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Dom 5. X. 14. Os quitarán el reino ¿Quién lo hará, y a quiénes se lo quitará?

Domingo, 5 de octubre de 2014

15427_St_Michael_defeats_the_Devil_fDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 27, tiempo ordinario, ciclo A. Mt 21, 33-43.La parábola de los renteros homicidas, que Mateo ha tomado de Mc 12, 1-12,es una de las más significativas del Nuevo Testamento, una durísima narración que entiende la historia actual como lucha a muerte por la herencia… anunciando su fin (os quitarán el reino) y prometiendo la llegada de un pueblo nuevo, que dará frutos de humanidad.

Tiene muchos elementos, que iré desarrollando en lo que sigue, pero quiero empezar insistiendo en la amenaza de Jesús, que proclama el fin de la gente asesina: ¿De quienes?

— ¿Del mundo rico en su conjunto…? ¿De los falsos cristianos?
— ¿De los poderosos y los ricos, como supone el Magnificat?

¿Quién les/nos quitará el Reino?

— ¿El arcángel Miguel, como en la foto?
— ¿La misma dinámica de la historia?
— ¿Un nuevo y más hondo tipo de revolución?

–Se quitaré al reino a los que viven de matar a otros, terminará por tanto este sistema político-social y religioso fundado en la muerte.
— Surgirá un pueblo nuevo, que recibirá y compartirá la herencia de la vida, en la línea de Jesús.

Los dueños actuales del mundo (llamados aquí «sacerdotes y senadores», poder religioso y civil: Mt 21, 23), han querido apoderarse de la “herencia” de la vida, matando para ello al Hijo (es decir, a los seres humanos, en especial, a los pobres). Son los poderes ideológicos y militares, económicos y políticos, que viven a costa de la muerte.

El tema no necesita mucho comentario, en tiempos de dura recesión, como la nuestra, cuando cada mueren más de 40.000 hijos de Dios por hambre, por la codicia (el deseo de herencia) de otros, que engordan (como decía Amós) con la muerte de los pobres. Pero la parábola sabe y amenaza: “se les quitará el Reino y se dará a otro pueblo que reparta (comparta) los frutos”. Eso significa que este mundo (este mal “orden” actual) tiene los días contados.

Ésta es una palabra de juicio y condena contra aquellos que defienden para sí, matando, la herencia de todos (y en esepcial de los pobres). Pero es también una palabra de esperanza para los asesinados y explotados de la actualidad, porque “Dios” quitará el Reino a los asesinos y se lo dará a ellos. Hondo es el mensaje de este día. Leamos, sintamos, temamos, gocemos.

(El tema de la parábola es en el fondo el mismo del Magnificat de María, representado en la imagen final de Maximino Cerezo, a quien agradezco su gentileza de cedérmela)

Mateo 21, 33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo: “Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: “Tendrán respeto a mi hijo.”

Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?”
(a) Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.”
(b) Y Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?
(c) por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.”

Una viña al servicio de los hombres

Esta parábola se encuentra entrelazada con la vida-muerte de Jesús y ha crecido con ella, hasta tomar la forma actual. Es una gran metáfora: no quiere ofrecer informaciones neutrales sino hacemos penetrar en el sentido de la muerte de Jesús, utilizando para algunos elementos simbólicos bien conocidos del Antiguo Testamento: Un hombre plantó una viña, la rodeó con un cercado… (Mc 21, 33). Es clara la referencia al canto de Is 5, 1-7 y puede haber una alusión a Gen 2-3: Dios ha puesto a los hombres en el jardín del Edén, que aparece así como una viña, para que la cultiven y consigan frutos.

Ésta es una parábola dirigida a los “dueños” que eran en tiempos de Jesús los sacerdotes y senadores del pueblo, los dueños que son siempre los ricos (los jefes del judaísmo del tiempo de Jesús, los reyes y señores…), aquellos que engordan matando, aquellos que viven comiendo la herencia de los otros, es decir, de todos.

Es una parábola que les recuerda (y nos recuerda) que no son (no somos) “dueños” de su riqueza (del reino, del sacerdocio, del rabinato, de la economía). No son dueños, sino administradores al servicio de la “empresa” de Dios, cuyos beneficiarios son los pobres, los necesitados.

