Comentarios desactivados en Vuelve a enseñarnos a evangelizar… Id y anunciad lo que estáis viendo y oyendo
A BARTOLOMÉ DE LAS CASAS
Los Pobres te han jugado la partida
de una Iglesia mayor, de un Dios más cierto:
contra el bautismo sobre el indio muerto
el bautismo primero de la vida.
Encomendero de la Buena Nueva,
la Corte y Salamanca has emplazado.
Y ese tu corazón apasionado
quinientos años de testigo lleva.
Quinientos años van a ser, vidente,
y hoy más que nunca ruge el Continente
como un volcán de heridas y de brasas.
¡Vuelve a enseñarnos a evangelizar,
libre de carabelas todo el mar,
santo padre de América, las Casas!
*
Pedro Casaldáliga Todavía estas Palabras, 1994
***
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:
– “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”
Jesús les respondió:
– “Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!”
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
– “¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.”
*
Mateo 11,2-11
***
La compasión es fruto de la soledad. Tenemos que admitir lo difícil que es ser compasivo, ya que requiere una actitud de disponibilidad para estar con otros allí donde son débiles, vulnerables, solitarios, rotos. No es nuestra actitud espontánea ante el sufrimiento.
Procuramos, ante todo, evitar el sufrimiento huyendo de él o tratando de encontrar una cura inmediata para el mismo. Lo cual significa ante todo hacer algo que demuestre que nuestra presencia es significativa. Olvidamos así nuestro mayor don: la capacidad de solidarizarnos con aquellos que sufren.
Esta solidaridad compasiva crece en la soledad. En la soledad nos damos cuenta de que nada humano nos es ajeno, de que las raíces de todo conflicto, guerra, injusticia, crueldad, odio, celos y envidia están fuertemente anclados en nuestro corazón. En la soledad, un corazón de piedra puede convertirse en un corazón de carne; un corazón rebelde, en un corazón contrito, y un corazón cerrado puede abrirse a todo aquel que sufre, en un gesto de solidaridad.
*
H. J. M. Nouwen, El camino del corazón,
Madrid 1986, 30-31
Comentarios desactivados en “Amor a la Vida”. 3 Adviento – A (Mateo 11, 2-11)
Frente a las diferentes tendencias destructivas que se pueden detectar en la sociedad contemporánea (necrofilia), Erich Fromm ha hecho una llamada vigorosa a desarrollar todo lo que sea amor a la vida (biofilia), si no queremos caer en lo que el célebre científico llama «síndrome de decadencia».
Sin duda, hemos de estar muy atentos a las diversas formas de agresividad, violencia y destrucción que se generan en la sociedad moderna. Más de un sociólogo habla de auténtica «cultura de la violencia». Pero hay otras formas más sutiles y, por ello mismo, más eficaces de destruir el crecimiento y la vida de las personas.
La mecanización del trabajo, la masificación del estilo de vida, la burocratización de la sociedad, la cosificación de las relaciones, son otros tantos factores que están llevando a muchas personas a sentirse no seres vivos, sino piezas de un engranaje social.
Millones de individuos viven hoy en Occidente unas vidas cómodas, pero monótonas, donde la falta de sentido y de proyecto puede ahogar todo crecimiento verdaderamente humano.
Entonces, algunas personas terminan por perder el contacto con todo lo que es vivo. Su vida se llena de cosas. Solo parecen vibrar adquiriendo nuevos artículos. Funcionan según el programa que les dicta la sociedad.
Otras buscan toda clase de estímulos. Necesitan trabajar, producir, agitarse o divertirse. Han de experimentar siempre nuevas emociones. Algo excitante que les permita sentirse todavía vivas.
Si algo caracteriza la personalidad de Jesús es su amor apasionado a la vida, su biofilia. Los relatos evangélicos lo presentan luchando contra todo lo que bloquea la vida, la mutila o empequeñece. Siempre atento a lo que puede hacer crecer a las personas. Siempre sembrando vida, salud, sentido.
Él mismo nos traza su tarea con expresiones tomadas de Isaías: «Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. Y dichoso el que no se sienta defraudado por mí».
Dichosos en verdad los que descubren que ser creyente no es odiar la vida, sino amarla, no es bloquear o mutilar nuestro ser, sino abrirlo a sus mejores posibilidades. Muchas personas abandonan hoy la fe en Jesucristo antes de haber experimentado la verdad de estas palabras suyas: «Yo he venido para que los hombres tengan vida, y la tengan en abundancia» (Juan 10,10).
Comentarios desactivados en “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Domingo 11 de diciembre de 2022. 3º de Adviento
Leído en Koinonia:
Isaías 35,1-6a.10: Dios viene en persona y os salvará. Salmo responsorial: 145: Ven, Señor, a salvarnos. Santiago 5,7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. Mateo 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
La primera y la segunda lectura de hoy, del profeta Isaías y del apóstol Santiago, coinciden en el mensaje: merece la pena esperar, hay que esperar, debemos esperar, porque viene nuestro Dios, él mismo viene en persona, y trae el desquite… Hay que tener paciencia, porque es inminente su llegada, ya está a la puerta…
No dudamos de que esta forma de plantear la esperanza, de vivirla y de transmitirla, ha sido útil y muy eficaz para muchas generaciones anteriores a nosotros, pero tampoco dudamos de que hoy día, ese planteamiento pudiera no servir ya.
– Este motivo aducido clásicamente para fundamentar la esperanza de que Alguien viene, alguien va a irrumpir apocalípticamente en nuestra vida, incluso con inminencia, y de que nuestra esperanza consista en «esperar» (de espera, no de esperanza) su llegada… no resulta hoy ya plausible.
– Ese esquema conceptual según el cual Dios ha anunciado que vuelve, en una segunda venida que sellará el final del mundo, y que nosotros estamos por tanto en un tiempo intermedio, incierto y amenazado por la espada colgante (de Damocles) de esa sorpresa divina que llegará como la visita del ladrón… ha sido una imagen poderosa, que ha cautivado la atención de muchas generaciones, pero que hoy empieza ya a no funcionar.
– Esa idea de que debemos esperar que en el futuro Dios va a castigar a los malos… y así «poner las cosas en su sitio» y vengar las maldades de los que nos han hecho daño… probablemente fue muy efectiva en otro tiempo, como lo ha sido en pedagogía todo lo referente a los premios y castigos, las buenas y las malas notas, pero hoy ya muy pocas mentes lúcidas pueden aceptar que la pedagogía humana infantil pueda ser aplicada al misterio existencial del ser humano.
Aquellas generaciones tenían una comprensión del mundo míticamente religiosa, inserta en las coordenadas de la descripción del mundo que las mismas religiones habían elaborado: un mundo que consistía esencialmente en un «plan de Dios» para poner una prueba al ser humano y llevarlo a otra vida, mejor o peor según mereciera premio o castigo. Dentro de ese «pequeño mundo», dentro de esa cosmovisión religiosista que ocupó por milenios el imaginario de nuestros mayores, funcionaba el hablar de una segunda venida, de la prueba que Dios nos pone, de la amenaza que supone la posible sorpresa del Dios que viene e irrumpe en el mundo para finalizarlo e inaugurar otro eón, el de los premios y castigos. Este imaginario religioso (tradicional, antiquísimo, milenario…) está agotándose, desapareciendo con las generaciones mayores, desvaneciéndose y perdiendo vivacidad y plausibilidad en las generaciones medias, y siendo rechazada en las generaciones jóvenes, en las que no logra ya implantarse. La transmisión de ese tipo de fe se está interrumpiendo.
En el nuevo imaginario o cosmovisión que muchos estamos adquiriendo, fundamentado en la nueva imagen que la cosmología y el conjunto actual de las ciencias nos ofrecen, ya no cabe concebir la realidad tan «antropocéntricamente» como para pensar que todo consiste y todo se reduce a «un plan que Dios ha hecho para probar al ser humano». Al ser humano actual no le resulta ya plausible una espiritualidad que le dice que él es el centro del cosmos, y que este cosmos «ha sido creado simplemente para servir de escenario al drama humano de su salvación ultraterrena»… Y no le resulta plausible tampoco que el misterio tan respetable del más allá sea asociado con y puesto al servicio de la amenaza de castigos o la promesa de premios…
¿Es posible ser cristiano sin aceptar estas imágenes que hoy sentimos como no incorporables a nuestra cosmovisión? Sí, lo es, al costo de purificar nuestra esperanza -y, más ampliamente, nuestra cosmovisión religiosa global- de aquellas imágenes propias de un tiempo que ya no es el nuestro.
En realidad, lo que importa es el contenido profundo, la experiencia espiritual, la dimensión de esperanza (en este caso), no el soporte de categorías, esquemas mentales, cosmovisiones apocalípticas o esquemas de concepción del tiempo de los que echaron mano nuestros antepasados. El cristianismo, a lo largo de su historia, ya ha abandonado muchas imágenes que en su tiempo fueron comunes, que luego se oscurecieron, y que finalmente nos resultaron inaceptables (de algunas de las cuales hoy incluso nos avergonzamos). Durante muchos siglos, el predominio del pensamiento estático, el supuesto de la ahistoricidad, y el desconocimiento del carácter evolutivo de todo, nos ha querido hacer pensar que no podemos cambiar nada, que debemos creer a la letra lo que expresaron nuestros mayores, sin remontarnos a revivir su misma experiencia profunda pero con libertad y creatividad, y que nada puede ser innovado. Pero la misma historia está ahí para mostrar lo contrario a quien sepa y quiera verlo. Y también está ahí el presente: son muchos ya, de hecho, los cristianos/as que «creen de otra manera».
El evangelio de Mateo nos presenta la llamada «prueba mesiánica». Juan el Bautista desde la cárcel manda emisarios para preguntarle a Jesús si es él el esperado o si deben esperar a otro. Jesús no responde con algunas pruebas teologicas, ni con citas bíblicas apologéticas, o con algunos dogmas o doctrinas, sino que se remite y remite a los consultantes a los puros hechos, que pueden ser «vistos y oídos»: «los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia el Evangelio, la Buena Noticia». Estos «hechos», estas buenas noticias, son la prueba de identidad del Mesías. Y serán, tienen que ser, la prueba de identidad de quienes sigan al Mesías, al Xristós, o sea, los «cristianos». Sólo si nuestra vida produce esos mismos hechos, sólo si somos «buena noticia para los pobres», sólo entonces estaremos siendo seguidores de aquel Mesías, del Xristós, o sea, «cristianos». Leer más…
Comentarios desactivados en 11.12.22. Lámpara 1ª. Juan Bautista,el mayor de los nacidos de mujer, predicador de conversión
Del blog de Xabier Pikaza:
Entre las lámparas o velas de adviento (Juan, Isaías, José, María) la primera es Juan Bautista, a quien Jesús define como el mayor de los nacidos de mujer. De su función y figura, como maestro de Jesús, traté 4.12.22. Hoy quiero presentarle como predicador de penitencia, punto de partida del camino de la iglesia.
