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El amor manifestado en Jesús es el Ágape.

jueves, 29 de marzo de 2018
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os_he_dado_ejemploJn 13,1-15

El tema central del Triduo Pascual es el AMOR. El Jueves se manifiesta en los gestos y palabras que lleva a cabo Jesús en la entrañable cena. El Viernes queda patente el grado supremo de amor al dar la vida por no renunciar al bien del hombre. El Sábado celebramos la Vida que surge de ese Amor incondicional. En la liturgia de estos días intentamos manifestar, de manera plástica, la realidad del amor supremo que se manifestó en Jesús. Lo importante no son los ritos, sino el significado que éstos encierran.

La liturgia del Jueves Santo está estructurada como recuerdo de la última cena. La lectura del evangelio de Jn nos debe hacer pensar; se aparta tanto de los sinópticos que nos llama la atención que no mencione la fracción del pan, pero en su lugar, nos narra una curiosa actuación de Jesús que nos deja desconcertados. Si el gesto sobre el pan y el vino tuvo tanta importancia para la primera comunidad, ¿por qué lo omite Juan? Y si realmente Jesús realizó el lavatorio de los pies, ¿por qué no lo mencionan los tres sinópticos?

No es fácil resolver estas cuestiones, pero tampoco debemos ignorarlas o pasarlas por alto a la ligera. Seguiremos haciendo sugerencias, mientras los exégetas no lleguen a conclusiones  más o menos definitivas. Sabemos que fue una cena entrañable, pero el carácter de despedida se lo dieron después los primeros cristianos. Seguramente en ella sucedieron muchas cosas que después se revelaron como muy importantes para la primera comunidad. El gesto de partir el pan y de repartir la copa de vino era un gesto normal que el cabeza de familia realizaba en toda cena pascual. Lo que pudo añadir Jesús, o los primeros cristianos, es el carácter de símbolo de lo que en realidad fue la propia vida de Jesús.

El gesto de lavar los pies era una tarea exclusiva de esclavos. A nadie se le hubiera ocurrido que Jesús la hiciera si no hubiera acontecido algo similar. Es una acción más original y de mayor calado que el partir el pan. Seguramente, en las primeras comunidades se potenció la fracción del pan, por ser más sencilla. Poco a poco se le iría llenando de contenido sacramental hasta llegar a significar la entrega total de Jesús. Pero esa misma sublimación llevaba consigo un peligro: convertirla en un rito estereotipado que a nada compromete. Aquí veo yo la razón por la que Jn se olvida de la fracción del pan. La explicación que da de la acción, lleva directamente al compromiso con los demás y no es fácil escamotearla.

Parece demostrado que, para los sinópticos, la Última Cena es una comida pascual. Para Jn no tiene ese carácter. Jesús muere cuando se degollaba el cordero pascual, es decir el día de la preparación. La cena se tuvo que celebrar la noche anterior. Esta perspectiva no es inocente, porque Jn insiste, siempre que tiene ocasión, en que la de Jesús es otra Pascua. Identifica a Jesús con el cordero pascual, que no tenía carácter sacrificial, sino que era el signo de la liberación. Jesús el nuevo cordero, es signo de la nueva liberación.

Los amó hasta el extremo. Se omite toda referencia de lugar y a los preparativos de la cena. Va directamente a lo esencial. Lo esencial es la demostración del amor. “Hasta el extremo” (eis telos) = en el más alto grado, hasta alcanzar el objetivo final. Manifestó su amor durante toda su vida, ahora va a manifestarse de una manera total y absoluta. “Había amado… y demostró su amor hasta el final”, dos aspectos del amor de Dios manifestado en Jesús: amor y lealtad, (1,14) amor que no se desmiente ni se escatima.

Dejó el manto y tomando un paño, se lo ató a la cintura. No se trata en Jn de la cena ritual pascual, sino de una cena ordinaria. Jesús no celebra el rito establecido, porque había roto con las instituciones de la Antigua Alianza. Dejar el manto significa dar la vida. El paño (delantal, toalla) es símbolo del servicio. Manifiesta cuál debe ser la actitud del que le siga: Prestar servicio al hombre hasta dar la vida como Él. Jn pinta un cuadro que queda grabado para siempre en la mente de los discípulos. Esa última acción de Jesús, tiene que convertirse en norma para la comunidad. El amor es servicio concreto y singular a cada persona.

Se puso a lavarles los pies y a secárselos con la toalla. El lavar los pies era un signo de acogida o deferencia. Solo lo realizaban los esclavos o las mujeres. Lavar los pies en relación con una comida, siempre se hace antes, no durante la misma. Esto muestra que lo que Jesús hace no es un servicio cualquiera. Al ponerse a los pies de sus discípulos, echa por tierra la idea de Dios creada por la religión. El Dios de Jesús no actúa como Soberano, sino como servidor. El verdadero amor hace libres. Jesús se opone a toda opresión. En la nueva comunidad todos deben estar al servicio de todos, imitando a Jesús. La única grandeza del ser humano es ser como el Padre, don total y gratuito para los demás.

¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Esta explicación, que el evangelista pone en boca de Jesús, nos indica hasta qué punto es original esa actitud. Retomó el manto pero no se quita el delantal. Se recostó de nuevo, símbolo de hombre libre. El servicio no anula la condición de hombre libre, al contrario, da la verdadera libertad y señorío. La pregunta quiere evitar cualquier malentendido. Tiene un carácter imperativo. Comprended bien lo que he hecho con vosotros, porque éstas serán las señas de identidad de la nueva comunidad.

Vosotros  me  llamáis  “Maestro” y “Señor” y decís bien porque lo soy. Jn es muy consciente de la diferencia entre Jesús y ellos. Lo que quiere señalar es que esa diferencia no crea rango de ninguna clase. Las dotes o funciones de cada uno no justifican superioridad alguna. Los hace iguales y deben tratarse como iguales. La única diferencia es la del mayor o menor amor manifestado en el servicio. Esta diferencia nunca eclipsará la relación personal de hermanos, todo lo contrario, a más amor más igualdad, más servicio.

Pues si yo os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros. Reconoce los títulos, pero les da un significado completamente nuevo. Es “Señor”, no porque se imponga, sino porque manifiesta el amor, amando como el Padre. Su señorío no suprime la libertad, sino que la potencia. El amor ayuda al ser humano a expresar plenamente la vida que posee. Llamarle Señor es identificarse con él, llamarle Maestro es aprender de él, pero no doctrinas sino su actitud vital. Sienten la experiencia de ser amados, y así amarán con un amor que responde al suyo.

Os dejo un ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis. Los sinópticos dicen, después de la fracción de pan: “Haced esto para acordaros de mí”. Es exactamente lo mismo, pero en el caso del lavatorio de los pies, queda mucho más claro el compromiso de servir. Lo que acaba de hacer no es un gesto momentáneo, sino una norma de vida. Ellos tienen que imitarle a él como él imita al Padre. Ser cristiano es imitar a Jesús en un amor que tiene que manifestarse siempre en el servicio a todos los hombres.

Es una pena que una vivencia tan profunda se haya reducido a celebrar hoy el día de la caridad. Tranquilizamos nuestra conciencia con un donativo de algo externo a nosotros, siempre de lo que me sobra, o por lo menos, que en nada compromete mi nivel de vida. Podemos aceptar que no somos capaces de seguir a Jesús, pero no tiene sentido engañarnos a nosotros mismos con ridículos apaños. Celebrar la eucaristía es comprometerse con el gesto y las palabras de Jesús. Él fue pan partido y preparado para ser comido. Él fue sangre (vida) derramada para que todos los que encontró a su paso la tuvieran también. Jesús promete y da Vida definitiva al que es capaz de seguirle por el camino que nos marcó. La misma Vida de Dios, la comunica a todo el que acepta su mensaje. No al que es perfecto, sino al que, con autenticidad, se esfuerza por imitarle en la preocupación por el hombre.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jueves Santo 2018. 29 marzo, 2018

jueves, 29 de marzo de 2018
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pascua2018
Dios está aquí y yo no lo sabía.

Jacob es un personaje del libro del Génesis, un patriarca. Hijo de Isaac y hermano de Esaú. Esaú era el primogénito pero Jacob, con astucia y mentiras, despoja a su hermano de todos sus derechos. Esto provoca, naturalmente, el enfado de Esaú y Jacob tiene que huir. En su huida se encuentra con Dios en Betel (ahora hablaremos detenidamente de este lugar). Este encuentro es importante para Jacob pero no lo transforma. Después del encuentro se refugia en casa de su tío y prueba su propia medicina. Jacob saborea la mentira, el engaño de su tío Labàn. Durante 14 años Jacob servirá a Labàn antes de regresar a su casa y en el camino de vuelta se encuentra de nuevo con Dios, en Penuel y aquí sí, Jacob es transformado.

Podemos decir que Jacob vive una conflictiva e intensa experiencia de Dios.

Comienza robando el lugar de su hermano en la familia, huye para salvar su vida y retener la herencia sustraída con engaño. Pero su camino más que un viaje físico se convierte en un itinerario espiritual. Dios lo envuelve en su misterio y lo recrea en su amor. Dios lo espera en cada esquina, en cada acción sosteniéndolo y reconduciéndolo, esperando pacientemente que deje de sostenerse en sí mismo para abrazarse a él.

BETEL

Jacob salió de Berseba y se dirigió a Jarán. Acertó a llegar a un lugar; y como se había puesto el sol, se quedó allí a pasar la noche. Tomó una piedra del lugar, se la puso como almohada y se acostó en aquel lugar. Tuvo un sueño: una rampa, plantada en tierra, tocaba con el extremo el cielo. Mensajeros de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pie sobre ella y dijo: —Yo soy el Señor, Dios de Abrahán tu padre y Dios de Isaac. La tierra en que yaces te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra; te extenderás a occidente y oriente, al norte y al sur. Por ti y por tu descendencia todos los pueblos del mundo serán benditos. Yo estoy contigo, te acompañaré adonde vayas, te haré volver a este país y no te abandonaré hasta cumplirte cuanto te he prometido. Despertó Jacob del sueño y dijo: —Realmente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía. Y añadió aterrorizado: —¡Qué terrible es este lugar! Es nada menos que Casa de Dios y Puerta del Cielo. Jacob se levantó de mañana, tomó la piedra que le había servido de almohada, la colocó a modo de estela y derramó aceite en la punta. Y llamó al lugar Casa de Dios –la ciudad se llamaba antes Luz–. Jacob pronunció un voto: —Si Dios está conmigo y me guarda en el viaje que estoy haciendo y me da pan para comer y vestido con que cubrirme, y si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he colocado como estela, será una casa de Dios y te daré un diezmo de todo lo que me des.  (Gn 28, 10-22)

Betel es el eje de todo su camino, es donde recibe las promesas y adonde volverá para confesar la fidelidad de Dios. Tras su huida de la casa paterna Jacob experimenta la soledad, el miedo y en la noche Dios le hace sentir su presencia para regalarle lo que él había robado. Pero esto solo es el comienzo porque el regalo divino ha de ser acogido como don, pero Jacob todavía sigue mirándose a sí mismo. Dios se hace su compañero de camino y lo invita a un viaje hacia el interior. La debilidad de Jacob es el punto de partida para un encuentro liberador y rehabilitador de su persona. Dios le muestra su proyecto, pero lo impulsa a recrearlo y a hacerlo el centro de su existencia.

Jacob se sobrecoge ante el misterio de Dios que se le hace presente pero todavía duda, necesita confirmaciones que le aseguren que la revelación de Dios se cumplirá. En un sueño, el Dios de sus antepasados le hace la promesa sobre su futuro y sobre su presente, recibe de Dios asistencia y fidelidad. Él, por su parte, se compromete a hacer de Betel un santuario para el Señor, y sella este compromiso con un gesto simbólico: levanta la piedra y la unge. Es decir, derrama aceite sobre la piedra, de manera que esa piedra queda consagrada, queda convertida en altar.

Cada una de nosotras tenemos, en nuestro itinerario personal esos altares, esos lugares sagrados en los que nos hemos encontrado con Dios. Una mirada, una palabra, una persona, un atardecer… cada una de nosotras tenemos lugares, objetos o personas que se han convertido en altares porque nos han hecho descubrir que “Dios estaba AQUÍ”.

PENUEL

Pero volvamos con Jacob. Después de su encuentro con Dios su vida cambia, descubre una Presencia que lo acompaña, lo cuida y lo bendice, pero él todavía no ha aprendido a abandonarse. Jacob ha vivido importantes experiencias en casa de Labán. Se ha hecho rico, ha negociado y no ha dejado de ponerse a él el primero en todos los acontecimientos. Ahora, de regreso a su tierra natal, Dios vuelve a buscarlo y lo reta a un encuentro cara a cara con él.

Todavía de noche se levantó, tomó a las dos mujeres, las dos criadas y los once hijos y cruzó el vado del Yaboc. A ellos y a cuanto tenía los hizo pasar el río. Y se quedó Jacob solo. Un hombre peleó con él hasta despuntar la aurora. Viendo que no le podía, le golpeó la cavidad del muslo; y se le quedó tiesa a Jacob la cavidad del muslo mientras peleaba con él. Dijo: —Suéltame, que despunta la aurora. Pero Jacob respondió: —No te suelto si no me bendices. Le dijo: —¿Cómo te llamas? Contestó: —Jacob. Repuso: —Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y hombres y has podido. Jacob a su vez le preguntó: —Dime tu nombre. Contestó: —¿Por qué preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. Jacob llamó al lugar Penuel, diciendo: —He visto a Dios cara a cara, y he salido vivo. Salía el sol cuando atravesaba Penuel; y marchaba cojeando –por eso los israelitas no comen el tendón del muslo de la cavidad del muslo hasta hoy, porque Jacob fue herido en la cavidad del muslo, en el tendón del muslo–.  (Gn 32, 23-33)

Jacob sigue sin estar contento consigo mismo, necesita reconciliarse con su pasado y de nuevo en la noche se experimenta solo y débil, con miedo a las represalias de su hermano y con un futuro incierto. El río que ha de traspasar se convierte en la frontera simbólica del cambio existencial que necesita dar a su vida. Penuel es el lugar de encuentro “cara a cara” con Dios. El encuentro se presenta como una lucha, un desafío. Al comienzo Jacob no sabe con quién lucha, pero el combate hasta el amanecer le va revelando de quién se trata. Dios lo coge por sorpresa, no le da tiempo a planear una estrategia y Jacob siente la amenaza, pero a la vez también la atracción. Hay certezas, pero a la vez oscuridad. Jacob lucha con Dios, pero en realidad lucha consigo mismo con su egoísmo, con su mentira, con el miedo a perder el control. El Señor le obliga a confesar su nombre, es decir, su pecado, su forma de ser y de actuar. El nombre de Jacob significa el suplantador. Tras la noche Jacob es una persona nueva, se ha dejado conquistar por Dios y recibe un nombre nuevo: Israel, símbolo de su nueva existencia marcada por la debilidad fortalecida y sus propias fuerzas derrotadas. La articulación dislocada de su muslo, su cojera, será el signo de lo que ha acontecido. Aquí queda enterrado el estafador embustero y nace una persona nueva. Con su fe y su oración Jacob/Israel ha superado la noche oscura; reconciliado con Dios, puede pedirle perdón a su hermano.

También nosotras hemos recibido un nombre nuevo: cristianas. Cristo significa el Ungido. Podemos ver esa lucha de Jacob en la que recibe la bendición de Dios como el aceite con el que un día, el día de nuestro bautismo, nos ungieron. Y también como el aceite que más tarde, en nuestra confirmación nos volvió a ungir. Hoy es un día muy propicio para volver a esos dos acontecimientos de nuestra vida, al bautismo y a la confirmación, ya que hoy en muchos lugares se reúnen el obispo, los sacerdotes y el pueblo para bendecir y consagrar los distintos aceites, óleos con los que se ungirá a los nuevos bautizados, confirmados, catecúmenos y enfermos.

