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Dom 15.5.16. Pentecostés 1. Las obras del Espíritu Santo (educación y consejo)

domingo, 15 de mayo de 2016
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pentecostesDel blog de Xabier Pikaza:

Año tras año he venido repitiendo en esta fiesta, desde 2007, el tema y teología del Espíritu Santo, y así podrá verlo quien lo quiera, buscando en mi blog de RD.

Pues bien, este año he querido hablar de las Obras del Espíritu Santo, que se identifican con las obras del misericordia espirituales, esto es, Espíritu Santo, obras que iglesia viene proponiendo desde finales de la Edad Media.

Empezaré recordando, a modo de ejemplo que suele hablarse los siete “dones” del Espíritu Santo, en la línea de Is 11, para evocar después los siete frutos, citados por San Pablo en Gal 5, 22. Pero me detendré después en las obras del Espíritu Santo, que son obras de misericordia humana, pero son, al mismo tiempo, obras de la misericordia de Dios, que es el Espíritu Santo.

En esa línea, Pentecostés es la fiesta de Dios como Espíritu de amor/vida que se manifiesta y actúa en la vida de los hombres. Pero es al mismo tiempo la “fiesta y compromiso” de los hombres, que se van haciendo espirituales, en un gesto de amor mutuo, de experiencia de vida.

Como el tema es largo, publicaré hoy sólo las dos primeras obras (enseñar, aconsejar) A lo largo de la Semana de Pentecostés publicaré las cinco siguientes.

Como verá quien siga leyendo, según el evangelio, la primera “obra” del Espíritu Santo es la enseñanza (el Espíritu Santo os lo enseñará todo…). En esa línea, las obras del Espíritu Santo comienzan por la enseñanza. Buena Vigilia y día de Pentecostés.

Evangelio de Pentecostés: Juan 14, 15-16. 23b-26 (extracto)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros… Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»

1. SIETE DONES, SIETE FRUTOS

a. Siete dones (Is 11, 1-3)

La tradición católica ha puesto de relieve los siete dones o espíritus de los que habla la traducción latina de Is 11, 1-3 (cf. Catecismo de la Iglesia católica 1992, num 1831). El texto original hebreo habla sólo de de seis espíritus:

«Un retoño brotará del tronco de Jesé y un vástago de sus raíces dará fruto. Sobre él reposará el espíritu de Yahvé: espíritu de sabiduría y de entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de conocimiento y temor de Yahvé. Él se deleitará en el temor de Yahvé».

La traducción de la Vulgata ha interpretado el texto, añadiendo un don:

Y descansará sobre él el Espíritu del Señor:
Espíritu de sabiduría y entendimiento,
Espíritu de consejo y fortaleza,
Espíritu de ciencia y de piedad,
y le llenará el Espíritu del temor de Dios.

Al final del texto hebreo se repetía, por paralelismo literario, el espíritu de temor; pero EL texto latino pone «piedad» en lugar de la primera vez en que aparece temor. De esa forma quedan los siete dones del Espíritu, que la tradición católica ha destacado.

Esos siete dones son la expresión más alta del “espíritu mesiánico”, es decir, de la presencia y acción del Espíritu Santo en la vida de los que siguen a Jesús:

sabiduría y entendimiento,
consejo y fortaleza,
conocimiento y piedad
y temor de Dios.

b. Los siete frutos (Gal 5, 22)

San Pablo conoce y expone, en un lugar privilegiado de su obra, los siete frutos del Espíritu Santo, es decir, los frutos que produce en el creyente la presencia y obra del Espíritu Santo. San Pablo los contrapone a las obras de la “carne”, es decir, de la vida estéril de aquellos que se cierran en su egoísmo (Gal 5, 19-21) que son:

fornicación, impureza, desenfreno,
idolatría, hechicería,
enemistades, pleitos, celos, ira, contiendas, disensiones, partidismos,
envidia, borracheras, orgías y cosas semejantes a éstas.

En ese contexto añade san Pablo los nueve frutos del Espíritu (que por paralilismo con lo anterior deberían llamarse obras del Espíritu Santo), que están mucho mejor estructurados que las obras de la carne (que eran al menos quince…):

amor, gozo, paz,
paciencia, benignidad, bondad,
fidelidad, mansedumbre, continencia (Gal 5, 22)

De esos nueve frutos del Espíritu, que forman un esquema completo, que consta de nueve miembros (3 por 3) sólo quiero citar y comentar aquí los tres primeros, que forman una clara unidad:

‒ El primer fruto del Espíritu es el amor. Más que fruto se le podría llamar identidad, conforme a todo lo indicado: el espíritu de Dios se identifica en sí como con el amor, como supone 1 Cor 13. Comparando este pasaje con otros de San Pablo, podemos añadir que el amor es la verdad del Espíritu Santo, es decir, del perdón creador que Dios ofrece a los humanos en el Cristo.

‒ El segundo fruto es el gozo… que nace del amor y que aparece como signo del Espíritu. Frente al mensaje del Bautista, que puede condensarse como voz amenazante de juicio (cf. Mt 3, 7-12), el Espíritu del Cristo viene a presentarse como llamada desbordante a la alegría. Quizá pudiéramos añadir que el amor mismo se vuelve gozo: es el amor que ya no juzga, no se impone, no pretende nada por la fuerza, nada teme.

‒ El tercer fruto del Espíritu es la paz. En la trilogía anterior la paz venía antes que el gozo, ahora aparece después, como despliegue y culminación de ese gozo del Espíritu. Se trata, sin duda, de una paz interna, pero es claro también que ella se expresa en las diversas circunstancias de la vida externa, como expresión de la reconciliación humana lograda por el Cristo.

Amor, gozo y paz… Esta es la más perfecta definición del Espíritu Santo y de la vida del cristiano. Esto es el Espíritu de Dios, esto es Pentecostés. Del amor brota de un modo natural el gozo de la vida, la felicidad de ser amados y amar, en camino donde emerge la paz y se supera la violencia de la «carne» que conduce a la lucha y a la muerte entre todos los humanos.

2. SIETE OBRAS DE MISERICORDIA

imagessinfotogif(El tema ha sido desarrollado en Entrañable Dios. Las obras de Misericordia)

Las obras de misericordia “espirituales” constituyen la mejor definición vital del Espíritu Santo, es decir, de la acción del Espíritu en Pentecostés. Estrictamente hablando, las obras de misericordia eran seis, y habían sido formuladas en Mt 25, 31-46: dar de comer/beber al hambriento y sediento, acoger/vestir al exilado y desnudo, visitar y ayudar al enfermo y encarcelado. Pues bien, desde el final de la Edad Media, la Iglesia ha querido añadir unas obras de misericordia espirituales, que se identifican con la acción y presencia del Espíritu santo en la vida de la iglesia.

Estas siete obras ofrecen un precioso ideario y camino de educación y maduración cristiana (humana) y pueden entenderse como la gran obra del Espíritu Santo que actúa y se manifiesta en la misma vida humana (en la acción y el compromiso de maduración de los hombres).

De un modo muy significativo, estas obras pueden entenderse como los siete escalones o grados de un camino de presencia del Espíritu Santo desde enseñar al que no sabe hasta orar por vivos y difuntos, como han formulado hacia el final del Medioevo en los catecismos y tratados de moral. Este es el Pentecostés de la Iglesia:

enseñar al que no sabe,
dar buen consejo a quien lo necesite,
corregir al que yerra,
perdonar la injurias,
consolar a los tristes,
soportar con paciencia las adversidades y defectos de los otros
y orar por los vivos y difuntos.

1. ENSEÑAR AL QUE NO SABE.

Estrictamente hablando, esta primera obra de misericordia (este primer Pentecostés) es una tarea de justicia (en la línea de las obras corporales de Mt 25, 37, propias de los justos) y retoma el motivo fundamental del mensaje y vida de Jesús, profeta y maestro de sabiduría, que impartió su enseñanza al pueblo llano, mal guiado y educado por pastores y escribas que tendían a ponerse al servicio de los privilegiados. Leer más…

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Domingo de Pentecostés. Ciclo C.

domingo, 15 de mayo de 2016
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pentecostes1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Una catequesis poco feliz ha hecho que muchos cristianos, sobre todo de mayor edad, vean al Espíritu Santo como algo raro, que no desempeña ningún papel en sus vidas. Las lecturas de este domingo podrían ayudarles a cambiar de opinión.

  1. El Espíritu Santo: orador y traductor simultaneo (Hechos 2,1-11).           

Los frecuentes viajes que realizamos hoy día nos han hecho conscientes de la importancia de los idiomas. Cuando solo se trata de comprar un bocadillo o un refresco no es problema. Pero hablar de la persona de Jesús y de su mensaje en las más diversas regiones del imperio romano no era nada fácil. Omitiendo otros muchos pueblos, la lectura de Hechos menciona a partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia, cretenses y árabes. ¿Cómo pudieron los primeros cristianos proclamar el evangelio en idiomas tan distintos? Indudablemente, aprendiendo con enorme dificultad la lengua de cara región, como hicieron más tarde los misioneros en todas partes del mundo.

El libro de los Hechos hablará de muy diversas actuaciones del Espíritu. Pero Lucas quiere comenzar por este episodio programático: si el evangelio se ha extendido por todo el mundo ha sido gracias al Espíritu Santo. Todo ha sido obra suya: el mensaje y la capacidad de traducirlo a cada lengua. El mensaje lo resumen los protagonistas en cuatro palabras: “las maravillas de Dios”. Lo que no acaban de entender es cómo ha sido posible ese fenómeno de traducción simultánea.

