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Nada se pierde.

domingo, 15 de septiembre de 2019
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HIJO-PRODIGODomingo XXIV del Tiempo Ordinario

15 septiembre 2019

Lc 15, 1-10

Parece claro que “publicanos y pecadores” se sentían a gusto con Jesús y su enseñanza. Al contrario de la gente biempensante –religiosos y teólogos oficiales del judaísmo– que le recriminaba justamente aquella cercanía.

Desde cualquier tipo de creencia es fácil dividir a las personas en “buenas” y “malas”, así como dar por “perdidas” a aquellas que se desvían de los propios parámetros. De ese modo, el ego se robustece en la confrontación, el juicio y la descalificación de lo diferente.

Sin embargo, la realidad es que nada valioso se pierde. Las formas nacen y mueren, sanan y enferman: todo ello pertenece a su naturaleza impermanente. Pero lo que somos se halla siempre a salvo, no puede perderse. Por eso, la actitud de quien sabe ver es el gozo, la alegría profunda.

Eso se nos escapa cuando nos perdemos en los objetos de la experiencia, al identificarnos con las formas. Entramos así en un estado de hipnosis donde absolutizamos lo impermanente e ignoramos lo realmente real.

Me viene la imagen de la película y la pantalla. Al entrar en el cine, podemos quedar tan fascinados, incluso hipnotizados, por el desarrollo de la película que ni siquiera percibimos la pantalla en la que se está proyectando. Sin embargo, toda la película ocurre dentro del marco de la pantalla, pero habitualmente esta pasa desapercibida, porque las acciones que se desarrollan captan toda nuestra atención. La pantalla parece convertirse en las imágenes, pero no es así. Lo mismo ocurre con lo que somos: debido al pensamiento, todo parece reducirse a lo que pensamos o sentimos, pero no es así; se trata solo de un efecto hipnótico.

Toda la película solo puede acontecer dentro de la pantalla. De modo similar, no hay –ni puede haber– nada que ocurra “fuera” de la consciencia, como “fondo”, soporte y núcleo último de todo lo que aparece. Pero, dado que la mente solo puede captar objetos –sean físicos, mentales o emocionales…-, la realidad de la consciencia queda oculta a su percepción. Y de ahí no es difícil dar el paso para afirmar que no existe. Sin embargo, al igual que sin la pantalla no podría verse la película, sin la consciencia no se darían las formas en que se expresa. Todo cambia porque hay Algo que no cambia.

Las formas cambian constantemente, pero lo que somos siempre es lo mismo, inafectado, y está ahí, sea lo que sea lo que pensemos y lo que ocurra. Lo que somos es siempre presente y siempre consciente. Incluso aunque no la veamos, la pantalla siempre sigue ahí; antes o después, la película termina, pero la pantalla queda.

Desde ahí brota la aceptación profunda, en la certeza de que nada se pierde. Por eso es sabia la invitación del poeta Christian Bobin: “Os invito a ser como la tierra desnuda, olvidada de sí misma acogiendo igualmente la lluvia que la golpea y el sol que la reseca”.

¿Mi atención está puesta en la “pantalla” o me pierdo en las “imágenes” que aparecen en ella?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Cuando todo está perdido, comienza el cristianismo

domingo, 15 de septiembre de 2019
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hijo-prodigo-DESTAQUEDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Algunas notas previas.
  2. Estas tres parábolas constituyen el evangelio del Evangelio, el núcleo central del mensaje de Jesús, del cristianismo.

Es un evangelio, es la buena noticia, dicha de tres modos distintos. Son las tres parábolas de la misericordia.

  1. Estas tres parábolas están tejidas de infinidad de aspectos, actitudes y todos muy valiosos. Las hemos meditado y podemos volver sobre estas parábolas mil veces en nuestra vida.

         Fijémonos hoy en el eje o esquema sobre el que están construidas las tres parábolas:

  • o Alguien se pierde en la vida.
  • o Un Dios que sufre hasta que encuentra lo perdido.
  • o La fiesta, la alegría que causa el encuentro.
  1. cuando nos hemos perdido

En la parábola del hijo pródigo: un padre tenía dos hijos. Dos fueron Caín y Abel: es decir, toda la descendencia de la humanidad.

         Nosotros podemos ser (¿somos?) la oveja que ha marchado del redil del pueblo, de la familia, de “nosotros mismos”. Podemos ser ese dracma que se ha desgajado de la iglesia, de la vida eclesial o de la familia, o que hacemos nuestra vida por libre en la comunidad. Tal vez somos seres humanos alejados de la humanidad, de la convivencia.

         Quién sabe si estamos perdidos en la vida: nuestra psicología se halla descolocada, podemos andar descentrados afectivamente, quizás no sabemos dónde pisamos ideológicamente, sin un “redil cristiano” o religioso habitable, tal vez vivimos a descampado sin poder asumir nuestras limitaciones, nuestras situaciones familiares. Quizás hemos perdido la ilusión y la esperanza; tal vez estamos perdiendo la salud, las facultades

  1. Cuando y donde todo está perdido, está Dios.

         Hay situaciones en la vida en las que “tocamos fondo” y no podemos salir: física, moral, psíquicamente nos podemos ver hundidos. En esa profundidad está Dios. Y Dios nos conoce en esos bajos fondos.

Señor, tú me sondeas y me conoces; me conoces cuando me siento o me levanto,

de lejos penetras mis pensamientos; distingues mi camino y mi descanso,

todas mis sendas te son familiares. (Salmo 138)

Cuando todo está perdido, allí está Dios con nosotros. Y lo decisivo es que Dios esté con nosotros. Otras cuestiones eclesiásticas: litúrgicas, dogmáticas, etc., son de menor importancia.

El Dios de Jesús no se queda tan tranquilo ante nuestros hundimientos. Desciende hasta los infiernos para encontrarnos y rescatarnos. Esto es lo que significa que Jesús descendió a los infiernos, es decir: hasta las profundidades de la condición humana.

La actitud más genuina del Dios de Jesús es salir a buscar lo que estaba perdido.

No estamos muy acostumbrados a estas cosas en el catolicismo. Las actitudes han sido y son otras: de condenas eclesiásticas, castigos, excomuniones, descalificaciones, heterodoxias, etc.

Pero si queremos saber qué es el cristianismo, el cristianismo es la parábola del Padre y del hijo pródigo (y el hermano mayor. Es un relato intenso, emotivo, que lo podemos leer y vivir desde las diversas situaciones en las que nos podemos encontrar en la vida.

Humanamente cuanto más íntimo es algo que se pierde o que perdemos, mayor es el sufrimiento. Cuando nos perdemos, sufrimos nosotros, sufren quienes conviven con nosotros; y sufre Dios. Por eso Dios sale disparado al encuentro de la oveja, del dracma, de su hijo (s) perdidoso (s). La actitud cristiana es salir al encuentro, buscar, acoger al que está sufriendo, al que está perdido.

  • o La parábola la “preside” el padre, y no la preside con grandes símbolos y signos eclesiásticos o litúrgicos, autoritarios, sino con bondad, amor y compasión. La parábola es un canto al amor de Dios hacia sus hijos perdidos. El amor del padre se dirige hacia el único hijo perdido, el hijo mayor está en casa (planteará otros problemas). El Padre prefiere perderse él a perder un hijo. La presidencia en el cristianismo está en el amor, no en el báculo ni en la mitra. A Dios no le cuesta ningún trabajo ser bondadoso ni perdonar.
  • o El buen pastor busca la oveja perdida, las otras 99 están en el redil. Prefiere arriesgar su vida para encontrar lo que estaba perdido.
  • o Aquella mujer busca el dracma perdido fuera de la comunidad, los otros nueve está en comunidad.

         El sufrimiento del Padre por un hijo perdido expresa el valor y amor que siente por cada ser humano siente por cada uno. Un solo ser humano tiene un valor infinito para Dios.

         Y, sobre todo, en lo más profundo de nuestro interior, cuando nos podemos sentir “lejos de casa”, perdidos, quizás “medio muertos”, precisamente en esas situaciones, Dios está en nuestra profundidad.

  1. la memoria de los dos hijos respecto del Padre.

Los dos hijos guardan una memoria muy distinta del Padre.

el hijo perdido.

El hijo perdido / muerto (¿y quién no somos hijos pródigos y en situaciones de muerte?) recuerda a su padre como padre, aún en las situaciones más bajas y sombrías de su vida. En su memoria hay nostalgia de Padre:

¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre!…Padre, no merezco llamarme hijo tuyo…

El hijo perdido tiene el recuerdo de su buen padre. Siente pena en su interior.

El hijo pródigo comienza a preparar el examen de conciencia y va haciendo la lista de pecados: iré y le diré… Pero el Padre “no hace ni caso, le “tapa la boca”: se conmueve, le abraza y le devuelve a la vida: abrazos, túnica, sandalias, anillo, fiesta, ternero cebado, música…

La memoria del Padre es sanante, liberadora, este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida.

También nosotros podemos llegar a situaciones de muerte, a abismos profundos y no solamente por el pecado, sino también por los fanatismos que podemos ejercer o soportar, por la depresión, por las noches oscuras del alma, abatimientos, decepciones, por situaciones de odio, venganzas

La memoria -el recuerdo- del Padre abre horizontes, sana, devuelve a la vida..

La última palabra del Dios de Jesús (del cristianismo) es la bondad, la gracia. La realidad última y definitiva cristiana es la casa el Padre: la vida, la fiesta.

El hijo mayor.

El personaje trágico de esta parábola es el hijo mayor

Nunca llama padre a su padre.

