Comentarios desactivados en No seamos creídos.: «Yo no soy», Él es
Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:
Homilía / revisión de vida serena y en calma
La revisión de vida (examen de conciencia) sea tranquila y serena; no es un elenco escrupuloso y torturador de pecados.
Dios me sondea y me conoce con amabilidad y ello es más que suficiente y gozoso. (salmo 138)
01.- Isaías
Me ha enviado para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos, y a los prisioneros la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor
+ ¿Mi vida transcurre con estos criterios: Ayudar a los que sufren, sanar los corazones rotos, transmitir libertad y gratuidad en la vida?
02.- 1Tesalonicenses
Estad siempre alegres. Sed constantes en orar … No apaguéis el Espíritu.
Isaías dice también en la 1ª Lectura: Desbordo de gozo y me alegro con mi Dios.
+ No siempre se puede estar contento, pero sí que se puede vivir serenamente y transmitir calma…
+ ¿Vivo en una cierta paz y amabilidad, o soy siempre un mandón totalitario y amargado?
+ ¿No apaguéis el Espíritu? ¿Soy persona que vive de la libertad del Espíritu? ¿Vivo en el espíritu del Vaticano II o me aferro miedosamente a las viejas tradiciones?
+ ¿Dónde “milito” yo? ¿En la más estricta observancia legal o en la misericordia y libertad de los hijos de Dios y hermanos de Jesús?
¿Vivo a la escucha de la Palabra, de la sensatez, de la voz que Dios nos comunica en la vida también hoy?
03.- Evangelio de Juan: Juan Bautista y Jesús
El evangelio de san Juan es un continuo “yo soy” aplicado a Cristo: El “Yo soy” aparece decenas de veces en su evangelio.
Se podría decir que este evangelio joánico está compuesto por largas catequesis que terminan con un “yo soy”: la samaritana: Yo soy el agua, (Jn 4), la multiplicación de los panes: Yo soy el pan de vida, (Jn 6). El ciego del templo: Yo soy la luz, (Jn 9), Lázaro: Yo soy la resurrección y la vida, (Jn 11). Yo soy el camino, la verdad y la vida, (Jn 14,6). Yo soy Rey, (Jn 18,37)…
Pues bien, Juan Bautista repetirá hasta la saciedad: “yo no soy”, Yo no soy Cristo, ni el mesías, no soy Elías, no soy el profeta. Nosotros diríamos: soy un pobre hombre. Juan Bautista dice de sí mismo que es una voz que clama en el desierto, (Jn 1,23).
Juan Bautista era la voz, pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de la creación. Juan Bautista era la voz, Cristo es la Palabra eterna.
+ ¿Soy persona que me creo el “no va más”? ¿Me considero muy importante, “imprescindible”, soy o tengo tales cualidades, cargos, etc…?
+ ¿Oriento a mis hermanos hacia Cristo –hacia el que es- o lo hago hacia mi iglesia, mi ideología, mi partido, mis intereses?
+ ¿Procuro transmitir luz, la Palabra o impongo “mi palabra” y mis criterios? ¿Soy oyente de la palabra y procuro transmitirla?
Comentarios desactivados en Adviento: un canto de esperanza II
Desde una perspectiva cristiana
Carmen Herrero Martínez
ZARAGOZA
ECLESALIA, 01/12/23.- Desde una perspectiva cristiana, creer en Jesús es descubrir y vivir en él la esperanza, en el aquí y ahora; y luego, contemplarlo en plenitud, cara a cara, viviendo en su presencia. Si el cristiano pierde la esperanza, de alguna manera pierde su propia identidad. El cristiano es aquel que espera contra toda esperanza. “Necesitamos tener esperanzas ‒más grandes o más pequeñas‒, que día a día nos mantengan en camino. Pero sin la gran esperanza que ha de superar todo lo demás, aquellas no bastan. Esta gran esperanza sólo puede ser Dios, que abraza el universo y que nos puede proponer y dar lo que nosotros por sí solos no podemos alcanzar”.
Los cristianos, discípulos de Jesús, estamos llamados a ser testigos y heraldos de esperanza en medio de la sociedad, tan necesitada de ella. Los cristianos no podemos mirar los acontecimientos históricos y personales con ojos paganos, sino desde una visión de fe y de esperanza; porque en todos ellos se encierra un porqué y un para qué. Tampoco podemos dejarnos influenciar por corrientes materialistas; el cristiano está llamado a reaccionar, a vivir desde una dimensión escatológica, unido a Cristo; porque el fundamento de nuestra fe y esperanza es él, y desde él y con él podremos “sazonar” nuestro entorno, nuestro mundo y nuestra historia con la “sal” de la esperanza. El fundamento de nuestra esperanza es la fe en Jesucristo, pues si no tenemos fe, ¿cómo poder esperar? La fe va muy unidad a la esperanza. “Sin la esperanza se apaga el entusiasmo, la creatividad decae y mengua la aspiración hacia los más altos valores” (Juan Pablo II).
Para vivir desde una postura de espera y esperanza día tras día, necesitamos hacer un “alto” en el camino, que nos ayude a vivir en silencio, soledad y oración; porque por nosotros mismos no podemos alcanzar tales metas. La oración es la que fortifica nuestra espera y alienta nuestra esperanza. Tengamos la certeza de que la oración es la que da fecundidad a nuestro ser y a nuestro obrar como cristianos, y desde esta certeza intentemos, a lo largo de la jornada, tener algún rato para el Señor, en toda gratuidad. San Agustín dirá: “Así, nuestras palabras y obras, alimentadas por la oración, llenarán nuestros hogares y todas nuestras relaciones de la fragancia de Dios y ayudarán a transformar el mundo”. Sí, hoy nuestro mundo está muy necesitado de la fragancia de Dios, de la fragancia que viene de la oración y de la esperanza. Seamos, pues, hombres y mujeres capaces de transmitir esta fragancia de Dios, a nuestros hermanos en humanidad, tan hambrientos como están de esperanza. “Porque nosotros, confiados en la promesa de Dios, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que habita la justicia” (2 Pd. 3, 13).
El Adviento aviva nuestra esperanza, pues Dios encarnado sale a nuestro encuentro, y nos invita a seguir creyendo contra toda esperanza, amando y construyendo un mundo donde la justicia y la paz sean posibles. “No alzarán la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is. 2, 4).
El Adviento, nos abre un camino gozoso de esperanza y de salvación. El Salvador viene, ya está a la puerta y llama, invitándonos a preparar la “posada” de nuestro corazón; el pesebre donde quiere nacer y colmarnos de su tierno y dulce AMOR.
Un nuevo Adviento requiere vivir actitudes de renovación profunda. Señalamos cuatro que son esenciales:
1) Conocer más a fondo a Dios nuestro Padre que nos ha dado a su propio Hijo, por puro amor, para salvarnos.
2) Conocer al Hijo que, siendo rico, por nosotros se hizo pobre.
3) Y conocernos a nosotros mismos como obra maravillosa del amor de Dios al crearnos a su imagen y semejanza, regenerados y salvados en su Hijo.
4) Vivir en la acción de gracias y alabanza al Padre.
Si así vivimos el Adviento, la Navidad tendrá toda su dimensión cristológica y en nuestro corazón, en el seno de las familias y en el corazón del mundo reinará el gozo y la alegría de la Navidad: “Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. «Maravilla de Consejero», «Príncipe de la Paz»» (Is. 9, 7). “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” (Flp 4, 4). El Adviento es tiempo esperanza gozosa, Jesús viene a salvar la humanidad, a traernos la alegría la paz y la fraternidad.
Adviento, canto de espera esperanzada,
canto de alegría y júbilo,
porque Dios visita y salva a su pueblo, ¡feliz Navidad!
La publicación de hoy es de la colaboradora invitada Sr. Jane Aseltyne, IHM. Sor Jane, está en primeros votos con las Hermanas Siervas del Inmaculado Corazón de María de Monroe, Michigan. Tiene una maestría en Teología Sistemática y Espiritualidad de la Unión Teológica Católica de Chicago. Su tesis de maestría titulada “Beyond the Binary: Expanding Understandings of the Imago Dei,” (“Más allá de lo binario: ampliando la comprensión de la Imago Dei”) busca desarrollar una comprensión más inclusiva de lo que significa ser hecho a imagen y semejanza de Dios, particularmente en lo que respecta al género y la orientación sexual.
Hace unos meses, me invitaron a ser parte de un nuevo esfuerzo en mi parroquia, St. James Wabash, en el barrio Bronzeville de Chicago. La invitación a codirigir un ministerio LGBTQIA+ en la parroquia fue una grata sorpresa. Me emocionó que mi parroquia estuviera dispuesta a salir de su zona de confort y comenzar algo tan necesario, pero también tenía dudas, preguntándome cómo recibiría la congregación el ministerio.
El primer domingo que se anunció el ministerio, mi colíder y yo nos paramos frente a nuestra comunidad parroquial e invitamos a aquellos que se identifican como queer y aliados a unirse a nosotros en una reunión para hablar sobre nuestros viajes. Estaba nerviosa pero confiaba en que el Espíritu nos guiaría.
No teníamos una agenda estricta y rápida para nuestra primera reunión. El objetivo era tener una idea de las necesidades existentes en la parroquia en torno a las cuestiones LGBTQIA+. En esa primera reunión, me encantó la cantidad de personas que asistieron y que nuestra conversación reveló las muchas y variadas formas en que cada uno de nosotros navegamos siendo queer o aliados en una iglesia que no siempre acepta fácilmente las experiencias y vidas de las personas queer.
Al reflexionar sobre esa reunión a través del lente de las lecturas litúrgicas de hoy, me encontré regresando a Juan el Bautista y su experiencia de proclamar la venida de “uno más grande que él”. A menudo se retrata a John como un poco “excéntrico”. Marcos nombra el tipo de ropa que usa y la comida que come para mostrarnos que Juan no era como las demás personas. Viste ropas hechas de pelo de camello, come langostas y miel silvestre y pasa sus días en el desierto clamando por la venida del salvador. Por lo que podemos deducir de Marcos, tenemos la sensación de que Juan estaba al margen de la comunidad dominante.
Aplicando una lente queer al evangelio de hoy, podríamos decir que la misión de Juan el Bautista es inherentemente queer (esto no quiere decir nada sobre su orientación sexual, que nunca sabremos). Según el teólogo Patrick Cheng, queering significa ir más allá de lo binario, desafiar el status quo y poner la autoridad patas arriba. ¿No era eso exactamente lo que estaba haciendo Juan? Instó a la gente a arrepentirse, desafió a los poderes fácticos y vivió una vida que hizo que las personas se cuestionaran a sí mismas y reflexionaran sobre sus acciones de nuevas maneras. Al aplicar el concepto de queering a lo que hace John, nos permitimos entrar en su misión y experimentarla más plenamente.
Cuando miramos la vida de Juan a través de esta lente, lo vemos como alguien valiente que creía tan apasionadamente en la misión redentora de Jesús que estaba dispuesto a dar su vida por ella. Predicó la urgencia. Sabía que su tiempo era limitado y sabía que las personas que lo rodeaban necesitaban reorientar sus vidas y actitudes para dar paso a la venida de Jesús.
