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«Tres formas muy distintas de resucitar a un muerto». Domingo 10º del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 5 de junio de 2016
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elijah-raising-dead-595x360Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El relato del evangelio que leemos este domingo, la resurrección del hijo de la viuda de Naín, recuerda otros milagros parecidos: la resurrección de la hija de Jairo y la de Lázaro. Con esta última, el evangelista Juan nos enseña que Jesús es la resurrección y la vida, y aunque Lázaro, o cualquiera de nosotros, muera, vivirá gracias a Él.

            Lucas, en este relato que solo se encuentra en su evangelio, no enfoca el tema del mismo modo. Lo que pretende demostrar es el enorme poder y bondad de Jesús, comparándolo con los dos mayores realizadores de milagros del Antiguo Testamento: Elías y Eliseo. De este modo deja claro que está perfectamente justificado creer en Jesús y aceptarlo como salvador.

Primera forma: con oración y esfuerzo: Elías (1 Reyes, 17,17-24).

El profeta Elías predijo un período largo de sequía, y él mismo tuvo que pagar las consecuencias, debiendo desplazarse a la costa de Fenicia, a Sidón. Allí lo acogió una viuda que tenía un solo hijo. Al cabo de un tiempo, ocurrió lo siguiente.

                    17Más tarde cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; la enfermedad fue tan grave, que murió. 18Entonces la mujer dijo a Elías:

            – ¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?

            19Elías respondió:

            -Dame a tu hijo.

            Y tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama. 20Después clamó al Señor:

            -Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo?

            21Luego se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor:

            – ¡Señor, Dios mío, que resucite este niño!

            22El Señor escuchó la súplica de Elías, volvió la vida al niño y resucitó. 23Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación y se lo entregó a la madre, diciéndole:

            -Aquí tienes a tu hijo vivo.

            24La mujer dijo a Elías:

            – ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

            El relato pretende subrayar el poder de Elías, capaz de conseguir que Dios resucite a un niño. La historia tuvo tanto éxito que poco después se contó algo muy parecido del discípulo de Elías, Eliseo. Este segundo milagro no tuvo lugar en el extranjero, en Fenicia, sino en territorio de Israel, en Sunén, a dos kilómetros de Naín. Habría sido mucho mejor elegir este texto para compararlo con el evangelio, pero no vale la pena quejarse de los liturgistas.

resurrecci_n_hijo_viuda_de_na_m-_iglesia_greco_cat_lica_rumanaSegunda forma: sin oración, pero con compasión: Jesús (Lucas 7,11-17).

                11A continuación se dirigió a una ciudad llamada Naín, acompañado de los discípulos y de una gran multitud. 12Justo cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. 13Al verla, sintió compasión y le dijo:

            ―No llores.

                    14Se acercó, tocó el féretro, y los portadores se detuvieron. Entonces dijo:

            ―Muchacho, contigo hablo, levántate.

                    15El muerto se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. 16Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo:

            ―Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo. 17La noticia de lo que había hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea.

Comparando el relato de Lucas con la primera lectura se advierten importantes diferencias.

            Actitud de la madre

En el caso de Elías, se queja y protesta.

            En el caso de Jesús, no dice nada, cosa lógica porque no lo conoce ni ha convivido con él.

            Acciones del protagonista

Elías toma al niño, lo sube a la habitación de arriba, lo acuesta en la cama, clama al Señor, se echa tres veces sobre el niño, entrega al niño a su madre.

            Jesús siente compasión, detiene el féretro, ordena al muchacho que se levante.

            Lo más llamativo es que Jesús no ora, no tiene que pedir a Dios que resucite al niño, tiene el poder de resucitarlo. En cuanto al tema de la compasión, es muy importante cuando se compara con la actitud de Eliseo (el episodio que no leemos).

            Lugar del milagro

            Elías lo realiza en la habitación de arriba, y lo mismo ocurre en el caso de Eliseo. Se trata de algo secreto, de lo que solo son testigos Dios y el profeta.

            Lucas presenta el milagro de Jesús como algo público, presenciado por numerosas personas. Jesús llega a Naín acompañado de los discípulos y de una gran multitud. En dirección contraria otro grupo numeroso: a la madre la acompañaba un grupo considerable de vecinos.

            El poder de Jesús contará con numerosos testigos.

            Reacción de la gente

            La viuda de Eliseo termina confesando: ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

            De modo parecido, la multitud que presencia el milagro de Jesús exclama: Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo.

Tercera forma: revelando a su Hijo: Dios Padre (Gálatas 1,11-19)

            La segunda lectura carece de relación con la primera y el evangelio. No habla de un muerto, sino de una persona repleta de energía, Pablo, que la gasta en perseguir violentamente a la iglesia. En este sentido podemos decir que también él está muerto. Y quien lo resucita es Dios Padre, revelándole a su Hijo, Jesús. Estamos acostumbrados a relacionar esta “resurrección” con la famosa caída del caballo que cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pablo, en la carta a los Gálatas, no da detalles de ese tipo. Se limita a lo esencial: su experiencia de haber descubierto quién es realmente Jesús.

                    11Os hago saber, hermanos, que el evangelio que os anuncié no es de origen humano; 12pues yo no lo recibí ni aprendí de un hombre, sino que me lo reveló Jesucristo. 13Habéis oído hablar de mi conducta precedente en el judaísmo: Violentamente perseguía a la iglesia de Dios intentando destruirla; 14en el judaísmo superaba a todos mis paisanos de mi generación, en mi celo ferviente por las tradiciones de mis antepasados. 15Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor, tuvo a bien 16revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos, inmediatamente, en vez de consultar a hombre alguno 17o de subir a Jerusalén a visitar a los apóstoles más antiguos que yo, me alejé a Arabia y después volví a Damasco. 18Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y me quedé quince días con él. 19De los otros apóstoles no vi más que a Santiago, el pariente del Señor.

Conclusión

            Las tres lecturas nos ayudan y animan a conocer más profundamente a Jesús. Alguien muy superior a un gran profeta, como Elías. Alguien muy distinto de un hereje, como pensaba Pablo antes de convertirse. Pero este conocimiento no se adquiere con la simple lectura y comparación de textos. Es una gracia que Dios concede, como a Pablo. Una gracia que debemos pedir, como insiste Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales: “conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga”.

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Domingo X del Tiempo Ordinario. 5 junio, 2016

domingo, 5 de junio de 2016
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TO-D-X

Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: Muchacho, a ti te digo: Levántate.”
(Lc 7, 11-17)

Al leer y dejar que este evangelio empape mi ser me descubro transida de esperanza en las posibilidades que el ser humano tiene de resucitar a otr@s.

Jesús se acerca, no hay otra posibilidad para nosotr@s, seguidor@s de Jesús, que acercarnos a quienes sufren… “El Señor al verla, se compadeció de ella y le dijo: -No llores” (Lc 7, 13). Jesús nos enseña a compadecernos, a acercarnos, a dejarnos conmover y sufrir con los que lloran. Sin embargo Jesús no dice: no llores y no hace nada, sino que se acerca, y después toca, acaricia, y le devuelve la vida.

Es un progresivo acercamiento que le posibilita tocar el féretro, palpa lo que contiene la muerte, y lo hace no para retener la muerte, sino para acariciar el dolor, que conlleva la separación y la soledad ante la pérdida de quien ama, y le devuelve la vida.

Jesús no retiene la muerte, la atraviesa con la compasión y se lo hace sentir al joven muerto, le otorga la vida a través del tacto.

No hay miedo a la muerte, hay calor humano y divino en Él, que comunica la vida a través de la sencillez del gesto que acaricia, con el cual se entrega y dona.

Traspaso lo que soy al otr@ y recibo del otr@ lo que es, sin miedo.

Dejar que mi vida le llegue y acoger su muerte, en un trasvase de lo que somos, más allá de lo que pensamos ser, y posibilitar que la vida fluya, para convertirse en Vida.

El “tocar” de Jesús es de vida porque no retiene, porque no es compulsivo, porque no es para poseer, sino para demostrar al otr@ que le importa, que le quiere, que se conmueve ante su sufrimiento, que SIENTE en el fondo de sí, su dolor y su muerte.

“ Y Jesús, se lo entregó a su madre” (Lc 7, 15)

¿Por qué nos da vergüenza acariciar y abrazar entregando lo más sagrado que somos, la vida que nos vive y que no es nuestra, traspasar las barreras de la sensualidad para compartir la sensitividad que somos y otorgar la VIDA de Dios en nosotr@s?

Si somos capaces de acercarnos y acariciar “las muertes” de nuestra humanidad quienes están muertos se INCORPORARÁN Y LEVANTARÁN.

Gracias Espíritu Santo por tantas manos que se atreven a acariciar, sin miedo a contagiarse ni mancharse .

Ayúdanos a pararnos

y a cercarnos a quienes viven muertos.

Que nuestras manos sean espacio vacío de apropiación,

DISPONIBLES para acoger el dolor

y entregar Tu Amor.

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29 6.16. Corpus. Cuando el pan era compartido, y toda comida eucaristía

lunes, 30 de mayo de 2016
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imagesTerminamos con este texto las reflexiones que Xabier Pikaza ha publicado en su blog acerca del sentido de la Solemnidad del Corpus Christi:

Se celebra este domingo el día solmene del Cuerpo y de la Sangre del Señor, la fiesta de la Eucaristía.

— En este contexto quiero comentar un texto eucarístico de 1 Corintios, para comprender mejor el mensaje eclesial de Pablo, básicamente centrado en la comida compartida.

Pasaré después a la visión eucarística del principio del libro de los Hechos, cuando los creyentes compartían con frecuencia la comida, y toda comida común, recordando a Jesús, era Eucaristía.

Me fijaré después en un texto posterior de la Didajé, donde la comida compartida era siempre, de algún modo, eucaristía.

Sin pan compartido en la comunidad, sin comunión de pan con los hambrientos no existe eucaristía.

— En algunas comunidades de Pablo (Galacia, quizá Antioquía) el problema había sido el de poner dos mesas separadas, si podían comer juntos todos los cristianos, los de origen judío y los de origen gentil, de manera que Jesús apareciera como principio de unidad y comunión entre todos los hombres.
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— Más adelante, en Corinto, el problema fue el de unir la comida de los ricos y los pobres, que todos pudieran compartir el mismo pan, pues sin comunión de vida no existe eucaristía (las respuesta de Pablo a ese problema siguen siendo importantes todavía).

— Finalmente, el problema está en haber creado una eucarístía sin comida, adorar el pan «sagrado», pero no compartirlo… Sacarlo en procesión, pero sin que haya comunión entre todos los creyentes… y entre los creyentes ricos y los pobres del mundo.

El problema está evocado, un problema que sigue siendo un tesoro y un reto de los cristianos en el mundo. Siga leyendo quien quiere entender lo que supone en nuestro tiempo el Corpus.

Texto básico, empezamos por Pablo (1 Cor 11, 18-34).

[Divisiones]

Me han dicho que, al reuniros como iglesia, asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte… Cuando os reunís, pues, en común, no es comer la Cena del Señor, porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En eso no los alabo!

[Institución]

Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, dado por vosotros; haced esto en recuerdo…

[Misterio]

Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el Pan o beba la Copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada cual, y coma así el Pan y beba de la Copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo.

[Escatología]

Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados Mas, al ser castigados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.

[Separación]

Así pues, hermanos míos, cuando os reunáis para la Cena, esperaos los unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis para castigo vuestro (1 Cor 11, 18-34).

Divisiones en la Iglesia,

El texto es complejo y quien quiera estudiarlo a fondo deberá acudir a un comentario detallado de la Primera a los Corintios Aquí me limito a comentar los apartados básicos del texto, conforme a las palabras que he colocado entre corchetes:

El primer problema lo forman las divisiones de la iglesia, que son de varios tipos, como puede verse por el conjunto de la carta:

— la comunidad está formada por gentes de diverso origen y tendencia; hay líderes fuertes, coreados por unos y/o otros (cf. 1 Cor 1, 10.17);

— hay visiones diferentes sobre las relaciones sexuales y la forma de enfrentarse con los ídolos (cf. 1 Cor 7-8), lo mismo que sobre el valor del mundo actual y la resurrección (cf. 1 Cor 15).

Pues bien, entre esas divisiones, la más sangrante es aquella que divide a ricos y pobres, pues unos y otros celebran la cena fraterna en mesas distintas, con alimentos de valor muy desigual, de manera que unos pasan hambre y otros se exceden y emborrachan.

La respuesta de Jesús hubiera sido la participación plena: poner todo en común (panes y peces, vino y carne), bendiciendo a Dios sobre la comida compartida, que resulta suficiente y abundante para todos.