Según Juan, el hombre no tiene más salida que la conversión total o la muerte. Jesús,en cambio,cree y anuncia que el hombre forma parte del reino de Dios, de forma que está salvado por anticipado. Pero, para llegar a Jesus y acoger su camino de gracia es bueno (necesario) pasar por el fuego del Bautista (el texto que sigue esta tomado básicamente de Historia de Jesús).
| X Pikaza
Juan no es evangelio (no forma parte del Reino), pero sigue siendo necesario como principio y puerta del Reino. Para llegar al todo que es Jesús hay que pasar por la nada (negación) de Juan Bautista, como seguiré indicando en los próximos días, exponiendo el sentido de las otras lámparas de adviento (Isaías, José y María), para entenderlas al fin (14.12.22) con el evangelio de Juan de la Cruz.
Humanamente hablando, como hijos de mujer y pecadores, conforme a la amenaza de Juan, estamos condenados a la muerte… Nosotros mismos nos condenamos y matamos. No hace falta demasiado argumento para convencernos de ello.
Pero, desde ese mundo de pecado/violencia y muerte, Jesús nos ha llamado a la vida, esto a la gratuidad y al perdón mutuo.
Desde ese fondo quiero seguir presentando hoy tercer domingo de Adviento el «aviso» de Juan: Si no acogemos la gracia que es Dios podemos destruirnos.
Mateo 11:
No hay entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él»
No parece que este pasaje sea de Jesús, porque la visión de fondo de la mujer proviene de una tradición posterior, quizá del Q…, y porque, a juicio de Jesús, los más grandes son los niños y pequeños, no los profetas de penitencia como Juan
El texto bíblico más significativo sobre el hombre como “nacido de mujer” es ek de Job 14,1-4:
1 El hombre, nacido de mujer, corto de días y largo de dolores, 2 como flor brota y es cortado, como sombra huye y no permanece. 3 ¿Y contra uno así abres tus ojos y lo arrastras ante tu tribunal? 4 ¿Podrá un hombre puro provenir de lo impuro? ¡Ni uno podrá!
En contra del Cantar de los Cantares, la mujer en Job es impura. Por eso, cuando se dice que el hombre es hijo de mujer tiende a insistirse en su fragilidad: Brota como flor y es cortado, huye como sombra y no queda (cf. 14, 1‒3).
Job no alude así al primer Adán, creado por Dios como en Gen 2, sino el hombre posterior, nacido de mujer, interpretada como frágil tierra impura, vinculada a la serpiente portadora de sabiduría antidivina, de forma que quien nace de ella (de la sangre menstrual y puerperal) está condenado a ser impuro: ¿Podrá lo puro (tahôr) provenir de lo impuro ¡Ni uno podrá! (cf. 14, 4).
De la impureza del cuerpo de mujer y de sus funciones engendradoras trata extensamente la legislación judía (cf. Lev 11). Esa impureza no es pecado en sí, de tipo sexual en sentido espiritualista, ni tampoco moral, pero es fuerte impureza humana, que debe limpiarese, a través de ritos de separación y lavado (ablución) que permiten que ella (la mujer), a pesar de su condición inferior, pueda habitar con los varones. Esa impureza de la mujer ha sido ratificada por el orante de Sal 51, 7 (Miserere) que dice: “En pecados (hete’) me concibió mi madre” (in peccatis concepit me mater mea), y muchos han entendido esos “pecados de mujer” en un contextofragilidad, de riesgo y muerte.
Pues bien, entre los hombres impuros/pecadores (nacidos de mujer) se encuentra Juan Bautista, que así (lógicamente) aparece como predicador de penitencia, a diferencia de Jesús que es testigo de la gracia más alta de Dios, sin diferencia entre hombres y mujeres.
Mensaje de Juan
Conforme a la visión de Marcos, el mensaje de Juan aparece vinculado expresa y casi exclusivamente a Jesús. Juan no es más que un precursor, alguien que está ahí al servicio de Jesús. Sin embargo, el documento Q conserva un mensaje autónomo de Juan, que resulta muy significativo.
Mt 3 7 Pero cuando Juan vio que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía:«¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Producid, pues, frutos dignos de arrepentimiento; 9 y no penséis decir dentro de vosotros:‘A Abraham tenemos por padre.
‘Porque yo os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham. 10 El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. É bautizará con Espíritu Santo y fuego 12 Tiene el bieldo en su mano, y limpiará su era. Recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.
Lc 3. 7 Juan, pues, decía a las multitudes que salían para ser bautizadas por él: –¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? 8 Producid, pues, frutos digno de arrepentimientoy no comencéis a decir dentro de vosotros mismos: «A Abraham tenemos por padre.» Porque os digo que aun de estas piedras Dios puede levantar hijos a Abraham.
9 También el hacha ya está puesta a la raíz de los árboles. Por lo tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego17 Tiene el bieldo está en su mano para limpiar su era y juntar el trigo en su granero, pero quemará la paja en el fuego que nunca se apagará.
Temas
Hijos de ira, portadores de veneno. Juan aparece aquí como testigo y portador de la Ira Venidera, vinculada al juicio de Dios (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Conforme a una extensa experiencia israelita, la humanidad se hallaba envuelta en pecado; por eso, muchos sacrificios expiatorios del templo tenían como fin el aplacar a Dios. Para Juan, eso es inútil: va a estallar la Ira de Dios, pues la humanidad (el pueblo de Israel) está envenenado, es portador de muerte, como hijos de víbora, portadores de veneno [1].
Frutos dignos de arrepentimiento. (Mt 3, 8; Lc 3, 8). De la imagen de la víbora, que no puede cambiar, pasamos a la imagen del árbol, que debe fruto. La tradición del Antiguo Testamento y del judaísmo ha comparado a Israel con un árbol o planta (higuera, viña, olivo…). El árbol de Israel debe dar frutos, a través del arrepentimiento.
Hijos de Abraham,las piedras… (Mt 3, 9; Lc 3, 8) Hay una confianza genealógica de Israel que se funda en la pura descendencia (hijos de Abraham). Juan, profeta escatológico tiene que ir en contra de esa confianza… La filiación de Abraham no es un seguro inmediato, sino que ella está vinculada a las buenas obras…
Trae en su mano el Hacha, para cortar los árboles que no produzcan fruto (Mt 3, 10; Lc 3, 9). No es Sembrador, sino recolector y Leñador, vigilante que mira y distingue, árbol tras árbol, para separar a los buenos de los malos. No es mensajero del amor de Dios, ni de su Paternidad, sino de su justicia destructora.
Bautizará a los suyos en Espíritu Santo… y fuego (3, 11 ), realizando así el juicio divino. Espíritu significa aquí viento: es huracán que sopla con fuerza aterradora, desgajando y destruyendo aquello que se encuentra poco cimentado sobre el mundo; es santo , en línea de separación, para destruir aquello que se opone a la pureza de Dios. Les bautizará con Fuego (3, 11). Al Viento de Dios sigue su Incendio. Ambos unidos, huracán y fuego, expresan la fuerza judicial y destructora (escatológica) de Dios y se vinculan mutuamente, como indica la tradición del AT (falta el terremoto de 1 Rey 19, 11-13).
Tiene en su mano el Bieldo y limpiará su era… (3, 12; Lc 17). Así culminan las imágenes anteriores: el Espíritu/Viento sirve para separar la paja del trigo, el Fuego para quemarla. El Venidero, antes Leñador (tenía en su mano el hacha para cortar y quemar los árboles sin fruto), se vuelve así Trillador o Aventador (con la horquilla o bieldo separador en su mano).
¿Quién es ese Leñador, Aventador? ¿Directamente Dios? ¿Un Delegado suyo? El texto no responde, aunque probablemente aluda a Dios. Según eso, el Bautista habría preparado una teología judicial, más que una profecía salvadora. Pero los cristianos han recreado ese mensaje y palabra de Juan, aplicándolo a Jesús, el Venidero, verdadera presencia de Dios: Emmanuel (Dios con nosotros).
A la luz de lo anterior, Jesús debería haber surgido (y realizado su acción) como mensajero desu destrucción purificadora, abierta sólo de manera implícita y velada a la esperanza de Reino: el texto supone que quedan (se salvan de la quema) los árboles que producen fruto bueno (3, 10); el texto afirma expresamente que el Venidero reunirá su trigo en el granero (3, 12: eivj th.n avpoqh,khn). Pues bien, asumiendo y cumpliendo (de algún modo) el mensaje de Juan, Jesús ha invertido su proyecto escatológico, en gesto que define su visión teológica y su cristología.
Con su gesto (bautismo) y su mensaje, Juan eleva su amenaza final, anunciando el juicio de Dios, que viene como Hacha que corta (derriba los árboles sin fruto), Huracán barre (limpia la era) y Fuego que destruye (la madera corta, la paja). Ciertamente, llegará el tiempo nuevo de la salvación (con la tierra prometida), pero ella implica juicio y destrucción para todo lo perverso.
Comentarios desactivados en Isaías. El lobo y el cordero: nueva humanidad, quinto evangelio (Dom 3 Adviento)
Del blog de Xabier Pikaza:
Es con Juan Bautista la 2ª lámpara de esperanza, mensajero del adviento de Dios. No es un sólo profeta , sino una línea de profetas, que mantuvieron viva la esperanza de Israel desde el siglo VIII al III a. C.
Su libro, “revelado” y escrito a lo largo de siglos, constituye uno de los testimonios fundamentales de la historia y utopía de la humanidad, como indica el siguiente comentario, tomado del Gran Diccionario de la Biblia).
| X.Pikaza
Texto:Isaías 35,1-6a.10
El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.» Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo…
Esta palabra de esperanza está situada entre la primera y la segunda parte de libro de Isaías, que se compone de tres parte y que ha sido escrito básicamente por tres autores de la «escuela de Isaías», un línea de tradición profética que atraviesa prácticamente todo el Antiguo Testamento.
