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«Ni miedo a hablar, ni miedo a morir». Domingo 12 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

domingo, 25 de junio de 2017
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atentado-contra-una-iglesia-copta-en-egiptoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Iglesia copta de Egipto. 28 muertos. 26 mayo 2017

El discurso de misión

                El segundo de los cinco discursos de Jesús que incluye el evangelio de Mateo está dirigido a los discípulos, cuando los envía de misión. El domingo pasado (11 del Tiempo Ordinario), al coincidir con la fiesta del Corpus, no se leyó el comienzo, en el que Jesús, compadecido de la gente, abandonada como ovejas sin pastor, elige a doce para que anuncien el Reino de Dios, curen enfermedades, y hagan todo de forma gratuita. Ninguno de ellos imagina que este mensaje o esta actividad, sin pedir nada a cambio, pueda provocarles calumnias y persecuciones. Sin embargo, repetir el mensaje de Jesús y vivir como él vivió provoca mucho malestar en ciertos ambientes. Por eso, les deja claro a los discípulos que van a ser muy perseguidos (Mt 10,16-25). Ante esto, corren dos peligros: el de callar, para no meterse en complicaciones; y el de dejarse arrastrar por el miedo a la muerte. Es el tema del evangelio de este domingo 12.

Lectura del santo evangelio según san Mateo 10, 26-33

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

A) No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. No, temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo.  ¿No se venden un par de gorriones por unos cuartos? Y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo; no hay comparación entre vosotros y los gorriones.

B) Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo, también me pondré de su parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo

                Mateo ha recogido frases pronunciadas por Jesús en distintos momentos de su vida. Por eso, pueden desconcertar un poco. Por ejemplo, las palabras: “Nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse” (que parecen un anuncio profético de WikiLeaks) no encajan muy bien en el contexto. Sería más claro si las suprimiésemos y dejáramos: “No tengáis miedo a los hombres. Lo que os digo de noche decidlo en pleno día, y lo que escuchéis al oído pregonadlo desde la azotea.” Pero el conjunto resulta claro. Podemos dividirlo en dos bloques; por motivos de claridad, los he titulado A y B.

                En el primero (A), llama la atención la triple repetición de “no tengáis miedo”. Aunque esas palabras se usan a menudo en el Antiguo Testamento, no debemos interpretarla como una fórmula hecha, de escaso valor. Los discípulos van a sentir miedo en algunos momentos. Un miedo tan terrible que los impulsará a callar, para evitar que los maten. La forma en que Jesús aborda este tema resulta de una frialdad pasmosa, usando tres argumentos muy distintos: 1) la muerte del cuerpo no tiene importancia alguna, lo importante es la muerte del alma; 2) por consiguiente, no hay que temer a los hombres, sino a Dios; 3) en realidad, a Dios no debéis temerlo porque para él contáis mucho; aunque caigáis por tierra, como los gorriones, él cuidará de vosotros.

                El segundo bloque (B) trata un tema algo distinto: el peligro no consiste ahora en callar sino en negar a Jesús, una situación que recuerda las persecuciones de los primeros cristianos. Y el argumento que se usa no es el del temor a Dios, sino tener en cuenta la reacción de Jesús: él se comportará con nosotros igual que nosotros nos comportemos con él. Si nos ponemos de su parte, él se pondrá de la nuestra; si lo negamos, él nos negará.

Resumiendo

                En el primer caso, a quien deben tener los apóstoles es a Dios, el único que puede matar el alma. En el segundo, a quien deben temer es a Jesús, que podría negarlos ante el Padre del cielo. A quienes no deben temer es a los hombres.

                Cuando se piensa en los recientes asesinatos de cristianos en Egipto, Siria y otros países, quienes vivimos en una sociedad tranquila y segura (por mucho que nos quejemos) podemos tener la impresión de que estas palabras son inhumanas, casi crueles. Sin embargo, a esos cristianos perseguidos de todos los tiempos les han infundido enorme esperanza y energía para confesar su fe. Han preferido la muerte a renegar de Jesús; han preferido ponerse de su parte, salvar el alma antes que el cuerpo.

Jeremías, apóstol y anti-apóstol

                La primera lectura sirve de paralelismo y contraste con el evangelio. El destino de Jeremías, calumniado y perseguido por sus paisanos de Anatot y por las autoridades religiosas y políticas de Jerusalén, recuerda lo que anuncia Jesús a sus discípulos. Pero hay una gran diferencia. El profeta termina pidiendo a Dios que lo vengue de sus enemigos. Jesús nunca sugiere algo parecido a sus discípulos. Al contrario, morirá perdonando a quienes lo matan.

Lectura del libro de Jeremías 20, 10-13

Dijo Jeremías:

Oía el cuchicheo de la gente: «Pavor en torno; delatadlo, vamos a delatarlo.» Mis amigos acechaban mi traspié: «A ver si se deja seducir, y lo abatiremos, lo cogeremos y nos vengaremos de él.»

Pero el Señor está conmigo, como fuerte soldado; mis enemigos tropezarán y no podrán conmigo. Se avergonzarán de su fracaso con sonrojo eterno que no se olvidará.
Señor de los ejércitos, que examinas al justo y sondeas lo íntimo del corazón, que yo vea la venganza que tomas de ellos. porque a ti encomendé mi causa.
Cantad al Señor, alabad al Señor, que libró la vida del pobre de manos de los impíos.

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Domingo XII del Tiempo Ordinario. 25 Junio, 2017

domingo, 25 de junio de 2017
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domingo-xii

“No tengáis miedo a las gentes, porque nada hay cubierto que no llegue a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse.”

(Mt 10, 26-33)

En este pequeño fragmento del evangelio de Mateo Jesús nos repite hasta en tres ocasiones “no tengáis miedo.” Y he oído decir que la biblia repite esa misma invitación 365 veces. Podríamos decir que la Palabra de Dios tiene una invitación a la confianza para cada día del año.

Dios, que nos conoce muy bien, sabe que el miedo es nuestro peor enemigo. El miedo nos deshumaniza. Nos lleva a cometer las peores traiciones.