En este momento, dadas las circunstancias de la comunidad, el mismo Pablo que en Galacia (Antioquía) había mantenido la exigencia de comer juntos (sin separar el plano sacral y profano), se inclina ahora por una separación parcial de ambas comidas, al menos en casos como los que aparecen en Corinto, pues no quiere que en la reunión comunitaria existan diferencias. Por eso, los que quieran hacer ostentación de comida… que coman en casa.

Institución

Pablo funda esta separación en el recuerdo de Jesús, que él ha recreado a partir de la tradición eclesial, como indican nítidamente las palabras de la institución,

Ante la dificultad que siente en mantener unidas ambas mesas (Cena del recuerdo del Señor y la comida ordinaria), él ha optado aquí por separarlas de algún modo y destacar la primera…

Evidentemente, su respuesta no puede tomarse como una ley, para siempre, de forma que se escindan de un modo absoluto ambas mesas, como ha hecho parte de la iglesia posterior, que ha buscado la unidad eucarística de todos los cristianos (comiendo todos sólo un pedazo pequeñismo de pan)… y dejando la comida normal para las casas de cada uno.

En principio, la intención de Pablo había sido diferente: quiso que estuvieran unidas ambas meses, vinculadas las comidas; y así lo estableció, sin duda, al fundar la iglesia. Pero las dificultades posteriores le hicieron tomar esta medida de separación, que en aquellas circunstancias parecía necesaria, pero que no puede mantenerse de igual modo para siempre.

Misterio

De esa forma ha destacado Pablo el misterio de la Cena, estableciendo o ratificando un tipo de nueva sacralidad que ha triunfado a lo largo de la historia de la Iglesia. Pan y Copa del Señor reciben aquí valor sacral definitivo, vinculado a la Muerte de Jesús, que se interpreta como acontecimiento escatológico, momento del juicio de Dios.

En esa línea, lo que había sido Cena de Despedida, en comunión vital y entrega mesiánica de Jesús se concibe como misterio fundante de la iglesia, nueva revelación de la gracia de Dios.

Las discusiones sobre el sentido de ese texto han sido y siguen siendo muy intensas: algunos piensan que Pablo asume aquí el lenguaje religioso (pagano) del culto a los misterios; otros piensan que re-introduce concepciones sacrales del judaísmo apocalíptico… No podemos entrar en la discusión. Nos basta con decir que Pablo ha interpretado la eucaristía como centro y signo del misterio cristiano, presencia de Jesús entre sus fieles. Así lo ha visto, y ha visto bien. Por eso es cristiano.

Homeless children reach out from behind a fence as they wait to collect free clothes at a local charity in the northeastern Indian city of Siliguri September 27, 2006. REUTERS/Rupak De Chowdhuri (INDIA) BEST QUALITY AVAILABLE

El Pan eucarístico es el misterio de la Iglesia… es el Cuerpo y Sangre del Señor… En un momento determinado, ese “pan del recuerdo y presencia real del Señor” puede separarse de la comida normal de los creyentes…, pero sólo de un modo parcial, en un momento dado, no siempre… Esa “celebración del misterio” tiene que volver a la comida real, concreta, de los hombres y mujeres de Corinto y del mundo entero, creando así una comunidad de “comulgantes místicos”, pero también, al mismo tiempo, “comunidad de comulgantes concretos”, de hombres y mujeres que comparten el pan de la vida.

Escatología y separación

En ese fondo introduce Pablo unas observaciones escatológicas que nos resulta, al menos, muy extrañas, aunque acaban siendo muy certeras. Pablo piensa que la eucaristía es presencia definitiva del Señor, de tal manera que quien la celebra, en principio, no muere (tiene ya la vida eterna)… ¿Por qué? Porque aquellos que comen en fraternidad, unidos a Jesús, tienen la confianza de la Vida, saben que la Vida de Dios ha llegado, no pueden morir.

El problema está cuando esa certeza se entiende forma externa y así había aparecido en 1 Tes 4, 15-18: los cristianos tesalonicenses pensaban que no morirían, y Pablo tuvo que iluminar su fe por carta, diciéndoles que podían morir, pero que al fin, en la ya inminente parusía, todos (vivos y muertos) participarán del mismo triunfo del Señor. Leer más…

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«Hacer memoria de Jesús». Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (1 Corintios 11,23-26)

domingo, 29 de mayo de 2016
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10-CORPUS-256x300Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles.

Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte. Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en comunidad.

La escucha del Evangelio

Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos.

Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.

La memoria de la Cena

Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: «Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte… Este es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo».

En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús». Nos sentimos salvados por Cristo, nuestro Señor.

La oración de Jesús

Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre: pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.

La comunión con Jesús

Nos acercamos como pobres, con la mano tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: «Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano».

José Antonio Pagola

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«Comieron todos y se saciaron». Domingo 29 de mayo de 2016. Festividad del cuerpo de Cristo

domingo, 29 de mayo de 2016
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35-CorpusC cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 14, 18-20: Sacó pan y vino:
Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
1Corintios 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.
Lucas 9, 11b-17: Comieron todos y se saciaron.

La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto legendario, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos. Leer más…

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Dom 29.5.16. Corpus, fiesta de la Misericordia

domingo, 29 de mayo de 2016
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pan-y-vinoDel blog de Xabier Pikaza:

 Este domingo celebramos el Corpus de la Misericordia, como ha querido el Papa Francisco, y es buena ocasión para poner de relieve la relación que existe entre la Misericordia de Dios (entre los hombres) y Cuerpo de Cristo.

Como bien sabemos, Jesús ha rechazado (superado) un tipo sacralidad fundada en el sacrificio de animales y en el cumplimiento de unas leyes de pureza, para centrar su fiesta y su presencia en el pan compartido, como dicen dos textos famosos (Mt 9, 13; 12, 7: “misericordia quiero y no sacrificio”).

Así lo han puesto también de relieve los relatos de las “multiplicaciones”, que, en sentido estricto deberían llamarse “alimentaciones”, es decir, fiestas del pan compartido, abiertas a todos los hombres y mujeres del entorno, tanto a un lado del río y del lago de Galilea, como al otro, en la zona de los paganos y/o gentiles (Decápolis).

Marcos 6, 35-44 y 8, 1-10 (con los paralelos de Mateo, Lucas y Juan) han contado cuidadosamente esa “alimentaciones eucarísticas”, que son las primeras y más importantes de todas las fiestas del Corpus, es decir, del Cuerpo Mesiánico de Cristo.

Ciertamente, no están mal las procesiones de Toledo o Ledesma del Tormes, pero en sí mismas ellas se parecen menos a las fiestas del pan de Jesús en Galilea o Decápolis.

eucharist-adorationCorpus de verdad sería una fiesta del pan compartido en Ceuta o Idoumene (si es que queda allí alguien, si es que alguno logra superar las vallas de la policía “católica”), sin interesarse demasiado por la identidad personal y social de cada uno (soltero, casado, divorciado), para poner de relieve su hambre y su deseo de libertad y comunión. Sería bueno celebrar este año el Corpus de la Misericordia, como tiempo de comunión y presencia real de Cristo, en la eucaristía real de la comunión con los necesitados.

En este contexto quiero evocar y situar la fiesta del Corpus, que Jesús fue ensayando y preparando no sólo en sus “multiplicaciones” (alimentaciones) a campo abierto, sino también en otras comidas que compartió con hombres y mujeres de diversa condición, hasta la Última Cena, cuando le iban a matar por eso mismo (por dar de comer a y por comer con todos), con sus discípulos y amigos, en Jerusalén, diciéndoles que de esta dificultad ya no salía en este mundo, pues la policía le estaba persiguiendo los talones.

Fue cuando les dijo que la más honda comida termina siendo la de dar el propio cuerpo, compartir la vida y sangre con todos. Ésta es la fiesta del Corpus, es decir, de mi cuerpo entregado, compartido, al servicio de todos los cuerpos del mundo

13244690_594855500691646_4224160837643405285_nLos cristianos tenemos buena memoria y hemos conservado el recuerdo de las eucaristías de Jesús, en el campo y en las casas, hasta la última de Jerusalén, pero las hemos transformado tanto que ya casi nadie las conoce (¡iba a decir “ni la madre de Jesús”!).

Ciertamente, entre las comidas/corpus de Jesús en Galilea, Decápolis, Jerusalén… y la Eucaristía/Corpus de Toledo o Ponteareas hay una continuidad… pues aquellas llevan a estas, pero hace falta mucha imaginación y buena voluntad para descubrirlo.

Para trazar mejor ese argumento he querido escribir lo que sigue.

Imágenes: 1. «Especies». 2. Adoración. 3 (y final): Mercedarios de Sevilla en una procesión del Corpus.

Comidas mesiánicas, Corpus: Cristo es el pan compartido.

La verdad del Dios de Jesús se expresa en la comida, se vuelve comida compartida, anunciada ya por la profecía:

El Señor de los de Ejércitos prepara sobre este monte (Jerusalén, el mundo entero), un festín de manjares suculentos para todos los pueblos, (Is 25, 6).

Sólo podemos decir que Jesús es Mesías si se expresa y se despliega en forma de pan compartido. Ciertamente, no sólo de pan vive el ser humano, como sabe Mt 4, 4. Por eso, siendo pan “material” (=comida) el Pan del Corpus de Jesús es comida (banquete) de perdón y gratuidad, de comunicación entre los hombres:

1. La comida de Jesús es comida es perdón y fraternidad.

Así se dice que él ha compartido el pan con los pecadores (Mc 2,13-17), aceptando su hospitalidad y sentándose a su mesa. Lógicamente, ese gesto le lleva a superar el ritual judío de comidas (7, 1-23), centrado en la separación de puros e impuros, iniciando un proceso que culmina en la apertura a los gentiles (7, 24-30), es decir, a los llamados impuros, como indica el relato de la siro-fenicia.

Ésta es quizá la comida más importante de Jesús, cuando ofrece el “pan de los hijos”, de los buenos judíos puros… a la madre y a la hija que son siro-fenicias. También ellas, las “gentiles impuras” pueden comulgar, compartir el pan concreto de Jesús, en sentido material y religioso. Leer más…

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26.5.16. Corpus. Cuerpo y Sangre de Cristo, vida humana

domingo, 29 de mayo de 2016
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eucaristiaLeído en el blog de Xabier Pikaza:

El día del Corpus, que tradicionalmente se celebra el jueves después de la Trinidad, la Fiesta de Dios hecho carne y sangre humana, es la fiesta cristiana de la humanidad de Dios, de la divinidad del hombre

El conjunto de la iglesia la celebra ahora esta fiesta el próximo domingo, pero hay multitud de lugares (desde Toledo a Ledesma de Salamanca) en los que se sigue celebrando este jueves, mañana 26-5.16.

Por eso quiero ofrecer una reflexión eucarística fundamental, en la línea de lo que he venido haciendo otros años, desde 2007.

Esta fiesta tiene cien matices, mil riquezas que deben ponerse de relieve en diálogo con la humanidad (el cuerpo de Dios es por Cristo el ser humano entero, la humanidad completa)y en especial con otras confesiones cristianas, que han matizado el sentido de la Eucaristía, en otras perspectivas.

para-celebrar-fiesta-del-pan,-fiesta-del-vinoÉsta es una fiesta religiosa y social, es cristiana y quiere ser universal, la fiesta de todos aquellos que quieren vincularse entre sí, de un modo concreto, compartiendo pan, bebiendo juntos el vino de la vida, en alegría y esperanza, dispuestos a entregar su propia vida, unos por los otros.

Hoy quiero ofrecer simplemente un resumen de lo que significa esta fiesta, este día, desde una vertiente bíblica, católica, en la línea de lo que escribí en un libro titulado: Fiesta del Pan, Fiesta del Vino. Mesa común y Eucaristía. También he desarrollado el tema en el Gran Diccionario De la Bibía (entradas: Última Cena, Eucaristía).

Buen Corpus a todos, feliz día de mañana, feliz próximo domingo.

1. La Cena de Jesús.

Contexto histórico Jesús no ha sido un profeta de ayunos, sino que ha sabido beber y ha bebido, compartiendo con los marginados de su pueblo, el pan y los peces, como han destacado los evangelios en los diversos relatos de las “multiplicaciones”, que debemos entender como comidas mesiánicas de Jesús, a cielo abierto, con todos los que vienen (cf Mc 6,30-44; (, 1-10 par). En ese fondo se sitúa mejor su manera de asumir la muerte.

