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¿Desde dónde tomar las decisiones?

domingo, 4 de septiembre de 2022
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1088268B-0C4B-4D1B-A63B-7C6FC1B4B730Domingo XXIII del Tiempo Ordinario

4 septiembre 2022

Lc 14, 25-33

La invitación evangélica a hacer “cálculos” lúcidos antes de emprender una acción importante -esa es la tarea del discernimiento- me lleva a plantear la cuestión acerca de la toma de decisiones.

En principio, una decisión puede nacer de tres lugares diferentes: de las necesidades, del superyó o de la docilidad a lo que la vida quiere vivir en nosotros.

Las necesidades son una llamada a decidir. Pero, entre ellas, podemos distinguir las “normales” (adecuadas) y las desproporcionadas. Alimentarse, protegerse, cuidar la integridad psíquica, etc., pertenecen a las primeras. Acumular sin medida, buscar el aplauso de los demás o pretender imponerse a ellos son ejemplos de desproporción. Sin duda, la desproporción hará que las decisiones tomadas desde ella sean erradas porque, más allá de la intención con la que se hagan, nacen de una mentira.

Las decisiones pueden nacer también del superyó, es decir, desde una instancia moralista, previamente internalizada, que se expresa en constantes “deberías”. También en este caso nacerán viciadas, ya que conllevan un componente de alienación: la persona, aun sin ser consciente de ello, queda alienada a exigencias externas. Siguiendo imperativos provenientes de algún tipo de autoridad -parental, social, religiosa…-, la persona termina desconectada de sí misma: son otros los que han decidido por ella y en su lugar.

Las decisiones acertadas nacen de la docilidad a la vida. En cierto sentido, puede decirse que “pasan” a través de nosotros, pero tienen su origen “más allá” de nosotros. Dicho con más precisión: no soy yo quien elige; elige la vida. Lo que a mí me toca es decir “” y fluir con ella.

A primera vista y a falta de experiencia en ello, alguien podría decir que nos hallaríamos ante otra alienación: al final, no decido yo. Sin embargo, la comprensión nos permite ver que la vida no es “algo” al margen de nosotros, sino que constituye nuestra verdadera identidad. De ahí que ser dóciles a la vida, entregarnos a ella, es identificarnos con lo que realmente somos. No elige el yo que, erróneamente, creemos ser, sino la vida que somos.

Es cierto que también aquí cabe el engaño: alguien puede pensar que es la vida quien decide cuando, en realidad, se trata de una elección egocéntrica. El criterio que puede ayudarnos a superar tal tipo de trampas se llama desapropiación. Advierto que es la vida la que decide porque en la decisión no busco apropiarme de nada, sino que, más bien al contrario, solo pretendo ser dócil.

Cuando se recibe el regalo de la comprensión, se advierte que ya no «se toman» decisiones; no hay nada que decidir: es la vida la que decide. Solo queda decir “sí”. En ese momento, la pregunta que surge no es: “qué quiero vivir” o “qué le pido a la vida”, sino “qué quiere la vida vivir en mí”.

¿Confío en la sabiduría de la vida y me ejercito en vivir diciendo sí?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No todos los ojos cerrados duermen, ni todos los ojos abiertos, ven

domingo, 4 de septiembre de 2022
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

No todos los ojos cerrados duermen, ni todos los ojos abiertos, ven

01.- El libro de la Sabiduría

    La homilía de hoy versa sobre la primera lectura tomada del libro de la Sabiduría, que cronológicamente es el último libro del AT. Con este libro de la Sabiduría estamos en los umbrales del tiempo de JesuCristo, hacia el año 50 a.C.

    Que no se nos olvide el AT, porque también nosotros podemos vivir en situación de AT.

El tiempo en que se escribe el libro de la Sabiduría es el inmediatamente anterior a Jesús y se estaba produciendo una gran expansión de la cultura griega (helenismo).

La cultura griega contribuyó a universalizar la Biblia (AT) en las comunidades judías de la diáspora, en el Imperio romano (versión de los LXX) y abrió el pensamiento judío a la filosofía y a las ideas griegas. El libro de la Sabiduría es un buen testimonio de este momento cultural. Expresará en ideas y leguaje griego el pensamiento judío.

Por ejemplo:

  • La antropología judía (semita) no habla de cuerpo y alma. El mundo judío entiende al ser humano con otros términos. Sin embargo en el libro de la Sabiduría se habla de cuerpo y alma, que son términos griegos (lo hemos escuchado en la lectura de hoy).
  • El pensamiento judío cuando llegó a la fe en una vida más allá de esta, le llama resurrección. La Sabiduría siguiendo el pensamiento griego habla de inmortalidad.

El libro de la Sabiduría es una reflexión del ser humano cuando entra dentro de sí mismo para preguntarse por las cosas más importantes: ¿qué es el hombre? ¿Qué es el hombre frente a Dios? ¿Quién conoce el misterio de la vida y de la muerte?

02.- El ser humano es débil, frágil.

La experiencia nos demuestra que somos muy limitados y que lo que hacemos y tocamos es muy débil, pero al mismo tiempo intuimos que debe haber algo que no fenece: el misterio de Dios. Decía el médico y filósofo Laín Entralgo (1908-2001) que: el ser humano espera por naturaleza algo que no está en su naturaleza, en su debilidad.

Queremos –necesitamos- conocer, penetrar el misterio, el después de la muerte.

La primera lectura de hoy  presenta catorce términos que tienen que ver con el conocimiento: conocer (2 veces), imaginar, pensamientos, razonamientos, mente pensativa, vislumbrar, descubrir, rastrear, sabiduría (2 veces), santo espíritu, enderezar, aprender. El texto comienza con una pregunta: ¿Qué hombre conocerá el designio de Dios? La lectura concluye con la afirmación categórica: Los hombres… se salvaron por la sabiduría.

El cuerpo, nuestro cerebro (de humilde barro)tiene, tenemos “unas cuantas neuronas” y con el paso del tiempo y la edad, bastante deterioradas. Por eso pensamos como podemos: nuestros pensamientos son falibles. El cuerpo es el lastre delalma

(Esta distinción cuerpo y alma no es judía, sino griega). Jesús no conoció esta antropología griega. San Pablo, nunca habla en estos términos de cuerpo y alma, ni el AT tiene esta antropología.

Sin embargo el libro de la Sabiduría nos está diciendo que la debilidad humana (barro – cuerpo) no es negativa, sino que es valiosa aunque limitada y sentimos la necesidad de Alguien que nos busca y nos llama amorosamente. La debilidad reclama salvación, ayuda, necesidad de Alguien que es creador y salvador.

Esto solamente lo decimos o lo aprendemos en la medida en que la vida se nos escapa de las manos. El deseo natural de trascendencia, de cielo, es algo que llevamos en el corazón, y sólo con sabiduría y espíritu lograremos que no muera nunca.

¿Cómo rastrear las cosas del cielo? ¿Cómo comprender el misterio de la vida y de la muerte?

03.- No es lo mismo Sabiduría que Ciencia

    La Sabiduría no es un almacenamiento de datos científicos, sino un modo de vivir abierto al Ser, a la Verdad.

La ciencia conoce, la sabiduría, sabe (saborea la vida). No es lo mismo conocer datos que saber vivir. Se puede conocer muchas cosas científicas y no saber vivir. ¡Cuántos científicos, políticos, economistas, eclesiásticos conocen, pero no saben vivir!

    La Sabiduría es un modo, un tono vital de vivir abiertos a la verdad y al bien.

No todos los ojos cerrados duermen, ni todos los ojos abiertos, ven.

    Que el Señor nos conceda su Sabiduría para que comprendamos el misterio de la vida.

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María Magdalena: pionera de la igualdad.

jueves, 1 de septiembre de 2022
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41B6A585-F775-4646-B032-C47BCF42AEC6Del blog de Juan José Tamayo:

«Tenemos una tarea urgente: despatriarcalizar a Dios, a Jesús de Nazaret y a las organizaciones cristianas»

Durante las últimas décadas se está produciendo un fuerte movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas de la biblia cristiana, que leen los textos en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras

Fue precisamente esa corriente que pretendía emanciparse del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como discipulado igualitario de hombres y mujeres, en el que estas ocuparon un lugar central y no puramente periférico

Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal

Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a anunciar la resurrección

El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias

María Magdalena nos convoca el 22 de julio, día de su fiesta, a un gran encuentro contra las brechas de la desigualdad cada vez mayores entre el Norte Global y el Sur Global y los dualismos excluyentes, por la sororidad-fraternidad eco-humana y la  ciudada-nía y cuidada-nía entre los seres humanos y la naturaleza con capacidad para superar las discriminaciones e injusticias de género y de todo tipo que destruyen  el tejido eco-social. Con motivo de tan importante efeméride voy a hacer una reflexión sobre la figura de María Magdalena, la otra Magdalena desconocida, olvidada, maltratada, a quien defino como “pionera de la igualdad (no clónica)”.

Durante las últimas décadas se está produciendo un fuerte movimiento de recuperación de la figura de María Magdalena por parte de especialistas de la biblia cristiana, que leen los textos en perspectiva de género, de historiadores e historiadoras, que llevan a cabo una reconstrucción antipatriarcal de los primeros siglos del cristianismo, y de la teología feminista, que hace unalúcida y certera hermenéutica de la sospecha de los textos patriarcales. Papel fundamental han desempeñado en esta recuperación los evangelios de carácter gnóstico, entre los que cabe citar el Evangelio de Tomás, el Evangelio de Felipe, el Evangelio de María y Pistis Sophia.

El movimiento igualitario de Jesús de Nazaret

Las actuales investigaciones sociológicas, de historia social, antropología cultural y hermenéutica feminista sobre los orígenes del cristianismo sitúan el grupo de seguidores y seguidoras de Jesús en el horizonte de los movimientos de renovación del judaísmo del siglo I, junto con los esenios, terapeutas, penitenciales y otros. Lo ubican asimismo dentro de los movimientos que lucharon contra la explotación patriarcal en las distintas culturas: griega, romana, asiática y judía. En la historia de Israel/Palestina hubo intensas luchas protagonizadas por mujeres que ocuparon un lugar político y cultural muy importante.

Las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas que se reunían para comidas comunes, eventos de oración y encuentros de reflexión religiosa con el sueño de la liberación de las mujeres en Israel/Palestina. Fue precisamente esa corriente que pretendía emanciparse del dominio patriarcal la que posibilitó el nacimiento del movimiento de Jesús como discipulado igualitario de hombres y mujeres, en el que estas ocuparon un lugar central y no puramente periférico. La presencia y el protagonismo de las mujeres en dicho movimiento, reconoce la teóloga Elisabeth Schüssler Fiorenza, fue de la mayor importancia para la praxis de la solidaridad desde abajo. Su actividad fue determinante para que el movimiento de Jesús continuara después de la ejecución del fundador y se extendiera fuera del entorno judío.

Las diferentes tradiciones evangélicas coinciden en señalar que estas mujeres fueron protagonistas en momentos fundamentales del movimiento puesto en marcha por Jesús de Nazaret: al comienzo en Galilea, en su seguimiento como itinerantes, junto a la cruz en el Gólgota y en la resurrección como primeras testigos. La mayoría de las veces se citan tres nombres de mujeres dentro de un grupo femenino numeroso (Lucas 8,2-3, por ejemplo, cita a María Magdalena, Juana y Susana). Es la misma tendencia seguida en el caso de los varones (Pedro, Santiago y Juan). Con ello se pretende mostrar el lugar destacado que unas y otros ocupan en la comunidad.

La mujer que aparece casi siempre citada en primer lugar en el grupo de las amigas y discípulas de Jesús es María Magdalena, que toma el nombre de su lugar de origen, Magdala, pequeña ciudad pesquera de la costa oriental del lago de Galilea, entre Cafarnaún y Tiberíades. Ella es discípula de primera hora, pertenece al grupo más cercano a Jesús, ocupa un lugar preeminente en él, hace el mismo camino que el Maestro hasta Jerusalén, comparte su proyecto de liberación y su destino. Las mujeres que siguen a Jesús suelen ser citadas en los evangelios en referencia a un varón; María Magdalena, no: una prueba más de su independencia de toda estructura patriarcal.