Para contar este acontecimiento, Lucas se inspira en relatos del Antiguo Testamento. Cuando Dios se revela a Moisés en el Sinaí: “hubo truenos y relámpagos y una nube espesa sobre el monte… y toda la montaña temblaba” (Ex 19,16.18). Por otra parte, el profeta Joel había anunciado que la venida del Espíritu iría acompañada de “prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra: sangre, fuego, columnas de humo”. Lucas no es tan tremendista. Le basta el ruido de un “viento recio” y lenguas de fuego, que no aterrorizan a nadie, sino que se posan suavemente sobre cada uno. El viento tiene estrecha relación con el Espíritu (en hebreo y en griego se usan la misma palabra para ambas realidades). Las lenguas anticipan ese don asombroso de hablar distintos idiomas.

  1. El Espíritu Santo y el sentirnos hijos de Dios (Romanos 8,8-17).

          Jesús nos enseñó a llamar a Dios “Padre”. Pero muchos lo siguen viendo como juez severo, dispuesto a castigar nuestros pecados, que infunde temor; otros, como un ser lejano, desinteresado de nuestros sufrimientos y preocupaciones. Si somos cristianos, si estamos bautizados y hemos recibido el Espíritu, ¿cómo podemos pensar de esa manera?

  La carta a los Romanos ilumina este contraste. Hemos recibido un espíritu de hijos, el Espíritu atestigua que somos hijos de Dios y herederos suyos. Pero no somos los hijos de un millonario que heredarán todo automáticamente mientras se dedican a derrochar la fortuna de la familia. Además de ser hijos hay que sentirse hijos, dejándose llevar por el Espíritu; para heredar con Jesús hay que compartir su pasión. En muchas ocasiones, lo difícil será conjugar estas dos experiencias: la del sufrimiento, la pasión, y la de la paternidad de Dios. Esa fe necesaria para llamar a Dios “Padre”, como hace Jesús en el huerto de los olivos, incluso cuando están cerca el sufrimiento y la muerte. Y esto lo conseguimos gracias al Espíritu.

  1. El Espíritu Santo, un premio sorpresa (Juan 14,15-16.23b-26).

“Si te portas bien, tendrás un premio”, dicen muchos padres a sus hijos. “Si me amáis y guardáis mis mandamientos, tendréis dos premios”, dice Jesús a sus discípulos. El primero será un ser misterioso que les servirá de consuelo cuando Jesús esté ausente. El segundo, la visita del mismo Padre y de Jesús, no una visita rápida y de compromiso sino quedarse con nosotros de forma permanente. Y termina aclarando quién es ese ser misterioso del primer premio: el Espíritu Santo. Este regalo no es un objeto inerte que nos limitamos a contemplar. Nos recuerda todo lo que dijo Jesús y nos enseña a cómo ponerlo en práctica. Consuelo, enseñanza y recuerdo, tres efectos del Espíritu en todos nosotros.

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Domingo de Pentecostés. 15 mayo, 2016

domingo, 15 de mayo de 2016
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Pascua16

“…el Espíritu Santo, (…),

será quien os lo enseñe todo

y os vaya recordando todo lo que os he dicho.”
(Jn 14, 26)

¡Bienvenida, Santa Ruah!

Año tras año te espero impaciente, esta noche es como la noche de Reyes, vienes tú con tus siete dones y yo te espero entre ilusionada y nerviosa.

¿Qué me regalarás este año? Y sea el año que sea, y me encuentre como me encuentre, ¡aciertas! Me das justo lo que necesito.

Fortaleza, Piedad, Temor de Dios, Ciencia, Sabiduría, Entendimiento y Consejo ¡SIETE! Y aunque con los años ya me han ido tocando todos, y alguno más de una vez, la verdad es que siempre son nuevos.

Pero te diré algo: es verdad que me ilusiona recibir algo de ti, pero sobre todo me ilusiona recibirTE a ti Espíritu Santo, como esa hermosa persona de la Trinidad que eres, conversar contigo, dejar que seas tú quien me lo enseñe todo y me vayas recordando las palabras y los gestos de Jesús.

Sí, me gusta descubrirte como presencia cercana, viva. Como presencia amiga. Más, mucho más que un fuego, una paloma … También tú, Santa Ruah, eres Trinidad, eres Dios como lo son el Padre y el Hijo. Y es así, cercana como una mano amiga, como te descubro yo en mi vida. Y me alegra inmensamente tenerte de nuevo entre mis cosas, en mi cotidianidad en este tiempo especial, en este nuevo pentecostés.

¡Bienvenida Santa Ruah! ¡Entra! y ponlo todo a tu gusto, ¡estás en tu casa!

Entra en nuestra Iglesia y en nuestras iglesias, en nuestras comunidades y en nuestros corazones y haz lo que tú sabes: ¡descolócanos!

¡Haz sonar la música del Reino! ¡Y sácanos a bailar! a danzar, que nada ni nadie se quede quieto.

Y para terminar oremos con esa oración que resuena a través de los siglos:

Ven, Espíritu Divino
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

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El día en que Jesús “hizo las maletas”. ¿Dónde estaban Mateo y Juan?

domingo, 8 de mayo de 2016
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La Ascensión del Cristo es el complemento lógico de su Resurrección y el preludio necesario para su divinización.

En posts anteriores he señalado que se suponía que el mítico fundador de Roma, Rómulo, había corrido la misma suerte .

Añadiré hoy un complemento sobre el valor histórico, desde el punto de vista de algunos, que convendría conceder a tal hecho, bajo el pretexto de que figuraría en documentos que son históricos y presentados como testimonios. Cuando digo “de”, entendamosnos: el relato de la Ascensión figura bien en ciertos evangelios apócrifos; pero dejemos éstos de lado por hoy, ya que, según el punto de vista que adopto, es decir el de la historia infestada de teología, los llamados evangelios apócrifos no serían creíbles, de todo modo; mientras que los cuatro canónicos lo serían. Veamoslos pues.

Primera observación: de los cuatro Evangelios decretados creíbles, sólo dos hablan de la Ascensión : Marcos y Lucas. El pasaje de Marcos es de una brevedad notable: “Entonces, el Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. “ (Marcos 16 , 19 ) . Cada uno sacará las conclusiones que quiera. Lucas es un poco más largo, pero tiene una vaga mirada de la narración, ya que el lugar es mencionado como un gesto (bendición) : “Después los llevó Jesús hasta Betania; allí alzó las manos y los bendijo. Sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo”. (Lucas 24, 50-51) Esto es realmente corto , sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que los Evangelios de Marcos y Lucas son muy abundantes en los detalles de género “vivido” y esto para cantidad de episodios que están lejos de tener la importancia de este último.

Los teólogos no tuvieron ningún problema para edificar un razonamiento para establecer que esta brevedad es querida y significativa; posiblemente veremos allí el signo tangible de la salida simultánea del tiempo y del espacio que debía tener su equivalente en el estilo del relato… ¿Por qué no? Pero los historiadores no pueden, evidentemente, seguirlo y se preguntarán más bien si no se trata, muy tontamente, de una interpolación, es decir de un añadido ulterior debido a un copista que encontraba sin duda que la Ascensión, que conocía por otro lado, sea por la tradición oral, sea por otros evangelios, verdaderamente faltaba en éste y que esto podía ser sólo como consecuencia de un error de uno de sus predecesores, un error que había que reparar.

¿Pero entonces, en este caso, por qué la Ascensión no figuraba en el Evangelio de Mateo y en el de Juan, ya que, de cerca o de lejos, no se encuentra en estos dos textos ninguna mención de tal acontecimiento? Pues bien, primero: nada permite afirmar que no hubieran existido evangelios, según Mateo y según Juan, que no hubieran contenido, precisamente, una mención breve, a manera de Marcos y Lucas, del último episodio de la Ascensión. Haré, un poco más tarde, un post sobre los primeros manuscritos íntegros de los evangelios que poseemos. Los manuscritos muy antiguos de los cuatro evangelios no están exentos de divergencias entre ellos con gran numero de variaciones en relacion a los más antiguos que poseemos. Pero no hay ninguno, claro está, que se sepa que incluya una mención de la Ascensión. No obsante, la hipótesis de que haya existido alguno no es descabellada.

Desconfiemos, sin embargo, de hipótesis históricas y quedémonos con el hecho de que Mateo y Juan no mencionan la Ascensión. Pero recordamos también el hecho, porque está ahí, que Orígenes y Jerónimo se quejan de las variantes que observan en los diversos manuscritos que tienen a su disposición.

Para concluir sobre la Ascensión, la ausencia de este episodio en Mateo y Juan parece estar más cerca del hecho de que, – por lo menos teóricamente ¿debiera suscribirlo? Es otra la cuestión – Mateo y Juan son testigos directos de los acontecimientos que cuentan, contrariamente a Marcos y Lucas.

Suponiendo que Mateo y Juan hayan estado ocupados con otras cosas el día de la Ascensión – lo que sería poco menos que un desastre – por lo menos debían habernos dicho que sus compañeros habían visto … ¿Será que la importancia de la Ascensión se les había escapado? Pero, en este caso, habría sido necesario que el Espíritu Santo que los inspiraba, se hubiera, él mismo,  distraído…

*
Jean-Paul Yves le Goff

http://www.lelivrelibre.net

Fuente:  fr.soc.religio

JESUS-CON-MALETAS-2

***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.

Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto

Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo.

Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo.

Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

*

Lucas 24, 46-53

***

***

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«Crecimiento y Creatividad».Ascensión del Señor – C (Lucas 24,46-53)

domingo, 8 de mayo de 2016
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7-ASCENSION-297x300Los evangelios nos ofrecen diversas claves para entender cómo comenzaron su andadura histórica las primeras comunidades cristianas sin la presencia de Jesús al frente de sus seguidores. Tal vez, no fue todo tan sencillo como a veces lo imaginamos. ¿Cómo entendieron y vivieron su relación con él, una vez desaparecido de la tierra?

Mateo no dice una palabra de su ascensión al cielo. Termina su evangelio con una escena de despedida en una montaña de Galilea en la que Jesús les hace esta solemne promesa: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Los discípulos no han de sentir su ausencia. Jesús estará siempre con ellos. Pero ¿cómo?

