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“Laudato si”… Cántico de Francisco de Asís, encíclica del Papa.

Miércoles, 17 de junio de 2015

canticosolEl próximo 18 se presentará oficialmente la nueva encíclica de Francisco, firmada el día de Pentecostés (24.5.2015) sobre la ecología y el cuidado de las creaturas (es decir, del mundo), como gesto religioso (de alabanza a Dios) y exigencia de justicia social (que todos los hombres y mujeres puedan compartir y gozar los dones de la tierra).

Como es lógico, los medios vaticanos han querido mantenerla en secreto hasta su presentación, pero Infovaticana ha filtrado el texto, que cualquier internauta encontrará en la red sin dificultad; no publico aquí el link por cortesía al Vaticano, pero adelanto la vinculación de le Encíclica con el Cántico de Francisco de Asís, cosa que por lo demás ya se sabía

Éste es el comienzo de la encíclica (en italiano):

1. Laudato si’, mi’ Signore, cantava san Francesco d’Assisi. In questo bel cantico ci ricordava che la nostra casa comune è anche come una sorella, con la quale condividiamo l’esistenza, e come una madre bella che ci accoglie tra le sue braccia: Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra matre Terra, la quale ne sustenta et governa, et produce diversi fructi con coloriti flori et herba.

Traducción:

((Loado seas, mi Señor”, cantaba San Francisco de Asís. En este bello canto nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la que compartimos la existencia, y como una bella madre, que nos acoge entre sus brazos: Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra que nos sustenta, la cual nos sustenta y gobierna, y ella produce diferentes frutos, con flores de colores y con hierbas”)).

Así comienza el Cántico de Francisco I (Asís) y la Encíclica de Francisco II (Papa). Comentaré el texto del Papa cuando se publique. Hoy presento y comento de nuevo el Cántico de Francisco de Asís, adaptando para ello unas páginas que publiqué en La oración cristiana (VD, Estella 2000; cf. blog el 13, 07, 10). Buen día a todos.

FRANCISCO DE ASÍS. EL CÁNTICO DE LAS CREATURAS

Estrofa 1: Introducción: Dios, el buen Señor

Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloría y el honor y toda bendición.
A ti solo, Altísimo, se pueden dirigir
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención.

Estas palabras encierran la más honda paradoja de toda la experiencia religiosa. Por un lado, el orante se levanta, eleva manos y mirada y tiende en movimiento irresistible hacia la altura de Dios que se desvela como Altísimo. Ciertamente, Dios es también omnipotente y buen Señor: es el poder que guía cuidadosamente la existencia de los hombres. Pero su atributo original, repetido por la estrofa, es Altísimo: elevado, grande, lleno de sentido. Ante ese Dios, en paradoja primigenia, el hombre siente la necesidad de la palabra y el silencio. Surge por un lado la palabra, en forma de alabanza, gloria, honor y bendición: la palabra desbordante del que ha visto la presencia de Dios y le responde con la voz gozosa, creadora, de su canto. Pero, al mismo tiempo, esa palabra conduce hacia el silencio: pues no hay hombre que pueda hacer de ti mención .

Este silencio, cuajado de deseos de alabanza, es primigenio en la experiencia religiosa y constituye el centro de eso que se suele llamar la teología negativa: conocemos aquello que no es Dios; a Dios mismo le ignoramos. Por eso guardamos silencio en su presencia, a fin de mirar siempre en más hondura. El hombre de la praxis y a veces también el de la estética parece que le tiene pavor a los silencios: debe hablar, llenarlo todo con sus voces, ahuyentar de esa manera el espejismo de su miedo. Pues bien, en contra de eso, Francisco nos invita primero al silencio. Por eso, en gesto de increíble respeto, no se atreve ni siquiera a dar a Dios el nombre de Padre: le ofrece su alabanza-gloria-honor-bendición y queda silencioso ante sus manos de Altísimo-omnipotente-buen-Señor.

Estrofa 2: Hermano sol, hermana luna

Loado seas con toda creatura, mi Señor,
y en especial loado por mosén hermano sol,
el cual es día y por el cual nos iluminas;
él es bello y radiante, con gran esplendor,
y lleva la noticia de ti, que eres Altísimo.
Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas;
en el cielo las formaste luminosas, preciosas y bellas.