Si tomamos en cuenta el panorama LGBTQIA+ actual en nuestra iglesia y en el mundo, vemos a defensores de la justicia defendiendo la causa por la plena inclusión y aceptación. Algunos que me vienen a la mente son Craig Ford, Bryan Massingale, Jim Martin y Yunuen Trujillo, todos quienes han escrito y hablado extensamente sobre asuntos queer en la iglesia. Organizaciones católicas como New Ways Ministry y DignityUSA brindan recursos y aportan una voz corporativa a las preocupaciones LGBTQIA+. Al igual que Juan, estas personas y organizaciones (y muchas más) se han puesto en posición de ser criticadas e incomprendidas porque dan voz a una comunidad que está constantemente marginada dentro de nuestra iglesia y el mundo.
Cuando pienso en los que asisten al grupo de apoyo mensual de nuestra parroquia, veo gente común y corriente que se presenta para hacer el trabajo. A su manera, están actuando con valentía y valentía por el amor y la inclusión. Sus historias resuenan en mí: la lucha por ser escuchado, conocido, visto, historias de esperanza y resiliencia, el compromiso de seguir presente incluso cuando es difícil.
Mientras continuamos nuestro viaje de Adviento, recordemos que es una temporada de anhelo y misterio. Es un momento para que recordemos que Cristo vino al mundo tal como era, y debemos involucrarnos con el mundo hoy tal como es y no rehuirlo. Deja que la urgencia de Juan te hable sobre cómo puede actuar en nombre de los más marginados, esperando el día en que “la bondad y la verdad se encuentren, y la justicia y la paz se besen”. No existe el momento perfecto. El tiempo es ahora. Que nuestras vidas proclamen con urgencia la misión liberadora de Jesús.
Comentarios desactivados en “Renovación interior”. 2º Domingo de Adviento – B (Marcos 1,1-8). 10 de diciembre 2023
Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad. Se nos obliga a vivir con rapidez, sin detenernos en nada ni en nadie, y la felicidad no tiene tiempo para penetrar hasta nuestro corazón. Pasamos rápidamente por todo y nos quedamos casi siempre en la superficie. Se nos está olvidando escuchar la vida con un poco de hondura y profundidad.
El silencio nos podría curar, pero ya no somos capaces de encontrarlo en medio de nuestras mil ocupaciones. Cada vez hay menos espacio para el espíritu en nuestra vida diaria. Por otra parte, ¿quién se va a ocupar de cosas tan poco estimadas hoy como la vida interior, la meditación o la búsqueda de Dios?
Privados de alimento interior, sobrevivimos cerrando los ojos, olvidando nuestra alma, revistiéndonos de capas y más capas de proyectos, ocupaciones e ilusiones. Hemos aprendido ya a vivir «como cosas en medio de cosas» (Jean Onimus). Pero lo triste es observar que, con demasiada frecuencia, tampoco la religión es capaz de dar calor y vida interior a las personas. En un mundo que ha apostado por «lo exterior», Dios resulta un «objeto» demasiado lejano y, a decir verdad, de poco interés para la vida diaria.
Por ello no es extraño ver que muchos hombres y mujeres «pasan de Dios», lo ignoran, no saben de qué se trata, han conseguido vivir sin tener necesidad de él. Quizá existe, pero lo cierto es que no les «sirve» para su vida.
Los evangelistas presentan a Jesús como el que viene a «bautizar con Espíritu Santo», es decir, como alguien que puede limpiar nuestra existencia y sanarla con la fuerza del Espíritu. Y quizá la primera tarea de la Iglesia actual sea precisamente la de ofrecer ese «bautismo de Espíritu Santo» a los hombres y mujeres de nuestros días.
Necesitamos ese Espíritu que nos enseñe a pasar de lo puramente exterior a lo que hay de más íntimo en el ser humano, en el mundo y en la vida. Un Espíritu que nos enseñe a acoger a ese Dios que habita en el interior de nuestras vidas y en el centro de nuestra existencia.
No basta que el evangelio sea predicado. Nuestros oídos están demasiado acostumbrados y no escuchan ya el mensaje de las palabras. Solo nos puede convencer la experiencia real, viva, concreta, de una alegría interior nueva y diferente.
Hombres y mujeres convertidos en paquetes de nervios excitados, seres movidos por una agitación exterior y vacía, cansados ya de casi todo y sin apenas alegría interior alguna, ¿podemos hacer algo mejor que detener un poco nuestra vida, invocar humildemente a un Dios en el que todavía creemos y abrirnos confiadamente al Espíritu que puede transformar nuestra existencia? ¿Podrán ser nuestras comunidades cristianas un espacio donde vivamos acogiendo el Espíritu de Dios encarnado en Jesús?
Comentarios desactivados en ”Allanad los senderos del Señor”. Domingo 10 de diciembre de 2023. Domingo 2º de Adviento.
Leído en Koinonia:
Isaías 40,1-5.9-11: Preparadle un camino al Señor. Salmo responsorial: 84: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación. 2Pedro 3,8-14: Esperemos un cielo nuevo y una tierra nueva. Marcos 1,1-8: Allanad los senderos del Señor.
En los tiempos que escribe el profeta Isaías el pueblo de Israel se encuentra en el exilio de Babilonia y es inminente un posible retorno a la tierra de Israel. Isaías da aliento a su pueblo diciéndoles que ya han satisfecho la pena que tenía estipulada por sus culpas, satisfacción lograda por medio de la esclavitud y los trabajos forzosos que han vivido en Babilonia. Ahora vendrá un mensajero, que el escritor no le da nombre, proclamando que todo monte sea rebajado, allanando, aplanado para hacer una senda a nuestro Dios que regresa triunfante a Jerusalén conduciendo a su pueblo como en otro tiempo lo hizo con los israelitas saliendo de Egipto. El escritor ha tomado una costumbre de su época, según la cual cuando un rey ganaba una guerra o una batalla se hacían caminos ceremoniales en los cuales se celebraba el triunfo del rey sobre sus enemigos. Asimismo Yahvé es el Señor, el Dios de Israel que retorna glorioso triunfante a Jerusalén por un camino preparado por Él. El mensajero anuncia a todo el pueblo esta noticia, noticia de esperanza y de alegría para una comunidad que vivía marginación y explotación. Los evangelistas han asociado a este mensajero que prepara el retorno de Yahvé con Juan el Bautista.
El Salmo canta la esperanza del pueblo desterrado que ahora retorna. Ellos se preguntan hasta cuándo Dios estará alejados de ellos, y la respuesta es unánime: Él mora en aquellos que le son fieles. Ese día Yahvé se hará presente. La justicia y la paz reinarán y las cosechas, que no han producido lo esperado, prosperarán. Es un himno al Dios compasivo que ahora retorna a su tierra para hacerla fructificar. Es la espera y la esperanza en un futuro mejor.
La segunda lectura de la carta de Pedro, nos sitúa dentro del debate sobre el día de la segunda venida del Señor. La comunidad para la que esta dirigida la carta de Pedro se preguntaba cuándo sería ese día en que Jesucristo resucitado volvería. En un principio se les había dicho que pronto pero pasaba el tiempo y no retornaba. El apóstol le responde diciéndole que el Señor no se retrasa en el cumplimiento de la promesa como ellos suponen, sino que usa de la paciencia de los hombres queriendo que todos lleguen a la salvación; por que un día es como mil años y mil años como un día para el Señor. En ese día se inaugurara un nuevo cielo y nueva tierra. Lo que nosotros tenemos que hacer es esforzarnos para ser hallados en paz ante él, y ésta debe ser una actitud permanente pues no sabemos el día en que vendrá. Pedro anima a la espera a una comunidad impaciente, y más que a una espera a vivir esperanzadamente en un futuro mejor. No niega que haya problemas en la comunidad (divisiones, persecuciones), pero lo que nos debe identificar como cristianos es la confianza en un futuro mejor.
El evangelio de Marcos se centra en la predicación de Juan el Bautista. En él se cumple la profecía de Malaquías según la cual vendrá un mensajero delante del Mesías (que sería Elías); y del profeta Isaías que expresa la misión del precursor preparar el camino de aquel que ha de venir. Juan proclamaba un bautismo de conversión el cual era signo del perdón de los pecados y que implicaba el compromiso de cambio de vida. Predicaba un castigo inminente de Dios y ante esa amenaza debíamos reconocernos pecadores, débiles, que hemos fallado, por lo cual el bautismo era expresión de un real cambio de vida y no solo un simple rito. Esta predicación era muy aceptada por las gentes de Jerusalén y de Judea, especialmente los más pobres (luego evangelistas nos dirán que los fariseos y los doctores de la ley, personas importantes, no creyeron en él). Caracteriza a Juan su vestimenta y su dieta, que significaba su talante profético. Se viste a sí porque las tradiciones de la época identificaban con estos rasgos a los profetas. La venida inminente de quien bautizará en Espíritu, es la esperanza que el grupo de seguidores de Juan arraiga en su corazón.
Como vemos, la liturgia del día de hoy nos invita a esperanza, a creer que en medio de las dificultades, de las persecuciones, de las realidades más duras de la vida; es posible un futuro mejor, porque el Señor es fiel a quienes asumen los valores de la verdad, de la justicia, de la fraternidad. Todas estas esperanzas que nos invitan las lecturas, como cristianos, las leemos en Jesús, sobre todo en este tiempo de espera alegre de la Navidad, espera de un nuevo mundo. Que nuestra esperanza sepa dar testimonio ante el mundo de que un futuro mejor, en medio de las difíciles condiciones de nuestra realidad, es posible. Leer más…
Comentarios desactivados en 10.12.23: Dom 2 Adviento. Principio de Navidad, Juan Bautista (Mc 1, 1-8)
Del blog de Xabier Pikaza:
Muchos no sabemos cómo empezar Navidad, aunque muchas ciudades han encendido luces de colores, han alzado árboles de christmas y han sacado a la calle renos con Papa-Klaus o San Nicolas vestidos de blanco y colorado, con toques verdes, bellas muchachas y comidas de familia con turrones.
Todo eso está bien, aunque apenas aparece el niño del verdadero futuro de la vida cristianaque es Navidad. Está bien, aunque para los cristianos, según el Evangelio de Marcos, evangelio del año litúrgico que empieza, en el principio, como precursor de la Navidad, no está el Santo Klaus, ni los renos/abetos del norte, sino Juan Bautista, en el río del desierto, con comida y vestido especial, invitándonos al agua de su río, a la palabra de su mensaje, al presente y futuro más hondo de la vida de Jesús, porque es Adviento, viene la Navidad.
| Xabier Pikaza
Texto: Marcos 1,1-8
Éste es el comienza del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios, como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: «Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.» Este comienzo es Juan bautizando en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaba sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»
Desierto, contra una cultura consumo y desperdicio, que crea pobreza Jesús iniciará su camino en Galilea (Mc 1, 14), para culminarlo en Jerusalén. Juan, en cambio ha comenzado volviendo al desierto, al principio de la vida, que está hecha de lo esencial, de la vida simple, de los dones esenciales, sin cruzar el Jordán de la gran abundancia y empezar malgastando la vida con riquezas inútiles y opresoras, con comidas de derroche….
Juan nos invita a volver al desierto ¿estamos preparados? Al desierto de la vida compartida en el camino… para buscar lo esencial. Desde ese fondo, Juan rechaza las estructuras sociales y las instituciones sacrales de los judíos instalados ya en la tierra de la gran abundancia. Su estilo de vida es un signo de condena para aquellos que quieren tener y tener siempre más, oprimiendo si es preciso a los pobres los ricos. Por eso vuelve al principio de la historia israelita (trazada en los libros que van del Éxodo al Deuteronomio), reuniendo a unos discípulos en el desierto y preparar la llegada del juicio de Dios, que les permitirá entrar en la tierra prometida.