Lucas ofrece una visión diferente. En la escena final de su evangelio, Jesús «se separa de ellos subiendo hacia el cielo». Los discípulos tienen que aceptar con todo realismo la separación: Jesús vive ya en el misterio de Dios. Pero sube al Padre «bendiciendo» a los suyos. Sus seguidores comienzan su andadura protegidos por aquella bendición con la que Jesús curaba a los enfermos, perdonaba a los pecadores y acariciaba a los pequeños.

El evangelista Juan pone en boca de Jesús unas palabras que proponen otra clave. Al despedirse de los suyos, Jesús les dice: «Yo me voy al Padre y vosotros estáis tristes… Sin embargo, os conviene que yo me vaya para que recibáis el Espíritu Santo». La tristeza de los discípulos es explicable. Desean la seguridad que les da tener a Jesús siempre junto a ellos. Es la tentación de vivir de manera infantil bajo la protección del Maestro.

La respuesta de Jesús muestra una sabia pedagogía. Su ausencia hará crecer la madurez de sus seguidores. Les deja la impronta de su Espíritu. Será él quien, en su ausencia, promoverá el crecimiento responsable y adulto de los suyos. Es bueno recordarlo en unos tiempos en que parece crecer entre nosotros el miedo a la creatividad, la tentación del inmovilismo o la nostalgia por un cristianismo pensado para otros tiempos y otra cultura.

Los cristianos hemos caído más de una vez a lo largo de la historia en la tentación de vivir el seguimiento a Jesús de manera infantil. La fiesta de la Ascensión del Señor nos recuerda que, terminada la presencia histórica de Jesús, vivimos «el tiempo del Espíritu», tiempo de creatividad y de crecimiento responsable. El Espíritu no proporciona a los seguidores de Jesús «recetas eternas». Nos da luz y aliento para ir buscando caminos siempre nuevos para reproducir hoy su actuación. Así nos conduce hacia la verdad completa de Jesús.

José Antonio Pagola

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«Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo». Domingo 8 de mayo de 2016. Ascensión del Señor

domingo, 8 de mayo de 2016
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32-AscensionC cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 1, 1-11: Lo vieron levantarse.
Salmo responsorial: 46: Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas.
Efesios 1, 17-23: Lo sentó a su derecha en el cielo.
O bien:
Hebreos 9, 24-28; 10, 19-23:
Cristo ha entrado en el mismo cielo.
Lucas 24, 46-53: Mientras los bendecía, iba subiendo al cielo.

En primer lugar recomendamos vivamente revisitar un excelente texto de Leonardo BOFF, tanto para quienes han de preparar una homilía, como para quienes quieran utilizarlo en la reunión de estudio bíblico, o incluso para el estudio personal; puede ser tomado de la biblioteca de los Servicios Koinonía, aquí: http://www.servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm Además, les ofrecemos un comentario tradicional.

Lucas ha escrito dos libros: un evangelio y los Hechos de los apóstoles. En Hch 1,1-2 Lucas retoma la referencia a Teófilo que hizo al comienzo de su Evangelio (“oh ilustre Teófilo” Lc 1,3). «Teó–filo» significa “amigo de Dios”. El hecho de agregarlo aquí, después de separarse su obra en dos, refuerza la idea que Teófilo es una designación simbólica general. Todos los que leemos estos libros somos Teó-filos, amigos, buscadores de Dios.

Su evangelio termina con «Jesús llevado al cielo» (Lc 24,51). Los Hechos comienzan con el relato de «Jesús yéndose al cielo» (Hch 1,6-11). En el evangelio se presenta a Jesús con su cuerpo. En los Hechos ya no está corporalmente. Actúa por medio de su Espíritu. La orden que Jesús da a los apóstoles en Hch 1,4 exige pasividad total: no ausentarse de la ciudad y aguardar. En Lc 24,49 es semejante: permanecer en la ciudad (con la connotación de esperar sin hacer nada). La permanencia y espera pasiva debe durar “hasta que sean bautizados en el Espíritu Santo” (Hch 1,5) o “hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Lc 24,49). Lucas se está aquí refiriendo claramente a Pentecostés.

El misterio del resucitado se expresa de muchas maneras en el Nuevo Testamento: está vivo, se ha despertado, se ha levantado… En la Carta a los Efesios vemos un ejemplo de estas manifestaciones: Pablo hace un claro énfasis en la glorificación de Jesús a la derecha del Padre. Y es a partir de esa glorificación como nosotros y nosotras, sus discípulos, recibiremos la fuerza del Espíritu Santo, espíritu de sabiduría y de revelación, para conocerle perfectamente y conocer así su voluntad, asumiendo por completo el desafío de continuar su tarea a favor del Reino.

Lucas quiere mostramos también que Jesús ha sido «glorificado» por Dios: ha entrado en la gloria del Padre. Separa ambos eventos (resurrección y ascensión), para subrayar el carácter histórico que cada uno de ellos tiene. Jesús resucitado, antes de su ascensión-exaltación-glorificación, convive con sus discípulos: come con ellos y los instruye. La ascensión de Jesús señala, en Lucas, la tensión en la que entra la comunidad de los discípulos desde aquel momento, una vez que han terminado las apariciones del Resucitado: tensión entre la ausencia y al mismo tiempo la presencia del Señor. Jesús continúa su acción y enseñanza después de ser llevado al cielo; Jesús resucitado sigue actuando y enseñando en la comunidad después de su ascensión. Lucas (como también Pablo en el pasaje de la segunda lectura) une íntimamente la ausencia física con el Don del Espíritu Santo.

La insistencia de que los discípulos veían a Jesús subiendo hacia el cielo, podría considerarse alusiva a las escenas de asunción de Elías, cuando Eliseo tuvo asegurado el espíritu de profecía del maestro porque pudo verlo. Así, la comunidad de los discípulos queda configurada en la ascensión como la comunidad profética que hereda el Espíritu de Jesús para continuar su misión. En la ascensión Jesús no se va, sino que es exaltado, glorificado. La parusía no es el retorno de un Jesús ausente, sino la manifestación gloriosa de un Jesús que siempre ha estado presente en la comunidad. Esto aparece claramente en las últimas palabras de Jesús en Mt 28,19: “he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de este mundo”. La ascensión expresa el cambio en Jesús resucitado, una nueva manera de ser, gloriosa, glorificada, pero siempre histórica, pues Jesús glorificado sigue viviendo en la comunidad.

La narración de la ascensión es para Lucas, la culminación del itinerario de Jesús, y el tránsito entre el “tiempo de Jesús” y el “tiempo de la Iglesia”, inaugurada con el Espíritu Santo, prometido por Jesús. Al recibir el Espíritu la comunidad de los creyentes asume en sí la misión de continuar el trabajo inaugurado por Jesús, de manifestar el Reino del Padre. Leer más…

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Dom 8.5.15. Ascensión de Jesús: El Cielo, el Monte o las Maletas de Emigrante

domingo, 8 de mayo de 2016
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imagesDel blog de Xabier Pikaza:

El próximo domingo es la fiesta de la Ascensión que, hasta hace poco, se celebraba el jueves anterior, a los cuarenta días de la Pascua.

Estrictamente hablando, no es una fiesta nueva, sino otra versión de la Pascua, que aparece ahora como ascensión y triunfo: Jesús se ha sentado a la derecha de Dios, con sus amigos, los pobres y enfermos, las prostitutas y los pecadores y con aquellos que han aceptado y aceptan su camino.

Tomada en sentido estricto, esta es la fiesta del Cielo, de Lucas, y ha sido formuladas simbólicamente, para siempre, al final de su Evangelio (Lc 24) y al Principio de los Hechos (Hch), como seguiré indicando. Ésta es la versión «litúrgica», que quiere representar las cosas del Cielo de Jesús con figuras visibles. Y ciertamente, en un sentido, podemos decir que Jesús está en el Cielo, Sentado a la Derecha del Padre. Pero tanto Mateo como Lucas, los evangelios anteriores, han formulado esta fiesta de otra forma.

— Según Mt 28, 16-20 no hay Ascensión al Cielo, sino presencia animadora de Jesús en el Monte de Galilea. Él no ha subido todavía al «cielo» de Dios, lo hará cuando llegue el momento y culmine su historia. Jesús está en pie «en el monte de Galilea», es decir, en la tierra de su amor y su tarea, y desde allí nos envía diciendo: «id al mundo entero», haced que todos los pueblos descubran el Camino de la Vida; ofrecedles el regalo de Dios (Padre, Hijo, Espíritu Santo), enseñadles a vivir según el evangelio (perdón, amor mutuo, comunión de alma y cuerpo). No asciende, no se va ni nos deja, sino que anima y dirige desde el monte nuestro camino.

imageseMc 16, 1-8 da un paso más y dice que Jesús no se ha marchado al Cielo, como en Lucas, ni le hemos encontrado todavía en la montaña, como Mateo., pues nosotros, sus discípulos miedosos, mujeres de la pascua en camino y varones del olvido, seguimos vacilando, no nos hemos decidido a encontrarla de verdad en Galilea…

Ésta es la versión más fuerte y hermosa de este día, según Marcos. Jesús nos ha dicho: «Yo os precedo a Galilea, allí me encontrareís, pues no hemos escuchado su palabra, no hemos ido todavía, no hemos estrenado su evangelio, ni siquiera Pedro (que sería el Papa, que está hoy, 2016, progresando adecuadamente), ni los otros discípulos (varones y mujeres).

Jesús se ha ido con sus maletas, que son las nuestras, pues él no las necesitas, como emigrante de Galilea (con los miles y millones de emigrantes de este año 2016), para que así podamos encontrarle a él, con los suyos, en la Nueva Galilea, para celebrar la Ascensión de la vida.