La fidelidad o infidelidad a una causa y a una persona se demuestran “cuando vienen mal dadas”, en la hora de la persecución y del sufrimiento. Cuando Jesús es condenado a muerte, los discípulos varones huyen por temor a ser identificados como miembros de su movimiento y correr la misma suerte que él. Solo las mujeres que le habían seguido desde Galilea le acompañan en el camino hacia el Gólgota y están a su lado en la cruz. Dentro del grupo de mujeres, como acabo de indicar, los evangelios citan a María Magdalena en primer lugar. Ella funge como discípula fiel no de un Mesías triunfante, sino de un crucificado por subvertir tanto el orden establecido religioso como el político de carácter imperial y patriarcal.

Testigo de la resurrección

Los distintos relatos evangélicos coinciden en presentar a las mujeres como testigos de la resurrección y a María Magdalena como la primera entre ellas. Es precisamente ella quien comunica la noticia a los discípulos, quienes reaccionan con incredulidad. Ella cumplió las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea, haber visto a Jesús resucitado y haber sido enviada por él a anunciar la resurrección. El reconocimiento de María Magdalena como primera testigo del Resucitado explica su protagonismo en el cristianismo primitivo, al mismo nivel que Pedro, e incluso mayor en algunas iglesias.

Sin embargo, en las cartas paulinas y otros escritos dela Biblia cristiana, el testimonio de las mujeres ya no aparece, y María Magdalena es sustituida por Pedro. Ello se debe a que la Iglesia estaba empezando a someterse al dominio masculino, que muy pronto comenzó a suprimir el importante lugar ocupado por las mujeres en el movimiento de Jesús.

El silenciamiento, por parte de Pablo y de otras tradiciones de la Biblia cristiana, de la aparición de Jesús a María Magdalena y a otras mujeres llevó derechamente a la exclusión de estas de los ámbitos de responsabilidad comunitaria. Pero, a pesar de ese silenciamiento, las mujeres constituyen la referencia indispensable de la transmisión del mensaje evangélico; más aún, son el eslabón esencial para el nacimiento de la comunidad cristiana. Sin el testimonio de las mujeres, hoy quizá no habría Iglesia cristiana.

Interlocutora preferente de Jesús

En los diálogos de revelación de los Evangelios de tendencia gnóstica, María Magdalena aparece como interlocutora preferente de Cristo resucitado y hermana de Jesús, discípula predilecta y compañera del Salvador.

Esa posición privilegiada provoca celos en algunos apóstoles, especialmente en Pedro, quien, según el apócrifo Pisis Sophia, reacciona en estos términos: «Maestro, no podemos soportar a María Magdalena porque nos quita todas las ocasiones de hablar; en todo momento está preguntando y no nos deja intervenir».

Apóstola de apóstoles es el título que da a María Magdalena Hipólito de Roma, quien no considera a las mujeres mentirosas, sino portadoras de la verdad, y las llama apóstolas de Cristo. En la misma línea se expresa Jerónimo, quien reconoce a María Magdalena el privilegio de haber visto a Cristo resucitado «incluso antes que los apóstoles».

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La opción de Jesús ante el amor de Magdalena

Sin embargo, con el proceso de patriarcalización, clerizalización y jerarquización del cristianismo, María de Magdala fue relegada al olvido; más aún, es representada como la penitente y la sirvienta de Jesús en agradecimiento por haber expulsado de ella los malos espíritus. Mejor suerte tuvo María de Nazaret, madre de Jesús, que fue declarada Madre de Dios, elevada a los altares y tratada casi con honores divinos.

Veinte siglos después, se vuelve a hacer justicia a María Magdalena. Lo que hace falta es vencer las resistencias del pensamiento androcéntrico y de la organización patriarcal de la mayoría de las iglesias cristianas, y recuperar en la práctica la tradición del movimiento de Jesús como discipulado de iguales en el seguimiento de Jesús y el proseguimiento de su causa de liberación de todas las esclavitudes.

El movimiento feminista ha reconocido a María Magdalena como “pionera de la igualdad”. Es hora ya de que las iglesias cristianas hagan el mismo reconocimiento en su seno y devuelvan a las mujeres el protagonismo que tuvieron en el movimiento de Jesús y en el cristianismo primitivo y que deben recuperar hoy.

La patriarcalización de Dios y de Jesús se traduce en organizaciones cristianas jerárquico-patriarcales, que, en un círculo vicioso, legitiman, apoyan y refuerzan el patriarcado político, familiar, moral, educativo, etc. Patriarcado religioso y patriarcado político ejercen una doble legitimación

Despatriarcalizar a Dios y a Jesús de Nazaret

Afirma la prestigiosa intelectual feminista Mary Daly (1928-2010) en su libro emblemático Más allá de Dios Padre. Hacia una filosofía de la liberación de la mujer (1973): “Si Dios es varón, el varón es Dios”. En la misma dirección apunta Kate Millet, referente del feminismo radical, en su obra pionera Política sexual (1970): El patriarcado tiene a Dios de su lado”. Hoy se sigue presentando a Dios como varón, que solo se deje presentar por varones y convierte a estos en “masculinidades sagradas”, en contra del relato de la creación del Génesis que habla del hombre y de la mujer creados a imagen de Dios. Se continúa patriarcalizando a Jesús de Nazaret, convirtiendo un hecho biológico en principio teológico que excluye a las mujeres de toda representación jesuánica. La patriarcalización de Dios y de Jesús se traduce en organizaciones cristianas jerárquico-patriarcales, que, en un círculo vicioso, legitiman, apoyan y refuerzan el patriarcado político, familiar, moral, educativo, etc. Patriarcado religioso y patriarcado político ejercen una doble legitimación.

Tenemos una tarea urgente: despatriarcalizar a Dios, a Jesús de Nazaret y a las organizaciones cristianas. Es condición necesaria para recuperar el cristianismo igualitario de María Magdalena y re-crear comunidades cristianas libres de discriminaciones de género, religión, cultura, identidad sexual, clase social, etc. Dicha tarea hay que llevarla a cabo en sintonía y colaboración con los movimientos feministas, que deben apoyar la causa de la igualdad y la justicia en las iglesias y las religiones, al tiempo que las comunidades cristianas y religiosas igualitarias deben hacer causa común con los movimientos de emancipación de las mujeres.

Deconstruir las masculinidades hegemónicas y sagradas

Ah, y sin olvidar que dicha causa requiere luchar contra las masculinidades hegemónicas en la sociedad y contra las masculinidades sagrada en las religiones, lo que exige la implicación de los varones feministas en la deconstrucción de las masculinidades tóxicas, que predominan en las mentes y las prácticas de los varones y dominan todas las esferas de la vida pública, y la construcción de nuevos modelos de masculinidad: masculinidades otras, alternativas, que eliminen, y no reproduzcan, los roles aprendidos desde la infancia en torno a lo femenino y lo masculino.

Fuente Religión Digital

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“El único valor absoluto es Dios. Todo lo demás es relativo”, por Carlos Haya.

martes, 30 de agosto de 2022
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diosSoy consciente de que la expresión que acabo de emplear tiene un valor relativo, como puede comprobar cada lector en las objeciones que le habrán brotado al leerla.

Esta expresión está elaborada con conceptos y palabras que son relativos. Relativos al lenguaje, que se formó con a las pequeñas vivencias experimentadas a lo largo de siglos y en determinados espacios geográficos. ¿Qué significa el término “Dios”? ¿Qué significan los términos absoluto y relativo?

Todo el lenguaje y el pensamiento humano son como un gran castillo, construido por niños con los naipes de las barajas de cartas. ¿Cómo se sostiene durante siglos ese castillo de naipes?

El castillo o, mejor esos castillos, son la expresión de unas experiencias. Unos castillos caen, otros se modifican o se va sustituyendo con piezas más estables. Lo que permanece son las experiencias que trataron de expresar esos naipes.

¿Son absolutas esas experiencias? Desde luego cualquier expresión de esas experiencias será relativa; pero las experiencias en sí creo que, de alguna manera, son absolutas. Quizás son experiencias humanas de Dios.

Veamos dos casos concretos. Todos (en términos muy relativos) hemos experimentado en algún momento el amor desinteresado, el darse para hacer feliz a otro. Creo que son contactos tangenciales con el Absoluto (Panikkar).

Mi conciencia siente que la explotación sexual de niños/as es un mal; y es ciertamente peor que la renuncia a un privilegio para satisfacer el hambre y el abandono de un desvalido.

Cuando oía decir que sin una experiencia de Dios no hay verdadero cristianismo, me preguntaba a mí mismo si alguna vez había tenido una experiencia de Dios. Pues sí, las experiencias éticas, estéticas, la admiración por la complejidad y la armonía del universo, la exactitud de las matemáticas… son contactos tangenciales con el Absoluto.

Los autores del antiguo Testamento expresan esta misma idea con símbolos. El libro del Éxodo nos cuenta que Dios dijo a Moisés “podrás ver mi espalda, pero no mi rostro” (Ex 33,18-23). El profeta Elías simbolizó a Dios en una suave brisa (1 Reyes 19,11-13). Ezequiel expresó su visión de Dios, de “la propia gloria de Dios”, con una barroca escenografía, que se inicia con un viento huracanado, seres de aspecto humano con cuatro rostros, ruidos estruendosos, un carro de fuego, un arco iris… “esto es lo que parecía el brillo que lo rodeaba: la propia gloria del Señor. Al verlo caí rostro en tierra y oí que alguien hablaba” (Ezequiel 1, 4-28).

En el Nuevo Testamento, Juan reconoce que “A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros; y el amor de Dios está consumado en nosotros” (1 Jn 4,12; Jn 1,18). Jesús dijo que Dios se revela a los sencillos (Lc 10,21); porque los sencillos aman sin enredarse en las explicaciones, que siempre son relativas. Y el amor, en mayor o menor grado, es una experiencia de Dios, que es lo único absoluto.

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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Reconciliando la “Mentalidad Colonizadora” de la Iglesia hacia las Personas LGBTQ+

lunes, 29 de agosto de 2022
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B5B594F3-3944-46C6-B096-E63A2AC7BD33Mark Guevarra

La publicación de hoy es del colaborador invitado Mark Guevarra. Después de ser despedido como Asociado Pastoral por no revelar el estado de su relación, Mark se ha convertido en un defensor de la inclusión LGBTQ+ en la iglesia. Mark es un estudiante de doctorado en Graduate Theological Union, en Berkeley, California, con interés en la sinodalidad.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 22º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden leer aquí.

El Papa Francisco se embarcó en un viaje histórico el mes pasado para unirse a los colonos y pueblos indígenas de Canadá en la búsqueda de “reparar el legado de las escuelas residenciales y avanzar en el proceso de reconciliación canadiense”. El sistema de escuelas residenciales, en gran parte administrado por la Iglesia Católica, destruyó sistemáticamente la cultura indígena al asimilar a los niños indígenas a la cultura de los colonos blancos.

Como católico gay, presté mucha atención a las palabras y acciones de Francisco. Veo su enfoque para abordar las escuelas residenciales como un modelo de cómo la iglesia algún día podría reconciliarse con los católicos LGBTQ+ que han sido perjudicados y excluidos.

Desde una perspectiva teológica, la disculpa de Francisco puede verse como un niño nacido de “la madre de todas las virtudes”: la humildad. El evangelio de hoy de Lucas es una parábola de Jesús sobre la humildad. El Catecismo define la humildad como “la virtud por la cual el cristiano reconoce que Dios es el autor de todo bien” (CCC 2259). Bajo esta luz, la humildad no se trata de reconocer cuán humildes somos, sino más bien de reconocer cuán grande es Dios. “La humildad significa vernos a nosotros mismos como Dios nos ve: saber que cada bien que tenemos viene de Dios como puro don”, como dice Santo Tomás de Aquino.

El rechazo del Papa Francisco a la “mentalidad colonizadora” que motivaba los internados es también un rechazo a la arrogancia de la iglesia. La “mentalidad colonizadora” rechazó que se pudiera encontrar algo bueno en las culturas indígenas, y en cambio impuso la cultura cristiana europea. Se suprimieron las lenguas y la religión indígenas, se rechazó su forma de vida, incluida la cantidad de grupos indígenas que aceptaron a personas de 2 espíritus, que viven fuera de un binario de género. Trágicamente, cuando los europeos se pusieron en contacto, no fue, como dijo el Papa Francisco, “una gran oportunidad para lograr un encuentro fructífero entre culturas, tradiciones y formas de espiritualidad.