Ungir es preparar, fortalecer, capacitar a alguien para algo. Algunos de los grandes personajes del Antiguo Testamento fueron ungidos para realizar distintas misiones, algunos eran reyes y profetas. Otros reyes, jueces y profetas. Otros sacerdotes y profetas… hasta que con el Nuevo Testamento, llega JESÚS. Jesús es el UNGIDO por excelencia, porque Él viene a realizar la gran MISIÓN. Jesús viene a SALVARNOS, a hacer de cada uno de nosotros hijos e¡ hijas de Dios. Y para realizar su misión recibe el ESPÍRITU SANTO. El Espíritu está presente desde el primer instante de la vida de Jesús; “María concibe por obra y gracia del Espíritu Santo.” Como nos cuenta Lucas al principio de su Evangelio. Será la Santa Ruah quien descienda sobre Jesús en el Jordán y quien le acompañe después al desierto. Jesús se sabe habitado por el Espíritu y por eso hace suyas las palabras de la profecía; “El Señor me ha ungido para proclamar la Buena Noticia…” Para Jesús el Espíritu es algo propio, por eso al Espíritu le llamamos también Espíritu de Jesús. Y porque es algo suyo puede ofrecerlo, Jesús promete enviar su Espíritu. El aceite con el que somos ungidas en el Bautismo, la Confirmación o la Unción de Enfermos representa la fuerza del Espíritu, la marca de Dios en lo más profundo de nuestros corazones. Y ahora que nos ponemos en marcha, ahora que nos decidimos, una vez más, a acompañar a Jesús en estos días de su Pasión, vamos a dejarnos ungir, como él mismo se dejó.

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los Ázimos. (…) Estando él en Betania, invitado en casa de Simón el Leproso, llegó una mujer con un frasco de perfume de nardo puro muy costoso. Quebró el frasco y se lo derramó en la cabeza. Algunos comentaban indignados: —¿A qué viene este derroche de perfume? Se podía haberlo vendido por trescientos denarios para dárselos a los pobres. Y la reprendían. Pero Jesús dijo: —Dejadla, ¿por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena conmigo. A los pobres los tendréis siempre entre vosotros y podréis socorrerlos cuando queráis; pero a mí no siempre me tendréis. Ha hecho lo que podía: se ha adelantado a preparar mi cuerpo para la sepultura. Os aseguro que en cualquier parte del mundo donde se proclame la Buena Noticia, se mencionará también lo que ella ha hecho.  (Mc 14, 1. 3-9)

Para ayudar a la reflexión personal.

Sueño de Jacob, Betel “Casa de Dios” (Gn 28, 10, 22)

Después de leer el relato ¿Es mi debilidad lugar de encuentro con Dios? ¿Me siento regalada con una bendición y una promesa? ¿Cómo siento a Dios compañero de camino? Rememoro junto a Dios los momentos en que me he sentido atraída por Dios, pero no acababa de confiar en él. ¿Cuáles son mis resistencias? Todos los altares son etapas de un camino que sigue abierto, dirigido hacia el futuro que marcan las promesas. Recorre los altares de tu historia personal con un corazón agradecido.

Jacob lucha con Dios, Penuel “Cara de Dios” (Gn 32, 23-33)

Jacob teme encontrarse con su hermano porque es consciente de su pecado. ¿Qué pecados, qué miedos necesito poner delante de Dios para poder acercarme a mis hermanos?

La cojera de Jacob se convertirá en el signo de su encuentro con Dios, de su bendición, ¿cuál

es tu cojera, esa herida por la que Dios ha entrado en tu vida y te ha dejado marcada para siempre?

El aceite con el que un día nos ungieron en nuestro bautismo o en nuestra confirmación es el símbolo del Espíritu, de la Santa Ruah. Es la fuerza que hemos recibido para responder al proyecto que Dios tiene sobre cada una de nosotras. ¿Cómo recibo el proyecto que Dios ha puesto en mi vida?

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Se levantó de la mesa…

jueves, 29 de marzo de 2018
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041317-jn-13-1-15-660x330En la noche en que iba a ser entregado, Jesús realizó un gesto insólito: se levantó de la mesa distanciándose del lugar reservado a quienes presiden y se situó en el de los que, entonces y ahora, pertenecen a la categoría de “los que sirven”. Sabía que el lugar en que estemos situados condiciona nuestra mirada y por eso tomó distancia y adoptó la perspectiva que le permitía percibir otras dimensiones de la vida. Desde ese lugar se toca de cerca el barro, el polvo, el mal olor, la suciedad…, todo eso de lo que los sentados a la mesa creen estar a salvo o sencillamente ignoran y desprecian. A ras del suelo y en contacto con los pies de los demás, se produce un cambio de plano que revela lo elemental de cada persona, su desnudez, las limitaciones de su corporalidad. Y miradas desde ahí, cualquier pretensión de superioridad o dominio se descubre como ridícula y falsa.

Desde aquel lugar, el de “uno de tantos”, él veía cerca y dentro a los que otros consideraban lejos y fuera y, en cambio, los de arriba resultaban estar abajo. Porque para él los más, los mayores y los importantes eran aquellos que a nuestros ojos son menos. El lugar en que había decidido situarse había creado esta “revolución de adverbios” que tanto nos sobresalta y a la que tanto nos resistimos. La sola posibilidad de ese desplazamiento nos resulta amenazadora porque nos saca del terreno de lo conocido y nos invita a descubrir nuevos significados que no coinciden con los que consideramos evidentes. Y sin embargo él se lo exigirá a quien quiera seguirle: tendrá que estar dispuesto, lo mismo que él, a “no tener dónde reclinar la cabeza”, a ir más allá de todo aquello en lo que la cabeza (la de ellos y la nuestra) “se reclina”, descansando en lo que se cree saber, controlar o dominar.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Contemplar y comprender.

jueves, 29 de marzo de 2018
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lavatorio-5Hermanos, hoy Dios se nos revela como servidor. Quiere reunirnos, sentarnos a su mesa, lavarnos los pies y mirarnos a los ojos y al corazón. Oremos.

Jesús, danos ojos para contemplar y comprender

Jesús nos reúne porque no quiere que faltemos ninguno a la fiesta. Nos reúne porque nos ve y siente dispersos. Nos reúne y nos quiere estrechar contra su pecho, como al discípulo amado. Le gusta vernos aquí, formando comunidad.

Jesús, danos ojos para contemplar y comprender

Jesús nos sienta a su mesa porque es un signo de su amistad y confianza; porque nos ve débiles, pobres y hambrientos. En su mesa hoy nos sentimos personas con dignidad, hijos, hermanos, familia, y él sirve y se da, para que no nos conformemos con lo que tenemos y compartamos con los que no tienen.

Jesús, danos ojos para contemplar y comprender

Jesús, nos lava los pies. Es su forma de decirnos quién es él y cómo nos ama él. Es para decirnos que el amor no tiene reparos en tirarse al suelo y llegar hasta lo más bajo. Es para decirnos que el amor está hecho de esmero y ternura; de pasta recia y sufrida. Es para que comprendamos que el amor duele.

Jesús, danos ojos para contemplar y comprender

Jesús nos mira a los ojos y al corazón. Hablar de amor y entrega, de siervos y esclavos, de dignidad y vida sólo puede hacerse mirando a los ojos y al corazón; poniendo al descubierto lo que El es y lo que somos nosotros. Deja actuar hoy a Jesús…

Jesús, danos ojos para contemplar y comprender

Padre bueno, el Evangelio de hoy es, no sólo una llamada e invitación a amar rompiendo todos los límites, sino también la experiencia de lo que es sentirse amados por un amor sin medida, gratuito y entrañable como es el tuyo. Te damos gracias Padre, por ponernos delante a tu hijo Jesús.

Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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La Iglesia nace del lavatorio de los pies, no del poder

jueves, 29 de marzo de 2018
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lavanda-dei-piediDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. JUEVES SANTO.
El Jueves Santo es como un mosaico compuesto por muchos contenidos y de muchas resonancias: la libertad (el Éxodo), la Eucaristía, el servicio en la iglesia y en la vida, el amor, etc.

Son grandes valores que construyen bien la existencia humana personal y comunitaria.

02. PECULIARIDADES DEL EVANGELIO DE JUAN.

El relato de la última Cena en el evangelio de Juan comienza con una gran solemnidad.
Jesús reunido con los suyos.

Consciente de su cercanía con Dios: viene del Padre y a Él vuelve.

Ha llegado la HORA.

Se quita el manto de SEÑOR y se ciñe la toalla de SIERVO.

Se pone a LAVAR LOS PIES de sus discípulos.

En la Última Cena del evangelio de Juan no se hace mención a la Eucaristía (como la hacen los sinópticos). Más bien San Juan sitúa la Eucaristía en la multiplicación de los panes (Jn 6). Ahí es donde JesuCristo se presenta como PAN DE VIDA: Yo soy el pan que ha bajado del cielo, quien coma de este pan, vivirá para siempre.

En la última cena según san Juan se ponen de relieve: El lavatorio de los pies y el mandamiento del amor.

03. EL LAVATORIO DE LOS PIES.

El lavatorio de los pies ha quedado relegado a un mero rito litúrgico del jueves santo. Pero el gesto de Jesús de lavar los pies a los suyos es un momento fundacional de la Iglesia.

En el lavatorio de los pies está “naciendo” la comunidad cristiana. Hay iglesia de Jesús donde hay creyentes, personas que se ayudan y sirve humildemente unos a otros.

El poder no es un valor cristiano (puede que desempeñe alguna función en la sociedad, pero no es especialmente humanista, ni cristiano). El superhombre (Nietzsche) y la prepotencia están muy distantes del Evangelio de Jesús y del humanismo.

Pedro no entiende nada de lo que allí se está gestando, por eso dice: tú no me lavarás los pies jamás … El poder no entiende de servicio.

Por desgracia el poder ha tenido un terreno abonado en los estratos eclesiásticos. Basta mirar la historia y la realidad eclesiástica: cargos y puestos en la iglesia, en las diócesis, puestos, diócesis y parroquias de mayor rango, etc.

El papa Francisco no se cansa de luchar contra el “carrerismo” en la Iglesia. Sin embargo muchos obispos, curas, cardenales, etc. viven ansiando un puesto mejor, una diócesis de “más rango” (¿), etc. Todo “perfectamente antievangélico y anticristiano”.

Una iglesia, una jerarquía, (curias, congregaciones, comunidades, etc.) que vivamos en una dialéctica y búsqueda de poder, de puestos y sedes, estará -estaremos- muy lejos de ser la iglesia de Jesús.

Cristo responde a Pedro (poder): Si no te lavo los pies no tienes nada que ver conmigo.

Solamente entiende lo que allí está ocurriendo quien ama, es decir: el Discípulo Amado.

La iglesia de Jesús nace y está allá donde unas personas se ayudan y se sirven unos a otros entre sí y a los demás.

04. EL AMOR A LOS SUYOS: DISCÍPULOS AMADOS.

El evangelio del lavatorio comienza con la solemnidad propia del estilo literario de san Juan: sabiendo Jesús que había llegado su hora, amando a los suyos, los amó hasta el final …

Jesús ama a los suyos, es decir: a todos. Los suyos aparece ya al comienzo del evangelio, Jesús vino a los suyos (Jn 1,11). Todos somos suyos

Somos Discípulos amados.

La figura del Discípulo Amado, comienza a aparecer en la Última Cena.

Somos discípulos si amamos y nos amamos, si nos respetamos, nos ayudamos unos a otros: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros. (Jn 15,9-10).

 El amor es esencial para ser humano (“la ley de la selva vive con otro código”). El amor es el medio y la meta de la vida humana.

 Vivir es amar. Quien no ama, permanece en la muerte, (1Jn 3,14). Los sentimientos de rencor y venganza nos hacen daño a nosotros mismos y a los demás.

 En algunos momentos de la vida podemos vivir situaciones fuertes, quizás afrentas. Es momento de dejarse amar por Dios en la profundidad de nuestro ser. Hemos de pensar y profundizar en nuestra vida hasta encontrarnos con el amor. Dios es amor, hasta sentir el amor como lo último y definitivo. Lo más profundo de la vida es el amor.

 El amor tiene consecuencias eclesiales. Sería hermosa una Iglesia que fuese un hospital de campaña donde se curan heridas. Sería muy cristiano y muy hermoso que nuestra diócesis viviera desde el lavatorio de los pies y desde el amor. En la comunidad del Señor no puede tener cabida la condenación, la descalificación, la condena.

 En estos momentos de dificultades eclesiales en nuestra diócesis nos hará bien a todos volver a la fuente, al origen, a Cristo. El centro de la iglesia es Cristo, no la jerarquía. El eje eclesial es el servicio el amor, no la ultraortodoxia y el fanatismo. La Iglesia es la asamblea de misericordia, de bondad, de respeto a las personas

 El amor (y el perdón) tienen repercusiones sociopolíticas: ¿cómo se van a solucionar -si no- los problemas raciales, los viejos rencores de nuestros pueblos y gentes? El odio u la venganza hurgan más las heridas. El amor reconcilia.

 Os conocerán no por el orden jerárquico, ni por la precisión de vuestras reuniones litúrgicas o doctrinales, ni por vuestro Derecho Canónico, ni por el catecismo. Os conocerán porque os amáis unos a otros. Jn 13,35: En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros.

 El amor reviste muchas variantes según las diversas circunstancias de la vida: a veces es caridad, otras comprensión, perdón, en algunos momentos olvido, siempre discreto. San Pablo decía:

El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante; no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1Cor 13,4-7)

Permaneced en mi amor. (Jn 15,9)

05. MOMENTO ECLESIAL Y POLÍTICO

En nuestra diócesis y en nuestro pueblo la comunión eclesial, la paz y el amor (perdón) no están en un momento especialmente álgido.

La situación de nuestra diócesis es de división y enfrentamiento en el pueblo, en sus sacerdotes, en su jerarquía. Es evidente que la comunión eclesial, si existe, está en crisis. Esta situación está causando tristeza, desmotivación y muchos cansancios y canseras en muchos de nosotros.

El amor, perdón, pacificación tampoco están muy presentes en la vida sociopolítica

Los cristianos celebramos el jueves santo que es bueno vivir en la libertad del Éxodo, en caridad y amor. Entonces podremos celebrar la Eucaristía.

Permaneced en mi amor

Os he dado ejemplo, haced vosotros lo mismo

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Mateo 6. Semana Santa 2: Servidores y amigos (contra el poder y la hipocresía)

martes, 27 de marzo de 2018
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29026181_947642415412951_8567517690470133571_nDel blog de Xabier Pikaza:

El tema ha sido desarrollado por Mt 23, 2-12, en centro de una durísima polémica, que no se eleva contra los judíos como tales, sino contra un tipo de judíos y cristianos que entienden la vida como ejercicio de dominio de unos sobre otros.

Estos versículos elevan su condena en contra una forma de ejercer su autoridad, entendida y desplegada con hipocresía, es decir, con separación entre palabra y vida. Ellos (y todo Mt 23) no plantean ninguna acusación dogmática, esto es, doctrinal; ningún rechazo por la forma de entender a Dios o de enfrentarse a Jesucristo, sino una reflexión y condena retórica contra una manera de asumir y ejercer la autoridad que Mateo atribuye a los escribas y los fariseos, a los que, por otra parte, él considera como autoridad legítima:

‒ En este pasaje, los cristianos de Mateo aceptan en principio la autoridad judía, pero rechazan la hipocresía de algunos escribas y fariseos de ese momento (en torno al 85 dC), criticando su separación entre enseñanza y vida, su falta de transparencia: No son lo que dicen (representan), haciéndose infieles a la tradición de su verdad judía, porque anhelan el poder y los primeros puestos, convirtiendo la piedad en medio para el triunfo propio.

