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“El amor se aprende”. Domingo 31 Tiempo ordinario – B (Marcos 12,28-34)

Domingo, 31 de octubre de 2021

31_to_b-600x400Casi nadie piensa que el amor es algo que hay que ir aprendiendo poco a poco a lo largo de la vida. La mayoría da por supuesto que el ser humano sabe amar espontáneamente. Por eso se pueden detectar tantos errores y tanta ambigüedad en ese mundo misterioso y atractivo del amor.

Hay quienes piensan que el amor consiste fundamentalmente en ser amado y no en amar. Por eso se pasan la vida esforzándose por lograr que alguien los ame. Para estas personas, lo importante es ser atractivo, resultar agradable, tener una conversación interesante, hacerse querer. En general terminan siendo bastante desdichados.

Otros están convencidos de que amar es algo sencillo, y que lo difícil es encontrar personas agradables a las que se les pueda querer. Estos solo se acercan a quien les cae simpático. En cuanto no encuentran la respuesta apetecida, su «amor» se desvanece.

Hay quienes confunden el amor con el deseo. Todo lo reducen a encontrar a alguien que satisfaga su deseo de compañía, afecto o placer. Cuando dicen «te quiero», en realidad están diciendo «te deseo», «me apeteces».

Cuando Jesús habla del amor a Dios y al prójimo como lo más importante y decisivo de la vida, está pensando en otra cosa. Para Jesús, el amor es la fuerza que mueve y hace crecer la vida, pues nos puede liberar de la soledad y la separación para hacernos entrar en la comunión con Dios y con los otros.

Pero, concretamente, ese «amar al prójimo como a uno mismo» requiere un verdadero aprendizaje, siempre posible para quien tiene a Jesús como Maestro.

La primera tarea es aprender a escuchar al otro. Tratar de comprender lo que vive. Sin esa escucha sincera de sus sufrimientos, necesidades y aspiraciones no es posible el verdadero amor.

Lo segundo es aprender a dar. No hay amor donde no hay entrega generosa, donación desinteresada, regalo. El amor es todo lo contrario a acaparar, apropiarse del otro, utilizarlo, aprovecharse de él.

Por último, amar exige aprender a perdonar. Aceptar al otro con sus debilidades y su mediocridad. No retirar rápidamente la amistad o el amor. Ofrecer una y otra vez la posibilidad del reencuentro. Devolver bien por mal.

José Antonio Pagola

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“No estás lejos del reino de Dios”. Domingo 31 de diciembre de 2021 31º Ordinario

Domingo, 31 de octubre de 2021

58-ordinariob31-cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 6, 2-6: Escucha Israel: Amarás al Señor con todo el corazón.
Salmo responsorial: 17: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Hebreos 7, 23-28: Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.
Marcos 12, 28b-34: No estás lejos del reino de Dios.

En las estepas de Moab, Moisés da sus últimas instrucciones al pueblo que se prepara para entrar a la tierra de Canaán. Atrás quedó Egipto, debió quedar. Y atrás quedó también el desierto donde supuestamente el pueblo tuvo que haber aprendido muchas cosas que tendrán que ser muy útiles para su proyecto como pueblo en la tierra de la libertad. Egipto será un lugar para nunca volver, al desierto será necesario volver cuando el pueblo olvide o pierda su horizonte ya que ése es el espacio ideal para el reencuentro con su Dios, para dejarse reconquistar por él (cf. Os 2,14). Aquí, pues, en su despedida, Moisés insiste en lo más importante para que el pueblo tenga vida: cumplir las instrucciones y normas que el Señor ha dado. El texto del Deuteronomio que leemos hoy es el alma, la guía, la hoja de ruta que Israel no puede descuidar ni cambiar por otra cosa so riesgo de perderse y perecer como nación. La connotación en hebreo del verbo shemá lleva implícito el imperativo de obedecer, poner en práctica, y eso era lo que tenía que haber hecho el pueblo: escuchar obedeciendo, escuchar poniendo en práctica.

La redacción de este pasaje, aunque aparenta ser de una época previa a la conquista y posesión de la tierra, en realidad es de una época en la cual Israel ha probado y experimentado en carne propia lo que significa no escuchar poniendo en práctica los mandatos y preceptos del Señor. Estamos en la llamada época del post-exilio, Israel ha pasado por las experiencias históricas más crueles y difíciles: desaparición del sistema solidario tribal, aparición de la monarquía (punto de partida de todos sus pecados), división del reino, destrucción de ambos reinos, deportación… En todo momento Israel fue instruido por medio de los profetas que siempre lo invitaban a reorientar su camino, pero la queja de Dios fue siempre constante: «Israel no me escucha» (Sof 3,2), no me obedece, va camino a la perdición…

Las experiencias históricas obligan a Israel a aprender qué significa escuchar a su Dios y poner en práctica su Palabra, su instrucción. Con base en todo lo que le ha pasado, Israel descubre que los mandatos del Señor no buscan atarlo, cerrarle horizontes ni poner a todo un pueblo bajo la dirección de un Dios caprichoso. No es un Dios cualquiera el que libre y espontáneamente ha optado por este pueblo, es un Dios de Vida que sólo busca orientar al pueblo por sendas de vida. Israel no entendió siempre así el propósito de Dios y se fue detrás de otros dioses, y cuando se metió en el proyecto de otras divinidades empezó a perderse, se confundió y resultó siendo peor que otros pueblos que no conocían al verdadero y único Dios. Así pues, después de sobrevivir a las más duras experiencias, Israel vuelve a recordar cuál era desde el principio la propuesta de su Dios: amarlo sólo a él, buscarlo sólo a él y no confiarse de ninguna otra propuesta por más llamativa que fuera para no volver a caer en un fracaso peor.

El evangelio nos presenta la versión «marquiana» (de Marcos) de la pregunta a Jesús sobre el mayor y más importante de los mandamientos. La versión mateana (Mt 22,34-40) tuvimos oportunidad de reflexionarla hace unos días. Ambas versiones están ubicadas en el mismo contexto de la discusión de los saduceos con Jesús a cerca de la resurrección de los muertos. Cuando los fariseos ven que Jesús ha callado a los saduceos, se juntan con los escribas para ponerlo ellos también a prueba, pensarán que con ellos tal vez no saldrá tan bien librado. Y es que «pasar el examen» con los fariseos y maestros de la ley, seguramente no era fácil dado que para ellos la ley no era sólo aquella que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés, recordemos que en tiempos de Jesús esta gente manejaba ¡más de medio millar de mandatos y preceptos! Dependiendo de su forma de ver y de pensar, un mandato podía variar de importancia para unos y para otros, pues como es normal había distintas tendencias o escuelas, alguna muy liberal, y otras no tanto. ¿Cuál de ellas está representada aquí? No lo sabemos. Por la respuesta del escriba a Jesús, uno podría pensar que se trataba de una tendencia bastante liberal (vv. 32-33), al punto que a Jesús le pareció simpática su respuesta y le advierte lo cerca que está del reino de Dios.

Jesús se encuentra con que su pueblo cumple con una norma de varios siglos. Todos los días, tres veces al día todo israelita varón recita el «Shemá Israel, escucha Israel: el Señor nuestro Dios es uno sólo, a él amarás…», el shemá, pero ese shemá se quedó sólo en el campo auditivo, al campo de la práctica no se ve, y eso es lo que Jesús denuncia a lo largo de su ministerio, muchas palabras, muchas normas y preceptos, mucho apelo a Dios para todo, muchas frases de la ley en los bordes del manto, en el marco de la puerta, en el brazo, en la frente, pero nada en el corazón y menos aún en la vida ordinaria, en la práctica cotidiana.

En la comunidad de Marcos se están presentando situaciones similares a las del judaísmo. Las normas y preceptos que conocen los primeros cristianos son necesariamente aquellas que vienen del mundo judío; ahora, ¿serán de obligatorio cumplimiento todos esos preceptos en esta nueva experiencia de vida que se supone está animada por la presencia viva del Señor resucitado? Lo primero y más importante que los creyentes deben tener en cuenta es que no se trata de una adhesión a una divinidad distinta a la del judaísmo. Es el mismo Dios revelado a pueblo de Israel y en la Escritura, es el mismo Dios de Jesús, por tanto lo que primero tiene que hacer el cristiano es profesar su fe, amor y adhesión a ese Único Dios en términos de «escuchar» su Palabra y ponerse en función de obedecerle. Ese es el proyecto de vida de Jesús, eso fue lo que movió toda su vida y su obra y eso es lo que tiene que mantener vivo al cristiano, su adhesión a ese único y verdadero Dios a quien no le interesa otra cosa que el amor y adhesión a El lo vivan sus fieles en el amor mutuo y fraterno. No tiene sentido para Jesús hablar del amor a Dios sin tener en cuenta la ÚNICA puerta de acceso a Él: el prójimo. Leer más…

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31.10.21. Sólo Dios no basta. Dios solo no es Dios (Credo cristiano, Dom 31 T0. Mc 2, 28-34)

Domingo, 31 de octubre de 2021

poema-12665-dos-amoresDel blog de Xabier Pikaza:

La Iglesia ha elaborado dos “credos”, que se llaman confesiones de fe y se “rezan” en la misa: el corto (de los Apóstoles) y el largo (de Nicea-Constantinopla). Esos credos contienen tres artículos: Creo en Dios, en Jesús yen el Espíritu Santo.

Pero hay en el evangelio un credo anterior,  formulado por Jesús, según el evangelio de este día: el credo de la vida (la confesión de vida), no para rezar en la misa y acabar, sino para vivir,  con dos artículos que son amar a Dios y al prójimo.  Ésta es la fe de Jesús. Creer es amar, todo lo demás es consecuencia. Todo el resto es comentario

Somos amor a Dios (en Dios); pero sólo Dios no basta, a pesar de lo que dijera en un momento Santa Teresa. Dios sólo no es Dios; perderse en Dios destruirse, a no ser que Dios sea el prójimo, la vida concreta de los hombres y mujeres, en quienes (por quienes) vivimos, nos movemos y somo, como dice el evangelio de este domingo.

Si sólo hubiera un mandamiento (el Shemá de Dios) la vida del hombre podría acabar en un espiritualismo descarado, inhumano teológico: en la dictadura de los que se creen emisarios de Dios (en línea de iglesia), en la nube del no ser de algunas tendencias advaitas, muy comunes en algunos círculos que se dicen orientales.

Un amor, son dos amores.

Acercóse un día a Jesús uno de los escribas que les había oído y, viendo que les había respondido muy bien, le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?

Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos.

Le dijo el escriba: muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas (Mc 12, 28-34).

Aquí se condensa el evangelio de Marcos,El escriba, hombre del Libro, interpreta a Dios como alguien que tiene poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a sus criaturas, en este caso a los judíos. Ciertamente, su pregunta (¿cuál es el primero de los mandamientos?) es buena y veremos que Jesús la admite. Pero esta pregunta ha de entenderse desde el fondo del mejor judaísmo: el mandamiento (entolê) no es algo que se debe cumplir a la fuerza, sino aquello hace que seamos personas, voluntariamente.

