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“Jesús se hace pregunta“, por Joseba Kamiruaga Meza CMF

domingo, 29 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El episodio evangélico de la «confesión de Pedro» está situado por Mateo en los alrededores (literalmente «hacia las partes de») de Cesarea de Filipo, en el extremo norte de la tierra de Israel, en las laderas del monte Hermón, donde nace el Jordán, cerca de aquella ciudad que en su propio nombre lleva las huellas de sus orígenes romanos y de su nobleza imperial. Cesarea es la Imperial. Fue llamada Cesarea precisamente por Felipe, el tetrarca, en honor al emperador.

Y es precisamente allí donde tiene lugar la confesión que proclama a Jesús como Mesías. Es interesante observar que estamos muy lejos de Jerusalén, prácticamente en el vértice geográfico, pero también simbólico, opuesto al lugar donde se encuentra la «ciudad santa».

Es en esta zona excéntrica, periférica y paganizada donde resuena la confesión mesiánica de Pedro. De hecho, con esta statio en las cercanías de Cesarea de Filipo, el itinerario que llevó a Jesús a Genesaret (14,34), luego a las cercanías de Tiro y Sidón (15,21), luego a lo largo del mar de Galilea (15,29) y a la región de Magadán (15,39), llega a su última etapa. Inmediatamente después, el camino de Jesús tomará otra dirección, dirigiéndose hacia Jerusalén: «Desde entonces, Jesús comenzó a explicar a sus discípulos que debía ir a Jerusalén» (Mt 16,21).

En Cesarea de Filipo, Jesús interroga a sus discípulos. Y los interroga en dos ocasiones. Primero de manera indirecta, luego directa o, podríamos decir, sin escapatoria. Tras una primera pregunta genérica sobre quién dice la gente que es el Hijo del hombre, una pregunta que no interpela personalmente y no involucra demasiado a sus discípulos, les hace una pregunta de la que no pueden escapar: «¿Quién decís que soy yo?». Es más, el texto contiene un matiz adversativo: «Pero vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Es decir, según Jesús, su condición de discípulos debería haberles llevado a un conocimiento diferente y más profundo de él, más allá de las habladurías y opiniones de la gente. No solo eso, en la primera pregunta, Jesús pregunta por la identidad del Hijo del hombre, quizás el título mesiánico más elevado (cf. Mt 9,6; 10,23; 16,27-28; 19,28; 24,27.30; 26,64; etc.), pero en la segunda pasa directamente al yo y la pregunta se vuelve personal, apremiante, incluso dolorosa.

Vosotros que habéis vivido conmigo, vosotros que habéis escuchado de cerca mis palabras, vosotros que habéis compartido conmigo un tramo de vida y de camino existencial, vosotros, ¿quién decís que soy yo? Jesús se hace pregunta por sus discípulos. Y Jesús nos alcanza como pregunta.

Él mismo es la pregunta que nos inquieta, que nos sacude, que no pide ser evadida con una respuesta ilusoriamente exhaustiva, sino que se repite cada día y en cada etapa de la vida. Incluso para el creyente, Jesús no es ante todo y únicamente una respuesta, o la respuesta, sino una pregunta, la pregunta.

Y precisamente este carácter interpelador de Jesús es vital, vivificante y dinamizador. Ciertamente, como una espina en la carne. Jesús es una pregunta a la que no es nada fácil responder. Como se desprende también de nuestro texto. Si a la primera pregunta de Jesús sigue una respuesta colectiva, de todos los discípulos: «Ellos dijeron» (Mt 16,14), a la segunda, que también está dirigida a todos ellos, responde solo uno, Pedro. Esta pregunta hace huir a muchos, deja mudos a muchos, opera una selección radical: esta pregunta pone a prueba a los discípulos que, antes de huir en el momento de la pasión, ya se desvanecen incapaces de decir nada. Excepto Pedro.

Pero antes de todo, los discípulos pasan revista a las identificaciones de Jesús que circulaban entonces entre la gente. El rasgo común de las diferentes identificaciones es el carácter profético atribuido a Jesús. En primer lugar, Juan el Bautista, a quien Jesús mismo reconocía como profeta, es más, como «más que un profeta» (Mt 11,9), como precursor del Mesías (Mt 11,10). Mateo señala que la multitud consideraba a Juan «un profeta» (Mt 14,5; 21,26). Ciertamente, al identificar a Jesús con el Bautista, se suponía que Juan había resucitado, ya que Herodes lo había condenado a muerte (Mt 14,3-12). Esta identificación era también la opinión de Herodes, que decía de Jesús: «Este es Juan el Bautista. Ha resucitado de entre los muertos y por eso tiene poder para hacer prodigios» (Mt 14,2).

En cuanto a Elías, la tradición bíblica lo consideraba precursor de la venida del Señor (Mal 3,23; Eclo 48,10) y Jesús lo identificó con el Bautista (Mt 11,14; 17,10-13). Solo en Mateo se encuentra la referencia a Jeremías. Este fue el profeta que vivió una verdadera pasión, sufriendo mucho a causa de la casta sacerdotal y padeciendo mucho en Jerusalén. Quizás, por tanto, en la referencia a Jeremías en relación con Jesús se esconde la alusión a la historia de contradicción y sufrimiento que esperará al Hijo del hombre en su camino, que encontrará en Jerusalén su etapa decisiva (cf. Mt 16,21).

Para otros, finalmente, Jesús es simplemente un profeta, un profeta como otro cualquiera. Pero todas estas palabras quedan en la superficie, y Jesús mismo no se conforma con ellas. Sobre todo, le interesa saber qué han comprendido de él sus discípulos.

A la segunda pregunta de Jesús, Pedro responde: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo». Pedro retoma la confesión de los discípulos que estaban en la barca: «Tú eres el Hijo de Dios» (Mt 14,33); antepone la confesión mesiánica: «Tú eres el Cristo», y añade el adjetivo «vivo». Pedro retoma del Primer Testamento la expresión que define al Dios de Israel como el «Dios vivo» (cf. Dt 5,26; Os 2,1) y, unificando la confesión mesiánica y el reconocimiento de la divinidad, compone un título único, típicamente cristiano, en el que emerge la centralidad de Jesús como manifestación de la plenitud de la vida que viene de Dios.

Pedro reconoce en Cristo a aquel que da vida a Dios en su existencia. Pedro, la piedra que se hundía en las aguas del mar de Galilea, agobiado por la poca fe y las dudas sobre quién era realmente Jesús («Si eres tú»: Mt 14,28), ahora se convierte en piedra viva (cf. 1 P 2,5) gracias a la fe, y a una fe que es por gracia, por revelación, como Jesús mismo le declarará (Mt 16,17). Del «Si eres tú» al «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» se produce un paso que no se debe a una evolución de la inteligencia, sino al don de Dios.

De hecho, Jesús responde a Pedro proclamando su bienaventuranza como depositario de una revelación desde lo alto. Jesús reconoce que Pedro se ha convertido en receptáculo de la revelación de Dios. La confesión de Pedro está bajo el signo de la gratuidad, no del mérito. Y el hecho de que Jesús llame a Pedro con la expresión aramea que contiene el patronímico, «Simón, hijo de Jonás» (Mt 16,17), y luego utilice la fórmula hebrea «carne y sangre», indica que esta revelación se ha depositado sobre la debilidad humana de Pedro, sobre su humanidad frágil y pobre.

Como destinatario de la revelación divina, Pedro es uno de los pequeños objetos de la benevolencia y la complacencia divinas. La bienaventuranza dirigida a Pedro se hace eco de la alabanza dirigida por Jesús al Padre «porque has ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a los pequeños» (cf. Mt 11,25).

Esta proclamación dirigida a Pedro está en la base de la afirmación sobre la Iglesia (Mt 16,18). La Iglesia nace de la gracia y del don de Dios. Una gracia y un don que Pedro ha experimentado en primera persona. La firmeza de Pedro va acompañada de la conciencia de su fragilidad y debilidad, que ciertamente no le son quitadas, como se verá en el resto del relato evangélico: la última mención de Pedro en el primer Evangelio nos lo muestra entre lágrimas después de su triple negación (Mt 26,75).

Pedro, aquí gratificado -en sentido etimológico- con una bienaventuranza dirigida nominalmente a él, no volverá a ser mencionado por Mateo en los relatos de las apariciones del Resucitado. La figura de Pedro permanece con toda su ambivalencia, que lleva a Jesús a declararlo roca y piedra de escándalo, destinatario de la revelación del Padre y de Satanás (Mt 16,23).

La afirmación de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia expresa el hecho de que la Iglesia, obra de Cristo mismo y fundada sobre su resurrección, prolonga la vida de Jesús que, resucitado de entre los muertos, da esperanza a todos los hombres. La apertura al don de Dios permite a la Iglesia contrarrestar la acción de las fuerzas del mal, dando espacio al poder de Cristo mediante la fe. La Iglesia vive de la promesa de Cristo.

Por último, Jesús habla de las llaves del Reino entregadas a Pedro y de su poder de atar y desatar (Mt 16,19). Estas palabras designan a Jesús como aquel que determina los criterios de la acción eclesial. Las «llaves» designan la autoridad (cf. Is 22,22). Jesús es el Señor y las posee y las entrega a quien lo reconoce, confiándole así la autoridad para enseñar de acuerdo con su palabra.

Si los fariseos se llevaron la llave del conocimiento impidiendo la entrada al Reino a quienes querían entrar (cf. Lc 11,52), las llaves del Reino que Jesús entrega son esenciales para que todos los pueblos entren en el Reino: «Id y haced discípulos a todos los pueblos […] enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19).

El poder de las llaves va acompañado del poder de atar y desatar, es decir, de prohibir o permitir, en el ámbito disciplinario y doctrinal. Y se convierte, en particular, en el ámbito eclesial, en el poder de perdonar los pecados, verdadero poder que narra la potencia de la resurrección.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo de los Santos Pedro y Pablo, 29 de junio de 2025

1.- Jesús se hace pregunta.

2.- ¿Quién decís que soy yo?.

3.- El primado de la fe de Pedro.

4.- ¿Quién eres Señor?.

5.- La bienaventuranza de Pedro.

6.- Llaves que abren las hermosas puertas de Dios.

7.- Una pregunta que da vida.

8.- Confesión de fe.

 Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Cuando nuestra esperanza es tan pequeña como cinco panes y dos peces

lunes, 23 de junio de 2025
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La reflexión de hoy (22 de junio de 2025) es del coordinador de contenido digital de Bondings 2.0, Jeromiah Taylor.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Domingo 12º del Tiempo Ordinario, Santísimo Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo (Corpus Christi),  se pueden encontrar aquí.

Hoy celebramos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es, siempre ha sido y siempre será la esencia de nuestra esperanza. La Iglesia insiste en que el Señor Eucarístico es la fuente y cumbre de nuestra fe, y Cristo mismo insistió en que quien comiera y bebiera la verdadera comida y bebida de su Cuerpo y Sangre tendría vida eterna.

Sin embargo, la esperanza no es fácil de alcanzar. De hecho, la Iglesia nos enseña que es una virtud teologal: inalcanzable mediante el esfuerzo humano, otorgada como gracia solo por Dios. El Catecismo cita a Abraham como ejemplo de esperanza (1819) porque esperó más allá de toda esperanza convertirse en el padre de muchas naciones cuyos enemigos, nos dice la primera lectura litúrgica de hoy, fueron entregados en sus manos por el Señor.

La esperanza de Abraham fue puesta a prueba, como lo es toda esperanza cristiana. Porque la esperanza no se basa en la evidencia, es revelada por Dios y debemos aferrarnos a ella, reafirmarla y esperarla con paciencia. El triunfalismo de nuestra primera lectura y la gloria del verso de Melquisedec transmiten el fin de la esperanza cristiana: el cumplimiento de las promesas de Dios. Sin embargo, como seres humanos que vivimos aquí y ahora, rara vez se nos permiten vislumbrar la victoria; toda nuestra vida parece un Sábado Santo, caracterizado por una espera tensa y traumatizada.

Como católicos LGBTQ+, como personas de buena voluntad, como personas que, por injustos que seamos, «tienen sed de justicia«, podemos sentir que la esperanza se nos escapa, que siempre está fuera de nuestro alcance. El Evangelio de hoy ofrece una refutación a nuestra desesperación. Consideremos la escasez, la ridícula insuficiencia del Evangelio: las patéticas probabilidades de cinco panes y dos peces contra el hambre de 5.000 personas. Suena bastante similar a las probabilidades que detectamos ahora, donde la bondad se ve superada por todos lados: en Los Ángeles, Gaza, Líbano, Myanmar, Washington D. C., Nueva York. En Estados Unidos, nuestra jerarquía católica apenas comienza a despertar de su letargo y a condenar los males de la xenofobia de nuestro actual presidente, y sin embargo, sigue sin defender los derechos civiles de las personas LGBTQ+. Y aunque ya no tenemos tiempo para mitigar los peores efectos de nuestra crisis ecológica, la plutocracia sigue innovando con nuevas amenazas para el bienestar humano.