El drama. Unos asesinos. Matar para conseguir la herencia

La parábola cuenta la historia de unos “viñadores” (administradores, renteros) que se creen dueños absolutos de su finca/viña (de su negocio, dinero), que lo cultivan todo al servicio de sus intereses y que “matan” a los enviados del dueño. Éste es el tema de la historia humana, la gran tragedia: administradores de unos bienes que no son suyos (los han recibido como préstamo, al servicio de todos), los renteros quieren hacer “propietarios”, dueños de una “propiedad privada”, para sí mismo, para el crecimiento de sus intereses. Por eso, lógicamente, para que la viña produzca y produzca, para ellos, tienen que matar a los enviados y criados del dueño (es decir, a los más pobres).

La parábola supone que el dueño (Dios, el amo/amigo de los pobres) ha enviado a sus servidores para que recuerden los viñadores que no son dueños absolutos, que no pueden hacer lo que se les antoja con su finca (con su dinero, con su vino, con su imperio…); que ellos son renteros y que, por tanto, deben administrar su tierra y bienes al servicio de las prioridades de del dueño (de Dios), que son los pobres y los necesitados.

Tenía el dueño un hijo querido, todos los asesinados…

Es muy normal que los oyentes de la parábola se hayan puesto a cavilar. ¿Por qué no ha mandado el amo (Dios) a sus soldados (marines o legionarios) para proteger a sus siervos, para defender sus intereses? ¿Cómo los deja morir, uno tras otro, en manos de los renteros violentos? ¿Por no ha tomado medidas ese amo…?

Pero vengamos a la parábola. La solución normal de casi todos los relatos de este tipo suele ser la de anunciar un nuevo intento (¡un tercer intento!) ya eficaz, para lograr la justicia. El amo (Dios) tendrá que mandar un siervo más fuerte que todos los anteriores, dotado de grandes poderes, para conseguir lo pretendido. Tendrá que mandar al ejército con los recaudadores…

Pero, de pronto, cuando esperamos los cañones, descubrimos que la parábola toma un camino distinto. El amo (Dios) no responde con violencia a los violentos, sino con una mayor «debilidad de amor», con un nuevo y más profundo intento en línea de no violencia

Por último les mandó a su hijo, diciéndose:
Tendrán respeto a mi hijo.” (Mt 21, 37)

Esta era la última oportunidad, tanto para el dueño como para los arrendatarios. Era la última oportunidad y así vemos cómo cambia el mismo lenguaje del evangelista: mientras los arrendatarios han ido creciendo en violencia, el amo crece en ternura e impotencia, de tal forma que al final manda a la viña a su propio hijo querido (ui`o.n avgaphto,n), sin armas ni poderes legales.

El dueño responde de esa manera a la violencia del sistema (arrendatarios) con la suprema no-violencia del amor, dando a los renteros lo más grande que tiene: su propiohijo. De esa forma, el texto nos sitúa ante uno de los temas centrales de la tradición israelita:

– evoca la historia de Isaac, a quien su padre debía sacrificar,
– pero también remite a la figura del rey mesiánico de 2 Sam 7, 14 y Sal 2, 7
– y, sobre todo, al destino del siervo «elegido» de Is 42, 1 y del asesinado de Sab 2, 13-18.

Es como si el final de la historia de Israel hubiera quedado pendiente y tuviera que definirse ahora. El amo pide las “rentas” con amor, sin armas. ¿Qué harán los renteros? ¿Cómo responderá el amo ante lo que ellos hagan?.

El asesinato. Una pregunta abierta

Es posible que en un primer momento, la parábola hubiera terminado aquí, con estas preguntas, dejando la respuesta y solución en manos de los oyentes/actores (como sucedía en Lc 15, 32, donde ignoramos si el hermano mayor acogerá o rechazará al pródigo que ha vuelto). Entendida así, esta parábola más breve (Mt 21, 33-37) tendría pleno sentido y podría interpretarse como una expresión narrativa y simbólica de la trama de Jesús: la historia sigue abierta, el hijo viene, el desenlace pertenece a los actores (los renteros y Jesús), pues ellos son quienes deben escribir este pasaje y terminar este relato con su vida o con su muerte. Son ellos los que deben concretar el sentido de la trama, de manera que sepamos sin los renteros seguirán siendo renteros envidiosos o descubrirán que ellos son hijos con el Hijo querido del Amo.

Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: “Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.” Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?” (Mt 21, 39-40)

El tema es la Herencia (heê kleronomia), es decir, la adquisición de la viña, que hasta ahora parecía arrendada y que los renteros quieren conquistar por la fuerza, para hacerla propia, matando para ello al Heredero (ho kleronomos). Quizá ha sido Jesús quien ha formulado ese final, diciendo que los renteros mataron al hijo querido, anticipando aquello que podría sucederle… Quizá ha sido la misma comunidad cristiana la que ha formulado este final, indicando que los “dueños” (los que se han creídos dueños de la “finca” de Jerusalén) han matado al Hijo Querido.