Carta_8DICCiertamente, el judaísmo del tiempo de Jesús tenía muchos “mandamientos menores”, que podían resultar muy numerosos. Así se decía que había 248 mandamientos positivos (que dicen lo que hay que hacer) y 365 negativos (que dicen lo que no se puede hacer), en total 613. De todas formas, más que mandamientos eran normas de conducta, en el plano de la buenas costumbres (para la comida y las relaciones familiares, para el trabajo y los negocios). Todos los judíos sabían que esos mandamientos se condensan y centran en una actitud básica de respeto a Dios y de justicia entre los hombres.

En esa línea se sitúa la pregunta del escriba judío que busca la raíz de los 613 preceptos, para condensarlos y resumirlos en su basa. Así viene donde Jesús y le pregunta. El escriba es un hombre de libro y conoce de memoria los 613. Jesús, probablemente, no los conoce, aunque sabe que están ahí y que pueden ser valiosos para algunas circunstancias. Pero a él sólo le importa la raíz de la fe y de la vida, es decir, el mandamiento básico. De esa forma, acepta el reto y no responde con uno sino con dos “mandamiento, como indicando que al principio no hay un tipo de monismo (sólo Dios o sólo el hombre) sino un dualismo básico, un diálogo entre Dios y los humanos.

Primer mandamiento o Shema: Amarás al Señor, tu Dios…

El primer mandamiento o credo de Israel es una confesión y compromiso de amor. Ésta es la palabra esencial del judaísmo, éste ha sido y sigue siendo el punto de partida de la conciencia de amor de occidente (con el cristianismo y el Islam) El pueblo nace y se configura escuchando una palabra de Dios, que le pone en pie y le capacita para responder amando, en gesto abierto al conjunto de la comunidad:

imagesEscucha, Israel: Yahvé nuestro Dios es el único Yahvé. Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza. Queden en tu corazón estas palabras que yo te dicto hoy. Se la repetirás a tus hijos, les hablarás de ellas tanto si estás en casa como si vas de viaje, así acostado como levantado; 8 las atarás a tu mano como una señal, y serán como una insignia entre tus ojos; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus puertas. Cuando Yahvé tu Dios te haya introducido en la tierra que a tus padres Abraham, Isaac y Jacob juró que te daría: ciudades grandes y prósperas que tú no edificaste, casas llenas de toda clase de bienes, que tú no llenaste, cisternas excavadas que tú no excavaste, viñedos y olivares que tú no plantaste, cuando hayas comido y te hayas saciado, cuida de no olvidarte de Yahvé que te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre. A Yahvé tu Dios temerás, a él le servirás, por su nombre jurarás (Dt 6, 4-13)

Esta confesión es un credo de pacto, pues expresa e incluye la alianza de Dios con su pueblo. Es una confesión afectiva y fundante, pues no alude todavía a mandatos concretos, sino a la raíz que los sustenta y unifica, vinculando al pueblo con Dios, en el amor o fidelidad básica. Es una confesión que brota de la revelación de Dios que el pueblo acoge, escuchando y respondiendo su palabra. Incluye dos artículos. (1) Sólo Yahvé es Dios y se eleva frente las restantes figuras religiosas que son mentira, idolatría (como saben los judíos, sus elegidos). (1). Israel es pueblo de Dios, llamado entre todos para testimoniar su amor a Dios y responderle en gesto generoso: “Amarás a Yahvé, tu Dios, con corazón, alma y fuerzas”.

Vivir es escuchar

Esta confesión nos lleva allá del mandato en cuanto tal, hasta el fundamento del que brotan todos los mandatos: escucha, acoge la voz de Dios. Sólo quién oye bien puede cumplir lo mandado. En el fondo de la Ley (lo que debe hacerse) se halla la obediencia, entendida en su sentido original de ob-audire (=escuchar con asentimiento, en griego hyp-akouein). Antes del hacer, en gesto de duro cumplimiento, está el escuchar o acoger la voz de Dios. En el principio, el hombre es oyente de la Palabra. Jesús ha citado los primeros términos del Shemá (escucha…), poniendo su enseñanza a la luz del mensaje fundante de Dt 6, 4-6.

1. Escucha (en hebreo shemá; en griego akoue). Este es el principio de todo mandato: oye, es decir, atiende a la voz, acoge la Palabra. En el fondo se dice: no te cierres, no hagas de tu vida un espacio clausurado donde sólo se escuchan tus voces y las voces de tu mundo. Más allá de todo lo que haces y piensas, de todo lo que deseas y puedes, está el ancho campo de la manifestación de Dios (y de los otros, que te hablan): abrirse a su voz, mantener la atención, ser receptivo ante el misterio, ese es el principio y sentido de toda religión y de todo amor, esa es la verdad del mandamiento.

2. Israel. Comunidad de aquellos que escuchan a Dios; eso es Israel. Comunidad de personas que se mantienen atentas, oyendo la misma Palabra: ese es el pueblo que brota de Dios. Quedan en segundo plano los restantes elementos configuradores: patriarcas, circuncisión, leyes alimenticias, ritos de tipo sagrado… Todo eso es secundario. Sólo la escucha del único Dios configura al único pueblo israelita.

3. El Señor, muestro Dios, es Señor único. Pagano es quien se pierde adorando muchas voces y así acaba escuchándose a sí mismo (a sus ídolos). Israelita, en cambio, es quien sabe a acoger al único Dios (al “nuestro”). La palabra fundante del mandato pide al creyente que escuche sólo a Dios: que se deje transformar por él, que acoja su revelación y que no crea a ningún otro posible “señor” de los que existen (quieren imponerse) sobre el mundo.

4. Amarás… Dios habla desde su propia trascendencia, como fuente de gracia; el ser humano le escucha, para responderle con amor, es decir, con la entrega del propio ser. En esta perspectiva, el amor del hombre no es lo primario; no es algo que brota por instinto natural, no es una simple expansión de la especie. Entendido en sentido fuerte, ese amor es gesto de respuesta agradecida, algo que brota cuando se descubre que Dios nos ha ofrecido su palabra y asistencia.

El mandamiento es lo que somos

Entendido en sentido estricto, este mandato primero no expresa aquello que debemos hacer, sino aquello que somos, en perspectiva de gracia abierta al despliegue de la vida. El hombre se define como aquel ser especial que puede escuchar la palabra de amor, respondiendo a ella. Ciertamente, el amor no se puede imperar: si se cumple por obligación ya no es amor. Pero se debe animar y potenciar. Así dice el texto:

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El mandamiento más importante.

Domingo, 31 de octubre de 2021

evangelio_08_06_17Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La curación del ciego Bartimeo nos dejó camino de Jerusalén. En la cronología de Marcos, el domingo tiene lugar la entrada triunfal; el lunes la purificación del templo; y el martes, en la explanada del templo, las autoridades interrogan a Jesús sobre su poder; los fariseos y herodianos sobre el tributo al César; los saduceos sobre la resurrección. Son enfrentamientos con mala idea, que desembocan en una escena inesperada, en la que un escriba reconoce la sabiduría de Jesús.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:

―¿Que mandamiento es el primero de todos?

Respondió Jesús:

―El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amaras al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos.»

El escriba replico:

―Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

―No estás lejos del reino de Dios.

Y nadie se atrevió a dirigirle más preguntas.

1. El protagonista es un escriba. Los escribas son los especialistas en la Ley de Moisés, parecidos a los actuales profesores de teología, pero con una formación mucho más intensa, porque tenían que aprender de memoria el Pentateuco y las interpretaciones de los rabinos; además, no podían ejercer su profesión hasta cumplir los cuarenta años. Gozaban de gran prestigio entre el pueblo, aunque su peligro era el legalismo: la norma por la norma, con todas las triquiñuelas posibles para evadirla cuando les interesaba. Por eso Jesús tuvo tantos enfrentamientos con ellos. En los evangelios aparecen generalmente como enemigos, pero en este caso las relaciones entre el escriba y Jesús son muy buenas y los dos se alaban mutuamente.

2. La pregunta por el mandamiento principal. La antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que dividía en fáciles y difíciles. Fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero o ponían en peligro la vida. P.ej., eran difíciles el honrar padre y madre, y la circuncisión. Generalmente se consideraba que los difíciles eran importantes; entre los temas importantes aparecen la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá (el Pentateuco). Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante.

3. La respuesta de los contemporáneos de Jesús. Citaré dos casos. El primero se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammay (hacia 30 a.C.) y le dijo: “Me haré prosélito [es decir, estoy dispuesto a convertirme al judaísmo] con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Shammay lo echó amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces el pagano fue a Hillel (hacia el 20 a.C.), que éste le dijo: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. Y lo tomó como prosélito.

También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18); este es un gran princi­pio general en la Torá”.

4. La respuesta de Jesús. El esfuerzo por sintetizar en una sola frase lo esencial se encuentra al final del Sermón del Monte en el evangelio de Mateo: “Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

En el evangelio de hoy, Jesús responde con una cita de la Escritura: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6,5), aunque añade también “con toda tu mente”. Estas palabras forman parte de las oraciones que cualquier judío piadoso recita todos los días al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Ambos preceptos están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. Jesús no acepta que se pueda llegar a Dios por un camino individual e intimista, olvidando al prójimo. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Por eso, tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. A la pregunta del escriba por el mandamiento más importante (en singular) responde diciendo que son estos dos (en plural). Y no hay precepto más grande que ellos.

5. La reacción del escriba. El protagonista, que no ha venido a poner a prueba a Jesús (como ocurre a los escribas y fariseos en otros casos), sino a conocer lo que piensa, se muestra plenamente satisfecho de la respuesta. Y añade un comentario importantísimo: amar a Dios y al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Con estas palabras, el escriba abandona el plano teórico y saca las consecuencias prácticas. Durante siglos, muchos israelitas, igual que hoy muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos de animales… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. En esta línea se orienta el escriba.

Aunque su punto de vista es muy fácil de entender, cuento una anécdota interesante. En la basílica de la Virgen de Luján, en Argentina, un sitio de peregrinación nacional muy frecuentado, era costumbre llevar ramos de flores para la Virgen. La última vez que estuve allí, me llamó la atención un letrero colocado de manera oficial y muy clara advirtiendo a los fieles que a la Virgen le agrada mucho más que se dé de comer al hambriento que el que le regalen a ella un ramo de flores.

La 1ª lectura, del libro del Deuteronomio, ha sido tomada porque es la base de la respuesta de Jesús.

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tu, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel.” Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. 31 de octubre de 2021

Domingo, 31 de octubre de 2021

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“Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

-No estás lejos del Reino de Dios.

Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.”

(Mc 12, 28-34)

Las palabras, así con minúscula, también tienen fuerza, bien lo saben quienes se dedican al mundo de la publicidad. No basta con tener un buen producto hay que saber venderlo.

Hace años que se oye decir que en la Iglesia tenemos que cambiar de lenguaje, que muchas de nuestras celebraciones ya no dicen nada a la gente de hoy. Y es enteramente cierto.

El mensaje que tenemos que anunciar es el mejor de los productos y es más necesario que nunca, pero si no nos atrevemos a cambiar de lenguaje no nos entenderá nadie.

Es admirable la audacia que tuvieron muchos autores bíblicos que al citar otros textos más antiguos, los reelaboran, los cambian sin ningún pudor.

Y hoy podríamos hacer nosotras lo mismo. Vamos a cambiar un poco el texto, en lugar de mandamiento vamos a hablar de misión. La cosa quedaría más o menos así:

“¿Qué es lo primero en la misión?

