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Fiesta de la Asunción
15 agosto 2022
Lc 1, 39-56
Entendida en su literalidad, la expresión “dichosa tú, que has creído” no se sostiene, porque la dicha o la felicidad no puede apoyarse en una creencia. La creencia, en cuanto constructo mental, únicamente puede ofrecer una sensación de seguridad mientras la persona mantiene su adhesión a ella. Pero, en sí misma, carece de consistencia.
Eso mismo ocurre cuando pensamos que la felicidad es “algo” a conseguir. La convertimos así en un objeto, sin caer en la cuenta de que todo objeto es, por definición, impermanente y, por tanto, incapaz de otorgar dicha o felicidad estable.
La felicidad no nos viene de fuera ni nos espera en el futuro. Tampoco se halla en “algo” que deberíamos alcanzar. La felicidad es una con lo que somos, es otro nombre de nuestra identidad profunda, por lo que trasciende toda circunstancia que nos pueda ocurrir.
Al escribir esto, me vienen a la memoria las palabras de Nisargadatta: “Compare usted la conciencia y su contenido con una nube. Usted está dentro de la nube, mientras que yo la miro. Está usted perdido en ella, casi incapaz de ver la punta de sus dedos, mientras que yo veo la nube y otras muchas nubes y también el cielo azul, el sol, la luna y las estrellas. La realidad es una para nosotros dos, pero para usted es una prisión y para mí un hogar”.
O aquellas otras de Ramana Maharshi: “Usted es ignorante de su estado de plena felicidad”. Ya somos felicidad. El problema es que nos identificamos con lo que no somos y, en esa misma medida, nos alejamos de la felicidad y, a continuación, la objetivamos en “algo” y la proyectamos “fuera”. Pero la felicidad no es un “estado de ánimo” -que puede variar-, sino un “estado de ser”, que nace justamente de la comprensión profunda y que es capaz de abrazar todos los estados de ánimo.
De manera inmediata, nuestra mente coloca etiquetas sobre aquello que supuestamente nos haría felices y aquello otro que supuestamente nos arrebataría la felicidad. Ante esto, la pregunta decisiva es: ¿Estamos dispuestos a incluir todo tipo de situaciones dentro de la felicidad?… ¿Estamos verdaderamente dispuestos a ser felices en cualquier situación… o queremos “salirnos con la nuestra”? Eso requiere ser honestos. Al llevar la honestidad al mundo de nuestras imágenes mentales acerca de la felicidad, nos damos cuenta de que rechazamos la felicidad constantemente. Rechazamos la felicidad cada vez que el presente no se parece a nuestra imagen feliz. ¿Cómo vamos a ser felices si renunciamos a ella constantemente? Dicho de modo más simple: el mayor obstáculo para ser felices no es otro que la imagen mental que tenemos de la felicidad.
La felicidad -no podía ser de otro modo- nace de la comprensión experiencial de lo que somos. La ignorancia introduce en la confusión y en el sufrimiento; la comprensión ilumina y nos hace reconocernos en “casa”, sea lo que sea lo que ocurra. Sin duda, solo quien comprende es feliz. Tenía razón Sócrates al afirmar que “solo hay una virtud: la sabiduría [o comprensión]; y solo hay un único vicio: la ignorancia”.
¿Qué es, para mí, la felicidad? ¿Dónde la pongo o la busco?
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- La fiesta de la Asunción.
En el Nuevo Testamento no hay testimonios de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Pero la tradición de la veneración a la Virgen proviene desde el comienzo de la Iglesia.
El Concilio de Éfeso (año 431) ya dijo que María era theo-tokos (theos: Dios – tokos: parto): madre de Dios (la que ha dado a luz a Dios).
Las primeras referencias histórico-litúrgicas de la fiesta de la Asunción datan del siglo VI.
Sin embargo la definición del dogma de la Asunción es reciente. Fue el papa Pío XII, quien el 1 de noviembre de 1950, propuso a la fe de la Iglesia que María, la madre del Señor fue llevada a los cielos en cuerpo y alma.
¡Cómo no vamos a creer que María terminó con y como su Hijo, Jesús, en la casa del Padre, en el cielo!
La definición dogmática de Pío XII está construida desde una filosofía griega: cuerpo y alma, los cielos, etc… filosofía de la que podemos prescindir: cuerpo, alma, los cielos, etc. Es más que suficiente y esperanzador pensar y creer que María terminó en Dios, eso es lo decisivo.
02.- UNA FIESTA LLENA de VIDA y alegría
El relato evangélico de hoy está lleno de vida y vitalidad:
Dos mujeres que están creando vida, de qué van a hablar si no es de la misma vida, llenas de alegría, esperanza y, seguramente, algo de preocupación. El relato de hoy es un canto a la vida y por eso está lleno de alegría, de esperanza.
El encuentro de dos familias, dos mujeres que están gestando dos nuevas vidas: María e Isabel, Jesús y Juan.
Bendita entre las mujeres
La criatura salta de alegría en el seno materno de Isabel
María canta a Dios: Proclama mi alma
Se alegra mi espíritu en Dios.
Le felicitarán todas las generaciones.
Sabemos que la vida tiene dificultades, pero la existencia humana es encuentro, es crear vida, es bendición, es alegría, es felicitarse por las pequeñas -y las grandes- cosas que acontecen en la historia y en nuestras vidas.
03.- María: madre y mujer creyente.
A veces se ha presentado a María como una mujer-madre que ya se lo sabía todo: su hijo, Jesús, era el hijo de Dios, y por lo tanto todo estaba claro y resuelto.
Pero las cosas no fueron así. María, lo mismo que José, no entendían las actitudes de Jesús, su modo de vida, su comportamiento ante los fariseos, ante el Templo y los sacerdotes.
Jesús “aprendió” de María, su madre. Como toda madre, transmitió a su hijo la cultura, la ley judía, el amor a la Palabra, los salmos, las costumbres, las fiestas, etc. Pero Jesús se distanció mucho del pensamiento y de la tradición del Antiguo Testamento. Incluso la familia de Jesús pensaba que estaba loco: Sus parientes fueron para hacerse cargo de Él, porque decían: Está fuera de sí, estaba loco. (Mc 3,21).
Por eso, no les fue fácil ni a María ni a José comprender la forma de comportarse Jesús frente a la ley, en el Templo. Menos podían entender la gente con la que Jesús trataba y los discípulos que le seguían: publicanos, pecadores, prostitutas, zelotas, etc.
¿Cómo les sentaría a María y a José aquello que Jesús les contesta tras su “desmarque” en el Templo de Jerusalén: ¿No sabíais que he de ocuparme de las cosas de mi Padre?
De ahí que María hubo de creer -fe- en su propio hijo. María llegó a la fe en que su hijo Jesús era expresión, palabra de Dios. María comprendió y vio en Jesús a Cristo.
De ahí que pudiéramos decir que María es la primera creyente. María se fio de Dios. María es madre de Jesús, pero sobre todo es creyente en Jesu-Cristo.
04.- La fiesta de la Asunción es canto de esperanza a la vida.
Dios no nace, no llega a nosotros como un extraterrestre en una nave espacial. Dios vino a nosotros -y viene- como venimos todos. Por medio de personas embarazadas de vida que, como Isabel o María, traen vida a la humanidad, dan luz a la vida, aportan esperanza desde su estado de buena esperanza.
María e Isabel se visitaron en ese estado por una parte de dificultad y, por otra, de buena y gran esperanza.
¿Y si nosotros visitáramos con esperanza a nuestros hermanos en situaciones de dificultad?
El nivel de esperanza de nuestra civilización está bajo mínimos. La fiesta de la Asunción es una palabra que sostiene la esperanza de los sencillos, apoyando la causa de los pobres, dando sentido al clamor de los hambrientos, estando siempre al lado de quienes nos necesitan, dando vida a quienes se encuentran abatidos por el pesimismo de quien no tiene fe y no ve más allá de los límites de este pequeño mundo que es nuestra historia.
Pensando en voz alta: nuestra civilización ha sustituido la esperanza por el progreso. Confiamos en el progreso pero no tenemos esperanza. Sin embargo el progreso no termina de dar razón de nuestras vidas. El progreso es lo que es y da de sí lo que da de sí. Pero no se puede decir que porque un caníbal utilice microondas, plato, cuchillo, tenedor y servilleta haya progresado mucho la humanidad.
El futuro absoluto está en Dios, y si no, no hay un futuro dotado de sentido.
La existencia dotada de esperanza absoluta vive no fácil, pero sí serenamente las cuestiones de la vida: la libertad, la culpa, la gratuidad, la familia, el pueblo, el futuro.
05.- La Asunción: no somos una sinfonía incompleta.
La Virgen María, Jesús completaron su existencia en Dios. Algo de eso es lo que significan las fiestas de la Ascensión (Jesús) y la Asunción (María). Habremos de acallar nuestra curiosidad de cómo sea ese final, el cielo. Podemos tener dificultades sobre el cómo será, dónde, cuándo, etc., pero mantengamos firme la esperanza de que “será”. Confiemos en que será. Será en Dios.
No somos una sinfonía incompleta. Nuestro final es el mismo de Jesús y de María: el cielo. También para nosotros se abrió en el cielo la casa de Dios. (Apocalipsis).
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Lc 1, 39-56
Celebrar hoy a María que es llevada al encuentro definitivo con Dios nos compromete a vivir, como ella, esos otros encuentros transformadores en los que compartimos y cantamos la vida que Dios nos regala.
Este domingo celebramos la fiesta de la Asunción de María. Lo normal es que acudan a nuestra mente las muchas imágenes que hemos visto de María, mirando a lo alto, con las manos juntas, rodeada de ángeles, sobre nubes que indican cómo es elevada al cielo. Es realmente una fiesta que nos habla del triunfo y la santidad de María, pero que apenas nos dice nada, si nos quedamos en las imágenes, porque nuestra propia experiencia tiene poco que ver con ellas.
Pero, como tantas veces, el evangelio de hoy nos saca de estas imágenes que nosotros mismos nos hacemos y nos presenta a María con los pies en la tierra. Viviendo salidas y encuentros que sí pueden parecerse a los nuestros. Vamos a intentar acoger toda la riqueza de este texto, precioso y claro, ayudándonos de dos imágenes que nos presenta:
1. El encuentro de dos mujeres embarazadas
Según Lucas, María acaba de recibir la noticia de que ha sido elegida para ser madre del Mesías, del Hijo de Dios, y lo que hace es “ponerse en camino” y añade el texto “con prontitud”, aunque también puede traducirse con diligencia, con empeño, con cuidado… Como una decisión que brota de su nueva condición de madre, de sentir que en sus entrañas crece la nueva vida que viene de Dios.
Dios ha salido a su encuentro y ella va al encuentro de Isabel, una mujer también embarazada. Dos embarazos que se nos invita a contemplar a la luz de la fe, porque se realizan en circunstancias que humanamente son imposibles. En el caso de María porque “no conoce varón” y en de Isabel porque es anciana, “ha concebido en la vejez”. Y es que la vida que nace de Dios, nos dice el evangelio, rompe todas las normas, supera nuestros cálculos, nos sorprende irrumpiendo con fuerza allí donde nosotros no vemos posibilidades.
Esta experiencia de que para Dios “nada hay imposible”, de que Él sale al encuentro y hace surgir vida en dos mujeres sencillas, como entre tantos pobres y humildes, es una experiencia de las primeras comunidades cristianas, pobres, pequeñas y perseguidas. ¿No puede ser hoy la nuestra? ¿No se sienten nuestras comunidades a veces como Isabel, demasiado mayores y cansadas para algo nuevo, o demasiado solas y llenas de dificultades para ello?
Dos mujeres embarazadas, que se encuentran, ¿de qué hablan? Sin duda de sus hijos, de su alegría, del futuro… En este caso nos dice el evangelio que la alegría es desbordante y contagiosa, tan honda que “el niño salta de gozo en sus entrañas” y se llena del Espíritu de Dios. Y desde este Espíritu hablan de un futuro que las transciende, que no es solo el futuro de sus hijos, es el futuro de todo el pueblo, de toda la humanidad.