El Primer Isaías, el único que parece haber llevado ese nombre, es un profeta cuya vida conocemos con cierta seguridad. Vivió en tiempos de la gran invasión asiria, entre el 740 y el 690 a. C. y es el autor básico de Is 1-39.
El Segundo Isaías es un profeta desconocido que anuncia el retorno de los exilados de Babilonia a Jerusalén, en torno al 540 a. C.; sus oráculos han sido incluidos en Is 40-55.
El Tercer Isaías es un profeta algo posterior, está empeñado en la obra de reconstrucción espiritual y social del pueblo en Jerusalén, en torno al 520 a. C y cuyos oráculos han siso también incluidos en el libro de Isaías (Is 55-66).
El mensaje del libro de Isaías, que ha marcado y sigue marcando la historia y la utopía social y religiosa de la humanidad, ofrece el mensaje más importante de adviento de esta año 2022 y de toda la historia de la humanidad, desde la Biblia.
(1) Primer Isaías (Is 1-39)
Es el profeta de la gran utopía, el primero de los testigos de un Dios que es Santo ofreciendo la luz de su esperanza a un pueblo oprimido, miedoso, lleno de lamentos. Es el profeta de la reconciliación cósmica (habitarán juntos el lobo y el cordero), de la renovación histórica (vendrá el vástago de Jesé: El Dios con los hombres, el hijo de la madre “virgen), de la transformación social (del hierro de las espadas forjarán arados, de las lanzas de combate podadera…).
(a) Teofanía: Santo, santo, santo. Todo empieza con una visión nueva de Dios. Los hombres de su tiempo no creían en Dios. Adoraban a las armas, identificaban a Dios don imperios militares, su única liturgia era la lucha de unos contra otros. Era entones como sigue siendo ahora: Nuestro Dios es el dinero, violencia y la guerra. Pues bien, en ese contexto, Isaías descubre la presencia del Dios verdadero, que es santidad, que es justicia, que es esperanza de futuro:
«A el año de la muerte del rey Ozías vi a Dios sentado sobre un trono alto y excelso sus vuelos (del manto) llenaban el Templo. Serafines se mantenían erguidos a su lado, con seis alas cada uno: con dos se cubrían su rostro, con dos se cubrían sus pies, y con dos volaban. Y clamaba uno al otro diciendo Santo, Santo, Santo Yahvé Sebaot, la tierra toda está llena de su gloria. (Is 6, 1-9).
Ante la visión de Dios, Isaías empieza confesando su pecado, el pecado de una humanidad que se desangra en una guerra sin fin, en una historia de violencia. ¿Qué puede hacer? Siente que va a morir, pero Dios le llama, le transforma, le convierte en profeta de denuncia (¡tenemos que cambiar!) y de esperanza.
(b) Pecado del pueblo, revelación de Dios. Apoyándose en la santidad de Dios, Isaías ha descubierto el pecado de los israelitas que olvidan al Señor: «Conoce el buey al amo y el asno su pesebre, pero Israel no me conoce no tiene entendimiento» (1, 3-4). Pecado es la injusticia de los ricos, es la sangre derramada (cf. 5, 8; 1, 15-17), es el culto dirigido hacia los dioses falsos (1, 29-30). Pero el mayor y más intenso es la arrogancia de aquellos que, creyéndose divinos, ignoran o desprecian a Yahvé y quieren salvarse por medio de las obras de sus manos, del dinero, de las armas, del ejército o los pactos militares:
«¡Ay de los que bajan a Egipto por auxilio y buscan apoyo en su caballería! Confían en los carros, porque son numerosos, en los jinetes, porque son fuertes… Firman pactos sin contar con mi profeta…, buscando la protección del faraón, refugiándose a la sombra de Egipto» (31, 1; 30, 2). Su país está lleno de plata y oro; sus tesoros son sin número; su país está lleno de caballos; sus carros no tienen número; su país está lleno de ídolos; adoran la obra de sus manos» (2, 7-8).
Según esto, idolatría es la riqueza, los tesoros que los hombres consideran como salvadores, las armas que ellos buscan para asegurarse, con los pactos militaresque convierten a los hombres en juguete de unos cálculos políticos al margen del amor de Dios y de su gracia. Frente a eso, el profeta ha proclamado: «los egipcios» (soldados, riquezas, pactos militares…) son hombres y no Dios, «son carne y no espíritu» (31, 3). Carne de este mundo es lo que el hombre construye por sí mismo: son las obras que se toman como salvadoras, en contra del Dios que es el único salvador del pueblo. Por eso, cuando Dios se manifieste:
«Serán humillados los ojos soberbios, abatida la altivez de los hombres. Sólo Yahvé será exaltado aquel día. Porque llega el día de Yahvé de los ejércitos sobre todo lo altivo y soberbio…; contra todas las altas torres, contra las murallas inexpugnables, contra todas las naves de Tarsis… Entonces será humillada la arrogancia del hombre. Sólo Yahvé será exaltado aquel día y los ídolos pasarán sin remedio» (Is 2, 11-12.15-16.17-18).
Ingenuamente mirada, esta manifestación pudiera parecer señal de prepotencia: el Dios del fuego y del terror, la envidia y la altivez, quiere imponerse por arriba, destruyendo a quien pudiera hacerle competencia. Pues bien, el texto dice lo contrario: la grandeza de Dios es expresión de gracia. Por eso, ante la luz de su misterio se descubre la locura, vaciedad y muerte de todos los ídolos. Idolatría es la altivez de un mundo que pretende salvarse por sus armas, sus riquezas, sus naves y sus torres.
Isaías ha mostrado que una historia fundada en las riquezas, honores y armamentos, acaba destruyéndose a sí misma. Pues bien, ¿dónde se centra la existencia verdadera? ¿Cómo realizar, fundar la historia? Isaías es tajante: el hombre se salva por la fe; por eso exige «Vigilancia y calma» en medio del peligro (7, 3-4). «Vuestra salvación está en convertiros y tener calma, vuestra valentía está en confiar y estar tranquilos» (30, 15) ¿Cómo y cuándo? Ahora mismo, en la ciudad sitiada, cuando ya se acercan los reyes enemigos, cuando Asiria envía su ultimátum sobre el pueblo (Is 7, 1-17; cf. Is 36‒37).
Eso diría la mayoría de los cristianos. Esperamos un Mesías salvador. Sin embargo, Juan Bautista, como vimos el domingo pasado, esperaba las dos cosas: un Mesías que respetara los árboles buenos y guardara el trigo en el granero, pero también que talara los árboles improductivos y quemara la paja. Un Mesías con el hacha y el bieldo. Y estaba convencido de que ese Mesías era Jesús. Sin embargo, cuando Herodes mete a Juan en la cárcel, las noticias que le llegan lo desconciertan.
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:
– «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió:
– «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Jesús no está actuando como el Mesías justiciero. Pase que no vaya vestido, como él, con una piel de camello, ni se alimente de saltamontes y miel silvestre, pero no enseña a rezar a sus discípulos, no les obliga a ayunar, en vez de a dar hachazos se dedica a curar enfermos y contar historias bonitas. Juan, después de estar convencido de que Jesús era el Mesías esperado, se pregunta ahora ‒y le pregunta‒ si hay que seguir esperando a otro.
La respuesta de Jesús parece desconcertante porque repite lo que Juan ya sabe. Sin embargo, es distinto saber y comprender. Las obras del Mesías se comprenden cuando son contempladas a la luz de la Escritura. No se trata de saber que Jesús ha curado a dos ciegos, a un mudo, o a un leproso. Lo importante es que en todo eso se está cumpliendo lo anunciado por los antiguos profetas.
«Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará» (Is 35,5)
«Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán, despertarán jubilosos los que habitan en el polvo» (Is 26,19)
«El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me ha enviado para la buena noticia a los que sufren» (Is 61,1)
A partir de esas promesas elabora Jesús su respuesta, que pasa de la enfermedad física (ciegos, cojos, leprosos, sordos) a la muerte y a la evangelización de los pobres.
A partir del libro de Isaías se podría haber construido una imagen muy distinta, más en la línea de Juan Bautista. Jesús elige la que solo subraya lo positivo. Y esto puede provocar una reacción en contra. Por eso termina con un serio aviso: «¡Dichoso el que no se escandalice de mí!» Esto es lo que los discípulos de Juan deben comunicarle en la cárcel.
El episodio anterior puede dejar mal sabor de boca con respecto a la figura de Juan Bautista. Por eso, el evangelio añade unas palabras de Jesús sobre él.
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
– ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios.
Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: «Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.» Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.
Estas palabras eran fundamentales para los cristianos del siglo I, teniendo en cuenta las posibles tensiones entre los discípulos de Jesús y los de Juan sobre quién de los dos era más importante. Aquí se aborda el tema exaltando a Juan y, al mismo tiempo, poniéndolo en su justo sitio. Jesús elogia las cualidades humanas de Juan: firmeza, austeridad. Pero es más que un asceta: es un profeta, e incluso más que eso: el mensajero que prepara el camino del Señor, «el Elías que tenía que venir» (Ex 23,20; Mal 3,1). Por eso, «no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista».
Sin embargo, la dignidad de Juan radica precisamente en ser el precursor de Jesús, y se queda en el ámbito del Antiguo Testamento. Por eso, «el más pequeño en el Reino de Dios [en la comunidad cristiana] es más grande que él». Esta frase resulta muy dura, pero encaja en la idea bíblica de que los hombres no son lo importante sino Dios y lo que él hace. Encandilarse con la grandeza de las personas, incluso de los mayores santos, no es un buen método para valorar la acción de Dios.
Destierro y repatriación de hace siglos; refugiados y desplazados de ahora (Is 35)
Los dos primeros domingos de Adviento nos recuerdan los graves problemas de la guerra y las injusticias, ofreciendo como contrapartida la esperanza de la paz y un nuevo paraíso. El texto de Isaías de este tercer domingo aborda otra de las grandes experiencias que tuvo el pueblo de Israel: la del destierro, primero a Asiria, luego a Babilonia.
La respuesta del profeta a los judíos desterrados en Babilonia es muy poética y de tremendo optimismo. El camino de miles de kilómetros hasta Jerusalén no era entonces (tampoco ahora) una maravillosa autopista transitada en cómodos autobuses con aire acondicionado. Cualquier caravana que hacía ese largo recorrido tenía la impresión de atravesar un terrible y árido desierto. Pero el desierto se transformará en un vergel. Lo importante es que los viajeros se animen, convencidos de que Dios les ayudará a terminar felizmente su viaje.