Sintiéndose amenazado, Jesús quiso beber con sus amigos el vino de fiesta final, prometiendo que la próxima vez lo bebería con ellos en el Reino. Por eso, es normal que las iglesias de Jerusalén y Antioquía (representadas por los textos de la institución eucarística) y luego todas las iglesias hayan conservado las palabras de la última cena sobre el vino como expresión radical de la entrega y esperanza de Jesús (uniéndolas a la palabra sobre el pan), como seguiremos indicando.

a. Mc 14, 25a par. Voto de abstinencia:

«En verdad os digo, que ya no volveré a beber del fruto de la vid…». Este pasaje vincula dos elementos:

(1) Voto de renuncia: Jesús se compromete a no tomar más vino mientras siga existiendo el mundo actual.

(2) Promesa de abundancia: Jesús anuncia a sus amigos el vino del Reino. El texto comienza de un modo elevado (en verdad os digo…), y sigue con una triple negación (no, no, no: ouketi ou mê…), que debe interpretarse como juramento o voto sagrado, en el que el mismo Dios actúa como testigo, en fórmula que podría traducirse: «así me haga Dios en el caso de que…».

En el momento más solemne de su vida, rodeado por sus discípulos, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue en plenitud el Reino que él ha prometido e iniciado (cf. Mc 9, 1; 13, 30), Este juramento puede interpretarse como voto de abstinencia escatológica, de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús puede presentarse como nazareo del reino, renunciando al vino. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más vino en este mundo viejo, en este orden de cosas, pero añade que llega (se está acercando de inmediato) el reino.

b. Mc 14, 25b. Vino nuevo del Reino.

Jesús promete abstenerse de beber vino “hasta que beba (con vosotros) el vino nuevo del Reino”. Eso significa que ha puesto su destino al servicio de la viña de Dios, es decir, de la plenitud escatológica. Con el “vino de este mundo”, en la fiesta de su despedida (entrega), ha prometido a sus amigos el “vino nuevo” (es decir, el vino de la nueva cosecha del Reino).

Este juramento escatológico deriva de todo su camino de evangelio: Jesús ha ofrecido su mesa (pan y peces) a los marginados y pobres, a los publicanos y multitudes. Ahora, en el momento final, asumiendo y recreando la mejor tradición israelita, él declara y proclama delante de sus amigos que ha cumplido su camino, ha terminado su tarea: sólo queda pendiente la respuesta de Dios, el vino del “año nuevo”, la fiesta del Reino.

Así pasa del “vino viejo” de esta fiesta de despedida (que el ritual de la institución eucarística interpreta como sangre de alianza: Mc 14, 23-24) al “vino nuevo” de la promesa de culminación mesiánica: al beber la última copa (copa vieja), en compañía de sus discípulos, Jesús les está invitando a tomar la “nueva copa” en el Reino, es decir, en la vida compartida para siempre. Entendido de esta forma, este logion desborda el nivel de los elementos centrales de la pascua judía (pan sin levadura, hierbas amargas o cordero sacrificado), abriéndose a la nueva tierra y vino del Reino.

2. Cena de Jesús.

Fundación de la Eucaristía. Podemos recordar los datos básicos

(a) Los defensores del sistema han condenado a Jesús como socialmente peligroso. Los sanedritas pueden acusarle de blasfemo, diciendo que ha querido colocarse en el lugar más alto, como Dios para su pueblo (cf. Mc 14, 64); en realidad le han rechazado por a-social o antisocial: no encaja dentro del orden de su “templo” (cf. Mc 12, 10-11). Los romanos le condenan a muerte porque quiere hacerse Rey de los judíos (Mc 15, 12), ocupando así un lugar que estaba ya ocupado por el César, rey de Roma y portador de un “orden sagrado” sobre el mundo.

(b) Jesús ha muerto como representante mesiánico de Dios. Profundizando en esa experiencia, los cristianos han comprendido que la última razón de su condena no ha sido la dureza de aquellos sus jueces y verdugos, sino el modo de actuar del mismo Jesús. Su forma de vida, su proyecto de reino, le ha convertido en un hombre peligroso. Por portarse como se ha portado, por defender lo que ha defendido, ha tenido que estar dispuesto a morir. Ciertamente, le han matado. Leer más…

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Fiesta del Corpus Christi. Ciclo C.

domingo, 29 de mayo de 2016
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Panes y pecesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Las tres lecturas

La primera, del libro del Génesis, ha sido elegida porque habla del pan y del vino que el rey de Jerusalén ofreció a Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Parece un poco traída por los pelos, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abrán, diciendo:

            ‒ «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.»

            Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

La segunda, de la carta a los Corintios, cuenta lo ocurrido en la última cena. Lo más típico de Pablo es la advertencia final: cuando celebráis la cena del Señor, no estáis celebrando una comida normal y corriente, en la que algunos se emborrachan o se hartan de comer mientras otros pasan hambre (como ocurría de hecho en la comunidad); estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Hermano: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

En el evangelio, Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

            ‒ «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

            Él les contestó:

            «Dadles vosotros de comer.»

            Ellos replicaron:

            «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

            Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos:

            «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

            Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce personas (a unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes?, ¿en manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol?, ¿tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

― Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

― ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

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Corpus Christi. 29 mayo, 2016

domingo, 29 de mayo de 2016
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CorpusA

“Cuando los apóstoles regresaron, le contaron cuanto habían hecho. Y Jesús, tomándolos consigo, se retiró aparte, hacia una ciudad llamada Betsaida. Pero las gentes lo supieron y le siguieron. Y él, acogiéndolas, les hablaba del Reino de Dios y curaba a las que tenían necesidad de ser curadas.”

Este es el pórtico del pasaje evangélico que conocemos como “la multiplicación de los panes”, que es el que este año nos propone la Iglesia para celebrar el Corpus Christi. ¿Qué puede decirnos hoy esta fiesta, que surge en la Edad Media  como una celebración de la Presencia de Jesús en la Eucaristía? Con este evangelio, la Iglesia nos ofrece una respuesta: volvamos nuestra mirada aún más atrás, a la vida misma de Jesús y al tiempo de las primeras comunidades cristianas que nacen de su Resurrección.

Para estas primeras comunidades, esta escena debió de ser tan esencial que aparece recogida  en los cuatro evangelios como una profundísima catequesis sobre la Eucaristía. La Presencia de Jesús en la Eucaristía se nos presenta en estos relatos como indisolublemente unida a:

  • la Comunidad de discípulos y discípulas que se deja incorporar a Cristo (“tomándolos consigo”) y, así, es introducida en misterio de Dios Trinidad (“se retiró aparte”);
  • y a esta misma Comunidad que, desde esta profunda comunión, se entrega, en pobreza y humildad, a la humanidad más herida y necesitada (“dadles vosotros de comer”).

Es a través de este doble movimiento como Jesús se hace Eucaristía, presencia viva en el mundo.

Podemos, pues, acoger hoy este evangelio dejándonos “tomar” por Jesús, que, como a los primeros discípulos, nos incorpora a su propio cuerpo y “se retira aparte”,  es decir, se adentra en su relación con el Padre. Permitamos que, con nosotras en su corazón, Jesús “acoja a las gentes que lo buscan” y se les entregue anunciándoles el Reino (la presencia de Dios) y sanando sus corazones y sus vidas. Dejemos resonar en nuestro interior su poderosa invitación: “dadles vosotros de comer”. Pongamos en sus manos nuestra pobreza para que Él la llene de su Presencia y nos la devuelva convertida en alimento de Dios para ser entregado a nuestros hermanos y hermanas.

Oración:

Tómanos, Señor Jesús, en tu corazón y haznos Comunidad. Toma nuestra pobreza y devuélvenosla llena de tu Santo Espíritu, para que podamos entregarla a nuestros hermanos y hermanas como alimento del Reino de Dios.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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«Abrirnos al misterio de Dios». Fiesta de la Trinidad – C (Juan 16,12-15)

domingo, 22 de mayo de 2016
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9-TRINIDAD-300x297A lo largo de los siglos, los teólogos han realizado un gran esfuerzo por acercarse al misterio de Dios formulando con diferentes construcciones conceptuales las relaciones que vinculan y diferencian a las personas divinas en el seno de la Trinidad. Esfuerzo, sin duda, legítimo, nacido del amor y el deseo de Dios.

Jesús, sin embargo, no sigue ese camino. Desde su propia experiencia de Dios, invita a sus seguidores a relacionarse de manera confiada con Dios Padre, a seguir fielmente sus pasos de Hijo de Dios encarnado, y a dejarnos guiar y alentar por el Espíritu Santo. Nos enseña así a abrirnos al misterio santo de Dios.

Antes que nada, Jesús invita a sus seguidores a vivir como hijos e hijas de un Dios cercano, bueno y entrañable, al que todos podemos invocar como Padre querido. Lo que caracteriza a este Padre no es su poder y su fuerza, sino su bondad y su compasión infinita. Nadie está solo. Todos tenemos un Dios Padre que nos comprende, nos quiere y nos perdona como nadie.

Jesús nos descubre que este Padre tiene un proyecto nacido de su corazón: construir con todos sus hijos e hijas un mundo más humano y fraterno, más justo y solidario. Jesús lo llama «reino de Dios» e invita a todos a entrar en ese proyecto del Padre buscando una vida más justa y digna para todos empezando por sus hijos más pobres, indefensos y necesitados.

Al mismo tiempo, Jesús invita a sus seguidores a que confíen también en él: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios; creed también en mí». Él es el Hijo de Dios, imagen viva de su Padre. Sus palabras y sus gestos nos descubren cómo nos quiere el Padre de todos. Por eso, invita a todos a seguirlo. Él nos enseñará a vivir con confianza y docilidad al servicio del proyecto del Padre.

Con su grupo de seguidores, Jesús quiere formar una familia nueva donde todos busquen «cumplir la voluntad del Padre». Esta es la herencia que quiere dejar en la tierra: un movimiento de hermanos y hermanas al servicio de los más pequeños y desvalidos. Esa familia será símbolo y germen del nuevo mundo querido por el Padre.

Para esto necesitan acoger al Espíritu que alienta al Padre y a su Hijo Jesús: «Vosotros recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y así seréis mis testigos». Este Espíritu es el amor de Dios, el aliento que comparten el Padre y su Hijo Jesús, la fuerza, el impulso y la energía vital que hará de los seguidores de Jesús sus testigos y colaboradores al servicio del gran proyecto de la Trinidad santa.

José Antonio Pagola

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«Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará». Domingo 22 de mayo de 2016. Santísima Trinidad

domingo, 22 de mayo de 2016
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34-TrinidadC cerezoLeído en Koinonia:

Proverbios 8, 22-31: Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada.
Salmo responsorial: 8: Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!.
Romanos 5, 1-5: A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu.
Juan 16, 12-15: Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará.

(Comentario homilético elaborado en un ciclo anterior por Mons. Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua)

La revelación de Dios como misterio trinitario constituye el núcleo fundamental y estructurante de todo el mensaje del Nuevo Testamento. El misterio de la Santísima Trinidad antes que doctrina ha sido evento salvador. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la humanidad, donando la vida y comunicando su amor, introduciendo y transformando el devenir de la historia en la comunión divina de las Tres personas. Por eso se puede hablar de una preparación de la revelación de la Trinidad divina antes del cristianismo, tanto en la experiencia del pueblo de la antigua alianza tal como lo atestiguan los libros del Antiguo Testamento, como en las otras religiones y en los eventos de la historia universal.

El Nuevo Testamento, más que una doctrina elaborada sobre la Trinidad, nos muestra con claridad una estructura trinitaria de la salvación. La iniciativa corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, que por amor se entrega a la muerte; y la actualización perenne es obra del don del Espíritu, que después de la resurrección es enviado por Jesús de parte del Padre y que habita en el creyente como principio de vida nueva configurándolo con Jesús en su cuerpo que es la Iglesia.

La primera lectura (Prov 8,22-31) es un himno a la sabiduría divina considerada en su doble dimensión trascendente e inmanente. La Sabiduría es trascendente pues ella es el proyecto de Dios, su voluntad, sus designios, su Palabra, su Espíritu; pero también es encarnada ya que el proyecto divino se realiza en la creación y en la historia, la voluntad de Dios se manifiesta en la Escritura y a través de su Espíritu se convierte en una realidad interior al ser humano. De esta forma la reflexión sapiencial bíblica supera la simplificación panteísta o dualista en su visión de Dios.

