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Dom. 19.6.16. El precio de ser Cristo: Quien quiera ser Cristiano tome…

domingo, 19 de junio de 2016
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meme1428000780pcDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 12. Tiempo ordinario, ciclo C. Lucas 9, 18-24 Domingo de la confesión y del seguimiento:

Éste es el domingo de Pedro que dice a Jesús ¡Tú eres el Cristo! pensando quizá que con eso ha resuelto la vida, pues tiene un buen «amo» para darle privilegios.

Éste es el domingo de Jesús que dice: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, descubriendo lo que significa ser Cristo.

Estaba Jesús buscando su camino desde Dios, su camino de los hombres, en medio de un “mundo” que se volvía hostil al evangelio. Estaba descubriendo a Dios, por eso oraba y por eso pidió ayuda a sus amigos.

Estaba orando, rodeado de discípulos a quienes preguntó qué pensaban de su «oficio» y su camino. Pedro contestó que era el Cristo… como si estuviera dispuesto a seguirle

Pensaba Pedro bien, había reconocido que Jesús era el Mesías de Dios, pero no sabía aún lo que eso significaba. Por eso, Jesús le (les) mandó que guardaran silencio, mientras se abría el arco iris de su luz… Y ese arco iris se sigue abriendo para él y para todos. Buen día de domingo, amigos.

Texto (Lc 9, 18-24)

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos contestaron: «Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Pedro tomó la palabra y dijo: «El Mesías de Dios.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.»
Y, dirigiéndose a todos, dijo: «El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.»

COMENTARIO

Parece evidente que, en un primer momento, la respuesta de Pedro es más exacta que aquella que han dado los de fuera, pues Jesús era el verdadero Cristo, es decir, el enviado salvador que debe reconstruir la identidad israelita, en clave de triunfo nacional, liberación social y plenitud humana, haciendo de esa forma que se cumplan las profecías bíblicas.

a. Confesión de Pedro

El sentido de esta confesión de Pedro y la respuesta de Jesús, que le impone silencio y se presenta como Hijo de Hombre, marca desde aquí todo el despliegue del evangelio. Ciertamente, la confesión de Jesús como Cristo ha cristalizado de un modo especial tras la pascua; pero todo nos permite suponer que Pedro (y otros discípulos) han visto a Jesús de esa manera y le han seguido pensando él va a manifestarse como Cristo triunfador. T

Pedro ha llamado a Jesús Cristo, y al hacerlo, ha querido situar su obra en el ámbito de las promesas y esperanzas mesiánicas de Israel. De esa forma ha reconocido el poder de Jesús y le ha visto como alguien que tiene facultades para realizar algo que los otros son incapaces de iniciar y culminar. Al llamarle Cristo le ha dicho que ha llegado la hora y le ha pedido que ponga esas facultades al servicio del triunfo nacional, que empiece ya su obra verdadera. Eso es lo que Pedro dice y quiere al designarle Cristo.

Esta designación (nominación) desencadena los acontecimientos. Hasta ahora, el proyecto de Jesús se presentaba como abierto, de manera que podía interpretarse y aplicarse quizá en varias direcciones. Pues bien, Pedro toma el liderazgo y quiere mover ese proyecto en la línea del mesianismo nacional triunfante de Israel. Lo que dice Pedro es bueno, conforme a la esperanza de Israel y a las posibilidades de Jesús, en ese momento crucial de su vida

b. Respuesta de Jesús: El Hijo del Hombre….

La “confesión” de Pedro ha acelerado historia de Jesús. Parecen claros los temas básicos (Jesús se sitúa en la línea del mesianismo israelita…), queda por fijar el coste del camino que Jesús ha comenzado. ¿Estará dispuesto a pagar el precio que supone crear una familia universal, empezando por los pobres, en grupos de comunicación de pan, superando así un tipo de nacionalismo religioso de Jerusalén?

¿Cómo ha de actuar, en esta situación, si es que quiere ser Cristo? ¿No tendrá que estar dispuesto a dar vida por ello? ¿No deberá reinterpretar desde aquí la tarea del Hijo del Hombre? En este contexto, el título “Cristo” resulta menos apropiado, a no ser que se reformule su sentido. Eso es precisamente lo que Jesús hará, presentándose como Hijo de Hombre.

Pedro le había dicho que es el Cristo, y Jesús, tras exigirles que guarden silencio sobre él, enseña a Pedro y a los otros diciendo: El Hijo del Hombre debe padecer… utilizando una fórmula teológica (dei) que significa “Dios lo quiere”, es necesario. Se pensaba que Cristo es quien hace, en creatividad triunfadora. Pues bien, Jesús descubre que el auténtico Cristo es quien sabe padecer, dejando que le hagan, quien ama en gratuidad, poniendo la vida a merced de los otros, para así transformarles.

Ha ofrecido solidaridad o reino de Dios, pero él descubre que los jueces del orden judío de Jerusalén no le aceptarán (no aprobarán su proyecto). Ha creado comunión, dando voz a los mudos, pan a los hambrientos, salud a los enfermos, pero los jerarcas religiosos y sociales de su pueblo le han juzgado peligroso y en nombre de su ley social estrecha, han empezado a perseguirle, de manera que si sube a Jerusalén podrán matarle. Así lo ha descubierto Jesús, así lo acepta, sabiendo que al final de ese camino se halla Dios: (al tercer día resucitará! La fe en el Dios de vida (cf. 12, 27) le mantiene decidido, incluso ante el fracaso, en esperanza de reino. Leer más…

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¿Quién es Jesús? Domingo 12º Tiempo ordinario. Ciclo C

domingo, 19 de junio de 2016
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Y-vosotros-quién-decís-que-soy-yoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Desde que comienza su vida pública, la actividad de Jesús suscita una mezcla de desconcierto y curiosidad: ¿quién es este hombre? La pregunta adquiere una fuerza especial en el evangelio de hoy, donde es el mismo Jesús quien la plantea.

Una vez que Jesús estaba orando solo, en presencia de sus discípulos, les preguntó:

            ‒ ¿Quién dice la gente que soy yo?

            Ellos contestaron:

            ‒ Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.

            Él les preguntó:

            ‒ Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

            Pedro tomó la palabra y dijo:

            ‒ El Mesías de Dios.

            El les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y añadió:

            ‒ El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día.

            Y, dirigiéndose a todos, dijo:

            ‒ El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.

El relato de Lucas podemos dividirlo en introducción y cuatro partes: 1) lo que piensa la gente; 2) lo que piensa Pedro; 3) lo que piensa Jesús; 4) consecuencias para los oyentes.

Introducción

            A diferencia de Marcos, que sitúa esta escena mientras Jesús y los discípulos van de camino, Lucas lo presenta orando a solas, aunque los discípulos están cerca. A Lucas le gusta presentar a Jesús rezando en los momentos importantes, para inculcar a los cristianos la importancia de la oración.

Lo que piensa la gente

            Para la gente, Jesús no es un personaje real, sino un muerto que ha vuelto a la vida, se trate de Juan Bautista (asesinado poco antes), de Elías (muerto en el siglo IX a.C.) o de otro antiguo profeta. Resulta interesante que el pueblo vea a Jesús como uno de los antiguos profetas, en lo que pueden influir muchos aspectos: su poder de realizar milagros (mayor incluso que el de Moisés, Elías y Eliseo); su actuación pública, muy crítica con la institución oficial; su lenguaje claro y directo; el hecho de que recorra los pueblos y aldeas predicando, sin limitarse a hablar en el templo de Jerusalén. Pero hay otro aspecto: en tiempos de Jesús, el título de «profeta» tenía fuertes connotaciones políticas, y es muy posible que la gente, igual que los discípulos de Emáus, viesen a Jesús como un libertador.

Lo que piensa Pedro

            Jesús quiere saber si sus discípulos comparten esta mentalidad o tienen una idea distinta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Es una pena que Pedro se lance inmediatamente a dar la respuesta, porque habría sido interesantísimo conocer las opiniones de los demás.

            Según Marcos, la respuesta de Pedro se limita a las palabras «Tú eres el Mesías». Lucas añade: “El Mesías de Dios. Quizá quiere dejar claro a sus lectores que Pedro no ve a Jesús como un simple líder político, sino como el salvador político mandado por Dios.

            “Mesías”, que significa “ungido”, era el título de los reyes de Israel y Judá, ya que no se los coronaba sino se los “ungía” derramando aceite sobre su cabeza. La monarquía desapareció el siglo VI a.C., pero en los siglos II-I a.C., se difundió la esperanza de una restauración monárquica, y la imagen de un rey futuro ideal, de un MESÍAS con mayúscula, fue adquiriendo cada vez más fuerza. Los Salmos de Salomón, oraciones de origen fariseo, lo describen liberando a Jerusalén de los romanos, purificándola de pecadores, instaurando un gobierno justo y extendiendo su dominio a todas las naciones. Un rey que no confía en caballos, jinetes ni arcos, no atesora oro y plata para la guerra, está limpio de pecado para gobernar a un gran pueblo. En este contexto, la confesión de Pedro reviste una importancia y una novedad enormes.

Lo que piensa Jesús

            Jesús no comparte el entusiasmo político, nacionalista y triunfalista que se puede intuir en las palabras de Pedro. No quiere que se use el título de Mesías, para evitar equívocos (aunque después de su muerte se convertirá en el título más habitual para designarlo, porque Cristo es la traducción griega de “mesías”).       Él prefiere hablar de sí mismo como “el Hijo del Hombre”, título muy discutido, porque unos dicen que significa simplemente “este hombre”, “yo”, y otros le dan un sentido mucho más profundo, como el de un salvador definitivo.

            Lo importante para Jesús no es el título que se le aplique, sino su destino. Tiene que padecer, ser rechazado y asesinado. El rechazo se da por parte de ancianos, sumos sacerdotes y escribas. Los “ancianos” detentan el poder político; los sacerdotes, el poder religioso; los escribas, el intelectual. Es probablemente el único caso en la historia en que los tres poderes se han puesto de acuerdo para rechazar y condenar a muerte a una persona. Pero Jesús sabe que la última palabra no la tienen ellos, sino Dios, que lo resucitará.

Consecuencias para los oyentes

            La pregunta sobre quién es Jesús y cuál es su destino no es una pregunta de examen ni de concurso, que no modifica la vida. Debe provocar el deseo de seguirlo. Pero Jesús no es un político que intenta ganarse a la gente con falsas promesas. Deja muy claro que ir con él significa negarse a sí mismo, cargar con la cruz cada día, como añade Lucas. Estas palabras se entienden mejor en el contexto del siglo I, cuando los cristianos están siendo perseguidos y condenados a veces a muerte. Y en bastantes países actuales de África y Asia, donde no resulta extraño que estalle una bomba en la iglesia. Entonces adquiere pleno sentido lo que dice Jesús: “El que pierda su vida por mi causa la salvará”.

            ¿Habrá alguien dispuesto a seguir a Jesús, a cargar con la cruz cada día? Veinte siglos demuestran que sí. Y esto no se explica solo por decisión personal. Según la primera lectura (tomada del profeta Zacarías) es fruto de un cambio que Dios opera en nosotros al contemplar a Cristo crucificado. Frente a los tres grupos de poder que rechazan y condenan a Jesús, son muchos más los que se convierten, hacen duelo, y encuentran un manantial que los limpia de pecados e impurezas.

Así dice el Señor:

«Derramaré sobre la dinastía de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de gracia y de clemencia. Me mirarán a mí, a quien traspasaron, harán llanto como llanto por el hijo único, y llorarán como se llora al primogénito. Aquel día, será grande el luto en Jerusalén, como el luto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido.» Aquel día, se alumbrará un manantial, a la dinastía de David y a los habitantes de Jerusalén, contra pecados e impurezas.

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Domingo XII del Tiempo Ordinario. 19 junio, 2016

domingo, 19 de junio de 2016
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TO-D-XII

Y  tú, ¿quién dices que soy yo?

Jesús estaba orando a solas y sus discípulos se le acercaron… y les dijo: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”

Tenemos ante nuestros ojos una  bella imagen de Jesús: está orando a solas.

(Lee el texto de Lucas despacio, silenciosamente).Lc. 9,18-24

Creo que es un buen momento para acercarte en silencio a Jesús. Él está orando…, déjate enseñar por Él, mírale confiadamente y susúrrale al oído: “Maestro, enséñame a orar…”

Cierra los ojos y colócate en un ángulo de la escena que acabas de leer, de modo que puedas visibilizar lo que está ocurriendo y a lo que te acercas con sigilo, como de puntillas.

Jesús orando a solas: ¡qué buen momento! ¡Aprovéchalo! Es una buena manera de poder sintonizar con Él. Invoca su Espíritu y deja que te acompañe, te ayude; vuelve tu corazón una y otra vez a ese Jesús que está orando contigo.

Impresiona  ver a Jesús orando; está entregado a su relación con el Padre, con esa intimidad, con ese amor que se hace presente en el Espíritu Santo que le habita y le sostiene en la misión del Reino, el Espíritu que  le une con su Padre.

También los discípulos le están contemplando y se acercan al Maestro…, no le hablan, permanecen en silencio, le miran y te invitan, a ti y a mí, a hacer lo mismo… (calla y contempla).

Y es Jesús quien toma la palabra, quien rompe el silencio…, y les pregunta ¿quién dice la gente que soy yo?…, Jesús escucha la respuesta de los discípulos.

Pero no le vale, no es suficiente y los quiere involucrar y los mete en este “encuentro vivo” con Él. Les lanza una nueva pregunta más profunda, más comprometida: “y vosotros ¿quién decís que soy yo?”.

Hoy, esta pregunta te la hace a ti: tú ¿quién dices que soy yo?.

Esta pregunta no la respondas a la ligera o con ideas preconcebidas. Acógela en tu corazón. Haz espacio de silencio para ser consciente de lo que vas a responder al Maestro. (silencio, silencio, silencio).

Responde desde el corazón.

Deja que tu corazón hable, no le paralices.

Pedro respondió: El Mesías de Dios.

Tú, responde con amor.

La pregunta que Jesús les ha hecho lleva también una petición: “les prohibió terminantemente que se lo dijeran a nadie”.