Y si el miedo se une al poder el resultado son los grandes tiramos de la historia. También los pequeños. El miedo a perder el poder nos hace ver en las demás personas enemigos a los que hay que eliminar.

Jesús sabe que el miedo, aunque es una reacción humana ante el peligro, puede ser dañino, por eso nos repite: “no temáis.”

Es decir, nos invita a la confianza que también es una realidad humana y que además humaniza.

Pero, ¿cómo vamos a confiar en una época en la que nos inyectan miedo a diario? ¿Es posible confiar en una sociedad dónde la corrupción campa a sus anchas? ¿Cómo vamos a confiar cuando nos han enseñado desde pequeños a no fiarnos de nadie?

A simple vista parece que la confianza no tiene cabida. Pero en definitiva solo cuando la realidad es ambigua y hay riesgo de perder y ser traicionada es cuando puede ejercerse la confianza.

Porque la confianza es un acto de libertad que asume riesgos en busca de una realidad alternativa.

La espiral del miedo solo puede destruirse con confianza, de la misma manera que solo el amor nos salva del odio y la venganza.

Oración

¡Llámanos a la confianza! Tú que nos conoces, Tú que sabes que solo la confianza puede cambiar nuestras relaciones humanas.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Este miedo no se puede combatir directamente.

domingo, 25 de junio de 2017
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paureMt 10, 26-33

El “no tengáis miedo”, que hoy hemos escuchado una y otra vez en el evangelio, está encuadrado en el contexto de la misión. Jesús acaba de decir a sus seguidores que les perseguirán, les encarcelarán, incluso les matarán. Sin embargo, está claro que la advertencia podemos aplicarla a todas las situaciones de miedo paralizante que podemos encontrar en la vida. No solo porque Jesús dice lo mismo en otros contextos, sino porque así lo insinúan las bellísimas imágenes de los gorriones y los cabellos.

El miedo es un sentimiento que surge en el hombre ante un estímulo que interpreta como peligroso para su subsistencia. Es un logro de la evolución y por lo tanto bueno. Su objeto primero es defender la vida biológica; sea huyendo, sea liberando energía para enfrentarse a la amenaza. Este miedo es natural y sería inútil luchar contra él. Pero el ser humano puede ser presa de un miedo aprendido racionalmente, que le impide desplegar sus posibilidades de verdadera humanidad. Este miedo artificial en lugar de defender, aniquila. Este miedo es lo más contrario que podamos imaginar a la fe-confianza.

¿Por qué tenemos miedo? Anhelamos lo que no podemos conseguir y surge en nosotros el miedo de no alcanzarlo. No estamos seguros de poder conservar lo que tenemos y surge el temor de perderlo. El miedo racional es la consecuencia de nuestros apegos. Creemos ser lo que no somos y quedamos enganchados a ese falso “yo”. No hemos descubierto lo que realmente somos y por eso nos apegamos a una quimera inconsistente. Jesús dijo: “La verdad os hará libres”. Los miedos, que no son fruto del instinto, son causa de la ignorancia. Si conociéramos nuestro verdadero ser, no habría lugar para esos miedos.

Si Jesús nos invita a no tener miedo, no es porque nos prometa un camino de rosas. No se trata de confiar en que no me pasará nada desagradable, o de que si algo malo sucede, alguien me sacará las castañas del fuego. Se trata de una seguridad que permanece intacta en medio de las dificultades y limitaciones, sabiendo que los contratiempos no pueden anular lo que de verdad somos. Dios no es la garantía de que todo va a ir bien, sino la seguridad de que Él estará ahí en todo caso. Cuando exigimos a Dios que me libere de mis limitaciones, estoy demostrando que no me gusta lo que hizo.

La confianza no surge de un voluntarismo a toda prueba, sino de un conocimiento cabal de lo que Dios es en nosotros. Aceptar nuestras limitaciones y descubrir nuestras verdaderas posibilidades, es el único camino para llegar a la total confianza. La confianza es la primera consecuencia de salir de uno mismo y descubrir que mi fundamento no está en mí. El hecho de que mi ser no dependa de mí, no es una pérdida, sino una ganancia, porque depende de lo que es mucho más seguro que yo mismo. Mi pasado es Dios, mi futuro es el mismo Dios; mi presente es Dios y no tengo nada que temer.

Hablar de la confianza en Dios, nos obliga a salir de las falsas imágenes de Dios. Confiar en Dios es confiar en nuestro propio ser, en la vida, en lo que somos de verdad. No se trata de confiar en un ser que está fuera de nosotros y que puede darnos, desde fuera, aquello que nosotros anhelamos. Se trata de descubrir que Dios es el fundamento de mi propio ser y que puedo estar tan seguro de mí mismo como Dios está seguro de sí. Por grande que sea el motivo para temer, siempre será mayor el motivo para confiar. Confiar en Dios no es esperar su intervención desde fuera para que rectifique la creación. Confiar es descubrir que la creación es como tiene que ser y lo que falla es mi percepción.

El miedo no solo es explotado por empresas que se dedican a toda clase de seguros, si no también por las religiones, que explotan a sus seguidores vendiéndoles seguridades, después de haberles infundido un miedo irracional a lo sagrado. Creo que todas las religiones han intentado manipular la divinidad para ponerla al servicio de intereses partidistas. El miedo es el instrumento más eficaz para dominar a los demás. Todas las autoridades lo han utilizado siempre para conseguir la docilidad de sus súbditos.

En nuestra religión, el miedo ha tenido y sigue teniendo una influencia nefasta. La  misma jerarquía ha caído en la trampa de potenciar y apuntalar ese miedo. La causa de que los dirigentes no se atrevan a actualizar doctrinas, ritos y normas morales, es el miedo a perder el control de lo absoluto. La institución se ha dedicado a vender, muy baratas por cierto, seguridades externas de todo tipo, y ahora su misma existencia depende de los que sus adeptos sigan confiando en esas seguridades engañosas que les han vendido. Han atribuido a Dios la misma estrategia que utilizamos los hombres para domesticar a los animales: zanahoria o azúcar y si no funciona, palo, fuego eterno.