Y Jesús respondería: -Lo primero en la misión es que te enamores de Dios perdidamente, como si no hubiera nada más en el mundo. Y lo segundo, que ese amor te lleve a las personas, a todas las personas. Esto es lo más importante, todo lo demás irá llegando.

Y cualquier persona de hoy contestaría:

-Tienes razón, Maestro, lo único que realmente vale la pena y queremos todos es que nos quieran. El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.

Jesús, viendo una respuesta tan sensata, diría:

-Por el camino del Amor encontrarás la felicidad, que es otra manera de decir Reino de Dios.”

Ojalá nos atrevamos a ser tan osadas como aquellas primeras comunidades cristianas que no dudaron en emplear el lenguaje del Imperio para hablar de lo que habían experimentado con Jesús.

De todos modos el problema del lenguaje deja de ser un problema cuando tienes una experiencia transformadora. Porque no puedes callártela. Y precisamente eso es lo que hace que el mensaje sea contagioso, por mucha teología que sepamos. Y aunque hagamos un impecable máster en catequética, si no nos hemos encontrado con el Dios de Jesús, no tendremos nada que anunciar.

Las personas místicas de todos los tiempos han encontrado el lenguaje que necesitaban para transmitir su experiencia y con ella han acercado a mucha gente al Reino.

Oración

Trinidad Santa, que no queramos empezar anunciando, sino recibiéndoTe a ti como Buena Noticia. Que sea el encuentro Contigo el que nos haga buscar las palabras para darTe a conocer.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no es un ser que ama, sino el AMOR.

Domingo, 31 de octubre de 2021

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Mc 12,28-34

Hoy cambiamos de escenario. Jesús lleva ya unos días en Jerusalén. Ha realizado ya la purificación del templo; ha discutido con los jefes de los sacerdotes, maestros de la ley y ancianos sobre su autoridad para hacer tales cosas; con los fariseos y herodianos sobre el pago del tributo al césar; con los saduceos sobre la resurrección. El letrado que se acerca hoy a Jesús, no demuestra ninguna agresividad, sino interés por la opinión del Rabí.

La pregunta tiene sentido, porque la Torá contiene 613 preceptos. Para muchos rabinos todos los mandamientos tenían la misma importancia, porque eran mandatos de Dios y había que cumplirlos solo por eso. Para algunos el mandamiento más importante era el sábado. Para otros el amor a Dios era lo primero. Aunque Jesús responde recitando la “shemá”, da un salto en la interpretación, uniendo ese texto, que hablaba solo del amor a Dios, con otro en (Lv 19,18) que habla del amor al prójimo.

El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor al Dios amo poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era absoluto, “sobre todas las cosas”. El amor al prójimo era relativo, “como a ti mismo”. Según la Torá, era perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio absoluto, no solo a los extranjeros sino también a amplios sectores de la propia sociedad judía a quienes creían rechazados por el mismo Dios.

Según Jesús la palabra mandamiento tiene que dar un cambio radical y significar algo distinto cuando la aplicamos a Dios. Dios no manda nada. Dios no hace leyes sino que pone en la esencia de cada criatura el plano, la hoja de ruta, para llegar a su plenitud. Dios no “quiere” nada de nosotros ni para nosotros. Su “voluntad” es la más alta posibilidad que se encuentra en cada criatura, no algo añadido desde fuera después de haberla creado.

En Juan los dos mandamientos se convierten en uno solo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Jesús no dice que le amemos a él ni que amemos a Dios ni que ames al prójimo como a ti mismo, sino que ames a los demás como él te ha amado a ti. El cambio es radical. Aún no nos hemos dado cuenta de esta novedad. Dios no es un ser separado de mí, al que debo amar, sino el amor que me permite sentirme uno con el otro.

En nosotros el amor es una cualidad que puedo tener o no tener. En Dios el amor es su esencia. Si dejara de amar dejaría de ser. Lo que queremos decir cuando hablamos del amor a Dios o del amor de Dios no tiene nada que ver con lo que queremos significar cuando hablamos del amor humano. El amor humano es siempre una relación entre dos. El amor de Dios es la identificación de dos. De este amor es del que habla el evangelio.

Se trata de una posibilidad específicamente humana. El amor-Dios y nuestro amor no son grados distintos de la misma realidad, sino realidades sustancialmente distintas. Dios no se puede relacionar con las criaturas como lo hacemos nosotros, porque no está fuera de ninguna de ellas. Nosotros podemos relacionarnos con las demás criaturas pero no con Dios porque es nuestro ser. Vivir esto nos permite identificarnos con los demás, amarlos.

Una vez más el lenguaje nos juega una mala pasada. La palabra “amor” es una de las más manoseadas del lenguaje. Hablar con propiedad de Dios-Amor-Unidad, es imposible. Nuestro lenguaje es para andar por casa. Al emplearlo para hablar de lo divino se convierte en trampa que pretende ir más allá de lo que puede expresar. Intentar llegar a Dios con nuestros conceptos es inútil. La manera de trascender el lenguaje es la vivencia. Solo la intuición puede llevarnos más allá del discurso. Solo amando sabrás lo que es el amor.

En realidad, el camino hacia el amor empezó en las primeras millonési­mas de segundo después del Big-Bang; cuando las partículas primigenias se unieron para formar unidades superiores. Esta tendencia de la materia a formar entidades más complejas, lleva en sí la posibilidad de perfección casi infinita. La aparición de la vida, que consigue integrar billones de células, fue un gran salto hacia esa capacidad de unidad. No sabemos qué es la vida biológica, pero conocemos sus efectos sorprendentes. Dios es la Vida que unifica todo.

Llegada la inteligencia y superada la pura racionalidad el ser humano está capacitado para alcanzar una unidad que no es la del egoísmo individual. Un conocimiento más profundo y una voluntad que se adhiere a lo mejor, hacen posible una nueva forma de acercamien­to entre seres que pueden llegar a un grado increíble de unidad, aunque no sea física. Descubierta esa unidad, surge lo específicamente humano. Esta capacidad de salir de la individualidad, e identificarme con Dios y con el otro, es lo que llamamos amor.

Este amor es consecuencia de un conocimiento, pero no racional. Es inútil que nos empeñemos en explicar por qué debemos amar a los demás. Este amor solo llegará después de haber experimentado la presencia en nosotros del Amor que es Dios. Lo mismo que llamamos vida a la fuerza que mantiene unidas a todas las células de un viviente, podemos llamar AMOR a la energía que mantiene unidos a todos los seres de la creación. Si descubro que la base de todo ser es lo divino, descubriré la “razón” del verdadero amor.

Todos los místicos de todas las religiones, de todos los tiempos, han llegado a la misma vivencia y nos hablan de la indecible felicidad de sentirse uno con el Todo y fuera del tiempo. Esa sensación de integración total es la máxima experiencia que puede tener un ser humano. Una vez llegado a ese estado, el ser humano no tiene nada que esperar. Fijaos hasta qué punto demostramos nuestro despiste, cuando seguimos llamando “buen cristiano” al que va a misa, confiesa y comulga, solo porque tiene asegurada la otra vida. Ser cristiano no es el objetivo último del hombre, solo un medio para llegar a amar.

No debo comerme el coco tratando de averiguar si amo a Dios. Lo que tengo que examinar es hasta qué punto estoy dispuesto a darme a los demás. Solo eso cuenta a la hora de la verdad. El amor teórico, el amor que no se manifiesta en obras y actitudes concretas, es una falacia. Ya lo decía Juan en su primera carta: “Si alguno dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un embustero y la verdad no está en él”. Pero es imprescindible que nos examinemos bien. No debemos confundir amor con instinto. Si apartamos de nuestro amor a una sola persona todo lo demás es egoísmo.

Meditación

El amor planteado desde la razón no tiene sentido,
Tampoco entendido como mandamiento que obliga.
Aprender a amar es la tarea más importante para todo ser humano.
Ser más humano es ser capaz de amar más.
Todo esfuerzo que no te lleve a esa meta será tarea inútil.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Amarás a Dios.

Domingo, 31 de octubre de 2021

escult-bronce-1Mc 12, 28-34

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas»

A Dios se le puede temer, se le puede adorar, se le puede aplacar, pero, ¿realmente se le puede amar?… Las religiones primitivas consideraban a los dioses gente peligrosa, poco de fiar, a la que había que mantener alejada y calmada. El amor a Dios no tenía en ellas el menor significado.

En el Antiguo Testamento se formula por primera vez el mandamiento de amar a Dios, pero es un mandamiento raro, porque la imagen que el pueblo judío tiene de Dios no invita a amarle. ¿Acaso se puede amar al Juez que nos castiga por nuestros pecados? ¿O al Señor que reparte bendiciones entre una minoría de elegidos y olvida que la gran mayoría de su pueblo vive marginada y depauperada?…

Jesús nos da una excelente razón para amar a Dios: Es nuestra madre. Y además, sus palabras están avaladas por sus hechos, pues en ellos se transparenta el corazón de un Dios que nos quiere con locura y que nos invita a responder con amor a los demás. Es una imagen preciosa que invita a amarle, pero su mera aceptación intelectual no es suficiente para mover en nosotros un sentimiento reconocible de amor a Dios.

Es lógico pensar que para amar a Dios es necesario conocerle, tratarle y mantener abiertos unos cauces de unión con Él, y esto se logra a través de la oración. Dicen que quien se acerca al fuego se va calentando, y quien se acerca Dios a través de la oración irá sintiendo su calor, su amor y un creciente amor por Él. El papel de Jesús es mostrarnos a Abbá para que nos sintamos movidos a amarle, pero el resto del trabajo es nuestro.

Ahora bien, el problema de conocer a Dios es el mismo que el de conocer a los otros; tratamos de hacerlo a base de asertos, con el conocimiento, y ése no es el camino. Los místicos lo hacen desde lo más íntimo de su ser, y la unión con Dios alcanza en ellos la máxima expresión. El místico prescinde del intelecto, reemplaza el pensamiento por la experiencia de la unión con Dios, y ahí se produce el verdadero conocimiento y la plenitud en el amor. Los místicos describen esta experiencia como la de un enamorado en presencia de su amada.

El paradigma del cristiano es amar a Dios, sentirse amado por Él y responder a ese amor con amor a los demás, pero me temo que muchos de nosotros no estamos capacitados para vivir esa experiencia. Y no lo estamos por nuestra incapacidad para orar; para olvidar un rato el mundo que nos rodea y nos aturde con sus reclamos, y elevar el corazón a Dios en la oración.

Por eso, aunque el evangelio de hoy distingue muy bien entre el amor a Dios y el amor al prójimo, muchas veces debemos conformarnos con canalizar nuestro amor a Dios a través del amor al prójimo. Como decía Ruiz de Galarreta «Dios no necesita nada de nosotros, pero tiene hijos que sí nos necesitan».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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No estás lejos del reino de Dios. Sinodalidad.

Domingo, 31 de octubre de 2021

comandamento-amoreDOMINGO 31º T.O. (B)

Mc 12,28b-34

La distinción y separación entre minorías y masas es una realidad en cualquier sociedad. Así lo era también en tiempos de Jesús. Sin embargo, él no se identifica con los esenios, ni con los saduceos, ni con los zelotes, ni con los fariseos, ni con los escribas. Jesús salió fuera de esos círculos; optó por los pobres y descartados, mayoría en su tiempo y en todo tiempo.