Río de frontera, emigrantes todos Allí donde acaba el desierto discurre el Jordán y aquellos que lo crucen de verdad (como hicieron antaño Josué y los suyos; cf. Jos 1-4) recibirán la herencia de la tierra prometida. A la vera del río habita Juan, preparándose para pasar al otro lado, a la tierra de la fraternidad (Mc 1, 5). En su entorno se forma una “iglesia” o comunidad de emigrantes, atentos al primer “movimiento” del agua (cf. Jn 5, 3-4) para atravesar el río y entrar en la tierra prometida.
Juan no podrá pasar el rio, pues le matarán antes de cruzarlo; no podrá emigrar, pero quiere que otros emigremos con Jesús… Sigue habiendo emigrantes de necesidad, del sur pobre al norte rico, del hambre a la comida, de la persecución a la libertad… Muchos quieren sobrevivir, cruzando el río Grande de América del Norte, el gran Estrecho del mar para llegar a la Europa fecunda en vanidades; muchos mueren en el camino…
Pero la más honda emigración tenemos que hacerla nosotros, los instalados en la abundancia, los ricos de la tierra, una emigración para vaciarnos de nuestro egoísmo, para encontrar nuestra verdad, para celebrar con Juan el camino del Adviento que lleva a Jesús.
Vestidos con vestiduras de fidelidad a la tierra de comunicación de bienes.
La Navidad de nuestro mundo opulento es Navidad de vestiduras de lujo, de apariencia vanidosa de marcas, de colores de reclamo hacia un gozo de apariencia. En contra de esos vestidos de apariencia de mercado, tejidos con el sudor y opresión de los pobres, Juan Bautista, en el desierto, junto al río, nos pide ante todo con su ejemplo que nos desnudemos de nuestros “hábitos” de mentira y opresión, que quedemos desnudos, siendo lo que somos, en comunión de vida con los otros, lo que somos, para entrar de esa manera al río.
Juan quiere que abandonemos las vestiduras de poder, tejidas de orgullo, poder y opresión se los otros. Por eso, mientras llega el momento de cruzar el río, Juan y sus discípulos se cubren con túnicas sencillas, de pelo de camello, y se ciñen con simples cinturón de cuero (Mc 1, 6), recordando a a Elías, profeta ejemplar (a quien seguirá recordando Jesús), anunciador del juicio de Dios sobre el Carmelo (cf. 1 Rey 18).
Estas vestiduras son signo de austeridad profética y de vida en comunión de todos, signo de vuelta a la naturaleza, en la línea de una ecología hecha de respeto a la naturaleza y a la vida. Se trata de no destruir el mundo para vestirnos nosotros; no vestirnos de lujo para que otros sufran de hambre… Nuestro “hábito (hábitat) es la naturaleza que nos ofrece, hojas de higuera, con tejidos naturales de lino y algodón, con de pelos/pieles de animales a los que hemos cuidado como hermanos. Somos de alguna manera lo que vestimos, lo que ponemos por encima de nuestra piel, igual para todos…
Adviento es aprender a desvestirnos de las ropas de orgullo y violencia, para establecer así una comunicación real, de persona a persona. Ser lo que somos, eso es adviento. Vestirnos de naturaleza, de pelo de camello (los animales del campo…), de cinturón de cuero, de la piel de animales que han sido nuestros compañeros de camino, con ellos, como ellos, en un mundo donde hay espacio para todos.
Comida natural, en fraternidad: saltamontes y miel silvestre (Mc 1, 6). Lo que vestimos somos, pero también lo que comemos, como sabe y dice Jesús en el Sermón de la Montaña (Mt 6, 25-34), en comunión con la naturaleza, con lirios del campo y la pájaros/cuervos del cielo. Nos viste Dios, es decir, la naturaleza, como sabe y dice Jesús, discípulo de Juan Batista. Podemos confiar, como pájaros y lirios, pero trabajando de un modo fraterna en la naturaleza, no para destruirla, sino para cuidarnos con ella y para devolverle su dignidad con nuestro cuidado.
Un tipo de cultura actual lo “come” (devora, fagocita todo…), combustibles fósiles y minerales, come y come, destruye y destruye todo, en todo el mundo, de todo el mundo. Juan, en cambio, quiere comer lo que le ofrece la naturaleza, de un modo normal, como sobrante…, lo que le sobra al mundo. En su contexto de desierto, junto al río, saltamontes y miel silvestre… En nuestro contexto otros frutos, plantas y animales, manzanas de árbol, cereales de campo… Pero comer lo que necesitamos, en fraternidad con la naturaleza, no para destruirla, para enriquecerse unos y pasar hambre otros, destruyéndonos y destruyendo la tierra.
Comer con sobriedad, sin devorarlo todo… Vivir con lo que nos da la naturaleza, allí donde estamos, cada uno en un hábitat distinto, compartiendo con solidaridad, para enriquecer a la tierra con nuestro paso por ella,s para dar gracias de Dios y bendecirnos mutuamente, unos a los otros.
Conversión, transformación, y bautismo. La vida de Adviento, preparación de la llegada del “más fuerte” que es un niño, ha de ser, conforme a lo anterior, una vida sobriedad, de inserción positiva en el mundo, de fraternidad, revestidos de la vida de la tierra, alimentados de ella, sin devorarlo todo, sin devorarnos unos a los otros, en gesto de conversión, dispuestos a pasar por el “agua nueva del bautismo a la vida” verdadera.
Bautizarse significa con-vertirse, transformarse, empezar de nuevo, como seres que respiran (viviendo), que comen, que se limpian y renuevan y reviven en el agua de la con-versión, para así “pasar” e introducirnos en la vida de Dios.
Esa vida de con-versión (en vestidos y comida, en fraternidad) culmina y se expresa en el bautismo. Ésta es la mayor esperanza de los discípulos de Juan; esta fue la esperanza de Jesús, discípulo de Juan, esta es nuestra esperanza de Adviento: pasar Jordán y entrarán, de manera liberada, en la tierra prometida. Leer más…
Hacia el año 540 a.C., los judíos llevaban medio siglo desterrados en Babilonia. Años duros, de grandes sufrimientos, de ansia de libertad y de vuelta a la patria. Esa buena noticia es la que anuncia el profeta. Pero el largo camino, a través de zonas a menudo inhóspitas, puede asustar a muchos y desanimarles de emprender el viaje. Entonces, una voz misteriosa, da la orden, no se sabe a quién, de preparar el camino al Señor. No se dirige a hombres, porque la labor que realizarán es sobrehumana: construir en el desierto una espléndida autopista, allanando montes y colina, rellenando valles. Por ella volverá el pueblo judío, acompañado de su Dios, como un pastor apacienta a su rebaño.
Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.
Una voz grita: «En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos – ha hablado la boca del Señor».
Súbete a un monte elevado, heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: «Aquí está vuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder, y su brazo manda. Mirad, viene con él su salario, y su recompensa lo precede. Como un pastor que apacienta el rebaño, reúne con su brazo los corderos y los lleva sobre el pecho, hace recostar a las madres».
El camino ético (Qumrán)
Con el tiempo, la idea de preparar un camino al Señor en el desierto adquirió un sentido nuevo: a mediados del siglo II a.C., un grupo de sacerdotes y seglares judíos, descontentos con el comportamiento de los sumos sacerdotes de Jerusalén y de las costumbres paganas que se estaban introduciendo, recordando el texto del libro de Isaías, decide retirarse al desierto de Judá y allí, en Qumrán, fundar una especie de comunidad religiosa. En el desierto preparan el camino del Señor. Ya no se trata de un camino poético, sino de una conducta conforme a la Ley del Señor. (En hebreo, derek puede significar “camino” y “forma de conducta”, igual que way en inglés).
El camino del Señor Jesús (Marcos 1,1-8)
Esta misma interpretación del texto de Isaías es la que aplica el evangelio a Juan Bautista. También él marcha al desierto a preparar un camino. A primera vista parece tratarse de un camino ético, como en Qumrán, ya que Juan exhorta a la conversión y al bautismo para el perdón de los pecados. Pero sus palabras dejan claro que prepara el camino a una persona más poderosa que él y que trae un bautismo superior al suyo: Jesús.
Comienzo del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Como está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío a mi mensajero delante de ti el cual preparará tu camino. Voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus senderos»; se presentó Juan en el desierto bautizando y predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Acudía a él toda la región de Judea y toda la gente de Jerusalén. Él los bautizaba en el río Jordán y confesaban sus pecados.
Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
-Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, y no merezco agacharme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero é1 os bautizará con Espíritu Santo.
Lugar. «En el desierto». ¿Por qué no predica Juan en Jerusalén, o en alguna ciudad, como Hebrón o Jericó? Si recordamos las tensiones religiosas y políticas que se produjeron en Israel desde el siglo II a.C., el hecho de que Juan predique en el desierto significa que pertenece a un grupo de oposición, que mira con malos ojos al clero de Jerusalén. El Reino de Dios no se puede anunciar en el templo, ni en la ciudad santa. Tiene que ser en un ambiente distinto, al margen de la religión institucional. Y el signo de la conversión no serán sacrificios de animales, sino el reconocimiento de los pecados y el bautismo.
Actividad bautismal. Bautizar significa en griego «lavar». Es lo que hacen los fariseos y la mayor parte de los judíos cuando vuelven de la plaza: «no comen si no se lavan/bautizan totalmente» (Mc 7,4). Juan se dedica a lavar, no copas, jarras y ollas (ver Mc 7,4), sino personas. Lógicamente, lo hace con agua, por eso actúa junto al río Jordán. ¿De dónde le viene esa idea? El profeta Ezequiel, dirigiéndose a los deportados en Babilonia y en otros países, les promete en nombre de Dios que volverán a la patria, y allí: «Os rociaré con un agua pura que os purificará, de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar» (Ez 36,25). En Israel existían desde antiguo ritos de purificación, pero a comienzos del siglo I estaban especialmente difundidos entre los fariseos y en la comunidad de Qumrán. La novedad que introduce Juan es que no se trata de un rito que se repite varias veces al día (como en Qumrán) sino de un rito único, acompañado de la confesión de los pecados, y supone un cambio de vida.
Respuesta de la gente. La distancia del desierto y la extraña personalidad de Juan no desanima a la gente. Acude a él toda la región de Judea e incluso los habitantes de Jerusalén. El hecho de que estos se desplacen al desierto para escucharlo significa que encuentran en él algo que no encuentran en los dirigentes religiosos. Se trata de una crítica velada que el evangelista no desarrolla, solo sugiere.
La gente acudía para recibir el bautismo tras confesar sus pecados. No sabemos cómo hacían esta confesión. En la Biblia encontramos confesiones individuales y comunitarias. David confiesa su pecado cuando el profeta Natán lo acusa de haber cometido adulterio con Betsabé y de haber asesinado a su marido Urías. En estos hechos se inspira el autor del famoso salmo 50: «Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa». El rey Ajab reconoce haber pecado permitiendo que su mujer ordenase la muerte de Nabot. Pero no sabemos cómo confesaba la gente sus pecados ante Juan.