La hondura de gozo y de fe hace que este encuentro adquiera otra dimensión, del encuentro de dos mujeres pasa a ser el encuentro definitivo y permanente de Dios y nuestro mundo, su mundo.
2. Una mujer que se pone a cantar a Dios y al mundo nuevo que Él hace posible
Esta es la segunda imagen, María consciente de lo que está viviendo prorrumpe en un cantico que expresa una de las imágenes de Dios más rotundas y esperanzadoras del Nuevo Testamento.
Es importante considerar cómo Lucas pone en boca de María este canto que conocemos como el Magníficat. No vamos a entrar en su origen, ni a tratar de desentrañar las imágenes del AT que evoca… Vamos a dejar que nos toque el corazón desde su sencillez y frescura, a la vez que desde su hondura y tremendas afirmaciones.
María expresa su conciencia maravillada de la acción de Dios en ella, más allá de su pequeña realidad o precisamente por ella. Descubre que Dios es grande porque actúa en su sierva pobre y sin méritos. Y afirma con contundencia que es a ella, humilde mujer nazarena, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. No solo a su hijo ni a su Dios.
Y esta experiencia de que Dios hace maravillas en ella, es la razón por la que afirma que Dios es misericordioso y que esta misericordia realizada en ella, se extiende, de generación en generación, sobre los que le temen, sobre los que le toman en serio, sobre los que creen en él y le aman.
Su experiencia personal, es la que le hace descubrir cómo actúa Dios en el mundo y como está dispuesto a hacer nuevo nuestro futuro, con acciones desestabilizadoras a favor de los pequeños, de los necesitados:
“Dispersa a los soberbios de corazón, derriba a los poderosos y ensalza a los humildes. Llena de bienes a los hambrientos y despide vacios a los ricos”
Esta es la promesa de Dios para con su pueblo, la promesa que hace cantar de gozo a María. Esta es la promesa que Dios nos hace hoy a nosotros, que hace a nuestra Iglesia y a nuestro mudo.
Aclamar y celebrar hoy a María que es llevada al encuentro definitivo con Dios nos compromete a vivir, como ella, esos otros encuentros transformadores en los que compartamos y cantemos la vida que Dios, por su misericordia, derrama en nosotros, en nuestra pobre realidad. ¿Nos animamos a ponernos en camino?
¡Feliz domingo! ¡Feliz día de la Asunción de María!
Comentarios desactivados en “El fuego traído por Jesús”. 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-
Por los caminos de Galilea Jesús se esforzaba por contagiar el «fuego» que ardía en su corazón. En la tradición cristiana han quedado huellas diversas de su deseo. Lucas lo recoge así: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». Un evangelio apócrifo más tardío recuerda otro dicho que puede provenir de Jesús: «El que está cerca de mí está cerca del fuego. El que está lejos de mí está lejos del reino».
Jesús desea que el fuego que lleva dentro prenda de verdad, que no lo apague nadie, que se extienda por toda la Tierra y que el mundo entero se abrase. Quien se aproxima a Jesús con los ojos abiertos y el corazón despierto va descubriendo que el «fuego» que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Esto es lo que le mueve y le hace vivir buscando el reino de Dios y su justicia hasta la muerte.
La pasión por Dios y por los pobres viene de Jesús, y solo se enciende en sus seguidores al contacto de su Evangelio y de su espíritu renovador. Va más allá de lo convencional. Poco tiene que ver con la rutina del buen orden y la frialdad de lo normativo. Sin este fuego, la vida cristiana termina extinguiéndose.
El gran pecado de los cristianos será siempre dejar que este fuego de Jesús se vaya apagando. ¿Para qué sirve una Iglesia de cristianos instalados cómodamente en la vida, sin pasión alguna por Dios y sin compasión por los que sufren? ¿Para qué se necesitan en el mundo cristianos incapaces de atraer, dar luz u ofrecer calor?
Las palabras de Jesús nos invitan a dejarnos encender por su Espíritu sin perdernos en cuestiones secundarias o marginales. Quien no se ha dejado quemar por Jesús no conoce todavía el poder transformador que quiso introducir él en la Tierra. Puede practicar correctamente la religión cristiana, pero no ha descubierto todavía lo más apasionante del Evangelio.
Comentarios desactivados en “No he venido a traer paz, sino división.”. Domingo 14 de agosto de 2022. 20º domingo del Tiempo Ordinario
Leído en Koinonia:
Jeremías 38, 4-6. 8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país. Salmo responsorial: 39:Señor, date prisa en socorrerme. Hebreos 12, 1-4: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos. Lucas 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.
Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.
La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.
Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).
El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.
Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra. Leer más…
Comentarios desactivados en 14.08.2022 12.8.22 (Dom 20). he venido a prender fuego a la tierra. La gran separación, 1 (Lc 12, 49-53).
Del blog de Xabier Pikaza:
Los primeros cristianos, emocionados, sorprendidos, ardientes, concibieron a Jesús como fuego y su obra como incendio de Dios. Nosotros (agosto 2022), mientras los montes de gran parte del mundo están ardiendo, tenemos la impresión de que el fuego de Jesús está apagado. Sobre ese fuego como transfiguración, y “separación” trata este evangelio.
Hemos hecho un cristianismo y una iglesia de aceptación, adaptación y sacralización de lo que hay (de la injusticia del sistema). Necesitamos fuego de Dios, para que arda, se destruya. Por eso dice Jesús “he venido a dividir”… Sin superar (dejar a un lado) el mal del mundo con sus poderes “fácticos”, la iglesia no es fuego de Dios, no es Pentecostés (lenguas de fuego).
| X.Pikaza
Texto.
(Deseo) «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!
(Bautismo de fuego) Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
OSeparación) ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53)
1. PRESENTACIÓN
Deseo. Éste es el deseo más hondo de Jesús. Él se define a sí mismo como fuegode transformación y de vida. Posiblemente él ha dicho en alguna ocasión: “Yo soy fuego de Dios, he venido para que todo el mundo arda” (en la línea de otras comparaciones, que aparecen sobre todo en el evangelio de Juan: Yo soy la semilla, yo soy la palabra, yo soy el camino, la verdad y la vida”
Sin embargo es más probable que esa palabra y esa imagen (yo soy fuego) forma parte de la tradición más antigua de la iglesia, que aparece en sus estratos más antiguo, como muestra la tradición del Q… y el evangelio de Tomás, que concibe a Jesús como fuego de Dios. Los evangelios posteriores, empezando por Marcos, matizan e interpretan esa imagen, pero en el fondo sigue estando la experiencia clave: Jesús ha venido a prender fuego al mundo, en una línea de muerte y de resurrección: Sólo destruyendo un mundo anterior de pecado, puede crearse y nacer la vida de Dios.
Bautismo de fuego. Esa experiencia está vinculada de un modo especial al bautismo de fuego, entendido como culminación de la vida y obra de Jesús. Jesús ha definido su obra como un “bautismo de fuego, de muerte que da vida. En esa línea, conforme al testimonio del Q (retomado por Mt y Lc), frente al bautismo de Juan, que era en agua para perdón de los pecados, la iglesia más antigua ha definido su “sacramento” (experiencia inicial) como bautismo en Espíritu Santo y Fuego (en el Espíritu, que es Fuego de Dios, hecho palabra de Vida). Así lo ha mostrado Lucas en su relato de Pentecostés, vinculado al Dios de Jesús que recrea a los hombres con sus “lenguas de fuego”, que reposan sobre cada uno de los creyentes.
2. Separación. Historia de Jesús. El evangelio de este domingo (Lucas 12, 49-53) interpreta ese “bautismo y pentecostés” de fuego como principio de gran “división”, ruptura radical de los cristianos frente (contra) el mundo viejo. No he venido a traer la paz, sino la división…”.
Ciertamente, Jesús es signo y presencia de la paz (Shalom) universal de Dios… Pero esa paz no es un simple irenismo, como si dijéramos: “Todo está bien, todo es bueno, démonos sin más un gran abrazo, aceptemos todo lo que existe: La opresión social, la dictadura del dinero, la violencia organizada de los fuertes, la guerra del poder, la expulsión de los pobres…”.
Jesús es la unión universal, pero es unión que exige una gran división, representada en forma de ruptura de “familia”. Se trata de “separar” aquello que nos parece unido: Padres e hijos, madres e hijas, suegros hermanos… No todo da lo mismo, no todo es igualmente bueno… La muerte y bautismo de Jesús se define aquí como gran gran incendio: Todo lo malo del mundo tiene que arder y morir para renacer… a la vida de Dios: Un tipo de estructuras familiares (las primeras) y sociales, la oposición entre personas y pueblos, ricos contra pobres, naciones poderosas contra pueblos marginados…
Este mundo, tal como está configurado (en forma de opresión económico-social y de lucha por el poder) tiene que arder y destruirse, para que llegue el nuevo bautismo, para que emerja el evangelio. Hemos “bautizado” mal (en el mal) todo lo que nos ha parecido “bautizable”: Hemos “divinizado” a reyes y tiranos, a ejércitos, conquistas, invasiones…, con imposiciones económicas de muerte . La maldad ha llegado a ser insoportable. Y encima tendemos a decir que es buena, que el mundo es así.
Por eso tiene que llegar el fuego de Jesús (no para después, para el final del mundo), sino ahora, aquí, como fuego histórico de Jesús. Sin que este mundo arda no se podrá dar “bautismo de resurrección. Sin que este mundo arda, por los cuatro costados, no podrá darse de verdad iglesia.
Este es un fuego de separación (tema que aparece en los 4 evangelios, y en el quinto de Tomas). El fuego de Jesús quema y recrea… pero lo hace dividiendo, separando… Ese fuego separa a familiares (padres, hijos, esposos, parientes…) y a grupos, como fuerza radical de “división”… La iglesia seguidores de Jesús tiene que separarse de un modo radical de un mundo que se cierra en su egoísmo, en su deseo de poder… Sin esa separación (persecución), sin ese fuego que quema lo malo, no se puede hablar de Iglesia o comunidad de Jesús.
Así lo mostraré en las reflexiones que siguen, en un contexto de pentecostés, de transfiguración (por el fuego de Dios), culminando en dos apéndices: Uno sobre el hermano fuego de Francisco, otro sobre la llama del fuego de Dios que transforma la vida del hombre, según Juan de la Cruz.
DESARROLLO DEL TEMA. TRES PUNTOS CENTRALES.
(1) Fuego de Dios: teofanía y castigo. Antiguo Testamento. El fuego está ligado a lo divino como fuerza creadora y destructora. La misma revelación de Dios, que transciende y fundamenta los principios y poderes normales de la vida, se halla unida repetidamente al fuego. Hay fuego de Dios en la teofanía del Sinaí (Ex 19. 18), lo mismo que en la visión de la zarza ardiendo (Ex 3, 2) y en la nube luminosa (Ex 13, 21-22: Num 14, 14).
El fuego acompaña a las grandes teofanías apocalípticas de Ez 1, 4.13.27 y Dan 7, 10 y, lógicamente, puede adquirir rasgos destructores para aquellos que se oponen al proyecto de Dios, dentro de la misma historia. En ese plano se sitúa el castigo de las viejas ciudades pervertidas de la hoya del Mar Muerto (Gen 19, 24-25), lo mismo que la séptima plaga de Egipto (Ex 9, 24). Por eso, no es extraño que se diga que del seno de Dios pro¬viene el fuego que devora a los rebeldes (Lev 10, 2) o destruye a los murmuradores del pueblo de Israel en el desierto (Num 11, 1-3).