A la luz de la Pascua, Cristo propone otro tipo de relaciones para la comunidad de sus seguidores. En la Iglesia es esencial el significado de hermano, que corresponde al fiel bautizado que se ha adherido a su mensaje y vive su misma vida de entrega. Los demás “títulos”, son secundarios, de servicio, de ministerio. Las relaciones de dependencia no son cristianas; han de ser siempre fraternales. Solo así es posible el verdadero pueblo de Dios, comunidad de fieles presidida en actitud de servicio, por los presbíteros y obispos.

La Iglesia no es una minoría selecta y notable en el mundo, que ejerce poderes y posee derechos especiales. Los cristianos compartimos una fe: sólo hay un Padre-Madre común a todos los seres humanos, una Energía divina que sustenta cada vida, una Divinidad que se enraíza en el fondo de cada ser, que es nombrada y experimentada de mil formas diferentes, un solo Señor, Jesucristo, adelantado a la humanidad en el Reino definitivo, y un solo Espíritu.

Amarás a tu Dios significa amar al hombre hasta el infinito. Es lo que inculca el narrador del Deuteronomio (6,2-9) de la primera lectura, sabiendo que en ello está la vida, el bienestar verdadero en el mundo, la salvación en él. Quiere hacerlo presente en todo momento y situación de la existencia. No hay salvación en los ídolos del poder, del tener, de la indiferencia, del egoísmo.

En este relato vemos que Jesús, que habitualmente denunciaba la falsedad e hipocresía de los escribas, no tiene ningún inconveniente en recibir a un escriba y reconocer que no andaba muy alejado del Reino de Dios. Hay que ser íntegros, puros, pero no puritanos.

Nada más apropiado para, al menos, trazar un esbozo acerca de la Sinodalidad que el papa Francisco propone para la Iglesia del tercer milenio. El nacimiento de un espíritu universal es signo de nuestro tiempo que no se realiza sin graves tensiones. La fraternidad sin fronteras constituye un proceso arduo y plagado de dificultades que recuerdan los dolores de parto que, aun con lentitud, van dando a luz lo universal, va tejiendo la unidad, la conciencia de que toda la humanidad es un solo pueblo con un mismo destino.

La Iglesia, Comunidad del Espíritu de Unidad, intenta realizar torpemente esta aspiración humana. Ella es universal, extendida entre todos pueblos, creando una comunión de hermanos. La finalidad del Sínodo es, pues, escuchar a toda la Iglesia y encontrar el modo de llevar esta aspiración a la práctica.

Sinodalidad significa caminar juntos e implica la participación de todos: clero, laicos/as, religiosos/as, obispos. Cada uno aporta su carisma. Supone, además, cambiar la mentalidad y las estructuras. A partir de la entidad y dignidad bautismal, cada uno/a está llamado a decir su palabra. Así, el poder (clerical) se transforma en un liderazgo que cambia las relaciones entre las personas. Y más urgente aún es cambiar la mentalidad clerical, hacer realidad la conversión pastoral de todos.

Sinodalidad es la forma de vivir y de actuar del Pueblo de Dios; todos los bautizados somos compañeros de camino del Señor, llamados a ser sujetos activos en la santidad y en la misión, pues participamos del único sacerdocio de Cristo y somos receptores de los dones del Espíritu. La reforma de la Iglesia es la vuelta a la fuente, a Jesucristo (Mc 10, 42-45). La sinodalidad no se puede identificar solo con la actividad colegial de los obispos, sino con la de toda la Iglesia en su conjunto. ¿Podríamos reconocer y proclamar hoy a la Iglesia como una, santa, católica, apostólica y sinodal? ¿Son las Iglesias modelo de una verdadera sinodalidad ecuménica? (Carlo Mª Galli)

No puede haber una reforma estructural en la Iglesia sin las mujeres (Silvia Martínez Cano). Sólo una Iglesia que asuma al laicado como sujeto, especialmente a las mujeres y a las religiosas, será creíble. (Rafael Luciani)

Todo ello significa comprender la Iglesia desde el bautismo y el sacerdocio común que iguala a los cristianos/as en derechos y deberes. Los laicos/as deben estar presentes en aquellas estructuras donde participan en el ejercicio del gobierno ordinario, permitiéndoles desempeñar oficios eclesiásticos y cargos de responsabilidad. (Carmen Peña)

La apuesta pastoral del Papa pasa por retomar la categoría del Pueblo de Dios y el concepto de servicio, impulsar la eclesiología de la comunión, promover la teología del laicado para superar el clericalismo, incentivar el ecumenismo… (Santiago Madrigal)

La renovación de instituciones como el seminario y la parroquia son inaplazables. Esto sólo será posible si se reforma el ministerio ordenado, porque el clericalismo es una consecuencia de la mala comprensión y ejercicio del poder eclesial. Es indispensable repensar la Iglesia a la luz de la confluencia de ministerios, carismas, dones y servicios unidos por la corresponsabilidad bautismal, y no sólo en torno al ministerio ordenado.

Y considerar, que el ejercicio de la jurisdicción no esté ligado al poder del orden, como lo establece, hasta ahora, el Código de Derecho Canónico. (Nathalie Becquard)

Estamos llamados a responder a los signos de los tiempos de hoy que demandan cambios profundos en el modelo institucional actual. (Luciani)

Volviendo al relato del evangelio, estamos hablando de una palabra nueva que es tan antigua como la Biblia y el sueño de la humanidad: la sinodalidad. Jesús llevó a la plenitud el deseo de sus antepasados llamándolo Reino de Dios. Él pasó a ser la máxima revelación y manifestación de Dios en los hechos, las personas y los pueblos. Lo hizo en la presentación de su misión en Nazaret. (Lc 4,14-21). El año de la gracia del Señor es el cumplimiento de la hermandad universal hecha fraternidad, justicia, equidad y democracia, o sea, el Reino en su cumplimiento. (Pedro Pierre)

¡Aviso a los obispos!

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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¿Mandamientos de Dios?

Domingo, 31 de octubre de 2021

mandamientosDomingo XXXI del Tiempo Ordinario

31 octubre 2021

Mc 12, 28b-34

Al tiempo que estudiábamos los “mandamientos de la Ley de Dios”, surgía en nuestras mentes infantiles la imagen de un Dios Juez absoluto y arbitrario -podía hacer lo que quisiera-, que exigía, por encima de todo, ser obedecido. Explicado con categorías actuales, tal imagen de Dios se caracterizaba por la auto-referencialidad, por lo que aparecía como un gran Narciso caprichoso y pronto a la ira cuando sus mandamientos eran desobedecidos.

 Uno de los errores graves de la religión -aunque sea comprensible si tenemos en cuenta el momento histórico en que nace- fue justamente el de leer los “mandamientos” desde la heteronomía.

 Tal idea presuponía una cosmovisión -Dios habitando en un “piso” superior al de la creación- y una determinada concepción de la autoridad -omnímoda, arbitraria e incuestionable-. Y daba como resultado, por un lado, la imagen de un Dios antropomorfo empeñado en que hiciéramos lo que él quería y, por otro, en los creyentes, una actitud infantiloide de sometimiento pasivo, aderezado con miedo y resentimiento.

 La propia evolución de la consciencia en nosotros va haciendo posible la superación de aquellas imágenes míticas, en la medida en que nos abre a una comprensión mayor.

 Los llamados “mandamientos” no son caídos del cielo -no hay un dios que los haya entregado escritos en las “Tablas de la Ley” a Moisés en el monte Sinaí, a no ser que caigamos en la que he llamado «sutil trampa teísta»-, sino un constructo mental, plasmación de aquello que los seres humanos han ido descubriendo como “reglas” para ordenar su convivencia y responder a las circunstancias de la manera más sabia posible.

En este sentido, los mandamientos son expresión de la comprensión: aquello que los humanos creían ir comprendiendo lo plasmaban, con mayor o menor acierto, en forma de “mandato”.

 Si así fueron escritos, ahí también se halla la clave para una lectura adecuada. Por ejemplo, cuando en el “primer mandamiento” se dice que “amarás al Señor tu Dios” y “al prójimo como a ti mismo”, no se está dando una orden heterónoma, nacida de alguna voluntad superior. Se está expresando una verdad profunda: la unidad de todo lo real. De modo que, en un lenguaje laico, no teísta, podría formularse de este modo: “Cuando comprendes lo que somos, amas lo que es y vives la unidad -el amor- con todo”. Si, más allá de la infinidad de formas diferentes, lo realmente real -el fondo de todas las formas- es uno, solo cabe una actitud adecuada: el amor, entendido como certeza de no separación, que genera un comportamiento en esa misma línea.

¿Cómo veo la realidad? ¿Cómo veo a los otros?

 

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La mera tecnología no es progreso humano

Domingo, 31 de octubre de 2021

ShemaIsrael.inddDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Escucha, Israel.

    La primera actitud del ser humano en la Biblia es: Escucha Israel, (Shema Israel).

    Escuchar es una buena actitud, un buen talante en la vida. El gran mandato-criterio bíblico es: Escucha Israel. K. Rahner entendía al hombre como aquel que escucha, que presta oído y atención a toda palabra que se pronuncia en la historia. Somos “Oyentes de la palabra”, de toda palabra que se ha pronunciado y se dice en la historia.

Escuchar supone una actitud relacional (relación / comunicación) en la vida, un talante de diálogo entre las personas, los grupos, pueblos, iglesias, religiones, etc.

    La evolución de especies inferiores a superiores no fue meramente biológica, física y tecnológica (hachas de sílex, martillos, instrumental para la caza, etc.), sino que la evolución y el progreso humano fue personal.

El homo antecessor de Atapuerca (hace más de 800.000 años), todavía no era “ser humano inteligente”, (en nuestro sentido de ser humano). Fue una evolución y un proceso personal, hacia lo humano y humanizador: el homo antecesor tenía un lenguaje hablado, se cuidaban unos a otros, había sentimientos, se enterraban (lo cual significa que había creencias / fe), había esperanza.

La mera tecnología no es progreso de la humanidad. El mero progreso técnico – tecnológico no significa evolución personal.

Podemos ir de vacaciones a la luna o al espacio, lo cual es un alarde de potencia, de tecnología y dinero, pero no es progreso del ser humano en cuanto ser humano. (Cada día 24.000 personas mueren de hambre en el mundo y, de ellas, 18.000 son niños y niñas de entre uno y cuatro años)

¡Qué duda cabe de que hoy en día tenemos infinidad de medios técnicos!, disponemos de muchos más que nuestros mayores. Pero: ¿somos más humanos, más libres, más honrados, más felices que nuestros antepasado?

2.- Evolución desde y en el amor

    No es sensato eliminar valores y actitudes del campo de visión del ser humano, de la educación, de la sociedad. Sobre todo no es sensato eliminar las cuestiones últimas éticas, el bien y el mal,  el sentido de la vida, el amor, la libertad, la muerte, etc.