‒ Para responder a su raíz judía, pero en la línea de Jesús, los cristianos han de vivir en igualdad y transparencia; nadie entre ellos puede ser padre o maestro; todos han cumplir de cumplir la exigencia de la ley originaria y la verdad del judaísmo. De esa manera, este panfleto anti-rabínico de Mt 23 es un discurso a favor del verdadero judaísmo, parecido al que encontramos en otras críticas judías de aquel tiempo.

Estos versos (y todo Mt 23) condenan a los escribas y fariseos porque, en conjunto, ellos eran los más cercanos al cristianismo. En esa línea, bien leído, a pesar de la dureza de sus críticas, este capítulo constituye un homenaje al judaísmo fariseo, que ha sido capaz de recrear las tradiciones judías, aunque, al mismo tiempo, él (Mateo) condene de forma apasionada y retórica (¡injusta!) algunos de sus riesgos negativos.

Ciertamente, como he destacado, los cristianos de Mateo aceptan la interpretación petrina de la ley (16, 19) y la autoridad disciplinar de sus comunidades (18, 15-29), pero eso no les separa de otros grupos judíos regidos por escribas y fariseos, cuya autoridad admiten, aunque a su juicio no sean buen ejemplo, pues “no hacen lo que dicen”.
Éste es el evangelio del amor como servicio mutuo,que el el evangelio de Juan presentará como clave del Jueves Santo.

1. En la cátedra de Moisés se han sentado… (23, 2-7).

Este pasaje nos sitúa ante un tema clave de la identidad cristiana, en un momento en que la iglesia corre el riesgo de convertir el camino de Jesús en una carrera de honores:

23 2 En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos; 3 cumplid, por tanto, y guardad todo lo que os digan, pero no hagáis según sus obras, pues dicen y no hacen 4 Pues pesan cargas pesadas (e incapaces de soportar) y las echan a las espaldas de los hombres, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.5 Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres: ensanchan sus filacterias y alargan los flecos; 6 buscan el primer puesto en los banquetes y la primera cátedra en las sinagogas, 7y los saludos en las plazas, y que los hombres le llamen Rabí (Mt 23, 5-7).

Mateo reconoce la autoridad magisterial de los escribas y fariseos (representantes de la tradición de Moisés), no sólo porque los seguidores de su evangelio vivían (o habían vivido) al interior de las comunidades judías, organizadas por intérpretes de la ley (escribas), siguiendo el ejemplo de los fariseos (testigos de un compromiso fuerte de pureza), sino porque su camino sigue siendo básicamente judío. En esa línea, al aceptar la autoridad de los maestros judíos, aunque negando su ejemplo (haced lo que dicen, no lo que hacen), Mateo defiende una continuidad básica con ellos, de forma que en principio, su Iglesia no despliega instituciones propias, pues se despliega desde el mismo judaísmo, en apertura mesiánica, aunque en contra de cierto rabinismo.

Mateo no propone, pues, un choque frontal, una salida violenta, sino una transformación interior, en defensa de aquellos a quienes escribas y fariseos están imponiendo una carga muy severa. No les critica para negarles, sino para invitarles a cambiar, pues están asumiendo un tipo de poder sobre las comunidades que, a su juicio, es negativo. Estamos pues ante un conflicto de autoridad y pertenencia. En esa línea, la crítica contra escribas/fariseos se dirige, al mismo tiempo, en contra del riesgo de algunos cristianos en la iglesia.

El mayor problema que Mateo ha visto en las comunidades es la hipocresía, el hecho de que se eleven en ellas unos vigilantes, imponiendo sobre los pequeños unos cargas y pesos que ellos no soportan. De esa forma condena un riesgo que él advierte en algunas comunidades regidas por escribas y fariseos, donde el purismo (a su juicio falso) de los dirigentes desemboca en la opresión de los pequeños, un pecado que él había destacado en el discurso eclesial (Mt 18), pues no se encuentra sólo en los judíos de fuera, sino también en los cristianos.

Mateo no ha inventado este reproche, sino que lo ha tomado del Q (cf. Lc 11, 46) y especialmente de Mc 12, 38-39, lo que indica que el problema surgió pronto en ciertos grupos, en un tiempo en que muchos cristianos seguían integradas en las sinagogas, y no se habían independizado de ellas, formando así comunidades mixtas. Ni los cristianos habían abandonado del todo las sinagogas judías, ni los judíos de tendencia rabínica se habían cerrado aún de un modo exclusivista, como harán más tarde al condenar a los “minim” o herejes (entre los que estarán después los cristianos).
Se trata pues de un problema de organización, que Mt 18, 15-20 había ya querido superar en claves de comunidad fraterna, dentro de un contexto donde los cristianos iban desarrollando sus principios de interpretación bíblica y comunitaria a partir del recuerdo y figura de Pedro (16, 17-19), en el mismo interior del judaísmo. Pues bien, en contra de esa fraternidad de iguales, algunas comunidades rabínicas, a las que se encuentran asociados los cristianos, están creando (conforme a las acusaciones de Mateo) un sistema de honores, con los siguientes rasgos:

‒ Poder de apariencia, hipocresía: “Dicen y no hacer…Hacen las cosas para ser vistos” (23, 5). Antes, en un contexto donde todos, en general, eran judíos, no había que acentuar los distintivos exteriores; cada uno “era lo que era”, y no tenía necesidad de decirlo expresamente (a no ser los sacerdotes de Jerusalén en un contexto de celebración). Ahora algunos sienten la necesidad de destacarlo, vistiéndose de un modo distinto, para que los otros les vean, interpretando la apariencia como verdad, en contra de la palabra clave del evangelio, donde se dice que la Palabra se hacer Carne, esto es, se revela, se manifiesta de un modo trasparente. La identidad entre ser y aparecer, eso es el evangelio. La oposición entre ser y aparecer, eso es la mentira, la hipocresía.

‒ Poder de presidencia: “Buscan los primeros asientos en los banquetes y las primeras cátedras en las sinagogas” (23, 6). La apariencia se muestra así como “autoridad fingida”, no la autoridad de la vida y del propio pensamiento/amor, sino la que se logra a través de un tipo de mentira organizada y egoísta. Surge así una religión hecha de autoridad en las comidas y reuniones, en las que, más que el diálogo personal y la ayuda mutua (comunicación entre iguales, desde los más pequeños, como había puesto de relieve Mt 18), importa un tipo de estratificación social. Ciertamente, éste es un riesgo de muchas comunidades instituidas (no sólo judías y cristianas), y así puede verse en grupos religiosos de diverso tipo, pues la crítica de Mateo se dirige no sólo a los escribas/fariseos, dirigentes de las comunidades judías en general, sino, y sobre todo, a los cristianos.

‒ Honor y poder social: “Y los saludos en las plazas, y que los hombres les llamen Rabí” (23, 7). Poder significa honor y afirmación pública en la sociedad antigua, un reconocimiento que tiene tanta importancia como la riqueza económica, con la que se vincula (cf. 6, 19-34 y 19, 16-30). Éste no es sólo un tema de pequeña moralidad para administradores eclesiales, sino un problema básico de institución comunitaria. De esa manera, el mensaje mesiánico, dirigido a los pobres y excluidos, a los que Jesús ha querido ofrecer toda la dignidad (cf. Mt 18), se convierte en un medio para el establecimiento de nuevas y más hondas desigualdades, fundadas en motivos religiosos.

Mateo no condena el buen judaísmo de la honradez y devoción profunda, ni el buen cristianismo del seguimiento de Jesús, sino un mal judaísmo y un cristianismo hecho de gestos y formas externas, que está surgiendo en ese tiempo (en torno al 85 dC) como amenaza para unos y otros. El poder de los vestidos (con su posible magia sacral) ha tardado más en introducirse en las iglesias cristianas; pero el honor y poder en banquetes y reuniones doctrinales se ha extendido en ellas más que en las sinagogas en las que nunca ha logrado imponerse (hasta el día de hoy) un tipo de monarquía episcopal (ni una oligarquía presbiteral), pues la autoridad básica ha seguido estando en manos de todos los miembros (varones) de las comunidades.

2. Ni rabino, ni padre, ni director (Mt 23, 8-12).

En la línea anterior, desde el interior del mismo judaísmo (en diálogo con el rabinismo de escribas y fariseos), el Jesús de Mateo ha roto los esquemas de dominación de la sociedad jerárquica de su entorno, para crear una fraternidad igualitaria y universal donde son importantes los ancianos (padres) como necesitados (personas), pero no como portadores de un poder que margina o rechaza a los impuros y pobres. En ese contexto se sitúan tres normas básicas, establecidas de forma negativa (no, no, no…: 23, 8-10), aunque con un fondo poderosamente positivo, para destacar la importancia de la fraternidad (cf. 18, 15-20), tal como se ratifica después, cuando se diga: ¡El que se eleve será humillado… (23, 10-11):

23 8 Pero vosotros no os dejéis llamar rabino, porque uno es vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. 9 Y no llaméis a ninguno de vosotros padre en la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos. 10 Ni dejéis que os llamen director, porque uno es vuestro director, el Cristo.

Esta palabra recoge la doctrina central de la iglesia de Mateo, estableciendo, al mismo tiempo, una crítica en contra de un tipo de escribas/fariseos de sinagoga o de Iglesia, que tienden a convertir las comunidades en estructuras jerárquicas de poder. En esa situación recoge Mateo la mejor tradición anti-jerárquica del Antiguo Testamento, reinterpretada desde el mensaje de Jesús (cf. 20, 20-28). Este pasaje, profundamente evangélico, define, en clave negativa, las relaciones que deben establecerse en una iglesia donde no ha de haber rabinos, padres o dirigentes:

‒Nos os dejéis llamar Rabi. Contra el poder de magisterio (23, 8). El judaísmo que empieza a reconfigurarse tras la caída del templo (70 dC) se define como federación de sinagogas, y se constituye en torno a los rabinos, maestros, que recrean la tradición y se elevan como autoridad, para ser así reconocidos (ratificados) más tarde por la Misná. La palabra Rabi/Rabbino es una transliteración del hebreo rab: mucho, grande, y significa propiamente “mi grande”, mi Honorable Señor (Mon-Señor).

Los Rabinos judíos empezaban a destacar por su “saber” de Libro, en línea de hermenéutica textual (legal) y de fidelidad a las tradiciones que conforman la identidad del pueblo. El nuevo judaísmo que ellos recrearon, tras el 70 dC (y que ha durado hasta nuestros días) ha sido federación de sinagogas, con maestros que dirigen la vida del pueblo, sin obispos o señores sacrales como aquellos que han surgido y triunfado después en la comunidad cristiana. Humanamente, muchos rabinos han enseñado de un modo ejemplar, en diálogo y respeto, sencillez y estudio, entre las diversas escuelas de la tradición nacional judía.

A pesar de ello, Mateo ha rechazado en su Iglesia ese modelo de autoridad, que parece nacer de los mismos dirigentes a quienes les agrada que les llamen rabinos. Así les dice Jesús, precisamente a ellos “no os dejéis llamar (mh. klhqh/te, subjuntivo aoristo pasivo) rabinos”. Mateo no condena a los “fieles ordinarios” (¡que no llamen rabino a nadie!), sino a los dirigentes, para que no se dejen llamar de esa manera, pues en la comunidad de Jesús no existe más rabino (Didascalos, Maestro) que Jesús, que instituye el rabinato de la vida, propio de aquellos que enseñan con la entrega personal, como vamos viendo desde 16, 21.

‒ Y no llaméis a ninguno de vosotros Padre. Contra un poder patriarcal (23, 9). Jesús no quiere que en la iglesia haya padres que impiden descubrir al Padre del cielo (y convierten a los demás en menores en un sentido no cristiano). Esta palabra no se dirige a los “pretendidos rabinos” de fuera, sino a los miembros de la comunidad a los que ella manda que no llamen “padre” a nadie entre vosotros (u`mw/n). Al decir “no llaméis a nadie padre”, Mateo supone que algunos lo están haciendo, de manera que empieza a surgir en la iglesia una veneración jerárquica, dirigida a algunos que quieren hacerse “padres” de la comunidad, o de otros creyentes (que aparecen de esa forma como inferiores o subordinados).

El Jesús de Mateo se opone de forma tajante a esa exigencia “patriarcal” dentro de la comunidad, recuperando la mejor tradición cristiana (que no hablaba de padres, cf. Mc 12, 46-48), no para negar a los padres de familia (que, a diferencia de Mc 10, 30, aparecen en Mt 19, 29), sino para recrear la iglesia en línea de comunión. La comunidad cristiana no se entiende como “sistema” de paternidad-filiación, sino de fraternidad universal, y el símbolo “padre” se reserva sólo para Dios, de manera que ningún creyente puede realizar funciones de padre o superior respecto de otro.

‒ Directores, poder de guiar a los demás (23, 10). No ha de haber tampoco en la Iglesia directores, katheguetes (kaqhghtai, personas que guíen y dirijan a otras), con poder de marcar el camino a los demás, asumiendo así una autoridad particular, como instructores o líderes de otros. El kathêgetes es alguien que va por delante, que “adoctrina” a los demás y que se arroga el poder de dirigirles. Esa palabra y función tiene un sentido cercano al de maestro, aunque con un matiz de dirección socio/personal más que de mando doctrinal, en línea helenista. Pues bien, en contra de la advertencia de Mateo, la tradición posterior de la Iglesia hablará de esos kathegetas/catequetas como obispos de las comunidades, con un poder de orientación (dirección comunitaria) no simplemente doctrinal, actuando así como entrenadores, bajo cuya dirección han de ponerse el resto de los creyentes.

El katheguetes, dirigente no es simplemente un grande (rabí) que tiene más sabiduría o un padre, que está por encima, sino alguien que, además, quiere guiar a la comunidad, pudiendo convertirse en iniciador jerárquico de otros. Al prohibir que algunos actúen como kathegetas, el Jesús de Mateo afirma que cada creyente puede y debe vincularse de manera directa e inmediata a Cristo, que es el verdadero kathegeta de aquellos que creen en él. En esa línea, de una forma sorprendente, el evangelio de Mateo insiste en un tema que ha sido intensamente desarrollado por la comunidad del Discípulo Amado.

Las tres advertencias se entienden de un modo unitario: la primera (sobre los rabinos) y la tercera (sobre los dirigentes) resultan paralelas; en el centro queda la alusión contra aquellos que actúan como padres, ignorando que el único Padre verdadero es Dios. En contra de una tendencia, normal en nuestras sociedades, Jesús no ha fundado un grupo de rabinos y sabios, pues quiere que todos los miembros de su iglesia sean hermanos (se vinculen directamente entre sí). Nadie puede elevarse como director o guía, intermediario o bróker de los otros, pues todos tienen acceso directo a Dios Padre y al Cristo que es Rabi y Kathêgêtês de cada uno de sus fieles.

Conforme a la visión de Mateo, el judaísmo rabínico, entendido como religión de Ley y Libro, necesita intérpretes, rabinos/catequetas que ejerzan la función de padres. Pues bien, en contra de eso, el evangelio de Mateo propone una religión de encuentro personal con Cristo, sin necesidad de rabinos/padres/catequetas que se impongan sobre los demás. El objetivo de la iglesia de Mateo no es crear estructuras que funcionen bien (con buenos mandos), ni es superar a las demás instituciones en conocimiento o número, sino expandir y celebrar gratuitamente la gracia y el amor de Cristo, buscando el bien de todos (incluso de los otros grupos sociales) tanto o más que el propio. El objetivo de la Iglesia es ofrecer un testimonio y camino de fraternidad, no la creación de una buena empresa socio-religiosa. Por eso, al final de este pasaje, Mateo vuelve (como indicaré) a su doctrina fundamental, que sido desarrollada en los pasajes sobre los niños: El mayor de todos sea vuestro servidor, pues el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado (19, 13-15).