Tampoco sabemos con exactitud cómo realizaba Juan el bautismo. Poco después se cuenta que Jesús, tras ser bautizado, «subió del agua». Esto sugiere que el bautizando entraba en el río.
Forma de vida de Juan. En el evangelio no se habla generalmente del modo de vestir de una persona ni de su forma de alimentarse. De Juan se dice que su vestido era de piel de camello, tenía un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. El vestido recuerda al del profeta Elías, que «llevaba una piel ceñida con un cinto de cuero» (2 Re 1,8). Este simple detalle basta para que el lector piense en el cumplimiento de lo anunciado por Malaquías: «Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible» (Mal 3,23). El alimento a base de saltamontes y miel silvestre carece de paralelo en el Antiguo Testamento, pero recuerda al grupo de los recabitas, más radicales que los vegetarianos, enemigos de la cultura agrícola porque supone impetrar la ayuda de los dioses paganos para que concedan la lluvia y la fecundidad de la tierra. En cualquier caso, Juan se opone al lujo en la comida y el vestido, típicos de la clase alta y del sacerdocio jerosolimitano. No hacen falta vestidos lujosos para preparar el camino al Señor ni una comida abundante para mantenerse en forma. ¿Será esta forma de vestir y de alimentarse un modelo para Jesús? Marcos dejará claro más adelante que no.
Mensaje. Aunque al principio dice Marcos que Juan predica un bautismo de conversión, al final añade unas palabras a propósito de Jesús, sin nombrarlo expresamente. Se limita a considerarlo superior a él («no soy digno de desatarle las correas de sus sandalias») y anuncia que trae un bautismo mucho más importante: él bautiza con agua, el que viene bautizará con Espíritu Santo. La fórmula «bautizar con Espíritu Santo» debe pertenecer a la catequesis primitiva porque aparece en los textos más diversos (Mt 3,11; Mc 1,8; Lc 3,16; Jn 1,33; Hch 11,16). En el contexto de Marcos, el sentido parece ser: yo os limpio simplemente con agua; mi bautismo se queda en lo exterior; el que viene os limpiará interiormente con el don del Espíritu Santo.
Juan establece una interesante relación entre el poder del que vendrá y el Espíritu Santo, que también se encuentra en los Salmos de Salomón, de origen fariseo. Hablando del rey descendiente de David que salvará a su pueblo dice: «No se debilitará durante toda su vida, apoyado en su Dios, porque el Señor lo ha hecho poderosos por el espíritu santo» (SalSal 17,37). La relación entre Jesús y el Espíritu quedará mucho más clara en el episodio del bautismo.
Esperad y apresurad la venida del Señor (2 Pedro 3, 8-14)
A mediados y finales del siglo I, muchos cristianos empezaron a sentirse desconcertados. Les habían repetido que la vuelta del Señor y el fin del mundo eran inminentes. Sin embargo, pasaban los años y el Señor no volvía. El autor de la 2ª carta de Pedro (que no es san Pedro) sale al paso de esta inquietud, ofreciendo una respuesta que, después de veinte siglos, no convence demasiado: el Señor no se retrasa, sino que nos da un plazo para que podamos convertirnos. El autor mantiene la postura tradicional de que la llegada del Señor y el fin del mundo será algo repentino, inesperado. Y en vez de quejarnos de que el Señor se retrasa, debemos «esperar y apresurar la venida del Señor». Además, el fin del mundo será el comienzo de un nuevo cielo y una nueva tierra, y hay que prepararse para recibirlos llevando una vida santa y piadosa, en paz con Dios, inmaculados e irreprochables.
No olvidéis una cosa, queridos míos: que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos accedan a la conversión. Pero el día del Señor llegará como un ladrón. Entonces los cielos desaparecerán estrepitosamente, los elementos se disolverán abrasados, y la tierra con cuantas obras hay en ella quedará al descubierto. Puesto que todas estas cosas van a disolverse de este modo, ¡qué santa y piadosa debe ser vuestra conducta, mientras esperáis y apresuráis la llegada del Día de Dios!
Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados. Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia. Por eso, queridos míos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, intachables e irreprochables.
Una ética basada en Jesús
La segunda lectura, igual que el evangelio, une el camino de la ética con el camino que lleva a Jesús: Juan Bautista lo relaciona con la primera venida; la carta de Pedro, con la segunda. La liturgia nos indica que el Adviento no es época de espera pasiva, como quien espera que empiece la película: hay que comprometerse activamente. Y ese compromiso debe basarse en el recuerdo de la venida del Señor y en la esperanza de su vuelta.
El evangelio de este Domingo nos coloca en la primera página del Evangelio de Marcos. El Evangelio más antiguo que tenemos. Y Marcos abre su obra diciendo: “comienzo de la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo De Dios”. No se anda con rodeos, casi podríamos decir que nos hace spoiler… aunque bien pensado no puede contarnos el final, sencillamente porque este evangelio no tiene final. Se queda abierto, se dirige a ti (a quien tenga la osadía de leerlo) y te pide que lo continúes, te pide que te impliques.
Pero no nos vamos a adelantar tanto, ahora estamos en la primera página y se nos presenta al primer personaje. De hecho se presenta él mismo con la contundencia, la humildad y la lucidez de quién se conoce a sí mismo. “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo. Yo no soy digno ni de postrarme ante él para desatar la correa de sus sandalias.”
La actitud de Juan es la actitud de todo verdadero discípulo. Ese saber quitarse de en medio. Ser un anuncio que no distraiga. Para ello primero necesitamos conocernos y conocer a Jesús. Acallar nuestro orgullo y permitir que la humildad nos haga conocernos, acogernos y amarnos. Solo así nos preparamos para ser discípulas y discípulos.
También Juan necesitó tiempo y desierto para prepararse. Antes de salir al Jordán a Bautizar, pasó años en la soledad y el silencio, acallando ruidos y tentaciones, moldeando una vida sencilla y austera. El evangelio nos lo muestra tan seguro de sí en mitad de una multitud que lo escucha y lo respeta, pero nos lo muestra casi al final de su recorrido, cuando ya se conoce, cuando ya se ha equivocado mil veces. Ahora se encuentra en el momento decisivo de su vida, y aun así tendrá dudas y necesitará enviarle mensajeros a Jesús: “¿Eres tú o tenemos que esperar a otro?”. El camino de la fe no es fácil, no es una autovía, se parece más a un bosque sin sendero, donde solo hay camino si das un paso más.
Oración
Enséñanos, Trinidad Santa, a andar vestidas de Evangelio y con sandalias por este tiempo de Adviento.
Comentarios desactivados en Juan fue una figura decisiva y autónoma.
ADVIENTO 2º(B)
Mc 1,1-8
El evangelio del domingo pasado nos hablaba de estar despierto. Hoy hablan los que han despertado, los centinelas, los profetas. No se trata de un adivinador del porvenir. Tampoco se trata de un ser humano elegido por Dios, que le va indicando lo que tiene que decir. Profeta es el que está despierto. La principal característica del profeta es precisamente su inserción en el pueblo y su preocupación por la suerte de los más humildes. Su principal objetivo ha sido denunciar la injusticia.
Verdadero profeta sería el que ha llegado a una experiencia de su verdadero ser y, fiel a ella, ayuda a los demás a descubrir el camino de lo humano. Falso sería el que conduce al hombre a su deshumanización. El problema está en que lo “humano” solo se puede valorar desde lo humano. Por eso no hay manera de distinguir lo falso de lo verdadero, mientras no se tenga una mínima experiencia de humanidad.
No debemos extrañarnos de encontrar tantos y tan expresivos textos para este tiempo litúrgico. Lo que el segundo Isaías anuncia es un evangelio (buena noticia). El destierro había acabado con toda una teología triunfalista que invitaba a dormirse en los laureles de sentirse elegidos, sin aceptar ninguna responsabilidad para con Dios ni para con los demás. Las denuncias de todos los profetas advertían de que no se puede confiar en Dios mientras se practica toda clase de atropellos e injusticias.
La primera palabra del evangelio de Marcos es “arje”, que en griego designan el comienzo de un texto, pero también algo mucho más profundo. El evangelio de Juan comienza también con esta palabra y lo traducimos: “en el principio” = origen. “Arje” significa origen y fundamento, aquello que ha sido la causa de que otra cosa surja. La Vulgata lo tradujo por “Initium” que también significa “origen”. El texto se debía traducir: “Éste es el origen de la alegre noticia de Jesús el Ungido, el Hijo de Dios.
Tampoco “euanggelion” debemos traducirlo por evangelio, que es un concepto muy elaborado, sino por buena noticia. Quiere decir que comienza el evangelio que es todo él una buena noticia. Lo mismo pasa con “Jesous” y “Christos” que en griego están separados y significan Jesús el ungido. Con el tiempo los cristianos unieron el nombre con el adjetivo y confesaron al Jesucristo que ha llegado hasta nosotros.
Mc es el primer evangelio que se escribió, pero no sabe nada de la infancia de Jesús. Debemos recordarlo a la hora de interpretar los textos de Lc y Mt, que vamos a leer en Navidad. Se fueron elaborando en primeros años de cristianismo y no tienen nada que ver con la historia. Son relatos míticos y leyendas anteriores al cristianismo que se han utilizado para dar mensajes teológicos, no para informarnos de lo que pasó.
Marcos pasa directamente a hablarnos de Juan Bautista como último representante del profetismo. El Bautista es el personaje clave en el tiempo de Adviento, porque se trata del último de los profetas del AT. Debemos recordar que hacía casi trescientos años que no había aparecido un profeta. Todos los evangelistas lo consideran el heraldo de Jesús, lo anuncia, lo propone al pueblo y es protagonista de su nacimiento en el Espíritu (bautismo), donde empieza Jesús a manifestar lo que realmente era.
No podemos asegurar que este relato responda a una situación histórica. Es muy poco lo que sabemos sobre la relación de Jesús con Juan. Es cierto que el primer dato histórico sobre Jesús, que se encuentra también en fuentes extrabíblicas, es su bautismo. No es descabellado suponer que Jesús, un buscador incansable, le llamara la atención un personaje como Juan que ya era famoso cuando él inició su vida pública. A Juan no le gustaba el cariz que había tomado su religión, como a Jesús.
Los primeros cristianos dieron al Bautista un papel relevante en la aparición del cristianismo, mayor del que hoy le reconocemos. La prueba está en que, en un momento determinado, vieron la necesidad de marcar distancias entre Jesús y Juan para dejar claro quién era el más importante. Seguramente esa relevancia se deba más a la necesidad de justificar una figura tan desconcertante como la de Jesús, conectándole con el profetismo del AT, que a una real influencia de Juan en Jesús.
Preparadle el camino al Señor. Este grito es el mejor resume del espíritu de Adviento. Pero fijaros que fuerza el sentido del texto, que habla de prepararle un camino a Yahvé, mientras Mc habla de preparar un camino a Jesús. El texto está insinuando que si Dios no llega a nosotros es porque nosotros se lo impedimos, que orientamos nuestra vida en otras direcciones. Él viene, pero nosotros nos vamos.
Yo bautizo con agua, pero él bautizará con Espíritu Santo. Es la clave del relato y marca la diferencia abismal entre Jesús y Juan. Las primeras comunidades tenían muy clara la originalidad de Jesús frente al pasado. Toda la relación con Dios, hasta la fecha, era considerada como externa al hombre y en relación desigual. Dios era el soberano y el ser humano el súbdito. Jesús manifiesta una relación con Dios distinta. Él está empapado del Espíritu y nos sumerge (bautiza) a todos en ese mismo Espíritu.
