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31.10.21. Sólo Dios no basta. Dios solo no es Dios (Credo cristiano, Dom 31 T0. Mc 2, 28-34)

Domingo, 31 de octubre de 2021

poema-12665-dos-amoresDel blog de Xabier Pikaza:

La Iglesia ha elaborado dos “credos”, que se llaman confesiones de fe y se “rezan” en la misa: el corto (de los Apóstoles) y el largo (de Nicea-Constantinopla). Esos credos contienen tres artículos: Creo en Dios, en Jesús yen el Espíritu Santo.

Pero hay en el evangelio un credo anterior,  formulado por Jesús, según el evangelio de este día: el credo de la vida (la confesión de vida), no para rezar en la misa y acabar, sino para vivir,  con dos artículos que son amar a Dios y al prójimo.  Ésta es la fe de Jesús. Creer es amar, todo lo demás es consecuencia. Todo el resto es comentario

Somos amor a Dios (en Dios); pero sólo Dios no basta, a pesar de lo que dijera en un momento Santa Teresa. Dios sólo no es Dios; perderse en Dios destruirse, a no ser que Dios sea el prójimo, la vida concreta de los hombres y mujeres, en quienes (por quienes) vivimos, nos movemos y somo, como dice el evangelio de este domingo.

Si sólo hubiera un mandamiento (el Shemá de Dios) la vida del hombre podría acabar en un espiritualismo descarado, inhumano teológico: en la dictadura de los que se creen emisarios de Dios (en línea de iglesia), en la nube del no ser de algunas tendencias advaitas, muy comunes en algunos círculos que se dicen orientales.

Un amor, son dos amores.

Acercóse un día a Jesús uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.

Le dijo el escriba: muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas (Mc 12, 28-34).

Aquí se condensa el evangelio de Marcos,El escriba, hombre del Libro, interpreta a Dios como alguien que tiene poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a sus criaturas, en este caso a los judíos. Ciertamente, su pregunta (¿cuál es el primero de los mandamientos?) es buena y veremos que Jesús la admite. Pero esta pregunta ha de entenderse desde el fondo del mejor judaísmo: el mandamiento (entolê) no es algo que se debe cumplir a la fuerza, sino aquello hace que seamos personas, voluntariamente.

Carta_8DICCiertamente, el judaísmo del tiempo de Jesús tenía muchos “mandamientos menores”, que podían resultar muy numerosos. Así se decía que había 248 mandamientos positivos (que dicen lo que hay que hacer) y 365 negativos (que dicen lo que no se puede hacer), en total 613. De todas formas, más que mandamientos eran normas de conducta, en el plano de la buenas costumbres (para la comida y las relaciones familiares, para el trabajo y los negocios). Todos los judíos sabían que esos mandamientos se condensan y centran en una actitud básica de respeto a Dios y de justicia entre los hombres.

En esa línea se sitúa la pregunta del escriba judío que busca la raíz de los 613 preceptos, para condensarlos y resumirlos en su basa. Así viene donde Jesús y le pregunta. El escriba es un hombre de libro y conoce de memoria los 613. Jesús, probablemente, no los conoce, aunque sabe que están ahí y que pueden ser valiosos para algunas circunstancias. Pero a él sólo le importa la raíz de la fe y de la vida, es decir, el mandamiento básico. De esa forma, acepta el reto y no responde con uno sino con dos “mandamiento, como indicando que al principio no hay un tipo de monismo (sólo Dios o sólo el hombre) sino un dualismo básico, un diálogo entre Dios y los humanos.