El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis.» Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.
Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.
Hoy día hay millones de desplazados a causa de las guerras, del hambre, de las persecuciones de cualquier tipo. Pero el camino no se convierte para ellos en un vergel; generalmente tropiezan con una frontera cerrada y los detienen en campos de refugiados (más bien de concentración). La lectura de Isaías puede provocar en nosotros un rechazo por su ingenuo optimismo. O el deseo de comprometernos con esas personas y con la solución del problema.
Paciencia (Santiago 5,7-10)
Los primeros cristianos también se vieron obligados a pasar del ingenuo optimismo (Jesús volverá pronto) a la realidad de su retraso. En esta circunstancia el autor de la carta de Santiago exhorta a la paciencia y el aguante, poniendo como ejemplo a personas tan distintas como los campesinos y los profetas. «La venida del Señor está cerca», «el juez está ya a la puerta». La Iglesia terminó aceptando que la vuelta de Jesús no sería inminente, pero los consejos de la carta siguen siendo válidos para los momentos en los que la vida nos exige paciencia y fortaleza en los sufrimientos.
Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor.
El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía.
Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.
No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta.
Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.
Reflexión final
El evangelio es muy importante para examinarnos de nuestra imagen de Jesús. Generalmente partimos de que es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Por consiguiente, cualquier cosa que diga o haga debe ser perfecta. Esta actitud es muy peligrosa porque impide profundizar en la fe. Las palabras y las obras de Jesús desconcertaron a Juan Bautista, escandalizaron a los escribas y fariseos, no fueron entendidas por los discípulos. Es absurdo pensar que nosotros no tendríamos ninguna dificultad en aceptarlas. El Adviento es un buen momento para pedir esa fe y no escandalizarnos de él.
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Jesús les respondió:
“-Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: las ciegas ven y las inválidas andan; las leprosas quedan limpias y las sordas oyen; las muertas resucitan, y a las pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichosa quien no se sienta defraudada por mí!”
En el evangelio de este domingo se nos presenta de nuevo la figura de Juan. Igual de decidido que la semana pasada pero también confuso. Se encuentra en prisión y sabe que las cosas pueden empeorar para él. Tiene muy clara su vocación: él no es el Mesías, él simplemente anuncia la llegada del Mesías. Oye hablar de lo que hace y dice Jesús, y todo junto le confunde. Jesús no es exactamente el tipo de Mesías que esperaba Juan. Por eso, desde la cárcel le envía a sus discípulos con una pregunta directa: “¿eres tú el Mesías o tenemos que esperar a otro?”
Pero la respuesta de Jesús, como siempre, obliga a la responsabilidad y a la toma de postura. Podría haberle dicho: -Juan, tranquilo, yo soy el Mesías, aunque vemos a Dios de distinta manera, no te preocupes que conmigo no te equivocas.
Sin embargo, en lugar de una respuesta tranquilizadora, lo que hace es obligar a Juan a hacer uso de su libertad. Le lleva a otra manera de ver a Dios y de ser Mesías. (Recuerda que la semana pasada Juan nos hablaba de un Dios bastante enfadado, esperando la conversión con el hacha en la mano…)
Jesús le dice: -Nada de hachas, Dios no es un juez permanentemente enfadado. La Buena Noticia es que Dios no se cansa de darnos nuevas oportunidades y sus preferidas son las personas marginadas, aquellas que la Ley y la sociedad han dejado fuera del sistema. Y luego añade: -¡Dichosa quien no se sienta defraudada por mí! Que sería lo mismo que decirle: -Juan o rompes la imagen de Dios que tienes y te vuelves al Dios de la Vida o no podrás ser feliz.
Y nosotras podemos pensar qué imágenes de Dios nos tienen atrapadas sin dejarnos salir tras la huellas del Dios Vivo.
Oración
Dichosa quien no se sienta defraudada por mí. Quien sepa ver en la liberación de quienes más sufren la mano de Dios presente en la historia.
Dichosa la que se deje abrir los ojos a la novedad del Reino. La que se deje movilizar por todo aquello que devuelve la dignidad a las últimas de las últimas.
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ADVIENTO 3º (A)
Mt 11, 2-11
Después de haber hablado de la vida pública de Jesús durante ocho capítulos, el evangelio de Mateo vuelve a hablar de Juan de una manera sorprendente. Ya nos ha dicho quién es Jesús, pero Juan desde la cárcel no las tiene todas consigo. La pregunta es muy concreta, pero Jesús responde a dos cuestiones muy distintas. De sí mismo responde de manera indirecta con lo que dice Isaías del Mesías. De Juan responde por su cuenta y riesgo, de una manera sorprendente. El relato que nos propone hoy el evangelio es desconcertante. El Precursor dudando que el anunciado sea auténtico.
¿No sabía Juan quién era Jesús? ¿No había dicho que no era digno de llevarle las sandalias? ¿No había dicho que su bautismo era solo de agua, que él bautizaría con Espíritu Santo? ¿No había dicho que él era el que tenía que ser bautizado por Jesús? ¿No había visto al Espíritu bajar sobre él? ¿No había oído la voz del cielo: Este es mi Hijo amado? ¿A qué viene ahora la pregunta de, si es o no es, el que ha de venir? Podría reflejar la duda por no responder a las expectativas que había sobre el mesías.
Una vez más recordamos que los evangelios no son crónicas de sucesos. Aunque algunas veces puedan hacer referencia a hechos reales, la intención al relatarlos es impartir teología. El tema que se propone hoy fue muy difícil de resolver para los primeros cristianos que eran judíos. El mensaje de Jesús, y su manera de comportarse, nada tenía que ver con lo que los judíos de su tiempo esperaban del Mesías. En la respuesta de Jesús, no se trata tanto de hablar de Juan cuanto de intentar que todos los que le están oyendo se den cuenta de lo que significa el mismo Jesús.
Los evangelios nacen en una cultura oriental, completamente distinta de la cultura grecorromana donde se desplegó más tarde el cristianismo. En aquella cultura, la manera de comunicar verdades era el relato. Contando una historia se le dice al interlocutor lo que se le quiere comunicar. Nada que ver con la cultura grecorromana, que había desarrollado un lenguaje lógico, discursivo, racional, que por medio de razonamientos accedía y comunicaba la verdad. Sigue siendo una catástrofe para la interpretación del evangelio que nos empeñemos en mirarlo como lenguaje lógico.
Da pena oír comentar los relatos de la infancia de Lucas y Mateo como si fueran historia, cuyo objetivo es comunicarnos lo que pasó. Y todo, sin hacer puñetero caso a los exégetas que llevan más de dos siglos diciendo que esa no es la manera adecuada de entenderlos. No solo distorsionamos los textos, haciéndoles decir lo que no dicen, sino que nos quedamos sin el verdadero mensaje, y esto es mucho más grave. Podéis imaginar lo que yo siento cuando veo a una persona salirse de la iglesia por oírme decir que esos relatos no son historia. No hay manera de superar los prejuicios.
Contadle a Juan lo que estáis viendo. No les está diciendo que su misión es curar las limitaciones. Jesús recuerda la manera de hablar del profeta Isaías, para que Juan asociara lo visto con los tiempos mesiánicos anunciados. Ni todos los leprosos van a quedar limpios, ni todos los sordos van a oír. También nos dice Isaías que el lobo habitará con el cordero y la pantera se tumbará con el cabrito, que el desierto y el yermo se regocijarán, que se alegrarán el páramo y la estepa. Estas imágenes tenemos que entenderlas como símbolos. ¿Por qué vemos las otras como reales?
¿Por qué habla de ciegos, sordos, cojos, inválidos, leprosos, y muchos otros colectivos que siguen siendo objeto de marginación? El texto quiere decir que la llegada del Reino tendrá consecuencias para todos, pero sobre todo para los más desfavorecidos. Quiere decir que el que acoja el Reino, saldrá de la dinámica de la opresión y entrará en la del servicio. Por cierto, entre las imágenes de la presencia del Mesías no hay ni un solo signo religioso. Esto tenía que hacernos pensar. Los cristianos nos olvidamos con frecuencia que, para Jesús, lo primero es el hombre; incluso antes que Dios.
La buena noticia que se anuncia a los pobres, es que Dios es Abba para todos y que la salvación ya se la ha concedido a todos. La noticia de que Dios no va a pedirnos cuenta de nuestros pecados, sino que nos ha liberado ya de todos ellos. La noticia de que no son los sabios y entendidos los que descubrirán ese Dios, sino los sencillos. La noticia de que no son los que detentan el poder, sea civil o religioso, los que están más cerca de Dios sino los que lo sufren y padecen. La noticia de que no son los “buenos” los que encontrarán a Dios de cara, sino las prostitutas y los pecadores.
Ni Juan ni sus seguidores estaban capacitados para entender a Jesús. Su figura no se ajusta al Mesías que ellos esperaban. Jesús rompe todos los moldes, desbarata todas las expectativas. Lo que aporta va en la dirección contraria de lo que esperaban. No viene a imponer nada, sino a proponer una dinámica de servicio. Su actitud de no-violencia, de no defenderse de los enemigos, de no destruir al adversario, escandaliza a todos. No solo no vine a imponer “justicia” sino que acepta la injusticia en su propia carne. De ahí la frase final de Jesús: “…y dichoso el que no se escandalice de mí”.
El Reino no lo hacen presentes los ciegos, sordos o cojos curados, sino el que se preocupa de ellos. Por no tener esto en cuenta, creemos que lo importante es librar al pobre de sus carencias. El objetivo primero debe ser librarme yo de mi inhumanidad. Incluso para un ciego, más importante que ver, es recuperar su humanidad machacada por el que le desprecia. Que esa disponibilidad sea para con un rico o para con un pobre, no tiene importancia; lo que importa es la actitud. Tampoco importa que al necesitado se le dé un millón o solo una sonrisa; en ambos casos allí está Dios.
Esa advertencia sirve también para nosotros. Seguimos escandalizándonos, porque la salvación que Jesús nos trajo no responde a la que nosotros esperamos. Seguimos sin enterarnos de que el amor que predica Jesús es absolutamente eficaz solo si se hace vida, pero es inútil si se queda en teoría. El amor nunca se pondrá al servicio de nuestro ego para alcanzar provecho personal. El amor va siempre en dirección a los demás y se olvida de sí. Nos empujará siempre a desprendernos de nuestro ego. El amor compasivo es nuestra verdadera naturaleza. El egoísmo es nuestra destrucción.