Los tres protagonistas

Sea quien fuere el que la ha formulado así, la parábola supone que este asesinato ha llegado hasta el mismo corazón de Dios, pues los renteros (hombres de ley impositiva) han matado a su «hijo querido» (signo de gracia). Desde este fondo podemos descubrir ya que el verdadero señor de la parábola no era un arrendador codicioso, sino un Dios de gracia, pues ha entregado a su mismo Hijo en manos de los hombres. En este figura del Hijo y en la trama de muerte (y de gracia) pueden vincularse todas las diversas historias que hemos venido contando en este libro, pues ellas desembocan en este gran meta-relato del Hijo asesinado.

(1) Por un lado están los renteros, que se sitúan en el plano de la ley y actúan con violencia, para apoderarse de la viña y volverse propietarios violentos de todo lo que existe.

(2) Por otro lado se revela dueño querido (el Dios de gracia) que envía a su Hijo desarmado, para que los hombres comprendan que no son arrendatarios de un Señor celoso, sino amigos del dueño de la viña.

(3) Finalmente está el Hijo querido, que se deja matar, después de haber mostrado con su misma venida y filiación amorosa el amor del Padre (que es el dueño de la viña).

Entendida así, está parábola revela el mecanismo central de la historia, mostrando las dos caras de la realidad

(1) Sabe, por un lado, que este mundo se edifica sobre cimientos de envidia y deseo posesivo, de violencia y muerte. Los renteros tienen envidia de Dios y precisamente por eso son renteros. No quieren compartir lo que son, ni lo que tienen y para defenderlo están dispuestos a matar al mismo Dios.

(2) Pero la parábola sabe, al mismo tiempo, que hay algo más grande que la envidia y violencia de los renteros: el sentido de la muerte del Hijo (el sentido de la muerte de los asesinados) y la respuesta de Dios, es decir, del amor «¿Qué hará el amo de la viña?».

Las tres respuestas.

El texto introduce tres respuestas, que son distintas, aunque pueden vincularse.

(a) Le contestaron: “Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.”

(b) Y Jesús les dice: “¿No habéis leído nunca en la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?

(c) por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.”.

La primera respuesta (a) es de la gente que escucha (es la respuesta normal de la dura historia humana, en línea de violencia). La segunda respuesta (b) es de Jesús, una respuesta de gracia: Dios ofrecerá vida allí donde los violentos han matado a su Hijo. La tercera (c) se pone en boca de una persona que habla en nombre de Jesús, pero que indudablemente es un profeta posterior de la Iglesia, que toma el nombre y la autoridad de Jesús para condenar a los asesinos del Cristo.

1. Primera respuesta. La gente responde en clave de talión. «Vendrá el amo, matará a los viñadores y dará la viña a otros». El texto (Mt 21, 40-41) siente la dificultad de poner esa palabra en boca de Jesús y deja que sean algunos oyentes los que respondan así, condenándose a sí mismos al hacerlo (quizá sin saberlo). Los que responden así siguen entendiendo la parábola en clave de violencia y piensan que Dios tiene que actuar por ley, condenando por ella a los asesinos. En esa línea se sitúa la justicia punitiva del mundo, que sigue condenando a los hombres bajo el dictado de una ley de violencia infinita, porque supone que Dios es violento y, tras un tiempo de paciencia, en que ha dejado que los hombres asesinen y maten a los justos, vendrá a manifestarse en forma de vengador incontenible, como suponen muchos apocalípticos y una de las lecturas posibles del libro de la Sabiduría.

2. La respuesta de Jesús, se sitúa en línea de gracia escatológica. Cambia el tono del discurso, el narrador aparece en primera persona y aduce un pasaje misterioso de la Escritura, abriendo un sentido distinto a toda la historia precedente: «La piedra que rechazaron los arquitectos se ha convertido en piedra angular, ha sido Dios quien lo ha hecho y es algo admirable a nuestros ojos» (Mc 12, 10-11, con cita de Sal 118, 22-23). Dios no es violento, no construye con métodos de talión, respondiendo a la violencia de los renteros con una violencia más alta, sino que se manifiesta en su verdad más honda, como gracia. Este es el Dios que construye en amor el edificio de la historia humana, respondiendo con su gracia a la violencia y ley del mundo. De esa forma el mismo Jesús, asesinado y expulsado de la viña aparece como pieza esencial de la nueva construcción. Frente a los que matan o expulsan viene a revelarse el Dios que construye por Jesús el edificio de la gran familia humana, a partir de los asesinados y expulsados.