Primer mandamiento o Shema: Amarás al Señor, tu Dios…

El primer mandamiento o credo de Israel es una confesión y compromiso de amor. Ésta es la palabra esencial del judaísmo, éste ha sido y sigue siendo el punto de partida de la conciencia de amor de occidente (con el cristianismo y el Islam) El pueblo nace y se configura escuchando una palabra de Dios, que le pone en pie y le capacita para responder amando, en gesto abierto al conjunto de la comunidad:

imagesEscucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; 8 las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas. Cuando Yahvé tu Dios te haya introducido en la tierra que a tus padres Abraham, Isaac y Jacob juró que te daría: ciudades grandes y prósperas que tú no edificaste, casas llenas de toda clase de bienes, que tú no llenaste, cisternas excavadas que tú no excavaste, viñedos y olivares que tú no plantaste, cuando hayas comido y te hayas saciado, cuida de no olvidarte de Yahvé que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre. A Yahvé tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás (Dt 6, 4-13)

Esta confesión es un credo de pacto, pues expresa e incluye la alianza de Dios con su pueblo. Es una confesión afectiva y fundante, pues no alude todavía a mandatos concretos, sino a la raíz que los sustenta y unifica, vinculando al pueblo con Dios, en el amor o fidelidad básica. Es una confesión que brota de la revelación de Dios que el pueblo acoge, escuchando y respondiendo su palabra. Incluye dos artículos. (1) Sólo Yahvé es Dios y se eleva frente las restantes figuras religiosas que son mentira, idolatría (como saben los judíos, sus elegidos). (1). Israel es pueblo de Dios, llamado entre todos para testimoniar su amor a Dios y responderle en gesto generoso: “Amarás a Yahvé, tu Dios, con corazón, alma y fuerzas”.

Vivir es escuchar

Esta confesión nos lleva allá del mandato en cuanto tal, hasta el fundamento del que brotan todos los mandatos: escucha, acoge la voz de Dios. Sólo quién oye bien puede cumplir lo mandado. En el fondo de la Ley (lo que debe hacerse) se halla la obediencia, entendida en su sentido original de ob-audire (=escuchar con asentimiento, en griego hyp-akouein). Antes del hacer, en gesto de duro cumplimiento, está el escuchar o acoger la voz de Dios. En el principio, el hombre es oyente de la Palabra. Jesús ha citado los primeros términos del Shemá (escucha…), poniendo su enseñanza a la luz del mensaje fundante de Dt 6, 4-6.

1. Escucha (en hebreo shemá; en griego akoue). Este es el principio de todo mandato: oye, es decir, atiende a la voz, acoge la Palabra. En el fondo se dice: no te cierres, no hagas de tu vida un espacio clausurado donde sólo se escuchan tus voces y las voces de tu mundo. Más allá de todo lo que haces y piensas, de todo lo que deseas y puedes, está el ancho campo de la manifestación de Dios (y de los otros, que te hablan): abrirse a su voz, mantener la atención, ser receptivo ante el misterio, ese es el principio y sentido de toda religión y de todo amor, esa es la verdad del mandamiento.

2. Israel. Comunidad de aquellos que escuchan a Dios; eso es Israel. Comunidad de personas que se mantienen atentas, oyendo la misma Palabra: ese es el pueblo que brota de Dios. Quedan en segundo plano los restantes elementos configuradores: patriarcas, circuncisión, leyes alimenticias, ritos de tipo sagrado… Todo eso es secundario. Sólo la escucha del único Dios configura al único pueblo israelita.

3. El Señor, muestro Dios, es Señor único. Pagano es quien se pierde adorando muchas voces y así acaba escuchándose a sí mismo (a sus ídolos). Israelita, en cambio, es quien sabe a acoger al único Dios (al “nuestro”). La palabra fundante del mandato pide al creyente que escuche sólo a Dios: que se deje transformar por él, que acoja su revelación y que no crea a ningún otro posible “señor” de los que existen (quieren imponerse) sobre el mundo.

4. Amarás… Dios habla desde su propia trascendencia, como fuente de gracia; el ser humano le escucha, para responderle con amor, es decir, con la entrega del propio ser. En esta perspectiva, el amor del hombre no es lo primario; no es algo que brota por instinto natural, no es una simple expansión de la especie. Entendido en sentido fuerte, ese amor es gesto de respuesta agradecida, algo que brota cuando se descubre que Dios nos ha ofrecido su palabra y asistencia.