Lo íntimo, lo verdadero, lo que da vida a nuestra fe se guarda en lo secreto del corazón. Y, es ahí donde crece, en ese silencio vivo, en esa profundidad, donde solo moras tú y el Espíritu de Jesús, la relación  ‘única’  que se establece entre Dios y tu.

Y más adelante, Jesús da la respuesta a esa petición, a esa pregunta, les plantea el seguimiento, el discipulado:

“quien quiera venir en pos de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, ése la salvará” (Lc 9,23-24)

Jesús les propone algo desconcertante, sí, pero precioso, algo que engloba la vida. Ser cristiana/o no es una teoría, tampoco unas leyes. Ser cristiana/o es vivir del evangelio, es un modo de vivir, no es algo que me pongo encima, algo exterior para cumplir, es la vida, el pensamiento traspasado por el amor, la bondad, la entrega.

Hoy, a ti, te invita a descubrir que el Reino de Dios te pertenece y te pide que lo hagas presente en este mundo.

¡Oh Dios, tú eres mi Dios, desde el alba te deseo;

estoy sediento de ti, por ti desfallezco,

como tierra reseca, agostada, sin agua.

Tu amor vale más que la vida,

te alabarán mis labios;

te bendeciré mientras viva,

te invocaré alzando mis manos.

En mi lecho me acuerdo de ti,

en ti medito en mis vigilias

porque tú has sido mi ayuda,

y a la sombra de tus alas canto de júbilo.

Estoy unido a ti, tu diestra me sostiene (Salmo 62)

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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«Llevar el agua moviendo las caderas», por Carlos Osma

sábado, 18 de junio de 2016
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yanis-marshall-1De su blog Homoprotestantes:

No siempre podemos vivir en una zona de confort, predicando a quienes nos aplauden digamos lo que digamos, hay veces que las circunstancias nos empujan a llevar hasta las últimas consecuencias aquello por lo que decimos luchar. Es cierto que podemos resistirnos a ese empuje, o más aún, hemos de reconocer que en más de una ocasión lo hemos hecho. Pero es que se vive tan cómodo siendo un predicador de mensajes que no hacen daño a nadie, que cuesta tirar por la borda nuestra imagen de cristianos progresistas que en el fondo sólo trabajan por mantener el status quo.

Jesús en sus últimos días de vida, se dirigió de Galilea a Jerusalén, de un lugar en el que era percibido como un soñador o un charlatán incómodo, a otro en el que su mensaje chocaba directamente con el poder religioso. Decidió jugársela conscientemente, enfrentarse a quienes de verdad estaban en contra de la justicia y del Reino. Y lo hizo entrando en el Templo, volcando las mesas de los vendedores y gritando que aquella casa de oración la habían convertido en una cueva de ladrones [1]. Una acción que a la postre le llevaría a la cruz.

Salvando todas las distancias, los cristianos lgtbi sabemos muy bien lo que significa que unos ladrones se hayan apoderado de nuestros templos, de la teología e incluso del nombre de Dios. Desde esos lugares de poder venden seguridad, consuelo y sensación de pertenencia, a cambio de dignidad, libertad o dinero. La mayoría accede al chantaje, al fin y al cabo no es a Dios a quien buscan en el templo, sino la satisfacción de su necesidad de aceptación. Y quienes se atreven a denunciar estas prácticas “sagradas”, o afirmar que la casa de Dios es para todas las naciones y no sólo para quienes están al servició del dios heterosexual que diviniza a sus adoradores, son directamente condenados a muerte. Una muerte que en nuestro contexto cristiano occidental se traduce en la negación o el vacío más absoluto. Sin embargo, quienes como Jesús están decididos a no perder su vida en manos de los usurpadores de la verdad absoluta, salen lo antes posible de sus templos buscando un lugar seguro.

Para Jesús ese lugar fue la casa de Simón el leproso en Betania, una casa de inmundicia. Sorprende que el maestro no se acercase hasta allí para curar a quien los sacerdotes habían declarado impuro, sino para sentarse a su mesa. No se comportó como quienes huyen de un apestado al que los dioses caprichosos han decidido marcar como peligroso para el resto de la comunidad. La casa de Simón el leproso, formaba parte de la comunidad alternativa de Jesús, un lugar donde se podía ver de forma incipiente la irrupción del Reino de Dios, y donde los considerados últimos eran los primeros. Y justo en aquel lugar, una mujer se atrevió a derramar un perfume sobre la cabeza de Jesús mientras el resto de invitados se indignaba porque el frasco de perfume era muy caro, y podía haberse vendido para entregar el dinero a los pobres [2]. O al menos esa fue la excusa que dieron los puritanos de la casa impura para mostrar su indignación por la libertad con la que una mujer se atrevió a expresar su amor por Jesús y anunciar su muerte.

Nuestras comunidades inclusivas son también lugares de inmundicia alejados del poder de los hombres y las mujeres de bien. Lugares a los que los justos no se acercan por miedo a ser marcados como impuros, pero donde Jesús se refugia del peligro que representan los grandes defensores de la voluntad de Dios. Jesús sólo tiene posibilidad de vivir sentándose a la mesa de los excluidos, de los defectuosos a ojos de quienes se consideran perfectos. Y allí, las últimas, anuncian la necesidad de pasar por la cruz, de crucificar nuestros mesías, para entender exactamente que significa eso del Reino. Y justo cuando ese anuncio se hace presente, en las comunidades donde se predica la inclusividad total, hay impuros que quieren seguir viviendo atados a las teologías del Templo. La libertad que ofrece ser rechazado y excluido, pone nerviosos a quienes no han podido desprenderse todavía de una mentalidad opresiva que tratan de imponer a los demás. La inclusividad es imposible cuando se tiene el alma aferrada al dios del Templo, cuando se está preocupado por el precio que tiene cada uno de nuestros comportamientos. En las nuevas comunidades inclusivas, en las casas donde los impuros se sientan con Jesús a la mesa, sobran los tenderetes donde vender frascos de perfumes para sacar algunas monedas que nos hagan parecer buenos a ojos de los demás. Desde el Templo jamás nos verán como puros, porque no lo somos. ¿Para que gastar energías en intentar satisfacerles? ¿Para qué seguir pagando el precio de parecer decentes y aceptables? En la casa de Simón el leproso, no hay personas ejemplares, sólo seres humanos que han encontrado en el mensaje de Jesús una manera liberadora para entenderse a si mismos, entender al prójimo y acercarse a Dios.

Antes de que finalmente Jesús fuese apresado, torturado y asesinado; quiso cenar con sus discípulos en Jerusalén para celebrar la Pascua. Jesús, que por seguridad seguía fuera de la ciudad, envió a dos de sus discípulos para que preparasen una cena que, a la postre, se convertiría para los cristianos en el símbolo del sacrificio de Jesús. Para que sus enviados encontrasen el lugar donde se tenía que celebrar la cena, les dijo: “Id a la ciudad, y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo, y donde entre decid al señor de la casa: -El maestro dice:¿Dónde está el aposento donde he de comer la Pascua con mis discípulos? Entonces él os mostrará un gran aposento alto ya dispuesto. Haced allí los preparativos para nosotros [3]”. Llama la atención que la persona que llevó a los discípulos hasta el lugar donde debía celebrarse la última cena fuese un hombre que transportaba un cántaro de agua, una actividad que hacían las mujeres de aquel tiempo.

En su libro “Cuerpos abyectos [4]el teólogo Manuel Villalobos nos cuenta la historia de Nachito el Machito, un niño delicado y refinado que vivía en una tierra de “machos”. En aquel lugar las mujeres eran las encargadas de llevar el cántaro hasta la fuente para conseguir agua, y cuando por cualquier razón eran ellos quienes tenían que hacerlo, unían dos botes a un trozo de madera. Jamás con un cántaro como las mujeres. Pero Nachito el Machito descubrió que le gustaba ir hasta la fuente con el cántaro en su cabeza mientras se contoneaba «como una mujer». Hasta que su tío se enteró, y muy ofendido por el comportamiento de Nachito, fue hasta dónde éste estaba, le golpeó y rompió su cántaro mientras le gritaba que no toleraba esas mariconerías.

La comunidad de Mateo, como el tío de Nachito, tampoco toleraba mariconerías. Quizás fue por eso que al contar la historia del envío de los discípulos de Jesús para preparar la cena de Pascua, el intermediario que les llevó hasta la casa ya no transportaba un cántaro, y además se había convertido en el dueño de la casa. Los intermediarios hasta la Cena del Señor deben parecer aceptables, nada maricones, y tienen que ejercer el rol de poseer, no de poder ser poseídos. Es verdad que la comunidad de Mateo no excluye al maricón del cántaro totalmente, el trato para poder permanecer en ella es comportarse como “un hombre”, pagar el precio de ser aceptable.

Supongo que quienes quieren ser dueños de algo, o no ser excluidos de comunidades tolerantes que dicen ser inclusivas, están dispuestos a venderse y esconder sus mariconerías. Seguro que con los beneficios obtenidos podrán después ayudar a los pobres. Pero existen comunidades inclusivas como las del evangelio de Marcos que entienden que la única manera de acercarse a la mesa del Señor junto al resto de leprosos y leprosas, es seguir a un maricón con un cántaro que se niega a ser domesticado por teologías pseudoprogresistas. ¿Para qué salimos huyendo del Templo donde querían acabar con nosotros? ¿Para formar parte de comunidades donde todas y todos somos reducidos a lo tolerable? ¿O para vivir desde la realidad de quienes somos el evangelio de la gracia? El evangelio de Marcos nos da una pista importante: no se trata de imitar a quienes cumplen roles aceptables, sino de guiar moviendo nuestras caderas, soltando todas nuestras plumas, al resto de discípulos y discípulas hasta la mesa del Señor donde sólo quienes se saben indignos e indignas pueden sentarse. No nos confundamos con mensajes más o menos progresistas que vienen desde las iglesias en las que nos “perdonan la vida” porque son “buenos cristianos”. No nos vendamos por unas monedas. Somos nosotras y nosotros, junto a otras muchas personas excluidas, quienes en este momento mostramos el camino al resto de discípulos hacia una comunidad de hermanos y hermanas donde Jesús es verdaderamente el centro.

Carlos Osma

NOTAS:
[1] Mc 11, 15-19

[2] Mc 14, 3-9

[3] Mc 14,13-15

[4] Villalobos, M. “Cuerpos Abyectos en el evangelio de Marcos”. (Ediciones el Almendro. Córdoba 2015).

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«No apartar a nadie de Jesús». 11 Tiempo ordinario – C (Lucas 7,36–8,3)

domingo, 12 de junio de 2016
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11-TO-262x300Según el relato de Lucas, un fariseo llamado Simón está muy interesado en invitar a Jesús a su mesa. Probablemente, quiere aprovechar la comida para debatir algunas cuestiones con aquel galileo, que está adquiriendo fama de profeta entre la gente. Jesús acepta la invitación: a todos ha de llegar la Buena Noticia de Dios.

Durante el banquete sucede algo que Simón no ha previsto. Una prostituta de la localidad interrumpe la sobremesa, se echa a los pies de Jesús y rompe a llorar. No sabe cómo agradecerle el amor que muestra hacia quienes, como ella, viven marcadas por el desprecio general. Ante la sorpresa de todos, besa una y otra vez los pies de Jesús y los unge con un perfume precioso.

Simón contempla horrorizado la escena. ¡Una mujer pecadora tocando a Jesús en su propia casa! No lo puede soportar: aquel hombre es un inconsciente, no un profeta de Dios. A aquella mujer impura habría que apartarla rápidamente de Jesús.

Sin embargo, Jesús se deja tocar y querer por la mujer. Ella le necesita más que nadie. Con ternura especial le ofrece el perdón de Dios, luego la invita a descubrir dentro de su corazón una fe humilde que la está salvando. Jesús solo le desea que viva en paz: «Tus pecados te son perdonados… Tu fe te ha salvado. Vete en paz».

Los evangelios destacan la acogida y comprensión de Jesús a los sectores más excluidos por casi todos de la bendición de Dios: prostitutas, recaudadores, leprosos… Su mensaje es escandaloso: los despreciados por los hombres más religiosos tienen un lugar privilegiado en el corazón de Dios. La razón es solo una: son los más necesitados de acogida, dignidad y amor.

Algún día tendremos que revisar, a la luz de este comportamiento de Jesús, cuál es nuestra actitud en las comunidades cristianas ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar en el seno de la Iglesia, como si para nosotros no existieran.

No son pocas las preguntas que nos podemos hacer:

  • ¿Dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús?
  • ¿A quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él?
  • ¿Qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente?
  • ¿Con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad?
  • ¿Quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?

José Antonio Pagola

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«Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor». Domingo 12 de junio de 2016 11º Ordinario

domingo, 12 de junio de 2016
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32Leído en Koinonia:

2Samuel 12, 7-10. 13:
El Señor ha perdonado ya tu pecado, no morirás.
Salmo responsorial: 31: Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.
Gálatas 2, 16. 19-21: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.
Lucas 7, 36-8, 3: Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.

En la primera lectura, David, el rey elegido por Dios, ha pecado gravemente. No sólo ha cometido adulterio con Betsabé, esposa de uno de sus generales más leales, sino que además ha hecho matar al esposo engañado. Se ha mofado así del mismo Dios, al arrogarse un derecho abusivo sobre la vida y la muerte en beneficio de sus deseos depravados. Esto merece un castigo. Pero el rey reconoce su delito y se manifiesta humildemente arrepentido. Muestra así la profundidad de su fe, real a pesar de su pecado. Por eso Dios lo perdona. David quedará para siempre como el ejemplo vivo del hombre que, sobrepasando sus miserias, se ha situado en la dinámica divina que, sin desatender la justicia, aplica la misericordia y el perdón a quien se arrepiente, incluso por delitos enormes.