Las religiones siguen necesitando un Dios que sea todopoderoso, y que ese poder omnímodo lo ponga al servicio de nuestros intereses. Pero Dios es nadapoderoso, porque todo su poder ya lo ha desplega­do, mejor dicho lo está desplegando constantemente, por lo tanto no puede en un momento determinado actuar con un poder puntual. Por eso mismo, tenemos que confiar totalmente en él, porque nada puede cambiar de su amor y compromiso con los hombres. La causa de Dios es la causa del hombre. No nos engañemos, ponerse de parte de Jesús es ponerse de parte del hombre. Dios no está desde fuera manejando a capricho su creación. Está implicado en ella inextricablemente. Su voluntad es inmutable. No es algo añadido a la creación, sino la misma creación.

Si de verdad me creo que vistas desde Dios, las criaturas no se distinguen del creador, entonces surgirá en mí un sentimiento de total seguridad de total confianza en mí, en lo que soy y en lo que yo significo para Dios. Lo mismo que descubriré lo que Dios significa para mí. Esta experiencia no tiene nada que ver con lo que yo individualmente sea. La confianza no es un regalo para los buenos, sino una necesidad de los que no lo somos. Cuando confiamos porque nos creemos buenos, entramos en una dinámica peligrosísima, porque no confiamos en Dios, sino en nosotros mismos. Jesús nos invita a no tener miedo de nada ni de nadie. Ni de las cosas, ni de Dios, ni siquiera de ti mismo. El miedo a no ser suficientemente bueno, es la tortura de los más religiosos.

Todos los miedos se resumen en el miedo a morir. Si fuésemos capaces de perder el miedo a la muerte, seríamos capaces de vivir en plenitud. Todo lo que tememos perder con la muerte, es lo que teníamos que aprender a abandonar durante la vida. La muerte solo nos arrebata lo que hay en nosotros de contingente, de individual, de terreno, de caduco, de egoísmo. Temer la muerte es temer perder todo eso. Es un contrasentido intentar alcanzar la plenitud y seguir temiendo la muerte. En el evangelio está hoy muy claro. Aunque te quiten la vida, lo que te arrebatan es lo que no es esencial para ti.

Meditación

Si analizas detenidamente tus miedos, descubrirás dos cosas:
Que no has hecho tuya la salvación que Jesús te ofrece
y que sigues buscando la salvación donde no está.
Si has conseguido no temer a los hombres,
pero sigues temiendo a Dios,
en vez de avanzar en tu liberación,
te has metido por un callejón oscuro y sin salida.
No pienses que tienes que ser bueno para salvarte.
Tienes que sentirte ya salvado para ser bueno.

 Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Testigos de Fe

domingo, 25 de junio de 2017
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attentato-chiesa-alessandria3Y ese es uno de los rasgos del cristiano, que ha recibido la luz en el Bautismo y debe darla. Es decir, el cristiano es un testigo (Papa Francisco).

25 de junio. XII domingo del TO

Mt 10, 26-33

Al que me reconozca ante la gente, yo le reconoceré ante mi Padre del cielo

Jeremías, profeta perseguido por predicar contra los poderosos, era testigo de fe proclamando su disconformidad con ellos“He escuchado las calumnias de la gente: -¡Terror por todas partes! ¡Denunciadlo, vamos a denunciarlo!” (Jr 20, 10-13). La Historia de los Macabeos es igualmente un relato de testimonio frente al poder tirano. Incluso las fuerzas religiosas se arrogan con frecuencia tales poderes.  Pío IX lo hizo cuando escribió estas desafortunadas palabras: “Solo hay dos maneras de ser cristiano: los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”.

Jesús hace gala de esta legítima rebelión en Mateo 10, 26-27, exhortando a los suyos a un acto de valor“Por tanto no les tengáis miedo (…) Lo que os digo de noche decidlo en pleno día; lo que escucháis al oído pregonadlo desde las azoteas”. Estos versículos animan a los predicadores del evangelio para que la palabra alcance a todos. Por eso es necesario que nada sea obstáculo a que lo desvelado y oculto se proclame a voz en grito. “Al que me reconozca ante la gente, yo le reconoceré ante mi Padre del cielo” (Mt 10, 32). Un reconocimiento que significa expresar o mostrar que son de Cristo por su disposición a dar su vida por él. No es una confesión verbal, sino vital.

Tertuliano, escribía en el año 197 la famosa frase de que «La sangre [de los mártires] es semilla de los cristianos». Idea que se repite ya a mitad del siglo II, en el discurso de autor desconocido dirigido al pagano Diogneto: «¿No ves que arrojados a las fieras con el fin de que renieguen del Señor, no se dejan vencer? ¿No ves que, cuanto más se los castiga, en mayor cantidad aparecen otros?» Otro contemporáneo, Hipólito Romano escribía durante la persecución de Septimio Severo que un gran número de hombres, atraídos a la fe por medio de los mártires, se convertían a su vez en mártires. (Comentario sobre Daniel II, 38).

Esta convicción de fe de los primeros cristianos se basa en un fundamento sólido, porque Jesús, refiriéndose a su muerte redentora, dice: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12, 24). Y como reza el prefacio de los santos mártires: «Han atestiguado con su sangre tus prodigios». Y esto siempre en la historia de la Iglesia. Hoy y en tiempos de San Ambrosio que, refiriéndose a su época y cuando ya no había persecuciones, decía en su Comentario al Salmo XVIII: «¡Cuántos hoy son mártires en secreto y dan testimonio al Señor Jesús!»

Hoy hay mártires incruentos en todas las sociedades, que –creyentes o no– dan testimonio en sus vidas defendiendo valores perennes de la Humanidad, y que serían dignos de figurar en todos los Santorales de la misma.

El Papa Francisco manifestó en una homilía en Santa Marta esta necesidad de dar constantemente testimonio. Dijo: “Y ese es uno de los rasgos del cristiano, que ha recibido la luz en el Bautismo y debe darla. Es decir, el cristiano es un testigo”.

Rabindranath Tagore hace destacar poéticamente en su poemario Gitanjali, la idea de que la luz de su música –la de Jesús y la nuestra– sean testimoniales. Música y luz –sonido y fuerza–, con las que proporcionemos generosamente felicidad y alegría al mundo entero.