En el Evangelio, los discípulos le dicen a Cristo que no hay forma de alimentar a esta gente y que deben ser despedidos. No albergan ninguna esperanza. Siguiendo la prudencia, identifican los problemas y proponen soluciones. Según la sabiduría popular, esta estrategia puede no ser errónea: los recursos disponibles son insuficientes. Pero están en compañía de Cristo y sus opciones ya no se limitan a lo mundano. Las herramientas de Dios se han añadido a su repertorio, y deben aprender a pensar de una manera nueva. Este nuevo camino, sin embargo, es tan antiguo como su antepasado Abraham, quien, tras creer en la promesa de Dios de hacer lo imposible, acepta sacrificar la recompensa misma de su fe: su hijo Isaac.

Esas herramientas de Dios son las virtudes teologales, que son «la prenda de la presencia y la acción del Espíritu Santo en las facultades del ser humano», que nos hacen «capaces de actuar como hijos de Dios y de merecer la vida eterna» (CIC, 1813).

Cuando lo poco que tenemos para dar (por insuficiente que sea) se infunde de fe, esperanza y amor, habitamos en el cuerpo de Cristo, y nuestras ofrendas serán suficientes para realizar sus obras, para colmar nuestra esperanza. Él tomó su cuerpo sobre sí, nos dio su cuerpo, nos dejó su cuerpo y nos unió a su cuerpo. Hoy celebramos nuestra pertenencia, nuestra participación en su Cuerpo, y damos gracias por no necesitar ser, tener o hacer lo suficiente: porque nos alimentamos de Él y, por lo tanto, vivimos para Él (cf. Jn 6, 57).

En Laudato Si’, el Papa Francisco nos advirtió que no permitiéramos que las policrisis de nuestro tiempo nos arrastraran a la desesperación. Su regalo de despedida fue el Año Jubilar de la Esperanza, mediante el cual nos dio una clara instrucción: convertirnos en Peregrinos de la Esperanza. Solía ​​pensar que ser un Peregrino de la Esperanza significaba que, sostenido por la esperanza, uno seguía adelante, cada paso dado gracias al tenue pero persistente destello de la luz de la esperanza. Ahora, empiezo a pensar que una Peregrinación de la Esperanza no se realiza a través de la esperanza, sino hacia la esperanza: ad spes. Como Abraham, que esperó más allá de toda esperanza, quizás baste con que empecemos no con esperanza, sino con la esperanza de la esperanza, y con la fe en que un don tan pequeño es suficiente para que nuestro Dios obre con él. Suficiente incluso para alimentar al mundo entero.

—Jeromiah Taylor, Ministerio Nuevos Caminos, 22 de junio de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Compartir lo nuestro con los necesitados”. Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (Lc 9,11-17)

domingo, 22 de junio de 2025
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Dos eran los problemas más angustiosos en las aldeas de Galilea: el hambre y las deudas. Era lo que más hacía sufrir a Jesús. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, a Jesús le salieron desde muy dentro las dos peticiones: «Padre, danos hoy el pan necesario»; «Padre, perdónanos nuestras deudas, pues también nosotros perdonamos a los que nos deben algo».

¿Qué podían hacer contra el hambre que los destruía y contra las deudas que los llevaban a perder sus tierras? Jesús veía con claridad la voluntad de Dios: compartir lo poco que tenían y perdonarse mutuamente las deudas. Solo así nacería un mundo nuevo.

Las fuentes cristianas han conservado el recuerdo de una comida memorable con Jesús. Fue al descampado y tomó parte mucha gente. Es difícil reconstruir lo que sucedió. El recuerdo que quedó fue este: entre la gente solo recogieron «cinco panes y dos peces», pero compartieron lo poco que tenían y, con la bendición de Jesús, pudieron comer todos.

Al comienzo del relato se produce un diálogo muy esclarecedor. Al ver que la gente tiene hambre, los discípulos proponen la solución más cómoda y menos comprometida; «que vayan a las aldeas y se compren algo de comer»; que cada uno resuelva sus problemas como pueda. Jesús les replica llamándolos a la responsabilidad; «Dadles vosotros de comer»; no dejéis a los hambrientos abandonados a su suerte.

No lo hemos de olvidar. Si vivimos de espaldas a los hambrientos del mundo, perdemos nuestra identidad cristiana; no somos fieles a Jesús; a nuestras comidas eucarísticas les falta su sensibilidad y su horizonte, les falta su compasión. ¿Cómo se transforma una religión como la nuestra en un movimiento de seguidores más fiel a Jesús?

Lo primero es no perder su perspectiva fundamental: dejarnos afectar más y más por el sufrimiento de quienes no saben lo que es vivir con pan y dignidad. Lo segundo, comprometernos en pequeñas iniciativas, concretas, modestas, parciales, que nos enseñan a compartir y nos identifican más con el estilo de Jesús.

José Antonio Pagola

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“Comieron todos y se saciaron”. Domingo 22 de junio de 2025. Festividad del cuerpo de Cristo

domingo, 22 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Génesis 14, 18-20: Sacó pan y vino:
Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
1Corintios 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.
Lucas 9, 11b-17: Comieron todos y se saciaron.

La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto legendario, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos. Leer más…

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22.6.25. Fiesta del Corpus: Jesús brinda con nosotros, invitándonos al vino del Reino

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Antes que Cuerpo/Sangre de Cristo, el Corpus es brindis y promesa de Cristo, invitándonos a su Vino Nuevo en el Reino

Actualmente, el Corpus es una procesión Eucarística por el entorno del templo, venerando al Cristo que Pan Compartido y Vino de alianza de los hombres con Dios en Cristo. Pero en principio, la eucaristía fue una fiesta de vino compartido de Jesús con sus compañeros y amigos, una fiesta en la que Jesús, que va a ser condenado a muerte toma vino con ellos y brinda diciendo. ¡La próxima copa la tomamos en el Reino!.

Así lo muestra el texto más antiguo de la institución eucarística (Mc 14, 25) que proviene del mismo Jesús y que ha sido interpretado, recreado y reformulado por las iglesias cristianas en dos textos esenciales, uno de Pablo (1 Cor 11, 23-26) y otro de Mc 14, 22-24, que la iglesia actual interpreta como propios del Cristo de la Pascua (no del Jesús histórico).

He dedicado al tema 10 ó 12 trabajos histórico/teológicos, recogidos básicamente en Fiesta del pan, fiesta del vino  y Gran Diccionario

| Xabier Pikaza

Antes que Cuerpo/Sangre de Cristo, el Corpus es brindis y promesa de Cristo, invitándonos a su Vino Nuevo en el Reino

Actualmente, el Corpus es una procesión Eucarística por el entorno del templo, venerando al Cristo que Pan Compartido y Vino de alianza de los hombres con Dios en Cristo.

Pero en principio, la eucaristía fue una fiesta de vino compartido de Jesús con sus compañeros y amigos, una fiesta en la que Jesús, que va a ser condenado a muerte toma vino con ellos y brinda diciendo. ¡La próxima copa la tomamos en el Reino!.

Así lo muestra el texto más antiguo de la institución eucarística (Mc 14, 25) que proviene del mismo Jesús y que ha sido interpretado, recreado y reformulado por las iglesias cristianas en dos textos esenciales, uno de Pablo (1 Cor 11, 23-26) y otro de Mc 14, 22-24, que la iglesia actual interpreta como propios del Cristo de la Pascua (no del Jesús histórico).

He dedicado al tema 10 o 12 trabajos histórico/teológicos, recogidos básicamente en Fiesta del pan, fiesta del vino  y Gran Diccionario

PUNTO DE PARTIDA. Parece evidente que Jesús celebró con sus discípulos una Cena de solidaridad y despedida, asumiendo y superando los rituales de la pascua nacional judía —centrada en el cordero—, para insistir en el signo del pan compartido (como en las «multiplicaciones»). No sabemos cuál ha sido la forma primera de la bendición del pan, que Jesús ha utilizado en su Cena, pero debe ir en la línea de las palabras de bendición de las multiplicaciones, y de las comidas judías.

Es probable que esa Cena tuviera un carácter dramático, y marcara una ruptura entre el ideal/camino de Jesús y la propuesta «real» de sus discípulos. En ese contexto histórico puede y debe situarse el logión escatológico del vino (Mc. 14:25), que marca el rasgo distintivo de la esperanza de Jesús, centrada en la ofrenda del vino (que no se identifica todavía con su sangre). Según ese “logion del Vino”, la cena de Jesús estuvo centrada en la promesa Reino de Dios, más que en su persona.

 PRIMER EUCARISTÍA, BRINIS DE VINO.(Mc 14,25). Este pasaje ofrece la primera versión eclesial e histórica de la eucaristía como bendición) gozosa del vino, entendido como signo del Reino de Dios, sin referencia directa a la muerte de Jesús —no se dice que el vino sea su sangre— y sin vinculación al pan. Esta palabra constituye el «testamento» de la vida y obra de Jesús, que ratifica así, en el momento final, lo que ha dicho a lo largo de su ministerio (anunciando la llegada del Reino) y lo que ha hecho (ofreciendo a los suyos el pan multiplicado).

  • En verdad os digo:
  • no volveré a beber del fruto de la vid hasta
  • el día aquel en que lo beba nuevo en el reino de Dios (Mt 14, 25)

 Este logion vincula dos elementos: (1) Jesús hace un voto de renuncia, comprometiéndose a no tomar más vino mientras siga existiendo el mundo actual. (2) Jesús hace un voto de abundancia: Promete a los suyos el vino del Reino. El texto comienza de un modo elevado (en verdad os digo…), y sigue con una triple negación(que ya no beberé: ouketi ou mê…), que debe interpretarse como juramento o voto sagrado, en el que el mismo Dios actúa como testigo, en fórmula que podría traducirse: «así me haga Dios en el caso de que…».

En el momento más solemne y decisivo de de su vida, rodeado por sus discípulos, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue en plenitud el día  Reino que él ha prometido a sus discípulos iniciado (cf. Mc 9, 1; 13, 30) [1]. Este juramento puede interpretarse como voto de abstinencia escatológica, en línea nazirea, de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús puede presentarse como nazireo del reino.

El vino (con el pan) ha sido un signo importante de su vida y esperanza. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más vino en este mundo viejo, en este orden de cosas (pues podrán matarle), pero añade que llega (se está acercando de inmediato) el reino [2]. De todas formas,  estrictamente hablando, estas palabras  no son un voto de abstinencia, sino una promesa de culminación futura de su reino. Jesús no ofrece su cuerpo a Dios como expiación por el pecado de los hombres, ni entiende su sangre como reparación por los pecados del pueblo (en la línea del Yom Kippur de Lev 16, sino que toma con sus discípulos y amigos una copa de solidaridad y promesa de vida, asegurándoles que la próxima la tomará con ellos en el reino.

El centro y sentido de esta copa final de final de Jesús no es su muerte¸ él no dice como en el relato post-pascual de su eucaristía “esta copa es mi sangre entregada por vosotros”, sino  esta copa que ahora tomamos es anuncio y promesa del Vino nuevo, que he  de beber muy pronto en el reino (¡la próxima copa en del Reino!)

Conforme a esta palabra, esta copa de vino que Jesús bebe con sus amigos y compañeros no es signo de la sangre que él derrama por ellos (como sacrificio de expiación ante Dios,  sino que es signo de vida y de fiesta. (a) Es la copa que él bebe y comparte con ellos, alegrándose de su compañía. (b) Bebiendo esta copa con ellos él les promete que la próxima copa la beberán de nuevo juntos, en la fiesta suprema del reino que llega.

Ésta es por tanto una copa de fiesta doble: La fiesta que ellos celebran ahora, en este mundo, despidiéndose como compañeros y amigos; la próxima copa que ellos beberán juntos, de nuevo, en el reino de Dios. El signo que une está fiesta en el mundo (en la última cena) y la próxima copa en el reino de Dios es la “copa de vino”, no una oración que rezan juntos (eso también). No un simple abrazo, un apretón de manos, sino una copa de vino que todos comparten.

Ciertamente, Jesús les invita al reino de Dios, a ellos, en concreto,  pero les invita con una copa de vino de fiesta. El elemento distintivo del reino de Dios como fiesta será una copa compartida de vino. Aquí en el mundo el vino viejo, antiguo, de la vida. En el reino de Dios el vino nuevo de la vida culminada. Hay otros signos del reino  (vestidos nuevos, visión beatífica: 1 Cor 13). Pero, según este pasaje, el signo determinante y decisivo es una copa de vino nuevo compartido.