En los vv. 22-25 el autor bíblico nos sitúa “antes” de la creación, en la eternidad de Dios, presentando la Sabiduría como una realidad divina y trascendente, anterior a todas las realidades cósmicas: “El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas… cuando no había océanos, fui engendrada, cuando no existían los manantiales ricos de agua”. En los vv. 26-31 la Sabiduría parecer ser una realidad creada pues aparece contemporánea a la creación. La Sabiduría está presente también en el ser humano, en su inteligencia, en su felicidad: “Cuando consolidaba los cielos allí estaba yo, cuando trazaba la bóveda sobre la superficie del océano, cuando señalaba al mar su límite… a su lado estaba yo como confidente, día tras día lo alegraba y jugaba sin cesar en su presencia; jugaba con el orbe de la tierra, y mi alegría era estar con los seres humanos”.

Este himno ha llegado a ser en la tradición cristiana un preanuncio de la encarnación de la Palabra (Jn 1), que “al principio estaba junto a Dios, todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuando llegó a existir” (Jn 1,2-3), y que al final de los tiempos “se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

La segunda lectura (Rom 5,1-5) es una especie de declaración paulina de sabor trinitario sobre la situación del ser humano que ha sido justificado gracias a la fe en Cristo: “Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo… y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (vv. 1.5). Pablo afirma la dimensión trinitaria de la vida creyente. Reconciliados con Dios por la fe, estamos en una situación de “paz” y de “esperanza”, paz que supera la tribulación y esperanza que transforma el presente.

El evangelio (Jn 16,12-15) constituye la quinta promesa del Espíritu en el evangelio de Juan. Se habla del Espíritu como defensor (“Paráclito”) y como maestro, llamándolo “Espíritu de la verdad”. La verdad es la palabra de Jesús y el Espíritu aparece con la misión de “llevar a la verdad completa”, es decir, ayudar a los discípulos a comprender todo lo dicho y enseñado por Jesús en el pasado, haciendo que su palabra sea siempre viva y eficaz, capaz de iluminar en cada situación histórica la vida y la misión de los discípulos.

El Espíritu tiene una función “didáctica” y “hermenéutica” con relación a la palabra de Jesús. El Espíritu Santo no propone una nueva revelación, sino que conduce a una total comprensión de la persona e del mensaje del Señor Resucitado. El Espíritu, por tanto, “guía” (v. 13) hacia la “Verdad” de Jesús, es decir, hacia su revelación, de tal forma que la podamos conocer en plenitud. Leer más…

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Dom 22.5.16. Trinidad, viaje al interior de Dios y al exterior de los hombres (con Mateo)

domingo, 22 de mayo de 2016
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13260236_591380797705783_381703335319565609_nLeído en el blog de Xabier Pikaza:

Celebra este domingo la iglesia la Fiesta de la Trinidad, como culmen y compendio de todas las fiestas del año: del Dios que es Padre, es Hijo y es Espíritu.

La formulación más clara de la Trinidad la ofrece el final Evangelio de Mateo, que culmina con la gran palabra del envío:

Id al mundo entero,
ofreced este camino (evangelio) a todas las naciones,
bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,
y yo (Jesús) estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.

Éste es el desenlace y fin del evangelio, que hoy quiero interpretar como viaje al interior de Dios, siguiendo el esquema y camino del evangelio de Mat3eo, con los textos más significativos que van jalonando esa marcha, con Jesús, desde su nacimiento hasta su pascua.

Es un viaje al interior de Dios, como vida de amor que se revela en la historia de los hombres, vida que los textos primordiales de Mateo (1, 18-25; 3, 17-17; 11, 25-30; 17, 1-8 y sobre todo 28, 16-20) interpretan y entienden como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

— Es un viaje que culmina en forma de Universalidad Humana, pues el Dios Padre, Hijo y Espíritu vincula en amor (en futuro de salvación) a todos los pueblos de la tierra, judíos y gentiles, cristianos y no cristianos. De esa forma, el vieja al interior se convierte en viaje al exterior de todos los hombres y mujeres.

Como verá el lector por la imagen, presentaré los momentos básicos de este «viaje trinitario», al interior de Dios y al Exterior de todos los hombres, en una Vigilia de Oración y Reflexión, que se celebrará en Valencia, el próximo sábado.

Allí invito a los que quieran acudir. Los otros podrán ver el esquema general, con los momentos básicos de este gran gran camino: Cuanto más entremos en Dios más podremos extendernos en solidaridad de amor y justicia hacia todos los hombres y mujeres de la tierra, porque el interior de Dios es principio de reconciliación y unidad (en la diversidad) de todos los pueblos y personas del mundo.

En los días próximos, como corresponde a este fiesta, presentaré otras facetas del Dios Trinitario. Buen fin de semana a todos.

MATEO, UN VIAJE AL INTERIOR DE DIOS

1. Introducción, dos nombres de Dios:
a. Biblia entera, la Iglesia: Itinerario de Dios a los hombres
b. Mateo: Un viaje al interior de Dios. Del Emmanuel, Dios con nosotros (1, 18-25) al “yo estoy con vosotros” del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo (28, 16-20)

2. Evangelio de la infancia, Mt 1-2: Comienzo de un camino de oración-vida con Jesús
a. Oración de la historia (genealogía: 1, 1-17). Con todo tu pasado, las edades del hombre, tus edades.
b. La fe de José (1, 18-28): Toma a María y al niño, camina con ella, una vida acompañada
c. La oración de los “magos” (Mt 2): Una estrella en tu camino, desde tu propio Oriente

3. Iniciación y tentación, Mt 3-4. Despertar a la oración, una vida como prueba en Dios
a. Juan, el Maestro (Mt 3). Conversión, ante el río de la vida, ante la gracia del perdón
b. El Tentador, anti-trinidad (Mt 4): pan/capital, engaño/milagro y poder/opresión.

4. Una experiencia bautismal. Oración, bautismo en Dios, la vida (3, 16-17)
a. Al “salir” del agua, en el fondo de tu conversión: Dios viaja/vive en ti (eres su presencia).
b. La “paloma” de la vida (el Espíritu que vuela), la “voz” del Padre: ¡Eres mi hijo!

5. Decídete: con-versión, meta-noia, tu verdadera realidad (4, 17).
a. Todo se centra en con-vertíos, meta-noéite (shub): Juan ante el río (1, 2), Jesús en la Montaña (4, 7)
b. Conversión (meta-noia): es pensar/ser (noein) de otra manera, más allá del pensamiento
c. Esa meta-noia no es penitencia, sino revelación viaje y presencia de Dios en nuestra vida
d. Porque viene el Reino: Del Reino que viene (como don de Dios) nace la meta-noia

6. No hagáis vuestra justicia para que es vean… Justicia como transparencia ante el Padre (6, 1-18).
a. Justicia es limosna (6, 1-4): Que tu vida y posesiones sean don para los otros, ante el Padre.
b. Justicia es oración (6, 5-15): Que tu palabra sea diálogo de amor/vida, desde el Padre
c. Justicia es ayuno (6, 16-18): Que puedas así regalar tu vida, no cerrarte en ti mismo.

7. Cuando oréis… (6, 5-15). Manual de vida interior, una experiencia total
a. No hagas, como los hipócritas en la pura calle… Entra en tu “cámara secreta”, donde mora el Padre
b. No repitas palabras, como los gentiles: Dios “te sabe”, te conoce; déjate conocer y habitar por él
c. Oración universal, Padrenuestro: Reino y Santidad, Pan y Perdón, con Libertad
d. La oración es el Perdón: Perdonarlo todo y a todos, dejarte transformar por el perdón que es Dios

8. No os preocupéis, buscar el Reino y lo demás se os dará por añadidura (6, 25-34)
a. Como los pájaros del cielo… El pan es don: Recíbelo, compártelo, regálalo en amor. Confía
b. Como los lirios del campo… Tu “vestido” es Dios, Dios es tu honra. Goza por ello, resplandece
c. Dios es Amor, es Reino compartido, es Gratuidad. No te destruya la preocupación…

9. Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá (7, 7-11)
a. Las tres tareas del viaje: Pedir, buscar, llamar… El Reino y respuesta de Dios en el mismo camino
b. Pedir es influir en Dios, colaborar con él, abriendo juntos el camino. Dios busca en nosotros
c. Ante la Gran Puerta: ¡Rompe la tela/puerta de este dulce/fuerte encuentro! Que podamos nacer en ti

10. Gracias te doy, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado estás cosas… (11, 25-27)
a. Has ocultado estas cosas… (=los sabios/prudentes no entienden, se cierran en sí mismos)
b. Las has revelado a los pequeños (=oración como descubrimiento de Dios en la pequeñez de la vida)
c. Todo me lo ha dado mi Padre. Oración de Jesús, nuestra oración: Dios no regala todo su “ser”

11. Misericordia quiero y no sacrificio, oración encarnada (9, 13; 12,7, con Oseas 6,6).
a. La oración no es sacrificio, matar para Dios corderos, “matarse” uno a sí mismo, sino vivir, dar vida.
b. La oración es misericordia: perdonar (9, 13), hacer que todos coman (12, 7)
c. Misericordia (Ex 34) es rehem (amor entrañable), hen (gratuidad), hesed (pacto) y emunah (verdad).

12. Orar, acción de gracias por la comida: multiplicar/compartir los panes (14, 15-21; 15, 32-38)
a. Eulogêsen (bendecir) a Dios por el pan compartido (14, 19). Eulogía, oración israelita
b. Eukharistêsas (dando gracias)… partió/compartió el pan (15, 37). Eucaristía, oración cristiana

13. Orar, negarse uno a sí mismo, ganar (descubrir, recibir) la propia vida (16, 24-28)
a. Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo. Hay un “sí mismo” falso, que destruye al ser humano
b. Descubrir el “sí mismo” en el camino de Jesús, dejar así que Dios se expresa y sea en mi vida
c. Ganar todo el mundo, perder la propia vida… Lo que importa es que seas tú mismo (Dios en ti).

14. Orar es subir con Jesús a la montaña y escuchar la Voz: ¡Éste es mi Hijo, tú eres mi hijo! (17, 1-8)
a. Pedro, Santiago, Juan: Tres orantes, todos los orantes, en el monte (Sinai, Tabor, Carmelo, Gólgota)
b. El testimonio, más allá de la nube, Jesús y sus “compañeros”: Moisés y Elías (también tú)
c. La Voz: Dios Padre como una llamada: ¡Seguidle, escucharle!

15. Oración de sanación: bajar de la montaña, curar al hijo “lunático” (17, 9-21)
a. Bajar de la montaña, al valle de la vida (Salve: de lágrimas) donde nadie puede curar al niño enfermo
b. Un niño “selêniakós” (lunático): como poseído por un poder cósmico dislocado
c. Orar es fe para curar: ¡Si tuvierais fe (=oración…), como un grano de mostaza dirías a ese monte…

16. Donde dos o tres se unan: oración de comunión, oración de presencia (18, 19-20)
a. Donde dos se unan y pidan juntos, mi Padre se lo concederá (orar es pedir; orar es unirse…)
b. Donde dos o tres se unan en mi Nombre… allí estoy yo en medio de ellos (Jesús es la comunión)
c. El plano vertical (Dios) y el horizontal (unión de hermanos) se vinculan en el Cristo.

17. No llaméis a nadie Rabbi, Padre, Catequeta… Sólo hay un Padre, todos sois hermanos (23, 8-12)
a. Nadie es “maestro” de oración de nadie, todos somos compañeros de camino
b. Contra todo “dominio” espiritual, contra toda imposición orante. Orar es comunión en libertad

18. Que nadie os engañe, vendrán muchos en mi nombre diciendo “soy el Cristo” (23, 4-8 y 13, 17-20)
a. Contra todos los engaños apocalípticos de los agoreros del miedo, no os dejéis engañar (23, 4-8)
b. No os preocupéis de defenderos, el Espíritu de mi Padre os dará la Palabra, os defenderá… (13, 17-20)
c. En esa línea ha elaborado el evangelio de Juan la teología del “paráclito”: Espíritu consolador-defensor

19. Oración es Eucaristía: ¡Esto es mi cuerpo, ésta es la sangre de mi alianza…! (26, 26-30)
a. Orar es dar la vida a Dios por los otros, como pan. Así dice y hace Jesús: Esto es mi cuerpo
b. Orar es entregarse, regalar la propia vida (no cosas, bienes externos): Esta es la sangre de mi alianza

20 Oración es Getsemaní, prueba y don final: aparta de mí este cáliz (26, 36-46)
a. Descubrir la voluntad de Dios y cumplirla (Padrenuestro: hágase…), en el fracaso del propio plan…
b. Velad conmigo: mantenerse vigilantes en la hora (en la noche, en la prueba).
c. Es la soledad final ante Dios, la vida entera como don, el gran regalo en la impotencia poderosa.