Seguimos dispersos, dudando, con miedo al evangelio. No hemos podido celebrar todavía la «ascensión», no hemos sido transformado, recreados… Sólo cuando los seamos veremos a Jesús, nos dejaremos transformar, transformaremos la vida de los hombres.

Éstas son las tres versiones de la Ascensión. Este año 2016, ciclo C, toca litúrgicamene la versión de Lucas, como verá quien siga leyendo. Pero no olvidemos que son tan importantes (¡y quizá más bíblicas!) las versiones de Mateo (Jesús nos anima desde el Monte) y la de Marcos (él va con las maletas de los emigrantes, aún no le hemos encontrado…). Escoja cada uno su versión para celebrar con su vida esta fiesta.

A mi juicio (en medio de este lío de disputas de cardenales y teólogos contra el papa) sería mejor celebrar la fiesta según Marcos, pues me parece la más franciscana: Aún no hemos encontrado a Jesús en Galilea, debemos seguir buscando…, pues él ha ido allí con nuestras malestas.

JESUS-CON-MALETAS-2A pesar de ello, por seguir la liturgia comentaré los textos de Lc 24 y Hch 1. Con ellos os dejo, pues es tiempo de “subir” al Cielo de la Vida en Dios (que es la justicia y la misericordia), para culminar la obra del Reino y “sentarse” y descansar en plenitud con los marginados y excluidos de los reinos de la tierra. Es la fiesta del cielo que empieza en esta tierra… la fiesta del Jesús de la maleta.
((sigue)).

Tema y textos.

La experiencia pascual de la Iglesia se centra y despliega en tres afirmaciones que son inseparables, conforme al esquema trazado por Lucas-Hechos, que se ha vuelto «canónico» en la liturgia, no en la Biblia, ni en la vida de la Iglesia.

(a) Resurrección, pasado triunfante: Jesús ha vencido a la muerte y sus discípulos le han visto.

(b) Ascensión, presente de gloria: Jesús ha subido al cielo, esta sentado a la derecha del Padre.

(c) Esperanza futura: Jesús vendrá pronto, para culminar su obra, en la parusía.

De un modo especial suelen unirse las afirmaciones del pasado (resucitó al tercer día) y las del presente (está en la gloria del Padre), que tanto Pablo como Mateo y Juan han vinculado, viéndolas como dos momentos o aspectos del mismo triunfo pascual de Jesús, al servicio del Reino. Lucas, en cambio, tanto en su evangelio como en el libro de los Hechos, ha separado esos momentos, situando la Ascensión a los cuarenta días de la resurrección.

Hoy no he querido comentar los textos, tomados de Lucas y de Hechos. Por eso me limito a citarlos, para exponer después, con cierto detalle, el sentido de la Ascensión de Jesús, que está Sentado a la Derecha de Dios, con sus amigos los pobres y los marginados. Es la fiesta de la Gloria de Jesús, la fiesta de su gente, de su pueblo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.» Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios (Lc 24, 46-53).

Jesús…se les presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios. Una vez que comían juntos, les recomendó:

«No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.»

Ellos lo rodearon preguntándole:

«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?» Jesús contestó: «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.» Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.» (Hch 1, 111)

1. Introducción. El Señor Sentado.

No quiero hoy hacer un comentario exegético de los textos, sino ofrecer una visión general de la Asunción: de Jesús glorificado y sentado a la Derecha de Dios Padre. Sobre la glorificación de Jesús y su presencia salvadora entre los hombres, el Nuevo Testamento ofrece varias visiones:

Jesús asiste a sus enviados hasta el día de la consumación del mundo (Mt 28, 20);

Jesús es cabeza que sostiene y vitaliza el cuerpo de la iglesia (tradición paulina);

Jesús es vida y luz que alumbra a los creyentes (Juan)…

Pues bien, al lado de esas perspectivas, la dogmática cristiana ha resaltado de manera constante y uniforme una visión que, enraizada en el Antiguo Testamento (Sal 110, 1), supone que el Kyrios o Señor está sentado, a la Derecha de Dios Padre, en ámbito de cielo, culminada la historia, enviando su Espíritu:

– Sentado. Este es un gesto específicamente humano. Los animales se sostienen en sus patas, nadan, vuelan, caminan, se agazapan o se acuestan. Algunos pueden sentarse físicamente, pero sólo de manera material. No liberan las manos para la comunicación dialogada, no construyen una sede o trono como signo de su autoridad. Por el contrario, los humanos se definen como aquellos que pueden ponerse en pie (liberando las manos para el trabajo) y sentarse (para descanso, autoridad y/o convivencia). Leer más…

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El triunfo de Jesús y de los mártires de hoy Fiesta de la Ascensión. Domingo 7º de Pascua. Ciclo C.

domingo, 8 de mayo de 2016
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FontanadiTrevi_DanielIbanezACIPrensa_29042016Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El 29 de abril de 2016, a las 8 de la tarde, se iluminó la Fontana di Trevi, en Roma, como homenaje y recuerdo a los miles de cristianos martirizados y perseguidos en nuestro tiempo. Mientras escuchaba las diversas intervenciones, me preguntaba qué dirían las lecturas de la fiesta de hoy a esos hermanos y hermanas nuestras que se juegan la vida cada vez que acuden a la celebración de la eucaristía.

Ante todo, la Ascensión, fiesta que celebra el triunfo de Jesús, les puede recordar la ascensión de tantos familiares y amigos muertos, a los que ya no pueden ver, pero que han triunfado y siguen estando muy presentes. En segundo lugar, que la persecución y la muerte no pueden encerrarlos en sus casas muertos de miedo; deben animarse, recordando que a los primeros discípulos la pasión y muerte de Jesús los impulsó a predicar el evangelio al mundo entero. Por último, pedir esa “fuerza de lo alto”, la fuerza del Espíritu, que Jesús les promete.

Una sola cadena de televisión con dos visiones muy distintas

Los dos textos principales de la misa de hoy (Hechos de los Apóstoles y evangelio de Lucas) se prestan a una interpretación muy simplista, como si el monte de los Olivos fuese una especie de Cabo Cañaveral desde el que Jesús sube al cielo como un cohete. Cualquier cadena de televisión que hubiera filmado el acontecimiento habría ofrecido la misma noticia, aunque hubiera variado el encuadre de las cámaras.

En este caso solo hay presente una cadena de televisión: la de Lucas. A los otros evangelistas parece no haberles interesado la noticia. Pero Lucas ha elaborado dos programas sobre la Ascensión, uno en el evangelio y otro en los Hechos, y cuenta lo ocurrido de manera muy distinta, con notables diferencias. Eso demuestra que para él lo importante no es el hecho histórico sino el mensaje que desea transmitir. Tanto el evangelio como Hechos podemos dividirlos en dos partes: las palabras de despedida de Jesús y la ascensión. Para no alargarme, omito la introducción al libro de los Hechos.

Palabras de despedida de Jesús

En el evangelio, Jesús dice a los discípulos que su pasión, muerte y resurrección estaban anunciadas en las Escrituras (“Así estaba escrito” se refiere a los libros atribuidos a Moisés y los profetas). Por consiguiente, lo ocurrido no debe escandalizarlos ni hacerles perder la fe. Todo lo contrario: deben predicar la penitencia y el perdón a todos los pueblos. Para llevar a cabo esa misión necesitan la fuerza del Espíritu Santo, que deben esperar en Jerusalén.

            «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto. Yo os enviaré lo que mi Padre ha prometido; vosotros quedaos en la ciudad, hasta que os revistáis de la fuerza de lo alto.»

En el libro de los Hechos se repite lo esencial, esperar al Espíritu Santo, pero se añaden dos temas: la preocupación política de los discípulos y la idea de ser testigos de Jesús en todo el mundo (cosa que en el evangelio sólo se insinuaba).

             Una vez que comían juntos, les recomendó:

            – «No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.» 

            Ellos lo rodearon preguntándole:

            – «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?»

            Jesús contestó:

            – «No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo.»

La ascensión: dos relatos muy distintos

Versión del evangelio

            Después los sacó hacia Betania y, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos, subiendo hacia el cielo. Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.

Versión de Hechos

            Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: – «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse. » 

  •  En el Evangelio, Jesús bendice antes de subir al cielo (en Hch, no).
  •  En Hechos una nube oculta a Jesús (en el evangelio no se menciona la nube).
  •  En el evangelio, los discípulos se postran (en Hch se quedan mirando al cielo).
  •  En el evangelio vuelven a Jerusalén; en Hch se les aparecen dos personajes vestidos de blanco.

Dadas estas diferencias, ¿cuál es el mensaje que pretende transmitir Lucas?

La explicación hay que buscarla en la línea de la cultura clásica greco-romana, en la que se mueve Lucas y la comunidad para la que él escribe. También en ella hay casos de personajes que, después de su muerte, son glorificados de forma parecida a la de Jesús. Los ejemplos que suelen citarse son los de Hércules, Augusto, Drusila, Claudio, Alejandro Magno y Apolonio de Tiana. Estos ejemplos confirman que los relatos tan escuetos de Lucas no debemos interpretarlos al pie de la letra, como han hecho tantos pintores, sino como una forma de expresar la glorificación de Jesús. El final largo del evangelio de Marcos subraya este aspecto al añadir que, después de la ascensión, Jesús “se sentó a la derecha de Dios”.

La ascensión en la cultura greco-romana.

Por si a alguno le interesa, copio los textos clásicos.

A propósito de Hércules escribe Apolodoro en su Biblioteca Mitológica: “Hércules… se fue al monte Eta, que pertenece a los traquinios, y allí, luego de hacer una pira, subió y ordenó que la encendiesen (…) Mientras se consumía la pira cuenta que una nube se puso debajo, y tronando lo llevó al cielo. Desde entonces alcanzó la inmortalidad…” (II, 159-160).

