Jesús y el sexo.
Jesús en su paso por esta tierra fue en todo semejante a los seres humanos, excepto en el pecado. En todo. No hay cosa humana, no hay cosa terrena que Jesús no experimentara en su vida, a excepción, por supuesto, del pecado. El pecado es por definición lo que contradice a Dios y Dios no puede ir contra sí mismo. La Escritura no dice: “Jesús fue igual en todo excepto por el sexo”, sino dice “el pecado”, porque es una invención nuestra, humana y contemporánea identificar y hacer sinónimos al sexo y al pecado.
Cabría entonces preguntarse: ¿Eso quiere decir que Jesús, igual en todo a nosotros, también sudaba, defecaba, le olían los pies, eructaba, tenía gases? Seguramente que sí. Entonces, ¿también tenía erecciones, deseo sexual, fantasías, eyaculaciones? Con toda certeza, sí. Era igual en todo a nosotros, en TODO, menos en el pecado. Pero siguiendo con esto, ¿y si Jesús también se masturbaba, tuvo relaciones sexuales con una o varias personas o, incluso, era gay? Ciertamente, el Evangelio no dice ninguna de estas cosas, pero Jesús, como todos los seres humanos, pudo haberse masturbado, tenido relaciones o haber sido homosexual. En lo único que no era similar a nosotros fue, para dejarlo claro, en el pecado. Entonces, ¿dónde está la línea? Los puritanos de la doctrina se habrían rasgado las vestiduras ya varias veces con la simple insinuación de que Jesús pudiera sudar y más aún eyacular, masturbarse o sentir deseos homosexuales. A lo que tengo entendido, Jesús era un varón y esto, creo yo, está dentro de las posibilidades de un hombre.
El hecho de que la Escritura pase por alto estas cuestiones quiere decir, -al contrario de lo que gritan, afirman y reclaman los jerarcas, los dogmáticos y los puritanos, que el sexo está en el centro de la fe y es lo más importante- que lo verdaderamente importante y central es el Amor. El sexo es un accesorio del Amor, no es el amor mismo pero tampoco es el pecado. Por eso la Escritura no especifica si Jesús al no ser semejante a nosotros en el pecado nunca se excitó con alguien o tuvo una erección, sino que dice con toda seguridad que pudiendo haber tenido cualquiera de estas cosas, nunca pecó, es decir, nunca las usó en contra de Dios, del Amor.
La Escritura no habla (al menos no claramente) de si Jesús tuvo pareja, si se sentía atraído sexualmente por hombres o por mujeres, si tuvo relaciones sexuales o si solía masturbarse, pero no sé qué necesidad hay de que lo hubiera dicho o en qué hubieran cambiado las cosas. Quizás sería más sencillo para algunos que lo hubiera dicho para conocer las prácticas “aprobadas o santas” de la sexualidad, pero otra vez sería como poner la sexualidad en el centro de las cosas y más como algo en el que lo bueno y lo malo se divide con una línea clara y sólida. Si Jesús se hubiera acostado con hombres, entonces se vería mal la heterosexualidad y lo mismo al contrario. No obstante, la Escritura es clara al hablar que Jesús amó tanto a hombres como a mujeres, es decir, sin distinguir géneros, amó a todos hasta el extremo. Independientemente de si llegó a tener sexo con ellos o no, lo seguro es que los amó incondicionalmente y no sólo como fruto de una atracción física.
La lectura que se hace ahora de la sexualidad como la espada que divide a todos en buenos y malos es errónea. En cambio, la Escritura es bastante clara al respecto: la sexualidad no es lo más importante, lo central es el Amor. Quien no vea esto tan claramente debería quitarse los lentes que le hacen la vista miope, la vista que naturalmente tiene el instinto de buscar el Amor.
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Ser gay sin duda es una prueba, no porque fuese un obstáculo para salvarse, sino por los obstáculos que hay para ser feliz siéndolo y así salvarse. Pero serlo preservando la fe es aún más difícil. Yo desde hace tiempo estoy seguro de que la sexualidad y la fe no son enemigas y que tanto la una como la otra son peldaños de la santidad (y por tanto de la felicidad), si no, no las tendríamos.
Un artículo clarito, clarito de José María Castillo en su Blog 










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