 En ese sentido, esta copa de vino que Jesús bebe con sus amigos no es expresión de un voto abstinencia, sino todo lo contrario: Es una promesa de continuidad, de compañía, de plenitud. Ésta es su última copa en este mundo. La siguiente será en el reino. En un sentido, ésta es la última en este mundo antiguo; pero, en otro sentido, se puede interpretar como principio de la nueva como copa en reino de Dios, que así aparece simbolizado por el vino.

Jesús promete abstenerse de beber vino “hasta que beba (con vosotros) el vino nuevo del Reino”. No se trata de una “abstinencia ascética) por rechazo del vino de solidaridad o de alegría,  sino de una abstinencia mesiánica. Porque llega la próxima como en el Reino de Dios que así aparece como vino compartido.

Eso significa que ha puesto su destino al servicio de la viña de Dios, es decir, de la plenitud de vino en el mundo de Dios. Con el “vino de este mundo”, en la fiesta de su despedida (se despide porque van a prenderle y matarle, se despide dándoles su vida como vino compartido, prometiéndoles el “vino nuevo” de la nueva cosecha del Reino.

Esta promesa final de vino del reino aparece así como culminación de todo el camino de Jesús con sus discípulos. Ha sido un camino fuerte como indicaremos, un camino  de condena (van amatarle), pero un camino que puede condensarse en una copa de vino compartido.

Jesús ha ofrecido su mesa (pan y peces) a los marginados y pobres, a los publicanos y multitudes. Ahora, en el momento final, asumiendo y recreando la mejor tradición israelita, él declara y proclama delante de sus amigos que ha cumplido la misión que Dios le ha enconmendado, ha terminado su tarea: sólo queda pendiente la respuesta de Dios, el vino del “año nuevo”, la fiesta del Reino.

Así pasa del “vino antiguo” de esta fiesta de despedida (que el ritual  posterior de la institución eucarística interpretara como copa de alianza: Mc 14, 23-24) al “vino nuevo” de la promesa de culminación mesiánica. Al beber así la última copa (copa antigua, que termina en la muerte) puede y debe interpretarse como  promesa y comienzo de la copa nueva del reino, Jesús les está invitando a tomar la “nueva copa” del Reino, es decir, en la copa de la vida plena de Dios para siempre. Entendido de esa forma, este logion desborda el nivel de los elementos centrales de la pascua judía (pan sin levadura, hierbas amargas o cordero sacrificado), abriéndose a la nueva tierra y vino del Reino [3].

Recordando esa palabra sobre el vino, la tradición evangélica sabe que Jesús se ha mantenido fiel a su proyecto de Reino, hasta la muerte. Sin esa “fidelidad” hubiera sido imposible el camino posterior del evangelio (el nacimiento de la Iglesia). Pues bien, esa fidelidad se inscribe en un contexto de “negación” de los discípulos que, en el momento decisivo, no han querido (o no han podido) aceptar el proyecto de Jesús, abandonándole y dejándole a solas con la muerte. En este mismo contexto se sitúa el relato posterior de Marcos la “fundación eucarística” posterior de la iglesia (Mc 14, 22-24 par).

En ese ambiente de tensión ha situado el evangelio la “crisis” de los discípulos que, al ponerse ante las últimas consecuencias del gesto de Jesús, no acaban de aceptarlas. Ellos no son protagonistas pasivos de una historia externa, espectadores de algo que sucederá con Jesús, sino que forman parte de su entrega de Reino y, llegado el momento final, no la aceptan, al menos en la forma en que Jesús la acepta y la proclama.

La nueva copa  la tomarán en el Reino, maten a Jesús o no le maten. Jesús supone así que llega de inmediato el Reino, tanto por su vida (si triunfa, y Dios trae ya ese Reino), como por su muerte (si muere, su muerte será para el reino), en una línea que puede compararse a la de Pablo en Flp 1:21-24.

En este contexto define al vino  «fruto de la vid» (genêma tês ampelou) en imagen que Jn 15 ha expandido en rico simbolismo: Como la vid se expresa por su fruto de vino, así Jesús ratifica el don de su vida con una copa compartida del fruto de la vid. Entre la última copa con sus discípulos en la Cena y el vino nuevo del Reino de Dios se establece una profunda conexión que da sentido a todo el evangelio, convirtiendo el recuerdo de Jesús en anticipación escatológica.

Entre esta última copa de Jesús y la llegada del Reino se abre, según Marcos, todo el tiempo de la Iglesia, fundada precisamente en este gesto de Jesús y en lo que ese signo significa (el compromiso concreto de entrega, y la entrega concreta de la vida). Éste es, según Marcos, el signo definitivo del proyecto de Jesús, centrada en sus discípulos, abierto a todos los hombres y mujeres: La copa de vino nuevo del Reino que él ha anunciado (preparado) y que ahora promete a los suyos, desde el borde de la muerte.

Marcos sólo ha empleado la palabra «nuevo», gr. kainos, en contextos especiales de ruptura y recreación: habla de «enseñanza nueva», didakhê kainê, como título y nota principal del evangelio (1:27); de «nuevos odres», askous kainous, para el vino «joven», neon, con el sentido de kainon, del banquete nupcial del mesías (2:21-22). Desde ese fondo ha de entenderse la alusión al vino nuevo del Reino de Dios, que los seguidores de Jesús podrán compartir con él. Así se vinculan comida de Jesús con los pecadores en Mc 2,13-17 (vino nupcial, que toman al casarse, de una copa, novio y novia: Mc 2:21-22), cena con los discípulos (gesto de la copa) y banquete escatológico del vino del reino.

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Jesús alimenta, la comunidad recuerda. Fiesta del Corpus Christi Ciclo C

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

La institución de la Eucaristía se celebra el Jueves Santo. ¿Qué sentido tiene dedicar otra fiesta al mismo misterio? Podríamos decir que, en el Jueves Santo, el protagonismo es de Jesús, que se entrega. En la fiesta del Corpus, el protagonismo es de la comunidad cristiana, que reconoce y agradece públicamente ese regalo. Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.

            En el ciclo C, las lecturas centran la atención en el compromiso del cristiano con Jesús, al que debe recordar continuamente con gratitud (2ª lectura), porque él lo sigue alimentando igual que alimentó a la multitud (evangelio).

1ª lectura. ¿El primer anuncio de la Eucaristía? (Gn 14,18-20)

Melquisedec ofrece pan y vino a Abrán

El c.14 del Génesis cuenta una batalla casi mítica de cinco reyes contra cuatro, en la que termina tomando parte Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Al volver victorioso, el rey de Salén (Jerusalén), que es sacerdote del Dios Altísimo, «le ofreció pan y vino» y lo bendijo. En respuesta, Abrán le da el diezmo del botín recuperado.

Este breve pasaje está plagado de misterios que no podemos tratar aquí. Pero contiene dos datos que explican su elección para esta fiesta; 1) Melquisedec no es solo rey, es también sacerdote, 2) Lo que ofrece a Abrán no es una comida normal (un cabrito o un ternero) sino pan y vino; además, lo bendice.

Siglos más tarde, el autor de la Carta a los Hebreos estableció un paralelismo entre Melquisedec y Jesús. Con estos elementos, no es raro que los Padres de la Iglesia vieran en esta escena un anuncio de la Eucaristía y que los artistas plasmaran esta idea. Lo mejor que Melquisedec pudo ofrecer a Abrán es pan y vino. Lo mejor que Jesús nos ofrece es su pan y su vino.

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abrán, diciendo: «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.» Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

2ª lectura. “En recuerdo mío” (1 Corintios 11,23-26)

Hermanos: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

            Dos veces insiste Pablo en que esto hay que realizarlo «en memoria mía». Me evoca la imagen de un padre o una madre que, antes de morir, entrega un foto suya a los hijos diciéndoles: «acuérdate de mí». En mi opinión, lo que pide Jesús es que lo recordemos en todo lo que hizo por nosotros a lo largo de su vida. La eucaristía nos obliga a echar una mirada al pasado y agradecer todo lo que hemos recibido de Jesús. Pablo no omite la mirada al pasado, pero la limita a la muerte de Jesús, su acto supremo de entrega; y la proyecta luego al futuro, «hasta que vuelva».

            Pablo escribe estas palabras por los desórdenes que se habían introducido en la celebración de la Eucaristía en Corinto, donde algunos se emborrachaban o hartaban de comer mientras otros pasaban hambre. Por eso les advierte seriamente: cuando celebráis la cena del Señor, no celebráis una comida normal y corriente; estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Segundo anuncio de la Eucaristía (Lucas 9,11b-17)

            Si la lectura del Génesis ha sido considerada el primera anuncio de la Eucaristía, la multiplicación de los panes es el segundo.

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

            ‒ «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

Él les contestó:

                + «Dadles vosotros de comer.»

 Ellos replicaron:

               – «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

Porque eran unos cinco mil hombres.

Jesús dijo a sus discípulos:

                 + «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

 Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

            Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

            Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

            ¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

            Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

            Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

            Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por solo doce personas (a unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes? ¿En manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol? ¿Tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

            Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

            El trasfondo del Antiguo Testamento

            Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

            En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

            Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

            ¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

            Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

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Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo C. 22 de junio, 2025

domingo, 22 de junio de 2025
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Jesús se puso a hablar a la gente del Reino de Dios, y curó a los que lo necesitaban.”

(Lc 9, 11b-17)

Así empieza el evangelio que la liturgia nos propone para la fiesta de hoy: Jesús hablando del Reino y curando. Y ese es el núcleo fuerte de la eucaristía: ser un tiempo y un espacio para el encuentro sanador con Dios y con los hermanos.

Jesús era único en el arte de saber perder el tiempo a favor de la debilidad humana. Los evangelios nos lo muestran una y otra vez, aquí y allí, en público y en privado, entablando conversaciones, haciéndose comida y también agua viva.

Para esto he venido” llegará a decir. Ha venido para comunicarnos la Buena Noticia de que Dios es Bondad y Amor.

El pan y el vino son la bondad y el amor de Dios derramados, derrochados sin cálculo ni medida. La medida la ponemos con nuestra hambre y nuestra sed.

¿Cómo iríamos a la Eucaristía si estuviéramos convencidas de que vamos a encontrarnos con la Bondad y el Amor de Dios?

Es cierto que tantos años de historia y una buena capa de rito, en ocasiones nos dificulta el encuentro con lo más esencial, pero no es excusa. Podemos hacer el esfuerzo por escarbar hasta encontrar el tesoro. Tenemos la responsabilidad de buscarlo, de encontrarlo y compartirlo.

Como personas cristianas tenemos la misión de ser “otros Cristos”, estamos aquí para la misma tarea en la que se ocupó Jesús: anunciar la Bondad y el Amor de Dios.

Y lo mejor de todo es que él mismo nos acompaña, nos anima y nos alienta. Él se hace pan pequeño y cotidiano para fortalecernos y vino alegre y abundante para devolvernos la esperanza. Nos quiere embriagadas para ser capaces de vivir el reino en el que siempre se oye música de fiesta.

Oración

Sácianos, Trinidad Santa, con tu pan y embriáganos con tu vino, para que también nosotras seamos parte de tu Cuerpo y tu Sangre. Amén.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Los signos no son la realidad significada.

domingo, 22 de junio de 2025
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CORPUS 2025 (C)

Lc 9,11-17

Es muy difícil hablar de este sacramento. Serían tantas las desviaciones que habría que corregir, que solo el tener que planteármelo, me asusta. Hemos tergiversado hasta tal punto este sacramento que lo hemos convertido en algo ineficaz.

Hemos convertido la eucaristía en un rito cultual que se desarrolla fuera de nosotros y al que asistimos pasivamente. Nuestra tarea debe ser volverlo a cargar de humanidad. Dios es la Realidad que está en nosotros siempre y no tiene que hacer nada. El sacramento lo necesitamos nosotros para descubrirlo.

El problema de este sacramento es que se ha desorbitado la importancia de aspectos secundarios (sacrificio, presencia, adoración) y se ha olvidado totalmente su esencia, que es su aspecto sacramental. La eucaristía es un sacramento. Los sacramentos son la unión de un signo con una realidad significada.

Lo que es un signo lo sabemos muy bien, porque toda comunicación entre seres humanos se realiza a través de signos. El signo no es el pan sino el pan partido, preparado para ser comido. La clave del signo no está en el pan como cosa, sino en el hecho de que está partido. El signo está en la disponibilidad para ser comido.