3. La tercera respuesta es una profecía apocalíptica que parece muy dura, pero que puede se consoladora: “se os quitará el reino y se dará a un pueblo que comparte los bienes…”. Ésta es una palabra durísima, que tiene dos partes.

(a) Se os quitará el Reino… Se supone que Dios “quitará el Reino, quitará el poder a los que lo han tenido hasta ahora”, pues han mandado matando a los inocentes…¿A quiénes tendrá que quitar el poder, a qué reyes, a qué administradores, a qué sacerdotes).

(b) Y se le dará a un “pueblo” que produce sus frutos, en amor, que los comparte. ¿Dónde está ese nuevo pueblo que produce, reparte, comparte en gratuidad, para todos…?

¿Quiénes son esos nuevos gobernantes-administradores-sacerdotes al servicio de los pobres, de los “hijos, en amor? ¿Los emperadores romanos ya convertidos al cristianismo, como Constantino? ¿Los reyes cristianos de occidente, como Enrique VIII protector de la fe o Felipe II, rey cristianísimo? ¿dónde están esos nuevos administradores del Reino de Dios, que es el reino de los pobres: son los revolucionarios del terror en París el 1794? ¿son los bolcheviques del 1918? ¿Son…? ¿O esa palabra de Jesús no se puede cumplir en esta tierra, pues nadie puede administrar dineros de verdad para los pobres?

Una reflexión básica sobre Dios y sobre los renteros

Esta es la historia que Jesús ha contado en el momento culminante de su controversia, introduciéndose en ella, para definir de esa manera las diversas perspectiva de la historia humana. Precisamente aquí, ante la vida de Jesús, pueden definirse los caminos de la vida humana y trazarse las diversas antropología. Jesús ha entrado en Jerusalén, ha realizado su signo en el templo y de esa forma ha suscitado una fuerte disputa de familia que puede resolverse de dos formas, que reflejan las dos primeras respuestas del texto:

Primera respuesta. Matar a los asesinos. La lógica de este mundo es lógica de muerte.

Aquellos que han matado a los siervos del amo, aquello que han matado al Hijo (los que han matado a otros) deben morir. Así responden de un modo directo los oyentes de la historia. No hay más ley que el talión: quien a otro mata ha de morir… Matemos pues a todos los asesinos, con sus cómplices… Empecemos matando a los asesinos directos, sigamos matando a los instigadores, continuemos con los que sostienen o apoyan este sistema de muerte (a los dueños de una economía que se eleva sobre la muerte de 50.000 personas al día, por hambre, mientras sobran recursos…). ¡Matemos, matemos¡ ¿Qué quedaría, quien quedaría?

Esta respuesta (hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos…) no es de Jesús, no es la respuesta cristiana, pues la experiencia pascual ha mostrado precisamente lo contrario: Dios no ha querido matar a los asesinos de su Hijo, sino al revés: les ha ofrecido la gracia del perdón a través de ese mismo Hijo. El talión pertenece a los renteros, que quieren aplicárselo por ley al mismo Dios, como si Dios fuera un poder legal trascendente que termina haciéndonos a todos esclavos de su ley. Conforme al talión la vida humana sería un proceso de delito y castigo sin fin, un talión infinito de violencia.

Segunda respuesta. La lógica de Jesús

Jesús afirma que Dios ha querido edificar y ha edificado un mundo nuevo sobre bases y cimientos de gratuidad amorosa, estando incluso dispuesto a dejar que maten a su Hijo querido, para expresar de esa manera su Vida más honda, que es amor gratuito. Por eso, en contra de las leyes del talión, el verdadero Dios no puede matar a los asesinos, sino que les ofrece la gracia y vida de su Hijo, para que asuman el camino de la gracia y se introduzcan en la nueva edificación.

Los renteros, hombres de ley, pretendían construir su humanidad (tomar la viña) asesinando al hijo querido, es decir, negando la gracia. Solo así, por ley violenta, ellos pueden asegurar su edificio de ley… sólo se pueden elevar matando a otros.. y suscitando así una nueva violencia, una guerra sin fin, por la propiedad de la viña. Pero Jesús no quiere responder matando, sino ofreciendo su vida como “piedra de base” para un nuevo edificio en el que quepan todos, sin tener que matar a los pobres, desde los más pobres…

Tercera respuesta. Un cambio del sistema (cambio de los dirigentes del reino)

Para que surja el nuevo edificio (la nueva humanidad del perdón) es necesario un tipo nuevo de vida, como el de Jesús, que condena el sistema injusto y que ofrece su vida, su cuerpo, como piedra de base para un edificio de amor en el que quepan todos. De esa manera, Jesús quiere presentarse como testigo del Dios de la gracia, de manera que está dispuesto incluso a morir para que triunfe gratuitamente la gracia.