3. El mayor entre vosotros sea vuestro servidor… (23, 11-12).

Estos versos forman la conclusión y fundamento de las tres sentencias anteriores sobre los rabinos, padres y dirigentes, en la línea de Mc 10,41-45 (respuesta de Jesús a los zebedeos: Mt 20, 26-28) y de la tradición del Q (el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado: Lc 14, 11; 18, 14)

23 11 El más grande entre vosotros sea vuestro servidor. 12 Pues el que se eleve a sí mismo será humillado; y el que se humille será elevado.

Estas palabras transmiten una experiencia clave de Mateo, que aparece no sólo en los textos sobre los pequeños y los niños (18. 1-5; 19, 13-15), sino en la invitación radical al seguimiento, tras la confesión de Pedro (16, 24-28). Sólo en el espacio de comunión mesiánica abierto por Jesús en su camino hacia Jerusalén recibe sentido esta llamada a la fraternidad real y radical, que sólo puede surgir y mantenerse allí donde se invierte el fundamento jerárquico de las instituciones del entorno social donde los que mandan dominan a sus subordinados y se aprovechan de ellos (cf. 20, 20-28).
Este motivo, que proviene de la tradición israelita, radicalizada por Jesús, parece negativo y condenatorio y sin embargo resulta extraordinariamente positivo, pues no implica odio o rechazo de los grandes (rabinos-padres-directores), sino inversión creadora. Por eso afirma que el más grande (mei,zwn) tiene lugar e importancia en la comunidad, pero sólo en la medida en que se convierta en servidor de los demás (dia,konoj u`mw/n). No se trata de que la comunidad esclavice al grande, le rebaje y le obligue a humillarse, sino que el grande, por sí mismo, ha de hacerse servidor de los demás, descubriendo y realizando su auténtica grandeza, como el Hijo del Hombre que ha querido dar la vida, regalarla, como redención (lu,tron: 20, 28), es decir, como potencial transformador, a favor de los demás. Esta es la “inversión” del grande, que no es destrucción, sino confirmación de su grandeza, puesta de esa forma al servicio de los demás, como ratifica la sentencia posterior, de tipo paradójico: El que se eleva será abajado, el que se abaje será elevado (23, 12).

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Mt 5. Semana Santa 1: Bienaventuranzas, una procesión de felicidad

lunes, 26 de marzo de 2018
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29026413_947635582080301_5500696618320610891_nDel blog de Xabier Pikaza:

Sigo ofreciendo los textos básicos de mi curso sobre Mateo, y hoy (ante el domingo de Ramos y de la purificación del templo) quiero recoger el tema de las bienaventuranzas, que son la clave de ese evangelio y de toda la vida cristiana, presentándolas en forma de Procesión (en la línea de las que «salen» a la calle estos días, para recordar y actualizar el misterio de la vida, muerte y resurrección de Cristo, en numerosos lugares del mundo).

El evangelio de Mateo ha reinterpretado las tres primeras bienaventuranzas de Lucas (Lc 6, 20-21), desde la perspectiva de su propia iglesia (hacia el 80 d. C.), presentándolas como un programa (un proceso-procesión) de felicidad cristiana.

— Ciertamente, son palabras de anuncio gozoso de Reino: Un programa de Dios, que es la felicidad (sumo Bien, sumo Alegría) de Dios, de su vida como Gracia. Se trata de salvar el mundo por la alegría y la belleza, como han sabido los grandes cristianos, desde San Francisco hasta Dostoievsky.

images— Al mismo tiempo, ellas ofrecen el curso más hondo de vinculación eclesial y de pacificación del hombre, en línea cristiana, siguiendo el curso sobre el Evangelio de Mateo que he desarrollado en Córdoba, ARG. Se trata de aprender a ser felices, y de serlo en el centro de un mundo angustiado por el miedo, la injusticia y la culpa.

Las bienaventuranzas recogen el tema central del mensaje de Jesús: Cómo ser felices, haciendo felices a los demás, en un camino de descubrimiento de Dios y de comunión creadora de vida con los demás:

Un tipo de Iglesia ha podido pactar con los poderes fácticos, convirtiéndose en pura sacralización de lo que hay (poder, dinero, y mentira de la , y espiritualizando así de un modo falso el mensaje de Jesús, en un mundo dominado por las tras concupiscencias: de los ojos, de la carne y de la vida (1 Jn 2, 16-17).

Pero las cuatro bienaventuranzas de Lucas (con las ocho de Mateo) presentan un mensaje universal de comunión y pacificación cristiana, en línea económica y social, mesiánica y teológica. Entendidas así, las bienaventuranzas son una gran protesta de vida: Ojos nuevos para ver, carne nueva para sentir y compartir, vida para crear.

images1Aquí suponemos conocidas las primeras bienaventuranzas de Lc 6, 20-21 (pobres, hambrientos, los que lloran y los perseguidos). Mateo parte, sin duda, de ellas, o de la tradición que está en su fondo, pero aumenta su número hasta ocho y las presenta como un programa de vida y de pacificación cristiana, en clave de Iglesia, y en esa línea las presentamos, de un modo unitario, como peldaños de una gran Escala de Paz, como la Via Pacis del Evangelio.

El mismo orden que ellas tienen en Mateo va marcando su avance y sentido, desde la primera (los pobres) hasta la última (los pacificadores y los perseguidos). No es posible ser pacificador, crear la paz, a no ser recorriendo ese camino de pobreza, mansedumbre, capacidad de sufrimiento, estando dispuesto a ser perseguido. Así lo iremos viendo, mientras vamos trazando un recorrido de comunión y paz para la Iglesia, para el conjunto de la humanidad.

Las ocho bienaventuranzas

Dios se ha comprometido positivamente a favor de los hombres, ofreciendo vida a todos, empezando por los pobres. Es un Dios parcial porque ama a los pequeños y perdidos, porque supera con su gracia y entrega creadora la justicia de la historia. Ciertamente, los ayes o malaventuranzas que Lc 6, 20-26 presenta inmediatamente después siguen resonando en Mateo, pero se sitúan en otro lugar y plano del evangelio, como muestran los textos del juicio (13, 24-43; 25, 31-46). Pero aquí, al principio del mensaje, él sólo ha querido ofrecer este “retablo” de bienaventuranzas, como compendio y sentido del Reino:

Mt 5 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Dichosos los que sufren, porque ellos serán consolados.
5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
9 Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.
10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

Estas bienaventuranzas se dirigen de un modo especial a dos tipos de personas: (a) Los más pobres, los que sufren hambre y opresión. (b) Los que ayudan a los pobres (cf. 25, 31-46). Ellas no son confesionales, en un sentido estrecho, sino que ofrecen un mensaje universal, que vale para todos, sin nada específico de la iglesia (bautismo, eucaristía, encarnación o Trinidad…). Pero, en otro sentido, ellas son el corazón del evangelio cristiano, un programa de vida integral de la Iglesia.

1. Dichosos los pobres de Espíritu,
porque de ellos es el Reino de los cielos (Mt 5, 3)

Estos pobres son los ptojoi. A diferencia de penês, que es un hombre de pocos recursos, pero que puede mantenerse con su esfuerzo y trabajo, ptojos es aquel que no tiene nada, el pordiosero o mendigo, que sólo puede vivir de limosna (cf. Lc 14,13.21; 16, 20, 22). A menudo, los ptojoi suelen ser de mala fama, de manera que no se puede empezar hablando sin más de pobres espirituales, llenos de riquezas interiores (como en el caso de algunos anawim del judaísmo tardío). Estos pobres carecen de todo, de manera que sólo pueden vivir de la ayuda o sostén de los demás, es decir, como mendigos. Lc 6, 20 les llamaba simplemente pobres, prometiéndoles la dicha del evangelio. Mateo, en cambio, añade de espíritu, no para negar la bienaventuranza “material”, sino para matizarla desde una perspectiva cristiana, en dos líneas posibles:

— Camino de paz. Sólo se puede hablar de comunión eclesial y paz universal donde se empieza poniendo en el centro a los pobres. Mt 5, 3 ha dicho pobres de espíritu donde Lc 6, 20 decía simplemente pobres. Con eso, Mateo no ha negado la bienaventuranza de la pobreza material, pues él sigue hablando en su evangelio de pobres, vencidos y pequeños (cf. Mt 18, 1-14), pero ha querido referirse en especial a los cristianos. Leer más…

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“Identificado con las víctimas”. Domingo de Ramos – B (Marcos 14,1–15,47)

domingo, 25 de marzo de 2018
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domingo_ramos_b-600x400Ni el poder de Roma ni las autoridades del Templo pudieron soportar la novedad de Jesús. Su manera de entender y de vivir a Dios era peligrosa. No defendía el Imperio de Tiberio, llamaba a todos a buscar el reino de Dios y su justicia. No le importaba romper la ley del sábado ni las tradiciones religiosas, solo le preocupaba aliviar el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea.

No se lo perdonaron. Se identificaba demasiado con las víctimas inocentes del Imperio y con los olvidados por la religión del Templo. Ejecutado sin piedad en una cruz, en él se nos revela ahora Dios, identificado para siempre con todas las víctimas inocentes de la historia. Al grito de todos ellos se une ahora el grito de dolor del mismo Dios.

En ese rostro desfigurado del Crucificado se nos revela un Dios sorprendente, que rompe nuestras imágenes convencionales de Dios y pone en cuestión toda práctica religiosa que pretenda darle culto olvidando el drama de un mundo donde se sigue crucificando a los más débiles e indefensos.

Si Dios ha muerto identificado con las víctimas, su crucifixión se convierte en un desafío inquietante para los seguidores de Jesús. No podemos separar a Dios del sufrimiento de los inocentes. No podemos adorar al Crucificado y vivir de espaldas al sufrimiento de tantos seres humanos destruidos por el hambre, las guerras o la miseria.

Dios nos sigue interpelando desde los crucificados de nuestros días. No nos está permitido seguir viviendo como espectadores de ese sufrimiento inmenso alimentando una ingenua ilusión de inocencia. Hemos de rebelarnos contra esa cultura del olvido que nos permite aislarnos de los crucificados, desplazando el sufrimiento injusto que hay en el mundo hacia una «lejanía» donde desaparece todo clamor, gemido o llanto.

No podemos encerrarnos en nuestra «sociedad del bienestar», ignorando a esa otra «sociedad del malestar» en la que millones de seres humanos nacen solo para extinguirse a los pocos años de una vida que solo ha sido sufrimiento. No es humano ni cristiano instalarnos en la seguridad olvidando a quienes solo conocen una vida insegura y amenazada.

Cuando los cristianos levantamos nuestros ojos hasta el rostro del Crucificado, contemplamos el amor insondable de Dios, entregado hasta la muerte por nuestra salvación. Si la miramos más detenidamente, pronto descubrimos en ese rostro el de tantos otros crucificados que, lejos o cerca de nosotros, están reclamando nuestro amor solidario y compasivo.

José Antonio Pagola

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Marina Ibarlucea

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“Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte”. Domingo 29 de marzo de 2015. Domingo de Ramos

domingo, 25 de marzo de 2018
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24-ramosB cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 50,4-7: No me tapé el rostro ante los ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado.
Salmo responsorial: 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Filipenses 2,6-11: Se rebajo, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Marcos 14,1-15,47: Pretendían prender a Jesús a traición y darle muerte.

Un año más, pedimos disculpas a quienes buscarán un comentario bíblico-teológico «normal» para un domingo de Ramos; esperamos que podrán encontrarlo fácilmente en la red. Nosotros esta vez queremos volver a tratar de hacer un comentario pensando en aquellas personas que –como también nosotros ante el comentario que teníamos ya redactado– se sienten mal ante ese conjunto de conceptos bíblicos que se repiten y enlazan indefinidamente sin salir de un bucle teológico-litúrgico dentro el cual muchos de nosotros –que pensamos como personas seculares, de la calle, con las preocupaciones diarias de la vida– sentimos que casi nos asfixiamos.

En efecto, muchos de nuestros comentarios bíblicos al uso pareciera que se mueven en «otro mundo», un mundo propio de referencias teológicas intrasistémicas, que funcionan con una lógica diferente a la real, y que parecen estar de antemano inmunizados contra toda crítica, porque, en ese ambiente bíblico-litúrgico al que están destinados, en las homilías, todo debe ser escuchado y recibido sin discusión, sin espíritu crítico, «con mucha fe». Los que tenemos una fe más o menos crítica, una fe que no quiere dejar de ser de personas de hoy y de la calle, nos preguntamos: ¿es posible celebrar la semana santa de otra manera? ¿Así como buscamos «otra forma de creer», hay «otra forma de celebrar y acoger la semana santa»?

Veamos. Comencemos preguntándonos: ¿qué sienten, qué sentimos, ante la semana santa, muchas personas creyentes de hoy?

Muchos creyentes adultos (trabajadores, profesionales de las más variadas ramas, y también intelectuales, o simples personas cultas) se sienten mal cuando, en semana santa, por la especial significación de tales días, o por acompañar a la familia –y con el recuerdo de una infancia y juventud tal vez religiosa–, entran en una iglesia, captan el ambiente, y escuchan la predicación. Se sienten de pronto sumergidos de nuevo en aquel mundo de conceptos, símbolos, referencias bíblicas… que elaboran un mensaje sobre la base de una creencia central que fuera del templo uno nunca se encuentra en ningún otro dominio de la vida: la «Redención». Estamos en Semana Santa, y lo que celebramos –así perciben en el templo– es el gran misterio de todos los tiempos, lo más importante que ha ocurrido desde que el mundo es mundo: la «Redención»… El «hombre» fue creado por Dios (sólo en segundo término la mujer, según la Biblia), pero ésta, la mujer, convenció al varón para que comieran juntos una fruta prohibida por Dios. Aquello fue la debacle del plan de Dios, que se vino abajo, se interrumpió, y hubo de ser sustituido por un nuevo plan, el plan de la Redención, para redimir al ser humano que cayó en «desgracia de Dios» desde la comisión de aquel «pecado original», debido a la infinita ofensa que dicho «pecado» le infligió a Dios.

Ese nuevo plan, de Redención, exigió la «venida de Dios al mundo», mediante su encarnación en Jesús, para así «asumir nuestra representación jurídica ante Dios y pagar por nosotros a Dios una reparación adecuada» por semejante ofensa infinita. Y es por eso por lo que Jesús sufrió indecibles tormentos en su Pasión y Muerte, para «reparar» aquella ofensa y redimir así a la Humanidad, y consiguiéndole el perdón de Dios y rescatándola del poder del demonio bajo el que permanecía cautiva.

Ésta es la interpretación, la teología sobre la que se construyen y giran la mayor parte de las interpretaciones en curso durante la semana santa. Y éste es el ambiente ante el que muchos creyentes de hoy se sienten mal, muy mal. Sienten que se asfixian. Se ven trasladados a un mundo imaginario que nada tiene que ver ni con el mundo real de cada día, ni con el de la ciencia, el de la información, o el del sentido más profundo de su vida. Por este malestar, otros muchos cristianos no sólo se han marchado de la semana santa tradicional, sino que se han alejado de la Iglesia.

¿Hay otra forma de entender la Semana Santa, que no nos obligue a transitar por el mundo manido de esa teología en la que tantos ya no creemos?

¿«No creemos», hemos dicho? Ante todo hay que decir –para alivio de muchos– que efectivamente, se puede no creer en tal teología. No se trata de ningún «dogma de fe» (si lo fuera, tampoco ello la haría creíble). Se trata de una genial construcción interpretativa del misterio de Cristo, debida a la intuición medieval de san Anselmo de Canterbury, que desde su visión del derecho romano, construyó, «imaginó» una forma de explicarse a sí mismo el secreto sentido de la muerte de Jesús. Estaba condicionado por muchas creencias propias de la Edad Media, e hizo lo que pudo, y lo hizo admirablemente: elaboró una fantástica interpretación que cautivó las mentes de sus coetáneos tanto, que perduró hasta el siglo XXI. Habría que felicitar a san Anselmo, sin duda.