Los textos de este domingo nos hablan de utopía. Isaías dice: Aquí está vuestro Dios. Pedro: Nosotros esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia. El salmo: La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan. Mc: Él bautizará con Espíritu Santo. En un mundo tan pesimista, encontrarnos con esta oferta, es impactante. Pero tampoco tenemos que caer en el triunfalismo. Derrotismo y triunfalismo son estrategias extremas que utiliza el yo para fortalecerse.
Hoy la necesidad de estar alerta es más apremiante que nunca, porque jamás se han ofrecido al ser humano tantos caminos falsos de salvación. Tenemos toda una gama de productos disponibles en el mercado, desde las drogas hasta los gurús a medida. Por eso necesitamos más que nunca de la figura del profeta. Seres humanos que por su experiencia personal puedan arrojar alguna luz en esa maraña de senderos que se entrecruzan, pero son sendas perdidas que llevan a ninguna parte.
Nos volcarnos sobre lo sensible, buscando el placer inmediato o descubrir las posibilidades de plenitud que todos tenemos. El no tomar una decisión es ya tomar partido por lo que nos pide el cuerpo. No despertar es seguir dormidos. Decidirse por lo más difícil solo es posible después de una toma de conciencia, que tiene que ir más allá de los sentidos y de la razón. Es una iluminación que me empuja por un camino que ni siquiera sé a donde me va a llevar, pero convencido que me hará más humano.
«Preparad el camino del Señor. Enderezad sus sendas»
Juan era un profeta enfrentado al sistema; un hombre austero y exigente consigo mismo que recorría el Jordán invitando al pueblo a volver la espalda al pecado, a cumplir su parte de la Alianza con Dios, a la penitencia y al bautismo por inmersión.
El gran éxito de Juan provenía del hecho insólito de abrir una puerta de salvación al pueblo llano y depauperado. A aquella chusma maldita —según expresión de los fariseos—, a los que todos despreciaban y condenaban de antemano, les decía que el Señor no les despreciaba; que también podían acceder al reino de Dios; que, en contra de lo que decían las autoridades religiosas, la salvación no estaba reservada a los selectos, sino a todos los que se convirtiesen arrepintiéndose de sus pecados.
Su enfrentamiento con las autoridades civiles tenía su origen en que Juan les hablaba con inusitada crudeza, denunciaba en público sus abusos y ponía de relieve sus vicios y corrupciones. También estaba amenazado por las autoridades religiosas, porque ofrecía la salvación al pueblo a través de un rito no sancionado por ellas, y en lugar profano; ajeno al Templo. La gente sagrada de Israel no podía permitir un hecho de estas dimensiones al margen de su omnímoda influencia.
En cualquier caso, su fama como profeta era formidable y crecía de día en día. Mucha gente de Jerusalén, de toda Judea e incluso de Galilea, salía al Jordán a escucharle y a ser bautizados por él. A Juan se le considera el heraldo de Jesús y por eso tiene un puesto destacado en los textos del Adviento, pero posiblemente fue mucho más.
Si leemos el evangelio con cierta perspectiva, resulta evidente la influencia de Juan en la decisión de Jesús de lanzarse a los caminos a predicar la buena Noticia. Por los sinópticos sabemos que Jesús visitó al Bautista, que fue bautizado por él (incluida la teofanía que aparece en todos ellos), que se retiró al desierto y fue tentado por el diablo, que volvió a Galilea e inició su vida pública. El evangelio de Juan, fiel a su estilo, omite el bautismo y las tentaciones, aunque también sitúa al Bautista al comienzo de todo.
Podemos imaginar que en un momento de su vida Jesús sintió la llamada de Dios, abandonó Nazaret y se dirigió al Jordán al encuentro del profeta al que todo el mundo respetaba. Algunos especialistas creen que permaneció allí bastante tiempo, e incluso que llegó a convertirse en discípulo de Juan. Aquel ambiente de oración y penitencia era propicio para que Jesús se empapase espíritu de Dios, y quedó tan lleno de él, que se sintió Hijo y decidió dedicar la vida a trabajar en las cosas de su Padre.
Antes, se retiró a los rigores del desierto a contrastar y afianzar su proyecto; a pedirle a su Padre fuerzas para culminarlo. Volvió a Galilea y (con mayor o menor conciencia mesiánica, no lo sabemos) se echó a los caminos a compartir con todos la buena Noticia que a él le había sido revelada: Dios no es el Juez que nos castiga, es Abbá.
Juan heraldo de Jesús. Jesús heraldo de Abbá.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí
Comentarios desactivados en El camino como metáfora
Domingo II de Adviento
10 diciembre 2023
Mc 1, 1-8
El camino es una metáfora universal para referirnos a nuestra existencia, constante y “obligado” caminar, incluso a pesar nuestro. En cierto modo, podría decirse que estamos “obligados” a caminar, de la misma manera que estamos “obligados” a ser libres. No salimos nunca de la paradoja.
En otros momentos de la historia, los humanos creyeron que se trataba de un camino hacia “algo” o “Alguien” fuera: el nivel mítico de consciencia no puede imaginarlo de otro modo, por cuanto creía en otro mundo paralelo habitado por dioses. Así, la vida se entendía como un camino hacia Dios (hacia el cielo) o incluso, como en la tradición bíblica, se hablaba de Dios que caminaba hacia nosotros. Así hay que entender el texto que se lee hoy, en la cita de Isaías con la que Marcos inicia su evangelio: “Preparad el camino al Señor”.
Las tradiciones sapienciales y espirituales, sin embargo, siempre han entendido que el camino del ser humano es un “camino sin camino”, por cuanto la meta a la que habría que llegar no se halla lejos, ni fuera, ni en el futuro. Somos ya eso que andamos buscando. Se trata, en consecuencia, no de perseguir algo externo, sino sencillamente de caer en la cuenta de lo que ya somos. No hay que alcanzar algo; solo hay que reconocerlo.
Es cierto que todo empieza por la búsqueda, que nace, no solo de la necesidad, sino también del anhelo profundo que nos habita. Necesitamos cosas que nos llenen, pero anhelamos también aquello que trasciende el mundo de los objetos. El ser humano es un buscador desde el inicio mismo de su existencia. En un primer momento, se volcará hacia fuera, pensando que así encontrará aquello que lo sacie. Con el pasar de los años y tras varias crisis y frustraciones padecidas, tal vez dirija la mirada hacia su interior y llegue un momento en que se haga consciente de que no hay nada que buscar, porque ya es, en su dimensión profunda, todo aquello que anhelaba.
Comentarios desactivados en El Evangelio más que un libro es una persona, Cristo.
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- EL EVANGELIO COMO PRINCIPIO DE NUESTRA VIDA.
El evangelio de hoy nos ofrece el PRINCIPIO del evangelio de JesuCristo.
San Marcos se sitúa en el comienzo de la Biblia, en el Génesis: en el PRINCIPIO creó Dios… (Gn 1,1) y también es el mismo modo con el que san Juan comienza su evangelio: En el PRINCIPIO existía la Palabra (Cristo).
No es una mera cuestión lingüística: No comenzamos a leer un libro, una biografía. Se nos está diciendo que el evangelio es el principio, la luz y la fuente de nuestra vida. El Evangelio es por principio “Buena Noticia” de JesuCristo para el ser humano. Nuestro principio (“nuestros principios”, como decimos coloquialmente) es el Evangelio de JesuCristo Hijo de Dios.
El mismo Dios de la creación y que se ha hecho uno de nosotros es nuestro evangelio, es nuestro principio en la
vida. Desde el PRINCIPIO, desde el Génesis hasta el final de la historia estamos impregnados de EVANGELIO, de salvación. ¡Estamos salvados!
Evangelio significa noticia salvífica, anuncio liberador.
02.- EL EVANGELIO NO ES UN LIBRO, ES UNA PERSONA: CRISTO.
Se suele decir con razón que el evangelio es anterior a los cuatro evangelios. Y es que el evangelio no es un libro, o cuatro, sino una persona: el Señor Jesús. La buena noticia es Cristo. El encuentro personal con Cristo es evangelio, liberación, salvación.
Este es nuestro PRINCIPIO en la vida, este evangelio, Cristo, embarga toda nuestra existencia.
Hay situaciones en la vida en las que nos hace bien volver sobre “nuestros principios”, dirigir de nuevo la mirada y el corazón al “PRINCIPIO”: al EVANGELIO que preside desde el comienzo nuestras vidas. En nuestras noches oscuras, en nuestras dudas, “desiertos”, volvamos a la fuente de aguas vivas, al Evangelio.
Desde el principio y por principio Cristo es nuestro Evangelio.
03.- ESTAMOS EN EL DESIERTO: JUAN BAUTISTA, (Marcos).
El texto de Marcos sitúa a Juan Bautista en el desierto. Extrañamente Juan Bautista predica, grita en el desierto. Pero en el desierto no vive nadie. ¿O sí?
El desierto no es tanto un lugar geográfico, cuanto un lugar de travesía, de crisis, y por tanto, el desierto es un momento de experiencia dura, de experiencia intensa humana y religiosa.
a. El Éxodo y la travesía de las tribus hebreas durante cuarenta años por el desierto fue una experiencia dura de constitución del pueblo. En el desierto, en el momento Sinaí se plasma la ética, los diez mandamientos. La libertad no es fácil y en el camino de Egipto estábamos mejor: al menos teníamos para comer. Vivieron una experiencia de la dureza de la vida: sin pan, sin agua (maná y la roca).
b. También hoy en día -siempre- los humanos atravesamos por desiertos y etapas de sequía y aridez. Se suele decir que no estamos tanto en una época de cambios, sino en un cambio de época. Todo se viene abajo: la religión, el matrimonio, la familia, las tradiciones. Sentimos que un mundo está concluyendo y nos
lamentamos de la pérdida de valores, de lo que han cambiado las cosas y de lo mal que van. Nada es ya lo que fue.
Este es nuestro desierto, nuestro lugar de crisis, de hundimientos, de no ver salida. Es también el lugar de purificación, de paciencia, de camino y esperanza.
04.- CONSOLAD A MI PUEBLO, A MI GENTE, (ISAÍAS).
Pocas veces pensamos y ofrecemos consuelo, tan necesario en la vida.
El consuelo es el descanso y alivio de la pena y sufrimientos que pueden afligir y oprimir el ánimo del ser humano.
Dios consuela a su pueblo.
Consolar, estar cerca, aliviar son actitudes muy de nuestro Dios, de JesuCristo y, por tanto, entra también en nuestro PRINCIPIO para con nosotros mismos y para con los demás. Seremos consolados por el Señor, (Mt 5).
¡Cuántas veces vemos a Jesús consolando a personas, sintiendo lástima de los enfermos, llorando ante el pueblo de Jerusalén!
La misericordia, sentir compasión, consolar son cuidados muy humanizadores y, por tanto, cristianos.
05.- EL DESIERTO TERMINARÁ Y LLEGARÁN LOS CIELOS NUEVOS Y LA TIERRA NUEVA, (2 PEDRO).
El desierto de la vida termina. El evangelio del Señor nos anuncia un cielo nuevo y una tierra nueva.