Desde ese fondo se entiende la tercera respuesta (por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos) marca un camino sorprendente de esperanza.. No habla de castigo (¡no se mata a los malvados!), ni de venganza (¡se destruirá a los asesinos!), sino del surgimiento de un nuevo orden y camino de Reino, algo que es bueno para todos.

a) Lo mejor que les puede pasar a los “dueños actuales del sistema” (dueños políticos, dueños económicos…) es que les quiten el reino. Lo mejor que les puede pasar a los gobernantes actuales (que gobiernan sobre la sangre de los profetas y pobres) es que les derriben de sus tronos (¡magnificat!).

Es lo mejor, porque sólo “si se les quita el reino”, en su forma actual, podrán ser personas, aprender a vivir en gratuidad. Lo mejor que le puede pasar a un jefe de gran empresa actual, de gran corporación actual, de gran reino actual… es que le quiten el poder, que le dejen la calle, en la pura calle, para que deje de matar (o a vivir de la muerte de los otros) y para que aprenda a ser persona.

b) El Reino se les dará a otros que den sus frutos, que los compartan en gratuidad… ¿Esto es una promesa o una utopía? ¿Se podrá crear un orden que ya no esté fundado sobre la muerte de los pobres, una economía que se edifique sobre la miseria y el asesinato de los “hijos” de Dios? El evangelio supone que sí. La parábola no habla de matar (o quitar el reino) a unos “malos judíos especiales”, sino a todos los que viven de la muerte de los otros (sean judíos o griegos, hombres o mujeres, como dirá Gal 3, 28).


Una respuesta consoladora, exigente

Aquí no se dice que Dios matará a los Judíos “asesinos”, como algunos han dicho al leer esta parábola; aquí no se habla de matar ni a “judíos” ni a “gentiles”, sino sólo de “quitar el Reino”… y esa es una buena noticia.

(1) No se habla de los judíos como pueblo sino de aquellos “renteros” (cristianos o judíos, musulmanes o ateos…) que son capaces de matar a otros para asegurar su propia esencia. ¿Qué se les puede hacer a esos? ¡Sólo una cosa: quitarles la autoridad, quitarles el Reino!.

(2) ¿Se dejarán quitar el reino, abdicarán en paz…? Imaginemos a todos los magnates actuales el poder, del ejercito y de las finanzas… De ellos (y de otros bandidos del mundo, del tipo que fueren) depende la muerte de muchos… ¿Quién hará que abdiquen, que empiecen, que empecemos todos, un camino de reino al servicio de la vida?

(3) Esa promesa de Jesús (se os quitará el reino y se dará a un pueblo que produce frutos….) nos sitúa ante la utopía de una autoridad o poder que no mata para defenderse, sino que “produce frutos”, es decir, que anima, alimenta y promueve la vida de los otros. Los frutos de la viña son para todos; los que tengan la viña a su cargo tendrán que procurar que los frutos sean para sus dueños (para los pobres) y no matar a los herederos.

(4) La parábola nos sitúa por tanto ante la sorpresa de un “cambio”: será posible que la autoridad la tengan una personas (judíos, cristianos, ateos…) que en vez de matar para quedarse con los frutos sean capaces de repartir gratuitamente los frutos.

Conclusión

Hemos dejado muchas otras cosas de la parábola en el aire… (a) La referencia a Jesús. Esta parábola está contada en el contexto de la vida de Jesús… como una parábola abierta, cuyo fin lo tendrá que dar la misma historia (¿matarán a Jesús?). (b) la referencia concreta a Israel y a sus autoridad… En el fondo está la esperanza de surgimiento de un Israel distinto…

Pero con lo dicho basta. Está es una parábola que quiere superar el talión, situándonos ante la gracia del Dios que construye el reino sobre los rechazados y asesinados (sobre las víctimas de la historia se puede edificar una casa/templo/viña que sea lugar de vida para todos). Es una parábola que nos sitúa ante la utopía de un cambio histórico: No queremos matar a los “asesinos”, pero Jesús nos ha prometido que ellos no tendrán el reino, que no podrán seguir matando. Nos ha prometido que el Reino podrán tenerlo aquellos que dan frutos, es decir, los que acogen a los pobres, los que aman.

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