¿CÓMO CANTAS, SEÑOR?

¿Cómo cantas Tú, Señor? ¡Siempre te escucho mudo de asombro!

La luz de tu música ilumina el mundo, su aliento va de cielo a cielo, su raudal santo vence todos los pedregales y sigue, en un torbellino, adelante.

Mi corazón anhela ser uno con tu canto, pero en vano busca su voz.

Quiero hablar, pero mi palabra no se abre en melodía; y grito vencido.

¡Ay, cómo envuelves mi corazón en el enredo infinito de tu música, Señor!

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Atención al detalle.

domingo, 25 de junio de 2017
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12-to-aMt 10, 26-33

Una persona detallista es muy codiciada, y suele llevarse a la gente de calle. Porque es la que se fija particularmente en lo que al otro le gusta o inquieta; la que no se conforma con ser correcta y educada sino que desciende a hacer un bien concreto, palpable, que aparentemente no es importante, pero que marca una diferencia cualitativa en el trato; y la que se detiene en lo que a la otra persona le hace sentirse especialmente cómoda y tranquila. Es aquella que coloca una manta sobre los brazos del sillón antes de que la pida quien se sienta a descansar cuando hace frío; o la que le trae un vaso de agua fresca adelantándose a su sed. La que adivina el cansancio que el otro prefiere ocultar; la que respeta los silencios porque entiende que hay cosas de las que no se puede hablar. La que se queda con los gustos de cada uno para atenderlos; la que sabe seguir el ritmo de los demás por respeto, y que escucha sus sueños para cumplirlos. En definitiva, la que se sale de lo predecible y esperable; que se “adelanta” y regala su cuidado; la que transmite que cada persona es importante y merece su atención.

Increíble que haya personas así. Increíble que nuestro Dios responda a este perfil.

Jesús, en este texto del evangelista Mateo, nos asegura que “hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. Difícil decir tanto en tan pocas palabras. Nos transmite con ello no solo que el Señor nos mira, sino hasta qué punto está pendiente de nosotros. Que no se le escapa ni el más mínimo detalle. Y por eso, no podemos dudar de que, si hasta lo pequeño le importa, ¿cómo no va a estar con nosotros en los momentos más duros cuando la vida se tambalea?

La existencia de Jesús está llena de detalles hacia la humanidad. Toda persona que se encontraba con Él recibía una palabra que parecía dicha expresamente para ella, o un gesto con el que curaba aquel rincón del alma más escondido y dañado. Ofreció agua viva a la samaritana para calmar su sed; la liberación a través del perdón a la pecadora que lloraba arrodillada a sus pies; el piropo improvisado a Natanael dejándole en buen lugar ante los ojos de sus compañeros (¡qué ilusión le debió de hacer!); palabras de aliento a los pobres, los que lloran, los perseguidos por la justicia, los honestos… diciéndoles que el Padre está de su parte. A cada uno según su necesidad (un estilo que marcó la pauta de las primeras comunidades, Hch 4,34-35).

Esta atención al detalle de Dios que Jesucristo nos recuerda, es el mejor aval para desterrar el miedo y entregarnos sin fisuras a la causa del Reino con infinita alegría, sabiendo que nada de nosotros se pierde a los ojos del Señor. Porque cuando el mundo solo se detiene en la apariencia, Él repara en el espíritu –ese que no se ve a la primera,  pero que existe y da otro contenido a lo que se muestra–, que alienta nuestras decisiones. Por eso Jesús insiste: “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”.

Él conoce y ama cada resquicio de esa alma, la nuestra, con sus movimientos y emociones, por escondidos que estén e insignificantes que sean, y ese amor escondido que nadie más que Él conoce, lo tiene en cuenta, lo quiere, y siempre lo salva.

María Dolores López Guzmán

Fuente Fe Adulta

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Afrontar el futuro

martes, 22 de noviembre de 2016
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Del blog de la Communion Béthanie:

El hermano Roger es un profeta de nuestro tiempo. Centró toda su vida en Cristo, en cuyo nombre dio la bienvenida a cualquier persona, cualquiera que sea su origen, su pasado, su edad, su religión. Hombre de oración, el fundador de la comunidad ecuménica de Taizé no ha dejado de animar a los hombres a reconciliarse. Su testamento espiritual continúa sosteniendo a aquellos que deseen desarrollar un monaquismo interior. Os proponemos oraciones y palabras del hermano Roger para alimentar cada semana la vida interior en el seguimiento del Dios uno y trino. (Citas sacadas del libro “Vivir para amar” Ed. Les Presses de Taizé, 2010).

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“Si algunos son cogidos por la inquietud del futuro, y se encuentran inmovilizados, hay también, a través del mundo, jóvenes inventivos y creativos.

Saben que Dios no nos hizo para ser pasivos. Para ellos la vida no está sometida a los azares de una fatalidad. Son conscientes de eso: lo que puede paralizar al ser humano es el escepticismo o el desaliento.

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Frère Roger de Taizé,

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«¿Por qué somos tan cobardes?». 12 Tiempo Ordinario – B (Marcos 4,35-40)

domingo, 21 de junio de 2015
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12-852848-300x197«¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?». Estas dos preguntas que Jesús dirige a sus discípulos no son, para el evangelista Marcos, una anécdota del pasado. Son las preguntas que han de escuchar los seguidores de Jesús en medio de sus crisis. Las preguntas que nos hemos de hacer también hoy: ¿Dónde está la raíz de nuestra cobardía? ¿Por qué tenemos miedo ante el futuro? ¿Es porque nos falta fe en Jesucristo?

El relato es breve. Todo comienza con una orden de Jesús: «Vamos a la otra orilla». Los discípulos saben que en la otra orilla del lago Tiberíades está el territorio pagano de la Decápolis. Un país diferente y extraño. Una cultura hostil a su religión y creencias.

De pronto se levanta una fuerte tempestad, metáfora gráfica de lo que sucede en el grupo de discípulos. El viento huracanado, las olas que rompen contra la barca, el agua que comienza a invadirlo todo, expresan bien la situación: ¿Qué podrán los seguidores de Jesús ante la hostilidad del mundo pagano? No solo está en peligro su misión, sino incluso la supervivencia misma del grupo.