Suetonio cuenta sobre Augusto: “No faltó tampoco en esta ocasión un expretor que declaró bajo juramento que había visto que la sombra de Augusto, después de la incineración, subía a los cielos” (Vida de los Doce Césares, Augusto, 100).

Drusila, hermana de Calígula, pero tomada por éste como esposa, murió hacia el año 40. Entonces Calígula consagró a su memoria una estatua de oro en el Foro; mandó que la adorasen con el nombre de Pantea y le tributasen los mismos honores que a Venus. El senador Livio Geminio, que afirmó haber presenciado la subida de Drusila al cielo, recibió en premio un millón de sestercios.

De Alejandro Magno escribe el Pseudo Calístenes: “Mientras decía estas y otras muchas cosas Alejandro, se extendió por el aire la tiniebla y apareció una gran estrella descendente del cielo hasta el mar acompañada por un águila, y la estatua de Babilonia, que llaman de Zeus, se movió. La estrella ascendió de nuevo al cielo y la acompañó el águila. Y al ocultarse la estrella en el cielo, en ese momento se durmió Alejandro en un sueño eterno» (Libro III, 33).

Con respecto a Apolonio de Tiana, cuenta Filóstrato que, según una tradición, fue encadenado en un templo por los guardianes. “Pero él, a medianoche se desató y, tras llamar a quienes lo habían atado, para que no quedara sin testigos su acción, echó a correr hacia las puertas del templo y éstas se abrieron y, al entrar él, las puertas volvieron a su sitio, como si las hubiesen cerrado, y que se oyó un griterío de muchachas que cantaban, y su canto era: Marcha de la tierra, marcha al cielo, marcha” (Vida de Apolonio de Tiana VIII, 30).

Sobre la nube véase también Dionisio de Halicarnaso, Historia antigua de Roma I,77,2: “Y después de decirle esto, [el dios] se envolvió en una nube y, elevándose de la tierra, fue transportado hacia arriba por el aire”.

Resumen

Ante la ascensión no debemos tener sentimientos de tristeza, de abandono o soledad. Como dice el evangelio, la marcha de Jesús debe provocar una gran alegría y el deseo de bendecir a Dios. Porque lo que celebramos es su triunfo, como demuestran los textos de la cultura greco-romana en los que se inspira Lucas. Me viene la imagen del acto de fin de carrera, cuando el estudiante recibe su diploma y la familia y amigos lo acompañan llenos de alegría.

Al mismo tiempo, las palabras de despedida de Jesús nos recuerdan dos temas capitales: el don del Espíritu Santo, que celebraremos de modo especial el próximo domingo, de Pentecostés, y la misión “hasta el fin del mundo”. Aunque estas palabras se refieren ante todo a la misión de los apóstoles y misioneros, todos nosotros debemos ser testigos de Jesús en cualquier parte del mundo. Para eso necesitamos la fuerza del Espíritu, y eso es lo que tenemos que pedir.

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La Ascensión

domingo, 8 de mayo de 2016
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Pascua16

Si me quedo embebida mirando fijamente el punto por el que te has ido…

Si mis ojos siguen el camino por el que te he visto marchar… entonces mi vida se quedará en lo mediocre de la melancolía.

El miedo creado por tu ausencia, la segunda tras la del sepulcro, es lo que, al final, me hará más fuerte. Yo guiaré mi camino, avanzaré temblorosa pero con esperanza, confiada en tu presencia. Llegaré al puerto de un vívido Pentecostés en el que ya no habrá soledad estéril.

Comienza el tiempo de la madurez, la etapa adulta del pensamiento, de la práctica.

No voy a quedarme quieta, absorta la mirada en una nube y una oscuridad.

Cuanto más arriba asciendas tú más firmes se anclarán mis pies en la tierra, porque la espera y la esperanza no revolotean por lo alto sino que se mueven a ras de suelo.

Envía, Señor, sobre cada una de nosotras un reguero largo y dulce de vida eterna.

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«No perder la identidad». 5 Pascua – C (Juan 13,31-33a.34-35)

domingo, 24 de abril de 2016
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abrazoJesús se está despidiendo de sus discípulos. Dentro de muy poco, ya no lo tendrán con ellos. Jesús les habla con ternura especial: «Hijitos míos, me queda poco de estar con vosotros». La comunidad es pequeña y frágil. Acaba de nacer. Los discípulos son como niños pequeños. ¿Qué será de ellos si se quedan sin el Maestro?

Jesús les hace un regalo: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado». Si se quieren mutuamente con el amor con que Jesús los ha querido, no dejarán de sentirlo vivo en medio de ellos. El amor que han recibido de Jesús seguirá difundiéndose entre los suyos.

Por eso, Jesús añade: «La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros». Lo que permitirá descubrir que una comunidad que se dice cristiana es realmente de Jesús, no será la confesión de una doctrina, ni la observancia de unos ritos, ni el cumplimiento de una disciplina, sino el amor vivido con el espíritu de Jesús. En ese amor está su identidad.

Vivimos en una sociedad donde se ha ido imponiendo la «cultura del intercambio». Las personas se intercambian objetos, servicios y prestaciones. Con frecuencia, se intercambian además sentimientos, cuerpos y hasta amistad. Erich Fromm llegó a decir que «el amor es un fenómeno marginal en la sociedad contemporánea». La gente capaz de amar es una excepción.

Probablemente sea un análisis excesivamente pesimista, pero lo cierto es que, para vivir hoy el amor cristiano, es necesario resistirse a la atmósfera que envuelve a la sociedad actual. No es posible vivir un amor inspirado por Jesús sin distanciarse del estilo de relaciones e intercambios interesados que predomina con frecuencia entre nosotros.

Si la Iglesia «se está diluyendo» en medio de la sociedad contemporánea no es solo por la crisis profunda de las instituciones religiosas. En el caso del cristianismo es, también, porque muchas veces no es fácil ver en nuestras comunidades discípulos y discípulas de Jesús que se distingan por su capacidad de amar como amaba él. Nos falta el distintivo cristiano.

Los cristianos hemos hablado mucho del amor. Sin embargo, no siempre hemos acertado o nos hemos atrevido a darle su verdadero contenido a partir del espíritu y de las actitudes concretas de Jesús. Nos falta aprender que él vivió el amor como un comportamiento activo y creador que lo llevaba a una actitud de servicio y de lucha contra todo lo que deshumaniza y hace sufrir el ser humano.

José Antonio Pagola

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Domingo 24 de abril de 2016. 5º Domingo de Pascua

domingo, 24 de abril de 2016
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30-pascuaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.
Apocalipsis 21, 1-5a: Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.
Juan 13, 31-33a. 34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización. Leer más…

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Dom 24.4.16 Que os améis unos a otros, porque el amor es Dios (y el prójimo, también)

domingo, 24 de abril de 2016
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12998528_578007969043066_716728031404632059_nDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 5º de Pascua, domingo del mandamiento nuevo: “Que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Es el mandamiento de la vida de Jesús, que “manda” siendo, que abre con su vida una mutación de vida, que es amor.

— Éste es el mandamiento de la revelación de Dios, de la revelación del ser humano, mujer y varón, varón y mujer, padres e hijos, hijos y padres… judíos y gentiles, del norte y del sur…

— Éste es el mandamiento de la nueva humanidad de Dios, un mandamiento cristiano precisamente por ser humano. Es la revelación de la esencia del hombre.

Éste es el único mandamiento, los diez mandamientos en uno: que os améis, como ama Dios, como os he amado.

Éste es el único mandamiento, los dos mandamientos en uno, porque «amar a Dios y amar al prójimo» se resume en esto: amaos unos a los otros, porque aquí está Dios y amando al prójimo estáis amando a Dios (y manifestáis en vuestra vida el amor de Dios)

10155508_760159217336398_34330471_nAsí presentaré el texto del domingo, del evangelio de Juan…. Y lo comentaré con la carta que el mismo Juan escribió para explicarlo, diciendo que Dios es amor, es decir, que nosotros somos (=hemos de ser) amor en Dios. Buen domingo.

Este mandamiento del amor, entendido como experiencia radical de gratuidad, como misericordia y justicia, define la vida del cristiano:

— Es amor íntimo, de gozo… Amar es ser, amar es vivir, en esperanza y fe, en gratuidad e intimidad

— Pero amor es, al mismo tiempo, misericordia… Es convertir la vida en pan para los otros (segunda imagen).

Buen domingo a todos… porque Dios es Amor, y si amamos somos en Dios, él en nosotros.

1. Texto: Juan 13, 31-33a. 34-35

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.
Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

2. Comentario. Primera de Juan

La primera carta de Juan (1 Jn) ha relacionado de manera muy intensa el amor mutuo (amor interhumano) con el ser de Dios, entendido como amor y de esa forma ha comentado el mandamiento del amor.

Parece que en un determinado momento la comunidad de Juan (es decir, del Discípulo Amado) había sufrido el riesgo del exclusivismo, cerrándose en un tipo de amor puramente interior, entre los miembros del grupo. Pero, más tarde, esa comunidad se ha integrado en la Gran Iglesia, ofreciendo su experiencia y exigencia de amor no sólo a los cristianos sino a todos los hombres y mujeres, entendidos desde Cristo como hermanos y amigos. Esta es la palabra clave de la comunidad de Juan, la palabra clave de la revelación y teología cristiana, 1 Jn 4, 7-21

[a. A Dios nadie le ha visto].

Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.

[b. Hemos conocido y creído. Confesión cristológica].

En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él.

[b’ Dios es amor. Confesión teológica].

Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor.

[a’. Conclusión y mandamiento].
Nosotros amemos, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 7-21).

13015271_577768145733715_7067850011313563772_nHe dividido el texto en cuatro partes, que voy a comentar.