El Concilio Vaticano II es el primer momento eclesial que supone un cierto abandono de la hipótesis de la Redención, o, para decirlo de otra manera, de una interpretación de la significación de Jesús más allá de la Redención. Por supuesto que en los documentos conciliares aparece la materialidad del concepto, numerosas veces incluso, pero la estructura del pensamiento y de la espiritualidad conciliar van más allá de él. El significado de Jesús para la Iglesia posconciliar –no digamos para la Iglesia con espiritualidad de la liberación– deja de pasar por la redención, por el pecado original, por los terribles sufrimientos expiatorios de Jesús y por la genial «sustitución penal satisfactoria» ideada por Anselmo de Canterbury… Desaparecen estas referencias, y cuando sorpresivamente se oyen, suenan extrañas, incomprensibles, o incluso suscitan rechazo. Es el caso de la película de Mel Gibson, que fue rechazada por tantos espectadores creyentes, no por otra cosa que por la imagen del «Dios cruel y vengador» que daba por supuesta, imagen que, evidentemente, hoy no sólo ya no es creíble, sino que invita vehementemente al rechazo.

¿Cómo celebrar la semana santa cuando se es un cristiano que ya no comulga con esas creencias? Uno se siente profundamente cristiano, admirador de Jesús, discípulo suyo, seguidor de su Causa, luchador por su misma Utopía… pero se siente mal en ese otro ambiente asfixiante de las representaciones de la pasión al nuevo y viejo estilo de Mel Gibson, de los viacrucis, los pasos de las procesiones de semana santa, las meditaciones las siete palabras, las horas santas que retoman repetitivamente las mismas categorías teológicas del san Anselmo del siglo XI… estando como estamos en el siglo XXI…

Bajo la semana santa que oficialmente se celebra, no dejan de estar, allá, lejos, bien adentro de sus raíces ancestrales, las fiestas que los indígenas originarios ya hacían sus celebraciones sobre la base cierta del equinoccio astronómico. Se trata de una fiesta que ha evolucionado muy diferentemente en cada cultura, y muy creativamente al ser heredada de un pueblo a otro, y al contagiarse de una religión a otra. Una fiesta que fue heredada y recreada también por los israelitas nómadas como fiesta del cordero pascual, y después transformada por los israelitas sedentarios como fiesta de los panes ácimos, en recuerdo y como reactualización de la Pascua, piedra angular de la identidad israelita… Fiesta que los cristianos luego cristianizaron como la fiesta de la Resurrección de Cristo, y que sólo más tarde, con el devenir de los siglos, en la oscura Edad Media, quedó opacada bajo la interpretación jurídica de la redención…

¿Por qué quedarse, pues, prendidos de una interpretación medieval, cautivos de una teología y una interpretación que no es nuestra, que ya no nos dice nada, y que podríamos abandonar porque ya cumplió su papel? ¿Por qué no sentirse parte de esta procesión tan humana y tan festiva de interpretaciones y hermenéuticas, de mitos y «grandes relatos» incesantemente renovados y recreados, y aportar nosotros también a esta trabajada historia nuestra propia parte, lo que nos corresponde hoy, con creatividad, responsabilidad y libertad? No podemos dejar de pensar que «Otra semana santa es posible»… ¡y urgente! Y también legítima, por lo menos.

No vamos a desarrollar aquí nosotros una nueva interpretación de estas fiestas. Bástenos ahora cumplir una pretensión doble: aliviar a los que se sentían culpables por desear que «otra semana santa fuera posible», por una parte, y, por otra, de invitar a todos a la creatividad, libre, consciente, responsable y gozosa. No en todas partes o en cualquier contexto será posible, pero sí lo será en muchas comunidades concretas. Si no lo es en la mía, podría serlo en alguna otra comunidad más libre y creativa que tal vez no esté muy lejos de la mía… ¿por qué no preguntar, por qué no buscarla?

Aunque los señalaremos concretamente en los próximos días, recordamos que los temas de la Pasión de Jesús están recogidos ampliamente en la serie «Un tal Jesús», principalmente en los episodios 106 a 126. Los audios y los guiones de estos episodios pueden recogerse libremente de http://radialistas.net/category/un-tal-jesus/ Por su carácter dramatizado, y por la mentalidad crítica con la que ya pudo ser escrita hace treinta años, la serie «Un tal Jesús» presenta, de un modo muy pedagógico, la visión de la vida de Jesús desde la perspectiva de la teología de la liberación. Leer más…

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25.3.18. Domingo de Ramos, Jesús «purifica» el templo

domingo, 25 de marzo de 2018
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29066243_947630852080774_2968241735171983849_nDel blog de Xabier Pikaza:

Varias veces he comentado en este portal la escena litúrgica del «Domingo de Ramos», con la entrada triunfal de Jerusalén. Teniendo como fondo ese motivo, que los lectores de mi blog podrán buscar y encontrar con facilidad, he querido insistir hoy en la segunda parte de ese domingo, es decir, en el gesto de purificación del templo.

Jerusalén era una ciudad israelita, y en ella se encarnaban las promesas mesiánicas. Pero, al mismo tiempo, pertenecía al imperio de Roma, que vigilaba cuidadosamente las cosas del templo y de la tierra. En ese contexto han de entenderse las implicaciones político/económicas de fondo de Domingo, con la Entrada en la ciudad, el tributo al Cesar, y posible reinado mesiánico…

Pero, junto a eso, hoy quiero exponer de un modo especial el tema inmediatamente posterior y más fuerte, que es la Purificación del templo de Jerusalén. Ciertamente, este día de comienzo de Semana Santa tiene un nombre bueno, es el domingo de la Entrada Triunfal, Domingo de Ramos . Pero muchos pensamos que podría llamarse también Domingo de la Expulsión de los Vendedores del templo.

jesus-mercaderes_270x250También hoy, año 2018, como el año 30 d.C., es tiempo es tiempos ramos y cantos; pero es también Domingo de la Purificación del templo, es decir, de la expulsión de aquellos que lo habían (¿lo han?) convertido en Cueva de Ladrones (como dice el Evangelio de Marcos)… o en emporio de negocios (como dice el Evangelio de Juan).

Buen Domingo de Ramos a todos, buen comienzo de la Santa. Empecemos purificando el templo de nuestra vida persona, con el templo de la Iglesia.
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1. Entrada triunfal

Siendo líder religioso, Jesús vino como mesías político (cf. Mc 11, 1-11 y par), en busca del Reino de Dios, que debía establecerse precisamente en la ciudad de David. Los evangelios añaden que entró de un modo provocativo, a la vista de todos, como pretendiente mesiánico, conforme al “ritual de peregrino”, con una estrategia mesiánica, pues estaba convencido de la llegada del Reino de Dios, con el triunfo de los pobres .

1. Subió como aspirante mesiánico, no para ser sacrificado como víctima en el altar de la justicia de Dios, sino para anunciar e iniciar la llegada de su Reino, en la Ciudad Sagrada, partiendo de los pobres (hambrientos, impuros, expulsados del sistema israelita y romano), a quienes había ofrecido su mensaje en Galilea. Como buen judío, subió por la fiesta de Pascua, con otros galileos, para anunciar y preparar el Reino, la manifestación de Dios, a pesar del riesgo que implicaba su gesto.

Vino de un modo público, como pionero y representante de muchos que esperaban el Reino y lo hizo de un modo abierto por el Monte de los Olivos (cf. Mc 11, 1 ss), lugar por donde decían que el mismo Dios llegaría al fin de los tiempos (Zac 14, 4). De esa forma, su venida en Pascua, no fue un gesto privado, sino la expresión oficial de sus pretensiones, en Jerusalén, capital y principio de su Reino. Ciertamente, conocía los enfrentamientos entre sacerdotes y era consciente de los problemas que su gesto podía plantear al procurador romano (Poncio Pilato), que también había venido a la ciudad con un contingente de soldados, para mantener el orden por Pascua. A pesar de (o precisamente por) ello subió a Jerusalén, porque era momento propicio (la hora), para proclamar el Reino.

2. No vino a pactar con los sacerdotes, pues ello hubiera implicado asumir la validez de la economía del templo. Los que habían pactado con Roma eran jerarcas “oficiales”, en un plano económico y sa-cral, en un contexto de equilibrio de poder, compartido por unos y otros. Pues bien, Jesús no pudo ni quiso formar parte de ese pacto, sino que proclamó ante todos el Reino de Dios, como alianza univer-sal, desde los pobres, pacto superior de presencia de Dios, en la vida de los hombres.

Tampoco vino a negociar con Roma. Desde un tipo de perspectiva eclesiástica moderna, él po-dría, y quizá debería, haberlo hecho, enviando delegados a Pilato, para decirle que llegaba desarmado, y que no quería (ni podía) tomar la ciudad, ni provocar desórdenes externos, sino expresar y encarnar la identidad y misión del judaísmo, sin dañar directamente los intereses de Roma. Pero él no pudo ini-ciar ningún tipo de negociación en esa línea, pues ello hubiera implicado un “reparto” de poderes eco-nómico/sacrales, y lo que él quería era un Reino universal de Dios, sin imposición ni economía separa-da de la vida. Además, un gobernador romano sólo pacta con altos sacerdotes o jerarcas en línea de poder, no con hombres que rechazan el poder, como este profeta nazareno.

3. Llegó anunciando (proclamando) la llegada del Reino de Dios a pesar de que, humanamente hablando, parecía imposible que viniera de esa forma, respondiendo a la llamada del Dios de los profetas (su Abba), que le había confiado la tarea de instaurar con su palabra y vida el Reino universal de los pobres, que él había proclamado en Galilea y que debía extenderse, desde Jerusalén a todo el mundo. No podía apelar a la violencia, pues el Reino de Dios no se impone con armas ni dinero, sino gratuita-mente, transformando a las personas, que son el verdadero capital de Dios. Por eso vino desarmado, pero realizando un signo de política social, como pretendiente mesiánico, en la línea de David, y así se presentó en Jerusalén de forma pública, aprovechando (desplegando) los signos mesiánicos (regios) propios de los peregrinos de pascua (cf. Mc 11, 1-10).

Tras subir a la ciudad como rey, entró en el templo, para declarar, con un gesto nítido y preciso, que su función económico/religiosa templo había terminado, de manera que empezaba una etapa nue-va, un tiempo en que hombres y mujeres deberían relacionarse directamente con Dios y perdonarse unos a otros, a partir de los más pobres, sin necesidad de un templo como éste (cf. Mc 11, 11-30). Pro-vocadoramente vino sobre un asno prestado, sin más capital que su vida, acompañado por unos seguidores .

2. El templo, cueva de ladrones, casa de negocio

Tras haber entrado en Jerusalén como pretendiente mesiánico, para iniciar de esa forma su reinado, en nombre de Dios, frente al orden político/social de Roma y al sacerdotal de Jerusalén, con-forme al testimonio de los sinópticos (cf. Mc 11, 15-17 par), Jesús vino al templo para “limpiarlo”, es decir, para expulsar a los banqueros (cambistas) y a los comerciantes y vendedores de animales, pues quería que la casa de Dios, fuera espacio de oración y plenitud humana, no centro de tráfico económico, ni de sacrificios de animales.

Su entrada en el templo tiene un claro recuerdo histórico, aunque, tal como aparece ahora, ha sido cuidadosamente redactada por Marcos, con Mt y Lc, que la colocan al final de la vida pública de Jesús (como como detonante de su condena a muerte), y por Juan, que la sitúa al comienzo, como principio y sentido de su misión posterior. En ambos casos, el aspecto teológico-sacral del gesto tiene un fondo y sentido económico, como ratifican las dos palabras clave de Mc 11, 17 (que dice que el templo es una cueva de ladrones: spelaion lêstôn) y de Jn 2, 16 (que acusa a los sacerdotes de haberla convertido en casa de negocios: oikon emporiou).
A lo largo de siglos (desde su nueva consagración el 515 a.C.) el templo había sido signo de identidad del judaísmo y centro de una incesante disputa con persas y samaritanos, partidarios de su apertura universal y macabeos, esenios (qumramitas) y saduceos, casi siempre por motivos que ellos interpretan de un modo religiosos. Pues bien, Jesús de Nazaret lo critica y condena por razones básicamente económicas. Así presentan el gesto de Jesús en el templo las dos tradiciones fundamentales, la de Mc y la de Jn:

Y llegaron a Jerusalén y entrando en el templo
comenzó a expulsar a los que vendían y compraban en el templo.
Volcó las mesas de los cambistas
y los puestos de los que vendían las palomas,
y no consentía que nadie pasase por el templo llevando cosas.
Luego se puso a enseñar diciéndoles:
¿No está escrito: Mi casa será casa de oración para todos los pueblos? Vosotros, sin embargo, la habéis convertido en cueva de ladrones.
Los sumos sacerdotes y escribas se enteraron y buscaban el modo de perderlo, pues tenían miedo, ya que toda la gente estaba asombrada de su enseñanza (Mc 11, 15-18)

Y Jesús subió a Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo, ovejas y bueyes; y a los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas; y a los que vendían palomas les dijo:Quitad esto de aquí; no convirtáis la casa de mi Padre en una casa de mercado. Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: «El celo de tu casa me devora.
Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron: «¿Qué signos nos muestras para obrar así?» Jesús contestó: «Des-truid este templo, y en tres días lo levantaré.» Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero él ha-blaba del templo de su cuerpo. Y, cuando resucitó de entre los muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la Escritura y a la palabra que había dicho Jesús (Jn 2, 14-22).

Jesús realiza un gesto simbólico de condena y destrucción del templo desde una perspectiva económica, centrada en el rechazo de los cambistas y vendedores de animales (al servicio de los sa-cerdotes), cuyas funciones eran necesarias para el culto conforme a la ley establecida. Derribar las mesas del dinero significaba rechazar el comercio sagrado, que se centraba en el cambio de monedas de impuesto sagrado, que cada uno traía de su propio pueblo o nación, por el shekel/siclo de Tiro, el único aceptable (por su estabilidad monetaria), y luego por la moneda simbólica del templo. Al mismo tiempo, ese gesto anunciaba, anticipaba y provocaba el derribo o destrucción del mismo templo, vin-culado a sacrificios y dinero . Leer más…

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Domingo de Ramos. Ciclo B

domingo, 25 de marzo de 2018
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A8 DOMINGO DE RAMOS jpgDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Este domingo se lee el relato de la Pasión de Jesús en el evangelio de Marcos. Dada su extensión me limito a sugerir dos puntos de atención (Jesús y sus discípulos) y a ofrecer cuatro posibles lecturas de la pasión.

Dos puntos de atención

¿Quién es Jesús?

El relato del capítulo 15 supone un gran contraste con el de los dos anteriores, 13-14. En estos, Jesús se enfrenta a toda clase de adversarios en diversas disputas y los vence con facilidad. Ahora, los adversarios, derrotados a nivel intelectual, deciden vencerlo a nivel físico, matándolo (14,1). Lo que más se destaca en Jesús es su conocimiento y conciencia plena de lo que va a ocurrir: sabe que está cercana su sepultura (14,8), que será traicionado por uno de los suyos (14,18), que morirá sin remedio (14,21), que los discípulos se dispersarán (14,27), que está cerca quien lo entrega (14,42). Las palabras que pronuncia en esta sección están marcadas por esta conciencia del final y tienen una carga de tristeza. Como cualquiera que se acerca a la muerte, Jesús sabe que hay cosas que se pierden definitivamente: la cercanía de los amigos (“a mí no siempre me tendréis con vosotros”: 14,7), la copa de vino compartida (14,25). No falta un tono de esperanza: del vino volverá a gozar en el Reino de Dios (14,25), con los discípulos se reencontrará en Galilea (14,28). Pero predomina en sus palabras un tono de tristeza, incluso de amargura (14,37.48-49), con el que Marcos subraya ―una vez más― la humanidad profunda de Jesús.