Despertado por sus discípulos, Jesús interviene, el viento cesa y sobre el lago viene una gran calma. Lo sorprendente es que los discípulos «se quedan espantados». Antes tenían miedo a la tempestad. Ahora parecen temer a Jesús. Sin embargo, algo decisivo se ha producido en ellos: han recurrido a Jesús; han podido experimentar en él una fuerza salvadora que no conocían; comienzan a preguntarse por su identidad. Comienzan a intuir que con él todo es posible.

El cristianismo se encuentra hoy en medio de una «fuerte tempestad» y el miedo comienza a apoderarse de nosotros. No nos atrevemos a pasar a la «otra orilla». La cultura moderna nos resulta un país extraño y hostil. El futuro nos da miedo. La creatividad parece prohibida. Algunos creen más seguro mirar hacia atrás para mejor ir adelante.

Jesús nos puede sorprender a todos. El Resucitado tiene fuerza para inaugurar una fase nueva en la historia del cristianismo. Solo se nos pide fe. Una fe que nos libere de tanto miedo y cobardía, y nos comprometa a caminar tras las huellas de Jesús.

José Antonio Pagola

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«¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!». Domingo 21 de junio de 2015. Domingo 12º ordinario

domingo, 21 de junio de 2015
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37-ordinarioB12 cerezoLeído en Koinonia:

 Job 38,1.8-11: Aquí se romperá la arrogancia de tus olas.
Salmo responsorial: 106: Dad gracias al Señor, porque es eterna su misericordia.
2Corintios 5,14-17: Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado.
Marcos 4,35-40: ¿Quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: «Vamos a la otra orilla.» Dejando a la gente, se lo llevaron en la barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: «Maestro, ¿no te importa que nos hundamos?» Se puso en pie, increpó al viento y dijo al lago: «¡Silencio, cállate!» El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» Se quedaron espantados y se decían unos a otros: «¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!»

En la primera lectura vemos cómo el Señor le contesta a Job desde un torbellino, una forma muy común en el Antiguo Testamento para las apariciones de Dios. Le muestra lo que el Señor es capaz de hacer por el ser humano, hasta frenar el mar para que no irrumpa contra él. Las comunidades cristianas crecen en medio de dificultades y conflictos. Se encuentran asediadas por muchas amenazas internas y externas. Son como una pequeña barca navegando en altamar, en aguas turbulentas. Cunde la desesperación y el desencanto. Job es el símbolo de la paciencia y la resistencia. Se siente asediado por todas partes. Dios lo interpela haciéndole caer en cuenta de que él es el Señor de la historia. Las dificultades de la vida no podrán derrotar a quien pone toda su confianza en Dios.

En La carta a los Corintios se nos expone la nueva humanidad que a través de la muerte de Cristo recobra la vida plena. Cristo murió por todos para que todos tengamos vida por medio de él. El amor de Cristo ha sido tan grande que nos ha rescatado de la muerte y de la esclavitud del pecado, y nos ha hecho partícipes de la vida nueva. Lo antiguo ha sido superado por la muerte y resurrección del Señor.

En el evangelio, el llamado relato de la tempestad presenta las dificultades por las que atravesaba la Iglesia primitiva en el contexto del imperio romano. El mar es símbolo de peligro; es una amenaza para quienes viven cerca de él, porque saben que por ahí vienen los perseguidores. La comunidad es esa pequeña nave que navega a la deriva. La fe de muchos naufraga ante las amenazas y las presiones del medio. Entonces es cuando hay que recordar que Jesús no ha abandonado la barca. El navega con ellos. Es capaz de derrotar la tempestad. La certeza de la presencia de Jesús fortalece la frágil fe de la comunidad.

Nos sentimos amenazados de muchas formas. La injusticia, la violencia y la corrupción por una parte; el consumismo, el relativismo y el sensualismo por otra. Sentimos la tentación de ceder. Fácilmente caemos en el pesimismo y la resignación. Desistimos de todo esfuerzo y dejamos que la historia empuje la barca a su propio viento. El ambiente nos ahoga y nos sentimos perdidos, desorientados o perplejos. Las palabras de Pablo resultan alentadoras: Cristo murió y resucitó; con él hemos muerto nosotros, y tenemos la firme esperanza de participar en su resurrección. Sólo la certeza de que Jesús camina con nosotros nos puede ayudar a vencer los miedos y las incertidumbres y a “remar mar adentro, hacia aguas profundas”.

Temas clásicos relacionados con este tipo de milagros de Jesús, centrados en la acción sobre la naturaleza, que tal vez ya perdieron su aliciente, son los de la posibilidad misma del milagro, las relaciones entre Dios y la naturaleza, y el tema de la oración de petición, cuando la petición se centra en una acción sobre la naturaleza. Formulamos estos temas en el apartado «para la reunión de grupo» Leer más…

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Dom 2. 6. 15. «Vayamos a la otra orilla»

domingo, 21 de junio de 2015
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tempestadDel blog de Xabier Pikaza:

Domingo 12. Tiempo ordinario. Ciclo B. Marcos 4,35-40. Es tiempo de hacerlo: dejar la casa resguardada, pero ya vacía; han emigrado para siempre las viejas golondrinas de un tipo de cristianismo, arriesgarse al otro lado. Para Jesús el otro lado estaba geográficamente muy cerca, unos de diez millas de lago, luego la «tierra incógnita».¡Vayamos!

Ésta fue una de las palabras fundamentales de Jesús: no se pueden resolver las cosas desde esta orilla, si no vemos las cosas también desde la otra, sin arriesgarnos a pasar a tierras nuevas, con otras gentes y costumbres, para aprender y compartir con ellas el trabajo de la vida.

Ésta fue una palabra importante para la comunidad de Marcos, tras la muerte de Jesús, en tiempos de conflicto y miedo;frente a los que querían cerrarse en lo siempre sido, Marcos supo que el evangelio debía expandirse, en una marcha arriesgada de entrega creadora, descubriendo comunidades y formas de vida distinta, para recrear desde ellas el evangelio.