Nunca llama hermano a su hermano: ese hijo tuyo…

No es el Padre, sino el hijo mayor quien condena a su hermano menor. (El Dios de Jesús no enjuicia a los “hijos perdidos”). . La mirada que el hermano mayor dirige a su hermano pequeño es la de Caín a Abel, es la mirada de los hermanos mayores a su hermano pequeño, José, (que le venden).

         El hijo mayor se siente un asalariado de su padre al que éste, le debe pagar.

La memoria y recuerdo del hijo mayor es una memoria legalista y cumplidora, justiciera, super-religiosa, etc., pero no cristiana

El hijo mayor no quiere entrar en la fiesta de la bondad y de la vida.

  1. alegría y celebración del encuentro.

         Las tres parábolas, (el único evangelio) expresan alegría por encontrar lo que estaba perdido: ¡felicitadme! porque he encontrado la oveja perdida, el miembro de la comunidad, de la familia, de los amigos (dracma) perdido. Y por eso hay que celebrar una fiesta. El encuentro, todo encuentro entre personas es siempre motivo de paz, de serenidad, de alegría. Cuando un matrimonio se reencuentra, cuando un hijo vuelve a casa es motivo de gran alegría…

Cuanto más profundo e íntimo es aquello que hemos perdido y que encontramos, mayor es la alegría. Había que celebrar una fiesta.

  1. ¿Y entre nosotros?

         Nos hace falta recordar, memoria, la bondad de Dios.

La misericordia y bondad crea memoria sanante, cicatriza viejas heridas.

  • o La memoria de los obispos, cardenales, curas y laicos contrarios y polémicos con el papa Francisco han perdido el norte de la bondad, de la misericordia, de los débiles, de los que sufren por un divorcio, etc.
  • o En nuestra propia diócesis no se ven gestos y pasos de bondad. Se ven decretos, ventas inmobiliarias, adoración al santísimo, viajes. Se aprecia la mentalidad del hijo mayor, pero hemos perdido la memoria del Padre, de la bondad, de la misericordia. Una diócesis en las que las relaciones las presidiera el Padre de la parábola, sería una iglesia muy distinta de la que conocemos. (No es lo mismo tener -o pretender tener- la razón a tener bondad en la vida). No sigamos cultivando una religión leguleya y farisaica.
  • o También en el ámbito político de nuestro pueblo: propiciar regresos y encuentros es muy humano y cristiano. Noble tarea sanar nuestra propia memoria histórica
  1. Jesús comía con publicanos y pecadores. Eucaristía.

Cuando nos perdemos en la vida, Dios no echa mano de la ley, de la condena, sino que sale siempre a nuestro encuentro. Estemos donde estemos y como estemos. En la familia de Dios, en la comunidad eclesial de Jesús no existen apartheid, ni tan siquiera de tipo moral. En la iglesia de Jesús no se margina a nadie: Jesús comía con pecadores. La Iglesia de Jesús no es una comunidad de élite, de puritanos, de ultra-ortodoxos, sino una asamblea de gente perdida: pobres hombres y mujeres, separados y divorciados, impuros, pobres, de gente que amaos la verdad y no la tenemos, etc.

¡Cuando estamos perdidos es cuando más necesitados estamos del amor de Dios! Y Él no nos niega nunca su cercanía.

¿Va a resultar que lo eclesiástico dificulte o impida los acercamientos de Dios a quienes andamos perdidos en la vida?

Celebremos la Eucaristía, celebremos la vida porque estábamos perdidos y Dios nos ha encontrado y llevado a su casa.

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“No de cualquier manera”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 8 de septiembre de 2019
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072D80F3-164B-4A90-83F4-02044769141AJesús va camino de Jerusalén. El evangelista nos dice que «le seguía mucha gente». Sin embargo, Jesús no se hace ilusiones. No se deja engañar por entusiasmos fáciles de las gentes. A algunos les preocupa hoy cómo va descendiendo el número de los cristianos. A Jesús le interesaba más la calidad de sus seguidores que su número.

De pronto se vuelve y comienza a hablar a aquella muchedumbre de las exigencias concretas que encierra el acompañarlo de manera lúcida y responsable. No quiere que la gente lo siga de cualquier manera. Ser discípulo de Jesús es una decisión que ha de marcar la vida entera de la persona.

Jesús les habla, en primer lugar, de la familia. Aquellas gentes tienen su propia familia: padres y madres, mujeres e hijos, hermanos y hermanas. Son sus seres más queridos y entrañables. Pero, si no dejan a un lado los intereses familiares para colaborar con él en promover una familia humana, no basada en lazos de sangre sino construida desde la justicia y la solidaridad fraterna, no podrán ser sus discípulos.

Jesús no está pensando en deshacer los hogares eliminando el cariño y la convivencia familiar. Pero, si alguien pone por encima de todo el honor de su familia, el patrimonio, la herencia o el bienestar familiar, no podrá ser su discípulo ni trabajar con él en el proyecto de un mundo más humano.

Más aún. Si alguien solo piensa en sí mismo y en sus cosas, si vive solo para disfrutar de su bienestar, si se preocupa únicamente de sus intereses, que no se engañe, no puede ser discípulo de Jesús. Le falta libertad interior, coherencia y responsabilidad para tomarlo en serio.

Jesús sigue hablando con crudeza: «El que no carga con su cruz y viene detrás de mí, no puede ser mi discípulo». Si uno vive evitando problemas y conflictos, si no sabe asumir riesgos y penalidades, si no está dispuesto a soportar sufrimientos por el reino de Dios y su justicia, no puede ser discípulo de Jesús.

Sorprende la libertad del papa Francisco para denunciar estilos de cristianos que tienen poco que ver con los discípulos de Jesús: «cristianos de buenos modales, pero malas costumbres», «creyentes de museo», «hipócritas de la casuística», «cristianos incapaces de vivir contra corriente», cristianos «corruptos» que solo piensan en sí mismos, «cristianos educados» que no anuncian el evangelio…

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 8 de septiembre de 2019. 23º Ordinario

domingo, 8 de septiembre de 2019
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48-ordinarioC23 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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Dom 8. 9. 19. Renunciar para compartir.

domingo, 8 de septiembre de 2019
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e41b536895224f2c8f0878d7bb81382aDel blog de Xabier Pikaza:

El «ajedrez» de Jesús

Contra un mundo que quiere construir torres y ganar guerras

Domingo 23. Tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 14, 25-33.El evangelio de Lucas sigue tratando del dinero y de la vida compartida: Renunciar a todo para tenerlo y compartirlo todo.

 El mundo está hecho de hombres y mujeres que quieren hacer torres para defenderse y rechazar a los enemigos, de reyes que quieren ganar guerras, para alejar a los contrarios y disfrutar a solas sus bienes. Esa es la técnica del ajedrez, que viene del antiguo oriente, con alfiles/soldados, caballos y torres, con un rey (con la reina que es el reino)

Jesús plantea un  ajedrez distinto.  No necesita alfiles, caballos ni torres para luchar y  defenderse, no tiene que ganar guerras para domar a los demás y dominar sobre la tierra (matar a la Reina). Quiere que los hombres y mujeres sean y vivan en gratuidad de amor. Seguirle a él es renunciar a todo, para  tenerlo todo, en comunión de vida. Un ajedrez totalmente distinto, el ajedrez del Reino.

asurbanipal

            El texto no necesita muchas aclaraciones Principio y final se corresponden (dos renunciar). En medio quedan los ejemplos de contraste (una torre un rey). Al fondo, una experiencia más alta: el Reino.  Así lo mostraré en dos tiempos: Con una lectura inicial… y después con una explicación más general:

Lucas 14, 25-33

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.»

LECTURA INICIAL  TEXTO ENTERO

Principio. Dejar todo, todo, todo

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

            Así solía decir Juan de la Cruz: nada, nada, nada… Nada de familia, nada de uno mismo, en pura cruz. Nada de nada, para poder tenerlo luego todo, pero de otra forma: en gratuidad compartida, en libertad gozosa. Nada de nada, para poder disfrutarlo todo (padre y madre, mujer e hijos…), para disfrutar de sí mismo (¡negarse a sí mismo, para así poder gozarse!). Éste es el camino. Vivimos sobre una tierra donde queremos gozar teniendo, poseyendo, con una familia “exclusiva”, hecha de egoísmo, con un deseo que nos cierra en nosotros mismos… Sólo una cruz que rompe ese “cierre” egoísta puede abrirnos al todo.

Primer contraste, la torre

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

          1565667633_016457_1565667818_miniatura_normal  Somos constructores de torres, desde el gran relato de Babel (cf. Gen 10). Cada uno hace su torres, todos juntos queremos hacer la gran torre de la cultura mundial capitalista, que se cuente y mide con dinero. Pero ¿tenemos dinero suficiente para hacer una torre donde resguardarnos para siempre? ¿Nos podemos salvar por lo que hacemos? La vieja tierra está llena de ruinas de torres caídas. Entre ellas caminamos, sin darnos cuenta de que caerá pronto la nuestra.

Segundo contraste, el rey que va a la guerra

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Aquí no se habla sólo de reyes lejanos, emperadores, monarcas, presidentes de grandes naciones o multinacionales, siempre en guerra. Aquí se habla de nosotros: queremos ganar a los demás, cada uno nuestra guerra y después la guerra de nuestros grupo (los blancos, colorados, mikeletes o marines…). Todos queremos hacer la guerra pensando que así podremos mantenernos.