Éste es el fuego que obedece a Elías, profeta (1 Re 18, 38-39; 2 Re 1, 10-12), castigando a los enemigos de Dios o a los mismos israelitas pervertidos (cf. Am 1, 4-7; 2, 5; Os 8, 14; Jer 11, 16; 21, 24; Ez 15, 7, etc.). Pero el fuego de Mt 25, 41 desborda el nivel histórico y debe situarse en una perspectiva escatológica: en el momento final de la historia, cuando Dios realiza el juicio sobre el mundo.
En esta línea siguen las formulaciones de Joel, con su visión del fuego que precede y comienza a realizar el juicio (Jl 2, 3; 3, 3). También es importante el fuego en Ez 38, 22; 39, 6, que presenta el fuego como instrumento de la justicia de Dios, que destruye al último enemigo de los justos, Gog y Magog, antes de que surja un mundo nuevo. Por su parte, Mal 3, 1–3.9 anuncia la venida escatológica de Elías con el fuego de Dios que purifica y prepara la llegada de Dios. Éste es el fuego de Juan Bautista, que habla del Dios que viene a quemar la paja al lado de la era.
(2) Moisés. La zarza ardiente.
Conforme a un esquema usual en muchas tradiciones religiosas de oriente y occidente, la manifestación de Dios se encuentra vinculada al fuego: es llama que arde y calienta. El texto más significativo es el de la zarza ardiente:
«Entonces se le apareció el ángel de Yahvé en una llama de fuego en medio de una zarza. Moisés observó y vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés pensó: Iré, pues, y contemplaré esta gran visión; por qué la zarza no se consume. Cuando Yahvé vio que se acercaba para mirar, lo llamó desde en medio de la zarza diciéndole: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí» (Ex 3, 2-4).
Este pasaje vincula fuego y zarza (árbol y llama), en paradoja que ilustra el sentido radical de lo divino. Moisés ha tenido que atravesar el desierto y llegar a la montaña sagrada, donde ve a Dios en la zarza que arde. Árbol y arbusto son desde antiguo signos religiosos, como aparece en la historia de Abrahán (encina de Moré: Gen 12, 6) y como sabe la tradición religiosa cananea, combatida por los profetas (culto de la piedra y árbol, de Baal y Ashera).
Comentarios desactivados en Dom 14.8.22. Fuego he venido a prender a la tierra /2. Reino de Dios, infierno/fuego del Diablo
Del blog de Xabier Pikaza:
En la postal anterior he presentado y comentado el evangelio del domingo (Lc 12, 49-53), diciendo que Jesús vino a traer fuego de vida a la tierra. Hoy retomo ese motivo, presentando una breve teología del fuego en el AT, para detenerme después en el “fuego del Diablo” (contrario a Jesús), que no es poder de amor y creación de Dios, sino riesgo satánico de destrucción humana, conforme a los jinetes de la muerte de Mt 25,31-45: Los que condenan a otros al hambre y desnudez, a la enfermedad, injusticia y cárcel, pierden su humanidad, apartándose de la vida de Dios destruyéndose a sí mismos en el fuego del diablo, como he mostrado en Dicionario de la Biblia
| X. Pikaza
TEOLOGÍA DEL FUEGO. AT
(1) Fuego. Revelación de Dios, posible castigo de los hombres. mmm
El fuego está ligado a lo divino como fuerza creadora y destructora. La misma revelación de Dios, que transciende y fundamenta los principios y poderes normales de la vida, se halla unida repetidamente al fuego. Hay fuego de Dios en la teofanía del Sinaí (Ex 19. 18), lo mismo que en la visión de la zarza ardiendo (Ex 3, 2) y en la nube luminosa (Ex 13, 21-22: Num 14, 14).
El fuego acompaña a las grandes teofanías apocalípticas de Ez 1, 4.13.27 y Dan 7, 10 y, lógicamente, puede adquirir rasgos destructores para aquellos que se oponen al proyecto de Dios, dentro de la misma historia. En ese plano se sitúa el castigo de las viejas ciudades pervertidas de la hoya del Mar Muerto (Gen 19, 24-25), lo mismo que la séptima plaga de Egipto (Ex 9, 24).
Por eso, no es extraño que se diga que del seno de Dios proviene el fuego que devora a los rebeldes (Lev 10, 2) o destruye a los murmuradores del pueblo de Israel en el desierto (Num 11, 1-3). Éste es el fuego que obedece a Elías, profeta (1 Re 18, 38-39; 2 Re 1, 10-12), castigando a los enemigos de Dios o a los mismos israelitas pervertidos (cf. Am 1, 4-7; 2, 5; Os 8, 14; Jer 11, 16; 21, 24; Ez 15, 7, etc.).
Pero el fuego de Mt 25, 41 desborda el nivel histórico y debe situarse en una perspectiva escatológica: en el momento final de la historia, cuando Dios realiza el juicio sobre el mundo. En esta línea han empezado a situarse ya las formulaciones de Joel, con su visión del fuego que precede y comienza a realizar el juicio (Jl 2, 3; 3, 3). También es importante Ez 38, 22; 39, 6, que presenta el fuego como instrumento de la justicia de Dios, que destruye al último enemigo de los justos, Gog y Magog, antes de que surja un mundo nuevo. Por su parte, Mal 3, 1–3.9 anuncia la venida escatológica de Elías con el fuego de Dios que purifica y prepara la llegada de Dios.
(2) Moisés. El Dios de la la zarza ardiente.
Conforme a un esquema usual en muchas tradiciones religiosas de oriente y occidente, la manifestación de Dios se encuentra vinculada al fuego: es llama que arde y calienta. El texto más significativo es el de la zarza ardiente:
«Entonces se le apareció el ángel de Yahvé en una llama de fuego en medio de una zarza. Moisés observó y vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés pensó: Iré, pues, y contemplaré esta gran visión; por qué la zarza no se consume. Cuando Yahvé vio que se acercaba para mirar, lo llamó desde en medio de la zarza diciéndole: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí» (Ex 3, 2-4).
Este pasaje vincula fuego y zarza (árbol y llama), en paradoja que ilustra el sentido radical de lo divino. Moisés ha tenido que atravesar el desierto y llegar a la montaña sagrada, donde ve a Dios en la zarza que arde. Árbol y arbusto son desde antiguo signos religiosos, como aparece en la historia de Abrahán (encina de Moré: Gen 12, 6) y como sabe la tradición religiosa cananea, combatida por los profetas (culto de la piedra y árbol, de Baal y Ashera). Pues bien, en este momento, en medio del desierto, la visión de Dios se encuentra vinculada con un árbol ardiente: la misma vegetación se vuelve ardor y fuego donde Dios se manifiesta.
Éste es un fuego paradójico: es zarza llameante que arde sin consumirse. Esto es Dios: llama constante, vida que se sigue manteniendo en aquello que parece incapaz de tener vida. Quizá pudiera trazarse un paralelo: los hebreos oprimidos son la zarza, arbusto frágil que en cualquier momento puede quebrar y destruirse, consumidos por el desierto o aniquilados por la montaña de los grandes pueblos de este mundo. Pues bien, en esa pobre zarza se desvela Dios, como vida en aquello que es más débil, más frágil. Moisés ha ido a la Montaña de Dios dispuesto a ver el espectáculo, como simple curioso que mira las cosas desde fuera. Pero Dios, que le hablará desde el fuego de la zarza, tiene otra intención, se manifiesta de otra forma, revelándose como Yahvé (El que Es) y enviándole a liberar a los hebreos.
(3) Fuego destructor, fuego de condena (Gehenna).
El la línea anterior, el fuego puede presentarse como signo de la totalidad cósmica, como principio positivo y constitutivo de la realidad (uno de los cuatro elementos; los otros son agua, tierra, aire) o domo poder destructor, que todo lo aniquila para recrearlo (Heráclito). En esa línea, el fuego, en fin, tiene una clara connotación psicológica y se muestra como expresión de aquel poder que nos conduce a la conquista del mundo (complejo de Prometeo) o nos lleva hacia la luz oscura de la muerte (mito de Empédocles), convirtiéndose así en sinónimo de muerte, destrucción.
En ese sentido, el fuego puede presentarse como es símbolo del fracaso del hombre que se pierde, destruye y se quema ante Dios, contra Dios.. A pesar de ello pensamos que hay algunas líneas que pueden destacarse. Del fuego que destruye a los malvados habla Jb 36, 9-10 y de forma todavía más concreta en 4 Es: los perversos se han alzado contra el pueblo de los justos y parece que van a destruirlo; pues bien, entonces surgirá «ese hombre» (Hijo de hombre), arrojará fuego de su boca y destruirá a los enemigos (4 Es 13, 10-11; cf. BarucSir 37, 1; 48, 39). Este fuego destructor suele tener carácter propedéutico: función suya es quemar a todos los perversos, a fin de que resulte posible el orden de Dios, el mundo nuevo. Sólo viven y perviven, resucitan, los amigos de Dios o los salvados. De los otros no queda más recuerdo positivo ni existencia; serán aniquilados. El fuego de condena está simbolizado por la gehena.
Dentro de la lógica de la teología israelita, resulta normal que en un momento dado el castigo de los pecadores deje de tomarse como aniquilación y se interprete en forma de condena duradera. Junto a la vida de los justos en el nuevo eón que ya se acerca está el castigo o sufrimiento de los condenados. El fuego, que antes era destructor, se vuelve ahora principio de tortura. Así lo supone Is 66, 22-24: frente a los salvados, que ascienden y llegan al templo, se amontonan en la parte más honda del valle que está junto al templo los cadáveres de los rebeldes, pudriéndose y quemándose por siempre (cf. Jdt 16, 17; Eclo 21, 9-10). Esta doble imagen, de la montaña de Dios (templo, cielo) y del valle de los muertos (corrupción, fuego), pervive a lo largo de la tradición posterior.
Frente al lugar de la vida o salvación se encuentra el campo de la muerte, identificado con la gehenna, valle de mala memoria, al borde de Jerusalén (cf. 2 Rey 16, 3; 21, 6), basurero donde arden sin fin los desperdicios de la ciudad, lugar que se convierte en signo de castigo para los injustos (cf. 1 Hen 90, 26; Jer 7, 32; 19, 6; ApBar 59, 10). Del sheol, donde todos los muertos llevaban sin distinción vida de sombras, en el momento en que se va expresando la esperanza en una supervivencia, pasamos al simbolismo de la doble suerte de los hombres: nuevo eón para los justos, gehenna o castigo para los impíos. Sólo ahora puede hablarse de una doble resurrección: unos para la vida y otros para la ignominia eterna (Dan 12, 1-2).
(6) ¿Novedad de Jesús?
En este contexto se sitúa la palabra de Jesús. Recordemos que, según la tradición evangélica, Jesús ha rechazado el uso del fuego como expresión de un castigo dentro de la historia: no ha querido ser Elías que destruye con la llama de Dios a las personas enemigas (cf. Lc 9, 54-55). Tampoco alude al fuego como fuerza del juicio que aniquila, en la línea de aquello que se pone en boca del Bautista (Mt 3, 1-12 y par; cf. ApJn 20, 9). Jesús anuncia el juicio y lo anuncia seriamente; pero nunca ha interpretado a Dios en forma de principio o portador de un fuego que destruye a los malvados. Dios viene a salvar, no a destruir; viene para amar a los pecadores y no para aniquilarlos con su llama.
Pues bien, rechazando el fuego del castigo histórico, Jesús parece haber acentuado el papel del fuego en la condena escatológica, pero lo ha hecho siempre de forma parabólica, en forma de llamada a conversión. El mismo Jesús que no quiere actuar como juez que destruye a los hombres del mundo ha anunciado, con radicalidad hasta entonces insospechada, la posibilidad de un rechazo humano, el peligro de un final que se expresa en la condena (cf. Mc 9, 42-45; Mt 10, 28; 13, 40-42).