Cuatro veces se debate en estos capítulos la identidad de Jesús: el sumo sacerdote le pregunta si es el Mesías (14,61), Pilato le pregunta si es el Rey de los judíos (15,2), los sumos sacerdotes y escribas ponen como condición para creer que es el Mesías que baje de la cruz (15,31-32), el centurión confiesa que es hijo de Dios (15,39). A la pregunta del sumo sacerdote responde Jesús en sentido afirmativo, pero centrando su respuesta no en el Mesías, sino en el Hijo del Hombre triunfante (14,62). A la pregunta de Pilato responde con una evasiva: “tú lo dices” (15,2). A la condición de los sumos sacerdotes y escribas no responde. Cuando el centurión lo confiesa hijo de Dios, Jesús ya ha muerto.

Los discípulos

Los datos son conocidos. Se entristecen al enterarse de que uno de ellos lo traicionará; pero, llegado el momento, todos huyen. Una vez más, Pedro desempeña un papel preponderante. Se considera superior a los otros, más fiel y firme (14,29), pero comenzará por quedarse dormido en el huerto (14,37) y terminará negando a Jesús (14,66-72). En este contexto de abandono total por parte de los discípulos adquiere gran fuerza la escena final del Calvario, cuando se habla de las mujeres que no sólo están al pie de la cruz, sino que acompañaron a Jesús durante su vida (15,40-41).

Cuatro lecturas posibles de los relatos de la pasión de Jesús.

La lectura de identificación personal y afectiva

El testimonio escrito más antiguo que poseemos en este sentido es el de san Pablo. A veces, cuando habla de la muerte de Jesús, lo hace con frialdad dogmática, recordando que murió por nuestros pecados. Pero en otra ocasión lo enfoca de manera muy personal y afectiva: “He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que vive Cristo en mí. Y mientras vivo en la carne vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,19-20). En línea parecida, san Ignacio de Loyola, en la tercera semana de los Ejercicios espirituales, cuando se contempla la pasión, el ejercitante debe pedir “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, llanto, pena interna de tanta pena como el Señor pasó por mí”.

La lectura indignada

Es la que practicamos todas las mañanas al leer el periódico, cuando acompañamos la lectura de los titulares y de las noticias con toda suerte de imprecaciones, insultos y maldiciones. Los relatos de la pasión cuentan tal cantidad de atropellos, injusticias, traiciones, que se prestan a una lectura indignada. Sin embargo, los evangelios nunca invitan al lector a indignarse con la traición de Judas, a maldecir a las autoridades judías o romanas que condenan a Jesús, a insultar a quienes se burlan de él, a sentir como en el propio cuerpo los azotes, la corona de espina o los clavos, a llorar la muerte de Jesús. En ningún momento pretenden los evangelios excitar los sentimientos y, mucho menos, fomentar el sentimentalismo.

La lectura detallada

http://www.4shared.com/postDownload/YtfXHj0K/pasion_en_mc.html

Mi comentario, que puede bajarse de la dirección indicada más arriba, consiste en una lectura del texto, prestando gran atención a cuatro aspectos:

1) la división minuciosa de cada episodio, que a veces quizá parezca exagerada, como cuando distingo siete momentos en el relato de la oración del huerto; pero es la única forma de no pasar por alto detalles importantes.

2) los protagonistas, advirtiendo qué hacen o no hacen, qué dicen o no dicen, cómo reaccionan, por qué motivos se mueven, qué sienten.

3) la acción que se cuenta y sus presupuestos; a veces predominará lo informativo, ya que ciertos detalles a veces no se conocen bien, como la celebración de la Pascua en el mundo judío y en Qumrán o el proceso ante el Sanedrín.

4) el arte narrativo de Mc, que a menudo no se tiene en cuenta, pero que sirve también para captar su teología.

Este tipo de lectura, aunque aplique el mismo método a todas las escenas, pone de relieve lo típico de cada una de ellas y deja claro que el relato de la pasión está formado por episodios aparentemente cotidianos y por otros terriblemente dramáticos, como la oración del huerto. Lo importante es captar el espíritu y mensaje de cada episodio y el mensaje global de cada evangelio.

La lectura interactiva y orante

Sería la respuesta personal al comentario anterior, reflexionando cada cual sobre lo que el texto le sugiere y lo que le invita a pedir.

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Domingo de Ramos. 25 de marzo, 2018

domingo, 25 de marzo de 2018
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domingo-de-ramos

“El Señor los necesita”.

(Mt 21, 1-10)

El Domingo de Ramos es la puerta grande de la Semana Santa. Después el camino se irá estrechando y haciéndose cada vez más difícil, pero empieza a lo grande.

Jerusalén, la Ciudad Santa, recibe a Jesús entre gritos de júbilo y alabanza. Al llegar Jesús la gente espontáneamente empieza a alfombrar el camino con sus capas y con ramos. Y aclaman al que llega: “-Viva, bendito el que viene en nombre del Señor!¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Viva el Altísimo!”

Es una explosión de alegría que nadie sospecha que acabará dramáticamente. O quizá sí. El protagonista parece saber muy bien de qué va la historia. Es una historia de amor entregado.

Pero, ¿esas gentes que gritan alegres pueden sospechar que unos días más tarde vocearán el terrible: “-¡Crucifícale!, ¡Crucifícale!”?

Con todo, ¡no adelantemos acontecimientos! No vale, nosotros ya conocemos el final…

Pero hoy es Domingo de Ramos y en medio de todos esos gritos y gestos de alegría hay un detalle tierno que nos puede pasar desapercibido.

“El Señor los necesita”. ¿A quién necesita el Señor? Tendríamos que preguntar a las personas expertas pero en todo el evangelio solo aparece una necesidad de Jesús y es esta.

Jesús manda a sus discípulos con este recado: “Y si alguien os dice algo, diréis que el Señor los necesita, pero en seguida los devolverá.

¡Una borrica y su pollino! Eso es lo que Jesús necesita, y solo un ratito, porque “los devolverá pronto”. Es el gran día de Jesús, pero él solo necesita una borrica y su pollino. ¿Qué necesitaríamos nosotros si fuera nuestro gran día? ¿Pensaríamos en una borrica? ¡No! También es verdad que aquí, en nuestro primer mundo, una borrica es casi un animal exótico (¿quién ha visto de cerca una borrica en el último año?).

En tiempos de Jesús también era algo especial. No todo el mundo tenía una borrica. El mismo Jesús la toma prestada. Pero ya que tenía que pedirlo prestado podría haber pedido un caballo. Sin embargo a él le va lo humilde y además quiere “necesitarlo”. ¡Qué suerte!

Oración

Déjanos, en este Domingo de Ramos, ser la borrica. Deja que sintamos que nos necesitas. Amén.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En la muerte de Jesús descubrimos la Vida.

domingo, 25 de marzo de 2018
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aiss_10Mc 14-15

Como en el caso de la purificación del templo, no podemos pensar que la entrada en Jerusalén fue una manifestación multitudinaria. Hubiera sido la ocasión ideal, que los dirigentes judíos estaban esperando, para prender a Jesús. Probablemente se trató de un pequeño grupo de seguidores que se unieron a los discípulos en aclamaciones espontáneas. Jesús había desarrollado toda su actividad en Galilea, y la mayor parte de los peregrinos que venían a la fiesta eran galileos. Muchos de ellos reconocerían a Jesús, que también subía a Jerusalén, y se unieron a su grupo.

Lo verdaderamente importante en el relato de la pasión, está más allá de lo que se puede narrar. Lo esencial de lo que ocurrió no se puede meter en palabras. Lo que los textos nos quieren transmitir hay que buscarlo en la actitud de Jesús que refleja plenitud de humanidad. Lo importante no es la muerte física de Jesús sino descubrir por qué le mataron, por qué murió y cuales fueron las consecuencias de su muerte para los discípulos. Semana Santa es la ocasión privilegiada para plantearnos la revisión de nuestros esquemas teológicos sobre el valor de la muerte en la cruz.

Estamos en el mejor momento del año para tomar conciencia de la coherencia de toda la vida de Jesús. Dándose cuenta de las consecuencias de sus actos, no da un paso a tras, y las acepta plenamente. Es una advertencia para nosotros, que estamos siempre acomodándonos para evitar consecuencias desagradables. Sabemos que nuestra plenitud está en darnos a los demás pero seguimos calculando nuestras acciones para no ir demasiado lejos, poniendo límites “razonables” a nuestra entrega; sin darnos cuenta de que un amor calculado es egoísmo camuflado.

¿Por qué le mataron? La muerte de Jesús es la consecuencia directa de un rechazo frontal y absoluto por parte de los jefes religiosos de su pueblo. Rechazo a sus enseñanzas y rechazo a su persona. No debemos pensar en un rechazo gratuito y malévolo. Los sacerdotes, los escribas, los fariseos no eran gente depravada, que se opusieron a Jesús porque era buena persona. Eran gente religiosa que pretendía ser fiel a la voluntad de Dios, que ellos encontraban en la Ley. También para Jesús era prioritaria la voluntad del Padre, pero no la buscaba en la Ley sino en el hombre.

¿Era Jesús el profeta, como creían los que le seguían, o era el antiprofeta que seducía al pueblo? La respuesta no era tan sencilla. Por una parte, Jesús iba claramente contra la Ley y contra el templo, signos inequívocos del antiprofe­ta. Pero por otra, los signos de amor a todos eran una muestra de que Dios estaba con él, como apuntó Nicodemo. Lo mataron porque denunció a las autoridades religiosas que, con su manera de entender la religión, oprimían al pueblo. Le mataron por afirmar, con hechos y palabras, que el valor del hombre concreto está por encima de la Ley y del templo.

¿Por qué murió? No podemos saber lo que Jesús experimentó ante su muerte. Ni era un inconsciente ni era un loco ni era masoquista. Tuvo que darse cuenta que los jefes religiosos querían eliminarlo. Lo que nos importa a nosotros es descubrir las poderosas razones que Jesús tenía para seguir diciendo lo que tenía que decir y haciendo lo que tenía que hacer, a pesar de que estaba seguro que eso le costaría la vida. Tomó conscientemente la decisión de ir a Jerusalén donde estaba el peligro. Que le importara más ser fiel a sí mismo que salvar la vida es el dato que nosotros debemos valorar. Demostró que la única manera de ser fiel a Dios es ponerse del lado del oprimido.

No se puede pensar en la muerte de Jesús desconectándola de su vida. Su muerte fue consecuencia de su vida. No fue una programación por parte de Dios para que su Hijo muriera en la cruz y de este modo nos librará de nuestros pecados. Jesús fue plenamente un ser humano que tomó sus propias decisiones. Porque esas decisiones fueron las adecuadas, de acuerdo con las exigencias de su verdadero ser, nos han marcado a nosotros el camino de la verdadera salvación. Si nos quedamos con el Hijo, que murió por obediencia al Padre, hemos malogrado su muerte y su vida.

¿Qué consecuencias tuvo su muerte? Hay explicaciones teológicas de la muerte de Jesús que se siguen presentando a los fieles, aunque la inmensa mayoría de los exégetas y de los teólogos las han abandonado hace tiempo. No debemos seguir interpretando la muerte de Jesús como un rescate exigido por Dios para pagar la deuda por el pecado. Además de ser un mito ancestral, está en contra de la idea de Dios que el mismo Jesús desplegó en su vida. Un Dios que es amor, que es Padre, no casa muy bien con el Señor que exige el pago de una deuda hasta el último centavo.

Para los discípulos, la muerte fue el revulsivo que les llevó al descubrimiento de lo que era verdaderamente Jesús. Durante su vida lo siguieron como el amigo, el maestro, incluso el profeta; pero no pudieron conocer el verdadero significado de su persona. A ese descubrimiento llegaron por un proceso de maduración interior, al que solo se puede llegar por experiencia. La muerte de Jesús les obligó a esa profundización en su persona y a descubrir en aquel Jesús de Nazaret, al Señor, al Mesías al Cristo y al Hijo. En esto consistió la experiencia pascual. Ese mismo recorrido debemos hacerlo nosotros.

A nosotros hoy, la muerte de Jesús nos obliga a plantear la verdadera hondura de toda vida humana. Jesús supo encontrar, como ningún otro ser humano, el camino que debemos recorrer todos para alcanzar plenitud humana. Amando hasta el extremo, nos dio la verdadera medida de lo humano. Desde entonces, nadie tiene que romperse la cabeza para buscar el camino de mayor humanidad. El que quiera dar sentido a su vida, no tiene otro camino que el amor total, hasta desaparecer.

La interpretación de la muerte de Jesús determina la manera de ser cristiano. Ser cristiano no es subir a la cruz con Jesús, sino ayudar a bajar de la cruz a tanto crucificado que hoy podemos encontrar en nuestro camino. Jesús, muriendo de esa manera, hace presente a un Dios sin pizca de poder, pero repleto de amor, que es la fuerza suprema. En ese amor reside la verdadera salvación. El “poder” de Dios se manifiesta en la vida de quien es capaz de amar entregando todo lo que es.

Meditación

Ningún sufrimiento salva por sí mismo, tampoco el de Jesús.
Lo que salva es la fidelidad a su verdadero ser,
Vivir una verdadera humanidad, es perder el miedo a la muerte.
El miedo a la muerte es la esclavitud más difícil de superar.
Toda opresión nace de esta esclavitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Plenamente Humano.

domingo, 25 de marzo de 2018
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domingo-de-ramosNo se puede ser cristiano sin ser desesperadamente humano (Teilhard de Chardin)

25 de marzo. Domingo de Ramos

Mt 21, 1-11

Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba: ¿Quién es éste? Y la multitud contestaba: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea.

En su película Últimos días en el desierto (2015), el director colombiano Rodrigo García explora un Jesús que desde su humanidad transforma a quienes se cruzan en su camino. García no quería mostrar al Jesús divino, elevado, como nos lo han mostrado algunos directores, sino uno más cercano con el que pudiéramos conectarnos de otra manera. Ewan McGregor, actor escocés, desempeña el papel de Jesucristo y de un demonio, que le acecha, le cuestiona y le reta. Jesús le responde, no con la divinidad que yace bajo su piel sino desde su humanidad, contestando con la certeza del que se sabe amado y siguiendo el instinto de su corazón.

Una fuerza interior que le lleva a la plenitud de su ser. Plenitud que, como nos cuenta Alma, Mahler repetía en su versión de artista una y otra vez: “Todas las creaturas de la naturaleza se engalanan sin cesar para Dios. Así que todo hombre tiene tan sólo una obligación: mostrarse ante Dios y ante los hombres tan hermoso como sea posible.

Y plenitud, como la que nos propone alcanzar “La danza de la flor”. La he danzado un jueves en Másquesilencio. Me encanta su forma y su significado, y también la música que mentalmente pongo en ella. De pie, el cuerpo erguido, pienso en la esencia de mi ser que, como el de todo rosal, hunde sus raíces en la tierra. Intento darle vida y, para ello, abro en cruz los brazos, doblo levemente las rodillas y, bajando el cuerpo, hago ademán de recoger en el cuenco de las manos la semilla que nace en el campo. Con ellas, juntas en gesto de oración, las elevo hasta mi corazón, las abro sobre él para entregársela y que le dé calor. Torno a cerrarlas, y las vuelvo a subir por el centro de mi rostro como haciéndola crecer hasta ser árbol. Voy abriendo mis brazos y los elevo con las manos abiertas hacia arriba hasta acariciar el cielo. Ofrezco esa simiente a la tierra que la crio y ha dado vida, y a cuantos crecen y viven en virtud de su fuerza. Finalmente bajo de nuevo las manos hacia el suelo, le doy gracias, y repito el gesto de devolverle la semilla para que continúe naciendo y dando frutos en eterna sementera. Te invito a bailar mi “Danza de la flor” y a ser feliz haciéndolo, como quizás lo fueron los que aclamaron a Jesús en su entrada en Jerusalén este domingo de mantas, de palmas y de ramos.