Me pregunto cómo habrían sido los primeros contactos entre la iglesia y las personas LGBTQ+ si la iglesia buscara humildemente encontrar y aprender del Espíritu Santo activo en sus vidas y relaciones. En cambio, la iglesia institucional ha optado por rechazar las experiencias LGBTQ+, imponer enseñanzas dañinas de la iglesia y condenar las relaciones entre personas del mismo género. ¿Podríamos haber evitado la pérdida de fe de innumerables personas LGBTQ+? ¿Podríamos haber evitado la fractura de las familias? ¿Podríamos haber encontrado una gracia radical y sorprendente en el amor entre personas del mismo sexo?

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Papa Francisco en Canadá

En Canadá, el Papa Francisco lamentó la trágica realidad de que las mentalidades colonizadoras continúan hoy. Citando la exhortación postsinodal del Sínodo sobre la Amazonía, el Papa Francisco expresa: “la colonización no ha terminado; en muchos lugares se ha transformado, disfrazado y encubierto”. Veo que esta mentalidad colonizadora continúa en la iglesia. En lugar de ser encontrados y abrazados, las enseñanzas condenatorias simplemente se reafirman. Como resultado, se sigue infligiendo un gran daño a las vidas, las creencias, las relaciones y la iglesia misma.

En Quebec, una provincia que ha rechazado abrumadoramente su herencia católica, el Papa Francisco exhortó a los Fieles en una homilía a no juzgar a la sociedad secular y reconstruir “erróneamente” un “mundo sacralizado, una sociedad pasada en la que la Iglesia y sus ministros tenían mayor poder y relevancia social.” Más bien, llama a los Fieles a conocer y aprender del secularismo y de la cultura que lo ha adoptado, para volver a proponer creativamente el corazón de la enseñanza cristiana de manera significativa. Esta es la humildad que enseña la parábola del evangelio de hoy. Solo en esta gran humillación, en las palabras del Eclesiástico en la primera lectura, “encontrarás el favor de Dios”. Es solo en esta gran humillación que, en palabras del salmista, los pobres, los necesitados, los huérfanos, las viudas y los marginados encontrarán verdaderamente un hogar.

Como compañero amoroso y padre, hay mucho que le enseñaría a la iglesia. Compartiría cómo es mi relación con Dios. Explicaría cómo los sacramentos y la comunidad de la iglesia podrían nutrir y apoyar esta fe. Mostraría lo difícil que es transmitir a mi hijo una fe que rechaza a los padres en una relación del mismo género. Mencionaría cómo mi familia ha sido desgarrada por su lucha por aceptarme y cómo las parroquias están desgarradas por el despido de trabajadores LGBTQ+ como yo.

La experiencia sinodal diocesana ha sido una experiencia de gran escucha humilde. Muchos informes capturan una imagen completa de las experiencias vividas por los católicos LGBTQ+ en la actualidad. Rezo para que la iglesia deje de lado su «mentalidad colonizadora» sobre el género y la sexualidad, eligiendo en cambio reparar el daño causado para que entre la iglesia y las personas LGBTQ+ pueda haber un «encuentro fructífero entre culturas, tradiciones y formas de espiritualidad».

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Guevarra con su pareja, el reverendo Mark Chiang (derecha), ministro de la Iglesia Presbiteriana de St. Andrew en Edmonton. (Proporcionada)

—Mark Guevarra, 28 de agosto de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Invitar a los pobres”. 22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

domingo, 28 de agosto de 2022
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22-TO-C-600x401Jesús vivió un estilo de vida diferente. Quien quiere seguirlo con sinceridad se siente invitado a vivir de manera nueva y revolucionaria, en contradicción con el modo «normal» de comportarse que observamos a nuestro alrededor.

¿Cómo no sentirnos desconcertados e interpelados cuando escuchamos palabras como estas? «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque corresponderán invitándote y quedarás pagado… Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Se nos invita a actuar desde una actitud de gratuidad y de atención al pobre, que no es habitual. Se nos llama a compartir sin seguir la lógica de quienes buscan siempre cobrar las deudas, aun a costa de humillar a ese pobre que siempre está en deuda con todos.

Jesús piensa en unas relaciones humanas basadas en un nuevo espíritu de libertad, gratuidad y amor fraterno. Un espíritu que está en contradicción con el comportamiento normal dentro del sistema, que siempre termina abandonando a los más indefensos.

Los seguidores de Jesús hemos de sentirnos llamados a prolongar su estilo de vivir, aunque sea con gestos muy modestos y humildes. Esta es nuestra misión: introducir en la historia ese espíritu nuevo de Jesús; contradecir la lógica de la codicia y la acumulación egoísta. No lograremos cambios espectaculares, y menos de manera inmediata. Pero con nuestra actuación solidaria, gratuita y fraterna criticaremos el comportamiento egoísta como algo indigno de una convivencia sana.

El que sigue de cerca a Jesús sabe que su actuación resulta absurda, incómoda e intolerable para la «lógica» de la mayoría. Pero sabe también que con sus pequeños gestos está apuntando a la salvación definitiva del ser humano.

José Antonio Pagola

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“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Domingo 28 de agosto de 2022. Domingo 22º Ordinario

domingo, 28 de agosto de 2022
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47-ordinarioC22 cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios.
Salmo responsorial: 67: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.
Hebreos 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

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Dom 28.8.22. Invita a los cojos mancos y ciegos… De una ley cerrada en sí misma (Prov 25) al ministerio universal del reino (Lc 14)

domingo, 28 de agosto de 2022
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38449856-66AA-4F1C-B9B2-6553CE518C2DDel blog de Xabier Pikaza:

  El libro de Proverbios (Prov) del siglo V-III a.C. interpreta la vida social (y sacral) como banquete jerárquico de rey y de nobles, presidiendo sobre una totalidad rigurosamente  graduada (de grados), desde los más grandes a los más pequeños, por orden (sacramento principal ) de honores, poderes y comidas.

Esa estructura social y sacral (religiosa) no responde a la inspiración primaria de Israel, fundado en el Éxodo de pobres y esclavos y en la comunión profética de todos los hombres. Pero esa estructuración se fue imponiendo en todo el oriente, a partir del siglo V-IV a.C., partiendo de modelos persas y griegos, no judíos. Así lo muestra de un modo ejemplar este pequeño «recordatorio», dirigido a un judío de clase media:

Prov 25, 6 No te vanaglories ante del rey, ni te entremetas en el lugar de los grandes; 7 porque mejor es que te digan: «Sube acá», y no que seas humillado ante los noble. No te metas en pleito (ni subas a un lugar que no es tuyo),  porque, ¿qué harás al final, cuando tu prójimo más noble te haya avergonzado? 9 Mantente en tu lugar, y no des a conocer los secretos de los otros. 10 No sea que te deshonre el que te oye, y tu infamia no pueda ser reparada….  

 La infamia (el gran pecado) consiste en romper el orden social, queriendo ocupar el lugar de los más ricos, pues el que es jerarquía Dios ha asignado  cada persona (familia o pueblo) un lugar en la gran mesa del banquete (para la reflexión que sigue retomo ideas del comentario clásico de F. Delitzsch,Sprüche 1876; proverbios,  Clie 2023; las palabras hebreas son indicación erudita, no hace falta entenderlas).

               Prov 25, 6-7No te muestres ante del rey… Este  un proverbio con מלך, rey, como advertencia para no mostrarse arrogante ante reyes y nobles, queriendo ocupar sus puestos en el banquete. Los גּדלים o grandes, a los que no debes acercarte, son aquellos (cf. Prov 18,16), que en virtud de su descendencia y su oficio ocupan un alto lugar de honor en la corte y en la administración de la sociedad. P

             El verbo התהדּר  significa comportarse como הדוּר o נהדּר (vid. Prov 20,29), desempeñando el papel de alguien muy distinguido, rompiendo así el orden social de «dios» que exige que cada uno ocupa su lugar en el conjunto sagrado.  

 La razón dada en Prov 25,7 armoniza con la regla de la sabiduría, un tema sido retomado (y superado)  por Lc 14,10. Mejor es que uno te diga sube aquí, עֲ‍ֽלֵ֫ה הֵ֥נָּה, προσανάβηθι ἀνώτερον (sube más arriba, como en Lucas 14, 10) y no que seas humillado. Tienes que ver por tí mismo y ocupar el lugar que te corresponde en la mesa (en el banquete, en la sociedad), más arriga o más abajo, con poder o sin poderes, con comida abundante o sin comida. Pasar hambre en un mundo de ricos forma parte del orden de Dios.

 Tus ojos han de verlo y tú aceptarlo: Este lugar le pertenece a él (al rico, poderoso), según su rango, y no a mí. Por eso, la humillación que recibas cuando él venga y te expulse tú tengas que descender de ese lugar será mayor. Esa humillación será justa, porque los ojos que tenías para ver a las personas de más honor y calcular tu lugar estaban ciegos.

25, 8No entres apresuradamente en contienda por un puesto superior… pues al fin tendrás que abajarte y ocupar el lugar que te corresponde por orden social y nacimiento.  Este proverbio nos sitúa ante un tema de orden social y religioso: Dios es jerarquía, y obedecer a Dios implica  aceptar el lugar que élte ha asignado en el conjunto, como rey o como esclavo. Por eso, no debes transgredir los límites de la moderación, no te eleves por encima de ti mismo, de aquello que tú  eres, ne te laisse pas emporter.

                 Piensa en lo que pasaría si actúaras rompiendo el orden de conjunto. Al final serás arrojado duera de ese lugar que no es tuyo. Este proverbio es, por tanto, una reflexión sobre aquello que podría pasar en el caso de que el hombre al que se refiere el proverbio quisiera mantener su actitud desafiante ante aquel que tiene más nobleza que él.

25,9-10. Debate tu causa con tu prójimo mismo…. Éste es un doble proverbio muy  importante para conocer el modo de relaciones personales y de honores de la sociedad israelita de ese tiempo, dominada por el espíritu de los grandes imperios, persas o helenistas. Frente a un mundo moderno donde importa más el dinero de cada persona y grupo, aquí es más importante el sistema de honores (sin negar evidentemente la importancia del dinero).

               Estos versos nos sitúan ante una disputa de honores escenificada, conforme a los versos anteriores en un banquete, en el que cada uno debe ocupar su lugar dentro de una jerarquía de dignidades muy bien establecidas, más cerca o más lejos del rey y de los primeros puestos. Cada uno ha de ocupar su lugar, bien establecido por tradición y honor de familia, no sea que llegando uno que es “más honrada” te hagan descender de su puesto. La mesa del banquete es, según eso, la imagen más perfecta de la “gradación social del conjunto”.

              Cada uno ha de mantener su lugar en el conjunto, y ha de hacerlo el silencio, con reverencia, sin protestar. Pues bien, en este momento, tras haberse colocado cada uno en su lugar en la mesa, puede surgir una discusión entre los comensales, una discusión sobre el lugar que debe ocupar cada uno. En este contexto resulta fundamental la conversación de unos con otros,  una conversaicón razonada de forma sacral: Que nadie critique a nadie, que nadie quiera romper el orden del conjunto.

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“Banquete, enseñanza y consejo”. Domingo 22 ciclo C

domingo, 28 de agosto de 2022
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image«Cuando des un banquete invita a…»

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de varios domingos con evangelios complicados y densos de contenido, el de hoy resulta extrañamente fácil de entender. Tan fácil, que parece esconder una trampa.

Un banquete con trampa

Un sábado, no se dice dónde, uno de los principales fariseos invita a Jesús a comer y él acepta la invitación. Cuando llega a la casa le sale al encuentro un hidrópico. (La hidropesía consiste en la retención de líquido en los tejidos, sobre todo en el vientre, aunque también se da en los tobillos y muñecas, brazos y cuello.) Todos los invitados fariseos espían a Jesús para ver qué hará en sábado. ¿Lo curará, contraviniendo el descanso sabático, o lo dejará que siga enfermo? No me detengo en contar lo ocurrido, fácil de imaginar, porque la liturgia ha suprimido esta primera escena (Lucas 14,2-6).

Primera parte: una enseñanza

El evangelio de este domingo comienza contando lo ocurrido a continuación. En cuanto termina el espectáculo del milagro, todos los invitados corren a ocupar los primeros puestos, y Jesús aprovecha la ocasión para dar una enseñanza a los asistentes y un consejo al que lo ha invitado.