El silencio ante Dios se vuelve alabanza por las creaturas. De esa forma, la teología negativa se convierte en la más positiva y expresa de todas las teologías. Para alabar a Dios, en la línea del AT, pero sostenido ya por Cristo, el orante va nombrando y descubriendo cada una de las cosas que aparecen primero condensadas en su propia condición de creaturas: no son Dios, pero reflejan su misterio, como revelación pascual del Altísimo presente en todo el mundo.

En el principio de ese todo, formando la pareja primigenia y sustentante de este cosmos, visto en perspectiva humana, están hermano-sol y hermana-luna, con su séquito de estrellas. Son hermanos del orante, pertenecen a su misma condición de creatura. Este parentesco del hombre con el cosmos no es producto de especulación intelectual, no es signo de algún tipo de panteísmo físico. Es consecuencia de la misma creación, pues como dice Gn 1, Dios nos hizo a todos con su misma palabra y con su espíritu de vida. Esta es una fraternidad gloriosa que vincula nuestra vida a los poderes más altos del cosmos (sol, luna-estrellas). Pero es también fraternidad humilde que confirma nuestra condición de creaturas de Dios sobre la tierra.

El canto nos hace hermanos del sol que nos alumbra en su belleza. El sol es día y nosotros somos día: formamos parte de su luz, en gesto de belleza luminosa. Por eso, porque estamos en el día, recibimos por el sol noticia del Altísimo. En actitud de gozo conmovido, Francisco ha personificado al sol, llamándole “messor lo fratre sole”, que hemos traducido por “mosén hermano sol”. Es como hermano mayor, signo del Padre Dios, que, unido con la hermana madre tierra de la última estrofa cósmica del himno, constituye el espacio de totalidad (amor y bodas) en que Dios ha querido sustentarnos.

Al mismo tiempo somos hermanos de la luna que, simbólicamente, aparece en su rostro femenino, presidiendo el orden de la noche. Nuestra vida es también noche junto al día; es tiniebla y mutación frente al claror y permanencia de la luz. Con gran profundidad, Francisco nos enseña a mirar en la noche, descubriendo en ella un signo de la propia realidad humana: somos cambiantes como la luna, amenazados por la muerte que llevamos dentro; moramos en el centro de una oscuridad donde las cosas pierden sus contornos y se difuminan, de manera que sólo podemos caminar si mantenemos la vista en las estrellas.

Esta segunda estrofa del canto nos enseña a descubrir de nuevo el ritmo del día y de la noche, que muchos de nosotros hemos olvidado entre las prisas y tareas de una sociedad tecnificada. La naturaleza superior, simbolizada por la dualidad de sol y luna-estrellas, nos permite asumir los dos aspectos de nuestra propia realidad luminosa y oscura, cambiante y eterna.

Estrofa 3. Hermano viento, hermana agua

Loado seas, mi Señor, por el hermano viento,
y por el aire y el nublado, el sereno y todo tiempo,
por el cual a tus crea turas das sustentamiento.
Loado seas, mi Señor, por la hermana agua,
Que es muy útil y humilde, preciosa y casta.

Después del símbolo celeste, que aparece como guía de toda creatura, Francisco, orante del cosmos, debe cantar a Dios por los cuatro elementos primeros que, conforme a una tradición antigua casi universal, forman la esencia de este mundo sublunar. Estos elementos aparecen también personificados, de dos en dos, formando parejas de unidad fecunda, esponsal y fraterna. Así, el aire-viento es masculino, el agua femenina, con todo el valor simbólico que ello presupone.

El viento se presenta como hermano fecundante: es el aire que nosotros respiramos y respiran todos los vivientes. Es claro que Francisco, según la tradición cristiana, ha interpretado el viento en perspectiva de Espíritu Santo: es aire de Dios que fecunda las aguas del caos primero (Gn 1, 2); aire que eleva y da vida a los huesos que estaban ya muertos (Ez 37); espíritu, aliento que vuelve sagrado el bautismo. Pero, quedando eso bien firme, Francisco busca un simbolismo todavía más extenso: el aire es el sustento de la vida para todas las plantas y animales.

Siguiendo en esa línea, Francisco ha destacado el carácter movedizo, voluble, cambiante, de los signos meteorológicos: bendice a Dios por el “nublado, sereno y todo tiempo”. El nublado es señal de destrucción, tormenta en el verano. El sereno es calma, sol radiante que enriquece con su luz los campos. Cambiante como el aire es la vida del hombre, por eso bendecimos a Dios “por todo tiempo”: sabiendo descubrirle en los momentos de bonanza y en el mismo terror de la tormenta.