La evolución, el progreso es humano por el amor, por la relación serena entre las personas, no por la tecnología. Una persona y un pueblo mejoran no por el PIB o por la renta per cápita, sino por la buena relación de sus gentes. Pensemos en viejos contenciosos sociales, políticos, rupturas eclesiales, etc. ¿Mejoran con la tecnología o con el diálogo, la relación, el respeto, el amor?

    Amarás: Amar es humanizar y humanizar es amar.

3.- Amarás.

    Quien pregunta a Jesús: ¿cuál es el mandamiento principal? es un escriba, un hombre de leyes.

Jesús le contestó correctamente conforme a la ley. Pero Jesús no tuvo un comportamiento legal, más bien Jesús fue un “fuera de la ley”. Para Jesús cuenta la persona, no la ley. Por eso lo mismo cura en sábado, que trata con mujeres y prostitutas, es libre ante la sangre, ante la muerte, se acerca a los leprosos…

    Por desgracia en el ámbito católico -como en el judaísmo- todo se convirtió y se tradujo en una normativa sin fin: preceptos y normas que, como las infrinjas, te mandan al infierno per omnia saecula saeculorum.

    La moral cristiana no se plantea desde la ley, desde los mandamientos, sino desde el amor, desde el seguimiento de Jesús y desde la persona, desde el valor y cuidado del ser humano y siempre con amor.

Allá en los tiempos conciliares el padre de la moral moderna, Bernard Häring, publicó una gran obra que entendía la moral desde el seguimiento de Cristo: “la Ley de Cristo”.

    ¿Y cuál es la ley de Cristo? El amor.

    Decía K Rahner que la Iglesia haría bien en proponer como único criterio de moralidad el amor. Después, las concreciones, se irían extrayendo en las diversas comunidades y momentos.

Lo que hace evolucionar y progresar al ser humano, a la humanidad es el amor, no la producción.

    Ya san Agustín decía: ama y haz lo que quieras.

Escucha y ama

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“Ateísmo superficial”. Domingo 31 Tiempo ordinario – B (Marcos 12,28-34)

Domingo, 4 de noviembre de 2018
31_to_b-600x400Son bastantes los que, durante estos años, han ido pasando de una fe ligera y superficial en Dios a un ateísmo igualmente frívolo e irresponsable. Hay quienes han eliminado de sus vidas toda práctica religiosa y han liquidado cualquier relación con una comunidad creyente. Pero ¿basta con eso para resolver con seriedad la postura personal de uno ante el misterio último de la vida?

Hay quienes dicen que no creen en la Iglesia ni en «los inventos de los curas», pero creen en Dios. Sin embargo, ¿qué significa creer en un Dios al que nunca se le recuerda, con quien jamás se dialoga, a quien no se le escucha, de quien no se espera nada con gozo?

Otros proclaman que ya es hora de aprender a vivir sin Dios, enfrentándose a la vida con mayor dignidad y personalidad. Pero, cuando se observa de cerca su vida, no es fácil ver cómo les ha ayudado concretamente el abandono de Dios a vivir una vida más digna y responsable.

Bastantes se han fabricado su propia religión y se han construido una moral propia a su medida. Nunca han buscado otra cosa que situarse con cierta comodidad en la vida, evitando todo interrogante que cuestionara seriamente su existencia.

Algunos no sabrían decir si creen en Dios o no. En realidad, no entienden para qué puede servir tal cosa. Ellos viven tan ocupados en trabajar y disfrutar, tan distraídos por los problemas de cada día, los programas de televisión y las revistas del fin de semana que Dios no tiene sitio en sus vidas.

Pero nos equivocaríamos los creyentes si pensáramos que este ateísmo frívolo se encuentra solamente en esas personas que se atreven a decir en voz alta que no creen en Dios. Este ateísmo puede estar penetrando también en los corazones de los que nos llamamos creyentes: a veces nosotros mismos sabemos que Dios no es el único Señor de nuestra vida, ni siquiera el más importante.

Hagamos solo una prueba. ¿Qué sentimos en lo más íntimo de nuestra conciencia cuando escuchamos despacio, repetidas veces y con sinceridad estas palabras?: «Escucha: el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todas tus fuerzas». ¿Qué espacio ocupa Dios en mi corazón, en mi alma, en mi mente, en todo mi ser?

José Antonio Pagola

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“No estás lejos del reino de Dios”. Domingo 4 de noviembre de 2018 31º Ordinario

Domingo, 4 de noviembre de 2018

58-ordinariob31-cerezoLeído en Koinonia:

Deuteronomio 6, 2-6: Escucha Israel: Amarás al Señor con todo el corazón.
Salmo responsorial: 17: Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.
Hebreos 7, 23-28: Como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.
Marcos 12, 28b-34: No estás lejos del reino de Dios.

En las estepas de Moab, Moisés da sus últimas instrucciones al pueblo que se prepara para entrar a la tierra de Canaán. Atrás quedó Egipto, debió quedar. Y atrás quedó también el desierto donde supuestamente el pueblo tuvo que haber aprendido muchas cosas que tendrán que ser muy útiles para su proyecto como pueblo en la tierra de la libertad. Egipto será un lugar para nunca volver, al desierto será necesario volver cuando el pueblo olvide o pierda su horizonte ya que ése es el espacio ideal para el reencuentro con su Dios, para dejarse reconquistar por él (cf. Os 2,14). Aquí, pues, en su despedida, Moisés insiste en lo más importante para que el pueblo tenga vida: cumplir las instrucciones y normas que el Señor ha dado. El texto del Deuteronomio que leemos hoy es el alma, la guía, la hoja de ruta que Israel no puede descuidar ni cambiar por otra cosa so riesgo de perderse y perecer como nación. La connotación en hebreo del verbo shemá lleva implícito el imperativo de obedecer, poner en práctica, y eso era lo que tenía que haber hecho el pueblo: escuchar obedeciendo, escuchar poniendo en práctica.

La redacción de este pasaje, aunque aparenta ser de una época previa a la conquista y posesión de la tierra, en realidad es de una época en la cual Israel ha probado y experimentado en carne propia lo que significa no escuchar poniendo en práctica los mandatos y preceptos del Señor. Estamos en la llamada época del post-exilio, Israel ha pasado por las experiencias históricas más crueles y difíciles: desaparición del sistema solidario tribal, aparición de la monarquía (punto de partida de todos sus pecados), división del reino, destrucción de ambos reinos, deportación… En todo momento Israel fue instruido por medio de los profetas que siempre lo invitaban a reorientar su camino, pero la queja de Dios fue siempre constante: «Israel no me escucha» (Sof 3,2), no me obedece, va camino a la perdición…

Las experiencias históricas obligan a Israel a aprender qué significa escuchar a su Dios y poner en práctica su Palabra, su instrucción. Con base en todo lo que le ha pasado, Israel descubre que los mandatos del Señor no buscan atarlo, cerrarle horizontes ni poner a todo un pueblo bajo la dirección de un Dios caprichoso. No es un Dios cualquiera el que libre y espontáneamente ha optado por este pueblo, es un Dios de Vida que sólo busca orientar al pueblo por sendas de vida. Israel no entendió siempre así el propósito de Dios y se fue detrás de otros dioses, y cuando se metió en el proyecto de otras divinidades empezó a perderse, se confundió y resultó siendo peor que otros pueblos que no conocían al verdadero y único Dios. Así pues, después de sobrevivir a las más duras experiencias, Israel vuelve a recordar cuál era desde el principio la propuesta de su Dios: amarlo sólo a él, buscarlo sólo a él y no confiarse de ninguna otra propuesta por más llamativa que fuera para no volver a caer en un fracaso peor.

El evangelio nos presenta la versión «marquiana» (de Marcos) de la pregunta a Jesús sobre el mayor y más importante de los mandamientos. La versión mateana (Mt 22,34-40) tuvimos oportunidad de reflexionarla hace unos días. Ambas versiones están ubicadas en el mismo contexto de la discusión de los saduceos con Jesús a cerca de la resurrección de los muertos. Cuando los fariseos ven que Jesús ha callado a los saduceos, se juntan con los escribas para ponerlo ellos también a prueba, pensarán que con ellos tal vez no saldrá tan bien librado. Y es que «pasar el examen» con los fariseos y maestros de la ley, seguramente no era fácil dado que para ellos la ley no era sólo aquella que Dios había dado a su pueblo por medio de Moisés, recordemos que en tiempos de Jesús esta gente manejaba ¡más de medio millar de mandatos y preceptos! Dependiendo de su forma de ver y de pensar, un mandato podía variar de importancia para unos y para otros, pues como es normal había distintas tendencias o escuelas, alguna muy liberal, y otras no tanto. ¿Cuál de ellas está representada aquí? No lo sabemos. Por la respuesta del escriba a Jesús, uno podría pensar que se trataba de una tendencia bastante liberal (vv. 32-33), al punto que a Jesús le pareció simpática su respuesta y le advierte lo cerca que está del reino de Dios.

Jesús se encuentra con que su pueblo cumple con una norma de varios siglos. Todos los días, tres veces al día todo israelita varón recita el «Shemá Israel, escucha Israel: el Señor nuestro Dios es uno sólo, a él amarás…», el shemá, pero ese shemá se quedó sólo en el campo auditivo, al campo de la práctica no se ve, y eso es lo que Jesús denuncia a lo largo de su ministerio, muchas palabras, muchas normas y preceptos, mucho apelo a Dios para todo, muchas frases de la ley en los bordes del manto, en el marco de la puerta, en el brazo, en la frente, pero nada en el corazón y menos aún en la vida ordinaria, en la práctica cotidiana.

En la comunidad de Marcos se están presentando situaciones similares a las del judaísmo. Las normas y preceptos que conocen los primeros cristianos son necesariamente aquellas que vienen del mundo judío; ahora, ¿serán de obligatorio cumplimiento todos esos preceptos en esta nueva experiencia de vida que se supone está animada por la presencia viva del Señor resucitado? Lo primero y más importante que los creyentes deben tener en cuenta es que no se trata de una adhesión a una divinidad distinta a la del judaísmo. Es el mismo Dios revelado a pueblo de Israel y en la Escritura, es el mismo Dios de Jesús, por tanto lo que primero tiene que hacer el cristiano es profesar su fe, amor y adhesión a ese Único Dios en términos de «escuchar» su Palabra y ponerse en función de obedecerle. Ese es el proyecto de vida de Jesús, eso fue lo que movió toda su vida y su obra y eso es lo que tiene que mantener vivo al cristiano, su adhesión a ese único y verdadero Dios a quien no le interesa otra cosa que el amor y adhesión a El lo vivan sus fieles en el amor mutuo y fraterno. No tiene sentido para Jesús hablar del amor a Dios sin tener en cuenta la ÚNICA puerta de acceso a Él: el prójimo. Leer más…

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4.11.18. El mandamiento y credo cristiano es “amarás…”

Domingo, 4 de noviembre de 2018

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Se dice en otro plano que hay diez mandamientos (y son buenos), y en otro que hay dos artículos de fe (y son también bueno), con muchos añadidos más o menos certeros… pero según la Biblia no haya más que un mandamiento y un credo (que es doble: amar a Dios, amar al prójimo…).

Se trata, pues, de creer en el amor y de hacer amor, o mejor dicho, de hacerse amor, por encima, en el principio, de todos los mandamientos y los credos.