Ésta ha de ser una palabra clave en nuestro tiempo. Son muchos los que quieren que la Iglesia se siga cerrando, a pesar de lo que fue el Vaticano II, a pesar de lo que anuncia y quiere el Papa Francisco. Muchos hemos querido que el cofre del evangelio se conserve donde siempre ha estado, bajo siete llaves… Pero Jesús nos dice de nuevo, quizá al atardecer de nuestra vida: “id a la otra orilla”.

20070810p2_01Ciertamente, en medio está el mar y la tormenta. Pero él lo dice y nosotros, sus discípulos, debemos tomar la barca y arriesgarnos, más allá de un tipo instituciones milenarias, de las seguridades que se han vuelto inútiles, de basílicas cerradas. ¿Quién va a nuestras iglesias sino ancianos venerables y turistas curiosos

¿Iremos la a otra orilla? Quiero que esta sea la palabra clave de este domingo, día de meditación, pero también de decisión cristiana, mientras seguimos leyendo la encíclica de Francisco, que es una carta magna de la ecología: ¡Vayamos a la otra orilla para que así podamos seguir compartiendo también la nuestra. Buen domingo

Texto. Marcos 4,35-40

4, 35 Aquel mismo día, al caer la tarde, les dijo: -Pasemos a la otra orilla.

36 Ellos dejaron a la gente y lo llevaron en la barca, tal como estaba. Otras barcas lo acompañaban. 37 Se levantó entonces una fuerte borrasca y las olas se abalanzaban sobre la barca, de suerte que la barca estaba ya a punto de hundirse. 38 Jesús estaba a popa, durmiendo sobre el cabezal, y lo despertaron, diciéndole: Maestro ¿no te importa que perezcamos?

39 Él se levantó, increpó al viento y dijo al mar: -¡Cállate! ¡Enmudece!

El viento amainó y sobrevino una gran calma. 40 Y les dijo: -¿Por qué sois tan cobardes? ¿Todavía no tenéis fe?
41 Ellos se llenaron de un gran temor y se decían unos a otros: – ¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?

Parábola pascual.

Ésta es una parábola pascual. Ciertamente, contiene un recuerdo biográfico y un «milagro» o, mejor dicho, un signo cósmico de la vinculación de Jesús con la naturaleza.

Pero en un sentido más profundo es una narración de pascua: Jesús resucitado inicia con sus discípulos una dura travesía misionera, pidiéndoles que vayan con él a la otra orilla, que le lleven a nuevas tierras, nuevas gentes. En el camino del mar surge la tormenta. Ellos tienen miedo y le llaman, él responde despertándose y mostrando su poder, en la barca amenazada. Estamos en ámbito de iglesia.

Aquel mismo día, en ekeine te hemera.

Éste es el día de las parábolas, es decir, de la enseñanza que Jesús ha ido dirigiendo a sus discípulos a lo largo de todo Mc 4. El día de las parábolas que él empieza diciendo a la orilla del mar (Mc 4, 1) y que él explica después en la casa de la Iglesia (Mc 4, 10), a solas con los suyos, ofreciéndoles su enseñanza más honda.

Los discípulos recuerdan admirados al Jesús que era capaz de sentirse cerca de la naturaleza, del mar y de la tierra, sin miedo, sin angustia… Sabía Jesús y sentía que el mismo mar es casa para quienes saben respetar y admirar el mundo entero.

Para nosotros, los cristianos ya mayores, la casa era un espacio de familia resguardada, con las iglesias que se llenaban (¿?) de fieles los domingos, con la seguridad de unas instituciones «eternas», de doctrinas sabias, de eternos vaticanos. Estábamos en la casa, así habíamos estado por siglos.

Pues bien, ahora Jesús dice a los suyos que se arriesguen a dejar la casa, para tomar con él la barca y llevarle a lugares de habitantes distintos, a través del mar bravío. Es evidente que su riesgo se encuentra calculado: forma parte de la misma estrategia eclesial del evangelio tras la pascua. Éste es el día de pasar a la otra orilla.

Iglesia en la tormenta de un camino arriesgado, éste podría ser el título del tema.

La tormenta es la dificultad en una travesía que debe conducir a la otra orilla (eis to peran, dice el texto original: 4, 35). Recordemos que muchos habían venido ya para escuchar a Jesús, desde la otra orilla (3, 7-8), es decir, desde la tierras del otro lado de Galilea, comarcas distintas, de gentiles a quienes en principio consideramos peligrosos, bárbaros…

Pero ahora es Jesús quien decide pasar al otro lado, a la tierra donde habitan los paganos de Decápolis. Está cerca: sus colinas se ven desde este lado. Pero sus gentes son lejanas: distintas por cultura y religión, por tradiciones y formas de existencia. Este paso implica un verdadero comienzo en la travesía del evangelio.

Ahora, año 2015, nos hallamos simbólicamente al inicio de una gran marcha, de la misión universal de la iglesia, que ha de hallarse dispuesta a llevar su semilla a tierra pagana, es decir, a toda tierra

La paradoja de la marcha: ¡La gran salida!.

Desde ese trasfondo se entienden mejor algunos rasgos:

– Jesús inicia el gesto, pero luego duerme en la popa (4, 35-38a). Embarca a los suyos, pero da la impresión de que no responde. Es como si no estuviera. Deja que los suyos sufran ante el riesgo, en la nave amenazada. En el cabezal trasero, él duerme. No le vemos, parece que no está.

– Los discípulos despiertan a Jesús, gritándole su miedo (4, 38b-41). Él se eleva y responde, ordenando al viento y diciendo al mar: ¡Calla, sosiégate!. Mar y viento se calman y la barca puede hacer la travesía.

Barca azotada, casa frágil, entre el viento exterior y el miedo interno, es la iglesia de Jesús.

Sus compañeros no pueden ya sentarse a su lado, en círculo agradable de palabra (como habían hecho en Mc 3, 31-35). Quizá no es ya ni eso… No hay barca ni tempestar, hay simplemente cansancio. ¿A quien de nuestros jóvenes le importa el evangelio? ¿A uno de cada mil? He sentido la novedad compartiendo unos días con un estudiante de medicina… Simplemente un chico normal, sin formar parte de ninguna institución clerical, ni grupo…Y sin embargo cristiano. Le he sentido uno entre mil, digamos que entre cien, y en él he podido sentir la soledad de los otros 99 de la parábola invertida del pastor… No hay uno sólo errante o sin interés. Errantes son los 99.