Hermana del viento es el agua. El viento la lleva en sus nubes y luego la deja caer, de manera que empape y fecunde la tierra. Sin embargo, Francisco no quiere mostrar las acciones del agua, la deja en silencio, a fin de evocar de manera central su sentido y mostrar su presencia: es “útil y humilde, preciosa y casta”. Es evidente que, en esta evocación, influyen los aspectos femeninos de la vida que Francisco ha descubierto en Clara (mujer) y en el agua, la hermana universal de los vivientes. El agua es humilde-casta: es límpida, gozosa transparente. Pero, al mismo tiempo, es útil-preciosa: como signo de la gracia de Dios (de su bautismo) en la vida de los hombres.

Esto es oración: descubrimiento del misterio de Dios en los signos del aire y el agua. Son los signos I del bautismo que la tradición cristiana ha destacado desde el mismo comienzo de la iglesia: si no naces del agua y el espíritu (=del viento), no puedes heredar el reino de los cielos (cf. Jn 3, 5). Agua y viento unidos son para Francisco signo de la nueva vida del creyente. Por eso, orar es descubrirse realizado,’ como vida que renace en Cristo.

Estrofa 4: Hermano fuego, hermana tierra

Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche;
él es bello y alegre, robusto y fuerte.
Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana madre tierra
que nos sustenta y nos gobierna;
ella produce diferentes frutos, con flores de colores y con hierbas.

Con esta pareja termina el canto de la creación. Están unidos fuego y tierra. El fuego, masculino, alegre-fuerte, que aparece como signo del sol entre los hombres. Y la tierra, femenina, que dirige la existencia como signo de maternidad de Dios en el principio y fin de nuestra historia. El fuego es la luz que se mantiene y vigoriza destruyendo, transformando a su paso la existencia de las cosas. Por eso es cambio permanente: es el poder de la alegría y la belleza que sólo se despliega consumando y consumiendo lo que existe.

Resulta significativo que Francisco se sienta unido al fuego, llamándole “fuerte y robusto”. Se trata, evidentemente, del fuego de una vida que se consume en favor de los demás, conforme al Dios de Jesucristo. Muchas veces, seducidos por un ideal de quietud como signo de poder y permanencia, hemos interpretado la vida a partir de aquellos seres que perduran siempre idénticos, sin cambio: metal, roca, montaña. Pues bien, en contra de eso, Francisco nos conduce hasta el hermano fuego, que es signo del sol, signo de Cristo que muere y resucita. Así también la vida es para todos nosotros un camino de pascua que se expresa y alimenta en la señal del fuego masculino y fuerte, alegre y bello, de la entrega de sí mismo.

Finalmente está la tierra donde viene a descansar todo el camino precedente. Es la tierra femenina que recibe la luz-calor del sol, la fuerza y robustez del fuego, y de esa forma puede presentarse como madre de todos los vivientes. Su maternidad se entiende aquí en clave de origen y de ley: ella nos sostiene (sustenta) y nos dirige, gobernando nuestra vida. Ciertamente, la tierra es útil: produce las hierbas y los frutos. Pero, al mismo tiempo, se presenta como hermosa en el despliegue de colores de las flores.

A través de este canto, Francisco nos quiere arraigar en la tierra. El orgullo del hombre pretende borrar este origen, negando así la propia condición de creaturas terrenas, limitadas. En contra de
eso, Francisco nos sitúa nuevamente sobre el surco de la madre tierra: en ella hemos nacido y allí estamos, como hermanos del sol y las estrellas, como familiares del viento y de las aguas.

Somos ciertamente fuego y tierra, luz y oscuridad; llevamos la gloria de Dios en unos vasos frágiles de barro que se quiebran. Por eso es necesaria la humildad, que es el realismo del agua y de la tierra, como dicen las palabras finales de este canto: “Load y bendecid a mi Señor, y dadle gracias y servidle con gran humildad”. Son palabras que recuerdan nuestra condición: somos polvo, pero polvo del que Dios se ha enamorado por su Cristo; por eso le podemos cantar, le hemos cantado con las voces de las creaturas.

5. Estrofas añadidas:

En un momento posterior, movido por la misma lógica de su canto, Francisco ha añadido a las estrofas anteriores unas nuevas estrofas de carácter diferente que alaban a Dios por el perdón y sufrimiento de los hombres y por el gran misterio de la muerte. De esta forma, su oración se inscribe en la misma lógica del Padrenuestro que, sobre las peticiones de tipo más teológico (que tratan de santidad, reino y voluntad de Dios), añade unas peticiones de carácter más mundano en las que se ruega por el pan, perdón y libertad (ligada al trance de la muerte).