Sin duda, el amor es una de las palabras más gastadas y manipuladas de la humanidad, lo mismo que Dios. Algunos dicen: oigo Dios y cojo una pistola para defenderme. Otros contestan: oigo amor y escapo, no me cojan y me aten.

Y sin embargo Dios es lo mismo que amor, y amor es lo mismo que vida… de forma que la vida es un aprendizaje de Dios y (o) de amor. En eso estamos, ése es el evangelio de este domingo. Quizá nunca se ha dicho una palabra más rica, prometedora, gozosa y exigente que ésta que sigue. Buen domingo, buen amor a todos.

Palabra. Mc 12, 28-34

(a. Pregunta) 28 Un escriba que había oído la discusión y observado lo bien que les había respondido se acercó y le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos?
(b. Respuesta) 29 Jesús contestó: El primero es éste: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es Señor Uno, 30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza. 31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.
(c. Entendimiento) 32 Y el escriba le dijo: Bien, maestro. Con verdad dices que es Uno y que no hay otro sino él; 33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. 34 Y Jesús, viendo que había hablado con sensatez, le dijo: No estás lejos del reino de Dios. Y nadie se atrevía ya a seguir preguntándole.

12, 28. ¿Cuál es el primer mandamiento?
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28 Un escriba que había oído la discusión y observado lo bien que les había respondido se acercó y le preguntó:¿Cuál es el primer mandamiento de todos?

Este escriba, hombre del Libro, parece interpretar a Dios como alguien con poder para mandar, es decir, para imponer unos preceptos a los hombres, y de un modo especial a los judíos. Ciertamente, en el Antiguo Testamento (BH) hay también narraciones liberadoras, himnos de gratitud, revelaciones proféticas, bellas historias de encuentro con Dios… Todo eso vale, pero a los ojos del escriba parece estar en un segundo plano. Por eso, él ha comenzado preguntando por el primer mandamiento de la Ley. Ciertamente, su pregunta es buena y veremos que Jesús la admite, pero puede entenderse de forma sesgada, pues supone que lo primero es el mandato entolê, cosa que Jesús matizará.

El problema no está en que los mandatos sean numerosos (el judaísmo posterior recopilará 248 positivos y 365 negativos, en total 613), pues muchos de ellos parecen y son obvios para quienes viven dentro de una sociedad israelita. Por eso, situados en su propio contexto, los judíos del tiempo de Jesús y sus sucesores no se pueden tomar como legalistas en el sentido peyorativo del término.

El tipo de judíos y de cristianos a los que Jesús quiere enseñar su “ley de amor” son en general legalistas, pero piensan que su vida se encuentra fundada sobre leyes de Escritura/Tradición que se presentan como voluntad de Dios. Por eso es importante discernir: saber dónde se encuentra el centro y clave de los mandamientos, como hace nuestro escriba, buscando el primero entre ellos. Pues bien, Jesús no responde con uno sino con dos, como indicando que al principio no hay un tipo de monismo (sólo Dios o sólo el hombre) sino un dualismo básico, un diálogo entre Dios y los humanos.

12, 29-31. El Señor nuestro Dios es Señor uno

29 Jesús contestó: El primero es éste: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es Señor Uno, 30 y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con toda tu fuerza. 31 El segundo es éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos.

Significativamente, Jesús no apela a los diez mandamientos (Ex 20, 2-16; Dt 5, 6-21), sino a la palabra central de la experiencia teológica judía («Escucha Israel: amarás a Dios…», cf. Dt 6, 4-5), y a un mandato social importante del Código de la Santidad («y a tu prójimo…», cf. Lev 19, 18). Esos “mandamientos” son su credo, su confesión fundamental de fe.
Empecemos por la “experiencia” básica: en el principio no está el “haz”, ni el “amarás” (en línea de mandato), sino el “escucha”: acoge la voz de Dios. Sólo a partir de ese “escucha” se puede hablar de amor a Dios y el prójimo.

a. Shema, un camino de vida (12, 29).

Jesús empieza citando el texto clave de la Shema (Escucha Israel…), colocando así todo lo que dirá después a la luz del mensaje fundante de Dt 6, 4-6, siguiendo así la mejor tradición de su pueblo. De esa forma se sitúa en el origen de la vida auténticamente humana (allí donde el filósofo Kant situaba su imperativo: “actúa de tal forma que…”). Pues bien, en ese principio Jesús no encuentra una entolê, un mandato, sino una revelación de radical (Dios es Uno) y una llamada al amor:

− Escucha (hebreo sema’, griego akoue). Éste es el principio de todo posible mandamiento: “Oye”, es decir, atiende a la voz, acoge la Palabra, estate atento a lo que eres. En el fondo se quiere decir: no te cierres, no hagas de tu vida un espacio clausurado donde sólo se escuchan tus voces y las voces de tu mundo. Más allá de todo lo que haces y piensas, de aquello que deseas y puedes, se extiende el ancho campo de la manifestación de Dios: abrirse a su voz, mantener la atención, ser receptivo ante su Palabra, ése es el principio y sentido del que brota toda vida y todo mandamiento.

− Israel. Es el pueblo de aquellos que “escuchan”, comunidad de personas que se mantienen atentas, oyendo la Palabra, y naciendo así como pueblo que brota de Dios. Quedan en segundo plano los restantes elementos configuradores del pueblo: padres comunes, circuncisión, leyes alimenticias, ritos de tipo sagrado… Sólo la escucha del único Dios configura al único pueblo israelita, que, conforme a la visión de Marcos, puede y debe abrirse a todos las naciones (cf. 11, 11). En este momento, Jesús se identifica con el Israel que escucha la voz de Dios, vinculándose de esa manera a la comunidad de los creyentes, es decir, de todos los que escuchan la Palabra y responden con amor.

El Señor, muestro Dios, Señor Uno es. Pagano es quien se pierde adorando otras voces, de forma que acaba escuchándose a sí mismo (a sus ídolos). Israelita, en cambio, es quien sabe a acoger al único Dios (nuestro Dios), que es Uno (Heis estin). La palabra fundante del mandato pide al creyente que “escuche” al único Dios (Señor Uno): que se deje transformar por él, que acoja su revelación y que no crea a ningún otro posible “señor” de los que existen (quieren imponerse) sobre el mundo. Así queda claro el “monoteísmo” radical de Jesús, que había protestado ya cuando el postulante de 10, 17 le llamaba Maestro Bueno (Didaskale Agathe), respondiendo que nadie es bueno sino Heis ho Theos, es decir, Uno que es Dios. Pues bien, ahora, ese monoteísmo (¡el Señor es Uno!) se vuelve fuente de comunión, de manera que todos los creyentes pueden decir y dicen “nuestro Dios”, vinculándose entre en, en forma de comunidad de fe.

b. Amarás (12, 30).

Esta palabra nos sitúa ante la gran paradoja y la riqueza básica del judaísmo rabínico y del evangelio cristiano, que, en ese nivel, comparten la misma experiencia de vida (cf. 1, 1). Apoyado en la tradición israelita, con otros judíos de su tiempo, Jesús “manda” que se cumpla lo que no puede mandarse (pues no es objeto de ningún imperativo), elevando de esa forma el nivel de la vida humana. Leer más…

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El mandamiento más importante.

Domingo, 4 de noviembre de 2018

evangelio_08_06_17Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La curación del ciego Bartimeo nos dejó camino de Jerusalén. En la cronología de Marcos, el domingo tiene lugar la entrada triunfal; el lunes la purificación del templo; y el martes, en la explanada del templo, las autoridades interrogan a Jesús sobre su poder; los fariseos y herodianos sobre el tributo al César; los saduceos sobre la resurrección. Son enfrentamientos con mala idea, que desembocan en una escena inesperada, en la que un escriba reconoce la sabiduría de Jesús.

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:

―¿Que mandamiento es el primero de todos?

Respondió Jesús:

―El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amaras al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos.»

El escriba replico:

―Muy bien, maestro, tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios.»

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:

―No estás lejos del reino de Dios.

Y nadie se atrevió a dirigirle más preguntas.

1. El protagonista es un escriba. Los escribas son los especialistas en la Ley de Moisés, parecidos a los actuales profesores de teología, pero con una formación mucho más intensa, porque tenían que aprender de memoria el Pentateuco y las interpretaciones de los rabinos; además, no podían ejercer su profesión hasta cumplir los cuarenta años. Gozaban de gran prestigio entre el pueblo, aunque su peligro era el legalismo: la norma por la norma, con todas las triquiñuelas posibles para evadirla cuando les interesaba. Por eso Jesús tuvo tantos enfrentamientos con ellos. En los evangelios aparecen generalmente como enemigos, pero en este caso las relaciones entre el escriba y Jesús son muy buenas y los dos se alaban mutuamente.

2. La pregunta por el mandamiento principal. La antigua sinagoga contaba 613 mandamientos (248 preceptos y 365 prohibiciones), que dividía en fáciles y difíciles. Fáciles, los que exigían poco esfuer­zo o poco dinero; difíciles, los que exigían mucho dinero o ponían en peligro la vida. P.ej., eran difíciles el honrar padre y madre, y la circuncisión. Generalmente se consideraba que los difíciles eran importantes; entre los temas importantes aparecen la idolatría, la lascivia, el asesinato, la profanación del nombre divino, la santificación del sábado, la calumnia, el estudio de la Torá (el Pentateuco). Ante este cúmulo de mandamientos, es lógico que surgiese el deseo de sintetizar, o de saber qué era lo más importante.

3. La respuesta de los contemporáneos de Jesús. Citaré dos casos. El primero se encuentra en una anécdota a propósito de los famosos rabinos Shammay y Hillel, que vivie­ron pocos años antes de Jesús. Una vez llegó un pagano a Shammay (hacia 30 a.C.) y le dijo: “Me haré prosélito [es decir, estoy dispuesto a convertirme al judaísmo] con la condición de que me enseñes toda la Torá mien­tras aguanto a pata coja”. Shammay lo echó amenazándolo con una vara de medir que tenía en la mano. Entonces el pagano fue a Hillel (hacia el 20 a.C.), que éste le dijo: “Lo que no te guste, no se lo hagas a tu prójimo. En esto consiste toda la Ley, lo demás es interpreta­ción”. Y lo tomó como prosélito.

También del Rabí Aquiba (+ hacia 135 d.C.) se recuerda un esfuer­zo parecido de sintetizar toda la Ley en una sola frase: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Lv 19,18); este es un gran princi­pio general en la Torá”.

4. La respuesta de Jesús. El esfuerzo por sintetizar en una sola frase lo esencial se encuentra al final del Sermón del Monte en el evangelio de Mateo: “Todo lo que querríais que hicieran los demás por vosotros, hacedlo vosotros por ellos, porque eso significan la Ley y los Profetas” (Mt 7,12).

En el evangelio de hoy, Jesús responde con una cita de la Escritura: “Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es uno solo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6,5), aunque añade también “con toda tu mente”. Estas palabras forman parte de las oraciones que cualquier judío piadoso recita todos los días al levantarse y al ponerse el sol. En este sentido, la respuesta de Jesús es irreprochable. No peca de originalidad, sino que aduce lo que la fe está confesando continuamente.