Entre la primera (a) y la última (a’) hay una relación interna: ambas insisten en que Dios nos ha amado primero y vinculan amor a Dios y al prójimo, empleando el argumento de la visibilidad: nadie ha visto a Dios, pero su presencia se ilumina en el amor al prójimo a quien vemos. Las partes intermedias (b y b’) son de tipo más teórico/temático: una vincula el amor con Cristo, la otra con Dios.

a. A Dios nadie le ha visto (Amémonos unos a otros! (1 Jn 4,7-12).

Hemos puesto como título las palabras del final de este pasaje (“a Dios nadie le ha visto…”) donde se retoma y replantea, desde el amor, el argumento básico de Jn 1, 18: “a Dios nadie le ha visto jamás; el Dios único que está en el seno del Padre, ése nos lo ha manifestado”. Aquí se refleja un tema central del Antiguo Testamento, que dice: “no te fabricarás escultura, imagen alguna de lo que hay arriba en los cielos o abajo en la tierra o en los mares por debajo de la tierra” (Dt 5, 8; Ex 20, 4).

En el hueco que deja la invisibilidad de Dios emerge la Palabra: no vemos a Dios, pero le escuchamos y podemos cumplir sus mandamientos. Pues bien, dando un paso más, el mismo Antiguo Testamento sabe que no se pueden hacer imágenes de Dios, porque su imagen y presencia son hombres y mujeres: Dios creó al hombre; a su imagen y semejanza lo creó; varón y mujer los creó… (Gen 1, 26-27). No se pueden hacer imágenes de Dios porque el ser humano es imagen: sacramento de Dios sobre la tierra.

Ésta es la experiencia que está al fondo de nuestro pasaje: el Dios invisible se revela en el amor entre los hombres. Algunos judíos legalistas han tendido a identificar la presencia del Dios ausente con su Ley propia de pueblo separado. Algunos cristianos sacralistas han tendido a identificar al Dios ausente con ciertos ritos sacramentales o con posibles pertenencias eclesiales. Pues bien, nuestro pasaje identifica la presencia de Dios con el amor:

1. Conocer a Dios es amarnos (1 Jn 4, 7-8).

Recogiendo una tradición ilustrada, Feuerbach, identifica Dios y amor, pero lo hace en forma excluyente: no hay un Dios en sí, lo divino es sólo amor humano (La esencia del cristianismo). Es evidente que nuestro pasaje no polemiza contra Feuerbach, entre otras cosas porque es muy anterior. Pero, de una forma implícita, supera y refuta su postura: sabe que no existe Dios fuera del amor; pero añade que el Amor no es invento humano, sino el mismo “ser” de Dios, como origen y sentido de todo lo que existe. Por eso, el texto pide que nos amemos no para crear el amor, sino para reconocer nuestro origen, pues del amor (que es Dios) hemos nacido. Ésta es la experiencia original cristiana.

2. Revelación del amor (1 Jn 4, 9).

Feuerbach diría que nosotros revelamos (desplegamos, inventamos) el amor, al desplegar nuestro ser y realizarnos como humanos. Pues bien, sin negar la verdad parcial de esa postura, nuestro texto afirma que el amor es gracia antecedente: no lo hemos inventado nosotros; nos lo ha dado Dios por medio de su Hijo. La historia del amor nos precede y fundamenta. No venimos de un acaso, no estamos obligamos a imponer un ritmo de amor (perdón, justicia) sobre un mundo previamente informe, irracional, mezquino. Del amor nacemos. Por eso, nuestra acción de amar ha de entenderse como fidelidad a nuestro propio origen, expresión de nuestra esencia antecedente.

3. Esencia del amor (1 Jn 4, 10).

En esto consiste el amor (en toutô estin hê ágapè). El amor no es algo que hacemos a ciegas, dejando que actúe la naturaleza; ni es algo que logramos conquistar con nuestro esfuerzo como Prometeos que roban a los dioses celosos el fuego de la vida… No es tampoco una experiencia de nostalgia ante el fracaso de las cosas, ni equilibrio cósmico que acaba encerrándonos en medio de la trama de los astros. Leer más…

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De la persecución a la gloria pasando por el amor mutuo. Domingo 5º de Pascua. Ciclo C

domingo, 24 de abril de 2016
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viaje1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:
 .

Aunque no se advierta a primera vista, hay algunos temas comunes a las tres lecturas.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27

            El domingo pasado se leyó la actividad de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, y las dificultades que promovieron al final los judíos y algunas señoras importantes, obligándoles a huir de allí. Marchan entonces a Iconio, Listra y Derbe (el mapa ayuda a seguir el itinerario). Lo que allí ocurrió no se lee en la misa, pero es importante recordarlo brevemente para comprender la lectura de hoy (el que quiera puede leer el capítulo 14 de los Hechos, que es muy interesante).

En Iconio predican con bastante éxito, pero al final la gente se divide, algunos intentan apedrearlos y tienen que huir de nuevo.

En Listra curan a un tullido y la gente los consideran dioses; ellos consiguen con dificultad que no les den culto. Pero vienen judíos de Antioquía e Iconio que ponen a la gente contra Pablo; lo apedrean y lo arrastran fuera de la ciudad dándolo por muerto. Los discípulos lo recogen y al día siguiente huye con Bernabé hacia Derbe.

En Derbe anuncian el evangelio y ganan bastantes discípulos. Allí no se dan persecuciones. Terminada la predicación, emprenden el viaje de vuelta a Antioquía de Siria (donde habían comenzado el viaje misionero), pasando por las mismas ciudades que ya habían evangelizado. Este viaje de vuelta es el tema de la lectura de hoy.

    En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.

            En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. 

            Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

El viaje de vuelta, contado tan esquemáticamente, debió de durar, como mínimo, uno o dos meses. Pero Lucas no se detiene a contar con detalle lo ocurrido. Para él es más importante indicar la conducta de los apóstoles. En todas las comunidades hacen lo mismo durante la vuelta:

1) Confortar y exhortar a perseverar en la fe. “Confortar” es un verbo exclusivo de Hch (14,22; 15,41; 18,23) y siempre tiene por objeto a los discípulos o a las comunidades (no a individuos). ¿Cómo se conforta y exhorta? Advirtiéndoles de la realidad: “hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Igual que Pablo y Bernabé han tenido que sufrir para anunciar el evangelio; igual que Esteban fue apedreado hasta la muerte (Hch 11,19). Las persecuciones y tribulaciones forman parte esencial de la vida cristiana.

2) Designar responsables. Esta palabra griega, presbitérous, etimológicamente designa a los “ancianos”, pero en la práctica se aplica a los responsables de la comunidad y terminará adquiriendo un matiz muy concreto: sacerdote. Pero no es eso lo que designan los apóstoles, sino simples encargados de dirigir la comunidad, las asambleas litúrgicas, etc.

3) Celebrar liturgias de oración y ayuno, en las que encomiendan a la comunidad al Señor.

Finalmente, cuando llegan a Antioquía de Siria, pueden dar la gran noticia: Dios ha abierto a los paganos la puerta de la fe. Ha comenzado una etapa nueva en la historia de la iglesia y de la humanidad.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

            Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la segunda, del Apocalipsis, habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir.

            Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono:

            – «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.»
Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Todo lo hago nuevo.»

            Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en las dos primeras lecturas: ahora mismo, la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap), pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

Lectura del santo evangelio según san Juan 13, 31-33a. 34-35

            El evangelio de hoy, aunque muy breve, lo podemos dividir en dos partes. La primera nos sitúa en la noche del Jueves Santo, cuando Judas acaba de salir del cenáculo para traicionar a Jesús y este pronuncia unas palabras desconcertantes.

            Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: 

            – «Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. 

            ¿Qué quiere decir Jesús? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

Pero, ¿qué es eso que ha ocurrido y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará.

La segunda parte es muy conocida, fácil de entender y muy difícil de practicar.

            Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

            El amor al prójimo como a uno mismo es algo que está ya mandado en el libro del Levítico. La novedad en este caso consiste en amar “como yo os he amado”, hasta dar la vida. Para Jesús, este rasgo es el único distintivo del cristiano, y no puede ser sustituido por actos cultuales (misas, etc.) ni por programas ideológicos de cualquier tipo.

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V Domingo de Pascua. 24 abril, 2016

domingo, 24 de abril de 2016
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Pascua16
*
“La señal por la que os reconocerán como discípulos míos…”
(cfr.Jn. 13, 35)

¿Qué otra cosa podemos querer cada uno de nosotros en el momento de la muerte que dejar como legado a nuestros seres queridos un deseo de amor y unidad entre ellos, para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestro grupo? Así, tan humano, se muestra Jesús en su última cena, en su última despedida: “amaos los unos a los otros”.

Sin embargo da un paso más y nos invita a recibir nuestra identidad conscientemente y trabajar por ser dignos, dignas, de llevarla encima. Se lo oí a un sacerdote en una homilía y mis oídos se estremecieron ante una afirmación tan rotunda y tan, he de reconocerlo, profundamente verdadera. Dijo: “la señal de los cristianos no es la cruz sino el amor”.

Como monja trinitaria la redención, el sentirme redimida, el saber a la humandad redimida, forma parte de nuestra manera particular de vivir en la Iglesia. La cruz es un elemento clave porque nos recuerda que Cristo se entregó hasta la muerte por cada una de nosotras, por cada uno de nosotros. Y a veces, es verdad, nos quedamos mirando las heridas que sangran y se nos pasa por alto el motivo, que no es el odio, ni la soledad, ni el abandono, el único motivo por el que Cristo está ahí clavado en la cruz es el amor. Tan fácil y tan complejo como amarnos a pesar de nuestras diferencias, a pesar de nuestras incomprensiones, a apesar de nuestros conflictos, siempre, por encima, Jesús nos recuerda que ha de estar nuestro amor mutuo y que solo ese amor será la manera de reconocernos como hermanos, como hijos.

Hoy también es el día del amor.

Feliz día. Feliz domingo.