En ese contexto se sitúa Mi 25, 41, cuando dice a los que están colocados a su izquierda: «Id al fuego eterno». Fuego (pyr) significa alejamiento del Señor, separación respecto al Hijo del Hombre («apartaos de mí»). Fuego es Dios como principio de vida (→ luz). Por el contrario, a lejanía de Dios se convierte fuego de destrucción, en soledad, fracaso. Ese fuego es aionios, es decir, definitivo, es la expresión de una vida que llega a su fin, a un final que no tiene retorno. Pero, dicho eso, debemos añadir, que el texto de Mt 25, 31-46, no es un texto filosófico, dedicado a la naturaleza del fuego o del infierno, sino un texto parenético.
No está diciendo lo que pasará al final, sino que está intentado precisar el sentido del presente, como tiempo en que los hombres pueden comunicarse entre sí, en amor mutuo. En ese sentido, el infierno (fuego definitivo) es el rechazo del otro, es el negar la vida al pobre, hambriento sediento, es el negar la comunión al distinto (desnudo, extranjero), es el negar la ayuda al oprimido (enfermo, encarcelado). Jesús ha ofrecido un mensaje de gracia total, de manera que ha ofrecido el Reino de Dios a todos los hombres y mujeres, sin condiciones de ningún tipo, con la sola comunión de que lo acepten, es decir, de que se acepten a sí mismos como amigos, perdonados, agraciados. Donde ellos no se aceptan así, donde no se reconocen unos a los otros, corren el riesgo de perderse, pero siempre en el interior de un Dios que acaba siendo fuego de → amor.
2. Mt 25, 31-46. BENDICIÓN DE DIOS, INFIERNO DE FUEGO DEL DIAGLO
Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino
El Reino ha sido hêtoimasmenên hymin (preparado para vosotros) apo katabolês hosmou (desde el comienzo del cosmos). El Reino es Dios, el Dios de Cristo, como herencia de bendición para los hombres. , de manera que se implican y separan de esa forma Reino (basileia) que es objeto de la herencia (vinculado al holam ha-ba, el eón que viene, el futuro de la la esperanza de Israel) y este mundo entendido en forma de kosmos temporal, que ha tenido un comienzo y tendrá igualmente un fin. El mismo cosmos se encuentra internamente dirigido al Reino, preparado por Dios para los elegidos a quienes se dirige aquí la palabra del Hijo del hombre.
Al decir que el cosmos ha tenido un comienzo (katabole) se supone que ha sido creado por Dios y que no es divino, superando de esa forma todo tipo de dualismo teológico. Si tiene comienzo tendrá igualmente un fin, como una y otra vez lo indica Mateo, al emplear la palabra synteleia (13, 39.40.49; 24. 3; 28, 20), pero aplicada al aiôn, que es el mismo cosmos entendido de manera temporal (eón, siglo) . Es más, entre la katabole tou kosmou de 25, 34 y la syntelela tou aionos de 13, 49 y 28, 20 se establecen unas relaciones de complementariedad muy concretas: del comienzo del cosmos al final del siglo se mueve el curso de la historia [1].
‒ La palabra cosmos proviene del mundo intelectual griego y significa el mundo como un orden, armonía de elementos, totalidad bien integrada en la que existe unidad de conjunto; lo espacial tiene prioridad sobre lo temporal, la permanencia de estructuras sobre su mutabilidad y desarrollo.
‒ El eón, en cambio, deriva de un pensamiento hebreo en que las cosas se interpretan como historia: lo temporal prevalece sobre lo espacial, de tal manera que el conjunto de las cosas se interpreta a partir de su comienzo y de su meta [2].
Pues bien, la novedad de nuestra expresión, preparada ya en una larga tradición de convivencia entre la visión israelita y griega de la realidad, consiste en el hecho de haber enriquecido mutuamente los dos términos, dando al cosmos un sentido temporal (tiene un comienzo) y concediendo al eón caracteres espaciales (significa el conjunto de las cosas). Desde esta perspectiva se entiende el hecho de que al comienzo del cosmos.
El cosmos tiene un fundamento, un principio o katabole que consiste en la creación. Sin embargo, el hecho de que esa palabra cosmos esté bastante ligada a las representaciones de este mundo malo hace que en el NT no aparezca para indicar el mundo que viene, prefiriendo en ese contexto otras palabras como -nuevo cielo y nueva tierra» (cf. Ap 21, 1; Mt 12, 32) 28. Las observaciones precedentes pueden ayudarnos a entender la oposición entre cosmos y reino. Del cosmos se dice que ha sido creado; y se añade que aun antes de haberlo creado, en la supratemporalidad de su designio omnipotente, Dios ha preparado para los justos la herencia del reino. Dios mismos quiere ser rey-reino de los hombres, bendición, vida definitiva. [3].
La estructura de la frase (Mt 25, 34b) y el conjunto del NT, de acuerdo con la expectación apocalíptica, atestiguan que este mundo está creado en función del eón futuro, es decir, en función del amor y la vida de Dios, como plenitud de amor y realidad para los hombres. En la . Hen terminología de Mt 25, 34: el cosmos se dirige al reino.
En el contexto de tres olas de calor extremo y de numerosos incendios forestales, parece de mal gusto que Jesús se presente como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa. Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división, incluso en el ámbito más íntimo de la familia.
No sé qué se atreverán a decir muchos sacerdotes en la homilía. Algunos quizá opten por el sabio consejo: “En tiempo de sandías, no hay homilía”. Pero ofrezco algunas ideas a cualquiera que desee conocer mejor los textos.
Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio de este domingo Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.
Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.
Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.
La misión: prender fuego
He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!
Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,
El destino: la muerte
Tengo que pasar por un bautismo.
También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva. El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.
La misión: dividir
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.
Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.
Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.
La unión de las tres frases
¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.
La comunidad de Lucas, cuando escuchara estas palabras, vería también reflejada en ellas su propia situación. La conversión de algunos de sus miembros había supuesto división en la familia, enfrentamiento de hijos y padres, de hijas y madres. Los miembros no cristianos podrían decir de Jesús lo que se había dicho de Jeremías: «Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia».
¿Tiene sentido todo esto para nosotros?
Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.
Sin embargo, incluso en una sociedad que presume de tolerante, como la nuestra, Jesús puede seguir siendo causa de división. El ejemplo de las primeras comunidades cristianas, que creyeron en él a pesar de todas las dificultades, debe seguir animándonos.
***
Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4
Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.
Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.
Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.
Hermanos:
Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.
El evangelio de hoy nos puede dejar un poco perplejas. Estamos acostumbradas a ver a Jesús curando, predicando y recorriendo aldeas con sus discípulos, ¡y nos encanta verlo así!
En el fondo nos lo imaginamos imperturbable, siempre de buen humor, contento y apacible. Probablemente tuviera mucho de todo esto, pero los evangelios también nos muestran a un Jesús que se enfada, que denuncia, que se entristece.
Jesús no era un “Peter Pan” en un mundo maravilloso, se hizo humano, 100% humano, hasta sentir el cansancio en su cuerpo, la sed en su boca, la tristeza en su alma e incluso el miedo.
Tendemos a pensar que la bondad es neutral y por consiguiente que las personas buenas son las que no molestan. Grave error. La bondad genera conflicto porque se opone a todo lo que deshumaniza. Se opone a esa fuerza real y palpable que atraviesa el mundo: el mal.
El mal, una cierta maldad, nos es más cotidiana de lo que querríamos admitir y ensombrece todas nuestras relaciones… De la misma manera que nuestras casas o nuestra habitación se va llenando de cosas inútiles que se esconden en los armarios. También nuestra casa interior esconde alguna basura, y es con este material con el que Jesús quiere hacer una gran hoguera que arda.
Algunas fiestas populares en torno al fuego tienen su origen en la necesidad de hacer limpieza. La gente de los pueblos y los barrios a provechaba esa fecha para sacar una silla rota o un mueble viejo y con todo eso se hacía una buena hoguera en la que asar unas viandas y disfrutar juntas de la velada.
Hoy podríamos darnos una vuelta por nuestra casa interior y ver qué sobra, qué podemos sacar a la hoguera. Dejemos que Jesús vaya quemando nuestra cizaña.
Oración
Pasa, Trinidad Santa, por el fuego purificador de tu amor nuestras relaciones para que no nos separe ninguna oscuridad.
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DOMINGO 20 (C)
Lc 12,49-53
Como colofón a la larga instrucción sobre la confianza y la vigilancia, Jesús habla brevemente de sí mismo de una manera enigmática. ¿Qué clase de fuego trae al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil colocar en un contexto que las hagan significativas para nosotros. Debemos estar muy atentos para no llegar a conclusiones descabelladas.
No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista. Se trata del fuego que purifica y da Vida. Jesús viene a traer fuego, pero nosotros nos defendemos con uñas y dientes contra todo lo que pueda consumir nuestro yo. El bautismo era signo de pruebas terribles, las aguas caudalosas del AT que destruyen todo lo que encuentran a su paso. Está haciendo clara alusión a su muerte, la gran prueba que demostrará la autenticidad de su ser.
¿Cómo podremos armonizar estas palabras: “no he venido ha traer paz, sino división”, con aquellas otras: «La paz os doy, mi paz os dejo?» La primera lectura nos habla de la guerra que le hicieron a Jeremías por ser auténtico. Pablo nos habla de la guerra que debemos hacernos a nosotros mismos. Todo lo que hay de terreno y caduco en nosotros debe ser demolido para que surja lo eterno. Solo de esa manera podemos alcanzar la verdadera consumación a la que estamos llamados.
1.- Tenemos en primer lugar la paz romana, que se consigue con violencia. Los romanos, cuando conquistaban un país, ponían allí sus tropas, y nadie se movía. Es una paz que nace de la injusticia, nunca puede ser auténtica ni duradera. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Por ejemplo la paz que existe en muchos matrimonios, porque uno de los miembros está anulado y ya no tiene posibilidad de rechistar.
2.- Existe otra clase de paz que podíamos llamar la paz justa: Es la que se da entre personas o países que dialogan, que defienden posturas distintas, pero que saben atender y respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses que puede impedir la guerra. Solo por eso sería una paz positiva, aunque no se trata de la verdadera paz, porque no es suficiente evitar los conflictos para alcanzar la paz.
3.- La paz que equivaldría a la ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es, por naturaleza, lucha, superación de obstáculos. Si llegáramos a conseguir esa paz y en la medida que la consigamos, dejamos de vivir, estamos ya muertos. Incluso la vida biológica es constante lucha. Mucho más la Vida trascendente exige de nosotros una actitud de constante superación.
4.- La paz que Jesús propone es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser sin dejarse arrastrar por las fuerzas que tienden a deteriorar su humanidad. Esta es la autentica paz. Esta es la paz (Shalom) que los judíos se deseaban al saludarse y al despedirse. Esta es la base de la paz verdadera. Esa armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con los demás y con Dios. Esta paz es la consecuencia de un descubrimiento de lo trascendente en nuestro ser.
Tenemos paralelamente cuatro clases de guerra que debemos analizar:
1.- La guerra que se hace para someter al otro, para subyugarlos y utilizarlo, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona libre. Es la ley de la selva. Es el fruto del egoísmo más feroz. Surge siempre que utilizamos la superioridad biológica, mental o psicológica para machacar al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.
2.- La guerra que hace el que está sometido, para salir de su situación. A primera vista, parece lo más natural del mundo, pero hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. La Iglesia ha bendecido a través de la historia cañones y bombardas. Y sin embargo todo el evangelio es un canto a la no-violencia, que supera la opresión sin entrar en su misma dinámica. Esta actitud es la clave del mensaje de Jesús: ni oprimir a nadie ni dejarse oprimir.
3.- La guerra que hace el egoísta a otro solo por ser auténtico. Esta guerra no debemos provocarla, pero tampoco debemos temerla. Esto no es fácil, porque, la mayoría de las veces, actuamos pensando más en nuestro falso yo que en nuestro verdadero ser. Con frecuencia, lo que determina que obremos de una o de otra manera, es la respuesta que vamos a obtener de los demás. Si tratamos de no molestar a los demás, antes o después dejaremos de ser auténticos.