En la segunda lectura, Pablo no cesa de combatir la mentalidad que empuja al hombre a pensar que gracias a sus buenas acciones tiene derechos ante Dios. La religión fundada sobre la obediencia a la ley y sobre un contrato “te doy para que me des” falsea la verdadera relación con el Señor. Este tipo de religión condujo al judaísmo a rechazar el mensaje de misericordia de Jesús, para cerrarse en su frío esquema de la legalidad vacía. La fe transforma radicalmente esta mentalidad y nos hace abrirnos al amor divino tal como se ha mostrado en Jesús.

En el evangelio, una mujer -¡y qué mujer!- se atreve a estropear una sobremesa cuidadosamente preparada. La arrogante entrometida no sólo quebranta las leyes de la buena educación, sino que, además, comete una infracción de tipo religioso: un ser impuro no debe manchar la casa de un hombre socialmente puro (un fariseo).

Por un momento Cristo pierde su dignidad de profeta a los ojos de su anfitrión: “Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que le está tocando, y lo que es: una pecadora”.

Ante la situación que se ha presentado, Jesús utiliza el recurso de los sabios: el método socrático de inducir la conclusión correcta a partir de argumentos correctos. En vez de corregir a su anfitrión, lo invita a salir de su ignorancia y a reconocer que el verdadero pecador es él; el fariseo que se cree puro.

La mujer, a nadie ha engañado: ha repetido los gestos de su oficio; la misma actitud sensual que ha tenido con todos sus amantes. Pero esta tarde sus gestos no tienen el mismo sentido. Ahora expresan su respeto y el cambio de su corazón. El perfume lo ha comprado con sus ahorros, que son el precio de su “pecado”. Y sin dudarlo rompe el vaso (cf Mc 14,3), para que nadie pueda recuperar ni un gramo del precioso perfume. Una vez más, el gesto fino y elegante.

Salen aquí a la luz dos dimensiones de la salvación. Por una parte, estalla la libertad propia del amor. En esta comida el fariseo tenía todo previsto y preparado. Pero basta con que una mujer empujada por su corazón entre sin haber sido invitada, y la sobremesa cambia del todo. Por otra parte, el episodio revela la liberación ofrecida por Jesús. El Mesías proclama con sus actos y palabras que el hombre ya no está condenado a la esclavitud de la ley y de una religión alienante. El cristiano es un ser liberado sobre la base de esa fe hecha amor práctico que predica Jesús: “tu fe te ha salvado”.

En la antigüedad las prostitutas eran consideradas esclavas; socialmente no existían. Sin embargo, esta tarde una prostituta escucha las palabras de absolución y de canonización, porque ha hecho el gesto sacramental, ha expresado su decisión de cambiar de vida. Así se coloca a la cabeza del Evangelio. ¿Qué otra cosa pueden significar las palabras de Cristo “tus pecados están perdonados”? Es lo mismo que decir: “María, eres una santa”. Leer más…

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Dom 12.6.16 Porque has amado mucho

domingo, 12 de junio de 2016
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la_soledad Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 11. Ciclo C. Lc 7, 36‒8,3. Éste es el domingo de la “pecadora”, como le llama el fariseo del evangelio. Es el domingo de la mujer que supo amar mucho (como dijo Jesús), a pesar de que había sido prostituida.

Una opinión muy extendida piensa que se trata de María Magdalena, una prostituta que viene arrepentida a los pies de Jesús. Pero no es seguro que se llame María Magdalena, ni que sea la misma mujer de la unción en la cabeza que aparece en Mc 14, 3-9 y paralelos.

El evangelio supone que es “pecadora” (prostituta), pero no se dice si el “pecado” es suyo o es de otros (más bien supone que es de otros). Lo único claro es que ella ha sido capaz de amar (que ha amado mucho, se ha dejado amar por Jesús), y que el amor perdona, crea vida, en contra del fariseo que es incapaz de amar, por mas observante que sea.

He querido que la primera imagen evoque la figura de una mujer sobre el mar, angustiada, pesarosa de la vida, quizá al borde del suicidio, con una espada (o cruz al fondo). Quiero imaginar que ella es la “pecadora” de esta gran parábola, que un día decide ir al encuentro de Jesús.

13427882_601048003405729_627030946950223205_nLa segunda imagen recoge la portada del libro extraordinariamente evocador de Pedro Lamet, No sé cómo amarte… que habla de María Magdalena, que no es una prostituta en el sentido activo, sino una muer prostituida, víctima de una durísima trama de trata de mujeres… Una mujer que sufre bajo la pasión de muchos amos que no aman, hasta que va logrando liberarse y encuentra a Jesús, descubriendo el amor.

La escena del evangelio de hoy constituye el centro del relato de Lamet, que podría titularse María, itinerario de amor, a través de los diversos grados o escalones de la prostitución, que es el pecado de los hombres que la emplean y esclavizan, hasta la libertad que encuentra en el amor de Jesús.

Sólo por ello, por centrar su relato en esta escena, merece la pena leer este relato novelado de evangelio, que pasa de las estaciones de la prostitución de María (Magdala, Cesarea, Petra, Tiberíades…) a las cartas que María escribe en silencio y secreto a Jesús. Ella le dice no sé cómo amarte… Jesús le ha dicho: Sabes amar, as amado mucho.

Pero hoy no quiero hablar de la novela de Pedro Lamet, que dejo para otro día, sino situar y exponer este evangelio del domingo, el evangelio de la mujer prostituida que sabe amar a Jesús (y con Jesús).

Éste es el domingo de la mujer prostituida por otros… que ha buscado el amor y lo ha encontrado en el camino de Jesús. Es el domingo del fariseo que conoce y cumple muchas leyes de pureza legal, pero no ama (no se deja amar), sino que juzga a la mujer prostituida a la que él mismo contribuye a prostituirse de un modo directo indirecto.

Bueno domingo a todos. Gracias Pedro por este libro que tanto me ayuda para comentar el evangelio de este día. Lo seguiré presentando directamente otro día. Un saludo de Mabel.

EL EVANGELIO DE LA MUJER QUE HA SABIDO AMAR MUCHO

1. Situar del texto. Prostitutas y prostituidas; del sexo sagrado a la libertad y a la opresión

La prostitución ha tenido a lo largo de la historia múltiples funciones, entre las que se puede recordar la de tipo religioso: en los grandes santuarios de las diosas, desde Palestina y Babilonia hasta la India, solía haber mujeres, y también hombres: prostitutos sagrados(hieródulas y hieródulas), que actuaban como signo de la divinidad, iniciadoras sexuales de hombres (y mujeres), en el despliegue del amor (en este contexto se puede hablar de Ishtar e Isis, de la hierogamia y del tantrismo).

Pero, en general, la prostitución e ha separado del culto y ha venido a convertirse en una forma de imposición y opresión económica, sexual, afectiva.

Casi todas las culturas, edificadas sobre principios patriarcales, han tolerado la prostitución de las mujeres como una forma de regular la sexualidad de los varones y de mantener seguras las relaciones familiares. En general, la mujer casada se hallaba sometida al marido y carecía de libertad afectiva:

‒ En algunos casos, la prostituta podía convertirse en signo de mujer liberada,ejerciendo funciones superiores, en el plano cultural y social. Por eso ha habido siempre (y sigue habiendo “prostitutas ricas”, desde la hetairas griegas hasta las mujeres de una vida más libre, que llegan incluso a ser “reinas” y que dominan las revistas de corazón de todos los tiempos, especialmente en los nuestros).

Pero la inmensa mayoría de las prostitutas empezaban y terminaban siendo un tipo de esclavas sexuales. La prostitución es un signo especial de pecado masculino, de tráfico de influencias de poder, con millones de dinero en juego (millones vinculados al juego, a los casinos de lujos y a los prostíbulos de barro, con miles y miles de mujeres y niños esclavizados por el dinero del sexo).

2. Evangelio y prostitutas

De esas últimas prostitutas habla el evangelio. Ella son mujeres “violadas, dominadas, destruidas”, muy abundantes en tiempo de Jesús, de gran crisis social y económica:

‒ Se habían multiplicado las mujeres que estaban solas, sin tierra ni trabajo, sin familia ni posibilidades laborales, sin más “capital” que su cuerpo, utilizado por otros,, en un mundo donde sólo importaba la ganancia del sistema. La situación social las condenaba a la “prostitución”, es decir, al desarraigo y al hambre, a la ignominia social y la impureza.

‒ Es evidente que Jesús, profeta de los pobres y excluidos, tuvo que vincularse con ellas, pues se relacionó de un modo especial con los impuros y expulsados de la sociedad, con los enfermos y los locos, con un submundo de hombres y mujeres condenados por la misma sociedad a la opresión laboral y sexual (que muchas veces iban unidas). Leer más…

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Pecado y perdón. Domingo 11 del Tiempo ordinario. Ciclo C.

domingo, 12 de junio de 2016
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JESÚS CON MARÍA MAGDALENA - Jesus-chez-le-Pharisien1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Mucha gente que no ha leído la Biblia piensa que debe ser parecida a las vidas de santos, llenas de ejemplos edificantes. Nada más distinto de la realidad, como lo demuestran las lecturas de hoy.

David, adúltero y asesino (1ª lectura)

La primera lectura requiere una ambientación, porque han mutilado tanto el texto que no se comprende lo que dice.

Una de las misiones principales del rey en la antigüedad era conducir al pueblo a la guerra. Así actuó David en los comienzos, luchando contra los filisteos. Pero años más tarde, cuando hubo que luchar contra Amón (parte de la actual Jordania), envió al ejército al mando de sus generales, mientras él se quedaba en Jerusalén, aprovechando para echarse unas buenas siestas, de las que se levantaba al ponerse el sol. Así lo cuenta la Biblia.

            Una de esas tardes, ve desde su azotea a una mujer muy hermosa, se interesa por ella y le dicen que está casada: se trata de Betsabé, la esposa de uno de sus generales extranjeros, el hitita Urías. Esto no impide a David llamarla y cometer adulterio con ella. Pero la cosa será más grave todavía. Con una estratagema, consigue que los amonitas maten a Urías, para poder casarse con Betsabé.

            Dios no se queda callado, y envía a David al profeta Natán. Este, en vez de denunciar abiertamente el doble pecado, le cuenta al rey un caso que ha provocado su indignación y desconcierto (copio el texto bíblico):

            “Había dos hombres en un pueblo: uno rico y otro pobre. El rico tenía muchos rebaños de ovejas y bueyes; el pobre sólo tenía una corderilla que había comprado; la iba criando, y ella crecía con él y con sus hijos, comiendo de su pan, bebiendo de su vaso, durmiendo en su regazo: era como una hija. Llegó una visita a casa del rico, y no queriendo perder una oveja o un buey, para invitar a su huésped, tomó la cordera del pobre y convidó a su huésped.

            David se puso furioso contra aquel hombre, y dijo a Natán: ¡Vive Dios, que el que ha hecho eso es reo de muerte! No quiso respetar lo del otro, pagará cuatro veces el valor de la cordera.”

            En este momento es cuando comienza la primera lectura de hoy (2 Samuel 12,7 – 10,13).

Entonces Natán dijo a David: «Ese hombre eres tú. Así dice el Señor Dios de Israel: Yo te he ungido rey de Israel y te he librado de las manos de Saúl.  Te he dado la casa de tu señor y he puesto en tu seno las mujeres de tu señor; te he dado la casa de Israel y de Judá; y si es poco, te añadiré todavía otras cosas. ¿Por qué has menospreciado a El Señor haciendo lo malo a sus ojos, matando a espada a Urías el hitita, tomando a su mujer por mujer tuya y matándole por la espada de los amonitas? Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, ya que me has despreciado y has tomado la mujer de Urías el hitita para mujer tuya. David dijo a Natán: «He pecado contra el Señor.» Respondió Natán a David: «También el Señor perdona tu pecado; no morirás. 

            Sin la historia previa resulta difícil entender la lectura. Pero lo más importante es la actitud de David: es una canalla, adúltero y asesino, pero también sabe reconocer, inmediatamente, su pecado. Los capellanes de las cárceles comentan que es difícil encontrar a un preso que se reconozca culpable. Y nosotros, ¿cómo somos? ¿Sabemos reconocer humildemente: “he pecado contra el Señor”?

Una prostituta (evangelio)

            En la primera lectura, quien se enfrenta al pecador es un profeta, en nombre de Dios. En el evangelio, quien se enfrenta a la pecadora (una prostituta) es un fariseo; pero no la anima a convertirse, ni siquiera le habla, simplemente la desprecia. En cambio, Jesús, el profeta, antes de perdonarla, la alaba y la defiende.

            Un fariseo le rogó que comiera con él, y, entrando en la casa del fariseo, se puso a la mesa. 

            Había en la ciudad una mujer pecadora pública, quien al saber que estaba comiendo en casa del fariseo, llevó un frasco de alabastro de perfume, y poniéndose detrás, a los pies de él, comenzó a llorar, y con sus lágrimas le mojaba los pies y con los cabellos de su cabeza se los secaba; besaba sus pies y los ungía con el perfume. 

            Al verlo el fariseo que le había invitado, se decía para sí: «Si éste fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, pues es una pecadora.»
Jesús le respondió:

            Simón, tengo algo que decirte.

            El dijo:

            Di, maestro.

            Un acreedor tenía dos deudores: uno debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían para pagarle, perdonó a los dos. ¿Quién de ellos le amará más?
Respondió Simón:

            Supongo que aquel a quien perdonó más.

            El le dijo:

            Has juzgado bien.

            Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón:

            ¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y no me diste agua para los pies. Ella, en cambio, ha mojado mis pies con lágrimas, y los ha secado con sus cabellos. No me diste el beso. Ella, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. No ungiste mi cabeza con aceite. Ella ha ungido mis pies con perfume. Por eso te digo que quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor muestra.

            Y le dijo a ella:

            Tus pecados quedan perdonados.

            Los comensales empezaron a decirse para sí:

            ¿Quién es éste que hasta perdona los pecados?

            Pero él dijo a la mujer:

            Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

El relato comienza contraponiendo a dos personajes: el fariseo, que simboliza a la gente buena, fiel a Dios, escrupulosa en el cumplimiento de todas las normas; y la prostituta, que en la tradición bíblica aparece como un peligro para los jóvenes y no tan jóvenes, porque aparta de la esposa y corrompe.