El segundo signo es el vino servido, preparado para ser bebido. Es muy importante tomar conciencia de que, para los judíos, la sangre era la vida. Si no tenemos esto en cuenta, se pierde el significado. El valor sacrificial que se le ha dado al sacramente no pertenece a lo esencial y nos despista de su verdadero valor.

La realidad significada es trascendente, que está fuera del alcance de los sentidos. Si queremos hacerla presente, tenemos que utilizar los signos. Esa realidad es eterna y no se puede ni crear ni destruir; ni traer ni llevar; ni poner ni quitar. Si celebrar la eucaristía no me lleva a descubrirla, es que se ha convertido en garabato.

El principal objetivo de este sacramento es tomar conciencia de la presencia divina en nosotros. Pero esa toma de conciencia tiene que llevarnos a vivir esa misma realidad como la vivió Jesús. Si nos conformamos con realizar el signo sin alcanzar lo significado, solo será un garabato.

En la eucaristía re-significamos el amor que es Dios manifestado en el don de sí mismo que hizo Jesús durante su vida. Esto soy yo: Don total sin límites. El pan que me da la Vida no es el pan que como, sino el pan en que me convierto cuando me doy. Soy cristiano, no cuando como sino cuando me dejo comer, como hizo él.

Todas las muestras de respeto hacia los signos están muy bien. Pero arrodillarse ante el Santísimo y seguir menospreciando o ignorando al prójimo, es un sarcasmo. Si en nuestra vida no reflejamos la actitud de Jesús, la celebración de la eucaristía seguirá siendo magia barata para tranquilizar nuestra conciencia.

 Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Parábola del Pan y del Vino.

domingo, 22 de junio de 2025
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Lc 9, 11-17

«Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo…»

Hoy, día del Corpus Cristi, no me resisto a incluir aquí una preciosa reflexión de José E. Ruiz de Galarreta sobre el sentido profundo de la fiesta que celebramos.

Dice así:

En la fiesta de hoy, la Iglesia no conmemora propiamente la eucaristía; es la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo, la fiesta del pan y del vino. Muchas veces, los cristianos centramos la celebración en la adoración de la presencia real de Cristo en el pan (el vino suele brillar por su ausencia). Nos perdemos lo mejor. Lo mejor está, como siempre, en las parábolas, en el sentido parabólico de las expresiones. Vamos a explicarnos. Igual que Jesús al hablar del Reino decía: ¿A qué compararemos el Reino?… “El Reino se parece ade esa misma manera, podemos decir que el cuerpo y la sangre de Cristo son como el pan y el vino. Vamos a meditarlo desde esa óptica.

El pan, nacido de granos de trigo sembrados, muertos, multiplicados, molidos, amasados, fermentados por la levadura, para ser alimento de muchos, para convertirse en los que lo comen. Los granos de uva, milagros de la vida en la vid, machacados también y estrujados, que también fermentan en la oscuridad para ser bebidos y dar fuerza y alegría a los que beben. El grano de trigo, los granos de uva, el pan y el vino enlazan con lo mejor y más profundo de las parábolas.

Podemos imaginar a Jesús contemplando la resurrección de los granos de trigo enterrados en otoño. El grano olvidado en el granero está muerto. El grano que muere en la tierra resucita en los verdes brotes que serán espigas, portadoras de muchos granos… Asistiendo a la fiesta de la vendimia en su pueblo de Galilea. Los racimos arrancados de la vid, pisados sin piedad, estrujados, exprimidos, fermentados en la oscuridad de las cubas. El milagro del vino…

Imaginemos la casa de Cafarnaúm al atardecer. El grupo de Jesús alrededor de la mesa. Compartiendo la Palabra y el pan. El pan, los granos de trigo molidos, amasados, abrasados al horno. El pan va a morir. Lo comen y ya no existe. El triunfo del grano de trigo es desaparecer para que el que lo come tenga vida. La copa de vino que corre de mano en mano. El vino que alegra el corazón de todos. El triunfo de los granos de uva que mueren para ser alegría.

El pan y el vino tuvieron el honor de ser elegidos como la parábola de las parábolas, en la cena de despedida de Jesús. Muchas cosas habría encima de la mesa en aquella cena. Cordero (si es que fue una cena pascual), verduras, salsas, candelabros para iluminar la estancia… Muchas de ellas habían sido ya elegidas como símbolos del mesías: el cordero inmolado, la luz que resplandece en las tinieblas. Pero aquella noche, los ojos de Jesús se fijaron en signos más sencillos, el pan y el vino. Jesús se sintió pan, se sintió grano de trigo enterrado y muerto para ser fecundo, hogaza fermentada por el viento de Dios para que muchos tuvieran alimento. Se sintió grano de uva estrujado y exprimido, fermentado hasta ser vino generoso que enciende el espíritu del que lo bebe.

Y se sintió pan y vino compartido por muchos, alrededor de una mesa de hermanos que, al compartir el pan y el vino con él mismo, se sentían más hermanos, compartían con él su entrega para ser pan y vino para muchos.

Jesús no fue un grano de trigo conservado en un viril para ser adorado. Jesús no fue un frasco de vino precioso reservado por su dueño para admirar a los huéspedes. Jesús no fue pan y vino desde aquella cena de despedida. Jesús leyó durante la cena su vida entera, como se lee la vida en la inminencia cierta de la muerte, y se interpretó a sí mismo con la más bella de todas las parábolas.

Así, la cena de despedida de Jesús coronó todas sus comidas y cenas con pecadores, en las que se sembraba y se derramaba con riesgo de su prestigio y de su vida. Aquellas comidas que expresaban con perfección toda su forma de vivir: sembrarse en cualquier terreno, aunque estuviera lleno de piedras y de cardos, a voleo, generosamente, sabiendo que sería pisado, ahogado por las zarzas, rechazado por la tierra endurecida por la sequía. La cena de despedida resumió en el pan y en el vino la vida entera de Jesús, su estilo, su concepción del Reino, el modo de proceder de los que quisieran seguirle, su imagen de Dios.

Por eso los que se atrevieron a seguirle, los que después de verle morir en la cruz vencido y humillado se atrevieron a proclamar que Dios estaba con él, significaron también toda su fe y su modo de vida compartiendo el pan y el vino en un recuerdo que hacía presente a Jesús; que invitaba a la comunión con él y con todos los que se reunían alrededor de la mesa. Y allí, alrededor de la mesa, cada uno presenta y ofrece su grano de trigo y se presenta a sí mismo como grano de trigo entregado con Jesús y como Jesús, para que haya más vida en el mundo.

Es estremecedor pensar en la profundidad de la imagen del pan y del vino y su enorme superioridad sobre la idea de sacrificio ritual de una víctima sustitutoria. El verdadero sacrificio de Jesús no fue solamente ser cordero inmolado en la cruz, sino ser grano de trigo sembrado desde que se dejó llevar del Espíritu, allá en el Jordán, desde el entorno del bautista.

El cordero es una imagen sangrienta, espectacular y momentánea. El grano de trigo es una imagen cotidiana, desapercibida, constante. El sacrificio del templo es oficiado por el sacerdote y contemplado por los demás. El grano enterrado es cada uno, todos los días, como sacerdote de su propio sacrificio que es toda su vida.

Y no es bueno que se mezclen, porque el sacrificio del cordero inmolado por el sacerdote tiene el atractivo de los espectáculos cultuales, y sus resplandores hacen olvidar fácilmente al grano cotidiano, enterrado en silencio.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una fiesta llena de plenitud

domingo, 22 de junio de 2025
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El espacio natural y fecundo descrito en Lucas 9, 11-17 parece mostrar que el Reino de Dios -del que habla Jesús (v. 11)- finalmente está presente en un tiempo y en un lugar. Jesús reúne a la gente, multitud sanada que lo sigue a donde vaya (v. 11) que ni siquiera parece preocuparse de su alimento (v. 12). Posiblemente tengan razón. A diferencia de los apóstoles que se preocupan por el alimento de todos (v.12), ellos viven un presente sin preocupación. Casi como siguiendo la recomendación de no preocuparse por lo que van a comer o vestir (cf. Mt 6,25), todo lo reciben, el alimento, la compañía, la salvación… hasta saciarse (v.17). Un, tiempo colmado de presente, un espacio cargado de relaciones.

El relato está plagado de connotaciones eucarísticas. Jesús toma el pan y el pescado, levanta los ojos al cielo, da gracias, lo parte y lo da… (v. 16). No hay connotaciones sacrificiales ni nada que empañe la plenitud del momento. Ciertamente, la multitud (a diferencia de los discípulos) conoce a Jesús y confía.

Este relato, leído en la celebración de la Iglesia del Corpus Christi, nos recuerda la verdad de la vida sacramental: la transparencia de la presencia de Jesús en medio de la vida, su presencia curativa y plenificadora, su amor cuidadoso y atento. Es una fiesta de plenitud de la vida más elemental, y por ello mismo, más llena de Dios. Es la fiesta de la abundancia y de la confianza radical en que todo viene de Dios y todo depende de su providencia. Como afirma Teresa de Lisieux, y la multitud que siempre sigue a Jesús bien sabe, “la confianza, solo la confianza, es la que debe conducirnos al amor”.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Bendecir y compartir.

domingo, 22 de junio de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 22 junio 2025

Fiesta del Corpus

Lc 9, 11b-17

La persona feliz es buena: bendice y comparte. Parece claro, a pesar de no hacerlo consciente, que quien no bendice a los demás, tampoco sabe bendecirse a sí mismo; y quien no comparte con otros, tampoco sabe tenerse en cuenta a sí mismo.

Bendecir significa, literalmente, “decir bien”. Y se requiere haber aprendido a “decirse bien” a sí mismo para hacerlo con los demás. Quien dice mal de otros -en el extremo: maldecir- no se ama a sí mismo, por más que parezca lo contrario. Más que amarse limpia y humildemente, lo que hace es vivir acorazado en un caparazón narcisista, que utiliza como refugio. Solo cuando aprenda a amarse de manera genuina, estará en paz con él, podrá bendecirse y bendecirá a los demás.

Compartir requiere -sea de manera explícita o simplemente intuitiva- comprender lo que somos. Al comprender lo que soy, comprendo que soy no-otro de los demás, y empezaré a querer para ellos lo mismo que quiero para mí, y no les haré a ellos lo que no quisiera que me hicieran a mí.

Cuando no sabemos compartir -vivir empatía y compasión-, no sabemos qué somos. Lo que hacemos entonces es resguardarnos en el antes mencionado caparazón narcisista, con nuestros temores inconfesados y nuestras necesidades básicas no resueltas. Dado que no nos queremos bien, pensaremos que nunca tenemos bastante, por lo que viviremos acaparando y replegados sobre nosotros mismos.

La bendición y el amor nacen de la comprensión de lo que somos. Y, a su vez, constituyen un test cierto del nivel real de la misma.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Corpus Christi: Dadles vosotros de comer. Gaza, hambre en el mundo

domingo, 22 de junio de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Multiplicación de los panes

Celebramos hoy el día del Corpus Christi. Fiesta que data del siglo XIII.

Hemos escuchado el relato más antiguo de la Eucaristía del Nuevo Testamento. Nos los relata San Pablo (que no conoció a Jesús). En el evangelio hemos escuchado la multiplicación de los panes de San Lucas, en la que está inserta la Eucaristía.

Comienza el texto evangélico diciendo que era el atardecer del día. Lo mismo que con los dos de Emaús, atardecía y se sentaron a la mesa, después de haber escuchado la Palabra y le reconocieron al partir el pan.

(Si no se es liturgista de vía estrecha, podemos apreciar la Eucaristía tanto en Emaús como en la multiplicación de los panes).

Como sabemos, para los judíos el día comienza al atardecer. Tanto para aquellas cinco mil personas, como para los dos de Emaús, está comenzando el nuevo día, el día de Jesús.

La multiplicación de los panes no es una cuestión de magia, (Jesús no es un prestidigitador) sino de solidaridad.Es un milagro que el ser humano dé. Sin embargo, cuando Cristo está presente en nuestra mente y en nuestro corazón, cuando celebramos la Eucaristía, se reparte lo que hay: cinco panes y dos peces, se reparte. Nos  saciarnos todos e incluso llega a sobrar. La multiplicación de los panes es multiplicar la vida.

El milagro de la multiplicación de los panes y los peces es el milagro de la solidaridad y la generosidad. Es la multiplicación del trabajo, del alimento, es compartir la vida.

02.- Multiplicación de los panes y Eucaristía.

En el evangelio de San Lucas la multiplicación de los panes tiene sabor Eucarístico. San Lucas sitúa la Eucaristía en la multiplicación de los panes: Jesús toma el pan, alza los ojos al cielo, bendice, parte el pan, lo da, distribuye…

En el mundo hay bienes más que suficientes para que todos podamos comer.