La mayoría de las miserias humanas no están a la vista. Todos estamos rodeados de carencias más importantes que las biológicas. La falta de alimento me puede matar, pero la falta de amor me destroza como ser humano. Todos necesitamos ayuda de los demás, aunque no queremos reconocerlo. Pero también yo puedo ayudar a todos los que encuentro en mi camino. Cada uno necesitará una ayuda distinta, pero puedo estar seguro de que todos esperan algo de mí. Entraré en la dinámica del Adviento cuando haga presente el Reino, no defraudando al que espera algo de mí.
Meditación
Todos nos sentimos de una u otra manera defraudados.
La realidad no se presenta como nosotros la queremos.
Seguimos esperando que Dios arregle el mundo.
La preocupación inmediata por nuestro ser biológico
puede impedir el descubrimiento de nuestro ser más profundo
y arruinar nuestras posibilidades como seres humanos.
Juan pide una señal porque teme por su vida y quiere dejar a buen recaudo a sus seguidores. Manda una delegación, y Jesús les contesta citando a Isaías: «Los ciegos ven … y a los pobres se les anuncia la buena Noticia» …
La gran revolución de Jesús es mostrarnos que Dios es de todos. Que lo suyo no va de templos magníficos, vestiduras ostentosas o gente sagrada y poderosa, sino de todo lo contrario. Los sabios, los sacerdotes o los puros no tienen ninguna preferencia ante Él; es más, si nos guiamos por lo que vemos en Jesús, Su corazón se inclina hacia los marginados, los impuros, los desafortunados. Podríamos decir que el Dios de Jesús no es justo, sino descaradamente parcial en favor de los más necesitados.
El evangelio nos presenta a Jesús rodeado siempre de enfermos, lisiados, pobres y pecadores. Gente despreciada por los poderosos, los privilegiados, los predilectos de un dios que premia a los justos con bienes y castiga a los pecadores, como ellos, con miserias. Jesús en cambio se compadece de ellos, les cura de la enfermedad, les enseña y les devuelve la esperanza que habían perdido. Y a aquellos desarrapados, míseros, a veces cojos, o ciegos, casi siempre impuros, les dice que poseen la dignidad de hijos de Dios; que son herederos de su Reino; que no son unos pobres desgraciados, sino los más importantes a Sus ojos.
Ellos por su parte le siguen fascinados. Son como ovejas sin pastor que tienen la necesidad perentoria de que alguien les escuche y les dedique su atención; alguien que no los considere unos malditos empecatados aborrecidos de Dios… Y eso es lo que les ofrece Jesús. Para ellos aquello es el reino de Dios en la Tierra; ya no tienen que esperar más; está allí, a su lado.
Los sabios, los puros y los poderosos no sienten necesidad de él, no le siguen, y se quedan a las puertas del Reino sin ninguna oportunidad de entrar en él. Y es que la primera condición para entrar es sentirse necesitado: «Si no os hacéis como niños —los seres más necesitados— no entraréis en el reino de los cielos».
Y aquí viene la aplicación a nuestra propia vida, porque nosotros —gente sabia y acomodada— creemos tener cubiertas todas nuestras necesidades materiales y espirituales, y cada vez sentimos menos necesidad de los criterios de aquel carpintero que, hace veinte siglos, recorría los polvorientos caminos de Galilea y hablaba de Dios contando cuentos sencillos a gente sencilla.
Mateo, el pequeño recaudador de Cafarnaúm, no se sintió necesitado hasta que se vio llamado por Jesús; lo mismo que Zaqueo, el odiado jefe de recaudadores de Jericó. Pero Jesús sabía que, aunque ellos lo ignorasen, eran gente necesitada de ayuda, los llamó y cambió su vida. Quizás algún día caigamos en la cuenta de lo necesitados que somos a pesar de acumular tanto conocimiento y bienestar, y cambie también la nuestra.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí
Comentarios desactivados en Preguntas inquietantes del Adviento.
Mateo 11, 2-11
El Evangelio de este tercer domingo de Adviento nos recuerda que la esperanza no está exenta de preguntas ni incertidumbre, sino que se apoya también en signos. Pero estos no tienen nada que ver con los niveles de productividad, el cálculo estadístico, ni la previsión de resultados eficaces o pragmáticos, sino con la desmesura de Amor que se encarna y se compromete en hacer histórica la liberación de los y las descartables.
La lectura de Isaías que antecede al Evangelio de este domingo recoge también esta idea: Dios viene en persona y nos salva. Se aprojima. la esperanza del Adviento es inseparable de esta aprojimación. Orígenes se refiere a ello con el termino synkatábasis. Con esta categoría expresa que Dios en Jesús se familiariza con la humanidad: se aprojima. En consecuencia, también nosotros nos familiarizamos con Dios y comulgamos con Él en la medida en que vivimos dejándonos afectar y comulgando con las vidas de los y las más vulneradas. De manera que la plenitud de lo humano no acontece nunca en la negación, la indiferencia del otro/a, o el olvido de la interdependencia y la relación, sino en el cuidado y el encuentro con la alteridad y la diversidad que nos constituye.
Esa es la Buena nueva del Evangelio y quizás la novedad de cristianismo frente a otras religiones. Los signos del Reino no remiten a actitudes abstractas o meramente intencionales, sino a la liberación del sufrimiento y la humanización de la vida. No conocen tampoco las fronteras entre lo sagrado y lo profano, sino que acontecen en escenarios donde lo humano y la casa común está más amenazados, porque la profecía del Evangelio encuentra un humus más adecuado en las periferias y sus riesgos que en la seguridad de las zonas de confort.
Traduciéndolo a nuestra vida cotidiana y a nuestro contexto mundial de crisis civilizatoria y eco-social esto significa que allá donde se antepone el cuidado de la vida y su sostenibilidad, en lugar del dinero, el consumo y el lucro; allá donde se genera cultura del encuentro y lo comunitario frente al cada uno a lo suyo; allá donde se practica la hospitalidad y se ensancha la mesa del compartir los bienes; allá donde se enfrenta la injusticia y la violencia que nos quiebra como seres humanos, allá se nos revelan los signos del reino y el Evangelio se hace seminalmente presente.
El Evangelio de este domingo nos invita preguntarnos hoy por el nivel de nuestra sensibilidad para captar hoy estos signos, y comprometernos con su cuidado y aliento. La esperanza del Adviento no es una esperanza cómoda, sino inquietante, cargada de preguntas, como las de Juan Bautista a Jesús y las de Jesús a sus interlocutores. Abrámonos con profundidad a ellas y quizás desde ahí, podamos experimentar, como diría la gran mística y activista cristiana Dorothy Day, que el Evangelio es verdad, el Evangelio es ahora.
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Domingo III de Adviento
11 diciembre 2022
Mt 11, 2-11
“¿Eres tú el que ha de venir…?”. O cómo saber si un “camino espiritual” es acertado.
Todas las religiones han conocido el peligro de la absolutización. Con facilidad olvidan que son solo un camino y caen en la tentación de considerarse la meta (el absoluto), identificando su mensaje con “la verdad” y arrogándose la pretensión de dictar las normas adecuadas que todos deberían cumplir. En una palabra, colocan el “principio religioso” por encima del “principio ético”.
En el evangelio de Marcos (3,1-6) encontramos la descripción de esa trampa, que explica también el creciente conflicto entre Jesús y los representantes oficiales de la religión judía. Un sábado, en la sinagoga, los fariseos están al acecho para ver si Jesús cura a un enfermo, violando la ley. Y cuando eso ocurre, se confabulan con los herodianos para matarlo.
Los fariseos otorgan la primacía al “principio religioso”: lo que hay que salvar siempre, por encima de cualquier otra consideración, es la ley religiosa. Frente a esta exigencia, ayudar o sanar a un hombre enfermo carece de importancia. Impera el legalismo religioso.
Por el contrario, Jesús relativiza ese principio religioso para dar la primacía al “principio ético”. Consciente de la trampa religiosa y “apenado por la dureza de sus corazones”, plantea esta cuestión: “¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal; salvar una vida o destruirla?”. Y es en esa clave desde donde proclama uno de sus principios más subversivos: “El sábado [la ley, la norma, la religión…] ha sido hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado”.
Pero no es esa la única ocasión en que Jesús se manifiesta de ese modo. De hecho, la primacía del “principio ético” -no está la religión por encima de la ética, sino la ética por encima de la religión- recorre absolutamente todo el evangelio. Recordaré simplemente tres escenas.
Frente a quienes podían presumir de ser seguidores suyos (“Profetizamos en tu nombre, en tu nombre expulsamos demonios, en tu nombre hicimos muchos milagros”), Jesús es tajante: “No todo el que me dice: ¡Señor, Señor! entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7,21).
En el camino de Jerusalén a Jericó, quienes se encuentran con Dios no son el sacerdote ni el levita -fieles cumplidores de la ley religiosa-, sino el samaritano “hereje” que jamás pisaría el Templo. Y dirigiéndose al doctor de la ley que le había planteado la cuestión sobre qué hacer, Jesús, tras narrar esa parábola, le contesta tajante: “Ve y haz tú lo mismo” (Lc 10,25-37).
En la parábola conocida como “juicio de las naciones”, el criterio decisivo -lo que se pregunta a las personas- no es en qué han creído ni qué religión han tenido, sino qué han hecho en favor de los demás: “Venid benditos de mi Padre, porque tuve hambre y me disteis de comer…” (Mt 25,31-46).
En todos estos casos, se pone de manifiesto lo que constituyó probablemente uno de los rasgos más característicos y a la vez más provocativos de Jesús, el que terminó provocando su ejecución: afirmar que existe un camino para encontrarse con Dios que no pasa por el templo ni por la religión. El camino de la autorrealización o plenitud de vida se verifica en la acción a favor de los demás.
¿Qué prima en mi vida: el principio religioso o el principio ético?
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
01.- ¿Eres Tú?
Juan Bautista tenía sus dudas iniciales ante Jesús, de ahí que envíe a sus discípulos a preguntar a Jesús ¿Eres Tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?
Y ello resulta un poco extraño porque Jesús y Juan B eran primos e incluso Jesús había formado parte de los grupos de Juan Bautista en el desierto.