            Lucas no dice cómo, pero ambos han entrado en contacto con Jesús. Al fariseo le mueve la curiosidad, y lo invita a comer. La prostituta debe haber escuchado o visto algo en Jesús que la ha conmovido y va en su busca.

            El relato, fácil de entender a primera vista, resulta más complejo de lo que parece. De acuerdo con la parábola que cuenta Jesús, A quien poco se le perdona, poco amor muestra. Primero se produce el perdón y, como consecuencia, el agradecimiento. Sin embargo, la mujer manifiesta su agradecimiento antes de que la perdonen: Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor.

            ¿Cómo se resuelve esta contradicción? Pienso que la solución es fácil: la mujer se ha sentido perdonada antes de entrar en la casa, mucho antes de que Jesús le diga Tus pecados quedan perdonados. Basta imaginarla escuchando uno de los discursos de Jesús en los que hablaba del amor de Dios, de Dios como Padre, de Dios pastor que busca a la oveja perdida; o imaginarla contemplando cómo Jesús come con los seres más odiados de la época, los recaudadores de impuestos (publicanos), y con las mujeres más despreciadas, las prostitutas como ella.

            Una de las grandes diferencias entre David y la prostituta es que David necesita que alguien le tienda una trampa y le obligue a confesar su pecado. La prostituta tiene un corazón más limpio, le basta ver y oír a Jesús para poner en crisis toda su vida. Pero es una crisis saludable. Como le dice Jesús al final, Tu fe te ha salvado. Vete en paz.

            No me detengo en otros aspectos del relato, como su marcado tinte polémico, haciendo que Jesús permita a la prostituta unas acciones escandalosas para cualquier persona biempensante.

            El sacerdote puede optar este domingo por una versión larga del evangelio, añadiendo el texto siguiente:


Y sucedió a continuación que iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

            Relacionando estas palabras con el relato anterior, todo se centra en la relación de Jesús con las mujeres, y de la gran importancia que tenían dentro del grupo de sus seguidores. Marcos, el primer evangelista, lo deja claro al final, durante el relato de la pasión. Lucas, en cambio, quiere que sus lectores lo sepan desde el primer momento. Eran muchas las mujeres que sentían un profundo agradecimiento a Jesús, le acompañaban y ponían sus bienes a disposición del grupo.

El perdón a través de Jesús (2ª lectura)

            La lectura de san Pablo no se elige por su relación con el evangelio, pero hoy es fácil relacionarlos. Ante la realidad del pecado, ¿qué nos salva? El fariseo habría respondido: me salvo yo a mí mismo observando la ley de Moisés. Y muchos cristianos de origen judío seguían pensando lo mismo. Pero Pablo, que había sido fariseo y se había esforzado por cumplir las leyes a rajatabla, al conocer a Cristo advirtió que eso no era cierto. Quien lo había salvado era Jesús, muriendo por él.

Conscientes de que el hombre no se justifica por las obras de la ley sino sólo por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Cristo Jesús a fin de conseguir la justificación por la fe en Cristo, y no por las obras de la ley, pues por las obras de la ley nadie será justificado. En efecto, yo por la ley he muerto a la ley, a fin de vivir para Dios: con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. No tengo por inútil la gracia de Dios, pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano. 

Dos ejemplos edificantes

Decía al comienzo que la Biblia no es un conjunto de historias edificantes. Pero a través de una realidad escandalosa de adulterios, asesinatos, prostitución, nos invita a convertirnos, convencidos de que todos podemos repetir, con Pablo, que Jesús me amó y se entregó a sí mismo por mí.

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XI Domingo del Tiempo Ordinario. 12 junio, 2016

domingo, 12 de junio de 2016
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TO-D-X
“Se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra.”
(Lc. 7, 38)

Al meditar, y saborear, el texto que nos propone la Iglesia para este domingo, nos encontramos de nuevo con las lágrimas de una mujer. El domingo pasado era el llanto de una madre a la que Jesús se acerca sintiendo compasión, dejándose tocar por su dolor. En esta ocasión, Simón ofrece una comida y además de las mujeres que sirven la mesa, hay al menos una prostituta en la fiesta que él ha organizado. Parece una costumbre muy masculina que atraviesa los tiempos y las culturas, recordemos que la fiesta que se pensó para recibir a los campeones del mundo de fútbol, en Madrid en el 2010, acabó en un club de alterne.

En el Evangelio, nuevamente encontramos las lágrimas de una mujer, pero esta vez el texto, de pronto, nos introduce en el corazón de una mujer prostituta. A diferencia de la viuda de Naín, ahora es ella la que se acerca a Jesús, y lo hace agradecida, llora de gratitud. ¿Cuántas lágrimas de amargura había derramado esta mujer? ¿Cuántas mujeres que se prostituyen lloran mientras realizan su trabajo, mientras “se dejan hacer” por el varón de turno? La prostitución es una tragedia femenina para beneficio del varón. Jamás un hombre comprenderá lo que significa prostituirse, o ser prostituída, porque corroe lo más íntimo de la feminidad de una mujer, su posibilidad de trasmitir vida, sus entrañas. Ningún hombre excepto Jesús, el Maestro, el Señor, que le recuerda con su manera de acogerla que es hija de Dios. Jesús la deja llorar, y se deja hacer por ella. Y a los varones de ayer y de hoy, les da una lección que urge que aprendan, para que el drama que sufren tantas mujeres en todos los lugares y culturas del mundo, desaparezca. “Os aseguro que lo que hayáis hecho a uno solo de estos mis hermanos menores, a mí me lo hicisteis” (Mt. 25, 40)

Tú eres el Profeta, que anuncias el camino a la Vida,
denuncias el que lleva a la muerte,

y yo quiero ser profeta de tu presencia
con mi mirar, mi acoger, mi denunciar, con mis lágrimas.

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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«El sufrimiento ha de ser tomado en serio». 10 Tiempo ordinario – C (Lucas 7,11-17)

domingo, 5 de junio de 2016
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10-TO-300x286Jesús llega a Naín cuando en la pequeña aldea se está viviendo un hecho muy triste. Jesús viene del camino, acompañado de sus discípulos y de un gran gentío. De la aldea sale un cortejo fúnebre camino del cementerio. Una madre viuda, acompañada por sus vecinos, lleva a enterrar a su único hijo.

En pocas palabras, Lucas nos ha descrito la trágica situación de la mujer. Es una viuda, sin esposo que la cuide y proteja en aquella sociedad controlada por los varones. Le quedaba solo un hijo, pero también este acaba de morir. La mujer no dice nada. Solo llora su dolor. ¿Qué será de ella?

El encuentro ha sido inesperado. Jesús venía a anunciar también en Naín la Buena Noticia de Dios. ¿Cuál será su reacción? Según el relato, «el Señor la miró, se conmovió y le dijo: No llores». Es difícil describir mejor al Profeta de la compasión de Dios.

No conoce a la mujer, pero la mira detenidamente. Capta su dolor y soledad, y se conmueve hasta las entrañas. El abatimiento de aquella mujer le llega hasta dentro. Su reacción es inmediata: «No llores». Jesús no puede ver a nadie llorando. Necesita intervenir.

No lo piensa dos veces. Se acerca al féretro, detiene el entierro y dice al muerto: «Muchacho, a ti te lo digo, levántate». Cuando el joven se reincorpora y comienza a hablar, Jesús «lo entrega a su madre» para que deje de llorar. De nuevo están juntos. La madre ya no estará sola.

Todo parece sencillo. El relato no insiste en el aspecto prodigioso de lo que acaba de hacer Jesús. Invita a sus lectores a que vean en él la revelación de Dios como Misterio de compasión y Fuerza de vida, capaz de salvar incluso de la muerte. Es la compasión de Dios la que hace a Jesús tan sensible al sufrimiento de la gente.

En la Iglesia hemos de recuperar cuanto antes la compasión como el estilo de vida propio de los seguidores de Jesús. La hemos de rescatar de una concepción sentimental y moralizante que la ha desprestigiado. La compasión que exige justicia es el gran mandato de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo».

Esta compasión es hoy más necesaria que nunca. Desde los centros de poder, todo se tiene en cuenta antes que el sufrimiento de las víctimas. Se funciona como si no hubiera dolientes ni perdedores. Desde las comunidades de Jesús se tiene que escuchar un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado socialmente como algo normal pues es inaceptable para Dios. Él no quiere ver a nadie llorando.

José Antonio Pagola

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«¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». Domingo 5 de junio de 2016 10º Domingo ordinario

domingo, 5 de junio de 2016
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432933494_640Leído en Koinonia:

1Reyes 17, 17-24: Mira, tu hijo está vivo.
Salmo responsorial: 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Gálatas 1, 11-19: Reveló a su Hijo en mí, para que yo lo anunciara a los gentiles.
Lucas 7, 11-17: ¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!

La historia de la viuda de Sarepta y del profeta Elías, según la primera lectura, marcará profundamente la fe de Israel. La generosidad de una mujer, que comparte desde su pobreza lo poco que tiene, conmueve al profeta Elías y al mismo corazón de Dios, hasta el punto de compensarla con el regalo de la vida. Elías por su parte, es recordado como un gran profeta y, como vemos, su misión va más allá de las fronteras del judaísmo. Muchos creyeron que Juan Bautista, e incluso Jesús, eran el nuevo Elías. La historia de este milagro nos invita a confiar profundamente en Dios, pues la confianza traducida en fe posibilitará siempre el cumplimiento de las promesas.

El texto de Gálatas nos advierte que la Buena Nueva anunciada por Pablo viene del propio Jesús. Pablo reconoce sus errores cuando fue perseguidor de la Iglesia cristiana primitiva, pero también agradece el favor de Dios al revelarle a su Hijo Jesús para el anuncio del evangelio en medio de los gentiles. La misión se abre a nuevas fronteras, no hay excusas para seguir cerrados creyendo que la salvación es propiedad exclusiva de los judíos. Jesús insiste en abrir el Reino más allá de las fronteras del judaísmo.

El evangelio de Lucas nos narra hoy un milagro de resurrección por parte de Jesús. Naín era, y continúa siendo, una pequeña aldea cerca de Nazaret. Jesús iba con sus discípulos cuando se cruzaron con el entierro del hijo único de una viuda. Las viudas, según la tradición bíblica, eran vulnerables, y más aún si no tenían en la familia un hijo varón que les garantizara seguridad y dignidad. Sólo el hombre garantizaba para ellas un status dentro de la sociedad, pues eran consideradas de alguna manera «objetos de propiedad», primero del padre y luego de su marido. Eran valoradas especialmente por su condición de procreadoras. La viuda de Naín está pasando por una segunda dura prueba, porque la pérdida de su hijo suponía además la pérdida de dignidad y consideración en la sociedad donde vivía. El llanto de la viuda es el grito silencioso de una mujer que siente no sólo pérdida de su hijo sino también su destino de vulnerabilidad, exclusión y desigualdad. Es el llanto que denuncia el machismo y la discriminación social.

Jesús se conmueve por la suerte de esta mujer, se solidariza, la mira y la toma en cuenta, le pide que no llore, se acerca al féretro… y ordena al muchacho difunto que se levante. Finalmente, Jesús coloca al muchacho con vida en brazos de su madre. Jesús transgrede de nuevo las reglas excluyentes de aquella sociedad, devolviendo la vida y la dignidad a la mujer. Leer más…

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Dom 5.6.16. Viuda de Naim, el centro de la Iglesia

domingo, 5 de junio de 2016
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lc71117Del blog de Xabier Pikaza:

Domingo 10 tiempo ordinario, ciclo c. Hoy evoca la liturgia el tema de las viudas, con el relato de Elías (1 Rey 17) y el evangelio de Naím (Lc 7, 11-17). Éste es un motivo poderoso:

El cristianismo se edifica sobre el cuidado de los viudas (con los huérfanos, extranjeros y pobres…), no sobre el cargo o jerarquía de un tipo de ministros ordenados, varones de los que traté ayer.

Los ministros de la Iglesia son necesarios, pero ellos vienen en un segundo lugar. El centro y misterio de la Comunidad de Jesús lo formas los huérfanos y viudas, como muestra este relato del milagro de Naim.

1. Asumiendo una fuerte tradición de Israel (ayuda a huérfanos, viudas y extranjeros), Jesús ha insistido en la importancia de las viudas, es decir, de las mujeres sin protección legal o económica. Como dirá su hermano Santiago, la religión pura consiste en ayudar a las viudas, es decir, en crear un mundo donde las mujeres excluidas puedan ser valoradas, tengan dignidad (Sant 1, 27). Ellas han de ser el principio y cimiento de la Iglesia (como lo sigue sabiendo de alguna forma la tradición de Pablo en 2 Tim 5).

2. Hoy, como en tiempo de Jesús, estamos cayendo en el riesgo de construir un mundo de viudas, es decir, de mujeres abandonadas y utilizadas, sin concederles más iniciativa que la de asistir al entierro de sus hijos (sin nadie que las defienda). Es como si hubiéramos pensado que ya no hay remedio para mujeres como esta viuda, mujeres condenadas a la soledad o la opresión, que no pueden tomar las riendas de la vida porque no les dejan.

3. La estrategia de Jesús no consiste en ayudar sólo a la viuda, sino en «levantar» a su hijo, no dejando que le entierren, para dárselo de nuevo a la madre, diciendo (implícitamente) a todos que ofrezcan un espacio de vida para viudas y extranjeros, para huérfanos y enfermos. Ésta es la primera «iglesia» de Jesús, una viuda con su hijo, allá a las afueras de Naim; éste es el verdadero sacerdocio de su nueva religión (Sant 1, 27: Ayudar a huérfanos y viudas).

4. Esa estrategia de Jesús no es de tipo asistencial, sino liberador. No ayuda pasivamente a la viuda, dejándola sometida (en una casa de encerramiento), sino que le da a su hijo, para que ambos inicien un camino nuevo, activo, comprometido, en el seno de la comunidad.