Final. Renunciar a todo

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Ésta es la torre de Jesús, ésta su guerra: no necesita nada más que el amor de la gente, el amor y la vida de aquello que saben renunciar a todo… Sólo así, cuando no se apegan a nada, cuando no quieren nada para sí mismos pueden tenerlo todo… buscando el Reino, que es don y regalo, que es gracia…

            Jesús no pone ninguna condición (saber latín, hacer teología…), no quiere gente que tenga carreras ilustres (para hacer torres, para ganar guerras…). Quiere gente que sea capaz de renunciar, de de-construir torres, de de-sertar de guerras… Gente que renuncie a todo en amor, para tener todo, de forma distinta, en amor de Reino.

SEGUNDA PARTE (Lc 14,28‒33). AJEDREZ DE JESÚS

  Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22):

 ¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz. Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33)[1].

 La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión. El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los anteriores (más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino). Leer más…

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 8 de septiembre de 2019
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seguidoresdejesusDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quede completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún que ésta. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico es pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

La multitud y los discípulos

            Para entender el evangelio de hoy es importante distinguir entre estos dos grupos. El evangelio de Lucas habla a menudo de la multitud de gente que acude a escuchar a Jesús (5,1.19) y a ser curados (5,15); vienen de todas partes (6,17), lo acompaña a Naín (7,11), lo siguen al zonas descampadas (9,14), lo siguen a miles (12,1). A estas personas les interesa lo que Jesús dice y hace, se benefician de su enseñanza y sus milagros. Pero nada más.

            Existe otro grupo mucho más reducido, el de los discípulos. El término se aplica generalmente a los Doce; pero otras veces se habla de un gran número de discípulos (6,17; 19,37), y de este grupo más amplio escoge a setenta y dos para enviarlos de misión (10,1).

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús sin ser discípulos suyos: En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús. Es posible que por la mente de alguno de ellos pase la idea de entrar a formar parte del grupo de los discípulos. Jesús, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

            Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

            Dijo a sus padres: No os hago caso;

            a sus hermanos: No os reconozco;

            a sus hijos: No os conozco.

            Cumplieron tus mandatos

            y guardaron tu alianza (Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento.

            ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

            Por consiguiente, antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo. Evidentemente, Jesús no se parecía en nada a esos directores espirituales que animaban a los y las jóvenes a entrar en el seminario o el noviciado sin pensarlo seriamente.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al joven rico (aunque Lucas lo presenta como un jefe): Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme.      Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                        957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                        58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

                        59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                        60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

                        61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                        62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente sí tuvieran que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, y en la que los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús supuso en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, e incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, un padre de la Iglesia que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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XXIII Domingo Ordinario. 8 septiembre, 2016

domingo, 8 de septiembre de 2019
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“Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:…”

(Lc 14, 25-33)

Renunciar, no está de moda, ni mucho menos. Es una palabra que no resuena bien en nuestro interior y por tanto no la utilizamos en nuestras conversaciones. Parece que el hecho de renunciar a algo es similar a perder la libertad, esa que te permite hacer lo que quieres, sientes o piensas. Sin embargo cada día hacemos renuncias, aunque no pongamos atención en ellas o no las consideremos importantes. De hecho, por aquello de que todo el mundo lo hace, nos conformamos con seguir inercias que nos vacían o nos hieren profundamente. Lo diferente asusta, llama la atención, crea crítica y provoca nerviosismo….

Pero Jesús nos habla de renuncia en el Evangelio. No lo dice de pasada, se detiene, se vuelve a quienes le siguen, hacia quienes le queremos seguir, y, con claridad, explica lo que significa el seguimiento. Habla a mucha gente y no se deja seducir por los números, no pone “paños calientes” a la multitud. Invita a cambiar sus esquemas y a tomar una decisión, a re-enunciar, o re-elaborar, o re-pensar las relaciones, la  propia vida, las posesiones… para poder ser discípulo o discípula en verdad y autenticidad.

Llama la atención cómo este texto tan incisivo llega hasta nuestros días, a nuestra cultura, fresco como una lechuga; lo entendemos perfectamente, no hacen falta interpretaciones. Lo que sí hace falta es tomar esa decisión que te hace doblar la espalda para tomar la propia miseria, y con ella, ponerse en camino.

El primer paso es desearlo:

¿Quieres ser discípula de Jesús? ¿Reorientar tu vida, tus afectos, tus bienes tu todo hacia su Todo?

Oración

Para este camino una oración de la Madre Teresa de Calcuta:

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor a ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada…

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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No podemos caminar en dos direcciones opuestas.

domingo, 8 de septiembre de 2019
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Lc 14,25-33

Sigue en camino hacia Jerusalén y Jesús advierte a la multitud, que le seguía alegremente, de las dificultades que entraña un auténtico seguimiento. Les hace reflexionar sobre la sinceridad de su postura. Solo en el contexto del seguimiento de Jesús, podemos entender las exigencias que nos propone. Hace unos domingos, Jesús decía al joven rico: Si quieres llegar hasta el final… Hoy nos dice: si no piensas llegar hasta el final, es mejor que no emprendas el camino. Si no eres capaz de concluir la obra, has fracasado. Si decides caminar con él, deja de caminar en otra dirección.

Una de las interpretaciones equivocadas de este radicalismo, es entender el mensaje como dirigido a unos cuantos privilegiados, que serían cristianos de primera. Jesús no se dirige a unos pocos, sino a la multitud que le seguía. Pero lo hace personalmente. “Si uno quiere…” La respuesta tiene que ser también personal. No hay cristianismo a dos velocidades; una la de los clérigos, y otra la de los laicos. Esta visión, no puede ser más contraria al mensaje. Todos los seres humanos estamos llamados a la misma meta.

No se trata de machacar o anular el instinto (es lo que hemos predicado con frecuencia). Sería una tarea inútil porque el instinto es anterior a mi voluntad y escapa a su control. Se trata de que el instinto no sea manipulado por la voluntad, torciéndolo hacia una chata obtención de placer. El fin que el instinto quiere garantizar, es bueno en sí. El placer que ha desplegado la evolución es un medio para garantizar el objetivo. Si nuestra voluntad convierte el placer en fin, estamos tergiversando el instinto.

Tres son las exigencias que propone Jesús: 1ª.- Posponer a toda su familia. 2ª.- Cargar con su cruz. 3ª.- Renunciar a todos sus bienes. Las tres se resumen en una sola: total disponibilidad. Sin ella no puede haber seguimiento. No es fácil entender bien lo que Jesús propone. La manera de hablar nos puede despistar. En una lengua que carece de comparativos y superlativos, tiene que valerse de exageraciones para expresar la idea. Lo notable es que se haya mantenido la literalidad en el texto griego, que dice “misei” = odia, aborrece, ten horror. No podemos entenderlo al pie de la letra.

Tampoco podemos ignorarlas. Son como los famosos “koan” del zen. Tienen que hacernos trascender la formulación y meternos por el camino de la intuición. Fallamos estrepitosamente cuando queremos comprenderlas racionalmente. La verdad que quieren trasmitir no es una verdad lógica, sino ontológica. No podemos entenderla con la razón, pero podemos intuir por dónde van los tiros. Para la primera exigencia la clave está en: “incluso a sí mismo”. El amor a sí mismo puede ser nefasto si se refiere al falso yo que lleva al egoísmo. El ego tiene también su padre y su madre, sus hijos y hermanos.

El amor a la familia puede ser la manifestación de un egoísmo amplificado, que busca afianzar el individualismo en los “yoes” de los demás. Lo que se busca en ese amor es mi egoísmo, sumado al egoísmo de los demás. Ese yo ampliado es mucho más fuerte y asegurar mejor el pequeño yo de cada uno. El seguir a Jesús está basado en el amor. Pero el amor que nos pide no está reñido con el verdadero amor al padre o a la madre. Si el seguimiento es incompatible con el amor a la familia es que está mal planteado. Seguir a Jesús nos enseñará a amar más y mejor también a nuestros familiares.

Otro problema muy distinto es que ese seguimiento provoque en los familiares la oposición y el rechazo, como le pasó al mismo Jesús. Entonces no se puede ceder a las exigencias del instinto, porque está maleado. Si los familiares, muy queridos, te quieren apartar de tu verdadera meta, está claro que no puedes ceder. El hombre alcanza su plenitud cuando despliega su capacidad de amor, que es lo específicamente humano. Este amor no puede estar limitado, tiene que llegar a todos. Por eso el profesar un verdadero amor a una persona no puede impedir ni condicionar la entrega a otros.

Cargar con la cruz hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de un condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Jesús va a Jerusalén precisamente a ser crucificado. No olvidemos que los evangelios están escritos mucho después de la muerte de Jesús, y la tienen siempre presente. Está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús, todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo.

Renunciar a todos sus bienes. Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran lo que tenían a disposición de todos. No se tiraba por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos. Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros.

Debemos aclarar otro concepto. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos hablando de renuncia, es que no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser. Jesús vivió esa exigencia. La profunda experiencia interior le hizo comprender a dónde podía llegar el ser humano si despliega todas sus posibilidades de ser. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación. Jesús nos indica el camino mejor.

En cuanto a las dos parábolas, lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir. Preferir el hedonismo es un error de cálculo. Las parábolas quieren decirnos que se trata de la cuestión más importante que nos podemos plantear, y no debemos tratarla a la ligera. Es una opción vital que requiere toda nuestra atención. Nuestro problema hoy es que somos cristianos sin haber hecho una clara opción personal.