El jesuita granadino Leandro Sequeiros (1942), licenciado en Teología, doctor en Ciencias Geológicas y catedrático de Paleontología, nos propone un triunfante entrar en nuestro particular Jerusalén para reconciliarnos con nosotros mismos y trascendernos. No hace mucho le escuché decir en una conferencia: “Prestigiar, difundir y extender una dimensión espiritual para la armonía y reconciliación del ser humano con la realidad natural y social, puede ser un primer paso para reencontrarse con uno mismo y reivindicar la posibilidad de trascender nuestra propia limitación intelectual, social y emocional. Y todavía no hemos llegado a lo religioso y menos aún a lo cristiano”.

Teilhard de Chardin, otro sabio y también científico como Sequeiros, también reiteró la necesidad de crecer y de dar vida a nuestra vocación de discípulos de Jesús: “No se puede ser cristiano sin ser desesperadamente humano”. ¿No será ésta la respuesta mejor a la pregunta que hacía aquella mañana el pueblo? “Cuando entró en Jerusalén, toda la población conmovida preguntaba: ¿Quién es éste? Y la multitud contestaba: Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea” (Mt. 21, 10-11).

Un profeta visionario, peregrino del Espíritu, que nos enseñó, en boca de San Juan de la Cruz, a darle a la caza alcance.

LA GAVIOTA

Soñé que era gaviota y que volaba
el cercano Ecuador de Tierra y Cielo.
Yo confiado navegaba
al socaire del aire de tus alas.

¿Cómo haces, gaviota,
peregrina del Viento,
para amar nuestra Tierra
y liberarte
de las frías cadenas de los cielos?

”Solamente… ¡¡Porque también yo sueño
realidades!!”

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Verdaderamente este hombre es el hijo de Dios.

domingo, 25 de marzo de 2018
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stlonginDomingo de Ramos

La mujer del perfume y el centurión son dos figuras centrales en los últimos capítulos del evangelio de Marcos. Ella y él van a ser quienes orienten a quien escucha o lee el evangelio en como han de entender este momento de la vida de Jesús. Ellos son intérpretes fiables del significado y consecuencias de la cruz de Jesús.

Lo buscaban para prenderlo

Jesús llega a Jerusalén como un profeta, dispuesto a proclamar el sueño de Dios en la ciudad del poder, a desafiar las fronteras legales y religiosas que impedían a muchos hombres y mujeres tener acceso al encuentro con Dios.

Su acción en el templo había provocado el temor de los poderosos que se sentían desafiados por la autoridad soberana del maestro y comenzaron a buscarle para prenderlo (Mc 14, 1-2).

A Jesús, por su parte, se le conmovían las entrañas por los pequeños y pequeñas de este mundo, explotados, invisibilizados por los rituales ostentosos y los privilegios de unos pocos. Contemplar la ciudad santa con su magnifico templo encogía sus entrañas porque no era así como su Abba quería encontrarse con sus hijos e hijas. Pero el enemigo era poderoso y sabía que permanecer fiel al Dios del reino podía costarle la vida.

La mujer del perfume

En Betania, en casa de Simón el leproso, Jesús comparte la mesa con amigos y discípulos. Una mujer innominada entra y lleva a cabo un gesto de gran osadía que provoca el malestar de muchos de los allí reunidos: ungió a Jesús con perfume.

Los allí presentes, seguramente en su mayoría varones, se sentían honrados de compartir la comida con el maestro, lo escuchan convencidos de la verdad de su mensaje, pero parecen no haber contado con las consecuencias que puede tener entrar a forma parte de la comunidad del Reino. Esta mujer, sin embargo, lo ha entendido y eso le ha dado fuerzas para entrar, quizás sin ser invitada, y derramar sobre la cabeza de Jesús un perfume caro.

Curiosamente nadie se pregunta qué significa el gesto, si no que muchos critican el derroche que supone gastar un perfume tan caro.

Jesús recibe agradecido el gesto de la mujer y comprende porque lo ha hecho. Ella ha ungido solemnemente a Jesús como Mesías, pero lo ha hecho en una casa, sin intermediarios, sin solemnidades, solo con su fe proclamada y expresada a través de un gesto sencillo pero cargado de significado.

El maestro confronta con sus amigos por no saber acoger a la mujer y no solo les explica el valor de lo que ella ha hecho, sino que les invita a recordarlo siempre que se anuncie la buena noticia del Reino.

Esta mujer ha sido capaz de ver más allá y entender que Jesús está comenzando a vivir el momento más duro de su misión y que es ahora cuando hay que apostar con él por arriesgar y entregar la vida. Ella lo unge como mesías, lo confirma en su misión de liberación y reconstrucción de un pueblo hundido y extraviado. Ella, sin palabras, lo proclama mesías porque ya está dicho todo, es el momento definitivo, el momento de la gratuidad, la humildad, la bondad como único argumento.

Por eso su gesto ha de ser recordado, porque la buena noticia es la de un Dios que actúa con misericordia y bondad y nadie puede imponerla, ni condicionarla a rituales y normas. La Buena noticia ha de ser proclamada como el gesto de esta mujer, derrochando y si esperar nada a cambio. Así será también la entrega de Jesús.

Este hombre es verdaderamente el hijo de Dios

El centurión romano, ante la cruz de Jesús, hace la confesión clave de todo el evangelio. Al verlo crucificado entiende lo que sus discípulos no habían entendido: que la grandeza de Jesús no estaba en sus acciones portentosas, sino en su capacidad de dar la vida por entregar el amor al mundo sin reservas, sin condiciones. Él, como el siervo de Isaías, no rompe la caña cascada, ni el pábilo vacilante; se ha dejado vencer para mostrar al Dios de los pequeños/as y desvalidos/as, al Dios que rechaza la venganza, que reconcilia, que pacifica. La divinidad de Jesús es reconocida en su mayor postración su grandeza en su mayor debilidad.

En la mirada de un hombre vencido descubre este pagano la acción salvadora de Dios. En la pasión de su mensaje y su actuar descubre la mujer la gratuidad del Abba que derrocha sin límites amor, perdón y bondad.

Carmen Soto

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Domingo de Ramos

domingo, 25 de marzo de 2018
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laurus-nobilis-1Del blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

01. DOMINGO DE RAMOS: ENTRADA HUMILDE EN JERUSALÉN. 

En el Domingo de Ramos evocamos la entrada de Jesús en Jerusalén. Fue una entrada humilde. Jesús no entra como un presidente o un mesías poderoso. No entra en un carro de combate, ni en una limusina, ni en silla gestatoria.

Jesús entra como un Mesías sencillo, débil, sin parafernalia. Las cosas de Jesús van por otros derroteros, el cristianismo van por otro lado: por la humildad, servicio (siervo de los siervos). 

Necesitamos que entren no los poderosos, los tanques, los grandes economistas, el capital, sino el servicio, la entrega, la bondad.

Cuando entremos en el pueblo, en un ambiente, en la familia, en un pensamiento, mejor es que vayamos sencillamente por la vida y no con prepotencia y poder, juzgando a todos y todo e imponiendo nuestras teologías y leyes.

JesuCristo entra también en nuestra vida con la misma sencillez que en Jerusalén. No lo convirtamos en un mesías autoritario y prepotente.

Nuestra entrada en la vida ¿se parece a la de Jesús?

02. ESTA ES NUESTRA TRADITIO.

cruzPara nosotros, -mejor o peor: cristianos-, la Semana Santa es muy valiosa. Y cuanto más sencilla, más valiosa. En ella celebramos cuestiones de hondo calado humano y existencial: la humildad en la vida, la actitud de servicio a los demás (lavatorio de los pies), el pan de vida, acogemos el perdón que desciende de la cruz, miramos con hondura y esperanza la muerte y la Vida (Resurrección).

Es lo que hemos recibido (traditio), lo que se nos ha entregado. Es lo que da sentido a nuestra vida. Lo que celebramos en Semana Santa es de una gran densidad existencial.

Con respeto hacia otras culturas y tradiciones, así mismo con respeto hacia quienes consideran la Semana Santa como unas vacaciones de verano anticipadas, como cristianos disfrutamos en silencio y en nuestro interior aquello que da sentido a nuestra vida.

03. CONFIANZA RADICAL DE JESÚS EN DIOS PADRE.

Jesús es muy consciente de la situación, de su situación. No huye.

El domingo de Ramos termina en el domingo de Pascua. El Éxodo termina en la libertad y en la tierra de promisión, la muerte en la Vida.

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“Confianza absoluta”. 5 Cuaresma – B (Juan 12, 20-33)

domingo, 18 de marzo de 2018
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05_cuar_b-600x399Nuestra vida discurre, por lo general, de manera bastante superficial. Pocas veces nos atrevemos a adentrarnos en nosotros mismos. Nos produce una especie de vértigo asomarnos a nuestra interioridad. ¿Quién es ese ser extraño que descubro dentro de mí, lleno de miedos e interrogantes, hambriento de felicidad y harto de problemas, siempre en búsqueda y siempre insatisfecho?

¿Qué postura adoptar al contemplar en nosotros esa mezcla extraña de nobleza y miseria, de grandeza y pequeñez, de finitud e infinitud? Entendemos el desconcierto de san Agustín, que, cuestionado por la muerte de su mejor amigo, se detiene a reflexionar sobre su vida: «Me he convertido en un gran enigma para mí mismo».

Hay una primera postura posible. Se llama resignación, y consiste en contentarnos con lo que somos. Instalarnos en nuestra pequeña vida de cada día y aceptar nuestra finitud. Naturalmente, para ello hemos de acallar cualquier rumor de trascendencia. Cerrar los ojos a toda señal que nos invite a mirar hacia el infinito. Permanecer sordos a toda llamada proveniente del Misterio.

Hay otra actitud posible ante la encrucijada de la vida. La confianza absoluta. Aceptar en nuestra vida la presencia salvadora del Misterio. Abrirnos a ella desde lo más hondo de nuestro ser. Acoger a Dios como raíz y destino de nuestro ser. Creer en la salvación que se nos ofrece.

Solo desde esa confianza plena en Dios Salvador se entienden esas desconcertantes palabras de Jesús: «Quien vive preocupado por su vida la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella la conservará para la vida eterna». Lo decisivo es abrirnos confiadamente al Misterio de un Dios que es Amor y Bondad insondables. Reconocer y aceptar que somos seres «gravitando en torno a Dios, nuestro Padre. Como decía Paul Tillich, «aceptar ser aceptados por él».

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. Domingo 22 de marzo de 2015. Domingo quinto de Cuaresma

domingo, 18 de marzo de 2018
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23-cuaresma B5 cerezoDe Koinonia:

Jeremías 31,31-34: Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados. 
Salmo responsorial: 50: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. 
Hebreos 5,7-9:  Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna. 
Juan 12,20-33: Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.

En medio de la aflicción que se siente al ver Jerusalén destruida y a los judíos divididos entre los que se quedaron y los que fueron deportados, se oyen las palabras del profeta Jeremías como un canto al perdón y la esperanza. Con razón los expertos llaman a estos capítulos de Jeremías el «libro de la consolación». Dios quiere comenzar de nuevo con su pueblo, proponiendo sellar una «nueva alianza», que genere relaciones nuevas entre Dios y su pueblo. ¿Qué tipo de alianza? Una que ya no esté escrita en tablas sino en el corazón mismo del ser humano. Dios deja claro que no es la simple ley, por sí misma, sino su espíritu, lo que nos acerca a Dios. Cuando se tiene a Dios «en el corazón», la ley se humaniza, se des-absolutiza, se acata desde el corazón, sin legalismos, con sinceridad, y el ser humano entra a formar parte del pueblo de Dios. Con ello, el otro regalo que nos hace Dios es acceder gratuitamente a su conocimiento. No hay que pagar ni matrícula ni mensualidades, no hay que ser mayor o menor, ni de una raza u otra: Dios se revela en la historia de cada pueblo, sin discriminaciones, sin olvidar a ninguno.

La carta a los hebreos destaca las actitudes de Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. El pasaje recuerda la escena del huerto de los Olivos, cuando Jesús ora al Padre ante la posibilidad de ser librado de la muerte. La oración tuvo como efecto el fortalecer a Jesús para llevar a cabo su misión, no ahorrarle la realización de la misión. Los cristianos tenemos mucho que aprender en este sentido, pues, la mayoría de las veces, nuestras palabras más que oraciones o súplicas parecen «órdenes dadas a Dios para que no se haga su voluntad». El texto nos acerca también al sufrimiento que asume Jesús como prueba de su obediencia a los designios del Padre. Oración y sufrimiento de Jesús son signos concretos de esta solidaridad que comparte con toda la Humanidad. Por este acercamiento tan perfecto a la voluntad del Padre es por lo que Jesús se convierte en manifestación de la presencia de Dios entre nosotros, camino y modelo de salvación abierto a todos los hombres y mujeres del mundo.

En el evangelio de Juan vemos a judíos -o convertidos al judaísmo- que vienen a Jerusalén con motivo de la fiesta pascual. En medio de la caravana aparecen algunos griegos que aprovechan para pedir a Felipe: «quisiéramos ver a Jesús». La pregunta no es «¿dónde está?», a lo que probablemente cualquiera les hubiera respondido con una información adecuada, sino una petición que va unida al deseo de la mediación de los discípulos para conocer personalmente a Jesús. Los discípulos son reconocidos por su cercanía al maestro y se convierten en mediadores, testigos y compañeros de camino para quienes quieren ver a Jesús. El hecho de que sean griegos quienes buscan a Jesús tal vez quiera ser un símbolo de universalidad del evangelio, pues «incluso los paganos buscan a Jesús». La ocasión es aprovechada para anunciar que el tiempo de las palabras y los signos está llegando a su fin, pues se acerca la «hora» del «signo» mayor: su pasión y muerte en la cruz.

Jesús acude a una breve parábola. Sólo el grano de trigo que muere da mucho fruto. Esta brevísima parábola presenta una vez más, de otro modo, la lección fundamental del Evangelio entero, el punto máximo del mensaje de Jesús: el amor oblativo, el amor que se da a sí mismo, y que por ese perderse a sí mismo, por ese morir a sí mismo, genera vida.

Estamos ante una de las típicas «paradojas» del evangelio: «perder» la vida por amor es la forma de «ganarla» para la vida eterna (o sea, de cara a los valores definitivos); morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir, entregar la vida es la mejor forma de retenerla, darla es la mejor forma de recibirla… «Paradoja» es una figura literaria que consiste en una «contradicción aparente»: perder-ganar, morir-vivir, entregar-retener, dar-recibir… Parecen dimensiones o realidades contradictorias, pero no lo son en realidad. Llegar a darse cuenta de que no hay tal contradicción, captar la verdad de la paradoja, es descubrir el Evangelio.

Y estamos ante un punto alto de la revelación cristiana. En Jesús, se expresa una vez más el acceso de la Humanidad a la captación esta paradoja. En la «naturaleza», en el mundo animal sobre todo, el principal instinto es el de la auto-conservación. Es cierto que hay mecanismos diríamos «altruistas» controlados hormonalmente para acompañar los momentos de la reproducción y la cría de la descendencia o para la defensa de la colectividad, pero no se trata verdaderamente de «amor», sino de instinto, un instinto puntual excepcional sobre el gran instinto de la auto-conservación, que centra al individuo sobre sí mismo. La naturaleza animal está centrada sobre sí misma. Lo que pueda ser contrario a esta regla no es más que una excepción que la confirma.