5. La Iglesia actual, si quiere ser fiel a la inspiración y primera acción de Jesús, tendrá que asumir la defensa y promoción de las viudas, es decir, de las mujeres “sin fortuna”, utilizadas, solas, manejadas. Es buena la solución de Jesús (que el hijo ayude a su madre viuda), pero otras soluciones y caminos que deberán ser asumidos y desarrollados en nuestro tiempo, poniendo de relieve la creatividad de las mismas viudas. Dejar el entierro, iniciar la vida, de un modo distinto. Esa será la tarea.

6. Retomar el camino de la Iglesia desde las viudas, es decir, desde las mujeres que parecen condenadas a la soledad y al llanto, ha sido y sigue siendo la primera tarea de la Iglesia. No es que la Iglesia (o sociedad) les tenga que ayudar a ellas. Serán ellas las que levanten la Iglesia, ellas, las más importantes, las iniciadoras de una nueva comunión humana, desde su conocimiento sufrido, desde su esperanza.

Desde ese fondo quiero recoger algunos rasgos de estas dos historias de viudas, la de Elías y la de Jesús. Los lectores tienen la palabra y verán en estas historias muchas cosas más, que y aquí no he destacado.

1. ELÍAS Y LA VIUDA DE SAREPTA

Unido a Eliseo, su discípulo, Elías aparece como profeta de juicio (ordalía del Carmelo, revelación en el Horeb, monte de Dios: cf. 1 Rey 18-19) y como carismático, capaz de realizar milagros a favor de los enfermos y excluidos de la sociedad, incluso más allá de las fronteras de Israel, como cuentan sus historias, y las de Eliseo su discípulo (cf. 1 Rey 17-21 y 2 Rey 1-8). Éstas y otras narraciones sobre Elías y Eliseo circulaban en tiempo de Jesús y alimentaban la imaginación y la esperanza de muchos judíos piadosos. Por eso, tenemos que recordarlas.

Le fue dirigida la palabra de Yahvé a Elías diciendo: «Levántate y vete a Sarepta de Sidón y quédate allí, pues he ordenado a una mujer viuda de allí que te dé de comer»… Después de estas cosas, el hijo de la dueña de la casa cayó enfermo, y la enfermedad fue tan recia que se quedó sin aliento. Entonces ella dijo a Elías: «¿Qué hay entre tú y yo, hombre de Dios? ¿Es que has venido a mí para recordar mis faltas y hacer morir a mi hijo?».

Elías respondió: «Dame tu hijo». Él lo tomó de su regazo y subió a la habitación de arriba donde él vivía, y lo acostó en su lecho. Después clamó a Yahvé diciendo: «Yahvé, Dios mío, ¿es que también vas a hacer mal a la viuda en cuya casa me hospedo, haciendo morir a su hijo?». Se tendió tres veces sobre el niño, invocó a Yahvé y dijo: «Yahvé, Dios mío, que vuelva, por favor, el alma de este niño dentro de él». Yahvé escucho la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Tomó Elías al niño, lo bajó de la habitación de arriba de la casa y se lo dio a su madre. Dijo Elías: «Mira, tu hijo vive»… (1 Rey 17, 9-23).

Perseguido en Israel (quieren matarle), Elías se refugia en una ciudad de Fenicia, en tiempo de hambre y pide la ayuda de una pobre viuda pagana, que le acoge y alimenta… Más tarde, cuando ha pasado el hambre, el hijo de la viuda muere y Elías se lo “resucita”.

Ésta es, sin duda, una historia popular, que recoge y reelabora recuerdos antiguos en los que se evocaba la figura de Elías no sólo como profeta de Israel (en línea política dura, en contra de sus reyes, Ajab y Jezabel), sino como hombre de Dios y sanador, por encima de las fronteras de Israel.
Al Dios de Elías no le importa ya el triunfo del yahvismo, ni la pureza religiosa de Israel (como en los textos de la tradición más dura de 1 Rey18), sino la vida de los hombres y mujeres, y en especial la de las viudas y los huérfanos, dentro o fuera de las fronteras de la nación escogida.

La viuda de Sarepta no es yahvista, ni Elías quiere “convertirla”, y sin embargo ambos se ayudan, en un gesto de fuerte generosidad que incluye tres motivos principales:

‒ En la base está la generosidad» de la viuda pagana, que concede al profeta un comida que ella y su hijo habrían necesitado.

‒ En el centro hay un «milagro de abundancia» del profeta, a favor de la viuda y de su hijo: “el cántaro de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará…”. No te harás pobre por dar de lo que tienes.
‒ Hay, finalmente, «un milagro de vida»: que el hijo de la viuda extranjeros pueda vivir, viva, como signo de bendición y presencia de Dios, precisamente en el momento en que va a comenzar el juicio del Carmelo (1 Rey 18)

Elías aparece así como defensor del más duro yahvismo, pero viene a mostrarse en otro sentido como defensor de viudas y necesitados. En ese contexto se sitúan sus milagros (multiplicar la comida, resucitar a los muertos…), fundados en la fe de una mujer extranjera, que es capaz de dar al profeta lo que ella tiene (para sí y para su hijo). Esta fe y generosidad de la mujer (que no es israelita) ofrece uno de los signos religiosos y humanos más profundos de la Biblia Judía.

2. JESÚS Y LA VIUDA DE NAIM

Es evidente que Jesús se ha situado en la línea de Elías. (a) Por un lado él quiso recrear la experiencia israelita de Dios, a quien invoca como Padre. (b) Por otro lado ha sido profeta de los pobres y enfermos, de las viudas y de los hambrientos, un hombre del pueblo. Desde ese fondo ha de entenderse este relato capital de Lucas::

Evangelio: Lucas 7, 11-17

En aquel tiempo, iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, e iban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la entrada de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
Al verla el Señor, le dio lástima y le dijo: «No llores.»

Se acercó al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». El muerto se incorporó y empezó a hablar, y Jesús se lo entregó a su madre.
Todos, sobrecogidos, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.» La noticia del hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea entera.

1. Milagro típico. Posiblemente, este pasaje no es histórico en el sentido material (externo) de ese término, aunque es difícil asegurarlo. La mención de Naim (no justificada por ninguna otra causa) puede referirse al recuerdo de algún gesto sanador de Jesús en aquella aldea, cerca del Tabor.

2. Fondo histórico. Dejando a un lado el carácter literal del milagro (descrito en forma solemne y ejemplar), el gesto recoge la mejor tradición de Jesús que se ha ocupado de un modo especial de los “marginales” de la sociedad y de un modo especial de las viudas. Para él, igual que para su “hermano” Santiago, la religión verdadera consiste en asistir a las viudas en su tribulación (Sant 1, 27).

3. Jesús rompe el tabú de la muerte: Toca el féretro, grita al muerto y le dice que se levante. Ésta es la palabra clave de Jesús: Que el hijo de la viuda se levante... que retome su camino. Jesús no tiene miedo de la impureza de la muerte, sino todo lo contrario; quiere luchar y lucha en contra de ella, a favor de la vida (del Reino de la resurrección). Jesús quiere detener y detiene la procesión de entierro del hijo de la viuda, para que viva el hijo, para que se alegre la viuda, para que todos puedan invertir el gran camino de muerte en que hemos convertido nuestra existencia en el mundo.

4. Los asistentes reacciones diciendo que un Gran Profeta ha surgido en el pueblo… evocando la figura de Elías. Jesús no aparece aquí con rasgos cristológicos posteriores, ni como Mesías, ni como Hijo de Dios… sino simplemente como profeta, pero como profeta grande, en la línea de Elías.

5. Éste es, como he dicho, un milagro para la viuda (no directamente para el muchacho muerto). Jesús quiere que la viuda pueda vivir, que tenga alguien que le acompañe. Por eso el texto termina diciendo que Jesús entregó el muchacho a su madre. Son ellos los que tienen que terminar la historia.

CONCLUSIÓN. IGLESIA DE VIUDAS, IGLESIA PARA LAS VIUDAS

a. Las viudas son un signo de todos los necesitados, en especial de las mujeres abandonadas y oprimidas, maltratadas y excluidas, en un mundo que sigue estando dominado por principios de tipo patriarcalista, en línea de poder y de dinero.

b. Estas viudas forman (con los huérfanos y extranjeros, con los hambrientos y sedientos, los desnudos y encarcelados…) el principio y centro de la Iglesia. El hecho de que haya mujeres-sacerdotes resulta al fin secundario, lo mismo que la existencia de nuestro tipo de obispos o presbíteros. El corazón de la Iglesia lo forman las viudas (con los pobres y enfermos). Ellas son los primeros “sacerdotes” de la Iglesia.

c. Ayudar a las viudas (es decir, crear un mundo donde puedan vivir los pobres y las viudas, los huérfanos y enfermos, los extranjeros y encarcelados) constituye un elemento esencial de la vida de la Iglesia, como indican las obras de misericordia de Mt 25, 31-46.

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«Tres formas muy distintas de resucitar a un muerto». Domingo 10º del Tiempo Ordinario. Ciclo C

domingo, 5 de junio de 2016
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elijah-raising-dead-595x360Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El relato del evangelio que leemos este domingo, la resurrección del hijo de la viuda de Naín, recuerda otros milagros parecidos: la resurrección de la hija de Jairo y la de Lázaro. Con esta última, el evangelista Juan nos enseña que Jesús es la resurrección y la vida, y aunque Lázaro, o cualquiera de nosotros, muera, vivirá gracias a Él.

            Lucas, en este relato que solo se encuentra en su evangelio, no enfoca el tema del mismo modo. Lo que pretende demostrar es el enorme poder y bondad de Jesús, comparándolo con los dos mayores realizadores de milagros del Antiguo Testamento: Elías y Eliseo. De este modo deja claro que está perfectamente justificado creer en Jesús y aceptarlo como salvador.

Primera forma: con oración y esfuerzo: Elías (1 Reyes, 17,17-24).

El profeta Elías predijo un período largo de sequía, y él mismo tuvo que pagar las consecuencias, debiendo desplazarse a la costa de Fenicia, a Sidón. Allí lo acogió una viuda que tenía un solo hijo. Al cabo de un tiempo, ocurrió lo siguiente.

                    17Más tarde cayó enfermo el hijo de la dueña de la casa; la enfermedad fue tan grave, que murió. 18Entonces la mujer dijo a Elías:

            – ¡No quiero nada contigo, profeta! ¿Has venido a mi casa a recordar mis culpas y matarme a mi hijo?

            19Elías respondió:

            -Dame a tu hijo.

            Y tomándolo de su regazo, se lo llevó a la habitación de arriba, donde él dormía, y lo acostó en la cama. 20Después clamó al Señor:

            -Señor, Dios mío, ¿también a esta viuda que me hospeda en su casa la vas a castigar haciéndole morir al hijo?

            21Luego se echó tres veces sobre el niño, clamando al Señor:

            – ¡Señor, Dios mío, que resucite este niño!

            22El Señor escuchó la súplica de Elías, volvió la vida al niño y resucitó. 23Elías tomó al niño, lo bajó de la habitación y se lo entregó a la madre, diciéndole:

            -Aquí tienes a tu hijo vivo.

            24La mujer dijo a Elías:

            – ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

            El relato pretende subrayar el poder de Elías, capaz de conseguir que Dios resucite a un niño. La historia tuvo tanto éxito que poco después se contó algo muy parecido del discípulo de Elías, Eliseo. Este segundo milagro no tuvo lugar en el extranjero, en Fenicia, sino en territorio de Israel, en Sunén, a dos kilómetros de Naín. Habría sido mucho mejor elegir este texto para compararlo con el evangelio, pero no vale la pena quejarse de los liturgistas.

resurrecci_n_hijo_viuda_de_na_m-_iglesia_greco_cat_lica_rumanaSegunda forma: sin oración, pero con compasión: Jesús (Lucas 7,11-17).

                11A continuación se dirigió a una ciudad llamada Naín, acompañado de los discípulos y de una gran multitud. 12Justo cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, sacaban a un muerto, hijo único de una viuda; la acompañaba un grupo considerable de vecinos. 13Al verla, sintió compasión y le dijo:

            ―No llores.

                    14Se acercó, tocó el féretro, y los portadores se detuvieron. Entonces dijo:

            ―Muchacho, contigo hablo, levántate.

                    15El muerto se incorporó y empezó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. 16Todos quedaron sobrecogidos y daban gloria a Dios diciendo:

            ―Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo. 17La noticia de lo que había hecho se divulgó por toda la comarca y por Judea.

Comparando el relato de Lucas con la primera lectura se advierten importantes diferencias.

            Actitud de la madre

En el caso de Elías, se queja y protesta.

            En el caso de Jesús, no dice nada, cosa lógica porque no lo conoce ni ha convivido con él.

            Acciones del protagonista

Elías toma al niño, lo sube a la habitación de arriba, lo acuesta en la cama, clama al Señor, se echa tres veces sobre el niño, entrega al niño a su madre.

            Jesús siente compasión, detiene el féretro, ordena al muchacho que se levante.

            Lo más llamativo es que Jesús no ora, no tiene que pedir a Dios que resucite al niño, tiene el poder de resucitarlo. En cuanto al tema de la compasión, es muy importante cuando se compara con la actitud de Eliseo (el episodio que no leemos).

            Lugar del milagro

            Elías lo realiza en la habitación de arriba, y lo mismo ocurre en el caso de Eliseo. Se trata de algo secreto, de lo que solo son testigos Dios y el profeta.

            Lucas presenta el milagro de Jesús como algo público, presenciado por numerosas personas. Jesús llega a Naín acompañado de los discípulos y de una gran multitud. En dirección contraria otro grupo numeroso: a la madre la acompañaba un grupo considerable de vecinos.

            El poder de Jesús contará con numerosos testigos.

            Reacción de la gente

            La viuda de Eliseo termina confesando: ¡Ahora reconozco que eres un profeta y que la palabra del Señor que tú pronuncias se cumple!

            De modo parecido, la multitud que presencia el milagro de Jesús exclama: Un gran profeta ha surgido entre nosotros; Dios se ha ocupado de su pueblo.