4.- La guerra de la que habla Pablo, la que debemos hacernos a nosotros mismos. Dentro del ser humanos existen fuerzas que le mantienen en tensión. Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Con frecuencia caemos en la trampa de creer que los instintos son malos. Para nada. Solo el ser humano es capaz de tergiversar los instintos y hacerlos malos poniéndolos al servicio del falso yo y deteriorándose como humano.
Con todos estos datos, cada uno podrá descubrir, qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar, qué guerra debemos evitar a toda costa, y qué “guerra” debemos aceptar como la cosa más natural del mundo. Pero debemos estar muy atentos, porque la diferencia es a veces muy sutil. El falso yo que creemos ser puede hacernos creer que estamos luchando por nuestro bien y solo estamos potenciando ese falso ser. Si no tomamos conciencia de la diferencia, la guerra está perdida.
Jesús se presenta como la misma causa del conflicto. La actitud de Jesús no es la causa de la división. Jesús no viene a garantizar una paz exterior como esperaban lo judíos de su Mesías. La paz o la guerra exterior no afectarán para nada a la interioridad de los que le sigan. Mi paz os doy, pero yo no la doy como la da el mundo, dijo Jesús con toda claridad. La paz de Jesús consistiría en alcanzar una armonía interna, más allá de las luchas que toda vida proporciona.
En resumen podíamos decir que en estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo de ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento. Pero ese fuego y ese bautismo son positivos porque de ellos surgirá la verdadera paz. Las tensiones e incluso rupturas violentas no las origina Jesús, sino los que deciden rechazarle.
Meditación
Jesús nos da unas orientaciones valiosísimas.
Solo cuando dentro haya conseguido la paz,
estaré preparado para ganar otras batallas.
Tu verdadero ser es paz, es armonía y es felicidad.
Vete más allá de tu falso ser.
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Lc 12, 49-53
«He venido a prender fuego a la Tierra, y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo!»
Jesús crece en el seno de una sociedad de desiguales; de gente aceptada por Dios y gente rechazada por Él. Escucha en la sinagoga que Dios derrama bendiciones sobre los puros y envía calamidades a esa gran mayoría del pueblo que se ve condenada a una vida de miseria y exclusión por causa de sus pecados. A él se le revuelven las entrañas ante la tragedia de aquella pobre gente rechazada y desalentada, y se siente cada vez más incómodo dentro de esa fe que los condena de por vida…
Y se acaba rebelando.
Sale de su casa y se echa a los caminos de Galilea a proclamar que Dios no es el juez que nos castiga por nuestros pecados, sino el padre que nos ama incondicionalmente como aman las madres. Sabe que esta concepción de Dios choca de bruces con la de los letrados y los fariseos, pero no se arredra ni duda en alimentar un permanente enfrentamiento con ellos que a la postre le iba a costar la vida. Los tres primeros capítulos de Marcos muestran el grado de confrontación que desde el principio provoca con su actitud.
A aquella «chusma maldita que no conoce la Ley» —según expresión de los fariseos— les dice que no son unos pobres desgraciados como todos aseguran, sino que poseen la dignidad de hijos de Dios y son herederos de su Reino; que son los más importantes a Sus ojos, por delante de los sacerdotes, los doctores y los fariseos.
Y no solo les habla, sino que cura sus enfermedades, les enseña y se ocupa de ellos como nadie lo había hecho jamás… Para aquellos míseros, malditos, desarrapados, excluidos, marginados, empecatados, abandonados, ignorados, a veces cojos o ciegos, casi siempre impuros, aquello es el reino de Dios en la tierra. Ya no hay que esperar más; está allí, junto a ellos.
Y quieren hacerle Rey.
Las autoridades se sienten violentamente agredidas por ese impostor que arrastra tras de sí a la gente, porque si lo suyo prevalece, todo su poder y su influencia acabarán por desaparecer. Cuando sube a Jerusalén y ven el entusiasmo que suscitan sus palabras, temen que su fuego se transmita a la gente y haga arder la sociedad entera.
Y se conjuran para matarlo.
En definitiva, Jesús declara la guerra a la opresión, a la injusticia, a las leyes injustas, y tienen que matarlo para que su fuego no calcine las estructuras de Israel y a sus dirigentes con ellas. Nosotros en cambio somos gente de paz que convivimos en muy buena armonía con la sociedad de consumo y la injusticia atroz que ésta provoca; porque una cosa es tener fe en Jesús, y otra, muy distinta, que esa fe altere demasiado nuestro modo de vida o perturbe nuestro estatus…
Y es que, como decía Ruiz de Galarreta: «Ni la Palabra nos quema por dentro, ni nosotros hacemos arder a la sociedad»
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
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Lucas 12,49-53
14 de agosto de 2022
Quizá el Evangelio de este domingo nos resulta muy sorprendente por las palabras que Lucas pone en boca de Jesús. Se trata de un texto complejo que, leído al pie de la letra, nos puede confundir, incluso generar cierto rechazo en los tiempos que corren; un texto que, sacado de contexto, resultaría casi ofensivo y decepcionante.
Sin embargo, son palabras que tienen una lógica aplastante como consecuencia de todo lo tratado en los versículos anteriores. Este breve texto, situado en la cuarta parte del Evangelio de Lucas, narra diferentes momentos del camino de Jesús hacia Jerusalén. En uno de esos momentos instruye a los discípulos para revelarles actitudes y valores imprescindibles que son esenciales en su movimiento: confianza, fidelidad, servicio, autenticidad, coherencia, pasión, radicalidad y libertad, entre otros.
Comienza con una afirmación decisiva, típica de un texto profético, algo apocalíptico, de moda en algunos grupos judíos de la época, pero con un lenguaje sagaz y denso, inesperado y desconcertante: “Vine a poner fuego sobre la tierra, ¡y cómo quisiera que ya estuviera ardiendo”. Es esta la esencia de todo el mensaje más allá de la confusión que puedan provocar sus palabras. El fuego al que se refiere Jesús no es el que asola bosques sino el fuego interior que nace de la energía y pasión por vivir en libertad y en plenitud, una pasión transformadora que nada tiene que ver con una vida raquítica y centrada en la creencia dogmática o en una práctica ritual vacía de calor.
Es el mismo fuego de Pentecostés que movilizó a los creyentes para salir “sin vergüenza y sin miedo” a mostrar al mundo la presencia de Dios en lo profundo de cada vida humana. Sin duda, este fuego despierta, calienta, dinamiza y renueva. Jesús expresa su deseo de que ya arda este fuego, pero no parece ser una realidad en sus destinatarios. Es quizá una de las frustraciones que vivió porque sus contemporáneos no parecían muy dispuestos a comprometerse de fondo con la nueva imagen de Dios y del ser humano revelada por él: un Dios que forma parte de la humanidad y un ser humano pleno que forma parte de la divinidad como única manera de expresarse en nuestra historia.
Jesús es consciente de que su mensaje transformador no es neutral y que, tomado en serio, va a generar división porque es necesario tomar postura con audacia y libertad en esta nueva ruta que propone. Esta es la fuerza de Jesús y de su movimiento: ser totalmente parcial y no intentar dar a la razón a todos para generar una falsa paz que haga la vista gorda ante la injusticia, la opresión, el sometimiento; una ilusoria paz llena de inmovilismo y vacía del fuego de una vida auténtica.
Ante Jesús sólo vale posicionarse y activar la valentía, confianza, siempre en una clara conexión con Dios y con la energía que de Él brota. A veces preferimos el bienestar emocional, las aguas tranquilas, las cebollas de Egipto (como le ocurrió al Pueblo de Israel en tiempos de esclavitud) sacrificando la libertad personal y una vida llena de sentido. Por eso, Jesús avisa de esa posible división tras posicionarse en lo esencial del Evangelio. Y no es una mera práctica religiosa, sino que se trata de revindicar la dignidad personal, la libertad, la simetría en las relaciones, la igualdad de derechos, asuntos que pueden incomodar a quienes ejercen su soberanía en vidas de otros(as) porque pierden el control y el poderío. Dejo a los lectores (as) que lleven estas palabras a sus contextos personales, de pareja, familiares, laborales, religiosos, para tomar la temperatura de esta realidad hasta donde sea posible.
Resulta llamativo que los ejemplos que usa Jesús para ilustrar la división que podría provocar, se centra en vínculos generacionales y de género. Toda una simbología que apunta hacia una incomprensión y conflicto por elegir vivir desde la raíz de lo que nos hace ser. Nada llamativo en el contexto de este evangelio porque Lucas escribía a comunidades donde algunos miembros habían sido rechazados por sus familias al hacerse cristianos. En aquel tiempo, bautizarse y entrar en la comunidad era una decisión radical que transformaba la vida. Quizá, ahora, salir de la zona de confort personal, social, elegir salir de una religión acomodada y burguesa, no tiene nada que ver con un cambio de lugar, de entorno, sino con una nueva posición ante la vida, ante la Trascendencia y ante la realidad que vivimos y somos.
Pero no nos ocurre sólo a nivel personal. También comunidades, iglesias, instituciones, grupos humanos y religiosos han decidido vivir con el fuego escondido para hacerlo inofensivo, rendido ante las injusticias reales, en una apatía gigante ante las grandes desigualdades y marginaciones humanas por temor a perder el «status». Jesús sabía que podría ser causa de división entre los muchos adeptos del inmovilismo. Por eso despertó la ira de los funcionarios del templo y de todos los que se consideraban amos de la verdad. El fuego que trae Jesús, ese que todos llevamos dentro en pequeñas ascuas, no es aceptado ni comprendido por quienes sirven y aman por obligación moral, por quienes están saturados de doctrinas y/o deseosos de poder.
Este texto tan duro puede ser un aviso para que nos planteemos la dirección de nuestras decisiones de cada día. No se trata de crear divisiones y disputa allá donde vayamos. Se trata más bien de vivir la vida y la fe como una opción arriesgada y aceptar pagar un alto precio, en numerosas ocasiones, por vivir en verdad y honestidad. Que cada uno (a) mire su saldo de fuerza para vivir este fuego de la autenticidad, coherencia, libertad y capacidad de transformación de nuestro mundo y de nuestros pequeños mundos.
¡No nos encerremos en un confinamiento personal, social, eclesial, para no dar los grandes o pequeños pasos a los que nos mueve este Fuego liberador!
little sketchy men – colored problem-solution concept
Domingo XX del Tiempo Ordinario
14 agosto 2022
Lc 12, 49-53
Parece que el texto que antecede no solo no habría salido de los labios de Jesús, sino que se trataría de un vaticinio ex eventu. Es decir, habría sido escrito después de que aquellas primeras comunidades hubieran experimentado la división en sus propias familias, como consecuencia de la adhesión al nuevo movimiento religioso. Para cuando se escriben esas frases, lo descrito en ellas en forma de profecía para el futuro, ya había sucedido: de la misma manera que los seguidores de Jesús empezaron a ser excomulgados de la sinagoga, sintieron igualmente el rechazo por parte de aquellos miembros de la propia familia que se situaban en una posición contraria.
Ambas reacciones son frecuentes en la historia de los grupos humanos: quienes adoptan un camino nuevo suelen alejarse de los demás, en una actitud con ciertos tintes sectarios; por el otro lado, quienes se oponen a las innovaciones tienden a juzgar, descalificar y condenar a los primeros.
Más allá de la anécdota, es inevitable que en todo grupo humano existan tensiones, consecuencia de ser diferentes. La tensión estimula y enriquece cuando es bien vivida. Por el contrario, cuando no se asume ni gestiona de manera adecuada, se convierte en conflicto y enfrentamiento.
Mientras, en el primer caso, la diferencia es vivida como factor de enriquecimiento, en el segundo se absolutiza en ella misma, olvidando cualquier otra referencia.