La Eucaristía será cuando todo el mundo tenga un plato para comer, un techo bajo el que cobijarse, un libro (cultura), una medicina, respeto, acogida… Tenía mucha razón el padre Arrupe cuando decía que, mientras exista hambre en el mundo, la Eucaristía no será plena. Mientras exista hambre en tantas personas, niños, en Gaza, mientras existan las guerras ¿cómo podremos celebrar la Eucaristía?

¿Cómo celebrar la Eucaristía con tanto odio, racismo, patriotismo, egoísmo económico?

03.- La Eucaristía es vida.

Al mismo tiempo, la Eucaristía hemos de situarla en el contexto de las muchas comidas – cenas salvíficas que Jesús celebró con mucha gente: comidas de encuentro y de vida.

Recordemos:

  • El encuentro del hijo pródigo con el Padre se sella con un banquete, porque ese hijo estaba muerto y ha vuelto a la vida (Lc 15, 11-32).
  • A Jesús le echaban en cara que comía con pecadores y publicanos, (Mc 2,16).
  • Recordemos el encuentro de Jesús con Zaqueo: hoy ha entrado la salvación a esta casa (Lc 19, 1-10).
  • Recordemos la infinidad de momentos en los que Jesús evoca el banquete, la comida como encuentro de salvación (Mt 22,1-14).
  • San Juan no sitúa la Eucaristía no tanto en la última Cena, sino también en la multiplicación de los panes, (Jn 6). El pueblo tiene hambre. Cristo es pan de vida: Yo soy el pan de vida (Jn 6).
  • El Reino de los cielos se parece a un banquete de bodas, (Mt 22,24)
  • Ofrece un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, (Lc y serás bienaventurado
  • Recordemos cómo Cristo resucitado come con sus compañeros y discípulos.
  • Los dos de Emaús reconocen la Vida al partir el pan (Lc 24, 13-35, v 30: Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio).
  • Junto al lago Jesús les dice a los suyos si tienen algo que comer, comen pan y pescado (Lc 24, 36-49) y cuando compartieron el pan, se les abrió la inteligencia y comprendieron (v 45).
  • La multiplicación de los panes, que hemos escuchado en el Evangelio es una Eucaristía (Lc 9, 11b-17: v 16: Jesús tomando los cinco panes, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio para que los sirvieran a la gente).

La Eucaristía no es un rito, una liturgia, mucho menos es una ley o precepto para cumplir con la Iglesia y salvar mi alma. La Eucaristía es más hermoso, más serio y  profundo: la eucaristía es  vida y redención, es asamblea. Impregnemos nuestra vida de Vida. Disfrutemos de la vida.

Da pena cuando del obispado llega una nota un tanto “jeroglífica” que dice, por ejemplo, que el día de San José es día de precepto, pero como no es fiesta laboral, quedamos dispensados de asistir a Misa, si bien los párrocos han de hacer lo posible para que los fieles puedan acudir a alguna misa.

Igualmente da pena cuando algunos preguntan si tal día es de “precepto”.

¿La vida es de precepto?

04.- La mesa del Señor está abierta a todos.

        Se hace extraño cómo el rigor litúrgico y moral ha ido reduciendo “los cubiertos de los comensales” de la mesa de JesuCristo. Para los que viven del entramado jurídico-moral-litúrgico la Eucaristía es un restaurante de no sé cuántas estrellas y que se ha de celebrar con  la “rigidez normativa litúrgica del desfile del día de la victoria”.

Pero para los que andamos como podemos en la vida, la Eucaristía es Emaús, es el banquete que el padre ofrece al hijo perdido. Somos pobres personas desilusionadas que tienen la fortuna de encontrarse con Cristo a la mesa para que “arda nuestro corazón”.

A veces pensamos en una Iglesia de perfectos, gente de élite, milimétricos en moral, puros y puritanos. Sin embargo la Iglesia nunca fue así y nunca lo será, porque estamos los que estamos: pecadores profundos, que amamos la vida, pero no acertamos.

Es de mucho consuelo saber que la mesa del Señor está abierta a todos, especialmente a los pecadores y publicanos.

        La mesa de los ricos y de los poderosos está cerrada a los pobres, probablemente “por razones de seguridad”.

Es profundamente inhumano interceptar, negar la ayuda que les pueda llegar a esos niños y gentes de Gaza. La mesa del Señor está abierta incluso a Judas.

        Da mucho alivio saber que todos tenemos sitio en la casa, en la mesa, en la fiesta del Padre. No importa nuestra condición moral, nuestro pecado. Somos hijos pródigos, publicanos, “magdalenas”, hemorroísas, pero Dios nos sienta encantado a su mesa.

05.- La Eucaristía crea la Iglesia.

        Cristo dijo a los suyos: “haced esto en memoria mía” Lo que Jesús nos dijo es: “quiero estar en medio de vosotros: en vuestro pensamiento, en vuestras opciones y decisiones, en vuestra vida. Se trata de que el Señor esté presente en nosotros”. Cuando Jesús dijo haced esto en memoria mía, guardad mi presencia entre vosotros no se refería al sagrario, sino a las personas, a las comunidades, a las gentes

        Cristo está en el sagrario, pero donde hace falta que esté es en nuestra vida, en nuestras parroquias y diócesis.

06.- Dadles vosotros de comer.

        Demos gracias a Dios, que eso es la Eucaristía: acción de gracias.

        Hay gente que se pregunta con un cierto escándalo progresista: ¿Y qué hace Dios que permite el hambre en el mundo, la guerra, que tantos niños mueran de paludismo?

        Pues la respuesta está en el evangelio de hoy: Dios nos ha hecho a nosotros

Dadles vosotros de comer

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“ Eucaristía y justicia social van de la mano”, por Consuelo Vélez

domingo, 22 de junio de 2025
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De su blog Fe y Vida:

CORPUS CHRISTI 22-05-2025

Del hecho histórico de la multiplicación de los panes, lo que interesa decir es que este relato se suma a los signos con los que Jesús predica el reinado de Dios y, en este caso, muestra la super abundancia de los frutos que el reino trae

La intencionalidad de Lucas es claramente eucarística: Jesús toma los cinco panes y peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia sobre ellos la bendición, los parte y los entrega a los discípulos para que ellos lo entreguen a la gente

En esta fista del Corpus Christi, a veces se pone más énfasis en el encuentro de cada persona con Jesús y se olvida que el pan eucarístico es para dar y repartir, para que todos se sacien, para que nadie se quede sin los frutos del reino

El los recibió, les habló del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser curados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron:

– «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto».

Él les respondió:

+ «Denles de comer ustedes mismos».

Pero ellos dijeron:

– «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente».

Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos:

+ «Háganlos sentar en grupos de cincuenta».

Y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirviera a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.

(Lucas 9, 11b-17)

Este texto de la multiplicación de los panes está en los cuatro evangelios. En Marcos y Mateo se cuenta dos veces, con muy pocas diferencias, haciendo pensar que debió existir un solo relato que luego, los evangelistas repiten. Lucas lo debió tomar de la fuente marcana, pero omitiendo muchos detalles. Y el evangelio de Juan lo cuenta en el contexto eucarístico que más adelante va a mostrarse más claramente con la afirmación de Jesús como pan de vida (Jn 6, 35). Del hecho histórico lo que interesa decir es que este relato se suma a los signos con los que Jesús predica el reinado de Dios y, en este caso, muestra la super abundancia de los frutos que el reino trae. Se alimentan cinco mil hombres. Como un dato curioso, Mateo añade “sin contar mujeres, ni niños”, mientras que los demás evangelistas no hacen ninguna referencia a las mujeres. En cualquier caso, vemos como las mujeres son un grupo que se relativiza o invisibiliza, muchas veces, en los evangelios.

Volviendo al texto de Lucas, su intencionalidad al narrar este pasaje es claramente eucarística. Esto se ve en las palabras y acciones que realiza Jesús: “toma los cinco panes y peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia sobre ellos la bendición, los parte y los entrega a los discípulos para que ellos lo entreguen a la gente. En efecto, esta es la fiesta que celebramos hoy, la entrega de Jesús en el pan y vino, quedándose para siempre con nosotros.

Ahora bien, tener presente el pasaje de la multiplicación de los panes en la festividad de hoy nos puede ayudar a mantener esa dimensión comunitaria que es inherente a la eucaristía y que muchas veces se olvida. Se pone más énfasis en el encuentro de cada persona con Jesús en las especies del pan y el vino y se olvida que el pan eucarístico es para dar y repartir, para que todos se sacien, para que nadie se quede sin los frutos del reino. La eucaristía va de la mano de la solidaridad, de la justicia social, del bien común. Jesús nos deja su cuerpo y sangre para alimentar la vida comunitaria, para fortalecerla y sostenerla.

Que el conmemorar la entrega total de Jesús en la Eucaristía, renueve nuestra entrega a los demás para que ese pan llegue a muchos a través de nuestro compromiso solidario y se siga repitiendo el milagro de la abundancia en todas las situaciones de carencia, de pobreza, de injusticia, de falta de solidaridad.

(Foto tomada de: https://www.salesianos.edu/estudio-de-la-palabra-ciclo-b-corpus-christi/)

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“He recibido, he transmitido – Lucas 9, 11-17 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 22 de junio de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

“Yo he recibido del Señor lo que a mi vez os he transmitido: El Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado…

Pablo escribe a la comunidad de Corinto incluso antes de que Marcos se decidiera a escribir un Evangelio.

Y Él, Apóstol de reserva, que no conoció ni vivió con el Señor, se preocupa por tranquilizar a sus feligreses: cuenta con escrupulosidad, en primer lugar, como signo de autenticidad de su predicación, lo que Él mismo ha recibido. Lo esencial.

Relata la cena. Esa cena. No la última, sino la primera.

Evoca el mandato: haced esto, si queréis que yo esté con vosotros.

Y lo hacemos, en obediencia.

Creemos que, al repetir esa cena, ese Séder pascual, único y especial, celebramos un memorial, un ziqqaron. Cuando los hermanos judíos celebran la cena de Pesaj, no están recordando al difunto Moisés. Se preguntan de qué faraón deben huir.

Así, cuando repetimos la cena, esa cena, estamos reviviendo el don de Cristo a la humanidad.

El don de sí mismo.

Y hoy la Iglesia, consciente de tener la tarea de hablar de Dios, de anunciar al Dios de Jesús, el Dios feliz que nos hace felices en este tiempo intermedio entre su venida a la Historia y su regreso en la gloria, impulsada y motivada por el Espíritu, inmersa en la comunión trinitaria, señala el pan del camino, el pan del viaje en esta aventura vertiginosa. 

Pan partido

El Evangelio de hoy nos cuenta la multiplicación de los panes y los peces en el relato de Lucas.

Lucas lo estructura dejando entrever, en filigrana, la celebración de la Eucaristía que, probablemente, está viviendo con sus comunidades.

Por otra parte, Lucas conoció la fe gracias a la predicación de Pablo y es escrupuloso en transmitir a sus comunidades lo que Él mismo ha recibido. Porque no creemos en un Jesús que nos hemos construido, sino en el que nos han transmitido los Apóstoles: la nuestra es una fe apostólica.

Algunos detalles de su versión revelan este paralelismo: la multiplicación tiene lugar al atardecer y no podemos evitar pensar en el misterioso caminante de Emaús al que se le pide que se quede porque cae la noche; Lucas es el único que nos dice que Jesús hizo dividir a la multitud en grupos de cincuenta, probablemente el número de miembros de una comunidad, más, y lo vemos bien, se convierte en un grupo anónimo sin relaciones; no solo se partían los panes, sino también los peces, algo improbable, pero sabemos que el pescado, en las primeras comunidades, es símbolo de Cristo: es Él quien se parte.

Lucas, en definitiva, nos envía un mensaje claro: el mayor milagro que realizó Jesús no fue alimentar a las personas, sino sus almas, sus corazones.

Haciéndose Él mismo alimento en la Eucaristía. Porque solo Dios puede colmar nuestra infinita necesidad de infinito.

Enseñándonos a convertirnos en pan partido para la humanidad aturdida y agotada. 

Al final

Porque, al final, el significado de este Domingo del Corpus Domini está todo y solo aquí: durante la celebración de la Eucaristía, de cada Eucaristía, incluso extraña, coja, apresurada, Jesús se hace pan partido, se arriesga, se entrega.

Sin medida, sin condiciones, sin reservas.

Si es así, si tomamos conciencia de ello, si lo saboreamos, entonces no podemos dejar de estar ahí.