A lo mejor es que el Mesías esperado por Juan Bautista no coincidía exactamente con lo que estaba viendo y oyendo de Jesús. Puede ser. ¿Juan Bautista sería un hombre honrado y austero que viviría en el ascetismo de la vida monacal cercano a la espiritualidad de los monjes de Qumrám?
Si eso fue así, es natural que lo que veía en Jesús no le pareciera muy oportuno.
Por otra parte la pregunta por quién es Jesús es muy frecuente en los Evangelios ¿Quién es este que perdona los pecados? ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? ¿Quién es este que hasta los vientos y el mar le obedecen? Si eres Hijo de Dios…
Además, cada cual tiene sus sensibilidades, sus modos de ser y conocer. Hay temperamentos más cristianos que religiosos, otros son más religiosos que cristianos, otros más humanistas, otros más transcendentes desde la cultura y el humanismo: desde la poesía, música, literatura, el cine, otros ven la vida más desde la ética, etc. Todos son caminos hacia Dios. Nuestras palabras, nuestros lenguajes y culturas son limitados y no llegamos ni a conocer ni a expresar qué y quién sea Dios.
Las búsquedas y evoluciones en la vida son valiosas, honestas. No es sensato ni eclesial estar al acecho con la sospecha como visión de la realidad. La espera, la duda y las preguntas del Bautista y de todo ser humano, son honradas, humanas, valiosas.
Dejemos que hagan buen recorrido las preguntas humanas.
02.- Elogio del Bautista: icono de Cristo.
Jesús y Juan Bautista fueron muy diferentes en su pensamiento. Juan fue un profeta algo agresivo y áspero con la injusticia, con el legalismo e fariseos y saduceos. Pero Jesús habla de su primo Juan como de un gran hombre: ¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? … Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan.
La grandeza de Juan Bautista y de todo ser humano es vivir como testigo de la verdad, ser mensajeros de Cristo: Yo envío mi mensajero delante de ti.
Juan Bautista fue testigo de Cristo, no se atribuyó títulos ni méritos, no buscó puestos, no soy digno ni de desatarle las sandalias, Juan fue por delante anunciando al que había de venir.
Seamos iconos, no ídolos. Miremos la vida, la cultura, el trabajo, las personas como iconos, no como ídolos.
03.- La respuesta de Jesús.
Jesús no les entrega a los discípulos de Juan Bautista un libro de dogmática, ni el Catecismo y les dice: “esta es mi doctrina”. Jesús remite a los discípulos del Bautista a los gestos liberadores: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio.
EL evangelio es buena noticia, es liberador.
Jesús no remite a la perfección cultual o doctrinal, lo de Jesús son hechos salvíficos, liberadores: Jesús cura, restablece el equilibrio de las personas (endemoniados), rehabilita a los marginados (leprosos), el encuentro de Jesús confiere sentido y vida, etc.
Jesús entrega todas estas realidades salvíficas especialmente a los pobres: A los pobres se les anuncia el evangelio. Lo genuino del evangelio de Jesús es la salvación –liberación, perdón, etc.- especialmente a los pobres.
04.- Paciencia y esperanza en la vida.
En la vida tenemos cansancios y a veces canseras. El cansancio es consecuencia propia del trabajo y se remedia con un descanso. La cansera es más profunda y es tedio, hastío, con la sensación de haber perdido el tiempo y las energías.
Muchas situaciones pueden producir no ya cansancio, sino cansera, porque no se ve salida, no se aprecia voluntad de cambiar las cosas, una rutina y apatía espantosa lo colorea y corroe todo en la vida política y eclesiástica.
Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente la cosecha.
Paciencia es una palabra que viene del griego que significa la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, es decir: saber soportar, saber aguantar el peso de la vida con una profunda esperanza en el Evangelio. Y la esperanza es la venida del Señor. Manteneos firmes. Dichos quien ponga su confianza en la liberación de Cristo. Dichoso quien no se escandalice de mí.
El simil de la semilla es sencillo pero muy valioso. La semilla es pequeña, se ve poco, es débil, pero llena de vida.
Todo labrador que siembra, espera paciente y esperanzadamente.
La vida saldrá siempre adelante, aunque no sepamos cómo ni por dónde, pero el Reino de Dios, los valores del reino de Dios llegarán. Esperemos al Señor haciendo ya gestos liberadores.
Comentarios desactivados en “¡Por favor! Una navidad sin luces!”, por José Ignacio González Faus, sj
De su blog Miradas Cristianas:
La sociedad de consumo prefiere recortar de lo útil, más que de lo inútil
Si pretendemos celebrar las navidades con el derroche arbitrario e insolidario de algo que otros tanto necesitan, nos orientamos en dirección contraria y solo celebraremos el nacimiento de lo antihumano, que irá deshumanizándonos a todos
Madrid gastó el 2020 tres millones y medio en esa iluminación, Barcelona superó los dos millones, con unos cien kilómetros de calles iluminadas. Málaga o Vigo pasaron del millón, al que se acercan muchas otras poblaciones… Multiplique por el número de ciudades y quizá le dará vértigo
Miremos de sacar lo mejor de dentro de nosotros, en lugar de comprar lo mejor de fuera de nosotros.
Da cierta vergüenza ser ciudadano cuando, ante perspectivas de poca agua y poca energía, se van tomando medidas de ahorro pero nos dicen que la derrochadora iluminación navideña de las calles de nuestras ciudades, “¡eso casi no se tocará!”, y en algunas capitales «importantes» no se tocará nada. Mientras, el secretario de la ONU avisa de “un invierno de descontento global por la inflación y las desigualdades”.
Para hacernos una idea: Madrid gastó el 2020 tres millones y medio en esa iluminación, Barcelona superó los dos millones, con unos cien kilómetros de calles iluminadas. Málaga o Vigo pasaron del millón, al que se acercan muchas otras poblaciones… Multiplique por el número de ciudades y quizá le dará vértigo.
¿Hay que ahorrar energía? Pues que los pobres pasen frío, que no coman caliente y que sus hijos se gasten la vista tratando de estudiar con poca luz. Ya hicimos algo así para salir de la crisis del 2007 y no nos fue tan mal
Pero la sociedad de consumo prefiere recortar de lo útil, más que de lo inútil. ¿Hay que ahorrar energía? Pues que los pobres pasen frío, que no coman caliente y que sus hijos se gasten la vista tratando de estudiar con poca luz. Ya hicimos algo así para salir de la crisis del 2007 y no nos fue tan mal.
Las navidades han dejado de ser una fiesta cristiana. Pero, por aquello de que lo verdaderamente cristiano es profundamente humano, podíamos seguir tratando de celebrarlas de una manera laica. Ahora bien: si la navidad deja de ser también una fiesta de la mejor calidad humana, entonces “apaga y vámonos”.
Antaño aún podíamos decir que se encendían tantas luces en Navidad porque Cristo es “la luz del mundo”. Pero hoy la luz del mundo ya no es Cristo sino el consumo. Y se iluminan calles y plazas para que la gente compre. Nada más. Con ello, las navidades van dejando de ser también la fiesta de lo humano. Como poetizó Pere Casaldáliga: “¿para qué tu Navidad – si no hay gloria en las alturas ni en la tierra paz – Y a José y a María no les da ya lugar – ni dentro ni fuera de la ciudad?”
Siempre quedarán mil brasas o rescoldos de humanidad auténtica, sobre todo en relaciones o reencuentros familiares y en algunos usos tradicionales. Pero si la navidad va limitándose a celebrar el natalicio del “Consumocristo”, hijo del dios dinero, esas brasas se irán reduciendo también a ceniza.
Un viejo “pico de oro” (= Crisós-tomo) de la iglesia primitiva tiene frases muy duras sobre la inhumanidad del rico, y descripciones impresionantes de la situación infrahumana en que se mueven muchos pobres. De él aprendí a dividir al género humano en “inhumanos e infrahumanos”. En esa clasificación podrían tener sentido unas navidades que evoquen el nacimiento de lo humano. Pero si pretendemos celebrarlas con el derroche arbitrario e insolidario de algo que otros tanto necesitan, nos orientamos en dirección contraria y solo celebraremos el nacimiento de lo antihumano, que irá deshumanizándonos a todos.
Como no hay mal que por bien no venga, y aunque suba todo eso del megavatio hora, si continúa esa injusta iluminación de las ciudades, aprenderemos que quien manda en este país no son los llamados gobiernos, sino otros poderes económicos disfrazados, que son los que tienen la verdadera “cracia” de eso que llamamos demo-cracia (poder del pueblo).
La situación me parece tan escandalosa, que quizá las autoridades eclesiásticas podrían decir también una palara humilde en algo tan serio para un cristiano, como es la verdadera Navidad. Si esto no se da, quizá quepa convocar a todos aquellos que creen, no ya en Dios sino en la verdadera calidad de lo humano, para una huelga radical de consumo navideño. Aunque sea por razones distintas, el cristiano y muchos no cristianos considerarán que ese derroche energético de casi mes y medio es una estupidez. ¡Pues hombre!, al menos por cariño a todos esos que serán los verdaderos “paganos” de esta estupidez injusta, tratemos de hacer una huelga de presencia y de consumo en todos aquellos parajes urbanos vestidos de luz. O, al menos, que ese despilfarro se reduzca a la semana anterior a Navidad.
Y esos días, miremos de sacar lo mejor de dentro de nosotros, en lugar de comprar lo mejor de fuera de nosotros.
Adviento es palabra con sabor a esperanza, sabor que esa palabra pierde si la sacamos del diccionario de la fe.
Adviento es palabra con sabor a esperanza de Dios y a esperanza de los pobres.
Dios está siempre en adviento porque ama la vida, porque nos ama, porque quiere que vivamos, porque sueña locuras para sus hijos: Dios sueña, se entrega y nos llama a que nos pongamos con él a la tarea de realizar lo que ha soñado.
En ese mundo, que es de Dios y es nuestro, serán de casa la justicia, la rectitud, la lealtad; ese mundo estará lleno de ciencia del Señor y en él florecerá la paz.
Para hacerlo realidad, hubo un tiempo en que el Señor vino a los suyos como palabra profética, hasta que, en la plenitud de los tiempos, vino al mundo como Palabra encarnada: vino y se entregó; viene y se entrega; viene y espera siempre a que la fe lo acoja, y por la fe la tierra se vuelva casa de paz y justicia, de pan y libertad para excluidos, desamparados y desvalidos.