 

            Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste. “Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.”
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» 

Estas palabras resultan desconcertantes en boca de Jesús: aconseja un comportamiento puramente humano, una forma casi hipócrita de tener éxito social. Por otra parte, la historieta no encaja en nuestra cultura, ya que cuando nos invitan a una boda nos dicen desde el primer momento en qué mesa debemos sentarnos. Pero hace veinte siglos, conseguir uno de los primeros puestos era importante, no sólo por el prestigio social, sino también porque se comía mejor. Marcial, el poeta satírico nacido en Calatayud el año 40, que vivió parte de su vida en Roma, ironizó sobre esas tremendas diferencias.

Por consiguiente, lo que a nosotros puede parecer una historieta anticuada y poco digna en boca de Jesús, reflejaba para los lectores antiguos una realidad cotidiana divertida, que los llevaba, casi sin darse cuenta, a la gran enseñanza final: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. El uso de la voz pasiva (“será humillado, será enaltecido”) es un modo de evitar nombrar a Dios, pero los oyentes sabían muy bien el sentido de la frase: “Al que se enaltece, Dios los humillará, al que se humille, Dios lo enaltecerá”. Naturalmente, ya no se trata de la actitud que debemos adoptar cuando nos inviten a una boda, sino una actitud continua en la vida y ante Dios. Pocos capítulos más adelante, Lucas propondrá en la parábola del fariseo y del publicano un ejemplo concreto, que termina con la misma enseñanza.

            “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador. El fariseo, en pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo. El recaudador, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Os digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido” (Lucas 18,10-14).

Segunda parte: un consejo

            A continuación, dirigiéndose al que lo ha invitado, le dice:

            Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 

            Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.

            Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

Esta segunda intervención de Jesús resulta también atrevida y desconcertante. En las sociedades agrarias, como la del imperio romano, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», al no poder trabajar, formaban parte del estrato más bajo, la clase de los despreciables. Y, desde un punto de vista religioso, estas personas quedaban excluidas en Israel de ciertas funciones sacerdotales o de la pertenencia a la comunidad de Qumrán.

Por consiguiente, Jesús se manifiesta en contra de las normas sociales y religiosas vigentes. Pero hay otro aspecto fundamental en sus palabras: lo importante no es lo que obtenemos en esta vida, sino lo que nos darán en la otra. Lo mismo que dice a propósito de la limosna, la oración y el ayuno en el Sermón del monte, cuando contrapone la recompensa efímera que se consigue en la tierra con la perenne que Dios da (Mateo 6,1-18).

La referencia a la «resurrección de los justos» no significa que solo ellos vayan a resucitar. La expresión solo aparece otras dos veces, y en ambas ocasiones va acompañada de la resurrección y castigo de los malvados. Pablo dice al gobernador Félix que «habrá resurrección de justos e injustos» (Hechos 24,15). Y el cuarto evangelio: «los que obraron bien obtendrán una resurrección de vida, los que obraron mal una resurrección de juicio» (Juan 5,29).

Primera lectura (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29)

Contiene cuatro consejos; los dos primeros empalman directamente con el tema del evangelio.

            Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso.

          Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. 

            No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta.

           El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará. 

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 28 agosto 2022

domingo, 28 de agosto de 2022
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“Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal no sea que llegue otro invitado más importante que tú,  y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro. Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento.”

(Lc 14, 1.7-14)

El puesto de nuestro Corazón.

Al leer este evangelio me llama la atención el gran conocimiento que tenía Jesús de las sombras que habitan el corazón humano. Su  explicación es certera y práctica utilizando nuestras categorías humanas para hacerse comprender.

Me llama la atención que Jesús no explique que no es bueno ocupar el primer lugar, porque es un endiosamiento y es un vivir fuera de quienes somos, moviéndonos por la apariencia, la posición social, el qué dirán, y que eso no otorga la paz.

En cambio hace un paralelismo…y dice “si llega otro invitado más importante que tú, el dueño de la casa te dirá que dejes ese lugar”, y esa es la explicación que entendemos porque nos movemos dentro de categorías de bueno, mejor, más poder, más tener…

A mi entender actuamos así porque funcionamos desde nuestra mente. Dentro de unos patrones culturales aprendidos, marcados por nuestra sociedad y familia. Sin embargo ello no nos otorga la felicidad, sino la esclavitud de vivir según los roles establecidos.

Funcionamos según la “idea”, “el concepto mental”  de lo que nos otorgará la felicidad. Sin embargo, Jesús nos habla de vivir en el interior donde la idea no tiene poder. De sentirnos a gusto con quienes somos, disfrutando el instante, sin categorías, siendo nosotros. Y para disfrutar de nosotros no necesitamos ocupar puestos “especiales” según las clases sociales. Necesitamos ocupar el puesto de vivir en nuestro corazón, donde quien otorga “el poder” es nuestra capacidad de amar.

Quien ama no se mueve por categorías humanas, las del endiosamiento, si no por “desaprendizajes” egoícos, que conllevan la entrega y el servicio, entonces somos en la medida que dejamos a los demás ser un@  en nosotr@s. “ El Padre y yo somos uno” ( Jn 10,30).

Oración

Jesús, maestro de la desidentificación de patrones mentales,

enséñanos la sabiduría de descubrirnos plen@s en nosotr@s mism@s,

sin tener que representar ningún papel, ocupando puestos que nos descentren de Ti.

Te lo presentamos a Ti, Padre de la Vida, por medio de Jesús tu Hijo,

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Ser más o ser menos, atañe solo al ego.

domingo, 28 de agosto de 2022
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Lc 14,1.7-14

Hoy tiene mucha importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús a comer. Los judíos hacían los sábados una comida especial a medio día, al terminar la reunión en la sinagoga. Aprovechaban la ocasión para invitar a alguna persona importante y así presumir ante los demás invitados. Jesús era ya una persona muy conocida y muy discutida. Seguramente la intención de esa invitación era comprometerle ante los demás invitados. Como aperitivo, Jesús cura a un enfermo de hidropesía, con lo cual ya se está granjeando la oposición general (era sábado).

En el texto encontramos dos parábolas. Una se refiere al invitado, otra al anfitrión. Se trata de la relación que inicias tú y la que inicia el otro contigo. En la primera no se trata de un consejo para tener éxito, pero toma ejemplo de un sentimiento generalizado para apoyar una visión más profunda de la humildad. Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria por contraria a su mensaje. El texto conecta con el final del domingo pasado: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La segunda encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado. Esa actitud no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del puro instinto, del interés. La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. La frase “dichoso tú porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resucites los justos”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen más allá. Esta dinámica no tiene nada de cristiana.

En ambos casos, Jesús nos propone una manera distinta de entender las relaciones humanas. Jesús trastoca comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos debe llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es, sencillamente, ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Todo lo contrario, se trata de asegurar el primer puesto en el Reino, buscando el bien de la persona y no solo de la parte biológica. “El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos”. Jesús no critica el que queramos ser los primeros, lo que rechaza es la manera de conseguirlo.

Ojo con la falsa humildad. Dice Lutero: La humildad de los hipócritas es el más altanero de los orgullos. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica. Se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella. No es fácil escapar a esos excesos que han dado tan mala prensa a la humildad. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles) elogiaron la humildad como virtud; y Nieztsche la consideró la mayor aberración del cristianismo.

No hay que hacer nada para ser humilde. Es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ella, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, etc. Se suele hacer alusión a Sta. Teresa; pero la inmensa mayoría demuestran no entenderla cuando dicen: “humildad es la verdad”. Ella dice: “humildad es andar en verdad”. Se trata de conocer la verdad de los que uno es, y además vivir (andar en) ese realidad. También se entiende mal la frase de Jesús, “yo soy la verdad”, cuando se interpreta como obligación de aceptar su doctrina. No, Jesús está diciendo que es auténtico.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda. Se trata de descubrir nuestro auténtico ser. Humildad es aceptar que somos criaturas, con limitaciones, sí; pero también con posibilidades infinitas, que no dependen de nosotros. Ninguno de los valores verdaderamente humanos debe ser reprimido en nombre de una falsa humildad. No se trata de creerse ni superiores ni inferiores. Si la humildad me lleva a la obediencia servil, no tiene nada de cristiana. Muchas veces se ha apelado a la humildad para someter a los demás a la propia voluntad.

Un conocimiento cabal de lo que somos nos alejaría de toda vanagloria. No se trata de un conocimiento analítico desde fuera, sino interior y vivencial. Para conocerse, hay que tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Eso sería la base de un equilibrio psíquico. Sin conocimiento no hay libertad. La humildad no presupone sometimiento o servidumbre a nada ni a nadie. Sin libertad ninguna clase de humanidad es posible. Tampoco la soberbia es signo de libertad, porque el hombre orgulloso está más sometido que nadie a la tiranía de su ego.

La mayoría de las enfermedades depresivas tienen su origen en un desconocimiento de sí mismo o en no aceptarse como uno es, que viene a ser lo mismo. Ninguna de las limitaciones que nos afectan puede impedir que alcancemos nuestra plenitud. Las carencias forman parte de mí. Las accidentales no pueden desviarme de mi trayectoria humana. Una visión equivocada de sí mismo ha hundido en la miseria a muchos seres humanos. Caen en una total falta de estima y en la pusilanimidad destructora. Ser humilde no es tener mala opinión de sí mismo ni subestimarse. Avicena dijo: “Tú te crees una nada, y sin embargo, el mundo entero reside en ti”.

El orgulloso no necesita que nadie le eche en cara su soberbia ni que le castiguen por su actitud. Él mismo se deshumaniza al despreciar a los demás. Tampoco es necesario que el humilde reciba ningún premio. Si no espera nada de su actitud o, mejor aún, si ni siquiera se da cuenta de su humildad, es que de verdad está en la dinámica del evangelio. La humildad va de arriba abajo. La humildad ante los superiores, la mayoría de las veces, es sometimiento y servilismo. No es humilde el que reconoce la grandeza del superior sino el que reconoce la grandeza del inferior.

La humildad no se predica, se practica. Si sientes la necesidad de parecer humilde es que no lo eres. Constantemente estamos engañándonos a nosotros mismos al creernos más que los demás. Las mentiras más comunes son las que nos decimos a nosotros mismos. Es también la que más daño nos puede hacer, porque no permite que los demás te saquen del error. Hacer las cosas lo mejor que sé no es ninguna garantía de verdad, siempre hay una manera mejor de hacerlas que ni siquiera intento descubrir. Debo estar alerta para no caer en la trampa.

Meditación-contemplación

Tú eres más de lo que crees ser.
Nada ni nadie te puede impedir alcanzar esa meta.
No tienes que hacer nada, ni conseguir nada.
Todo lo que pretendes alcanzar, ya lo tienes.
Todo lo que pretendes ser, ya lo eres.
Solamente tienes que tomar conciencia de ello.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La felicidad

domingo, 28 de agosto de 2022
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Lucas 14, 7-14

«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»

La felicidad es el fin último del ser humano, y todos nuestros actos, sean conscientes o inconscientes, están orientados a ella. Quizá sea ésta la razón por la que Jesús alterna su profundo mensaje teológico con consejos prácticos de mera sabiduría de la vida, como ocurre en el texto de hoy y como ocurre en otros muchos textos. Entre ellos cabe destacar los recogidos en los capítulos quinto y sexto de Mateo, donde se muestran los criterios de Jesús en materia de felicidad: «Cuánto más felices seríais si…»

Vamos pues a detenernos a hablar de la felicidad, y la primera consideración es que cuando preguntamos a dos personas si se consideran felices, nos van a contestar a cosas diferentes, porque hay mil concepciones distintas de la misma y cada uno de nosotros tenemos la nuestra. Algunos, abriendo mucho el concepto, la definen como cualquier situación de “satisfacción y contento”, mientras que otros lo restringen y la definen como un estado de “plenitud y armonía del alma”.

Si entendemos la felicidad como simple situación de satisfacción, podemos buscarla fuera de nosotros o dentro de nosotros. Fuera de nosotros existen infinidad de cosas capaces de provocarnos sensaciones gratas, y dentro de nosotros podemos generarla al sentirnos importantes, virtuosos, listos o eficaces… No es difícil encontrarla.