Y de alegrarnos, y de hacer todo lo posible para que nuestras celebraciones sean plenas, bellas, auténticas, solares, fuertes, dinámicas, orantes,  fuente y culmen de nuestra fe.

Y esta conciencia debe partir del que preside en nombre del Señor, y que se convierte, en ese momento, en pontefice, es decir, puente, instrumento, paso.

Quizás valga la pena, con serenidad, preguntarnos hoy si no deberíamos celebrar menos Misas y devolverle el espacio a Dios en nuestras Misas, que no son una buena costumbre, sino la realización aquí y ahora de la salvación del Señor.

Quizás debamos atrevernos y cuestionarnos, caminar juntos, hacer sínodo. Sin reducir la pastoral y el anuncio, como hemos hecho a menudo, a la multiplicación de ritos y celebraciones.

Hay menos gente en Misa, es cierto. Pero el problema no es que antes las Iglesias estuvieran llenas y ahora estén vacías, sino que debemos preguntarnos con qué las habíamos llenado. 

Todavía

Melquisedec, que ofrece (¿o recibe?) el pan y el vino como signo de bendición a Abraham, que regresa victorioso de la batalla contra la Alianza del Norte, siempre se ha interpretado como una prefiguración de Cristo. Y tiene sentido.

Pero cuando se escribió ese episodio, probablemente el mensaje era aún más fuerte: la primera vez que se habla de un gesto cultual realizado por un sacerdote en la Biblia es por la oración de un pagano, un cananeo.

Estamos llamados a reconocer en cada hombre el profundo deseo de Dios, porque todos buscan y dan bendición. Y nosotros, los discípulos, los amados, los agapetoi, ahora sabemos quién es Dios y cómo se hace pan para el camino.

Esta es la Eucaristía que celebra la presencia del Señor que bendice, que dice y hace el bien a cada uno de nosotros.

Que tengamos un buen Domingo. Y una buena Misa, dondequiera que estemos.

No dejemos caer al suelo el don más extraordinario que nos ha dejado el Maestro, que se hace pan y vino.

Nos espera, no faltemos.

Para recibirlo y transmitirlo a los que vendrán después de nosotros.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo del Corpus Christi, 22 de junio de 2025

1.- Bajo la guía del cuerpo.

2.- El compartir el pan.

3.- Cuerpo y Sangre de Cristo.

4.- Ese don del «pan» para todos y juntos.

5.- Compartir el juego divino al que el Señor invita a todos.

6.- El milagro del pan compartido, amar significa dar.

7.- Somos ricos en lo que damos de Buena Noticia.

8.- Y vino Aquél que cuida.

9.- La oferta, único camino hacia la amistad.

10.- He recibido, he transmitido – Lucas 9, 11-17 -.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Domingo de la Trinidad: “Dios es la danza misma”

lunes, 16 de junio de 2025
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La reflexión de hoy (15 de junio de 2025) es de Mark Guevarra, colaborador de Bondings 2.0. .

Las lecturas litúrgicas de la Solemnidad de la Santísima Trinidad se pueden encontrar haciendo clic aquí.

Me encanta bailar. Aunque no tenga formación profesional, y aunque parezca un tonto en la pista, me encanta bailar. Hay algo mágico en sentir un buen ritmo que me incita a soltar todas mis inhibiciones y dejarme llevar. Hay algo en la onda de un lugar: los olores, la iluminación, las bebidas que lo acompañan y estar con la gente adecuada, que me hace sentir conectada y trascendente. Hay algo en la música que puede evocar alegría y disipar la ansiedad. Bailar es personal y social, es físico y es espiritual. Es un acto de vulnerabilidad que nos ayuda a trascender.

Algunos de mis recuerdos más preciados son de baile. A mi difunta abuela le encantaba el baile del pollo, y su sonrisa, mientras movía los brazos como un pollo, era prueba de ello. Me encantaba bailar con mi hija cuando era pequeña. Una vez, ella iba vestida de la princesa Elsa de Frozen, y yo de príncipe con mi mejor blazer. Bailamos por mi sala de estar como si el tiempo se hubiera detenido. Tengo muchísimos otros recuerdos entrañables de baile: con mi expareja, con amigos en barrios gay, con feligreses en los salones parroquiales e incluso en la liturgia de la parroquia de San Gregorio en San Francisco. Bailar ha creado recuerdos imborrables.

Hoy celebramos la Santísima Trinidad. A lo largo de los siglos, los cristianos han intentado comprender este misterio central de la Iglesia con diversas fórmulas. A finales del siglo IV, San Gregorio Nacianceno, uno de los primeros Padres de la Iglesia, acuñó el término «Danza Divina» para describir la Trinidad. Lo que quería decir es que la Trinidad es dinámica, cada persona de los Tres se integra en la otra en un movimiento perpetuo, como en una danza. La interacción entre ellos ocurre constantemente, nunca es estática, y siempre se mueve en relación, como lo hacen las parejas de baile.

La Trinidad se describía así en la época de Gregorio: «Todo lo que ocurre en Dios fluye, es una conexión radical, una comunión perfecta entre Tres: una danza circular de amor. Y Dios no es solo un bailarín. Dios es la danza misma».

También usó la metáfora de la danza para explicar las dimensiones humana y divina de Jesús.

Como hombre gay que ama bailar, ver la Trinidad como una danza divina no es una metáfora esotérica, sino una encarnada: es sudorosa y emocionante, es vulnerable, íntima y sexual. La danza divina conmueve cada fibra de mi ser, desde mis penas y ansiedades hasta mis deseos y alegrías. Eso es lo que hace que la Trinidad sea sagrada para mí: la Trinidad se siente en cada sentido de mi cuerpo, dado por Dios.

La danza divina une todas las danzas que han sido y serán bailadas por cada tribu y criatura que se ha movido al ritmo de los tambores de la tierra. La danza divina se expresa incluso en las estrellas: los planetas giran alrededor de ellas, las galaxias alrededor de los agujeros negros y todo el universo en el corazón de Dios. La danza divina conduce al nacimiento, derrama energía, sana, crea, destruye y recrea.

Hace años, asistí a mi primer pow wow indígena, la Estampida de Calgary. Había docenas de hombres tocando un tambor y cantando a todo pulmón. El sonido se extendió kilómetros y reverberó por el suelo, los árboles y hasta mis huesos. Cientos de bailarines danzaban en círculo —hombres, mujeres, personas de dos espíritus—, cada uno vestido con magníficas galas adornadas con campanillas, cuentas y cintas de colores. Muchos llevaban tocados ornamentados con todo tipo de plumas, y algunos llevaban plumas en las manos. Para mí, la forma más apropiada de describir mi experiencia del pow wow es decir que fue divina. El tambor palpitante, los cánticos desgarradores, el tintineo de las piezas metálicas cosidas a las prendas, el movimiento constante en círculo, todo me distraía de lo cotidiano. Para mí, todo aquello era una apertura entre este mundo y el mundo espiritual. Era una apertura que revelaba a los ancestros —humanos y todas las demás criaturas— danzando al ritmo del tambor, el latido del universo.

Como colono canadiense en un viaje de generaciones de reconciliación con pueblos indígenas cuya cultura fue sistemáticamente borrada por el sistema de internados, el powwow fue un acto de sanación. Para mí, los gritos de los cantores simbolizaban el dolor de los ancestros. Para mí, el movimiento constante en círculo simbolizaba el movimiento constante del universo a través del tiempo y el espacio. Como cristiano, el powwow es una expresión del misterio pascual: nacimiento, vida, alegría, sufrimiento, muerte y resurrección, todo en una danza sagrada. Aunque quizás nunca tenga el privilegio de bailar en un powwow, creo que cualquier baile puede ser una oportunidad para trascender las limitaciones de la vida. Cualquier baile puede ser una fuente de profunda conexión y sanación, una fuente de intimidad y deleite corporal y espiritual. Cualquier baile puede ser un recordatorio de Dios que nos toma de las manos y las caderas y nos envuelve divinamente.

Al celebrar el Orgullo este mes, bailando en las calles, en los clubes y en las fiestas, que también experimentemos sanación y liberación, alegría desafiante y un llamado a la acción. Que experimentemos una solidaridad vivificante con quienes nos rodean: las personas LGBTQ+ de todo el mundo y nuestros antepasados. Que creemos recuerdos de danzar con lo divino que nos guíen de este mundo al siguiente.

—Mark Guevarra (él), 15 de junio de 2025


 

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Mark Guevarra es coeditor y colaborador de Cornerstones: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas, una antología de 12 historias de fe, sacrificio, alegría y dolor de personas LGBTQ+ que han sido empleadas, y en ocasiones despedidas, por parroquias y escuelas católicas.

 

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Para más información, haga clic aquí.

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Fuente New Ways Ministry

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“¿Es necesario creer en la Trinidad?”. Fiesta de la Trinidad – C (Juan 16, 12-

domingo, 15 de junio de 2025
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¿Es necesario creer en la Trinidad?, ¿se puede?, ¿sirve para algo?, ¿no es una construcción intelectual innecesaria?, ¿cambia en algo nuestra fe si no creemos en el Dios trinitario? Hace dos siglos, el célebre filósofo Immanuel Kant escribía estas palabras: «Desde el punto de vista práctico, la doctrina de la Trinidad es perfectamente inútil».

Nada más lejos de la realidad. La fe en la Trinidad cambia no solo nuestra visión de Dios, sino también nuestra manera de entender la vida. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor. No un ser cerrado e impenetrable, inmóvil e indiferente. Su intimidad misteriosa es solo amor y comunicación. Consecuencia: en el fondo último de la realidad, dando sentido y existencia a todo, no hay sino Amor. Todo lo que existe viene del Amor.

El Padre es Amor originario, la fuente de todo amor. Él empieza el amor. «Solo él empieza a amar sin motivos; es más, es él quien desde siempre ha empezado a amar» (Eberhard Jüngel). El Padre ama desde siempre y para siempre, sin ser obligado ni motivado desde fuera. Es el «eterno Amante». Ama y seguirá amando siempre. Nunca nos retirará su amor y fidelidad. De él solo brota amor. Consecuencia: creados a su imagen, estamos hechos para amar. Solo amando acertamos en la existencia.

El ser del Hijo consiste en recibir el amor del Padre. Él es el «Amado eternamente», antes de la creación del mundo. El Hijo es el Amor que acoge, la respuesta eterna al amor del Padre. El misterio de Dios consiste, pues, en dar y también en recibir amor. En Dios, dejarse amar no es menos que amar. ¡Recibir amor es también divino! Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos no solo para amar, sino para ser amados.

El Espíritu Santo es la comunión del Padre y del Hijo. Él es el Amor eterno entre el Padre amante y el Hijo amado, el que revela que el amor divino no es posesión celosa del Padre ni acaparamiento egoísta del Hijo. El amor verdadero es siempre apertura, don, comunicación desbordante. Por eso, el Amor de Dios no se queda en sí mismo, sino que se comunica y se extiende hasta sus criaturas. «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Romanos 5,5). Consecuencia: creados a imagen de ese Dios, estamos hechos para amarnos, sin acaparar y sin encerrarnos en amores ficticios y egoístas.

José Antonio Pagola

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“Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará”. Domingo 15 de junio de 2025. Santísima Trinidad

domingo, 15 de junio de 2025
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Leído en Koinonia:

Proverbios 8, 22-31: Antes de comenzar la tierra, la sabiduría fue engendrada.
Salmo responsorial: 8: Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!.
Romanos 5, 1-5: A Dios, por medio de Cristo, en el amor derramado con el Espíritu.
Juan 16, 12-15: Todo lo que tiene el Padre es mío; el Espíritu tomará de lo mío y os lo anunciará.

(Comentario homilético elaborado en un ciclo anterior por Mons. Silvio Báez, obispo auxiliar de Managua)

La revelación de Dios como misterio trinitario constituye el núcleo fundamental y estructurante de todo el mensaje del Nuevo Testamento. El misterio de la Santísima Trinidad antes que doctrina ha sido evento salvador. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo han estado siempre presentes en la historia de la humanidad, donando la vida y comunicando su amor, introduciendo y transformando el devenir de la historia en la comunión divina de las Tres personas. Por eso se puede hablar de una preparación de la revelación de la Trinidad divina antes del cristianismo, tanto en la experiencia del pueblo de la antigua alianza tal como lo atestiguan los libros del Antiguo Testamento, como en las otras religiones y en los eventos de la historia universal.

El Nuevo Testamento, más que una doctrina elaborada sobre la Trinidad, nos muestra con claridad una estructura trinitaria de la salvación. La iniciativa corresponde al Padre, que envía, entrega y resucita a su Hijo Jesús; la realización histórica se identifica con la obediencia de Jesús al Padre, que por amor se entrega a la muerte; y la actualización perenne es obra del don del Espíritu, que después de la resurrección es enviado por Jesús de parte del Padre y que habita en el creyente como principio de vida nueva configurándolo con Jesús en su cuerpo que es la Iglesia.