“El cielo no puede esperar”, porque es lo que da sentido a la tierra. Desde el PRINCIPIO estamos llamados a terminar nuestro desierto, nuestro Éxodo en la tierra de promisión. El destierro de las “muchas babilonias” concluye en la Nueva Jerusalén.
Esperemos y soñemos con los cielos nuevos y la tierra nueva.
Comentarios desactivados en “La alegría Posible”. Fiesta Inmaculada Concepción – B (Lucas 1,26-38)
La primera palabra de parte de Dios a sus hijos, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: «Alégrate».
Jürgen Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no es condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios, y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».
Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede forzar a que esté alegre; no se le puede imponer la alegría desde fuera. El verdadero gozo ha de nacer en lo más hondo de nosotros mismos. De lo contrario será risa exterior, carcajada vacía, euforia pasajera, pero la alegría quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.
La alegría es un regalo hermoso, pero también vulnerable. Un don que hemos de cuidar con humildad y generosidad en el fondo del alma. El novelista alemán Hermann Hesse dice que los rostros atormentados, nerviosos y tristes de tantos hombres y mujeres se deben a que «la felicidad solo puede sentirla el alma, no la razón, ni el vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».
Pero hay algo más. ¿Cómo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír cuando aún no están secas todas las lágrimas y brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra?
La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos. La alegría verdadera solo es posible en el corazón del que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad para todos. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.
Solo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Solo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Solo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a los demás. Solo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.
Comentarios desactivados en 8.12.23 Inmaculada: Dogma de libertad personal y liberación social (con Visi)
La Inmaculada Concepción, de Diego Velazquez.
Del blog de Xabier Pikaza:
Ha sido un dogma importante para la piedad católica a partir del siglo XVII, definido de un modo oficial el 1854.
Es un dogma pro-sexual, centrado en la concepción de María, por unión carnal de sus padres (según tradición: Ana y Joaquín). Es dogma pro.feminista, pues Mt 1, 18-25 Lc 1, 26-38 (evangelio el día) insisten en la autonomía personal de María, que no es sierva/esclava de un varón a quien debe someterse, sino mujer independiente ante Dios y ante la vida (es decir), ante los hombres.
Es un dogma que actualmente no dice lo que quiere decir a no ser que se reformule en perspectiva bíblica y actual
| Xabier Pikaza
Preámbulo con Visi Amundarain: María no le pedía permiso a su marido
Un día, hacia el año 1995, vino a verme Visi Amundarain, gran mujer y amiga, sobrina “carnal” de Antonio Amundarain (1885-1954), fundador de las Aliadas de Jesús y María, a quien estaban por entonces incoando el proceso de beatificación. Venía enfadada con el modo de incoar el proceso y con las preguntas que le habían hecho. Venía también con deseo de comentar un trabajo sobre María mujer-libre, que yo había escrito para el Diccionario de Mariología.
El padre de Visi era hermano del pro-beato, y vivía en el caserío familiar de Elduayen, con su mujer y sus hijos (entre ellos nuestra Visi). Cuando tenía algún problema o necesidad, el tío cura venía al caserío familiar, pidiendo ayuda a su hermano, y haciéndose dueño de la casa… Y por si fuera poco llevaba después a su cuñada a la casa parroquial (durante tres o cuatro semanas), para que resolviera todos los problemas y trabajos que por entonces (entre el 1920-1940) solía haber en las casas de los curas, mientras su hermano (el padre de Visi) quedaba sólo en el basherri o caserío con muchos hijos y mucha labor, de limpieza, comida, labranza y pastoreo.
Estas y otras cosas me contaba Visi, añadiendo que había dicho a los del proceso de beatificación que su tío era santo, pero antxiñeko, de los de antes, de esos que hoy no se pueden beatificar… Y me decía después:
Tu dices en el diccionario que la Virgen María era una mujer autónoma, que no estaba sometida a su marido, ni a sus parientes curas, mientras que mi madre (la de Visi) tenía que someterse a su cuñado cura por el amor que tenía a su marido. Por eso, me seguía diciendo, mi amá (=madre) nos enseñó a todos sus hijos a ser independientes… Por eso, añadía, yo no me hice de las aliadas de mi tío, sino de la misioneras seculares de Rufino Aldabalde (Quizá por eso mismo mi madre, que andaba en la órbita de las aliadas tampoco se hizo aliada).
Aquellas conversaciones con Visi (q.e.p.d.), sobrina del beato cura, me han ayudado mucho a pensar y crecer como cristiano
Inmaculada, Un dogma católico, definido por el Papa
El dogma de la Inmaculada es de tipo antropológico y pascual y sólo ha podido expresarse a lo largo de una historia compleja de la iglesia. Es un dogma que tal como fue definido por el Papa Pio IX el año 1854 no puede ser admitido ni por los cristianos ortodoxos ni por los protestantes (aunque puedan admitir su contenido profundo)
Por otra parte, los temas eugenesia, con todo lo que implican sobre la posible manipulación del origen humano (fecundación partenogenética e implantación in vitro, clonación y gestación extrauterina…), han cambiado de forma radical las formas anteriores de relacionar sexo, generación vida humana. La iglesia sabe que sigue habiendo un tipo de «pecado original», un poder histórico del mal que nos precede y amenaza, vinculado a nuestra violencia y a las estructuras sociales de muerte que dominan sobre el mundo, pero no al sexo en sentido estrecho. En ese contexto de pecado, en apertura a la gracia del amor y de la vida se sitúa nuestro dogma
Un dogma abierto al diálogo
Este es un dogma sobre la concepción, es decir, sobre el surgimiento humano de María. Se trata, por principio, de una concepción normal, dentro de la historia israelita (y universal). A partir del Proto-evangelio de Santiago, la tradición litúrgica cristiana ha dado un nombre a los padres de María: Ana y Joaquín. Ellos se unieron un día al modo acostumbrado y concibieron a una hija, a la que llamaron María.
Pues bien, en contra de tendencias normales de una piedad y teología obsesionadas por el pecado del origen (engendramiento) humana, el Papa afirmó que la concepción de María (realizada, de un modo sexual y personal, por la unión de varón y mujer) estuvo libre de todo pecado o, mejor dicho, fue un acto de purísima gracia. Al decir eso, la iglesia realizó una opción antropológica de grandes consecuencias, que aún no ha sido suficientemente valorada, superando una visión negativa del surgimiento humano, que se solía unir con el pecado.
Este dogma tiene un carácter pro-sexual.
La cohabitación fecunda de Joaquín y Ana queda integrada en la providencia de Dios, es un gesto de gracia. La misma carne, espacio y momento de encuentro humano del que surge un niño (María) aparece así como ‘santa’, es decir, como revelación de Dios. Este dogma tiene un carácter genético y natal: el origen del hombre, con todo lo que implica de fecundación y cuidado de la vida que se gesta, viene a presentarse como revelación de Dios. En este contexto, la santidad está vinculada a la misma vinculación genética de los padres (a su amor total) y, de un modo especial, al surgimiento personal del niño (en este caso de la niña) que nace por cuidado y presencia especial de Dios.
Este «dogma» es inclusivo, no excluyente: lo que se dice de María puede y debe afirmarse de cualquier vida que nace. Toda historia humana es sagrada, presencia de Dios (es inmaculada, por utilizar el lenguaje del dogma), pero no por algún tipo de racionalidad abstracta, sino «en atención de los méritos de Cristo». Cada vida que nace es, según eso, una revelación del misterio mesiánico, abierto a la promesa de la Vida que es Dios.
Un dogma es anti-helenista (antiespiritualista)
pues va contra aquellos que, en línea de espiritualismo o gnosis, suponen que «el mayor pecado del hombre es haber nacido» (Calderón de la Barca) en un mundo dominado por la culpa, condenado a muerte. Este dogma ha sido y sigue siendo causa de gran consuelo para muchísimos cristianos, que asumen como propio este misterio del origen de María: lo que en ella ha sucedido no se puede interpretar de una manera aislada, como simple excepción, sino que es garantía del valor más hondo de la fecundidad humana, en clave familiar, social, cultural. Desde ese fondo, sólo podemos hablar de Inmaculada Concepción si hablamos de Inmaculado nacimiento e Inmaculada educación, pues ambas cosas van incluidas en el surgimiento personal humano.
María es Inmaculada de manera personal, acogiendo la vida y cariño, la presencia y palabra que le ofrece los padres, y es Inmaculada de manera activa, respondiendo de forma personal al don de la vida que le ofrecen otros. De esta forma, la Inmaculada Concepción es signo de providencia histórica de Dios, que se expresa a través de los padres de María, a quienes la tradición ha concebido como plenitud de la historia israelita, y como signo de providencia personal de María, que a lo largo de su vida ha respondido a la gracia de su nacimiento.
ANEJO: Pikaza, Libertad en Diccionario de Mariología, Paulinas, Madrid 1988, 1062-1084, reproducción parcial)
María creyente: libertad desde Dios
Dios se desvela ante María como palabra, por medio del Espíritu Santo. No es necesidad cósmica, ni es imposición biológica, ni siquiera es el destino de la vida. Dios es la palabra que saluda, le invita a responder en libertad y, al mismo tiempo, le sosiega; es la palabra que promete, explica y pide colaboración (/Lc/01/28-36); por eso habla sin imponerse, ilumina sin deslumbrar, actúa sin doblegar la voluntad del que le acoge. En el fondo, podemos definir a Dios como aquel principio personal de vida (Padre) que nos capacita para decidirnos y realizarnos como libres. En el fondo, lo que llamamos Dios es la experiencia radical de nuestra propia libertad potenciada, habitada, por el amor, en relación con los demás.
Dios actúa en el hombre como Espíritu, no como un poder o destino biológico que pueda situarse en el nivel de los agentes materiales o aun humanos que determina la concepción y gravidez de una mujer. Precisamente como Espíritu, vida creadora influye Dios y actúa por medio de María (Lc 1,35; Mt 1,18-21). Pues bien, como Pablo ha descubierto, «allí donde está el Espíritu del Señor está la libertad» (/2Co/03/17): Dios actúa liberando al hombre, Dios le capacita para realizarse libremente sin imposiciones exteriores de carácter opresor.
María es, desde esta perspectiva, la mujer que libremente acepta su condición de persona, la mujer que no está al servició de ningún varón, ni siquiera de unos hijos y que, sin embargo, precisamente por eso, porque es libre, puede dialogar con un varón, con otros seres humanos, poniéndose libremente al servicio de unos hijos… La mujer que puede decirle a Dios (y decirse a sí misma) que quiere y puede concebir (ser madre), pero en libertad, en comunicación de vida, siendo ella misma. Es mujer “empoderada” por Dios, en sí misma, no es sierva de nadie (en el sentido normal de ese término).
En esta perspectiva se sitúa la respuesta de María.
Cuando dice que » sierva del Señor» no toma el término en sentido sociológico o jurídico; tampoco lo interpreta como signo de un sometimiento religioso, como causa de una destrucción o negación de su persona. Es todo lo contrario. María se dice sierva porque ha escuchado la palabra de la libertad, porque se ha descubierto fundamentada y potenciada por un Dios que la respeta en forma plena. Sólo por eso ella se entrega, en gesto de amor, en actitud de alianza. Porque sabe que Dios ha enriquecido gratuitamente su vida, ella le puede responder en actitud de gracia, ofreciéndole su vida.