La novedad de la respuesta de Jesús radica en que le han preguntado por el manda­miento principal, y añade un segundo, tan importante como el primero: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19,18). Ambos preceptos están al mismo nivel, deben ir siempre unidos. Jesús no acepta que se pueda llegar a Dios por un camino individual e intimista, olvidando al prójimo. Dios y el prójimo no son magnitudes separables. Por eso, tampoco se puede decir que el amor a Dios es más importante que el amor al prójimo. A la pregunta del escriba por el mandamiento más importante (en singular) responde diciendo que son estos dos (en plural). Y no hay precepto más grande que ellos.

5. La reacción del escriba. El protagonista, que no ha venido a poner a prueba a Jesús (como ocurre a los escribas y fariseos en otros casos), sino a conocer lo que piensa, se muestra plenamente satisfecho de la respuesta. Y añade un comentario importantísimo: amar a Dios y al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios”. Con estas palabras, el escriba abandona el plano teórico y saca las consecuencias prácticas. Durante siglos, muchos israelitas, igual que hoy muchos cristianos, pensaron que a Dios se llegaba a través de actos de culto, peregrinaciones, ofrendas para el templo, sacrificios costosos de animales… Sin embargo, los profetas les enseñaban que, para llegar a Dios, hay que dar necesariamente el rodeo del prójimo, preocuparse por los pobres y oprimidos, buscar una sociedad justa. En esta línea se orienta el escriba.

Aunque su punto de vista es muy fácil de entender, cuento una anécdota interesante. En la basílica de la Virgen de Luján, en Argentina, un sitio de peregrinación nacional muy frecuentado, era costumbre llevar ramos de flores para la Virgen. La última vez que estuve allí, me llamó la atención un letrero colocado de manera oficial y muy clara advirtiendo a los fieles que a la Virgen le agrada mucho más que se dé de comer al hambriento que el que le regalen a ella un ramo de flores.

La 1ª lectura, del libro del Deuteronomio, ha sido tomada porque es la base de la respuesta de Jesús.

En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: «Teme al Señor, tu Dios, guardando todos sus mandatos y preceptos que te manda, tu, tus hijos y tus nietos, mientras viváis; así prolongarás tu vida. Escúchalo, Israel, y ponlo por obra, para que te vaya bien y crezcas en número. Ya te dijo el Señor, Dios de tus padres: “Es una tierra que mana leche y miel.” Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria.»

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Domingo XXXI del Tiempo Ordinario. 28 de octubre de 2018

Domingo, 4 de noviembre de 2018

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“Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
No estás lejos del Reino de Dios.
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.”

(Mc 12, 28-34)

Las palabras, así con minúscula, también tienen fuerza, bien lo saben quienes se dedican al mundo de la publicidad. No basta con tener un buen producto hay que saber venderlo.

Hace años que se oye decir que en la Iglesia tenemos que cambiar de lenguaje, que muchas de nuestras celebraciones ya no dicen nada a la gente de hoy. Y es enteramente cierto.

El mensaje que tenemos que anunciar es el mejor de los productos y es más necesario que nunca, pero si no nos atrevemos a cambiar de lenguaje no nos entenderá nadie.

Es admirable la audacia que tuvieron muchos autores bíblicos que al citar otros textos más antiguos, los reelaboran, los cambian sin ningún pudor.

Y hoy podríamos hacer nosotras lo mismo. Vamos a cambiar un poco el texto, en lugar de mandamiento vamos a hablar de misión. La cosa quedaría más o menos así:

“¿Qué es lo primero en la misión?

Y Jesús respondería: -Lo primero en la misión es que te enamores de Dios perdidamente, como si no hubiera nada más en el mundo. Y lo segundo, que ese amor te lleve a las personas, a todas las personas. Esto es lo más importante, todo lo demás irá llegando.

Y cualquier persona de hoy contestaría:

-Tienes razón, Maestro, lo único que realmente vale la pena y queremos todos es que nos quieran. El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.

Jesús, viendo una respuesta tan sensata, diría:

-Por el camino del Amor encontrarás la felicidad, que es otra manera de decir Reino de Dios.”

Ojalá nos atrevamos a ser tan osadas como aquellas primeras comunidades cristianas que no dudaron en emplear el lenguaje del Imperio para hablar de lo que habían experimentado con Jesús.

De todos modos el problema del lenguaje deja de ser un problema cuando tienes una experiencia transformadora. Porque no puedes callártela. Y precisamente eso es lo que hace que el mensaje sea contagioso, por mucha teología que sepamos. Y aunque hagamos un impecable máster en catequética, si no nos hemos encontrado con el Dios de Jesús, no tendremos nada que anunciar.

Las personas místicas de todos los tiempos han encontrado el lenguaje que necesitaban para transmitir su experiencia y con ella han acercado a mucha gente al Reino.

Oración

Trinidad Santa, que no queramos empezar anunciando, sino recibiéndoTe a ti como Buena Noticia. Que sea el encuentro Contigo el que nos haga buscar las palabras para darTe a conocer.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no es un ser que ama, sino ‘ágape’ que nos unifica en Él.

Domingo, 4 de noviembre de 2018

img_5979Mc 12, 28-34

Hoy cambiamos de escenario. Jesús lleva ya unos días en Jerusalén. Ha realizado la purificación del templo; ha discutido con los jefes de los sacerdotes, maestros de la ley y ancianos sobre su autoridad para hacer tales cosas; con los fariseos y herodianos sobre el pago del tributo al cesar; con los saduceos sobre la resurrección. Las discusiones que los rabinos sostienen con Jesús no presuponen hostilidad especial contra él; más bien podrían indicar una valoración muy importante de la persona. El letrado que se acerca hoy a Jesús, no demuestra ninguna agresividad, sino interés por la opinión del Rabí.

La pregunta tiene sentido porque en la Torá se contabilizaban 613 preceptos. Para muchos rabinos todos los mandamientos tenían la misma importancia, porque eran mandatos de Dios y había que cumplirlos solo por estar mandados. Para algunos el mandamiento más importante era el cumplimiento del sábado. Para otros el amor a Dios era lo primero. Aunque Jesús responde recitando la “shemá” (Dt 6,4-5), Jesús da un salto muy importante en la interpretación, porque une ese texto, que hablaba sólo del amor a Dios, con otro que se encuentra en (Lv 19,18), que habla del amor al prójimo. No solo los pone al mismo nivel, sino que termina haciendo de los dos mandamientos uno sólo.

El amor a Dios fue un salto de gigante sobre el temor a Dios, amo poderoso y dueño de todo. En el AT el amor a Dios era absoluto, “sobre todas las cosas”. El amor al prójimo era relativo, “como a ti mismo”. Según la Tora, era perfectamente compatible un amor a Dios y un desprecio absoluto, no solo a los extranjeros sino también a amplios sectores de la propia sociedad judía a quienes creían rechazado por el mismo Dios. En Lc preguntaron a Jesús ¿quién es mi prójimo? y contestó con la parábola del buen Samaritano.

Según Jesús, la palabra mandamiento tiene que dar un cambio radical y significar algo distinto cuando la aplicamos a Dios. Dios no manda nada. Dios no hace leyes sino que pone en la esencia de cada criatura el plano, la hoja de ruta para llegar a su plenitud. Dios no “quiere” nada de nosotros ni para nosotros. Su “voluntad” es la más alta posibilidad de la criatura, no algo añadido desde fuera después de haberla creado.

En Jn los dos mandamientos se convierten en uno solo: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Jesús no dice que le amemos a él ni que amemos a Dios, ni que ames al prójimo como a ti mismo, sino que ames a los demás como él te ha amado a ti. El cambio es radical. Aún no nos hemos dado cuenta de esta novedad. Dios no es un ser separado de mí, al que debo amar, sino “el amor” que me permite sentirme uno con el otro y con el universo. Debemos cambiar nuestra idea de Dios para descubrir qué es amarle.

Dios es “ágape”, don absoluto, infinito y total que unifica en esencia todo lo creado. Es puro don, pura gracia que se nos da y nos capacita para darnos. En nosotros el amor es una cualidad que puedo tener o no tener. En Dios el amor es su misma esencia. Si dejara de amar se destruiría. Juan dice: “El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó“. Esa realidad es el fundamento de toda vida espiritual. Es la misma esencia de Dios en la base de nuestra propia existencia. En Dios todo es UNO.

El amor cristiano sería “caritas”, la síntesis del eros humano y el “ágape” divino que nos permite una singular relación con los demás. Se trata de una posibilidad específicamente humana. El amor-Dios y nuestro amor no son grados distintos de la misma realidad, sino realidades sustancialmente distintas. Dios no se puede relacionar con las criaturas como lo hacemos nosotros, porque no está fuera de ninguna de ellas. Nosotros podemos relacionarnos con las demás criaturas pero no con Dios porque es nuestro ser. Vivir el ser de Dios en nosotros nos permite identificarnos con los demás, es decir, amarlos.

Una vez más el lenguaje nos juega una mala pasada. La palabra “amor” es una de las más manoseadas del lenguaje. Al más refinado de los egoísmos, que es aprovecharse de otro en lo que tiene de más íntimo, también le llamamos amor. Hablar con propiedad de Dios-Amor-Unidad, es imposible. Nuestro lenguaje es para andar por casa. Al emplearlo para hablar de lo divino se convierte en trampa que pretende ir más allá de lo que puede expresar. Intentar llegar a Dios con nuestros conceptos es inútil. La manera de trascender el lenguaje, es la vivencia. Solo la intuición puede llevarnos más allá del discurso.

El AMOR es la punta de lanza de la evolu­ción. En realidad, el camino hacia el amor empezó en las primeras millonési­mas de segundo después del Big-Bang; cuando las partículas primigenias se unieron para formar unidades superiores. Esta tendencia de la materia a integrarse en entidades más complejas, lleva en sí la posibilidad de perfección casi infinita. La aparición de la vida fue un gran salto hacia esa capacidad de unidad. La vida consigue unificar billones de células. No sabemos que es la vida biológica, pero sabemos que tiene unos efectos sorprendentes. Dios es la Vida que unifica todo.

Llegada la inteligencia y superada la pura racionalidad, el ser humano está capacitado para alcanzar una unidad que no es la del egoísmo individual. Un conocimiento más profundo y una voluntad que se adhiere a lo mejor, hacen posible una nueva forma de acercamien­to entre seres que pueden llegar a un grado increíble de unidad, aunque no sea física. Descubierta esa unidad, surge lo específicamente humano. Esta capacidad de salir de la individualidad e identificarme con Dios y con el otro, es lo que llamamos amor.

Este amor es consecuencia de un conocimiento, pero no racional. Es inútil que nos empeñemos en explicar por qué debemos amar a los demás. Este amor solo llegará después de haber experimentado la presencia en nosotros del Amor que es Dios. Lo mismo que llamamos vida a la fuerza que mantiene unidas a todas las células de un viviente, podemos llamar AMOR a la energía que mantiene unidos a todos los seres de la creación. Si descubro que la base de todo ser es lo divino, descubriré la “razón” del verdadero amor.

Todos los místicos de todas las religiones, de todos los tiempos, han llegado a la misma vivencia y nos hablan de la indecible felicidad de sentirse uno con el Todo y fuera del tiempo. Esa sensación de integración total es la máxima experiencia que puede tener un ser humano. Una vez llegado a ese estado, el ser humano no tiene nada que esperar. Fijaros hasta qué punto demostramos nuestro despiste, cuando seguimos llamando “buen cristiano” al que va a misa, confiesa y comulga, solo porque tiene asegurada la otra vida. Ser cristiano no es el objetivo último del hombre, solo un medio para llegar a amar.