Todo ello invita, desde mi perspectiva, a cuestionarnos en que tipo de consciencia nos vivimos. Si nos movemos en una consciencia de separatividad, las diferencias se absolutizan y desembocan en conflicto tan irremediable como doloroso y estéril. Si estamos anclados en la consciencia de unidad, comprendemos que, aun siendo diferentes, somo lo mismo. Y es esta comprensión la que nos permite reconocer, permitir, aceptar y gestionar las tensiones sin fomentar la división o separación excluyente.
¿Cómo vivo las inevitables tensiones? ¿Desde qué tipo de consciencia?
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- El texto evangélico de hoy
El Evangelio de hoy resulta un tanto extraño. No son palabras blandas, sino más bien fuertes y molestas. Jesús habla con energía de fuego, guerra, división.
Quizás estamos acostumbrados a pensar y vivir una fe sociológica, de mera tradición y algo flácida, una fe decorativa o, como decía J.A.T. Robinson (1919-1983), Dios y la fe son la guinda del pastel: algo meramente superfluo, pero que queda bien, aunque no sirve para nada.
La vida, la sociedad, la política, la economía, la cultura, etc. funcionan perfectamente (o malamente) sin la hipótesis de trabajo “Dios” (fe). Pero queda bien una Misa para inaugurar un año, para que los niños hagan una fiesta llamada Primera Comunión; una boda por la iglesia queda muy bien tiene siempre una cierta solemnidad; un funeral, aunque ya cada vez menos, pero siempre queda bien…
Muchos cristianos tendemos a vivir la fe como una religión de adorno.
Sin embargo, la Palabra de hoy, nos mueve el suelo que pisamos, porque la fe tal como la vivió Jesús, no fue “líquida” ni neutral.
Las palabras de fuego, guerray división son fuertes, purifican nuestra fe. Porque si Él vivió así, poniéndose del lado de los que sufren, sus seguidores no podemos callarnos ante los atropellos cometidos y esto provocará lucha e incomodidad.
02.- La fe es una provocación.
La Palabra de Jesús y su vida nos pone en crisis. No he venido a traer paz sino división. (Lc 12,51). La fe no es decorar la vida con un poco de religión. ¿Creéis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. (Lc 12, 51). ¿Qué quiso decir Jesús con la palabra división? No es una llamada a la desunión y discordia, sino que fue ocasión para que las personas, se definiesen en la vida desde el evangelio. Cuando Jesús hablaba, unos se ponían a favor y otros en contra, lo mismo que ocurre hoy.
Jesús provocaba a la gente y eso ocasionaba el rechazo de muchos, que se negaban a aceptar la provocación.
03.- La fe no son unas rebajas teológicas de verano
Hoy decimos que la Iglesia tiene que cambiar, debe adaptarse a los tiempos que corren, etc. En alguna medida es cierto. Pero la fe no son unas rebajas teológico.cristianas en las que se “vende todo a cien”. Eso no es así, ni es deseable.
Esto a su vez no significa que el cristianismo haya de ser duro, a veces violento, no. Jesús tiene una fe comprometida, unos criterios: el ser humano está por encima de la ley, el amor, el servicio en la comunidad eclesial, la bondad de Dios, etc. Y todo ello le llevará a la cruz.
Uno puede ser creyente o no, puede ser cristiano o no. Cada cual es muy libre de pensar y vivir conforme a lo que considera que puede realizar su vida. El pensamiento cristiano es el que es y lo aceptamos y vivimos no como una dictadura, sino como una liberación o lo dejamos de lado.
Hay un refrán sefardí que dice: “amigo de todos y de nesuno, todo es uno”. No se puede ser amigo de todos. Parece como si se deseara hoy que el cristianismo se adaptase como la plastilina. Se puede ser cristiano y se puede no serlo. Son opciones libres.
Cada persona se tiene que decidir por la fe cristiana o no, lo cual puede causar enfrentamientos, divisiones, etc. Jesús nos quiso poner en guardia. Seguir a Jesús, podía, puede, llegar a dividir y a romper incluso a las familias. Cada cual por sí mismo ha de tomar la decisión fundamental sobre su vida. Lo que cuenta es vivir la propia vida en coherencia de fe en el Señor.
04.- El fuego de Jesús.
En la tradición bíblica fuego puede significar tres realidades: 1. Crisis, (crisol) juicio. 2. El Espíritu de Jesús en la Iglesia. 2. El fuego de la persecución que el cristianismo por parte del mundo judío y del mundo romano.
En cualquiera de los tres casos significa que el Espíritu del evangelio de Jesús no es algo anodino, sino que tiene fuerza, provoca un juicio profundo al esquema religioso judío y a todo esquema religioso.
El fuego que Cristo quiere poner en la tierra es su Misión, es decir: La Pasión por Dios y la Compasión por los que sufren. Sin este fuego, la vida cristiana termina extinguiéndose.
¿Para qué sirve una iglesia de cristianos instalados cómodamente, sin pasión alguna por Dios y sin compasión por los que sufren? Esta Iglesia ni divierte ni convierte.
Acojamos en nuestra vida el fuego y la luz del Señor
Comentarios desactivados en Magda Bennásar: Tendrás un hijo.
En los orígenes de nuestra religión judeo-cristiana están mujeres estériles. Esa realidad cobra tono cuando descubrimos que para el pueblo de Israel, estéril era una palabra terrible, igual a muerta viviente, ciega, leprosa… Nos dicen los comentaristas que la vida en la Biblia no tiene sentido más que en referencia a la promesa de Dios a Abrahán de llegar a ser una gran nación, por eso la esterilidad significa muerte y desolación. La estéril, por lógica, no puede ser digna compañera de su marido. Israel estimaba y respetaba a la mujer por su maternidad, no por su feminidad, sino por su vientre.
Esta concepción patriarcal no, lo siguiente, está en la base de la dificultad de la institución católica de aceptar, incluso hoy, cualquier otro tipo de relación de pareja, con la maravillosa variedad que va saliendo de los armarios, que no sea varón y mujer-fértil, porque la no fertilidad de la mujer puede ser motivo de anulación del matrimonio por la iglesia… no es el sitio de entrar en detalles ahora, habrá excepciones. En la cultura del tiempo del libro del Génesis, la esterilidad tenía como causa el pecado de la mujer, como la lepra, la pobreza…eran el castigo de Dios por sus pecados.
Es interesantísimo que tres de las grandes matriarcas que engendran en sus orígenes al pueblo de Israel son estériles. Sus nombres son Sara, Raquel, Rebeca y muchos otros también a las puertas e inicio del NT: Isabel, María para complicarlo más es virgen… parece que Dios intenta decir algo, a su manera. No escribe un tocho, pero deja que todas estas chicas estériles sean madres de generaciones…de nuevo abundancia, exageración, rompimiento de leyes naturales y religiosas… es que Dios no puede contener su Amor, y como ve que no lo pillamos por la belleza y riqueza de la vida creada, sigue haciendo maravillas, y las hace siempre liberando, deshaciendo, abriendo, en este caso ya, sacando a las mujeres de las casillas dominadoras patriarcales, que ahí siguen.
Pero, ¿qué dice el Dios de Abrahán, no la institución, sino Dios en persona? En todas ellas, es Dios quien se encarga de transformar su maldición en bendición, y dirán: Dios me ha hecho justicia, me ha hecho un buen regalo. La acción de Dios se presenta como bendecir, escuchar, recordar, abrir el seno, visitar, cuidar… Dice una autora que «las mujeres llamadas a gestar un pueblo para Dios fueron estériles, y ello no supone una coincidencia casual ni un detalle superfluo. Ellas dieron inicio al pueblo de Dios, no a pesar de ser estériles, sino a causa de ello.» Queda así claro que cuando Dios interviene para cambiar la suerte de su pueblo, no cuentan sus méritos, su fecundidad, sino su absoluta gratuidad.
Y aquí introduzco Gn 18,1-10. Léelo por favor, despacio, visualízalo, huele la cuajada, el pan y el cordero… capta las incongruencias para la lógica:
Tres hombres, y Abrahán se dirige a ellos como Señor. Explicado el misterio de la Trinidad. Dios es siempre comunidad porque es Amor.
Y la hospitalidad de los pueblos del desierto, ellos viven como un regalo, un honor que se les visite, para que puedan ejercer su generosidad, su obligación de atender, agasajar, salvar la vida de los que andan por el desierto. Igualito que nosotros que preferimos invitar a tomar algo en la calle que invitar a casa, se nos hace difícil, y los orígenes de nuestra religión se basan en gente itinerante, que se mueve según intuyen la voz de Dios en su vida, y que es acompañada y atendida por los que están en su tienda, un poco más estables o descansando del largo desierto.
Y ello hace que sean interesantes, hasta el guiso viene explicado, el pan hecho en el momento… primero el agua para lavarles los pies, tan familiar y tan poco practicado: cuidar, mimar, ofrecer lo básico, lo necesario al que transita por el desierto y se cruza con nosotrxs, y posiblemente no tengamos tiempo porque el calendario está a tope, porque me esperan, porque ya ayudo y resulta que era Dios mismo quien se paró a nuestra puerta, a pedirnos un poco de pan, y a ofrecernos algo…que nos perdemos si no estamos ahí, presentes, un hijo.
Abrahán corre, mueve a su gente a preparar esa comida que ha pasado a la historia, porque está en el origen de nuestra religión, de nuestra manera de convivir, luego se convertirá en un ritual estirado y amenizado… ¡sólo era una comida con amigxs, un gesto de hospitalidad, y si queremos que retome sentido, tendrá que ser así!
¿Cuándo fue la última vez que invitaste a algo a alguien en tu casa? cuando lo obviamos, dejamos de recibir bendiciones, regalos, presencia, risas, promesas… un vaso de agua fresca al jardinero me valió una sonrisa después del trago con el que engulló de una vez aquel agua, a las 14hs de la tarde con un sol tórrido. Una sonrisa del jardinero, una palabra del vecino alemán que no entiende palabra de español y que nos trata de ángeles porque le hacemos contactos y traducciones… cuesta tan poco, y significa tanto para el que está en camino, fuera de sus seguridades habituales, y la alegría en el corazón, si nos dejamos sentir, nos hace reír. Ya nos hemos prometido cafés y comida cuando al fin lleguen y nos encontremos. De momento su pequeña nos manda corazones… es tan sencillo…
Cuantas de vosotras celebráis el banquete cada vez que preparáis esas comidas nunca agradecidas en casa, que os obvian, porque nos ven ya un poco estériles… y ahí estamos, acogiendo, multiplicando, también en forma de comunicación de alimento reflexionado, compartido, para la comunidad que me espera, me añora, desea saber de mi riqueza interior, que es fecunda, libre, posibilidad al vivo.
Y nos reímos con Sara, que estéril y posiblemente largamente humillada por lo que suponía en su cultura y aldea, recibe un anuncio. Los patriarcales interpretan que se ríe con sorna porque lo que le prometen es imposible. Las ecofeministas decimos que se ríe de alegría indescriptible porque se lo cree. Porque intuye en su cuerpo que es cierto, que es posible, porque nada hay imposible para el Dios de su corazón y de sus entrañas vivas. Este no abandona, este visita por la calle, llama a la puerta, se invita a cordero y cuajada, y te suelta que tendrás un hijo, en tu vejez. ¡Vaya!
Vejez que no significa edad avanzada, sino falta de aliento, falta de oxígeno, falta de ilusión, de visión de futuro. Vejez significa cerrazón, crítica, ausencia de empatía, y hay tanta, incluso en los conventos… Vejez opuesta a posibilidad: Tener un hijo la estéril y anciana. Uff, es que nuestro Dios es guay como dicen los jóvenes. Es que se pasa. Yo, nosotras sabemos que es verdad, es fecundx quien conecta con la vida, así de sencillo, preparando comida, cocinada, escrita, hablada… presencial, online, diálogo, perdón, oportunidad, acogida, una llamada, una visita.