El ser humano, por el contrario, se caracteriza por ser capaz de amar, por ser capaz de salir de sí mismo y entregar su vida o entregarse a sí mismo por amor. La humanización u hominización sería ese «descentramiento» de sí mismo, que es centramiento en los demás y en el amor. La parábola que estamos reflexionando expresa un punto alto de esa maduración de la Humanidad; tanto, que puede ser considerada como una expresión sintética de la cima del amor. En el fondo, esta parábola equivale al mandamiento nuevo: «Éste es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros ‘como yo’ les he amado; no hay mayor amor que ‘dar la vida’» (Jn 15,12-13). Las palabras de Jesús tienen ahí también pretensión de síntesis: ahí se encierra todo el mensaje del Evangelio. Y en realidad se encierra ahí todo el mensaje religioso: también las otras religiones han llegado a descubrir el amor, la solidaridad… el «descentramiento» de sí mismo como la esencia de la religión. Jesús es una de esas expresiones máximas de la búsqueda de la Humanidad, y del avance de la presencia de Dios en su seno…

Si las semillas somos nosotros, ¿a qué debemos morir? Esta hora neoliberal que vive el mundo, aunque se haya dado un notable avance en aspectos como la tecnología, la intercomunicación mundial, y hasta un notable desarrollo económico (tremendamente desequilibrado), no podemos dejar de descubrir un cierto «retroceso» en humanización: frente al pensamiento utópico, a las «ideologías» (en el sentido positivo de la palabra) que buscaban la «socialización» humana, la realización máxima posible de la solidaridad entre los humanos y la colectividad, la realización de una sociedad fraterna y reconciliada, tras el fracaso simplemente económico, militar o tecnológico de alguno de los sectores en conflicto, ha acabado por imponerse la vuelta a una economía supuestamente «natural», descontrolada, sin intervención, dejada al azar de los intereses de los grupos, llegándose a proclamar que «la persecución del propio interés sería la mejor manera de contribuir para el bien común» [fisiocracia, Tableau de Quesnay…]. El neoliberalismo, con su programa de «adelgazamiento del Estado», su disminución de los programas sociales y la proclamación de un mercado supuestamente «libre», ha vuelto a hacer de la sociedad humana una «ley de la selva», donde cada uno busca su propio interés, incluso creyendo, paradójicamente, que con ese interés propio es como mejor colabora al bien común…. Es una ideología enteramente contraria al Evangelio, y contraria al mensaje de todas las religiones. Es por eso que podemos considerarla como la proclamación de una nueva religión, la del egoísmo insolidario. Afortunadamente hay cada vez más señales de que este eclipse de la solidaridad y este retroceso de la hominización trasparenta cada vez más su verdadera naturaleza, y la inconformidad surge por doquier. «Otro mundo es posible», a pesar del esfuerzo de la propaganda neoliberal por convencernos de que «no hay alternativa» y de que estamos en el «final (insuperable) de la historia»… Si, con el evangelio, creemos que «no hay mayor amor que dar la vida», que la ley suprema es «morir como el grano de trigo: para dar vida» (evangelio de este domingo), deberíamos comprometernos en hacer que la sociedad se concientice sobre la necesidad de superar políticas económicas tan «naturales» y tan poco «sobrenaturales» como la actual política neoliberal.

Post-data crítica sobre el evangelio de Juan

El evangelio de ese domingo y de estas semanas es el de Juan. Un evangelio bien diferente de los sinópticos. El último que se escribió. Un evangelio que refleja una reflexión y una elaboración teológica muy sofisticada, de difícil comprensión, con frecuencia: el evangelio de la comunidad de Juan. Leer más…

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18. 3.18. Si el grano de trigo no muere. Una teología de la Cruz

domingo, 18 de marzo de 2018
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24027178Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 5 cuaresma Jn 12, 20-33. Si el grano de trigo no muere, es decir, si el hombre no regala su vida, no la convierte en don para los otros, termina perdiéndose a sí mismo. Este es el mensaje radical de este quinto domingo de Cuaresma: Morir de vida, no de muerte, morir haciendo que otros vivan, es decir, en efusión de amor.

Si el grano de trigo no muere… Se trata de saber morir, morir dando vida, en un plano individual, familiar, eclesial y social. Esa es la Cruz Cristiana.

Teresa de Jesús y Juan de la Cruz han dicho las cosas más hondas sobre el tema: Sólo quien muere dando vida (como el gusanito de seda, como el grano de trigo…) podrá vivir dando vida a los demás. Esa es la verdadera Cruz, que judíos como el pintor Chagall nos han enseñado a descubrir, una cruz que indica la dureza de la vida, el odio y la persecución… y el inmenso amor de Dios que se revela a través de ella.

El grano de trigo muere por muerte natural, dentro del ciclo de la vida… Los hombres, en cambio, muriendo por ley de vida como el trigo y como los vivientes (dejando con su muerte un espacio de vida para los que siguen), pueden morir también por amor (por entrega de vida), en medio de un mundo de maldad que les persigue (precisamente a favor de aquellos mismos que les persiguen).

29027473_947537888756737_7521650727251539058_nPero éste no es un tema puramente individual, sino de Iglesia, que no es un edificio que se alza, se extiende, se impone por su grandeza sobre el mundo,sino un espacio de cruz (incluso arquitectónicamente, con sus dos variantes: Cruz griega y cruz latina).

Un amigo me decía, con algo de humor, que hay dos evangelios:

Un evangelio para los “santos” a los que se aplica esto del “grano de trigo…”, es decir, la doctrina que enseñó Jesús a Pedro: Quien quiera seguirme, tome su (mi) cruz…

Y otro Evangelio para la Institución Eclesial que, a pesar de lo que dije Jesús a Pedro, sigue empeñándose en triunfar…

29136007_947538485423344_1549798125983256379_nPero, en contra de eso, no se trata de enseñar a morir bien a otros, sino de morir nosotros demos vida, regalando lo que somos, de un modo generoso… pues aquello que no se da se pierde, aquello que no se regala se pudre…

Esto sucede incluso con el dinero. No se trata de guardar con avaricia mil euros o millones… Se trata de aprender a dar, a compartir… En otras palabras, si no sabemos vivir dando vida nos destruimos. Sólo el que pierde la vida la gana.
La reflexión que sigue está tomada de un trabajo que escribí hace el año 1980 para la revista Communio, que por entonces era de Comunión y Liberación. Buen día a todos.
Imágenes. Una cruz hispana… Dos cruces «judías» de Chagall.

Si el grano de trigo no muere, el signo de la Cruz

Texto Jn 12, 20 ss

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo se pierde,
y el que se aborrece a sí mismo en este mundo
se guardará para la vida eterna.

Y cuando yo sea elevado sobre la tierra
atraeré a todos hacia mí.»
Esto lo decía dando a entender
la muerte de que iba a morir.

La Esfera y la Cruz

En las reflexiones que siguen inteno fijar los elementos fundamentales del signo cristiano de la cruz. Frente a la esfera de la razón que se absolutiza clausurándose en sí misma, la cruz remite al hombre dislocadamente y creadoramente abierto, al hombre que es capaz de dar la vida por los demás.

Recordemos las palabras que Chesterton ha puesto en boca de Satán:

«La esfera es razonable, la cruz irrazonable;
la esfera es necesaria, la cruz arbitraria.
Sobre todo, la esfera constituye unidad en sí misma;
la cruz está primordialmente y sobre todas las cosas en discordia consigo misma»

(La esfera y la cruz, cap. I).

Frente a la lógica cerrrada, la necesidad interna y la plenitud autoclausurada de la esfera, perpetuamente idéntica, nosotros, los cristianos, elevamos la señal abierta y aparentemente contradictoria (creadora) de la cruz. Su irrazonable arbitrariedad se nos transforma en lugar de razón superior, su discordia es principio de reconciliación redentora.

La cruz se ha convertido dentro de la historia de los hombres en el signo de la confrontación e interrogación universal (cfr. 1 Cor. 1, 18 ss.). Frente a ella chocan y en relación con ella cobran su sentido los grandes símbolos religiosos de la humanidad, estrella y luna, fuego y agua, lo mismo que los nuevos emblemas de la ciencia, la revolución o el progreso: esfera y llana, hoz y martillo.

En las reflexiones que siguen, al lado de ese nivel de confrontación más universal y más lejano de las religiones y culturas, queremos desarrollar nuestro pensamiento en relación directa con la «theologia crucis» de la tradición protestante, reflejada en la actualidad por hombres como J. Moltmann (El Dios crucificado) y E. Jüngel (Gott als Geheimnis der Welt, Dios como misterio del mundo).

Debido al tono y finalidad del trabajo, este segundo nivel de confrontación se moverá en el plano de los planteamientos generales. Por eso, no entraré en polémica, no ofreceré comparaciones concretas, no analizaré proposiciones de otros pensadores. Baste con indicar que el hilo de mi reflexión está inspirado en las obras referidas y que, por encima de ellas, pretendo fijar con radicalidad el carácter divino (es decir, humano) del signo de la cruz.

Este último objetivo me sitúa en línea de confrontación interna dentro de la misma tradición católica.

¿Puede hablarse de cruz en términos intradivinos?

¿Quién se atreverá a afirmar que el amor del Padre al Hijo y viceversa puede hallarse enmarcado por los signos de la sangre y de la cruz? Intentaremos responder afirmativamente.

De esta forma, este pequeño trabajo acabará siendo lugar de confrontación intra-católica. Todo eso lo hacemos de manera muy velada, sin imponer criterios, sin marcar soluciones. Simplemente quisiéramos ofrecer una posibilidad de comprensión y de vivencia ampliada de) signo de la cruz, allá donde se juntan los caminos del Dios que se autorrealiza y del hombre que se hace.

1. Cruz e historia de Jesús.

La cruz de los cristianos pertenece al campo de los símbolos primordiales que enmarcan el misterio de la vida, ofreciendo incentivos para amar y sufrir, pensar y esperar. Por eso, su sentido no se muestra con razones, se descubre con la vida; su verdad no se estructura en pensamientos, se traduce en un proceso experiencial que transfigura desde dentro la existencia.

Debemos encuadrar la cruz sobre el campo de los grandes signos religiosos de la humanidad, como la estrella de Israel o la media luna del Islam. Para Israel, la estrella de Jacob-David (cfr. Núm. 24,17) enciende la esperanza de la nueva tierra, simboliza la utopía del hombre que concibe su verdad como camino, anuncia la llegada del culmen de la historia. La media luna de los musulmanes significa de manera inmejorable la vivencia de la condición humana como ritmo fatal de vida y muerte, expresión de un destino necesario. Leer más…

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Angustia y oración. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo B

domingo, 18 de marzo de 2018
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si el grano de trigo muere germina y da frutoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La primera lectura, de tono profundamente optimista, anuncia una nueva alianza entre Dios y el pueblo. Todo tendrá lugar de forma fácil, casi milagrosa, sin especial esfuerzo para Dios ni para nosotros. En cambio, las dos lecturas siguientes ofrecen una imagen muy distinta: la nueva alianza entre Dios y el pueblo implicará un duro sacrificio para Jesús. Un sacrificio que le sumerge en la angustia y le mueve a rezar al Padre. Esta trágica experiencia se recuerda hoy en dos versiones distintas: la de Juan, y la de la Carta a los Hebreos, que recoge el famoso relato de la oración del huerto de los olivos contado por los evangelios sinópticos.

Oración en el templo (evangelio)

El cuarto evangelio enfoca el relato de la pasión de manera peculiar, bastante distinta a la de los sinópticos: no acentúa el sufrimiento de Jesús sino el señorío y la autoridad que demuestra en todo momento. Por eso no cuenta la oración del huerto. Pero unos días antes sitúa una experiencia muy parecida de Jesús en la explanada del templo de Jerusalén.

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

-Señor, quisiéramos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó:

-Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hambre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo:

-Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

-Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

El evangelio comienza y termina en tono de victoria. El triunfo inicial se concreta en el deseo de algunos de conocer a Jesús (es secundario que se trate de “gentiles”, paganos, como dice la traducción litúrgica, o de “judíos de lengua griega” residentes en otros países que han venido a celebrar la fiesta de Pascua). Y ese triunfo, reflejado en el interés de unos pocos, alcanza dimensiones universales al final: “atraeré a todos hacia mí”.

                  Pero este marco de triunfo encuadra una escena trágica: Jesús es consciente de que para triunfar tiene que morir, como el grano de trigo, tiene que ser “elevado sobre la tierra”, crucificado. Ante esta perspectiva confiesa: “me siento agitado”, angustiado. E intenta superar ese estado de ánimo con la reflexión y la oración. Ante todo, procura convencerse a sí mismo de la necesidad de su muerte: igual que el grano de trigo tiene que pudrirse en tierra para producir fruto. Sin embargo, los argumentos racionales no sirven de mucho cuando uno se siente angustiado. Viene entonces el deseo de pedirle a Dios: “Padre, líbrame de esta hora”. Pero se niega a ello, recordando que ha venido precisamente para eso, para morir. En vez de pedir al Padre que lo salve le pide algo muy distinto: “Padre, glorifica tu nombre”. Lo importante no es conservar la vida sino la gloria de Dios.

Oración en el huerto (Carta a los Hebreos)

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

oracion-del-huerto-2El relato de los evangelios sinópticos es muy conocido: Jesús marcha al huerto de los olivos la noche en que será apresado. Sabe que va a morir, siente profunda angustia, y por tres veces reza al Padre pidiéndole que, si es posible, le evite ese trago amargo. La Carta a los Hebreos no se detiene a contar lo ocurrido. Pero recuerda lo trágico del momento cuando afirma que Jesús rezó “a gritos y con lágrimas”, cosa que no menciona ninguno de los evangelios. Y lo que pedía (“pase de mí este cáliz”) lo sugiere al decir que suplicaba “al que podía salvarlo de la muerte”.

Sin embargo, el final de la lectura es optimista: Jesús salva eternamente a quienes le obedecen. En medio de este contraste entre tragedia y triunfo, unas palabras desconcertantes: “en su angustia fue escuchado”. Quizá el autor piensa en el relato de Lucas, que habla de un ángel que viene a consolar a Jesús. Pero quien conoce el evangelio advierte la ironía o el misterio que esconden estas palabras: Jesús es escuchado, pero muere.

El templo y el huerto

Es evidente la relación entre las dos lecturas. En ambos casos Jesús se siente agitado (Juan) o angustiado (Hebreos). En ambos casos recurre a la oración. En ambas lecturas, la palabra final no es la muerte, sino la victoria de Jesús y, con él, la de todos nosotros. Pero, dentro de estas semejanzas, hay una gran diferencia con respecto a la oración de Jesús: en el evangelio, se niega a pedir al Padre que lo salve, sólo quiere la gloria de Dios, por mucho que le cueste; en la Carta, Jesús suplica “a gritos y con lágrimas” para ser salvado de la muerte.

                  La ciencia bíblica actual tiende a considerar estos relatos dos versiones distintas de la misma experiencia de Jesús. Pero durante años y siglos estuvo de moda la tendencia a armonizar los datos del evangelio. En esta postura, los relatos ofrecen dos momentos sucesivos de su experiencia humana y religiosa.

                  En un primer momento, ante la angustia de la muerte, se refugia en la reflexión racional (he venido para morir como el grano de trigo) y se niega a pedirle al Padre que lo salve. Al cabo de pocos días, cuando la pasión y muerte no son una posibilidad sino una certeza, reza con gritos y lágrimas, sudando sangre (como añade Lucas): “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”. Una reacción más humana, pero perfectamente compatible con lo que cuenta Juan.

A las puertas de la Semana Santa, la experiencia y la reacción de Jesús son un ejemplo excelente que nos anima en nuestros momentos de angustia y desánimo, y nos mueve a agradecerle su entrega hasta la muerte.

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