El mandamiento es lo que somos

Entendido en sentido estricto, este mandato primero no expresa aquello que debemos hacer, sino aquello que somos, en perspectiva de gracia abierta al despliegue de la vida. El hombre se define como aquel ser especial que puede escuchar la palabra de amor, respondiendo a ella. Ciertamente, el amor no se puede imperar: si se cumple por obligación ya no es amor. Pero se debe animar y potenciar. Así dice el texto:

(1) Amarás… Surge el amor como respuesta: no es gesto que el hombre ha creado sino gozo que brota allí donde él acoge la voz de Dios. No puede responder quien no ha escuchado: no puede amar quien no se ha descubierto llamado por Dios, elegido por su gracia.

(2) Al Señor, “tu” Dios. Pasamos de Israel colectivo (pueblo que escucha la voz de Dios) a cada uno de sus miembros: la respuesta ha de ser individual. Por eso, cada israelita da gracias a Dios por su llamada, en gesto de profundo reconocimiento.

(3) Con todo tu corazón/alma/mente/fuerzas. Para este amor de Dios no hay medida, no hay talíón posible (¡ojo por ojo!). El amor desborda Dios los límites y leyes de los hombres.

El que ama es corazón (hebreo leb, griego kardia). El hombre no se empieza a definir por el deseo, la voluntad de poder o el pensamiento discursivo. Al escuchar la voz de Dios y responderle, el ser humano es ante todo corazón: capacidad de amor. El texto original hebreo pone junto al corazón el alma y el poder (naphseka, me’odeka). El evangelio, conservando esos dos términos, traducidos al griego (psychê, iskhys), añade uno más, dianoia o mente, ofreciendo así una visión más amplia del ser humano. Ciertamente, somos corazón, capacidad de amor; pero somos corazón animado, fuerte, pensante. Conforme a esta visión, el hombre es un ser no definible: no se le puede encerrar en unos límites; no se le calcula usando coordenadas ya sabidas de antemano; no se le puede encuadrar en ningún tipo de ley.

Éste es un credo que se expresa en un nivel exterior de cumplimiento y en un plano interno, de unión afectiva con Dios. Los judíos se definen como aquellos que pueden amar juntos a Yahvé, el Dios que les ha dado su Palabra. De esa forma condensan su ‘memoria’, que es recuerdo de Dios, trasmitido de padres a hijos y expresado tanto en el hogar (escribirás estas palabras en las jambas de tus puertas…), como en la vida pública. Sobre esta certeza de amor del Dios que llama y quiere que sus fieles le respondan en amor, se han mantenido en general los judíos, hasta el día de hoy. Sobre esa base se eleva la confesión cristiana.

Segundo mandamiento, que sigue siendo el primero

Si sólo hubiera lo anterior (el Shemá) la vida del hombre podría acabar en un espiritualismo teológico, en la dictadura de los que se creen emisarios de Dios (en línea de iglesia), en la nube del no ser de algunas tendencias advaitas, muy comunes en algunos círculos que se dicen orientales.

Por eso, con buena parte de la tradición judía de su tiempo, Jesús añade el mandato de Lev 19, 18: «amarás a tu prójimo como a ti mismo». La novedad de Jesús está en la fuerza que ha dado al término común agapêseis (amarás: hebreo ‘ahabta) de Dt 6, 5 y Lev 19, 18, uniendo los dos mandamientos (amores) y diciendo que no hay “otro” mayor que estos. El amor al prójimo no es algo que se añade al amor a Dios, sino el mismo amor de Dios que se expresa y concreta en el amor a los otros hombres.

Por eso, los dos amores forman un solo amor, un único mandamiento: son aquello que el escriba llamaba el primero de todos (prôte pantôn de Mc 12, 28). En ese sentido, el “primer mandamiento” es uno y son dos (se expresa en dos caminos: amar a Dios o desde Dios y amar al prójimo). En otro sentido, suele decirse que la “fe cristiana” es creer en un solo Dios… que son tres “personas” (el Padre, Jesús, el Espíritu Santo). Pues bien, aquí no tenemos un Dios y tres personas, sino “un solo amor” y dos caminos o formas de expresarlo y cumplir: Dios y los hombres.