Jesús duerme, y los suyos combaten contra el viento y las olas. Parece que no pueden sembrar nada pues no hay campo, ni tierra firma donde asentar las plantas de los pies y plantar las semilla…. (en contra de Mc 4, 1-34). No hay nada, los cristianos nos limitamos a luchar contra el mar, aislados en medio de la gran tormenta, sin tierra firme ni ayuda sobre el mundo, en una travesía que muchos suponen que es puramente imaginaria. Así realizan la primera misión postpascual de la iglesia, al oriente de Galilea.

De la parábola de la tierra/semilla (Mc 4, 1-9) a la tarea de la navegación por el mar/tormenta

Ésta es una nueva parábola o, mejor dicho, la misma parábola anterior del Evangelio de Marcos: la siembra (Mc 4, 3-9) debe realizarse en otras tierras (misión de la iglesia). Probablemente el texto ha recogido recuerdos de historia prepascual, experiencias de un pasado en que Jesús calmó a su grupo temeroso sobre el lago familiar donde muchas veces navegaron con sus barcas.

Pero ofrece también una experiencia de Jesús resucitado, proyectada de un modo simbólico al pasado de su vida. Los discípulos son iglesia amenazada, barca en la tormenta, familia en miedo, sin cimientos permanentes, sin patria asegurada ni ciudades fijas, navegantes-misioneros sobre un mar embravecido, con un Maestro (didaskale, así le llaman por primera vez en Mc: 4, 38) que duerme en popa, eso son ellos.

Es lógico que teman.

¿Qué hallarán en la otra orilla? Los lectores sabemos que está esperando el loco violento de la otra orilla (Mc 5, 1-20), rodeado de porqueros miedosos, atrapado en la ciudad de la violencia, invadido por una legión interior (locura) y exterior (ejército romano), expulsado de la propia familia, solitario en los sepulcros. Los discípulos en barca no lo saben, pero lo presienten. Tienen miedo.
Quien haya escuchado la voz de Jesús (a la otra orilla!, embarcándose en la nave de su angustia entenderá este pasaje.

Quien no comparta el terror de los discípulos gritando en frágil barca no podrá comprenderlo. )Por cuánto tiempo van? ¿Cómo podrán resolver, al otro lado, los problemas? El texto no lo dice. Simplemente evoca el miedo del viento y de las olas, con un Jesús dormido en popa.

Jesús les había llamado para ser-con-el (cf. Mc 3, 14), reuniéndoles en torno a él (peri auton: 3, 32.34). Ahora parece que no está: )No te importa que perezcamos? (4, 38). Había invitado a los suyos (autois: cf. 4, 33.35). Ahora parece desinteresarse, ellos gritan:

– Y Jesús, levantándose (diegertheis =resucitando) mandó al viento… y el viento cesó.
– Y les dijo a ellos: )por que sois miedosos? )todavía no tenéis fe?
– Y temieron mucho y se decían : )quién es este, para que viento y mar le obedezcan? (4, 41).

Fe para pasar a la otra orilla

Estamos en la iglesia del Jesús dormido, atravesando con su barca el mar airado. Es una travesía pascual y en ese fondo ha de entenderse el miedo (cf. 16,8) y su superación. El mismo Jesús de la nueva familia eclesial, vencedor de los riesgos del mar (de la muerte) quiere que los suyos crean, decidiéndose a pasar al otro lado. Por eso les pregunta: ¿aún no teneis fe (pistis)? Había hallado fe en los camilleros del paralítico (Mc 2, 5) y más tarde la hallará en la hemorroísa (cf. 5, 34), la sirofenicia (7, 24-30), el padre del enfermo (9, 23-24) y el ciego de Jericó (10, 52). Ahora no la encuentra en sus discípulos miedosos.
Es fe de pascua, que cura y salva, supera la tormenta y crea vida.

Es fe que nos permite pasar con la iglesia (como iglesia) al otro lado de la tierra segura, del antiguo judaísmo (de las sacralidades actuales), para iniciar la misión universal, en tierra de paganos (cf. 11, 22-24). Con esa fe todo es posible.

La fe es el viento bueno de la vida en las velas de nuestro barco, es el milagro verdadero, fuente de misión para la iglesia.

Esta fe para pasar a la otra orilla no es algo opcional…, sino esencia de la iglesia. Los que quedan a este lado, en las seguridades establecidas, terminan muriendo. Una Iglesia que no se arriesga a pasar con Jesús a la otra orilla, superando las fronteras actuales donde se ha establecido, se encuentra condenada a muerte… Mejor dicho, esa iglesia (¿nosotros?) ya ha muerto. Pero otros montarán en la barca a la voz de Jesús y en medio del miedo le verán como Señor y llegarán a la otra orilla. Buen domingo.

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«Jesús salva a su familia», Domingo 12. Ciclo B.

domingo, 21 de junio de 2015
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mc 4 35-41Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Si en la liturgia se leyera el evangelio de Marcos tal como él lo escribió, no a saltos, trompicones y omisiones, habríamos advertido que la popularidad creciente de Jesús suscita tres reacciones muy distintas: desconfianza por parte de su familia, rechazo por parte de los escribas, aceptación por parte de su nueva familia (“estos son mis hermanos, mis hermanas y mi madre”). A esa nueva familia, Jesús la instruye en el capítulo de las parábolas (de las que sólo leímos dos el domingo pasado) e, inmediatamente después, la salva. Con este episodio de la tempestad calmada Marcos pretende también que el lector se pregunte una vez más quien es Jesús.

El mar como símbolo de las fuerzas caóticas (Job 38,1.8-11)

En el mito mesopotámico de la creación (Enuma elish) el dios Marduk debe luchar contra la diosa Tiamat, que representa el mar, para poder crear el universo. El mar simboliza el peligro, la amenaza a la vida. (En términos modernos, el tsunami que devora y destruye la tierra firme.)