El Señor vino, viene y vendrá, y su nombre es Cristo Jesús, nombre de Dios en adviento, de Dios en camino, de Dios en busca de ovejas perdidas, de hijos que se le fueron lejos de casa, nombre de Dios pobre, de Dios con nostalgia de bienaventuranza para sus hijos.
En Cristo Jesús, Dios se ha hecho servidor de todos, a todos nos llama, a todos acoge, para que todos conozcamos su misericordia y lo alabemos por ella.
Ahora, Iglesia de pobres con esperanza, Iglesia en adviento, atiende a la palabra del Señor; escucharás imperativos apremiantes: “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.
Que le prepare el camino al Señor tu deseo de recibirlo; que se lo prepare tu pobreza, tu necesidad, tu hambre, te noche, tu infierno.
Que le prepare el camino al Señor tu fe, tu confianza, la certeza del amor que Dios te tiene.
Clama por la justicia que Dios quiere darte. Pídele que a tu vida venga Jesús.
Si entras con Dios en adviento, entra también en adviento el Reino de Dios, pues por Dios y por ti, el Reino está cerca, está naciendo, va en busca de quienes lo esperan, se ofrece a quienes lo necesitan.
Si entras con Dios en adviento, por Dios y por ti, “habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito”; Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, hará posible que, de acuerdo entre nosotros, unánimes, alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
Si entras con Dios en adviento, por Dios y por ti “florecerá la justicia y la paz abundará eternamente”, y unos a otros nos acogeremos, como Cristo nos acogió para gloria de Dios.
Si entras con Dios en adviento, la libertad se habrá acercado “al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protección”; él salvará por tus manos la vida de los pobres.
Ellos, los pobres, darán testimonio de la verdad de tu adviento, de la cercanía del Reino de Dios, de la realización de los sueños de Dios.
El 8 de diciembre de 1854, Pío IX definió este dogma con las siguientes palabras: «Para honor de la santa e indivisa Trinidad…, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles». Antes, la Orden Franciscana, en su Capítulo celebrado en Toledo el año 1645, «escogió a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en cuanto la confesamos y celebramos inmune de la culpa original en su misma Concepción, como Patrona singular de toda la Orden de los Frailes Menores». Y aquello no fue una novedad rara en la historia de la familia franciscana, que desde sus primeros tiempos se distinguió como defensora acérrima de este privilegio sin par de María. El beato Juan Duns Escoto fue su adalid, y la campaña por él iniciada la prosiguió la Orden, sin desmayos, a lo largo de los siglos. Así celebramos hoy el “gran momento de la historia cuando cielos y tierra, la creación entera enmudeció esperando escuchar el «FIAT» de nuestra Señora”
MADRE DEL MUNDO NUEVO
Estamos otra vez en el Principio.
Dios quiere hablar y el aire se acrisola.
Como un niño, en la sangre, nace el mundo;
y del caos emerge la Esperanza, con sus flores salvadas de la muerte.
(Este ramo de olivo que crece en tus pisadas, paloma de Sus Ojos,
tendrá toda la Tierra penitente para echar las raíces…).
Aún no mugía el mar, ni tendía sus lonas el cielo por los montes,
y tú jugabas ya -la consentida- en la plaza infinita de Sus Manos:
primera siempre al mimo de Su Gozo…
Si estamos otra vez en el Principio, tendrás que amanecer: el Mundo Nuevo
necesita la puerta de tu seno para llegar incólume,
(Belén se apuesta siempre detrás de tus espaldas).
Mientras los hombres buscan sus tesoros piratas -¡los bajeles perdidos de sus rutas sin norte!-,
un día, inesperado, tú surges de las simas del Paranagua, viva,
como un tesoro tierno a la memoria,
antigua de ternura y de favores, coronada de espuma de sorpresas,
con el Niño en los brazos, ofrecido…
La Tierra está en mantillas, dormida en tu regazo.
La Europa verdadera, como un cruzado loco que vuelve escarmentado
de tantas aventuras,
espera tu venida junto a Chartres y en la umbría sagrada de Einsiedeln.
Los almendros latinos aún tienen primavera para acoger tus plantas.
Todavía hay pastores y un buey manso en la cumbre.
¡Todo el cuerpo de Europa se ha hecho gruta, en la herida,
para enmascarar la luz de tu presencia!
América sacude sus pañales, con un grito rebelde, contra el mar transitado,
pero en su boca niña balbucea, cantando, tu nombre, Guadalupe,
y late la manigua como un puerto que siente tu llegada:
-¡Vendrá Santa María, libre de carabelas!
Como una diosa estéril y fecunda, empapada en la lluvia de la Espera,
como una cruz cansada de martirio,
Asia cruje, sangrando por sus lotos…
¡Pero el bambú ya ensaya cañas de profecía detrás de las Comunas;
la Luna sabia sigue tus pies para calzarte,
y en la liturgia hindú llama a tu Hijo el arpa de Tagore y de los parias!
Mientras llegan los sueños en cayuco inestable,
y acosada por todos los pájaros secretos que hierven en la selva con la noche,
Africa arrulla, alborotadamente, sus veinte cunas nuevas.
Se quiebran sus tambores en parches de alegría
y las lanzas preguntan por la aurora:
¡porque el mar no termina en la mirada!
Y danzan sus miningas, con las anillas rotas,
enarbolando el sol entre las risas,
¡porque hay una Mujer sobre las chozas, detrás de las estrellas,
con el sol en los hombros, como un clote!
Con los sueños que llegan en cayuco inestable, arriba el Evangelio mecido por tus manos;
llegan tus manos fieles, con la Paz en la proa.
Neófitas de sal y de promesas, las Islas balbucientes acuden al marfil de tu garganta,
con un abrazo tenso de siglos de impaciencia, seguras del Encuentro.
¡Todos los meridianos se enhebran en la rosa de tu Nombre…!
Estamos otra vez en el Principio
y nace el mundo, nuevo, del seno de tu Gracia,
hermosamente grande y sin fronteras.
¡Que callen los profetas fatídicos! Cabemos
todos juntos, hermanos, en la mesa que el Padre ha abastecido.
¡Que calle todo miedo, para siempre!
Los átomos dispersos se engarzarán, sumisos, en tu manto;
y el cielo, descubierto en mil caminos,
se hará pista a tus viajes de ¡da y vuelta -de Dios hasta los hombres-,
¡nostalgia nuestra, Asunta!
…Dios llega al aeropuerto de la Historia;
a tiempo en todo Tiempo, el heredado pulso de tu sangre.
Los sellos del Concilio acuñan tu figura sobre la piel lavada de la Iglesia,
y llega una corona de voces alejadas, en pleamar dichosa,
al pie de tu Misterio…
Estamos otra vez en el Principio y ha empezado tu era:
¡por derecho de Madre tú patentas la luz amanecida!
*
Pedro Casaldáliga “Llena de dios, y tan nuestra”.
Antología mariana
La aurora es un momento fabuloso: el que precede inmediatamente al salir el sol. Antes sólo eran tentativas. Un leve palidecer el cielo por oriente, apenas visible en la noche. Sigue un clarear creciente, lentamente al comienzo, luego más rápidamente, siempre más rápidamente. Finalmente un instante en el que el surgir de la luz es tan victorioso y ardiente, el esplendor tan cegador a los ojos habituados a la noche, que nos podríamos creer ante el mismo sol: apenas un instante después, como una llamarada, su luz arde en el hilo del horizonte. Y finalmente el sol. Hasta ese momento, nos podíamos haber engañado, pues ya se transparentaba en lo que sólo era la aurora. Lo mismo la Inmaculada concepción. Primero, a lo largo de los siglos precedentes, se trataba del alba de Cristo, de los comienzos de su pureza y santidad, ya maravillosos considerando que se realizaban en la naturaleza humana, pero aún oscuros respecto a El. María es el culmen de la aurora, el surgir del día. Pero su luz ilumina a todos. La Inmaculada concepción distingue a María de los demás humanos sólo para unirla más a Cristo, que pertenece a todos (…).
Tras el decreto que estableció la venida de Cristo, se da esta larga preparación que ya la realiza inicialmente y que llena toda la historia antigua de la humanidad. Ahora bien, toda esta preparación lleva a María, porque ella (…) es portadora de Cristo. La preparación es inmensa: es la única obra de Dios mismo en este mundo; se compromete con todo su amor: haciendo confluir, en virtud de su gracia, todo lo que en nuestros esfuerzos humanos hay de verdaderamente bueno: se plasma una naturaleza humana que será la suya.
Llega un día en que todo está preparado. En la Virgen todo se reúne para pasar de ella al Hijo (…). María es la figura absoluta y total, y lo es para siempre, porque, siendo Madre de Dios, es la que une el Hombre-Dios con la humanidad.
*
É. Mersch, La théologie du Corps mystique,
I, Tournai 1944, 219-221.
***
La misión maternal de María hacia los hombres no oscurece ni disminuye de ninguna manera la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia.
Porque todo el influjo salvífico de la bienaventurada Virgen en favor de los hombres nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.
La bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la divina providencia, fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, de forma singular, la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor.
Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación y lo mantuvo sin vacilación al pie de la cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación.
Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la bienaventurada Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora.
La Iglesia no duda en atribuir a María ese oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador .
Establezco hostilidades entre tu estirpe y la de la mujer
Después que Adán comió del árbol, el Señor llamó al hombre:
– “¿Dónde estás?”
Él contestó:
– “Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.”
El Señor le replicó:
– “¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer?”
Adán respondió:
– “La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto, y comí.”
El Señor dijo a la mujer:
– “¿Qué es lo que has hecho?”
Ella respondió:
– “La serpiente me engañó, y comí.”
El Señor Dios dijo a la serpiente:
– “Por haber hecho eso, serás maldita entre todo el ganado y todas las fieras del campo; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón.”
El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven.
*
Salmo responsorial: 97
Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas.
Cantad al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas:
su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.
El Señor da a conocer su victoria,
revela a las naciones su justicia:
se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.
Los confines de la tierra han contemplado /
la victoria de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
gritad, vitoread, tocad. R.
*
Efesios 1,3-6.11-12
Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo
Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor. Él nos ha destinado en la persona de Cristo, por pura iniciativa suya, a ser sus hijos, para que la gloria de su gracia, que tan generosamente nos ha concedido en su querido Hijo, redunde en alabanza suya.
Por su medio hemos heredado también nosotros. A esto estábamos destinados por decisión del que hace todo según su voluntad. Y así, nosotros, los que ya esperábamos en Cristo, seremos alabanza de su gloria.