Tercera forma: revelando a su Hijo: Dios Padre (Gálatas 1,11-19)

            La segunda lectura carece de relación con la primera y el evangelio. No habla de un muerto, sino de una persona repleta de energía, Pablo, que la gasta en perseguir violentamente a la iglesia. En este sentido podemos decir que también él está muerto. Y quien lo resucita es Dios Padre, revelándole a su Hijo, Jesús. Estamos acostumbrados a relacionar esta “resurrección” con la famosa caída del caballo que cuenta Lucas en los Hechos de los Apóstoles. Pablo, en la carta a los Gálatas, no da detalles de ese tipo. Se limita a lo esencial: su experiencia de haber descubierto quién es realmente Jesús.

                    11Os hago saber, hermanos, que el evangelio que os anuncié no es de origen humano; 12pues yo no lo recibí ni aprendí de un hombre, sino que me lo reveló Jesucristo. 13Habéis oído hablar de mi conducta precedente en el judaísmo: Violentamente perseguía a la iglesia de Dios intentando destruirla; 14en el judaísmo superaba a todos mis paisanos de mi generación, en mi celo ferviente por las tradiciones de mis antepasados. 15Pero, cuando el que me apartó desde el vientre materno y me llamó por puro favor, tuvo a bien 16revelarme a su Hijo para que yo lo anunciara a los paganos, inmediatamente, en vez de consultar a hombre alguno 17o de subir a Jerusalén a visitar a los apóstoles más antiguos que yo, me alejé a Arabia y después volví a Damasco. 18Pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y me quedé quince días con él. 19De los otros apóstoles no vi más que a Santiago, el pariente del Señor.

Conclusión

            Las tres lecturas nos ayudan y animan a conocer más profundamente a Jesús. Alguien muy superior a un gran profeta, como Elías. Alguien muy distinto de un hereje, como pensaba Pablo antes de convertirse. Pero este conocimiento no se adquiere con la simple lectura y comparación de textos. Es una gracia que Dios concede, como a Pablo. Una gracia que debemos pedir, como insiste Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales: “conocimiento interno del Señor, para que más le ame y le siga”.

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Domingo X del Tiempo Ordinario. 5 junio, 2016

domingo, 5 de junio de 2016
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TO-D-X

Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: Muchacho, a ti te digo: Levántate.”
(Lc 7, 11-17)

Al leer y dejar que este evangelio empape mi ser me descubro transida de esperanza en las posibilidades que el ser humano tiene de resucitar a otr@s.

Jesús se acerca, no hay otra posibilidad para nosotr@s, seguidor@s de Jesús, que acercarnos a quienes sufren… “El Señor al verla, se compadeció de ella y le dijo: -No llores” (Lc 7, 13). Jesús nos enseña a compadecernos, a acercarnos, a dejarnos conmover y sufrir con los que lloran. Sin embargo Jesús no dice: no llores y no hace nada, sino que se acerca, y después toca, acaricia, y le devuelve la vida.

Es un progresivo acercamiento que le posibilita tocar el féretro, palpa lo que contiene la muerte, y lo hace no para retener la muerte, sino para acariciar el dolor, que conlleva la separación y la soledad ante la pérdida de quien ama, y le devuelve la vida.

Jesús no retiene la muerte, la atraviesa con la compasión y se lo hace sentir al joven muerto, le otorga la vida a través del tacto.

No hay miedo a la muerte, hay calor humano y divino en Él, que comunica la vida a través de la sencillez del gesto que acaricia, con el cual se entrega y dona.

Traspaso lo que soy al otr@ y recibo del otr@ lo que es, sin miedo.

Dejar que mi vida le llegue y acoger su muerte, en un trasvase de lo que somos, más allá de lo que pensamos ser, y posibilitar que la vida fluya, para convertirse en Vida.

El “tocar” de Jesús es de vida porque no retiene, porque no es compulsivo, porque no es para poseer, sino para demostrar al otr@ que le importa, que le quiere, que se conmueve ante su sufrimiento, que SIENTE en el fondo de sí, su dolor y su muerte.

“ Y Jesús, se lo entregó a su madre” (Lc 7, 15)

¿Por qué nos da vergüenza acariciar y abrazar entregando lo más sagrado que somos, la vida que nos vive y que no es nuestra, traspasar las barreras de la sensualidad para compartir la sensitividad que somos y otorgar la VIDA de Dios en nosotr@s?

Si somos capaces de acercarnos y acariciar “las muertes” de nuestra humanidad quienes están muertos se INCORPORARÁN Y LEVANTARÁN.

Gracias Espíritu Santo por tantas manos que se atreven a acariciar, sin miedo a contagiarse ni mancharse .

Ayúdanos a pararnos

y a cercarnos a quienes viven muertos.

Que nuestras manos sean espacio vacío de apropiación,

DISPONIBLES para acoger el dolor

y entregar Tu Amor.

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29 6.16. Corpus. Cuando el pan era compartido, y toda comida eucaristía

lunes, 30 de mayo de 2016
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imagesTerminamos con este texto las reflexiones que Xabier Pikaza ha publicado en su blog acerca del sentido de la Solemnidad del Corpus Christi:

Se celebra este domingo el día solmene del Cuerpo y de la Sangre del Señor, la fiesta de la Eucaristía.

— En este contexto quiero comentar un texto eucarístico de 1 Corintios, para comprender mejor el mensaje eclesial de Pablo, básicamente centrado en la comida compartida.

Pasaré después a la visión eucarística del principio del libro de los Hechos, cuando los creyentes compartían con frecuencia la comida, y toda comida común, recordando a Jesús, era Eucaristía.

Me fijaré después en un texto posterior de la Didajé, donde la comida compartida era siempre, de algún modo, eucaristía.

Sin pan compartido en la comunidad, sin comunión de pan con los hambrientos no existe eucaristía.

— En algunas comunidades de Pablo (Galacia, quizá Antioquía) el problema había sido el de poner dos mesas separadas, si podían comer juntos todos los cristianos, los de origen judío y los de origen gentil, de manera que Jesús apareciera como principio de unidad y comunión entre todos los hombres.
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— Más adelante, en Corinto, el problema fue el de unir la comida de los ricos y los pobres, que todos pudieran compartir el mismo pan, pues sin comunión de vida no existe eucaristía (las respuesta de Pablo a ese problema siguen siendo importantes todavía).

— Finalmente, el problema está en haber creado una eucarístía sin comida, adorar el pan «sagrado», pero no compartirlo… Sacarlo en procesión, pero sin que haya comunión entre todos los creyentes… y entre los creyentes ricos y los pobres del mundo.

El problema está evocado, un problema que sigue siendo un tesoro y un reto de los cristianos en el mundo. Siga leyendo quien quiere entender lo que supone en nuestro tiempo el Corpus.

Texto básico, empezamos por Pablo (1 Cor 11, 18-34).

[Divisiones]

Me han dicho que, al reuniros como iglesia, asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte… Cuando os reunís, pues, en común, no es comer la Cena del Señor, porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. ¿No tenéis casas para comer y beber? ¿O es que despreciáis a la Iglesia de Dios y avergonzáis a los que no tienen? ¿Qué voy a deciros? ¿Alabaros? ¡En eso no los alabo!

[Institución]

Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: Este es mi cuerpo, dado por vosotros; haced esto en recuerdo…

[Misterio]

Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Por tanto, quien coma el Pan o beba la Copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada cual, y coma así el Pan y beba de la Copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo.

[Escatología]

Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y muchos débiles, y mueren no pocos Si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos castigados Mas, al ser castigados, somos corregidos por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.

[Separación]

Así pues, hermanos míos, cuando os reunáis para la Cena, esperaos los unos a los otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, a fin de que no os reunáis para castigo vuestro (1 Cor 11, 18-34).

Divisiones en la Iglesia,

El texto es complejo y quien quiera estudiarlo a fondo deberá acudir a un comentario detallado de la Primera a los Corintios Aquí me limito a comentar los apartados básicos del texto, conforme a las palabras que he colocado entre corchetes:

El primer problema lo forman las divisiones de la iglesia, que son de varios tipos, como puede verse por el conjunto de la carta:

— la comunidad está formada por gentes de diverso origen y tendencia; hay líderes fuertes, coreados por unos y/o otros (cf. 1 Cor 1, 10.17);

— hay visiones diferentes sobre las relaciones sexuales y la forma de enfrentarse con los ídolos (cf. 1 Cor 7-8), lo mismo que sobre el valor del mundo actual y la resurrección (cf. 1 Cor 15).

Pues bien, entre esas divisiones, la más sangrante es aquella que divide a ricos y pobres, pues unos y otros celebran la cena fraterna en mesas distintas, con alimentos de valor muy desigual, de manera que unos pasan hambre y otros se exceden y emborrachan.

La respuesta de Jesús hubiera sido la participación plena: poner todo en común (panes y peces, vino y carne), bendiciendo a Dios sobre la comida compartida, que resulta suficiente y abundante para todos.

En este momento, dadas las circunstancias de la comunidad, el mismo Pablo que en Galacia (Antioquía) había mantenido la exigencia de comer juntos (sin separar el plano sacral y profano), se inclina ahora por una separación parcial de ambas comidas, al menos en casos como los que aparecen en Corinto, pues no quiere que en la reunión comunitaria existan diferencias. Por eso, los que quieran hacer ostentación de comida… que coman en casa.

Institución

Pablo funda esta separación en el recuerdo de Jesús, que él ha recreado a partir de la tradición eclesial, como indican nítidamente las palabras de la institución,

Ante la dificultad que siente en mantener unidas ambas mesas (Cena del recuerdo del Señor y la comida ordinaria), él ha optado aquí por separarlas de algún modo y destacar la primera…

Evidentemente, su respuesta no puede tomarse como una ley, para siempre, de forma que se escindan de un modo absoluto ambas mesas, como ha hecho parte de la iglesia posterior, que ha buscado la unidad eucarística de todos los cristianos (comiendo todos sólo un pedazo pequeñismo de pan)… y dejando la comida normal para las casas de cada uno.

En principio, la intención de Pablo había sido diferente: quiso que estuvieran unidas ambas meses, vinculadas las comidas; y así lo estableció, sin duda, al fundar la iglesia. Pero las dificultades posteriores le hicieron tomar esta medida de separación, que en aquellas circunstancias parecía necesaria, pero que no puede mantenerse de igual modo para siempre.

Misterio

De esa forma ha destacado Pablo el misterio de la Cena, estableciendo o ratificando un tipo de nueva sacralidad que ha triunfado a lo largo de la historia de la Iglesia. Pan y Copa del Señor reciben aquí valor sacral definitivo, vinculado a la Muerte de Jesús, que se interpreta como acontecimiento escatológico, momento del juicio de Dios.

En esa línea, lo que había sido Cena de Despedida, en comunión vital y entrega mesiánica de Jesús se concibe como misterio fundante de la iglesia, nueva revelación de la gracia de Dios.

Las discusiones sobre el sentido de ese texto han sido y siguen siendo muy intensas: algunos piensan que Pablo asume aquí el lenguaje religioso (pagano) del culto a los misterios; otros piensan que re-introduce concepciones sacrales del judaísmo apocalíptico… No podemos entrar en la discusión. Nos basta con decir que Pablo ha interpretado la eucaristía como centro y signo del misterio cristiano, presencia de Jesús entre sus fieles. Así lo ha visto, y ha visto bien. Por eso es cristiano.

Homeless children reach out from behind a fence as they wait to collect free clothes at a local charity in the northeastern Indian city of Siliguri September 27, 2006. REUTERS/Rupak De Chowdhuri (INDIA) BEST QUALITY AVAILABLE

El Pan eucarístico es el misterio de la Iglesia… es el Cuerpo y Sangre del Señor… En un momento determinado, ese “pan del recuerdo y presencia real del Señor” puede separarse de la comida normal de los creyentes…, pero sólo de un modo parcial, en un momento dado, no siempre… Esa “celebración del misterio” tiene que volver a la comida real, concreta, de los hombres y mujeres de Corinto y del mundo entero, creando así una comunidad de “comulgantes místicos”, pero también, al mismo tiempo, “comunidad de comulgantes concretos”, de hombres y mujeres que comparten el pan de la vida.

Escatología y separación

En ese fondo introduce Pablo unas observaciones escatológicas que nos resulta, al menos, muy extrañas, aunque acaban siendo muy certeras. Pablo piensa que la eucaristía es presencia definitiva del Señor, de tal manera que quien la celebra, en principio, no muere (tiene ya la vida eterna)… ¿Por qué? Porque aquellos que comen en fraternidad, unidos a Jesús, tienen la confianza de la Vida, saben que la Vida de Dios ha llegado, no pueden morir.

El problema está cuando esa certeza se entiende forma externa y así había aparecido en 1 Tes 4, 15-18: los cristianos tesalonicenses pensaban que no morirían, y Pablo tuvo que iluminar su fe por carta, diciéndoles que podían morir, pero que al fin, en la ya inminente parusía, todos (vivos y muertos) participarán del mismo triunfo del Señor. Leer más…

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«Hacer memoria de Jesús». Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo – C (1 Corintios 11,23-26)

domingo, 29 de mayo de 2016
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10-CORPUS-256x300Al narrar la última Cena de Jesús con sus discípulos, las primeras generaciones cristianas recordaban el deseo expresado de manera solemne por su Maestro: «Haced esto en memoria mía». Así lo recogen el evangelista Lucas y Pablo, el evangelizador de los gentiles.

Desde su origen, la Cena del Señor ha sido celebrada por los cristianos para hacer memoria de Jesús, actualizar su presencia viva en medio de nosotros y alimentar nuestra fe en él, en su mensaje y en su vida entregada por nosotros hasta la muerte. Recordemos cuatro momentos significativos en la estructura actual de la misa. Los hemos de vivir desde dentro y en comunidad.

La escucha del Evangelio

Hacemos memoria de Jesús cuando escuchamos en los evangelios el relato de su vida y su mensaje. Los evangelios han sido escritos, precisamente, para guardar el recuerdo de Jesús alimentando así la fe y el seguimiento de sus discípulos.