Desde este fondo podemos añadir que en el principio está la dualidad del amor: el amor a Dios se vuelve relación amor al prójimo, es decir, amor de persona a persona. El amor de Dios se hace amor de hombre (de hombre y mujer, de seres humanos), en sus diversas formas. Se vinculan así, desde el mismo Dios, el yo mismo y el yo del otro de modo que no pueden separarse. En este contexto, no se puede decir que Dios sea mayor que los hombres, ni los hombres mayores que Dios, pues el amor a uno y a los otros es el mismo.

Son dos amores en un solo amor. (1) Amarás al Señor, tu Dios. Dios abre ante el hombre un camino de amor. (2) (Amarás…) a tu prójimo. En el lugar de Dios viene a expresarse ahora el amor al otro, es decir, al individuo concreto. En el levítico, ese prójimo es el hermano o miembro del propio pueblo israelita; pero, en un sentido más extenso, puede también el pobre y extranjero, es decir, el que rompe las fronteras resguardadas de la propia comunidad (cf Lev 19, 10). (3) Como a ti mismo. La medida del amor de Dios era no tener medida: experiencia de apertura infinita. Pues bien, la medida del amor al prójimo es ahora mi propia medida. Amarle como a mí mismo significa ponerle como otro yo a mi lado, haciendo de su vida espacio y centro de mi propia vida.

Amar a Dios, amar al prójimo, amarse a sí mismo

Entre el amor a Dios y al prójimo (y a uno mismo) hay una relación que aparece clara en todo el Nuevo Testamento, desde el mensaje y vida de Jesús hasta la experiencia pascual de la iglesia. Pero esa relación no es sólo propia de los cristianos, sino que pueden asumirla también los escribas judíos, como el que ha elevado la pregunta a Jesús, que vuelve a tomar la palabra, para mostrar su aprobación, acentuando la unicidad de Dios (es Uno y no hay otro fuera de él; cf. Dt 4, 35 e Is 45, 21), aunque sin negar la exigencia de amar al prójimo, y añadiendo que el amor a Dios y al prójimo está por encima de todos los ritos religiosos, es decir, de sacrificios y holocaustos (Mc 12, 33). Por su parte, Jesús acepta la respuesta del escriba, expresando así su propio arraigo dentro de la tradición israelita: confirma la palabra sobre amor a Dios y al prójimo y diciendo al escriba: no estás lejos del reino… No está lejos, pero debe caminar, como aquel hombre rico que ha cumplido la Ley pero que debe darlo todo a los pobres y seguir a Jesús en camino de reino (cf. Mc 10, 21).

Este credo es un credo fácil y en principio pueden aceptarlo no sólo los cristianos, sino también los judíos, y otros creyentes (budistas, hindúes) e incluso no creyentes, siempre que ‘Dios’ sea símbolo de aquello que define y sustenta en plenitud a los humanos, sabiendo que ha llegado el ‘tiempo’ de la plenitud. Pero es un credo exigente, pues implica descubrir al prójimo y amarle (es ‘como yo’). Teóricamente parece más fácil creer en la Trinidad y otros ‘dogmas’ cristianos, judíos o musulmanes, pues lo que ellos piden puede aceptarse básicamente, sin cambiar vida de los fieles. Pero, de hecho, este mandato de amor al prójimo, unido al del amor de Dios, es más exigente y define toda la vida y acción de los fieles.

Éste es un credo de relación afectiva y supone que los hombres pueden y deben comunicarse, pues se encuentran fundados en una Gracia antecedente de Amor que es Dios, a quien conciben como principio de toda unión de amor. Este es un credo de comunión inter-humana: el creyente encuentra a Dios como Amor en las raíces de su vida (en su corazón y en su mente), descubriendo que puede y debe amar a los demás como ‘otro yo’, aceptarles como diferentes.
Éste es un credo universal, que supera todo tipo de razón clasista e impositiva que actúa por talión o ley y quiere que amemos sólo a los demás en cuanto sirven o valen para nuestros intereses.

De esa forma ratifica el valor incondicional de los otros (los prójimos), a quienes debemos amar como a nosotros, pero sabiendo que son diferentes. De esa forma emergen en amor, al mismo tiempo, el prójimo, a quien se debe amar, y el propio yo (que aparece como destinatario de amor). Este credo rompe las estructuras de seguridad y separación social, nacional, económica o religiosa, pues afirma que cada prójimo es presencia de Dios y fuente de identidad para el creyente (he de amarle como ‘a mí mismo’), de modo que puede suscitar problemas a los judíos que defienden una elección particular de Dios y a los musulmanes capaces de justificar la guerra santa.