Oración:
Tú me conoces y me sondeas,
tú me amas y confías en que el amor será el motor de mi vida,
el amor que tú has puesto en mi corazón
para entregar a mi prójimo
porque si no amo a quien veo,
¿cómo podré amarte a ti, a quien no veo?

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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«Escuchar su voz y seguir sus pasos». 4 Pascua – C (Juan 10,27-30)

domingo, 17 de abril de 2016
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4-PASCUA-600x647La escena es tensa y conflictiva. Jesús está paseando dentro del recinto del templo. De pronto, un grupo de judíos lo rodea acosándolo con aire amenazador. Jesús no se intimida, sino que les reprocha abiertamente su falta de fe: «Vosotros no creéis porque no sois ovejas mías». El evangelista dice que, al terminar de hablar, los judíos tomaron piedras para apedrearlo.

Para probar que no son ovejas suyas, Jesús se atreve a explicarles qué significa ser de los suyos. Solo subraya dos rasgos, los más esenciales e imprescindibles: «Mis ovejas escuchan mi voz… y me siguen». Después de veinte siglos, los cristianos necesitamos recordar de nuevo que lo esencial para ser la Iglesia de Jesús es escuchar su voz y seguir sus pasos.

Lo primero es despertar la capacidad de escuchar a Jesús. Desarrollar mucho más en nuestras comunidades esa sensibilidad, que está viva en muchos cristianos sencillos que saben captar la Palabra que viene de Jesús en toda su frescura y sintonizar con su Buena Noticia de Dios. Juan XXIII dijo en una ocasión que «la Iglesia es como una vieja fuente de pueblo de cuyo grifo ha de correr siempre agua fresca». En esta Iglesia vieja de veinte siglos hemos de hacer correr el agua fresca de Jesús.

Si no queremos que nuestra fe se vaya diluyendo progresivamente en formas decadentes de religiosidad superficial, en medio de una sociedad que invade nuestras conciencias con mensajes, consignas, imágenes, comunicados y reclamos de todo género, hemos de aprender a poner en el centro de nuestras comunidades la Palabra viva, concreta e inconfundible de Jesús, nuestro único Señor.

Pero no basta escuchar su voz. Es necesario seguir a Jesús. Ha llegado el momento de decidirnos entre contentarnos con una «religión burguesa» que tranquiliza las conciencias pero ahoga nuestra alegría, o aprender a vivir la fe cristiana como una aventura apasionante de seguir a Jesús.

La aventura consiste en creer lo que él creyó, dar importancia a lo que él dio, defender la causa del ser humano como él la defendió, acercarnos a los indefensos y desvalidos como él se acercó, ser libres para hacer el bien como él, confiar en el Padre como él confió y enfrentarnos a la vida y a la muerte con la esperanza con que él se enfrentó.

Si quienes viven perdidos, solos o desorientados pueden encontrar en la comunidad cristiana un lugar donde se aprende a vivir juntos de manera más digna, solidaria y liberada siguiendo a Jesús, la Iglesia estará ofreciendo a la sociedad uno de sus mejores servicios.

José Antonio Pagola

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«Yo doy la vida eterna a mis ovejas». Domingo 17 de abril de 2016. 4º Domingo de Pascua

domingo, 17 de abril de 2016
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29-pascuaC4 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 13, 14. 43-52: Sabed que nos dedicamos a los gentiles.
Salmo responsorial: 99: Somos su pueblo y ovejas de su rebaño.
Apocalipsis 7, 9. 14b-17: El Cordero será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas.
Juan 10, 27-30: Yo doy la vida eterna a mis ovejas.

La primera lectura nos presenta hoy a Pablo y Bernabé en todo su apogeo evangelizador, donde se puede comprobar el proceso que va recorriendo la expansión del Evangelio. Por una parte, el espacio físico desde donde se proclama la Buena Nueva es la misma sinagoga judía; el medio es, naturalmente, la misma Escritura antigua, desde donde se proclaman las promesas y se confirman con el anuncio de la muerte y resurrección de Jesús como cumplimiento de ellas. Esto quiere decir que los destinatarios originales son los israelitas; así lo formula Pablo y lo corroboran los demás apóstoles. Hay, ciertamente, acogida del nuevo mensaje por parte de muchos, pero también hay rechazos hasta violentos a la predicación de Pablo y, antes de él, a las Pedro y los demás. El rechazo oficial no se queda sólo en no aceptar el mensaje; incluye también la expulsión de la sinagoga y las amenazas a quienes siendo judíos se hayan convertido al nuevo camino y pretendan asistir por cualquier circunstancia a la sinagoga.

Todo esto nos sirve para hacernos una idea de las dificultades que tuvo que afrontar el anuncio del Evangelio en sus orígenes, y la forma como Pablo, llamado con tanta razón “el apóstol de los gentiles”, va abriendo paso para que el evangelio de Jesús sea anunciado y conocido por todo el mundo, sin importar fronteras, razas ni clases sociales.

Ese es otro de los efectos de la resurrección de Jesús: el conocimiento, por parte de todos los seres humanos, de la Buena Noticia del amor de Dios, que en Jesús ha rescatado a toda la humanidad y la ha puesto bajo el amparo y la guía de un solo Padre de todos, el Padre de Jesús.

En consonancia con ello, la visión apocalíptica que Juan nos describe en la segunda lectura no deja de ser una visión poéticp-simbólico-fantástica. Quiere dar a hacer conocer la nueva idea de Dios que Jesús nos revela en el Nuevo Testamento: su Padre es el Dios Padre de todos los hombres y mujeres, sin excepción alguna. Todos son recibidos en la nueva realidad instaurada por el Cordero, ya que en él han sido superadas todas las fronteras que los humanos fueron construyendo para vivir separados y divididos. Ya no habrá división ni rechazo, porque en Jesucristo todos hemos sido recibidos como hermanos. El Cordero inmolado será el pastor que conducirá hacia fuentes de aguas vivas a todos los elegidos… No cabe duda de que las imágenes poéticas que utiliza el texto nos quedan muy lejos (son de hace casi veinte siglos).

El evangelio nos trae apenas cuatro versículos de uno de los capítulos más elaborados de Juan. Nada de palabras directas de Jesús, ni siquiera de palabras históricas, sino pura teología joánica, en un contexto cultural y filosófico muy determinado. Leerlas, tomarlas, escucharlas en directo, sin filtros, como si fueran palabras de nuestro mismo contexto, y dichas por Jesús mismo… sería un error.

En definitiva, la homilía de este domingo podría orientarse por alguna de estas tres opciones:

a) Los pastores en la Iglesia. En ésta, como en toda comunidad humana, siempre ha habido un rol de dirigencia y/o de organización; todos los que ejercen algún “ministerio” (servicio) o alguna autoridad son de alguna manera “pastores” de los demás. Esa labor “pastoral”, lógicamente, ha de tomar ejemplo de las características del “buen pastor” Jesús: que no se sirve de las ovejas, sino que da la vida por ellas. Bastará glosar todas estas características.

Este tema puede prolongarse –si es oportuno para el auditorio- en el tema de los ministerios en la Iglesia: su estado actual, la posibilidad de cambiar, la necesidad de encontrar nuevas formas, la crisis de algunas formas actuales, etc.

b) Las vocaciones al ministerio pastoral. Se ha escogido este domingo en muchos países para la celebración de la “Jornada mundial de oración por las vocaciones”, lo cual es muy bueno, con tal de que no se dé la impresión de que “las vocaciones” son sólo las sacerdotales o a la vida religiosa, y se aclare que «todos tenemos vocación», y que «todas las vocaciones son importantes», también la laical (y mucho), y que «para cada uno, la mejor vocación es la suya». Lo pastoral, por lo demás, no debe ser identificado como sacerdotal: todos estamos llamados a ser “pastores” de otros: en la familia, en el vecindario, en la comunidad humana… todos podemos asumir responsabilidad sobre nuestros hermanos, especialmente los más débiles, o los que está solos o necesitados, todos podemos/debemos ser pastores unos de otros.

c) Jesús, “el” buen pastor y el pastor universal. De hecho, en el evangelio de Juan el tema no es la bondad del pastor Jesús, sino su autenticidad, frente a otros “pastores” o mediadores divinos, que serían falsos… Algo así como el tema de la “unicidad” de Jesús como salvador. ¿Jesús es el “pastor único de nuestras almas”? ¿”No hay otro nombre” en el que podamos ser salvos? (Hch 4,12). Es el tema del pluralismo religioso, y la relectura del cristianismo entero que esa nueva visión teológica exige. No es un tema para cualquier auditorio, pero sí es un tema que debería estar presente en la cabeza de todo el que hable al pueblo sobre «el» buen Pastor Jesús, aunque no vaya a tocar el tema explícitamente. El amor y el entusiasmo espiritual no justifican el decir muchas cosas que no son tan ciertas, que ya no debemos seguir diciendo. Donde se pueda, será bueno abrir la visión de nuestros hermanos y hermanas respecto a la presencia y la acción salvadora de Dios, más allá de una interpretación estrecha y chauvinista del “un solo rebaño y un solo pastor”. Leer más…

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Dom 17.4.16. «Nadie podrá arrebataros de mi mano, yo y el Padre somos Uno»

domingo, 17 de abril de 2016
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pastorDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 4 Pascua, ciclo C. Jn 10, 27-30. En el fondo de esta evangelio late el miedo al fracaso, al robo y a la muerte, con la promesa de Jesús, que supera ese miedo, robo y muerte:

¡No pereceréis, nadie podrá arrebatarlas de mi mano, porque el Padre y yo somos uno! No tengáis por tanto miedo.

a. EN UN MUNDO DONDE REINA EL MIEDO. Este evangelio responde a la angustia causada por los “malos pastores”, aquellos sicarios que dicen guardar a los demás, pero sólo quieren elevarse y triunfar a costa de otros, a quienes traen y llevan, manipulan y oprimen.