 

Meditación-contemplación

Jesús no impone nada, simplemente propone.
Las condiciones no las impone él:
son exigencia de la misma naturaleza humana.
Solo la sabiduría puede llevarme a la meta.
Mientras no alcance esa luz, andaré dando tumbos.
Descubierto el tesoro, todo lo demás pierde valor.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Parábola de la Misericordia divina

domingo, 8 de septiembre de 2019
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parabola abrazo

Sabía que si fallaba no me arrepentiría, de lo único que me podía arrepentir era de no intentarlo (Jeff Bezo)

8 de septiembre 2019. DOMINGO XXIII DEL TO

Lc 14, 25-33

Lo mismo cualquiera de vosotros: Quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo

La parábola del hijo pródigo se enmarca como respuesta a una crítica de los fariseos y los escribas expertos judíos en la lea Ley mosaica, que estos le propinaban por recibir a los pecadores y comer con ellos.

Fundamentalmente recalca la misericordia de Dios. En su obra El corazón del Tercer Evangelio, Leonard Ramaroson (1979), dice que dicha parábola recalca la misericordia de Dios hacia los pecadores arrepentidos y su alegría ante los pecadores descarriados Lo que ha llevado a muchos teólogos bíblicos expertos a pensar que el nombre de la parábola debería ser “el padre de la misericordia”, y a mí, a darle el título de Parábola de la Misericordia Divina.

En efecto, el enfoque de dicha parábola no es el hijo joven, rebelde, y luego arrepentido, sino el padre que espera y corre, para dar la bienvenida al hogar a su hijo. Mensaje profundamente teológico que constituye los cimientos de la doctrina de Jesús, siempre orientada a la conversión de los pecadores, al perdón de los pecados y al rechazo a los formalistas que apartan al creyente de la verdad, la fe y la misericordia.

Esta parábola describe posteriormente la escena del arrepentimiento. Tras la vida de derroche y libertinaje, el hijo cae en la miseria y reflexiona acerca de su provecho personal y cae en cuenta que le traerá mayor bienestar regresar donde el padre, que seguir por su cuenta.

Aquí hay aspectos muy interesantes desde una perspectiva teológica: reflejar que las desgracias que provoca el pecado no son castigos divinos sino resultado de las malas acciones que siempre acaban mal.

Se puede decir que su verdadera conversión ocurre en este momento, pues ve en la actitud del padre desinterés y amor, principales características de una verdadera conversión. Conversión que ocurre al acudir a Dios y al arrepentirnos de las malas acciones de nuestra vida, como pone de manifiesto esta imagen.

Este es verdaderamente el personaje central de la parábola: representa a Dios Padre y, fundamentalmente, su atributo de misericordia. Los dos hijos representan a la humanidad entera, uno a los pecadores que se alejan de la voluntad del Padre y el otro a los que se someten a esta, pero ambos son merecedores de la herencia paterna.

El primogénito es el personaje que menos participa en la parábola. Representa a los hijos de Dios que se consideran a sí mismos justos y fieles, y que dicen someterse en todo a la voluntad del Padre.

El verdadero sentido de este personaje es mostrar como los fieles de Dios también caen en el pecado, en este caso la soberbia. Representa muy bien a los fariseos y escribas a los que Jesús le hablaba. Al reprocharle al padre lo que le hace a su hermano en comparación con lo que ha hecho por él se muestra que también en su fe su obediencia existía un móvil interesado.

Dice Jeff Bezo: Sabía que si fallaba no me arrepentiría, de lo único que me podía arrepentir era de no intentarlo 

Don Miguel de Unamuno nos invita a navegar con esperanza sobre las velas de un regreso a casa.

DE VUELTA A CASA

Desde mi cielo a despedirme llegas
fino orvallo que lentamente bañas
los robledos que visten las montañas
de mi tierra, y los maíces de sus vegas.

Compadeciendo mi secura, riegas
montes y valles, los de mis entrañas,
y con tu bruma el horizonte empañas
de mi sino, y así en la fe me anegas.

Madre Vizcaya, voy desde tus brazos
verdes, jugosos, a Castilla enjuta,
donde fieles me aguardan los abrazos

de costumbre, que el hombre no disfruta
de libertad si no es preso en los lazos
de amor, compañero de la ruta.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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En coherencia y con honestidad

domingo, 8 de septiembre de 2019
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cruz-recordatorio-padre-nuestro-1-153Lc 14, 25-33

8 de septiembre de 2019

Nuevamente nos encontramos con un texto que forma parte del gran viaje de Jesús a Jerusalén. Le acompañan sus discípulos y discípulas realizando un camino como una gran catequesis itinerante. A lo largo de este tiempo va indicando nuevas claves que van perfilando el estilo de vida de quien decide seguir sus pasos. Jesús ya es percibido como un gran líder que se hace “palabra” para transformar interiormente a sus oyentes y seguidores. No es una palabra neutra, a veces genera conflicto, pero sí respetuosa; no impone normas, pero sí propone cómo situarse ante los diferentes campos de la existencia humana. Va creciendo la oposición entre aquellos que son cuestionados en su manera de vivir y, especialmente, entre los que viven apegados al poder y a las riquezas: fariseos, maestros de la ley y otros sectores opresores.

En esta ocasión Jesús va mostrando cómo ha de ser la respuesta humana a la invitación profunda a vivir desde la luz de Dios y su mensaje. Toca tres ámbitos de la vida para alertar de posibles trampas e incoherencias o para experimentar la mucha felicidad si se consigue vivirlo ajustadamente.

El primer ámbito se refiere a los vínculos afectivos. Quizá suene un poco radical y despegado “Si alguno quiere venir conmigo y no está dispuesto a renunciar a padre, madre, hermanos, incluso a si mismo…no puede ser discípulo mío”. Pero mirando este texto con cierta profundidad y sin olvidar el contexto, podría referirse a no entrar en un nudo de relaciones egoícas que van devorando la libertad personal y la dignidad. Seguir a Jesús no es excluyente ni exclusivo, pero, desde esta experiencia interna de vínculo con la trascendencia, fluye un estilo de relación que capacita para amar a los demás conectados a esta fuente de vida. Es, sin duda, la creación de lazos liberadores y abiertos al mundo exterior en todo aquello que nos une afectivamente.

El segundo ámbito se refiere a nuestra relación con lo que nos hace sufrir en la vida: “El que no carga con su cruz…no puede ser discípulo mío”. Cargar con la cruz no es ir por el mundo arrastrando los pesares de la vida desde una resignación paralizante sino desde una aceptación consciente de la parte de la realidad que nos resulta más amarga. Aceptar aquello que, humanamente es frustrante, nos puede llevar a transformar y avanzar en la vida. No afrontarlo nos conduce a vivir sometidos y situándonos como víctimas. La resignación nos ata, nos bloquea, la aceptación nos moviliza para buscar otras opciones y no desviarnos de nuestra ruta esencial.

El tercer ámbito que Jesús nos propone revisar es el de la toma de decisiones: “Si uno de vosotros pretende construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?…”  Vivimos inmersos en una marejada de movimientos internos y externos que nos llevan, muchas veces, a tomar decisiones que no nos construyen y que nos debilitan a la hora de asumir las consecuencias. Movimientos emocionales, patrones mentales, ideologías, mantener un status, modas, vientos sociales que pueden hipnotizarnos hasta perder nuestra dignidad y mostrar el lado más ridículo de nuestra vida: “no suceda que, habiendo echado los cimientos y no pudiendo completarla, todos los que miren se pongan a burlarse de él diciendo: éste empezó a construir y no pudo terminar”. Es importante aprender a discernir todos esos movimientos para encontrar el movimiento principal de Dios en nuestra vida y ser libres para elegir lo que más nos conduce al fin para el que hemos sido creados, como muy bien nos enseña San Ignacio.

El texto cierra con una invitación a vivir libres de todo aquello que nos pueda esclavizar y no sólo en referencia a los bienes materiales. Jesús insiste en aprender a usar “lo que tenemos” de una manera responsable y para el bien común, aprender a no idolatrar una vida de bienestar al margen de las necesidades y carencias de nuestro mundo. Ser creyente en medio de una agitada sociedad como la nuestra, necesita una solidez personal y una profunda claridad de lo que es esencial y estar conectados a la Fuente de la vida.

Discernimiento, honestidad, coherencia y profundidad, cuatro pilares de nuestra vida cristiana en camino hacia la autenticidad.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

 Fuente Fe Adulta

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El porqué de la renuncia

domingo, 8 de septiembre de 2019
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cruz-cenizaDomingo XXIII del Tiempo Ordinario

8 septiembre 2019

Lc 14, 25-33

Las palabras de Jesús son una llamada al realismo. Más allá de las imágenes a las que recurre, podrían sintetizarse de este modo: ¿Hasta dónde estoy dispuesto a ir? ¿Estoy motivado y decidido para mantener el “” a lo que es hasta el final?

Es habitual entre los humanos ilusionarnos con facilidad y lanzarnos rápidamente a cualquier empresa. Pero no es raro que, con la misma rapidez, abandonemos o nos retiremos. Habíamos calculado mal nuestro empeño o nuestra motivación. A eso se refiere el conocido dicho popular que se aplica en esos casos, referido a la persona que empieza con fuerza pero que rápidamente se estanca. Tal persona –se dice– tiene “arrancada de caballo y parada de burro”.

¿Qué falla ahí? Probablemente ha faltado realismo: el anhelo es grande, pero la comprensión –y la motivación– no lo eran tanto. Podían más los deseos y los miedos del yo, que nos hacen girar en torno a él.

Las imágenes que utiliza Jesús –posponer padre, madre, mujer e hijos… y llevar la cruz–apuntan a la radicalidad de la entrega a lo que la Vida quiere, en definitiva, a lo que realmente somos.