Y es que Dios tiene una energía subversiva capaz de movilizar, las vidas que se dejan, a la categoría máxima que el patriarcado nunca tolerará. Por eso, mientras ellos analizan, consideran, estudian cómo mantenerse en el control, nosotras estamos dando vida, dando a luz a hijos, bendiciendo comidas, acogiendo comunidades y gente que quiere comprometerse, y tantxs que nos miran de reojo…que también son estériles, a ver si se animan, y tienen un hijo, su tristeza se convertiría en danza.
Comentarios desactivados en Bendice, Señor, el espíritu quebrantado de los que sufren.
Con Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), mártir en Auschwitz, recordemos a las víctimas de tantos genocidios que el ser humano ha sido y sigue siendo capaz de perpetrar… Y que, a pesar de no ver, de no entender, sigamos siendo instrumentos de Paz y de Misericordia…
Bendice, Señor
el espíritu quebrantado de los que sufren,
la pesada soledad de los hombres,
de aquél que no encuentra nunca reposo,
el sufrimiento que nunca se le confía a nadie…
Y bendice el cortejo de las gentes
que en la noche no se dejan amedrentar
por el espectro de los caminos desconocidos.
Bendice la miseria de los hombres que están muriendo ahora.
Dales, Señor, un buen fin.
Bendice los corazones, Señor, los corazones llenos de amargura.
Sobre todo, alivia a los enfermos,
concede el olvido a aquellos a quienes has privado
de su bien más querido.
No dejes que nadie en la tierra viva angustiado
Bendice a los alegres, Señor y protégeles,
A mí nunca me has librado, hasta ahora, de la tristeza.
Y a veces me pesa demasiado;
pero Tú me das fuerza
y así puedo cargar con ella.
Comentarios desactivados en «Ceñid vuestros lomos» en una era de polarización
Mark Hakes
La reflexión de hoy es por el colaborador invitado Mark Hakes (ellos/ellos), director asistente del Ministerio del Campus y director del Instituto de Teología Juvenil del Colegio de St. Scholastica en Duluth, Minnesota. Su trabajo se centra en ayudar a los estudiantes a profundizar en la espiritualidad, participar en el servicio y el trabajo de justicia, y participar en el discernimiento de la identidad, los valores y la vocación.
Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 19 del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.
«Tened ceñida vuestra cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los sirvientes que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.«. (Lc 12: 35-36)
Voy a comenzar hoy diciéndole algo que ya sabe: nuestra sociedad está polarizada.
En casi todos los aspectos de nuestras vidas, desde nuestro sistema político hasta nuestra iglesia, hemos creado falsas dicotomías, erigiendo escenarios de «nosotros versus ellos». Insistemos en que «nosotros» tenemos razón, lo que solo puede significar que «ellos» están equivocados. Estas divisiones construidas a menudo vienen a expensas de las más marginadas en nuestra sociedad; es decir, LGBTQ+ folx, personas de color, etc.
De hecho, es casi imposible encender la televisión sin ser bombardeado con estas divisiones: republicanos y demócratas, liberales y conservadores, izquierdistas o alternativos.
¿O qué tal católico y tradicionalista progresivo católico, amantes de la guitarra y aquellos con preferencia por el piano u órgano, los aromas y las campanas de la liturgia tradicional de la alta iglesia y el sandeled, «ven como eres» informal de la adoración contemporánea, el canto gregoriano y Música, aquellos que dan la bienvenida a los católicos LGBTQ+ y los que excluyen a la comunidad.
En lugar de ver la amplia y multifacética diversidad de pensamiento, práctica y experiencia como un gran regalo divino, ¿con qué frecuencia cerramos a los que no estamos de acuerdo fuera de nuestras vidas, nuestros círculos, nuestra iglesia?
Estamos tan concentrados en quién tiene razón que a menudo olvidamos hacer lo correcto.
La lectura del Evangelio de hoy y su llamado a «Gird Your Cheins» siempre me hacen reír y pensar en Nigel (interpretado por Stanley Tucci) de The Devil Wears Prada diciéndole a todos que ciñan sus lomos en preparación para la llegada de la dominante Miranda Priestley (interpretado por Meryl Streep). De repente, todos corren haciendo el trabajo (o al menos pretenden estar haciendo el trabajo) se suponía que debían hacer, con la esperanza de que Miranda no notará las formas en que se habían aflojado.
Si bien no tenemos la suerte de Stanley Tucci preparándonos diariamente para conocer al Cristo resucitado en nuestra vida diaria, al menos sabemos lo que deberíamos estar haciendo. Parafraseando a Isaías 58, Dios dice: «Quiero que compartas tu pan con el hambriento, abre tus hogares a los pobres sin hogar, retira el yugo de la injusticia, deja que los oprimidos se liberen».
Pero la manera de Jesús nos obliga a ir más allá, a ver las injusticias presentes en nuestra comunidad, a reconocer las estructuras opresivas que hacen que las personas pasen hambre, experimenten la falta de vivienda, para soportar el tratamiento injusto y luego comenzar a desmantelarlas. La forma de Jesús exige que nos solidaremos con nuestros hermanos y hermanas trans*, ponemos nuestros cuerpos donde están nuestras bocas cuando decimos que las vidas negras son importantes, vinculan los brazos con las comunidades indígenas para detener la explotación continua de sus tierras y vidas, brindar santuario y luchar por los derechos de las personas indocumentadas.
Y, sin embargo, ¿cuántos de nosotros estamos haciendo este trabajo y cuántos de nosotros hemos abdicado de nuestras responsabilidades? Como Bell Hooks escribió «… Me he encontrado con muchas personas que dicen que están comprometidas con la libertad y la justicia para todos, aunque la forma en que viven, los valores y los hábitos del ser que institucionalizan diariamente, en rituales públicos y privados, ayudan a mantener la cultura de dominación, ayudan a crear un mundo que no es libre «.
«Transfiguration» de Carl H. Bloch, 1834-1890.
Cuando nos encontremos con Jesús, tanto al final como en nuestros encuentros diarios con Cristo en la gente y el mundo que nos rodea, ¿seremos encontrados haciendo lo que deberíamos estar haciendo? ¿O nos encontrará disputando quién tiene razón mientras se mantiene cómplice de defender los sistemas de marginación y opresión? ¿Se encontraremos celebrando la variedad de personas arcoiris, abrazando a cada una de las personas como un ser humano sagrado independientemente de la expresión de género/género o orientación sexual? ¿O se encontrará con que estamos construyendo muros de división y exclusión? Esta lectura del evangelio no pretende ser una lectura acogedora y de bricolaje en la espalda, sino un llamado incómodo a la acción. Como hijos de la luz, se nos da la tarea esencial de permitir que el amor de Dios nos abrume, revelando nuestra bendición, y luego dejar que se desborde en el mundo haciendo todo lo que está dentro de nuestro poder para descubrir los destrozados de luz ocultos a nuestro alrededor.
Y así, hoy, cuando nos encontremos con Jesús en una de las muchas «encarnaciones» de la vida diaria, que nuestros lomos estén ceñidos y que cada uno sea encontrado haciendo el trabajo de liberación, que nos ha encargado hacer.
Comentarios desactivados en “Cuidado con el dinero”. 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)
Jesús tenía una visión muy lúcida sobre el dinero. La resume en una frase breve y contundente: «No se puede servir a Dios y al Dinero». Es imposible. Ese Dios que busca con pasión una vida más digna y justa para los pobres no puede reinar en quien vive dominado por el dinero.
Pero no se queda solo en este principio de carácter general. Con su vida y su palabra se esfuerza por enseñar a los ricos de Galilea y a los campesinos pobres de las aldeas cuál es la manera más humana de «atesorar».
En realidad, no todos podían hacerse con un tesoro. Solo los ricos de Séforis y Tiberíades podían acumular monedas de oro y plata. A ese tesoro se le llamaba mammona, es decir, dinero que «está seguro» o que «da seguridad». En las aldeas no circulaban esas monedas de gran valor. Algunos campesinos se hacían con algunas monedas de bronce o cobre, pero la mayoría vivía intercambiándose productos o servicios en un régimen de pura subsistencia.
Jesús explica que hay dos maneras de «atesorar». Algunos tratan de acumular cada vez más mammona; no piensan en los necesitados; no dan limosna a nadie: su única obsesión es acaparar más y más. Hay otra manera de «atesorar» radicalmente diferente. No consiste en acumular monedas, sino en compartir los bienes con los pobres para «hacerse un tesoro en el cielo», es decir, ante Dios.
Solo este tesoro es seguro y permanece intacto en el corazón de Dios. Los tesoros de la tierra, por mucho que los llamemos mammona, son caducos, no dan seguridad y siempre están amenazados. Por eso lanza Jesús un grito de alerta. Cuidado con el dinero, pues «donde está vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». El dinero atrae nuestro corazón y nos seduce porque da poder, seguridad, honor y bienestar: viviremos esclavizados por el deseo de tener siempre más.
Al contrario, si ayudamos a los necesitados nos iremos enriqueciendo ante Dios, y el Padre de los pobres nos irá atrayendo hacia una vida más solidaria. Aun en medio de una sociedad que tiene su corazón puesto en el dinero es posible vivir de manera más austera y compartida.
Comentarios desactivados en “Estad preparados”. Domingo 07 de agosto de 2022. 19º domingo del Tiempo Ordinario
Leído en Koinonia:
Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19: Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48: Estad preparados.
Primera Lectura
Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.
La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.
Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).
Segunda Lectura
La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.
La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.
Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.
Evangelio
El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.
Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.
Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).
El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.
La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.
La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio.
Comentarios desactivados en 7.7.22. Dom 19. No temas, pequeño rebaño; vuestro Padre ha querido daros el reino (Lc 12, 32)
Del blog de Xabier Pikaza:
El Dios de Jesús es Abba, Padre, siendo también Imma, es decir, madre. Estos dos nombres unidos, que Jesús ha recreado (como mesías materno/paterno) nos sitúan ante la experiencia más honda de la vida humana, en la raíz del evangelio.
| X. Pikaza
Las dos palabras (Abba e Imma) son inseparables, pues, en principio, el Padre depende de la Madre. En el centro del Nuevo Testamento se encuentra la palabra Abba, que Jesús ha utilizado en su oración, al referirse al Padre (cf. Mc 14, 36 par). Ésta es una palabra de la Biblia Cristiana, pero ella sólo puede interpretarse a partir de la madre (Imma), que se la transmite al niño, aunque luego ella queda a veces en la penumbra. Sólo cuando Imma (o la que hace sus veces) enseña al niño a decir Padre , y cuando el niño dice así (Abba) la vida tiene sentido y el hombre se sabe enraizado en la marcha divina de la vida.
Diciendo Abba, el niño no se aleja de la madre, para caer en manos de un mal patriarcalismo, sino que penetra en la experiencia más honda de la madre, que pone al niño ante su padre. Para que la vida del niño madure en riqueza y diálogo hace falta una buena madre (Imma) que le lleve al Abba, entrando en la relación mutua del padre y de la madre, que será principio de todas las restantes relaciones (con los hermanos, con los otros).
Abba no es una palabra técnica, propia de discusiones eruditas, sino la más sencilla de todas las palabras, casi onomatopéyica, que el niño pronuncia y comprende en el mismo principio de su vida, al referirse cariñosamente al padre (abba), en unión (a partir) de la madre (imma) como primera de todas las experiencias que son, al mismo tiempo, profanas y sagradas. No es palabra aislada, que se entiende por sí misma, sino que forma parte de una relación doble: Imma-Abba, Madre-Padre. Por eso, tomada en sí misma, ella alude a un padre que no solamente incluye elementos de madre (padre materno, padre tierno), sino que sigue teniendo a su lado a la madre, de la que depende (la Madre es la que sigue haciendo que el hijo diga Padre).