1. Tendencia nacional. Prójimo sería ante todo el cercano, aquel que forma parte de mi grupo social y religioso. Con él me debo vincular, a él he de amar de modo peculiar, al menos mientras dura el tiempo de prueba y división de nuestra historia. De esa forma, el shema (escucha…) puede encerrar a quien lo afirma en los muros de un grupo (Israel), de manera que el amor a Dios confirme y ratifique la identidad de los elegidos de la alianza (los judíos). El amor se interpreta así en sentido restrictivo y se aplica conforme al talión: “Habéis oído que se ha dicho: amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo” (Mt 5, 43). Prójimo es el hermano israelita: es ‘como yo’, es de mi pueblo. El mandato del amor ratifica, según eso, la propia distinción y justicia de los ‘justos’, construyendo una muralla en torno a la Ley de Israel (o al Evangelio de Jesús).

2. Tendencia más universal. Jesús ha expandido el alcance de prójimo, abriéndolo a todos los humanos y de un modo especial a los excluidos de la ‘alianza pura’: publicanos y pecadores, enfermos y excluidos. En esa línea sigue el texto: “Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace brillar el sol sobre malos y buenos…”(Mt 5, 45 par). Sólo es universal el amor ofrecido al enemigo, favoreciendo así, de un modo gratuito y desinteresado, a los expulsados del propio pueblo, iglesia o conjunto social. Esta es la interpretación mesiánica del shema: ha llegado el tiempo. Jesús y sus seguidores aman y ayudan en concreto a los expulsados, superando así la amistad o solidaridad de grupo. Amar a los demás ‘como a uno mismo’ supone buscar el bien de ellos, en cuanto distintos, con su propia identidad individual o de grupo (como musulmanes o paganos…), no para obligarles a ser como yo, integrarles en mi grupo.

Un credo práctico. Credo para cumplir

La confesión mesiánica tiene, según eso, un contenido práctico y ha de interpretarse desde el compromiso de Jesús a favor de los expulsados del sistema del templo de Jerusalén. Por eso, el cristiano es un israelita que traduce la experiencia del amor de Dios como amor a los impuros, que parecen y son un peligro para el sistema. La confesión cristiana supera la identidad anterior de la Ley y los grupos de sacralidad cerrada, desde una experiencia superior de gratuidad, que es fuente de comunión entre todos los hombres.

Ciertamente, hay un amor de sistema: de hermanos a hermanos, de buenos a buenos, conforme a una circularidad sagrada o conveniencia de conjunto. Ese amor vale para triunfar y puede interpretarse como inversión económica (amar para que te amen, dar para que te den, como un en banco: cf. Mt 5, 43-48 par; Lc 14, 7-14) y calcularse según ley, pero deja fuera de su círculo a los otros, los caídos a la vera del camino, como el que bajaba de Jerusalén a Jericó (cf. Lc 10, 30) y los hambrientos, exilados, enfermos y encarcelados de Mt 25, 31-46, que no caben en el buen sistema.

Desde este mismo fondo ha de entenderse la reinterpretación de Lucas, que empieza interpretando el texto desde una perspectiva judía. Es un escriba quien pregunta y quien responde, reasumiendo toda la Ley (de la Escritura) en estos dos mandatos. Pero después el mismo escriba pregunta: ¿Quién es mi prójimo? Da la impresión de que sabe quién es Dios y el modo de amarle rectamente. Pero no sabe quien es mi prójimo y cómo debe amarle. La respuesta de Jesús introduce aquí la revolución cristiana de Dios, con la parábola del buen samaritano, que da un sentido nuevo a todo lo anterior. Esa parábola nos permite descubrir la exigencia del amor al prójimo. Aquí está el problema. Aquí está la novedad del evangelio: sólo el que ama de verdad al prójimo (el que se hace prójimo como el buen samaritano) conoce de verdad a Dios.

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