Del relato evangélico no aprendemos doctrina sino, sobre todo, la manera de ser y de actuar de Jesús, que ha de inspirar y modelar nuestra vida. Por eso, lo hemos de escuchar en actitud de discípulos que quieren aprender a pensar, sentir, amar y vivir como él.

La memoria de la Cena

Hacemos memoria de la acción salvadora de Jesús escuchando con fe sus palabras: «Esto es mi cuerpo. Vedme en estos trozos de pan entregándome por vosotros hasta la muerte… Este es el cáliz de mi sangre. La he derramado para el perdón de vuestros pecados. Así me recordaréis siempre. Os he amado hasta el extremo».

En este momento confesamos nuestra fe en Jesucristo haciendo una síntesis del misterio de nuestra salvación: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección. Ven, Señor Jesús». Nos sentimos salvados por Cristo, nuestro Señor.

La oración de Jesús

Antes de comulgar, pronunciamos la oración que nos enseñó Jesús. Primero, nos identificamos con los tres grandes deseos que llevaba en su corazón: el respeto absoluto a Dios, la venida de su reino de justicia y el cumplimiento de su voluntad de Padre. Luego, con sus cuatro peticiones al Padre: pan para todos, perdón y misericordia, superación de la tentación y liberación de todo mal.

La comunión con Jesús

Nos acercamos como pobres, con la mano tendida; tomamos el Pan de la vida; comulgamos haciendo un acto de fe; acogemos en silencio a Jesús en nuestro corazón y en nuestra vida: «Señor, quiero comulgar contigo, seguir tus pasos, vivir animado con tu espíritu y colaborar en tu proyecto de hacer un mundo más humano».

José Antonio Pagola

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«Comieron todos y se saciaron». Domingo 29 de mayo de 2016. Festividad del cuerpo de Cristo

domingo, 29 de mayo de 2016
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35-CorpusC cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 14, 18-20: Sacó pan y vino:
Salmo responsorial: 109, 1. 2. 3. 4: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
1Corintios 11, 23-26: Cada vez que coméis y bebéis, proclamáis la muerte del Señor.
Lucas 9, 11b-17: Comieron todos y se saciaron.

La primera lectura (Gen 14,18-20) es un antiguo texto legendario, originalmente quizás de naturaleza política-militar, en el que el misterioso personaje Melquisedec rey de Salem ofrece a Abraham un poco de pan y vino. Se trata de un gesto de solidaridad: a través de aquel alimento, Abraham y sus hombres pueden reponerse después de volver de la batalla contra cuatro reyes (Gen 14,17). El pasaje, sin embargo, parece contener una escena de carácter religioso, siendo Melquisedec un sacerdote según la praxis teológica oriental.

El gesto podría contener un matiz de sacrificio o de rito de acción de gracias por la victoria. El v. 19, en efecto, conserva las palabras de una bendición. Las palabras de Melquisedec y su gesto ofrecen una nueva luz sobre la vida de Abraham: sus enemigos han sido derrotados y su nombre es ensalzado por un rey-sacerdote. El capítulo 7 de la Carta a los Hebreos ha construido una reflexión en torno a Cristo Sacerdote a la luz de este misterioso texto del Génesis, según la línea teológica ya presente en las palabras que el Sal 110,4 dirige al rey-mesías: “Tú eres sacerdote para siempre al modo de Melquisedec”.

La segunda lectura (1Cor 11,23-26) pertenece a la catequesis que Pablo dirige a la comunidad de Corinto en relación con la celebración de las asambleas cristianas, donde los más poderosos y ricos humillaban y despreciaban a los más pobres. Pablo aprovecha la oportunidad para recordar una antigua tradición que ha recibido sobre la cena eucarística, ya que el desprecio, la humillación y la falta de atención a los pobres en las asambleas estaban destruyendo de raíz el sentido más profundo de la Cena del Señor.

Se coloca así en sintonía con los profetas del Antiguo Testamento que habían condenado con fuerza el culto hipócrita que no iba acompañado de una vida de caridad y de justicia (cf. Am 5,21-25; Is 1,10-20), como también lo hizo Jesús (cf. Mt 5,23-24; Mc 7,9-13). La Eucaristía, memorial de la entrega de amor de Jesús, debe ser vivida por los creyentes con el mismo espíritu de donación y de caridad con que el Señor “entregó” su cuerpo y su sangre en la cruz por “vosotros”.

Esta lectura paulina nos recuerda las palabras de Jesús en la última cena, con las que cuales el Señor interpretó su futura pasión y muerte como “alianza sellada con su sangre” (1 Cor 11,25) y “cuerpo entregado por vosotros” (1 Cor 11,24), misterio de amor que se actualiza y se hace presente “cada vez que coman de este pan y beban de este cáliz” (1 Cor 11,26). La fórmula del cáliz eucarístico, semejante a la fórmula de la última cena en Lucas (Mateo y Marcos reflejan una tradición diversa), está centrada en el tema de la nueva alianza, que recuerda el célebre paso de Jer 31,31-33. Cristo establece una verdadera alianza que se realiza no a través de la sangre de animales derramada sobre el pueblo (Ex 24), sino con su propia sangre, instrumento perfecto de comunión entre Dios y los hombres.

La celebración eucarística abraza y llena toda la historia dándole un nuevo sentido: hace presente realmente a Jesús en su misterio de amor y de donación en la cruz (pasado); la comunidad, obediente al mandato de su Señor, deberá repetir el gesto de la cena continuamente mientras dure la historia “en memoria mía” (1Cor 11,24) (presente); y lo hará siempre con la expectativa de su regreso glorioso, “hasta que él venga” (1 Cor 11,26) (futuro). El misterio de la institución de la Eucaristía nace del amor de Cristo que se entrega por nosotros y, por tanto, deberá siempre ser vivido y celebrado en el amor y la entrega generosa, a imagen del Señor, sin divisiones ni hipocresías.

El evangelio de hoy relata el episodio de la multiplicación de los panes, que aparece con diversos matices también en los otros evangelios (¡dos veces en Marcos!), lo que demuestra no sólo que el evento posee un cierta base histórica (no necesariamente milagrosa), sino que también es fundamental para comprender la misión de Jesús.

Jesús está cerca de Betsaida y tiene delante a una gran muchedumbre de gente pobre, enferma, hambrienta. Es a este pueblo marginado y oprimido al que Jesús se dirige, “hablándoles del reino de Dios y sanando a los que lo necesitaban” (v. 11). A continuación Lucas añade un dato importante con el que se introduce el diálogo entre Jesús y los Doce: comienza a atardecer (v. 12). El momento recuerda la invitación de los dos peregrinos que caminaban hacia Emaús precisamente al caer de la tarde: “Quédate con nosotros porque es tarde y está anocheciendo” (Lc 24,29). En los dos episodios la bendición del pan acaece al caer el día.

El diálogo entre Jesús y los Doce pone en evidencia dos perspectivas. Por una parte los apóstoles que quieren enviar a la gente a los pueblos vecinos para que se compren comida, proponen una solución “realista”. En el fondo piensan que está bien dar gratis la predicación pero que es justo que cada cual se preocupe de lo material. La perspectiva de Jesús, en cambio, representa la iniciativa del amor, la gratuidad total y la prueba incuestionable de que el anuncio del reino abarca también la solución a las necesidades materiales de la gente.

Al final del v. 12 nos damos cuenta que todo está ocurriendo en un lugar desértico. Esto recuerda sin duda el camino del pueblo elegido a través del desierto desde Egipto hacia la tierra prometida, época en la que Israel experimentó la misericordia de Dios a través de grandes prodigios, como por ejemplo el don del maná. La actitud de los discípulos recuerda las resistencias y la incredulidad de Israel delante del poder de Dios que se concretiza a través de obras salvadoras en favor del pueblo (Ex 16,3-4).

La respuesta de Jesús: “dadles vosotros de comer” (v. 13) es un recurso literario para poner en destaque la misión de los discípulos. Éstos, aquella tarde cerca de Betsaida y a lo largo de toda la historia de la Iglesia, están llamados a colaborar con Jesús, preocupándose por conseguir el pan para sus hermanos. Después de que los discípulos acomodan a la gente, Jesús “tomó los cinco panes y los dos peces, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y se los iba dando a los discípulos para los distribuyeran entre la gente” (v. 16).

Al final todos quedan saciados y sobran doce canastas (v. 17). El tema de la “saciedad” es típico del tiempo mesiánico. La saciedad es la consecuencia de la acción poderosa de Dios en el tiempo mesiánico (Ex 16,12; Sal 22,27; 78,29; Jer 31,14). Jesús es el gran profeta de los últimos tiempos, que recapitula en sí las grandes acciones de Dios que alimentó a su pueblo en el pasado (Ex 16; 2Re 4,42-44). Los doce canastos que sobran no sólo subraya el exceso del don, sino que también pone en evidencia el papel de “los Doce” como mediadores en la obra de la salvación. Los Doce representan el fundamento de la Iglesia, son como la síntesis y la raíz de la comunidad cristiana, llamada a colaborar activamente a fin de que el don de Jesús pueda alcanzar a todos los seres humanos. Leer más…

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Dom 29.5.16. Corpus, fiesta de la Misericordia

domingo, 29 de mayo de 2016
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pan-y-vinoDel blog de Xabier Pikaza:

 Este domingo celebramos el Corpus de la Misericordia, como ha querido el Papa Francisco, y es buena ocasión para poner de relieve la relación que existe entre la Misericordia de Dios (entre los hombres) y Cuerpo de Cristo.

Como bien sabemos, Jesús ha rechazado (superado) un tipo sacralidad fundada en el sacrificio de animales y en el cumplimiento de unas leyes de pureza, para centrar su fiesta y su presencia en el pan compartido, como dicen dos textos famosos (Mt 9, 13; 12, 7: “misericordia quiero y no sacrificio”).

Así lo han puesto también de relieve los relatos de las “multiplicaciones”, que, en sentido estricto deberían llamarse “alimentaciones”, es decir, fiestas del pan compartido, abiertas a todos los hombres y mujeres del entorno, tanto a un lado del río y del lago de Galilea, como al otro, en la zona de los paganos y/o gentiles (Decápolis).

Marcos 6, 35-44 y 8, 1-10 (con los paralelos de Mateo, Lucas y Juan) han contado cuidadosamente esa “alimentaciones eucarísticas”, que son las primeras y más importantes de todas las fiestas del Corpus, es decir, del Cuerpo Mesiánico de Cristo.

Ciertamente, no están mal las procesiones de Toledo o Ledesma del Tormes, pero en sí mismas ellas se parecen menos a las fiestas del pan de Jesús en Galilea o Decápolis.

eucharist-adorationCorpus de verdad sería una fiesta del pan compartido en Ceuta o Idoumene (si es que queda allí alguien, si es que alguno logra superar las vallas de la policía “católica”), sin interesarse demasiado por la identidad personal y social de cada uno (soltero, casado, divorciado), para poner de relieve su hambre y su deseo de libertad y comunión. Sería bueno celebrar este año el Corpus de la Misericordia, como tiempo de comunión y presencia real de Cristo, en la eucaristía real de la comunión con los necesitados.

En este contexto quiero evocar y situar la fiesta del Corpus, que Jesús fue ensayando y preparando no sólo en sus “multiplicaciones” (alimentaciones) a campo abierto, sino también en otras comidas que compartió con hombres y mujeres de diversa condición, hasta la Última Cena, cuando le iban a matar por eso mismo (por dar de comer a y por comer con todos), con sus discípulos y amigos, en Jerusalén, diciéndoles que de esta dificultad ya no salía en este mundo, pues la policía le estaba persiguiendo los talones.

Fue cuando les dijo que la más honda comida termina siendo la de dar el propio cuerpo, compartir la vida y sangre con todos. Ésta es la fiesta del Corpus, es decir, de mi cuerpo entregado, compartido, al servicio de todos los cuerpos del mundo

13244690_594855500691646_4224160837643405285_nLos cristianos tenemos buena memoria y hemos conservado el recuerdo de las eucaristías de Jesús, en el campo y en las casas, hasta la última de Jerusalén, pero las hemos transformado tanto que ya casi nadie las conoce (¡iba a decir “ni la madre de Jesús”!).

Ciertamente, entre las comidas/corpus de Jesús en Galilea, Decápolis, Jerusalén… y la Eucaristía/Corpus de Toledo o Ponteareas hay una continuidad… pues aquellas llevan a estas, pero hace falta mucha imaginación y buena voluntad para descubrirlo.

Para trazar mejor ese argumento he querido escribir lo que sigue.

Imágenes: 1. «Especies». 2. Adoración. 3 (y final): Mercedarios de Sevilla en una procesión del Corpus.

Comidas mesiánicas, Corpus: Cristo es el pan compartido.

La verdad del Dios de Jesús se expresa en la comida, se vuelve comida compartida, anunciada ya por la profecía:

El Señor de los de Ejércitos prepara sobre este monte (Jerusalén, el mundo entero), un festín de manjares suculentos para todos los pueblos, (Is 25, 6).

Sólo podemos decir que Jesús es Mesías si se expresa y se despliega en forma de pan compartido. Ciertamente, no sólo de pan vive el ser humano, como sabe Mt 4, 4. Por eso, siendo pan “material” (=comida) el Pan del Corpus de Jesús es comida (banquete) de perdón y gratuidad, de comunicación entre los hombres:

1. La comida de Jesús es comida es perdón y fraternidad.

Así se dice que él ha compartido el pan con los pecadores (Mc 2,13-17), aceptando su hospitalidad y sentándose a su mesa. Lógicamente, ese gesto le lleva a superar el ritual judío de comidas (7, 1-23), centrado en la separación de puros e impuros, iniciando un proceso que culmina en la apertura a los gentiles (7, 24-30), es decir, a los llamados impuros, como indica el relato de la siro-fenicia.