21. Orar es confesar la propia identidad, no negarse y negarla ante el “Sanedrín” (26, 59-66)
a. El tribunal acusa, el mundo juzga…El camino de oración te lleva ante la justicia de este mundo
b. Jesús responde: ¡Yo soy, y veréis…! Veréis el Hijo del Hombre, el defensor de los pobres
c. Frente al riesgo de Pedro, que no confiesa. No ha sido capaz de mantener la oración…

22. Oración del silencio ante Pilato: ¿Eres el Rey de los judíos? ¡Tú lo dices! (27, 3-25)
a. Jesús no se defiende, no argumenta, sólo contesta: ¡Tú lo dices! El juicio está fijado de antemano.
b. Sin una meta-noia (un pensar distinto) no se entiende el camino de Jesús. Hacen con él, él calla.
c. Querer que todos vean (descubran) esa nueva dimensión (meta-noia), eso es la oración

24. Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? (27, 46)
a. Diálogo con Dios, sin respuesta en este mundo (a este lado del velo: cf. 27, 51)
b. La vida entera como gran pregunta elevada a Dios, desde la fidelidad en ese mundo
c. La muerte como oración suprema: Una muerte preparada y acogida por fidelidad a Dios.

25. Del interior de Dios, al gran mandato de presencia/misión universal (28, 16-20)
a. La muerte de Jesús ha sido ya resurrección: culminación del “viaje” al interior de Dios
b. La muerte pascual de Jesús se expresa como experiencia de resurrección para sus discípulos
c. La pascua como es universal: “id a todos los pueblos, bautizándoles en el nombre del Padre, Hijo, Espíritu Santo
d. Yo estoy con vosotros todos los días… Para que así realicemos el mismo viaje de Jesús

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22. 5. 16. Fiesta de la Trinidad, con Ricardo de San Víctor

domingo, 22 de mayo de 2016
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vei-203Del blog de Xabier Pikaza:

Difícil es entrar en la fiesta de la Trinidad con mejor pie que volviendo a la obra clásica de Ricardo de San Víctor, que fue un monje de la Abadía de San Víctor en Paris, en el siglo XII.

Era de origen británico, especialista en oración, maestro de novicios, buen agustiniano, experto en el amor como principio de toda comunicación y toda vida, tanto en Dios como en la historia de los hombres.

Ricardo se mantuvo fiel a la gran tradición de la Iglesia, se inspiró en San Agustín, tomó como clave de bóveda de su pensamiento la comunidad de vida entre los hombres, y presentó de esa manera al mismo Dios, como génesis (despliegue) de amor y como amor cumplido (en comunión), tanto en la eternidad como en la historia de los hombres.

En esa línea quiso definir al ser humano como «ex-sistencia», una persona que proviene del amor de otras personas y que sólo tiene entidad en sí (sistencia) al ser desde (ex-) y al entregarse desde sí, viviendo de esa forma en otros y con otros.

Desde ese fondo escribió este tratado de la Trinidad, el más perfecto de todos los que se han escrito, de un modo unitario, tanto en oriente como en occidente, en un momento en que las iglesias no se hallaban todavía plenamente divididas, antes de la irrupción de la «escolástica» del siglo XIII, que ha marcado hasta hoy la historia de la teología y de la iglesia de occidente.

13260242_591999657643897_7436961372818295569_nÉste es el mejor canto que yo puedo elevar a la Trinitas-Unus-Deus, al Dios que es Padre, es Hijo y es Espíritu esta víspera de su fiesta.

He desarrollado el tema en otras ocasiones. Hoy quiero presentar gozosamente la traducción castellana de este libro, aquí precisamente, en Salamanca, en le Editorial Sígueme, a la que felicito por el buen trabajo realizado, al servicio de todos los amigos de los buenos libros sobre Dios. Buen día a todos.

Imagen 2: Maestro de San Víctor enseñando

Ricardo de San Víctor, La Trinidad, traducción, notas e introducción de E. Otero, Sígueme, Salamanca 2015, 368 págs.

Edición bilingüe de la obra clásica de Ricardo de San Víctor, con el texto latino fijado por la edición crítica de J. Ribaillier, Richard de Saint-Victo. De Trinitate, TPhMA 6, Paris 1958, que no ha sido mejorado, por el que ofrece G. Salet en Richard de Saint Victor: la Trinité, S.Ch, Paris 1959. La traducción, de tipo más filológico que teológico, ha sido realizada por E. Otero, que ofrece también una breve introducción, con una bibliografía básica (págs. 11-29), con algunas notas aclarativas, de tipo fundamental, que van apareciendo en los lugares algo más conflictivos del texto. El prof. A. Cordovilla ofrece un Breve Prólogo en perspectiva teológica (págs. 7-9), para situar la obra dentro de un contexto teológico básico.

Ésta es una obra básica de la teología católica y del pensamiento de occidente, que todos los especialistas hemos estudiado y comentado, al ocuparnos no sólo de la historia de la Trinidad en el pasado, sino también de su sentido actual, pues la experiencia eclesial y la argumentación de fondo de Ricardo de San Víctor no ha sido todavía plenamente asumida y desarrollada en la teología trinitaria. Los editores (Sígueme, Salamanca) han ofrecido la mejor presentación posible del texto latino y castellano, a dos caras, de manera que especialistas, los estudiantes y todos los interesados por la teología podrán situarse con toda fiabilidad (y facilidad) ante el texto.

Quiero ofrecer aquí mi felicitación al traductor y a los editores de esta obra que, a mi juicio, debería ser completada con un estudio, igualmente bien editado, del origen, aportación y actualidad de la teología trinitaria de Ricardo de San Víctor, en la línea de lo que yo mismo he venido realizando, desde mi tesis doctoral en Teología (Amor y Trinidad en Ricardo de San Víctor, Salamanca 1971), pasando por las reflexiones que orezco en El Dios Cristiano. Diccionario de Teología (Salamanca 1991), en Enquiridion Trintatis (Salamanca 2005) y en mi reciente tratado Trinidad. Itinerario de Dios a los hombres (Salamanca 2015). En esa línea me atrevo a condensar tres rasgos distintivos de la aportación de Ricardo a la teología y actualidad trinitaria de la Iglesia, que aparecen con toda claridad en esta edición de su obra:

Ontología del amor en comunión. Apoyado en la experiencia cristiana (Hch 2, 43-47; 4, 32-36) y en el valor radical de la amistad (en una línea cercana a la del Evangelio y Cartas de Juan, retomando intuiciones esenciales de San Agustín), Ricardo ha concebido a Dios como un itinerario de amor, conforme al cual las personas surgen unas de las otras y se implican mutuamente. En esa línea, él vincula dos modelos:
(a) Uno más metafísico, de carácter genético, propio de los neoplatónicos que conciben el ser como proceso de realización interna.
(b) Otro de tipo relacional, de tipo más cristiano, que interpreta a los hombres (personas) como miembros de un encuentro de amor, en un contexto en el que Dios se entiende como Padre que engendra a su Hijo Jesucristo.

Vinculando esos modelos e insistiendo en la experiencia original del cristianismo, Ricardo ha unido génesis y encuentro personal, entendiendo el amor como un proceso de ser (generación) que lleva de Dios Padre a Jesucristo, su Hijo, y como unidad relacional, comunión de amigos que se encuentran y gozan al hallarse mutuamente vinculados. De esta forma enlaza ontología y antropología trinitaria, concibiendo el ser fundamental (ousia) como amor, e insistiendo en la visión del hombre como realidad comunitaria. Por eso, a su juicio, no se puede hablar de Trinidad partiendo del proceso individual de una mente que se sabe y se ama (en una línea que desarrollará la tradición de San Anselmo y de Santo Tomás), pues sólo donde existe comunión de amor puede hablarse de personas, es decir, de Trinidad.

Esta ontología culmina en la visión del Espíritu Santo como “condilecto”: El amor de dos (Padre e Hijo) no puede encerrarse en ellos mismos, sino que ha de abrirse desde los dos a un “tercero”, suscitando el Espíritu común, fruto del amor que ambos se tienen, pues allí donde sólo hay dos personas no se puede hablar aún de personas verdaderas. Así pasamos de la fuente única de amor que es el Padre, y de la comunión de amor compartido, que forman el Hijo y el Padre, a la comunión ternaria, del Padre y el Hijo en el espíritu, pues sólo en comunión abierta a un tercero existen auténticas personas (cf. De Trin III, 2-4).

El tema del tercero. En esa línea culminan los grados del amor, la generosidad engendradora (Padre) y la acogida agradecida (Hijo), de tal forma que, amándose uno al otro, ambos aman juntos a un tercero o Condilecto (Espíritu Santo) a quien ofrecen aquello que ambos son en común, uno y otro. Por eso, el Espíritu Santo no puede concebirse sólo como amor de la naturaleza divina que culmina su proceso y, conociéndose a sí misma, ratifica su ser en plenitud y gozo. Tampoco es el amor de dos (Padre e Hijo) que se cierran en sí mismos, uno para el otro, en una especie de personalidad dual. El Espíritu es el amado en común, de forma que, siendo Amor de dos entre sí (en comunión dual), es el Tercero/Amado, el Condilecto que, procediendo del Padre y del Hijo, les vincula ya de forma definitiva.

El amor verdadero sólo surge allí donde, amándose uno al otro, los amantes (Padre e Hijo) suscitan en común a un tercero que es fruto y realidad del amor compartido. La Trinidad de amor perfecto es la que forman, por tanto, dos amantes (en latín diligentes), de los cuales uno brota del otro, y un co-amado (condilectus) que surge de ambos, ratificando y culminando así el amor dual, que, sin dejar de ser, es amor triádico. Se supera así una dualidad simétrica y cerrada (dos en sí mismos, uno para el otro, sin fecundidad), y surge una dualidad gratificante en la que, amándose entre sí, los dos amantes se abren no sólo uno al otro, sino ambos juntos a un tercero, que es fruto más alto y garantía de su amor (Espíritu Santo).

El tema de fondo es la persona en la historia, entendida no sólo como habens naturam (De Trin IV, I 1-12), es decir, como sujeto que posee una naturaleza (substancia), sino como donans/communicans naturam, pues el sujeto personal sólo puede poseer la naturaleza al darse (al darla), recibiéndola y compartiéndola. El Padre es dueño de sí en su mismo origen, como ingénito (no ha recibido la naturaleza de nadie, sino que la tiene por sí mismo), pero sólo puede tenerla (ser “dueño” de sí) al entregarla, dándose a sí mismo. El Hijo es dueño de su propia naturaleza, pero habiéndola recibido desde el Padre, y dándola (dándose a sí mismo, con el Padre) al Espíritu. El Espíritu posee esa misma naturaleza recibiéndola del Padre y el Hijo, para dársela de nuevo. Según eso, la posesión o dominio de sí puede vivirse desde diferentes perspectivas.

En ese contexto, en el lugar quizá más significativo de su obra, Ricardo de san Víctor define la persona como rationalis naturae incomunicabilis existencia. No es una substancia, como decía la tradición anterior (a partir de S. Boecio), ni persona en el sentido antropológico moderno, sino una existencia de naturaleza racional, es decir, capaz de conocer y amar, siendo incomunicable al comunicarse en plenitud (Trin IV, 17-18; V, 1). (a) Por una parte, la persona es incomunicable (dueña de sí misma, distinta de todas las demás, de manera que no puede confundirse ni cambiarse con ninguna otra). (b) Pero, al mismo tiempo, en sentido radical, la persona sólo puede ser incomunicable siendo comunicación plena, ex-sistencia, una realidad recibida y entregada (compartida). En esa línea decimos que la persona es incomunicable precisamente al comunicarse, no sólo en sí, sino en la historia.

Pues bien, esa comunicación de Dios en la historia forma el sentido (esencia) de la realidad humana, que es originariamente (en su fondo) divina. Según eso, un Dios pretrinitario, sin donación interna de amor, sin engendrar desde sí mismo, sin darse y compartir su naturaleza (sistencia) no sería divino, tal como se ha revelado en la misma historia humana en Jesucristo. En esa línea, quizá sin advertir todas las consecuencias de su planteamiento, Ricardo de San Víctor ha ofrecido la mejor visión de conjunto del Dios cristiano, en una perspectiva que ha sido explorada por Juan de la Cruz en el siglo XVI y que deberá serlo también, en una nueva perspectiva, en el siglo XXI. Por eso, recibo con gozo esta edición de la obra de Ricardo de S. Víctor, esperando que ella sea continuada en una segunda obra en la que se explore y exponga su sentido profundo y su actualidad.