Pero concebida como plenitud, es algo que sentimos circunstancialmente; algo que no somos capaces de abarcar ni comprender y mucho menos aprehender, lo que nos mueve a pensar que se trata de una realidad ontológica que nos supera; un eslabón que nos une a algo muy superior en ciertos momentos de nuestra vida. No sabemos cuándo se va a presentar o dónde buscarla, y aún en el momento en que nos sentimos felices, no sabemos en qué consiste ni cuánto va a durar. Sin duda, sobre nuestro cerebro estarán actuando un aluvión de estímulos, pero ésa no puede ser la causa de la felicidad, sino la consecuencia; la respuesta somática a un estado del ánimo superior provocado por causas que se nos escapan.

Muchos de nosotros aspiramos solo a pasar por la vida con un alto grado de bienestar, pero hay personas que piensan que la vida es un don demasiado valioso para gastarlo en pequeños o grandes egoísmos. Buscan la felicidad en el compromiso con el bien común o la causa de los más desfavorecidos, y condicionan su felicidad a la felicidad de todos. Son personas que se sienten portadoras de una misión y que contribuyen de forma determinante al progreso de la humanidad.

Esta actitud ante la vida es capaz de generar en nosotros la auténtica felicidad, la que definíamos como “plenitud del alma” (del ánimo), y la experiencia nos dice que solo se alcanza a través del ejercicio de nuestra humanidad; es decir, de nuestra capacidad de sentir, de amar, de compadecer, de ayudar, de servir…

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fe Adulta

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Hazte pequeño y andarás en verdad.

domingo, 28 de agosto de 2022
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Familia JesúsLc 14.1.7-14

DOMINGO 22º T.O. (C)

Hazte pequeño y andarás en verdad”. Santa Teresa de Jesús, Moradas VI 10,7

Cualquier decisión humana requiere una toma de actitud. La persona madura de actitudes firmes reacciona ante la vida con una predisposición de fondo después de sopesar todas las razones. En general, nos movemos por diversos motivos más o menos importantes o actuales pero es decisivo que nuestro comportamiento responda a una actitud madura.

El Evangelio insiste en las actitudes que debe poseer el discípulo/a de Cristo: un corazón limpio, una conducta íntegra, honesta, confiar en Dios dejándose acompañar por Él/Ella. La conciencia cristiana es buena e intachable cuando es conciencia humana con todas sus consecuencias y se rige según el amor concreto de Jesús. Lo contrario es mala conciencia o conciencia reprochable.

Ahora bien, el Espíritu de Dios manifestado en Jesús, es un componente nuevo de la conciencia cristiana que es en definitiva, juicio al estilo de los/as profetas, hombres y mujeres de Espíritu que se sumergen en la vida cotidiana para denunciar abusos, anunciar el Reino y orientar la vida comunitaria.

El cristiano que falla, que peca, no se arrepiente sólo por tener “mala conciencia”, por ser culpable de su error, sino porque obra con una conciencia con déficit de Espíritu de Dios o porque ha actuado en contra de ese mismo Espíritu. Toca, pues, revisar nuestras actitudes que conllevan comportamientos no cristianos.

En la primera lectura, el libro del Eclesiastés (3,17-20.28-29) nos recuerda algo esencial: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios. Es la enseñanza de quienes parten de una experiencia razonable, asumible y termina en hondura trascendente. No necesitamos buscar puestos ni reconocimientos. Estas actitudes mundanas también existen en la Iglesia y causan mucho daño. La humildad halla el favor de las personas y de Dios. El cristiano se alegra del progreso del otro porque sabe que también le da gloria a Dios. Y toda la grandeza humana al reconocerse en su pequeñez de criaturas, se abre a la infinitud. Dios se revela como suprema sabiduría al humilde “porque su misericordia es grande y revela sus secretos a los humildes”. El autosuficiente, el vanidoso, se termina en sí mismo, en su ego.

Esta lectura entronca a la perfección con el Evangelio de hoy. Jesús acepta la invitación del fariseo aunque sabía que su intención no era del todo inocente pues le estaban espiando y querían comprometerle ante sus invitados.

El relato consta de dos partes. En la primera Jesús se refiere a los invitados, en la segunda al anfitrión. Es una situación que nos puede acontecer a cualquiera. Pero Él nos propone una manera diferente de entender las relaciones humanas. Se trata de cambiar comportamientos “normales”, para entrar en una dinámica nueva que subvierte la escala de valores de la sociedad. Ponerse en el último lugar no debe ser una artimaña para conseguir admiración o elogio. Sería una falsa humildad a fin de lograr algún tipo de reconocimiento o recompensa.

La segunda parte posee un matiz diferente. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá de los sentimientos o del interés personal. Si tú invitas para que te inviten o buscas el reconocimiento entre los tuyos, “¿qué mérito tenéis?”. Entrar en la dinámica del Reino significa buscar el bien de los demás sin esperar nada a cambio. Pero, ¡ojo!, porque la frase “dichoso tú porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resuciten los justos”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen en el cielo. Esta práctica ha influido con frecuencia la moral cristiana, pero no es en absoluto cristiana. ¿Estamos haciendo méritos para que me premien en el más allá? Suele darse, lamentablemente, en la persona que se menosprecia, cuya autoestima es nula, o que no encuentra nada valioso o satisfactorio en ella.

Humildad es reconocer lo que somos, sencillamente. Ni creernos superiores ni inferiores. Desechar de nuestras actitudes la soberbia, la vanidad, el orgullo, la arrogancia, el hedonismo generalizado en nuestra sociedad, en los líderes de palabras huecas o en las instituciones obsoletas. En ese sentido, hay una iniciativa esperanzadora de reinvención de la ONU para que un día pueda lograrse un mundo verdaderamente democrático, sin bloques imperiales, desprovisto de armas nucleares, justo, fraterno, pacífico y respetuoso con nuestra Casa Común, la Naturaleza.

También en la Iglesia se ha apelado a la humildad para someter a los demás a la propia voluntad. Algo que el papa Francisco denuncia una y otra vez: caminar juntos, eso es fraternidad, sororidad, sinodalidad. La humildad que me lleva a la obediencia servil, no es cristiana. Ni tampoco tiene que ver con la timidez, la debilidad, la cobardía o la mediocridad.

Sta. Teresa dice: «humildad es andar en verdad». Es decir, conocer la verdad de lo que uno es, y además, vivir (andar en) ese conocimiento de sí. Humildad es aceptar que somos criaturas, con limitaciones pero también con inmensas posibilidades, con talentos que Dios nos ha otorgado (Jn 1,16) con el fin de  cumplir nuestra vocación-misión y hacerlos rendir al máximo para su gloria. Ninguno de los valores verdaderamente humanos debe ser reprimido en nombre de una falsa humildad.

El/a cristiano/a que actúa con madurez, que no espera elogios de su actitud, que no tiene que demostrar nada excepto ante su conciencia, “anda ya en verdad” el dinamismo del evangelio, pues el que se hace pequeño ya es grande.

Crecemos en humildad cuando reconocemos nuestra nada y contemplamos la grandeza de Dios. Cuando recibimos las inevitables humillaciones como un don de Dios. Cuando rectificamos nuestros errores en vez de justificarnos. Cuando respetamos los cargos que son necesarios para el bien común, no para el despilfarro y la vanidad. Y sobre todo, cuando respetamos la dignidad de todo ser humano.

No es humilde el que reconoce la grandeza del que está por encima sino el que reconoce la grandeza en el que está por debajo. Debemos ser humildes ante los que se sienten por debajo de nosotros; ante todos los descartados de este mundo.

¿Andamos en verdad o seguimos engañándonos?

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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Los primeros puestos

domingo, 28 de agosto de 2022
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28218858 - vip Domingo XXII del Tiempo Ordinario

28 agosto 2022

Lc 14, 1.7-14

La búsqueda de los primeros puestos se enraíza en la primera necesidad psicológica: sentirse reconocido. Que lleva asociadas otras como la de «ser visto», “ser único” o “ser especial”. Sabemos que todo niño reclama respuesta a la misma. Y cuando tal respuesta no se da de manera adecuada, se produce una herida de inseguridad afectiva.Por lo que, teniendo en cuenta todo ello, parece obvio que la búsqueda de los “primeros puestos”, de entrada, es síntoma de inseguridad tal vez no reconocida por la propia persona. Y dado que esa inseguridad primera va acompañada de un vacío afectivo -el vacío de aquella presencia segura de la que se careció-, la búsqueda de los “primeros puestos” se convierte fácilmente en una adicción.

La imagen de los “primeros puestos” se convierte, por tanto, en una metáfora de todo aquello que hacemos con el objetivo -manifiesto o, con más frecuencia, disimulado- de destacar, sobresalir, ser vistos, impresionar, sentirnos “especiales”…, en definitiva, ser reconocidos. Por esa razón, detrás de esa búsqueda hay siempre un niño más o menos herido que hambrea reconocimiento.

Tal búsqueda, decía antes, funciona como una droga, con sus promesas, su engaño… y su trampa. Promete liberación de la sensación de vacío y logro de la plenitud añorada, pero lo que produce, en realidad, es alienación y separación. Aliena porque nos hace esclavos del yo (ego) y de sus intereses. Con lo cual perpetúa y ahonda la confusión y el sufrimiento.

La solución, sin embargo, no pasa por “olvidar” aquella necesidad -tarea, por otra parte, imposible- ni mucho menos por reprimirla, en aras incluso de una visión pseudoespiritual que descuidara el trabajo psicológico. La resolución pasa, justamente, por ese trabajo, que incluye autoconocimiento, aceptación de nosotros mismos y de toda nuestra historia, reeducación de la manera de gestionar aquella carencia y, eventualmente, terapia dirigida a curar en lo que sea posible la herida de no-reconocimiento. Solo este trabajo -unido a la comprensión propiamente espiritual- liberará de la compulsión por buscar los “primeros puestos” o por ser “especial”. Liberados de la tiranía de aquella necesidad infantil, habremos comprendido que, en nuestra verdadera identidad, no hay nada que buscar.

¿Cómo se manifiesta en mí la necesidad de ser reconocido o ser “especial”?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad, que viene de «humus»: barro

domingo, 28 de agosto de 2022
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C7981AD2-34BB-4DB2-924F-AE621121023DDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Humildad: humus.

    Nunca está de más acudir a la etimología de las palabras. Humildad viene de humus, es decir: tierra, barro, tierra fértil.

  • A la hora de tratar de entender lo que pueda significar la humildad, tenemos un primer elemento: caer en la cuenta de que somos tierra, barro. El ser humano más grande o quien se cree grande es, como todos, tierra, barro. Adam, (Adamah) significa barro.
  • Y, sobre todo, somos barro en manos de un buen alfarero que modela nuestro ser, nuestra persona. Cuando Dios nos infunde su aliento vital, llegamos a ser seres, personas vivientes, (Gn 2,7).

02.- Humildad y personalidad.

La humildad es como una radiografía, como una analítica que nos “sitúa en nuestro lugar”: nos enseña lo que somos y en qué situación nos encontramos. Tenemos tal edad, tal estatura, determinadas capacidades y limitaciones.

  • Un segundo aspecto es que la tierra es fértil, genera vida. Aquí cabe evocar la cuestión de los talentos, de los carismas (cualidades) de los que habla san Pablo. Todo humus da vida.
  • Desplegar las cualidades que Dios nos haya podido dar y ponerlas al servicio de los demás es vivir humildemente: humus: vida.

03.- La humildad es vivir entendiéndose desde dios en una buena relación conmigo mismo con los demás y con la creación.

  • La humildad es entendernos desde Dios en una buena relación conmigo mismo, con las personas, con la creación.
  • La humildad es vivir serenamente conscientes de nuestras cualidades y también de nuestras propias limitaciones y defectos.
  • La humildad a veces nos viene dada por la misma vida: por los propios fracasos, por los desprecios y marginaciones que nos pueden hacer.
  • La humildad la vivimos con paz desde Dios.

Por una parte me siento creado por Dios y vivo en referencia a Él. Vivo en “mi humilde sitio y condición humana”.

Cuando yo creo que provengo de Dios Padre, vivo mi debilidad y las marginaciones confiando en Dios. Y vivo agradecido por lo que Dios y la vida me han dado “¿qué tienes que no lo hayas recibido?” (1Co 4,7).