No se trata, por tanto, de dolorismo ni de renuncia voluntarista: ambas actitudes, paradójicamente, suelen inflar al ego. Se trata, una vez más, de comprensión y de coherencia. ¿Cómo quiero vivir? ¿Para el yo y sus intereses o anclado en mi (nuestra) verdadera identidad, que es una con la Vida?

En el primer caso, el yo calcula lo que para él son ventajas y peligros, pero a costa de seguir, en la práctica, en la ignorancia acerca de quién soy. Solo cuando comprendo que no soy ese yo separado, se produce una alineación con lo real, con la vida. Y desde ahí vivo un “” a lo que es, por más que implique “pérdidas” de todo tipo. Pero ese “” no nace como sometimiento a una voluntad ajena; es resultado de ser fiel, no al ego hipnotizador que me confunde, sino a aquello que realmente soy (somos). Solo de esa comprensión puede nacer la acción adecuada.

Llevar la cruz” no es ser amigo del dolor, sino signo de lucidez. Significa asumir que toda la existencia es un camino progresivo de “muerte del yo” (de la identificación con él), para posibilitar que “nazca” y viva lo que realmente somos. Como dijera el propio Jesús, se trata de “perder para ganar”, morir para vivir.

¿Hasta dónde estoy dispuesto a llegar para vivir lo que soy?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La madre siempre es memoria para los hijos

domingo, 8 de septiembre de 2019
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1322758554_madre_adolescente__crop_629x356_thDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Natividad de María, madre de JesuCristo.

En el NT, en los evangelios, no hay ninguna alusión al nacimiento de María, madre de Jesús.

María aparece en algunos momentos decisivos: nacimiento de Jesús, las bodas de Caná, (Jn 2). María está presente al pie de la cruz en la muerte de Jesús, (Jn 19). Por lo demás, María queda siempre en un discreto y creyente segundo plano. Se nos dice que María guardaba en su corazón todo lo que veía y vivía en su hijo, Jesús, ¡y lo meditaba! María pensaba y oraba.

No es crear fantasías pensar que María le daría más de cuatro vueltas en su cabeza y en su corazón a las actitudes, gestos y palabras de Jesús: discutiendo con fariseos, con la gente del Templo, acogiendo a enfermos, conviviendo con gente de “mal vivir”. María no entendería ni palabra a la Palabra, por eso meditaba y pensaba las cosas y por eso María llegó a la fe en su hijo. No es extraño que María llegara a conocer, reconocer y creer en su hijo. Se podría decir que María vive discreta y silenciosamente el camino a la fe en su hijo.

Nos lo pensamos y meditamos.

Una madre (una familia) con entereza. (2 Macabeos)

El contexto de la primera lectura (2 Mac) se sitúa hacia el año 100 a.C., es decir, prácticamente en vísperas de JesuCristo.

Israel, el pueblo, estaba llegando a una fe clara en la “vida más allá” de esta vida, poco a poco, ya va tomando cuerpo la fe en la resurrección.

Políticamente Israel se encuentra bajo el dominio seléucida y los Macabeos[1], es decir, los soldados israelitas luchan contra el dominio opresor.

La cuestión de fondo del segundo libro de los Macabeos es que los soldados en el campo de batalla, tienen otra vida en el más allá.

En este marco, esta madre “¿coraje?” sostiene la fe y la esperanza de sus siete hijos que no se postran ante Antíoco Epífanes, ni traicionan sus costumbres, su tradición, su ley. Los siete hijos y la madre mueren por su ideal con la esperanza puesta en el Dios de la vida.

Tres grandes instituciones en crisis.

Si miramos y analizamos nuestra sociología actual, podemos darnos cuenta de que las tres grandes instituciones encargadas de transmitir la tradición, la cultura, la identidad de una fe y de un pueblo, etc., las tres se encuentran en una profunda crisis: la Iglesia, la Familia y la Escuela (mundo de la educación).

La familia.

La madre es como el punto de referencia e identidad, como la memoria y el cordón umbilical en la transmisión de la fe. Pero la familia, en gran medida, se ha venido abajo. No es momento de juzgar ni de culpabilizar nada ni a nadie, pero las cosas son como son y están como están.

La visión de la familia, de la sexualidad, de los hijos es muy distinta a otros tiempos y hacen que la vivencia de la familia sea muy diferente a la de otros tiempos ni lejanos.

Naturalmente que también hoy hay madres y familias que cuidan y transmiten criterios, valores, ideales. Pero la familia, sociológicamente hablando, está como está.

La Iglesia

La Iglesia también va como va. Gracias a Dios, que parece estar cambiando el rumbo de las cosas, aunque en nuestra diócesis sigamos en posiciones ultramontanas, por lo que este sistema eclesiástico transmite poco -más bien nada- de la esperanza de aquella madre de los siete hermanos macabeos y poco o nada de la esperanza de María.

Podríamos pensar que la ultra-ortodoxia no significa que esté en posesión ni de la fe ni de toda la verdad. Los cañonazos doctrinales, causan brechas e incendios, pero no transmiten evangelio ni paz. La “construcción de la ciudad” y el evangelio están en otros esquemas de diálogo, libertad, escucha, hermenéutica, etc.

La escuela

Una universidad que se limite a transmitir conocimientos y no aborde y dé respuesta a los problemas de su tiempo, es un almacén, un hangar de datos o un bachiller a lo bestia, pero no una Universitas.

Pensemos si nuestras ikastolas, colegios, universidades transmiten, lo que aquella madre de los macabeos transmitía a sus hijos: la propia cultura, la fe, aquella madre infundía ánimo y esperanza a sus hijos.

         Tal vez María nos evoque que la vida está compuesta por otros y más importantes elementos de los que habitualmente barajamos hoy en la vida.

María presente en el nacimiento de la Iglesia.

         La madre es siempre la memoria de la familia.

         En la tradición de San Juan, la Iglesia nace al pie de la cruz. Allí están presentes María (la madre) y el Creyente – Discípulo Amado-[2] (hijo).

         Si la Iglesia es algo, es la memoria presente de JesuCristo en esa comunidad que está al pie de la cruz: la madre y todos los “discípulos amados”. La Iglesia no es, -no debe ser- una institución doctrinalmente vociferante, sino la comunidad que al pie de la cruz acoge con la madre (memoria del Hijo) su Espíritu: Jesús inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), que no es entregar el alma a Dios, sino entregarnos su Espíritu a la Iglesia naciente.

María, la madre -como toda madre- es memoria, referencia hacia el Hijo.

María nos mantiene unidos en familia eclesial.

Ahí tenemos a nuestra madre.

[1] Macabeo significa soldado. El actual equipo de baloncesto de Tel aviv se llama: Maccabi: soldados.

[2] Discípulos amados somos todos.

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«Todo por la perla», por Carlos Osma

viernes, 6 de septiembre de 2019
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perlasparahombre2De su blog Homoprotestantes:

“El Reino de los Cielos se parece a un mercader que busca perlas finas; al encontrar una perla de enorme valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró” (Mt 13, 45-46).

Durante estos últimos días varias personas han hecho que esta pequeña parábola, como las perlas a las que hace referencia, resuene dentro de mí. Lo de resonar dentro de mí queda como muy profundo y rimbombante, quizás sería mejor decir que la han puesto delante de mí para que me grite: “¡No ves, lo importante es comprar la perla!”. Mi primera respuesta fue la indiferencia y, por qué no decirlo, el menosprecio, ya que uno prefiere sentirse interpelado por parábolas de verdad como la del hijo pródigo o el buen samaritano. Parábolas con buenos y malos, con tramas interesantes y finales felices. Pero poco a poco, esta perla en mi zapato, se ha ido abriendo paso hasta llegar a dispararme a quemarropa la pregunta: “¿Cuál es la perla por la que dejarías todas las demás?”.

Si pudiésemos comparar al mercader con un hombre o mujer de negocios de la actualidad, concretamente con esa minoría que se enriquece hábil y honradamente, sacando el máximo beneficio a su trabajo y a su instinto -hay pocos, pero los hay-, la parábola no sería nada incómoda. Incluso las asociaciones cristianas de hombres y mujeres LGTBIQ de negocios la pondrían como ejemplo en sus encuentros anuales, o las de familias LGTBIQ evangélicas la utilizarían para motivar a sus hijas e hijos y convertirlas en personas de éxito. Pero lamentablemente, que yo sepa estas asociaciones no existen -animo a su creación-, y lo que es aún más importante para entender la parábola: los mercaderes tienen muy mala fama en la Biblia. Así que, si queremos dejarnos interpelar por ella, hay que ver en el protagonista a una persona más bien poco deseable. No hay que hacer cinco masters en teología bíblica para saber que los judíos que se dedicaban a hacer negocios, sobre todo con extranjeros, con personas no judías, eran vistos con recelo. El evangelio de Tomás, más o menos contemporáneo del de Mateo, aclara lo que estoy diciendo cuando afirma que “comerciantes y mercaderes no entraran en los lugares de mi Padre” (EvTom 64)

Por tanto, lo que nos estaría diciendo la parábola es que el Reino de los Cielos se parece a un indeseable que no puede entrar en los lugares de mi Padre. Será por eso que a las personas LGTBIQ cristianas que estamos hartas de que nos digan que no somos bien recibidas en los santos lugares, esta parábola puede parecernos poco atractiva. Y nos gustaría escuchar algo más inclusivo, cariñoso y empático. Pero las parábolas de Jesús son así, y en esta se nos invita a dejar a un lado todos nuestros discursos de justicia, las ansias de aceptación, el esfuerzo titánico por parecer cristianos perfectos, para identificarnos con un personaje abyecto. Y nos molesta, la verdad, porque cuando lo hacemos, reconocemos que en realidad en nosotras hay también una parte de comerciante y de mercader, y que no somos la imagen perfecta que tratamos de mostrar para poder ser merecedores de los lugares de mi Padre. Y entonces, nos planteamos que a lo mejor lo que puede querer decirnos esta parábola es que el Reino de los Cielos es para personas reales, que no se esfuerzan en parecer otra cosa, que no gastan sus energías en ser aceptados por los demás, sino que asumen quienes son, con sus virtudes y sus defectos, con los errores cometidos y también los aciertos, con los fracasos que arrastran y el amor que atesoran. Personas que jamás se atreverían a ponerse ellas mismas como ejemplo de lo que es el Reino de los Cielos.