La primera lectura, del libro de Job, recoge este tema, pero despojándolo de sus connotaciones politeístas. El mar no es una diosa, es una fuerza caótica que amenaza con cubrirlo todo. El Señor no le machaca el cráneo ni la descuartiza, como hace Marduk con Tiamat; se limita a encerrarlo con doble puerta, a fijarle un confín en el que «se romperá el orgullo de tus olas».

Entonces el Señor respondió a Job desde el seno de la tempestad: ¿Quién encerró con doble puerta el mar, cuando salía borbotando del seno, cuando una nube le puse por vestido y el oscuro nublado por pañales; cuando le fijé sus confines y le puse en torno puertas y cerrojos, y le dije: «No pasarás de aquí, aquí se romperá la soberbia de tus olas»?

El peligro del mar (Salmo 107)

El mar no es sólo una amenaza para la tierra firme, lo es también cuando se intenta cruzarlo en una pequeña nave como las antiguas. En el momento más inesperado se oscurece el cielo, estalla la tormenta, la nave sube y baja al ritmo frenético del oleaje. Sólo cabe la posibilidad de encomendarse a Dios. Esta es la experiencia que recoge el fragmento del Salmo 107, al que quizá mucha gente no preste atención, pero esencial para entender el evangelio de hoy.

Los que a la mar se hicieron con sus naves,

buscando su negocio en las aguas inmensas,

vieron las obras del Señor

y sus milagros en el alta mar.

A su palabra se desató una tempestad

que levantó unas grandes olas:

subían a los cielos, bajaban al abismo,

se vinieron abajo ante el peligro;

En su angustia gritaron al Señor,

y él los libró de sus apuros.

Redujo la tempestad a suave brisa

y las olas se calmaron.

Se llenaron de alegría al verlas ya calmadas,

y él los llevó al puerto deseado.

Den gracias al Señor por su amor,

por sus milagros en favor de los humanos.

Jesús, los discípulos y el mar
(Marcos 4,35-41)

El pasaje del evangelio podemos dividirlo en cinco partes: 1) introducción: Jesús y los discípulos se embarcan a la otra orilla; 2) la tormenta: reacción opuesta de Jesús, que duerme, y de los discípulos, que lo despiertan asustados; 3) Jesús calma la tormenta; 4) Palabras de Jesús a los discípulos; 5) reacción final de éstos.

1) Aquel mismo día, ya caída la tarde, Jesús dijo a sus discípulos: «Pasemos a la otra orilla». Y dejando a la gente, lo llevaron con ellos en la barca tal como se encontraba; y le acompañaban otras barcas.

2) Se levantó entonces una fuerte borrasca, y las olas saltaban por encima de la barca, de suerte que estaba a punto de llenarse. Jesús estaba durmiendo sobre un cabezal en la popa. Ellos lo despertaron y le dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?».

3) Él se levantó, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla! ¡Cálmate!». Y el viento cesó y se hizo una gran calma.

4) Después les dijo: «¿Por qué sois tan miedosos? ¿Por qué no tenéis fe?».

5) Ellos quedaron sumamente atemorizados, y se decían unos a otros: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Tres de estas partes tienen especial relación con los textos de Job y el Salmo.

La segunda (la tormenta) recuerda la situación de grave peligro descrita en el Salmo. Pero, en este caso, los discípulos no se encomiendan a Dios, acuden a Jesús; no creen que pueda resolver el problema, simplemente les asombra que duerma tan tranquilo mientras están a punto de hundirse.

La tercera, en cambio, recuerda la lectura de Job, no por el tono poético, sino por el poder y la autoridad suprema que Jesús manifiesta sobre el mar, semejante a la de Dios en el Antiguo Testamento.

La quinta, que habla de la reacción de los discípulos, recuerda la reacción de los navegantes en el Salmo, pero con un cambio fundamental: los marineros del salmo se llenan de alegría y dan gracias a Dios, los discípulos sienten gran miedo y se preguntan quién es Jesús. Curiosamente, Marcos no ha dicho que los discípulos tuvieran miedo durante la tormenta, pero ahora sí lo tienen; es el miedo que provoca el contacto con el misterio.

Prescindiendo de la introducción, la parte que queda sin paralelo es la cuarta, las palabras de Jesús a los discípulos, que les interroga sobre su miedo y su fe. La ausencia de paralelo sugiere que estas dos preguntas son esenciales en el relato. De hecho, el pasaje dice al lector dos cosas: 1) el poder de Jesús es semejante al que se atribuye a Dios en el Antiguo Testamento; poder para dominar el mar y poder para salvar. 2) Al escuchar la lectura, el cristiano debe reconocer que sus miedos son muchos y su fe poca. Conocer a Jesús no es saberse de memoria unas fórmulas de antiguos concilios. El evangelio debe sorprendernos día a día y hacer que nos preguntemos quién es Jesús.

Desde antiguo se valoró el aspecto simbólico del relato: la nave de la iglesia, sometida a todo tipo de tormenta, esa salvada por Jesús. Un aspecto que también podemos valorar a nivel individual.

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Receta para comenzar el año

domingo, 4 de enero de 2015
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Del blog de la Communion Béthanie:

cocinero

Tomar 12 meses completos,
limpiarlos de todo resentimiento,
odio, cólera y celos
para hacerlos tan frescos y limpios como sea posible.

Ahora,
cortar cada mes en rebanadas de 28, 30 o 31… pedazos,
luego, muy despacio, incorporar a cada día:
una pizca de valentía…
una pizca de confianza…
una cucharada de paciencia…
un cucharón de trabajo,
de perseverancia y de fuerza…
Y añadir a eso algunas gotas de compasión y de comprensión.

Mezclar todo con porciones generosas
de esperanza, de fidelidad, de generosidad y de dulzura.
Sazonar todo con un toque de sueños y de magia,
un tazón de risas y una taza llena de buen humor.
Vierte ahora la receta en un gran tazón de amor
y para acabar…
Decorar con una sonrisa…
Servir con ternura…

*

Fuente: Sallesianos de Don Bosco

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , ,

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