En las humillaciones propias o recibidas de afuera, uno se encuentra bien en Dios. Uno descansa y disfruta humildemente en Dios. Podemos disfrutar en la humildad.

Es mejor refugiarse en el SEÑOR
que fiarse de los poderosos.
(Salmo 117,9)

Y desde Dios, miro a los demás como criaturas y hermanos, no como siervos o inferiores. Desde Dios, no desprecio a nadie, “no piso a nadie”. Todos hemos sido creados por Dios, todos somos sus hijos, todos queridos. Cuando nos entendemos desde Dios, no miro a mis hermanos como arios y judíos, vascos y españoles, blancos y negros, hutus y tutsis: todos somos hijos, imagen de Dios.

04.- Entre carismas, talentos y cualidades. Valores.

Dios y la naturaleza nos han dotado a todos de alguna cualidad, de algún valor o, como dice el evangelio, de algún talento; S Pablo les llama carismas.

    Solemos decir que hoy en día ya no hay valores. ¡Claro que los hay! Lo que ocurre es que son otros valores. Fue Nietzsche, (que moría en 1900), quien invirtió los valores. Nada de pobreza, ni igualdad, ni humildad. Aquí lo que cuenta es el poder, la moral del más fuerte, la  voluntad de dominio del super-hombre.

    Resulta pedagógicamente llamativo lo que dice Jesús en el evangelio de hoy. Cuando celebres un banquete no invites ni tan siquiera a tus familiares, sino a los pobres, lisiados, cojos y ciegos.

La sociedad casi siempre mira la existencia humana desde el más fuerte, el más listo, el más sabio, sano, poderoso. En el plano económico, político, deportivo, eclesiástico nos llaman la atención los que son más fuertes y ocupan los primeros puestos.

Cristo (y el cristiano) mira la vida y al ser humano desde el más débil: desde el enfermo, el epiléptico y enfermos mentales, el hambriento, desde los lisiados, pecadores, etc.

Terminemos la primera parte de la Eucaristía rezando un versículo del salmo 130:

Mi corazón no es ambicioso,
ni mis ojos altaneros;

no pretendo grandezas
que superan mi capacidad,

sino que acallo y modero mis deseos,
como un niño en brazos de su madre.

***

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Características del estado despierto.

sábado, 27 de agosto de 2022
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Máscara-552x640Entonces, ¿cuáles son las características básicas del estado despierto según las tradiciones espirituales?

Quizás el tema más frecuente sea el de la unión. En el estado despierto vamos más allá de la separación y entramos en un estado de conexión y de unión. Y, lo que es más importante, este estado significa conectar con la esencia espiritual del universo ―llámese Brahman, Tao o Dios― y con la parte más profunda de nosotros mismos, ya que la esencia universal es también la de nuestro propio ser. El mayor obstáculo para esta conexión (tanto con la esencia espiritual del universo como con nuestro propio ser) es nuestro intenso sentido del ego, con todos sus deseos, ambiciones y apegos. Las fronteras limitantes del ego, tan firmes y sólidas, nos encierran dentro de nuestro propio espacio mental; nos separan del mundo. Por lo tanto, para poder trascender la separación y conectar con el espíritu, debemos debilitar este yo; por así decirlo, ablandar de algún modo sus sólidos contornos. (Las tradiciones describen este proceso como una auto-aniquilación o autonegación). Nuestro sentido de identidad y aquello sobre lo que gravitamos habitualmente tienen que alejarse del yo estrecho y personal y pasar a formar parte de una expansión más amplia y más profunda del ser.

Una segunda característica del estado despierto que resaltan todas las tradiciones que hemos examinado es la calma o quietud interior, el vacío interior. La mente de los individuos despiertos no está constantemente ocupada o parloteando; estas personas no se ven asaltadas por deseos y emociones turbulentas. En su interior están tranquilas, en paz; su consciencia es pura y está en calma, serena, como un lago. De hecho, todas las tradiciones están de acuerdo en que el desarrollo de la calma interior es una parte esencial del proceso de despertar. Dicho en otras palabras, si quieres despertar, tienes que aprender a sosegar, ralentizar y calmar tu mente, y a trascender las capas de pensamiento y de emoción que nublan tu consciencia. Por esta razón, entre otras, la meditación regular es importante. Al meditar, podemos llegar a comprender que no somos nuestros pensamientos y establecer contacto con capas más profundas y más amplias de nuestro ser que están más allá del pensamiento. Meister Eckhart describe «la tormenta del pensamiento interior» que normalmente asedia nuestra mente, y afirma que «para que Dios diga su palabra al alma, esta debe estar en reposo y en paz». De manera similar, el Maitri Upanishad describe cómo «cuando la mente está en silencio… puede penetrar en un mundo que está más allá de la mente: el Fin más elevado».

Una tercera característica del estado despierto que aparece en todas las tradiciones es la plenitud. A los individuos despiertos les preocupa muy poco o nada tener éxito en el mundo, las posesiones físicas o las ambiciones personales, y no se ven afectados por los elogios, la culpa o las descalificaciones; no necesitan la aprobación de los demás. No tienen necesidad de agregar nada a si mismos, como el éxito, el estatus o la riqueza, porque ya se sienten plenos, completos, realizados. El Sutra del Corazón budista lo resume claramente de este modo: «En su indiferencia hacia el logro personal y en su falta de deseo de autojustificación, los hombres y mujeres iluminados no pueden nunca ser denostados o alterados por los demás». El Bhagavad Gita describe a la persona despierta como alguien que no se ve afectado ni por el placer ni por el sufrimiento, para quien el oro, las piedras o la arena son lo mismo, y «cuya paz permanece inalterable tanto en lo agradable como en lo desagradable». Sin embargo, esta falta de preocupación por las opiniones que los demás puedan tener de ellos no significa que a las personas despiertas no les preocupen los demás en absoluto.

Al contrario, su falta de interés en sí mismos y su mayor sentido de la conexión nos lleva a una cuarta característica del estado despierto que aparece en todas las tradiciones espirituales: un grado muy elevado de compasión y altruismo. Al mismo tiempo que conectan con la esencia espiritual del mundo y con su propia esencia, aquellos que han despertado conectan también de forma muy intensa con el resto de los seres humanos. Tienen una gran capacidad para la empatía, para sentir lo mismo que están sintiendo los demás ―para sentir con ellos―. Pueden sentir el sufrimiento, la frustración y el dolor de otras personas, lo que les genera un impulso altruista para aliviar su sufrimiento o ayudarles a desarrollarse. Debido en parte a que para ellos sus propias ambiciones y deseos ya no son importantes, sienten un fuerte impulso de servir a los demás y de practicar la bondad y la generosidad. Este espíritu de altruismo fue claramente expresado por el monje budista del siglo VII Shantideva, quien escribió: «Quiero eliminar el sufrimiento de todos y cada uno de los seres vivos, haciendo así que puedan llegar a la iluminación… Mi preocupación por el bienestar de los demás me aporta más mérito que cualquier acto de adoración». En última instancia, esta actitud compasiva se deriva del hecho de ser consciente de que el espíritu está presente en todos, de modo que, en cierto sentido, uno es todos los demás. Por lo tanto, cuando otras personas sufren, somos nosotros mismos los que sufrimos. Como dice Moisés Cordovero, el místico judío del siglo XVI: «El que peca no se está perjudicando únicamente a sí mismo, sino también a aquella parte de sí mismo que pertenece a los demás». De esta manera, es importante amar a los demás, porque «los demás son en realidad uno mismo».

Un quinto elemento común al estado despierto entre las diversas tradiciones espirituales (relacionado con el primer tema de la unión) es el abandono de cualquier identidad o voluntad personal. Dicho en otras palabras, despertar significa olvidar la idea de que uno es el que está dirigiendo su propia vida y siguiendo sus propios planes o sus propias ambiciones. En lugar de eso, la vida se convierte en la expresión de algo más grande que nosotros mismos, una fuerza que fluye a través de nosotros. Esta es la idea taoísta de wu wei ―acción sin acción―, cuando nos damos cuenta de que el Tao es nuestra naturaleza y todo lo que hacemos es la expresión natural de esta. En las tradiciones espirituales monoteístas, el místico abandona su propia voluntad personal para poder así vivir a través de Dios ―o para que Dios pueda vivir a través de él―. En la cábala, por ejemplo, la voluntad individual ha de ser «elevada» hasta convertirse en una con En Sof, el principio divino que impregna el mundo y lo trasciende. Cuando alineamos nuestra voluntad personal con la de Dios, nos convertirnos en agentes de dicha voluntad divina, y una poderosa energía transformadora con la que podemos contribuir a sanar el mundo comienza a fluir a través de nosotros.

Y para terminar, resaltemos brevemente otros dos claros aspectos ―y, en cierto sentido, obvios―. El primero de ellos es que el estado despierto trae consigo una consciencia más intensa y completa de la realidad. El mundo, tal como lo percibimos con la consciencia ordinaria, es tan solo una realidad limitada, una sombra. Como lo expresó el filósofo griego Platón, estamos sentados en una cueva, mirando las sombras de la pared que tenemos frente a nosotros, mientras que el mundo real pasa por detrás. En realidad, el mundo no es algo trivial, prosaico y sin sentido, sino que irradia significado y armonía resplandeciente. Realmente, en lugar de separación, lo que hay es unidad. En términos del vedanta indio, se descubre la ilusión de maya (el engaño), revelando así un mundo de unidad donde antes no había más que un mundo ilusorio de dualidad y separación. O, usando las palabras del místico sufí del siglo XI Al-Ghazali, es un estado «cuya relación con nuestra consciencia normal en la vigilia es análoga a la relación de esta con los sueños. ¡Comparado con este estado, tu consciencia habitual de vigilia sería el equivalente a estar soñando!».

Finalmente ―y quizás sea lo más evidente―, el estado despierto se percibe en todas las tradiciones como un estado de intenso bienestar. Todas coinciden en señalar que despertar significa trascender la ansiedad y el miedo y alcanzar un sentido de gran serenidad, dicha y felicidad. En el budismo, el concepto de bodhi lleva implícita la cesación del sufrimiento. En el taoísmo, el término ming significa vivir con una felicidad espontánea. En el vedanta indio, la felicidad es una de las cualidades de la consciencia misma, tal y como se expresa en satchitananda (ser-consciencia-felicidad). La esencia del brahman es la dicha, la alegría o el gozo: «Brahman es alegría, pues todos los seres provienen de la alegría, viven gracias a ella y a ella regresan». Por lo tanto, la auto-realización es, literalmente, despertar a la dicha, al gozo, la felicidad y la alegría. Del mismo modo, en la espiritualidad judía, devekut es un estado de alegría y exaltación, como también lo es el estado sufí de baqa.

Steve Taylor

Boletín semanal de Enrique Martínez Lozano / Steve TAYLOR, El Salto, Ediciones Gaia 2018

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Jairo del Agua: El «hueco» de Dios y el egoísmo religioso.

miércoles, 24 de agosto de 2022
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Cristianismo poderDe la idolatría del «becerro de oro» a la actual de la «vaca lechera»

Me he preguntado munchas veces por qué los humanos nos conformamos con ídolos, con supercherías, con magias, con irracionalidades… Es decir, con una religión falseada.Todos necesitamos un Dios, con el nombre e imagen que sea. Sabemos que somos frágiles, limitados, necesitados, que tenemos un inicio y un fin, que somos caducos. Nuestra propia naturaleza pequeña clama por un Dios trascendente al que poder agarrarnos.

Se trata de la «religión primaria» de todos los seres humanos de todos los tiempos. Necesitamos «dioses» más poderosos que nosotros que ayuden nuestra limitación y expliquen nuestro origen. En principio es un «movimiento egoísta». Queremos conseguir que los «dioses» nos sean propicios y nos libren de los peligros de este mundo.

Tanto necesitamos ese auxilio que hasta matamos para conseguirlo. No necesito citar las múltiples religiones que practicaron «sacrificios humanos».En un momento dado de la evolución humana se empieza a vislumbrar que un Dios auténtico tiene que ser único. Poco «dios» sería si tiene que compartir su poder. Poco racional nos parece hoy lo del Olimpo.

Y de la tradición del Dios único de Abraham venimos los cristianos y demás religiones monoteístas. Nosotros, además, contamos con la ratificación de Jesús al que consideramos Hijo de Dios. De su seguimiento nace la Iglesia Católica con todos sus avatares, exageraciones, putrefacciones y disgregaciones.