No debo comerme el coco tratando de averiguar si amo a Dios. Lo que tengo que examinar es hasta qué punto estoy dispuesto a darme a los demás. Solo eso cuenta a la hora de la verdad. El amor teórico, el amor que no se manifiesta en obras y actitudes concretas, es una falacia. Ya lo decía Jn en su primera carta: Si alguno dice que ama a Dios, a quien no ve, y no ama a su prójimo, a quien ve, es un embustero y la verdad no está en él. Pero es imprescindible que nos examinemos bien. No debemos confundir amor con instinto. Si apartamos de nuestro amor a una sola persona todo lo demás es egoísmo.

Meditación

El amor planteado desde la razón no tiene sentido;
tampoco entendido como mandamiento y precepto.
Aprender a amar es la tarea más importante para el ser humano.
Ser más humano es ser capaz de amar más.
Lo que no te lleve a esa meta, será tarea inútil.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Del interior al exterior del alma.

Domingo, 4 de noviembre de 2018

escult-bronce-1“No importa que los sueños sean mentira, / ya que al cabo es verdad, / que es feliz el que soñando muere, / infeliz el que vive sin soñar” (Rosalía de Castro)

4 de noviembre. Domingo XXXI del TO

Mc 12, 28-34

Amarás al prójimo como a ti mismo

Escultura en bronce de Jean Louis Corby (París 1951), El vacío del alma. El vacío, como ya demostraron otros grandes escultores, por ejemplo, el Bruno Catalano (Marruecos 1960) tiene forma y cuenta historias. En el caso de Corby además, ese vacío trasciende porque trasciende e invita a emprender el camino de la búsqueda interior del ser. Una de las más apasionantes aventuras del ser humano: encontrase a sí mismo. El hombre busca en su interior y contempla el vacío que se pierde hacia el infinito.

Dice el Salmista en el Libro de los Salmos 14, 7: “Señor, ¿quién puede hospedarme en tu tienda? Un natural deseo de encontrar a Dios, pero con ansias de descubrir en Él el mundo de todo -y todos- los demás seres. Razón por la cual, a mi entender, el amarás al prójimo como a ti mismo del versículo 31 del Evangelio de Marcos, presupone el conocimiento de sí mismo. “Este es el primer principio de la psicología budista: Ve la nobleza y la belleza interior de todos los seres humanos”, escribe en La sabiduría del corazón, Jack Kornfield.

En su obra Semillas de esperanza, mensaje contemplativo de monje cisterciense Thomas Merton (1915-1968), se encuentra en esta misma dimensión: “Entonces fue como si de repente viese la belleza secreta de sus corazones que no puede ser alcanzada por el pecado, el deseo o el conocimiento de uno mismo, la esencia de nuestra realidad, la persona que cada uno es a los ojos de lo Divino. Ojalá pudieran todos verse como son en realidad. Ojalá pudiéramos vernos todos así todo el tiempo”.

Personalmente lo que más me importa es verme con los ojos del cuerpo, mirar a mi interior y descubrir mi camino, que lo defino en este mi poema titulado Las Tablas de Moisés:

“Vestí mi felicidad de largo, / blanca como el alba su túnica / y llena de verdades. / Lo des cubrí en Las Tablas de la Ley, / que Moisés rompió con ira / cuando bajó del Monte, / donde la zarza ardía. / ¿Por qué no se quedó Yahvéh / quemándose en la zarza? / ¡Demasiado divino, para mí!

En la primera Tabla, los de Dios, / -había sólo tres- / y en la segunda Tabla había siete, / los mandamientos del quehacer humano. Yo me pregunto: / ¿Por qué no fue aquella, la que rompió Moisés con tanta ira?

Entonces me sentí benevolente / y me volqué de amor en mis hermanos, siguiendo el sabio consejo del evangelista: / Amarás al prójimo como a ti mismo”

Rosalía de Castro dijo: “No importa que los sueños sean mentira, / ya que al cabo es verdad, / que es feliz el que soñando muere, / infeliz el que vive sin soñar”.

17. LA CATEDRAL TRANSFIGURADA

Alfarero del alma,
que bates las alas de tus manos en la pila
hasta tornar el barro
en figuras divinas.

Deseo en oración que a Dios se eleva,
sin fe de petición… ¡sólo deseo!

Anclada airosa sobre el suelo
-en plenitud de humanidad-
desmelenada al cielo.

(EN HIERRO Y EN PALABRAS.
Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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No estás lejos del Reino de Dios.

Domingo, 4 de noviembre de 2018

comandamento-amoreDomingo 4/11/18. XXXI TO. Mc 12, 28-34.

En otra ocasión, aquí en Feadulta, comenté la primera parte de este Evangelio. Entonces era la versión de Mt 22, 34-40. Su contenido, en síntesis, era: El amor a Dios y el amor al prójimo son un mismo y único amor y mandamiento. Dos en uno. No podemos amar a Dios a quien no vemos si no amamos al hermano a quien vemos. Hoy voy a centrar mi reflexión en la segunda parte del texto de Marcos. El levita acepta la respuesta de Jesús a su pregunta sobre el primer mandamiento: Muy bien, Maestro, tienes razón ….. Y ante la conclusión que saca el levita de que el amor a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios, Jesús, viendo que había respondido sensatamente (con Sabiduría), le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”.

En el texto conciso de Marcos se refleja con precisión la evolución de todo proceso de enseñanza-aprendizaje: A una pregunta interesada le sigue una respuesta documentada. Luego el aprendiz reconstruye y elabora lo enseñado y saca su conclusión. Por último, el maestro evalúa el resultado y ofrece retroalimentación acerca del trabajo ya realizado y abre la puerta a futuros aprendizajes. El escriba, que sabe mucho sabe también que le falta mucho por saber y quiere saber más. Por eso hace la pregunta necesaria ante tanto mandamiento ¿cuál es el primero, el más importante, el principal? Para él es una pregunta interesante. La respuesta que le da el Maestro es sabia y novedosa. Une dos fragmentos de la Ley, Deuteronomio y Levítico. Los une y sintetiza. No hay mandamiento (en singular) mayor que éstos (amor a Dios y al prójimo). Ha sido una buena enseñanza. Veamos cómo ha sido el aprendizaje. Al levita la respuesta le parece correcta, adecuada a lo que él ya sabía sin saberlo y, por su cuenta une la Ley y la religión: El amar vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Amar es más importante que cumplir. Esta respuesta sí que merece una Matrícula de Honor. Así lo reconoce el Maestro: No estás lejos del Reino de Dios. Evaluación positiva de lo aprendido y puerta abierta a nuevas búsquedas y aprendizajes. Lo que le queda por aprender al maestro de la Ley es qué sea el Reino de Dios. No lo dice Marcos. Suspende el relato para que nosotros lo continuemos. Pero el proceso de aprendizaje continúa aunque no quede constancia literal de ello. Seguro que el escriba siguió dándole vueltas al asunto en su cabeza. Y nosotros también vamos a hacerlo.

El que ama a Dios y al prójimo con todo su ser no está lejos del Reino de Dios. Pero, en positivo, estar cerca y entrar en el Reino de Dios y pertenecer a él y trabajar por él suena a que es un proceso que hay que seguir paso a paso. ¿Cómo? Vamos a partir de lo que ya sabemos: Dos principios y cinco conclusiones.

1.-Lo primero y más importante en la vida es amar. Si Dios es amor nosotros también. Somos amor como Dios es amor. Nuestro ser verdadero y profundo es amar. Es nuestra esencia y necesidad básica: Amar y ser amados. El amor es la fuerza que nos constituye como “humanos”. En la evolución de la especie humana, a más cerebro e inteligencia más humanidad, por socialización. Y esto antes de que nacieran las religiones. El cuidado del débil fue precoz en la evolución humana. La prueba está en los yacimientos de Atapuerca y el museo de la Evolución en Burgos. Según estos hallazgos, se puede comprobar que además de la inteligencia técnica para hacer herramientas, el hombre primitivo poseía una inteligencia social que le facilitaba la solidaridad con el más débil. Por tanto, en el diseño del perfil humano está el ser en relación con otros, ser para otros, abierto a los otros. Conclusión: A más cerebro más inteligencia técnica y social, más humanidad solidaria. Castillo: “El amor, la bondad, el afecto, la ayuda mutua, sin otro interés que aliviar el dolor o aumentar la felicidad de los demás seres humanos, esto es lo que nos humaniza, lo que nos hace más inteligentes”. Etty Hillesum: “El amor salva”.

2.-El Reinado de Dios en la tierra es una buena noticia para los hombres. Es el Evangelio que predicó Jesús de Nazaret. En la vida y mensaje de Jesús sabemos lo que Dios quiere para nosotros. Una vida más digna, sana y dichosa para todos es el sueño de  Dios para la humanidad (Pagola). Como dice el texto del canto que repetimos en la Litúrgia “tu reino es vida, tu reino es verdad; tu reino es justicia, tu reino es paz; tu reino es gracia, tu reino es amor; venga a nosotros tu reino, Señor”. A esto hay que añadir que el Reinado de Dios es: libertad, fraternidad e igualdad.

A partir de estos principios saquemos alguna de sus consecuencias o conclusiones:

1.- Relación entre amar, Reinado de Dios y logro de la plenitud humana. Entrar en el Reino de Dios es salvarse. Y trabajar por él es la plenitud humana. Entrar en el Reinado de Dios es cumplir el anhelo más profundo del ser humano: plenitud y felicidad. Estar cerca, entrar, pertenecer y trabajar en y por el Reinado de Dios.

2.- Reinado de Dios en la tierra es la misión que Jesús asumió en su vida y enseñó a sus discípulos a que lo imitaran. Jesús, en sus dichos y hechos, buscó la dignidad, humanidad, justicia, felicidad para todos los que le escuchaban. Quería liberarles de las esclavitudes que los deshumanizan y hacen sufrir.

3.- No puedo ser cristiano sin participar en el proyecto de Jesús de Nazaret. El proyecto de Jesús es el Reino de Dios. El mío también. Jesús nos invita a entrar en el Reino de Dios y su justicia, querer el bien del otro, desear y facilitar su felicidad, ser compasivos, sufrir con el que sufre y gozar con el que goza. Compasión y misericordia, comunión.

4.- El Reinado de Dios es un proceso coextensivo, en espacio y tiempo, con la humanidad. Mientras haya hombres sobre la tierra habrá que trabajar para que el mundo sea cada vez más habitable y humano para todos.

5.- Vivir para el Reinado de Dios da sentido a mi vida. Responde a la pregunta ¿Para qué estoy aquí? Jesús vivió para el Reino de Dios. Envió a sus discípulos a anunciar y propiciar el Reinado de Dios. Trabajar en y por el Reinado de Dios da sentido a la existencia. Da razones para levantarse cada mañana. Aunque exige renuncia y entrega merece la pena. Como siempre acabo diciendo Ponlo a prueba y si encuentras algo mejor cómpralo.

África de la Cruz Tomé

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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