Pero releyéndola, creo que he cometido el error de identificar el Reino de los Cielos con el personaje, y no tanto con lo que este hace. Es decir, me he quedado con la etiqueta de indeseable, olvidando que quizás en su comportamiento se nos puede estar dando la clave de lo que Jesús quería transmitir. Nuestro mercader buscaba perlas finas, joyas que la mayoría de la población no había visto, y que tenían un gran valor, superior incluso al de los rubíes. Así que no era un pequeño mercader, sino alguien acostumbrado a cruzar fronteras en busca de perlas finas. El Reino de los Cielos sería por tanto semejante a ese moverse, traspasar límites, buscar algún tesoro sin descanso hasta encontrarlo. Y la verdad es que, si eso es el Reino, si eso es lo que se nos pide, echando la vista atrás las personas LGTBIQ podemos estar tranquilas. Hemos traspasado límites como nadie, y entre las piedras que nos lanzaron mientras lo hacíamos, supimos encontrar las perlas más bellas para hacernos un collar con ellas. Collares que para muchos van contra los ideales del Reino: “Que las mujeres se contenten con un vestido decoroso, que se adornen con recato y modestia, no con peinados artificiosos, ni con oro, perlas o vestidos costosos” (1 Tim 2,9), pero que para Jesús, son la prueba de haberlo encontrado.

Sin embargo, el error de fondo de mi interpretación, es que todo lo dicho hasta ahora no interpela, o al menos no nos sitúa ante la necesidad imperiosa de tomar una decisión trascendental. Es únicamente palabrería con la que jugar para que la parábola diga lo que queremos escuchar: Os ha costado, pero lo habéis conseguido, tenéis las perlas, incluso os habéis hecho un collar con ellas, sois felices, no necesitáis nada más. Y es entonces cuando algunas personas con las que te encuentras te obligan a poner los ojos en la última frase, que es la que realmente desestabiliza: “al encontrar una perla de enorme valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró”. Un mercader lo deja todo por una perla, sus posesiones, e incluso su propia identidad, ya que su voluntad final no parece ser la venta de la perla, sino la perla misma. Ha encontrado aquello que tiene un valor enorme, más que el resto, y por esa razón no duda un momento en dejar atrás todo lo que tiene para conseguirlo. La parábola no dice que la perla de gran valor es el Reino, sino que más bien es la acción de este mercader la que nos intenta mostrar cómo es. Y quienes decimos querer construirlo, necesariamente tenemos que preguntarnos si sabríamos distinguir cual es la piedra de gran valor y si seríamos capaces de jugárnoslo todo por ella. ¿Qué es realmente lo que tiene valor? ¿Lo ponemos todo en juego para conseguirlo? ¿Estamos construyendo el Reino?

Noemí trabajaba en la iglesia el tema de la inclusividad de las personas LGTBIQ, pero su iglesia decidió que la inclusividad no era para ella prioritaria. Podría haber hecho como que no se daba por enterada y seguir disfrutando de las perlas que le ofrecía el puesto que ocupaba. Pero decidió salir de allí, involucrarse con un grupo de mujeres trans que vivían en situaciones de exclusión. Ellas son su perla de gran valor. Sergio es el primer pastor abiertamente gay de su iglesia, hubiera podido -como tantos- ocultarlo para evitarse más de un problema. Pero él dice que se siente como una cuña que mantiene abierto un espacio en la iglesia para que otras personas LGTBIQ puedan acceder a ella sin necesidad de engañar a nadie. Lo tiene muy claro, esa es su perla de gran valor. Andrés era un sacerdote tan querido como armarizado, hubiera tenido todas las piedras preciosas que quisiera: reconocimiento, cargos…, pero la dignidad y la honestidad consigo mismo y con los demás es su perla de gran valor. Por eso lo abandonó todo y fue en busca de ella. Julia dejó atrás, no solo su identidad como hombre, sino también la posibilidad de ordenarse como sacerdote. Hace unos días, mientras tomábamos un café, me preguntaba si en una iglesia protestante una mujer trans podría servir a los demás sin ser discriminada. Conoce como nadie la exclusión, pero tiene muy claro que el servicio a los demás, es su perla de gran valor.

Estas, y otras muchas personas, han puesto la parábola frente a mí de una manera nueva a como la había entendido antes. Esperamos y queremos colaborar en la construcción del Reino, o al menos eso creemos. Pero para ello es necesario tener primero claro qué es lo que debemos hacer, preguntándonos qué es lo que realmente tiene valor. Y cuando tengamos la respuesta -que la mayoría de las veces ya sabemos cuál es-, entonces debemos valorar si E019B877-C5AB-4A73-9603-A97C044EA350estamos dispuestos a hacerlo, a dejarlo todo por la perla. Ese es el mensaje de la parábola, que el Reino es el abandono de lo que parece valioso, de todo lo que tenemos y nos puede dar seguridad, por algo que a algunos les puede parecer pecaminoso, pero que nosotras sabemos que es lo que en realidad tiene valor. Yo estoy ante esta decisión, e imagino que muchas otras personas que me leen estarán igual que yo, valorando si vale la pena dejarlo todo, por la perla de enorme valor. Difícil decisión.

Carlos Osma

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“Sin excluír”. 22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

domingo, 1 de septiembre de 2019
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22-TO-C-600x401Jesús asiste a un banquete invitado por uno de los principales fariseos de la región. Es una comida especial de sábado, preparada desde la víspera con todo esmero. Como es costumbre, los invitados son amigos del anfitrión, fariseos de gran prestigio, doctores de la ley, modelo de vida religiosa para todo el pueblo.

Al parecer, Jesús no se siente cómodo. Echa en falta a sus amigos los pobres. Aquellas gentes que encuentra mendigando por los caminos. Los que nunca son invitados por nadie. Los que no cuentan: excluidos de la convivencia, olvidados por la religión, despreciados por casi todos.

Antes de despedirse, Jesús se dirige al que lo ha invitado. No es para agradecerle el banquete, sino para sacudir su conciencia e invitarle a vivir con un estilo de vida menos convencional y más humano: «No invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes ni a los vecinos ricos porque corresponderán invitándote… Invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Una vez más, Jesús se esfuerza por humanizar la vida rompiendo, si hace falta, esquemas y criterios de actuación que nos pueden parecer muy respetables, pero que, en el fondo, están indicando nuestra resistencia a construir ese mundo más humano y fraterno, querido por Dios.

De ordinario, vivimos instalados en un círculo de relaciones familiares, sociales, políticas o religiosas con las que nos ayudamos mutuamente a cuidar de nuestros intereses dejando fuera a quienes nada nos pueden aportar. Invitamos a los que, a su vez, nos pueden invitar Eso es todo.

Esclavos de unas relaciones interesadas, no somos conscientes de que nuestro bienestar solo se sostiene excluyendo a quienes más necesitan de nuestra solidaridad gratuita para poder vivir. Hemos de escuchar los gritos evangélicos del papa Francisco en la pequeña isla de Lampedusa: «La cultura del bienestar nos hace insensibles a los gritos de los demás». «Hemos caído en la globalización de la indiferencia». «Hemos perdido el sentido de la responsabilidad».

Los seguidores de Jesús hemos de recordar que abrir caminos al reino de Dios no consiste en construir una sociedad más religiosa o en promover un sistema político alternativo a otros también posibles, sino, ante todo, en generar y desarrollar unas relaciones más humanas que hagan posible unas condiciones de vida digna para todos empezando por los últimos.

José Antonio Pagola

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“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Domingo 01 de septiembre de 2019. Domingo 22º Ordinario

domingo, 1 de septiembre de 2019
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47-ordinarioC22 cerezoLeído en Koinonia:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios.
Salmo responsorial: 67: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.
Hebreos 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo. Leer más…

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Dom 1. 09. 19. Cuando invites… Invita a los pobres, migrantes de pateras o de tierra firme ¡Está la casa abierta!

domingo, 1 de septiembre de 2019
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la-mujer-del-perfume-tiempo-ordinario-x-i-3-728Del blog de Xabier Pikaza:

Puertas cerradas, corazones secos. Tema político, económico, social y personal

Domingo 22. Tiempo ordinario. Ciclo C. Lc 14. 1. 7-14. ¿Qué podemos ofrecer? ¿Qué tenemos para invitar? ¿Qué nos ofrecen ellos?  Pasar de las puertas cerradas a los corazones abiertos.Este evangelio nos pone ante un tema sorprendente: ¡Somos ricos, tenemos comida!

Podemos y debemos invitar a todos al convite de la vida: Que vengan y comas los subsaharianos, los pobres del mundo, en caravanas de tierra o pateras de mar…

Pero en conjunto nos cerramos… Tenemos comida, nos sobra…,  y así ostentosamente mostramos nuestro gran derroche, pero cerramos las puertas y los puertos, ponemos ejércitos y vallas, para que nadie venga… Que nos vean comen, pero que no vengas, cerramos la muerte.