Sierva, significa aquí servidora libre, “persona responsable”, capaz de responder, de compartir, de dialogar… En ese sentido, en todo el AT, “siervo” tiene el sentido de “ministro”, el que “realiza un ministerio”, sea “ministro del rey” (de un gobierno) o ministro de una Iglesia (papa, obispo…etc.). Aquel que tiene capacidad de actuar, de realizar una obra, de realizarse a sí mismo, en medio de un mundo complejo, como el que aparece, por ejemplo, en los poemas del 2º Isaías.
Si el próximo domingo se leyeran las lecturas normales del Ciclo A, aparecería Juan Bautista predicando la conversión y el perdón de los pecados. Y, al terminar los cuatro domingos de Adviento, el ciclo A no habría dedicado ni un solo pasaje a María (salvo la mención del ángel a José en el cuarto domingo). Cosa rara, porque, cuando va a nacer un niño, la gran protagonista es la madre. Afortunadamente, este año 2019, el segundo domingo cae el 8 de diciembre, día de la Inmaculada, y cede el puesto a esta fiesta (al menos en algunos países).
María inmaculada no significa que sea virgen
El dogma católico no está pensado para gente sencilla, y es fácil que la gente termine confundiendo los términos. Muchos relacionan “inmaculada” con “virgen antes del parto, en el parto y después del parto”. No tienen nada que ver. Inmaculada significa “sin mancha del pecado original”. Como dice la oración después de la comunión: María fue preservada, en el momento de su concepción, de los efectos del primer pecado (el de Adán y Eva), con los que nacemos todos los demás.
Este Hijo se merece la mejor madre
La idea que impulsó este dogma se encuentra en la oración inicial: “Oh Dios, que preparaste a tu Hijo una digna morada”. Idea que se desarrolla ampliamente en el Prefacio: “Libraste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madrede tu Hijo… Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo…”.
El problema
Aunque lo anterior parezca lógico, a los teólogos les planteaba un gran problema: ¿cómo podía alguien estar libre de pecado antes de que Cristo muriese, si es él quien nos redime del pecado con su muerte? Así se explica que, en la Edad Media, grandes teólogos como San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, estuviesen en contra de la idea de que María nació sin la mancha del pecado original. En siglos posteriores hubo grandes debates y enfrentamiento sobre el tema, aunque cada vez fue mayor el número de sus partidarios, especialmente en España.
La solución
Curiosamente, en la declaración del dogma influirá, al menos indirectamente, la rebelión de los romanos en 1849, deseosos de instaurar la República. Pío IX se vio obligado a huir de los Estados Pontificios, refugiándose en Gaeta. Según el historiador Louis Baunard, fue el cardenal Luigi Lambruschini quien lo animó a proclamar el dogma: “Beatísimo Padre, Usted no podrá curar el mundo sino con la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Sólo esta definición dogmática podrá restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden”. Pío IX estuvo de acuerdo, pero antes quiso recabar la opinión del episcopado universal, que me manifestó de acuerdo. El dogma fue proclamado en 1854.
Buscando una base bíblica
Un dogma debe fundamentarse en la Escritura. Y los dos textos que se adujeron son los que tenemos en la primera lectura y el evangelio. En el texto del Génesis, después de maldecir a la serpiente, Dios dice: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón”. El texto hebreo original no habla de ella, sino del él, que se refiere a la enemistad atávica entre el campesino y la serpiente (y que podría aplicarse a Jesús). Pero la traducción latina de la Vulgata cambió él por ella, facilitando la identificación de la mujer con María, la nueva Eva que aplasta la cabeza de la serpiente. El argumento no es muy fuerte, como reconoció Juan Pablo II, porque tergiversa el texto original.
El segundo argumento se encontró en el saludo de Gabriel a María cuando la llama “llena de gracia” (kejaritomene). Esa plenitud excluiría cualquier tipo de pecado, incluido el original.
Solucionando el problema teológico
Suponiendo que los textos anteriores probasen suficientemente, ¿cómo pudo estar libre de pecado María cuando la concibió su madre, si Jesús todavía no había muerto? Los teólogos encontraron la respuesta: Dios la libró “en previsión de la muerte de su Hijo”.
Pensando en el pobre cristiano que va a misa
Lo anterior le resultará a muchos un galimatías teológico y no creo que le aumente su devoción a María. Por eso añado unas reflexiones sencillas.
En el 2º domingo de adviento del ciclo A, Juan Bautista exhorta a la conversión, que consiste en volver a Dios y cambiar de vida. María es el mejor ejemplo de esta conversión. En realidad, no es ella quien vuelve a Dios, es Dios quien se dirige a ella a través de Gabriel. Pero la relación que se establecerá entre Dios y María será la más fuerte que se puede imaginar, mediante la acción del Espíritu Santo y el nacimiento de Jesús. Y si Juan Bautista exige abandonar los proyectos propios y cambiar de forma de actuar, María renuncia a todos sus planes y se pone en manos de Dios: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.
¿Se imaginaba María lo que estaba aceptando? Gabriel la engañó, al menos de entrada, al decirle que su hijo iba a ser grande, heredaría el trono de Dios y reinaría en la casa de Jacob para siempre. No le dijo que su hijo iba a ser criticado, que lo iban a considerar endemoniado y blasfemo, mucho menos que terminarían condenándolo a muerte. Pero, aunque se lo hubiera dicho, María habría respondido del mismo modo: “He aquí la esclava del Señor”.
María libre de todo pecado no significa que fuera impasible, que asistiera como una estatua a la pasión de su hijo. Significa que el odio, el espíritu de venganza, el rencor, el desánimo, nunca la dominaron. Gabriel le dijo: “has encontrado gracia ante Dios”. Gracia y mucho sufrimiento. Pero, a pesar de sus mentiras piadosas, Gabriel lleva razón. María encontró gracia ante Dios y ante nosotros, que la proclamamos bienaventurada.
En estos momentos en que el odio y el rencor se difunden por tantos ambientes y países con fuerte tradición cristiana, es bueno pedirle que su intercesión “repare en nosotros los efectos de aquel primer pecado”.
Bendita ella, bendito Dios, benditos nosotros
La segunda lectura no menciona a María, subraya el protagonismo de Dios Padre y de Jesús. No solo ella es la gran beneficiada en esta fiesta. También nosotros hemos recibido “toda clase de bienes espirituales y celestiales”. Hemos sido elegidos; hemos sido destinados a ser sus hijos; y, con ello, también a ser sus herederos.
Que María nos ayude a vencer las más diversas inclinaciones al mal y a agradecer a Dios por tanto bien recibido.
En mitad de nuestro tiempo de adviento irrumpe esta fiesta importante de María. Hoy celebramos la Inmaculada Concepción de María, un dogma de fe. Algo muy importante para la teología pero difícil de explicar y de entender, como sucede con la mayoría de las cosas importantes.
Pero como en este espacio no tratamos de hacer teología sino de acercarnos, de una manera orante, a la Palabra de Dios, podemos dejar el dogma y quedarnos con María.
María, una mujer sencilla de Nazaret que recibe la visita de un ángel que le pone la vida del revés. “Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo…” Y nos podemos quedar con la capacidad que tuvo María de pasar de la turbación (“Ella se turbó ante estas palabras…”) a la decisión (“…hágase…”).
María, con toda su libertad (y eso significa con miedos, con dudas y vacilaciones) acepta la misión que Dios le propone. Acoge su invitación y lo hace con todas las consecuencias.
Las representaciones artísticas del momento de la anunciación suelen ser todas ellas en lugares idílicos y nos presentan una bella escena que transmite alegría y serenidad. De hecho “La anunciación” es uno de los misterios de gozo del rosario. Y está bien que sea así, Pero no olvidemos que María con su “hágase” a los planes de Dios está dando un salto al vacío.
Eso de que una joven soltera se quedase embarazada no era en el tiempo ni en la cultura de María (ni ahora en muchas culturas) algo trivial, podía llegar a significar, en el peor de los casos, la pena de muerte de esa mujer.
Por eso, el “hágase” de María está lleno de compromiso y de confianza, de abandono en las manos de Dios.
Oración
Acompáñanos, María de Nazaret, en este itinerario de adviento. Se nuestro modelo de compromiso y fidelidad, de audacia y de coraje.
Comentarios desactivados en Pecado original o pecado en el origen
Del blog de Tomás MuroLa Verdad es libre:
01.- Dos motivos en esta fiesta.
Celebramos hoy la fiesta de María Inmaculada.
Y en nuestras diócesis en este día de la Inmaculada se celebra también el día del Seminario.
Dos palabras sobre ambas cuestiones:
02.- María Inmaculada
El 8 de diciembre de 1854 el papa Pío IX proponía a la Iglesia el dogma de la Inmaculada Concepción.
* Las palabras del dogma son:
La Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano.
Dios estaba con María según le dijo el ángel: El Señor está contigo.
* María Inmaculada:
El mal existe desde el comienzo: a esto le llamamos pecado original. El pecado existe y existirá siempre donde esté el ser humano (inteligente y libre) por aquello de que la libertad es una capacidad muy hermosa, al mismo tiempo que muy débil y difícil.
Adán y Eva, sean quienes fueren los primeros humanos, hicieron el mal, pecaron. Adán y Eva es -somos- la humanidad bajo el signo del mal. Por un tipo de humanidad, Adán y Eva, surgió el mal, el pecado en la historia.
Por otra humanidad: la de Jesús y María sobreabundó la gracia y el bien, que dice San Pablo. María es la antítesis de Eva, como Jesús lo es de Adán. A pesar de los pesares: odios, pecado, guerras, muerte, estamos en una historia de gracia y salvación:
Dios estuvo presente en la vida de María: el Señor está contigo. Y por la misericordia de Dios no hubo pecado en María. En este sentido podríamos entender a María como Inmaculada, sin pecado en su vida
María entregó su vida y su persona, su libertad al designio salvífico de Dios.
03.- Día del seminario.
En nuestras diócesis vascas, en este día de la Inmaculada celebramos el día del seminario.
tres apuntes y tres conclusiones elementales:
seminaristas. En estos momentos en nuestra diócesis hay 1 seminarista y 1 diácono, que están estudiando en Pamplona. En estos momentos y por decisión del Obispo Munilla el seminario de San Sebastián está en Pamplona.
clero. Hoy en día en nuestra diócesis hay alrededor de 60 presbíteros con menos de 75 años y otros tantos que sobrepasamos los 75 años. (Guipúzcoa ha perdido cerca de 700 presbíteros en 50 años).
Si no hay presbíteros es porque no hay cristianos, o hay presbíteros en la misma medida en que hay cristianos.
El clero en nuestra diócesis somos un grupo sociológicamente no solamente jubilado, sino más bien anciano. ¿Alguna institución funciona con una media de 70 años en su “mandos intermedios”?
Previsiblemente el vacío de clero existente no se va a llenar en las próximas décadas con el número de seminaristas (1 + 1) existentes en nuestra diócesis.
Con tales datos, es imposible pretender una pastoral como hace 30 o 40 años, mucho menos una pastoral de presencia en el pueblo, en las parroquias, etc.
(Si no somos buenos, que no lo somos, al menos seamos inteligentes).
04.- Recordemos para seguir soñando.
Líneas o modos ministeriales se dieron diversos en la historia de la Iglesia: profetas, maestros, quienes aconsejaban, quienes servían las mesas, los siete elegidos, etc, la predicación de la Palabra. Incluso se sabe que hubo mujeres diaconisas y ministerios femeninos en la Iglesia.
