interno como en sus relaciones con otros grupos cristianos. Este caminar fue dejando su huella a lo largo de todo el evangelio y posibilitó que los y las creyentes que sostenían su fe en estas comunidades fuesen progresivamente profundizando en la persona de Jesús de Nazaret a la luz de las tradiciones heredadas y de su fe en él.

El capítulo 21 que hoy comentamos, fue añadido cuando la obra ya estaba terminada y es signo de un proceso difícil de consenso que posibilitó a la comunidad joanica incorporarse plenamente a la corriente mayoritaria de la Iglesia naciente. Una corriente que posteriormente se denominó la Gran Iglesia y en la que se sustenta la Iglesia que conocemos hoy.

El relato de la pesca milagrosa se presenta como un escenario en el que van a confluir dos personajes que van a representar las dos corrientes cristianas que han de articularse para que las comunidades receptoras del evangelio puedan responder a los desafíos doctrinales y organizativos que están viviendo. Estas figuras son Pedro y el discípulo amado.

En el marco de un peculiar relato de aparición del Resucitado Juan pone las bases de la incorporación de las comunidades de su círculo a las que ya han reconocido a Pedro como el líder indiscutible de los comienzos cristianos. En el centro de la escena está Jesús invitando a sus compañeros galileos a un nuevo encuentro con él.

Los discípulos, decepcionados y cansados después de una pesca infructuosa, no son capaces de ver en el visitante que se acerca a la orilla al maestro con el que tantas veces compartieron la comida y la tarea. Solo uno de ellos, el discípulo amado, es capaz de recordar la voz y los gestos del Maestro. Él era el testigo central de la fe en Jesús para las comunidades destinatarias del cuarto evangelio. Y en el relato es él que confiesa la fe primero.

Sin embargo, Pedro, necesita una nueva llamada por parte del Maestro para tomar conciencia y asumir la nueva realidad que amanece en su vida tras el encuentro con el resucitado. Pedro va a ser confirmado como la figura que ha de liderar el nuevo comienzo de la primera comunidad de creyentes en Cristo.

El desarrollo de la escena, la actitud de los dos personajes centrales y la autoridad del resucitado ofrecen a las comunidades jónicas el fundamento y las razones para incorporarse al grupo mayoritario. Pero en esta incorporación no se difuminan las diferencias, sino que se reconocen los carismas diferentes y los valores que cada grupo representa. El discípulo amado cree y su fe sale fortalecida en el encuentro con el Resucitado. Pedro, arriesga un nuevo comienzo, confía en los resultados de la pesca y la pesca es milagrosa. Su fe necesita mas tiempo y más dialogo, pero se compromete con valentía en el seguimiento.

Esta experiencia vivida por las comunidades joanicas, sus desafíos iluminados por su encuentro con el Resucitado, nos hablan a nosotras y a nosotros hoy. Las diferencias enriquecen, pero solo el dialogo, el encuentro, el respeto nos permitirán reconocer nuestros dones diversos, nuestras miradas plurales, nuestros orígenes diferentes como una “pesca milagrosa” que nos hace comunidad, fortalece nuestra fe y nuestra esperanza y nos constituye en testimonio auténtico de Cristo Resucitado.

Carmen Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Somos cauce y vida, a la vez

domingo, 5 de mayo de 2019
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FE66EB5D-083F-49CE-9794-8A9F63C7CB02III Domingo de Pascua

5 mayo 2019

Jn 21, 1-9

El capítulo 21 del cuarto evangelio constituye un apéndice tardío, cuyo objetivo parece claro: legitimar la tradición joánica sobre la base de la figura del “discípulo amado”, frente a la gran Iglesia, representada por Simón Pedro. De ahí que todo este apéndice gire en torno a ambas figuras, para subrayar, por un lado, que es el discípulo amado el primero en reconocer al resucitado y para clarificar, por otro, el destino diferente de ambos discípulos. En la misma línea “apologética”, concluirá garantizando la veracidad de lo atestiguado.

En el texto presente hallamos una catequesis, mucho más elaborada que otras, sobre la presencia inequívoca de Jesús en medio de la actividad (misión) del grupo y, especialmente, en la eucaristía (representada aquí por el pescado y el pan).

La barca era símbolo de la propia comunidad –todavía hoy se oye hablar de la “barca de Pedro” para referirse a la Iglesia– y la pesca era imagen de la misión.