Son pastores bandidos, vampiros que chupan nuestra sangre, con nuestro dinero, de manera que estamos a su merced en el mundo… y encima salen en la propaganda y se llaman bienhechores. Y de esa forma sufrimos por su bomba, sus cuentas secretas, su mentira organizada, como sirios errantes entre fusil a un lado y alambrada al otro.

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b. LA LLAMADA A LA CONFIANZA. Desde ese fondo resuena más fuerte el evangelio (todo Jn 10), como una invitación a la esperanza que culmina con un estallido de alegría y de seguridad: “Nadie podrá arrebatarlas de mi mano…”.

Jesús aseguró a los suyos y les dijo: Nadie podrá robar a mis ovejas (matarlas para siempre, destruirlas…), porque están conmigo, y Yo soy Uno con el Padre.

imagesÉste es un tema muy concreto, de carácter político-social, de seguridad familiar y personal… pero, al mismo tiempo, sus palabras finales (¡yo el Padre somos Uno) desvelan y descorren el misterio más hondo de la teología, el sentido de la Trinidad, la presencia de Dios en nuestra vida.

Así se desvela el argumento final del evangelio: Mi Padre me las ha dado, y nadie me las podrá quitar (nadie podrá destruirlas), porue Yo y el Padre somos Uno (estamos unidos). Dios mismo nos da la mano por medio de Jesús, de manera que en él somos y vivimos, y él nos dice: “yo el Padre somos Uno”, y vosotros sois Uno con el Padre y Conmigo, en el Espíritu.

31R3QeXDyBL._SX312_BO1,204,203,200_Éste es sentido más hondo de la revelación de Dios, es decir, de la Trinidad cristiana, centrada en el Cristo que defiende, protege y «unifica» a sus ovejas, es decir, a todos los hombres y mujeres que le escucha, con confían en él, por medio del Espíritu, por encima de los mares que amenazan, de los fusiles que persiguen, de los campos de concentración…

Nadie se había atrevido a decirlo (o lo había dicho sin verdadera profundidad, sin poner su vida al servició de la unidad de amor entre todos los hombres y mujeres).

Jesús lo ha dicho con toda su verdad verdad: Yo el Padre somos Uno en el Espíritu, somos Trinidad de amor, que es comunión para los hombres…

Jesús lo ha dicho, de un modo consecuente: Yo puedo defender y reunir en amor a todas las ovejas, no sólo en el cielo (imagen 1: Catacumbas…), sino en la misma tierra, pues todos los hombres y mujeres forman parte de nuestra comunión, de la comunión de amor que yo formo con el Padre en el Espíritu.

Y si él lo ha dicho podemos decirlo con él: Yo y el Padre somos Uno, en él vivimos, nos movemos somos (Hch 17). Así podemos abrir un espacio de amor y acogida para todos, si somos creyentes.

Buen fin de semana a todos.

Texto: Juan 10, 27-30

En aquel tiempo, dijo Jesús:
Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano.
Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre.
Yo y el Padre somos uno.

INTRODUCCIÓN

El evangelio de este domingo es continuación del anterior (Jn 21), que planteaba tres cuestiones fascinantes:

a. La unión de la tarea pastoral (Pedro) y del amor (Juan), entendidas como las dos “manos” del ministerio de la Iglesia: Una pastoral sin amor es pura ley impositiva; una amistad sin esfuerzo creador a favor de los demás puede volverse sentimentalismo. Leer más…

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Asesinadas, pero vivas para siempre. Domingo 4º de Pascua. Ciclo C

domingo, 17 de abril de 2016
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1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

4 de marzo 2016

Aden – Cuatro Religiosas Misioneras de la Caridad, la Congregación fundada por la madre Teresa de Calcuta, han sido degolladas por un comando de hombres armados que han atacado su convento esta mañana, en la ciudad yemení de Aden.

Más de 7.000 cristianos asesinados en 2015

              Ese es el cálculo de la organización de derechos humanos “Manos Abiertas”, sin tener en cuenta los perseguidos en Corea del Norte, Irak y Siria, de los que carece de datos.

              Quien lee las dos primeras lecturas de este domingo no se extraña de que ocurra así. Lo desconcertante es lo que promete el evangelio.

Insultos y expulsión (Hechos de los apóstoles 13,14. 43-52).

              La liturgia ha omitido los versículos 15-42, provocando algo absurdo. Al final del v.14 se dice Pablo y Bernabé “tomaron asiento”; e inmediatamente se añade que “muchos judíos y prosélitos se fueron con ellos”. Entonces, ¿para qué toman asiento?

              Si no hubieran mutilado el texto habría quedado claro que se sientan para tomar parte en la liturgia del sábado. Al cabo de un rato, les invitan a hablar, y Pablo hace un resumen muy rápido de la historia de Israel para terminar hablando de Jesús. Ahora se comprende que, al terminar la ceremonia, muchos judíos y prosélitos se fueran con los apóstoles. Pero, al cabo de una semana, cuando vuelven a la sinagoga, la situación va a ser muy distinta. Los judíos responden a Pablo y Bernabé con insultos. Más tarde, incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. 

              Dentro de lo que cabe, tuvieron suerte. Más adelante apedrearán a Pablo hasta darlo por muerto.

En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquia de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios. 

              El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones:

              – Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra”. 

              Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.

Martirio y victoria (Apocalipsis 7,9.14b-17)

              Cuando el cristianismo comenzó a difundirse por el imperio, encontró pronto la oposición de las autoridades romanas y de la gente sencilla. Veían a los cristianos como gente impía, que daba culto a un solo dios en vez de a muchos, inmoral, enemiga del emperador, al que no querían reconocer como Señor, etc. El punto final en bastantes casos fue la muerte, como ocurrió a Pedro, Pablo y a los otros durante la persecución de Nerón (lo que cuenta el historiador romano Tácito impresiona por la crueldad con que se los asesinó). Sin embargo, la lectura del Apocalipsis no se centra en sus sufrimientos sino en su victoria.

              Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y uno de los ancianos me dijo: 

              – Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugara las lágrimas de sus ojos.

“Yo les doy la vida eterna” (Juan 10,27-30)

              En comparación con las dos lecturas anteriores, que hablan de las persecuciones en sus diversas formas, con expulsión y muerte, el evangelio de hoy resulta a primera vista muy suave, casi idílico: las ovejas con su pastor, atendiendo a su llamada, siguiéndolo. Ningún loco a la vista. Sin embargo, Jesús menciona dos veces a algunos que intentan “arrebatarlas de mi mano” y de la mano de mi Padre. No tendrán éxito. Pero la amenaza está presente.

              En aquel tiempo, dijo Jesús: 

              – Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre.  Yo y el Padre somos uno.

              Cuando se leen las palabras del evangelio mirando a esas cuatro religiosas sonrientes se entiende muy bien la primera parte: ellas han escuchado la voz de Jesús, le han seguido a trabajar con las personas más marginadas. Y, por contraste, se entiende igualmente la verdad de la segunda: las han asesinado (la foto del cuarto lleno de sangre no tiene nada de idílico ni romántico), pero “no las han arrebatado de mi mano”, Jesús les ha dado la vida eterna. Es el mensaje de la Pascua encarnado en el siglo XXI: por la muerte a la vida. Que Dios nos conceda la fe necesaria para creer en su palabra.

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IV Domingo de Pascua. 16 abril, 2016

domingo, 17 de abril de 2016
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Pascua16*

“Yo y el Padre somos uno”
(Jn 10, 30)

Oímos a Jesús continuamente repetir: “Yo y el padre somos uno”, (Jn 10,30). “El Padre está en mí y yo en el Padre”, (Jn 10,38). “Yo estoy en el Padre y el Padre en mí” (Jn 14,11).

Nos está llamando a participar en la experiencia de ser uno con el Padre. En el yo de Jesús estamos todos. Jesús al encarnarse participa de nuestra naturaleza humana, y nos enseña que lo divino se ha manifestado en lo humano y que en lo humano se reconoce lo divino.

En Jesús no cabe el individualismo, es el Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad. Jesús con su muerte nos abre el camino de la totalidad. Nuestra forma humana es la individuación, nuestro proceso para ser uno con Jesús y el Padre, es vaciarnos de nosotras, este es el proceso de la vida, a medida que crecemos y caminamos hacías el hondón, hacía ese centro que somos, nos encontramos con quien nos habita y descubrimos la pluralidad como manera de ser y vivir.

Nosotras, personas cuyo ejemplo es la Trinidad, estamos llamadas a vivir en la comunión, desalojando todo ego y abriendo espacios y tiempos para los demás. Pluralidad, diversidad en la totalidad. Jesús y el Padre son uno, porque el Padre se vacía en el Hijo y el Hijo, en el Padre, una misma identidad, pero distintas personas.

La expiración no es otra cosa que el acabamiento de nuestra individuación, donde después de un proceso de muerte del ego descubrimos que somos uno con toda la humanidad.

Que todos sean uno como, como Tú Padre estás en mí y yo en Ti, que también ellos en nosotros sean uno” (Jn 17, 21.22.23)

No solo nos habla de comunión entre los humanos, que seamos uno, sino que seamos uno como ellos. Nos envía a beber a la fuente, a Dios, donde el bebe continuamente. Nos habla de participar del ser mismo de Dios.

“Unifica nuestro ser disperso,
para que podamos ser Uno en Ti y con toda la humanidad,
para que las diferencias nos unan
y Tú lo seas Todo en Todos.”

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«Sin Jesús no es posible». 3 Pascua – C (Juan 21,1-19)

domingo, 10 de abril de 2016
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3-PASCUA-600x584El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pesca en medio de mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: solo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.

El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en la oscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.

El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.

Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús, solo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello solo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser «pescadores de hombres».

La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?

Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es «hacer muchas cosas», sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.

No podemos quedarnos en la «epidermis de la fe». Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Solo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.

José Antonio Pagola

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