Este es un evangelio sorprendente:

BSS5OJDUMVCIZBROANWIVRS63Y¿Qué podemos dar y no damos los occidentales ricos? ¿Qué podemos dar como iglesia, como creyentes, como humanos. Aquí en occidente somos ostentosos, tenemos y guardamos; somos ricos, decimos, porque lo hemos trabajado y no podemos malgastarlos con vagos y maleantes pobres que vienen del hambre o de la guerra (por su culpa…).

¿Qué puedan darnos ellos, los hambrientos de comida, quizá ricos de humanidad, pues nosotros la hemos perdido). Pero quizá somos nosotros los más pobres… Tenemos y no damos y así lo perdemos (nos perdemos). Ignoramos que ellos pueden darnos otras cosas quizá más importantes,…?

¿Qué puede hacer la Iglesia? Este es una palabra de política y economía, pero es ante todo una palabra de evangelio, es decir, de Dios, de la persona.  En este campo se juega al futuro de las vida los hombres, no sólo de aquellos a quienes no invitamos a nuestro banquete, sino nuestro futuro de ricos de dinero y pobres de humanidd.

Texto. Lucas 14, 1. 7-14

banquete de bodas brueghelUn sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

Comentario reflexivo

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             La liturgia sigue haciendo que leamos y comentemos el evangelio de Lucas y lo hace un de un modo insistente, volviendo una y otra a vez a los temas de pobreza. Para sorpresa de muchos, habla poco de Dios en sí y muchos de primeros y últimos, de ricos y pobres, de comidas (¡e incluso de vestidos!). Así quiero leerlo, sabiendo que “entre esos pucheros” también anda está Dios (o, sobre todo, anda Dios). Pondré en cursiva el evangelio, en redonda el comentarios (destacando algunas cosas con negrita).

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales de los fariseos. para comer (=comer pan), y ellos le estaban espiando.

             Posiblemente hay un recuerdo histórico: Jesús se dejaba invitar, compartía muchas cosas con los fariseos, que aparecen de esa forma, básicamente, como amigos, aunque el texto diciendo que ellos (autoi) le estaban espiando. Se trata, por tanto, de una amistad discutida, como todo el texto muestra.  El fariseo y los espías empiezan pareciendo extraños a la Iglesia. Pero después, sin darnos casi cuenta, descubrimos que nosotros somos ellos. Entre fariseos (entre nosotros) andaba Jesús. Claro ya queda que Jesús no era un “purista”, ni un radical en sentido negativo. Es capaz de comer con gente con la que no está totalmente de acuerdo.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola: Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

 Hay una ironía de base: El convite del fariseo (que debía ser espacio y tiempo de fraternidad, para romper distancias, para hablar todos con todos) se vuelve convite que marca las jerarquías sociales. Ciertamente, es importante la comida, pero más importante parece aún aquí. Da la impresión de que algunos no van a comer (¡han comido suficiente en casa!), sino a que se les vea por encima de otros, en la escala farisea de la vida.

  El texto nos sitúa  ante una carrera de honores: los puestos en la mesa del mundo marcan las diversas clases sociales, dentro del continuo alimenticio, donde el Rey León ocupa el primer puesto y luego van bajando en la escala los diversos animales… En esta mesa se disputan los puestos a codazos. Es la vida. La mesa del mal convite. Leer más…

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“Banquete, enseñanza y consejo”. Domingo 22 ciclo C

domingo, 1 de septiembre de 2019
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Symposium (The Banquet) anton von wernerDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de varios domingos con evangelios complicados y densos de contenido, el de hoy resulta extrañamente fácil de entender. Tan fácil, que parece esconder una trampa.

Un banquete con trampa

Un sábado, no se dice dónde, uno de los principales fariseos invita a Jesús a comer y él acepta la invitación. Cuando llega a la casa le sale al encuentro un hidrópico. (La hidropesía consiste en la retención de líquido en los tejidos, sobre todo en el vientre, aunque también se da en los tobillos y muñecas, brazos y cuello.) Todos los invitados fariseos espían a Jesús para ver qué hará en sábado. ¿Lo curará, contraviniendo el descanso sabático, o lo dejará que siga enfermo? No me detengo en contar lo ocurrido, fácil de imaginar, porque la liturgia ha suprimido esta primera escena (Lucas 14,2-6).

El evangelio de este domingo comienza contando lo ocurrido a continuación. En cuanto termina el espectáculo del milagro, todos los invitados corren a ocupar los primeros puestos, y Jesús aprovecha la ocasión para dar una enseñanza a los asistentes y un consejo al que lo ha invitado.

Primera parte: una enseñanza

            Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste. «Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.»
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» 

Estas palabras resultan desconcertantes en boca de Jesús: aconseja un comportamiento puramente humano, una forma casi hipócrita de tener éxito social. Por otra parte, la historieta no encaja en nuestra cultura, ya que cuando nos invitan a una boda nos dicen desde el primer momento en qué mesa debemos sentarnos. Pero hace veinte siglos, conseguir uno de los primeros puestos era importante, no sólo por el prestigio social, sino también porque se comía mejor. Marcial, el poeta satírico nacido en Calatayud el año 40, que vivió parte de su vida en Roma, ironizó sobre esas tremendas diferencias.

Por consiguiente, lo que a nosotros puede parecer una historieta anticuada y poco digna en boca de Jesús, reflejaba para los lectores antiguos una realidad cotidiana divertida, que los llevaba, casi sin darse cuenta, a la gran enseñanza final: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. El uso de la voz pasiva (“será humillado, será enaltecido”) es un modo de evitar nombrar a Dios, pero los oyentes sabían muy bien el sentido de la frase: “Al que se enaltece, Dios los humillará, al que se humille, Dios lo enaltecerá”. Naturalmente, ya no se trata de la actitud que debemos adoptar cuando nos inviten a una boda, sino una actitud continua en la vida y ante Dios. Pocos capítulos más adelante, Lucas propondrá en la parábola del fariseo y del publicano un ejemplo concreto, que termina con la misma enseñanza.

            “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador. El fariseo, en pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo. El recaudador, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Os digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido” (Lucas 18,10-14).

En el Nuevo Testamento hay otros textos interesantes sobre la humildad. Me limito a recordar un texto de san Pablo que propone a Jesús como modelo:

            “No hagáis nada por ambición o vanagloria, antes con humildad tened a los otros por mejores. Nadie busque su interés, sino el de los demás. Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús, el cual, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios; sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, una muerte en cruz” (Carta a los Filipenses 2,3-8).

Segunda parte: un consejo

            A continuación, dirigiéndose al que lo ha invitado, le dice:

            Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 

            Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.

            Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

Esta segunda intervención de Jesús resulta también atrevida y desconcertante. Después de escucharla, no sería raro que el dueño de la casa le dijese: “Ya te puedes estar yendo, que voy a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos”. Por otra parte, el fariseo no tiene intención de cobrarle la comida.

Sin embargo, estas palabras, que parecen desentonar en el contexto, recuerdan mucho a otras pronunciadas por Jesús a propósito de la limosna, la oración y el ayuno (Mateo 6,1-18). El principio general es el mismo que en el evangelio de Lucas: el que busca su recompensa en la tierra, no tendrá la recompensa de Dios.

            Guardaos de hacer las obras buenas en público para ser contemplados. De lo contrario no os recompensará vuestro Padre del cielo.

            Cuando hagas limosna, no hagas tocar la trompeta por delante, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para que los alabe la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú hagas limosna, no sepa la izquierda lo que hace la derecha. De ese modo tu limosna quedará oculta, y tu Padre, que ve lo escondido, te lo pagará.

Cuando oréis, no hagáis como los hipócritas, que aman rezar de pie en las sinagogas y en las esquinas para exhibirse a la gente. Os aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú vayas a rezar, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre en secreto. Y tu Padre, que ve lo escondido, te lo pagará.

            Cuando ayunéis, no pongáis mala cara como los hipócritas, que desfiguran la cara para hacer ver a la gente que ayunan. Os aseguro que ya han recibido su paga. Cuando tú ayunes, perfúmate la cabeza, y lávate la cara, de modo que tu ayuno no lo observen los hombres, sino tu Padre, que está escondido; y tu Padre, que ve lo escondido, te lo pagará.

Primera lectura (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29)
Contiene cuatro consejos; los dos primeros empalman directamente con el tema del evangelio.

            Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso.

            Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. 

            No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta.
El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará. 

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 01 septiembre 2019

domingo, 1 de septiembre de 2019
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“Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal no sea que llegue otro invitado más importante que tú,  y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro. Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento.”

(Lc 14, 1.7-14)

El puesto de nuestro Corazón.

Al leer este evangelio me llama la atención el gran conocimiento que tenía Jesús de las sombras que habitan el corazón humano. Su  explicación es certera y práctica utilizando nuestras categorías humanas para hacerse comprender.

Me llama la atención que Jesús no explique que no es bueno ocupar el primer lugar, porque es un endiosamiento y es un vivir fuera de quienes somos, moviéndonos por la apariencia, la posición social, el qué dirán, y que eso no otorga la paz.

En cambio hace un paralelismo…y dice “si llega otro invitado más importante que tú, el dueño de la casa te dirá que dejes ese lugar”, y esa es la explicación que entendemos porque nos movemos dentro de categorías de bueno, mejor, más poder, más tener…

A mi entender actuamos así porque funcionamos desde nuestra mente. Dentro de unos patrones culturales aprendidos, marcados por nuestra sociedad y familia. Sin embargo ello no nos otorga la felicidad, sino la esclavitud de vivir según los roles establecidos.