La primera lectura (Prov 8,22-31) es un himno a la sabiduría divina considerada en su doble dimensión trascendente e inmanente. La Sabiduría es trascendente pues ella es el proyecto de Dios, su voluntad, sus designios, su Palabra, su Espíritu; pero también es encarnada ya que el proyecto divino se realiza en la creación y en la historia, la voluntad de Dios se manifiesta en la Escritura y a través de su Espíritu se convierte en una realidad interior al ser humano. De esta forma la reflexión sapiencial bíblica supera la simplificación panteísta o dualista en su visión de Dios.

En los vv. 22-25 el autor bíblico nos sitúa “antes” de la creación, en la eternidad de Dios, presentando la Sabiduría como una realidad divina y trascendente, anterior a todas las realidades cósmicas: “El Señor me creó al principio de sus tareas, antes de sus obras más antiguas… cuando no había océanos, fui engendrada, cuando no existían los manantiales ricos de agua”. En los vv. 26-31 la Sabiduría parecer ser una realidad creada pues aparece contemporánea a la creación. La Sabiduría está presente también en el ser humano, en su inteligencia, en su felicidad: “Cuando consolidaba los cielos allí estaba yo, cuando trazaba la bóveda sobre la superficie del océano, cuando señalaba al mar su límite… a su lado estaba yo como confidente, día tras día lo alegraba y jugaba sin cesar en su presencia; jugaba con el orbe de la tierra, y mi alegría era estar con los seres humanos”.

Este himno ha llegado a ser en la tradición cristiana un preanuncio de la encarnación de la Palabra (Jn 1), que “al principio estaba junto a Dios, todo fue hecho por ella y sin ella no se hizo nada de cuando llegó a existir” (Jn 1,2-3), y que al final de los tiempos “se hizo carne y habitó entre nosotros y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14).

La segunda lectura (Rom 5,1-5) es una especie de declaración paulina de sabor trinitario sobre la situación del ser humano que ha sido justificado gracias a la fe en Cristo: “Habiendo, pues, recibido de la fe nuestra justificación, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo… y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (vv. 1.5). Pablo afirma la dimensión trinitaria de la vida creyente. Reconciliados con Dios por la fe, estamos en una situación de “paz” y de “esperanza”, paz que supera la tribulación y esperanza que transforma el presente.

El evangelio (Jn 16,12-15) constituye la quinta promesa del Espíritu en el evangelio de Juan. Se habla del Espíritu como defensor (“Paráclito”) y como maestro, llamándolo “Espíritu de la verdad”. La verdad es la palabra de Jesús y el Espíritu aparece con la misión de “llevar a la verdad completa”, es decir, ayudar a los discípulos a comprender todo lo dicho y enseñado por Jesús en el pasado, haciendo que su palabra sea siempre viva y eficaz, capaz de iluminar en cada situación histórica la vida y la misión de los discípulos.

El Espíritu tiene una función “didáctica” y “hermenéutica” con relación a la palabra de Jesús. El Espíritu Santo no propone una nueva revelación, sino que conduce a una total comprensión de la persona e del mensaje del Señor Resucitado. El Espíritu, por tanto, “guía” (v. 13) hacia la “Verdad” de Jesús, es decir, hacia su revelación, de tal forma que la podamos conocer en plenitud. Leer más…

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5.6.25. Domingo de la Trinidad. Si ves el amor, ves la Trinidad

domingo, 15 de junio de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Hay tres trinidades falsas: Una es la del sistema neo-liberal (capital, empresa, mercado); otra es la del Dragón del Apocalipsis (bestia militar, falsa inteligencia, prostituta económica), otr las de los tres deseos de -Rom 13 (adulterar el amor, matar, robar).

En contra de eso dijo Pablo y repitió  Agustín: -si viven en amor «ves» la Trinidad (si caritatem vides, vides Trinitatem). Buen día.

14.06.2025

1.TRINIDAD DEL SISTEMA. CAPITAL, EMPRESA, MERCDO

No es una Trinidad cualquiera, sino la del sistema neo-liberal que impera actualmente sobre el mundo. Muchos imperios han sido virtualmente ternarios o trinitarios (Dios, Rey, Pueblo), pero éste es quizá el más claro de todos[1].

Dice que es tolerante y que la adoración de todos los dioses posibles, pero en el fondo sólo diviniza a Dios: Dios-Padre capital; Dios-Hijo empresa productora de todo tipo de bienes de consumo; Dios Espíritu Santo o donde todo se comra y vende, incluíds religiones, estados y personas[2]. Externamente es tolerante, pues deja en libertad a otros dioses, e incluso se gloría de que existan, distinguiéndose así del comunismo duro, que quería destruirlos Pero de hecho ha impuesto sobre el mundo su falso «monoteísmo trinitario»:

  • B Dios Padre, el Capital. Parece providente, ofrece beneficios tangibles a sus siervos y devotos, pero, conforme a la acepción que judíos y cristianos daban a ese término, es un «ídolo»: No es fuente de gracia (creador), ni comunicación real, sino Mamonasobre todos los grupos y personas (cf. Mt 6, 24). Vale en sí: es el principio al que todo lo demás se subordina. En ese plano, contra los posibles ensueños politeístas post-modernos, parece que sólo hay un Dios imperante, que no es Yahvé, Allah, ni Padre, sino el Capital todopoderoso.
  • B Dios Hijo, la Empresa, al servicio del capital. Hombres y mujeres vivían antaño en contacto inmediato con la realidad, campo y mar, lluvia y cosecha, que eran signo de Dios (hierofanía); las nuevas religiones han destacado la importancia de los enviados de Dios (Cristo o Mahoma, Buda o Krisna). Pues bien, el sistema neo-liberal ha divinizado la empresa productora. Más que los bienes naturales o el trabajo personal, importa la «fábrica», que no crea vida, sino medios de consumo. Ella parece el Cristo actual y se eleva sobre grupos y pueblos, sin fronteras. Procede del Capital y le sirven, ofreciendo trabajo y consumo a sus beneficiados, como Mesías productor.
  • B Dios Espíritu Santo, el Mercado. Antes había naciones (unidades de generación), iglesias (castas, Shanga, pueblo, comunidad, Umma…) o estados, lugares de manifestación de Dios y encuentro humano. Ahora los hombres tienden a comunicarse de un modo indirecto, a través del mercado, donde van los devotos a ver, admirar y comprar. Su influjo se extiende por doquier, de forma que todo se logra pagando, si uno «dios» está en el otro: capital en empresa y mercado; mercado en empresa y capital… El mundo entero es un mercado, sin distinciones ni trabas, donde se compran incluso personas[3].

Esta trinidad dominante (Banco-Capital, Fábrica-Empresa, Comercio-Mercado) define la infra-estructura del sistema y crea una super-estructura ideológica, a su propio servicio. Así se expresa el Dios neo-liberal y monolátrico, que exige adoración suprema, aunque a su lado permita que existan otros dioses privados (menores), mientras no le estorben, ni impidan cumplir su cometido. Cada hombre puede cultivar sus sueños particulares de tipo estético o afectivo, familiar o religioso, de manera que el sistema parezca espacio de libertad formal, contra toda dictadura externa. Pero esa libertad acaba estando al servicio del capital (que las empresas produzcan, que el mercado se extienda), no de las personas y grupos marginados[4].

Este mundo del mercado es un peligro para todos. Los vencedores pueden perder sus valores personales. Los vencidos pierden incluso la vida, quedando marginados. Parece que nadie mata a nadie, todos pueden vivir, pero los que quedan fuera del campo de valores del (sin capital, sin producción de bienes de mercado, parece que no existen. Surge así una situación de gran riesgo, que no es la muerte de Dios (a quien nadie puede matar, si es que existe), sino la muerte del hombre, que nosotros mismos podemos provocar, por la bomba, la manipulación genética y la angustia[5]:

 2.TRINIDAD SATÁNICA, APOCALIPSIS 12-18: PODER MILITAR, IDEOLÓGICO, ECONÓMICO

mperio militar, Bestia del mar (Ap 13, 1-10). Encarna la perversión de los poderes político-militares que reciben su fuerza del Dragón (Ap 12), para combatir contra «el resto de la estirpe de la mujer», es decir, contra los que son como Jesús (pobres del mundo). Hasta el siglo I d.C. nadie había presentado con esta radicalidad el el primero de los males, que es el poder de destrucción de los imperios militarea, que adoran como Dios a su propias armas. El Apocalipsis lo hace, siguiendo en la línea de. Dan 2 y 7; 1 Henoc, 2 Baruc y 4 Esdras).

Bestia de la tierra, ideología dominadora, artificial, antihumana (Ap 13, 11-18). Este poder es la perversión profético-religiosa, encarnada en los sacerdotes y/o filósofos al servicio de la Primera Bestia, funcionarios de su violencia social e ideológica (religiosa). Ap 6, 15 citaba a reyes, nobles, comandantes militares, ricos y poderosos de la tierra. Todos aparecen ahora condensados en esta figura mentirosa al servicio de la violencia del sistema. La Primera Bestia era el Poder militar del imperio. Pues bien, al servicio de ese poder ha surgido esta Segunda, que es la religión y/o conocimiento pervertidos[6].

Tercer poder: Megápolis, Estado perverso, prostituta económica (Ap 17). Esta prostituta, “amada” de las bestias es la Ciudad del Imperio,¡ emporio central de todas las riquezas, mercado donde se compra y vende todo. Ella aparece así como expresión definitiva y cumplimiento del sistema de poder total que el Dragón intenta elevar sobre la tierra, la racionalidad político‒económica encarnada en la ciudad del Roma.

          Esta Mujer‒Ciudad Prostituta puede defenderse, diciendo que ella representa el orden social y garantiza la riqueza y comercio, la relación y unidad entre los pueblos. Muchos filósofos y sabios del imperio la llamaban Diosa y la veneraban, quemando en su honor el buen incienso. Incluso Jesús pudo haber dicho «dad al César lo que es del César…”, identificando de algún modo al César con la ciudad de Roma. Por su parte, Pablo (o el autor de la glosa de Rom 12, 1‒7) aceptó la autoridad de Roma, diciendo que es preciso someterse a su poder, pues Dios le ha dado su encargo, para mantener el equilibrio económico del mundo, de manera que puede llevar con derecho la espada y cobrar con razón los tributos.

          A pesar de eso, el autor del Apocalipsis la ha condenado, presentándola como aliada de las Bestias, encarnación socio‒económica del Dragón sobre la tierra. Es muy posible que este pasaje de condena sea exagerado en sus matices, pero su juicio profético resulta brecogedor y certero: el profeta ha visto y destacado algo que normalmente no vemos, el riesgo de un sistema que se diviniza a sí mismo sobre bases de imposición y engaño (bestias), encarnándose en un orden político que expulsa y niega a los disidentes y contrarios, condenando a muerte a los pobres, y actuando de esa forma como prostituta

 Revelación de la anti-diosa

Se me acercó entonces uno de los siete ángeles… y me habló diciendo:

Ven. Te mostraré el juicio de la Prostituta grande, sentada sobre aguas caudalosas, con la que se prostituyeron los reyes de la tierra y se emborracharon los habitantes de la tierra con el vino de su prostitución. Me llevó en espíritu a un desierto y vi una Mujer sentada sobre una Bestia color escarlata, llena de nombres blasfemos, que tenía siete cabezas y diez cuernos.

La Mujer iba vestida de púrpura y escarlata, y estaba adornada de oro, piedras preciosas y perlas. En su mano tenía una copa de oro llena de abominaciones y de la impureza de su prostitución. Escrito en su frente tenía un nombre: ¡Misterio! Babilonia, la grande, la Madre de los prostitutos y de todos los abominables de la tierra.Y  vi a la Mujer emborrachándose con la sangre de los santos y la sangre de los mártires de Jesús (Ap 17, 1-6)

           La maldad de las Bestias anteriores (Ap 13) desemboca y se condensa Roma Prostituta Comercial, que recibe de ellas su poder y quiere presentarse como Diosa (un tipo de esposa/prostituta del Dragón), siendo en realidad la madre de los prostitutos de la tierra, es decir, de todos los que, en un sentido u otro, se venden por influjo social o dinero (desde los grandes comerciantes a los que viven en su plano del engaño y la mentira)[7].