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Fiesta de la Trinidad. Ciclo C.

domingo, 22 de mayo de 2016
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trinidadDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El ciclo litúrgico se abre con la venida de Jesús y culmina con la venida del Espíritu; el Padre está presente en todo momento. Es lógico que se dedique una fiesta en honor de la Trinidad. Para ella había que elegir textos que hablaran de las tres personas, al menos de dos de ellas. Pero no pretenden darnos una lección de teología sino ayudarnos a descubrir a Dios en las circunstancias más diversas. La primera, llena de belleza y optimismo, en los momentos felices de la vida. La segunda, incluso en medio de las tribulaciones, dándonos fuerza y esperanza.           La tercera, en medio de las dudas, sabiendo que nos iluminará.

Dios presente en la alegría (Proverbios 8, 22-31)

            Del Antiguo Testamento se ha elegido un fragmento del libro de los Proverbios que polemiza con la cultura de la época helenística: ¿cuál es el origen de la sabiduría? Para muchos, es fruto del pensamiento humano, tal como lo han practicado sobre todo los filósofos griegos. Frente a esta mentalidad, el autor del texto de los Proverbios afirma que la verdadera sabiduría es anterior a nuestras reflexiones y estudios; y lo expresa presentándola junto a Dios muchos antes de la creación del mundo, acompañándolo en el momento de crear todo.

Así dice la sabiduría de Dios:

            «El Señor me estableció al principio de sus tareas,

            al comienzo de sus obras antiquísimas. 

            En un tiempo remotísimo fui formada,

            antes de comenzar la tierra. 

            Antes de los abismos fui engendrada,

            antes de los manantiales de las aguas.

            Todavía no estaban aplomados los montes,

            antes de las montañas fui engendrada. 

            No había hecho aún la tierra y la hierba,

            ni los primeros terrones del orbe. 

            Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;

            cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;

            cuando sujetaba el cielo en la altura,

            y fijaba las fuentes abismales. 

            Cuando ponía un límite al mar,

            cuyas aguas no traspasan su mandato; 

            cuando asentaba los cimientos de la tierra,

            yo estaba junto a él, como aprendiz, 

            yo era su encanto cotidiano,

            todo el tiempo jugaba en su presencia: 

            jugaba con la bola de la tierra,

            gozaba con los hijos de los hombres.

            ¿Por qué se eligió esta lectura? San Pablo, en la primera carta a los Corintios, dice que Cristo es “sabiduría de Dios” (1,24). Y la carta a los Colosenses afirma que en Cristo “se encierran todos los tesoros del saber y del conocimiento” (Col 2,3). Este fragmento del libro de los Proverbios, que presenta a la Sabiduría de forma personal, estrechamente unida a Dios desde antes de la creación y también estrechamente unida a la humanidad (“gozaba con los hijos de los hombres”) parecía muy adecuado para recordar al Padre y al Hijo en esta fiesta.

Dios presente en los sufrimientos (Romanos 5, 1-5)

Curiosamente, en este texto, que menciona claramente a las tres personas, los grandes beneficiarios somos nosotros, como lo dejan claro las expresiones que usa Pablo: “hemos recibido”, “hemos obtenido”, “nos gloriamos”, “nuestros corazones”, “se nos ha dado”. Él no pretende dar una clase sobre la Trinidad, adentrándose en el misterio de las tres divinas personas, sino que habla de lo que han hecho por nosotros: salvarnos, ponernos en paz con Dios, darnos la esperanza de alcanzar su gloria, derramar su amor en nuestros corazones. Para Pablo, estas ideas no son especulaciones abstractas, repercuten en su vida diaria, plagada de tribulaciones y sufrimientos. También en ellos sabe ver lo positivo.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Dios presente en las dudas (Juan 16, 12-15)

            El evangelio también menciona a Jesús, al Espíritu y al Padre, aunque la parte del león se la lleva el Espíritu, acentuando lo que hará por nosotros: “os guiará hasta la verdad plena”, “os comunicará lo que está por venir”, “os lo anunciará”.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

            Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará. 

            Pienso que el texto se ha elegido porque habla de las relaciones entre las tres personas. El Espíritu glorifica a Jesús, y todo lo recibe de él. Por otra parte, todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Tampoco Juan pretende dar una clase sobre la Trinidad, aunque empieza a tratar unos temas que ocuparán a los teólogos durante siglos.

            Para entender el texto conviene recordar el momento en el que pronuncia Jesús estas palabras. Estamos en la cena de despedida, poco antes de la pasión. Sabe que a los discípulos les quedan muchas cosas que aprender, que él no ha podido enseñarles todo. Surgirán dudas, discusiones. Pero la solución no la encontrarán en el puro debate intelectual y humano, será fruto del Espíritu, que irá guiando hasta la verdad plena.

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Fiesta de la Trinidad. 22 mayo, 2016

domingo, 22 de mayo de 2016
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Trinidad_vidriera

Dice Jesús:

“Mucho me queda por deciros, pero no podéis con ello por el momento. Cuando llegue él, el Espíritu de la verdad, os irá guiando en la verdad toda, porque no hablará por su cuenta, sino que os comunicará cada cosa que le digan y os interpretará lo que vaya viniendo”
(Jn 16,12-15).

Compartimos con vosotros, amigas y amigos, la alegría que esta comunidad de monjas trinitarias de Suesa tiene en esta jornada. Entra a borbotones el contento en un corazón cristiano en este día de la fiesta de la Santísima Trinidad. ¿Por qué? Sencillamente por el modo que Dios, nuestro Dios Trinidad, tiene de relacionarse con sus criaturas, con toda la creación y especialmente con el ser humano: “hombre y mujer los creó”. En este día la creación entera es la que desborda de gozo, a pesar de lo que nosotras “sus criaturas” la herimos, la maltratamos. Sin embargo salta de goce y canta a su Creador: “Señor, dueño nuestro, ¡que admirable es tu nombre en toda la tierra!” (Sal, 8).

La fiesta de hoy, puede ser que no sea para los muy pensadores, sesudos, que buscan razones del actuar de Dios… y que te sueltan con la mayor frescura “esta fiesta no hay quien la entienda”; puede ser que les sobrepase.

Es posible que lo entienda mejor la gente sencilla, la que sabe de cercanía, bondad, de perdón para hacer la vida más bella, más en sintonía con nuestro Dios que se nos regala compartiendo con sus hijas e hijos lo que le es más consustancial: el AMOR, “Dios es amor” (1 Jn 1). Y el amor, a todas nos gusta recibirlo, ese amor que no sabe de fronteras, no sabe de listos y tontos, de ricos y pobres, no sabe de encasillados, de que yo soy más que tú, etc. No entiende que los ricos sean cada día más ricos y a los pobres les vayan arrancando la vida a girones por su ambición los poderosos.

“Mucho me queda por deciros, pero no podéis con ello por el momento”. Quizá lo que nos quiere decir Jesús con estas enigmáticas palabras sea que serán los corazones sencillos quienes descubran que será el Espíritu, la Santa Ruah, que perciben las personas humildes: “que el Espíritu de la verdad, os irá guiando a la verdad plena”.

Pues, a esta Santa Trinidad celebramos, con Ella nos gozamos y en Ella por ser “relación-comunión” nos descubrimos hermanas y hermanos; porque creemos en este Dios celebramos y descubrimos la vida más bella, más agradable, que plenifica la existencia. Por eso

¡FELIZ DÍA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD!

Trinidad Santa,

que nos has hecho semejantes a Ti,

que tu Palabra expresada en Jesús, nuestro Maestro,

sea nuestro Camino, Verdad y Vida.

Guíanos con la luz de tu Espíritu,

haznos portadoras del mensaje del Amor.

Gloria al Padre, al Hijo y Espíritu Santo.

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La red más social. 22 mayo, 2016. Dios Trinidad

domingo, 22 de mayo de 2016
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Trinidadtrinidad

Amor, Amar, Amante.

Fidelidad, Entrega, Dinamismo.

Compañía, Testimonio, Inspiración.

Lo que quieras, y más aún, es Dios Trinidad.

No me pidas que te explique el misterio de la Santísima Trinidad, no puedo entenderlo con mi cabeza. Solo sé que Dios Trinidad no es solo, no es un señor de barba blanca, acompañado de un joven con una cruz, y una paloma revoloteando alrededor. Eso seguro que no es, aunque durante mucho tiempo se ha representado así.

Dios Trinidad es comunión, y es diversidad, es la fuerza que nos empuja a aceptar y a enriquecernos con lo diferente, lo distinto y que, al mismo tiempo, nos incita a unificarnos, a vivir de manera auténtica, pensando sintiendo y diciendo lo mismo.

Dios Trinidad es hoy la gran apuesta de los movimientos alternativos, ¿o no?

¿No buscan la aceptación de todas las razas, culturas, religiones, ideas?

¿No pretenden la interrelación, el aprendizaje de los otros, el intercambio con lo diverso?

¿No se busca compartir todos los conocimientos de manera gratuita, generosa, cordial?

Pues, ¿qué es Dios Trinidad sino la experiencia de enriquecernos en la comunión con la profundidad de quienes somos?

Tan cierto es que hay culturas diversas como que todos los corazones son distintos. Por eso es maravilloso el empeño de querer llegar a lo profundo del corazón del otro. Esto también es alternativo, dentro del movimiemto “slow”, porque lleva tiempo adentrarse en los secretos del alma humana.

Por eso Dios Trinidad promueve la comunicación sincera, desnuda, entre los corazones, fomenta el hecho de compartir, gratuitamente, tus dones, capacidades, tus saberes y teneres, y, cómo no, compartir sobre todo el bello misterio del alma.

No hay red más social, más humana, que la de reconocernos imagen de Dios Trinidad. O Logo, como quieras llamarlo.

Sí, pienso que creer en Dios Trinidad es de lo más alternativo que existe en esta sociedad en la que vivimos.

Este domingo estamos de fiesta. Lo cierto es que ya nos sentimos de fiesta, danzando, alegrándonos, sintiendo, compartiendo con la buena gente que nos rodea…

Te invitamos a celebrar la alternativa de la vida.

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Obras ES /3. Consolar, soportar, dialogar

jueves, 19 de mayo de 2016
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consolar01Del blog de Xabier Pikaza:

Termina con esta postal la exposición de las siete obras de misericordia espirituales (propias del Espíritu Santo), que he querido poner de relieve con ocasión de la fiesta de Pentecostés.

El mismo Espíritu de Dios consuela a los tristes, nos consuela y hace que nosotros podamos consolar a los demás, como dice San Pablo en Rom 8 y 2 Cor 1. Por eso le llamamos Consolador o Paráclito: Fuente y sentido de todo consuelo profundo.

Éstas son las tres últimas: consolar a los tristes, soportar las adversidades de la vida y dialogar con el misterio (esto es, pedir a Dios por vivos y difuntos), descubriendo y realizando así el sentido de la vida como diálogo con Dios, dialogando (en lo que podamos) con todos los hombres y mujeres.
Cada lector podrá destacar una de ellas.

images— Para algunos, la más importante será el consuelo, que consiste en acompañar y animar a los tristes, angustiados, abatidos, levantando la «moral» de los demás, para caminar con ellos.

— Otros insistirán en la paciencia activa, entendida como aguante en las adversidades. No se puede consolar si uno se deja hundir, si se deprime por nada, si no sabe mantenerse en un mundo cargado de riesgos.

Paciencia activa es el aguante, es decir, la resistencia , como ha puesto de relieve el libro del Apocalipsis. No es una resistencia resentida, sino un gesto de compromiso activo con la vida, a favor de los demás, en esperanza.

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— Finalmente, la más importante de todas las obras es la oración, entendida como diálogo, con Dios y con los otros. No se trata simplemente de pedir, sino de pedir y dar, de acompañar a los demás en el camino (y de un modo especial al mismo Dios).

La oración nos vincula sobre el campo de la vida, como a la pareja del cuadro de Millet, con la pareja orando al mediodía el Ángelus. Ambos dialogan así y se vinculan, no sólo con el campo en que trabajan, sino con el Dios creador, con los vivos y difuntos.

Como verá quien lea la postar entera, sigo tomando como referencia la obra que hemos escrito J. A. Pagola y un servidor con el título de Entrañable Dios. Las obras de misericordia (Verbo Divino, 2016). Allí he puesto de relieve el origen y sentido de las obras de misericordia corporales y espirituales (por utilizar este lenguaje, quizá poco apropiado, de la tradición teológica, pues también las obras llamadas corporales, tomadas de Mt 25, 31-46, son obras espirituales).