Funcionamos según la “idea”, “el concepto mental”  de lo que nos otorgará la felicidad. Sin embargo, Jesús nos habla de vivir en el interior donde la idea no tiene poder. De sentirnos a gusto con quienes somos, disfrutando el instante, sin categorías, siendo nosotros. Y para disfrutar de nosotros no necesitamos ocupar puestos “especiales” según las clases sociales. Necesitamos ocupar el puesto de vivir en nuestro corazón, donde quien otorga “el poder” es nuestra capacidad de amar.

Quien ama no se mueve por categorías humanas, las del endiosamiento, si no por “desaprendizajes” egoícos, que conllevan la entrega y el servicio, entonces somos en la medida que dejamos a los demás ser un@  en nosotr@s. “ El Padre y yo somos uno” ( Jn 10,30).

Oración

Jesús, maestro de la desidentificación de patrones mentales,

enséñanos la sabiduría de descubrirnos plen@s en nosotr@s mism@s,

sin tener que representar ningún papel, ocupando puestos que nos descentren de Ti.

Te lo presentamos a Ti, Padre de la Vida, por medio de Jesús tu Hijo,

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

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Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Ser más, ser menos, atañe solo al ego

domingo, 1 de septiembre de 2019
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ELc 14,1.7-14

Hoy tiene mucha importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús a comer. Los judíos hacían los sábados una comida especial a medio día, al terminar la reunión en la sinagoga. Aprovechaban la ocasión para invitar a alguna persona importante y así presumir ante los demás invitados. Jesús era ya una persona muy conocida y muy discutida. Seguramente la intención de esa invitación era comprometerle ante los demás invitados. Como aperitivo, Jesús cura a un enfermo de hidropesía, con lo cual ya se está granjeando la oposición general (era sábado).

En el texto encontramos dos parábolas. Una se refiere al invitado, otra al anfitrión. Se trata de la relación que inicias tú y la que inicia el otro contigo. En la primera no se trata de un consejo para tener éxito, pero toma ejemplo de un sentimiento generalizado para apoyar una visión más profunda de la humildad. Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria por contraria a su mensaje. El texto conecta con el final del domingo pasado: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La segunda encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado. Esa actitud no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del puro instinto, del interés. La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. La frase “dichoso tú porque no pueden pagarte, te pagarán cuando resucites los justos”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen más allá. Esta dinámica no tiene nada de cristiana.

En ambos casos, Jesús nos propone una manera distinta de entender las relaciones humanas. Jesús trastoca comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos debe llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es, sencillamente, ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Todo lo contrario, se trata de asegurar el primer puesto en el Reino, buscando el bien de la persona y no solo de la parte biológica. “El que quiera ser primero que sea el último y el servidor de todos”. Jesús no critica el que queramos ser los primeros, lo que rechaza es la manera de conseguirlo.

Ojo con la falsa humildad. Dice Lutero: La humildad de los hipócritas es el más altanero de los orgullos. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica. Se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella. No es fácil escapar a esos excesos que han dado tan mala prensa a la humildad. Ninguno de los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón, Aristóteles) elogiaron la humildad como virtud; y Nieztsche la consideró la mayor aberración del cristianismo.

No hay que hacer nada para ser humilde. Es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ella, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, etc. Se suele hacer alusión a Sta. Teresa; pero la inmensa mayoría demuestran no entenderla cuando dicen: “humildad es la verdad”. Ella dice: «humildad es andar en verdad». Se trata de conocer la verdad de los que uno es, y además vivir (andar en) ese realidad. También se entiende mal la frase de Jesús, “yo soy la verdad”, cuando se interpreta como obligación de aceptar su doctrina. No, Jesús está diciendo que es auténtico.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda. Se trata de descubrir nuestro auténtico ser. Humildad es aceptar que somos criaturas, con limitaciones, sí; pero también con posibilidades infinitas, que no dependen de nosotros. Ninguno de los valores verdaderamente humanos debe ser reprimido en nombre de una falsa humildad. No se trata de creerse ni superiores ni inferiores. Si la humildad me lleva a la obediencia servil, no tiene nada de cristiana. Muchas veces se ha apelado a la humildad para someter a los demás a la propia voluntad.

Un conocimiento cabal de lo que somos nos alejaría de toda vanagloria. No se trata de un conocimiento analítico desde fuera, sino interior y vivencial. Para conocerse, hay que tener en cuenta al ser humano en su totalidad. Eso sería la base de un equilibrio psíquico. Sin conocimiento no hay libertad. La humildad no presupone sometimiento o servidumbre a nada ni a nadie. Sin libertad ninguna clase de humanidad es posible. Tampoco la soberbia es signo de libertad, porque el hombre orgulloso está más sometido que nadie a la tiranía de su ego.

La mayoría de las enfermedades depresivas tienen su origen en un desconocimiento de sí mismo o en no aceptarse como uno es, que viene a ser lo mismo. Ninguna de las limitaciones que nos afectan puede impedir que alcancemos nuestra plenitud. Las carencias forman parte de mí. Las accidentales no pueden desviarme de mi trayectoria humana. Una visión equivocada de sí mismo ha hundido en la miseria a muchos seres humanos. Caen en una total falta de estima y en la pusilanimidad destructora. Ser humilde no es tener mala opinión de sí mismo ni subestimarse. Avicena dijo: «Tú te crees una nada, y sin embargo, el mundo entero reside en ti».

El orgulloso no necesita que nadie le eche en cara su soberbia ni que le castiguen por su actitud. Él mismo se deshumaniza al despreciar a los demás. Tampoco es necesario que el humilde reciba ningún premio. Si no espera nada de su actitud o, mejor aún, si ni siquiera se da cuenta de su humildad, es que de verdad está en la dinámica del evangelio. La humildad va de arriba abajo. La humildad ante los superiores, la mayoría de las veces, es sometimiento y servilismo. No es humilde el que reconoce la grandeza del superior sino el que reconoce la grandeza del inferior.

Meditación-contemplación

Tú eres más de lo que crees ser.
Nada ni nadie te puede impedir alcanzar esa meta.
No tienes que hacer nada, ni conseguir nada.
Todo lo que pretendes alcanzar, ya lo tienes.
Todo lo que pretendes ser, ya lo eres.
Solamente tienes que tomar conciencia de ello.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Cuando des un banquete.

domingo, 1 de septiembre de 2019
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pobre-ayuda¿Cuál es la esencia de la vida? Servir a otros y hacer el bien (Aristóteles)

Lc 14, 7-14

Cuando des un banquete invita a pobres, mancos, cojos y ciegos (v 13)

1 de septiembre 2019. DOMINGO XXII DEL TO

En la Evangelii Gaudium, el Papa Francisco ha dicho: “Puedo aferrarme y decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mi vida son las personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse”.

Y en esta misma dirección se posiciona Ami-Jill Levine (1956) profesora de estudios del Nuevo Testamento en la Escuela de la Divinidad en la Universidad de Vanderbilt, en su obra Relatos cortos de Jesús, refiriéndose a lo que nos dice el Evangelio en la parábola de las ovejas y las cabras (Mt 25, 31-46):

“El criterio con el que se juzga a las personas no es la veneración o no de Jesús, sino la atención prestada a los pobres, la comida dada a los hambrientos o la visita al encarcelado”.

¿Pero qué significa el gesto del pobre? ¿Qué nos quiere decir con él? La pataleta del niño es también un gesto de protesta contra algo o alguien: contra un dolor, contra su madre, etc.

Lo importante es descubrir lo que ese símbolo significa, sólo así podremos ayudarle a resolver su problema o a que él lo resuelva personalmente, como sería en el caso de los adultos. Nosotros preguntamos, y lo único que tenemos que hacer es esperar a que nos responda.

La respuesta está siempre en el interior de la persona, pues como asegura el escritor estadunidense Jules Green (1900-1988), autor de Cada hombre en su noche:

“Ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”. Porque el corazón es ese Arca de la Alianza donde están guardadas nuestros más orientadores palimpseptos, que nos permiten borrar nuestro pasado y escribir textos nuevos.

En el Antiguo Testamento (Tob 4, 8-10) nos aconseja:

“Haz limosna en proporción a lo que tienes; si tienes poco, no temas dar de lo poco que tienes; así guardarás un buen tesoro, porque la limosna libra de la muerte y no deja caer en las tinieblas”.

Un aspecto en el que Viktor Frankl nos pone en la pista del despegue con el título de su obra El hombre en busca de sentido. La tarea de los demás, simplemente es ayudarles a navegar por el río interior de su existencia. Los vientos del espíritu soplan por todas partes, y colaboran eficazmente a llegar a puerto seguro.

Esto es, como decía Aristóteles, la esencia de la vida: Hacer el bien y servir a otros. Idea en la que el Evangelio no se queda corto:

“Cuando des un banquete invita a pobres, mancos, cojos y ciegos(Lc 14, 13).

Blas de Otero, uno de los principales representantes de la poesía social y de la poesía intimista de los años cincuenta en España, y con quien el verso se hizo hombre, lo modula de esta manera en Poética:

Cuando te vi, oh cuerpo en flor desnudo,
creí ya ver a Dios en carne viva.
No sé qué luz, de dentro, de quién, iba
naciendo, iba envolviendo su desnudo
amoroso, oh aire, oh mar desnudo.

Una brisa vibrante, fugitiva,
ibas fluyendo, un agua compasiva,
tierna, tomada entre un frondor desnudo.

Te veía, sentía y te bebía,
solo, sediento, con palpar de ciego,
hambriento, sí, ¿de quién?, de Dios sería.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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