Lo que hoy resulta tremendamente chocante es que la mayoría católica siga siendo de «creyentes primarios», es decir, totalmente adheridos a la «religión egoísta», como lo fueron nuestros ancestros de cualquier creencia religiosa.

Más absurdo todavía es que nos hayamos construido nuestro Olimpo particular o «imaginario Cielo». En el que reina un teórico y limitado Dios único, auxiliado por una pléyade de «diosecillos menores» (vírgenes y santos) cuya intervención y súplicas necesita para actuar. Nos parece normal porque lo hemos mamado y nadie nos saca del error, pero en realidad practicamos un «politeísmo asimétrico» y una «piedad mitológica».

Y es que lo que nos interesa es tener «dioses» que nos den seguridad, cubran nuestras necesidades y nos libren de los peligros. Nos hemos construido «dioses manejables y utilitarios» que nos sean propicios, exactamente lo mismo que buscaban los primitivos homínidos.

Hemos emulado el «becerro de oro» de los israelitas y nos hemos construido una invisible «vaca lechera» a la que poder ordeñar con nuestras peticiones o las «ficticias intercesiones» de nuestros santos vaqueros o de la gran vaquera, mediadora de todos los lácteos.

¿Y qué hemos hecho con Jesús de Nazaret? Pues nos hemos quedado en su frase «más primaria»: «Pedid y recibiréis» (Mt 7,7), totalmente acorde con la cultura y mentalidad de sus oyentes. Y la hemos interpretado en su sentido más aprovechado: lo básico es «pedir», así conseguiremos saciarnos. La lección previa: «no seáis como los paganos…» (Mt 6,5 y ss) la hemos despreciado.

Así hemos llegado, tras XXI siglos, al eje actual de nuestra religión: PEDIR para CONSEGUIR. No importa si nos fabricamos ídolos, si somos irracionales, si nos separamos de las enseñanzas de Jesús, lo importante es CONSEGUIR que Dios baje y nos colme. ¿Eso no es egoísmo infantil puro y duro?

No es verdad que amemos a Dios. Lo que amamos es su supuesta capacidad de auxiliarnos. Lo que nos interesa son «el pan y los peces». Lo mismito que aquellos israelitas que querían hacer rey a Jesús después de la multiplicación (Jn 6,26).En quien de verdad estamos interesados es en un ídolo: «el dios intervencionista», al que intentamos contentar y convencer directa o indirectamente.

¿Cuántos piensan y actúan hoy como si todo dependiera de nosotros? Pues muy pocos. Los Guías nos empujan a colgarnos del «ídolo intervencionista». ¿En esa actitud no subyace otro «movimiento egoísta»? Si viven del Pueblo, han de convencernos de que son «útiles materialmente» para que no les abandonemos. Hace unos días me han hablado del cobro de sacramentos en algunas Parroquias e, incluso, del pago previo de las formas para las primeras comuniones.

¿Por qué los fieles aguantan y toleran estas inmundicias? Respuesta sencilla: «Porque nos han inculcado que desafiar a los curas es desafiar a Dios». Error garrafal.

No pongo en duda la buena intención de la mayoría de Curas y Religiosos con galones o sin ellos. Lo que denuncio es que su rancia doctrina, sus ritos y sus devociones NO se orientan a hacernos más «libres y autónomos» sino todo lo contrario. La religión católica de hoy tiende a hacernos «dependientes» de ese «dios intervencionista» y de quienes se consideran sus administradores.

¿Por qué, entonces, hay personas que se sienten consoladas, apoyadas y hasta felices con nuestra religión?

1º) Porque el «ambiente humano» es decisivo para las creencias religiosas. Hemos mamado que somos los verdaderos, los fetén, los hijos predilectos, los que tenemos asegurado el cielo y el amparo divino (si no crees eso, eres un hereje o un ateo). Es una primera etapa elitista y poco religiosa. Muchos no pasan de ahí y se acomodan en una «religión infalible, ritual y estética».

Eso mismo creen o creían, por ejemplo, los adoradores del «tótem pájaro», del «dios sol» o de la «diosa Anubis». Eso mismo creen los seguidores de otras religiones o sectas.CREER da «seguridad sicológica», una de las fuentes de la felicidad. Y si creo junto con millones de personas (ambiente humano), más seguridad.

Con ello se cubre una de las necesidades básicas del ser humano: la SEGURIDAD sicológica. Aunque aquello en que creemos sea más falso que un gato con cinco patas.

2º) En una etapa progresiva los creyentes descubren «el hueco». Puede ser tarea de años y de intensidad diversa. Es una experiencia confirmada por millones de seres humanos a lo largo de los siglos. Nos han creado con inteligencia para que aprendamos a construirnos, perfeccionarnos a lo largo de la vida y ayudarnos. Somos seres evolutivos y sociales.

Cuando minoramos la imagen del «dios intervencionista» (la «vaca sagrada» que nos provee cuando la ordeñamos con nuestras oraciones y sacrificios) y el «egoísmo religioso» (que solo busca auxilios puntuales) algunos profundizan y descubren «el hueco». Sobre todo los profesionales de la religión y personas más piadosas.

Ese «hueco» es una especie de «hambre» o «nostalgia» que se siente en el interior y busca instintivamente a la Madre de la que salió.Ese «instinto espiritual» se siente en el fondo de la persona, en la zona profunda de la sensibilidad anexa al ser, lo íntimo y constituyente de cada persona. Y se somatiza en el bajo vientre.

Quizás entonces observes la creación y te des cuenta que ya contiene todo lo que necesitas para vivir, aunque tengamos que trabajar para conseguirlo. Puede que algunos desembarquen en el «ateísmo» al no necesitar un «dios» que les consiga las naranjas o el pescado.

Quizás entonces descubras la fuerza de la interioridad y en ella unos «valores», que no hemos sembrado, pero están ahí y son parte de nuestra personalidad. Sumergido en esa interioridad, percibirás unas «aspiraciones» (también en el fondo de la sensibilidad) que van más allá de conseguir el cocido de cada día.

Quizás empieces a vivir la seducción de ese «hueco interior» y a disfrutar de su atracción gravitatoria. Quizás descubras que la bondad, la paz, la compasión, el amor están en ese interior como «aspiraciones» que jamás se colman, siempre te dejan con hambre. Es inevitable que te percibas limitado, pobre, pequeño. Algunos a esa sensación de finitud la llaman erróneamente «pecado» y se culpabilizan, probablemente fruto de una tenebrista formación religiosa.

Cuando descubres esto «vivencialmente» intuyes que Alguien debe tener todo eso sin límites. Es entonces cuando te das de bruces con el Dios Trascendente, que es más que tú, y el Dios Inmanente que inunda tus limitados cimientos y tiende a expandirse dentro de ti.Has desembarcado en el «hueco». Has comprobado tus límites pero también tus potencialidades. Has descubierto la «experiencia mística». «Nos hiciste Señor para ser tuyos, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti» (Agustín de Hipona).

Esto es común a todos los seres humanos. Desde ahí se vive la universalidad, la fraternidad, el ecumenismo, la vivencia de un único Dios. Te sentirás «ínfimo y efímero, pero necesario» para construir una Humanidad más humana.

Quizás llegues a definir a ese Dios que te inunda y circunda, como «Infinitud de las aspiraciones profundas del hombre», sin más connotaciones, separaciones, privilegios o absolutismos.

Quizás te des cuenta que ese «Dios Infinito» que tiende a expandirse en tu «hueco» no puede ser el «dios tacañón» al que invocamos continuamente para que suelte la lluvia, el pan o la salud.

Quizás llegues a la certeza de que todas nuestras necesidades están atendidas en la Creación, que nada hay que pedir, que solo hay que «trabajar y administrar» lo que se ha confiado a nuestra «libertad y autonomía».

Si te quedas en la superficie, solo sentirás tus necesidades biológicas y sicológicas. Te estancarás en la oración de petición y permanecerás siendo un creyente infantil, dominado por los clérigos (de cualquier religión).Nunca serás realmente «libre y autónomo» ni conocerás la dulzura de los frutos del Espíritu.

Esa vivencia del «hueco» alegra el corazón de los católicos y de todos los místicos de cualquier religión.

Cuando vives desde ahí poco importa que interiorices ante el «tótem pájaro», el «sol» o un «sagrario». La «vivencia religiosa» con sus consuelos y deleites están ahí para todos los seres humanos. Empezarás a entender lo que significa «adorar en espíritu y verdad» (Jn 4,23).

3º) La etapa de la coherencia.

Una vez descubierta vivencialmente la existencia de un Dios trascendente e inmanente, posible para cualquier ser humano, entran en juego dos factores: el «ambiente religioso» y la «búsqueda de coherencia» (somos seres que pensamos).

El «ambiente religioso» pesa muchísimo, sobre todo en etapas inmaduras (domina el creer en lo que otros te dicen: «fe de paja»). Pero la «búsqueda de coherencia», propia de seres inteligentes, te conduce a descubrir el «Dios coherente». Será un motor de progreso no solo para saltar de una religión a otra, sino para evolucionar en la propia religión.Los primeros cristianos no se convirtieron por una gracia especial, ni por un bautismo transformante, sino porque sintieron desde dentro que la «luz de Jesús» era coherente con sus vivencias profundas.

Puede que los textos escriturarios describan mágicamente algunas conversiones, como tantas y tantas cosas de la Biblia, escrita en una etapa mítica y mágica de la humanidad, incluido el NT.

Pero el acercamiento al «Dios coherente» te lleva a deducir que el Espíritu Santo -con tanto trajín en nuestro cristianismo- no tiene ningún «elegido» y se derrama igualmente TODO en TODOS.Lo dice el Evangelio: «Hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45). «Está escrito en los profetas: TODOS serán enseñados por Dios» (Jn 6,45).

Es la «disposición personal» de cada uno y el «ambiente humano» (de lo que vengo hablando) lo que consigue que te moje o te resbale ese Espíritu que llueve sobre TODOS. Lo describe claramente la «parábola del sembrador» (Mt 13,3).

Muchos cristianos mantienen una «fe de paja», muy frágil, muy insegura, muy postiza. Creen en «otros seres humanos» y solo siguen ritos, rúbricas, peticiones, doctrinas y conductas impuestas por seres humanos. Lo mismo ocurre en otras religiones.

Esto, que es normal en una primera etapa, es una barbaridad en la edad madura. En realidad son «robots» programados que buscan cubrir unas necesidades humanas. O «bebés» conducidos por otros en sus carritos, sin apoyo en las certezas y evidencias interiores. Es totalmente explicable que abandonen el carrito cuando se dan cuenta de que están siendo conducidos o manipulados. Los responsables cultivaron árboles sin raíces, construyeron «casas sobre arena» (Mt 7,26).

No basta creer o someterse a alguien que te dice lo que has de creer. Hay que utilizar la luz que el Creador nos ha dado: la inteligencia. Ella nos afirma que un «dios manipulable e imperfecto» no puede ser Dios.

La maduración religiosa (la vivencia) te conduce a la coherencia. Entonces te preguntas, contrastas, te dejas interpelar con libertad. Tu inteligencia coherente y tu vivencia interior se alían para llevarte a la «adhesión» de lo que coincide (es coherente) con tus «aspiraciones profundas».Cuando hace unos años, en el Sínodo de mi Diócesis, me dejaron intervenir por 3 minutos (máximo permitido a los laicos) ante la Asamblea General presidida por todos los Obispos y Curas de graduación les espeté este comentario: «Yo no creo por lo que me han enseñado o me mandan creer los Obispos. Creo porque mis «aspiraciones profundas» coinciden con la predicación y ejemplo de Jesús de Nazaret».

Esa misma coherencia te lleva a ajustar las imágenes distorsionadas de Dios que corren por nuestro Pueblo. Muchas promovidas o consentidas por quienes deberían iluminar y guiar.

Por esa coherencia jamás imaginarás que Dios está contenido o se identifica con algo material. Ni en el tótem, ni en el sol, ni en una escultura, ni en una custodia.

Te percatarás de la cantidad de ídolos y seudoreligión que arrastramos. Te darás cuenta que los «signos» (sacramentos) solo son eso, signos, algo que te remite al Dios que te inunda, te circunda y te trasciende. La única criatura que es recipiente de Dios es el ser humano. «Cuanto hicisteis con uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis» (Mt 25,40).