CONSOLAR AL TRISTE

El perdón era la obra central de la misericordia (era la cuarta, estaba en medio de las siete). Pues bien, tras el perdón, como despliegue ulterior del proceso educativo, viene el consuelo, en la línea de las bienaventuranzas que han sido y siguen siendo la lección más honda de la escuela de Jesús, cuando decía «felices los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,5). No son felices porque lloran (ni porque tienen hambre, ni son pobres…), sino porque recibirán consuelo de otros (serán saciados, heredarán el Reino).
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Esta es sin duda una obra de Dios, el gran consolador, pero es, al mismo tiempo, una obra de la comunidad cristiana, entendida como escuela de consuelo para los tristes.

En este contexto se inscriben las palabras simbólicas de Pablo, cuando afirma que la tierra entera gime, en dolores de parto, y nosotros los seres humanos gemimos con ella, esperando la liberación que proviene de Dios, viniendo de los hermanos que nos ofrecen su consuelo (Rom 8,21-24; cf. 2 Cor 1,3-7). Así lo recordaba una propuesta esencial de Ignacio de Loyola: «Mirar el oficio de consolar que Cristo Nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros» (Ejercicios espirituales 224). Pero en nuestro caso no se trata solo de unos amigos que se consuelan entre sí, sino de la misma escuela cristiana entendida como tiempo y tarea de consuelo.

Los cristianos forman una comunidad de consolados y consoladores, empezando por las mujeres de Pascua (cf. Mt 28,5.9), a las que Jesús decía «no temáis, alegraos». En la base del testimonio de Jesús y de la escuela cristiana sigue estando el testimonio de aquellas mujeres de la tumba vacía, que cambiaron su oficio de plañideras por el de consoladoras, anunciando a todos que Jesús se hallaba vivo, iniciando así una obra de educación por (para) el consuelo, que han realizado y siguen realizando sobre todo las mujeres en la Iglesia.

No ha llamado Jesús a los creyentes para llorar junto a una tumba, sino para que sean testigos de la alegría de Dios, para anunciar la resurrección de su Hijo (¡la nuestra!), en la línea de las experiencias de pascua. Sin duda hay otros temas de educación pascual, pero sin consuelo acaban siendo insuficientes, de forma que la Iglesia corre el riesgo de hacerse escuela de muerte, un culto de cementerio (cf. El papa Francisco, Evangelii Gaudium —El gozo del Evangelio—, 2013). Hay momentos de tristeza, vinculados con el luto a los muertos y la opresión de los débiles, pero han de estar al servicio del consuelo más alto de pascua.

En esa línea ha de entenderse la revelación bíblica, partiendo de Ex 34,6-7, donde el mismo Dios aparece como rahum y hannun, con entrañas maternas, lleno de gracia y de consuelo. Así han de mostrarlo los creyentes, en un mundo amenazado por la tristeza, en el que muchos buscan el consuelo no solo de terapeutas profesionales, sino de augures y videntes que no logran alcanzar el fondo humano/divino del alma amenazada por la depresión, angustia y tristeza:

Depresión psicológica. Se ha venido extendiendo no solo entre los mayores, sino entre niños y adolescentes; como un bajón vital, que tiene varias causas (soledad familiar, miedo a lo desconocido, incapacidad de afrontar el futuro…) y que parece extenderse cada vez con más fuerza, pudiendo convertirse en una gran pandemia. Este es un problema universal, pero afecta especialmente a las sociedades que parecen más adelantadas. Leer más…

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Las obras del Espíritu Santo 2. Corregir y perdonar

miércoles, 18 de mayo de 2016
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13006502_589978524512677_9210146826564605329_nDel blog de Xabier Pikaza:

Ayer presenté las dos primeras obras de misericordia espiritual, es decir, las dos primeras obras del Espíritu Santo (enseñar y aconsejar). Hoy presento las dos siguientes: Corregir y perdonar. Estas obras van en la línea de la cuarta estrofa del Himno al Espíritu Santo:

Riega la tierra en sequía.
Sana el corazón enfermo.
Lava las manchas.
Infunde calor de vida en el hielo.
Doma al espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

La novedad está en que esas obras no las realiza el Espíritu Santo desde fuera, como si fuera un poder externo, independiente de nosotros, sino a través de aquello que nosotros vamos impulsando, promoviendo, realizando, como testigos y portadores del Espíritu de Cristo. Somos nosotros los que podemos y debemos:

Regar la tierra en sequía, sanar el corazón enfermo,
domar el espíritu indómito, guiar al que tuerce el sendero…

Nosotros mismos somos portadores del Espíritu de Cristo, realizadores de su obras, que es nuestra siendo de él, del mismo Espíritu Divino de Pentecostés.

Éstas son pues las dos siguientes obras del Espíritu Santo: corregir y perdonar. Así lo indicaré a continuación. Sigo tomando el texto de mi libro Entrañable Dios, las Obras de Misericordia. Continúa la semana de Pentecostés, buen día.

CORREGIR AL QUE YERRA

Tras el consejo viene la denuncia y corrección, como supieron los profetas, y como ratifica Jesús cuando proclama: «Se ha cumplido el tiempo y llega el Reino de Dios, convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1,15). La corrección se expresa así en forma de conversión: Jesús ha creído en la capacidad de cambio de los seres humanos, y por eso les corrige, a fin de que se conviertan, es decir, para que empiecen a pensar de otra manera (con meta-noein, pensar de un modo distinto, más alto).

Ese cambio de mente, para dejar el pasado y pensar/obrar de otra manera constituye un momento clave de la educación, promovida por el Espíritu Santo. En esa línea, como signo y anuncio del Reino, han de entenderse las correcciones que están en el fondo de las antítesis (Mt 5,21-48), en las que Jesús polemiza con escribas y fariseos, mostrándoles el riesgo en que se encuentran, pidiéndoles que cambien: «Habéis oído que se ha dicho, yo en cambio os digo…».

Es insuficiente no matar; hay que superar el odio. No basta el talión («ojo por ojo…»), hay que amar al enemigo, etc. En esa línea de corrección se sitúa su gesto final de «purificación» del templo (Mc 11,15-17 y par.), cuando descubrimos que no le ha bastado criticar y corregir de palabra, sino que lo ha hecho con un gesto intenso de protesta (cosa que ha motivado su condena a muerte). En ese aspecto quiero citar un rasgo de la corrección de Jesús, desde la parábola de la oveja extraviada (errante), que pierde su rumbo y debe ser rescatada del peligro por el pastor:

Oveja errante (Mt 18,12-14). A diferencia de lo que pasa en Lc 15,4-7, la oveja de la parábola de Mateo no está simplemente perdida (apolesasa), sino que va errante/planea (planêthê), se aleja del rebaño de las otras cien ovejas y de esa forma se extravía, de manera que el pastor ha de salir a buscarla. Esto significa que el educador cristiano no busca solo a la perdida (quizá sin causa propia), sino que deja todo para a encontrar a la que «planea» (va errante) por su ignorancia o culpa, como los astros caídos de la tradición apocalíptica del judaísmo tardío (libros de Henoc) y del primer cristianismo (Orígenes). Mateo supone así que Jesús busca a la errante, no para obligarla a volver, sino para corregir su rumbo y ofrecerle su perdón, si es que se deja.

Esta es una parábola eclesial, que no trata en principio de ovejas de otros grupos, sino de miembros de la comunidad que se han separado de ella (de su comunión) y andan vagando perdidas. Pues bien, la parábola asegura que Jesús los busca con pasión, alegrándose de recibirlos de nuevo en su grupo. Desde ese fondo se vinculan dos rasgos o elementos paradójicamente cercanos.

(a) Las ovejas son libres, de forma que pueden marcharse y errar (trazar sus caminos).

(b) Pero el pastor/educador las busca, no para castigarlas u obligarlas a volver, sino para ofrecerles espacio en su rebaño.

Corregir es buscar, es perdonar y amar. La tarea del pastor/educador empieza cuando busca a la oveja errante, mientras ella sigue perdida, sin pensar en convertirse. No es la oveja la que se empieza arrepintiendo y busca al pastor, como en la parábola del hijo pródigo que vuelve a casa, sino que es el mismo pastor el que va por los campos a buscarla (cf. Lc 15,11-32). A diferencia del padre que espera, el pastor de esta parábola (cf. también Lc 15,4-7) no se limita a esperar, sino que se arriesga y abandona la seguridad de las noventa y nueve ovejas fieles del rebaño para buscar a la errante, que ha querido perderse ella misma (o se pierde de hecho), y no hace nada por volver, aunque el texto parece suponer que al fin se deja ayudar, cuando el pastor la encuentra.

En este contexto, ‘corregir’ no es amonestar, ni condenar, sino buscar, procurando de todas las maneras el cambio no solo de la oveja errante, sino el resto de aquellas que quieren extraviarse o se pierden.

El evangelio de Juan ha reformulado esta parábola de la corrección añadiendo que el buen pastor (= educador) arriesga su vida por sus ovejas porque las conoce (= las ama), y porque también ellas le aman (cf. Jn 10,14-16), en un gesto de intimidad amorosa que define todo este evangelio. En esa línea puede hablar de un discípulo amado porque sabe que hay un maestro amante, conforme a la pedagogía helenista que establece relaciones de amor muy profundas entre maestro y discípulo (cf. Jn 13,21-26; 19,26-27: 20,1-10; 21,20-23).

Confesión, un tipo de corrección. Esta parábola del pastor nos sitúa ante un tipo de educador de calle, que sale en busca de la oveja extraviada, logrando convencerla a fin para que vuelva, integrándose en la escuela común de los noventa y nueve «hermanos» creyentes o en la vida de conjunto de la sociedad. A diferencia de eso, los confesores (corregidores oficiales) de la tradición posterior de la Iglesia (a partir del siglo X-XI y sobre todo desde el XIII) han venido a presentarse más como educadores establecidos, que no salen a buscar a las ovejas, pero las esperan y acogen en santuarios e iglesias desde donde esperan, acogen y corrigen a los que yerran y acuden a su sacramento.

Estos confesores sacramentales no han ido a buscar a las perdidas, pero las reciben si vienen, y las corrigen y perdonan, porque han recibido poder eclesial y/o social para ello. En ese contexto, la corrección más profunda de la Iglesia se ha realizado a través de la confesión, por la que el pecador reconoce el mal realizado y manifiesta un propósito de enmienda, iniciando así un proceso dialogal, que solo alcanza un resultado positivo si el mismo pecador reconoce su pecado y recibe el apoyo del buen maestro (confesor) y de la comunidad educativa, que le recibe de nuevo y le ofrece una oportunidad de transformación. Leer más…

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«Invocación». Pentecostés – C (Juan 14,15-16.23b-26)

domingo, 15 de mayo de 2016
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8-PENTECOSTES-300x294Ven, Espíritu Creador, e infunde en nosotros la fuerza y el aliento de Jesús. Sin tu impulso y tu gracia, no acertaremos a creer en él; no nos atreveremos a seguir sus pasos; la Iglesia no se renovará; nuestra esperanza se apagará. ¡Ven y contágianos el aliento vital de Jesús!

Ven, Espíritu Santo, y recuérdanos las palabras buenas que decía Jesús. Sin tu luz y tu testimonio sobre él, iremos olvidando el rostro bueno de Dios; el Evangelio se convertirá en letra muerta; la Iglesia no podrá anunciar ninguna noticia buena. ¡Ven y enséñanos a escuchar solo a Jesús!

Ven, Espíritu de la Verdad, y haznos caminar en la verdad de Jesús. Sin tu luz y tu guía, nunca nos liberaremos de nuestros errores y mentiras; nada nuevo y verdadero nacerá entre nosotros; seremos como ciegos que pretenden guiar a otros ciegos. ¡Ven y conviértenos en discípulos y testigos de Jesús!

Ven, Espíritu del Padre, y enséñanos a gritar a Dios «Abba» como lo hacía Jesús. Sin tu calor y tu alegría, viviremos como huérfanos que han perdido a su Padre; invocaremos a Dios con los labios, pero no con el corazón; nuestras plegarias serán palabras vacías. ¡Ven y enséñanos a orar con las palabras y el corazón de Jesús!

Ven, Espíritu Bueno, y conviértenos al proyecto del «reino de Dios» inaugurado por Jesús. Sin tu fuerza renovadora, nadie convertirá nuestro corazón cansado; no tendremos audacia para construir un mundo más humano, según los deseos de Dios; en tu Iglesia los últimos nunca serán los primeros; y nosotros seguiremos adormecidos en nuestra religión burguesa. ¡Ven y haznos colaboradores del proyecto de Jesús!