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.

Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará
en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad..

.

Significativamente, Francisco no ha pedido por el pan. Pudiera parecer que su alabanza sobrevuela por encima de los problemas económicos. Pues bien, eso no es cierto. Francisco ha trabajado y quiere que también trabajen sus hermanos menores, compartiendo sus bienes con los pobres. Pero, superando el plano del trabajo, ha interpretado el mundo como espacio de fraternidad y de alabanza: por eso ha mirado hacia las cosas, descubriendo en ellas la hermosura de Dios; por eso las admira, como mensajeras de fraternidad y de esperanza.

Francisco no ha pedido por el pan, porque ha sabido convertir las cosas de este mundo en pan de fraternidad y alabanza en un camino que conduce al reino. Por eso se ha fijado de una forma especial en el perdón: bendice a Dios por aquellos que perdonan, convirtiendo así la tierra en campo de encuentro fraterno, lugar donde se pueden compartir todas las cosas: posesiones y trabajos, gozos y dolores. De esa forma indica que la luz de Dios y su belleza sólo pueden desvelarse entre las cosas allí donde los hombres saben cultivar la gratuidad, el amor fraterno, la alabanza.

Resulta así patente que Francisco no ha compuesto el canto de las creaturas de una forma ingenua, en una especie de entusiasmo infantil, alejado de la lucha y problemas de la tierra. Es todo lo contrario. Francisco ha conocido y ha sufrido los conflictos más fuertes de su tiempo: la codicia de los nuevos comerciantes y burgueses que destruyen la hermandad entre los hombres; la violencia de una guerra en que se enfrentan, por dineros, intereses e ideales falsos, las ciudades y los grupos sociales de su tiempo. Fue a la guerra, en ella fue cautivo. Vivió y sufrió el afán de las riquezas. Pero un día, al encontrar a Cristo, supo que debía abandonarlo todo: poder, prestigio, posesiones. De esa forma, en libertad muy honda, con aquellos hermanos que Dios quiso concederle en el camino, descubrió el misterio y la belleza de Dios entre las cosas.

Francisco supo que los hombres eran sus hermanos. Por eso pudo extender palabra y experiencia de fraternidad hacia el conjunto de las creaturas: sol y luz, viento y agua, fuego y tierra. Esta ha sido la fraternidad de la belleza que sólo puede contemplarse con los ojos de Dios, más allá de los trabajos e ideales de la tierra, en actitud orante, esto es, perfectamente humana.

(Texto original italiano: Dialecto umbro:

Altissimu, onipotente bon Signore,
Tue so’ le laude, la gloria e l’honore et onne benedictione.
Ad Te solo, Altissimo, se konfano,
et nullu homo ène dignu te mentovare.

Laudato sie, mi’ Signore cum tucte le Tue creature,
spetialmente messor lo frate Sole,
lo qual è iorno, et allumeni noi per lui.
Et ellu è bellu e radiante cum grande splendore:
de Te, Altissimo, porta significatione.

Laudato si’, mi Signore, per sora Luna e le stelle:
in celu l’ài formate clarite et pretiose et belle.
Laudato si’, mi’ Signore, per frate Vento
et per aere et nubilo et sereno et onne tempo,
per lo quale, a le Tue creature dài sustentamento.
Laudato si’, mi’ Signore, per sor Aqua,
la quale è multo utile et humile et pretiosa et casta.

Laudato si’, mi Signore, per frate Focu,
per lo quale ennallumini la nocte:
ed ello è bello et iocundo et robustoso et forte.
Laudato si’, mi’ Signore, per sora nostra matre Terra,
la quale ne sustenta et governa,
et produce diversi fructi con coloriti flori et herba.

Laudato si’, mi Signore, per quelli che perdonano per lo Tuo amore
et sostengono infirmitate et tribulatione.
Beati quelli ke ‘l sosterranno in pace,
ka da Te, Altissimo, sirano incoronati.

Laudato si’ mi Signore, per sora nostra Morte corporale,
da la quale nullu homo vivente po’ skappare:
guai a quelli ke morrano ne le peccata mortali;
beati quelli ke trovarà ne le Tue sanctissime voluntati,
ka la morte secunda no ‘l farrà male.
Laudate et benedicete mi Signore et rengratiate
e serviateli cum grande humilitate…

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