Toda la noche –en el cuarto evangelio, este término denota oscuridad interior– han estado trabajando, pero solo cuando toman consciencia de la presencia de Jesús, el trabajo da fruto. Esa toma de consciencia no hay que leerla en un sentido mágico –alguien, desde fuera, opera un milagro–, sino como una presencia interior que nos hace anclarnos en nuestra verdadera identidad. Al hacer así, venimos a descubrir que somos solo cauce, puente, canal, a través del cual la Vida, gratuita, fluye. Y es entonces cuando se opera el milagro, en todas las dimensiones de nuestra existencia. Hasta que no nos percibimos como canal, nuestro propio ego –con el que nos mantenemos identificados– constituye un bloqueo que tapona la Vida.

Finalmente, el relato aporta otra constatación, que tampoco es superflua, al afirmar que “ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor”. La presencia del Resucitado no es idéntica a la del Jesús terreno; aunque no se palpa como anteriormente –y esto resulta frustrante para nuestros sentidos y nuestra mente–, la certeza permanece.

Se trata, sin duda, de una certeza experimentada a nivel “transpersonal”. Acallada la mente, emerge la evidencia de la Unidad en la que todo es sin costuras de ningún tipo, la Unidad no-dual en la que los discípulos se perciben no-separados de Jesús, compartiendo comida, misión y vida en la Presencia atemporal que todos somos.

El trabajo que da fruto es aquel que brota limpiamente de nuestra verdad interior; el que es consecuencia de nuestro alinearnos con la Vida y su sabiduría.

El ego puede esforzarse hasta el agotamiento e incluso, en un cierto nivel, creer que los frutos son resultado de su propio mérito. La realidad, sin embargo, es que la apropiación del trabajo, antes o después, pervierte el resultado. Por el contrario, al ajustarnos al fluir de la Vida, brotará la acción adecuada en cada momento: esa es, vista desde otro ángulo, la sabiduría del presente.

 ¿Vivo el gozo de saberme Vida que se expresa a través del cauce de mi persona?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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La Iglesia no es un Ghetto

domingo, 5 de mayo de 2019
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6F0B6AEC-C680-478B-9177-2195C0170370 Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El pasado domingo veíamos cómo los discípulos estaban en el cenáculo encerrados y con miedo. Hoy están ya afuera, en el lago (el mar es siempre lugar de riesgos y peligros). La Iglesia naciente se ha abierto.

         Están en el lago “Tiberíades” (de Tiberio, emperador romano). Lo normal hubiese sido que hablaran del lago de Galilea, pero quieren subrayar el aspecto de paganismo en el que se encuentran.

         Aquella iglesia naciente no se lamenta de la situación: ¡qué mal estamos!, ¡cuánta secularización y ateísmo tenemos! ¡La gente se ha ido y las iglesias están vacías! No es esa la actitud de Pedro y de la iglesia naciente; enseguida Pedro dirá: voy a pescar. El lugar del evangelio es el mundo, la sociedad, si se le quiere llamar paganismo, pues el paganismo. Ser cristiano es vivir abiertos, en la sociedad, en diálogo con el mundo, con la vida, las gentes, la cultura, la política, etc. Eso es la Gaudium et Spes del Vaticano II: la Iglesia en el mundo.

         Nosotros tenemos una concepción de iglesia casi exclusivamente jerárquica y clerical.

Cuando nosotros pensamos o preguntamos: qué dice la Iglesia acerca de un determinado problema: del divorcio, del aborto o lo que fuere, estamos pensando en que dice la jerarquía, el papa, el obispo acerca de tal cuestión. No pensamos en lo que dice el pueblo de Dios, que no puede decir nada, sino que tenemos in mente lo que dice la Jerarquía… Pero Iglesia no es sola y exclusivamente la jerarquía, los obispos, la conferencia episcopal, los curas, etc. Iglesia somos todo el pueblo de Dios.

         La Iglesia es la presencia de Cristo en la historia a través o por medio de los creyentes. Esta es la idea de la Iglesia como sacramento: la Iglesia es la comunidad de creyentes que continúan haciendo presente a Cristo en la historia.

         Todos los creyentes, mejor o peor, hacemos presente a Cristo en la vida.

         Todos somos Iglesia.

Pedro tiene una cierta relevancia en la vida eclesial: toma la iniciativa de ir a pescar (v 3), se echa al mar (v 7), saca la red llena de peces (v 11), por tres veces dirá al Señor que le ama, que es su amigo: un juego de palabras entre ágape y filia: amor y amistad.

La autoridad en la Iglesia viene del amor y es para apacentar, para pastorear la comunidad.