Ven, Espíritu de Amor, y enséñanos a amarnos unos a otros con el amor con que Jesús amaba. Sin tu presencia viva entre nosotros, la comunión de la Iglesia se resquebrajará; la jerarquía y el pueblo se irán distanciando siempre más; crecerán las divisiones, se apagará el diálogo y aumentará la intolerancia. ¡Ven y aviva en nuestro corazón y nuestras manos el amor fraterno que nos hace parecernos a Jesús!

Ven, Espíritu Liberador, y recuérdanos que para ser libres nos liberó Cristo y no para dejarnos oprimir de nuevo por la esclavitud. Sin tu fuerza y tu verdad, nuestro seguimiento gozoso a Jesús se convertirá en moral de esclavos; no conoceremos el amor que da vida, sino nuestros egoísmos que la matan; se apagará en nosotros la libertad que hace crecer a los hijos e hijas de Dios y seremos, una y otra vez, víctimas de miedos, cobardías y fanatismos. ¡Ven, Espíritu Santo, y contágianos la libertad de Jesús!

José Antonio Pagola

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«El Espíritu Santo os lo enseñará todo». Domingo 15 de mayo de 2016. Pentecostés

domingo, 15 de mayo de 2016
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33-pentecostesC cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 2,1-11:  Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
Salmo responsorial: 103:  Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
1Corintios 12,3b-7.12-13: Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
Juan 20,19-23:  Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo

En el presente ciclo C pueden utilizarse tambien las siguientes lecturas:

Romanos 8, 8-17: Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios.
Juan 14, 15-16. 23b-26: El Espíritu Santo os lo enseñará todo

Nota 1: Este año, como ciclo C, hay otras lecturas posibles este día; consúltese esta fecha en el calendario litúrgico (http://www.servicioskoinonia.org/biblico/calendario), o directamente aquí:

http://servicioskoinonia.org/biblico/calendario/texto.php?codigo=20100523&cicloactivo=2010&cepif=0&cascen=0&ccorpus=0

Nota 2: Como casi todas, Pentecostés no es una fiesta originariamente cristiana (propuesta por Jesús) ni siquiera israelita (decidida por Israel), sino una celebración que es parte de una cultura religiosa que siempre está en evolución, y se acomoda y se enriquece con el transcurso del tiempo y la sucesión de las distintas vivencias del pueblo. Como «Fiesta de las Semanas» o «de la Cincuentena», en Israel fue una fiesta netamente agraria, que celebraba el inicio de la cosecha. Se celebraba siete semanas (cincuenta días) a partir de la Pascua, para dar gracias a Dios por la nueva cosecha (cf. Ex 23,16;34,22; Lv 23,15-21; Dt 16,9-12). En el judaísmo tardío se transformó en festividad plenamente religiosa: pasó a ser memoria del don de la Ley en el Sinaí al pueblo liberado de Egipto. Para recordar o estudiar la interesante «prehistoria» de las festividades cristianas, casi desconocida, y muy iluminadora, recomendamos el clásico libro de Thierry MAERTENS, «Fiesta en honor de Yahvé». (Puede ser recogido en la biblioteca de Koinonía: servicioskoinonia.org/biblioteca).

Sugerencias para la homilía (Escritas para el Diario Bíblico Latinoamericano en un ciclo anterior por el biblista Silvio Báez, recientemente nombrado obispo auxiliar de Managua, a quien agradecemos).

El Espíritu es la misma vida de Dios. En la Biblia es sinónimo de vitalidad, de dinamismo y novedad. El Espíritu animó la misión de Jesús y se encuentra también a la raíz de la misión de la Iglesia. El evento de Pentecostés nos remonta al corazón mismo de la experiencia cristiana y eclesial: una experiencia de vida nueva con dimensiones universales.

La primera lectura (Hch 2,1-11) es el relato del evento de Pentecostés. En ella se narra el cumplimiento de la promesa hecha por Jesús al final del evangelio de Lucas y al inicio del libro de los Hechos (Lc 24,49: “Por mi parte, les voy a enviar el don prometido por mi Padre… quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto”; Hch 1,5.8: “Ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de pocos días… ustedes recibirán la fuerza del Espíritu Santo”).

Con esta narración Lucas profundiza un aspecto fundamental del misterio pascual: Jesús resucitado ha enviado el Espíritu Santo a la naciente comunidad, capacitándola para una misión con horizonte universal. El relato inicia dando algunas indicaciones relativas al tiempo, al lugar y a las personas implicadas en el evento. Todo ocurre “al llegar el día de Pentecostés” (Hch 2,1). Pentecostés es una fiesta judía conocida como “fiesta de las semanas” (Ex 34,22; Num 28,26; Dt 16,10.16; etc.) o “fiesta de la cosecha” (Ex 23,16; Num 28,26; etc.), que se celebraba siete semanas después de la pascua.

Parece ser que en algunos ambientes judíos en época tardía, en esta fiesta se celebraban las grandes alianzas de Dios con su pueblo, particularmente la del Sinaí que estaba directamente relacionada con el don de la Ley. Aunque Lucas no desarrolla esta temática en el relato de Pentecostés, seguramente conocía esta tradición y es probable que haya querido asociar el don del Espíritu, enviado por Cristo resucitado, al don de la Ley recibido en el Sinaí. En la comunidad de Qumrán, contemporánea a Jesús, Pentecostés había llegado a ser la fiesta de la Nueva Alianza que aseguraba la efusión del Espíritu de Dios al nuevo pueblo purificado (cf. Jer 31,31-34; Ez 36).

El texto de los Hechos da otra indicación: “estaban todos juntos en un mismo lugar” (Hch 2,1). Con estas palabras se quiere sugerir que los presentes estaban unidos, no sólo en un mismo sitio, sino con el corazón. Aunque no se habla de una reunión cultual, no sería extraño que Lucas imaginara a los creyentes en oración, esperando la venida del Espíritu, de la misma forma que Jesús estaba orando cuando el Espíritu bajó sobre él en el bautismo (Lc 3,21: “Mientras Jesús oraba… el Espíritu Santo bajó sobre él”; Hch 1,14: “Solían reunirse de común acuerdo para orar en compañía de algunas mujeres, de María la madre de Jesús y de los hermanos de éste”).

Lucas utiliza en primer lugar el símbolo del viento para hablar del don del Espíritu: “De repente vino del cielo un ruido, semejante a una ráfaga de viento impetuoso y llenó la casa donde se encontraban” (Hch 2,2). Aunque los discípulos estaban a la espera del cumplimiento de la promesa del Señor resucitado, el evento ocurre “de repente” y, por tanto, en forma imprevisible. Es una forma de decir que se trata de una manifestación divina, ya que el actuar de Dios no puede ser calculado ni previsto por el ser humano. El ruido llega “del cielo”, es decir, del lugar de la trascendencia, desde Dios. Su origen es divino. Y es como el rumor de una ráfaga de viento impetuoso.

El evangelista quería describir el descenso del Espíritu Santo como poder, como potencia y dinamismo y, por tanto, el viento era un elemento cósmico adecuado para expresarlo. Además, tanto en hebreo como en griego, espíritu y viento se expresan con una misma palabra (hebreo: ruah; griego: pneuma). No es extraño, por tanto, que el viento sea uno de los símbolos bíblicos del Espíritu. Recordemos el gesto de Jesús en el evangelio, cuando “sopla” sobre los discípulos y les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22), o la visión de los esqueletos calcinados narrada en Ezequiel 37, donde el viento–espíritu de Dios hace que aquellos huesos se revistan de tendones y de carne, recreando el nuevo pueblo de Dios.

“Entonces aparecieron lenguas como de fuego, que se repartían y se posaban sobre cada uno de ellos” (Hch 2,3). Lucas se sirve luego de otro elemento cósmico que era utilizado frecuentemente para describir las manifestaciones divinas en el Antiguo Testamento: el fuego, que es símbolo de Dios como fuerza irresistible y trascendente. La Biblia habla de Dios como un “fuego devorador” (Dt 4,24; Is 30,27; 33,14); “una hoguera perpetua” (Is 33,14). Todo lo que entra en contacto con él, como sucede con el fuego, queda transformado. El fuego es también expresión del misterio de la trascendencia divina. En efecto, el ser humano no puede retener el fuego entre sus manos, siempre se le escapa; y, sin embargo, el fuego lo envuelve con su luz y lo conforta con su calor. Así es el Espíritu: poderoso, irresistible, trascendente.

El evento extraordinario expresado simbólicamente en los vv. 2-3 se explicita en el v. 4: “Todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Dios mismo llena con su poder a todos los presentes. No se les comunica un auxilio cualquiera, sino la plenitud del poder divino que se identifica en la Biblia con esa realidad que se llama: el Espíritu. Se trata de un evento único que marca la llegada de los tiempos mesiánicos y que permanecerá para siempre en el corazón mismo de la Iglesia. Desde este momento el Espíritu será una presencia dinámica y visible en la vida y la misión de la comunidad cristiana.

La fuerza interior y transformadora del Espíritu, descrita antes con los símbolos del viento y del fuego, se vuelve ahora capacidad de comunicación que inaugura la eliminación de la antigua división entre los seres humanos a causa de la confusión de lenguas en Babel (Gen 11). “Y comenzaron a hablar en lenguas extrañas, según el Espíritu Santo les concedía expresarse” (v. 4). En Jerusalén, no en la casa donde están los discípulos, ni en el espacio cerrado de unos pocos elegidos, sino en el espacio abierto donde hay gente de todos las naciones (v. 5), en la plaza y en la calle, el Espíritu reconstruye la unidad de la humanidad entera e inaugura la misión universal de la Iglesia.

El pecado condenado en el relato de la torre de Babel es la preocupación egoísta de los seres humanos que se cierran y no aceptan la existencia de otros grupos y otras sociedades, sino que desean permanecer unidos alrededor de una gran ciudad cuya torre toque el cielo. El Espíritu debe venir continuamente para perdonar y renovar a los seres humanos para que no se repitan más las tragedias causadas por el racismo, la cerrazón étnica y los integrismos religiosos.

El Espíritu de Pentecostés inaugura una nueva experiencia religiosa en la historia de la humanidad: la misión universal de la Iglesia. La palabra de Dios, gracias a la fuerza del Espíritu, será pronunciada una y otra vez a lo largo de la historia en diversas lenguas y será encarnada en todas las culturas. El día de Pentecostés, la gente venida de todas las partes de la tierra “les oía hablar en su propia lengua” (Hch 2,6.8). El don del Espíritu que recibe la Iglesia, al inicio de su misión, la capacita para hablar de forma inteligible a todos los pueblos de la tierra.

En el evangelio se narra la aparición del Señor Resucitado a los discípulos el día de pascua. Todo el relato está determinado por una indicación temporal (es el primer día de la semana) y una indicación espacial (las puertas del lugar donde están los discípulos están cerradas).

La referencia al primer día de la semana, es decir, el día siguiente al sábado (el domingo), evoca las celebraciones dominicales de la comunidad primitiva y nuestra propia experiencia pascual que se renueva cada domingo. La indicación de las puertas cerradas quiere recordar el miedo de los discípulos que todavía no creen, y al mismo tiempo quiere ser un testimonio de la nueva condición corporal de Jesús que se hará presente en el lugar. Jesús atravesará ambas barreras: las puertas exteriores cerradas y el miedo interior de los discípulos. A pesar de todo, están juntos, reunidos, lo que parece ser en la narración una condición necesaria para el encuentro con el Resucitado; de hecho Tomás sólo podrá llegar a la fe cuando está con el resto del grupo.

Jesús “se presentó en medio de ellos” (v.19). El texto habla de “resurrección” como venida del Señor. Cristo Resucitado no se va, sino que viene de forma nueva y plena a los suyos (cf. Jn 14,28: “me voy y volveré a vosotros”; Jn 16,16-17) y les comunica cuatro dones fundamentales: la paz, el gozo, la misión, y el Espíritu Santo.

Los dones pascuales por excelencia son la paz (el shalom bíblico) y el gozo (la járis bíblica), que no son dados para el goce egoísta y exclusivo, sino para que se traduzcan en misión universal. La misión que el Hijo ha recibido del Padre ahora se vuelve misión de la Iglesia: el perdón de los pecados y la destrucción de las fuerzas del mal que oprimen al ser humano. Para esto Jesús dona el Espíritu a los discípulos. En el texto, en efecto, sobresale el tema de la nueva creación: Jesús “sopló sobre ellos”, como Yahvé cuando creó al ser humano en Gen 2,7 o como Ezequiel que invoca el viento de vida sobre los huesos secos (Ez 37). Leer más…

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