*
Lucas 1,26-38
Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María. El ángel, entrando en su presencia, dijo:
– “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.”
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
– “No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.”
Y María dijo al ángel:
– “¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?”
El ángel le contestó:
– “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.”
María contestó:
– “Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.”
Comentarios desactivados en “La alegría Posible”. Fiesta Inmaculada Concepción – A (Lucas 1,26-38)
La primera palabra de parte de Dios a sus hijos, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: «Alégrate».
Jürgen Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no es condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios, y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».
Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede forzar a que esté alegre; no se le puede imponer la alegría desde fuera. El verdadero gozo ha de nacer en lo más hondo de nosotros mismos. De lo contrario será risa exterior, carcajada vacía, euforia pasajera, pero la alegría quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un regalo hermoso, pero también vulnerable. Un don que hemos de cuidar con humildad y generosidad en el fondo del alma. El novelista alemán Hermann Hesse dice que los rostros atormentados, nerviosos y tristes de tantos hombres y mujeres se deben a que «la felicidad solo puede sentirla el alma, no la razón, ni el vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».
Pero hay algo más. ¿Cómo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír cuando aún no están secas todas las lágrimas y brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra?
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos. La alegría verdadera solo es posible en el corazón del que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad para todos. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Solo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Solo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Solo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a los demás. Solo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.
Comentarios desactivados en 8-8.12.2022. La Inmaculada Concepción de San José. Juan Pablo II, Francisco y Román Llamas (1924-2022).
Del blog de Xabier Pikaza:
El complemento lógico y necesario de María Inmaculada es José inmaculado. Así aparece en los documentos “josefológicos” de Juan Pablo II (Redemptoris Custos, 1989), de Francisco (Patris Corde, 2020) y de un modo especial en la obra teológico-pastoral de Román Llamas (1924-2022), que ha fallecido hace unos días Valladolid (23.11.2022).
Expongo y sitúo con ellos el sentido y función de José, varón, esposo y padre «inmaculado», en la línea de una antropología cristiana, poniendo de relieve la diferencia entre Juan Pablo II y Francisco, y actualizando la visión «clásica» de R. Llamas
Román Llamas OCD veneraba a San José como lo hacía Santa Teresa de Jesús, su “madre” no como acompañante subordinado de María, sino como su par (pareja) y esposo, no como simple padre “putativo” y custodio de Jesús, sino como padre real (hipostático: divino y humano), pues la verdadera esponsalidad no es relación genital en sentido externo, sinola con-vivencia de diálogo y vida; y la auténtica paternidad no es simplemente biológica en sentido también externo (de semen y ADN), sinoacogida, encuentro y cuidado personal, en servicio y gozo de amor, en despliegue de vida.
Introducción
La iglesia católica, en su intensa “deriva” teológica y vital, tuvo necesidad de “definir” el dogma de la Inmaculada Concepción de María, esposa de José y madre de Jesús (Pío IX, 1884). La iglesia católica actual (2023) tiene necesidad de situarse en forma cristiana ante el misterio de la vida, del varón y la mujer como inmaculados, llamados a la gracia del amor, esto es, del encuentro y despliegue gozoso, agradecido, fecundo de la vida.
La iglesia ortodoxa no tuvo necesidad de definir la inmaculada concepción de María, pues su visión de la santidad del ser humano (varón y especialmente mujer) se formulaba y vivía de otra forma. Tampoco las iglesias protestantes tuvieron necesidad definirla por su forma de entender la gracia de Dios y la justificación de los hombres, varones y mujeres, entre ellos María. Por el contrario, los católicos tuvieron (tuvimos) la necesidad de formular ese dogma por nuestra “fijación” en los temas del sexo y del pecado. Fue buena, fue necesaria la definición de este dogma que nos ha liberado de otros dogmatismos, miedos y condenas.
(Marc Chagall)
Pero este dogma de la Inmaculada concepción de María no ha sido todavía plenamente “recibido” (en todo dogma es necesaria la receptio), ni entendido en su amplitud, ni desarrollado. Han faltado y faltan todavía varios rasgos y experiencias:
No es posible hablar de una “inmaculada concepción” de María en claves de pura concepción genital-sexual. María no es inmaculada porque sus padres la concibieran de forma asexual, sino porque ella nace y crece desde el amor integral de sus padres. No es tampoco inmaculada porque elle no tuviera relaciones sexuales con su esposo o con otras personas (las tuviera o no es otro tema, que aquí no se plantea), sino porque sus “relaciones” fueron limpias (sin “mácula”), en amor integral (personal), en gratuidad de vida y de generación de vida, en Dios, es decir, entre los hombres (pues amor a Dios y a los otros son inseparables, según el evangelio).
No es posible hablar de María Inmaculada sin un “vis a vis” con José su esposo. Ciertamente, una mujer puede ser Inmaculada (llena de gracia) aunque su esposo sea un des-graciado (y hay ejemplos abundantes de ellos, y de lo contrario: de hombres inmaculados y mujeres desgraciada”). Este vis a vis de María y José ha sido cuidadosamente formulado por los evangelios de la infancia (Mt 1-2 y Lc 1-2).
Sin embargo, por razones que se explican pero no se justifican en modo alguno, la iglesia católica ha definido sólo la inmaculada de María, no la de José. En perspectiva evangélica (cristiana) la Inmaculada María es inseparable de José Inmaculado, en diálogo de amor, en compañía de Jesús, como ha sabido y sabe la tradición popular católica.
No es posible separar la inmaculada concepción (=despliegue vital, en plenitud de santidad) de María y José del camino “inmaculado” (de gracia y vida, de amor) de la nueva humanidad de Jesús, es decir, de nosotros, los cristianos. La tradición católica ha corrido el riesgo de definir, pintar y venerar una inmaculada de cielo, lo cual no está nada mal, pero ha sido y es peligrosísimo. La inmaculada no es una mujer de cielo (elevada sobre las nubes, en peana divina, con el diablo bajo sus pies…), sino una mujer de tierra-tierra, es decir, de humanidad concreta, de gracia y trabajo (=tri-palium, tres palos de tortura), de riesgo, en diálogo de búsqueda y prueba con otros, en este caso con José y Herodes, con “magos” y asesinos de Belén.
Muchas otras cosas se pueden decir de María Inmaculada, desde la perspectiva de la historia de Israel y de la humanidad: La inmaculada de las siete espadas o dolores, de los siete gozos (=llena de Gracia), del amor a/con José, de la cruz y de la pascua… como quise explicar en mi antiguo libro (Los orígenes de Jesús), sobre el que tuve que “dialogar” con el Cardenal A.M. Javierreel año 1984, en Roma, precisamente sobre este tema (¡cómo definir y entender la Inmaculada). Él había comprado y leído este libro, y le convencían muchas cosas, pero no veía ésta clara (cómo era María inmaculada, conforme a mi visión teológica, como podía ser inmaculada la Iglesia).
El tema de aquella conversación con Javierre en Roma/Vaticano sigue pendiente. Pero no es éste el momento de retomarla. Aquí me contento con retomar (evocar) la visión de José y María que ha desarrollado el P. Román Llamas, con los documentos pontificios que Juan Pablo II y Francisco han dedicado a la figura y presencia cristiana de José, esposo de María y padre de Jesús.
(tema parcial tomado de Diccionario de la Biblia. San José signo de Dios Padre).
JUAN PABLO II, REDEMPTORIS CUSTOS (1989), exhortación apostólicadel Sumo Pontífice sobre la figura y la misión de san José en la vida de Cristo y de la Iglesia.
Es un trabajo “serio”, va en la buena línea, plantea temas y motivos principales de San José, muy dignos de tenerse en cuenta, pero dentro de una lectura bíblica “tradicional” (en el sentido restringido de la palabra) y de una visión de la iglesia aún más tradicional, en el sentido también estrecho de la palabra, encorsetada en una tradición más vinculada al pasado que al despliegue profético de los temas de la vida cristiana, en un momento de fuertes cambios de tipo personal y social que el Papa no advierto (no quiere o no puede advertir).
Es un “trabajo” necesario, una reflexión que hacía falta en la Iglesia, pero que ha de retraducirse en sentido fuerte, de vuelta a la tradición bíblica y de la actualidad y futuro de la iglesia. En esa línea nos parece poco afortunado el título: Redemptoris Custos, es decir, custodio o guardián del Redentor, como una especie de ángel custodio, de guardián, como si a Jesús le hiciera falta un tipo de policía para defenderle.
Cuando se publicó la exhortación, muchos pensaron que Juan Pablo II estaba presentándose a sí mismo al hablar de José; él se tomó como “custodio”, guardián del buen orden de la iglesia, más que como amigo que acompaña y deja en libertad a María para que ella sea, y para que sea Jesús, descubriendo en oración y compromiso que debe acompañarles, y se acompañado por ellos, en un camino de fidelidad de amor, en libertad.
No hay más custodia que la libertad y el amor, que la compañía cercana y el diálogo profundo, desde la perspectiva de un “hijo de David”, de un hombre al que Dios ha llamado para acompañar a María y a Jesús, compartiendo con ellos en intimidad la vida. Ciertamente, este José de Juan Pablo II emerge en su exhortación como “inmaculado”, pero inmaculado de ley más que de amor y vida concreta.
FRANCISCO, PATRIS CORDE (con corazón de Padre), carta apostólica con motivo del 150° aniversario de la declaración de san José como patrono de la iglesia universal (2020).
La novedad empieza estando en el título. San José no es “custodio” del Redentor, sino un hombre que tiene y vive (realiza su camino) con “corazón de Padre”, esto es, con corazón del Padre Dios y corazón de padre humano, al lado de María. No es custorio, sino padre de Jesús, al lado de María, su madre.
Este documentos está dedicado a San José, con motivo de los 150 años de su declaración como Patrono de la Iglesia (Pío IX: 08.12.1870). Las palabras de su título latino, pueden tener dos sentidos: José amó a Jesús con corazón humano de padre; o le amó con el mismo corazón de Dios que es padre. Ambos sentidos parecen y están vinculadas en la carta de Francisco, que presenta a José como signo paterno de Dios y modelo de paternidad humana, en un contexto de familia cristiana, entendida como espacio y presencia del Reino, a los cinco años de su Exhortación Amoris Laetitia, sobre la familia (19. 03 del 2016 y del 2021).
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