          Desde ese fondo se entiende el despliegue de sus rasgos, que evocaremos. Ciertamente, en sí misma no es varón ni mujer. Pero, significativamente, desde una antigua tradición israelita, el texto la presenta de manera femenina, como ciudad infiel o anti-esposa (con lo que eso supone de posible devaluación de la mujer). Culminando la maldad de las Bestias simbólicamente masculinas (aunque en griego sean neutras: ta theria), se eleva esta Ciudad representada como Mujer prostituida, al servicio del dinero:

  Es la Prostituta Imperial (Pornê: Ap 17, 1-2), que los lectores del apocalipsis identifican con la ciudad-estado de Roma, que ha convertido todo lo que existe en objeto de un mercado donde nada vale en sí, sino para el negocio: eso es ella. Es el Poder que se ha vuelto prostitución o, a la inversa, la prostitución hecha poder: así recibe el dinero que le ofrecen las Bestias y de esa forma domina a los Reyes de los pueblos, poniéndolos a su servicio; así emborracha a los habitantes del mundo, haciéndoles beber su vino de olvido y muerte (cf. Ap 17, 2).

  1. Es Reina sentada (=entronizada) sobre la Bestia escarlata (17, 3). Al principio del texto la vimos sentada sobre las Aguas caudalosas del mar satánico (17, 1; cf. Ap 13, 1), que son los pueblos, naciones y lenguas: la totalidad de poderes del mundo en los que se asienta y domina la Mujer. Pues bien, aquí se añade, en otra perspectiva, que ella ha subido y cabalga sobre el trono de la Bestia de violencia militar de Ap 13, 1-10: no tiene su sede junto a (en el) Trono de Dios, como el Hijo vencedor (12, 5), sino en la Bestia. Sobre sus lomos cabalga, sobre su poder de destrucción se sienta. Bestia y Mujer se vinculan de esa forma, pero no en abrazo matrimonial gozoso y gratuito, de enriquecimiento personal, sino en contrato de manipulación: la Bestia utiliza a la Mujer-Ciudad, para conquistar de esa manera el mundo, con apariencia de cultura y orden; la Mujer cabalga sobre la Bestia, vendiendo su amor como Prostituta, para engañar a los pueblos de la tierra.
  2. Es Diosa falsa (Ap 17, 4). El lector podía esperar el triunfo de Roma como un despliegue de jinetes victoriosos o como expresión de una Diosa de justicia que extiende un orden de paz sobre la tierra (cf. Ap 6, 1-6). Pues bien, el Apocalipsis responde que la Diosa Roma es una simple y perversa Prostituta, que se vende al poder del dinero y cabalga sobre lomos de la Bestia. Está vestida de honor sacerdotal, como Reina y Señora del mundo, de púrpura y escarlata, con oro y pedrería, sentada en seña de honor (Ap 18, 7.16), como si pudiera conceder sus favores a todos los habitantes de la tierra. Pero ella sólo busca placer y riqueza: con todos se vende, a todos utiliza, para elevarse a sí misma. Por eso puede alzarse mucho, pero es simple apariencia destructora, diosa falsa: expresión de maldad, pecado que se encarna en unas instituciones de opresión, en la Ciudad del mundo Ha logrado su poder engañando y matando a los demás. No es diosa, como quieren sus devotos, ni autoridad neutral, sino poder de muerte: ha creado una religión imperial al servicio de sí misma, matando a los pobres[8].

  Es Babilonia, Madre de los prostitutos y abominables de la tierra (Ap 17, 5).Babilonia la Grande, la Ciudad y Torre que quiso elevar su poder sobre los cielos, sufriendo así el gran rechazo de Dios (cf. Gen 11, 1-9); es la capital del imperio que en otro tiempo destruyó a Jerusalén y cautivó a sus hijos, los judíos (el 587 a. de C.). Evidentemente, esa Ciudad es ahora Roma, que quiere elevarse como Diosa y Madre, siendo simplemente prostituta. Se le puede llamar madre, pero no como dadora de vida, sino todo lo contrario, como signo y principio de muerte, al servicio del Dragón: así concede su semilla a todos los «prostitutos y abominables» de la tierra, es decir, a los que se imponen por la fuerza a los demás y les engañan.

  1. Es la asesina. Toda la gloria y el poder de Roma culminan en el asesinato… El poder militar, la falsa sabiduría profética, la religión, el dinero… Todo está al servicio de la muerte. Por eso, el texto dice que ella se ha embriagado con la sangre de los santos: está loca y borracha: vive de matar, bebe la vida de los fieles. Ella representan el riesgo definitivo de la humanidad: es el Sistema político‒ideológico que se diviniza a sí mismo de manera destructora, en clave económica, de comercio de muerte. Entendida así, ella puede identificarse con Mamón, el anti‒Dios (cf. Mt 6, 24). Es la humanidad que niega a Dios, negándose a sí misma, para terminar convirtiéndose en muerte.

           Esta mujer‒prostituta aparece como la forma suprema de opresión del mundo: no es una simple ciudad, un orden político objetivo y neutral, que regula para bien de todos el aspecto más externo de la vida y deja que cada uno ejerza luego su religión particular, sino que es la economía imperial como Sistema de vida absoluto, sociedad destructora de lo humano, que se opone a la experiencia de Jesús, de tal manera que en ella se expresa y culmina el pecado de homicidio y engaño del Dragón antiguo (cf. 12, 4.9, en relación con 18, 24).

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Fiesta de la Trinidad. Ciclo C.

domingo, 15 de junio de 2025
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Andréi Rubliov, Trinidad (s. XV)


Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El ciclo litúrgico se abre con la venida de Jesús y culmina con la venida del Espíritu; el Padre está presente en todo momento. Es lógico que se dedique una fiesta en honor de la Trinidad. Para ella había que elegir textos que hablaran de las tres personas, al menos de dos de ellas. Pero no pretenden darnos una lección de teología sino ayudarnos a descubrir a Dios en las circunstancias más diversas. La primera, llena de belleza y optimismo, en los momentos felices de la vida. La segunda, incluso en medio de las tribulaciones, dándonos fuerza y esperanza. La tercera, en medio de las dudas, sabiendo que nos iluminará.

 

Dios presente en la alegría (Proverbios 8, 22-31)

Del Antiguo Testamento se ha elegido un fragmento del libro de los Proverbios que polemiza con la cultura de la época helenística: ¿cuál es el origen de la sabiduría? Para muchos, es fruto del pensamiento humano, tal como lo han practicado sobre todo los filósofos griegos. Frente a esta mentalidad, el autor del texto de los Proverbios afirma que la verdadera sabiduría es anterior a nuestras reflexiones y estudios; y lo expresa presentándola junto a Dios muchos antes de la creación del mundo, acompañándolo en el momento de crear todo.

Así dice la sabiduría de Dios:

«El Señor me estableció al principio de sus tareas,

           al comienzo de sus obras antiquísimas.

            En un tiempo remotísimo fui formada,

            antes de comenzar la tierra.

            Antes de los abismos fui engendrada,

            antes de los manantiales de las aguas.

            Todavía no estaban aplomados los montes,

            antes de las montañas fui engendrada.

            No había hecho aún la tierra y la hierba,

            ni los primeros terrones del orbe.

            Cuando colocaba los cielos, allí estaba yo;

            cuando trazaba la bóveda sobre la faz del abismo;

            cuando sujetaba el cielo en la altura,

            y fijaba las fuentes abismales.

            Cuando ponía un límite al mar,

            cuyas aguas no traspasan su mandato;

            cuando asentaba los cimientos de la tierra,

            yo estaba junto a él, como aprendiz,

            yo era su encanto cotidiano,

            todo el tiempo jugaba en su presencia:

            jugaba con la bola de la tierra,

        gozaba con los hijos de los hombres.

¿Por qué se eligió esta lectura? San Pablo, en la primera carta a los Corintios, dice que Cristo essabiduría de Dios (1,24). Y la carta a los Colosenses afirma que en Cristose encierran todos los tesoros del saber y del conocimiento (Col 2,3). Este fragmento del libro de los Proverbios, que presenta a la Sabiduría de forma personal, estrechamente unida a Dios desde antes de la creación y también estrechamente unida a la humanidad (gozaba con los hijos de los hombres) parecía muy adecuado para recordar al Padre y al Hijo en esta fiesta.

Dios presente en los sufrimientos (Romanos 5, 1-5)

Curiosamente, en este texto, que menciona claramente a las tres personas, los grandes beneficiarios somos nosotros, como lo dejan claro las expresiones que usa Pablo: hemos recibido”, “hemos obtenido”, “nos gloriamos”, “nuestros corazones”, “se nos ha dado. Él no pretende dar una clase sobre la Trinidad, adentrándose en el misterio de las tres divinas personas, sino que habla de lo que han hecho por nosotros: salvarnos, ponernos en paz con Dios, darnos la esperanza de alcanzar su gloria, derramar su amor en nuestros corazones. Para Pablo, estas ideas no son especulaciones abstractas, repercuten en su vida diaria, plagada de tribulaciones y sufrimientos. También en ellos sabe ver lo positivo.

Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos, apoyados en la esperanza de alcanzar la gloria de Dios. Más aún, hasta nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce constancia, la constancia, virtud probada, la virtud, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.

Dios presente en las dudas (Juan 16, 12-15)

El evangelio también menciona a Jesús, al Espíritu y al Padre, aunque la parte del león se la lleva el Espíritu, acentuando lo que hará por nosotros:os guiará hasta la verdad plena”, “os comunicará lo que está por venir”, “os lo anunciará.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

            Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará

Pienso que el texto se ha elegido porque habla de las relaciones entre las tres personas. El Espíritu glorifica a Jesús, y todo lo recibe de él. Por otra parte, todo lo que tiene el Padre es de Jesús. Tampoco Juan pretende dar una clase sobre la Trinidad, aunque empieza a tratar unos temas que ocuparán a los teólogos durante siglos.

Para entender el texto conviene recordar el momento en el que pronuncia Jesús estas palabras. Estamos en la cena de despedida, poco antes de la pasión. Sabe que a los discípulos les quedan muchas cosas que aprender, que él no ha podido enseñarles todo. Surgirán dudas, discusiones. Pero la solución no la encontrarán en el puro debate intelectual y humano, será fruto del Espíritu, que irá guiando hasta la verdad plena.

Reflexión final

            En numerosas ocasiones, la liturgia repite la fórmula Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Es fácil caer en la rutina y rezarla mecánicamente. Hoy es el día más indicado para darle todo su valor, igual que a la recitación del Gloria, que se extiende en la alabanza del Padre y del Hijo (aunque al Espíritu solo lo menciona de pasada).

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Solemnidad de la Santísima Trinidad. 15 junio, 2025

domingo, 15 de junio de 2025
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Dice Jesús:

“Mucho me queda por deciros, pero no podéis con ello por el momento. Cuando llegue él, el Espíritu de la verdad, os irá guiando en la verdad toda, porque no hablará por su cuenta, sino que os comunicará cada cosa que le digan y os interpretará lo que vaya viniendo”

(Jn 16,12-15).

Compartimos con vosotras la alegría que esta comunidad de monjas trinitarias de Suesa tiene en esta jornada. Entra a borbotones el contento en un corazón cristiano en este día de la fiesta de la Santísima Trinidad.

¿Por qué? Sencillamente por el modo que Dios, nuestro Dios Trinidad, tiene de relacionarse con sus criaturas, con toda la creación y especialmente con el ser humano. En este día la creación entera desborda de gozo.

La fiesta de hoy, puede ser que la entiendan mejor las gentes sencillas. Quienes saben de cercanía, de bondad, de perdón para hacer la vida más bella, más en sintonía con nuestro Dios que se nos regala compartiendo con sus hijas lo que le es más consustancial: el AMOR.

Dios es amor (1 Jn 1). Y el amor, a todas nos gusta recibirlo. Ese amor que no sabe de fronteras. No sabe de listos y tontos, de ricos y pobres. No sabe de encasillados, de que yo soy más que tú, etc.

Mucho me queda por deciros, pero no podéis con ello por el momento”. Quizá lo que nos quiere decir Jesús con estas enigmáticas palabras es que serán los corazones sencillos quienes descubran al Espíritu, la Santa Ruah. Porque son las personas humildes las que mejor perciben: “que el Espíritu de la verdad, os irá guiando a la verdad plena”.

Pues, a esta Santa Trinidad celebramos, con Ella nos gozamos. Porque creemos en este Dios celebramos y descubrimos la vida más bella. Por eso ¡FELIZ DÍA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD!

Oración

Trinidad Santa,

que nos has hecho semejantes a Ti,

que tu Palabra expresada en Jesús, nuestro Maestro,

sea nuestro Camino, Verdad y Vida.

Guíanos con la luz de tu Espíritu,

haznos portadoras del mensaje del Amor.

Gloria al Padre, al Hijo y Espíritu Santo.

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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