Posiblemente como evocación de las tres negaciones de Pedro, ahora Jesús, antes de encargar a Pedro la tarea de apacentar la comunidad le pregunta tres veces si le ama: ¿Pedro, me amas?

La autoridad proviene y se ejerce desde el amor y con amor, o si no se convierte en un despotismo tiránico, como tantas veces hemos visto en la historia de la Iglesia y también en algunas iglesias locales hoy en día.

Dice la 1ª carta de Pedro (5,2-3):

Cuidad de las ovejas de Dios que os han sido confiadas;hacedlo de buena voluntad, como Dios quiere, y no como a la fuerza o por ambición de dinero. Realizad vuestro trabajo de buena gana, no comportándoos como si fuerais dueños de quienes están a vuestro cuidado, sino procurando ser un ejemplo para ellos.

         En la iglesia de JesuCristo la autoridad no es el poder que emanan unas elecciones, sino el servicio a la comunidad proveniente del amor.

         Por otra parte apacentar el rebaño no es dominarlo.

No pescaron nada y la razón es evidente: estaban de noche y Cristo no estaba con ellos.

         Que no se nos olvide -que se nos ha olvidado- que lo más importante, lo único decisivo en la Iglesia es Cristo: infinitamente más importante que las estructuras, los curas, las Unidades Pastorales, la jerarquía, los ritos y las leyes, más decisivo que todo eso, es Cristo.

         Una Iglesia en la que se da una dialéctica del poder, o una búsqueda de los puestos, una iglesia en la se discute quién manda aquí, o cuestiones menores como una absolución general o particular, la misa así o asá, es una iglesia en la que Cristo queda relegado y, por tanto, “no tienes que ver nada conmigo” (Jn 13). Si eso sigue así, seguiremos sin pescar nada.

         La luz es Cristo, donde hay luz está Cristo o donde está Cristo, hay luz.

Donde una persona y una comunidad buscan caminos para la luz y la Verdad, Cristo está ya está muy cerca.

No hay gente en las iglesias, no hay seminaristas, ni vocaciones… A lo mejor es que Cristo no va en nuestra barca.

Tal vez en la iglesia no hemos llegado a decir, como Tomás, ¡Señor mío uy Dios mío! o, como el discípulo amado: ¡es el Señor!

Quien es decisivo en la Iglesia, -y en la vida-, es Cristo.

Amanecerá en la Iglesia y en nuestra vida, la pesca será abundante cuando el Señor se haga presente en la vida.

¡Cuánta paz infunde en el alma “ver y estar con el Señor”: ¡es el Señor!

         Este relato del lago es una Eucaristía. Cristo celebra la Eucaristía con los suyos. Cristo es el pan de Vida. Cristo es la Vida y el calor (las brasas) de la comunidad. Una comunidad cristiana, un grupo en el que Cristo está presente, tiene Vida y nadie pasa necesidad.

Lo de las brasas tiene su retranca y su ternura: está resonando la noche de la pasión del Señor, cuando Pedro niega a Jesús tres veces: hacía frío, los soldados romanos hacen fuego ya había unas brasas, (Jn 18,18). Resuena también el atardecer de Jesús con los dos de Emaús al calor del hogar.

Las brasas de Cristo son calor y vida.

¿Y qué otra cosa debería ser la iglesia, sino recordar a Cristo y Eucaristía?

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Sed sedienta

jueves, 2 de mayo de 2019
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Del blog Nova Bella:

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Más he aquí que ahora,

abrasado y anhelante,

vuelvo a tu fuente.

Nadie me lo prohíba:

que beba de ella y viva de ella.

*

San Agustín,
Confesiones

***

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«Elogio de la Presencia», por Enrique Martínez Lozano

martes, 30 de abril de 2019
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Thomas-Millet-ResurrectionMientras vivimos en la mente, fuera del aquí y ahora, nos pasamos el tiempo buscándole un significado a la vida; basta venir al instante presente para disfrutar de una vida plena de significado. La Presencia es sentido.

Mientras estamos en la mente, permanecemos enredados en cavilaciones incesantes, alejados de la vida. Al venir al presente, empezamos a sentir la vida interna. La Presencia es energía.

Mientras estamos en la mente, es imposible detener la cavilación agotadora. Basta venir al presente, para que la mente se aquiete. La Presencia es descanso.