Un Abba sin Imma no es sólo enfermizo sino contrario al evangelio, pues al lado del Abba ha de estar la Imma como iniciadora y testigo del Padre. Su misma cercanía (las dos palabras marcan el acceso del niño a la vida personal consciente) definen su identidad. Muchos han aplicado a Dios palabras muy sabias, como si hubiera que dejar la infancia para encontrarle, como si la experiencia del niño fuera incapaz de abrirnos a la hondura de la Realidad. Pues bien, Jesús ha vuelto de algún modo a la infancia (en ejercicio de intensa neotenia), recuperando ante Dios su primera experiencia de niño en brazos de la madre (Imma) que le lleva al padre, pudiendo decía así Abba (que es siempre Padre desde la Madre).
Otros no se han atrevido, Jesús, en cambio, lo ha hecho
y de esa forma ha saludado a Dios de un modo intenso con la más fuerte de todas las palabras, aquella que los niños confiados y gozosos aprenden de boca de la Madre (Imma) para referirse al Padre (Abba) en quien creen y confían, sin dejar por eso a la Madre (sino todo lo contrario). Conocer a Dios resulta, para Jesús, lo más fácil y primero; no ha necesitado argumentos para comprender su esencia, no ha buscado demostraciones: Su madre María le ha enseñado a decir Abba y en el abba familiar (José) ha podido descubrir el rostro de Dios Abba, un Padre con madre o, mejor dicho, desde la madre.
La experiencia de Dios como Madre-Padre resulta inseparable del camino concreto, diario, de su vida. Jesús se ha confiado en Dios Madre-Padre y de esa forma ha vivido, dialogando con la tradición de su pueblo y de su entorno religioso pero, sobre todo, viviendo de un modo trasparente, ante el Dios que es madre-padre. No ha dejado de ser niño para hacerse mayor, sino que se ha hecho mayor profundizando en su experiencia de niño.
No os preocupéis… Don y tarea del Padre
El punto de partida del mensaje de Jesús es el don del Dios Padre/madre; la conversión (transformación) del hombre vendrá después. Mirado así, el mensaje de Jesús resulta sencillo, asombrosamente claro, lo más simple y normal: Nos conduce de nuevo, como a niños, con la ayuda de la madre, al lugar del verdadero nacimiento, al gozo y presencia del Padre. Otros personajes religiosos, históricos o simbólicos (Daniel, Henoc, Esdras…) habían realizado largos “viajes” para encontrar a Dios, Señor de Espíritus, envuelto en Halo de Misterio, Anciano de Días. Jesús no los ha hecho, sabe que Dios está a su lado. Jesús dice:
No os preocupéis, diciendo: ¿Qué comeremos, qué beberemos o con qué nos vestiremos? Porque los gentiles buscan ansiosamente todas estas cosas; pero vuestro Padre (Mt: celestial] sabe que las necesitáis. Por eso, buscad primero el reino y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura (Lc 12, 22-32; cf. Mt 6, 25-33).
Éste pasaje sapiencial nos sitúa ante el principio de la vida (cf. Gen 1-3), para descubrir allí la mano bondadosa de un Dios Padre, que realiza acciones y gestos maternos: Alimenta y viste a los hombres, como Madre que da leche al hijo y que le abriga, para que pueda así crecer y madurar sin miedo. Pues bien, cuando Jesús compara a los hombres con cuervos (Mt: aves) que no siembran y con lirios que no hilan, lo hace precisamente para marcar la diferencia, dentro de las semejanzas; aves y plantas no trabajan, pero los hombres han de hacerlo (sembrar, hilar…), aunque sabiendo que en el fondo de todo, más profundo que el trabajo, está el gozo y confianza de la vida, que se funda en el Padre y en su don del reino.
Lo primero es la experiencia del Dios Creador, que cuida a los pájaros del cielo y a los lirios del campo, apareciendo después como Padre de los pequeños, de aquellos que parecen más pobres y perdidos, como Fuente de Amor entrañable, principio de existencia, alimento y protección (vestido). Por eso, el evangelio es ante todo palabra de consuelo para hombres y mujeres agobiados y oprimidos (cf. Mt 11, 28), revelación de Padre/Madre, principio de vida. Por eso, en principio, situados ante el Padre/Madre, los hombres no tenemos que hacer nada, sino ser: Dejar que nos ame el Padre/Madre y nos ponga en camino de reino.
La oración al Padre
Los textos anteriores han mostrado la bondad universal y reconciliadora de Dios en cuyo nombre ha salido Jesús a proclamar el reino. Desde ese fondo y desde la necesidad de los hombres se entiende su oración:
Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino.
Danos hoy nuestro pan cotidiano, y perdona nuestra deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores (versión de Mt), y no nos metas en tentación (Lc 11, 2-4; cf. Mt 6, 9-13).
Éste es el nombre de Dios, simplemente padre, padre-madre. El primer nombre, el más hondo de la vida
‒ Santificado sea tu Nombre. Al decir a Dios “santificado sea tu Nombre” (=santifica tu nombre), le pedimos que muestre su santidad, como Padre liberador de los oprimidos, dominados por los prepotentes. Nombre significa identidad, lo más propio de Dios, aquello que define su persona. Pues bien, ahora descubrimos que el Nombre de Dios es Padre (Padre/Madre) no Yahvé (Soy el que Soy: Ex 3, 14), y así le pedimos que lo santifique, es decir, que se manifieste como tal, escuchando y respondiendo a sus hijos, los hombres.
‒ Venga tu reino. Los judíos habían llamado a Dios Rey y Padre en las Dieciocho Bendiciones. Jesús le llama sólo Padre, pero le pide que venga (que traiga) su Reino (afirmando así implícitamente que es Rey). Ésta es su paradoja: El Reino que pedimos y buscamos no es conquista de un rey que se impone por armas, sino regalo familiar de Padre. En este contexto recordamos la tradición mesiánica israelita: El Padre Dios desplegaba su poder a través del Hijo Rey (monarca davídico). Ahora, por medio de Jesús, Dios revela y despliega su Reino, sin necesidad de un rey de este mundo.
‒ Danos hoy nuestro pan cotidiano. Del Padre nuestro pasamos al pan nuestro. El primer signo del Padre no es una Ley particular sagrada, sino el alimento universal que deben compartir en solidaridad todos los hombres y mujeres, sin distinción de raza o religiones. La primera tarea de Dios Madre/Padre es alimentar a sus hijos, dándoles su pecho, ofreciéndoles sus bienes. Este pan, que Don de Dios, es “nuestro”, es decir, de todos lo orantes, que deben trabajar por conseguirlo y compartirlo. Los cuervos y lirios tenían su pan si trabajar (cf. Mt 6, 25-34). Los hombres lo reciben del Padre Dios Padre trabajando y compartiendo lo que tienen.
‒ Perdona nuestras deudas… Del pan pasamos al perdón. La oración supone que tenemos deudas con Dios y con otros hermanos. Según justicia, el hombre debería devolverle a Dios (y a los demás) lo que les debe. Pero Dios no es acreedor, ni juez, sino Padre y, como tal, perdona las deudas de los hijos, como recuerda esta petición, que nos hace pasar del plano de la ley (que impone obligaciones) al de la gracia. Como madre-padre, Dios perdona todo que pudiéramos deberle. Pero, al mismo tiempo, su perdón supone que también nosotros perdonemos nuestras deudas como hermanos.
‒ Y no nos metas en tentación… En esta versión de Lucas pedimos al Padre que “no nos meta en tentación”: lo normal sería que lo hiciera, como en el principio de los tiempos (Gen 2-3); por eso, nosotros, débiles humanos, le decimos que se porte como Padre, que no ponga nuestra vida a prueba. Pero el texto se puede traducir también diciendo no nos dejes caer en la tentación, protégenos en ella, suponiendo así que en la vida hay pruebas y que el verdaderoPadre educa a los hijos para que puedan superarlas, sin quedar derrotados por ellas. Lógicamente, no podemos evitar las pruebas, pero pedimos a Dios que nos ayude a superarlas.
Todo lo que pidiereis orando, creed que ya lo habéis recibido y así será. Y cuando oréis, perdonad si tenéis algo contra alguien, para que también vuestro Padre celestial os perdone vuestras culpas (Mc 11, 24-25).
Los seguidores de pueden dialogar y dialogan directamente con Dios,
con plena confianza, teniendo la certeza de que el Padre les ha concedido ya (cf. elabete: 11, 24) aquello que le piden. Frente al negocio del templo, que divide a unos de otros (judíos y gentiles, laicos y levitas, vendedores y compradores…), ha situado Marcos la experiencia luminosa y creadora de la reconciliación directa de unos hombres y mujeres que se perdonan mutuamente, como el Padre Dios les perdona.
Siglos habían tardadolos judíos en construir una nación fundada en leyes y templo. Pues bien, Jesús ha superado ese nivel, condenando el comercio del templo (cf. Mc 11, 11), para instaurar una comunidad donde cada uno es sacerdote, y puede orar con plena confianza, sin necesidad de sacrificios ni templos exteriores:
‒ Y cuando oréis, perdonad… No hay templo que avale unos derechos particulares (judíos) ni un perdón por rito. Y así, desaparecido el santuario antiguo con sus leyes sacrificiales, emerge el perdón gratuito del Padre que se expresa a través del perdón interhumano. Orar es perdonar, vivir en gratuidad. No exigir, no imponer los criterios propios, no expulsar ni condenar a nadie, amar directamente, como hijos de Dios.
‒ Para que vuestro Padre Celestial os perdone… Marcos emplea aquí el lenguaje cultual (paraptôma: caída, ofensa; cf. Rom 4, 25; 5, 15-20; Mt 6, 14-15) en vez del económico y profano (deudas, Mt 6, 12), para situarnos ante los pecados que según la tradición judía eran ofensas contra Dios, de tal manera que sólo Dios podía perdonarlos, a través de un ritual preciso, muy sagrado, de templo. Pues bien, ese ritual ha terminado, pues Dios ama y/o perdona como Padre, allí donde nosotros acogemos su perdón y nos amamos mutuamente.
Dios se revela así como Padre, no porque impone su autoridad sobre los hombres, sino porque les ama. No es Señor de seres sometidos, sino Madre-Padre, Imma-Abba, de hijos libres, que le acogen y responden, perdonándose entre sí. En ese contexto se vinculan los dos mandamientos “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón; amarás al prójimo como a ti mismo” (cf. Mc 12, 38-34 par). Otros grupos judíos decían algo semejante (amar a Dios, amar al prójimo), pero sólo Jesús ha vinculado de forma radical esos mandatos, como base de toda experiencia y tarea religiosa, descubriendo a Dios en el despliegue y desarrollo del amor humano (cf. Lc 10, 25-37: parábola del buen samaritano), interpretado de forma universal.
Jesús supera así el plano del talión, de manera que aquello que podía parecer pura arbitrariedad se convierte en principio de una justicia más alta, del don gratuito del Padre. Ésta es básicamente una experiencia de “oración”, que se expresa en forma de unión gratuita con Dios. De esa forma, allí donde Jesús dice pedid y se os dará, buscad y hallaréis… (Mt 7, 7; Lc 11, 9) se está diciendo: Pedid y Dios Padre os dará; buscad, y Dios Padre os mostrará… Así concluye la sección:
Si pues vosotros, siendo malos, sabéis dar a vuestros hijos cosas buenas, cuanto más vuestro Padre celestial dará bienes a quienes se los pidan (Mt 7, 11) [Cf Lc 11, 13: dará el Espíritu santo a quienes se lo pidan].
Si los padres humanos saben dar cosas buenas a sus hijos, queriendo para ellos lo mejor, más lo querrá el Padre (Mt: “celestial”), ofreciendo sus dones a los hombres, hijos suyos. Por eso, los hombres, hijos de Dios, no deben angustiarse, pues Dios cuida de ellos, de manera que incluso los cabellos de su cabeza están contados (cf- Mt 10, 29-31). Dios es Padre-Madre, en sus manos estamos. Todos somos sus hijos.
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