Ésta es quizá la comida más importante de Jesús, cuando ofrece el “pan de los hijos”, de los buenos judíos puros… a la madre y a la hija que son siro-fenicias. También ellas, las “gentiles impuras” pueden comulgar, compartir el pan concreto de Jesús, en sentido material y religioso. Leer más…

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26.5.16. Corpus. Cuerpo y Sangre de Cristo, vida humana

domingo, 29 de mayo de 2016
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eucaristiaLeído en el blog de Xabier Pikaza:

El día del Corpus, que tradicionalmente se celebra el jueves después de la Trinidad, la Fiesta de Dios hecho carne y sangre humana, es la fiesta cristiana de la humanidad de Dios, de la divinidad del hombre

El conjunto de la iglesia la celebra ahora esta fiesta el próximo domingo, pero hay multitud de lugares (desde Toledo a Ledesma de Salamanca) en los que se sigue celebrando este jueves, mañana 26-5.16.

Por eso quiero ofrecer una reflexión eucarística fundamental, en la línea de lo que he venido haciendo otros años, desde 2007.

Esta fiesta tiene cien matices, mil riquezas que deben ponerse de relieve en diálogo con la humanidad (el cuerpo de Dios es por Cristo el ser humano entero, la humanidad completa)y en especial con otras confesiones cristianas, que han matizado el sentido de la Eucaristía, en otras perspectivas.

para-celebrar-fiesta-del-pan,-fiesta-del-vinoÉsta es una fiesta religiosa y social, es cristiana y quiere ser universal, la fiesta de todos aquellos que quieren vincularse entre sí, de un modo concreto, compartiendo pan, bebiendo juntos el vino de la vida, en alegría y esperanza, dispuestos a entregar su propia vida, unos por los otros.

Hoy quiero ofrecer simplemente un resumen de lo que significa esta fiesta, este día, desde una vertiente bíblica, católica, en la línea de lo que escribí en un libro titulado: Fiesta del Pan, Fiesta del Vino. Mesa común y Eucaristía. También he desarrollado el tema en el Gran Diccionario De la Bibía (entradas: Última Cena, Eucaristía).

Buen Corpus a todos, feliz día de mañana, feliz próximo domingo.

1. La Cena de Jesús.

Contexto histórico Jesús no ha sido un profeta de ayunos, sino que ha sabido beber y ha bebido, compartiendo con los marginados de su pueblo, el pan y los peces, como han destacado los evangelios en los diversos relatos de las “multiplicaciones”, que debemos entender como comidas mesiánicas de Jesús, a cielo abierto, con todos los que vienen (cf Mc 6,30-44; (, 1-10 par). En ese fondo se sitúa mejor su manera de asumir la muerte.

Sintiéndose amenazado, Jesús quiso beber con sus amigos el vino de fiesta final, prometiendo que la próxima vez lo bebería con ellos en el Reino. Por eso, es normal que las iglesias de Jerusalén y Antioquía (representadas por los textos de la institución eucarística) y luego todas las iglesias hayan conservado las palabras de la última cena sobre el vino como expresión radical de la entrega y esperanza de Jesús (uniéndolas a la palabra sobre el pan), como seguiremos indicando.

a. Mc 14, 25a par. Voto de abstinencia:

«En verdad os digo, que ya no volveré a beber del fruto de la vid…». Este pasaje vincula dos elementos:

(1) Voto de renuncia: Jesús se compromete a no tomar más vino mientras siga existiendo el mundo actual.

(2) Promesa de abundancia: Jesús anuncia a sus amigos el vino del Reino. El texto comienza de un modo elevado (en verdad os digo…), y sigue con una triple negación (no, no, no: ouketi ou mê…), que debe interpretarse como juramento o voto sagrado, en el que el mismo Dios actúa como testigo, en fórmula que podría traducirse: «así me haga Dios en el caso de que…».

En el momento más solemne de su vida, rodeado por sus discípulos, tomando con ellos la última copa, Jesús se compromete a no beber más hasta que llegue en plenitud el Reino que él ha prometido e iniciado (cf. Mc 9, 1; 13, 30), Este juramento puede interpretarse como voto de abstinencia escatológica, de tal manera que, de ahora en adelante, Jesús puede presentarse como nazareo del reino, renunciando al vino. Lógicamente, al acercarse el momento decisivo, Jesús proclama que ya no beberá más vino en este mundo viejo, en este orden de cosas, pero añade que llega (se está acercando de inmediato) el reino.

b. Mc 14, 25b. Vino nuevo del Reino.

Jesús promete abstenerse de beber vino “hasta que beba (con vosotros) el vino nuevo del Reino”. Eso significa que ha puesto su destino al servicio de la viña de Dios, es decir, de la plenitud escatológica. Con el “vino de este mundo”, en la fiesta de su despedida (entrega), ha prometido a sus amigos el “vino nuevo” (es decir, el vino de la nueva cosecha del Reino).

Este juramento escatológico deriva de todo su camino de evangelio: Jesús ha ofrecido su mesa (pan y peces) a los marginados y pobres, a los publicanos y multitudes. Ahora, en el momento final, asumiendo y recreando la mejor tradición israelita, él declara y proclama delante de sus amigos que ha cumplido su camino, ha terminado su tarea: sólo queda pendiente la respuesta de Dios, el vino del “año nuevo”, la fiesta del Reino.

Así pasa del “vino viejo” de esta fiesta de despedida (que el ritual de la institución eucarística interpreta como sangre de alianza: Mc 14, 23-24) al “vino nuevo” de la promesa de culminación mesiánica: al beber la última copa (copa vieja), en compañía de sus discípulos, Jesús les está invitando a tomar la “nueva copa” en el Reino, es decir, en la vida compartida para siempre. Entendido de esta forma, este logion desborda el nivel de los elementos centrales de la pascua judía (pan sin levadura, hierbas amargas o cordero sacrificado), abriéndose a la nueva tierra y vino del Reino.

2. Cena de Jesús.

Fundación de la Eucaristía. Podemos recordar los datos básicos

(a) Los defensores del sistema han condenado a Jesús como socialmente peligroso. Los sanedritas pueden acusarle de blasfemo, diciendo que ha querido colocarse en el lugar más alto, como Dios para su pueblo (cf. Mc 14, 64); en realidad le han rechazado por a-social o antisocial: no encaja dentro del orden de su “templo” (cf. Mc 12, 10-11). Los romanos le condenan a muerte porque quiere hacerse Rey de los judíos (Mc 15, 12), ocupando así un lugar que estaba ya ocupado por el César, rey de Roma y portador de un “orden sagrado” sobre el mundo.

(b) Jesús ha muerto como representante mesiánico de Dios. Profundizando en esa experiencia, los cristianos han comprendido que la última razón de su condena no ha sido la dureza de aquellos sus jueces y verdugos, sino el modo de actuar del mismo Jesús. Su forma de vida, su proyecto de reino, le ha convertido en un hombre peligroso. Por portarse como se ha portado, por defender lo que ha defendido, ha tenido que estar dispuesto a morir. Ciertamente, le han matado. Leer más…

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Fiesta del Corpus Christi. Ciclo C.

domingo, 29 de mayo de 2016
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Panes y pecesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Las tres lecturas

La primera, del libro del Génesis, ha sido elegida porque habla del pan y del vino que el rey de Jerusalén ofreció a Abrán (no es una errata, el nombre se lo cambió más tarde Dios en el de Abrahán). Parece un poco traída por los pelos, pero los Padres de la Iglesia y los artistas han visto siempre en esta escena un anuncio de la eucaristía, como la mejor ofrenda que se nos puede hacer.

En aquellos días, Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abrán, diciendo:

            ‒ «Bendito sea Abrán por el Dios altísimo, creador de cielo y tierra; bendito sea el Dios altísimo, que te ha entregado tus enemigos.»

            Y Abrán le dio un décimo de cada cosa.

La segunda, de la carta a los Corintios, cuenta lo ocurrido en la última cena. Lo más típico de Pablo es la advertencia final: cuando celebráis la cena del Señor, no estáis celebrando una comida normal y corriente, en la que algunos se emborrachan o se hartan de comer mientras otros pasan hambre (como ocurría de hecho en la comunidad); estáis recordando el momento último de la vida de Jesús, su entrega a la muerte por nosotros. Celebrar la eucaristía es recordar el mayor acto de generosidad y de amor, incompatible con una actitud egoísta.

Hermano: Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

En el evangelio, Lucas, siguiendo a Marcos con pequeños cambios, describe una escena muy viva, en la que la iniciativa la toman los discípulos. Le indican a Jesús lo que conviene hacer y, cuando él ofrece otra alternativa, objetan que tienen poquísima comida. La orden de recostarse en grupos de cincuenta simplifica lo que dice Marcos, que divide a la gente en grupos de cien y de cincuenta. Esta orden tan extraña se comprende recordando la organización del pueblo de Israel durante la marcha por el desierto en grupos de mil, cien, cincuenta y veinte (Éx 18,21.25; Dt 1,15). También en Qumrán se organiza al pueblo por millares, centenas, cincuentenas y decenas (1QS 2,21; CD 13,1). Es una forma de indicar que la multitud que sigue a Jesús equivale al nuevo pueblo de Israel y a la comunidad definitiva de los esenios.

Jesús realiza los gestos típicos de la eucaristía: alza la mirada al cielo, bendice los panes, los parte y los reparte. Al final, las sobras se recogen en doce cestos.

En aquel tiempo, Jesús se puso a hablar al gentío del reino de Dios y curó a los que lo necesitaban. Caía la tarde, y los Doce se le acercaron a decirle:

            ‒ «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado.»

            Él les contestó:

            «Dadles vosotros de comer.»

            Ellos replicaron:

            «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para todo este gentío.»

            Porque eran unos cinco mil hombres. Jesús dijo a sus discípulos:

            «Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta.»

            Lo hicieron así, y todos se echaron. Él, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Comieron todos y se saciaron, y cogieron las sobras: doce cestos.

¿Cómo hay que interpretar la multiplicación de los panes?

Podría entenderse como el recuerdo de un hecho histórico que nos enseña sobre el poder de Jesús, su preocupación no sólo por la formación espiritual de la gente, sino también por sus necesidades materiales.

Esta interpretación histórica encuentra grandes dificultades cuando intentamos imaginar la escena. Se trata de una multitud enorme, cinco mil personas, sin tener en cuenta que Lucas no habla de mujeres y niños, como hace Mateo. En aquella época, la “ciudad” más grande de Galilea era Cafarnaúm, con unos mil habitantes. Para reunir esa multitud tendrían que haberse quedados vacíos varios pueblos de aquella zona. Incluso la propuesta de los discípulos de ir a los pueblos cercanos a comprar comida resulta difícil de cumplir: harían falta varios Hipercor y Alcampo para alimentar de pronto a tanta gente.

Aun admitiendo que Jesús multiplicase los panes y peces, su reparto entre esa multitud, llevado a cabo por sólo doce personas (a unas mil por camarero, si incluimos mujeres y niños) plantea grandes problemas. Además, ¿cómo se multiplican los panes?, ¿en manos de Jesús, o en manos de Jesús y de cada apóstol?, ¿tienen que ir dando viajes de ida y vuelta para recibir nuevos trozos cada vez que se acaban? Después de repartir la comida a una multitud tan grande, ya casi de noche, ¿a quién se le ocurre ir a recoger las sobras en mitad del campo? ¿No resulta mucha casualidad que recojan precisamente doce cestos, uno por apóstol? ¿Y cómo es que los apóstoles no se extrañan lo más mínimo de lo sucedido?

Estas preguntas, que parecen ridículas, y que a algunos pueden molestar, son importantes para valorar rectamente lo que cuenta el evangelio. ¿Se basa el relato en un hecho histórico, y quiere recordarlo para dejar claro el poder y la misericordia de Jesús? ¿Se trata de algo puramente inventado por los evangelistas para transmitir una enseñanza?

El trasfondo del Antiguo Testamento

Lucas, muy buen conocedor del Antiguo Testamento vería en el relato la referencia clarísima a dos episodios bíblicos.

En primer lugar, la imagen de una gran multitud en el desierto, sin posibilidad de alimentarse, evoca la del antiguo Israel, en su marcha desde Egipto a Canaán, cuando es alimentado por Dios con el maná y las codornices gracias a la intercesión de Moisés. Pero hay también otro relato sobre Eliseo que le vendría espontáneo a la memoria. Este profeta, uno de los más famosos de los primeros tiempos, estaba rodeado de un grupo abundante de discípulos de origen bastante humilde y pobre. Un día ocurrió lo siguiente:

«Uno de Baal Salisá vino a traer al profeta el pan de las primicias, veinte panes de cebada y grano reciente en la alforja. Eliseo dijo:

― Dáselos a la gente, que coman.

El criado replicó:

― ¿Qué hago yo con esto para cien personas?

Eliseo insistió:

― Dáselos a la gente, que coman. Porque así dice el Señor: Comerán y sobrará.

Entonces el criado se los sirvió, comieron y sobró, como había dicho el Señor»

(2 Re 4,42-44).

Lucas podía extraer fácilmente una conclusión: Jesús se preocupa por las personas que le siguen, las alimenta en medio de las dificultades, igual que hicieron Moisés y Eliseo antiguamente. Al mismo tiempo, quedan claras ciertas diferencias. En comparación con Moisés, Jesús no tiene que pedirle a Dios que resuelva el problema, él mismo tiene capacidad de hacerlo. En comparación con Eliseo, su poder es mucho mayor: no alimenta a cien personas con veinte panes, sino a varios miles con solo cinco, y sobran doce cestos. La misericordia y el poder de Jesús quedan subrayados de forma absoluta.

¿Sigue saciando Jesús nuestra hambre?

Aquí entra en juego un aspecto del relato que parece evidente: su relación con la celebración eucarística en las primeras comunidades cristianas. Jesús la instituye antes de morir con el sentido expreso de alimento: “Tomad y comed… tomad y bebed”. Los cristianos saben que con ese alimento no se sacia el hambre física; pero también saben que ese alimento es esencial para sobrevivir espiritualmente. De la eucaristía, donde recuerdan la muerte y resurrección de Jesús, sacan fuerzas para amar a Dios y al prójimo, para superar las dificultades, para resistir en medio de las persecuciones e incluso entregarse a la muerte. Lucas volverá sobre este tema al final de su evangelio, en el episodio de los discípulos de Emaús, cuando reconocen a Jesús “al partir el pan” y recobran todo el entusiasmo que habían perdido.

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