Sin embargo, hemos llenado nuestras iglesias de imágenes, reliquias, sagrarios, etc., cuanto más preciosistas mejor. Hemos materializado la religión, hemos construido una cantidad ingente de ídolos.Los símbolos son útiles para conducirte a lo que simbolizan. Los carteles del camino son muy útiles, pero si te paras a rezarlos o adorarlos frustras totalmente tu viaje.

He orado horas y horas delante de cualquier sagrario, todavía me encanta doblar la rodilla y sentirme en adoración. Pero sé que esa lamparilla encendida y el sagrario solo es el recordatorio de que Dios está con nosotros, dentro de ti y de mí, manteniendo la creación en su esencia. Si por un momento se distrajese y retirase su potencia creadora, todo desparecería, hasta los adoquines de la calle que transito a diario.

Por eso el mejor templo para contemplar, profundizar y ver a Dios es tu interioridad, la naturaleza y tu semejante. Si no corriera el riesgo de que me encerrasen en un manicomio, me arrodillaría ante un ser humano (de cualquier religión) para adorar a Dios, sobre todo si es alguien que sufre. Ahora sé que el Dios Inmanente que nos constituye a los dos (y a toda la humanidad) solo se puede mostrar por mi corazón y mis manos.

Cuando llegas a este punto poco importa cómo llames a ese Ser ignoto (al que nunca abarcarás) con tal de que sea coherente con tu inteligencia. Y nada te separará de los otros seres humanos o criaturas de este mundo. Todos y todo lo vivirás con esa fraternidad de criaturas del mismo Padre.

Una religión que separa, acapara, se apropia y esclaviza en nombre de un «dios» (se llame como se llame) es racionalmente falsa. «Por sus frutos los conoceréis» (Mt 7,16), incluidas sus «manifestaciones religiosas». Y ahí los católicos hacemos agua.

No basta vivir el «hueco», ese «ansia de Dios» que nos habita. Hay que ser coherentes en lo que oramos y en lo que obramos. Es decir, cabeza, manos y corazón deben estar sintonizados. Eso es lo que llamamos «unificación de la persona».

He llegado a comprender que toda manifestación religiosa oficial debería tener la finalidad de «ILUMINAR» nuestra inteligencia para acertar a administrar nuestra vida y vislumbrar (creer) a ese Dios que ya nos lo ha dado TODO.

Y por otro lado a «MOTIVAR» nuestra voluntad para seguir lo que ya llevamos dentro, el parecido con ese Creador, su «imagen y semejanza».

Me consta que muchos católicos, cuando leen lo que voy publicando, piensan: «Este modo de hablar es duro, ¿Quién puede hacerle caso?» (Jn 6,60). Y se vuelven a sumergir en las jaulas, en que nos tienen encerrados los jerarcas, con el precioso don de la razón bien adormecido.Nos han vendido con fraude que superar a los que mandan es pecado, herejía, falta de fe, condena segura…

Sin embargo, Aquél al que sigo prefiere la libertad: «¿También vosotros queréis marcharos?» (Jn 6,67). Porque sin libertad, sin apertura al «espíritu y vida» (Jn 6,63) no puede existir una religión auténtica.

Lo enseñan lo maestros espirituales: Hay que «desinstalarse» para progresar. Pero la mayoría de los católicos viven cómodamente «instalados». Y si alguien se mueve libre como una veleta al viento de la «Ruah», se le proscribe o expulsa.

 

Los nuevos «arrendatarios de la viña» se han adueñado de la viña, como los de antaño. No hay más que ver cómo se encumbran ante el Pueblo y cómo exigen reverencias, inciensos y sometimientos.

Cuando veo estas imágenes me pregunto: ¿Éstos son de verdad «servidores», «discípulos de Jesús», o prepotentes impostores?

Leo estos días una frase del Papa Francisco: «¡Si Jesucristo no nos pone en crisis, quizás hayamos aguado su mensaje!»
Jairo del Agua

Fuente Blog de Jairo del Agua https://jairoagua.blogspot.com/

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¿A quién está diciendo Jesús realmente “Apartaos de mí”?

lunes, 22 de agosto de 2022
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D9B1D682-D98A-4B81-BFA1-63178AD77F7D  La reflexión de hoy es del colaborador de Bondings 2.0 Michaelangelo Allocca, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 21 del tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

No sé de dónde eres. ¡Apartaos de mí todos los malhechores!”

Confesión: Desearía poder editar las lecturas de hoy para reflejar de manera más consistente mis propias inclinaciones teológicas. Me doy cuenta de que la tentación de editar las Escrituras no es original ni única para mí (ver Thomas Jefferson). También me doy cuenta, ya que no soy un hipócrita total, que necesito resistirlo, con la ayuda del Espíritu Santo.

La cita con la que comencé (Lc 13,27) es la línea que preferiría eliminar, si pudiera. Entra en conflicto con una idea que generalmente favorezco: Jesús como alguien que da la bienvenida y acepta incondicionalmente, y que no diría «¡Apártate de mí!» a cualquiera. Sobre la cuestión de si debemos excluir a alguien de la Eucaristía, suelo señalar la única Eucaristía que conocemos donde Jesús se distribuyó, y el hecho de que los Evangelios no dan ninguna razón para creer que excluyó a Judas de compartir Su Cuerpo y Sangre. , aunque estaba plenamente consciente de la culpa de Judas. Si alguien alguna vez mereció un «¡Apártate de mí, malhechor!» sería Judas, y sin embargo no obtuvo uno de Jesús.

El Jesús que prefiero imaginar es el que encarna lo que el Papa Francisco (quien, estoy seguro que no por coincidencia, también insiste en que nunca le ha negado a nadie la Eucaristía) describe como la “cultura del encuentro”. Es decir, el Jesús que se encuentra con cualquiera y lo acoge, sin importar quién o qué sea. Francisco ha enfatizado esta idea a lo largo de su papado y recientemente la citó en una carta a los organizadores de la Conferencia Outreach 2022, celebrada en junio pasado. En esta carta, el Papa dijo: “Os animo a todos a seguir trabajando en la cultura del encuentro, que acorta las distancias y nos enriquece con las diferencias, a la manera de Jesús, que se hizo cercano a todos”.

Irónicamente, este Jesús que se hace cercano a todos se encuentra precisamente en el mismo pasaje del Evangelio de Lucas que contiene el “¡Apartaos de mí!”. Dos versículos más adelante, Jesús dice: “Y vendrá gente del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. En el lenguaje bíblico estándar, ‘del este, oeste, norte y sur’ significa que todas las personas, no solo la nación escogida específicamente por Dios, sino también los gentiles, son elegibles para la felicidad eterna en la presencia de Dios. El “de los cuatro ángulos de la tierra” de Jesús está subrayado y prefigurado en la lectura de hoy de Isaías 66:18-21, en la que Dios promete reunir a personas de todas las naciones.

Para volver a la carta del Santo Padre y la “cultura del encuentro”, y cómo se conectan con las lecturas de hoy: la carta era en realidad una nota de “gracias”. Outreach 2022 se llevó a cabo en junio en Nueva York, en la Universidad de Fordham y en la iglesia St. Paul the Apostle. (Outreach, el ministerio que organiza la conferencia, opera bajo los auspicios de America Media) Algunos de nosotros recordamos una época en la que habría sido impensable que el Papa respondiera positivamente al recibir ”una copia del folleto de la conferencia, junto con una carta describiendo lo que sucedió en la conferencia, especialmente las conversaciones del panel entre personas con diversos puntos de vista”. Pero fue precisamente esto por lo que Francisco escribió para decir “gracias”, y su énfasis en la “cultura del encuentro” parece ser la clave de las lecturas de hoy.

¿Podría Jesús querer decir su «¡Apartaos de mí!» precisamente para aquellos que tratarían de excluir a otros? Al enfatizar la acogida ofrecida a los «forasteros«, al tiempo que rechaza a los «en la multitud» que dicen «Comimos y bebimos en su compañía y usted enseñó en nuestras calles», condena a quienes presumirían que están en la lista de invitados, y saber exactamente quién está fuera y por qué.

Donde una vez el estándar fue la herencia, los excluidores de nuestros días tienden a preferir descriptores como «intrínsecamente desordenado». Todavía no estoy seguro de que Jesús haya querido decir literalmente que le diría a cualquiera «¡Apártate de mí!» pero estoy bastante seguro de que Él nos está diciendo que dejemos de decírselo a otras personas y afirma que lo hacemos en Su nombre.

—Michaelangelo Allocca, 21 de agosto de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Una frase dura”. 21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)

domingo, 21 de agosto de 2022
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21-TO-C-600x400Es sin duda una de las frases más duras de Jesús para los oídos del hombre contemporáneo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha». ¿Qué puede significar hoy esta exhortación evangélica?, ¿hay que volver de nuevo a un cristianismo tenebroso y amenazador?, ¿hemos de entrar otra vez por el camino de un moralismo estrecho?

No es fácil captar con precisión la intención de la imagen empleada por Jesús. Las interpretaciones de los expertos difieren. Pero todos coinciden en afirmar que Jesús exhorta al esfuerzo y la renuncia personal como actitud indispensable para salvar la vida.

No podía ser de otra manera. Aunque la sociedad permisiva parece olvidarlo, el esfuerzo y la disciplina son absolutamente necesarios. No hay otro camino. Si alguien pretende lograr su realización por el camino de lo agradable y placentero, pronto descubrirá que cada vez es menos dueño de sí mismo. Nadie alcanza en la vida una meta realmente valiosa sin renuncia y sacrificio.

Esta renuncia no ha de ser entendida como una manera tonta de hacerse daño a sí mismo, privándose de la dimensión placentera que entraña vivir saludablemente. Se trata de asumir las renuncias necesarias para vivir de manera digna y positiva. Así, por ejemplo, la verdadera vida es armonía. Coherencia entre lo que creo y lo que hago. No siempre es fácil esta armonía personal. Vivir de manera coherente con uno mismo exige renunciar a lo que contradice mi conciencia. Sin esta renuncia, la persona no crece.

La vida es también verdad. Tiene sentido cuando la persona ama la verdad, la busca y camina tras ella. Pero esto exige esfuerzo y disciplina; renunciar a tanta mentira y autoengaño que desfigura nuestra persona y nos hace vivir en una realidad falsa. Sin esta renuncia no hay vida auténtica.

La vida es amor. Quien vive encerrado en sus propios intereses, esclavo de sus ambiciones, podrá lograr muchas cosas, pero su vida es un fracaso. El amor exige renunciar a egoísmos, envidias y resentimientos. Sin esta renuncia no hay amor, y sin amor no hay crecimiento de la persona.

La vida es regalo, pero es tarea. Ser humano es una dignidad, pero es también un trabajo. No hay grandeza sin desprendimiento; no hay libertad sin sacrificio; no hay vida sin renuncia. Uno de los errores más graves de la sociedad permisiva es confundir la «felicidad» con la «facilidad». La advertencia de Jesús conserva toda su gravedad también en nuestros días. Sin renuncia no se gana ni esta vida ni la eterna.

José Antonio Pagola

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“Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Domingo 21 de agosto de 2022. 21º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 21 de agosto de 2022
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46-ordinarioC21 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 66, 18-21: De todos los países traerán a todos vuestros hermanos.
Salmo responsorial: 116: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.
Hebreos 12, 5-7. 11-13: El Señor reprende a los que ama.
Lucas 13, 22-30: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios

Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. En este contexto alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del “cuántos” al “cómo” nos salvamos.

Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan “cuándo” se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando “cómo” prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que sirven para el Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.

Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”. En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.

Justamente esta “otra cosa” es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la “puerta estrecha”. Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una al vida y una a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didaché–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras lo opuesto, a los mandamientos y a las bienaventuranzas.

La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: “El Señor corrige al que ama…”. El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y “volver a entrar”

Pero, ¿porqué camino “ancho” y camino “estrecho”? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió “cuál es su fin”, o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.

Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada “comunidad” ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: “no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos”.

Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: “no puedo soportar falsedad y solemnidad” (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús “aléjense de mí, operarios de iniquidad”. El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.

La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la “puerta estrecha”, que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por “esforzarse”. Indica una lucha, una especie de “agonía”; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.

La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.

Creer es una actitud seria y radical y no se reduce a ciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción. Leer más…

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