¿Por qué no podrían hoy recuperar aquellas formas ministeriales e incluso abrirse nuevos ministerios en la Iglesia?
Nosotros hemos conocido una gran Escuela / Movimiento sacerdotal de Vitoria (proveniente de San Sulpicio de París, cardenal Bérulle, Concilio de Trento). Estilo y escuela sacerdotal que ha dado excelentes sacerdotes.
¿Se repetirá ese modelo sacerdotal u otro?
Pueden darse otros modelos y convivir diversos tipos ministeriales.
En la época del NT, en las comunidades de San Pablo (comunidades carismáticas) era impensable una crisis vocacional, no existía carencia de seminaristas, porque los criterios para los ministerios eran atender las necesidades de la vida de la comunidad en comunión eclesial.
La llamada (la vocación) la hacía la comunidad cristiana, la Iglesia.
Cada comunidad (iglesia local) había de atender sus propias necesidades y asumir las tareas de esa comunidad: profetas, doctores, maestros, jóvenes, incluso viudas.
Al final del NT pasado el año 100, en las cartas Pastorales: 1 y 2 Timoteo y Tito, aparecen los diáconos, presbíteros y epískopos, pero querer compararlos con los actuales ministerios es una extrapolación y un anacronismo.
Desde todas las perspectivas: neotestamentaria, histórica, pastoral, teológica, etc.,los ministerios y servicios en la Iglesia pueden cambiar.
¿Por qué no se dan pasos hacia nuevas formas ministeriales?
De todos modos, siendo un problema serio la escasez de presbíteros, el problema de fondo es la “pérdida de identidad” y disolución del cristianismo.
Creo que es más grave el futuro del cristianismo que el futuro de los curas.
Allá por los años conciliares decía JM González Ruiz que la Iglesia nació sin curas (desde luego sin curas tridentinos) y el evangelio se expandió en las gentes y pueblos del Imperio romano.
No tenemos recetas ni respuestas fáciles. Hay quien tiene las respuestas exactas, lo que ocurre es que las preguntas y problemas ya son otros.
Comentarios desactivados en Adviento: un canto de esperanza I
Vivir desde el gozo y la paz,
Carmen Herrero Martínez
ZARAGOZA
ECLESALIA, 27/11/23.- Con el Adviento, amanece la esperanza en el horizonte, en el corazón de todo creyente; porque de los cielos llueve el rocío de la justicia, de la paz y el amor. «En Adviento, esperamos un acontecimiento que ocurre en la historia y al mismo tiempo la trasciende» (San Juan Pablo II).
El Adviento es una espera esperanzada en la venida del Hijo de Dios, el Emmanuel. Adviento es un canto de esperanza y de confianza en Aquel que viene. El Señor llega, pero todavía no. Hemos de esperar hasta el día de Navidad, día de su encarnación en el mundo. ¡Él es nuestra esperanza! Pablo nos dice: “Pongamos nuestra esperanza en el Dios vivo” (1Tm 4, 10). El Adviento es un canto maravilloso de esperanza, pero tal vez, primero, tengamos que preguntarnos: ¿qué es la esperanza para mí? Y ¿qué es lo que espero? Y, ¿a quién espero? «Esperar significa e implica un corazón humilde, pobre. Solo un pobre sabe esperar. Quien está lleno de sí y de sus bienes, no sabe poner la confianza en ningún otro sino en sí mismo» (Papa Francisco).
Digamos que la esperanza es algo constitutivo al ser humano, porque sin ella la vida sería difícil y sucumbiríamos en el abismo. Toda persona, tiene un rayo de esperanza en que mañana “será mejor”. La esperanza es vital, todos necesitamos tener el aliento de esperanza que nos anime en nuestro vivir diario, para caminar hacia un futuro mejor, más luminoso y consolador. La esperanza está inscrita en las entrañas del ser humano. Si nos remontamos a los tiempos bíblicos, vemos cómo nuestros Padres en la fe, creyeron, contra toda esperanza en la Promesa de la Alianza. Por esto, se han convertido, para nosotros, en nuestros Padres en la fe, en testigos vivos de la confianza puesta de Aquel que va a venir, el Mesías, el anunciado por los profetas, el esperado de los tiempos. Ellos no alcanzaron a ver lo que nosotros hemos visto y tocado: El Verbo hecho carne. “Y la Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros, y hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad (Jn 1, 14).
La espera y la esperanza van unidas. Yo espero porque tengo esperanza y tengo esperanza porque soy capaz de seguir esperando contra toda esperanza. Si perdemos la capacidad de esperar, peligra la esperanza. ¿No será este el problema de la sociedad de nuestros días? Se ha perdido la capacidad de espera, y con ello también la esperanza; porque todo se ha de conseguir en seguida, al instante. Actualmente, todo es instantáneo, para ello basta pulsar un botón en una máquina y al momento tienes lo que has pedido, ¡ya estás servido! En nuestra sociedad, la capacidad de espera no se ejercita, pues ante la espera en seguida viene la protesta, la impaciencia. Nadie puede esperar a nadie. Sin embargo, la espera es muy necesaria, ella va unida a la paciencia, otra virtud ausente y, a su vez, tan necesaria en la vida. “La paciencia todo lo alcanza” dirá Teresa de Jesús. De esta falta de paciencia se deduce la poca capacidad de espera que, en general, tenemos. Si se pierde la espera y esperanza, tanto a nivel personal como social, se corre el riesgo de romperse, de hacerse añicos. Y una vez “rotos”, hechos “trizas”, resulta difícil reconstruir la persona y caminar unificados para afrontar la realidad de nuestra vida diaria con las dificultades que, en general, conlleva. La escucha de la Palabra, la celebración litúrgica y la oración personal, a lo largo de las cuatro semanas de Adviento, pueden ayudarnos a reavivar y renovar en nosotros la esperanza cristiana, así como la paciencia y unidad interior.
La falta de esperanza es una de las causas por la que nuestra sociedad sufre tanto desencanto, viviendo sumergida en tantos sucedáneos que no provocan sino desequilibrios psicológicos y adicciones, buscando recompensas efímeras de todo tipo; sin encontrar razones fundamentales que le den sentido para vivir desde el gozo y la paz que dan la fe y la esperanza en Dios. “Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin cansarse, marchan sin fatigarse” (Is 11,30)
Comenzamos el tiempo de adviento, tiempo de reavivar la esperanza porque en un Niño frágil, pequeño, pobre, nos llega la salvación de nuestro Dios. Así lo anuncia el ángel a los pastores: “no teman porque les anuncio una gran alegría que será para todo el pueblo: ha nacido hoy, en la ciudad de David, el Salvador que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: hallarán al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12). Ya sabemos que los pastores creen en el anuncio del ángel y se dirigen a Belén para encontrar al Niño.
Adviento nos invita, llevados por la esperanza inquebrantable en nuestro Dios, a salir de los negativismos, escepticismos, incredulidades y decepciones, y encontrar el Niño del pesebre, la vida que Él nos trae, las transformaciones que su presencia produce.
El Niño Jesús nos trae la esperanza de la paz. Nos invita a seguir apostando por ella. A pesar de las guerras declaradas que hay en nuestro mundo, de la violencia de tantos grupos armados y de la delincuencia organizada, el Niño del pesebre nos fortalece para no renunciar a buscar el diálogo y encontrar una salida a tanta violencia y muerte. Sabemos que todo diálogo entre partes opuestas corre el riesgo de dilatarse, de traicionarse, de no cumplir las condiciones. Sin embargo, ¿hay otras salidas que respeten la vida -incluso de los enemigos- como lo propone el evangelio? ¿si no somos los cristianos los que apostamos por la paz -ya que seguimos al ‘príncipe de la paz’ (Is 9,5)- de quiénes otros hemos de esperarlo? A veces,algunos que ni se dicen creyentes creen más en la posibilidad de dialogar y lograr consensos que los que alardean de su fe. La paz no es una falacia. Es una tarea que tenemos entre manos porque sabemos que la esperanza no muere.
El Niño Jesús nos trae la esperanza de la justicia. Nuestros países siguen con esa deuda histórica de justicia con todas las personas por el solo hecho de ser persona. A nadie se le debería negar su derecho a la vivienda, a la salud, a la educación, a la alimentación y, a tantas otras necesidades básicas, de las que no gozan inmensas mayorías. No es fácil construir políticas sociales que acaben con la injusticia. Nos vemos abocados a idas y vueltas en los gobiernos de turno, muchos desaciertos y algunos aciertos, pero también el enfrentamiento real entre los que no quieren renunciar a sus privilegios y no aceptan ningún cambio que podría favorecer a muchos. A nivel de los cristianos la falta de dimensión política de la fe, es inmensa. Países tradicionalmente católicos sostienen injusticias estructurales inmensas. ¿Cómo entender esa contradicción? Muchas veces resulta imposible de entender. No parece que el bien común fuera el horizonte de los creyentes sino el individualismo, la acumulación y el propio bienestar. Pero el Niño del pesebre confronta nuestra inconsciencia social. Desde ese lugar de los últimos, alimenta la esperanza en un mundo donde nadie pase necesidad, donde todos tengan un solo corazón y una sola alma (Hc 2, 43-47).
El Niño Jesús nos trae la esperanza de recuperar la armonía con la creación, el redescubrirla como casa común, lugar de comunión y alabanza al Creador; comprometiéndonos con afrontar el cambio climático para que no siga causando los actuales deterioros. La encíclica Laudato si (2015) y la exhortación Laudato Deum (2023) del Papa Francisco son documentos que han traído toma de conciencia al interior de la Iglesia de la responsabilidad ecológica inherente a nuestra fe. A veces sentimos que ya es demasiado tarde para frenar esa irresponsable carrera de explotación de la creación, sin embargo, el Niño del pesebre aviva la esperanza de una conversión ecológica que no admite más aplazamientos.
El Niño Jesús nos trae la esperanza de una iglesia sinodal, misionera, en salida, que incluye a todos y se compromete con los últimos de cada tiempo, buscando transformar las situaciones que los afectan. No en vano se lleva trabajando dos años en el sínodo de la sinodalidad, apoyado por una porción de Iglesia y rechazado por otra porción, no pequeña. Pero estos esfuerzos no se pierden porque el sínodo ha dado la oportunidad de escuchar, proponer, pensar, reflexionar, discernir. Confiamos que la esperanza en una Iglesia capaz de caminar al ritmo de los tiempos no quede defraudada.
Y ¿qué otras actitudes de esperanza son necesarias alimentar, proponer, desarrollar, impulsar? Cada persona tendrá sus preocupaciones más acuciantes que sería muy importante explicitar en este tiempo de adviento. Lo que es seguro es la presencia de nuestro Dios, ese Dios Niño, acompañando nuestras esperanzas más hondas y asegurándonos que no quedarán defraudadas.
Entremos, pues en este tiempo de adviento, con la confianza inquebrantable de que el Niño viene para quedarse entre nosotros y con su presencia todo lo que anhela nuestro corazón se verá realmente colmado. No nos referimos a la actitud mágica de creer que todo se transformara por intervenciones directas de nuestro Dios. Por el contrario, se refiere a tomarnos en serio la encarnación del Hijo de Dios quien en su vida histórica hizo presente la bondad de Dios en medio de su pueblo y hoy cuenta con nuestra vida para seguir manifestándola. ¡Ven Señor Jesús! (Ap 22, 20)
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