Mientras estamos en la mente (identificados con ella), no podemos sino reaccionar, siguiendo las pautas grabadas en ella. Al venir al presente, esas pautas se desvanecen y respondemos desde lo que se nos regala y fluye. La Presencia es libertad.

Mientras estamos en la mente, vivimos reaccionando, en un drama de defensa o ataque, desde el miedo, la culpa o la venganza. Al venir al presente, notaremos que lo que sale de nosotros es una respuesta adecuada, caracterizada en todo momento por la responsabilidad. La Presencia es responsablemente ajustada.

Mientras estamos en la mente, no podemos ir por la vida sino como vencedores o como víctimas. Al venir al presente, no hay papeles que representar. La Presencia es certeza de que todo está bien.

Mientras estamos en la mente, nos percibimos separados y alejados de todo y de todos; la mente nos mantiene en la superficie y en la distancia de lo real. Al venir al presente, percibimos la interconexión de todo y sentimos la vida que se manifiesta en todo y en todos como “energía en movimiento”. La Presencia es plenamente integradora.

Mientras estamos en la mente, nos hallaremos convencidos de que todo lo que nos ocurre es efecto de algo que, pensamos, no depende de nosotros. Basta venir al presente, para empezar a percibir con claridad que la calidad de nuestra experiencia vital en este mismo instante es una consecuencia de nuestro propio sistema de creencias, generado por las experiencias no elaboradas o integradas de nuestra infancia. Y que, en la medida en que venimos al instante presente, nos sentimos crecer en libertad frente a ellas. La Presencia es liberadora.

Mientras estamos en la mente, tendemos a evitar todo aquello que nos haga sentir mal, lo que la propia mente etiquete como “desagradable”. Al venir al presente, nos vamos viendo capaces de no evitar nuestros “malestares”, sino de acogerlos y de integrarlos progresivamente, creciendo a partir de ellos y responsabilizándonos de toda nuestra vida. La Presencia es sanadora.

Mientras estamos en la mente, toda nuestra vida es regida por los principios: “yo debo” o/y “yo quiero”, que se traducen en un “yo hago o haré”. Al venir al presente, experimentamos por nosotros mismos que se trata, sencillamente, de estar, en una consciencia sin pensamientos, y que, en ese “estar”, no falta absolutamente nada, sino que todo lo demás “se nos da por añadidura” (evangelio de Mateo 6,33). La Presencia es plenitud.

Mientras estamos en la mente, habremos de movernos necesariamente entre reflejos –algo ocurre que nos “recuerda” algo– y proyecciones –nuestra reacción ante aquel recuerdo activado–; entre “el despertador” y “lo despertado”. Al venir al presente, nos vamos haciendo conscientes de que todo lo que nos ocurre es sólo un mensajero, una oportunidad de crecimiento. La Presencia es ecuanimidad.

Mientras estamos en la mente, pensamos que todo es casual e incluso caótico, en un mundo caracterizado por la aparente distancia y separación entre todo y entre todos. Al venir al presente, nos descubrimos interconectados con todo, compartiendo la misma Vida, la misma Energía, el mismo Ser…, la misma identidad. La Presencia es compartida.

Mientras estamos en la mente, nos sentimos solos y separados, por lo que los sentimientos de soledad, miedo y ansiedad son inevitables. Al venir al presente, nos apercibimos del engaño. La Presencia es unidad.

Mientras estamos en la mente, nos vemos a nosotros mismos como seres “pensadores” y “hacedores”, movidos por la ansiedad e incluso por la compulsión. Al venir al presente, nos situamos como “observadores”, testigos de todas las películas que ocurren en nosotros. La Presencia es realista.

Mientras estamos en la mente, nos hallamos en el “modo hacer”, en estado permanente de “piloto automático”, con todo el cansancio, la ignorancia y el sufrimiento que ello supone. Al venir al presente, se activa el “modo ser”, se desconecta el piloto automático, y se manifiesta la plenitud en la que todo fluye sabiamente. La Presencia es sabiduría.

Mientras estamos en la mente, permanecemos en un estado inconsciente, dormidos. Al venir al presente, despertamos a la experiencia emocional consciente que nos permite percibir nuestro propio flujo de energía. La Presencia es lucidez.

Mientras estamos en la mente, nuestros movimientos son egocéntricos. Al venir al presente, nos abrimos a todos los seres. La Presencia es amor.

Mientras estamos en la mente, tendemos a reducirnos a nuestro ego y a vivir en función de él. Al venir al presente, descubrimos que somos Presencia. La Presencia es nuestra identidad más profunda.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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